Shade: ¿Quién está a dos años de terminar su carrera? ¡Esta chica! :3 ¿Cómo están, hijos míos? Bienvenidos a la segunda parte del testimonio de la dulce Nana Macne.
Prepárense, que algunos van rechinar los dientes y, como dice Dross, fruncir "ciertas" partes de las que nadie tiene derecho a meterse (?)
Advertencias: + 18. Maltrato. Blasfemia. Terror psicológico y desvaríos mentales.
The Cuckoo Clock's Song
Segunda Parte: Columpios en el Limbo
La adversidad es como un fuerte viento que nos arranca todo menos las cosas que no pueden ser arrancadas. En ella nos vemos como realmente somos.
Arthur Golden
…Estaba en medio de un sombrío vestíbulo.
No sabía cómo había acabado allí o más bien, qué era allí. A donde quiera que volteara, no veía otra cosa frente a mis ojos más que una sórdida e infinita oscuridad… La única luz provenía de una alfombra rojo sangre que resplandecía bajo mis pies y que se extendía a ambos lados hasta perderse en la oscuridad, como si no tuviera fin. No se escuchaba absolutamente nada, ni siquiera mi respiración… aunque esta sonara agitada y dejara tras de sí un débil vaho plateado. Un frío calaba mis huesos y se colaba por los ruedos de mi falda… Lo único que deseaba, era salir de allí. Pero por más que lo intenté… no veía ninguna salida. Caminé hacía delante, no sé cuánto tiempo… pero no veía otra cosa que el tenue resplandor de la interminable alfombra y la oscuridad a su alrededor.
Me detuve, respirando con más agitación que antes. Estaba asustada, el aire de mis pulmones parecía haberse vuelto sólido y se atascaba en mi garganta; Era una sensación espantosa, esa clase de terror que te invade cada centímetro de tu cuerpo, donde no sabes dónde estás o piensas que algo estaba a punto de ocurrirte… Miraba a todas direcciones con los ojos bien abiertos, preparándome a que algo saliera de las profundidades de la oscuridad y se me arrojara encima. Entonces…
"Nana… ¡Nana!"
Una voz llegó hacía mí, bastante lejana y por lo que pude ver, había emergido de detrás de mí. Todo mi cuerpo se paralizó, hasta incluso tuve la sensación de que hasta el corazón se había detenido… No podía creerlo: Era la voz de mi madre.
—Mamá…—susurré titubeante. Me volteé lentamente, rogando con todas mis fuerzas que no me apareciera algo horrible… Solo había oscuridad. Sentí aún más miedo que antes… Por un momento, pensé que solo fue un truco de imaginación mía, pero luego sonó mucho más fuerte:
"¡Nana…! ¡…NANA!"
Una fuerza misteriosa me obligó a echar a correr hacía ese sonido…Durante unos segundos solo veía la roja cinta deslizarse a gran velocidad bajo mis pies… Los gritos eran cada vez más fuertes, así como mi propio temor… En ese momento, me di cuenta de algo: ¿Por qué estaría mi madre en este lugar, si… ella murió hace tantos años? ¿Sería esto…? (Un escalofrío recorrió mi espalda…) ¿…Sería esto el lugar donde van todos los muertos? ¿El… El Infierno? No, no Nana… no pienses así: No puede ser el Infierno; es decir, mi madre siempre fue muy buena persona y… aquí no había fuego en ninguna parte… Con una mano apretándome fuertemente el pecho, seguí caminando. Oía el retumbar de mi propio corazón y los oídos me zumbaban…
Finalmente, me detuve. Frente a mí estaba algo: Había una cama grande, elegante y señorial, donde una mujer estaba acostada de espaldas a mí, rodeada de hermosas rosas rojas y envuelta en un camisón de flores de vivos colores. Caminé lentamente hasta llegar junto a la cabecera de la cama; lágrimas se agolparon en mis ojos… Al ver los cabellos color verde pálido arremolinándose en el almohadón de plumas, la reconocí: Era mi madre.
—Mamá —gemí entre sollozos acercándome lentamente a ella con la congoja agitándome, hasta quedar junto en la cabecera de la cama… No respondió a mi llamado. Posé una mano sobre sus largos y sedosos cabellos, hasta bajar hasta su hombro, esperando a que ella se volteara a mirarme y me sonriera… No hizo nada—.Madre, soy yo, Nana… —susurré agarrándola de los hombros y dándole vuelta… Para luego gritar con todas mis fuerzas.
Su rostro, habitualmente amable y hermoso… no era más que un cráneo podrido.
Sus cabellos verde claro estaban desparramados sobre las almohadas y se agitaban como si fueran serpientes, mientras las rosas rojas se pudrieron y ennegrecieron ante mí en cuestión de segundos… Me quedé completamente petrificada, observando la macabra imagen… Y de pronto, su quijada se abrió por si sola y de ella y de sus cuencas sin ojos salieron arrastrándose un río de cucarachas negras soltando terribles chillidos… — ¡…NANA! —gritó el horrible ser irguiéndose de pronto de la cama. Presa del asco y el terror absoluto, traté de retroceder y salir corriendo… sintiéndome de pronto apresada por un par de manos me apretaban con fuerza, como si fueran tenazas a punto de arrancarme los brazos… Grité de pavor y empecé a forcejear, pero no me soltaban… Con el corazón saltándome por la garganta, me atreví a voltear.
Tras las sombras surgió el Duque de Venomania. Su rostro estaba completamente desfigurado, con horribles manchas, fisuras y verdugones surcando a lo largo de sus mejillas y nariz. Sus ojos eran rojos e intensos como brasas, clavándose profundamente sin parpadear en los míos…
¿Ya lo ves, Nana? Tú eres mi sirvienta. Tú eres mía. Yo soy tu amo… Y nunca podrás escapar de tu destino…
— ¡NO! ¡NO! —chillé con todas mis fuerzas, cerrando los ojos—,¡NO! ¡DÉJEME IR! ¡DÉJEME IR…!
¡…CUCÚ! ¡CUCÚ…!
Despierto sobresaltada.
Parpadeo varias veces, hasta acostumbrarme al leve resplandor que emitía la pequeña habitación. Estaba sentada en la pequeña mecedora de la salita de estar, donde momentos antes me había quedado tejiendo un nuevo chal para la señora de la casa... Debí haberme quedado dormida…Había sido solo una pesadilla… ¡Pero que pesadilla! Respiré hondo varias veces con la boca abierta, dándome cuenta que no estaba en ese espantoso sitio… Apoyé mi mano sobre mi pecho, sintiendo apaciguarse poco a poco los violentos latidos de mi corazón.
