La mensajera de los hombres del Valle fue tratada con respeto pero con recelo. En todo momento se le vigiló. Aunque era consciente de la apremiante situación de su gente, quería recorrer el palacio, el bosque y conocer a los elfos. Pero por el momento, no se le permitiría hacerlo. Se sentía nerviosa, su padre le había dicho que el monarca era un elfo riguroso pero juicioso. Para calmar su ansiedad caminaba de un lado al otro del salón y observaba atentamente por los ventanales el movimiento en el exterior. En ese momento una esbelta elfa de cabello castaño, entró a la habitación llevando consigo un cántaro con licor de fruta y lo dejó en la mesa frente a la mujer. Ésta le agradeció y bebió el delicioso líquido. El intenso frío que sentía se desvaneció poco a poco y fue remplazado por una sensación de calidez reconfortante.

-El Rey la recibirá en un momento. Sígame- dijo Seregon quien la guió hasta el segundo nivel en el que se encontraba la sala de despacho.

Ella prácticamente corrió siguiendo al soldado. Los nervios iban en aumento, sus manos sudaban y su corazón latía rápidamente. Respiró profundamente tratando de calmarse. Llegaron frente a una estancia con un impresionante portón doble con el escudo del Reino del Bosque. En el interior un gran escritorio de madera de roble se encontraba al centro, detrás de éste una silla de alto respaldo y ornamentados descansabrazos. Frente al escritorio algunas sillas, en una de las paredes había un amplio librero repleto de textos que le hubiese encantado leer.

-Tome asiento.- señaló Seregon una de las sillas frente al escritorio y, salió de la estancia para esperar a Thranduil.

Sin poder aguantar la curiosidad se acercó al librero y tomó el primer libro que llamó su atención, lo abrió y se decepcionó al percatarse que no entendía la escritura. Agarró otro y lo mismo sucedió.

La puerta del despacho se abrió y entró el Rey del Bosque Verde acompañado de Seregon. Al parecer, daba indicaciones al soldado en aquel melodioso lenguaje. Ella pudo ver al señor del bosque y se quedó petrificada ante su majestuosa presencia e imperecedera belleza. El guardia con una leve reverencia se despidió del monarca y salió de la estancia. Thranduil miró a la joven mujer, ésta se sonrojo y bajó la mirada al libro que aún tenía en las manos, lo cual, la puso aún más tensa.

-¿Man naa esselya? (¿Cómo te llamas?), ¿mallo tulalyë? (¿de dónde vienes?)- preguntó el Rey Elfo a la joven. Sin embargo, ésta no respondió. Parecía confundida y nerviosa. Thranduil la observaba, era una mujer de aproximadamente unos 20 años, con indomables rizos pelirrojos, grandes ojos verdes y finas facciones sobre su piel pálida. Realidad que contrastaba con sus toscas y desgastadas ropas.

-Mi Lord, me llamo Ivorwen, hija de Belthil.- atinó a decir con voz trémula.

-¿Pedil edhellen? (¿Puedes hablar nuestra lengua?)- averiguó el Rey.

Ella volvió a quedarse callada, por lo que, Thranduil dedujo que la mujer no entendía la lengua de los eldar.

-Lo siento, no entiendo lo que dice.- confirmó con la mirada en el piso.

-Deberás poner solución a ello si deseas entender esos libros. Vamos toma asiento.- apuntó el soberano aún de pie tras el escritorio.

Ella se sobresaltó y rápidamente colocó los libros en su lugar, para después tomar asiento.

-¿Por qué has venido tú en lugar de tu padre? y ¿cuáles son los motivos que te traen a esta tierra?- inquirió Thranduil.

Ivorwen se sentía tan nerviosa que le costaba hilar coherentemente sus pensamientos para poder expresarse con claridad. Además rehuía la mirada del atractivo elfo en un intento absurdo por ocultar su indecisión. Finalmente tomó una gran bocana de aire y habló…

-Mi Lord, mi padre Belthil negociador entre el Reino del Bosque y los hombres del Valle, ha estado enfermo por largo tiempo y sus fuerzas han menguado por eso he venido en su lugar. Sin embargo, él no ha sido el único afectado, muchas personas han sido aquejadas por un mal similar, nuestros curanderos desconocen el origen y la solución para el padecimiento. Somos escasos los individuos que no hemos sido contagiados. A causa de estas circunstancias, nuestra gente no puede cultivar los campos o salir de caza. El invierno se acerca y muchos podrían morir por enfermedad o hambre. En nombre de mi pueblo, Mi Lord, le suplico nos ayude a superar los tiempos difíciles a los que nos enfrentamos.- expuso Ivorwen.

