Shade: ¡Volvimos, mis chiquitines! Quiero pedir enormes disculpas por la groseramente larga ausencia (No te hagas, Shade… Sus ausencias siempre son groseramente largas :B) pero el octavo semestre y peor aún, una reciente relación, empeora las cosas XD (Solo deja las putas excusas y presenta el capítulo, ¿quieres? -.-") Muy bien ¬¬*
Como verán, es el nuevo capítulo de la Saga de Nana Macne. Hasta ahora ha sido una reverenda mierda al estilo de Remy, ¿no? Bueno, es hora de que las cosas cambien de una vez y empiece el infierno a surgir. Ya sabrán a qué me refiero.
The Cuckoo's Clock Song
Tercera parte: Rising Hell at the Dawn
No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros.
Jean Paul Sartre
Me detuve un momento, sintiendo el crujir de las hojas amarillentas bajo mis alpargatas. El eco de un pájaro me hizo levantar la cabeza, observando por unos minutos los rayos del tardío y pálido amanecer brillar entre las ramas más altas de los árboles, envolviendo todo el paraje en una especie de resplandor blanco, como si fuera un mensaje de alivio y esperanza proveniente del Cielo… Era todo un espectáculo.
Tras unos momentos de contemplar todo lo de mí alrededor, seguí andando por el pequeño y serpenteante sendero entre los matorrales hasta llegar a mi destino, que era una pequeño y oculto manantial que alguien había hecho junto a la orilla del río y que había encontrado de casualidad en uno de mis recorridos por la orilla del río en busca de raíces o incluso de alguna pequeña tortuga, si tenía suerte de hallarla. Estaba bastante alejado del pueblo, así que podía hacer mis necesidades allí sin que alguien me molestara. Tras dedicarme unos minutos para cerciorarme de que no habría nadie merodeando por los enrojecidos árboles para espiarme (Seguía casi paranoica por inquietantes sueños que tenía últimamente donde los aldeanos venían hacía mí con antorchas ardiendo, haciéndome despertar bañada en sudor y con el corazón a todo vapor) pude estar lo suficientemente tranquila para poder darme un baño. Titubeante, observé una vez más entre los árboles desnudos que bordeaban el río. Echándome los cabellos hacía atrás me desprendí del viejo y desgastado corpiño, jalando las mangas de lino hacía delante para liberar mis brazos y bajándome la falda junto con las enaguas, guardándolas cuidadosamente dobladas tras unas cañas. Empecé a adentrarme en el agua gimiendo levemente, ¡pues estaba muy fría! me abracé a mí misma para darme algo de calor, recordando con nostalgia el cuarto de baño del castillo de la Duquesa de Venomania, siempre con agua caliente para todos... Cuando se me pasó la sensación de piel de gallina, me dispuse a lavarme, pasándome por los brazos un trapo impregnado de unas flores silvestres y otras hierbas que yo molía en mi propia casa. Cerré los ojos, concentrándome totalmente en mi baño, dejándome llevar por el olor de las flores en mi piel y los sonidos de la naturaleza… Al volver a sumergirme para enjuagarme y emerger, resoplando y quitándome el cabello de los ojos, bajé la vista para observar mi tembloroso reflejo en el agua… Por un instante me sorprendí y aterré:
¿Quién era esa mujer horriblemente delgada y enferma, cuyas mejillas estaban pegadas a los huesos del cráneo y que además tenía unas ojeras tremendas? ¿Quién era esa mujer cuyos cabellos ralos y casi blancos caían desparramados como una enredadera, sobre unos tristes senos hundidos sobre su pecho? ¿…Quién era esa mujer que estaba mirándome fijamente en el agua helada con una expresión triste en sus grandes ojos verdes…?
— ¡No, nooo…! ¡KYAAAAAAAAAAHHHHH…!
Un grito y el sonido de algo cayéndose sonaron detrás de mí. Instintivamente grité y volví a hundir en el agua, ocultándome tras unos juncos que flotaban cerca de allí. Esperando que no fuera algún aldeano que vino a mortificarme, me asomé con miedo tras el arbusto flotante: Era un hombre que al parecer había caído de la pequeña colina de tierra que daba al lago, cayéndose finalmente sobre su trasero, pues se agarraba la susodicha parte haciendo gemidos de dolor. Era joven, de ropas elegantes (aunque ahora estaban sucias) y cabellos de un vivo color azul, iguales a los de su larga bufanda que colgaba sobre sus pies, manchada de barro.
— ¡Por todos los helados de crema de maní! ¡Esta es la tercera vez que cruzo este paraje! ¡Estoy perdidooo! —resolló el hombre con tono de desesperación a si mismo y tirándose de los azules cabellos, para luego levantarse lentamente y volteándose para finalmente reparar en mí. Di un respingo y empecé a retroceder, tratando de ir hacía la otra orilla, aunque sabía muy bien que me ahogaría si lo intentaba—. ¡Oiga! ¡Espere! —y al tratar de acercarse, se enredó los pies con la bufanda azul que llevaba, volviéndose a dar de cara al suelo. Farfullando, se volvió a levantar y se acercó más.
—Aléjese de mí...—murmuré tratando de retroceder, cruzando los brazos para cubrir lo más que pudiera mis pechos—, ¡...ALÉJESE DE MÍ! —chillé más fuerte al verlo meter los pies en el borde del agua.
— ¡No voy a lastimarla! —exclamó el hombre de pelo azul con tono angustioso, agitando los brazos como si pretendiera salir volando hacia arriba—. ¡Tengo horas dando vueltas en este bosque, no sé ni donde rayos estoy parado! Al verla de lejos, pensé... pensé que podría… ayudarme— agregó bajando la cabeza, azarado… Al volver a alzarlos, sus ojos se ampliaron y le brillaron de forma extraña—…Es usted—murmuró él señalándome con el dedo, cuya mano estaba empezando a temblar… Me asusté aún más, creyendo que se refería a… la loca de Asmodín y que había venido a mortificarme—: La vi... la vi a usted en la plaza de mercado, hoy. La escuché hablar con un joven rubio… sobre un duque que ha hecho un pacto con un demonio para hechizar a las mujeres. —Esas palabras me impresionaron: ¿Alguien nos había escuchado? ¿Y ahora que iba a ocurrir? ¿Creería este cuento fantasioso, como así pensaban todos? Apenas podía respirar ante lo que fuera a decir...—. Discúlpeme por haberla asustado, ¿cómo se llama?
—Nana… Nana Macne—musité mirándolo con total desconfianza.
