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-¿Qué hay en común entre los enfermos?- preguntó uno de los sanadores a los elfos que estaban con él.
-Los síntomas no varían mucho de uno a otro: fiebre, dolor, espasmos musculares, convulsiones e inconciencia. El proceso es más acelerado en niños y ancianos.- dijo otro de los sanadores.
-Más allá de la sintomatología ¿qué factores comparten?- analizó el elfo.
-Entorno, comida, bebida…- respondió uno de los guardias.
-¿Por qué no enfermó Ivorwen?- preguntó uno de los sanadores que acababa de acercarse a los que estaban reunidos.
-Esa es una cuestión interesante, debemos interrogar a la mujer en cuanto despierte. Por ahora indaguemos en esos factores comunes, debemos hallar la causa, de otra manera los recursos no serán suficientes para paliar la emergencia. Eviten emplear cualquier material que provenga de estas tierras.- dijo el sanador.
Los elfos tenían poco tiempo entre una curación y otra, las medicinas suministradas a los hombres disminuían los síntomas momentáneamente pero al poco tiempo el paciente volvían a padecer los efectos de la enfermedad. Sólo dos elfos fueron enviados a realizar las investigaciones en el pueblo del Valle. Las tierras de cultivo estaban abandonadas, en algunas partes quemadas por las heladas otoñales, en otras un lodo negro le daba un aspecto pantanoso. Lo animales de granja estaban enfermos, los pozos secos y los granos con los que se alimentaban las personas estaban podridos.
Si los pozos estaban secos significaba que los hombres debían ir directamente al río para conseguir el agua que necesitaban, así que, se fueron hasta el afluente más cercano al pueblo. Cuando llegaron vieron que los árboles de los alrededores tenían un aspecto pútrido, se acercaron a observarlos, al tocarlos pudieron sentir que estaban huecos y completamente agusanados. Caminaron por la ribera del río, el agua tenían un aspecto normal, sin embargo, notaron que la corriente era intermitente como si algo bloqueara su paso.
Siguieron caminando río arriba, de pronto escucharon pisadas, se agazaparon y se refugiaron detrás de una roca cercana. Las pisadas se acercaban a grandes zancadas, los elfos desenvainaron las espadas, se asomaron para ver de qué se trataba y les sorprendió ver a dos huruk-hai con grandes cuchillos abalanzarse sobre ellos. Los elfos contratacaron a gran velocidad, ya que, esas criaturas era muy fuertes pero lentas; uno de los elfos fue arrojado de una patada a las aguas del río, cuando cayó gotas de agua entraron a su boca, el sabor era repulsivo y su estómago dio un vuelco. El huruk atacó asestándole un fuerte golpe en la cara que quebró su nariz, el elfo se levantó tambaleante y se alejó, agarró nuevamente la espada. En ese momento la criatura le lanzó el cuchillo que pasó silbando a un lado de su oreja, el elfo dio un ágil brinco que lo colocó detrás del enorme huruk y hundió su espada varias veces en su cuerpo hasta que cayó muerto. El otro elfo se levantó y sacó la espada del cadáver del agresor. Ambos elfos esperaron y observaron, no parecía haber rastros de más orcos.
-Ivorwen despierta.- dijo el elfo que había cabalgado con ella.
-¿Qué pasa?... padre…- despertó angustiada la joven.
-Tranquila, necesito que me respondas algunas cosas.- explicó el elfo.
-¿Por qué crees que no enfermaste como la gente del Valle?, ¿qué fue lo que hiciste diferente al resto?- preguntó el guardia.
-No lo sé con exactitud. Cuando mi gente empezó a enfermar yo también lo hice pero fingí que me sentía bien porque adoro cabalgar y quería salir del pueblo. Así que pedí a mi padre autorización para ausentarme, cabalgué lejos durante algunos meses, conocí el Brezal Seco y las Montañas Grises; allí me quedé por algún tiempo. Hasta que una noche la tierra rugió bajo mis pies y varios animales aparecieron muertos por flechas negras. Entonces decidí regresar de prisa. Cuando llegué a mi hogar muchos estaban enfermos, entre ellos mi padre y numerosos había muerto. De inmediato mi padre me envió al Bosque Verde a pedir ayuda y ahora aquí estoy.- expuso Ivorwen.
