Poco a poco el cielo se hacía más claro, los jinetes estaban listos para emprender el viaje hacia el Valle. De una de las puertas del palacio, salieron Nimphelos e Ivorwen, ésta última vestida con el traje élfico de los viajeros. Uno de los elfos se acercó a ella entregándole un caballo, arco y flechas. Le advirtió que sólo pararían lo estrictamente indispensable durante el trayecto, que atendiera las instrucciones del grupo y que se mantuviera alerta ante cualquier evento.

Seregon daba las últimas indicaciones a los elfos de las guardias y Ereb examinaba los suministros medicinales y víveres. Ivorwen miraba a su alrededor y se despedía de aquel esplendoroso reino élfico, sin embargo, el Rey Elfo no estaba allí. Seregon autorizó finalmente la salida de la comitiva y éstos partieron inmediatamente.

El grupo se adentró en el bosque y cabalgaron hábilmente evitando tomar el camino principal. A causa de ello, la marcha sería más lenta, ya que, debían enfrentar las dificultades que presentaba la frondosa naturaleza. Sin embargo, se pretendía minimizar el riesgo de una emboscada; en caso de que la mujer y el pueblo del Valle hubiesen sido usados como distracción para disipar la atención de los elfos del bosque, con respecto a una posible infiltración de las fuerzas oscuras.

Ivorwen sentía su corazón latir con fuerza, un renovado sentimiento de esperanza emergía de su pecho. La joven pelirroja era una ágil jinete, no obstante, su habilidad en el uso de las armas era limitada. El viaje que había emprendido desde el pueblo del Valle rumbo al bosque lo había realizado en condiciones precarias, acompañada por un viejo equino, escasas provisiones, su arco, flechas y con la fortuna de su lado.

Desde su posición, a un lado de la carreta, observaba el vigoroso paso de los caballos en la vanguardia y los elfos vigilantes que los montaban. Había largos trechos en el camino, en los que la densidad del bosque obstaculizaba el paso de la luz, no obstante, los guardias se acercaban a ella y tomando las riendas de su caballo la guiaban con seguridad a través de la negrura. En cuanto el sol volvía, la formación de la comitiva era retomada.

Los elfos permanecía la mayor parte del camino en silencio o, por lo menos, eso le parecía a Ivorwen. Sin embargo, sus penetrantes ojos y el acompasado trote de sus caballos, hacían pensar lo opuesto. Como si entre éstos hubiese un tipo de comunicación de la cual ella no pudiese enterarse. De pronto, uno de los jinetes se adelantaba a la caravana y, tiempo después al regresar, hablaba con el resto. De lo que pudo deducir la chica del Valle, que iban a inspeccionar el estado del lugar más adelante. De modo que con el paso del tiempo, los elfos del grupo fueron turnándose para dicha tarea.

Los elfos, especialmente los sanadores, se mantenían al pendiente de la mujer que parecía cada vez más cansada. De modo, que en el trayecto le proporcionaban bebida y frutos para renovar su energía. No obstante, la marcha no se detendría hasta bien entrada la noche y, sólo lo harían brevemente.

En la retaguardia del grupo, cabalgaban elfos que escudriñaban meticulosamente el entorno. Ivorwen sabía de los rumores de criaturas malignas merodeando por las tierras circunvecinas. La actitud en exceso precavida de los elfos, desde su punto de vista, le hacía sentirse inquieta como si le ocultaran algo aunque, por otro lado, conocía de las excepcionales cualidades guerreras de los elfos y, eso le producía una sensación de protección.

La luz del día lo había sorprendido aún examinando pergaminos que contenían los asuntos pendientes del reino. Thranduil abandonó su estudio estirando sus entumecidos músculos, masajeó sus sienes y ojos. Tomó una copa de vino y salió al balcón aspirando la esencia matutina del bosque. Era un día frío y los rayos del sol se asomaban tímidamente entre las nubes. Meditó nuevamente sobre los asuntos de los hombres del Valle y la inminente incursión que debía hacerse a la fortaleza de Dol Guldur. Pudo escuchar que alguien llamaba a la puerta.

-Aiya Aran Thranduil, alassea ree (¡Salve Rey Thranduil, buenos días!).- se presentó Nimphelos.

-Adelante. ¿Ha partido la comitiva?- interrogó el Rey.