-Desventuradas noticias acarreas. Pero dime: ¿cómo puedo saber si tus palabras son ciertas?, ¿cómo se si esto no es una treta de las fuerzas oscuras en horas aciagas? Y, en caso de que tu historia sea verídica ¿por qué han decidido acudir a nosotros?- examinó el monarca caminando por el amplio salón.

-Mi Lord, no soy sierva de mal alguno, tal vez mi ignorancia pueda dar cuenta de ello. Verdad es que mi pueblo necesita auxilio desesperadamente pero no recurriríamos a ningún ardid para conseguirla. Acudimos a usted porque mi padre siempre ha confiado en su noble juicio y en la generosidad de su gente.

Sé que mis palabras no son garante suficiente, por ello he traído un mensaje escrito por Belthil, mi padre.- explicó Ivorwen entregándole el raído pergamino al Rey Elfo quien seguía mirándola con suspicacia.

Cuando Ivorwen terminó de hablar pequeñas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Levantó la mirada y, allí estaban los bellos ojos del señor elfo, analizándola. Ante el silencio del monarca intentó intervenir pero fue interrumpida.

-Ava (No lo hagas) ni siquiera lo sugieras. Sería insultante.- aseveró Thranduil quien había tomado asiento para leer el comunicado.

Ivorwen se asombró, pues el Rey había advertido lo que ella pretendía decir. Se avergonzó cuando lo pensó nuevamente, prometer una retribución a cambio de su ayuda, pero la desesperación le orillaba a considerar todas las posibilidades.

-Creer en tus palabras significa un riesgo, uno que debe ser escrupulosamente considerado- informó pensativamente el soberano.

Con distinguidos movimientos, el Rey Elfo, se dirigió a la puerta e indicó a uno de sus guardias que buscaran a Seregon, Ereb y Nimphelos, la gobernanta del palacio. Ivorwen observaba con ansiedad, ya que el monarca no le había comunicado su decisión.

De regreso en la sala, Thranduil escudriñó a la joven, quien parecía agitarse y removerse en el asiento cada vez que él la veía. No obstante, no parecía haber malicia en sus ojos.

-¿Tienes hambre?- cuestionó Thranduil, mientras éste escribía sobre el pergamino.

-¿Disculpe? Mi Lord, creo que ahora eso no es relevante. Por favor, dígame si va a ayudarnos. Mi pueblo lo necesita con urgencia.- exigió desesperada Ivorwen.

-Me parece un asunto importante porque si tú también enfermas entonces ¿cómo llevarás la ayuda que he dispuesto?- explicó el elfo sinda concentrado aún sobre el pergamino.

-Mi Lord. En nombre mío y de mi pueblo le agradezco su invaluable apoyo.- dijo la joven pelirroja visiblemente conmovida.

En ese momento entraron Seregon, Ereb y Nimphelos. El Rey sinda ordenó a su Capitán de Guardias que organizara una cuadrilla de elfos para que marcharan al día siguiente al pueblo del Valle y acompañaran a la joven. A Ereb le indicó que organizara a un grupo de sanadores con las herramientas indispensables para atender la emergencia. A Nimphelos, la espigada elfa pelirroja, le pidió atender a Ivorwen y disponer un cargamento con víveres para ser enviados a los hombres.

Ivorwen escuchaba aquella melodiosa lengua élfica, que en voz del monarca parecía adquirir un sonido más solemne. Percibía las miradas de los elfos que acompañaban al Rey y se sentía inútil al no ser capaz de entender lo que decían.

-Pasarás la noche en el palacio y al alba partirás rumbo al Valle con la ayuda que has solicitado. Mi gente se encargará de enterarte de los preparativos. Ahora ve con Nimphelos.- informó el Rey Elfo

El señorial elfo de cabellos dorados estaba por retirarse, seguido por Seregon y Ereb, cuando la joven de rizos pelirrojos se colocó frente a él extendiéndole la mano; Thranduil le miró detenidamente y estrechó su mano. Ella cerró los ojos ante el suave contacto y, nuevas lágrimas escaparon de sus ojos.

