Ahora sí. Está aquí.

He aquí, amigos, el verdadero episodio final de Servant of Venomania o, al menos, el episodio final de la tetralogía de Nana Macne… Sufrimos con ella, rezamos con ella… Ahora lucharemos con ella.

Advertencia: (+18). Violencia.

Final Playlist: Ironheart, de Two Steps from Hell; Réquiem: Dies Irae, de Giuseppe Verdi y Nightsky, de Tracy Chattaway.


The Cuckoo's Clock Song

Última parte:

Aria del chorlito

"…Elévate, pajarito herido, al resplandor de las llamas"


Entre los diferentes mecanismos de defensa entre las aves, el del chorlito común (pluvialis apricaria) consiste en arrojarse al suelo gritando y estirar un ala fingiendo estar herido, para así poder enfrentarse a los depredadores que puedan amenazar a sus polluelos.

Diccionario Enciclopédico Larousse (2006). Vol. 1.

― ¿...Señora Macne?

Me incorporé aturdida, no solo ante la mención de mi nombre, sino también que alguien me había agarrado del antebrazo, haciéndome creer por un terrible instante que era algún soldado del ejército de los Duques que había venido a enterrarnos alguna de sus lanzas en lo profundo del corazón. En cambio, me encontré con los ojos azules y el rostro pálido y asustado del conde Kaito―Lo siento, no quise asustarle. Es que... Se quedó petrificada mirando la chimenea.

― ¿Ah sí? ―murmuré volviendo a enfocar a mí alrededor: Ya no estaba el cuervo envuelto en las llamas, sino una tetera de hierro, la cual expulsaba un chorrito de vapor por la boquilla con un débil siseo. La condesa Meiko la retiró cuidadosamente con una vara y la sirvió en una taza que me acercó a mis manos, las cuales estaban extrañamente temblorosas y heladas―; más bien discúlpame tu, Kaito, es que... Me quedé pensando―agregué mirando a mi regazo, sujetando firmemente la taza entre mis manos, casi sin sentir lo caliente que estaba...

―Nana...―En ese momento Len se acercó a mí, bordeando la silla donde (en algún momento que no recuerdo realmente) me había dejado caer, al parecer abrumada por la noticia. El muchacho se puso en cuclillas, apretándome los brazos―. Todo estará bien. Nos iremos de aquí.―En las comisuras de sus labios había el fantasma de una sonrisa―. Kaito nos encontró un carruaje, así que mejor prepara tus cosas para el largo viaje.

― Espera un momento... ― ¿Había escuchado bien?―, ¿dijiste... que prepare... mis cosas?

―Señora Macne, creo que fui lo bastante clara, ¿no?―terció Meiko enarcando una ceja, quién estaba apoyada contra el alféizar de la ventana―: Yo dije "TODOS"... Y eso la incluye a usted.

―Pero... pero...―En ese momento me sentí realmente tonta: Yo realmente había creído que ella solo se había referido a ella y a Kaito. La miré perpleja―, yo... yo no...

―Nana, ven con nosotros―dijo Len sin abandonar su posición frente a mí―. Meiko nos habló de su hogar, Ateliesta; está en el Reino Azul. Está muy lejos de aquí, a miles de kilómetros de distancia. Es un lugar muy bonito, donde hay montañas cubiertas de nieve y desde ellas puede verse el mar. Allí jamás nos harían daño los Duques ni su ejército debido a que es el territorio de Kaito y Meiko... Allí todos podríamos empezar de nuevo: Rin, yo... y tú también.

―Len, yo…

―Mire, allá en Ateliesta podría tener una vejez más tranquila, viviendo con nosotros―Meiko tomó el remate con aplomo―, usted podría ser nuestra aya (1) para nuestros hijos, a quienes seguro les encantará oír todas las curiosas y hermosas historias que nos ha contado, además de comer esas galletas de mazapán de las que tanto nos habló Len… Piénselo, señora Macne: ¿No es mejor eso, una existencia tranquila... que estar en este lugar, donde solo será una..., ejem, tumba en cuestión de tiempo...?

¿Es mejor así? Me pregunté yo en ese mismo momento. Hace unos momentos me había quedado prácticamente mirando el vacío, muerta de miedo ante la idea de que llegaran los amigos de Gakupo... Y ahora estaban ofreciéndome escapar... ¡A mí también! Por unos segundos, realmente me imaginé como sería una vida nueva, allí en ese pueblo, lejos de este pueblo que hundiría en las tinieblas: Me estaban ofreciendo una vida completamente nueva, con una casa nueva, ¡incluso un empleo nuevo! Mis ojos se humedecieron al recordar cuando Len y yo hicimos juntos, entre risitas, abrazos y bromas, esas pequeñas galletitas de mazapán, la misma noche que Len recibió esa horrible paliza en el rostro de parte de Gakupo… Esa misma escena podría repetirse una vez más, no solamente con Len ahí, sino también con su hermana, con el matrimonio Shion y con sus futuros hijos… Mi vejez sería finalmente y completamente tranquila y... y feliz.

Y sin embargo...

― ¿Qué me dices, Nana? ―me preguntó Len, deslizando las manos por mis brazos y finalmente tomando las mías entre las suyas, envolviéndolas en un agradable calor... Las miré fijamente, pero esta vez con más detenimiento: Las manos de Len eran firmes, jóvenes y fuertes… comparadas con las nervudas, manchadas, flacas… y viejas manos mías.

Finalmente, lo miré a los ojos y compuse una débil sonrisa: ―…No, Len. ―Los ojos de mi pequeño se dilataron de la sorpresa de mi respuesta. La misma expresión de desconcierto cruzó el joven rostro de la condesa de Azul. Yo solo me quedé allí, esperando a que se les desataran las lenguas para preguntarme: ¿Por qué? Y por eso, decidí seguir: ―No puedo, Len. Ya no tengo fuerzas para seguir adelante. Seguramente no podré soportar el viaje a Ateliesta… Además, yo hice una promesa a alguien muy especial para mí… Y no quiero romperla. No puedo irme de aquí donde reposan mis seres queridos... Es mejor que se vayan ustedes, ahora que hay tiempo, antes de que las cosas se pongan peores… ― Esbocé una triste sonrisa, llenándome de más y más pretextos―; Mírenme: soy una vieja, ya con demasiados años encima, como para poder empezaren otra parte… Además, Asmodín es mi hogar. No ha sido el mejor hogar, desde luego; pero lo sigue siendo.