-Tancave, hîr vuin (Sí, mi señor).- aseguró Nimphelos, quien llevaba el desayuno, preparaba el baño y aseaba la habitación del monarca.

-Necesito comuniques a Seregon y Elendë que los veré en la sala de despacho.- indicó el Rey Elfo.

-Enseguida Aran Thranduil (Rey Thranduil).- salió la elfa pelirroja dejando preparado el baño al monarca.

Thranduil tomó algunas moras y con dificultad pudo tragarlas, de modo que no intentó nada más con el resto del desayuno. Se dirigió al baño, se sumergió en la pila y el agua caliente relajó su cuerpo. Así permaneció durante un rato, al cerrar los ojos pudo verla a ella con sus hermosas facciones sonriéndole mientras tarareaba aquella canción.

Había asuntos importantes por atender, así que se vistió con elegantes prendas y se dirigió a la sala de despacho. Allí lo esperaban su Capitán y el Consejero, quienes al verlo entrar se levantaron y saludaron. El Rey tomó asiento frente a ellos.

-Seregon ¿cuál es el reporte?- demandó Thranduil.

-Aran Thranduil (Rey Thranduil), el grupo rumbo al Valle partió sin contratiempos a primera hora de la mañana y sus disposiciones fueron transmitidas oportunamente.- explicó el Capitán.

-Considerando el escenario actual, deben partir sólo ustedes dos hacia Dol Guldur. Verán, si el enemigo ha usado a los hombres del Valle como señuelo para dirigir nuestra atención hacia allá, entonces espera mover sus piezas dentro del bosque, por lo cual y; adelantándome a tal hipótesis, esta coyuntura permitirá visualizar la estrategia de las fuerzas oscuras dentro del reino. Sin embargo, requiero que la investigación sea discreta y expedita. Asimismo pido que las fronteras del reino sean estrictamente custodiadas y se restringa el paso a los extranjeros. ¿Está claro?- expuso Thranduil observando a los elfos.

-No, hîr vuin (Sí, mi señor).- respondieron el Capitán y el Consejero mirándose mutuamente con un semblante de preocupación en el rostro.

-Está por demás decir que es un trabajo de suma importancia y espero obtener resultados satisfactorios. No obstante, deben ser cuidadosos y evitar enfrentamientos. Por ahora, deben concentrarse en indagar sobre los propósitos del enemigo. Si no hay cuestionamientos, retírense y prepárense para el viaje.- mandó seriamente el Rey sinda.

-Aranya (Mi Rey), estaremos preparados para salir esta misma noche.- aclaró Elendë, el Consejero. Ambos elfos se pusieron de pie, el Consejero salió, pero Seregon permaneció de pie junto al portón doble.

-Av-'osto Seregon (No te preocupes Seregon), tu familia estará bien.- aseguró el Rey al advertir la inquietud del elfo castaño.

-Hannon le Aran Thranduil. (Gracias Rey Thranduil).- se retiró el Capitán de la sala de despacho.

Thranduil dejó la sala de despacho dirigiéndose rumbo al campo de entrenamiento, realmente necesitaba estirar sus músculos y liberar tensión de su mente. Al llegar observó a varios elfos practicando diestramente con arco, espada, dagas, lucha cuerpo a cuerpo y estrategia. El Rey Elfo fue recibido por uno de los instructores y conducido a los vestidores para que se colocara el traje de entrenamiento.

Al regresar al campo, los elfos le miraron saludándolo respetuosamente y continuaron con sus actividades. Thranduil era un guerrero excepcional, experimentado e inteligente estratega que había combatido en sangrientas guerras. Además el soberano disfrutaba de los exhaustivos y extenuantes entrenamientos.

Algunos de los más curtidos instructores, se dispusieron a practicar con él. Thranduil fue rodeado por los elfos, uno de ellos le atacó con la espada directo a la cabeza, el Rey se agachó rápidamente estirando una de sus piernas barrió al rival que cayó estrepitosamente, se acercó a él y de sus botas sacó una daga, la cual apretó contra su cuello. Entonces otro de los elfos se abalanzó, con dagas en ambas manos, inesperadamente el monarca se tumbó sobre el piso, el atacante casi cayó de bruces, de un salto el soberano se puso de pie desenvainando su espada, de pronto sintió un dolor punzante en el costado al parecer Ereb había hecho un buen trabajo pues había olvidado sus heridas hasta ese momento.

