-Toma asiento Isilion.- indicó Thranduil la silla frente a la suya.

-La hija de Seregon me recuerda a Lothíriel, me parece que Eilinel puede llegar a desarrollar el don de la clarividencia, igual que mi hija. No obstante, debe ser adecuadamente entendido y encaminado; de otro modo podría convertirse en una maldición. Fue lo que pasó con mi hija, aunque procuramos instruirla, sin éxito debo agregar, las visiones se transformaron en una tortura sin tregua que le drenaba la energía vital, incluso Ilmen y yo llegamos a temer por su vida. Realmente nunca supimos proteger a Lothíriel, sin embargo, ella encontró la forma de confinar su don.- expuso meditabundo el Consejero Real.

-¿Quién podría protegernos de nosotros mismos?- reflexionó el Rey recargando el brazo sobre la silla y llevándose la mano a la sien.

-He venido a continuar con la conversación que iniciamos en el Consejo, si me permite.- anunció Isilion ante la mirada examinadora de Thranduil.

-Este espíritu errante del crepúsculo desea escuchar lo que tienes para decirme.- sentenció el monarca recordando la etiqueta empleada por el Consejero Isilion.

-Tari meletyalda (Majestad), debo advertirle que será un contenido difícil o incluso doloroso.- explicó Isilion con sus ojos grises puestos en los del Rey Elfo.

-Continua- ordenó Thranduil gravemente.

-Como sabrá, el Rey Oropher y la Reina Amanthil, lograron sitiar la fortaleza de Dol-Guldur donde se reproducían los sirvientes de Sauron diseminándose por el Reino del Bosque y tierras aledañas. Durante mucho tiempo combatieron a los orcos, trasgos, huargos, huruk-hai, arañas y murciélagos que envenenaban nuestra tierra y a nuestro pueblo. A su madre le fue concedido el don de la clarividencia, el cual, encauzó para poder prever los planes del enemigo y neutralizar sus efectos. Pero para ello debía escrutar en el mal y, a causa de eso, su alma era; por momentos, trémula.

La Reina Amanthil volvióse melancólica, temerosa y solitaria; su madre estaba menguando, el Rey Oropher desesperado desistió de la lucha contra el enemigo para concentrar sus energías en salvaguardar a la Reina, fue cuando el Bosque Verde fue infectó gravemente y los elfos casi perdimos las esperanzas. Entonces su madre tuvo una visión, una que desvanecería las penumbras en su corazón y, que le anunciaba la llegada de su hijo. La Reina volvió a florecer y se convirtió en una poderosa luz que volvió a franquear la lobreguez.

Gracias al amor de la Reina Amanthil, el Rey Oropher fue capaz de descubrir y potenciar su poder protector sobre el Reino del Bosque. Creo que su padre no era consciente de su don de guardián, aun cuando guiara y amparara a los elfos silvanos desde las tierras de Beleriand hasta el Bosque Verde. Me atrevería a comparar ese halo de protección con el que desplegara en su tiempo Melian la maia en el Reino de Doriath. Con el resurgimiento de los reyes, los elfos volvimos a enfrentarnos a los vasallos de Sauron, logramos replegarlos hasta la fortaleza de Dol Guldur, lugar en el que, los poderes conjuntos de sus padres consiguieron quebrantarlos y sanear el bosque.

Los reyes fueron conscientes que el mal sólo había sido paliado y, por lo tanto, tarde o temprano éste despertaría. El amor, es la explicación que encuentro para entender los dones de sus padres…amor de pareja, de padres, de reyes y protectores. El Reino del Bosque Verde prosperó y los Reyes fueron bendecidos con la llegada de su primogénito que vino a vigorizar ese amor.

-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil) ¿cómo murieron sus padres?- investigó seriamente Isilion.

-Lo sabes tan bien como yo ¿cuál es el punto?- indagó el Rey Elfo que había escuchado con atención las palabras de Isilion, aunque por momentos, parecía ausente.

