Estaban aproximándose a la entrada del pueblo del Valle, la comitiva que acompañaba la carreta había seguido el camino sin que el resto de los miembros les hubiese dado alcance. Pretendían llegar lo antes posible para iniciar las gestiones. Desde el ataque de los orcos el camino había transcurrido en aparente calma, sin embargo, los elfos permanecían todo el tiempo alertas ante cualquier suceso.
Cabalgaron hasta que pudieron divisar las casas construidas con madera, paja y adobe. La comitiva se detuvo momentáneamente para evaluar el paisaje y peinar la zona. El lugar parecía desierto, silencioso y triste, además no pudieron apreciar señales del enemigo, así que decidieron reemprender la marcha para ingresar al pueblo de los hombres.
Las casas estaban distribuidas por una planicie no muy extensa, rodeada por árboles y nutrida por un río caudaloso. La población estaba en crecimiento, en su mayoría integrada por jóvenes, dirigida por los miembros más viejos y letrados. La gente del pueblo del Valle procuraba la autosuficiencia, esto es, el cultivo de la tierra, la cría de ganado, la caza y, el intercambio de mercancías con elfos y enanos. Además era un pueblo que se había tenido que defender de los embates de las fuerzas oscuras en diferentes ocasiones, provocando pérdidas irreparables.
Los elfos ingresaron con reserva por una especie de arco construido con madera y piedra en el que podía leerse el nombre del pueblo. El lugar estaba extrañamente silencioso, ninguna persona cercana podía verse, una atmósfera de lobreguez podía respirarse en aquel sitio. Algunas de las casas daban la impresión de estar abandonadas desde hacía mucho tiempo, había algunos animales muertos y otros en estado deplorable que vagaban por el lugar. Los elfos descendieron de los caballos para comenzar a examinar el sitio.
Entraron con sigilo a las casas más cercanas, lo que encontraron allí les estremeció, un par de cuerpos yacían sobre el suelo entre las cosas revueltas, por el estado de descomposición parecían llevar ya algunos días muertos. Los centinelas necesitaron cubrirse la nariz y la boca para atenuar el olor putrefacto. Se acercaron a los cadáveres y pudieron ver varias heridas que presumiblemente les habrían provocado la muerte; inmediatamente empuñaron las espadas y salieron de aquella casa para reunirse con los otros elfos que habían ido a averiguar a otro espacio.
Se reunieron cerca del camino principal del pueblo, los elfos habían encontrado otros cuerpos que no parecían tener herida alguna, por lo que supusieron habrían fallecido por la enfermedad que azotaba a los hombres. Los sanadores y centinelas continuaron inspeccionando las casas, las cuales, daban la impresión de haber sido saqueadas. Por los estrechos caminos que circundaban el pueblo localizaron más cadáveres, los elfos comenzaron a sospechar que la gente de aquel lugar había sido atacada, probablemente por la cuadrilla de orcos que los había emboscado. Quizá, después de todo, habrían llegado demasiado tarde.
Los guardias fueron reuniendo los cadáveres en el camino principal para después cavar un foso y sepultarlos. Los sanadores se dirigieron hacia la casa de mayor tamaño, al entrar pudieron distinguir una pequeña sombra que desapareció en las escaleras que conducían al sótano. Rápidamente bajaron las escaleras y fueron amenazados por varios hombres de aspecto enfermizo, detrás de éstos un numeroso grupo de mujeres, niños y ancianos se refugiaban. De pronto, un hombre pelirrojo lanzó un grito para que el resto de los suyos se detuvieran, había reconocido a los elfos del Bosque Verde.
-Marilmanna (Bienvenidos a nuestra tierra) y gracias por atender a nuestro llamado de auxilio.- anunció el hombre pelirrojo.
-Venimos de parte del Rey del Bosque Verde a ofrecerles nuestra ayuda.- explicó uno de los sanadores.
-Hannon le meldor (Gracias amigos). Mi nombre es Belthil embajador del pueblo del Valle.- se presentó el hombre de aspecto sumamente delgado y demacrado que parecía sólo estar sostenido por la esperanza.
