*Estimado lector, gracias.
-Nos resta día y medio de viaje para llegar a tu hogar. ¿Puedes describirnos cómo se manifiesta la enfermedad de tu gente?- preguntó uno de los sanadores a Ivorwen mientras comían.
-Por lo que hemos visto, el deterioro es paulatino y se presentan: fiebre, nauseas, falta de apetito, lesiones en la piel, confusión, convulsiones y después la muerte.- explicó la pelirroja con preocupación.
-Probablemente se trate de envenenamiento, aún no podemos asegurarlo. Si es eso, lo importante será atacar el origen.- opinó el sanador seriamente.
-Creo que debido a la emergencia nuestros sanadores se han concentrado en mitigar los síntomas y no han podido descubrir la causa principal. Escuché algunos de ellos hablar sobre un mal en la tierra que está afectando nuestros cultivos y, como consecuencia nuestra salud. Pero nadie sabe nada con exactitud. Lo más extraño es que los remedios parecían empeorar la enfermedad.-reveló Ivorwen con semblante cansado por el viaje.
-Señor ¿cree que lleguemos a tiempo?- preguntó la joven.
-Haremos todo lo que esté a nuestro alcance. Descansa un poco que pronto continuaremos el viaje.- dijo el sanador.
Hacía medio día que la comitiva había dejado atrás las fronteras del bosque y ahora viajaban por terreno abierto que les permitía moverse con mayor rapidez. Ivorwen se había habituado al escaso descanso y atendía con diligencia las instrucciones de sus acompañantes. Poco había podido relacionarse con los elfos pues los encontraba esquivos, lo único que se le ocurría era hacer preguntas continuamente y, aunque respondían siempre, había una especie de barrera que no le permitían cruzar.
Terminaron de comer y montaron sus caballos. Ahora que estaban más cerca, se sentía ansiosa, sin embargo, eso la impulsaba para seguir pese al cansancio. El sol brillaba pero el clima era frío, ahora que se alejaban del bosque y miraba atrás, una especie de niebla cubría la tupida arboleda, como si ésta se negara a ser descubierta. De pronto, escuchó que uno de los elfos de la vanguardia gritó indicando con el brazo extendido hacia su flanco derecho, los caballos relincharon ante el repentino movimiento. Al siguiente instante, un par de flechas negras se clavaron en el costado de la carreta, Ivorwen se alteró y casi soltó las riendas del equino.
Los elfos se colocaron en formación de diamante alrededor de la carreta y de Ivorwen. La joven confundida sólo siguió cabalgando, entre el tumulto no podía ver con claridad a los atacantes, los elfos apuntaban con sus arcos y disparaban. Levantó la vista, vio varias flechas negras surcar el cielo que al caer se clavaron en la tierra. Su caballo relinchó cuando éste pisó una lanza con punta metálica. Ivorwen respiró profundo se aferró fuertemente con las piernas al animal, agarró su arco, aguzó sus ojos y pudo distinguir seis pares de orcos montados en enormes lobos. Los arqueros apuntaban a las bestias pues una vez derribados, los orcos serian blancos fáciles, sin embargo, abatir a uno de esos animales requería de varias flechas dirigidas a la cabeza o al pecho.
La joven pelirroja levantó su arco, colocó una flecha y disparó, ésta se incrustó en la tierra cerca de una de las patas del huargo. Dicha acción atrajo la atención de uno de los elfos que iban en la punta, hizo un ademán para que otro lo cubriera y se acercó a Ivorwen.
-No podemos desperdiciar flechas. Debes cubrirte con la carreta.- dijo el agitado guardián.
-Creo que nos quieren dar caza a todos. Así que pelearé.- apuntó con determinación Ivorwen.
-Si te pones en peligro, nos pones en peligro a todos.- advirtió el elfo.
-Por favor, si caigo en la escaramuza, sólo lleven la ayuda a mi pueblo.- pidió la joven pelirroja, dándose cuenta que los huargos rodeaban la formación.
Ivorwen espoleó su caballo y se dirigió al costado derecho de la carreta donde un lobo con su jinete orco se acercaban amenazadoramente, entonces apuntó la flecha hacia la cabeza de la bestia y disparó acertando en el ojo. El animal lanzó un escalofriante aullido y en un arranque de furia saltó hacia la mujer, instantes después una flecha le atravesó la garganta a la fiera, la cual, cayó peligrosamente cerca del caballo de Ivorwen que tuvo que saltar para esquivarlo.
