*Estimado lector, gracias por tu tiempo.

-No podemos detener la marcha. Es trascendental que los suministros lleguen al pueblo del Valle, de otra forma, la misión habrá fracasado. Seguiremos.- habló el conductor de la cerreta.

El grupo que se había adelantado con los suministros contaba con tres sanadores y dos guardianes. Uno de los sanadores conducía la carreta, mientras los otros elfos cabalgaban junto a ésta. Aún faltaba poco más de un día de viaje que debían realizar a través de la planicie, hubiesen preferido hacerlo entre la arboleda pues ésta les proveía un camuflaje natural, sin embargo, debían exponerse a campo abierto, confiar en sus sentidos y habilidades.

Uno de los jinetes observó a lo lejos una columna de humo, los despojos de esos monstruos ardían, por lo que supo que el grupo de la retaguardia debía estarse reorganizando para alcanzarlos. Pese a que no les agradaba la idea de detenerse debían hacerlo pronto, ya que, sus animales demandaban reposo luego de la refriega; aunque probablemente eso les daría tiempo al grupo de centinelas de acortar la distancia entre ellos.

-Descansaremos aquí Elendë.- advirtió Seregon, señalando un lugar en el que dos recios robles crecían tan cerca el uno del otro que difícilmente alguien podía cruzar entre ellos.

-De acuerdo.- convino el Consejero Real.

Ambos elfos descendieron de sus caballos, escrutaron cuidadosamente a su alrededor, tomaron algunos implementos de las alforjas, sus arcos y treparon a las ramas entrelazadas de los árboles.

-¿Qué opinas Seregon?- preguntó Elendë ofreciendo al Capitán el odre repleto de agua fresca.

-Mis ojos no han visto nada pero eso no es suficiente en estas circunstancias.- respondió gravemente el Capitán de la Guardia bebiendo el agua.

-Lo sé, algo se mueve en la penumbra.- dijo apesadumbrado el Consejero.

-¿Lembas? Fueron hechas por Luinil.- invitó Seregon.

-Hantalë (Gracias) Seregon. ¿Cómo lo haces?- preguntó Elendë refiriéndose a la familia del Capitán.

-Es paradójico, pero hago lo que hago por ellas, aunque ello me aleje. Reconozco que no es fácil, aún menos para Eilinel, pero es mi forma de protegerlas y procurar su bienestar.- aseguró el soldado.

-Respetables son tus decisiones. Me aventuraré a opinar lo siguiente: la cercanía del amor de ellas te asusta y necesitas alejarte porque no crees merecerlo. He observado el amor que los une y creo que tu presencia ilumina sus corazones. Eilinel es muy pequeña, aunque estoy seguro que eres buen padre, es ahora cuando más se necesitan.- reflexionó el Consejero Real ante el semblante serio del Capitán.

-No me había detenido a pensar en algo así… quizá haya algo de realidad en tus palabras.- meditó Seregon.

-Yo no he tenido hijos porque no podría soportar la congoja que me atormentaría, sabiendo del mal latente que subyace en nuestro mundo y, que éste podría arrebatarme lo que más amo. Soy un cobarde egoísta.- confesó Elendë para sorpresa del soldado.

-Consejero; a cada uno nos impulsan o paralizan nuestras ambiciones o miedos. Lo que no concibo es dejar que éstos condicionen nuestra felicidad. Desde mi perspectiva, las batallas que hemos tenido que enfrentar me han enseñado que debo ser capaz de ver la luz aún en la más infranqueable oscuridad.- reflexionó el Capitán de la Guardia.

-Interesantes pensamientos Capitán.- dijo Elendë.

Ambos elfos permanecieron sobre las ramas y allí descansaron. El bosque estaba tranquilo, las hojas se movían lentamente acariciadas por la suave brisa, el aleteo de las aves que volaban de árbol en árbol, el canto de los pájaros y los crujidos de las hojas secas revueltas por los animales que deambulaban entre el follaje, nada hacía sospechar que el mal pudiera estarse gestando por aquellas tierras.

-¿Qué esperas que encontremos en Dol Guldur?- interrogó Seregon.

-No estoy seguro. Debemos ser astutos para ver a través de la lobreguez, si ésta ha despertado, probablemente intentará manipular nuestros sentidos para evitar ser delatada.- analizó Elendë.