-De modo que has vivido poco tiempo aquí recientemente. Esa información me lleva a pensar que la causa de la enfermedad está cerca de aquí y el que te alejaras probablemente te haya salvado.- reflexionó el elfo.
Uno de los sanadores interrumpió la plática de ambos para avisarle que saliera, cuando lo hizo vio a los elfos heridos que regresaban del río y se alarmó. Los guardias explicaron lo sucedido y lo que habían visto en la inspección del pueblo. Tanto el líder de la expedición como el sanador, comenzaron a formular sus hipótesis, ambos coincidían en que había algo en el agua que estaba envenenando a la gente y al lugar.
El mensajero cabalgaba raudo por la planicie, era de suma importancia transmitirle la información al Rey Thranduil sobre el ataque de los orcos. Estaba próximo a internarse al Bosque Verde, de pronto, todo se puso negro una flecha le había atravesado el cuello y cayó estrepitosamente del caballo, el cual, siguió su camino con el cuerpo del elfo enganchado a los estribos.
-A partir de ahora deberás seguir sola…- dijo el guardia que había escoltado a Lothíriel hasta la frontera del bosque.
-Espera, alguien viene hacia acá.- apuntó la elfa agarrando su arco.
Ambos elfos pudieron distinguir al caballo que arrastraba a su jinete, por la vestimenta supieron que se trataba de un elfo, el animal se dirigía hacia ellos a todo galope, así que el guardia silbó y el animal apaciguó su paso hasta detenerse frente a ellos. Lothíriel bajó de inmediato de su caballo y revisó al elfo caído, pero fue inútil, había muerto.
-Se trata de uno de los guardias del bosque asignados al pueblo del Valle. El Rey nos informó que esperaba un mensajero para conocer la situación que guarda la misión. Ahora sabemos que hay orcos por las tierras aledañas y, por lo rápido que han enviado un mensajero, probablemente fueron atacados.- expuso el guardia desenganchando el pie del elfo del estribo.
Lothíriel bajó la mirada, cerró los ojos y elevó una plegaria de despedida al alma del elfo.
-Me llevaré el caballo. Boe i 'waen. (Debo irme).- anunció Lothíriel montando su caballo. Cuando se disponía a reemprender la marcha observó a un enorme huruk-hai correr hacia el bosque. La criatura disparó una flecha que se clavó en un árbol justo frente a ella. La elfa ajustó su arco y lanzó una flecha que se incrustó en la cabeza del huruk matándolo en el acto.
-¡No dirweg!Galu. (¡Ten cuidado! Buena suerte)- se despidió el guardia acomodando el cadáver del elfo en su caballo para dirigirse de vuelta al palacio.
Lothíriel sentía la adrenalina correr por su venas, galopó velozmente, sin dejar de observar a los alrededores. El caballo del elfo caído la seguía de cerca. No podría detenerse hasta su objetivo, si quería advertir a tiempo a los habitantes del pueblo del Valle.
Elendë y Seregon siguieron su camino hacia el sur del bosque, estaban próximos a llegar a la fortaleza de Dol-Guldur. Habían cabalgado prácticamente sin descanso logrando abarcar una gran distancia en pocos días. Conforme iban acercándose a aquel sitio, el bosque se tornaba más oscuro, solitario, silencioso y marchito. En algunas partes la arboleda parecía quemada, estéril, ningún resquicio de vida reciente había allí, el aire era espeso y los rayos del sol trémulos iluminaban tenues.
