Ha llegado.

Luego de matarme la cabeza cientos de veces, y animada por mi esposo y mis amigos más cercanos, algunos amigos Fickers del Fandom, el grupo de Artbook Project Uniatlántico y mi profesor de Cine y Animación… Finalmente decidí subir el capítulo de Servant of Venomania que nunca mostré al público en la primera publicación del año 2011.

¿Por qué no lo mostré antes? La respuesta más honesta que puedo darles es un: "No lo sé". Aun ignoro si fue por timidez, por superstición o por cómo sería la reacción de ustedes al ver a un Len psicótico a la enésima potencia… pero es algo que le debo a la historia original.

Así que, para resumir en debidas cuentas, aquí está: el episodio (dividido en dos) perdido de Servant of Venomania, sin censura.

ADVERTENCIA 1: Apreciado lector,

Todo lo que está a punto de leer está sacado de fuentes reales. Bajo ninguna razón estúpida, se le ocurra realizar alguno de los procedimientos que se describen o se mencionan en el fic, pues el fin de este escrito es el mero entretenimiento. EVITESE un problema. Gracias.

ADVERTENCIA 2: Preferiblemente +18. Maltrato infantil. Abuso físico y psicológico. Escenas fuertes de sexo. Ocultismo y artes oscuras. Solo gente de alto criterio. Pequeños, evítense un trauma.

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Lost I:

Witchcraft, parte I: Dibujos Rojos.

¿Es usted un demonio? No: soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.

G. K. Chesterton.

Los últimos rayos solares acababan de desparecer; el cielo, que antes poseía un suave color naranja difuminado, había sido reemplazado por un azul oscuro y aterciopelado como una nomeolvides. Pronto la Luna, como una cara pálida y espectral, emergería de las tinieblas. Ya empezaban a oírse los enigmáticos ruidos que producían los invisibles seres que habitaban en la profundidad de los árboles. Se percibía en el aire un olor a savia y a humedad.

Finalmente la Luna hizo su aparición, pintando de plata las pocas y amarillentas hojas de los árboles del bosque perteneciente al Duque de Venomania. Las ramas de los árboles, desnudas, brillaban como si tuvieran escarcha. Las heladas charcas brillaban como si fuesen de cristal… Los débiles rayos también pintaban de plata los rubios y despeinados cabellos de un jovencísimo sirviente, que tenía desde hacía horas la cabeza entre las rodillas, rodeándolas con sus brazos.

El Duque Gakupo le había ordenado a pasar la noche en la intemperie del bosque, como escarmiento por haberse ido de la fiesta que había organizado para sus amigos Duques: "¡Te vas de mi presencia, y sin mi permiso además! ¿Con qué derecho te das a irte cuando se te dé la regalada gana, eh? ¿Y si te necesitase en ese momento…? ¡Nada de "pero, amo", Len! ¡Pasarás la noche afuera, como el perro desobediente que eres! ¡Y ni se te ocurra regresar hasta mañana!"

Y así Len tendría que pasar la noche allí con frío, hambre y miedo, hasta la mañana siguiente.

Había logrado solventar un poco a su estómago con unas setas y semillas que encontró escarbando la helada tierra por ahí, pero no había un lugar para guarecerse del frío viento que cruzaba Asmodín por esa época del año… Len se exponía a coger hipotermia o, para no ser tan crueles, mínimo un fuerte catarro.

Observó cómo, desde ahí, las luces del castillo se iban apagando. Ya se imaginaba al Duque Gakupo sentado en su sillón, frente al gran y acogedor fuego de la chimenea, seguramente con una copa de vino… y alguna de sus mujeres sentada en sus rodillas o a sus pies; Len se frotó las manos una contra otra, sintiendo los envejecidos vendajes de las heridas de sus palmas… Ah sí, olvidé contarles: su amo le castigó con no permitirle cambiar sus vendajes por el espejo roto de su habitación.

¡Lo castiga por haberse ido de su maldita fiestecita! ¿Quién no se hubiera largado de ahí, eh? ¿Pretendía el Duque Gakupo que su sirviente se quedara viendo hasta el final el horrible espectáculo de su hermana gemela siendo manoseada y vejada por esos repugnantes Duques? Como si no fuera suficiente que Gakupo estuviera siempre encima de ella… Ante ese pensamiento, Len apretó fuertemente los puños, sintiendo las tirantes heridas, apenas cicatrizando…

Una cicatriz más, de las tantas que el sirviente tenía no solamente en su cuerpo, sino también en su alma y que difícilmente dejarían de sangrar algún día.

De todas las injusticias, bajezas y ultrajes que el Duque Gakupo le había hecho en todos estos años… esta fue sin duda, la peor de todas… ¿Qué? ¿Eso quiere decir que hubo más? Lamentablemente sí, querido lector.

Len bien podía voltear la cabeza hacia atrás y volver a ver a ese pequeño niño de diez años, demasiado escuálido para enfrentarse al Duque, demasiado tímido para pensar siquiera en intentarlo… Pues ese niño sentía un inmenso agradecimiento por su amo… Sí, Len había sentido eso por Gakupo… ¡Le había dado un hogar, le había acogido en el pliegue de su capa, ofreciéndole protección…! ¡El Duque de Venomania, escogiéndolo a él, sobre esos niños que eran mucho más robustos o vigorosos que él…!