—Un honor, yo me llamo Kaito Shion, Conde del Reino Azul—se presentó haciendo una reverencia, dejándome completamente desconcertada: ¡Un conde! ¡Un miembro de la realeza, como mi ama! Y... yo... y yo... ¡Dios mío! ¡Yo estaba totalmente desnuda frente a él! Tal vez notó mi expresión de vergüenza, porque al incorporarse agregó: —; Ehm... Tal vez usted quiera... ejem, cambiarse, ¿no, señora Macne? —Se sonrojó fuertemente al decir eso—, me... me voltearé para que pueda hacerlo, ¿está bien?
Aun desconcertada, asentí con una cabezada. El conde Kaito asintió a su vez y se tapó los ojos con ambas manos y acto seguido se volteó, dándome la absurda fantasía de que estar viendo de pronto a un niño muy crecido que estaba jugando al escondite y era el que le tocaba contar hasta cien. Me apresuré al salir del agua, ignorando los aullidos de protesta provenientes de los poros de mi piel mojada al contacto con el aire invernal; agarré precipitadamente las ropas del arbusto de cañas y me las coloqué rápidamente encima, sin preocuparme por secarme aunque fuera un poco. Al terminar de acomodarme las enaguas bajo la falda, me planté frente al hombre joven cruzándome de brazos y con los nervios alterados, preparada para salir corriendo en cualquier momento, sobre todo al ver el centelleante mango de oro de la espada que llevaba a su cinto... —Ya está, mi señor conde—murmuré.
El hombre de pelo azul se volteó, aun con los ojos tapados y asintió antes de bajarlos lentamente—Pues bien, la he escuchado a usted y a ese niño en la plaza de mercado sobre la desaparición de mujeres en estos lares... y que todo es por causa del Duque que vive aquí... Quiero saber si es verdad. Por eso he estado vagando por el bosque en busca del Duque, pues me han dicho que su castillo es por aquí; como verá he dado vueltas sin sentido, pues nunca me he aventurado por esta región—murmuró señalando sus ropas manchadas de tierra y con ramitas y hojas enganchadas en ellas—. Al verla en el manantial, creí que podría decirme donde estaría el castillo, pero al reconocerle...—Clavó sus profundos ojos azules en los míos—,...puede decirme todo lo que oí en el pueblo.
Me lo quedé mirando fijamente, esperando notar alguna señal de burla o de desdén en sus palabras... Solo hallando un dejo de ¿suplica? en sus ojos... Respiré profundamente, asegurándome mentalmente que ese hombre no iba a hacer me daño… Alcé la vista y lo miré fijamente, resuelta a hablar: —Así es: Mi antiguo amo, el Duque de Venomania, hizo un pacto con una especie de demonio maligno para conseguir las mujeres que quisiera, con tan solo mirarlas… Cualquiera que lo mire, será convertida en su esclava, sometida por entero a su voluntad Más de la mitad de las mujeres de este pueblo están en su castillo, sometidas a sus repugnantes caprichos… —Me detuve a meda frase, entrecerrando los ojos y mirándolo con aprensión—, Pero, ¿por qué me pregunta sobre esto, si… si nadie aquí me cree?
—No, yo sí le creo, señora Macne —replicó Kaito metiéndose la mano dentro de la chaqueta bordada que lucía, sacando una especie de relicario de oro y entregándomelo: Era la imagen de una mujer de pelo castaño y un vestido rojo, guiñándole el ojo al que la había retratado... Alcé la vista, escrutando sus angustiados ojos, leyendo todo lo que me estaban diciendo. —. Por favor... se lo ruego.
No pude seguir callada más tiempo.
...
— ¡Es un maldito monstruo!—gritó Kaito hacia el cielo aferrando el relicario de la mujer con el puño, pegándose el pecho con él, ahogado entre la ira y el dolor—. ¡Ahora Meiko está en ese castillo, sometida a las asquerosas manos de ese hombre! —Se mesó los azules cabellos, trastornado—; ¡¿Como pude dejar que Meiko se fuera sola a ese pueblo?! ¡Todo esto es por mi culpa!
Lo observé con pena. Parecía un perro extraviado aullando de dolor o un niño que lloraba por su mamá. Quise consolarlo, pero no sabía cómo... Ni siquiera sabía cómo poder ayudarle, volviendo a sentir esa sensación de impotencia aplastando mi pecho. Una ráfaga de viento me hizo encogerme de donde estaba... "Ninguna mujer... sea princesa o la última lavandera del Reino, será inmune a tus encantos..." Ninguna mujer... Ninguna... mujer..."
En ese momento, la inspiración llegó. Repitiendo en voz baja la maldición del demonio del Duque Gakupo, había caído en la cuenta... ¡Claro! ¡El mismo demonio había dado la solución!— ¡Eso es!
— ¿Qué? ¿Qué sucede? —preguntó Kaito parpadeando sobresaltado.
—...No es culpa suya—murmuré finalmente, apretando los dientes—, todo es... todo es por causa de mi amo, quién está causando toda esta oscuridad... Y para detener esa oscuridad, debe detenerlo. USTED. —El muchacho se quedó mirándome asombrado. Seguí con decisión, aferrando mi pecho:—. Sí, yo no puedo detener a mi amo, pues estaré pérdida desde el instante que lo mire a los ojos, como el horrible basilisco (1) de las leyendas... Pero usted... usted es un hombre. Usted no le afecta el poder del demonio. ¡Usted puede salvarnos!—exclamé agarrándolo de los hombros, atendiéndolo.
Kaito se quedó estático, como analizando las palabras que acababa de decir. Luego bajó la mirada y observó el mango de la espada en su cintura, que parecía brillar de forma inquietante... Asintió lentamente, mientras yo asentía a mi vez, sintiendo mi corazón redoblar violentamente. Él observó una bandada de cuervos que sobrevoló encima de nosotros, graznando de forma lúgubre sobre el cielo gris de la tarde... Volvió a mirarme, en sus ojos no cabía duda alguna: Entendió lo que quise decir... Cerré los ojos un momento, quedándome en silencio, sintiendo el viento levantar mi húmedo caballo hacía delante, como queriéndome embutir de alguna fuerza invisible... Volví a abrirlos, observando las hojas secas del otoño ser levantadas hacía el cielo, hacía el Norte. Al Norte se encuentra la casa de mi amo. Tanto tiempo vagando por los bosques me había hecho conocedora del camino correcto hacía el castillo de Gakupo. Caminé resueltamente hacia el norte, seguida por Kaito dando traspiés y preguntando con aspavientos a donde me dirigía, sin responderle. Chapoteando las pequeñas charcas aledañas, me interné en el bosque. Tras unos minutos de subir una pequeña colina donde terminaba un retorcido olmo, señalé hacía delante: Frente a nosotros, hundida entre un paisaje de árboles rojizos y pinos aun verdes, se alzaba la oscura torre del campanario del castillo, justamente en ese preciso instante estaba sonando la campana con toda su fuerza, provocando un eco a lo largo del valle... Kaito lo observó con la boca abierta, para luego observarme desconcertado. Yo solo volví a asentir con una cabezada, Kaito asintió a su vez, observando el edificio con aprensión. Tragó saliva y suspiró, sujetando con fuerza el asa de su espada. —Voy por ti, Meiko. —susurró con tono decidido, pero el temblor de su voz alcanzó a notarse. En ese momento, una súbita ráfaga helada me recorría la espina dorsal. Él se volteó, quitándose la capa bermeja (2) que llevaba, colgándola sobre mis hombros. Ignorando mis protestas, colocó sus manos en mis hombros, lanzándome una mirada decidida—...Nunca olvidaré la valiosa ayuda que me ha dado, señora Macne. Espero verla muy pronto... Le traeré la cabeza del Duque Gakupo como regalo de agradecimiento—añadió guiñándome un ojo, asustándome un poco.
