-Aranya (Mi Rey) ¿qué sucede?, ¿está usted bien? ¡Echuio! (¡Despierte!)- exclamó el preocupado guardia que había escuchado los gritos del Rey. Pero éste seguía removiéndose dolorosamente entre las sábanas murmurando y sudando profusamente. El guardia salió de los aposentos y pidió a otro que trajera al sanador con urgencia. Regresó a la habitación del monarca tomó un paño limpio, lo empapó en un tazón con agua fresca e inmediatamente se acercó a Thranduil depositando el paño sobre su frente; en el acto, éste despertó claramente alterado tomó la daga que guardaba bajo el almohadón e hirió al guardia en el brazo.
Justo en ese momento llegaba el agitado sanador llevando consigo algunas hierbas e infusiones. Cuando entró a los aposentos reales se sorprendió al ver al Rey empuñando la daga y a un adolorido guardia que retrocedía con cautela sin dejar de tomarse el brazo lastimado.
Brannon nin, ¿manen nalyë? (Mi señor, ¿está usted bien?) –Preguntó consternado el sanador- Thranduil le miró confuso sin dejar de sujetar el arma
- ¿Man nalye? (¿Quién eres?)- atinó a decir el soberano.
-Ereb, Aranya (Mi Rey), creo que debería sentarse y beber un poco de té le ayudará a sentirse mejor- explicó tratando de parecer calmado. Thranduil iba destensándose paulatinamente pero permanecía estático como evaluando la situación. Podría leerse un extraño desconcierto en los hermosos ojos del elfo, se advertía que trataba de alejarse de las sombras y regresar a la luz de su bosque.
Mientras Ereb vertía la bebida caliente en un pequeño recipiente observaba con aprensión al guardia herido notando el sangrado, sin embargo, con la mirada le indicaba a éste que se quedara donde estaba para no perturbar aún más al monarca. De repente, un sonido metálico lo hizo voltear a prisa en dirección a Thranduil, éste había soltado la daga y parecía haber abandonado el sueño. Miró severamente a ambos, centrando su atención sobre el guardia herido.
–Aranya (Mi Rey), beba, por favor- dijo Ereb- Pero Thranduil los miraba ausente.
- Vanya sínomello (Vete de aquí)- ordenó el soberano.
-Nan, hîr vuin (Pero, mi señor), necesita tranquilizarse y esto le ayudará- explicó Ereb.
-Creo que he sido claro Ereb, no necesito eso. Y espero que examines tus prioridades, si en verdad te consideras un sanador, ¿por qué razón no has atendido a Anardil? O, ¿necesito ordenártelo? Porque entonces estarías cometiendo un grave error al faltar a tu juramento de poner al servicio del pueblo tus conocimientos. Así que, ¡Ego! (Fuera de aquí).-
- Goheno nin, Aranya, (Perdóneme, mi rey)- Ereb se dirigió hacia Anardil, le ayudó a contener la hemorragia y ambos salieron de los aposentos reales, haciendo una reverencia. Caminaron por los labrados pasillos, entraron a una espaciosa y cómoda cámara donde había toda clase de implementos de curación. Ereb ordenó a Anardil que se tumbara en una de las camillas para revisar la herida. Sanador y guardia parecían nerviosos después del inconveniente con Thranduil. Sin embargo, durante la curación no hablaron, la lesión fue apropiadamente tratada. Pero cuando Anardil se retiraba afirmó –Ereb, estoy preocupado por el Rey, parece que el crepúsculo habita en sus sueños y cada vez su vuelta a la realidad es más violenta y pausada. Temo que su alma sucumba ante la oscuridad-.
- Nácë (Lo sé), por ahora no hay nada que podamos hacer, parece que el Rey ha decidido enfrentar solo su angustia y debemos respetarlo. Áva sorya. (No te preocupes) Anardil, debes descansar y cuidar de esa herida.- explicó Ereb.
- Hantanyel (Te lo agradezco), Ereb-. Se retiró el Jefe de la Guardia Real, dejando a un meditabundo sanador en la sala.- Anwa, aphado nin (Cierto, él está herido); pero esa clase de laceraciones sólo quien las padece puede descubrir su cura- murmuró para sí.