¿Len hubiera aceptado irse con el Duque de Venomania si hubiera sabido los oscuros cuatro años a los que estaría condenado? Ciertamente… cualquier otro joven de su misma condición social, hubiera estado infinitamente feliz y agradecido al Cielo, de rodillas, de servir a un personaje tan importante de la realeza como era Gakupo, pues eso podía convertirse, si estuviese en benevolentes manos, en una carrera que podía llevar a ese joven lejos, incluso pasando por escudero y, quizás, en caballero… Pero nosotros dijimos, lector mío, "benevolentes manos"… Y las manos del Duque Gakupo, de benevolentes apenas había la sombra, estirando la verdad.

"Abandoné el nido de las ratas y acabé en el cubil de la serpiente" pensó Len entornando la vista a los sonidos de hojas crujiendo que hacía el viento a las casi desnudas de los árboles, como si les arrancaran sollozos… Como se lo arrancaron a él cuando el Duque le dio su primera paliza…

No había sido intencional: Le había gritado desde el salón que se apurara o lo echaría a la calle… Y justamente por la prisa, Len le había echado encima el té hirviendo... justamente en sus pantalones. El niño se quedó petrificado en su sitio, viendo como el Duque Gakupo aullaba de dolor y daba saltos para quitarse el líquido ardiente, mientras en sus pantalones claros de lino fino se formaba una enorme mancha, como si se hubiera hecho encima… escena graciosa tal vez para nosotros, pero no para Len.

―Amo… A-amo― tartamudeó el sirviente, tratando de disculparse―, de-déjeme ayudarle, yo…

Una tremenda bofetada cortó sus palabras.

Los ojos de Len se llenaron de lágrimas; fue un golpe brutal y doloroso. Temblando como una hoja, llevó su manito a la mejilla, que se amorataba más a cada segundo… Esa imagen tan patética que poseía, Gakupo la odió… Sonó otra bofetada, como si la mano se le hubiera imantado. El niño retrocedió, aterrorizado― ¡Amo!

De nada valieron las disculpas o súplicas de Len. Deseoso de darle una lección, Gakupo buscó una palmeta de madera dura y tras perseguirlo un momento, lo acorraló contra una esquina y la descargó violentamente sobre la mejilla enrojecida, haciéndole sangrar: Se lo merecía por haber intentado resistirse.

― ¡Eres un completo inútil! ¡Derramar el té de tu señor encima! ¡Y tras de eso escaparte! ¿De verdad, eres tan estúpido, Len? ―Volvió a descargar el barbárico instrumento sobre el pobre niño, lastimándolo aún más―; ¿de qué me sirves, eh? ¡¿De qué?! ¡Debería echarte a la calle ya mismo!

― ¡Amo! ¡A-amo! ¡Fue un a-accidente! ¡Perdóneme!―lloraba Len a gritos, tratando de cubrir su rostro de la palmeta, que le caía encima como una granizada…

Pero al Duque de Venomania no le importaba: Tenía que demostrarle a su inútil y llorón sirviente que ÉL era su amo, su señor, su protector… que siempre debía serle útil y nunca… NUNCA, enojarle. Ni jamás rebelarse. Nunca… No sentía absolutamente nada por lo que estaba haciendo. No sentía asco o repudio por estar azotando brutalmente a un pequeño niño de diez años… Simplemente estaba poniéndolo en su lugar.

Dos minutos eternos después, el Duque Gakupo se incorporó con presteza, guardando la palmeta en la solapa de su traje, que rezumaba algo de sangre. Dejó a Len encogido en el rincón, temblando y sollozando. Gakupo le lanzó una mirada de reprobación.

―Deja de llorar, Len. Créeme de veras que a mí me duele más que a ti―Y mientras decía eso, lo miraba con un pliegue cruel en la comisura de los delgados labios ―. Hummm… Mira que desastre hiciste aquí... Mejor me daré un baño… y cuando regrese, quiero ver "esto" limpio, ¿entendiste?

―Sí… sí, mi señor―murmuró Len, temblando no solo por la paliza recibida y por la amenazante orden que le había dado. Se apresuró a limpiar todo el desastre y cuando Gakupo regresó de su baño (y con su camisón blanco de dormir ya puesto), sonrió con indiferente apreciación y le dio unas palmaditas en la mejilla, justamente en la más lastimada, aunque Len se mantuvo quieto, aguantándose el dolor.

―Buen chico… ¿Ya viste que puedes ser útil? Y ya que hablamos de utilidades…―Le dio una bolsita de tela marrón, en la que se vislumbraban relucientes monedas de plata, que Len observó sorprendido―, serás un chico aún más útil si no se te ocurre irte de aquí y decirles a las monjas lo que pasó, ¿a qué no? Porque… sería algo muy desagradecido de tu parte, pequeño Lenny, pues yo te adopté, ¿no…? Y tendrías que irte de mi casa… Y la calle es el peor lugar para un niño como tú…―esbozó una sonrisa al ver la cara de miedo de Len―, quédate aquí conmigo… Me serás de muchísima ayuda…

