Thranduil salió de la Cámara del Consejo, ordenó a sus guardias que no le siguieran, deseaba estar solo en sus aposentos, calmarse y descansar; pues el dolor de las lesiones había empeorado considerablemente.
Al entrar a su refinada habitación, lanzó la corona contra una de las paredes y, el pequeño rubí se desprendió de ésta. Caminó hasta el ventanal, tomó la botella de vino y bebió. Las palabras de Isilion le daban vueltas en la cabeza, se sentía repulsivo al sólo considerar la posibilidad de que su vulnerabilidad estuviera atrayendo la podredumbre de Sauron.
Pero si eran meras elucubraciones del Consejero ¿por qué se sentía tan molesto?, sí nada de lo que había explicado Isilion tenía que ver con él ¿por qué aquello le afectaba tanto? Ó era el hecho de que alguien lo hubiese verbalizado lo que cristalizaba sus más recónditos pensamientos.
Thranduil salió al balcón de su habitación, el viento era frío y el bosque se teñía de colores rojizos y naranjas, el otoño estaba en apogeo. Pudo percibir que alguien llamaba a la puerta.
-He ordenado que no se me moleste, ¡Ego! (¡Fuera de aquí!).- gruñó frustrado el Rey.
-Entiendo Tari meletyalda (Majestad), pero he traído los preparados medicinales para sus heridas y algo de comer.- dijo desde el corredor Ereb.
-No me interesa, ¡Heca! (¡Largo!).- enfatizó el malhumorado Rey.
Thranduil decidió salir a caminar por el bosque, ya que, al parecer no se le dejaría en paz en el palacio. El porte imponente del Rey se tornaba intimidante cuando estaba alterado, así que, ningún elfo se atrevió a cuestionarlo o a interponerse en su camino.
Cuando estuvo en el exterior, aspiró una bocanada de aire fresco y se internó en el bosque. Marchó durante un tiempo pero su temperamento seguía implacable. De pronto, un fuerte dolor en el pecho le puso de rodillas sofocándolo y, allí estaba la espada clavada en su pecho. El fuego devoraba todo… lo devoraba a él.
Había un canto casi imperceptible, inmutable, poderoso y, al mismo tiempo, delicado. El bosque se presentó ante sí, con sus abultadas alfombras de hojas rojizas alumbradas por los trémulos rayos solares que se colaban entre la arboleda. Salió de la ensoñación y se puso de pie con dificultad.
La melodía seguía allí o, tal vez no, aún así caminó hasta el lugar de donde provenía el sonido. Pronto llegó a un claro por el que corría un arroyo; sentada sobre las hojas estaba una elfa de brillantes cabellos negros, sobre su regazo, un cervatillo yacía tranquilo al ser tiernamente acariciado por las delicadas manos de ella quien entonaba en un susurro lo que parecía ser una canción de cuna.
Thranduil observó tranquilamente aquello, sin embargo, la cría se percató de su presencia y huyó para refugiarse detrás de una de las gruesas raíces.
-Encontré a este pequeño hace algunos días, parece ser que ha perdido a sus padres.- reveló la elfa, mirando el lugar en donde se escondía el cervatillo.
-¿Estás sola?- cuestionó con curiosidad Thranduil mirando a los alrededores.
-Ahora ya ninguno está solo.- respondió la elfa dirigiéndole una encantadora sonrisa que iluminaba sus hermosas facciones.
-Procuro venir todos los días a alimentar a la cría. Al principio, estaba demasiado asustado como para acercarse pero, ahora creo que confía en mí y ha comenzado a comer.- explicó con naturalidad la elfa quien buscaba algo dentro de su canasto.
Thranduil contemplaba sus hermosas facciones, su inmaculada piel blanca y sus cristalinos ojos grises. Había algo en su presencia que lo reconfortaba.
-Por ahora, no es seguro que te internes sola en el bosque Lothíriel.- dijo el atractivo elfo sinda.
- Nácë… (Así parece)- respondió pensativa la elfa.
- ¿Meralyë matië hîr vuin? (¿Quiere comer mi señor?)- le invitó la elfa, ofreciéndole un trozo de pan con un poco de miel y algunos frutos.
El Rey Elfo se sentía cautivado por la candidez y la serenidad de la elfa. La conocía hacía mucho tiempo, era hija de Isilion quien en el pasado le hubo instruido sobre la memoria del pueblo eldar. La recordaba en su infancia apacible, ingenua, curiosa; escuchando con atención las crónicas de su padre. Y ahora ella misma se estaba convirtiendo en un pilar de la tradición oral eldar.
Se acercó a la elfa, quien seguía sonriéndole, se sentó a un lado, tomó el pan que le ofrecía y lo devoró. Hacía dos días que Thranduil no probaba alimento, ya que, cada que lo intentaba se sentía nauseabundo. Sin embargo, ahora estaba disfrutando de la comida que se le brindaba. Al final, acabó con lo que ella guardaba en la canasta.