Thranduil los observó cerrar la puerta tras de sí, estaba agitado, aturdido y molesto; odiaba que lo vieran en aquel deplorable estado. Daba vueltas por la enorme habitación palpándose el pecho, le dolía, miraba a todos lados y a ninguno. Se tomó un momento, se sentó sobre la cama, miró el brebaje y montó en cólera al recordar el sueño, arrojó el tazón contra el piso y salió como un vendaval, tomando por sorpresa a los guardias que estaban apostados a los costados de la entrada de los suntuosos aposentos.
- ¿Hîr vuin? (¿Mi señor?)- dijeron ambos pero no recibieron respuesta.
Thranduil caminaba rápidamente por los labrados pasadizos, los guardias y los elfos que trabajaban en el palacio le miraban inquietos. Algunos de ellos intentaron acercarse pero él pasaba de largo, como si éstos no existieran. Finalmente llegó a una de las puertas de salida del palacio, miró a uno de los guardias:
-¡A tulë sira, noro! (¡Ven aquí, corre!) trae mi caballo y una capa, ¡Sí! (¡Ahora!).- ordenó.
- Hîr vuin (Mi señor) ¿está todo bien?-preguntó el guardia. Pero Thranduil lo miró imperativamente y éste corrió a cumplir con la encomienda. A los pocos minutos regresó el elfo trayendo consigo un regio caballo azabache, cuyo pelaje brillante relucía bajo la rutilante luz de las estrellas. El Rey se colocó la capa y la capucha que cubría prácticamente todo su rostro y montó al animal.
–Aranya (Mi Rey), no debería ir solo yo le acompañaré- sugirió el guardia.
-¡Lá! (¡No!)- protestó el Rey y salió a todo galope, perdiéndose inmediatamente en la espesura del Bosque Verde.
Thranduil cabalgaba a gran velocidad por un largo trecho, podía sentir el penetrante frío sobre su aterciopelada piel blanca, mientras los ágiles movimientos del corcel esquivaban troncos y ramas. Necesitaba que el rocío ahuyentara ese sufrimiento y apagara el fuego de su mente. Se acercaba, lo sabía; cerró fuertemente los ojos, el caballo relinchó deteniéndose repentinamente y parándose sobre sus patas traseras. El elfo soltó la oscura crin del animal precipitándose sobre las afiladas rocas que bordeaban el desfiladero y allí yació inmóvil por unos instantes.
Adolorido el Rey Elfo, se sentó tocándose el costado derecho, notando que sus finas ropas se habían desgarrado y, bajo éstas las magulladuras sangraban ligeramente. Miró el cielo poblado de estrellas que ofrecía aquella madrugada otoñal, sintiendo la necesidad de que su piel se humedeciera con la frescura del bosque, retiró las prendas superiores dejando su esculpido torso al desnudo.
El fuego de sus sentidos parecía haberle ofrecido tregua, una que aceptaría con gusto, pues se sentía exhausto.
-¿Prestad Seregon? (¿Hay problemas Seregon?)- preguntó el rey al percibir la presencia del espigado elfo castaño que se le aproximaba por la espalda.
-Thranduil ¿Man ceril? (¿Qué estás haciendo?)- preguntó el Capitán de los Centinelas Fronterizos del Bosque Verde y amigo cercano del soberano.
El Rey Elfo permaneció en silencio, sin dejar de observar el firmamento. Seregon se acercó sentándose a su lado y mirándolo con inquietud. –Ai meldo ¿Manen natyë? (Salve amigo ¿Cómo estás?)-.
- ¿Mallo tulalyë? (¿De dónde vienes?)- preguntó Thranduil.
-Del palacio, debía darte el reporte sobre el patrullaje que hemos hecho en las fronteras. Sin embargo, tus guardias me han dicho que habías salido intempestivamente. Están muy preocupados por ti.
-Dime ¿Man-ie, meldonya? (¿Qué pasa amigo mío?), ¿Qué hay en este lugar?- indagó Seregon.
Finalmente Thranduil le miró –Es lo que no hay en este lugar lo que me atrae.-
Seregon le escuchó ansioso, sin comprender exactamente lo que aquellas palabras significaban. Pero veía en los expresivos ojos zafiro del Rey que la luz y la sombra se debatían en una encarnizada batalla por dominar su espíritu.
El silencio prevaleció por lo que pareció un largo tiempo. El frío era intenso y el rocío comenzaba a escarcharse sobre las hojas, el amanecer estaba próximo. Thranduil salió de su ensimismado estado incorporándose con dificultad debido a las múltiples contusiones provocadas por la caída. Hasta ese momento Seregon se percató del estado maltrecho del soberano y se alarmó.
