Espero que me perdonéis por la tardanza. Realmente no tengo más excusa que esta: no tenía inspiración y cuando llega el bloqueo creativo, me es muy difícil desprenderme de él hasta que no me fuerzo durante varios días a trabajar (aunque luego lo desquite porqué me parece una atrocidad).

No sé si este capítulo será de vuestro agrado, pero intentaré traeros esta historia si el maldito BC me deja vivir… Y, bueno, después de esta excusa tan mala, disfrutad del capítulo dos de Summer '73.


ADVERTENCIA: Este episodio contiene lenguaje mal sonante.


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Capítulo 2

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—¡Traga mierda, puta!-dijo de nuevo, como un disco rayado, la muchacha robusta que sostenía su rostro contra el interior del inodoro; sujetándola con fuerza por su cabello níveo mientras las demás jóvenes a su alrededor (o al menos, entre dentro y fuera de uno de los tres únicos cubículos del baño de chicas; completamente igual al masculino con excepción de los símbolos en la puerta de entrada que los hacían diferenciarse) empezaban a alabar el comportamiento de la mayor (de ambas) y a abuchear con gritos de "zorra" y "asquerosa" a la que podría considerarse como la mayor víctima de todo Sweet Amoris: Joyce Bonnot, que emitía chillidos burbujeantes al inevitablemente abrir la boca contra el agua del váter donde la mantenían quieta-Traga-volvió a repetirse la mandamás en aquel grupo maligno-. Traga como tragas pollas, cabrona.

—¡Sí!-se acopló una chica de su clase, que apenas podía siquiera sujetarle los brazos con dos o tres dedos a causa del cuerpo ancho de la instigadora principal-¡Traga, traga, traga!

Y la palabra "traga" se convirtió en himno nacional de aquel baño por varios minutos. Hasta que Joyce empezó a convulsionar al haberle entrado agua en los orificios nasales (además de la boca), provocando que más de una de ellas se encogiera de hombros; asustadas.

—Roberta…-murmuró la misma que había comenzado aquel canto celestial.

—¿Qué?

—S-se va a ahogar…

La llamada Roberta intentó mantenerse firme por unos segundos más, pero al comprobar que las piernas y brazos de la chiquilla empezaban a flaquear de forma extraña, finalmente se decidió a soltarla con un grandísimo "¡Joder!" bastante angustiado.

Le hubiera gustado mantener su pequeña cabeza contra el agua sucia hasta que no pudiese más y dejase este mundo de una vez, pero sabía de sobra que eso no le convenía en absoluto… Aún así, no se estuvo de volver a cogerla del cabello, tiroteando de su frágil figura hasta hacerla chisclar como un cerdo que va directo al matadero.

—Esta vez te has salvado, zorra. Pero no vuelvas a acercarte a Jade… Él es mi novio, ¡es mío, te enteras, puta!-tiró de ella un par de veces más hasta que una de sus—posibles—amigas le indicó que era hora de irse hacia la libertad-Asquerosa-murmuró una vez más, chocando la cabeza de Joyce contra la pared antes de largarse con tan mugrosa banda de féminas. Dejándola allí, tirada en el suelo, completamente agotada y sintiendo las lágrimas resbalar por sus ojos color ámbar; algo amoratados debido al primer puñetazo que le había dado Roberta nada más encontrarla escondida de ella en el lugar.

No era justo. O al menos, eso pensaba Joyce. Ni siquiera se había planteado el hecho de decir que "sí" a la proposición de noviazgo de Jade—uno jovencito de séptimo grado bastante agradable con el que apenas había intercambiado dos palabras antes del incidente—. Primero, porqué sabía de sobra (como toda la secundaria, pues la chica estaba tan entusiasmada con su pareja que lo gritó a medio mundo durante varios recreos) que este salía con Roberta. Y, segundo, porqué no quería que su padre se enterase… Y mucho menos su hermano. Vete a saber que le harían sí se enteraban que estaba coqueteando con otros chicos a su edad… Aunque esto no fuese cierto.

Incapaz de alzarse del sitio dónde la habían enclaustrado, Joyce intentó recuperar poco a poco la respiración nasal, deseando reventar el horrible tapón de agua que quería impedirle tal acción mientras sus pequeños oídos se llenaban de las risas y alegría ajena que se difundía tras la entrada del lavabo, a la que por defecto no podía dejar de ver desde el suelo. A ella también le hubiese agradado disfrutar de esa felicidad que producía el final de las clases si tuviese amigos con quién compartir tal sentimiento...