Lothíriel le miraba divertida, se incorporó, tomó un pequeño cuenco y se dirigió al cauce del arroyo para recoger un poco de agua.
-Hantalë Lothíriel (Gracias Lothíriel)- dijo Thranduil mientras tomaba el cuenco que le había llevado la elfa.
-Úman ná Aran Thranduil (No es nada Rey Thranduil). Me alegra que le gustara.- exclamó ella mirando su canasta vacía.
-¡Alae Aran Thranduil! (¡Mire Rey Thranduil!)- el cervatillo se acercaba cautelosamente a ella sin dejar de mirar con recelo al elfo.
-A tulë sira. (Ven aquí)- el inofensivo animal se acurrucó en el regazo de la elfa y, ésta le mimó.
-Lothíriel ¿qué canción entonabas hace un rato?- preguntó el Rey.
-Es una antigua canción que mi naneth (madre) me cantaba cuando era niña. ¿Desea escucharla hîr vuin (mi señor)?- cuestionó mirando al ahora calmo océano que eran los ojos del monarca.
-Me gustaría oírla- confirmó Thranduil.
La elfa cantó para él, una conmovedora melodía que narraba el anhelo de los elfos por el océano y la luz de las estrellas.
Mientras Lothíriel entonaba armoniosamente dicha historia, Thranduil sentía que aquello era un bálsamo a su atribulado cuerpo y espíritu. Entonces el canto cesó, ella lo miró con una sonrisa en sus finos labios carmesí y él le devolvió el gesto. Así permanecieron un momento, hasta que unos suaves rayos de sol iluminaron la belleza etérea de ella.
- Boe i 'waen Aran Thranduil (Debo irme Rey Thranduil). La noche está por llegar.- dijo mientras cuidadosamente movía al cervatillo que se había quedado dormido.
-Tienes razón, regresemos.- se incorporó el Rey con intención de ayudar a Lothíriel a ponerse de pie, en ese momento, el animalito echó a correr a toda prisa y se internó en el bosque.
-Creo que aún me teme.- dijo Thranduil, tomando con gentiliza la mano de la elfa para ayudarla. Lothíriel disfrutó el suave y cálido tacto del elfo.
-Sólo debe acostumbrarse a su presencia y con el tiempo confiará- explicó la elfa alejándose para recoger la canasta y el cuenco que habían quedado sobre las hojas.
Los últimos rayos solares acompañarían su camino de regreso al palacio.
-Aran Thranduil (Rey Thranduil), ¿cómo fue que se hirió?- cuestionó Lothíriel, al advertir el silencio del preocupado elfo.
El Rey Elfo se detuvo de inmediato y la miró confuso. -¿Qué quieres decir?-
-Veo dolor en sus ojos.- dijo ella desviando la vista hacia el suelo.
-Se ha hecho tarde, es mejor darnos prisa.- evadió Thranduil la cuestión.
-¿De qué está huyendo hîr vuin (mi señor)?- insistió Lothíriel ahora con sus vivos ojos grises puestos en los de él.
- ¿Qué te hace pensar que estoy huyendo?- confrontó a la elfa.
-Al eludir el asunto, lo hace.- aclaró Lothíriel.
-¿Man-ie Lothíriel? (¿Qué pasa Lothíriel?), ¿algo te ha dicho tu padre? Habla con claridad.- demandó el Rey al sentirse cuestionado.
-Aran Thranduil (Rey Thranduil), las palabras que escucha son mi responsabilidad. Adar (Padre) guarda los temas relacionados con usted y el reino con absoluta secrecía.- precisó Lothíriel.
-¿A qué debo tan devoto interés de tu parte en lo que a mí concierne?- debatió seriamente Thranduil.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), no podemos huir de nosotros mismos y, por lo tanto, tampoco de la oscuridad que llevamos dentro. Lo que sí es posible es buscar a través de ésta nuestra luz.- reflexionó cabizbaja Lothíriel al percatarse del disgusto del soberano.
-¿Has visto la penumbra que hay en ti?- evaluó el Rey extrañado ante la perceptiva elfa.
-Alassëa lómë melda heru… (Buenas noches mi señor) Lamento interrumpir.- exclamó Seregon al llegar al lugar en el que se encontraba Thranduil y Lothíriel.
- ¡Áva quetë! (¡No hables!)- ordenó el Rey quien seguía esperando la respuesta de la elfa.
- Amin hiraetha, Aran Thranduil (Lo siento, Rey Thranduil) pero es importante.- insistió Seregon.
-¿Man-ie Seregon? (¿Qué pasa Seregon?)-
-Ha llegado un jinete de los hombres del Valle.- anunció el Capitán de los Guardias del Bosque.