-Thranduil ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Boe de nestad! (¡Necesitas que te curen!)- se acercó el Capitán.
- Únat, av-'osto. Gwaem Seregon (Nada, no te preocupes. Vamos Seregon) debemos regresar, está por amanecer y necesito escuchar tu reporte. Pero antes ¿Qué te parece una carrera hasta el palacio?- soltó el Rey, para sorpresa del elfo castaño que lo seguía observando con aprensión.
- Ván (No lo creo) Thranduil, estás herido y es riesgoso que cabalgues así.- afirmó Seregon
El Rey Elfo sonrió socarronamente colocándose la capa y cubriendo sus sedosos cabellos rubios. – ¡Á gwaem Seregon meldonya! (¡Oh vamos Seregon, amigo mío!) Dime ¿Cuándo las edades te volvieron tan aburrido?-
-Thranduil, temo que lo que ha pasado aquí no ha sido un accidente. Me preocupas llevas ya demasiado tiempo errante y luchando con lo que sea que atormenta tu alma. Meldonya, tullen tye-rehtien (Amigo mío, déjame ayudarte).- ofreció el Capitán.
El imponente elfo rubio le dirigió una mirada taciturna permaneciendo en silencio, mientras subía al fuerte lomo del caballo. -Entonces ¿Rehusará el desafío Capitán?- preguntó sarcásticamente.
-Nan… (Pero)- exclamó el frustrado centinela.
-Ya veo, si es así, le ordeno que cabalgue y compita contra su Rey ¡Sí! (¡Ahora!) Ó ¿Desobedecerá una orden directa Capitán?- continuaba con tono irónico el Rey Elfo.
Seregon suspiró apesadumbrado y de un salto montó su caballo. –Como diga, hîr vuin (mi señor)- pronunció finalmente.
-¡Á, na vedui! (¡Oh, al fin!). Excelente decisión Seregon.- exclamó el Rey del Bosque Verde.
Ambos jinetes dispusieron sus caballos para iniciar la carrera, se miraron fugazmente y al instante siguiente galopaban con gran maestría sobre los equinos, internándose cada uno por un sendero diferente del bosque.
Seregon conocía perfectamente el lugar, lo había recorrido cientos de veces durante sus guardias. Apretó el paso y pegó su cuerpo al del animal para evitar golpearse con una rama. Aunque no lograba precisar al elfo rubio escuchaba el galope de su caballo, a lo que parecían algunos metros de distancia en la parte trasera; lo cual, logró sacarle una sonrisa del rostro.
Thranduil galopaba velozmente sobre Dîn, sabía que iba rezagado respecto a Seregon, pero el dolor agudo en sus miembros le dificultaba asirse del caballo correctamente. Sin embargo, se acercó a la oreja del equino y le dirigió unas imperceptibles palabras. Dîn relinchó apresurando la marcha, en breves instantes se había colocado exactamente delante de Seregon que se sobresaltó al ver el poderoso trote del animal.
-¿Man-ie Seregon? (¿Qué pasa Seregon?) Creí que eras uno de los mejores jinetes del reino.-le increpó Thranduil.
A lo que el Capitán respondió con una sonrisa retadora. Aquella situación le traía vívidos recuerdos cuando Thranduil y él habían aprendido a cabalgar y se escabullían constantemente de las fronteras del bosque para conocer otros rincones de la Tierra Media. Eran imprudentes e impetuosos, aunque probablemente su amigo lo seguía siendo.
Ambos habían compartido fechorías, aventuras, líos e incluso acaloradas riñas y correctivos. Aquello le hizo sonreír. Sin embargo, las edades pasaban y las experiencias iban siendo distintas; él se había convertido en el Capitán de la Guardia Fronteriza del Reino del Bosque, se había enamorado y ahora era padre de una pequeña elfa. La historia de Thranduil era muy distinta, había tenido que enfrentar la trágica muerte de sus padres intentando no sucumbir ante la ausencia mientras gobernaba un pueblo.
Después de un buen trecho montando a gran velocidad, Seregon no logró escuchar el trote del caballo del Rey, se tensó pensando que algo podría haberle ocurrido. Estaba decidido a regresar, cuando de repente vio el destello dorado de los cabellos del elfo sinda que cabalgaba a la misma altura unos metros más allá. Pero notó que éste tenía una mueca de dolor y se sujetaba precariamente con una sola mano a la crin de su caballo.
