Shade: Hola a todos, gente linda y no tan linda (?) Les tengo una sorpresa inesperada y muy especial. ¿Qué es? Es un último testimonio, de alguien que sufrió tanto como nuestro Lenny, y que además, tiene otras cosasque contar…
Así es señores, la dulce Nana Macne. La cocinera que vimos en los episodios 2 y 3. Ella también merece un espacio propio, más allá del que breve momento que la conocimos por Len.
Advertencias: +18. Violencia explícita. Maltrato. Lenguaje fuerte. Escenas de satanismo e invocación (absténganse de imitarlo) Quedaron advertidos.
The Cuckoo Clock's Song
Primera Parte: La historia de Nana
Duérmete niño en la cuna;
mira que viene la mora,
preguntando por la casa
del niño que llora.
Canción infantil.
Hola… No esperaba verte aquí.
Es que ha pasado tanto… Tanto que ya ni me acuerdo de muchas cosas, excepto claro, de las que más no hacen sufrir. Pero es mejor así, pues aquel que no recuerde su pasado, está condenado a repetirlo.
Pero bueno, ya estás aquí. Siéntate y ponte cómodo. Debió ser un viaje sumamente largo para llegar hasta aquí. Es más, me haces una valiosa compañía; hace mucho que no tengo a alguien con quien hablar… a no ser que se cuenten los fantasmas.
Te pregunto algo: Conoces casi toda la historia del "Sirviente de Venomania", ¿verdad?
¿Sabes por qué digo casi? ¿No?
Porque hay cosas que Len nunca llegó a ver, pero yo sí. Yo tal vez pueda explicar de dónde vino todo ese dolor.
Dolor. Fue por lo que comenzó todo esto… y es justo decir que fue así como terminó.
Me da algo de paz contar esta historia… antes de que muera conmigo, bajo el sonido del reloj cucú.
…
Cucú… Cucú… Cucú…
Volteo la cabeza hacía la pared donde reposa un gran reloj cucú. El pequeño pajarito azul sale disparado de la ventanita (una… dos… tres veces) y lanza ese seco sonido, que suena un poco desafinado, interrumpiendo el constante silbido del caldero donde estaban cociendo las berenjenas de mi amo. Siempre quería que le preparara lo mismo cada viernes: Berenjenas rellenas de setas y vegetales. Abrí el horno y saqué los seis morados contenedores; sí, seis: Es que mi amo, a pesar de su buena talla, come como si tuviera compañía en frente… aparte de mí.
Caminé por el largo vestíbulo que separaba la cocina del salón principal, llevando con sumo cuidado las berenjenas rellenas, mientras miraba la interminable sucesión de retratos al óleo de cada uno de los dueños que, antaño a nosotros, había pisado este lugar… Me detengo por un momento, mirando el último cuadro de la fila, que casi siempre que lo miro, hace que mis ojos se humedezcan: Los ojos azules mirándome de forma amable, la larga melena morada en forma de trenzas, la pequeña y suave sonrisa que se formaba en sus delgados labios…
Así había sido mi antigua ama, la Duquesa de Venomania antecesora del actual, Madame Gakuko Kaumi: Una mujer fuerte pero justa, que me había tomado a su servicio, hacía casi veinte años atrás:
Provengo de la parte más pobre de Asmodín, de una familia que había perdido lo poco lo tenía por causa de un incendio. Mi pobre padre murió al intentar apagar las llamas; nunca olvidaré su borrosa silueta entrando en el espeso y acre humo que se había convertido nuestra casa… solo para verlo después casi irreconocible, completamente ennegrecido… Bueno, es todo lo que puedo recordar, y no es porque mi memoria esté fallando por mi edad, sino porque después de eso me había desmayado.
Mi madre y yo nos quedamos a vivir en casa de unos parientes, los cuales tampoco tenían suficiente para mantenernos, por lo que había que trabajar. Ví a mi madre, demasiado cansada y abatida. Y me di cuenta de que debía hacerlo yo. Al día siguiente me confié al párroco de la Iglesia a que me consiguiera un empleo. Me había prometido que me ayudaría, gracias a la intensa amistad que tuvo mi padre con él.
Ustedes podrían imaginar mi sorpresa cuando me dijo que entraría de criada en casa de la mismísima Duquesa de Venomania… Me había embargado la emoción, sí, pero también el temor, sobre todo cuando fui presentada ante ella a los pocos días.
―Muy bien… no tienes por qué ponerte nerviosa… Me harás una valiosa compañía, sobre todo a mi hijo. ―me había dicho sonriéndome―, se siente muy solo y no tiene amigos de su edad con quien jugar… ¿Podrías ser una especie de amiga para él? ―El tono estaba dicho. "Se ve que es una mujer buena" pensé. Esbocé una reverencia, sonriendo. ―. Se llama Gakupo, Gakupo Kamui… Si Dios lo quiere, será el próximo Duque de Venomania…
― ¡NANA…!
Oí que me gritaban. Solté un respingo, dándome cuenta que me había quedado parada frente al cuadro más tiempo del que yo pensé.
― ¡Ya voy, mi señor! ―dije apresurando el paso hasta la sala.
Allí, sentado en un amplió sillón de piel, descansaba Gakupo Kamui, el actual Duque de Venomania: El flequillo morado casi le tapaba los ojos, bizcos. La nariz, torcida y aguileña, parecida a la de un águila. Rostro tan distinto al hermoso y noble de su madre… pero por más… feo que fuera, seguía siendo su hijo. Y le había prometido a su madre, que en paz descanse, cuidarlo y obedecerlo… Y yo lo iba a cumplir.
Doblé la rodilla, estirando la bandeja hacía el frente, esperando a que me diera la orden de enderezarme… Pasaron diez segundos y no sucedía nada. Quince segundos, mis rodillas estaban empezando a temblar… Veinte segundos, ¡amo, mi pierna va a colapsar! Treinta segundos, mis manos temblaban sin controlarlo… Oh, que desastre: ahí yacen en el suelo las berenjenas destrozadas, con todo el relleno que tanto me esforcé en hacer, esparcido como excremento viejo frente a sus zapatos.
―Amo…―murmuré enderezándome y bajando la cabeza, sin dejar de mirarlo―, discúlpeme, por favor. Yo no quise…
―Cállate, por favor… Cielos: además de estúpida, vieja―me espetó el Duque Gakupo sin dignarse a mirarme siquiera: Tenía los ojos cerrados, con una sonrisa repulgando sus delgados labios, pero no como las sonrisas dulces de la Duquesa… sino crueles e indiferentes―. Retírate y hazme otros.
Bajé los ojos y asentí. Ya me había acostumbrado a sus insultos e insolencias… además, yo no era nadie para regañarle, solo era su sirvienta. Nada más, nada menos.