-Le pido que conteste, es importante. Sobre todo dígame ¿qué pasó con su madre? Al volver de la guerra, pudimos rendirle honores a su padre caído pero, no hayamos el cuerpo de su madre, aunque en nuestro corazón sabíamos que ella había partido a las Estancias de Mandos…su pueblo siempre quiso conocer el destino de su Reina pero por respeto a su duelo desistimos de tal empresa.- inquirió Isilion mirando a los ojos al Rey.

-¿El pueblo o tú?, ¿sospechas que maté a mi madre?- dijo Thranduil con el rostro ensombrecido y levantándose de su asiento.

-No ponga palabras en mi boca sin que yo las haya pronunciado. Explíqueme ¿qué pasó con los reyes?- insistió el Consejero asombrado ante las palabras de Thranduil.

-¿Y si hubiese tenido algo que ver con sus muertes?, ¿qué pasaría?, ¿qué harías?, ¿derrocarías a este Rey indigno?- cuestionó el Rey Elfo con voz calmada pero con ojos inquisidores.

-Alteza ¿qué pasó con sus padres?- insistió Isilion firmemente confrontando a Thranduil.

-Pedin i phith in aníron, a nin ú-cheniathagir. (Puedo decir lo que quiera y no lo entenderías) Si desconfías de mí ¿cómo constatarás la veracidad de lo que pueda decirte? Nada cambiará el hecho de que están muertos.- pronunció el Rey con un murmullo amenazador.

-Thranduil porque te conozco confío en ti. Responde.- demandó Isilion con voz grave sin dejar de mirar al tempestuoso Rey que recorría frenéticamente el estudio.

Al escuchar las palabras del Consejero, se detuvo girándose para mirarlo, se aproximó lentamente hasta encararlo y con un movimiento de su brazo lanzó por los suelos uno de los quinqués que alumbraban su habitación. El sonido de cristales rotos atrajo la atención de los guardias que entraron a la habitación.

-¡Ego! (¡Largo de aquí!)- gritó iracundo el Rey Elfo a los guardias que inmediatamente abandonaron sus aposentos.

-Cabalgamos junto a los hombres para enfrentarnos a Sauron, pocos fueron los que quedaron en el Reino del Bosque. Debíamos cercar a la oscuridad antes de que ésta se apoderara por completo de la Tierra Media y todos sucumbiéramos. Mi padre fracasó en el intento de convencer a mi madre para que permaneciera en el bosque, ella argumentó que prefería morir luchando que escondiéndose, así que se unió a las tropas que marchamos hacia Mordor.

Sabíamos que el enemigo era más poderoso que nosotros, sin embargo, la voluntad y el valor movió nuestras espadas, dirigió nuestras flechas e inflamó nuestros corazones. La tierra se tiñó de sangre, cadáveres apilados por todos lados aliados y enemigos por igual. En varias ocasiones fuimos superados por los orcos y huargos, sin embargo, logramos reponernos. La batalla era cruel, la oscuridad era asfixiante e iba mermando nuestras fuerzas…observé a mi alrededor, vi los cuerpos destrozados de nuestro pueblo y las hordas de criaturas malignas no cesaban. Pude darme cuenta que un grupo de huruk-hai se aproximaban a donde se encontraba mi padre peleando. En mi distracción no percibí que me habían rodeado un gran número de orcos, sentí que algo me atravesó el brazo, una flecha me había herido, la trocé y empuñé mi espada reincorporándome al combate.

Cuando me liberé de ese nuevo ataque, mi padre luchaba con dificultad contra los huruk-hai, corrí hasta el lugar, pude ver una terrible herida que abarcaba casi por completo su abdomen, su armadura goteaba sangre pero seguía en pie combatiendo. Yo estaba paralizado ante la escena, no sé cuántas veces mi padre me gritó…fue hasta que cayó de rodillas frente a mí que pude volver a la realidad. Me arrodillé junto a él, mientras otros elfos vinieron en nuestra ayuda ahuyentando a las criaturas que nos acechaban, mi padre me miró casi ausente ante el indescriptible dolor de sus expuestas entrañas, puso su mano sobre mi corazón, sonrió y ubicó su espada en mi mano…

-Thranduil, tullen tye-rehtien (Thranduil, estoy aquí para ayudarte)- dijo Isilion perturbado y poniendo una mano sobre el hombro del Rey que en ese momento estaba de espalda al Consejero Real.