―Nana…

―Este pueblo no es para ti, Len… pero para mí sí. Este es mi último deseo: Déjenme quedarme aquí. Por favor…―musité mirándolos a ambos―, respeten mi deseo.

Len seguía desconcertado. En cambio, Meiko bajó la cabeza, esbozando una leve sonrisa y asintiendo―Como usted lo desee, señora Macne.

― ¿Estás segura? ―Len intentó convencerme una vez más, yo me limité a sonreír y a acercarme más a él. Nos tomamos de las manos una vez más… Lentamente, veía como lágrimas brotaban de sus exhaustos ojos.

―Len… mi pequeño Lenny… ―susurré apoyando una mano en su rostro, mientras veía sus lágrimas bajar por su nariz… Sonreí y le di una palmadita en su mejilla―. …Sigues siendo ese niñito llorón del que me encariñé… No te conduelas, hijo: Siempre soñé una mejor vida para ti… Y ese momento ha llegado. ¡No seas estúpido y no lo pierdas por mí! ―Len sonrió levemente mientras le apretaba la mejilla con cariño. ― ¿Y bien? ¿Acaso eres estúpido, Len?

―No, Nana―dijo él negando la cabeza.

― Entonces, ¿qué rayos esperas? ―Él soltó una pequeña risita, que me recordó enseguida a él de pequeño, cuatro años antes…―Váyanse, yo estaré bien.


Antes del toque del alba, salimos del helado jardín, enfundados en chales y abrigos. El cielo estaba completamente gris y plomizo, como si el sol se hubiera marchado también y no pensara volver jamás. Bajamos de la pequeña ladera y entramos en uno de los extremos del pueblo, rumbo a un pequeño patio tras una taberna. Alrededor de nosotros, el pueblo se veía silencioso, como si algo en él se hubiera muerto más bien agonizando; a veces se veía una persona salir apresuradamente, para luego perderse de vista. Frente a uno de los postes, estaban los dos caballos de los chicos, uncidos a un pequeño y sencillo carruaje, con sus oscuras cortinas corridas a un lado. Los animales resoplaban y pegaban coces en el suelo, como si lo que más desearan era irse de allí: Lo saben, saben que tarde o temprano, el pueblo sería víctima del furor del Rey. Aunque era un hombre considerado finalmente por todos como malo, Gakupo era un Duque… Y su muerte no sería tomada como algo favorable para la gente rica y poderosa de los castillos… por más daño que esa persona haya hecho al resto de los mortales, a toda su gente que él supuestamente tenía que cuidar y proteger… Igualmente, buscarían un culpable para quemarlo vivo en frente de todos para así demostrarnos que los nobles estaban por encima de nosotros, y que la justicia, la verdadera justicia, era una a la que NO teníamos derecho a acceder… Y es precisamente por eso, que ellos se tenían que ir, Len más que nadie.

De ese modo, se estaban preparando para ello. Les regalé varias mantas y un poco de mi propia comida, a pesar de que ellos se negaron al principio, pero como señaló el joven Kaito, el viaje iba a ser algo largo de aquí hasta ese pueblo, Ateliesta: "Es mejor, así no será tan penoso su viaje" les dije. ―Es muy amable de su parte, muchísimas gracias, señora Macne―dijeron Kaito y Meiko, inclinándose ante mí… Fue sorprendente, que dos condes (¡Condes, les digo: gente noble!) se inclinaran ante una pobre anciana como yo… Me sonrojé y agité las manos: "No hagan eso, por favor…"

―Usted nos ha salvado la vida―dijo Meiko con sencillez, sonriendo―, y por eso, siempre estaremos eternamente agradecidos con usted.

―Muchas gracias por su ayuda, señora Macne―dijo una tenue voz detrás de mí: La joven Rin se había acercado a mí, enfundada en un grueso chal azul enrollado sobre su cabeza a modo de capuchón; todavía tenía las inequívocas señales de Gakupo plasmadas en su pálido e infantil rostro; todos esos meses de abuso y maltrato… tomaría un buen tiempo para ella borrarlas completamente. Sentí que era mi deber hacerle saber que… aunque todo parezca perdido, toda tormenta viene seguida por el sol. Sonreí y la retuve un momento, apretándole los hombros:

―Las cosas no parecen ser buenas ahora… Pero créeme, Rin: Que muy pronto, todo eso va a cambiar. Estás a tiempo de tener una mejor vida y de ser feliz… Y no estarás sola, pues tienes a tu lado a un hermano que te quiere, te cuida y que siempre estará contigo―decía mientras acercaba las manos de ella y de Len, uniéndolas, haciendo que ambos se miraran y se sonrieran―; …Yo veo un gran futuro para los dos… Y mientras estén juntos, así sucederá.

Los hermanos Kagamine me abrazaron al tiempo; necesité toda mi fuerza de voluntad para no llorar; y no es por ser débil, amigo mío, sino para darles a ellos la fuerza que realmente necesitaban para salir de este agujero y volar, volar libres, lejos de este Infierno que pronto se vería hundido en la profunda oscuridad… Rin se apartó, pero Len se quedó un momento más aferrado a mí. Era una sensación maravillosa y al mismo tiempo, dolorosa: Tenerlo allí, por última vez, acurrucado en mis brazos, como hace cuatro años, en el salón del Duque, tras la paliza que él le dio por la taza de té.

Pero hace cuatro años, Len era un sirviente, un perro faldero, temeroso esclavo de un hombre... y ahora, sin ningún contrato que lo ate cual correa, era un hombre libre.

―Gracias, Nana―murmuró Len apretando su frente contra la mía. ―. Nunca te olvidaré. Nunca olvidaré lo buena que fuiste conmigo y cuanto me ayudaste… Gracias.