La flecha dio justo en la diana, levantó nuevamente el arco con agilidad y disparó, esta vez la flecha se incrustó sobre la otra partiéndola por la mitad. Entrenó hasta que anocheció, sin duda, la elfa era una excepcional arquera. Los elfos que se encontraban también en el campo de entrenamiento la rodearon y observaban. Para muchos resultaba una seductora combinación la cándida belleza de Lothíriel y su letal maestría con el arco.

Al poco tiempo, el campo de entrenamiento rebosaba de interesados elfos que buscaban participar de la improvisada competencia de tiro con arco en diferentes modalidades. La más atractiva resultó ser aquella que debía hacerse sobre el caballo en movimiento. Lothíriel acertó en los diferentes blancos; distancia, movimiento, dificultades y bullicio; no hicieron mella en su concentración. No obstante, cuando terminó de hacer sus tiros, siguió galopando hasta internarse en el bosque para desconcierto de los elfos.

Lothíriel quería estar sola, se alejó del palacio rumbo a uno de los afluentes del río. Cuando llegó descendió del enérgico caballo palomino, caminó por la ribera, la brisa fría movía su larga cabellera azabache, cerró los ojos y pudo escuchar con nitidez la incesante corriente del agua. Se sentía molesta y triste ante la actitud de Elmoth, habían sido amigos por largo tiempo, conocía su carácter huraño pero había algo diferente en él, algo que ella no alcanzaba a reconocer.

Sentía culpa por la amargura de Elmoth, ella había creído ser clara con sus acciones para no ilusionarlo, pero al parecer había fracasado y lo estaba hiriendo. Se habían conocido en épocas aciagas, cuando el padre del orfebre pereciera en la Batalla de la Última Alianza, y éste se abandonara a la melancolía. Lothíriel procuró acompañarlo, escucharlo, hasta que el elfo pareció más estable. Elmoth se volvió protector y celoso cuando de la elfa se trataba, sin embargo, se desvivía en atenciones hacia ella; cuestión que a Lothíriel le incomodaba pues se sentía de algún modo obligada a corresponder de una manera que no creía.

Sintió que la corriente del río impregnaba su vestido y su piel. Últimamente se sentía confundida, juzgaba con pericia aquello que se negaba a reconocer en sí misma. Caía en la cuenta de los errores propios pero no lograba aprender de ellos, o quizá se negaba a ser consciente de los mismos. Actualmente, depositaba la responsabilidad de sus emociones en Elmoth y Thranduil. No comprendía, aferrarse a una esperanza, un anhelo o un sueño; de nada servía esperar porque éstos no llegaba por sí mismos si detrás no había un corazón brioso que fuera tras de ellos. Y su corazón hacía mucho tiempo que esperaba… ¿cuánto más estaba dispuesta a hacerlo?, ¿hasta que el mundo se convirtiera en la utopía deseada podría entonces ser feliz o, la erigiría aún pese a que la tierra a su alrededor se desmoronara?

Quizá deseaba protección, como lo pensara Elmoth, y su asistencia a los demás, sólo satisfacía un deseo egoísta de sentirse amada, necesitada y reconocida. Esa reflexión la indignaba. ¿Acaso realmente existían las acciones desinteresadas? Lo dudaba… a toda acción subyace un deseo pero, no todos están dispuestos a reconocerlo, prefieren ser apreciados como mártires de la bienaventuranza.

-¿Lothíriel, manen natye? (¿Lothíriel, cómo estás?)- preguntó Elmoth aproximándose a la delicada figura de la elfa.

-Aiya Elmoth…- respondió Lothíriel sin abandonar su postura y ojos cerrados.

-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- preguntó con preocupación el elfo, colocándole su capa sobre los hombros.

-Elmoth, me halagan tus atenciones y tu amistad para mí es invaluable. Lamento que mis inseguridades te estén lastimando, nunca fue mi intención. Pero debo ser clara contigo… - dijo la elfa abriendo sus bellos ojos y mirando al elfo.

-Vá Lothíriel (No lo hagas Lothíriel)… dame la oportunidad de hacerte feliz- advirtió Elmoth con impotencia, caminando de un lado a otro.