El Capitán y el Consejero fueron desviados un par de veces de su curso, engañados por la lobreguez estuvieron dando vueltas en círculo. Sin duda, algo se ocultaba y el silencio ensordecedor no hacía más que presagiarlo. Ambos elfos lo presentían; en cuanto estuvieran más cerca de la fortaleza habían decidido acercarse sigilosamente a pie.
-¿Están seguros que no había nadie más allí?- preguntaron los elfos a los guardias que habían sido atacados por los huruk-hai.
-No había nadie más.- respondió uno de ellos.
-¿Pero qué hacían esas criaturas?- interrogó uno de los sanadores.
-Tenemos que regresar a investigar. Hay algo allí que no quiere que veamos y su presencia lo confirma.- aclaró el guía de la expedición.
El ambiente en el campamento del Valle era inquietante, los constantes quejidos de los enfermos, el vaivén de los sanadores, el patrullaje de los guardianes, el angustiante silencio de los alrededores sólo interrumpido por las palas cavando las fosas para los muertos.
Esperaron a la noche para regresar al río, se camuflaron lo mejor posible y avanzaron. Se percataron nuevamente de la intermitencia de la corriente del agua y siguieron caminando largamente. El terreno era algo elevado en aquella zona, la tierra estaba extrañamente revuelta, inundada y, por lo tanto, resbaladiza. De pronto, pudieron percibir un olor repulsivo que provenía de la dirección en la que marchaban.
-¡Á pusta, en! (¡Detente, mira allí!)- dijo el elfo guía señalando los enormes montículos que en la oscuridad parecían rocas.
Los elfos se acercaron y lo que vieron allí los asombró, un montón de cadáveres de hombres, orcos, huruk-hai y huargos yacían sobre el agua y la ribera del río. Algunos de los despojos parecían llevar mucho tiempo allí y los huesos se movían con la corriente del agua, sin embargo, lo más inquietante era que algunos parecían haber muerto hacía muy poco. ¿Qué o quién los había matado y por qué estaban en ese lugar? Era un misterio.
Los elfos decidieron comenzar a liberar la corriente del río, retirando los cadáveres. El agua allí era de un tono parduzco, con olor fétido y consistencia viscosa. Arrastraron los restos a la orilla, aunque no pudieron detectar alguna herida visible que hubiese ocasionado sus muertes, la corriente comenzó a fluir con mayor vigor. Sin embargo, los elfos comenzaron a experimentar profundos sentimientos de desesperanza, abandono y hastío; al grado que cada uno de ellos se sentó a la orilla opuesta del río, mirando al vacío, rodeados de muerte, allí permanecieron.
-Aranya (Mi Rey) noticias de la comitiva del Valle.- anunció Anardil entrando agitadamente al despacho del Rey junto al guardia del bosque.
-¿Prestad? (¿Hay problemas?)- preguntó Thranduil dejando a un lado los pendientes.
-Né (Sí) Aran Thranduil (Rey Thranduil) uno de los guardias asignados a la comitiva del Valle fue asesinado por un huruk-hai, lo encontramos en los linderos del bosque siendo arrastrado por su caballo. Supongo que se trata de un mensajero.- anunció el vigilante.
-Refuercen las fronteras del reino, especialmente la sección norte, cualquier sospechoso mátenlo. La misión del Valle deberá arreglárselas. ¿Qué pasó con Lothíriel?- advirtió el Rey Elfo.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil) creo que deberíamos enviar ayuda, la hija del Consejero se veía preocupada, ella derribó al huruk-hai que mató al guardia y se marchó a todo galope al pueblo del Valle.- explicó el guardia.
-He tomado una decisión. Los elfos que ignoraron las reglas dispuestas deberán asumir las consecuencias que de ello se derive ¿entendido? Por lo pronto, deberán despedir adecuadamente al elfo caído.- pronunció Thranduil preocupadamente.
-Como ordene Aran Thranduil.- dijo el guardia haciendo una reverencia y retirándose del despacho.