Me incliné y me retiré a la cocina, presta a hacer más berenjenas rellenas. Me senté en una pequeña silla, tomándome unos momentos para descansar mis adoloridas rodillas… Alcé la vista y me miré al pequeño espejo de estaño que colgaba frente a mí…
Vieja. Vieja… Estoy vieja.
Mis cabellos verde pálido ("Manzanita verde" así me decía mi antigua ama) se han vuelto aún más pálidos que antes. Las ojeras han opacado mis ojos verdes, así como mi piel pálida, en fin, todo este arduo trabajo, para una sola sirvienta, me ha envejecido de golpe…
Antaño, cuando la Sra. Gakuko era la Duquesa, compartía mi trabajo con numerosos sirvientes y doncellas, que estaban felices de servirla… Pero cuando ella murió y su hijo Gakupo heredó su título de Duque, mis amigos se fueron yendo de la casa, ya sea porque se cansaron de atender a ese niño grosero e insolente… ya sea porque él mismo los echaba del castillo. Y así fue siguiendo hasta solo quedar yo…
Sí, yo soy la única sirvienta que queda.
¿Por qué no me he ido? Deben estarse preguntando eso… Bueno, mis compañeros también me lo preguntaron: Y a todos les doy la misma respuesta: "En parte, es algo que le prometí a su madre… y en parte, ese hombre me da lástima"
Así es, él me da lástima.
...
―Amo, su cena está lista―murmuré deslizando la silla hacia atrás para que el joven Gakupo se sentara a comer… No se movió de donde estaba sentado: Frente a la ventana de espaldas a mí, viendo caer lentamente los copos de nieve… No parecía haberse dado cuenta que yo había entrado a la habitación ―. Amo…―dije aclarándome la garganta… No respondió.
"¿Qué le está pasando hoy?" me pregunté algo impaciente, pensando en mis galletas de mazapán en el horno… Sin embargo, mi sentido del deber debe anteponerse a los míos, por lo que me acerqué un poco más, colocándome junto a él en la ventana. La luz plateada de la tarde hacía empalidecer su rostro (más de lo que ya era) y también… hacía brillar las lágrimas que colgaban de su enorme nariz.
― ¡Amo, está llorando! ―dije preocupada―. ¿Lo han afligido?
El joven Gakupo se sonó la nariz―Vete.
A pesar de su orden, no me moví de mi sitio―Amo, si me cuenta qué o quién ha hecho que usted se pusiera triste, yo… yo podría ayudarle.
― ¡No necesito tu ayuda! ―me gritó mirándome por un segundo: Los ojos bizcos estaban enrojecidos, dándole una expresión aterradora. Retrocedí un paso―. Ni tú, ni nadie puede ayudarme. No necesito que me ayuden… mucho menos una asquerosa y sucia sirvienta como tú.
―Tiene razón, amo―respondí bajando los ojos y aferrando mi blanco delantal―, pero si no me dice que es lo que tiene, solo se sentirá peor. ―esbocé una triste sonrisa―. A veces, es mejor dejarse ayudar, cuando la carga es demasiado grande, por más fuertes y nobles que sean…
El muchacho volteó a mirarme, pero esta vez sin gritarme. Su rostro estaba contraído y enjuto: Parecía un niño pequeño a punto a llorar… Por un instante, me invadió el deseo de abrazarle… pero no puedo hacer eso. Una sirvienta no hace eso.
― ¿Por qué…? ¿Por qué soy tan feo, Nana? ―susurró mi joven amo dejando caer su mirada―. Había… había una fiesta en el pueblo, y yo quise ir… Pero todos se me quedaron viendo raro, como si fuera una… una especie de monstruo de feria―Se hundió más en su butaca―, de pronto, alguien derramó algo y me resbalé, cayendo al suelo―Gakupo puso la cabeza de través: tenía un cardenal en su sien―. Nadie me quiso ayudar, Nana: Todos se reían de mí: "Miren, el niño monstruo" "Oye, niño monstruo, ¿por qué tienes la cara tan roja?" "Oh, el niño monstruo llora llamando a su mami…"
Me sentí muy mal por él. Sí, puede que sea una persona cruel y que esto podría ser una especie de escarmiento por cómo trata a los demás… pero mi amo seguía siendo una persona, ¿no? Esas personas no tenían derecho a hacerle eso; no porque él fuera el heredero de la Duquesa, sino porque NADIE merece ser tratado así, como si fuera un monstruo...
Me retiré un momento, para traer una palangana llena de agua y vendas. Humedecí un pedazo y lentamente, la coloqué sobre su hematoma. Él se estremeció, pero no me apartó la mano de un manotazo o un empujón.―Ellos no debieron hacerle eso―dije suavemente, deslizando el paño húmedo por su rostro―. La gente es mala, amo, pero lo hacen sin querer. No se dan cuenta de cuánto daño hacen… hasta que es demasiado tarde. Se perdieron la oportunidad de conocer a un chico fuerte, caballeroso, noble y…―Él me miró a los ojos y yo le sonreí―, y atractivo como es usted.
Gakupo parpadeó con sorpresa― ¿Tu lo crees, Nana?
―Así es, amo. Usted lo que tiene que hacer es demostrarles a esas personas lo… grandioso que puede llegar a hacer cuando sea Duque; tanto, que dejarán pasar por alto su apariencia y rogarán por sus atenciones… Imagíneselo: Será Duque de Venomania… Si me permite añadir: el grandioso Duque de Venomania.
Me callé, quedando expectante y al mismo tiempo emocionada: Jamás había visto a mi amo así; siempre se le veía tan arrogante, tan cruel e indiferente… Para verlo tan triste y abatido. Tan… tan vulnerable. Nunca pensé en verle de esa forma. "Es una persona tan simple y a la vez tan compleja" me dije ", puede ser turbulento en sus maneras, pero no es malo"
―Sí, tienes razón…―murmuró levantándose y tomando el espejo favorito de su madre, que estaba en una mesita, mirándose largamente… Y que luego, la arrojó contra la pared… casi cerca de mí. Ahogué un grito y retrocedí ante la explosión de fragmentos de vidrio y joyas esparcidas por el suelo. ―. La gente es mala, Nana. Y no se dan cuenta del daño que hacen… hasta que es demasiado tarde. ―Se acercó a mí, mientras me apretaba contra la pared, temblando de miedo por su repentino acto―. Gracias por tu consejo, fue lo más útil que me has dado.
―Cuando quiera… amo―murmuré bajando la vista.
Desde entonces, la crueldad de mi amo se intensificó. Pero yo seguía sirviéndole, porque en el fondo, yo sabía que esa actitud cruel de él no era más que una forma de enmascarar todos sus sentimientos de odio y de rencor contra la sociedad que no quiso darle otro oportunidad de conocerle mejor, tal y como él era en el fondo… Es verdad: La maldad proviene de todos nosotros y es la que nos convierte en malvados.