Thranduil se sobresaltó ante el contacto de Isilion, temblaba, se giró, su mirada era dolorosamente ausente, sus ojos se llenaban de lágrimas que se negaban a abandonarlos.

-Sentí las últimas fuerzas de mi padre apretar mi mano empuñando su espada y clavándola contra su pecho, al siguiente instante, mis manos se cubrieron con su sangre, estaba muerto.- determinó Thranduil retirando la mano de Isilion de su hombro.

-No necesito tu lástima. ¡Ani lerya! (¡Suéltame!)- se alejó el Rey Elfo hacia el ventanal de su estudio. Thranduil miró de reojo a Isilion quien parecía consternado.

-¿Sigues confiando en mí?- preguntó mordazmente el Rey con una sonrisa socarrona.

-¿Qué pasó con su Alteza Amanthil?- inquirió Isilion con el rostro turbado.

-Oí gritos, vi cuerpos mutilados a mí alrededor, otra flecha se clavó en mi hombro pero extrañamente no sentí dolor, sólo atinaba a observar incesantemente la sangre de mis manos. Era como si en realidad no estuviera allí… escuché una voz familiar que pronunciaba mi nombre con angustia, levanté lentamente la mirada y vi a mi madre que había sido capturada por un grupo de huruk-hai y huargos, era arrastrada hacia una de las cuevas cercanas.

Me levanté, di unos pasos y caí de rodillas; mis extremidades temblaban estaban lánguidas. Vi a mi madre intentar soltarse del agarre de esas abominaciones pero fue golpeada hasta que dejó de moverse, pude distinguir sus lastimeros suspiros, me arrastré entre los cuerpos ensangrentados hasta que logré incorporarme, mi madre era halada nuevamente por el cabello, estaba cubierta de sangre e inmundicia, ya no gritaba, sus ojos encontraron a los míos y vi lágrimas caer de ellos y algo pronunció por lo bajo.

Corrí tambaleándome, los huruk-hai aceleraron la marcha al verme, y de un tirón arrojaron a mi madre al interior de la cueva… seguí corriendo hasta que me acerqué, uno de ellos me atacó con un hacha, sin embargo, logré cortarle la cabeza con la espada de mi padre que aún no podía soltar, entonces, sentí el frío metal cortando profundamente en mi costado. Una de esas criaturas estaba a mis espaldas, cuando pensé que me asestaría el golpe final se detuvo, pronunció algo en su repugnante lengua y dos terribles huargos corrieron rabiosamente entrando a la cueva en la que yacía mi madre. Empuñé mi espada y corté las piernas del huruk-hai quien rio frenéticamente…escuché los desgarradores gritos de mi madre, los gruñidos de las fieras, el correteo y crujidos. Corrí hasta la entrada de la caverna y allí fui atacado nuevamente por un par de hurik-hai, a los cuales maté lo más rápido que me fue posible.

El silencio habitaba ahora esa cueva, podía sentir el corazón en la garganta, el vacío en el estómago y una corriente fría helando mis nervios. Yo lo sabía… vi dos pares de ojos rojos emerger de las tinieblas de esa cueva, me moví con sigilo y tomé uno de los arcos de los huruk-hai; ambos animales se abalanzaron, pude clavar una flecha en la cabeza de uno, el otro pasó de largo, coloqué una rodilla sobre el piso, apoye el arco y una flecha se incrustó en el pecho de la bestia.

Entré a la cueva, la obscuridad era casi absoluta, busqué el cuerpo de mi madre o lo que quedara de él. Lo único que pude percibir fueron las rocas salpicadas de sangre, la tierra humedecida con la misma y partes de su magullada armadura. Abandoné la caverna empuñé la espada y descuarticé a los huargos; nada más de ella encontré.

Lo único que recuerdo después de eso es haber despertado en el Reino del Bosque Verde…

-¿Qué piensas ahora de tu Rey?- examinó Thranduil observando sospechosamente por sobre el hombro a Isilion.