La principal preocupación eran los huargos, aunque no la única, pues una concentración de orcos corrían a gran velocidad detrás de ellos. Además resguardar la carreta con las provisiones y medicamentos era de suma importancia para cumplir con la encomienda. Y ahora que la mujer se involucraba en la refriega y, confiando en sus habilidades, podrían hacer movimientos con mayor soltura. Los elfos debían usar con presteza sus arcos para abatir a las bestias y, después deberían combatir cuerpo a cuerpo con los orcos.
El conductor de la carreta le pidió a Ivorwen que se acercara y le entregó una espada. Con ello supo que se le daba un voto de confianza y no pensaba defraudarlos. Guardó la espada y volvió a empuñar el arco, notó que la mayoría de los elfos se habían dispersado y unos cuantos custodiaban la carreta. La joven decidió cubrir el costado derecho cuando un jinete orco se lanzó contra ella saltando del huargo alcanzó a sostenerse de las riendas, el caballo respingó e Ivorwen clavó la flecha con su mano en el brazo del orco, el cual, se soltó y fue rematado por un elfo de la retaguardia.
El huargo se dirigió hacia la carreta y en dirección contraria otro. Uno de ellos fue derribado por las flechas de los elfos guardianes pero el orco logró alcanzar la carreta y apuntó su arco contra el conductor. Ivorwen dirigió su flecha contra el orco y logó asestarle en la cabeza. Sin embargo, uno de los huargos se arrojó contra su caballo derribándolo junto a ella, la caída fue por demás dolorosa, pero de inmediato se levantó y alejó. La bestia propinó la última mordida mortal al caballo. La joven temblaba de pies a cabeza, sabía que sin su equino sería cuestión de tiempo para que cayera muerta.
Buscó con la mirada su arco y flechas, descubrió que éstos habían caído a unos metros y corrió lo más rápido que pudo hasta ellos, escuchó el aullido del enorme lobo detrás suyo, cogió el arco y la única flecha cercana, pero sintió que el animal daban un brinco, se agazapó y en cuanto la bestia estuvo delante, clavó la flecha entre ambos ojos. Ivorwen cerró los ojos ante la cercanía de las fauces del huargo; de pronto sintió un fuerte tirón y al siguiente instante cabalgaba junto a un elfo.
-Muy osado de tu parte.- dijo el elfo.
Ivorwen cabalgaba a espaldas del elfo, al cual tomaba fuertemente de la cintura, mientras intentaba calmar su cuerpo tembloroso. Había perdido su arco y eso le hacía sentirse terriblemente inútil, aunque conservaba la espada ésta no podría usarla hasta en tanto el enemigo no estuviera lo suficientemente cerca. El elfo montaba ligero y usaba su arco con rapidez y certeza.
-¿Estás herida?- investigó el elfo cuando disparó una flecha a un huargo dándole justo en el pecho.
-No lo sé, no lo creo.- atinó a contestar la joven, ya que, la adrenalina producida por el peligro no le había permitido detenerse a pensar en ello.
Despegó la cara de la espalda del elfo y pudo observar una mancha negra detrás del grupo, sólo quedaban un par de huargos en pie. Pudo sentir las ráfagas producidas por las flechas que caían en los alrededores, los caballos relincharon…
-Sujétate fuerte.-ordenó el elfo acelerando el paso del caballo esquivando las flechas.
-Será mejor que retrocedamos y vayamos directo contra los orcos.- gritó Ivorwen desenvainando su espada.
Las flechas pasaban cada vez más cerca de sus cuerpos, podía escuchar los aullidos de bestias y orcos. Con desconcierto observó que los elfos no sostenían sus arcos, pese a que aún había huargos amenazándolos, ahora las espadas eran empuñadas, los caballos aminoraban el paso e incluso otros iban a la caza directa de los orcos.
-Se nos han agotado las flechas, sujeta tu espada.- informó el elfo con preocupación.
Ivorwen empuñó la espada con su mano derecha mientras que con la otra se sujetaba del jinete. Otra lluvia de flechas pasó silbando, el caballo trastabilló y sus patas delanteras se doblaron lanzando al elfo y a la mujer por los aires. El caballo había sido alcanzado por las flechas justo en sus patas delanteras. El elfo se levantó rápidamente empuñando su espada corrió en dirección a la joven mujer que yacía sobre el campo inmóvil, pero antes de que pudiera llegar a ella, un grupo de orcos le atacó con lanzas y mazos, el guardián logro salir bien librado del combate. Corrió nuevamente hacia Ivorwen que se había sentado tambaleándose, se arrodilló para quedar a su altura, su rostro tenía sangre, estaba visiblemente aturdida y una de sus piernas parecía estar rota. De pronto, la mujer pelirroja arrojó su espada y justo a un lado de la cabeza del elfo atizó una herida mortal a un horrible orco que se acercaba a ellos.