"Fue una pesadilla, Nana… Solo fue una pesadilla" me dije meciéndome suavemente, tratando de tranquilizarme, asegurándome una y otra vez de que esa horrible imagen no era real. No, no era real. Pero Santa Madre, lo sentí tan real… Solté un fuerte suspiro, cerrando los ojos… Luego, un dolor punzante me hizo abrirlos y bajar la vista a mi regazo: Una de las agujas de tejer, en algún momento de mi pesadilla, se había enterrado profundamente en mi pulgar, haciendo gotear sangre sobre el tejido blanco.
Dejé el tejido reposar en agua limpia y tras limpiarme y vendarme la herida de la mano, volví a sentarme sobre la mecedora, esta vez con un nuevo chal para terminar de cogerle un dobladillo que le hacía falta. Tras un par de minutos haciendo tintinear las agujas, me detengo un momento de mi labor, contemplando el pálido atardecer por la estrecha ventana. Era una mala época del año, y estas eran solo señales de que el invierno iba a ser muy… muy duro. Y prueba de ello estaba en la exigua cena que había logrado hacer con mucho esfuerzo para mis nuevos amos, con unas pocas vituallas y un par de hortalizas que quedaban en el huerto… Aun así, era lo menos que podía hacer por ellos; pues mis nuevos amos me habían acogido en su casa, el mismo día que yo había salido del bosque.
Mis nuevos amos, los Kasane, dueños de un pequeño pub a la afueras del pueblo, me habían dado el trabajo de ama de llaves. Estaba a cargo de las llaves de la casa cuando ellos estaban trabajando y me encargaba de su ropa y de la comida. Era prácticamente el mismo trabajo que tenía antes, pero al menos ellos no me zarandeaban, gritaban o me insultaban a cada rato… Debo admitirlo, era un trabajo agradable, no tener que despertar cada día con hambre, frío y temor… Como era antes, yo… y Len.
Cuatro años sin ver a mi pequeño Len
Len…
¿Dónde estaría él ahora? ¿Estaría aún con el Duque Gakupo? Mi mente se catapultó a ese sombrío vestíbulo… Escuchando al hombre de pelo morado que Len iba a quedarse con él, que él había elegido quedarse con él… Y que yo había podido creerlo; y aún no lo creo. A veces me sentía terriblemente culpable, de no haber podido tratar de llevármelo conmigo, de no haber podido enfrentarme al Duque por él… Miraba alrededor de la acogedora casita de mis nuevos amos y una punzada de dolor me embargaba al pensar que Len podría haber estado aquí, trabajando conmigo, feliz y tranquilo…
¿O tal vez había escapado, como yo? Yo pensaba (y rogaba) que sí: Sin mí, Len tendría el doble de trabajo, entre limpiar y cocinar… Y con Gakupo atento al mínimo error para castigarlo… Otra punzada de dolor llegó a mi pecho al recordar los terribles castigos que le había infringido. Rogaba porque Len se hubiera escapado, y si lo había hecho, que estuviera bien…"Santa Madre de Dios, protégelo" me dije aferrándome a la pequeña crucecita de oro que colgaba bajo mi camisón sobre mi seno, que mi nueva ama me había regalado.
—Len…—murmuré cerrando los ojos, esforzándome en recordarlo… Solo logrando atisbar en mi mente una despeinada coronilla de cabellos amarillos, unos profundos ojos azules y una voz aguda y temblorosa… Una sonrisa radiante al ver las pequeñas galleticas de mazapán en el horno… Un pequeño cuerpo tembloroso en mis brazos y trozos de porcelana rota a nuestro alrededor… Una mano despidiéndose de mí en el último escalón hasta desaparecer… Una pequeña lágrima se me escapó sin que me diera cuenta.
En ese momento, la puerta se abrió, entrando la Señora Kasane, acurrucada sobre el hombro de su marido, llorando prácticamente a gritos. Su esposo literalmente la arrastró hasta dentro, para luego cerrar la puerta de un portazo. Me levanté asustada soltando el chal. ¿Qué había pasado?
—Señora Kasane, ¿Qué le ha ocurrido? —le pregunté sosteniéndola, pues la mujer estaba tambaleante. Sentándola sobre un sillón, le di unas palmaditas en los brazos—. Señor Kasane, ¿Qué sucede? —agregué en voz más alta y mirando con miedo a mi amo, que estaba de pie, impertérrito, mostrando un semblante terriblemente pálido… Entonces me di cuenta de una cosa que no había notado antes… —, ¿…dónde está la señorita Teto?
La mujer soltó un aullido, tapándose la cara con las manos, temblando en un paroxismo de dolor. Mi respiración se atascó en medio de mi garganta ¿Dónde estaba la señorita Teto? ¡Ella me había dicho que iba al torno con unas amigas a comprar unos prendedores en una tienda y que no tardaría en regresar…!
El Señor Kasane se sentó en el sillón junto a su esposa y me miró con una expresión rota en sus ojos…—…Teto desapareció, no está en ninguna parte. —La voz le temblaba, mientras yo me llevaba una mano a la boca, horrorizada—, cuando regresábamos del pub, había un alboroto en la plaza. Ella y sus amigas fueron a buscar agua al torno… y tras eso desaparecieron… Solo encontramos esto, justo a la entrada del bosque.
Y abrazando a su esposa, me dio un pequeño objeto, sollozando. Contemplé entre aspavientos el pequeño broche de oro que tenía las palabras "Kasane Teto" grabadas a un lado. "Lo encontraron a la entrada del bosque" me dije mientras el horror subía por mi cuerpo como si fuera ácido…
"…Desde el amanecer, tu vida cambiará para siempre…"
A la entrada del bosque…
"… un rostro por el que NINGUNA mujer (…), se resistiría jamás…"
A la entrada del bosque donde estaba…
"Por fin podré vengarme de todos los que osaron burlarse de mí… Lo pagarán cuando les quite lo que más aman… Así sabrán lo que se siente, así temblarán y sufrirán…"
Levanté la vista, observando a mis amos salir a la calle, donde una turba armada los estaba esperando. Volví a mirar el pequeño broche,…mientras la pesadilla que había tenido se volvía a proyectar en mi mente, haciéndome estremecer. Y luego recordé a esa… cosa que había visto en el espejo del Duque Gakupo, esa noche… —Al amanecer, tu vida cambiará para siempre… tendrás un rostro por el que ninguna mujer se resistirá…—susurré aterrorizada… Esa misma noche, El Duque Gakupo me había dicho que se iba a vengar de todos los que se burlaron de él, de lo que había hecho esa señorita Gumi… Que nos iba a hacer pagar por todo lo que había sufrido…
Había empezado.
Así, cada día que pasaba, Asmodín tenía que sufrir la terrible noticia de que alguna mujer, ya fuera su una madre, una hermana, e incluso una hija que apenas ha dejado de jugar con muñecas… Había desaparecido sin dejar rastro.