―Y yo jamás te olvidaré, mi pequeño―susurré, acariciando los dorados hilos de su cabeza. Perdóneme, ahí si no pude aguantar más: Las lágrimas que tanto guardaba dentro de mí salieron, mientras estrechaba en mis brazos a este joven que, hace cuatro años era un completo desconocido que apareció de pronto en mi cocina, mirando al suelo… y ahora es como si fuera mi propio hijo. Lamento sonar tan cursi, pero así lo sentí. Una parte de mi mente no paraba de lanzarme ladrillos: "¡Aún puedes irte con ellos, Nana! ¡Solo tienes que abrir la boca! ¡¿En serio serás tan tonta en quedarte?! ¡Es más seguro que aquí morirás, cabeza de chorlito!"

¿Realmente estaba haciendo lo correcto en quedarme sólo por una promesa dada a alguien que ya había muerto...?

"Tómalo como un favor para mí, ¿sí? ¿Me lo prometes? ¿Siempre serás su amiga y estarás con él?"

No pude cumplir con la primera parte de la promesa. Jamás pude ser amiga del hijo de la Duquesa de Venomania. Pero Dios sabe que lo intenté, así como pude ser testigo de todo esto. ¿Entonces por qué me quedaba…? ¿Por qué no solo me rendía y decía que quería irme con ellos lejos de aquí? ¿Empezar de nuevo... aún con los pocos años que me quedaban? Me sentía tan abrumada por estos sentimientos cruzados al sentir como, lentamente, Len se iba separando de nuestro abrazo, hasta quedar solo agarrados de los brazos. Si había algo que decir, esta era la última oportunidad: ―Len, yo...

El sonido de algo retumbó hasta nosotros, petrificándonos.

Un cuerno de caza retumbó en un terrible y alargado eco que cortó el aire, llegando hasta a los arboles de la lejanía, porque se vio a muchos pájaros echar el vuelo, como si eso fuera una señal… Durante unos instantes no sabíamos que estaba sucediendo, pero los gritos y exclamaciones de los algunos aldeanos en un extremo de la plaza fueron lo que nos trajo a la realidad... Eso, y lo que finalmente pudo ser visible a lo lejos, gracias a un aterrorizado grito de Rin: Una enorme y alargada masa negra conformada por casi un centenar de caballeros emergía lentamente de entre los bosques lejanos del norte, con largas y ondeantes banderas rojas que destacaban entre ellas como pequeñas hogueras en la noche...

Estaban aquí.

Ahora.

―Mierda, ¡debemos irnos, YA! ¡MÓNTENSE! ―chillaba Kaito perdiendo la calma en cuestión de segundos. Meiko abrió bruscamente la puerta y se metió de un tirón, seguida de Rin, la cual se enredó dos veces con el chal. Solo quedaba...― ¡MÓNTENSE RÁPIDO! ¡LEEEN!

― ¡No voy a dejarte aquí, Nana! ―chilló a su vez Len, agarrándome con fuerza del antebrazo, con ánimo de llevarme al carruaje, ignorando mis protestas―, ¡lo siento pero no puedo!―De modo que empezó a arrastrarme hasta el carruaje; en medio de mi parálisis, observaba todo lo que pasaba a mi alrededor con una lentitud casi absurda: Las personas salían corriendo por todas direcciones, algunas llevando a sus hijos casi a rastras, quienes berreaban escandalosamente. Puertas y ventanas se abrían y cerraban constantemente, las puertas dobles hechas de troncos que franqueaban la entrada del sur de Asmodín se estaban empezando a cerrar, quizás para impedir la entrada del ejército que más que una búsqueda, parecía un sitio para arrasar con todo... Un momento, ¡las puertas de la entrada se estaba cerrando! ¡Una vez que estén completamente cerradas, sería imposible para Len y para los demás escapar hacía las planicies! ¡Quedarían atrapados como ratoncitos en una ratonera gigante, a completa merced de los gatos y todo habría sido en vano!

¡Tenía que hacer algo!

No sé cómo lo hice, pero al último instante logré zafarme del agarre de Len, justo antes de que él pudiera hacerme entrar en el carruaje. Lo escuché gritar "¡NANA!" en el momento que empecé a correr con todas mis fuerzas, alejándome de ellos, en camino hasta las puertas de la entrada este, dentro del pueblo. Lo mismo escuchaba de mi propia mente: "¡¿Que cuernos estás haciendo, cabeza de chorlito?!" Pues no tengo ni idea, seré sincera; Solo sabía una cosa: No podía permitir que esos hombres atraparan a Len. Corrí con todas mis fuerzas, ignorando los gritos mezclados que resonaban en mis oídos, esquivando a la gente aterrorizada que corría y se empujaba en todas direcciones, ignorando el agotamiento de mis huesos ante mi esfuerzo que hacía, hasta llegar a esas enormes puertas que franqueaban la salida hacía la única vía de escape posible de mis pequeños, pues el bosque detrás de mi casa era demasiado escarpado para que el carruaje pudiera siquiera avanzar… Solo había una salida posible: Hacía las planicies, hacía el Sur.

― ¡No cierren las puertas, no cierren las puertas!― grité a uno de los guardias, quien ya tenía la mano sobre la gran manivela de madera que hacía funcionar las puertas. Este me miró con una mezcla de exasperación y miedo.

―Apártese, mujer, tenemos órdenes.

― ¿Órdenes de quién, si Gakupo ha muerto?― pregunté con desesperación, el guardia se quedó mirándome confundido: pareciera que no se había dado cuenta que desde hacía tres días, había un estado de anarquía en el pueblo. Me apresuré en seguir: ―, hijo, mira toda esa gente que quedará atrapada aquí, hasta niños con sus madres... No nos engañemos, va a derramarse sangre inocente si usted cierra las puertas, incluida la suya, y solo usted será el responsable de ello cuando vaya a rendir cuentas...― Al parecer eso, más que nada, lo había convencido, pues lentamente soltó la manivela, apartándose de ella―; hiciste bien. Que Dios te lo recompense siempre.