-Señor, hemos traído provisiones pero necesitamos que nos explique lo que está pasando en este lugar.- dijo el elfo mirando los rostros de desesperación de la gente hacinada en el sótano.
-Hemos sido aquejados por una enfermedad que nos va menguando poco a poco y no logramos erradicar. Nuestros curanderos han trabajado en una posible cura pero sólo han logrado prolongar la agonía de aquellos que la han contraído. Nuestros campos no han producido y los animales están muriendo de la misma forma que nosotros. Además hace dos días fuimos atacados por un grupo de orcos, algunos de los hombres que aún podían blandir las espadas los repelieron, mientras nosotros evacuábamos a la mayor cantidad de personas que pudimos. Mis señores, nuestro pueblo pende de un hilo.- explicó angustiado el embajador.
-Entiendo. Mis compañeros están investigando el pueblo y, al parecer, no hay rastros de orcos. Pero sí hay muchos muertos, lo siento. Considero que debemos distribuir a la gente para comenzar a revisarlos.- expuso el sanador.
Las personas comenzaron a desfilar fuera de la casa y observaron a los centinelas apilando los cuerpos de los caídos en la refriega con los orcos. Muchos quisieron correr a despedir a sus seres queridos pero les fue prohibido para evitar agravar la enfermedad. Se dispusieron algunas casas como enfermerías donde fueron separados los más graves. Los sanadores comenzaron a entrevistar y revisar a los enfermos, la mayoría estaba en condiciones lamentables. En cuanto los guardias terminaron de sepultar a los muertos se incorporaron a las labores de clasificar y distribuir los víveres entre la gente.
Hambrientos y enfermos como estaban, a la mayoría le resultaba difícil incluso levantarse para llevarse la comida a la boca, por lo que los elfos debían asegurarse de que comieran. Las personas, especialmente los niños, observaban con curiosidad y recelo a los elfos, pues muchos de ellos nunca los habían visto.
-Señor, soy padre de Ivorwen la joven que envié como mensajera, ¿dónde está ella?- preguntó Belthil mientras era atendido por uno de los sanadores.
-La conozco, ella era parte de la caravana. No obstante, en el trayecto fuimos emboscados por orcos y huargos, por ello nos vimos en la necesidad de separarnos para asegurar que los suministros llegaran. La joven junto a otros miembros de la comitiva se enfrentaron a los agresores y no hemos sabido de ellos. Estoy seguro que llegaran en cuanto les sea posible.- respondió el sanador.
La principal preocupación de los sanadores era procurar restablecer las energías de la gente para que sus cuerpos coadyuvaran con los tratamientos que pudieran suministrarles. Las lembas eran repartidas entre toda la población, ya que, saciaban, eran nutritivas y vigorizantes. Un preparado herbal se les daba de beber para curar las infecciones y atenuar la fiebre.
-No podemos esperar hasta que lleguen los demás, debemos comenzar con la investigación en el pueblo. Me parece, aunque no estoy seguro, que se trata de envenenamiento y habrá que descubrir lo antes posible su causa. Por ahora la luz del día nos ayudará… tendremos que estar atentos.- dijo el sanador con preocupación.
Los elfos corrían de un lado a otro atendiendo a los enfermos, colocando paños húmedos, arropando, alimentando, dando de beber y disponiendo las tisanas. La situación era verdaderamente crítica, los elfos sospechaban que incluso algunos de los enfermos no lograran sobrevivir hasta el siguiente día. El sanador hubiese preferido quemar todas las pertenencias que habían estado en contacto con los enfermos y los cadáveres, sin embargo, debían evitar convertirse en un punto de atracción y permanecer como el pueblo fantasma que los orcos creyeron haber dejado.
Sólo uno de los guardias se permitió retirarse del campamento y recorrer el pueblo a pie. Belthil le explicó sucintamente la conformación del poblado, antes de caer inconsciente por la fiebre. El elfo se dirigió a los principales puntos de interés: los pozos estaban secos, las tierras de cultivo estériles, los establos estaban vacíos, los pocos animales de granja dispersos por diferentes sitios, las armerías revueltas y los graneros desocupados. Cuando se disponía a salir de éste último, escuchó un sonido peculiar, se encamino cuidadosamente hacia el sitio de dónde provenía, removió la paja y encontró el cuerpo inerte de una mujer en cuyos brazos lloraba débilmente un bebé. El elfo lo cargó e inmediatamente lo llevó hasta el campamento.