Aun así… Esa expresión de niño perdido, asustado y solo nunca se me iba a borrar de mi memoria. La conservaría siempre, como recordatorio del pequeño y brevísimo momento, que pude ver el verdadero interior del alma del Duque de Venomania.
― ¡Nana! ¿Ya terminaste mis berenjenas, vieja perezosa?
― ¡Ya casi! ―dando un brinco de mi silla. Cáspita, creo que volví a quedarme soñando despierta… Es la edad, les digo. Los viejos como yo retroceden a esas épocas pasadas cada vez más. Eso no puede ser así conmigo, yo tengo mucho trabajo que hacer.
A veces, demasiado trabajo para una sola sirvienta.
Le había rogado cientos de veces que contratara a alguien más que me ayudara en los quehaceres domésticos; pero por más que el Duque Gakupo me decía que estaba en ello, nunca venía alguien…
Bueno… Hasta ese día, que lo conocí.
Corría el año de 1689. Ha pasado un año.
Me encontraba en la cocina, tarareando una canción mientras esperaba que el pastel de zanahoria con barquillos calientes terminara de hornearse. Me decidí a cortar unas berenjenas para hacer unos medallones servidos con fajos de carne salada entretanto, cuando escuché que una puerta se abría, haciendo que dos voces flotaran en el aire. Una era la de mi amo, inconfundible, y la otra era aguda, melodiosa… y sonaba infantil.
Me paralicé un momento, agudizando el oído. ¿Había escuchado bien? La voz infantil se oía cada vez más fuerte… Entonces un olor penetrante me llegó a la nariz. ¡Cáspita, se está quemando el pastel, que tonta! Abrí el horno y lo saqué lo más rápido que pude. Uf, que alivió… por suerte no se quemó totalmente… Tonta Nana, tan vieja y tan tonta…
―Buenos… buenos días.
Volteé la mirada hacia abajo, de donde había salido ese sonido y me sorprendí: Era un pequeño niño. ¿Cómo pudo haber entrado sin que le oyera? Lo miré mejor: Era bajito y al parecer enclenque, la revuelta coronilla llegaba casi hasta mi codo. Tenía los cabellos amarillos, recogidos en una pequeña coletita… Me quedé expectante, esperando a que dijera algo… Solo jugaba con sus manos y miraba el suelo. Parecía tímido.
―Buenos días―repuse inclinándome un poco―. Soy Nana Macne, la cocinera del Duque Gakupo… ¿Tu cómo te llamas? ―le pregunté suavemente, tratando de no asustarle. El niño se retorció más fuerte las manos y vi como su frente se empezaba a enrojecer―. Venga, no seas tímido…
El niño asintió y lentamente levantó la cabeza: Bajo el curioso copete de mechones desordenados que le caían sobre la frente, se asomaba un rostro claro de facciones delicadas, labios delgados y ojos de un azul pálido… Nunca había visto ojos como los suyos, a pesar de que había mucha gente rubia en el pueblo.
―Me… me llamo Len. Len Kagamine, señora Macne―murmuró el niño esbozando una torpe reverencia, sin dejar de mirarme con timidez. Dos segundos después, solté una pequeña risa. ―, ¿qué es tan divertido? ―preguntó frunciendo el entrecejo.
―Ja, ja, ja… Hace siglos que no me llaman "Señora Macne" ―le dije sonriendo―. No tienes que decirme así, Len; puedes decirme Nana, ¿está bien? ―Len asintió―. Bueno, debes ser la nueva… adquisición del Duque Gakupo, ¿verdad? Entonces déjame decirte un par de cosas… Pero antes, prueba uno de mis barquillos. ¿Te gustan los barquillos Len?
―No, seño… digo, Nana. ―musitó Len, enrojeciéndose―. Nunca los he probado.
―Pues es tu día de suerte, pues los hice de banana con nuez.
― ¿En serio? ¡Me encantan las bananas! ―Sonreí ante la cara de felicidad que puso… Hace mucho que no veía una sonrisa proveniente de un niño, que como decían en la misa, es la cosa más bella e inocente del mundo.
Saqué del plato un par de barquillos calientes y se los di… Al parecer le gustaron mucho, pues tímidamente me preguntó si me quedaban más.
Nos la pasamos hablando durante casi el resto de la tarde. Len me contó que había perdido a sus padres por culpa de la viruela; y que su hermana y él se habían separado, pues ella fue aceptada en una especie de academia de música (Cuando me habló de ella, sus ojos se humedecieron, por lo que no me pude resistir en abrazarle) Yo le dije que lo comprendía: que había perdido a mi padre en el incendio y como mi madre había muerto de tristeza y cansancio hacía unos años… Luego, el nombre del Duque Gakupo entró en nuestra pequeña conversación. Len me contó que mi amo lo había elegido de entre cientos de niños del orfanato, y según le dijo él: "Para hacerle una valiosa compañía".
―Me dijo que me iba a convertir en su hijo, que me haría alguien, Nana… Y yo quiero ser un caballero.
― ¿Y por qué quieres ser un caballero? ―le pregunté mientras guardaba las copas de plata en sus cajas. Len compuso una pequeña sonrisa y su mirada se puso firme y decidida.
―Porque los caballeros no le temen a nada. Siempre protegen a los que más quieren… ― Y agitó la mano, como si enarbolara una especie de espada imaginaria―. Y yo protegeré a mi hermanita. Ella es mi princesa y yo soy su caballero. ¡Y enfrentaré cualquier cosa que intente lastimarle, aunque me muera en el intento!
―No tengo ninguna duda de que lo harás, Len―dije acariciándole los revueltos cabellos, haciéndole ruborizarse―. Seguramente serás un gran caballero cuando crezcas, cuyos actos darán que hablar a todos. Valiente, noble y bueno: Así serás tú… Ahora, tengo una importante misión para ti: ¿Me puedes ayudar a meterle el relleno a estas berenjenas? Hazlo con cuidado, que no se te caigan.
―No se preocupe, yo… yo sé cocinar, un poco―dijo Len ruborizándose.
―Perfecto. Entonces, acompáñame a entregarles sus berenjenas.
Terminamos de hacer las berenjenas rellenas y ambos nos presentamos ante el Duque Gakupo. Este estaba de pie, mirando la ventana, cuando se volteó ante el sonido de nuestras pisadas. Yo llevaba la bandeja de comida y Len la bandeja de té. No dijo nada, sino que hizo un gesto con la mano para que Len se acercara él. Nervioso, el niño se acercó e hizo una pequeña reverencia.