-Muchas gracias Mi Lord.- reiteró Ivorwen.

-Vanyan merela almarelya (Me voy deseándote buena fortuna).- se despidió Thranduil abandonando el despacho.

-Señorita sígame.- dijo la elfa pelirroja con amable expresión en su fino rostro.

Ivorwen fue conducida a una habitación al otro lado del palacio, allí le prepararon un baño caliente y le ofrecieron suculentos alimentos hábilmente preparados con frutos del bosque. Además pudo degustar nuevamente el licor de frutas. Nimphelos puso a su disposición algunos atuendos que las elfas usaban cuando debían hacer largos viajes, a Ivorwen le parecieron realmente bellos, estaban confeccionados con telas naturalmente resistentes, de color musgo y tierra.

-Ivorwen le sugiero descanse. Mañana vendré a primera hora y la llevaré con el resto de la comitiva que le acompañará. Por ahora me retiro.- explicó la gobernanta.

-Gracias Nimphelos.- dijo Ivorwen sonriendo.

-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), es indispensable que revise sus heridas.- aseguró seriamente Ereb.

-Lo harás en cuanto concluyas con tus tareas.- respondió Thranduil.

Ereb se retiró para comunicar a los sanadores que irían a auxiliar a los hombres del Valle, así como, ordenar los suministros medicinales que serían enviados.

-Seregon quiero que la escolta que viajará rumbo al Valle esté integrada por miembros de la Guardia del Bosque y de la Guardia Real. Recuerda que también debes elegir a los elfos que irán contigo y Elendë a Dol Guldur, dejo a tu buen criterio esta importante gestión.- explicó Thranduil al Capitán.

-Náto Aran Thranduil. Posto. (Está bien Rey Thranduil. Descanse).- ratificó Seregon notando el cansancio en el rostro del soberano.

Thranduil se retiró rumbo a sus aposentos se sentía exhausto, además quería retirar el vendaje de su torso y dejar reposar las incómodas magulladuras. Necesitaba silencio pero, a la vez no lo quería, porque entonces podía escuchar sus angustiosos pensamientos. Quería dormir pero si lo hacía abominables escenas de muerte inundaban su mente. Deseaba paz, sin embargo, eso quizá era algo que no merecía.

Al entrar en su habitación fue directamente al lavatorio y se refrescó el rostro. Retiró la exquisita túnica escarlata y, enseguida removió la venda que comprimía sus costillas rotas. Momentáneamente se sintió aliviado, respiró profundo y una dolorosa punzada recorrió su abdomen dejándolo sin aire. Caminó hasta el área de estudio, tomó una copa de vino y comenzó a evaluar los asuntos pendientes. No supo cuánto tiempo pasó, hasta que fue interrumpido por una voz que provenía de la puerta.

-Aran (Rey) Thranduil. Soy Ereb.- anunció el sanador.

-Pasa.- admitió el monarca.

-Hîr vuin (Mi señor), está todo listo para que los sanadores y suministros medicinales partan al amanecer rumbo al Valle. Los palafreneros están alistando los caballos y la carreta. Ahora, si me permite, he venido a revisar sus lesiones.- informó el sanador, quien llevaba algunos utensilios que servirían para la curación.

-Eso espero.- mencionó Thranduil dirigiéndose a su cama para que sus heridas fueran atendidas.

Ereb atendió con esmero al Rey, las laceraciones estaban aún más amoratadas, a falta de reposo; principalmente el costado derecho donde las costillas estaban rotas. El sanador daba indicaciones mientras colocaba compresas, hierbas y ungüentos. Sin embargo, Thranduil no prestaba atención y parecía estar entregándose al sueño.

El sanador reparó en ello y suministró al monarca un preparado para el dolor, el cual, bebió de un sorbo. Volvió a recostarse y cerró los ojos…

Lothíriel llegó a su morada entre los grandes árboles de haya, allí vivía con su padre Isilion y su madre Ilmen. Se sentía inquieta después de la reacción de Thranduil. Ella podía percibir la lobreguez que crecía en el corazón del Rey del Bosque pero también era consciente de su acometida sin tregua contra ésta. Temía por él o, tal vez era por ella misma, quizá esa era su penumbra, la incertidumbre de que el mal pudiera no ser arrancado definitivamente de sus vidas.