El elfo se deshizo de las dagas y empuñó su espada, al mismo tiempo otro elfo con espada en mano se incorporó a la reyerta. Thranduil respiraba con dificultad debido al dolor pero esperó el primer ataque, el elfo atacó velozmente al rey quien logró contratacar eficazmente desarmando al oponente y fue directo contra el otro adversario quien lo recibió con ágiles movimientos de espada, no obstante, el duelo terminó cuando el soberano logró colocar el filo de su espada contra la garganta del elfo y, en un imperceptible movimiento, arrojó una daga que pasó silbando la oreja del rival y se clavó en el árbol más cercano.

Muy a su pesar, Thranduil dio por concluido el entrenamiento, se aseó y caminó hacia el bosque. El dolor en las costillas era agudo y le costaba respirar. Finalmente llegó hasta el claro por donde corría apacible el río y, allí estaba ella, vestida con un delicado vestido aperlado y cubierta por una aterciopelada capa gris, sentada junto al cauce del río leyendo mientras el cervatillo bebía agua unos metros más allá.

-¡Alassea ree Lothíriel! (Buenos días Lothíriel)- saludó el rey acercándose gentilmente a la elfa.

-¡Aiya Aran Thranduil! (¡Salve Rey Thranduil!)- contestó la elfa retirando su capucha y dejando al descubierto su reluciente cabello azabache.

En ese instante el cervatillo, que apenas había reparado en la presencia del Rey Elfo, se asustó cayendo al agua y comenzó a dar respingos desesperados. La elfa se inquietó pero Thranduil se acercó al indefenso animal sacándolo del río y depositándolo sobre la pila de hojas naranjas. El pequeño se sacudió e inmediatamente se refugió detrás de uno de los troncos cercanos. Thranduil observó pensativo a la cría, trató de incorporarse pero el dolor volvió a recorrer con fuerza su abdomen y tuvo que permanecer inclinado.

Lothíriel percibió que Thranduil se llevaba la mano al costado derecho y parecía agitado. Ella preocupada, rápidamente se levantó y se aproximó a él.

-¿Man ie hîr vuin Thranduil? (¿Qué pasa mi señor Thranduil?)- le preguntó mientras tocaba el hombro del Rey Elfo.

-Av-'osto Lothírie, nan mara. (No te preocupes Lothíriel, estoy bien.)- afirmó el soberano que intentó en vano levantarse y cayó sobre la tierra cubierta de hojas secas. Girándose pudo ver el hermoso rostro de la elfa y la angustia en sus ojos. El dolor era intenso, sin embargo, una sensación nueva lo envolvía. La incandescencia lo sofocaba, su cuerpo temblaba y sudaba.

Desesperada Lothíriel tomó un trozo de su capa y corrió a mojarlo en las frías aguas del río para después colocarlo sobre la frente ardiente del Rey. En seguida, con otro trozo de tela empapado, depositó un poco de agua sobre los labios del elfo sinda.

-Lothíriel ¿crees que el pequeño perciba algo en mí que los demás ignoran?- reflexionó un adolorido Thranduil, refiriéndose al cervatillo que atemorizado miraba la escena desde la lejanía.

-¿De qué habla?- preguntó la elfa dirigiendo sus ojos grises hacia donde observaba el monarca.

-¿Me temes?- indagó el soberano viendo a la confundida elfa.

- ¡Û! ¿Am man theled? (¡No! ¿Por qué?)- preguntó aún más desconcertada la delicada elfa, refrescando el rostro y cuello de él.

-Gwaem, vanya sínomello Lothíriel. (Vamos, vete de aquí Lothríriel). No es seguro que estés ahora aquí.- demandó el Rey Elfo.

-Ván, tullen tye-rehtien Aran Thranduil. (No claro que no, estoy aquí para ayudarlo Rey Thranduil).- determinó Lothíriel. Ella volvió al río a humedecer las telas y continuó con su labor. El dolor parecía incrementarse en el cuerpo del Rey.

-Ahora vuelvo, iré a buscar algunas hierbas.- Lothíriel se alejó buscando una planta que ayudara a mitigar el dolor del soberano, pero no podía encontrarla. El cervatillo que hasta entonces la había seguido, se adelantó y, justo en esa dirección pudo ver un pequeño montículo donde estaba la hierba. Apresuradamente la cortó, regresó al lugar donde se encontraba acostado el monarca, humedeció las hojas, dio de comer algunas a Thranduil y con las sobrantes formó una pasta.