— ¡Que Dios le guarde, señor Kaito!—susurré asustada haciendo la señal de la cruz en su frente, la voz me temblaba de la emoción y casi lo derribo al agregarle sujetándole del brazo— ¡Pídale ayuda al joven con quién hablé, mi señor! ¡Él lo ayudará!
Él asintió y sonrió cerrando los ojos y haciendo una señal con el pulgar— ¡Muchas gracia, señora Macne, yo...!— me gritó alejándose hacía el camino del norte, sin notar que...— ¡KYYYYAAAAAAAAAAAA! —...Sin notar que había pisado en falso y había vuelto a caer rodando cuesta abajo por la colina... Otra vez.
— ¡Dios mío! ¡¿Se encuentra bien?!—le grité asomándome al borde de la colina, observándolo refunfuñar en el suelo y agarrándose el adolorido trasero.
— ¡YA ESTUVO, OTRA VEZ...! ¡Sí, estoy bien! ¡No se preocupe!—me gritó levantándose y riendo avergonzado, para luego correr hasta desaparecer entre los árboles... Parpadeé perpleja, para luego rogar el doble: "Señor, Dios mío, protégelo de cualquier mal... lo digo en serio".
Había anochecido totalmente cuando volví a salir de mi casa. Aferrada a la capa escarlata, me quedé observando ansiosa todo el paraje a mi alrededor durante casi una hora, en busca de alguna señal. Algo que me indicara que el conde Kaito había derrotado al Duque Gakupo y que toda esta pesadilla había terminado. Horas antes, durante todo el trayecto hasta mi casa tras despedirme de Kaito, mi cabeza no paró de dar vueltas. Tanto tiempo rogando al Cielo por una señal, por una señal de esperanza para este pueblo hundido en la Oscuridad... ¡Y esta por fin había llegado! No precisamente de la forma más... convencional, pero ahí estaba.
Durante el trayecto hasta mi casita casi no sentí el frío de mis ropas mojadas o el hambre que tenía, sino que mis pies casi volaban al correr, al tiempo que no pude resistirme a (por primera vez en años) cantar. Canté en voz alta, sin importarme en lo absoluto si alguien me escuchaba, solo deseaba sacar toda esa esperanza y alegría que había dejado de sentir desde hacía tanto tiempo. En mi mente pasaban imágenes sin parar: Podía ver a Gakupo desvaneciéndose frente a mí, como una enorme voluta de humo negro, las mujeres emergiendo a través de él como pájaros del color del sol que estiraban sus alas y volaban libres, la gente del pueblo gritando de felicidad y gratitud, estrechándolas entre sus brazos, y finalmente... Len aparecía sonriente, apoyado por Kaito, quien agotado y orgulloso enarbolaba su gran espada manchada de sangre, brillando ante la luz del amanecer, ¡como esos héroes de las lejanas leyendas! mientras que a su lado, estaban Meiko y Rin, la hermanita de Len, sanas y salvas. Len se arrojaba a mis abrazos y llorábamos juntos... Al detenerme un momento para poder retomar el aliento, noté que las lágrimas mojaban mis mejillas, solo que en esta ocasión... No me dolían en absoluto.
...
¿Dónde estaban? ¿Por qué no sucedía nada?
Había estado parada por horas sobre la pequeña colina que daba la vista a todo el paraje, observando todo a mí alrededor inquieta: El cielo estaba totalmente ennegrecido, impenetrable como una pared, mientras el viento helado proveniente del bosque agitaba mis cabellos hacía delante, calándome los huesos. El pueblo parecía quieto, casi muerto, lo mismo que el castillo de Gakupo, cuyo eco de la campana de la torre retumba hasta mis oídos con total normalidad... ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba la señal de esperanza? ¿Por qué no ocurría nada? ¿Dónde estaba el conde Kaito? ¿Dónde estaba Len? Miles de preguntan se agolpaban en mi mente, mientras esa maravillosa sensación de alegría que había experimentado tan intensamente hacia tan solo un par de horas, se desvanecía como agua secándose por la sequía.
¿Será que... será que el conde Kaito había fracasado? ¿Mi amo lo habría vencido? Asustada, me aferré a mi pecho, murmurando oraciones casi imperceptiblemente, rogando con todas mis fuerzas que algo sucediera ahora, en ese momento... ¡Lo que FUERA!
Y al parecer Dios escuchó mis plegarias, pues me trajo una señal... Pero no precisamente la que yo quería:
Un chillido tenebroso, como el silbido de un pájaro monstruoso, cortó el aire a través del viento, llegando hasta mí, erizando los vellos de mi nuca. ¡¿Que había sido eso!? Miré enloquecida por todos lados, en busca del origen de ese horrendo sonido, hasta volverlo a escuchar, esta vez, más fuerte, a mis espaldas. Quise gritar, pero logré taparme la boca y salir dispara hacía delante, corriendo colina abajo, errando torpemente entre los haces oscuros de los árboles y arbustos secos, tratando de evitar enredar mi capa y mis vestidos contra las enredaderas, observando aterrorizada sombras oscuras entre los claros... De pronto pisé en falso y me caí de frente, frente a un arbusto. Sentí como algo caliente resbalaba por mi nariz hasta mi boca, escupiéndole con asco. Me levanté como pude y logré llegar a grandes zancadas hasta la puerta de mi casa, enterando y cerrando la puerta de un portazo. Me quedé quieta, respirando profundamente, agarrándome el pecho, esperando que se me pasara el tremendo susto que me acababa de dar.
Nada sucedió esa noche. Las ventanas temblaban ante los helados vientos que también estremecían tanto los antiguos pilares que sostenían mi techo, así como a mí misma. Me quedé despierta todo ese tiempo, acuclillada frente a la pequeña fogata de la chimenea y frotándome las manos, rogando una y otra vez por alguna señal de esperanza, alguna, por más pequeña que fuese... "Señor, Dios mío, danos una señal... ayúdanos, por favor..." gemía sin articular palabra, llorando en silencio, observando las menudas ramitas consumirse rápidamente. Fue imposible dormir aquella noche, pues mientras el dolor de la decepción y la derrota me atenazaban como unas pinzas al rojo vivo, la herida de mi frente ardía como si realmente me estuvieran atenazando con pinzas ardiendo, aunque la había lavado y envuelto lo mejor que pude.