-A partir de aquí nos deslizaremos sobre los árboles ¿Man-ie Elendë? (¿Qué pasa Elendë?)- dijo el Capitán descendiendo del caballo observando al Consejero que parecía distraído.
-Náto, gwaem (Sí, vamos).- asintió Elendë trepando al árbol más cercano y mirando con cautela los alrededores.
Seregon y Elendë treparon por las ramas dejando los caballos en aquél sitio, la fortaleza de Dol-Guldur estaba cerca. Sin embargo los árboles en aquella zona crujían y amenazaban con derrumbarse al más mínimo salto. Seregon decidió bajar y caminar entre la marchita maleza, Elendë permaneció sobre los árboles. El silencio era inquietante, la caída de las hojas y el crujido de la madera resonaban como un estruendo.
De pronto el Capitán sintió una fuerte vibración bajo sus pies que sacudió los árboles que terminaron de soltar las últimas hojas que les quedaban. Elendë se aferró a las ramas ante el movimiento. Siguieron avanzando felinamente, el Consejero podía ver ya desde su posición las paredes de roca negra y hierro de la fortificación. De momento sintió que algo le quemaba el hombro, miró, un hilillo de una sustancia viscosa estaba consumiendo su traje y de nuevo otra vibración del suelo que lo hizo caer del árbol. Seregon se acercó a él, observaron que de la copa del árbol una especie de capullo excretaba aquel veneno y con cada sacudida del lugar era como si eso fuera despertado.
Seregon empuñó su arco y lanzó una flecha hacia el capullo derribándolo, cayó y de éste salieron varios huevecillos de las enormes arañas que en otros días infestaran el Bosque Verde. Era decepcionante percatarse que pese a los esfuerzos por combatir a las fuerzas oscuras, éstas volvían a levantarse en lo que parecía un ciclo sin fin. ¿Qué despertaba a la oscuridad?, ¿qué coyunturas alentaban a la maldad?, ¿o, acaso, los que permanecían dormidos mientras el mal se agitaba frente a sus ojos eran ellos y siempre era más cómodo ignorarlo? No era momento para lamentaciones, los hechos estaban allí y había que enmendarlos.
-¿Elendë?- dijo el Capitán mirando a los alrededores pues el Consejero no estaba allí.
Otra sacudida y un relámpago iluminó el lugar entonces vio que el sitio estaba emponzoñado con aquellos capullos. Seregon se sintió profundamente irritado se acercó a los huevecillos que se encontraba a unos metros, sacó su espada…
-Espera, es peligroso, el veneno podría quemarte. Además por lo que veo aún están inmaduros, tenemos oportunidad de eliminarlos.- advirtió el Consejero Real que había regresado con algunos tónicos que había dejado en la alforja de su caballo. Roció el capullo, éste comenzó a secarse y a evaporarse.
El Capitán empapó sus flechas con el tónico proporcionado por el Consejero y con certeros disparos fue deshaciendo tantos capullos como le fue posible. Reemprendieron el camino hacia la fortaleza, la niebla era espesa, la temperatura aumentaba considerablemente entre más se acercaban al lugar, la oscuridad era más y más profunda…un fuerte temblor derribó a ambos elfos y los árboles comenzaron a caer estrepitosamente a su alrededor. Seregon se arrastró hacia uno de los troncos más cercanos cubriéndose de los escombros, Elendë permaneció en el sitio…en un instante pudieron escuchar un tremor que les retumbó en el pecho y una parvada de enormes cuervos con encendidos ojos escarlatas revolotearon y graznaron alrededor de los elfos abalanzándose sobre éstos dándoles punzantes picotazos. El Consejero arrojó un poco del tónico sobre las frenéticas aves, sin embargo, a punto estuvieron de sacarle un ojo y tuvo que arrastrarse debajo de los troncos caídos.