No importaba si salía sola o con amigas, todas se esfumaban sin dejar rastros, como desaparecidas bajo el pañuelo de un prestigiador. Eran horas absolutas de angustia y sufrimiento que pasaban sus pobres familiares, registrando implacablemente cada centímetro del pueblo, preguntándole a cada persona que si las habían visto por última vez en alguna parte… sin lograr nada. Luego se organizaban en largas búsquedas a punta de antorchas y perros rastreadores por el bosque hasta el río, llamándolas a apremiantes gritos, cuyos ecos se perdían hasta los puntos más recónditos de los árboles hasta el amanecer.
Al principio, se creyó que había sido simplemente un caso de jóvenes enamorados fugitivos, cosa bastante común en estos tiempos… Pero pronto, la epidemia de desapariciones se extendió como una terrible enfermedad a todas partes, afectando tanto a las familias pobres como a las ricas… El temor de las mujeres empezó a aparecer entre todos y entre los aldeanos se trataron de emplear medidas contra ello: Trataban de salir lo menos posible y siempre en lo posible acompañado; se instauró el toque de queda a la medianoche, por lo que se recomendaba que al atardecer todos nos refugiáramos en nuestras casas…
Pero cuando se supo de la desaparición de una pequeña de tan solo 10 años, el temor se convirtió en pánico… Nadie estaba a salvo.
Adelantémonos un año después.
…
Caminaba lentamente hacia la plaza principal con un cesto colgando de mi brazo, pues hoy era día de mercado, donde se vendería las últimas hortalizas buenas que el Otoño nos quiso dar. Era temprano en la mañana, aduras penas salía el sol de entre las nubes grises. Entre la suave niebla a duras penas se distinguía las siluetas de las casas y los árboles del pueblo. Me detuve a descansar un momento en el pequeño parque, que a esas horas estaba desierto… Aunque de hecho en estos últimos tiempos, casi no se veía a los chicos jugar en él los fines de semana.
Me senté en uno de los columpios, contemplando el extraño pero hermoso contraste de las luces del sol entre los haces de niebla gris, que hacia difuminar los objetos a mi alrededor…
Por alguna razón, empecé a empujarme hacia delante y hacia atrás, hasta hacer que mis pies se balancearan una y otra vez… No me miren así, amigos lectores; puede que yo esté al borde de cumplir cuarenta años, pero en ese instante… Realmente me sentí como una niña de nuevo. Reía al sentir mis cabellos flotar hacia todas direcciones al igual que los volantes de mi vestido, con los ojos cerrados, con mis manos aferradas a las cadenas que lo sujetaban, oyendo el crujido de la madera vieja el moverse de las bisagras del columpio.
— ¡Señora! ¡Señora Kamui! — llamé resollando a la joven mujer de pelo morado que iba delante de mí.
Mi ama caminaba con paso enérgico, casi saltarín, mientras yo trataba de darle alcance… Finalmente se detuvo frente al parque. Se quedó observando lánguidamente las construcciones de madera de los columpios y demás juegos. Ni se volteó al verme llegar a su lado, respirando agitadamente para recuperar el aliento.
—Aún están aquí… Creí que se habían dañado.
— ¿Señora?
—Hablo de los juegos, Nana—explicó la Duquesa de Venomania girando la cabeza para verme—, cuando era niña jugaba aquí, en los columpios. Mira que viejos están ahora… Me hace sentir vieja.
— ¡No diga eso, señora! Usted no está taaan vieja—La mujer me miró arqueando las cejas, desconcertada—, es decir, no quise decir eso…—dije atropelladamente, sintiendo mis mejillas arder, a pesar del frío otoño—, quise decir que usted se ve muy bien para su edad, se ve hermosa… Metí la pata y hablé con demasiada soltura; lo siento, señora—repuse inclinando la cabeza, avergonzada.
—…Jejejejeje—la entrecortada risita de mi ama me hizo levantar la cabeza, para verla llevándose una mano a la boca para ocultar su pequeña risa, aunque esta se le escapaba. —. Me encanta eso de ti, mi joven Manzanita Verde: siempre dices cosas como son y no tienes miedo de hacerlo—dijo la Duquesa sonriendo y posando su mano en mí cabello, despeinándolo ligeramente.
—Gra-gracias, señora—tartamudeé, esbozando una reverencia. La mujer volvió a mirar a los columpios, esta vez con un suspiro que denotaba nostalgia… Entonces se me ocurrió una idea: —Si me permite, señora, le puedo sugerir que mande a construir columpios en el castillo.
La Duquesa abrió los ojos con sorpresa— ¿Columpios?
—Sí, así podría jugar con ellos y volver a ser la niña que fue… Pe-pero que aún vive aquí—dije alegremente, palmoteando mí pecho—. Mi madre siempre decía que todos tenemos a un niño dentro de nuestros corazones, por más viejos y arrugaditos que estemos… ¡No me refería a usted, claro! —agregué rápidamente, volviendo a ruborizarme.
— ¿Sabes? Me gusta la idea—dijo la señora Kamui cerrando los ojos y sonriendo—. Encargaré al carpintero a que me construya uno en el jardín… Será perfecto para Gakupo—Y mientras decía eso, su expresión se puso triste—, la verdad ya no sé qué hacer con él, Nana. Todos se ríen de él, hasta los demás Duques y Condes cuando vienen a visitarnos… Como quisiera que tuviera al menos un amigo…
—Eso es muy triste, señora—musité asintiendo—, ojalá pudiera ayudarlo.
—Claro… —murmuró la Duquesa de Venomania mirándome—, claro que puedes, Nana. Tú puedes invitarlo a jugar en el columpio que construiré… Tú puedes ser su amiga.
— ¿Yo? Pero, pero…—tartamudeé desconcertada—, pero señora… Yo no puedo ser su amiga… —Al ver el desconcierto en su rostro, añadí—…Solo soy una sirvienta.
— ¿Y eso qué? —Rió la mujer —, puedes ser una sirvienta, pero eres mi persona de mayor confianza y eres amable. ¿Quién mejor que tú? —Se inclinó hasta quedar en cuclillas frente a mí—. Tómalo como un favor para mí, ¿sí? ¿Me lo prometes? ¿Siempre serás su amiga y estarás con él?
—Yo… yo… Lo haré con todo el gusto, señora—dije sonriendo. Mi ama compuso una sonrisa y se irguió de nuevo. Nos marchamos antes de que se hiciera más tarde, y mientras pasábamos por la entrada y subíamos las escaleras, observaba el hermoso jardín de enfrente, pensando en lo bonito que se vería un columpio allí…
—Señora Kamui…—suspiré abriendo los ojos, tras haberme perdido (otra vez) en mi mundo de los recuerdos. Esa mujer siempre ocuparía un lugar especial en mi corazón. Desde que ella me tomó como su sirvienta hasta el día que ella murió de un brote de viruela… Sí, la misma viruela que años después se cobraría las vidas de la mitad de los habitantes de Asmodín, incluyendo a los padres de Len.