Al despuntar el día siguiente, el dolor era insoportable. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para salir de la casita para buscar algo de comer, pero en cuanto daba un par de pasos, se me nublaba la vista, llegando casi a desmayarme un par de veces (Imagínense, una mujer desmayada en pleno bosque, ¿quién me socorrería?) por lo que tenía que apoyarme contra el tronco de un árbol para descansar unos instantes. Solo pude traer agua del río y unas cuantas raíces amargas de la orilla para cocinar en la olla. Durante el resto de ese día a duras penas pude moverme de la cama, sudando frío y casi delirando por la fiebre que casi no me dejaba ver, jadeando no solo por la terrible sed que tenía por más que bebiera agua, sino también los las náuseas, rogando por una señal, una vil y miserable señal, ya fuera de esperanza (ya a todas luces perdida) o una (más cercana y por qué no… más deseable) de mi inminente fin.
Moriré…
Aquí y ahora…
Atrapada para siempre en la oscuridad… No, desde siempre lo estuve, y sin posibilidad de salir.
Ya no queda nada… Nada… Solo gritos.
Gritos de agonía…
Gritos de rabia…
Gritos… ¿míos?
Abrí los ojos, observando el reloj cucú que sonaba ensordecedor contra mis oídos: Siete de la tarde… Me había desmayado por la fiebre desde hacía varias horas, y al parecer mis propios gritos me habían despertado… Suspiré, enjugándome el sudor de la frente y observando la pavorosa y triste delgadez de mis manos crispadas sobre las delgadas y grisáceas sábanas... Sigo viva. ¿Hasta cuándo? Me volví a acomodar mejor, esperando caer dormida una vez más (Y esperaba que esta vez no volviese a despertar) cuando... De pronto varios gritos se escucharon, lejanos, pero lo suficiente tenues, sonando idénticos a los que había tenido en mi agonía… Pero esta vez, yo estaba despierta... O eso creía yo. Confundida, me pellizqué con fuerza el brazo, esperando que fuera alguna alucinación. Me dolió, por lo que sí estaba consciente.
Se escuchaban perfectamente al incorporarme de la cama para salir a la puerta.
Entrecerrando los ojos a causas de las constantes ráfagas de viento, me asomé por la puerta, notando que pequeños copos de nieve danzaban lentamente hacía el suelo... Un momento… ¿nieve? Curiosa, la abrí completamente, observándolas caer. Pasados unos momentos de asombro por la repentina nevada, una leve sonrisa cruzó mi rostro: Recordaba cuando jugaba de niña en el jardín de la Duquesa, que cada Invierno se solía transformar en una especie de paraíso congelado, lleno de hermosas figuras de hielo y mullidos montoncitos de nieve amontonados a lo largo del jardín para revolcarte feliz... Obviamente, eso era antes. Aun así, me encanta la nieve, pues aunque ya no pueda jugar en ella, siempre me encantaba verla caer. Soltando una pequeña risita, cerré los ojos y estiré la lengua, tal y como hacía cuando niña, lista para recoger algunos copitos de nieve... Tres segundos después, escupía con asco, tratando de sacar la sensación amarga de mi boca... ¿Qué sucedía? Que yo recuerde, la nieve no sabía tan feo cuando la metía a mi boca... En esas, un copo aterrizó sobre mi párpado; algo fastidiada, me lo retiré con la mano, para luego quedarme mirándolo con estupor:
Era ceniza.
Confundida, alcé la vista: La nevada gris caía como una cruel tormenta, en el cielo había algo terrible: Mientras una parte seguía siendo al parecer de noche, pues estaba la luna llena en el medio, brillando con fuerza, una gran parte del cielo nocturno estaba totalmente teñido de un rojo vivo, como si fuera el mismísimo techo del Infierno...
Ahogué un grito de horror, para mi desgracia inhalando sin querer una gran cantidad de ceniza. La vista se me nubló por un instante mientras la garganta me ardió como brasas ardiendo. Apretándome la boca con fuerza y tosiendo descontroladamente, me encaminé de regreso a mi casa en busca de agua... Cuando una fuerte explosión casi me hace caer de frente al suelo ¡¿qué estaba pasando?! Me volví a levantar y me dirigí dando tumbos hacía la parte trasera de mi casa, mientras la cabeza me daba vueltas y el dolor de la garganta casi no me dejaba ver. Al legar ahí, me detuve un momento para tratar de respirar profundamente. Gritos lejanos seguían escuchándose hasta mis oídos, como si el Apocalipsis se hubiera abatido sobre el pueblo…Estaba confundida y muy asustada. Pensaba en finalmente ponerme a cubierto cuando otra explosión se escuchó, esta vez en un punto señalado frente a mí al Norte. A pesar de que la lluvia de ceniza desdibujaba todo a mi alrededor... podía ver perfectamente una bola de fuego ardiendo sobre los negros árboles, envolviéndolo todo en una enorme y amenazadora nube gris que se elevaba terrible hacía el cielo...
¡Fuego! ¡Fuego! ¡Algo se estaba quemando!
Miré horrorizada a mí alrededor, sin ver a nadie... Volví a mirar al frente, esta vez notando algo que no vi al principio… Esa casa alargada, situada en la lejanía… Era la casa de...
Los ojos se me abrieron de par en par.
El castillo del Duque Gakupo, antaño el más grande y elegante de todo el pueblo de Asmodín... Estaba ahora consumiéndose totalmente en llamas, iluminando totalmente el oscuro paraje del valle en un terrible resplandor. Era ahora un emergente infierno a la luz del pronto amanecer. Retrocedí horrorizada: Todo el castillo, desde las puertas exteriores, las casitas y torres aledañas, hasta la misma torre del reloj, estaban completamente envueltos en una luz amarilla casi cegadora, mientras expulsaban hacía arriba chispas rojas, humo y hollín que se expandían hacía los confines del cielo como un volcán en erupción... El hogar de mi querida ama, estaba destruyéndose ante mis ojos. Era un espectáculo horroroso, imposible de describir realmente… Tras unos momentos de terror absoluto que me mantenían paralizada, incapaz hasta de respirar, un pensamiento terrible se antepuso a todos los demás: Un momento, si el castillo de Gakupo estaba ardiendo, ¡¿entonces donde estaba...?! De pronto, entre el caótico griterío que se escuchaba por todas partes, lo escuché:
― ¡Nana! ¡Nana...!