― Espero que no me vayas a hacerme arrepentir de mi decisión, Len― repuso Gakupo tomando una de las tazas que Len le tendía y bebiendo un largo sorbo―. Si te elegí por decenas de niños, es por algo. No medecepciones.
―Yo… yo… nunca dejaré de agradecer este gran gesto de bondad hacía mí, señor―tartamudeó Len sonriendo ampliamente―, le prometo que nunca lo decepcionaré. Espero ser como usted cuando sea mayor…trabajaré duro para ser un gran caballero como usted…
―Un momento―le interrumpió mi amo levantando una mano―, ¿acaso dijiste… caballero?
Len me miró un momento y luego a mi amo. Parecía confundido―Ehm… sí, señor. ¿Usted no me dijo que me convertiría en… alguien?
―Exacto, eso dije―repuso Gakupo frunciendo el entrecejo―,… pero yo nunca dije que te iba a convertir en caballero.
―Pero, usted dijo…
― ¡Silencio! ―le espetó haciendo enmudecer a Len―, ¡Pero qué insolencia la de este mocoso: poniendo palabras en mi boca! ¿Acaso no sabes que eso es una afrenta grave y que puede ser castigada? Es más… Debería castigarte.
― Pero, pero señor…
―A-amo Gakupo, no tiene por qué ser así―musité adelantándome un paso―. Qui-quizás Len cometió un error, pero eso no es razón para…
―Cállate Nana, si no quieres que te castigue a ti igual por traerme semejante porquería de berenjenas rellenas―Y violentamente tiró la vendeja que yo llevaba en el suelo, esparciéndolos por toda la alfombra. ―Ahora… ¿Quieres ser un caballero, Lenny? ―Y sacó una pequeña escoba y se la arrojó encima―. ¡Eh aquí tu espada!
Len, con la escoba entre las manos, me miró con desconcierto. Yo no sabía que decirle, ni se me ocurría algo para consolarle… Gakupo nos lanzó una mirada sombría y supimos que debíamos hacer lo que nos ordenaba. El niño asintió y se puso a barrer los pedazos de berenjenas despedazados del suelo. Yo me retiré a la cocina, sintiéndome muy mal por Len.
No parecía muy difícil intuir la verdad de todo esto, queridos amigos: Gakupo lo recogió del orfanato, y les hizo creer que iba a tomarlo como su hijo, así como le hizo creer a él que lo volvería un caballero… Solo para revelarle que sería un sirviente.
Al final, el Duque Gakupo cumplió su promesa: Que traería más servidumbre para ayudarme.
El Duque Gakupo me puso al corriente de sus órdenes al día siguiente. Estaba sentada sobre su sillón, mientras Len le peinaba la larga melena morada, me habló de mis nuevas responsabilidades como mayordoma:
― Vas a enseñarle todo lo necesario que tiene que aprender un sirviente: Limpieza, cocina y cuidado; tiene que ser atento y rápido para cumplir mis órdenes; tiene que aprender cual es el lugar que le corresponde; tiene que entender que esta es su misión en la vida y que si no la cumple…―Y me lanzó una mirada fría y cruel que nos hizo temblar a ambos―…. Ambos lo pagarán muy caro. ¿Entendido?
―Sí… sí, amo―murmuré haciendo una reverencia.
―Muy bien. Puedes retirarte… ¡Ay! ¡Niño estúpido, no jales mi cabello tan fuerte…!―Y luego escuché el inconfundible golpe seco de un codazo.
Así comenzó su vida de sirviente en el castillo de Venomania. Una vida dura y difícil, llena de miedo y oscuridad.
Una vida donde a la más mínima falta, el Duque Gakupo nos castigaba duramente, como si hubiéramos cometido un pecado grave… En su rostro siempre se veía esos ojos opacos y esa sonrisa cruel al castigarnos, así como sus muecas de asco cuando terminaba y nos dejaba tendidos, algunas veces en el suelo…
...
Así pasó cuando, una tarde en la cocina mientras preparaba la cena… oí gritos, gemidos agónicos y un golpe seco tras otro:
― ¡…Eres un completo inútil! ¡Derramar el té de tu señor encima! ¡Y tras de eso escaparte! ¿De verdad, eres tan estúpido, Len? ―Gemí de horror al oír los sonidos secos de algo duro descargándose con fuerza contraalguien ―; ¿de qué me sirves, eh? ¡¿De qué?! ¡Debería echarte a la calle ya mismo…!
―… ¡Amo! ¡A-amo! ¡Fue un a-accidente! ¡Perdóneme!―Escuché llorar a Len prácticamente a gritos, con una agonía tal que me erizó los cabellos. ¿Qué le estaba haciendo Gakupo? ¡¿Qué le estaba haciendo?!
Solté la bandeja y corrí hacia el vestíbulo, pero me detuve al final de este, quedándome resguardada detrás de una pared, observando todo con espanto: Gakupo estaba de espaldas, agitándose y alzando una y otra vez un objeto negro que parecía gotear algo rojo… Mi pequeño Len estaba acurrucado contra una esquina, tenía las mejillas ensangrentadas y ríos de lágrimas inundándoles, dándole el aspecto de estar llorando sangre… Me tapé los ojos durante un instante, horrorizada por tan terrible imagen. Mis ojos se llenaron de lágrimas, mientras me tapaba la boca para ahogar mis gritos… "¡Baste, basta!" grité desde las profundidades de mi mente.
La terrible escena duró casi dos minutos. Me sentí tan… tan impotente. Tan impotente al ver a Len llorar y gemir al ser maltratado de esa forma tan salvaje por mí amo… y solo porque al parecer le había tirado el té encima. ¡Fue un accidente, a cualquiera puede pasarle…! Pero no: el Duque Gakupo no se prestaba para oír excusas; él no era como mi antigua ama, quien siempre nos escuchaba. Gakupo es "Hazlo bien o te castigo",aplicando el "castigo" con terrible saña sobre nosotros…
Yo no comprendía por qué. Por qué él nos hacía esto... Por qué se desquitaba con nosotros.
¿Acaso nosotros tenemos la culpa de lo que él siente? ¿Acaso Len y yo somos responsables de que la gente lo trate así como lo tratan? Nosotros nos desvivimos en servirle lo mejor que podemos, solo recibiendo castigos y maltratos, como a Len en este momento… Ahí fue cuando me di cuenta que Gakupo se había retirado por fin. Esperé a que se hubiera alejado del todo para salir de mi escondite y correr hacía Len.
Él estaba arrodillado, limpiando el té derramado con un trapo. Todo su cuerpecito estaba temblando, mientras se oían amortiguados sollozos… Con las lágrimas saliéndome sin que yo me percatara, saqué un trapo de mi delantal y arrodillándome quedamente frente a él, me puse a limpiar. El rubio alzó la cabeza con sorpresa, mostrándome las huellas de su paliza intactas en su rostro.