-Alassenyan (Por favor), déjeme ayudarlo- solicitó la elfa.

Thranduil la miró con los ojos entrecerrados debido al penetrante dolor y al violento calor que le oprimían los sentidos. Trabajosamente comenzó a desabotonar la casaca del traje de entrenamiento que aun llevaba puesto, y dejó al descubierto las amoratadas costillas. Lothíriel untó cuidadosamente la masilla sobre la lesión y volvió a cubrirla.

-Ahora reconozco este sitio, solías traerme aquí a contemplar el esplendor de las estrellas sobre el agua.- recordó Thranduil mirando los cristalinos ojos grises de Lothíriel.

-Hasta donde yo recuerdo, el que sugería que nos escabulléramos a este lugar era usted. Situación que nos valió más de un sermón- mencionó la elfa con una nostálgica sonrisa.

-Anwa (Cierto) pero sólo lo hacía porque sabía que te entusiasmaría. Si me seguías o no era tu responsabilidad.- agregó Thranduil observándola perspicazmente.

-Né (Así fue) pero ¿Cómo podía negarme a una invitación del Príncipe Thranduil? Hubiese sido descortés.- reviró Lothíriel.

Thranduil sentía amainar el dolor pero el calor seguía implacable. Había momentos en los que la vista comenzaba a ensombrecérsele entonces podía ver a su gente masacrada, devorada por el fuego y la espada de su padre atravesándole el corazón. Le angustiaba que Lothíriel estuviera tan cerca de él pues temía que pudiera suceder lo mismo que con Anardil, el Jefe de la Guardia Real.

-¿Manen nalye hîr vuin? (¿Cómo está mi señor?)- preguntó Lothiriel al advertir el desasosiego en los ojos del Rey Elfo.

Él no contestó, estaba aletargado, luchaba por permanecer despierto pero sus párpados pesaban y se sentía agotado. Lothíriel se acomodó de forma tal que la cabeza de Thranduil descansara sobre su regazo. Secó el sudor de su rostro y acarició su suave cabello dorado. De repente se estremeció al avistar en su mente una sucesión de horripilantes escenas catastróficas. Su cuerpo se heló y lágrimas recorrieron sus mejillas. Había atestiguado los tormentosos sueños del Rey.

Thranduil murmuraba lastimosamente. Lothíriel cantó suavemente en un intento por tranquilizar el corazón del Rey Elfo, aunque hubo momentos en que su voz casi se apagaba por el llanto, advirtió que el elfo rubio se relajaba y comenzaba a descansar.

-No huiré de la penumbra porque entre más lo haga más fuerza adquiere ésta y, entonces cuando llegue el momento de enfrentarla las fuerzas me habrán abandonado. No le temo Aranya (Mi Rey), temo que su luz se extinga y con ella la mía.- susurró la preciosa elfa besando tiernamente la frente de Thranduil y derramando diminutas lágrimas sobre su rostro.

-Te extrañé.- afirmó Thranduil semiconsciente.

-A hauta sinomë (Descanse).- dijo la elfa sonriendo dulcemente.

Thranduil durmió profundamente sobre el cálido regazo de Lothíriel mientras ésta velaba su sueño y tarareaba. La luz del atardecer se posó sobre el rostro del Rey Elfo, el cual se removió, abrió sus ojos zafiro y éstos resplandecieron al mirar a la sonriente elfa que lo observaba.

-Alatulya Aranya ¿Manen nalye? (Bienvenido Mi Rey ¿Cómo se siente?).- cuestionó Lothíriel.

-¡Aiya Lothíriel! ¿Cuánto tiempo hemos estado aquí?- indagó Thranduil incorporándose paulatinamente.

-El suficiente para que descasara un poco.- respondió la elfa.

-Debemos irnos.- aseguró Thranduil ayudando a Lothíriel a incorporarse. Mientras éste ajustaba nuevamente su casaca y recogía la capa de la elfa. Se sentía aturdido pero el dolor y el calor habían cesado.

-Guren glassui Lothíriel (Mi corazón está agradecido Lothíriel).- dijo Thranduil mirando intensamente a los ojos a la atractiva elfa.