Pero un nuevo sonido de cuerno, ahora acompañado de alaridos más fuertes de la gente... le infundió terror al guardia, el cual salió corriendo, dejando la manivela moverse sola por inercia, siguiendo con el trabajo de cerrarlas puertas... Asustada, la tomé y detuve su paso, empezando a moverla por el sentido contrario, sintiendo cada uno de mis músculos tensarse hasta llegar casi a desgarrarse...Pero aun así, las puertas volvieron a moverse a la dirección contraria, abriéndose hacia delante… No sé cómo pude hacerlo, aún me lo sigo preguntando. Finalmente, después de varios segundos de angustia total, las dos puertas quedaron abiertas en par en par. Al instante, una docena de carruajes salieron zumbando rumbo hacia las planicies; también vi jinetes al galope, carretillas e incluso personas de a pie, corriendo despavoridas como animales en estampida― ¡Corran! ¡Huyan de aquí! ¡Son libres! ―vociferé sin aliento, apremiándolos. En ese instante, entre las últimas carretas, pasó rauda como un rayo una de las más pequeñas de ellas, de sencillo cortinaje oscuro y tirado por dos caballos… Aunque fueron solo unos segundos, fueron suficientes para encontrarme, una vez más, con los ojos azules (crispados de la angustia) de Len, alejándose cada vez más de mí, y esta vez (rezaba) para siempre.

Mi pequeño ángel, Lobo de Venomania, vuela.

Extiende tus alas negras y vuela.

― ¡Nana…!―lo oí gritar. Hice lo mismo que él hizo hace tantos años: Sonreí ampliamente y moví la mano en gesto de despedida. Le estaba devolviendo el favor.

Rogué con todas mis fuerzas que no cometieran la estupidez de dar marcha atrás y devolverse para buscarme. No lo hagan, déjenme aquí… Lo oí seguir gritando, mientras la carreta tomó una curva hacia los matorrales… Así sería mucho más difícil que los capturasen si los invasores tomaran la decisión de perseguir a los que escaparon. Un alivio casi doloroso me embargó… Aún lo sentía cuando, momentos después, dos hombres enfundados oscuras corazas y sujetando largas espadas me tomaban fuertemente de los hombros, apartándome finalmente de la manivela. Esta se volvió a mover locamente hacía atrás, volviendo a cerrar las puertas, esta vez firmemente. Quien no hubiera aprovechado el breve momento de mi intervención, había quedado atrapado aquí, a merced de ellos… Si bien la primera vez me aterraba completamente la idea… Ahora era conducida por uno de los hombres armados hacia la plaza de mercado, sin sentir realmente miedo. Al contrario, lector mío, estaba alegre. Había logrado huir… Gracias a mí, el Lobo de Venomania era libre.

A empujones me llevaron tanto a mí como a varias personas hacia la gran plaza de mercado. Mientras me conducían, eché ojeadas a mi alrededor: Se notaba que era un ejército sumamente grande: A donde quiera que volteara la mirada, había hombres enfundados en bruñidas armaduras oscuras y enarbolando esos aterradores estandartes rojos. Muchos de ellos entraban a tropel en las casas, sacando casi a rastras a los que intentaban ocultarse o guarecerse, entre rudos gritos y amenazas de espadas. Otros, en una muestra total de irrespeto, aprovechaban eso para saquear en algunas de las casa, prueba de ello estaba en los collares y demás brillantes con los que jugueteaban entre carcajadas llenas de codicia entre sus dedos… o bien, intimidaban a varias mujeres con expresiones oscuras tan llenas de codicia y lascivia que me recordaban por un instante al Duque Gakupo… Así poco a poco, el resto de la población de Asmodín que no pudo huir fue concentrada en la plaza mayor, como si fuéramos ovejas o ganado, siempre rodeados por todos esos soldados, los cuales no dejaban de enseñar las espadas, lanzas y arcos con semblante amenazador… Era la primera vez que veía mucha gente reunida en un solo lugar, desde el penoso episodio de mi linchamiento en la Iglesia. Jóvenes y viejos, pobres y ricos. Todos lucían preocupados… Y muy asustados.

― ¡Escuchad, pobladores de Asmodín!―gritó un hombre de pelo rosado que se subió al gran estrado de madera, entre sonidos de trompetas colocadas detrás de él, llamando la atención de todos―. Hagan una reverencia a los duques de los Estados Unidos de Evillious: El magnífico Akaito ―Y apartándose, le dio paso un hombre alto y espigado, de cabellos de un rojo tan intenso que destacaba entre esos estandartes, cuyas ropas lujosas de oro eran opacadas por su larga bufanda, también roja… Por un momento, tuve la absurda idea de que a Kaito le había caído un bote de pintura roja encima. Este "Kaito" sonrió de forma insulsa y guiñó el ojo a la multitud―. Y El fogoso Meito― Y junto al pelirrojo, un hombre corpulento y de cabello castaño hizo su aparición. Llevaba una botella de sake en la mano, la cual bebió largamente, como si estar ahí no le importase realmente.

―Agradecemos tu agradable presentación, Luki―terció Akaito, sonriendo con indolencia―, así como agradecemos a los gentiles pueblerinos de Asmodín de venir voluntariamente a recibirnos.

"¿Voluntariamente?" mascullé entre dientes. Y al parecer, no fui la única con esa reacción: Varios más ponían cara de incredulidad ante esas palabras, especialmente aquellos que fueron arrastrados de forma casi brutal hacía allí.

― ¡Escuchen, pueblerinos! Se preguntaran a que hemos venido―continuó el conde pelirrojo, cortando las murmuraciones que él mismo había provocado―, como muy seguramente sabrán… nuestro viejo camarada, amo y señor de toda esta tierra y de esta comarca… Gakupo Kamui, Lord de Venomania… ha sido asesinado.―Hizo una pausa exageradamente larga, como si estuviera meditando… o más bien causar malestar entre la masa de gente en frente suyo―,…y al parecer eso les ha gustado a ustedes―agregó con un peligroso siseo que tensó a todos ―. ¿No me creen? ¿Por qué entonces… estoy viendo el castillo de vuestro generoso conde hecho cenizas como si alguien… o algunos le hubieran prendido fuego?

La tensión de los habitantes era más que palpable. Algunos hasta empezaron a temblar.