-Estaremos llegando para el crepúsculo al Valle.- dijo el guía de la expedición.
Los elfos y la mujer que se habían quedado para enfrentarse al embate de las fuerzas oscuras habían tenido que cabalgar con lentitud para atender a los heridos. Los centinelas lesionados padecían los síntomas del envenenamiento por las flechas orcas, de modo que los sanadores debían buscar entre la vegetación algunas hierbas para paliar el malestar. Ivorwen había tenido que resistir los fuertes dolores en su pierna rota provocados por el movimiento de la camilla improvisada en la que viajaba. Uno de los centinelas había sido enviado de vuelta al Reino del Bosque Verde para informar de los acontecimientos al Rey Thranduil.
-¿Qué pasó?- preguntó el sanador al ver entrar agitadamente al elfo con el bebé en brazos.
-Lo he encontrado en uno de los graneros junto al cadáver de una mujer, se ve muy frágil.- explicó el guardia.
El sanador cogió al pequeño, comenzó a asearlo para bajarle la fiebre, una mujer se acercó y le ayudó a sostener al bebé que no paraba de llorar, mientras el elfo se apresuraba a preparar una fórmula. Regresó y diligentemente le administró el preparado. Finalmente el niño se calmó y fue recostado cerca de la mujer. Así pasaron las horas, los elfos asistían sin descanso a los enfermos, los guardias se turnaban para vigilar los alrededores del pueblo y enterrar a los fallecidos que iban encontrando en el camino.
Uno de los centinelas pudo escuchar a lo lejos el sonido de cascos, trepó al tejado de la casa y pudo divisar a la cabalgata de elfos. Descendió y dio aviso al resto de sus compañeros que se encaminaron a la entrada del poblado para recibirlos. Después de unos minutos las figuras de los caballos y sus jinetes fueron apareciendo justo cuando se ponía el sol. Cuando el grupo cruzó el arco con el nombre del pueblo se detuvieron, bajaron inmediatamente de los animales y fueron a revisar a los heridos.
Los lesionados fueron conducidos al albergue. La pierna de Ivorwen tenía muy mal aspecto, los elfos envenenados por las flechas orcas recibieron de inmediato el tratamiento y sus heridas fueron drenadas. El resto de la comitiva bebió y comió para después reorganizar las actividades a realizar.
-Señor ¿ha visto a un hombre de nombre Belthil?, es mi padre.- preguntó angustiada la joven mujer, cuya pierna había empezado a infectarse produciéndole fuerte dolores y fiebre.
-Lo he visto, tranquila, ha sido atendido.- respondió el sanador que revisaba meticulosamente las lesiones de la mujer.
-Quiero verlo, por favor.- pidió Ivorwen con lágrimas en los ojos.
-Por ahora, es mejor que permanezcas quieta para que las curaciones hagan efecto y no te lastimes más.- dijo el sanador. Ivorwen intentó levantarse y el elfo la tomó de los hombros para impedírselo.
-Necesito ver a mi padre, suélteme.- reclamó la joven alterada.
-¡Basta! La situación es desesperada y debemos de mantener la calma. Ya te he dicho que tu padre está siendo atendido por nuestra gente. Todos necesitan reposo y tú entre ellos. Dime ¿en qué podrás ayudar a tu padre si tenemos que cercenar tu pierna?- respondió el elfo con irritación.
Ivorwen se dejó caer sobre la sábana, tapó su rostro con el antebrazo y comenzó a llorar, el elfo continuó con la curación de su pierna. El elfo solicitó la asistencia de otro, vertió un líquido sobre un paño, pidió que se lo colocara a la mujer sobre la boca y la nariz, así lo hizo pese a las protestas, finalmente ésta se durmió paulatinamente. El sanador pudo manipular los huesos fracturados, remover el tejido infectado y reacomodar la pierna.