—¡Hasta ahora!-de pronto, una voz dulce apareció con el crujido de la puerta abriéndose hacia el interior, presentando a una muchacha de cabello cobrizo y semblante amigable sonreír a amigas externas antes de encontrarse con el impactante cuerpo machacado de Joyce, transformando—como era lógico—su faz redonda de una alegre a una completamente acongojada; repleta de preocupación—¿Pero qué...? ¿¡Qué te ha pasado!?-rápidamente se acercó a la joven apalizada, agachándose a su lado, pero esta, en vez de responderle, respiró profundamente al fin, echándose a llorar tras haber reventado aquel tapón que le impedía seguir viviendo por sus propios medios, y ver que, por primera vez en su vida, alguien había acudido en su ayuda; como un ángel pelirrojo vestido con una sudadera—blanca y algo vieja—de Bultaco.


La casa número quince de la calle Honoré de Balzac (en honor al famoso escritor de Eugenia Grandet y Papá Goriot) había adquirido una especie de entrada al País de las Maravillas dentro de la imaginación de Blue Rain (aquella niña que Oriane Blackwood había estado buscando sin descanso para entregarle sus calificaciones). Y es que cuando miraba hacia su patio lleno de hierbas cortadas al milímetro, su porche de color beige bien cuidado junto los pequeños tiestos de petunias que tenía repartidos encima, y las ventanas relucientes de una manera que hasta parecían cegarla con puro amor cada vez que se acercaba con Rose cogida de la mano, se apoderaba de ella una fascinación enfermiza. Quizá si su madre no hubiese sido de esa forma, ambas hubieran tenido un hogar similar en el que vivir tranquilamente (creía; le gustaba pensar que así hubiese sido su vida, aunque nunca lo admitiese frente a nadie… Era un pensamiento solo digno de conocerse en su cabeza de doce años; introvertida y extremadamente antisocial).

—¡Ya llegamos!-alabó Rose, su hermana de seis años con la que caminaba cada día desde el colegio hacia aquel lugar hermoso; siendo no hoy una excepción.

—Sí-Blue se limitó a responder, siempre de tan cortas palabras en situaciones que la ponían incómoda, como esta, en la que rezaba porqué la pareja de recién casados que vivía en la casa no saliera corriendo a recibir la llegada de la pequeña; como ya había sucedido en alguna que otra ocasión para su desgracia.

No es que les tuviera un odio especial, simplemente no se sentía cómoda con ellos sin una razón aparente que ella pudiese comprender o buscar siquiera. De hecho, tras la afirmación de su hermana (y aunque ella ya la había divisado no hacía mucho tiempo), su corazón había empezado a latir con fuerza y su boca tenía otra vez una sensación de sequedad irreducible hasta que Rose no entrase al interior del sitio después de despedirse de la mayor.

—¡Ya llegamos, ya llegamos!-repitió la niña, entusiasmada como nunca se la había visto con la madre de ambas desde hacía más de dos años, dando saltitos que ralentizaba un tanto el paso por la acera de piedra por la que habían estado andando entre camino y camino desde el colegio.

Normalmente, Blue la hubiera reñido un tanto seriamente, ya que esa acción le hacía ponerse todavía más nerviosa de lo que ya estaba con tan solo con observar el hogar de los Peddleton, pero esta vez no soltó palabra, demasiado concentrada en susodicho caserón, que parecía acercarse con cada movimiento que hacía hacia ella (como era de esperar, pues precisamente estaban encaminándose hacia la bonita casa donde ahora vivía Rose).

Intentando distraerse de la impresión angustiada que le oprimía algún lugar de la flaca tripa que poseía, Blue echó un vistazo a su alrededor, mirando con desinterés el barrio de Honoré de Balzac (realmente desconocía si tenía un nombre en sí, pero seguían en la misma calle, así que…). Había casas de todo tipo: grandes, más altas, más pequeñas y gordas (se río mentalmente al recordar a su compañera de clase Marie Lotte, que tenía una constitución similar), estrechas y que diferían en la combinación blanca y beige que poseía todo el lugar. Pero lo que más le llamó la atención fue la especie de vagabundo que estaba tumbado al otro lado de la calle, en el césped de la casa número 11, botella en mano y mirando directamente hacia ellas con ojos de lobo hambriento.

Al principio, Blue creyó que necesitaba algo de comer o dinero (daba igual porque no tenía ninguna de las dos cosas), de hecho, estaba la mar de extrañada de que anduviera por ahí y no por dónde ella vivía. Aún todo se volvió más claro cuando este se alzó con dificultad de entre la verde hierba y les gritó con voz grave y aguda al mismo tiempo:

—¡Eh! ¡George os satisface por diecisiete centavos!-se agarró el bulto que escondía bajo sus pantalones de pana-¡George tiene lo que necesitáis, nenas!

Rose abrió su boquita de inmediato para responder con vete a saber qué inocencia, pero su hermana rápidamente la cogió de los hombros y la arrastró hacia el porche de la casa, murmurándole que ni se le ocurriera acercarse nunca a ese hombre y que, además, se lo contara a Joanne y Clay (los Peddleton).