Len lo miró con pánico. ¿Quedarse? ¿Con ese monstruo? "¡No! ¡Nunca! ¡Preferiría morir!" pensó el pequeño… Su primer pensamiento iba a ser gritar NO!" con todas sus fuerzas y huir, huir lo más lejos de ese terrible lugar y de ese hombre… Pero luego, lo pensó mejor: Sí Len huía, ¿a dónde iría? No podía (ni quería) regresar al orfanato… ¿A la calle? Donde enfrentaría el desamparo y la incertidumbre… Aunque le doliera admitirlo, el Duque Gakupo tenía razón: La calle era el peor lugar para un niño, y más uno como él… Si no moría de hambre o de frío en la primera semana, lo haría pedazos la policía, que tanto aborrece a los vagabundos y a los mendigos…

Len solo tenía esas dos opciones: O huir y enfrentar una vida desamparada y miserable… O quedarse y servir al Duque Gakupo. La segunda opción arrastraba igualmente una vida desamparada, pero al mismo tiempo… estaba allí ese sentimiento de agradecimiento; pequeño, pero oculto…― ¿Y bien, Lenny? ¿Qué me dices?―inquirió el Duque, estirando la mano, donde reposaba la bolsita de monedas.

―Sí… Me quedaré como usted―susurró Len bajando los ojos.

Gakupo esbozó una sonrisa: ―Buen chico―Y le dio unas palmaditas en la cabeza… como si fuera un perrito faldero. Len sonrió automáticamente ante la caricia, pero por dentro, deseó una cosa: Ser pájaro y volar lejos, como esa alondra que veía en ese momento en el alfeizar de la ventana, y que se había alejado gorjeando al frío claro de la tarde… Volar lejos en el horizonte, más lejos de esto… y más cerca de Rin.

La palmeta no fue lo único que Len tenía que soportar: Una vez, Len no pudo evitar (pues estaba muriéndose de hambre) en tomar una de las bananas del cesto… y lo peor no fue que Gakupo lo descubrió y lo obligara a devolverlo… sino que lo "obligó" a comérselo otra vez, haciéndole casi vomitar. Si Len rompía algo sin querer, el resultado era unos golpes a punta de bastón y sin derecho a cenar. Baños fríos a punto de cuba y largos encierros en el cobertizo del patio, cerrado con candado, dejándolo llorar de miedo en la completa oscuridad, durante horas… ¿Y todo por qué? "Porque quiero que te hagas hombre, Len. La letra con sangre entra; así como un perro obedece a su amo" decía Gakupo.

E increíblemente Len fue soportando todo eso poco a poco, casi ignorándolo, aprendiendo a hacer todo con cuidado para no hacer enojar a su amo, por lo que los castigos dejaron de ser tan fuertes… Ustedes pensarían que Len se volvió masoquista, pero la verdad es que, más que aceptarlo, Len se había resignado a esta vida, y durante todo ese largo tiempo, creyó que ese era el camino que Dios le había otorgado y que debía conformarse a él…

Al menos… creía eso, hasta el día que vio a Rin en la cama de su amo.


Cuando Len parpadeó, notó que le escocían los ojos. Se acercó a una charca cercana bajo un árbol y se pasó puñados de agua helada por el rostro, frotándoselos. Se contempló luego en las turbias y verdosas aguas, observando su tembloroso reflejo, cuyos ojos estaban enrojecidos, de tanto llorar… de miedo, de dolor, de los recuerdos lejanos…―Maldición…―masculló dándole un manotazo al agua con un breve arrebato de rabia, haciendo desaparecer su reflejo y de paso asustando a una rana que estaba escondida por allí y que ese alejó croando con fuerza.

Alzó la vista hacia el cielo. Sus azules orbes se detuvieron en el arco plateado de la Luna Creciente, justo antes de desaparecer tras un manto de nubes grisáceas… Una helada gota cayó sobre su párpado izquierdo y se deslizó lentamente por su mejilla, como si se tratase de una lágrima más, de las que tanto había derramado… Cayó otra, esta vez sobre el puente de la nariz… Iba a haber una tormenta.

Eso era muy preocupante para Len, pues ¿Qué haría ahora? No podía regresar al castillo, pues eso sería rebelarse ante el castigo de Gakupo y sería peor para él; tampoco valía la pena, pues aunque suplicara, sabía muy bien que su amo no le dejaría entrar por la lluvia… Tendría que mojarse por toda la noche… o buscar un refugio. ¿Pero dónde lo hallaría? ¿Y si se perdía por el bosque? Por un momento, le tentó la idea de quedarse acurrucado bajo el árbol y esperar a que se pasara el mal tiempo… Pero la lluvia empezó a aumentar con fuerza y el silbido del viento se convirtió en un rugido, cargado de agudos alfilerazos de frío… No podía quedarse ahí, en la intemperie. Entonces, Len tuvo una idea: Con ayuda de una pequeña navaja que siempre cargaba en su bolsillo, marcó una gran cruz en la madera del árbol.

Siguió andando hacia delante, marcando más y más cruces en las húmedos troncos de los arboles aledaños, confiado de que lo guiarían de regreso a su camino cuando la tormenta amainase. Le costaba un poco caminar, pues apenas podía distinguir lo que veía delante de él con la lluvia desdibujando todo a su alrededor y estando calado hasta los huesos.

Casi diez minutos después, Len se detuvo bajo la copa de un gran Lilo, observando lo que estaba delante, casi oculto entre la mojada maleza: Era una cueva, semi hundida entre las raíces de un retorcido árbol. ¡Estaba salvado! Aun así, Len se acercó con cautela, rogando que no hubiera adentro un oso. Finalmente se armó de valor y entró en ella.