De pronto, los cuervos se convirtieron en un montículo de cenizas que se esparció por la zona produciendo una ventisca que envolvió el lugar de una neblina asfixiantemente lóbrega y negra. Nada podían ver, Seregon confió en su orientación y se arrastró sigilosamente en dirección a la fortaleza, cada vez sentía su cuerpo más y más pesado, el aire era caliente y quemaba sus pulmones. Otra sacudida, el suelo comenzó a resquebrajarse, el rugido de la tierra al abrirse era sobrecogedor, el elfo sintió que algo le halaba fuertemente de la pierna y lo remolcaba hasta la profunda grieta; como pudo sacó su espada y cortó aquella cosa. Se alejó de la grieta y en medio del temblor se tambaleó en dirección a la entrada de Dol-Guldur, entonces escuchó un grito…
Elendë percibió que en medio del temblor miles de pisadas pasaban corriendo a su costado, podía sentir el aire a su paso pero nada veía, blandió su espada pero sólo cortaba la espesa niebla. La tierra se abrió y resbaló alcanzando a agarrarse de una saliente, ágilmente se impulsó y logró salir de allí, no obstante, algo le tomó del cuello, golpeó su nuca y perdió la conciencia.
El Capitán Seregon reconoció la voz que gritaba…
-¿Eilinel? No, no puede ser…- meditó Seregon confundido.
-¡Adar (Padre), ayúdame!- volvió a gritar la voz de su hija.
-No, ella no está aquí… no es ella…- pensó Seregon con el corazón en la garganta.
-¡Naneth (Madre), adar (padre) no nos ayudará! ¡Moriremos!- exclamó la voz de su hija en un lastimero gemido que le heló el corazón al Capitán.
Seregon logró vislumbrar en la penumbra a su esposa e hija arrodilladas y siendo custodiadas por dos enormes huruk-hai que sujetaban afiladas hachas y amenazaban con asesinar a las elfas.
-Meleth nin, an ngell nîn. (Mi amor, por favor).- pronunció por lo bajo Luinil mientras miraba suplicante a su esposo.
Seregon no lo pensó más, corrió hacia donde estaban ellas, empuñando con fuerza la espada, uno de los huruk-hai levantó su hacha, apunto estaba de degollar a su hija cuando el Capitán se apresuró y de un salto hundió la espada en el vientre de la criatura. La tierra tembló de nuevo, Luinil y Eilinel, lo observaron perversamente y se desvanecieron con el viento. Risas atronadoras de voces roncas se escucharon en el entorno sacándolo del trance. ¡Estúpidos elfos!, ¡Malditos elfos!; podía oírse. Seregon sentía como si el pecho fuera a estallarle, de pronto, miró frente a él, allí estaba Elendë con la espada clavada en el estómago y sangrando profusamente. En su ensoñación el Capitán había herido mortalmente al Consejero Real.
-No fuimos lo suficientemente cuidadosos, hemos sido engañados... el Rey estará muy molesto.- dijo dolorosamente el Consejero Real cayendo de espaldas.
-Amin hiraetha, goheno nin, an ngell nîn. (Lo siento, perdóname, por favor.) Mi hija, mi esposa las vi… las iban…yo…- expuso consternado el Capitán tratando de atender la herida del Consejero, pero era inútil.
-No hay tiempo para lamentaciones Seregon, está claro que la maldad se ha erguido y es lo que hemos venido a averiguar. Creo que no hay nada más que puedas hacer, debes irte e informar al Rey.- expuso entrecortadamente Elendë entregándole a Seregon el frasco con el tónico para erradicar los capullos de araña.
-An ngell nîn Elendë (¡Perdóname Elendë!)…yo no quise…fui estúpido. ¡Te ayudaré!- se lamentó el Capitán de la Guardia del Bosque Verde.
-No te atormentes, no te culpo Seregon, nos enfrentamos a fuerzas que explotan nuestros más profundos miedos y así nos manipulan. Ha llegado la hora…dile a mi esposa que la amo y que me perdone por dejarla sola. Vanta maara… namarië (Id con bien…adiós).- se entregó el Consejero Real a la muerte.