-Estamos muy vulnerables.- dijo el centinela que ayudaba al sanador.
-Lo sé, el pueblo fue atacado por los orcos antes de que llegáramos. Quizá se haya tratado de la misma cuadrilla que nos agrediera.- dijo el sanador seriamente al guardia que había llegado con el grupo de la retaguardia.
-No lo creo, los huargos hubieran olfateado a las personas que se escondieron y entonces habríamos encontrado sólo cadáveres…- opinó el centinela.
-Tienes razón no fueron los mismos, estos parecían provenir del Brezal Seco y los que nos emboscaron probablemente venían del este. Quizá estemos mordiendo el anzuelo, si nos sitian, esto será un calamidad.- reflexionó el guía de la expedición.
-¿Qué propones que hagamos? No podemos desplazarnos, si nos acorralan sólo nos queda idear una estrategia para defendernos desde aquí. Los hombres están muy enfermos como para tomar las armas.- expuso el otro centinela.
-Quizá ya estemos sitiados en el propio Bosque Verde… estas criaturas transitan por las tierras circundantes al Reino, es lo que hemos averiguado hasta ahora. Probablemente esta sea la oportunidad de alertar a los nuestros de lo que podría avecinarse. Sólo esperemos que el mensajero llegue a tiempo con el Rey Thranduil.- analizó el sanador mientras atendía a los elfos lesionados.
Lothíriel esperó a que sus padres salieran de su habitación, abrió los ojos y precipitadamente se levantó, se vistió con el traje de viaje, tomó su arco y flechas; deslizándose por la ventana se encaminó hacia el bosque. La noche ocultó su presencia, trepó a un árbol, imitó el sonido de un pájaro para llamar a su caballo, pudo escuchar que el animal relinchaba dentro de las caballerizas y salía corriendo a su encuentro. Bajó del árbol, en cuanto vio al equino montó rápidamente y partió a todo galope. Los palafreneros cabalgaron tras el corcel desbocado, no obstante, no pudieron alcanzarlo y decidieron detener la marcha.
La elfa galopó los más rápido que pudo por un largo trecho, entonces, sintió que alguien la tomaba de la cintura, le quitaba las riendas y detenía la marcha del animal. Lothíriel se asustó y trató de zafarse del agarre.
-¡Á pusta!, ¿manna lelyalyë? (¡Detente!, ¿a dónde te diriges?)- preguntó el guardia.
-Ani lerya, an ngell nîn. (Suéltame, por favor.) Es urgente que llegue al pueblo del Valle, llevo un mensaje.- expuso Lothíriel.
-El Rey Thranduil ha ordenado que nadie abandone el Bosque Verde. Tienes que volver.- advirtió el guardia.
-Iston (Lo sé), no pretendo ser insolente, pero he tenido una visión y debo ir inmediatamente. An ngell nîn (Por favor), asumiré las consecuencias de mis actos. Debo ir, no hay tiempo que perder.- explicó Lothíriel.
Los centinelas reflexionaban y cuestionaban las afirmaciones de la elfa, sin atreverse a tomar una decisión. Las órdenes del Rey eran explícitas y debían cumplirse sin excepción alguna.
-¿Por qué no has dado aviso al Rey?- inquirió el centinela.
-No es una situación que pueda aseverar que sucederá y no quiero arrastrar a nadie más conmigo en esta empresa.- expuso la elfa.
-De acuerdo, avisaré a mis compañeros y te acompañaré a los linderos del bosque, después tendrás que seguir tu sola. ¿Estás consciente del peligro?- averiguó el elfo.
-Lo estoy, av-'osto,hantanyel. (No te preocupes, te lo agradezco.)- mencionó Lothíriel.
-¿Eres la hija del Consejero Isilion?- preguntó el centinela.
-No, im Lothíriel (Así es, soy Lothíriel)- respondió la elfa.
-Espera un momento, no te vayas, ahora regreso.- pidió el guardia trepando al árbol más cercano hasta que se perdió de vista.
Lothíriel sacó un trozo de pergamino y escribió algunas líneas sobre éste. Escuchó un caballo acercarse en la oscuridad del bosque, el guardia retornaba.