―Nana…
―Es más rápido si lo hacemos juntos―le dije sonriendo con tristeza.
Cuando terminamos, saqué mi pañuelo de mi delantal y lentamente se lo pasé por las mejillas, limpiándole la sangre, con mucho cuidado de no lastimarlo más de lo que ya estaba… Len se quedó quieto, mientras crispaba los puños sobre sus rodillas, luchando por evitar que se le salieran más lágrimas… Cuando quedó limpio, le acaricié la cabeza.
―Lo lamento mucho… Esto no debió pasar―Len asintió y sin poderlo evitar, se arrojó a mis brazos, ahogando un pequeño sollozo. Mis brazos se apretaron en torno a él, apretándolo con fuerza contra mí.
Era como si… como si quisiéramos protegernos el uno al otro, protegernos de Gakupo, de todo lo malo que hay en este mundo… Como si en ese pequeño capullo nada nos pasaría…
―Todo estará bien, mi pequeño…―musité cerrando los ojos, sin dejar de acariciar sus cabellos. Sinceramente, nos hubiéramos quedado así, sin importar absolutamente nada… si no fuera porque hasta nosotros llegó el olor de biscochos quemándose y la voz de Gakupo se hacía cada vez más fuerte―. Recíbelo… Y cuando se vaya a dormir, haremos galletas de mazapán. Te enseñaré como hacerlas, ¿está bien?
―Está bien. Gracias, Nana―murmuró Len acurrucado en mi pecho.
―No hay de qué… Anda, de prisa―Y rápidamente me levanté y corrí hasta la cocina, justo a tiempo para salvar los bizcochos.
El Duque Gakupo me había dicho después que en serio lamentaba haber castigado a Len así, pero que no había tenido otra opción. "Hay que enseñarle a endurecerle, Nana. No le hará bien ser tan blando y suave con él" me decía mientras distraídamente jugaba con su berenjena alada favorita. Me decía que era lo mejor para él y que tenía que ayudarle en esas jornadas de "endurecimiento".
Las jornadas que Gakupo le imponía para "endurecerse" eran cada vez más largas. Más duras. Y por qué no decirlo, cada vez más humillantes… Gakupo me había advertido que no interviniera cuando lo sometía a esas "jornadas" porque si no, lo pagaría muy caro… Pero a mí no me importaba: Cuando Gakupo lo dejaba temblando de frío por las duchas a punta de agua helada, sigilosamente colocaba una manta cerca, sin que él diera cuenta. Forzaba la entrada del cobertizo donde Gakupo lo encerraba en la total oscuridad para darle un fuerte abrazo y llenarlo de besos, siempre y cuando Gakupo no nos viera… o casi, pues cuando lo hacía, me apartaba para doblarle los castigos a mi pequeño Len… A mí me partía el corazón al verle, pues simplemente yo no lo entendía.
― ¿Qué no te ordené que no intervinieras? ¿Acaso osas desafiarme?
―No lo desafío, señor; es solo que… no me parece justo que Len tenga que sufrir tanto con sus "jornadas de endurecimiento" Yo creo que…
― "¿Crees que?" ¿Desde cuándo los sirvientes pueden opinar? ¡Los sirvientes obedecen y callan!―me espetó Gakupo―. Yo solo quiero hacer lo mejor para Len… Así será un hombre fuerte y resistente. No un niñito llorón y marica como tú lo tratas con tus cursilerías… Ya verás que será mucho más beneficioso para él, tiene que aprender cuál es su lugar en este mundo, que debe tumbarse a la voz de mando de su dueño, queesconda las uñas y que la mirada de su amo le sirva de barrotes.
―Pero señor… ―Gakupo se volteó bruscamente ante mi pequeña objeción, clavándome implacable sus fríos ojos… Enrojecí, pero continué sin titubear: ―.Pero señor, Len es un niño… no un perrito faldero.
Por un segundo, creí que mi amo levantaría la mano y me pegaría por haber osado contradecirle… Y finalmente echó una fuerte carcajada, como si hubiera dicho un chiste.―Todavía tienes sentido del humor, Nana. Jajaja…―Y sin dejar de reírse, se retiró.
Puede que a él le hubiera parecido gracioso, pero a mí no me dio ni pizca de risa.
A veces me he llegado a preguntar (siempre con una sensación de estremecimiento): ¿qué tanto Gakupo nos llegó a ver a mí y a Len como… animales?
―Tómate esto, te ayudará a bajar la fiebre. ―Len asintió mientras tomaba la humeante taza que le tendía, agradeciéndome con una leve sonrisa. Bebió unos sorbitos, haciendo pausas para estornudar.
Caía una suave pero fría llovizna sobre el pueblo, de esas que llegaban cuando el otoño se abatía sobre el pueblo, que arrancaba las hojas de los árboles y llegaban a formar montoncitos de vivos colores. Len había ido al río por órdenes de Gakupo, ya que quería un esturión fresco para la cena. De hecho, Len había logrado sacar el escurridizo pez (Ya estaba terminando de asarse en el horno) pero había tenido que meterse completamente al agua y había cogido un resfriado. Por suerte, teníamos algo de tiempo libre para que Len tomara mi infusión de hierbas que había aprendido de mi madre.
El Duque Gakupo se había marchado al pueblo desde hacía unas horas, pues supuestamente había una fiesta para celebrar el cumpleaños de Gumi Megpoid, una joven de familia noble. Oh… Mi amo siempre hablaba de ella, y cada vez que lo hacía, los ojos le brillaban como nunca y una leve sonrisa encendía sus toscas facciones… Y eso era luego que me gritara "vieja zopenca" por habérmele quedado mirando… Decididamente, mi amo era una persona muy, muy extraña.
― ¿Crees que tuvo alguna suerte con esa señorita? ―me preguntó Len con voz nasal. Inmediatamente miramos a mi reloj cucú: Faltaba un cuarto para las siete de la noche. ―, tal vez, siempre habla sobre ella y de cómo lo hace sentir. Tal vez eso logre… ablandarlo, ¿no crees?
― ¡Ay, que Dios te oiga, pequeño! ―suspiré levantándome para lavar las tazas. Len se iba a prestar para preparar la mesa de Gakupo, cuando se llevó la mano a la boca para contener un gran bostezo que no se me escapó―. ¿Por qué no te acuestas? Yo me encargaré de atender a Gakupo.
― ¿Estás segura? Ya es algo tarde.
―Segura―dije sonriendo―; Tú estás enfermo y agitándote con trabajo a estas horas no te hará bien. Déjamelo a mí.
―Gracias, Nana―musitó Len levantándose sin hacerse de rogar, dándome un breve abrazo―, gracias por todo. Buenas noches.