Thranduil dedujo las intenciones del elfo castaño y protestó -¡Vá, nan mara! (¡No lo hagas, estoy bien!)
-¡No dirweg! (¡Ten cuidado!)- atinó a decir Seregon, siguiendo con la que ahora le parecía una absurda carrera.
El bosque se abría lentamente frente a ellos, estaban acercándose a una de las planicies en las que se insertaba la majestuosa morada real. En el cielo iban desvaneciéndose las estrellas y paulatinamente el azul era menos intenso. Thranduil sentía que se desvanecía entre el dolor y el agotamiento, mientras su caballo maniobraba con presteza para evitar derribar a su jinete. Seregon se había adelantado y unos momentos después llegaba al puente que atravesaba el río circundante al palacio.
Inmediatamente bajó de su caballo y fue recibido por los guardias reales quienes le preguntaron por el Rey. No necesitó responderles ya que en ese instante arribaba Thranduil. Los guardias lo miraron alarmados y rápidamente corrieron hacia él para auxiliar al monarca.
-Aranya (Mi Rey) ¿Qué ha pasado?- cuestionó uno de sus guardias. Al mismo tiempo que le ayudaba a descender del caballo.
-Aran aphado nin. Boe de nestad. (El Rey está herido y necesita que lo alivien) ayúdame a llevarlo con Ereb.- ordenó Seregon.
-¡Ani lerya! (¡Suéltame!)- dijo el soberano a ambos elfos que intentaban tomarlo de los brazos para ayudarlo a entrar al palacio.
-Puedo hacerlo solo. Necesito a Ereb en la habitación real. Seregon hablaremos por la tarde. Quiero a los Consejeros reunidos en un par de horas, preparan el despacho para ello.- ordenó el Rey.
El Capitán de los Centinelas Fronterizos permaneció de pie observando desconcertadamente a Thranduil, mientras éste entraba al palacio seguido por un séquito de elfos que le daban los primeros informes del día.
Camino a su habitación escuchaba las noticias de sus guardias y deliberaba sobre numerosos asuntos. Finalmente llegaron a sus aposentos, despidió a los elfos y, entró prácticamente derrumbándose tras el ornamentado portón de roble. De rodillas y con las manos sobre el suelo las imágenes de aquella pesadilla se precipitaban contra su mente. Su cuerpo comenzó a temblar, un sudor frío recorría su cuerpo y finalmente lágrimas silenciosas cayeron de sus ojos.
Seregon se dirigió a su casa, anhelaba ver a su esposa y a su pequeña, pues llevaba un par de semanas fuera reorganizando las compañías que vigilaban las fronteras del bosque. Al llegar frente al robusto abeto en el que se encontraba su hogar, entró sigilosamente pues quería sorprenderlas; su esposa e hija estaban sentadas a la mesa para el desayuno. De pronto, ambas miraron entusiasmadas al espigado elfo castaño parado en la entrada.
-¡Ada (Papá) has regresado!- exclamó emocionada la simpática elfa en brazos de su padre.
-¡Maara tulda hodo-ninya! ¿Manen natye? Tula ar o elme haara (¡Bienvenido mi corazón! ¿Cómo estás? Ven siéntate con nosotras).- dijo Luinil con una sonrisa dibujada en sus finos labios.
Seregon se acercó a la mesa con su hija en brazos, miró a la atractiva elfa de largos cabellos castaños y dulces ojos almendrados, agachándose le tomó de la barbilla y la besó.
-¡Tye meláne Luinil! (Te amo Luinil) y a ti también mi pequeña estrella- les dijo Seregon a sus amadas elfas.
El desayuno transcurrió de lo más animado, Seregon conversaba con Luinil, mientras Eilinel, su hija; corría de un lado a otro de la casa mostrándole a su padre sus últimos dibujos y relatándole increíbles historias en las que había participado, al menos en su imaginación.
-¿Les parece si salimos a dar un paseo a caballo?- propuso el Capitán sabiendo lo mucho que Eilinel disfrutaba aquello. A lo que ambas asintieron emocionadas.
Thranduil se puso de pie con una mano en el amoratado costado derecho, caminó hasta una mesilla al costado del gran ventanal de su habitación y tomó el jarrón bebiendo desesperadamente el agua que contenía. Se percató que la pila de baño estaba preparada con agua caliente y podía percibir el aroma de las hojas de menta que había en ella.