-Vamos tenemos que movernos de aquí.-advirtió el elfo sacando la espada de Ivorwen del cuerpo del orco y entregándosela.
-Lo siento señor, me temo que mi pierna se ha quebrado no puedo moverme.- explicó Ivorwen con lágrimas en los ojos.
-Te ayudaré… debemos llamar a otro jinete para que vayas con él y, en todo caso, será mejor que viajes en la carreta.- aseveró el elfo ayudando a Ivorwen a incorporarse, ésta lanzó varios gritos de dolor, pues al estar de pie su pierna colgaba espeluznantemente desde su espinilla.
La carreta estaba bastante lejos de su posición, los demás jinetes elfos se perdían entre la reyerta con los orcos. Un árbol de grueso tronco llamó su atención, por ahora, quizá sería mejor que la mujer se ocultara allí.
-Vamos iremos hacia ese árbol. Allí podrás refugiarte.- dijo el centinela que con el brazo de Ivorwen rodeó su cuello y la aferró por la cintura para ayudarla a andar. No obstante, la joven no podía caminar pues con cada movimiento su pierna rota oscilaba produciéndole un severo dolor.
-¡Cuidado!- gritó Ivorwen al percatarse que un orco montado en un lobo disparaba una flecha hacia ellos.
El elfo abrazó a la mujer cubriéndola con su cuerpo y la flecha se incrustó en el hombro de éste. Ambos cayeron al suelo, empuñaron sus espadas y cuando el huargo estuvo encima de ellos, el elfo clavo la espada en la garganta de la bestia mientras Ivorwen le apuñaló en el pecho; el animal cayó inerte sobre sus cuerpos. La joven pelirroja volvió a lanzar un gemido de dolor pues su pierna había quedado atrapada por el peso de la fiera. El elfo se removió y consiguió zafarse. De inmediato apuñaló al orco aturdido que hacía unos instantes montaba al huargo.
-Te sacaré, será doloroso, pero es la única manera.- advirtió el centinela, cuya flecha incrustada en el hombro había empezado a envenenarlo.
-Señor está herido…- habló Ivorwen, cuando sintió que su pierna casi se desprendía de su cuerpo debido al fuerte arrastre del elfo para liberarla; gritó, las lágrimas empaparon su rostro cubierto de sangre y sudor. Cuando su cuerpo estuvo despejado del peso de la bestia miró su pierna y notó horrorizada que uno de sus huesos sobresalía de ésta.
El elfo estaba pálido y sudaba profusamente, el veneno iba minando poco a poco su cuerpo. Por lo que pudo observar, los huargos habían sido abatidos, ahora los elfos combatían a los numerosos orcos. No pudo determinar si alguien más de la comitiva se encontraba herido, ahora debía moverse con la joven hacia el árbol. Rasgó parte de su casaca e improvisó un vendaje para inmovilizar la pierna de Ivorwen que, tendida en el piso lloraba de dolor.
-Debemos llegar al árbol allí podrás descansar.- aseguró el elfo cargando cuidadosamente a la mujer.
-Gracias señor.- dijo la adolorida Ivorwen aferrando uno de sus brazos alrededor del cuello del elfo mientras con la otra sostenía ambas espadas.
Cuando estuvieron detrás del robusto tronco del árbol, él la depositó en el suelo, agarró su espada y se dispuso a reincorporarse a la batalla.
-Señor, permítame ayudarlo. No soy experta, pero sé que esas flechas están envenenadas y deben ser removidas rápidamente.- dijo Ivorwen recargada sobre el árbol.
El elfo la observó, clavó su espada en la tierra, se sentó junto a ella permitiéndole revisar la herida. Ivorwen descubrió el hombro del elfo, la flecha se había trozado, alrededor de ésta la piel estaba ennegrecida y la herida supuraba.
-Debo retirar la flecha.- aseguró la joven.
-Hazlo.- asintió el elfo.
Ivorwen sostuvo firmemente la flecha y de un tirón la arrancó, el elfo suspiró adolorido y, del corte escurrió una sustancia negra, la joven presionó fuertemente para drenar la mayor cantidad de veneno, hasta que finalmente la sangre brotó roja. Colocó un trozo de tela de su traje sobre la herida del elfo.
-Creo que es lo mejor que puedo hacer.- anunció Ivorwen.
-Gracias, debo volver. Quédate aquí, vendremos por ti.- dijo el elfo tomando su espada y corriendo hacia el campo de batalla.