-Mi felicidad sólo me concierne a mí. Elmoth, goheno nin (perdóname), no puedo corresponder a tus sentimientos.- declaró Lothíriel mirando los aspavientos crispados del elfo.

-¿Cómo lo sabes si ni siquiera lo has intentado?- inquirió el elfo tomando las manos de la elfa.

Pero Lothíriel no contestó, únicamente se limitó a mirar y a escuchar a Elmoth. El elfo parecía verdaderamente consternado y furibundo.

-Avon (me niego) a aceptarlo. Entiende,alassenyan (por favor),melin tye (te amo). ¿Eso no significa nada para ti?- examinó el elfo con los ojos nublados.

- ¡Daro Elmoth! (¡Basta Elmoth!) Deja de hacerte daño.- expresó Lothíriel.

-¡Maldición irás a buscarlo y, una vez que retoces en su lecho! ¿Qué pasará? Eres más que eso Lothíriel.- añadió el elfo estrictamente.

-Cuida tus palabras Elmoth.- pidió Lothíriel caminando hacia su caballo.

En ese instante Elmoth lanzó su daga hacia uno de los árboles cercanos, de dónde provenía un leve sonido, Lothíriel empuñó su arco, disparó una flecha que rauda desvió de su objetivo el arma, un pequeño conejo blanco que se asomaba de su madriguera, el cual, ante la agitación se internó nuevamente en ella. La elfa colocó el arco sobre su espalda y montó su caballo de regreso.

-¡No lo permitiré Lothíriel!- gritó Elmoth iracundo.

-Alassëa lómë Anardil (Buenas noches Anardil), ¿podría hablar con el Rey?- preguntó Lothíriel que, inmediatamente después de regresar del bosque se dirigió al despacho de Thranduil.

-Amin hiraetha Lothíriel, Aran Thranduil (Lo siento Lothíriel, El Rey Thranduil) no puede recibirle, en este momento, está muy ocupado.- dijo el centinela.

-Anardil ¿en qué instante puedo verlo?- averiguó Lothíriel impaciente pues sabía que era complicado obtener una audiencia con el Rey, a menos que se tratara de asuntos concernientes al reino.

-No sabría decirlo con exactitud, Su Alteza tiene asuntos importantes que atender que lo mantienen absorto la mayor parte del día y la noche. Lo que puedo hacer es transmitirle su mensaje, si lo desea.- explicó el Jefe de la Guardia Real, quien se reincorporaba a sus actividades después del incidente con Thranduil.

-¿Podría decirle que he venido a buscarlo?- expuso la hermosa elfa.

-Lo haré, tenna rato (hasta pronto).- se despidió el guardia marchándose al despacho del Rey.

Lothíriel se despidió decepcionada, deseaba hablar con Thranduil, aclarar tantos asuntos pendientes y devolverlos a la realidad. Pero, eso debía esperar… como siempre, como hasta ahora. Caminó de regreso a su hogar y, de pronto un llanto desconsolado, parecía tratarse de un pequeño elfo…

-¿Lothíriel, veleth nin? (¿Lothíriel, cariño?)- dijo Ilmen observando a su hija de pie a unos metros.

-Nana (Mamá) ¿oyes eso?- preguntó la elfa cuyo rostro lucía una terrible palidez.

-Ielling (hija mía), calma. ¿Qué escuchas?- averiguó su madre agarrando las manos de su hija.

-Naneth (Madre), un llanto.- advirtió Lothíriel con angustia.

-Veleth nin (cariño), yo no puedo escucharlo. ¿Qué deseas que hagamos?- apuntó Ilmen tomando la barbilla de su hija y sonriéndole con ternura.

Lothíriel miró los expresivos ojos azules de su madre y comenzó a llorar al percatarse que se trataba de una visión. Se dejó caer de rodillas, su madre se sentó a su lado y la abrazó. Sabía lo mucho que esas visiones asustaban a su hija, por alguna razón, éstas siempre eran horrorosamente catastróficas.

-A tulë sira ielling (Ven aquí hija mía). Recuerda que las visiones no son absolutas, pueden o no suceder. Tranquila pequeña, estoy aquí.- aseguró su madre.