Thranduil había aceptado sus batallas internas, miraba su oscuridad y, probablemente quería huir cuando sentía todo perdido. Aún no había encontrado la forma de enfrentarlo pero seguía buscando. Entonces ¿quién estaba huyendo ahora? Consciente o inconscientemente huimos en algún momento de aquello que nos atemoriza, nos duele o perturba, hasta en tanto no estemos resueltos a encararlo.

-Te esperábamos Lothíriel.- expresó seriamente su padre, sacándola de sus pensamientos.

-Amatulya Iellig. Tolo govano ven. (Bienvenida hija mía. Ven y siéntate con nosotros).- ofreció amablemente su madre, una hermosa elfa de cabellos negros y claros ojos azules.

-Amin hiraetha, adar, naneth (Lo siento, padre, madre).- se disculpó cabizbaja Lothíriel.

-Debes tener cuidado. De ahora en adelante, evita las profundidades del bosque aún si no estás sola.- enfatizó Isilion con sus ojos grises evaluándola.

-Nácë Adar. Av-'osto. Alassëa lómë (Eso parece padre. No te preocupes. Buenas noches.).- se despidió Lothíriel dirigiéndose a su habitación.

Se sentó frente a la ventana mirando las estrellas que resplandecían en la noche sin luna. Muchas noches, en su lejana infancia, había salido a hurtadillas a observarlas, se adentraba en el bosque hasta un claro por el que la corriente del río era tranquila. Allí el cielo se fundía con el agua y, entonces podía sentir que lo alcanzaba. De pronto, él también estaba ahí, con sus cabellos dorados y los zafiros de sus ojos radiantes bajo la luz de las estrellas. Ambos sonriendo maravillados ante el espectáculo nocturno.

Recordaba su espíritu indómito y su juicioso corazón. La inocencia que compartieron, las cosas que juntos descubrieron, las alegrías y las penurias de las que aprendieron. Esos recuerdos iban menguando con el paso de las edades y con la distancia entre ellos. Extrañaba una memoria, un sentimiento, una ilusión.

-Iellig (Hija mía), él no ha olvidado.- dijo su madre, quien había estado observando a Lothíriel desde la puerta de su habitación.

-Naneth (Madre).- pronunció la elfa de puros ojos grises.

Ilmen se acercó a su hija, le abrazó tiernamente secando sus lágrimas y cantó la antigua melodía de la infancia de Lothíriel

Se revolvía entre la comodidad de la cama, se sentía ansiosa, en el exterior el sonido de las cascadas acompañaba los etéreos coros élficos. Quería conocer aquél increíble reino y, volver a ver a su señor. Ante sus deseos la culpa la embargaba. Su pueblo estaba sumergido en una grave crisis en la que muchos habían perecido y, otros tantos, lo harían si la ayuda no llegaba a tiempo.

Se levantó de la cama, se visitó con el traje élfico y se dispuso a salir de la habitación. Cuando estuvo en el pasillo, un guardia le impidió deambular por el palacio, ella se sintió profundamente desilusionada. Realmente quería contemplar el hogar de los elfos del bosque porque quizá sería la última vez que podría hacerlo. Preguntó al elfo que la custodiaba si podía mirar desde el corredor lo que ocurría a su alrededor y éste asintió.

Era de madrugada, la luz era tenue en el palacio, el viento frío contenía una fresca fragancia, la floresta y los elfos estaban calmos. Pudo ver a algunos elfos con su elegante andar desvanecerse en lo profundo del bosque, algunos niños correteaban alrededor de las pequeñas caídas de agua, un grupo de elfos entonaba un conmovedor canto que consolaba el corazón. Ella preguntó al guardia sobre su significado, éste respondió que se trataba de una composición sobre la promesa de su pueblo de regresar a las Tierras Imperecederas.

La melodía había calmado su mente y decidió volver a dormir. Le esperaba un largo camino de regreso a su hogar y tiempos difíciles que estaba dispuesta a sortear al lado de su padre…

-Aran Thranduil (Rey Thranduil). Traemos noticias sobre el viaje al pueblo del Valle.- anunciaron Seregon y Nimphelos. De pronto, el portón de roble se abrió y apareció Ereb.