-Lo que pueda pensar yo, ahora no es relevante.- contestó el Consejero Real visiblemente consternado por el relato del soberano.

-Recuerdo que lo buscamos entre los vivos y los muertos, hasta que lo localizamos inconsciente a un costado del cadáver del Rey Oropher y rodeado de montículos de cuerpos del enemigo; estaba gravemente envenenado por las flechas orcas y con múltiples heridas. Creímos que lo perderíamos. Los ejércitos habían sido diezmados, atendimos lo mejor que pudimos a los heridos, recogimos a nuestros muertos y quemamos los despojos de las fuerzas oscuras. La ponzoña en el ambiente turbaba nuestras mentes e invadía la melancolía nuestros corazones, estábamos abatidos, a veces creí que ninguno podría regresar a nuestra tierra, la esperanza había sido mancillada.

Durante días y noches escudriñamos aquella tierra pero nada de la Reina Amanthil hallamos. Sentíamos la pesadez en nuestro espíritu y con desconsuelo decidimos emprender el camino de regreso al Bosque Verde. La vuelta fue silenciosa, doliente; la muerte se había llevado parte de nuestra alma…debimos enfrentar el sufrimiento de los elfos que aguardaban en el Reino del Bosque porque sabíamos que esperarían por la eternidad el retorno de sus seres amados.

El Bosque Verde se marchitó y nosotros con él. Sepultamos a los caídos, el Rey Oropher y la Reina Amanthil incluidos, durante dolorosas jornadas se entonaron elegías y después silencio, nada…ausencia. Algunos hubiesen deseado no despertar, me aventuraré a considerar su caso, mucho tiempo permaneció en el ensueño tratando de explicarse su aciago presente. Cuando finalmente abrió los ojos, su alma no estaba allí, no hubo lágrimas, ni lamentos, ni cuestionamientos o esclarecimientos…sabía que había despertado como el Rey Thranduil del Bosque Verde y, que importantes responsabilidades recaían sobre usted. Las memorias de aquellos lejanos tiempos son difusas en su mente porque su corazón erro en otras instancias…

-Te he otorgado el poder de esta información. Haz con ella lo que te plazca, no me interesa. Retírate.- sentención venenosamente Thranduil con la mirada puesta en el Consejero.

-Aranya Thranduil (Mi Rey Thranduil) creo que porque confía en mí me ha permitido conocer esa parte de su historia y lo agradezco profundamente. Antes de retirarme, debo advertirle que sea cuidadoso con lo que ha visto en sus sueños…lamento no poder ser más explícito al respecto porque hay cosas que aun no comprendo. Sólo quiero que sepa que cuenta con mi absoluta lealtad.- expuso con determinación Isilion.

-¡Ego! (Fuera de aquí).- exigió Thranduil colérico.

Isilion abandonó los aposentos del Rey, se sentía descorazonado y preocupado, caminó sin darse cuenta hacia dónde se dirigía. Ahora creía entender lo que había sucedido entre Thranduil y Lothíriel cuando los encontró en el claro y; el porqué de la reacción de su hija, seguramente había podido descubrir algo de la mente del monarca que la había angustiado. Sin duda, Lothíriel debía tener cuidado con aquellas visiones y sus interpretaciones.

Thranduil sentía que su cabeza explotaba, una rabia incontrolable le recorría el cuerpo y las imágenes de sus padres muertos se habían instalado en su mente. Bebió gran parte de la botella de vino, la arrojó contra la puerta y salió intempestivamente, miró amenazadoramente a sus guardias y éstos permanecieron en sus puestos. Al salir por el portón principal exigió su caballo y cabalgó furiosamente hasta perderse en el bosque. Imloth que estaba sentada mirando las estrellas en aquella fría noche otoñal se asustó al ver la imponente figura del Rey Elfo abandonar el palacio. Sabía que algo estaba mal, así que, se dirigió a las caballerizas y montó a su yegua blanca, pese a la oposición de los guardias; avanzó tras el Rey.