Lothíriel seguía escuchando el llanto que parecía volverse cada vez más desesperado, situación que le provocaba angustia pues quería calmarlo, consolarlo… su cuerpo comenzó a arder internamente como si sus nervios se hubieran convertido en combustible que se evaporaba al contacto con el fuego, el miedo le nublaba el juicio; no podía pensar en nada más, su estómago se encogió, le faltaba la respiración…

-¿Qué ha sucedido?- preguntó Elmoth corriendo hacia donde estaban Lothíriel y su madre.

-Por favor, ayúdame a llevarla a casa.- pidió Ilmen al elfo.

Elmoth se agachó y con gentileza cargó a Lothíriel llevándola hasta su hogar, su madre le indicó al elfo que la depositara sobre la cama. Ilmen levantó cuidadosamente la cabeza de su hija para darle un poco de agua, la cubrió con las sábanas y se sentó junto a ella intentando tranquilizarla.

-¿Puedo hacer algo más?- averiguó Elmoth con notable preocupación.

-Únat (Nada), hannon le (gracias). El resto debe hacerlo por sí misma. An ngell nîn (Por favor), déjanos a solas.- pidió Ilmen.

-Estaré cerca, avíseme, si puedo hacer algo más.- dijo Elmoth antes de retirarse.

-Lothíriel, mi hija, que la portentosa luz de los Valar ilumine tu corazón en las horas aciagas, que encuentres paz para tu alma, tus raíces son firmes, no temas, el amor te protege y te guiará en tu propósito.- recitó Ilmen besando cariñosamente la helada frente de su hija.

-Naneth (Madre), lo prometió… no lo dejes solo…- musitó Lothíriel angustiada en su seminconsciencia.

Ilmen no supo a lo que se refería, sólo atinó a abrazarla y volver a cantar como cuando era una niña. Isilion entró a la habitación observó a su hija y a su esposa, dedujo lo que estaba sucediendo y en silencio se acercó a ellas, tomó asiento al otro costado de Lothíriel, agarró su mano y la besó. Así permanecieron hasta que la elfa de ojos grises logró conciliar el sueño.

Lothíriel había tenido visiones desde muy temprana edad: muerte, tortura, destrucción, persecución y decadencia; era lo que se le presentaba. La pequeña elfa lloraba, a veces en silencio y otras en brazos de sus padres. Huía de casa para evitar acongojarlos, escapaba en busca de paz y el bosque se convirtió en testigo de sus pesares. Reconoció los rostros de aquellos que fenecerían en guerras por venir, vio el sufrimiento de la ausencia y el vacío del dolor.

La pequeña Lothíriel se aisló del mundo, no quería salir de casa para no ver las caras de aquellos que pudieran aparecer en sus visiones, dejó de hablar porque temía expresar lo innombrable, quería ocultarse de la oscuridad tal vez sólo así no podría encontrarla, quería evitar ser vista porque se sentía culpable de la calamidad que no sabía evitar.

Pero el mundo se empeñaba en buscarla y en descubrirla. Su padre había modificado sus actividades para estar la mayor parte del tiempo junto a su hija, por eso, la instrucción de un pequeño elfo rubio se llevó a cabo en su casa. Desde la puerta de su habitación asomaba tímidamente para observar al niño elfo de largos cabellos rubios y esplendorosos ojos azules, el Príncipe Thranduil, del cual su padre era preceptor. El Rey Oropher había accedido a que su hijo se trasladara a la casa del Consejero Real dado la situación por la que atravesaba la hija de éste.

Thranduil era un pequeño con una mente ávida e inteligente que debía ser adecuadamente satisfecha y estimulada. El Príncipe visitó la casa del Consejero varias veces antes de poder darse cuenta de la presencia de una pequeña elfa de grandes ojos grises que parecía observarlo con curiosidad, oculta tras la puerta de una habitación. Sin embargo, cada que él la miraba ella se escondía inmediatamente, no comprendía las razones.

El Consejero se percató de la curiosidad de ambos y, aunque no quería presionar a su hija, consideró que debía acercarlos. Fue por su pequeña a la habitación en la que siempre se escondía al ver al Príncipe; Lothíriel se encogió detrás de la puerta al percibir las intenciones de su padre, entonces, apareció Thranduil para sorpresa de ambos. La elfa lo miró nerviosa, Thranduil le sonrió y se presentó, no obstante, Lothíriel no respondió y se escondió atrás de su padre.