―No hay de qué, cielo―dije separándome de él―. Buenas noches.
Len se retiró mientras yo sacaba los platos y las bandejas de la cocina. Al poner un pie en la escalera, se volteó una vez más y sonriéndome me dijo "Adiós" con la mano. Yo solamente se la devolví y retomé mi labor… Cuando me volví a voltear, Len ya se había ido.
Dios es misericordioso al no habernos dado la capacidad de ver el futuro. Sería para enloquecernos de antemano… Esa imagen, de Len despidiéndose con una sonrisa, me perseguiría hasta el día de hoy. ¿Sabía que se la devolvía sabiendas…?
¿…A sabiendas de que sería casi la última vez que vería a mi pequeño Len en años?
…
― Entre rápido, mi señor; se está empapando y…
Pero el Duque Gakupo me arrojó su mojada capa casi con violencia, mientras entraba a grandes zancadas por el vestíbulo, dejando grandes manchas de barro. Desconcertada, dejé la capa en el perchero y lo seguí hasta el vestíbulo, donde estaba apoyado frente a la ventana―, ¿Señor? Ehm… ¿Todo está bien, señor?
Él no me contestó enseguida. Bajó la cabeza, dejando entrever a la luz de las velas las mojadas hebras de pelo morado si fueran serpenteantes culebras… No me decía nada, ni hacía ningún movimiento, casi ni le oía respirar siquiera… Dios mío, me estaba empezando a asustar… Decidí volverlo a intentar:
― ¿Se-señor, la… la pasó bien en la fiesta de la señorita Gumi? ―Pareció como si le hubiera pinchado: Gakupo se volteó bruscamente, enfocándome como un halcón hambriento localiza a un pequeño conejo… Retrocedí.
― ¿Que si la pasé bien? ¿Que si la pasé… bien? ―Pareció quedarse sin habla por un momento, hasta que se empezó a inflar y enrojecerse―. Se burló de mí… ¡Esa maldita de burló de mí! Es una mentirosa arpía que decía ser mi amiga… ¡Me dejó en ridículo frente a todos!
―Pero señor, ¿quién se burló de usted? ―susurré aferrándome a mi delantal.
― ¿Eres tan estúpida, Nana? ¡Fue Gumi! ―gritó Gakupo como si se lo arrancaran a la fuerza. Nunca lo había visto así: Sus ojos bizcos se clavaban en mí con completo odio y rencor, su boca se movía en pequeñas muecas aterradoras, sus manos estaban crispadas, como si quisiera estrangular a alguien… retrocedí una vez más― Le dije que la amaba… Que la amaba desde que éramos unos niños… Qué nunca podría a amar a ninguna otra más que a ella… La muy zorra me rechazó riéndose… y luego todos sus invitados se empezaron a reír de mí… ―Empezó a dar vueltas alrededor de la habitación, completamente trastornado―. ¡Claro, como soy feo, creen que se pueden burlar de mí! ¡Importa una mierda que yo sea el Duque de Venomania! ¡Oh, mírenme: soy el payaso de todos aquí en este pueblo!
― ¡Eso no es cierto, señor, no es cierto! ―musité retorciéndome las manos, sin dejar de mirarlo―, usted es una persona noble y buena… Lo es en verdad. ¿Recuerda, señor, lo que dije hace mucho? "La gente es mala, pero hace cosas malas sin querer…" ¿recuerda? ", y cuando se quieren arrepentir es demasiado tar…" ¡Ahhhh!
Gakupo me había empujado contra la pared, apretándome con fuerza de los hombros con sus manos, casi lastimándome… Asustada, lo miré a los ojos: La mirada de Gakupo era… turbia, oscura y tenía un brillo casi…asesino. Quise gritar, pedir ayuda… Pero no podía: Len estaba dormido bajo el efecto de la infusión y dudé que se levantaría, por más afecto que me tuviese… Además, Gakupo podría castigarle cruelmente por intentardefenderme. No, no podía hacerle eso, Gakupo ya lo había castigado suficiente estos días… Tendría que enfrentarlo yo sola.
― Claro, yo me acuerdo muy bien, Nana…
―Amo, me está… me está lastimando…
―…Sé qué la gente hace cosas malas… muy malas―Y apretó más fuerte―, y esos imbéciles siempre piden perdón… Oh, nunca les perdonaré, nunca… nunca… ―Y volvió a apretarme más, sintiendo la presión de la pared y de sus manos contra mis hombros, a punto de quebrarse bajo su fuerza…―. Se van a arrepentir, todos ustedes… Todos lo pagarán…
― ¡Señor, me lastima!―gemí entre las lágrimas que resbalaban por mi cara. El Duque Gakupo me soltó apartándose, deslizándome hasta el suelo, abrazándome a mí misma por los hombros. Mi amo, lanzándome una mirada de asco, se retiró hacia las escaleras. Me quedé quieta, oyendo los pasos resonar cada vez más lejos de mí. Apoyé la cabeza hacía atrás, respirando profundamente, tratando de recuperarme… Todo en la estancia se quedó en completo silencio, hasta la misma lluvia que se estrellaba sobre los vidrios de las ventanas.
Debió haber sufrido en esa fiesta. Debieron haberse reído y burlado de él, como así solía hacer la gente del pueblo. Por un instante, se me cruzó en la mente el rostro de esa tal Gumi, descompuesto por el desdén, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa cruel al rechazar de esa forma tan mala a mi amo… Como la gente, imitando a la homenajeada, se turnaban para burlarse y reírse de él… Ahora estaba enojado, enojado con esa mujer y con el resto del mundo. ¿Y quiénes serían los que pagarían al final los platos rotos? Nosotros, los sirvientes.
Dejé escapar un suspiro más antes de levantarme y recoger todos los platos y vasos para devolverlos a su sitio. Ahora tendría que botar a la basura el esturión que Len pescó con tanto esfuerzo a punta de ganarse un resfrío, pues Gakupo odiaba la comida que no estuviese fresca. Luego apagué todas las luces y me retiré a mi habitación… pero no me dormí, sino que di vueltas y más vueltas sobre la cama, incapaz de conciliar el sueño.
…
Un ruido me sacó de mi letargo.
Por un momento, pensé que habría sido el viento de la tormenta que no cedía, o tal vez alguna rata que buscaba algo de comer (Aunque esto último lo pongo en duda, pues bajo mis años de "gobierno" en la cocina, no había visto ninguna rata o roedor parecido) Me acomodé mejor, esperando poderme dormir de una buena vez para despertarme temprano… Cuando el mismo ruido se volvió a escuchar. Se escuchaba afuera. Dudé un momento de salir de mi cama para investigar el origen de ese ruido, pero la curiosidad pudo más. Me infundí bien en mi chal rosa (pues estaba haciendo bastante frío al salir de las mantas) y justo al poner la mano en el pomo de la puerta, una última sensación de vacilación me invadió: "No vayas"… Hasta el día de hoy, lamento no haberle hecho caso.