Lothíriel había retomado la marcha hacia el palacio, al escuchar que Thranduil tenía asuntos por atender.
-¿Manna lelyalyë? (¿A dónde vas?), ¿piensas huir?- apuntó el monarca al ver que la elfa se retiraba.
-Vanyan merela almarelya Aran Thranduil. Namárië… (Me marcho deseando su buena fortuna Rey Thranduil. Adiós.)- expresó la elfa con un dejo de tristeza en su rostro ante la hiriente actitud del elfo sinda.
-¡Daro! Gwaem tolo. (¡Deténte! Ven vamos.)- la detuvo Thranduil al advertir la desilusión de la elfa de largos cabellos oscuros.
Lothíriel aceptó y volvió al palacio junto a ambos elfos. Sin embargo el camino fue incómodamente silencioso.
Al arribar al gran portón del palacio, Seregon quien había observado sorprendido la actitud de Thranduil hacia Lothíriel, decidió adelantarse.
-Mauya nin avánië. (Debo irme).- indicó ella, haciendo una ligera reverencia, para dirigirse a su hogar.
-Im gelir ceni ad lin. Le fael. (Me ha gustado verte nuevamente. Te lo agradezco.)- mencionó Thranduil.
-Namarië. (Adiós)- Lothíriel se retiró caminando con elegantes y suaves movimientos, mientras el elfo rubio la seguía con la mirada.
-¿Está todo en orden? El mensajero espera en el despacho ha pedido hablar exclusivamente con el Rey.- expuso Seregon quien notó la frustración en el rostro de Thranduil.
-Iré en un momento.- Thranduil observaba atentamente a Lothíriel perderse entre la enriquecida arquitectura del palacio. Sus ojos dejaron de mirarla y sintió nuevamente la molestia ocasionada por las lesiones, por lo que decidió dirigirse por un instante a su habitación.
Camino a ésta fue abordado por varios elfos que pedían analizara algunos pendientes respecto al comercio e intercambio de provisiones con los hombres. Para cuando llegó a la gran puerta de roble, un elfo llevaba numerosos pergaminos que debían ser examinados a la brevedad por el Rey.
Ya dentro de sus aposentos y, con la pila de asuntos por atender sobre la mesa. Se recostó sobre la cama masajeando suavemente las adoloridas costillas, sin embargo, en esa posición le resultaba molesto respirar. Se levantó buscando a su alrededor la infusión que Ereb había dispuesto, la encontró en la mesilla junto al cómodo sillón y tomó un sorbo del amargo compuesto.
Mientras esperaba a que el preparado hiciera efecto, resolvió algunos pendientes.
-Aran Thranduil (Rey Thranduil), todo está listo para que reciba al mensajero de los hombres.- anunció uno de sus guardias.
Thranduil se alistó, salió de sus aposentos, caminó por el amplio corredor hasta descender al segundo nivel del área de despacho…
Cuando se acercó cabalgando al Reino del Bosque Verde fue interceptada por lo que parecían ser guardianes, aunque no pudo ver sus rostros porque estaban cubiertos por las capuchas de sus capas, los escuchó hablar en aquella lengua de armónico sonido, entonces supo que eran elfos. Le interrogaron, pero su escaso conocimiento de la lengua eldar le impidió responder. Entonces descendió de su caballo y explicó a los elfos su procedencia e intenciones en esa tierra. Los vigilantes, aunque desconfiados, le permitieron continuar y le guiaron hasta el palacio. El bosque era profundo de vegetación exuberante. Una relación de mutuo respeto y protección era lo que percibía entre los elfos y su entorno.
Su padre le había hablado de los elfos: su innata belleza, su inmortalidad y sabiduría. Nunca los había visto, sólo podía imaginarlos, a veces pensaba que eran seres ficticios que pertenecían a historias antiguas. Sin embargo, allí estaba caminando por uno de los reinos élficos, maravillándose ante su gente de sublime presencia y, aquel palacio de exquisitos acabados fundidos con la naturaleza del lugar.
Muchos años su padre había negociado con los elfos del bosque en nombre de los hombres del Valle. Sin embargo, enfermo como lo estaba ahora, la responsabilidad recaía sobre sus hombros. Tiempos adversos eran los que vivía su gente y, ella debía buscar ayuda en el Reino del Bosque. Una importante encomienda para una inexperta e insegura joven mujer, sin embargo, confiaba en la compasiva esencia del pueblo de las estrellas.
El palacio era alumbrado por pulcras linternas que parecían contener en su interior fragmentos de estrellas, además sutiles caídas de agua musicalizaban los alrededores. Al llegar a una estancia acogedoramente decorada fue recibida por un elfo castaño de amables facciones, al parecer un soldado. Éste le cuestionó sobre su procedencia, su padre y sus pretensiones. Después de reflexionar sobre los argumentos de la mujer, accedió a solicitar audiencia con el Rey.