El Príncipe e Isilion salieron de la habitación y siguieron con las lecciones. Thranduil la miraba todo el tiempo por el rabillo del ojo y le sonreía cada vez que sus ojos se encontraban. Conforme el tiempo pasaba Lothíriel se sentaba en el piso junto a la puerta y escuchaba con atención a su padre y al Príncipe discurrir sobre variados temas. Poco a poco se fue habituado a la presencia del elfo rubio, aunque aún no se acercaba a él o le hablara, Thranduil parecía tener siempre una sonrisa sincera para ella y eso le agradaba. Cuando el pequeño Príncipe intervenía en algún tema o relataba alguna historia la involucraba con la mirada, la hacía parte de ese momento.

Tiempo después ella permanecía atenta a la ventana de su casa aguardando la llegada del elfo rubio, en cuanto lo veía acercarse ambos sonreían y Lothíriel se dirigía al lugar de siempre. Thranduil se sentaba en el piso también aunque a distancia y, allí ambos atendían diligentemente las enseñanzas de Isilion. Cuando éstas concluían y los guardias reales llegaban por el Príncipe éste les solicitaba tiempo, el cual, empleaba para leerle historias a la pequeña elfa. Al terminar, Lothíriel se ponía de pie y hacía una delicada reverencia a Thranduil como una forma de agradecimiento.

Thranduil platicaba con Lothíriel aunque ésta no le respondiera, de alguna forma se las arreglaba para comprender sus silencios y expresiones. Ambos pequeños habían hallado una forma de comunicarse. La elfa parecía cada vez más animada y permitía la cercanía del Príncipe. Isilion los observó jugando y correteando por la casa hasta que en el rostro de su hija se dibujaba una gozosa sonrisa. A la hora de la cena, corría hasta Thranduil lo jalaba del brazo hasta llevarlo a la mesa y le servía los alimentos hábilmente preparados por su madre.

En una ocasión Thranduil llegó a casa del Consejero Real y emocionado tomó a Lothíriel de la mano y corrió hasta la puerta, sin embargo, la elfa se dejó caer pues no quería abandonar su hogar. Thranduil salió, se agachó y tomó entre sus manos a un pequeño pájaro que aún no sabía volar pero que, por algún motivo, yacía indefenso sobre el bosque. Abrió sus manos y se lo mostró, Lothíriel se incorporó, titubeó, entrelazó sus manos elevándolas hasta el pecho y atravesó el portón después de mucho tiempo. Cogió al ave y delicadamente la acarició, elevó sus claros ojos grises y sonrió al Príncipe.

Había temporadas en que Thranduil debía ausentarse, su formación, disciplina e instrucción; exigían desarrollar nuevas habilidades, perfeccionar las aprendidas y pasar tiempo con su padre, el Rey Oropher, era parte fundamental. Sin duda Lothíriel extrañaba su presencia y todas las tardes se alejaba unos metros de distancia de su casa con la indefensa ave entre sus manos, se sentaba a esperar y a observar a los otros pájaros. Su madre, Ilmen, la acompañaba y le ayudaba a cuidar del animalito.

Una noche Lothíriel, oyó un rumor proveniente de la ventana de su habitación, se levantó inquieta de la cama y con sigilo se acercó, se asomó y para su asombro distinguió a un elfo de cabellos de plata agazapado a un costado de su ventana. Ella tocó la cabeza de Thranduil y éste se sobresaltó cayendo de espaldas sobre la hierba, Lothíriel sonrió entretenida. El Príncipe le extendió la mano para que salieran a observar la luna, que aquella noche ofrecía su cara más esplendorosa, bañando al bosque con su luz blanquecina. La elfa vaciló pero tomó la mano de Thranduil y se alejaron de casa.

Corrieron cuidadosamente para evitar ser vistos, al parecer las lecciones del Príncipe estaban siendo puestas en práctica no precisamente para los motivos ideales. Lograron escabullirse, Thranduil sostenía su mano y de vez en cuando la miraba sonriéndole y hablándole de un lugar en el que un fragmento del cielo parecía haberse caído sobre la tierra, eso la emocionaba. Cuando llegaron estaban fatigados, Lothíriel miró a su alrededor, se encontraban en un claro del bosque por donde fluía tranquila e incesante el agua del río. Thranduil le pidió que se acercara a la ribera, lo que allí contempló la maravilló. El agua reflejaba el fulgor de miles de estrellas coronadas por una fastuosa luna llena, tuvo que tocar el líquido para cerciorarse que en efecto se tratara del río.