-Veo que has salido de prisa, así que, he traído para ti algunas cosas que te serán útiles.- sugirió el soldado entregándole a la elfa una alforja que contenía un odre, algunas lembas y una espada.
-Hantalë (Gracias) ¿Podrías entregarle esto a mi padre?- pidió la elfa dándole el trozo de pergamino al centinela.
-Se lo entregaré a otro de mis compañeros para que lleven de inmediato tu mensaje ¿estás de acuerdo?- preguntó el elfo.
-Ná,an ngell nîn. (Sí, por favor).- contestó la elfa observando a un centinela localizado sobre la rama de un árbol cercano. El elfo entregó a su colega el mensaje y éste se perdió entre la floresta.
-¿Lista? ¡Vámonos!.- dijo el soldado saliendo a todo galope seguido por Lothíriel.
¿Qué habría querido decir Lothíriel cuando se disculpaba con él?, ¿de qué estaría siendo testigo? Apenas le había sido revelado por Isilion, lo que por mucho tiempo había atormentado a la elfa.
-Aran Thranduil (Rey Thranduil) todo está listo para que certifique los inventarios de los almacenes.- anunció Lenwë, el Consejero Real, entregándole al monarca un pergamino con el listado de suministros imprescindibles con los que debía contar el pueblo para hacer frente a la inminente temporada invernal.
-Nácë (Eso parece).- reveló el soberano revisando someramente el pergamino, haciendo a un lado otros documentos e incorporándose para ir a los almacenes.
Los almacenes del Reino del Bosque Verde se encontraban en los sótanos del palacio, donde había numerosas bóvedas y cámaras reforzadas, pensadas principalmente como depósitos y refugios en caso de algún ataque al pueblo del bosque. En otro de los niveles subterráneos se encontraban algunas celdas donde eran enviados los transgresores, sospechosos y delincuentes. Este pasadizo estaba casi permanentemente vacío, debido al íntegro comportamiento de los elfos, salvo raras excepciones.
El Rey debía llevar a cabo la importante labor de constatar que las reservas estuvieran adecuadamente surtidas con aquello que demandaba su pueblo para asegurar su bienestar durante la estación invernal. Lenwë e Isilion le asistirían en dicha tarea, no obstante, en esa ocasión Anardil debía suplir al padre de Lothíriel.
El Rey Thranduil pasó varias horas recorriendo y verificando que todo estuviera en orden. Los elfos de la comitiva indicaban procedencia, cantidad y prioridad de los productos. Asimismo le informaban sobre lo que se había consumido en la misma época la temporada pasada, los faltantes y lo sobrantes. Esa información facilitaba el conocimiento del comportamiento de su pueblo. Al concluir la revisión todo parecía estar adecuadamente preparado, por lo que, el monarca otorgó el visto bueno a dichas gestiones.
Otra preocupación rondaba los pensamientos del monarca, las armas, si la maldad se estaba levantando debían estar a punto. El Rey se dirigió junto a Anardil a los cuarteles para cerciorarse del estado de las defensas del Reino del Bosque.
-Anardil requiero que los soldados, armas, armaduras y caballos estén preparados para resistir una grave crisis. Coordínate con los Consejeros para que orienten al pueblo sobre las rutas de evacuación hacia las bóvedas, ¿está claro?- ordenó Thranduil al Jefe de la Guardia Real, mientras recorrían las armerías y el campo de entrenamiento.
-Enseguida me encargaré.- respondió el elfo haciendo una reverencia y retirándose.
Thranduil se sentía cansado, ciertamente las jornadas siempre eran extenuantes, pero los recientes acontecimientos, la falta de sueño y las raquíticas comidas que era capaz de consumir, lo acentuaban. Solo en el campo de entrenamiento tomó una espada, arco, flechas y resolvió practicar. La madrugada era fría, el sudor empapaba su cuerpo luego de algunas horas, agarró arco y flechas y disparó lo más rápido que pudo a los diferentes blancos distribuidos por la zona pero, la última flecha fue desviada de su objetivo por una daga.