Aiya Seregon, Nimphelos! El rey ha logrado finalmente dormir.- les comunicó el sanador.

-Amin hiraetha Ereb (Lo siento Ereb) pero es indispensable que le proporcionemos los informes al Rey.- explicó el Capitán de la Guardia.

-Esperen un momento, iré a anunciarle.- retorno el sanador a los aposentos del monarca, quien llevaba poco tiempo durmiendo y se le comenzaba a ver intranquilo.

-Hîr vuin Thranduil, echuio,an ngell nîn (Mi señor Thranduil, despierte, por favor).- comunicó Ereb con una mano sobre el hombro del Rey.

-¿Man ie? (¿Qué pasa?)- preguntó el soberano incorporándose lentamente y colocándose la túnica escarlata.

-Goheno nin, Aran Thranduil (Perdóneme, Rey Thranduil). Seregon y Nimphelos esperan para notificarle sobre los preparativos para el viaje al Valle.- advirtió Ereb.

-Anwa (Esta bien), que pasen a mi estudio.- ordenó Thranduil.

Ereb fue por el Capitán y la gobernanta del palacio, los tres elfos entraron al estudio donde se encontraba el soberano.

-¿Está todo listo?- averiguó el Rey.

-Aran Thranduil (Rey Thranduil), he reunido a un grupo de diez soldados tanto de la Guardia del Bosque como de la Guardia Real, adecuadamente preparados para una eventual contingencia. Además he dado instrucciones de que cuando lleguen a la ciudad del Valle colaboren con las labores que dispongan los sanadores.- explicó Seregon, mientras el Rey caminaba de un lado al otro del estudio, evaluando el contexto.

-Hîr vuin (Mi señor), una carreta con víveres está lista para partir a la hora que disponga. La joven Ivorwen descansa y se le ha provisto del traje élfico de los viajeros.- pronunció Nimphelos.

-Nimphelos, puedes retirarte y asegúrate de que la mujer esté a tiempo para partir.- la elfa pelirroja hizo una reverencia y se retiró de los aposentos reales.

-¿Cuántos son los sanadores que irán?- quiso saber el Rey.

-Son cinco.- respondió Ereb.

-Quiero que pongan sobre aviso a los elfos de la comitiva que ésta situación bien podría tener un trasfondo más oscuro. Deben estar alerta y evitar riesgos innecesarios. La estancia en el Valle, Seregon y Ereb, les dará acceso a investigar sobre los orcos, huargos y demás criaturas, que están deambulando por la zona. Por lo tanto, necesito que me mantengan informado, el viaje les llevará algunos días, así que cuando tengan las primeras noticias envíen un mensajero, éste permanecerá por unos días en el reino y será enviado de vuelta al Valle. ¿Ha quedado claro?- expuso Thranduil con semblante serio.

-Como ordene Aranya (Mi Rey). Les transmitiré el mensaje a los miembros de la comitiva.- aseguró el Capitán.

-Seregon, ésta no es una simple misión humanitaria es una oportunidad para estrechar las relaciones entre el Reino del Bosque y los hombres del Valle, la cual, será ventajosa en caso de una eventual avanzada de las vasallos de Sauron. Es transcendental que la labor se lleve a cabo adecuadamente.- enfatizó el Rey Elfo evaluando los rostros de sus interlocutores.

-Pueden retirarse.- dijo el Rey haciendo un ademán.

-Así se hará Aranya (Mi Rey).Posto vae (Descanse bien).- salieron ambos elfos a afinar los últimos detalles del viaje.

Thranduil se dirigió al gran balcón de su habitación, desde donde se podían contemplar la vastedad del bosque, las inmutables montañas y; por las noches, el cielo engalanado con incontables estrellas y una luna caprichosa. Presentía que el mal había despertado y, al parecer, los últimos hallazgos podrían confirmarlo. Temía que sus pesadillas fueran un preludio a la calamidad.

-¿Man ie adar? (¿Qué pasa padre?)- cuestionaba Thranduil, cada vez con más frecuencia, a su corazón buscando la presencia de su padre en él. Pero no respondía, o quizá no estaba preparado para escuchar lo que tenía que decirle. -Goheno nin, Adar, Naneth. Amin hiraetha (Perdóname, Padre, Madre. Lo siento.)…-