―Aunque no se preocupen, queridos amigos… No los vamos a castigar por destruir y saquear el castillo de su amo… A menos, claro, que no se revelen ante nosotros los responsables del hecho―terció Meito con una sonrisa torcida. Hubo un movimiento de creciente terror entre la masa de gente que los caballeros contuvieron tensando los arcos y blandiendo sus armas hacia nosotros. ―. Y por supuesto, claro… al entregarnos al asesino del Duque de Venomania… ―. Empecé a respirar agitadamente, sintiendo los alocados latidos de mi corazón casi llegando hasta mi garganta, rogando mentalmente que nadie supiera el nombre de…― ¡Len! ¡Muéstrate!

Aun no sé cómo hice para no delatarme con un grito de espanto, aunque no negaré que faltó poco. Los murmullos, antes levísimos, se elevaron una décima de su nivel, mirándose entre ellos con ansiedad, como si trataran de buscar entre ellos a mi pequeño. Los dos duques nos miraban casi sin pestañar, entrecerrando los ojos, al parecer buscando entre todas esas cabezas multicolores, una alborotada cabellera rubia recogida en una cola de caballo. Luego de unos minutos angustiantes, Akaito soltó una exclamación de rabia que descompuso totalmente la belleza de su rostro: ― ¡Si el sirviente de Venomania no aparece AHORA, castigaremos a TODOS los aldeanos! ―El movimiento de retroceso que originó esas palabras al parecer lo enojaron más―. ¡QUE APAREZCA EL ASESINO DEL GENEROSO Y BUEN GAKUPO AHORA MISMO!

¡¿…Generoso?!

Una voz sumamente aguda y cantarina se dejó oír entre la multitud. La gente empezó a apartarse ella misma para saber quién había osado levantar la voz. Mi terror quedó superado momentáneamente por el estupor: Una joven mujer enfundada en una capa de viaje que no cubría del todo sus ropas elegantes, temblaba de pies a cabeza, pero sin dejar de mostrar una expresión crispada por la indignación, se abrió paso entre el populacho hasta subir a la tarima, ayudada por algunos empleados. Desde allí, destacaba más la belleza juvenil de sus rasgos, acentuados por el corto cabello verde, recogido en un elegante pero apresurado moño: Era lady Gumi, la mujer que mi amo, muy en el fondo de su oscurecido corazón, siempre amó. Los duques Akaito y Meito la miraron con incredulidad al tenerla al frente. Saltándose escandalosamente el saludo a una dama, la increparon como si se tratara de un prisionero de guerra. ― ¡Explíquese, mujer! ―ladró Meito groseramente. Gumi torció el gesto y habló. Su voz aguda se oía perfectamente aún entre toda la tensión:

― Primero que nada, dejaré en evidencia vuestra insolencia al no saludarme como es debido: ¡Buena gente de Asmodín, ustedes me conocen como la baronesa de Glassred, Gumi Megpoid!, mujer que desapareció hace casi cuatro años de mi residencia real para acabar, junto con otras mujeres, nobles como miserables, en los sótanos de vuestro amo, el generoso Duque Gakupo de Venomania…

― ¡Mientes! ―la interrumpió Akaito.

― ¿Miento, mi señor? ―siseó Gumi entizando con saña las palabras―, le recuerdo a usted que la mentira es un crimen tan terrible como el lastimar a una dama de mi posición como yo. ¡Aseguro ante todos que el Duque Gakupo abusó villanamente de mí, y de muchas mujeres! ― Y exclamó más fuerte, al ver que Akaito iba a interrumpirla otra vez― ¡Y si cree que miento, que las demás victimas dejen salir ahora mismo su voz!

Fueron unos segundos insoportablemente largos. Eché una ojeada a mí alrededor: La gente murmuraba unas a otras, pero nadie más parecía dispuesto a elevar su propia voz. Muchas mujeres jóvenes se miraban unas a otras, como si temieran abrir la boca... La joven Gumi estaba quedándose cada vez más sola y abandonada en el estrado, y eso se notó al oír finalmente la despectiva carcajada del Duque Meito.

―Excelente chiste, mi buena y hermosa mujer, pero me temo que no estamos ahora para bromas: Queremos aplicar justicia. Por eso, exigimos saber dónde está el sirviente de Venomania…

― ¡¿Justicia?! ¡Ya se hizo justicia, mi señor! ¡Ese tal sirviente de Venomania ya la ha aplicado! ―exclamó Gumi, apartándose bruscamente para quitarse la mano enguantada que Meito la había colocado en su hombro―, ¡sí hizo justicia, fue por y para nosotras!

― ¿Ustedes? ¿Qué tipo de justicia necesitaban ustedes, si nunca hubo nada criminal de parte del Duque de Venomania?

― ¡Que si hubo algo criminal, maldita sea!

―Oiga, esa clase de lenguaje no es educado para una dam…

― ¡¿Y a mí que mierda me importa!? ¡El Duque Gakupo me violó, me violó! ¡Usó mi cuerpo como quiso y…!

― ¡CÁLLESE!

Y un guantelete de hierro se estrelló con fuerza contra la frágil mejilla de la mujer. Gumi soltó un aullido de dolor mientras se sujetaba un lado del rostro, que sangraba profusamente, justo como… La vista de esa sangre me liberó del miedo de los guardias que nos rodeaban, gritando con fuerza, entendiéndome claramente: ― ¡Bastardo! ¡¿Cómo se atreve a golpear de esa manera a una mujer que ya sufrió demasiado por el Duque Gakupo?! ¡Dios le castigará!

― ¡Cierre el pico, mujer! ―gritó Akaito, agitando su guantelete, rezumante de sangre―, ¡no permitiremos más calumnias y mentiras del Duque Gakup…!

― ¡No son mentiras! ¡No son calumnias! ¡Él nos trató como sus sirvientas, abusando de nosotras día y noche! ―gritó de pronto una joven de largo pelo turquesa recogido en dos coletas―. ¡Puedo jurar ante Dios y su Santa Madre que el Duque de Venomania me violó días y noches!

―No hay que jurar, eso es pecado―terció Meito agitando su mano con severidad.

― ¡Así como es pecado que ustedes también mientan! ―chilló furiosa otra mujer a mi izquierda, alta y largo pelo rosa―. Así como mi amiga Miku, yo también puedo jurar lo mismo, así como algo más: Los vi a ustedes en casa del Duque Gakupo, divirtiéndose con varias de nosotras, celebrándole las villanías al Duque Gakupo.