La cueva era algo angosta, pero lo suficientemente profunda como para refugiarse de la lluvia. Rastrillando una roca contra la pared de la cueva, hizo saltar chispas a unos cuantos leños y raíces secas, encendiéndolas. Cuando formó una fogata decente, Len se quitó la corbata y el chaleco, que goteaban agua. Los dispuso en el suelo y volvió a sentarse, con la cabeza entre las rodillas, observando la lluvia caer. Casi se quedaba dormido, cuando… Vio como el primer relámpago rasgó el cielo e hizo retumbar el bosque.

El corazón de Len se llenó de congoja. No, no porque él tuviera miedo por truenos, sino miedo por Rin.

Rin…

¡PUM! ¡…PUUM!

Rin… Oh, Rin.

Seguramente debía estar muy asustada en estos momentos. Len casi podía verla acurrucada en la cama, abrazada a los almohadones, llorando y gimiendo de miedo ante los fuertes sonidos… Ella estaba asustada y temblorosa, necesitada de que su hermano estuviera allí, consolándola, abrazándola, haciéndole ver que todo estaría bien y que nunca iba a dejarla sola… Pero él no estaba ahí, no estaba acompañándola… No la estaba protegiendo, ni ahora, ni antes.


― Rin… Hermanita…―susurró Len en voz baja al entrar otra vez en la habitación de su amo, una vez que Gakupo le había llamado. Este se había levantado y salió fuera, dejando a Rin tirada en el suelo, pues la había empujado fuera de su cama, como si fuera una algo indeseable.

Len se arrodilló junto a la muchacha, que estaba casi desmayada por la nueva violación de Gakupo… Le acarició la lastimada mejilla, y ella abrió los ojos, devolviéndole a los angustiados ojos de Len su mirada azul, completamente… vacía. No pudo contenerse más y la abrazó con fuerza, derramando amargas lágrimas al contemplar su desnudo y magullado cuerpo, lleno de hematomas y chupetones.

―Rin… Rin… ¿por qué a ti? ¿Por qué pasó esto…? Perdóname, perdóname por no haberte ayudado… ¡perdóname…! ―gimió Len entre sollozos, sosteniendo a su gemela contra su pecho, acariciando su desordenado pelo rubio, deseando escapar, escapar lo más lejos de posible de ahí, y morir.

¿Por qué, de todas las mujeres de todo este mundo, le tuvo que tocar a ella? No es que Len se lo deseara a otra joven, pero… ¡¿Por qué a Rin?! La apretó con más fuerza contra sí, desesperándose al no sentirle devolverle al abrazo… Rin era prácticamente una muñeca muerta entre sus brazos.

Oyó una risita despectiva detrás de ellos. Len cerró los ojos con fuerza y apretó a Rin aún más fuerte contra su pecho, llenándose a cada segundo de un odio corrosivo y mortal contra el dueño de esa maldita risa, contra el causante de todas sus desgracias, contra el corruptor de su amada Princesa…

Gakupo prácticamente se vanagloriaba con esta terrible escena. Adoraba ver a su sirviente así… Completamente destrozado.

―Sirviente, lleva a la señorita Rin a su habitación y luego regresas, para hablar de tu castigo.

Len no se movió.

―Len, ¿estás sordo o qué? Dije que la llevaras… ahora. ―Allí, Len no lo soportó más:

― ¡Maldito! ¡¿Cómo pude hacerme esto?! ¿¡Hacerle a esto a mi hermana?! ¡MALDITO, MALDITO SEA…! ¡Aaaahh!― Gakupo había agarrado a Len de los cabellos, zarandeándolo violentamente, haciéndole soltar a Rin. Sonó una fuerte bofetada.

―Eso fue por tu insolencia. Esta…―Le dio otra―, por negarte a obedecer. Y esta…―Y otra más―, por mi alfombra. ―Lo soltó y Len cayó de rodillas, encogido en el suelo―Y la siguiente hará que dejes de preocuparte más por tu querida hermana. Discúlpate. ―Len apretó las mandíbulas―, Lenny…

―Dis… Discúlpeme, amo―articuló Len con un tono cargado de odio―, no lo volveré a hacer.

―Buen chico. Ahora, llévatela a su habitación.

Asintió y queriéndose morir, Len alzó el cuerpo de su hermana en sus brazos tras cubrirla con una sábana. Dio vacilantes pasos hacia delante, todavía derramado lágrimas sobre sus mejillas amoratadas, deseando tener la fuerza suficiente para huir corriendo de este Infierno con Rin, aunque sabía no podía hacerlo… Pasó frente a Gakupo, que se mantenía impertérrito, ajeno al insoportable dolor de Len… Le agarró de pronto el antebrazo con una mano helada y pétrea, como la de un muerto, para ronronearle:

― Gracias, Len… Por hacer que viniera con tus tontas cartas. Hacía mucho que no desfloraba a una virgen… Y tu hermana resultó ser particularmente… estrecha.


― ¡Basta!―gritó Len amortiguadamente, tapándose la cara con las palmas de las manos. Era una sensación horrible y que lo perseguía constantemente... Ver a Rin siendo usada y desechada por el Duque, una y otra vez, como un pañuelo que se usa para soplarte los mocos y que luego tiras por allí... a eso había quedado degradada su adorada gemela... Como esos perfectos labios eran profanados por él...