La oscuridad del vestíbulo me envolvió completamente, mientras daba vacilantes pasos hacia delante, guida por el sonido. Sinceramente, esperaba que pasara algo, cualquier cosa, que me diera excusa para devolverme a mi cama… Pasé frente a una habitación que estaba medio abierta: Era la de Len. Me detuve un instante para observarle: Estaba profundamente dormido y su respiración se oía lenta y profunda. Me invadió una profunda ternura… Debí haberme aunque fuera acariciado sus cabello, aunque fuese una vez más… Seguí adelante, hasta que ví un débil resplandor al final de ese pasillo. Ustedes pensarían algo como: "Ya, ese es el origen del ruido; vuelve a la cama, Nana" Saben, yo también lo pensé…
Pero fue la curiosidad. ¡Dios mío, la curiosidad a veces puede ser muy mala! Simplemente llegué al final y me atreví a poner un ojo sobre la rendija de la puerta…
Esa visión jamás la olvidaré.
Sé que soñaré con ella hasta el día de mi muerte.
A veces me he llegado a preguntar, que hubiera sido de mi vida si nunca lo hubiese visto…
Era Gakupo. Estaba completamente desnudo, de espaldas a mí, frente al enorme espejo que tenía en su habitación. Su cabello estaba completamente suelto y echado hacía delante. Toda la habitación estaba iluminada por velas, por lo que fue fácil ver enorme el círculo rojo donde el Duque Gakupo estaba arrodillado y meciéndose de forma descontrolada… Entonces Gakupo echó la cabeza hacía atrás, cerrando los ojos, y habló con una voz ronca y gutural… inhumana:
Por el poder de todas las legiones bajo el mando de Asmodeus, te ordeno que tu espíritu escuche mi voz dondequiera que estés…
Yo, Gakupo Kamui, te ordeno que tus pensamientos sean míos, tu voluntad la someto a mi voluntad y tu cuerpo a mi placer, tu corazón y sus sentimientos los declaro para mí y que tu felicidad sea estar a mi lado conmigo y para mí…
Para la gloria de todas las legiones y del propio Asmodeus, hecho… ¡está…! (1)
"Oh Dios… ¡Oh Dios!" articulé sin hablar mientras me aferraba al rosario que llevaba sobre mi cuello, mientras me persignaba con la otra. Debí salir corriendo… pero mi cuerpo no me respondía, estaba clava en sui sitio, como una estatua… Luego, una voz nueva, mucho más terrible que la de Gakupo, se oyó desde un punto desconocido de la habitación… Mis ojos se movían enloquecidos, buscando el origen de ese ruido, que articulaba unas palabras:
"Desde el amanecer, tu vida cambiará para siempre.
Tendrás un rostro único, divino, que ningún mortal sería capaz de imitar o de resistir; un rostro más bello que de Reyes o príncipes… un rostro superior al de los mismísimos Dioses, que parecería esculpido por los ángeles… un rostro por el que ninguna mujer, fuera princesa, burguesa o la inclusa la última lavandera del reino, se resistiría jamás…"
Finalmente vi de dónde provenía ese ruido: Venía del espejo de Gakupo, que estaba completamente opaco y ennegrecido, con nubes flotando a su alrededor, entre dos enormes ojos rojos y rasgados como el de un gato…
Contuve un grito… Y Gakupo abrió los ojos, mirándome fijamente.
Ahí si mi cuerpo respondió: Salí disparada, mientras bajaba las escaleras volándome los peldaños, decidida a escapar, a escapar lo más lejos posible de ese monstruo y que no me atrapara… Crucé el vestíbulo y abrió a empujones las puertas. Llegué hasta el jardín, chapoteando entre el barro y la lluvia que desdibujaba todo a mí alrededor, hasta las rejas… Busqué las llaves, no las tenía ¡si siempre las llevaba conmigo! No tenía otra forma de salir, pues tanto el jardín como el patio trasero estaban flanqueados por muros, y mi edad impedía poder saltármelos… Solo podía regresar corriendo y apoderarme de las llaves…
Cuando abrí la puerta, del otro lado estaba Gakupo, clavándome fijamente con su mirada demoníaca.
― ¡Amo…! Yo… yo… ―Empecé a retroceder y empecé a gritar―. ¡Auxilio! ¡Auxilio…! ¡Len, AUXILIO…!
Nadie me escuchó. Nadie me auxilió. Ni Len, ni nadie más.
Gakupo me había violentamente agarrado de los cabellos y empezó a zarandearme y a arrastrarme de un lado a otro, como si quisiera arrancarme el cuero cabelludo… o la cabeza. Traté de gritar lo más fuerte que pude, pero me había puso una mordaza con su propia mano. Intenté quitármelo de encima, pero Gakupo era demasiado fuerte para luchar. Al ver que trataba de resistirme, me zarandeó más fuerte. Los cabellos me tironeaban más y más fuerte en la cabeza, provocándome un dolor insoportable, como si cien agujas al rojo vivo se enterraran profundamente en mi cráneo…
― ¡Piedad, mi señor! ¡Piedad!
― ¡¿Que piedad te voy a tener, maldita vieja chismosa?! ¿¡Acaso no sabes que los sirvientes no pueden meterse en los asuntos de sus amos?! ¡Se castiga con la muerte! ¡Te voy a matar! ¡Patearé tu cabeza hasta que explote!
― ¡Amo, por favor, piedad! ¡PIEDAD…!
Luego, increíblemente, Gakupo me soltó. Caí encogida sobre el suelo, en posición fetal, gimiendo y sollozando, llevándome las manos al rostro, palpándome las heridas que me había hecho. Nos quedamos estáticos: yo, encogida como una tortuga, sin apenas sentir las frías gotas de lluvia cayendo sobre mi mejilla y deslizándose hacia abajo… Al igual que mis lágrimas.
Volteé el cuerpo hacia arriba, observando los ojos fríos de mi amo, ahora completamente perdidos, apagados… inhumanos. Esa imagen me aterró aún más que el ataque mismo.
―Señor… ¿Por qué hizo esto? ―Gakupo no mudó su expresión; sin embargo, sabía muy bien a lo que yo me refería, no el ataque en sí, sino…―No era… no era la manera…
―Claro que sí lo era, vieja estúpida―repuso él con voz monocorde―, por fin podré vengarme de todos los que osaron burlarse de mí… Lo pagarán cuando les quite lo que más aman… Así sabrán lo que se siente, así temblarán y sufrirán… Pero tú… Tú sabes mi secreto, Nana―me susurró al oído, haciéndome temblar sin control… en ese momento, sabía que me iba a matar.