Solté otro suspiro, recordando el columpio que la señora Kamui había construido en el jardín, entre los naranjos y el arco de flores blancas… Pequeño y oculto, se veía muy hermoso allí. Cumpliendo el deseo de mi ama, invité cientos de veces al joven Gakupo a jugar conmigo al columpio… pero siempre obtenía la misma respuesta:
"¿Cómo te atreves tú, una sirvienta, a invitar a jugar al heredero de la Duquesa? Te haría castigar" Y siempre, tras espetarme eso en la cara, se retiraba a su habitación o a otro lado, cabizbajo y triste.
…Alcé la vista y observé como se difuminaba el techo de la altísima torre del Reloj del castillo del Duque Gakupo. Era lo único que alcanzaba a ver del edificio. ¿Cómo estaría ahora? ¿Todo se vería igual o ha cambiado? Todo eso me preguntaba al contemplar el puntiagudo techo de la torre...
Un año había pasado.
Un año. Un maldito año desde que fui literalmente echada de ese lugar, de ese enorme castillo de piedra donde viví, trabajé y dormí durante veinte años; durante los cuales pasé los momentos más felices y más horribles de mí vida…
"(…) Por fin podré vengarme de todos los que osaron burlarse de mí… Lo pagarán cuando les quite lo que más aman… Así sabrán lo que se siente, así temblarán y sufrirán…"
Me estremecí ante esa frase, tan lejana y al mismo tiempo tan presente en mi memoria. "¿Será verdad lo que dijo él? ¿Será verdad?" Aunque muy en el fondo, lo sabía. Sabía que era verdad… ¿De qué otra manera se habrá desaparecido poco menos de la mitad de las mujeres de Asmodín? ¿Se las tragó la tierra o llegó el Flautista maligno de los ratones? (1) Solté una breve risotada de puro humor negro… y segundos después estaba asqueada de mi misma.
¿No debía alertar a la gente del pueblo de lo que estaba pasando? ¿No debía hacer algo?
Tenía que hacerlo. Aunque era posible que no me creyeran, tenía que hacerlo. Asustándome ante la sensación de soledad de la neblina levemente pintada de dorado, abandoné el columpio y me dirigí a la plaza.
¡Jesu, dulcis memoria,
dans vera cordis gaudia!:
sed super mel et omnia
ejus dulcis praesentia.
Nil canitur suavius,
nil auditur jucundius,
nil cogitatur dulcius,
¡quam Jesus Dei Filius!
Levanté la vista, atraída por ese coro, casi celestial, que se oía nítidamente por toda la plaza del mercado, donde momentos antes estaba comprando algo con las pocas zanahorias buenas que quedaban; las voces salían de la puerta abierta de la Iglesia... Debía ser algo muy grande, me dije, porque más y más personas entraban a ver lo que ocurría adentro, por lo que yo misma me acerqué allí.
Nunca había visto la Iglesia tan llena de gente: Todos los bancos estaban repletos, por lo que había algunos que estaban de pie o sentados en el suelo… No parecía haber espacio para un alma más. Como pude, me desplacé entre la gente y me senté en el alféizar de una ventana. Allí veía al párroco agitaba una campanilla de plata que al mismo tiempo expulsaba ceniza a su alrededor. El coro a un lado cantaba al unísono, coreados por el resto de la multitud.
Al frente del altar, estaba un gran cuadro al óleo de una jovencita de corto pelo verde y ataviado de ropas muy elegantes, que miraba a los presentes con una sonrisa dulce y a la vez algo arrogante… Era la imagen de la señorita Gumi Megpoid. La mujer que había ridiculizado a Gakupo… y, llegando al extremo, de haber provocado esta pesadilla. Flanqueada a su alrededor, estaban varias velas blancas y rosas encendidas, dando un agradable resplandor. El párroco dejó de agitar la campanita, por lo que los cantos enmudecieron.
—Oremos… Hermanos míos, estamos aquí para elevar nuestras oraciones a nuestro Señor y a su misericordiosa Madre, con tal de que escuchen nuestros ruegos... Rogamos por nuestras hermanas, amigas, hijas y esposas, desaparecidas desde hace casi un año... Rogamos por su pronto regreso, para otorgar la paz y el alivio de sus familias, que las esperan, confiados de que el Señor no las ha olvidado.
A cada palabra del sacerdote, sentía como una cuerda invisible atesara más y más mi garganta, impidiéndome respirar... y mucho menos hablar. Alcé la vista al oír entre las susurrantes plegarias, sollozos y lamento de las destrozadas familias... Me fijé en una niña pequeña que lloraba a lágrima viva en los brazos de su padre, llamando a susurros a su madre... Me sentía terriblemente miserable. Esta gente estaba sufriendo por sus familiares desaparecidos, sin saber qué les había pasado... Completamente ignorantes ante lo que estaría pasando justo ahora. Un año... Dios mío, ¿cómo pudo permitir que esto durara tanto tiempo? ¿Y cuándo terminaría? Mi mente se catapultó hacía un pequeño de desordenado pelo rubio y ojos azules... Len, mi pequeño Len... Un año ha pasado, y me había ido sin poder despedirme o explicarle... ¿Sería que me echaba de menos? ¿Sería que... que me estaría odiando ahora…?
Tan enorme era mi congoja que casi ni noté como el párroco continuaba con la misa:
—Alguien está aquí para dar unas palabras de aliento a las familias de las mujeres desaparecidas... Nuestro poderoso y generoso señor, el Duque de Venomania.
…Ese nombre.
Ante ese nombre, mi vista se alzó bruscamente de donde momentos antes estaba clavada en el piso, pérdida en mis recuerdos... Durante un instante, tan largo como insoportable, quise creer que había escuchado mal... Pero no: mi antiguo amo, el mismísimo Duque Gakupo, había emergido de las sombras y caminando hacía al altar, con la cabeza gacha y los cabellos echados hacia adelante, cubriéndole parcialmente el rostro….
…No podía creerlo: ¡Era él!
Me quedé sin aliento, como si el aire de mis pulmones se hubiera convertido en hielo. Había visto ese rostro hacía casi un año exacto, cuando estaba cruzando la gran puerta doble de ese castillo, justo antes de que él se...
—Le agradecemos, mi buen señor, de que haya venido —dijo el párroco haciéndole sendas reverencias. El Duque alzó una mano, dando a entender que se detuviera.
—No lo agradezca, padre... Era mi deber estar aquí, tanto para con mi pueblo, como para con Dios. —Replicó el Duque Gakupo dirigiéndose a los aldeanos con una voz solemne, fuerte y sonora—. Quiero que sepan que mi corazón está con ustedes... y que daría hasta mi propia riqueza y título de Duque, si eso ayudara a encontrar a sus seres queridos... Estoy seguro, de que ellas regresarán... algún día. Y lo harán sanas y salvas.
La Iglesia literalmente estalló en gritos y vítores.