Me volteé rápidamente, observando la pequeña colina que empezaba unos metros del patio de mi casa: Dos caballos bajaban galopando rápidamente cuesta abajo, en dirección opuesta al terrible incendio, como si fueran a internarse hacía el bosque. En el animal que iba a adelante lo montaban dos jóvenes de pelo amarillo, precisamente el que iba a adelante era el que estaba gritando mi nombre a voz en cuello: ¡Nana! ¡NANA...!
¡Era Len! ¡Santa Madre de Dios, era él! ¡Estaba vivo!
― ¡Len, Len! ¡AQUÍ ESTOY! ¡AQUÍ ESTOY!― grité con todas mis fuerzas, soltándome del edredón y corriendo hacia ellos, agitando los brazos desesperadamente. Len tiró de las riendas y guió a su caballo hasta mí, seguidos por el otro que iba unos metros atrás. Corrí hasta el cobertizo que estaba anexado a la casa (y que nunca había usado antes) y empleé todas mis fuerzas para abrirlo, a pesar del cansancio de mis músculos, envolviéndome en un ambiente oscuro lleno de telarañas, polvo y humedad.
Unos instantes después, ellos se metieron dentro del cobertizo, resoplando tanto los animales como sus jinetes. En el segundo caballo reconocí la alborotada cabellera azul del Conde Kaito (¡Dios escuchó mis plegarias!) quien parecía ileso, pero con una MUY extraña indumentaria: Llevaba un largo vestido de mujer azul con volantes, dándole un aspecto estrafalario y ridículo…. pero la escena estaba muy lejos de causar risa alguna. Tenía una cara de espanto como si hubiera visto a la cara al mismísimo Satán, y se agarraba con fuerza del arqueado cuello de su caballo; este era abrazado a su vez por la misma mujer de pelo castaño del retrato que me había mostrado él, pero quién ahora llevaba puesto un horroroso y morboso vestido blanco transparente que revelaba indiscretamente sus grandes pechos y dejaba completamente expuestas sus piernas... En medio del susto, fruncí el ceño: "Así las vestía mi amo para que sirvieran como sus esclavas". Len se apeó inmediatamente de la montura, mirándome fijamente y respirando de forma gangosa, como si tuviera aserrín en la garganta. Se veía terrible: Su cara, además de sucia por la ceniza y el hollín, estaba pálida como la de un ahogado y sus ojos tan hundidos como los de un búho o los de un cadáver... Además, partes de sus ropas estaban con grandes rastros de sangre seca, como si hubiera sobrevivido a una masacre... o hubiera masacrado a alguien. Sus ojos, sin embargo, estaban brillantes y duros como diamantes, casi soltando chispas en la oscuridad. Me quedé muda, sin saber que decir o hacer en ese momento, donde todo era simplemente un completo caos. Intenté hablar, pero no salió sonido alguno de mi boca.
―Nana, necesitamos refugio, te lo suplico―Esas fueron las primeras palabras que me soltó. Hice otro intento para articular algo, pero mi lengua se atoró―. Todo terminó, Nana. ¡Todo ha terminado!―exclamó él, jadeante, sujetándome los antebrazos con fuerza, dejándome aún más aturdida―. ¡Nuestro sufrimiento ha terminado al fin...!―
Sinceramente, no pude entenderlo a los primeros instantes, pues el miedo y la confusión hacían que mi cabeza diera vueltas, incapaz de comprender lo que estaba pasando... Finalmente, al reparar en la sangre empapada de la camisa de Len, lo supe. Esa sangre era de... Lo volví a mirar―;...Sí, Nana―confirmó él dando una cabezada.
Gakupo estaba muerto... Len lo había asesinado.
Nos quedamos mirándonos por... ¿Cinco segundos? ¿Diez segundos? Ni idea tengo, ni en ese momento supe ni ahora tampoco. Solo sé que durante ese momento, todo se olvidó a mí alrededor, todo se dejó escuchar, desde los jadeos de los demás presentes en el cuarto, los gritos provenientes de afuera y el sonido del fuego consumiendo el castillo... Todo se redujo a la expresión de Len, y a mis pensamientos: Gakupo estaba muerto... Estaba muerto... Y su asesino estaba sujetándome de los brazos en ese preciso momento...
Un débil gemido rompió ese momento de estupor. Len me soltó y corrió hacía su caballo, donde sobre su lomo estaba acurrucado un pequeño bulto del que no había reparado antes: Era una muchacha rubia, asombrosamente parecida a Len ("Debe ser su gemela de la que tanto me ha hablado" pensé) envuelta en una manta, también ataviada con ese grotesco vestido descubierto de esclava e iba descalza. Len la ayudó a bajarse del animal, haciendo que ella se apretara a contra él con fuerza, temblando y gimoteando, recordándome por un instante a mí misma de pequeña, cuando corría a los brazos de mi madre cuando había una tormenta y los truenos empezaban a retumbar.
―No tengas miedo, Rin―le decía Len con ternura, aunque le tembló un poco la voz―, ella es Nana, es una vieja amiga mía... Ella va a ayudarnos.―agregó mirándome con súplica.
La tal Rin se quedó mirándome, aún aferrada al pecho de Len. Tanto en su cara pálida y asustada, así como en sus enormes ojos azules podían leerse perfectamente todos y cada uno de los abusos y actos depravados que Gakupo pudo haberla sometido a ella, a la mujer de Kaito y a todas las mujeres del pueblo durante todo este tiempo, y que solo Dios sabe por cuánto más tiempo hubiera podido hacerlo... "Pobre muchacha" me dije: Tantas cosas que ninguna mujer debería experimentar jamás...
Enternecida me le acerqué colocando una mano en su hombro y le dije, con el candor que solo una abuela puede dar:
―No te preocupes, cielo. Tu hermano tiene razón: Todo va a estar bien... Están a salvo conmigo.
Me apresuré a cerrar la puerta cuando todos habían entrado. La chimenea estaba casi apagada, por lo que eché unos leños para avivar las llamas. Len hizo sentar a Rin sobre una de las sillas, apretándole los hombros. La pareja del Conde y su prometida se había desplomado frente a la chimenea de rodillas, acercando las manos al fuego. Durante unos momentos el pequeño cuarto se sumió en un completo silencio, solo interrumpido por las ventanas estremeciéndose por las ráfagas de viento y el lejano clamor por el incendio. No abandoné mi puesto, apoyada frente a la chimenea, sin dejar de mirar a Len... Y este, a pesar de que mantenía a su hermana contra sí, también me estaba mirando fijamente.― ¿Por qué?―le pregunté sin rodeos. La pareja dejó de frotarse los miembros al calor del fuego y me observaron con aprensión. El muchacho bajó los párpados por un momento, para luego alzarlos y lanzarme una mirada brillante, fiera, casi... de animal salvaje.