-¿Aran Thranduil (Rey Thranduil) entrenando solo? No es propio de la realeza- preguntó Elmoth acercándose al monarca.
-Pensé que ya estarías intentando huir.- mencionó el soberano.
Elmoth recogió su daga la guardó en el cinturón y empuñó su espada caminando en círculos alrededor del soberano. Thranduil le miró, sonrió de lado aceptando el reto y sacó su espada. Ambos elfos intercambiaron rápidos movimientos con sus espadas, el sonido metálico invadía el lugar, en otro lance las espadas chocaron, Elmoth sacó su daga e hizo un corte superficial en el brazo del Rey, el elfo sonrió con satisfacción, el monarca aprovechó el momento de displicencia y logró desarmar al orfebre, aunque éste último conservó su daga.
-Basta, hemos terminado.- aseguró el Rey recogiendo el arco.
-¿Qué pasa no está seguro de sus habilidades?- preguntó mordaz Elmoth.
-Aranya Thranduil (Mi Rey Thranduil), uno de los guardias del bosque ha regresado y se ha dirigido a la casa del Consejero Isilion.- anunció Anardil.
En ese instante, Elmoth arrojó la daga contra Thranduil, en el momento en el que le daba la espalda, éste se agachó velozmente y disparó una flecha que se incrustó en la tela que sobresalía de la casaca, sin herir al elfo. Anardil se abalanzó contra Elmoth derribándolo y colocando la espada contra el cuello del elfo.
-Quedas arrestado por atacar a tu Rey- advirtió severamente el Jefe de la Guardia Real.
-Ese no es mi Rey ¿qué ha hecho por nosotros? Nada.- vociferó colérico Elmoth.
-Parece que no toleras el rechazo…dime ¿ese Rey tuyo qué ha hecho por ti?- interrogó maliciosamente Thranduil. Elmoth alterado sintió su sangre hervir ante dichas aseveraciones.
-Tranquilo Anardil, solo estábamos entrenando… ¿no es así Elmoth?- aseguró el soberano entregando la daga al orfebre y observándolo misteriosamente.
-Hïr vuin (Mi señor), no lo creo, fui testigo del ataque y de sus injuriosas palabras.- apuntó extrañado el guardia ante la actitud del Rey.
Elmoth contrariado tomó la daga de manos del monarca, lo miró amenazadoramente y se alejó del campo de entrenamiento dando grandes zancadas.
-Ese elfo me dirá más estando suelto que en una jaula, vigílenlo.- ordenó Thranduil dirigiéndose a sus aposentos.
-Aiya Consejero Isilion, traigo un mensaje.- dijo el elfo dándole el trozo de pergamino y retirándose.
-Hantalë (Gracias)- respondió Isilion, leyendo el mensaje.
"Meldë: adar, naneth (Queridos: padre, madre)
Creo que esta vez algo puedo hacer, por favor, confíen en mí. Eviten seguirme, podría tratarse de un engaño y no quiero arrastrar a nadie más conmigo.
Los amo,
Lothíriel".
Isilion entró a la habitación de su hija hecho una furia, vio que su traje de viaje, su arco y flechas no estaban; aventó la mesa de noche…
-¿Man-ie?, ¿dónde está Lothíriel?- preguntó Ilmen nerviosa ante el alboroto.
-Se ha ido.- avisó el Consejero a su esposa entregándole el pergamino.
-Iellig, nai Eru varyuva le (Hija mía, que Eru te guarde) a donde quiera que hayas ido.- exclamó afligida Ilmen.
Isilion abrazó a su esposa y salió de su casa rumbo a las caballerizas. Debía buscar indicios del destino al que se dirigía su hija, quería evitar dar aviso al Rey, ya que, sabía que estaba prohibido abandonar el bosque hasta nuevo aviso.
-Alassea Ree (Buenos días) Consejero.- saludó el elfo que vigilaba en ese momento a los caballos.
-¿Dónde está el caballo de mi hija?- investigó Isilion.
-Salió desbocado por la madrugada, los guardias se encargarán de regresarlo.- respondió el elfo.