La gente se levantaba de los bancos prácticamente al unísono para aplaudir. En todas partes se oían exclamaciones de alegría, como si estuvieran parados frente al mismísimo Jesucristo. La gente decía a voz en cuello: "¡Bendito sea el Duque de Venomania!" "¡Que hombre tan bueno y tan generoso!" "¡Viva el Duque Gakupo!" mientras trataban de acercarse a él y saludarlo. Familiares de las víctimas se acercaban al hombre de pelo morado para besar sus manos y darle bendiciones... Yo me quedé allí contra la ventana, respirando agitadamente, sintiendo mi rostro enrojecerse...
No podía creer que el Duque Gakupo se hubiera atrevido a venir a este lugar... No podía creer que el Duque Gakupo se hubiera atrevido a hablarles a las desesperadas familias de las mujeres desparecidas... No podía creer que la gente lo vitoreara y aclamara como si en verdad él fuera un héroe o un santo... Cuando era muy seguro que él las tenía cautivas, para su diabólico placer...
En ese momento, alcancé a ver a la niña de corto pelo verde que había visto antes... ahora abrazándose a la pierna del Duque, mientras este le acariciaba los cabellos de su cabeza con una lentitud siniestra... Para luego ver un inquietante destello rojo de entre sus ojos ocultos tras el flequillo de su cabello, al levantar la mirada para observarla mejor. Durante un instante me quedé petrificada ante lo que acababa de pasar prácticamente a la vista de todos.
—Mi señor, le presento a mi pequeña hija, Iku.
—Es un verdadero placer conocerla... —respondió el Duque Gakupo con un disimulado ronroneo en su voz...
...Allí no lo pude soportar más.
...
No supe en qué momento mi parálisis desapareció. No supe en que momento me levanté... No supe en que momento mi garganta dejó escapar un grito que repercutió, como un eco fantasmal, a través de las bóvedas de la Iglesia… Solo sé que ese grito se seguía escuchando a través de las paredes y el techo del edificio:
¡YA BASTA...! ¡YA BASTA...! ¡YA BASTA...!
Los asistentes se sobresaltaron de donde estaban, haciendo que las risas, las bendiciones y aleluyas que le estaban dedicando al Duque enmudecieran de inmediato. El silencio se propagó y se extendió como una onda circular tan fuertemente como el sonido de una trompeta. Cientos de cabezas se voltearon hacía atrás... Y millares de ojos se posaron fijamente sobre mí. Durante unos instantes, nada sucedió, mientras me observaban con ojos llenos de sorpresa... Luego, llenos de enojo.
— ¡Señora! ¡¿Cómo se atreve a alzar la voz así?! ¡Este es un lugar sagrado! —exclamó el párroco con furia. A su alrededor, la gente empezaba a murmurar y a señalarme... Eso antes me hubiera intimidado... pero no podía más. Ya no podía callarlo más.
Empecé a caminar hacia delante, mientras la gente se apartaba de mí, decidida a hablar, a decir la verdad, a decir… las cosas como son. Como siempre me había dicho de mí la Señora Kamui: "…Me encanta eso de ti, mi joven Manzanita Verde: siempre dices cosas como son y no tienes miedo de hacerlo…"
— Sí, padre, este es un lugar sagrado... ¡Y ese hombre definitivamente NO lo es! —exclamé valientemente señalando con un dedo hacía delante. La gente se volteó hacía la dirección que yo apuntaba: Era ni más ni menos que el Duque Gakupo. Me quedé extática durante unos segundos, respirando agitadamente y encomendándome a los Cielos…
Ciertamente yo esperaba que Dios me escuchara decir la verdad y dejara caer un rayo de luz sobre su Gakupo, para dar a entender que yo decía la verdad. Durante esos mismos segundos, me imaginé de todo: Los aldeanos me creerían y entre todos rodearían al Duque Gakupo y lo arrestarían. Entonces todos irían al castillo y al abrir las puertas, las mujeres saldrían corriendo, felices de ser libres al fin, hasta saltar a los brazos de sus reencontradas y agradecidas familias… Y tal vez, tal vez… entre esos cientos de rostros femeninos, encontraría el rostro infantil y feliz de mí querido Len… Y así, esta pesadilla terminaría por fin…
…Pero eso no ocurrió.
La gente murmuraba con más ruido que antes, cada vez más tensa y alborotada, sonando como un amenazador enjambre de abejas. Sentía como si en algún momento, ellos saltarían sobre mí, como una jauría de lobos hambrientos.
— ¿De qué estás hablando, mujer? —oí decir a alguien de la multitud.
— ¡Es una loca! ¡Sáquenla de aquí!
— Digo de que este hombre... ¡este hombre no es quien dice ser! — proseguí hablando más fuerte, tratando de no perderme en el miedo, dando varios pasos hacia delante. Las personas se apartaban de mí alrededor, casi con espanto... Pero yo no los miraba: mi vista estaba clavada en el Duque de Venomania, quien, a pesar de que los ojos tapados... yo estaba segura de que me estaba mirando fijamente también —. ¡El Duque de Venomania está mintiendo! Dice que su corazón está con las familias de las desaparecidas... ¡Es mentira! ¡Solo tiene odio y hiel dentro de su corazón!
La gente gritaba a mí alrededor, completamente alborotada: — ¿Cómo puedes decir eso? ¡El Duque Gakupo es una persona buena y generosa! ¡Debería darte vergüenza!
— ¡Vergüenza debería darle a ustedes por alabarlo! — les grité con más fuerza que antes, decidida a soltarlo todo. Iba a revelar lo que era él de verdad. ¡¿Por qué ellos no la veían?! ¡Estaba FRENTE a sus ojos! "¡Dios, ayúdame a hacérselos entender…!" rogaba mentalmente mientras avanzaba más y más hacía él, apartando a empujones a los aldeanos— ¡Él sabe lo que le ha pasado a las mujeres desparecidas! ¡Él... El invocó al demonio para obtenerlas! ¡Yo misma lo vi con mis propios ojos...!
...Sentí entonces una mano abofeteando violentamente contra mi mejilla, aturdiéndome.
— ¡BLÁSFEMA! — vociferó el sacerdote, quien había sido el que me había golpeado. La gente se empujaba literalmente para tratar de destrozarme allí mismo.
No parecían haberse dado cuenta que estaba dentro de la Iglesia, dentro de un lugar sagrado. No parecían haberse dado cuenta que era una lucha de todos contra una… No parecían haberse dado cuenta que estaban arremetiendo con una pobre mujer mayor.
Se arrojaron sobre mí, impidiéndome retroceder. Centenares de manos se lanzaron a mi cuerpo, desgarrándome las mangas y los volantes de mi vestido, tumbándome a punta de manotazos la cesta con la comida que había comprado con mucho esfuerzo, agarrándome de los cabellos y los brazos y zarandeándome violentamente, mientras ellos estaban vomitándome las peores injurias:
— ¡Ensucia el nombre de nuestro benévolo señor con calumnias! ¡Enciérrenla!