―Por Rin―contestó Len casi con dureza―, por Meiko y por Kaito―continuó señalando con la cabeza a la mujer castaña, quien asintió débilmente, siendo al instante rodeada por un brazo del hombre de pelo azul―. Por todas las mujeres del pueblo. Y... ―Y entrecerró los ojos dirigiéndome una triste expresión―;...Por ti.
―Len...―murmuré dejando escapar un fuerte suspiro, cerrando los ojos, pensando en todo lo que había pasado, en lo que yo sufrí, en lo que Len había sufrido, en lo que habíamos sufrido todos... Pensé en Gakupo, en todo lo que había causado: Nunca creí que algo así pudiera pasar, durante mucho tiempo me dejé convencer que Gakupo era invencible, que nada ni nadie podría vencerlo, que siempre iba a ganar... Y ahora, estaba muerto... Abrí los ojos―. Dime todo lo que pasó.
Len me contó todo, y Kaito lo ayudaba con su perspectiva de la historia. Me contaron cómo se habían conocido en el jardín de Gakupo, de cómo habían planeado el asesinato con los puñales, (en esa parte, Kaito le lanzó una extraña y aprensiva mirada a Len, quien desvió la vista de forma obstinada) de cómo a Len se le ocurrió el genial truco de disfrazarse de mujeres para no caer en el maléfico hechizo, evitando el plan original de usar a una de las mujeres como carnada (cuando decía eso, Len apretó más fuerte los hombros de Rin); de cómo por poco todo se hubiera arruinado al Gakupo voltearse de repente y agarrar a Kaito de la muñeca cuando este se le había acercado por detrás, puñal en alto; de cómo Gakupo había soltando un terrible grito al sentir el hierro punzante atravesar su corazón (Ahí me di cuenta que ese lejano alarido que había escuchado no había sido un sueño); de cómo las mujeres, al ser liberadas del hechizo, salieron corriendo por la puerta... De cómo Len cerró la puerta, para que él y Kaito pudieran... Y en este punto cito textualmente: "Terminar con TODO de una vez por todas"... Era obvio lo que con eso quisieron decir.
―Al... terminar todo, sabíamos que los aldeanos vendrían en cualquier momento al castillo a... ajustar cuentas con el Duque, por lo que nos apresuramos en desaparecer de allí―contó Kaito―, Len nos llevó al cobertizo y tomamos dos caballos. Bajamos por el río, cruzando el bosque... hasta llegar donde usted. Eso es todo.
Asentí lentamente, mirándolo primero a él y luego una vez más a Len, quien asintió a su vez. Toda la historia me había dejado prácticamente sin fuerzas, todavía asimilando lo que había pasado... Gakupo... Gakupo estaba muerto. El hechizo con el demonio había... ¡Había terminado! Entre el horror por la forma simplemente horrible como el hijo de mi antigua ama habría terminado, un inmenso alivio me estremeció: ¡El reinado de terror del Duque de Venomania había terminado por fin!
― Terminó... Al fin todo terminó. ¡Gracias a Dios...!―murmuré tapándome la cara con las manos y sintiendo que mis rodillas cedían... Sintiendo que alguien me sujetaba de los costados, evitando que me desplomara al suelo... Sabiendo muy bien quién era. Me dejé caer en sus brazos, sintiendo como todos mis sufrimientos se evaporaban como si fueran humo, dejándome embargar por una calma que casi quemaba mi corazón―, gracias, gracias...―murmuré como una enajenada, casi sin sentir como las lágrimas corrían por mi cara, recibiendo una risita de Len, por primera vez en tan largo tiempo.
…
La noche transcurrió con pasmosa lentitud. Nos quedamos encerrados durante todo ese tiempo, sin dejar de escuchar los gritos desaforados, sollozos y exclamaciones (ya sea de rabia, ira o alegría) desde lejos. Rin y Meiko dormían profundamente, envueltas en las mantas y las capas, mientras que Kaito sigilosamente había traído algo de comida de algunos árboles frutales del bosque... Más unos potecitos de helado que se había traído del castillo de Gakupo y que se había traído escondidos en su huida ("NO podía permitir que estos pequeñitos murieran horriblemente por el incendio" había dicho abrazándolos de una forma demasiado posesiva) Y finalmente Len dormitaba a intervalos a la par que vigilaba desde el alféizar de la ventana, rechazando mi sugerencia de descansar un poco.
―Ahora me siento incapaz de dormir, Nana―contestó él aceptando displicentemente el cuenco de helado de vainilla con trozos de nueces silvestres―, en verdad, no sé cuando pueda dormir realmente.
La verdad, no podía contradecirle, pues a mí también el sueño se había esfumado. En algunos momentos lograba dormir, para luego despertar enseguida, sacudida y agudizando el oído, creyendo que todo había sido mentira, que Gakupo estaba vivo y que había venido a matarnos... Para luego sentir a Len apretarme la mano durante un instante, dándome a entender que todo estaba bien... Que todos estábamos bien.
Fui la primera en levantarme, al sentir los leves rayos del sol en mi rostro. Abrigándome bien en mi chal rosa, salí por un momento para ver si se habían calmado los ánimos por los alrededores. Casi no se escuchaba ningún sonido, ni del bosque ni en sus alrededores. El pueblo parecía totalmente muerto; no había ni una sola alma a la vista... Luego mis ojos se movieron hacía el gris plomizo e impenetrable de las nubes mezclándose con la enorme pira funeraria que se había convertido el castillo de Gakupo. Aún después de tan terrible incendio, gran parte de la estructura seguía en pie, salvo que el hermoso color blanco desvaído que antes tenía en sus paredes y el malva de sus techos había cambiado a un negro siniestro. La enorme torre del campanario todavía expulsaba negro y acre humo al opaco resplandor del amanecer, como si se tratara una monstruosa chimenea o un inmenso dragón... Debo confesarlo, me provocaba sentimientos encontrados: Por un lado, sentía una intensa alegría de que todo este horror hubiera terminado por fin... y al mismo tiempo, una lasitud amarga al ver las humeantes ruinas del lugar donde había pasado la mitad de mi vida. Literalmente, la había considerado mi casa... Mi hogar.
Pasaron tres días.
En el pueblo de Asmodín parecía como si un silencio sordo se hubiera apoderado de todos. Fuera del pequeño refugio improvisado que se había convertido mi pequeña cabaña, no se dejaba de sentir un espeso olor a humo y a destrucción tanto en el poblado como en el bosque, como así decían Len y Kaito cuando se turnaban a recorrer esos lugares en busca de comida. Por lo tanto, la pasábamos casi todo el día al calor del fuego de la chimenea que hervía el pequeño caldero de hierro.