Lothíriel pudo ver al pasar cabalgando el cúmulo de cenizas y armas apiladas que pertenecieran a los orcos que emboscaron a la comitiva del Valle y, unos metros más adelante los restos de los enormes huargos. Debía darse prisa, ahora podía considerar mayores posibilidades de que lo que había presagiado su visión tuviera algo de realidad, sin embargo, de ella dependía dar un vuelco al desenlace.
Mientras cavilaba alcanzó a distinguir por el rabillo del ojo un movimiento en uno de los árboles aledaños. El árbol se agitó extrañamente y lo que parecían ser sus hojas, no eran otra cosa si no las plumas de un enorme buitre cuyas alas extendidas tenían una envergadura de unos 5 metros, al ver a la elfa el animal batió sus alas amenazadoramente, lanzó un estridente chillido, voló sobre la cabeza de Lothíriel y se lanzó en picada. La elfa detuvo intempestivamente el galope de su caballo y el ave volvió a elevarse en círculos, al volar tan cerca las ráfagas de viento de sus alas producían un remolino que levantaba la tierra suelta, el carroñero se dirigió nuevamente en su dirección pero ella no se movió, el ave pasó rozando su cabeza y cogió con sus afiladas garras el cuerpo de un huargo que inmediatamente comenzó a engullir. La elfa remprendió el camino rumbo al pueblo del Valle.
-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- dijo uno de los sanadores al ver llegar a los macilentos elfos que habían encontrado los cuerpos obstruyendo el afluente del río.
-El río está contaminado por cadáveres de hombres, orcos, hurk-hai y huargos; liberamos la corriente pero no sabemos de dónde provienen o qué pudo haberlos matado.- explicó el líder de la expedición con una expresión de cansancio en el rostro.
-Eso es muy grave porque la infección puede extenderse por todos los sitios por donde corre el afluente del río, incluyendo el Bosque Verde.- explicó el sanador.
-¿Qué puede hacerse?- preguntó uno de los elfos que había ido al río.
-Volver a la zona será indispensable para indagar si ha habido alguna novedad.- propuso el sanador mientras daba de beber los brebajes a los enfermos cuya fiebre volvía a elevarse.
-Si persiste el escurrimiento de veneno en el agua habrá que considerar la posibilidad de desviar el cauce.- explicó preocupado el elfo guía.
-Es una opción aunque no sé cómo lo lograríamos sin otras manos que nos ayuden.- expuso el elfo.
-Creo que podríamos intentar un ritual de sanación…pero antes de decidir debemos averiguar el comportamiento de las aguas del río.- dijo el sanador.
-Imbécil tu actitud es patética y de tu recompensa no verás nada. El Rey Elfo sospecha… asegúrate de disipar cualquier duda, no importa lo que tengas que hacer, o si no, sabes cuál será tu tormento. Los voy a quebrar…- escuchó aquella siniestra voz en su cabeza.
-¿Cómo te sientes?- preguntó el elfo a Ivorwen quien a pesar de sus malestares ayudaba a atender a los enfermos más estables.
-Aún me duele mucho la pierna pero creo que va a mejorar.- explicó la chica apoyándose en un improvisado bastón.
-Será mejor que no te expongas demasiado aún no sabemos si la enfermedad es contagiosa.- dijo el elfo que había cabalgado con ella durante la escaramuza.
-¿Cómo está usted?- quiso saber Ivorwen, ya que el elfo, había sido herido por los orcos.
-Estoy bien, hiciste un buen trabajo. Tenemos que hablar.- dijo el elfo.
-¿Qué tiene que decirnos?- intervino Belthil, padre de Ivorwen y embajador del pueblo del Valle.