—Vale, Blue-asintió la pequeña, guiada por la mayor hasta que ambas acabaron pisando el porche beige de la casa Peddleton.

Inconscientemente, y vigilando que el llamado George no atravesase la calle para venirlas a ver, Blue golpeó la puerta de entrada con el bello de la piel erizado de terror. Ella tenía que volver a su propia casa por el mismo camino…

Picó tres veces más hasta que Clay Peddleton se dignó a abrir la puerta con una sonrisa de oreja a oreja al verlas a ambas allí. Sonrisa que se aclaró al escuchar a George predicar lo que iba a hacerles, con todo lujo de detalles, solo por nueve centavos (inexplicablemente había bajado el precio en aquel rato que las niñas llevaban esperando).

—Pasad, vamos-dijo entre amable y furioso, dejando un lado para que Rose trotara (como siempre hacía nada más llegar) hacia el interior después de darle un beso en la mejilla a su hermana, que veloz se introdujo sus manos en los bolsillos de su inconfundible chaqueta vaquera.

—Bueno, yo me voy-comenzó a revertir sus pasos hacia fuera del porche-. Adiós.

—¡Espera!-Clay habló de inmediato, casi despeinándose el tupé semilargo y rubio que llevaba por peinado-¿De verdad que no quieres quedarte? Joanne ha hecho galletas y zumo y ese tipo…

Blue echó un vistazo hacia sus espaldas. El viejo George había vuelto a tumbarse, esta vez sobre la acera y murmurando cosas poco entendibles para ellos.

—Estaré bien. Adiós-y aunque Clay siguió hablando, la doceañera no miró hacia atrás ni una vez, teniendo en su punto de mira al vagabundo pedófilo que continuaba observándola con cierto fervor y rojo por la borrachera que debía llevar.

La casa de los Peddleton no era su hogar. No podría serlo nunca porqué realmente no se lo merecía. Ella, tal y como siempre habían dictado su madre, sus profesores y hasta el pueblo entero, era una chica mala.

—¡Eh, Blue!

De pronto, la voz de Matt Skipper, su noviazgo de veinte años llamó su atención dos calles más allá, conduciendo su Fury de 1958 cada vez más a poco a poco hasta quedar prácticamente a su lado.

Blue no detuvo en ningún momento su caminata, aunque su llegada le provocó una media sonrisa imposible de desquitar.

—¿Quieres que te lleve?-preguntó, soltando su cigarrillo fuera de la ventanilla: sabía lo mucho que su novia odiaba el olor a tabaco.

—No.

—¡Oh, vamos!-Matt fingió estar dolido por su actitud-Me partirás el corazón, Blueblue.

—Mejor-Blue echó una risa antes de volver a poner una faz seria-. No puedo, tengo que ir a casa.

—¿Desde cuando quieres ir tú a tu casa?

—Desde que alguien intentó aprovecharse de una niña de doce años.

—Blue-el muchacho robusto y con boina intentó insistir alegando que aunque su cuerpo fuera de doce años, su mente pasaba los cuarenta, pero se acalló solo para sonreír con mucha más fuerza de lo que solía hacerlo-… Blue, será mejor que subas aquí para pasar un gran rato con tu novio.

—¿Y eso?-la niña frunció el ceño. Sabía muy bien lo que quería decir Matt con "pasar un gran rato"; este ya había recibido una patada en la entrepierna por siquiera pensar que ella haría algo similar-Ya te dije que…

—¿Es que prefieres que te violen?-Matt señaló hacia el final de la calle sin ni siquiera moverse demasiado, haciendo que Blue siguiera curiosa la dirección de su dedo gordo hasta que, para su sorpresa, se encontró de bruces con el vagabundo de antes, tambaleándose en su dirección desde el final de la calle.

—¡Deja que George te de sus servicios, muñequita de papeeeeeeel!-chilló de nuevo, provocando una enorme carcajada en Matt.

—¡No tiene ninguna gracia, capullo!-le recriminó Blue, solo para montarse en su coche casi sin pensárselo-Llévame a casa, te enteras. A casa.

—Te llevo, te llevo…

El vehículo arrancó, dejando la calle vacía, al vagabundo otra vez en el suelo, y a Blue con una incipiente incomodidad en el cuerpo montada en el asiento del copiloto del Fury de Matt Skipper. Quién con solo verla sentada a su lado, tan joven y furiosa, sonrió enormente para sus adentros.


Bueno, no sé si era lo que esperabais o qué, pero realmente no quería dejaros más tiempo sin capítulo. En fin, si os ha gustado o si no, ya sabéis, ¡dejad review (que siempre animan y ayudan a seguir).