Rin y Meiko habían logrado por fin quitarse esos horribles camisones por algo más abrigado y mucho más decente, pues Kaito había traído algunas ropas del mercado (y de paso deshacerse de los vestidos de ellas y el suyo propio). En ese momento, solo estábamos los Condes y yo, pues mientras Rin dormía en mi habitación, Len había salido con Innovador (Así lo llamaba él al caballo donde se vinieron Rin y él) a tratar de cazar algo con un arco que construyó con unas ramas viejas. Los Condes de Azul realmente me cayeron muy bien. Era bastante extraño que, después de tantos años aprendiendo a callarme y a solo dirigir unas cuantas palabras (siempre de reverencia) a los duques y príncipes, ahora hablaba con unos condes con total normalidad y libertad, como si fuéramos iguales. Nos quedamos hablando de muchas cosas, hasta llegar a las anécdotas personales; Además de contarles de mi infancia y algunas experiencias en el castillo de Gakupo, supe toda la historia de Kaito y su prometida Meiko, de como ella había caído en las garras de Gakupo y la búsqueda desesperada de seis meses de Kaito a través de los diferentes Reinos en su búsqueda. El hombre de pelo azul terminó su relato tomando las manos de Meiko entre las suyas.
―Mei-chan, no vayas a creer que por este... ―Se aclaró la garganta―, inconveniente, la boda se va a cancelar―Le guiñó un ojo, sonriente―; no dejaré que se me escapen esas 50.000 libras de oro de tu dote... ¡Es un chiste, es un chiste!―Aclaró agitando las manos con nerviosismo, al ver la venita hinchada de la frente de la castaña―. Ya en serio, si te busqué por seis meses y sin mi reserva de helados a mi lado…. es porque te amo muchísimo, ¿no? Pues si te convenciste con eso, te lo repito: Te amo, Meiko. Y nada ni nadie impedirán que esté contigo para siempre.
―…Ya con eso de dejar a un lado tu queridísima y extensísima colección de helados desatendida, me convenciste ya―replicó Meiko con burla, al mismo tiempo sonriendo ampliamente, feliz por las palabras de Kaito―, estoy segura que te arrojarás sobre ella cuando regresemos, ¿no? ―agregó como quién no quiere la cosa, recibiendo una risita nerviosa con un ruidoso carraspeo de su futuro esposo.
― ¿A dónde irán ahora?―me atreví a preguntarles, retirando el borboteante caldero y vertiéndolo en unas cazuelitas de madera para servirles una sopa de verduras y setas con unas rudimentarias cucharas―; Tomen... Y lamento no tener más que ofrecerles.―añadí sintiéndome algo avergonzada al tiempo que se llevaban las cucharas a la boca.
― ¿...Bgomea? Efto eftá delifiofo―replicó Kaito asintiendo con la boca llena de sopa, por lo que fue todo un logro que soltara sonido alguno. Meiko le lanzó una mirada de reprobación mientras tragaba con dificultad―; discúlpeme. Como decía, regresaremos a Ateliesta, en el Reino Azul. Queda por el Norte… Quizás pueda visitarnos algún día, cuando esto se haya acabado.
Momentos después, ambos se excusaron de ir al pueblo a buscar algunas ropas extras. Allí sola frente a la ventana al verlos irse, me sentí feliz por ellos, así como admirada que Kaito decidiera seguir en pie con su matrimonio con Meiko a pesar de que... Bueno, ella ya no era apta para ello (3). Me quedé saboreando mi cuenco de sopa, pensando en cómo las cosas mejorarían de ahora en adelante… Cómo estaríamos mejor ahora en el pueblo, ahora que esa fuerza del demonio se había ido para siempre… Cerré los ojos.
Me desperté bruscamente, sintiendo como el aire se atoraba en mis pulmones. Me llevé una mano a la frente y respiré profundo. ¿Será la edad? Me dispuse a volver a dormitar cuando oí un gemido, acordándome de que no estaba sola…. Estaba Rin. Por lo que me apresuré en verter un poco de sopa en un cuenco y acompañándolo con una hogaza de pan, me dirigí a mi habitación.― ¿Rin? Te traje un poco de sopa, si tienes hambre―murmuré en voz baja a la rendija de la puerta antes de abrirla.
La joven se incorporó lentamente en las mantas, asintiendo. Tras el resplandor plomizo de la tarde se veía más pálida de lo que había sido la primera vez que la había visto. Estiró las manos para recibir el cuenco. Ni una sola vez alzó la vista para mirarme―Gracias, señora Macne.
―Puedes decirme Nana... ¿Sabes? Tu hermano me habló de ti la primera vez que nos vimos... Y la verdad es que por un momento pensé que era él que estaba acostado en mi cama, jejeje―dije esbozando una sonrisa. La miré expectante, esperando que se riera o al menos sonriera... Sin éxito. Cuando hice amago de posar la mano en su cabello, Rin se estremeció como si le hubieran gritado, dejándome sorprendida. Me observó con los ojos asustados y avergonzados, mientras yo bajaba lentamente la mano… Me sentía muy mal por ella: Toda asustada, sin saber que iba a ser de ella… Lo sentía perfectamente―. Todo va a salir bien, Rin. Ya no tienes nada que temer...―murmuré con suavidad. Ella no contestó. Ambas nos quedamos en un silencio algo incómodo, por lo que suspiré y retiré la mano―; Ahm... Te dejaré comer, llama si necesitas algo, ¿está bien? ―Me retiré cerrando la puerta, quedando en la penumbra. "¡Pobre niña!", me dije enternecida y encaminándome a la sala.
Al regresar a la sala, noté varias cosas: No solo que Kaito y Meiko habían regresado, sino que Len también; y por lo que se veía habían tenido suerte, pues noté que había nueces, semillas y otros frutos en uno de los cuencos de la mesa junto a una pequeña pila de ropas, además, había un cuervo relativamente grande que tenía un ala atravesada por una flecha y que envuelto en las llamas de la chimenea, envolvía todo en un agradable aroma... Pero al apenas notar mi presencia, Len, Kaito y Meiko, quienes estaban de pie en un círculo frente a la lumbre y con las cabezas juntas, dejaron bruscamente de hablar, dejando tras de sí un silencio inusitadamente tenso… Le lancé una mirada de muda interrogación a Len, pero fue Kaito quién se levantó.
―La noticia de la muerte de Gakupo se ha extendido mucho más rápido de lo que pensábamos―Al notar mi confusión, se aclaró la garganta―. Al llegar al mercado, vimos que había un montón de gente reunida en torno a un mercader andante que gritaba como loco sobre que unos Duques, que eran al parecer muy… amigos de él, estaban enterados de su muerte y que dentro de poco... Iban a venir aquí a vengarlo.