-Mis compañeros han encontrado lo que parece ser la fuente de la infección. Río arriba ubicaron un sitio con cadáveres apilados de criaturas oscuras y hombres obstruyendo la corriente. Creemos que el agua está envenenada. Aún debemos verificar algunas cuestiones para decidir lo que debe hacerse, por lo pronto, es importante evitar tener contacto con esas aguas.- explicó el elfo.
-¿Hombres ha dicho?- interrogó pensativo Belthil sentando sobre una manta.
-Tancave (Sí)- respondió el elfo.
-Probablemente se trate de aquellos que fueron a investigar y de los que no supimos más… quisiera acompañarlos y cerciorarme de ello.- expuso Belthil con vehemencia.
-Me opongo, creo que es mejor que nos proporcione una descripción de las personas y nosotros verificaremos.- propuso el elfo.
El embajador, Ivorwen y el elfo intercambiaron información, éste último pudo percatarse de la notable mejoría del hombre y eso era alentador. Por otro lado, la joven pelirroja parecía estar siendo aquejada por fuertes dolores en la pierna ya que no dejaba de masajearla, el elfo le acercó una infusión para el dolor mientras seguían con la conversación.
Los elfos se habían dividido para atender a los enfermos más graves y a los estables, de manera que unos no podían intervenir en el campamento de los otros para evitar la propagación de la infección, sí ésta fuera contagiosa. Pese a los esfuerzos algunos de los enfermos más delicados habían perecido, sin embargo, aunque llevaban pocos días en el lugar la mortandad se había reducido visiblemente, no obstante, mientras no encontraran la solución al problema su estancia allí sólo sería un paliativo. Además debían darse prisa, pues las provisiones no les durarían por mucho tiempo.
-Aranya (Mi Rey) el elfo ha sido sepultado ¿Pienso que deberíamos enviar ayuda al Valle?- avisó Anardil al Rey quien se encontraba en su despacho observando por la ventana mientras arrugaba un pergamino.
-¿Hïr vuin (Mi señor)?- volvió a preguntar el guardia real, al notar que el Rey no le prestaba atención.
-¡Ego! (¡Lárgate!)- demandó el Rey por lo bajo con un tono amenazador sin dejar de mirar por la ventana. Anardil se retiró del despacho.
Thranduil se sentía profundamente inquieto, presentía que algo se había desatado en el Bosque Verde, impotencia, vulnerabilidad y asfixia poblaban sus pensamientos. Muerte, dolor e incertidumbre volvían a crecer en los alrededores. Nuevamente el nauseabundo círculo vicioso: ¿cómo, para qué y por qué se alzaría la maldad? Y, en consecuencia: ¿cómo deberían enfrentarla?, ¿qué habían de hacer diferente para obtener resultados distintos?, ¿por cuánto tiempo deberían o podrían resistir?
-¿Pudo sentirlo?- indagó Isilion desde el sólido portón de roble del despacho.
-Recibí una misiva de Lorien, nos alertan sobre la presencia de las huestes oscuras cerca del Gran Río.- dijo el Rey Elfo entregándole al Consejero el pergamino.
-Lothlorien ha comenzado a combatir a esas criaturas en los linderos de sus tierras. Sin duda, Lady Galadriel expandirá su poder para liberar esos sitios del mal.- advirtió el Consejero Real.
-Probablemente, sólo espero que eso no desate una diáspora de orcos hacia aquí.- comentó el Rey.
-Estoy seguro que los Señores de Lórien tienen en cuenta esas contingencias. El asunto es ¿Qué haremos nosotros para enfrentar a esas criaturas? No podemos encerrarnos en el Bosque y pretender que lo que sucede fuera no afecta nuestro entorno y viceversa.- reflexionó Isilion.
-No seré imprudente y enviaré a los elfos a las tierras salvajes a cazar orcos. Aguardaremos y examinaremos los siguientes movimientos del enemigo… colaboraremos con la salvaguarda de los elfos de nuestro pueblo y con la constante comunicación con otras tierras sobre estos asuntos. Por ahora, es arriesgado disipar las fuerzas del reino.- analizó el Rey Thranduil.