Lothíriel rompió su mudez; llevaba tanto tiempo en silencio que incluso había comenzado a olvidar el sonido de su voz, y agradeció al Príncipe del Bosque Verde. Thranduil se sentó a su lado, le tomó la mano, ambos sumergieron los pies en el agua fresca y se recostaron sobre la hierba observando el cielo hasta que se quedaron dormidos. En aquella ocasión se armó un gran alboroto debido a la ausencia de los pqueños Thranduil y Lothíriel. No obstante, antes de que se emprendiera la búsqueda, la Reina Amanthil comunicó al Rey Oropher el paradero de su hijo.

El Rey y el Consejero Isilion se dirigieron al sitio indicado, cuando arribaron pudieron ver a sus hijos tranquilamente dormidos. El monarca se acercó a su hijo y tocó suavemente su rostro, Thranduil se removió abriendo un poco los ojos reconociendo a su padre, miró a su lado y Lothíriel descansaba ya en brazos de Isilion. El Rey Oropher cargó a su pequeño y regresaron al palacio. A partir de aquella ocasión el Príncipe fue vigilado más de cerca, las lecciones con el Consejero se llevaban a cabo con un guardia apostado dentro de la casa de éste, motivo por el que Lothíriel se retrajo nuevamente y optó por volver a escuchar desde la habitación.

Si algo había aprendido Lothíriel de Thranduil era atreverse a apreciar las dificultades como oportunidades para una nueva aventura. Así que, durante un tiempo estuvo ideando la manera de acercarse al Príncipe para ir nuevamente a explorar el bosque. En una ocasión su padre debía asistir a Consejo con el Rey, Lothíriel pidió a éste que la llevara a ver al hijo del monarca, Isilion solicitó autorización y le fue concedida, cuando estuvieron allí la elfa fue conducida a la habitación del Príncipe Thranduil, en cuanto el guardia se ausentó, ambos aprovecharon la oportunidad para amarrar los extremos de las sábanas y atarlas a un pilar del gran ventanal de la habitación.

El elfo descendió primero seguido de la elfa, una vez sobre la hierba, corrieron internándose en la arboleda hasta alcanzar un afluente del río, donde Thranduil propuso a Lothíriel que nadaran, sin embargo, ella no sabía. El elfo rubio se sumergió al río de un salto y nadó hábilmente, mientras la pequeña lo observaba sorprendida desde la orilla con los pies remojados en el agua. Thranduil atrapó varios peces y se los enseñó, el elfo volvió a zambullirse pero, percibió un chapoteó inusual en el agua, emergió y se dio cuenta que Lothíriel era arrastrada por la corriente río abajo. Thranduil nadó lo mejor que pudo tras ella pero no podía alcanzarla, decidió salir del agua y correr por la ribera, la pobre elfa agitaba los brazos con desesperación cada que el agua cubría su rostro, el afluente era cada vez más agitado y peligroso pues había rocas y troncos a su paso. De momento, Thranduil perdió de vista la figura de Lothíriel y se asustó. Sobre aquella parte del río un tronco robusto yacía sobre el agua con algunas de sus raíces todavía ancladas a la tierra; Thranduil se montó sobre éste y pudo ver que la atemorizada elfa se aferraba precariamente a una de las ramas, el elfo rubio corrió hacia ella y extendió su brazo para alcanzarla, Lothíriel logró sostener la mano del Príncipe y con una de sus piernas pudo apoyarse sobre el tronco, la rama se quebró pero Thranduil consiguió subirla.

Se retiraron a la orilla, Lothíriel tosía para sacar el agua que había tragado, después ambos se tendieron bajo el sol para secarse. Thranduil se levantó y se internó en el bosque, después de unos minutos volvió con las manos repletas de arándanos y grosellas, los lavó en el río y los compartió con Lothíriel quien estaba un poco más relajada. Thranduil bromeó con la elfa mencionando que por un tiempo no necesitarían beber agua. De regreso, ambos platicaban entusiasmadamente y planeaban su siguiente lance. No obstante, Thranduil observó a la distancia la figura de su madre que se acercaba a ellos y se tensó.