— ¡No, quémenla! ¡Ahórquenla! ¡Es una bruja!
Me empujaron violentamente sobre el vestíbulo que daba a la gran entrada. Mi cabello estaba completamente alborotado y mi ropa estaba hecha jirones. Traté de levantarme, pero el dolor de los golpes y las sacudidas que me habían hecho eran demasiado para mí…. Oh Dios, ¿esto era lo que me merecía por haberles dicho la verdad? ¿Qué me trataran como una escoria? Sentí entonces que un par de manos me agarraban fuertemente de los brazos y me jalaban hacía afuera, como una muñeca de trapo, mientras mis gritos de dolor y agonía se confundían con los gritos de rabia de los aldeanos…
— ¡POR FAVOR! ¡Estoy diciendo la verdad! ¡DIOS SABE LO QUE ESTOY DICIENDO…!
— ¡NO INSULTES A DIOS, PUTA! —Y un escupitajo cayó a mi rostro.
…Me sentía exactamente igual cuando Gakupo, un año antes, me había arrastrado dentro tras golpearme. Durante todo el trayecto, oí a la gente corear:
— ¡Pennitenziaguité! ¡Discúlpate o lo lamentaras, embustera! ¡Pennitenziaguité!
— ¡Pennitenziaguité! (2)
Me estaban gritando que me arrepintiera... ¿Arrepentirme de qué? ¿De haberles dicho (o más bien tratado) de decirles la verdad? No. Yo sabía que había hecho bien, a pesar de que no fue suficiente para nadie... Alcé la vista durante el humillante recorrido, observando la imagen de la Virgen en lo alto del altar. Su mirada era tan dulce y compasiva, que solo me hizo saltar las lágrimas. "De alguna forma... Dios sabe que digo la verdad" pensé soltando varios sollozos, dejándome llevar, esta vez sin pelear... Hasta arrojarme sobre el barro de la entrada de la Iglesia.
Me levanté lentamente, chapoteando entre el agua barrosa y nauseabunda, dándome cuenta de que estaba rodeada. Los demás aldeanos, atraídos por el escándalo que había desatado, se habían acercado a la entrada. Pude ver en cada uno de sus rostros la ira, el miedo y el malestar. "Es una pobre loca" deben estar pensando en este momento... La gente guardaba silencio, como esperando a que yo dijera algo más... Pero no. Sabía que era inútil volver a tratar de convencerlos de que el Duque Gakupo era el causante de las desapariciones... Me limité a decir:
—Cuando la verdad salga a la luz para los ciegos que se niegan a verla, se acordarán de mí... Dios sabe lo que pasó, y es testigo de cómo me trataron... — dije mientras señalaba hacía el cielo nublado y oscuro en ese momento, entre las lágrimas que bajaban a raudales entre la mugre y el barro de mis mejillas…—; La gente es mala... yo misma lo soy... y hacemos cosas malas a los demás, muchas veces sin saber... Y cuando nos queremos arrepentir, ya es muy tarde... No estoy pidiendo que se arrepientan de lo que han hecho…. Yo solo espero que alguien detenga a este hombre... y acabe de una vez con todo este dolor.
Los miré fijamente, respirando con grandes aspavientos, esperando y rogando con todas mis fuerzas que apareciera alguna persona que me creyera, aunque fuera solo una... La gente de Asmodín respondió a mi plegaria... riéndose de mí.
Vi como sus rostros se deformaban en muecas burlonas, como horribles gárgolas, sin dejar de darse codazos y señalarme con sus dedos: Era como si yo fuera una especie de payaso para ellos... Eso era lo que era: Una payasa... Una loca demente que solo quería llamar la atención.
Entonces vi como el Duque de Venomania, quien durante todo el calvario que me había caído encima, no había dicho nada ni movido ni un músculo, se abría paso hacía entrada de la Iglesia, mirándome fijamente tras la cortina de pelo. Estábamos así, frente a frente, él con sus ropas elegantes y resplandeciente de joyas; yo con mis ropas destrozadas y con la cara demacrada por la fatiga y las lágrimas... Aun así, me mantuve erguida, desafiante, decidida a no tenerle miedo, a no dejarme vencer... Él solo soltó una risita, corta, pero cruel.
—Que Dios te inspire el arrepentimiento, Nana Macne —dijo el Duque Gakupo en voz alta.
—Usted no es NADIE para hablar en nombre de Dios... Porque Dios no está dentro de usted — Le repliqué entrecerrando los ojos.
Un tomate se estrelló contra mi espalda. Luego dos más, esta vez en mi mejilla.
En silencio, me volteé y caminé hacía el sendero que llevaba a mi hogar. A mi paso, algunos seguían arrojándome tomates y otros vegetales (por suerte, no eran rocas), mientras otros me seguían gritando insultos y exhortaciones al arrepentimiento. ("¡Ahí va la demente!" "¡Pennitenziaguité!" "¡Miren, la loca de Asmodín!" ¡"Es una mentirosa bruja!" "¡Vete al Infierno, vieja ramera!" " Pennitenziaguité!" ¡"Pennitenziaguité!") Cuyos ecos resonaban en mis oídos. Casi no veía por donde iba yo, porque las lágrimas casi empañaban mi vista...
Solo cuando llegué a mi hogar y eché cerrojo a la puerta, pude derrumbarme y llorar.
Lloré hasta el cansancio, casi hasta ahogarme en ellas. Tal y como había hecho esa niñita en la Iglesia (A quién sabía que ya estaba camino hacía el castillo del Duque Gakupo, para ser su vil prostituta) lloraba a lágrima viva, llamando en susurros a mi madre, a mi antigua ama, a cualquiera que viniera a ayudarme, a prácticamente a la oscura nada de mi habitación… Sentía que me estaba volviendo loca, incapaz de seguir resistiendo... Solo quería irme, irme lejos...
…Y no volver jamás.
Han pasado muchas cosas desde el terrible episodio de la Iglesia. A pesar de todos mis esfuerzos y de todo lo que intenté en hacerles ver a los aledaños quién era el verdadero villano de esta historia… Ahora yo era la mala del cuento.
Ya no podía salir a la calle sin que la gente murmure, se ría sin siquiera tratar de disimularlo, o simplemente me señalaba con el dedo: —Mira, ahí la loca de Asmodín: quiso manchar el nombre de nuestro buen señor Gakupo; deberían encerrarla en alguna de esas casas para locos.
¿Por qué debía ser encerrada en una casa para locos… si ya estaba atrapada en medio de una?