― ¡Mentirosa! ―chillaron ambos Duques a la vez, ambos con los rostros encarnados… Casi tan encarnados como la de la multitud, pero no de frío… sino de una furia que, poco a poco, iba creciendo y extendiéndose, transformando a esa masa aterrada. Como un gran enjambre de abejas, los pueblerinos zumbaron rabiosas arengas, todas a la vez: Todos a una, los familiares de las victimas gritaban y protestaban, exigiendo compensaciones del hecho, por más que los Duques trataban de acallarlos.

― ¡El Duque Gakupo se robó a nuestras mujeres!

― ¡Él abusó de mi hija pequeña!

― ¡El Duque Meito me metió una varilla de metal por detrás sin hacer caso de mis gritos!

― ¡Eso es mentira!

― ¡Yo vi como el Duque Akaito obligó a Haku a beber de su orina!

― ¡Eso es absurdo!

― ¡Se hizo justicia con su muerte! ¡Se hizo justicia!

― ¡Hizo justicia y liberó a nuestras mujeres! ¡Viva el sirviente de Venomania!

― ¡NO…!

― ¡VIVA EL SIRVIENTE DE VENOMANIA! ¡VIVA EL SIRVIENTE DE VENOMANIA!

Y ante esos alaridos que literalmente eran gritos de guerra, la multitud se rebeló: Los que estaban cerca de la tarima de madera, empezaron a arrojar rocas hacia los Duques, una de ellas, con muchísima suerte, le dio al Duque Akaito en toda la nariz: Sí, esa piedra fue mía. Los Duques y su comitiva empezaron a retroceder mientras gritaban con rabia que nos atacaran, haciendo que los soldados armados entre nosotros se acercaran enarbolando sus armas… pero eso no evitó que los pobladores se arrojaran sobre ellos en número con rabia y valor, algunos logrando arrebatar algunas armas y con ellas empezando a golpear sin misericordia las cabezas, brazos y cualquier punto visible de los soldados que tuvieran a tiro. Los pobladores se dispersaron en todas direcciones, algunos corriendo a guarecerse en sus casas… o bien para sacar cualquier arma que tuvieran a su alcance. Pronto, largos palos, cuchillos, antorchas, machetes y tridentes salieron de todas partes para enfrentarse a las espadas y lanzas. Asmodín pasó, en ese instante, de ser un estado de sitio, a volverse una verdadera carnicería: En la plaza mayor del pueblo, entre las casas, en los límites de las grandes puertas, en todas partes… había una batalla campal entre nosotros y las tropas de Akaito y Meito, esta ayudada por algunos nobles que se habían unido; hombres, mujeres y hasta niños y ancianos luchando y tratando de repeler al ejército, como una forma de dejar saber su rabia e indignación, derivando todo en una masacre. En todas partes había lanzas chocando, ropas desgarradas… Y miembros destrozados, dejándose ver entre gritos y alaridos de rabia y agonía. Algunos trataban de ayudar a los sobrevivientes a escapar del fuego cruzado, intentando escabullirse y entrar al bosque.

Yo había sido uno de ellos: Saltaba entre charcos de sangre y cuerpos tirados, apartando a golpes de un mazo que encontré por ahí, aun cuando me costara horrores levantarla, hasta llegar a los matorrales donde se agrupaban varios sobrevivientes y heridos, todos armados y atrincherados por si los soldados venían por allí… Notando que había niños y ancianos lastimados, les hice señas de que me siguieran hacía las profundidades de los matorrales. Algunos me miraron escépticos, como si yo fuera de fiar.

―Debemos ponernos a salvo, pues no podrán enfrentarse a ellos―dije levantando a un niño que tenía una pierna torcida, apretándolo a mi pecho―, ¡si no quieren morir, síganme, se los ruego!

No sé cómo lo hice, pero poco a poco ellos fueron siguiéndome lentamente hacía los árboles. No dejaba de apretar contra mi pecho al pequeño, el cual se protegía los ojos contra mi capa, mientras sujetaba con la otra mano el pesado mazo, preparada a usarlo contra cualquiera que intentara hacernos daño… Pronto, llegamos hasta la ladera donde estaba mi casita. Ya había ahí varios supervivientes de la refriega, entre ellas una joven mujer que gritaba de consternación acercándome a mí, dándome cuanta que era la madre del niño, la cual se deshacía en agradecimiento al tomarlo de vuelta.

―No es momento de gracias. ¡Debemos atender a los heridos! ―dije resueltamente mientras entraba un momento a mi casita y sacaba todo tipo de mantas y trapos―, ¡ayúdenme a recostarlos para vendarlos!―Y esta vez, todos me obedecieron sin rechistar.

La mañana seguía pasando con pasmosa lentitud. Desde allí, mientras atendíamos a los heridos y recibíamos a más y más gente de la batalla, fuimos testigos de los que sucedió después:

La población de Asmodín había logrado acorralar a Akaito y Meito, acompañados por algunos soldados y nobles del pueblo. Los Duques chillaban de miedo mientras seguían dando golpes en el aire con sus espadas, tratando de alcanzar a algún enemigo. Los tenían completamente rodeados. Pronto, varios hombres lograron arrebatarlas las espadas que llevaban y las usaron en su contra, clavándolas en sus hombros y espaldas. El pelirrojo y el castaño empezaron a gritar como cerdos al matadero, mientras la sangre salía a borbotones. Pronto, fueron traspasados contra la tierra seca de su alrededor, humedeciéndola en enormes charcos violáceos… Habíamos ganado. La gente herida a mí alrededor aullaba de felicidad al ver al ejército cada vez más y más reducido… y finalmente vitorearon a rabiar al ver la bárbara escena de los cuerpos inertes de los Duques elevarse por la multitud que se había quedado peleando, mientras los jalaban violentamente entre ellos como si fueran niños peleándose un osito de peluche, terminando de destrozarlos ahí mismo, arrancándoles ruidosamente pedazos de brazo, piernas y finalmente, sus cabezas… Me tapé los ojos, volteando la mirada y temblando.

¿A esto se había reducido el pueblo sufriente de Asmodín? ¿A una jauría de perros hambrientos destrozando entre sus fauces a los que, según el designio divino de los reyes, eran sus amos…?