Esos labios... Len no podía dejar en ello, a veces con una sensación de asco, a veces con una sensación cálida en su corazón... Casi inconscientemente, el sirviente posó las yemas de sus dedos en sus labios, volviendo a recordarlo: Esos labios lo había sentido tan suaves y tan tibios... Lo más delicioso que jamás había probado... y que quisiera volver a probar... ¡Volver a probar! ¿Cómo puedes pensar algo así, Len? ¡Ella es tu propia hermana!

Y tras eso, ¿eres capaz de considerar monstruoso al Duque Gakupo... cuando tú mismo lo eres: un monstruo?

"No, no... eso es diferente... lo es. Yo... yo jamás lastimaría a Rin... a mi dulce Rin. Ella es mi princesa y yo soy su caballero; juré protegerla, juré hacer cualquier cosa por verla siempre sonreír, siempre feliz... Yo moriría si le hiciese algún daño..."

―Rin...―susurró Len prácticamente a la sorda nada de la tormenta, cerrando los ojos.

Lo despertó una gota que le cayó en la frente. Le dolía bastante la espalda por dormir en ese duro suelo. Entornó la vista hacía el techo de la cueva… Y le sorprendió al ver lo que estaba allí; incluso se frotó los ojos (marcados con leves ojeras), para asegurarse de que no se lo estaba imaginando:

Un ojo lo miraba desde arriba.

¿Un ojo? Len se obligó a levantarse para observarlo más de cerca. Estiró la mano con algo de temor, hasta finalmente tocarlo con las yemas de los dedos: Era una especie de ojo alargado dibujado con alguna especie de tinta roja oscura; la ceja se alargaba formando un arco a todo lo largo, y debajo de esta se formaba una línea, como si ese ojo estuviera llorando (1). Un hundimiento en las ramas hizo que la pequeña fogata chisporroteara y soltara chispas, iluminando brevemente el techo de la cueva… revelando más dibujos rojos.

Estupefacto, Len tomó una rama larga que había por ahí y tras encender la punta con el fuego, la alzó para ver el resto de los trazos… Mostrándole que casi toda la cueva estaba llena de extraños dibujos:

Vio más ojos de todas las formas, todos con la pupila clavada en él. Vio círculos rodeados por dos medialunas a sus lados (2). Trazos de copas y lágrimas. La luna en todas sus fases, además de volteadas hacía diferentes lados. Estrellas y soles. Cruces rodeadas por un círculo. Líneas rectas que se cruzaban entre sí, formando estrellas o cruces invertidas… Todas con el mismo color rojo oscuro de la sangre seca. El sirviente las observaba y palpaba, entre aterrado… y fascinado.

Entonces se volteó a observar la parte más profunda de la cueva, totalmente a oscuras. ¿Habría también esos extraños dibujos rojos? Se moría de la curiosidad, pero también tenía algo de temor, pues quien sabe qué habría ahí… Al final la curiosidad pudo más y Len se animó a alumbrar ese rincón de la caverna: En efecto, allí también había dibujos… Sin embargo, esos trazos carmesí eran mucho más extraños y perturbadores que los que estaban en la parte menos profunda de la cueva:

Mostraban extrañas figuras humanas, algunas sentadas, otras al parecer bailando en medio de una especie de fogata, formando un círculo perfecto con los brazos hacía arriba, y entre ese anillo de personas y la fogata, se veía una serpiente formando también un círculo, persiguiéndose la cola… A lo largo, veía animales como osos y lobos, o insectos escarabajos y mariposas… Y justo en donde terminaba la cueva, Len soltó un grito de asombro: Era una especie de mural, donde estaban extrañas palabras en rojo sangre:

"Blod erlivets kilde... Vi tilbyderdet til dig, for du kan giveosnåde ogmagt."(3)

Len no entendía que demonios significaba eso, pero alrededor de la inscripción había una sucesión de pentagramas, estrellas invertidas y cruces torcidas, casi formando un óvalo… Y justo debajo de él, había más figuras de personas, todas en posición acostada, retorciéndose violentamente, mientras había otras figuras de pie, alzando una especie de espada o cuchillo… Len, asustado, retrocedió y sintió que pateaba algo con el pie. Miró hacía abajo…― ¡Aaaahh!―gritó y saltó hacía atrás: Era un cráneo humano, que tenía un enorme agujero en la parte de atrás de su cabeza, como si le la hubieran abierto cuando la persona estaba viva… El cráneo rodó y quedó de frente, mostrándole a Len una horripilante sonrisa en su boca sin dientes. Len se pegó contra la pared, con el corazón saltándole de pavor, mientras con la rama encendida (ya a punto de consumirse) alumbraba durante unos instantes más trozos de osamenta y huesos partidos en el rincón. ¡¿Qué clase de lugar era este?!

Y cuando pensó en salir corriendo de ese macabro lugar, so pena de mojarse… oyó un silbido como de un pájaro cruzando la lluvia y hacer eco en el rincón de la caverna donde estaba él. Len se quedó de piedra, mientras agudizaba el oído, volviendo a escuchar el espectral silbido, esta vez más fuerte. Entonces oyó la voz de una mujer:

― ¡Aquí, la encontré!