Una parte de mí quería responderles, defenderme y tratar una vez más de hacerles ver que yo estaba diciendo la verdad… Pero entonces ocultaba mi rostro lo mejor que podía bajo la capucha de mi capa y me alejaba de ellos: "No quieren entenderlo… SOLO lo entenderán cuando sea demasiado tarde para ellos" me decía entre dientes… Sin darme cuenta (o tal vez sin importarme) que la gente me oyese hablando sola.
Con el pueblo en mi contra y tomada por todos como una loca desquiciada o quién sabe… mis últimos amos, la familia Kasane, me echó de su casa.
Asustada porque mis ahorros no me durarían siempre, todos los días iba a la plaza del pueblo en busca de algún trabajo, aunque fuera uno pequeñito, con tal de ganar una miserable moneda… Sobra decir que mi reputación me impedía obtenerlo. Así que, muerta de la vergüenza, recogía las pocas hortalizas que quedaban, sin importar que tan podridas estuvieran…
Para ahorrar un poco más, recorría el bosque de detrás de mi casita (pero nunca me adentraba demasiado) removiendo la helada tierra en busca de hongos y de granos caídos por el otoño; era lo mejor que podía conseguir, pues estaba demasiado enferma y débil para poder cazar algún animal (y además no yo ni sabía cómo hacer eso: Len siempre cazaba y yo cocinaba) o pescar algún pececito en el río, donde allí solo lavaba mis viejos vestidos y bebía un poco de agua…Porque desafortunadamente, esta vida de entre ermitaña y expulsada estaba acabando con la poca buena salud que me quedaba.
Con lo que había que podido ahorrar en estos cuatro años de cierta holgura con los Kasane, me compré una pobre casita que estaba en el límite del bosque. Era una casita pequeña y deteriorada, sin jardín (ni columpios); solo con un viejo cobertizo completamente vacío. Dentro de este solo había una cama, una chimenea y unas sillitas. Las tardes pasaban con una lentitud casi absurda, donde yo me quedaba miranda el vacío o la pared (la verdad no importaba cual), sentada en el borde de la cama en alguna de las sillitas, perdiéndome en mis pensamientos…
Estaba atrapada en una vorágine de miedo y de dolor, tan intenso que me hacía muchas veces perder la noción del tiempo… y algunas veces, de la realidad: Podía sorprender a Nana (a mí misma) riéndose estrepitosamente como la niña pequeña que recorría los verdes y floreados campos en compañía de si madre, o repetía los hermosos cantos de alabanza a Dios que cantaba su ama con una voz melodiosa y dulce, sentadas frente a la enorme chimenea de la sala… O bien Nana soltaba gritos y sollozos al recordar cada golpe, insulto y humillación que había recibido, ya sea por el mismo hombre malo de pelo morado (hombre malo… hombre malo), o en nombre de él.
Las noches eran sin duda las más duras: En medio del frío glacial y penetrante del final del otoño, me acurrucaba en la pequeña fogata que lograba hacer, yaciendo como un pajarito asustado que entre ellos y mis pocas mantas, para calentarme. Retazos de recuerdos, la misma pesadilla del limbo y el pasillo donde estaba mi madre y la terrible humillación de la Iglesia venían (muchas veces a la vez) para mortificarme entre momentos de completa felicidad y total terror… Estaba oscuro y tenía mucho miedo, miedo de todo lo que me rodeaba, de la incertidumbre de lo que sería de mí, de esta misma pesadilla que, tal como los recuerdos, vienen a atormentarme casi sin descanso, miedo de la impotencia de seguir luchando.
Créanme. Si no fuera por lo que sucedió esa triste tarde de otoño que lo vi… el resto de mis noches seguiría deseando estar muerta.
...
— ¡Mi pelota! ¡Mi pelota!
Oí gritar a un niño en la lejanía. Me volteé en el instante que veía como en la caja de papas caía una pequeña pelota de tafilete azul. Estaba prácticamente a mi lado, así que solo fue cuestión de estirar la mano y tomarla antes de que se ensuciara con el agua sucia.
—Creo que se te cayó esto—dije amablemente a un niñito que venía corriendo al parecer desde el otro lado de la plaza. Su chaqueta bordada estaba sudada y respiraba agitadamente. Al ver su juguete a salvo, compuso una expresión de alivio al acercarse a mí… Pero cuando alzó la mirada para (creo) que tratar de agradecerme por rescatarla, sus ojitos compusieron una expresión de espanto "¡Mami! ¡Mami!" se puso a gritar, tomando la pelotita casi de un manotazo y corriendo hasta una elegante mujer de paraguas rosa. La madre acarició el sedoso cabello oscuro de su niño mientras me lanzaba una mirada de asco y desprecio.
—Debes tener más cuidado, Luki. Quien sabe lo que esa loca hubiera podido hacerte… Mejor vámonos. —Y agarrándolo lo de los hombros, se alejaron.
Al verlos desaparecer, solté un leve suspiro. ¿Ya qué? Ya estaba empezando a dejar de importarme lo que dijeran y pensaran de mí los demás. Agarrando las papas del fondo de la caja, las guardé en los bolsillos de mi capa y me dispuse a alejarme a toda prisa, esperando a que el tendedero no me hubiera pillado…
…Y tras dar menos de tres pasos, me di de bruces con un muchacho que iba en dirección contraria.
—Discúlpeme—murmuró él—. No me fijé por donde iba…
—No importa, muchacho—le dije, frotándome la cabeza por el golpe y la impresión. Alcé la vista para verlo… Y mis ojos se ampliaron tal como los del niño de la pelotita, tan solo instantes antes. No podía creerlo… ―. ¿…Len? ¿Eres tú?
― ¿Cómo sabe mi nombre?―preguntó el joven con tono de sorpresa.
¡Dios! A cada segundo que pasaba, más y más me convencía de que era él. ¡Jesús santísimo, era él! ¡Pero tampoco era el niño que yo recordaba! ¿No lo recordaba yo como un niñito pequeño, dulce y tímido? Ahora se había estirado y parecía casi un hombre… Pero luego al pasarse la alegría de volverlo a encontrar, me llené de estupor: Sus mejillas estaban hundidas, lo mismo que sus ojos, que ya no tenían ese brillo alegre e inocente, sino que lucían cansados y tristes. Su piel casi parecía grisácea y sus cabellos flotaban del mismo modo que él lo hacía debajo de la capa y eso que era de las pequeñas… Len estaba espantosamente delgado y demacrado.
Y eso solo tenía una explicación lógica: Gakupo.
Y todo este tiempo había creído (y rogado) que Len había escapado de él… Me había equivocado.
― ¡Oh, Dios! ¡Como te ha campado la estadía en aquella maldita casa! ―exclamé preocupada tratando de tocarle las mejillas, aunque él retrocedió― ¡Oh Len! ¿Por qué no has huido? ¿No ha sido suficiente estar un solo día con ese chacal?―Len, asustado, empezó a retroceder… quizás no me reconocía por mi capa (y mi aspecto no debía estar mejor que el de él, jeje) me acerqué más a él, bajándome aún más la capucha―. ¿No me reconoces? Soy Nana... Nana Macne… La antigua cocinera del Duque Gakupo.