-Ai, melda heru Thranduil (Salve, mi señor Thranduil).- saludaron Seregon e Isilion a la orilla del claro.

-Ánin apsenë (Perdóneme), pero en un momento tendrá reunión con algunos elfos del pueblo y debo comunicarle algo importante.- explicó Seregón mirando a Thranduil que tenía un aspecto macilento y, por el rabillo del ojo, a Lothíriel que parecía nerviosa.

-¿Prestad Isilion? (¿Hay problemas Isilion?)- investigó el Rey Elfo al percatarse que el Consejero veía rigurosamente a su hija.

-Aranya (Mi Rey) me gustaría hablar con usted.- respondió Isilion mirando a Thranduil.

- ¡Gwaem¡ (¡Vámos!)- ordenó el Rey emprendiendo el camino de regreso al palacio. Sin embargo, Lothíriel no se movió e Isilion se acercó a su hija.

-Es preciso que regresemos Lothíriel. Además, por si lo has olvidado, hoy iniciarás a un grupo de pequeños elfos en la historia de nuestro pueblo.- pronunció su padre.

-Amin hiraetha adar (Lo siento padre). No lo he olvidado. Sólo quiero despedirme del cervatillo.- aseguró Lothíriel encaminándose al lugar donde solía esconderse el animal cada que veía a Thranduil. Y allí estaba la cría hecho un ovillo, oculto por la gruesa raíz del árbol. Ella lo mimó, agradeciéndole la ayuda y se retiró.

Isilion observó las rasgaduras de la capa de su hija, la miró a los ojos pudiendo percibir angustia y melancolía en ella. -¿Qué ha sucedido?, ¿por qué has llorado hija mía?- interrogó con preocupación Isilion a Lothíriel abrazándola protectoramente y percatándose del frío de su cuerpo. Entonces colocó sobre ella la capa que llevaba mientras caminaba para alcanzar al Rey del Bosque Verde y al Jefe de Centinelas.

- Únat adar, nan mara. (Nada padre, estoy bien.)- dijo la elfa besando la mejilla de su padre quien tenía una expresión de incredulidad e inquietud en el rostro.

- Enquentuvalvë vanimeldayelya (Hablaremos hermosa hija mía).- convino Isilion cuando alcanzó a ver que el Rey Elfo esperaba solo.

-¿Hîr vuin? (¿Mi señor?)- preguntó Isilion.

-Permíteme hablar con tu hija Isilion. Lothíriel aphado nin (Lothíriel ven conmigo)- dijo Thranduil mirando a la elfa y a su padre.

Lothíriel miró a su padre y éste asintió. La elfa se acercó a Thranduil e Isilion se marchó rumbo al palacio.

-¿Manen natye Lothíriel? (¿Cómo estás Lothíriel?)- preguntó el Rey sinda al percatarse que la elfa llevaba otra capa cubriéndola.

-Nan mara, Aran Thranduil (Estoy bien, Rey Thranduil), sólo tengo frío. Pero creo que esa pregunta debía formularla yo.- dijo al Rey observando su todavía atribulada mirada y su pálido rostro.

-¿Te gustaría escabullirte?- preguntó Thranduil juguetonamente, lo que provocó una expresión de sorpresa en las finas facciones de la elfa.

-Ú-iston, ¿am man theled? (No estoy segura, ¿por qué?)- respondió Lothíriel tratando de disimilar su curiosidad.

- ¿Avo garo am man theled? (¿Por qué no?) Creí haber escuchado que no rechazarías una invitación mía por temor a parecer descortés.- reviró sagazmente el Rey mientras caminaba en círculos alrededor de Lothíriel.

-Iston (Lo sé), sin embargo, es responsabilidad mía si decido ir o no, ¿no es así hîr vuin (mi señor)?- manifestó con expresión divertida la espigada elfa.

-Anwa Lothíriel (Cierto Lothíriel). Aunque no reconozco dónde podría estar la irresponsabilidad en un momento de sano esparcimiento. Por otra parte, creo que sería imprudente no hacerlo.- aseguró Thranduil quedando frente a la elfa.

-Y yo creo reconocer la irresponsabilidad en esta propuesta.- argumentó la delicada elfa sonriéndole divertida y recordando algunas de sus atolondradas aventuras de la infancia.