-¿Qué pasa con el control de las caballerizas? Es inaceptable tal displicencia. ¿Hacia qué dirección se fue?- advirtió con severidad Isilion yendo por su caballo.
-El caballo salió con rumbo al norte.- contestó irritado el elfo, al tiempo que Isilion montaba su equino, en esa dirección.
Cuando el Consejero Real estaba a punto de internarse en el bosque fue interceptado por el Jefe de la Guardia Real.
-¡Daro Isilion! (¡Detente Isilion!) El Rey solicita tu presencia de inmediato.- advirtió Anardil.
-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- preguntó frustrado el Consejero.
-Creo que es lo que desea saber el Rey Thranduil.- respondió el guardia real.
Thranduil había llegado a sus aposentos, se metió de inmediato a la tina y bebió una copa de vino, allí permaneció hasta que el agua se enfrío y las primeras luces de la mañana se asomaron por el ventanal. De inmediato, comenzó la agitación en su habitación. Nimphelos llevaba su desayuno, disponía sus prendas y aseaba, Ereb revisaba sus heridas y le suministraba las tisanas y; los guardias le enunciaban los pendientes que debían ser atendidos. Otra noche sin dormir…
-Alassea Ree Aran Thranduil (Buenos días Rey Thranduil) ¿deseaba verme?- se presentó Isilion en los aposentos del Rey.
-¿Cómo está tu hija?- inquirió Thranduil tomando otra copa de vino y haciendo un ademán para que los presentes se retiraran.
-Mi hija…salió del bosque, no sé, hacia dónde.- expuso Isilion con preocupación.
-¿Y cuándo pensabas informarme? Porque Anardil mencionó que pretendías salir.- inquirió el Rey Elfo gravemente.
-Amin hiraetha Aranya (Lo siento Mi Rey), no consideraba la posibilidad de avisarle, al menos no por ahora, hasta que pudiera indagar sobre el paradero de Lothíriel. Por la madrugada me fue entregado un mensaje escrito por uno de los guardias asignados a los patrullajes del bosque…- exponía el Consejero cuando fue interrumpido.
-¿Te refieres a él?- cuestionó Thranduil en el momento en que Anardil entraba al estudio acompañado del centinela.
-Ná (Así es)… ¿dónde está Lothíriel?- preguntó Isilion al vigilante del bosque.
-Continúa con lo que tienes que decir.- demandó Thranduil malhumorado.
-Lothíriel escribió algunas líneas, en las que decía: que algo podía hacer y que no quería que nadie más se involucrara por temor a que se tratara de una treta. Nos pedía, a su madre y a mí, que confiáramos en ella.- explicó Isilion.
-¿Confías en tu hija?- preguntó Thranduil.
-Hïr vuin (Mi señor), creo que no se trata de eso, mi hija está en peligro. Es mi obligación ir a buscarla.- opinó ansioso Isilion.
-Estoy muy decepcionado Isilion porque sabes cómo funcionan las cosas en el Reino y pretendes evadirlas sin responsabilidad alguna. Tendrás que confiar en tu hija, tu obligación era cuidarla aquí y, por razones que desconozco no lo has hecho adecuadamente, así que me temo que será inútil que quieras protegerla saliendo tras ella.- sentenció irritado Thranduil ante el estupor de Isilion.
-No lo acepto. Asumiré las consecuencias que disponga pero no dejaré que mi hija muera.- gritó el Consejero Real.
-¡Áva quetë! (¡Cállate!)- ordenó el Rey al alterado Consejero.
-Dinos lo que sabes.- demandó Thranduil al soldado.
-Por la madrugada interceptamos a la elfa que cabalgaba con rumbo al norte, el líder de nuestro grupo la interrogó, le advirtió sobre la prohibición de abandonar las fronteras del Bosque Verde y le pidió que volviera, a lo cual, se negó. Al parecer, había tenido una premonición y debía ir a advertir a los que se encuentran en el pueblo del Valle, evitó involucrar a nadie porque no había certidumbres… nuestro guía se ofreció a acompañarla hasta los límites del bosque, le dimos algunas provisiones y una espada.- explicó el centinela.