Vino a mente la imagen de Len, manchado de la sangre del Duque de Venomania.

Len Kagamine había sido, según esos mismos designios divinos, un perrito faldero. Y ese mismo perrito había destrozado a su dueño con la misma ferocidad sanguinaria de un lobo.

Los perritos se habían vuelto lobos. Y todo a una señal de aullido que nos había dejado el sirviente de Venomania.

Han pasado tres meses tras la muerte del Duque de Venomania y la partida de mi querido Len.

Solo yo puedo decirles todo lo que sucedió después de eso. No porque mi memoria esté realmente buena… sino porque yo soy la única en todo el pueblo de Asmodín que queda.

Abro los ojos, sintiendo un sordo dolor en mi pecho. Miro alrededor de mi oscura habitación, levantándome pesadamente de mi jergón. Tomo un chal grueso y cerrando la puerta, salgo de mi casita en dirección al pueblo… Al menos lo que queda de este.

Nunca se había conocido miseria tan grande como todas las que le siguieron al pueblo de Asmodín.


Después de la terrible masacre de los Duques de Evillious, masacre que costó muchos hombres, mujeres y niños de nuestra gente, así como cuerpos destrozados y apaleados por todas partes que fueron rápidamente deshechos, muchos sin mortaja y oración alguna, ya sea arrojándolos a fosas comunes en lo profundo de los bosques o al mismo río… recibimos otro flagelo proveniente de los de arriba: La Iglesia quiso tomar este caso de ejemplo de que no se podía jugar con el demonio, y decidió "purgar" al pueblo de todo sospechoso de brujería y de asesinato. Durante varios días, llegaron varios eclesiásticos y oficiales del clero dispuestos a entregar a miles de inocentes a su justicia. Mucha gente murió quemada, incluso algunas de las mismas víctimas del Duque Gakupo fueron arrojadas cruelmente a las llamas, como si no hubiera sido suficiente sufrir durante meses (incluso años) de lujuria y maltrato. Indignada, la población volvió a levantar la rebelión, alzando sus cuchillos y piedras contra los funcionarios de la Iglesia. Este Infierno duró días enteros, incluso en la noche, donde solo se veían el resplandor de las antorchas y las hogueras, acompañados de miles de alaridos que retumbaban hasta los cielos, donde, al parecer, Dios ya no los escuchaba…

Finalmente, el Rey decidió aceptar la verdad que tanto había evadido durante estos días, y ordenó el cese al fuego. Ordenó al Papa que excomulgara a Gakupo y pidió perdón a las víctimas en su nombre… Solo hizo eso. Fue necesario que más de la mitad de nuestra población pereciera cruelmente, dejando toda la región completamente desgarrada.

Hombres, mujeres y niños… ¡Tantas vidas perdidas por la crueldad y la lascivia de un solo hombre! A veces… a veces llego a pensar que hubiera pasado si la gente hubiera sido buena con mi amo desde el principio; si esa Gumi lo hubiera tratado mejor… Quizás no habríamos terminado al abandono de la humanidad y de Dios.

Y como si eso fuera una confirmación, el invierno que cayó ahí fuera fue simplemente terrible.

Cualquier resto de cosecha que pudo salvarse de las dos tragedias que sacudieron a Asmodín tras la muerte de Gakupo, así como al desorden y anarquía de reinó brevemente en la población, quedó completamente destruida. Las últimas provisiones están agotadas, del mismo modo que la resistencia de nuestros cuerpos y almas. El frío helado se añade, implacable, al hambre. Mucha gente que sobrevivió a los flagelos de fuego y sangre, sucumbió al flagelo del invierno. Cada día morían más y más, agotados por el hambre, sacudiéndose violentamente por el frío de las aguas heladas al arrojarse desesperadamente en busca de algún pescado o bien del tan lejano Reino de los Cielos. Cada día se encontraban más niños muertos junto al jergón de sus padres. Hordas titubeantes iban a las ramas desnudas de los árboles de los bosques con la vana ilusión de encontrar una bellota o una nuez enterrada en la helada tierra, solo para hallarse con hordas de esqueletos que parecían marchar, hachas en mano, hacia el Juicio Final.

Y con la llegada del frio y del hambre, los pájaros echaron vuelo.

La gente comenzó a irse. Ya fuera a pie, a caballo o a carreta, todos y cada uno de los habitantes de Asmodín fueron abandonando sus casas y campos, llevando consigo lo poco que poseían o lo que les quedaba, sin mirar ya hacia atrás. Fueron a buscar la fortuna y tranquilidad que les fueron vilmente arrebatadas en algún otro pueblo, o bien perecieron en el camino… El caso es que, en su huida, se llevaron consigo un pedazo de los horrores vividos aquí. Así, poco a poco, el pueblo fue hundiéndose más en las tinieblas, tragado por la maleza y la suciedad, hasta quedar como una verdadera ciudad fantasma, abandonada y desolada… Tal y como yo, que me fui quedando cada vez más sola, hasta que solo podía enfocar edificios y casas ennegrecidas, sin ninguna otra alma que las ocupase más.


Entré en la pequeña Iglesia, cuyas puertas estaban salidas de sus goznes y ennegrecidas por el abandono, las sillas estaban cubiertas de polvo. Estaba completamente a oscuras, recibiendo como única iluminación la poca luz del incierto amanecer a mis espaldas. Enfoqué la vista en la imagen de la Madre María, cuyo rostro dulce y apacible poseía manchas de hollín, mientras, dejando escapar unas cuantas lágrimas, empecé a rezar:

―Gracias Len… Bendito seas. Bendito sea el Lobo de Venomania.

Necesitaba rezar. Necesitaba hacerlo por Len. Debía rezar, implorar a Dios y la Santa Madre por mi pequeño y el altísimo precio de su alma: Por favor, si me escuchas, Padre nuestro, que estás en los Cielos, perdona a mi Len, disculpa el terrible pecado que lleva su alma, así como la sangre que tiñe sus pequeños dedos y ennegreció sus alas; perdona su accionar, que gracias a ella somos libres…Y así, rezaba entre sollozos por todos:

Por Rin (Dios mío, que haya podido hallar la felicidad con un hombre que la sepa amar de verdad), por los Condes Kaito y Meiko (Dales hijos, Dios mío, dales la dicha que merecen tras todo el dolor que pasaron separados), por Gumi (Señor, que esa joven halle el descanso y con él, al arrepentimiento de sus acciones), por mi madre y mi padre (Dale, Señor mío, el descanso y la felicidad en los Cielos), por mi ama la Duquesa (Que esté jugando feliz en los columpios del Paraíso, mi Señor) y… Por Gakupo.