Se deshizo de la rasgada ropa, se introdujo en el agua, sumergió la cabeza sintiendo su cuerpo relajarse y asearse. Solo emergió cuando sus pulmones demandaron con urgencia oxígeno. Recargó la cabeza contra uno de los bordes de la pila y cerró los ojos.
-Aranya (Mi Rey) soy Ereb ¿Pidió verme?- escuchó decir al sanador desde el corredor.
El Rey sinda salió del baño, se colocó una bata y se sentó en el cómodo sofá en el vestíbulo de la habitación. –Entra-
-Hîr vuin, alassi'aure (Mi señor, buenos días) ¿Qué le ha ocurrido? Los guardias me han dicho que está usted herido, lo revisaré de inmediato.- aseveró el vetusto elfo de cabellos y ojos negros.
-Ereb ¿Qué ha sido de Anardil?- el sanador dejó sus implementos medicinales en la mesa junto al sillón en el que se encontraba Thranduil.
-Tiene una herida profunda en el brazo, nada grave, la he suturado y, con un poco de reposo sanará pronto.- respondió Ereb.
-Ya veo- Thranduil dirigió la mirada hacia el ventanal por el que se colaba la sigilosa luz del sol otoñal.
De pronto el Rey Elfo sintió un pinchazo de dolor que lo recorrió de un costado a otro, fue aquel malestar el que devolvió su atención a Ereb, quien atendía las numerosas contusiones de su cuerpo.
- Goheno nin, aranya (Lo siento, mi rey). Tiene un par de costillas fracturas en su costado derecho, por eso el dolor agudo. Le colocaré vendajes especiales, prepararé hierbas e infusiones que mitigarán las molestias y acelerarán el proceso de sanación de los huesos. Pero debe descansar.- explicó Ereb.
Cuando el sanador terminó con los vendajes y los brebajes para el Rey, éste le ordenó retirarse. Permaneciendo unos momentos recostado sobre el sillón mientras el sol iluminaba sus indemnes facciones.
- Alassea ree (Buenos días) ¿Aranya (Mi Rey), me permite pasar?- preguntó Anardil desde el corredor.
El Rey había terminado de vestirse con una elegante túnica color granate decorada con finos hilos de plata, sobre unos pantalones y botas negros. En la cabeza portaba una fina corona de plata en cuyo centro brillaba un pequeño rubí.
-Entra Anardil- admitió Thranduil a su Jefe de la Guardia Real.
-Hîr vuin (Mi señor), le esperan en la Cámara de Consejo- informó Anardil.
Thranduil estaba de pie junto al mirador de sus aposentos bebiendo una copa de vino.
-¿Man cerig? (¿Qué estás haciendo?) Creí que Ereb te había dicho que debías descansar- confrontó el Rey al guardia.
- Né hîr vuin, nan mara. (Así fue mi señor, pero estoy bien)- aseguró un nervioso Anardil.
-Lau. ¡Vanya sínomello Anardil. Gwaem, posto vae! (No claro que no. Fuera de aquí Anardil. Vamos, descansa bien)- indicó Thranduil.
-Así lo haré Aranya (Mi Rey)- hizo una ligera reverencia y abandonó los aposentos reales.
Thranduil salió de su habitación y se dirigió a la Cámara del Consejo, en la cual, había citado a los tres elfos que la conformaban. Los Consejeros eran los elfos más antiguos del Reino del Bosque Verde. Testigos del tiempo y depositarios de la memoria del pueblo eldar.
El Rey Elfo entró en la sala, hábilmente labrada con maderas y rocas del bosque que fluía en armonía con la floresta. En el centro de ésta había una amplia mesa de granito pulido que reflejaba sutilmente la luz proveniente del exterior. Alrededor se habían dispuesto asientos tallados en madera de roble y decorados con el escudo del Reino del Bosque Verde.
-¡Ai Aran Thranduil! (¡Salve Rey Thranduil!)- saludaron los elfos poniéndose de pie.
-¡Ai! Tomen asiento. Mis señores los he citado aquí para que examinemos los temas que atañen a la seguridad del reino. He recibido informes provenientes de los hombres del bosque que aseguran haber visto, hace ya dos lunas, un grupo de criaturas extrañas atravesando los linderos de las tierras de El Lago Largo y nuestro Bosque; al parecer con dirección al sur. Aún no se sabe con certeza de qué se trata pero, algunos de los hombres aseguran haber visto orcos y huargos.