-Boe i 'waen. (Debo irme)- anunció Isilion.
-¡Daro! (¡Basta!) ¿Crees que sólo se trata de ti y de tu hija? Ella se pone en riesgo y con ello a la comitiva del Valle. ¿Por qué debería hacer una excepción a las reglas que hemos establecido?, ¿qué crees que ocurriría si hago algo como eso? Piénsalo.- analizó el Rey sinda.
-Sus pensamientos son sensatos, pero no me pida que abandone a mi hija si algo puedo hacer por ella aún.- comentó Isilion.
-Isilion confía en Lothíriel, te lo ha pedido.- analizó el Rey Elfo de pie junto a su escritorio.
El Consejero Real observó largamente en los ojos del Rey y reconoció la preocupación que invadía su mente.
-Confiaré…- reflexionó el Consejero más para sí mismo.
-Dado que se han tomado atribuciones que no les competen y han puesto en entredicho la seguridad del Reino deberán asumir las consecuencias que se desprendan de las acciones de Lothíriel.- deliberó Thranduil sobre los guardias e Isilion.
-¡Násië! (Que así sea)- respondió angustiado el Consejero Real.
-Como disponga Aran (Rey) Thranduil.- dijo el soldado.
-Regresen a sus obligaciones.- ordenó el Rey.
Ilmen caminó a través del bosque hasta llegar al claro que tanto gustaba a su hija, allí miró a su alrededor en busca del cervatillo, lo buscó entre los árboles aledaños hasta localizarlo echado a un costado de una gran raíz de roble. El animalito se asustó momentáneamente alejándose cauteloso; la madre de Lothíriel sacó un odre con un poco de leche, se sentó sobre el césped esperando a que el cervatillo se tranquilizara y decidiera acercarse. Ilmen cantó por lo bajo, quería aliviar la carga de su corazón y en aquél lugar se sentía cerca de su hija. Algunas lágrimas abandonaron sus ojos y cayeron sobre las hojas rojizas del otoño. Finalmente la cría se acercó a ella permitiendo que lo acariciara y bebió la leche que se le ofreció. Ilmen sonrió complacida.
-¿Cómo se encuentra?- preguntó Thranduil al ver a la madre de Lothíriel.
-Es difícil Aran Thranduil, temo por mi hija, al igual que mi esposo… Lothíriel parece haber decidido qué hacer con lo que se le revela en sus visiones, tal vez haya encontrado la forma de entenderlas, de enfrentarlas. Quizá los que no sabíamos qué hacer con el don de nuestra hija éramos nosotros y en nuestro afán de protegerla hemos entorpecido su crecimiento.
La culpa nos atormenta, hïr vuin (mi señor), creo que nunca supimos confiar en nuestra hija, sólo atinamos a controlarla para pretender que lo hacíamos y así satisfacer nuestro ego. Ahora ella ha tomado una decisión y nos es difícil de aceptar. Isilion me ha informado sobre su fallo, creo que es justo aunque se me parta el corazón por la congoja, no podemos arriesgar la seguridad de más elfos por la decisión de Lothíriel… la amamos con todo el vigor de nuestro corazón, es nuestra más preciada bendición.- reflexionó Ilmen con lágrimas en los ojos mientras depositaba al cervatillo sobre el césped y éste volvía a la raíz del roble.
-Han hecho lo mejor que han podido y ella los ama. Lothíriel ya no es una pequeña, sabe defenderse y es inteligente.- mencionó el Rey Elfo ayudando a levantar a Ilmen.
-Sé que usted comparte nuestra preocupación, ambos se conocen desde una edad muy temprana y Lothíriel le tiene un aprecio especial. Que Ilúvatar guarde su luz y nos permita aceptar lo que no podemos controlar.- dijo Ilmen retirándose del lugar.
Thranduil se quedó en aquel sitio inundado de recuerdos de antaño, en efecto, en aquél lugar estaba impregnada la esencia de la elfa, estando allí la sentía cerca. Se sentía aprehensivo ¿qué podría haber presenciado en sus premoniciones para salir tan intempestivamente?, ¿qué debía esperar?... ¿qué estaba esperando?