Sí, no pasaba día que no rezara, aunque fuera un momento, por él.

Rezaba aun sabiendo en el fondo que mi esfuerzo era inútil... aun sabiendo que lo estaba haciendo por un alma sin ya redención.

Seguía murmurando oraciones mientras caminaba, ahora hacía la enorme colina que me llevaba hacia los límites del jardín del castillo del Duque de Venomania.

Medio siglo antes era la estructura más hermosa e imponente del pueblo de Asmodín. Ahora, solo era una titubeante estructura de piedra calcinada y devorada por la maleza. Medio siglo antes había entrado en ella como la alegre y tímida sirvienta de la Duquesa Gakuko Kamui, la señora de Venomania… Casi cuatro años antes, había huido de ella gritando de miedo y de dolor, huyendo de la lujuria del Duque Gakupo Kamui, nuevo señor de Venomania… Y ahora, meses después de la sangrienta victoria de mi pequeño Len, entraba a ella de nuevo… Una vez más.

Miré a mí alrededor con aprensión, como si en cualquier momento, alguien fuera a atacarme. Una corriente helada me levantó las faldas, haciéndome soltar un gemido de dolor por el frio lacerante por mi piel. Te preguntarás entonces: "¿Por qué, Nana? ¿Por qué estás ahí?". La respuesta más honesta, lector mío, es un "No lo sé".

Quizás era para contemplar, quizás por última vez, el lugar donde esta triste leyenda de lujuria, venganza, fuego y sangre había realmente comenzado. Quizás era para contemplar, quizás por última vez, todo el recuerdo de una vida transcurrida entre el miedo, el horror, la desolación y finalmente, el coraje… Quizás era para contemplar, acercándome entre pasos gangosos y el dolor sordo de mi pecho, el columpio de mi ama, irguiéndose intacto.

―Juguemos a los columpios, Nana.

―Pero, señora, ¿no tiene asuntos que atender?

― ¿No puedo divertirme aunque sea un ratito? ¡Empújame, Manzanita verde, quiero alcanzar las nubes y las estrellas! ¡Luego te empujaré a ti!

― ¿Es-está segura?

― No seas tonta, niña. ¡Quiero que toques las estrellas! ¡Quiero que las toques conmigo!

―Señora Kamui…―murmuré entre lágrimas. La Duquesa de Venomania estaba sentada en el amplio columpio de madera, balanceándose perezosamente con los pies descalzos sobre la dura y helada tierra, sin dejar de sonreír en mi dirección, con la misma calidez de una madre… Igual que la de mi madre.

―Hijita, ven a jugar con nosotras. ¡No es el mismo juego sin ti!

Me acerqué cada vez más, mientras el dolor iba aumentando, a la par de mi paz.

―…Mamá, señora Duquesa… ¿está bien que se una alguien más al juego? Quiero… quiero que Len juegue alguna vez conmigo.

― ¡Pero claro que puede, Manzanita verde! Tardará un poco en venir, pero será bien recibido. Él y su esposa serán bienvenidos.

Me detuve en seco, dudando en decirlo. Finalmente, me atreví:

― ¿Y…? ¿Y qué hay de Gakupo?

―…Solo cuando quiera hacerlo, mi pequeña. Solo así.

Asentí, sonriendo. Sin dudarlo más, sin temer más, me uní con alegría y risas al juego de los columpios. Y al hacerlo, mi corazón explotó. Literalmente.

Mientras me sentía fundirme sin remedio en la niebla que me rodeaba, una sonrisa se formó en mi rostro. Por un instante, en ese instante, me sentí completamente...

...Libre.

.

Capítulo dedicado a

Maribel Z.

(1978 - 2014)

Descansa en paz.

FIN.


Glosario:

(1) Aya: Persona encargada de la custodia de uno o varios niños. Niñera.

Hemos terminado. Por ahora.

Después de dilatarlo por mucho tiempo, finalmente, una de mis obras más queridas (y, por qué no decirlo, la más problemática de todas) ha llegado a su verdadero fin. He dejado en libertad a la pobre Nana, dado la felicidad a Len y Rin, así como aplicado el justo castigo a Gakupo. Tal y como merecen.

Como Maurice Druon, al terminar Los Reyes Malditos, dejo caer la mano a un lado del teclado y no siento deseos de proseguir, al menos, por este lado de la historia del sufrido, apaleado y finalmente sanguinario y desquiciado, pero también amoroso, Servant of Venomania.

Soy mala para los agradecimientos, pero ahí van, en mi mejor y pésimo intento: Por todos y cada uno de los reviews en ambas versiones, entro ellos de Neko C, ArikelDelaRosa, Drake Drake, Iram Tenebrae y Larousse Lucy, que se horrorizaron, insultaron a Gakupo hasta el cansancio, se compadecieron de Len y de Nana, festejaron con gritos de alegría las bodas del KaiMei y del Kagaminecest. En estos… ¿6 años? Mierda, que largo XD de hiatus y trabajo duro.

Hay alguien del público a quien quiero hacer una mención muy especial… aunque él se sonroje y murmure excusas para fingir que no está, te hablo a ti, Little Kagamine Love: Hace 6 años esta obra nos enemistó. Nos hizo meternos en una guerra absurda y sin sentido como la de Asmodín. Y, por algún extraño e irónico milagro, esta misma obra nos unió. Solo puedo decirte, Little, una palabrita: Gracias.

A todos y cada uno, gracias.

Con amor y licor,

Shade Shaw Reilly

¡NOS VEMOS, AMIGOS, EN LA SOPRESA RANDOM DE SERVANT OF VENOMANIA!

¿Qué? ¿Pensaban que lo había olvidado? Ya quisieran, fufuh… XD