Ivorwen volvió a recargarse sobre el tronco del árbol, alzó el rostro hacia el cielo y comenzó a llorar. La incertidumbre del destino de la misión le carcomía los nervios, no podían fracasar, la supervivencia de su pueblo dependía de la ayuda que los elfos pudieran proporcionarle. Escuchó el galope de los caballos, el choque metálico de las espadas, los gritos de los elfos, los gruñidos de los orcos… agarró su espada, la puso frente a sus ojos y el reflejo de los rayos del sol la deslumbró. Ese resplandor atrajo la atención de un orco que corrió hacia allá, el elfo que había estado con la joven se percató de las intenciones de la criatura y lo siguió velozmente. Ivorwen escuchó el correteo cercano, se tensó, empuñó la espada, se arrastró dolorosamente y de un costado vio al espantoso orco con una estaca en mano, se acercó con sigilo gruñendo; ella hizo algunos aspavientos con la espada, se remolcó; el orco sonrió malévolamente levantando el arma, Ivorwen cerró los ojos e instantes después la cabeza del orco cayó sobre su regazo.
-Por ahora, se ha terminado.- anunció el elfo.
-¿Están todos bien?- preguntó Ivorwen, echando lejos la cabeza del orco.
-Aún no lo sabemos. La carreta junto con algunos elfos se adelantó. Por lo pronto, apilaremos los despojos de esas inmundicias y los quemaremos. Debemos reagruparnos rápidamente, no podemos estar seguros si más criaturas vienen hacia acá. Vamos.- explicó el elfo.
Ivorwen se irguió con ayuda del elfo y lentamente se encaminaron hacia donde estaban reunidos el resto de la compañía. En cuanto llegaron, fueron recibidos por un sanador que inmediatamente examinó la pierna de la joven y la herida en su cabeza. Ivorwen pudo observar a tres elfos que eran atendidos por otro de los curadores, dos heridos por flechas y uno más mordido por un huargo. Además notó la ausencia de al menos tres caballos. El resto de los guardianes reunían los cadáveres del enemigo y preparaban el fuego.
La chica pelirroja comenzó a llorar, en el momento en el que el sanador vertió un poco de agua limpiando la fractura expuesta. Después colocó una especie de aceite y volvió a vendar firmemente su pierna. El corte en su cabeza fue aseado y suturado. Se sintió realmente enferma cuando el humo de los cuerpos carbonizados entró en sus pulmones entonces su estómago se revolvió y vomitó.
En un par de horas anochecería, tenía miedo, ¿y si más orcos llegaban?, ¿y si la carreta y los sanadores habían sido atacados?, ¿y si no conseguían llegar con la ayuda?
-Preocuparte no servirá de nada. Ahora debemos pensar ¿qué haremos con lo que tenemos?- dijo el elfo entregándole un cuenco con agua.
-La hipótesis del Rey Thranduil se ha comprobado los hombres están siendo utilizados como cebo. Esta emboscada fue planeada. Por ahora, el objetivo parece ser quebrar a los hombres primero y después seguiremos nosotros. Ahora podemos suponer de dónde proviene el mal que aqueja al pueblo de Ivorwen, la clave será develar la argucia que se ha empleado. Posiblemente en el Valle nos aguarde otra emboscada y, francamente dudo que podamos resistirla.- explicó el guía de la expedición al elfo que había peleado junto a la mujer.
-Lo sé, pero no podemos abandonarlos a su suerte.- dijo el elfo herido.
-No pensaba hacerlo. Tenemos órdenes claras. La cuestión es ¿debemos enviar ahora mismo a un mensajero al Rey o esperamos hasta iniciar las pesquisas en el Valle?- discurrió el centinela seriamente.
-Considerando la situación, es preciso enviar al mensajero lo más pronto posible para que informe sobre los acontecimientos y así, dar tiempo al Rey a que resuelva el siguiente movimiento. Por ahora, debemos prepararnos para reiniciar el viaje y trazar un plan en caso de que más criaturas de Sauron puedan estar esperándonos.- propuso el elfo.
-Me parece adecuado, así lo haremos. Comencemos por improvisar unas camillas para trasladar a los heridos, usaremos madera, cuerdas y nuestras capas; las ataremos a los caballos para que estos las transporten. ¿Cómo está la mujer?- señaló el líder del grupo.
-Tiene una pierna fracturada en muy mal estado, al sanador le preocupa y, tiene un corte en la cabeza que ya fue atendido. Es fuerte y demostró gran tenacidad durante la emboscada, después de todo tantas preguntas sobre batallas, armas y caballos parecen haberle sido de utilidad…por lo menos a dos de nosotros nos protegió- opinó el elfo mirando a la joven pelirroja que ayudaba a los sanadores a colocar paños húmedos sobre la frente de los elfos envenenados por las flechas.
-Ya veo…vamos comencemos con los preparativos para marcharnos lo antes posible.- dijo el líder de los centinelas.