Durante unos segundos angustiantes, Len me observó con un total desconcierto en su rostro, mientras yo rogaba con todas mis fuerzas para me reconociera… hasta sus ojos se ampliaron, con ese brillo que tienen la personas cuando se acuerdan por fin de algo. Debo admitir que fue un poco graciosa su expresión.
― ¡Eres tú, Nana!―exclamó Len, agarrándome afectuosamente de los antebrazos: Era tan alto que alcanzaba allí―. ¡Han pasado siglos! ¿A dónde te fuiste? O más bien… ¿Por qué te fuiste? El amo dijo que te fuiste por estar indispuesta de salud...
― Mentira―le interrumpí, enojada: Je, lo sabía: Sabía que Gakupo le había dicho embustes de mi desaparición… Pero ahora podía decírselo. Podía decirle la verdad―: Si estoy indispuesta... pero del alma. Hace años...―bajé la voz hasta volverla un susurro, pero por el miedo mismo―, recibí un golpe, del que nunca me recuperaré. Tú no lo viste, Len. ¡Oh, Dios evitó que vieras eso!―Me sentí algo mareada y me dejé caer en un banco detrás de mí, respirando profundamente.
― No lo entiendo, Nana―dijo Len sentándose a mi lado, más confundido que antes―. ¿Qué te pasó? ¿Qué fue lo que viste?
Créanme, contárselo a Len fue terrible, pues al hablar, volvía a dibujarse esa escena ante mis ojos, tan horriblemente vívido como el de esa misma noche… Y al mismo tiempo, liberador. Pues al fin alguien me estaba escuchando y creyendo en mi palabra… cuando había llegado a creer que mi palabra no valía nada, por ser la de una loca:
― ¡Ay de mí! ¡Eso me pasó por curiosa! Fue cuando el amo Gakupo regresaba a la casa. Estaba triste y frico a la vez: Al parecer una doncella llamada Gumi lo había dejado en ridículo frente a otras personas. Estaba realmente trastornado: Hablaba consigo mismo y se retorcía las manos (Aunque no me preocupé, pues ya estaba acostumbrada a sus excentricidades...) Y una noche... Oí ruidos extraños en su despacho... yo, que estaba sufriendo de insomnio, me atreví a ver por la puerta: Gakupo estaba frente un espejo, arrodillado en el centro de un pentagrama pintando con sangre de cerdo y cirios, invocando al Diablo... y por lo que alcancé a escuchar... Estaba pidiendo el poder de atraer a toda mujer que lo mirara...
Al terminar mi relato, Len se quedó cabizbajo, con la mirada perdida y con su pulgar deslizándose una y otra vez sobre el asa de su cesta de mimbre llena de berenjenas que tenía sobre las piernas. Casi podía sentirle el enjambre de pensamientos que ahora tenía en su mente.
―Lo siento, no me gusta hablar de esto. Ahora quiero saber... ¿Por qué no te has ido de la casa, Len? ―Le pregunté, ansiosa de saber más de él, de todo lo que le había pasado en todo este tiempo… La mirada de Len se tornó entre triste y avergonzada.
―Porque simplemente no puedo… Antes lo que me retenía de irme de esa casa, era el agradecimiento al amo Gakupo por darme un trabajo y un hogar, en lugar de seguir en ese maldito orfanato... He estado todos estos años guardando los gustos del amo, cumpliendo con la obligación de los siervos de guardar los secretos de sus señores... ― La voz de Len sonaba rota, tan lejana de su tono agudo y melodioso de antaño…―. Pero ahora... el amo ha tomado como concubina a mi propia hermana gemela, Rin...
Su mirada se desdibujó en una expresión destrozada y llena de dolor. "¡Dios!" me dije tapándome la boca horrorizada, comprendiendo la magnitud de esta pesadilla que estaba destruyendo a este pueblo… Recordaba a la niña de la que Len siempre me hablaba, de que había jurado protegerla, hasta con su propia vida, como un verdadero caballero.
―…Confieso que he tratado de eliminar al amo de... diversas maneras, y a todas ha sobrevivido campante. No sé qué más hacer, Nana...
Lo miré con tristeza, deseando con todas mis fuerzas el poder ayudarle… ¿Pero qué puede hacer una pobre y vieja mujer que además… estaba loca? Aun así, quería consolarle, así que apoyé una mano en su hombro, tratándole de entender que aún existía esperanza, aunque esta fuera pequeña y casi inalcanzable… En ese momento alcé la vista y observé al párroco de la Iglesia… Sí, el que me había abofeteado. No quise que me vieran con Len, porque podrían atosigarlo por mi culpa… Me levanté lentamente, dándole la espalda.
― En este mundo hay tres justicias, Len: La justicia de Dios... la del Diablo... y la propia. Yo también desearía ayudarte en hacer que el maldito perro piojoso reviente... Debo irme... Confía en Dios, Len... y él te ayudará.
Me alejé a grandes zancadas, sintiendo como mi corazón se rompía en pedazos al dejarlo allí solo. Cuatro años (¡Cuatro!) para volverlo a ver… Solo para ver que estaba sufriendo mucho MÁS que yo. Pensaba en esa muchachita… Rin, creo que se llama así, atrapada en esa horrible casa, entre varias (o cientos) de otras mujeres, a completo merced del Duque Gakupo, obligándoles a hacer quien sabe que cosas horribles para satisfacer su placer asqueroso y ruin…
Era una terrible pesadilla. Una pesadilla difícil de despertar, de enfrentar… o tan siquiera de tratar de escapar de ella. Era una de miedo e incertidumbre, sin saber lo que iba a pasar…
Gakupo nos tenía a todos atrapados en este terrible juego, que era como jugar a los columpios en el mismísimo borde del limbo
Continuará…
-o-o-o-o-o-o-o-o-
Author´s Note:
(1) Se refiere al Flautista de Hamelín, leyenda alemana que cuenta como un flautista ayudaba a la cuidad de Hamelín con su plaga de ratones. Al no pagarle, se vengó de ellos usando su flauta mágica para atraer a los niños del pueblo… Quedando solo un niño cojo y uno ciego.
(2) "¡Arrepiéntete!" en latín.
Es también parte del coro de la canción Witch de Luka Megurine, con el coro de Gakupo Kamui Miku Hatsune y Rin y Len Kagamine.
Shade: Soy una #$%& sádica XD ¿Alguno no siente pena por Nana? Yo sí. Se ha convertido en mi personaje favorito de esta Saga, aparte del propio Len.
Sess: ¡No se pierdan el final de esta mini-Saga! ¡Y no hemos olvidado la super-ultra-genial sorpresa que les tenemos planeada!
Dulces y gominosos sueños.