La Reina Amanthil y Thranduil acompañaron a Lothíriel hasta su casa, ésta se despidió dando un beso en la mejilla al elfo rubio, el cual se sonrojo y bajó la mirada, hecho que dibujó una tierna sonrisa en el rostro de su madre. Ilmen, la madre de Lothíriel, agradeció la compañía y entró con su hija a casa. La Reina advirtió a Thranduil sobre el peligro al que se habían expuesto innecesariamente, le pidió que evitara las fugas y que hablara con su padre al respecto.

La amistad entre ambos pequeños se fortaleció, Thranduil se convirtió en un puente para Lothíriel, uno que le permitió reconciliarse con su realidad, se transformó en el fulgor que revitalizó su espíritu y fortaleció su esperanza. Junto a él los miedos eran suplidos por risas, juegos y fechorías; experiencias que le ayudaron a reforzar los cimientos que la mantendrían en pie.

Thranduil descubrió con ella la fortaleza y el dolor de saberse caído, levantarse y seguir; comprendió la capacidad de empatizar con el sufrimiento ajeno sin haberlo experimentado o si quiera poder describirlo, experimentó el desafío de atreverse a mirar en la oscuridad sin quedar cegado por ésta, apreció el sincero agradecimiento y la amistad incondicional.

Lothíriel nunca comentó a Thranduil sobre sus premoniciones, aunque éste preguntaba el motivo de sus malestares, no hubo explicación alguna. Thranduil acompañó y cuidó de la pequeña cuando parecía melancólica. A cambio, Lothíriel era cómplice de sus travesuras y, al final del día, siempre había una sonrisa franca y afectuosa para él.

-Hir vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), Lothíriel ha venido a buscarlo deseaba hablar con usted, le comuniqué que estaba ocupado y se retiró.- informó Anardil entrando al despacho del Rey, quien se encontraba reunido con el Consejero Lenwë, discutiendo las últimas medidas que se habían adoptado respecto a la seguridad en el reino.

-Entiendo... espero la lista de los elfos que se encuentran ausentes o han salido en los últimos meses del bosque. Puedes retirarte.- indicó el Rey.

-Como ordene Aran Thranduil (Rey Thranduil).- dijo el Jefe de la Guardia Real.

-Aranya (Mi Rey), los elfos han sido oportunamente informados, han adoptado las precauciones debidas aquellos que se han internado en el bosque y, con el regreso de Elmoth el orfebre, no hay ninguno que esté fuera de las fronteras del Reino del Bosque, claro a excepción de las comitivas que usted ha dispuesto.

-Y eso deberá permanecer así hasta nuevo aviso.- aclaró el Rey.

-Desde luego. Además tengo pendiente la reunión con Elmoth, de la cual le mantendré oportunamente enterado.- indicó el Consejero.

-Eso espero.- señaló el monarca inmerso en la lectura de pergaminos.

En cuanto el Consejero se retiró, Thranduil observó por la ventana de su despacho, estaba inquieto, así que decidió ir a casa de Lothíriel.

-Alassëa lómë (Buenas noches) ¿Me permitirían ver a Lothíriel?- se anunció Elmoth ante los padres de la elfa.

-Ella está descansando.- dijo Isilion.

-Sólo quiero dejarle esto.- indicó Elmoth una pequeña flor de jara.

-Está bien, adelante.- aprobó Isilion conduciendo al elfo a la habitación donde dormía su hija acompañada de su madre.

Ilmen se dispuso a salir de la habitación, tocó el hombre de Elmoth e indicó que procurara no despertarla. El elfo de ojos azules se quedó mirando a la delicada elfa que dormía cubierta por sábanas blancas, respiraba tranquilamente pero tenía una expresión de desamparo en su bello rostro y tímidas lágrimas fluían sobre los costados de sus ojos. Se acercó lentamente, atoró la flor en los cabellos negros de ella acariciándolos, se sentó a la orilla de la cama, se inclinó, secó suavemente sus mejillas delineando con sus dedos el contorno de la barbilla de la elfa, observó los finos rojizos labios de ella y los besó gentilmente; provocando que Lothíriel se despertara sobresaltada.