¡Oh, no! ¡Iba a venir hacía acá! Lleno de pánico, Len dejó caer la rama encendida y corrió a pisotear la pequeña fogata. En esa fracción de segundo, Len observó unas sombras moverse en los árboles, caminando hacia la cueva. El sirviente se agachó y rápidamente gateó de regreso hacía el oscuro y espantoso rincón… Y justo dos segundos después, las oscuras figuras entraron en la cueva: Eran tres figuras altas, completamente envueltas en negros ropajes y con las cabezas cubiertas con capuchas.

― Hummm… Ya pensaba que tendríamos que mojarnos, como las ranas―dijo una voz de hombre, algo chirriante y áspera. Otra voz hizo un sonido de chasquido con la lengua.

― ¡Tsk! Deberías agradecerme, en lugar de quejarte, Taito―replicó la voz de mujer que Len había oído antes―, no está tan mal, y mira: hasta hay unos leños para hacer una fogata… Sé caballeroso y enciéndela.

El otro hundió en el humeante montón de leños una rama resinosa y se sirvió de ella para volver a encender el fuego, iluminando los oscuros trajes de los personajes y los macabros dibujos de las paredes. Los dos que hablaron se bajaron las capuchas con parsimonia: La mujer era alta y algo entrada en años, de largo pelo rubio y penetrantes ojos verdes; aunque su rostro maduro era bastante hermoso, se le notaba una sombra de crueldad, avivada por el efecto de luz de las llamas. El hombre llamado Taito, era algo más bajo pero de complexión corpulenta y sus ojos escarlata contrastaban con su pelo morado oscuro; su expresión era monótona, casi de aburrimiento… El tercer personaje, que aún no se había bajado la capucha, se había sentado, de espalda a la pared y bajando la cabeza, como si dormitara.

―Perfecto… ―dijo la mujer arremangándose―. Maestro, estamos listos. ― le habló al personaje sentado. Este alzó la cabeza y masculló con una voz pedregosa:

―Hazlo de una vez, Sweet Ann… ― gruñó. Sweet Ann asintió y sacando un saquito lona de su ropaje, la abrió y sacando un polvo grisáceo, empezó a dar vueltas alrededor de la fogata, mientras cantaba:

Terra et aqua, et aer et ignis,
virga, et gladium pentaculum:
Opus oratiónem meam,
Et exáudiet vocem meam!

Y arrojó los polvos al fuego, haciéndolo chisporrotear y alzarse violentamente, erizando los cabellos de Len e iluminando completamente la cueva, así como los rostros de Sweet Ann y Taito. La mujer sacó una daga y empezó a bailar alocadamente, agitando y echando su larga cabellera rubia hacía atrás, haciendo una especie de mandolina con ella… Len por poco se delata con un grito ahogado, pues Sweet Ann se levantó un brazo y se hundió el puñal en él y lo torció, haciendo que manara la sangre de forma abundante y se deslizara a lo largo de su brazo, hasta gotear sobre el fuego.

"Madre mía, es una bruja" pensó el rubio viendo con estupefacción.

Candelas, et incensum, et calicem cultro,
Sicam pythonissam vires:
Uos surgere vitae,
Et veni in carmine ayudad! (4)

Taito la acompañaba con versículos en un extraño dialecto que Len no lograba entender; este daba vueltas en un medio círculo que había trazado con la punta de su zapato, mientras hacía girar su dedo índice en círculos. El tercer personaje daba palmas al ritmo de la canción de Sweet Ann… Len estaba prácticamente petrificado tras la gran piedra que había en el rincón, aterrorizado por los rituales de Taito y Sweet Ann… Momentos después, la mujer hundió dos de sus dedos en la gran herida que se había hecho con el puñal y se puso a trazar una Medialuna en un rincón de la pared… quedando exactamente igual que los demás dibujos de la caverna. Ahí si Len soltó otro gemido de horror, al voltearse y ver los demás dibujos… El hombre encapuchado soltó un gruñido.

―Acabo de oír algo.

Len inmediatamente se tapó la boca, rogando que no lo hubieran oído. Sweet Ann dejó de cantar y Taito entornó los ojos. Se quedaron en silencio durante unos segundos, como si trataran de volver a escuchar ese sonido. ―Tal vez fue un gato―repuso finalmente Taito, encogiéndose de hombros.

―No, yo escuché bien y eso no sonó como un gato―replicó el hombre encapuchado con tono desenfadado―; …También me había percatado de esta fogata, cuando ayer no había nada aquí… y estaba humeando, como si acabaran de apagarla.

― Nee, Taito…―canturreó Sweet Ann de pronto, incorporándose tras haber estado agachada de espaldas a ellos―… ¿esto es tuyo?

En su mano, aun con rastros de sangre coagulada colgaba... una corbata amarilla.

El alma de Len se desplomó a los pies. Ahora sí…. Era oficialmente hombre muerto. Como si le hubiera leído el pensamiento, Sweet Ann volteó el rostro hacía el rincón más oscuro de la cueva… Len retrocedió hasta el mural con la inscripción, con el corazón latiéndole violentamente… viendo como la mujer caminaba lentamente hacía allí, haciendo que el pliegue de su falda soltara susurros contra el suelo…

Finalmente sintió la helada mano de la bruja en su muñeca.