-Me acongoja tal prejuicio hacia mi persona. Sin embargo, veo con gusto que las experiencias del pasado han forjado en ti un temple sensato. Respetaré tú decisión y me abstendré de remover la chispa de la curiosidad.- expuso ingeniosamente el Rey Elfo.

-¿Má? (¿Cuándo?)- quiso saber Lothíriel con curiosidad desbordante.

-Quizá sea mejor que lo medites con detenimiento. Vamos regresemos.- replicó Thranduil sonriendo sutilmente ante el desconcierto de Lothíriel.

Thranduil y Lothíriel caminaron hasta el palacio, ninguno mencionó nada más de lo sucedido en el bosque, cuando llegaron al portón principal se despidieron y cada uno partió hacia sus respectivas actividades.

Thranduil fue recibido por varios elfos que notificaron de las cuestiones pendientes acompañados de otra pila de documentos por examinar. El Rey Elfo decidió que éstos fueran emplazados a su despacho. Isilion, que aguardaba más adelante, comunicó que pronto llegarían los miembros del pueblo con los que se reunirían, el soberano le indicó que se adelantara. El monarca marchó hacia sus aposentos para asearse. En el pasillo se encontró con Seregon y Ereb, al primero le informó que hablarían en cuanto concluyera la junta con los elfos y al sanador lo citó por la noche.

Por su parte, Lothíriel caminó a prisa y llegó hasta un viejo roble ubicado a un costado del palacio, allí la esperaba un grupo de pequeños elfos entusiastas, los cuales, la saludaron e inmediatamente se sentaron en círculo alrededor de ella. La elfa les sonrió tiernamente mirando sus rostros colmados de curiosidad y, entonces comenzó a relatarles algunas historias del pueblo elfo.

Se asustó cuando casi cayó del caballo, se sentía extenuada y el cuerpo le dolía, uno de los elfos se acercó a ella sosteniéndola e indicó al grupo que debían detenerse. Los miembros de la vanguardia, aunque en desacuerdo, detuvieron la marcha y descendieron ágilmente de los caballos aproximándose a Ivorwen.

-Lo lamento, necesito tomar un descanso.- se excusó la mujer pelirroja.

-Comprenda que no podemos parar con tal frecuencia. Tómese unos momentos para reponerse y enseguida continuaremos.- dijo irritado uno de los guardias quien ordenó al resto que dieran de beber a los caballos. Uno de los sanadores ofreció a Ivorwen comida y bebida, la cual, aceptó de buena manera. Los guardias permanecieron vigilantes.

Instantes después la comitiva reemprendía la jornada. El sol estaba por caer y, hasta el momento, el trayecto había sido tranquilo. Los guardias habían decidido cabalgar hasta bien entrada la noche, aprovechando los reportes de que, hasta el momento, el bosque se hallaba libre de criaturas oscuras. El grupo cabalgaba rápida y hábilmente entre la arboleda. El viento frío levantaba las hojas secas a su paso. Ivorwen había logrado restablecerse y mantenía firme el paso de su caballo.

La noche había caído y las estrellas eran la única luz en el denso bosque. Ivorwen tuvo que aguzar sus sentidos para dirigir adecuadamente al equino. Uno de los elfos guía hizo un ademán y el grupo se detuvo paulatinamente. Habló en aquella melodiosa lengua y, después se dirigió a la mujer.

-Descansaremos aquí y partiremos con los primeros rayos del sol.- le informó el guía.

Ivorwen asintió y se dispuso a bajar del caballo, no obstante, tenía el cuerpo entumecido y adolorido por lo que no podía moverse con soltura. Uno de los elfos de la retaguardia se acercó a ella ayudándole a descender. El resto de los elfos llevaron a los caballos junto al riachuelo para que bebieran. Asimismo, los sanadores preparaban brebajes para ayudar a los animales a aminorar la fatiga del viaje.

-Debemos ser precavidos.- dijo uno de los sanadores sentándose a un lado de Ivorwen.

-Entiendo.- desistió la joven quien se preparaba para encender una fogata.

-Duerme.- dijo el elfo entregándole una capa.

-¿De qué nos cuidamos?- preguntó Ivorwen notando el vaivén de los elfos.

-Por ahora, sólo de la imprudencia.- respondió el sanador.

Ivorwen se recostó cubriéndose con la capa, la que le proveyó una agradable sensación de calidez a su cuerpo, e inmediatamente se abandonó a un sueño profundo.