-La vigilancia dentro del bosque ha sido redoblada y, de acuerdo con sus últimos reportes no se ha encontrado nada fuera de lo común. Sin embargo, considero prudente enviar a algunos guardias para que se instalen temporalmente entre los hombres e indaguen al respecto. – exponía Thranduil mientras caminaba solemne alrededor de la mesa.
Los Consejeros meditaron con aire preocupado. En realidad, temían considerar la posibilidad de que la oscuridad estuviera despertando de su letargo en la antigua fortaleza sitiada de Dol Guldur. No obstante, aunque habría que verificar los hechos, la situación apuntaba precisamente a ello.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), creo que debemos considerar, si confirmamos lo que los hombres del bosque han dicho, que el cerco de la fortaleza de Dol Guldur ha cedido y la penumbra ha comenzado a reclutar a esas criaturas.- apuntó Lenwë, un elfo esbelto de severos ojos esmeralda y liso cabello negro.
- Náto (Así parece), además sería sensato reunirse con los señores de Lórien y, buscar una solución conjunta.- agregó Elendë, el elfo de cabellos cobrizos y perspicaces ojos castaños.
El Rey Elfo permaneció de pie con la mirada ausente mientras pensaba sobre el asunto. Los Consejeros, excepto uno de ellos cuya mirada se concentraba en el monarca, estudiaban los pergaminos expuestos sobre la mesa.
-Antes de tomar una decisión quiero que escuchemos el informe del Capitán de los Centinelas del Bosque.- afirmó el elfo sinda, rompiendo el rígido silencio que se extendía por la Cámara.
Seregon, Luinil y Eilinel yacían apaciblemente sobre el césped a la orilla de una de las ramificaciones del Río del Bosque. Luinil recostada sobre el pecho de su esposo y, en medio de ambos, Eilinel quien dormía plácidamente después de una mañana llena de aventuras.
- Hodo-ninya (Mi corazón) ¿Qué es lo que te preocupa?- preguntó Luinil acariciando el pecho de su esposo.
-Es la penumbra que se ha instalado en mis pensamientos.- expuso con aflicción.
-No temas, meleth nin (mi amor), tu luz es indemne y ni la más infranqueable oscuridad podrá extinguirla y, yo siempre estaré para consolar tu corazón.- al decir esto se incorporó para besar cariñosamente la frente de su esposo.
-Hannon le Luinil, tye-meláne. (Gracias Luinil, te amo)- dijo Seregon mirando los ojos de su esposa.
- Mauya nin avánië (Debo irme) tendré audiencia con el Rey.- avisó Seregon.
Luinil y Seregon se movieron lentamente procurando no despertar a su hija, los tres tenían aún los cabellos húmedos después de chapotear en el río. Seregon cargó a su pequeña, ésta lo miró brevemente con sus expresivos ojos almendrados y, entre sueños murmuró -Ada, tye-meláne (Papá, te amo).-
El Capitán de los Guardias del Bosque, ataviado con la vestimenta parda de los oficiales, esperaba en el corredor, que conducía a la Cámara del Consejo, a que se le diera la autorización para ingresar. De pronto, la puerta se abrió y uno de los guardias reales le indicó que el Rey y los Consejeros le esperaban.
-Alassë' undómë (Buenas tardes) mis señores- pronunció Seregon al entrar a la Cámara, haciendo una ligera reverencia.
-Aiya máratulda (Bienvenido) Capitán Seregon. Tome asiento.- le devolvieron el saludo los Consejeros.
-Man vinyar colalyë? (¿Qué noticias me traes?)- inmediatamente le interrogó Thranduil.
-Aranya (Mi Rey), he reorganizado a los escuadrones de vigilancia y reasignado las áreas para hacer más efectiva la custodia dentro y en los linderos del bosque. También nos hemos permitido inspeccionar algunos sitios cercanos al Lago Largo, donde los hombres aseguran haber visto a las criaturas.
-Hasta ahora, dentro de los límites del bosque no hemos encontrado nada extraño. Sin embargo, cuando cabalgábamos más allá de nuestras fronteras cerca del cauce sur del Anduin, hayamos los restos de unos ciervos con flechas negras incrustadas. Lo que nos hace suponer que los orcos deambulan nuevamente cerca de nuestras tierras.- aseguró seriamente el Capitán.