Len empezó a gritar de pánico, zafándose del agarre de la mujer, que se había quedado sorprendida y trató de correr hacía la entrada de la cueva para intentar huir por el bosque… Pero entonces sintió una mano agarrándole del pescuezo y arrojándolo al suelo… El sirviente quedó aturdido un momento por el golpe y cuando volvió a abrir los ojos, vio los penetrantes ojos verdes de la bruja, clavados en él.

―Buenos días, bello durmiente―dijo con una sonrisa radiante, mirándolo con avidez. Len soltó un estrangulado grito de horror y trató de retroceder―, ¿Qué te ocurre?

― ¡Yo no vi nada! ―gimió el rubio en un tono tan chirriante como el de Taito―. ¡No vi nada, lo juro! ¡Déjenme marchar!

― Ay, está asustado―repuso la mujer, hablando con tono de una niña pequeña―. ¿Perdiste a tu mami, pequeño?

― ¡Sí… sí…!―mintió él rubio, deseando que lo dejaran irse―, ¡déjenme ir y la buscaré!

La mujer soltó una risita: ―No, no… no podemos hacer eso, pequeño―replicó arqueando las cejas.

― Nos ha visto―replicó Taito cruzándose de brazos―. Les dirá a todos.

― ¡No, no diré nada, lo juro! ―chilló Len, asustándose cada vez más―, ¡no he visto nada y no diré nada! ¡Déjenme marchar, se los ruego!

Len sabía que su vida pendía de un hilo: Tanto en el pueblo de Asmodín como en toda la región en esa época, existían numerosas leyendas sobre las brujas y hechiceros: Que ellos se reunían en cuevas o en los claros de los bosques, dando ejecutaban rituales profanos con animales e incluso personas como "sacrificios". Contaban también que cualquier desafortunado mortal que los descubriera, sería inmediatamente sacrificado a sus Dioses de la Oscuridad, en parte como ofrenda extra… y en parte para acallar a ese posible testigo que fuera a delatarlos a la Iglesia y la Inquisición.

― ¿Qué haremos con él, Maestro? ¿Nos lo quedamos? ―preguntó Sweet Ann acariciando la mejilla de Len, quien estaba completamente paralizado―, hace mucho que no tengo una mascota para acariciar…

― No seas egoísta, Sweet Ann… yo digo que a la Gran Diosa hace mucho que no le ofrecemos algo de… sangre joven. Hum, este está algo flacucho, pero hay que aprovechar―terció Taito sonriendo malévolamente, mientras palpaba la garganta de Len, observando los gemidos y gritos del joven rubio, implorando por su vida.

― ¡A mí nunca me dejan nada! ―gorjeó la mujer soltando una risa cantarina―, ¿no puedo aunque sea "mimarlo" un poco? Ya sabes cómo me ponen los hombrecitos…―agregó con tono lujurioso, aterrando a Len aún más.

― Muy bien, ya es suficiente.

Taito y Sweet Ann dejaron de palpar y manosear al aterrado joven y lo soltaron. El hombre de capucha negra se había levantado, mostrando que era aún más alto que Sweet Ann. Arrodillado en el suelo, Len alzó la cabeza, tratando de entrever el rostro tras el capuchón, aunque solo logró atisbarle una nariz, un poco prominente. ― ¿Quién eres, muchacho? ―preguntó, con el mismo tono desenfadado.

―Yo… yo…―Len miró de soslayo hacía atrás, observando la entrada de la cueva, custodiada por un Taito ceñudo. Volvió a mirar al extraño personaje y respiró profundo―. Soy Len. Len Kagamine.

―Hummm…―gruñó, dando una cabezada―,ya veo. ¿De dónde vienes?

― Ve-vengo… vengo del Castillo del Duque de Venomania, señor―repuso Len bajando los ojos. El extraño personaje volvió a gruñir.

― ¿El famoso Duque Gakupo de Venomania? ―Len asintió―. Interesante. ¿Y que eres de él? ¿Su hijo? ―A Len esa pregunta le dolió como una espina clavada, pues se suponía que él era su hijo… Eso les había hecho ver su amo a las monjas del Orfanato… Vaya mentira. Apretó las mandíbulas y negó con la cabeza―. Vaya, vaya… ¿Caballero? ―Len negó con la cabeza―, ¿Escudero? ―Len movió la cabeza―, ¿paje? ―los puños de Len se recogieron, crispados de rabia y de humillación, mientras negaba una vez más―, Ehhh…. ¿sirviente?

Len alzó la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos… Lentamente, asintió. Taito resopló.

― ¡Un sirviente! ¡La plasta de la sociedad! Humm, no es gran cosa, pero funcionaría de "aperitivo", ¿no creen? ―dijo mientras se le formaba una sonrisa torcida.

― ¡No! ¡Es muy lindo! ¡Al menos déjenme acariciarlo primero! ―rió Sweet Ann agarrándolo de los hombros, sobresaltándolo―, ¡venga, Maestro!

―Ya basta, Sweet Ann―repuso el hombre sosegadamente. Volvió a mirar al rubio, como una araña observa a una mosca―. Joven Len, supongo que debes estar consciente de la situación en la que estás, ¿no? ―Len tragó saliva y dio un nerviosa cabezada―, no creo que seas tan despreciable como para irte hasta la Iglesia y te pongas a gritar que viste… brujos, ¿a qué no? Pero… tampoco podemos tomarnos ese riesgo de dejarte ir, así como así… ―Se agachó y le tomó la mejilla―, podría fácilmente matarte y ofrecerte― Len aguantó la respiración―. …o, podrías unirte a nosotros.