-¡Daro (Detente), no te permito esa clase de comportamiento con mi hija. Ego (Fuera de aquí)!- habló furioso Isilion entrando a la habitación de la elfa seguido por el Rey Thranduil.

Elmoth se disculpó, sin embargo, al salir dirigió una sonrisa socarrona al Rey que lo miraba gravemente.

-¡No dirweg! (¡Ten cuidado!)- advirtió inflexiblemente Thranduil.

-¿Manen natye Lothíriel? (¿Cómo estás Lothíriel?)- preguntó Isilion con semblante enfadado a su hija que parecía confundida y desorientada.

-Nan, adar, naneth… ¿man-ie Aran Thranduil?, ¿Prestad?, ¿Gwestol? (Pero, padre, madre… ¿qué pasa Rey Thranduil?, ¿Hay problemas?, ¿Lo prometes?)- preguntó Lothíriel levantándose de golpe de la cama y corriendo a los brazos de su padre en medio de un llanto incontrolable.

-Tranquila vanimelda (hermosa), estoy aquí contigo, calma…-dijo Isilion abrazando protectoramente a su hija.

-Adar ¿Mi van me? (¿Dónde estamos?)- preguntó angustiada su hija.

-En casahodo-ninya (mi corazón).- respondió Isilion ofuscadamente.

- I lassi lantar… ¿Gwestol?, ¿Gwestol? An ngell nîn. (Las hojas caen… ¿Lo prometes?, ¿Lo prometes? Por favor.)- suplicaba Lothíriel ahogada en llanto.

-Av-'osto, veleth nin. (No te preocupes, cariño).- afirmó Isilion.

Lothíriel temblaba, estaba pálida, fría y sus ojos anegados en dolorosas lágrimas. De pronto se desvaneció. Thranduil ayudó a Isilion y cargó a la elfa recostándola nuevamente sobre la cama. Ilmen entró inmediatamente a la habitación y colocó un paño húmedo sobre el rostro de su hija que aún inconsciente no dejaba de llorar.

-Goheno nin Thranduil. (Perdóname Thranduil)- murmuró Lothíriel para sorpresa del soberano.

-Enviaré a alguien para que traigan a un sanador.- indicó el Rey saliendo de la habitación.

-Nan, Aran Thranduil(Pero, Rey Thranduil…)- dijo Isilion.

-Iston (Lo sé) Isilion, no podemos remediarlo, pero al menos debemos intentar aminorar su malestar.- explicó el monarca, saliendo de la casa y ordenando a un joven elfo que buscara a Ereb.

Ilmen, madre de Lothíriel, había comenzado un ritual de sanación elevando plegarias a Ilúvatar y a los Valar para que protegieran el alma de su hija y la guiaran para que pudiera encontrar el propósito de sus visiones. Thranduil e Isilion observaban, éste último con desasosiego. Ereb, el sanador, llegó unos minutos después y se incorporó a las actividades que había iniciado la madre de ésta, preparó infusiones para elevar su temperatura, colocó unas hojas en las sienes de la elfa y continuaron con el rito. Paulatinamente Lothíriel fue calmándose hasta quedarse dormida.

-Amin hiraetha Aran Thranduil (Lo siento Rey Thranduil) ¿puedo saber el motivo de su visita?- cuestionó el Consejero Real.

-Me informaron que Lothíriel había solicitado hablar conmigo.; aunque evidentemente eso tendrá que esperar. Ereb quedarás a cargo de su cuidado mientras lo requiera. - respondió el Rey mirando a la elfa que era arropada por su madre.

-Nai ayuval maara. Nai Eru varyuva le. (Recupérate pronto. Que Eru te guarde)- dijo Thranduil acercándose a Lothíriel y tomando su mano suavemente.

-Hantalë hîr vuin Thranduil (Gracias mi señor Thranduil)- expresó Isilion observando la cara de preocupación del monarca.

-Manténganme informado de cualquier novedad. Isilion entenderé si deseas tomarte un receso de tus obligaciones. Novaer (Adiós).- se despidió Thranduil de la familia para retomar sus innumerables diligencias.

-Namarië Aran Thranduil (Adiós Rey Thranduil).- respondieron los presentes.