―Señor, si va a matarme, hágalo ―sollocé cerrando los ojos―…So-solo deme unos minutos para despedirme de Len, se lo suplico…
―…No, haré algo mejor que eso, Nana―Y luego sentí como Gakupo me agarraba con fuerza del brazo, y levantándome como una muñeca de trapo, me arrastró sobre sobre el fango y la hierba húmeda del jardín hasta volver a entrar a la casa, allí, me empujó sobre el vestíbulo, cayendo boca abajo―. Te dejaré tomar una decisión: Puedes quedarme y servirme… o puedes irte.
Me quedé petrificada. ¿Había oído bien? ¿Me iba a perdonar la vida? Me voltee a verle, respirando agitadamente. ― ¿Pu-puedo elegir?
―Sí, puedes elegir, tonta―repuso él―. ¿Qué eliges?
Era obvia la respuesta, ¿no? ¡Obvio que quería irme! ¡Irme lo más lejos posible de ese monstruo! ¡Aprovechar y escapar antes de que reconsiderara asesinarme!
Miré aterrada como en la ventana más cercana, las sombras se hacían cada vez más claras: Se estaba acabando la noche… Me acordé de pronto de la fatal anatema de… esa cosa que había en el espejo: ""Desde el amanecer, tu vida cambiará para siempre…" Eso significaba que… si me quedaba hasta el amanecer… no tendría escapatoria.
―Me voy, me voy―dije atropelladamente, levantándome con dificultad―.Nos marchamos.
― ¿Nos?
― ¡Sí, Len se irá conmigo! ―exclamé arrebujándome de mi chal―, ¡él no se quedará con usted, donde seguramente no conocerá otra cosa que el sufrimiento y la crueldad! ¡No dejaré que lo trate como un perro faldero! ¡No lo convertirá en un animal!
―…Je. ―Gakupo soltó una pequeña e infantil risita―. ¿Acaso tú eres la que decide si Len se quedará contigo o no? ―El tono con que lo dijo, frío y cruel, me heló la sangre―, por si no lo sabías, Nana… Len es mihijo… Yo lo adopté.
― ¿Adoptó? ¡Más bien lo compró, como si fuera un animal!
― Silencio, no permitiré que me hables así―musitó él con un tono sedoso y que sonó mucho más peligroso que si me hubiese gritado―. Len me dijo que se quedaría a servirme, el mismo día que le di su primer azote por la taza de té.
―No… no―susurré negando con la cabeza―. Es mentira.
―No lo es. Así que… todo se reduce a esto, ¿no? ―Gakupo miró a la ventana y suspiró―. Ya tomaste tu decisión, y Len tomó la suya. Tú no eres su madre, ni decides por él… Yo sí.
―Pero… pero…
―Oh… parece que se está acabando el tiempo, Nana―susurró Gakupo con una sonrisa macabra, señalando la ventana―. Ya no tienes nada que hacer aquí. Creo que… si te quedas a despedirte de tu querido Len, será demasiado… tarde. Así que…―Se alejó y con un amplio gesto de su brazo, señaló la puerta―… te sugiero que te vayas ya.
Asentí y dí unos vacilantes pasos hacia afuera. Había dejado de llover desde hacía unos instantes, por lo que el olor a humedad y el aire frío me golpearon en la cara. Crucé una última mirada a mi amo… o ex amo, quien no quitaba de su rostro esa espantosa sonrisa… En ese momento, temí por Len. "¿Qué estás haciendo?" me decía una y otra vez, "¿Qué estás haciendo, Nana? ¿No te das cuenta a lo que estás condenando a ese niño? No podrá solo con esa bestia"
Pero sabía… sí, sabía que aunque me quedara, no podría proteger a Len de Gakupo… ni mucho menos a mí misma. Aun así… me sentí tan egoísta y cobarde. Sumamente cobarde.
Cuando la reja se abrió, es como si una jaula se abriese y el pajarito que está dentro saliera volando… Así hice yo, empecé a correr fuera de los límites del jardín, mientras el resplandor del sol emergía de las tinieblas, iluminando el bosque. El corazón me latía violentamente, como si tuviera un pájaro atrapado en mis costillas, como si algo estuviese a punto de ocurrir… Y así era.
― ¡Oye, Nana!
Durante una milésima de segundo… casi me volteé a mirarle, estúpidamente, quedándome petrificada donde estaba. Sentía desde allí la oscura y maligna energía que emanaba del Duque Gakupo, envolviendo su rostro… Se había transformado… Y su último acto de crueldad hacía mí fue intentar retenerme en sus garras al hacerme voltear hacia atrás y perderme, como le pasó a la mujer de Lot… Yo por poco me hubiera convertido en su primera víctima.
Me tapé el rostro y eché a correr, sintiéndome terriblemente mal… por Len, por mí, por Gakupo… por todos. Corrí y corrí, sin percatarme hacía donde me llevaban mis cansados pies. Solo veía a mi alrededor haces de sombras y luces que parecían monstruos y demonios persiguiéndome… Un dolor insoportable me taladraba la cabeza, mientras que mi estómago gemía por las náuseas. Las lágrimas volaban de mis mejillas, sin que me diera cuenta, mientras de mi boca salían sollozos y gemidos. Alcancé el viejo puente de hierro que cruzaba el río; al llegar a la mitad resbalé, torciéndome el tobillo. Haciendo un esfuerzo me levanté y troté cojeando hacia la salida, de la que me esperaban casi un kilómetro de caminos de tierra hacia el pueblo.
Cuando salí del bosque, el sol había salido completamente, pero no sentí su calor en lo absoluto; solo sentía un frío más terrible que el del invierno mismo, calando mis huesos y mi alma. Volteé la mirada hacia atrás, donde estaba otra vez la entrada al bosque y al caminillo que conducía al castillo… Tal vez Len estaría despertándose en esos momentos, esperando inútilmente por mí, preguntándole a Gakupo por mí… Je, ya me imagino que mentira cruel le dirá a Len sobre mi desaparición: "Se fue, Lenny. No volverá más. No la busques, pues ella me dijo que no nos quería ver más"
Por un instante, me invadió la loca y suicida idea de volver, aunque eso significase mi propia condena, por el simple hecho de acompañar a Len… No, no puedo. "¿Eso acaso va a ayudarle? Solo lo hará sufrir más",me dije, por más dolor que me causara ese pensamiento… Me aferré entonces con todas mis fuerzas a la ínfima esperanza de que Len seguiría mi ejemplo y escaparía de Gakupo y de ese Infierno…
Un Infierno que, desgraciadamente, era solo el comienzo…
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Continuará…
(1) Invocación de Asmodeus.