― ¿U-unirme… a ustedes? ―susurró Len con la voz quebrada.

― ¡Pero, Maestro! ¡Es un niño! ―protestó Taito, enfadado―, ¿Cómo va a sernos útil un niño como él?

―Mira más allá de tu picahielos, Taito―replicó el hombre soltando una risita seca―, por si no lo sabías, los niños tienen más poder que ningún otro ser. Y como están (supuestamente) más cerca de Dios, será más divertido bajar a uno, ¿no crees? ―Taito se puso lívido y se cruzó de brazos. Sweet Ann soltó una carcajada. ―, ¿Qué me dices, Lenny? Escoges eso… o lo otro.

El sirviente sentía como si tuviera la garganta obstruida por una rana. El asunto no estaba mejor planteado: O se involucraba con ellos en la brujería o lo usaban de sacrificio (o mínimo de mascota, a juzgar la codiciosa mirada de la mujer…) Para alguien de la época de nuestro Len, era algo igual o peor que ser torturado, cuando Dios estaba por todas partes y que hacer eso te ganarías un pase al Reino de Satán…

Pero a pesar de todo… en el fondo, a Len no le desagradaba completamente la idea: Si supuestamente Dios estaba por todas partes y ayuda a los necesitados… ¿Por qué seguía haciendo oído sordo a sus súplicas y rezos por deshacerse de Gakupo y liberar su adorada gemela? ¿Por qué, en vez de darle una señal de aliento y esperanza… solo hubo una horrenda escena de Rin bailando desnuda frente a los amigos del Duque? Aunque cualquiera lo niegue… en lo más profundo de sus entrañas, sentirá algo de fascinación de por este mundo oscuro y extraño… Len lo sentía así: No negaba que los dibujos en las paredes le habían provocado cierta fascinación

Y para finalizar… al menos le dieron una alternativa a ser "sacrificado", ¿no?

Len alzó la vista hacía el rostro del hombre… o más bien, su nariz prominente e inspiró hondo―Lo haré.

―Tomaste una sensata decisión, jovencito―susurró el hombre―, puede que seas un sirviente, un… perrito faldero―soltó una carcajada ante el apodo―, pero eso no te impide conocer nuestro antiguo y noble… arte.


Cuando Len salió afuera y observó el azul diluido y mate de la madrugada, aspirando el olor de la tierra mojada y los húmedos helechos, caminando de forma automática y como si fuera un sueño hacía delante, apenas fijando la vista en las marcas de cruces en los troncos… Sabía que algo había cambiado para siempre. Sabía que no era la misma persona que había sido al entrar a esa cueva para refugiarse de la lluvia… Sabía que ya nada sería igual.

Innovador alzó la vista del retoño que se estaba comiendo al ver al sirviente salir del límite del bosque cuando ya habían pasado las luces de la mañana. Soltó un relincho de gusto al verle (lo prefería mucho más que al Duque de Venomania, que realmente le aterrorizaba cuando lo escogía para montarle) pero… el caballo notó también la mirada ausente, casi en blanco, del joven rubio. Len deslizó la mano en su larga y sedosa crin, mirando los oscuros ojos del animal, que parecía preguntarle: "¿Qué ha pasado, Len?"

―Ha sido… ha sido una noche muy extraña, amigo―susurró Len al caballo, sin dejar de acariciarle de forma mecánica, como si tuviera la cabeza en otra parte. ―; Creo… que las cosas… cambiarán un poco ahora en adelante…―El animal parpadeó, confundido: ¿Qué quiso decir con eso? Entonces se oyó a lo lejos, la voz del amo de los dos:

― ¡Leeeen! ¡Ven aquí y hazme mi desayuno! ¡Hazlo ya, inútil…!

Len suspiró.

―Vamos, amigo.―le dijo moviéndole la cabeza para guiarle de regreso hacía el establo. Innovador soltó un resoplido y lo siguió, mientras Len se arremangaba…

Allí, el caballo alcanzó a verle, aunque forma fugaz, la pequeña marca a punta de daga en el antebrazo del joven sirviente… Un extraño dibujo rojo.

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To be continued…

Author's Note:

(1) El ojo egipcio Udjatse le conoce también como "El Ojo que todo lo ve"

(2) Representa a la Gran Diosa: La Luna Llena, rodeada por los Cuartos Creciente y Menguante.

(3) Traducción de un derivado del lenguaje celta (Irlandés) al español:

"La sangre es la fuente de la vida...Te la ofrecemos a ti, para que nos concedas gracia y poder"

(4) Esto son cánticos usados en la brujería, generalmente como rezos antes de comenzar una sesión. En el mundo de la brujería, la sangre ocupa un lugar importante, más que nada en la llamada Magia Roja, que usa la sangre y los tejidos, ya sean animales o humanos (propios… o ajenos).

La Magia Roja, que será tratada en su faceta más oscura en el próximo capítulo, puede ser usada para fines benévolos o malignos… Aquí será maligno, como es lógico :L

Shade: Espero que les haya gustado el primer episodio perdido… Prepárense psicológicamente para el segundo, que será bastante fuerte...

Que tengan todos y todas unos macabros (y gominosos) sueños