Thranduil se sentó en la silla ubicada en el centro de la mesa, haciendo un mohín de dolor, que fue percibido por los presentes.
-Parece que el Capitán corrobora lo que han dicho los hombres. Llevaremos a cabo lo que hemos discutido esta tarde, aunque por ahora, prefiero aplazar el encuentro con los señores de Lorien hasta en tanto no concluyan las pesquisas dentro del bosque.- concluyó el Rey Elfo.
-Hîr vuin (Mi señor) ¿Qué hay de la fortaleza de Dol Guldur? La situación amerita que se averigüe lo que allí sucede.- inquirió Elendë.
-Seregon reúne a tus mejores elementos. Irán a investigar lo que sucede en Dol Guldur y Elendë irá con ustedes. Quiero todo listo para su partida en dos días.- ordenó Thranduil a su Capitán y Consejero.
-Lenwë, te encargarás de aconsejar al pueblo para que tomen las precauciones y evitar que corran peligros innecesarios.- indicó el monarca.
- Násië (Que así sea)- asintieron Seregon, Elendë y Lenwë, quienes se disponían a abandonar la reunión para cumplir con sus encomiendas.
-Hîr vuin Thranduil ¿Manen nalye? (Mi señor Thranduil ¿Cómo está?)- interrogó gravemente Isilion, el Consejero Real que había permanecido en silencio durante la reunión.
-Vaya, pensé que el día de hoy no tendríamos el honor de escuchar tu voz.- contestó mordazmente Thranduil sabiendo que tras las palabras de Isilion había algo más que una supuesta preocupación.
-¿Es que acaso no deberíamos inquietarnos cuando el Rey ha sido atormentado, por largo tiempo ya, por terribles visiones que le han conducido a herir a Anardil y, convertirse en un espíritu errante del crepúsculo?- confrontó el elfo de intensos ojos grises.
-¿Cuestionas mi juicio?- demandó inflexible el Rey Elfo.
- Tari meletyalda (Majestad), es mi deber hacerlo, ante la gravedad de la situación. Los que estamos aquí presentes sabemos que los otrora reyes del bosque, su padre y madre, fueron los que lograron sitiar la fortaleza de Sauron en Dol Guldur y, si ahora la oscuridad ha despertado es porque el cerco se está resquebrajado. – advirtió Isilion.
-¿Sugieres que esa debilidad soy yo?, ¿Es eso Isilion?- cuestionó un disgustado Thranduil, levantándose de su asiento y con las manos colocadas sobre la mesa de granito.
Los Consejeros y el Capitán presenciaban la escena con ansiedad, si bien los argumentos de Isilion eran acertados, sugerir que la inestabilidad del Rey contribuía al despertar de Dol Guldur era un tanto aventurado.
-Lo que intento advertirle, hîr vuin (mi señor), es que debe apartar la lobreguez de su alma, por su bien y el de su pueblo.- explicó Isilion, observando largamente al Rey.
Los ojos de Thranduil parecían un mar embravecido, se sentía realmente irritado por las insinuaciones de Isilion. Su andar por la Cámara del Consejo se había vuelto como el de un felino apunto de atacar a su presa.
-¡Isilion no dirweg! (¡Isilion ten cuidado!), tus insinuaciones son graves, ¿Hay algo que sepas que yo no?- demandó tajante el Rey Elfo.
- Tari meletyalda (Majestad), mi intención no es ofenderle, simplemente expongo lo que a mi juicio es relevante en esta situación. Dígame ¿Qué clase de Consejero sería si omito lo que en realidad pienso por temor a provocar su ira?- analizó Isilion.
-Es igualmente peligroso aventurarse a sacar conjeturas sin tener evidencias.- exclamó Thranduil de pie frente al elfo de ojos grises.
-Si me permite, Aranya (Mi Rey), creo que deberíamos darnos prisa para poner en marcha los planes.- intervino Seregon tratando de disminuir la tensión entre ambos.
Thranduil advirtió las intenciones de Seregon –Pueden retirarse. Quiero que me mantengan al tanto del curso de sus responsabilidades.- solicitó Thranduil sin dejar de mirar a Isilion, el cual, le sostenía la mirada.
- Quetuvalme. Vanya sínomello Isilion. (Hablaremos. Retírate Isilion)- ordenó el Rey.
- Násië, hîr vuin Thranduil (Que así sea, mi señor Thranduil)- le dirigió una última mirada el Consejero al Rey y salió del recinto.