― ¿A vengarlo? ―repetí con estupor, sintiendo de pronto como una horrible sensación de temor subiendo como bilis ante esas palabras... Sensación que esperaba no a volver a sentir... ¿Vengarlo? ¿Quién querría vengarlo? Agregué tartamudeando: ―. Pero... ¿C-cómo pueden venir a darle justicia, si él lo que hizo fue sumirnos en un Infi-fierno? ―tartamudeé, incrédula―. ¿A-acaso ellos no saben lo que él ha he-hecho...?
― Sí lo saben―me interrumpió Len. El fuego que ardía tras de él enmarcaba sus ojos chispeantes, volviendo a lucir esa expresión iracunda, desencajada y cruel que había visto en el cobertizo: ―Akaito, Meito y Mikuo. Son muy amigos del Duque. Ellos vinieron a una cena que Gakupo les hizo una vez... Y ellos sí sabían lo que estaba pasando... Yo estuve allí y lo vi todo: Al final de la cena, Gakupo les mostró una… sorpresa: Hizo que Rin saliera casi desnuda y la obligó a bailar frente a ellos, para finalmente ofrecérsela a ellos como un entretenimiento… Cómo si ella fuese un juguete para usar y desechar―dijo Len apretando los puños con rabia.
―No fue la única, Len... Yo también estuve ahí―reveló Meiko entrecerrando los ojos, sacándome de mi horror ante lo que Len acababa de contar―, y la verdad, es que ellos son asquerosos, tanto como el Duque Gakupo: Nos obligaron varias de las chicas a arrastrarnos ante ellos, a limpiar sus zapatos... y otras cosas―añadió apretando fuertemente la boca en señal de asco, tanto, que se le notaron perfectamente los tendones del cuello.
― ¡Dios mío! ¡¿Cómo puede ser posible?! ¿Y ahora qué? ―murmuré aferrándome a mi pecho, musitando mentalmente oraciones. ¿Por qué Dios, por qué este Infierno del que Gakupo nos ha sumido no termina ya? Toda sensación de alivio tras su muerte se resquebrajó como un cristal estrellándose en el suelo... Aun no habíamos salido del Infierno: Solo habíamos escapado del Diablo, para ahora atenernos a Cancerbero (4) y a todo su ejército...
― Ahora, ellos vendrán hacía nosotros... O más bien, a mí. ―continuó Len con amargura. Al ver mi expresión de asustada confusión, explicó: ― Porque ellos saben que yo fui su sirviente. No tenía a más nadie en el castillo, pues las mujeres, ¿cómo mierdas iban a hacerle daño si estaban bajo el hechizo? Por pura lógica, yo hubiera sido el último en ver a Gakupo con vida. Llegarían a la conclusión que yo lo maté. O que tal vez no detuve a quien lo mató... Sea como fuere, yo soy el único responsable de la muerte de Gakupo. Por ende... ―Tragó saliva, y soltó un fuerte suspiro―, me buscarán a mí.
― ¡Entonces en ese caso no tenemos tiempo que perder!―exclamó Meiko con decisión―. Tenemos que irnos todos de inmediato a Ateliesta; cuanto más pronto nos vayamos, es menos probable que alcancen a Len y a nosotros. Kaito, sal ahora a comprar una carroza, la más veloz que tengan. Los demás debemos irnos preparando para partir. ―El hombre de pelo azul estaba totalmente aturdido, y al parecer, solo había captado una de las palabras emitidas por Meiko:
―Ehm, Mei-chan... ¿Dijiste… todos?
―Sí, Bakaito: ¡Dije TODOS!―exclamó ella exasperada y fuera de sí, sobresaltándonos a todos―. No pienso dejar a nadie aquí, total a merced de esos hijos de puta y su mierdera "venganza". Tenemos que irnos lo más pronto posible, si no... Si no... ―dejó escapar un roto suspiro―...Solo Dios sabe que podrían hacer si nos encuentran.
Me quedé mirando a Len tras terminar el furibundo discurso de Meiko. El muchacho se quedó observando la ventana, para luego echar un vistazo al cuarto donde Rin dormía. Luego clavó la vista en Meiko y decidido, asintió. Meiko sonrió y le dedicó una reverencia, seguida de inmediato por su prometido, que casi se dio de bruces. Este, soltando una risita avergonzada, se excusó y salió por la puerta. Solté un suspiro, sintiéndome de pronto mareada: De pronto, el delicioso calor de la chimenea se heló de golpe, entumeciendo mis músculos, mientras que el aroma del cuervo asado y las vituallas se transformaban en un horrible regusto a hollín, a ceniza... a sangre. Los amigos de Gakupo... No, no... No, por favor. No pueden, no pueden... Con la respiración entrecortada, observé al rubio a los ojos, cuando este giró la cabeza para verme: El poco color que Len había recuperado en este par de días se había esfumado de golpe, volviendo a tener la apariencia de un ahogado recién sacado del fondo del río...
En cualquier momento, los amigos del Duque (¿Cuánto tardarían en venir? ¿Días? ¿Horas?) Vendrían aquí, a registrar el pueblo de arriba a abajo, y muy seguramente... No vendrían solos. Mis ojos se quedaron clavados finalmente hacía al cuervo, aún atravesado con la flecha...
Vendrían aquí a cazar a Len...
Continuará…
...
Author´s Note:
(1) El basilisco es una criatura mitológica que ocasiona la muerta a cualquiera que lo mire a los ojos. Si se observa su reflejo, quedará petrificado, como la mirada de Medusa.
(2) Bermejo: Color rojo semioscuro, que se basa en el color característico del cabello pelirrojo. También así se le denomina a las capas con ese color.
(3) Corresponde a los reglamentos de la Biblia en lo referente a las mujeres que fueron violadas: Sin importar que hayan sido víctimas de un crimen, ellas mismas han pecado por haber tenido sexo fuera del matrimonio.
El castigo podía pasar de ser asesinadas por lapidación (Deuteronomio 22: 20 - 21) y hasta ser forzadas a casarse sin derecho a divorcio con su propio agresor (Deuteronomio 28:22)
En la Edad Media las leyes se basaban en los preceptos bíblicos como este. Aberrante, ¿no es así?
(4) Cancerbero es un perro de tres cabezas, guardián de la entrada al Infierno, tanto en la mitología griega como en la Divina Comedia de Dante Aligieri. La alegoría es que las tres cabezas representan a los tres Duques: Akaito, Meiko y Mikuo.
Shade: Se puso la cosa de castaño a amarillo… y de ahí a castaño oscuro, ¿no? Muahahaha, que cruel soy :3
Ahora veremos que épica conclusión habrá con esta historia, con los Duques amigos de Gakupo casi a las puertas de Asmodín, buscando la cabeza y el trasero de Len XD
¡Atentos al desenlace!