-Aran Thranduil debemos buscar la cooperación con otros pueblos para enfrentar esta amenaza. Sé que ese fue el objetivo de la misión al pueblo del Valle pero hay que considerar otras opciones como: los hombres del bosque, Beorn y desde luego los elfos de Lórien.- propuso el Consejero Real.
-Mantendremos un perfil bajo, notificaremos a los pueblos vecinos y emboscaremos al enemigo cuando nos crea descuidados. Es crucial la información que nos entregue el Capitán de la Guardia del Bosque y al Consejero Real…aunque, al respecto, espero que no aguardemos en vano. He ordenado a Anardil y Elendë que distribuyan el tónico contra los capullos y las arañas.- dictaminó el Rey Elfo sin dejar de observar el bosque por el gran ventanal del despacho.
-¿Aran Thranduil (Rey Thranduil) hay noticias sobre el Valle…sobre mi hija? He asistido a las exequias del elfo asignado al pueblo de los hombres. Su familia está destrozada por la pena.- indagó Isilion visiblemente turbado.
-Lothíriel abatió a la bestia que asesinó al mensajero y continuó su camino con dirección al Valle.- explicó el monarca mirando por primera vez a Isilion desde que iniciaran la conversación.
-¿Y ahora qué harás?, ¿qué le dirás al Rey Elfo? Mataste a su Consejero por tu patético sentimentalismo. ¿Qué le has arrebatado con ello a tu pueblo? Estúpido asesino…- escuchaba Seregon retumbar esa perversa voz en su cabeza.
El Capitán de la Guardia del Bosque se sentía enfermo, desorientado y una intensa furia invadió sus sentidos. Dejó el cuerpo del Consejero Real, tomó su arco, remojó todas las flechas en el tónico y apuntó a los capullos. No obstante, cada que tenía uno en la mira aparecían los rostros de su familia y de Elendë en estos, de modo que su pulso temblaba y su voluntad vacilaba. Los ignoró y disparó frenéticamente a tantos capullos como pudo, cada que acertaba éstos caían como una bolsa de sangre sobre la tierra negra. Calló de rodillas agotado, bañado en sudor y temblando; aquella voz seguía abrumado sus pensamientos.
Volvió al lugar donde había dejado el cadáver del Consejero, lo cargó y se apresuró a llevarlo hasta donde habían dejado los caballos. Las raíces de los árboles parecían sobresalir cada vez más, lo que lo hizo tropezar y caer al interior de una de las grietas que se habían abierto en el suelo producto de los temblores. La tierra comenzó a recubrir la fisura enterrando sus pies con cada paso o salto que daba para intentar escapar, el cuerpo del Consejero estaba casi sepultado, Seregon pisó al Consejero y saltó fuera de la fractura; inmediatamente se recostó sobre el suelo, tomó el brazo de Elendë y tiró lo más fuerte que pudo hasta que después de varios intentos y justo antes de que la hendidura se cerrera, logró sacarlo.
-¡Vaya, vaya de ese tamaño es tu culpa elfo!, ¿cuántas veces arriesgaras tu vida para obtener la absolución?, ¿por qué no lo disfrutas has probado la sangre de tu congénere? ¡Vamos sólo te di el empujón que necesitabas!- continuaba esa voz en la cabeza de Seregon.
-¡Á pusta, áva quetë! (¡Deténte, cállate!)- gritó a todo pulmón el angustiado soldado agarrándose la cabeza con ambas manos y postrado a un lado del cadáver de Elendë.
-No somos tan diferentes como crees… ¿Maldad, a los ojos de quién?, ¿quién juzga?, ¿nos diferenciará acaso en nombre de quién o qué asesinamos?... deberías preguntarte ¿qué clase de elfo es tu Rey? Él podría describirte el fascinante sabor de la sangre.- hostigaba aquella tenebrosa voz al maltrecho elfo.
-¡Daro, daro! (¡Deténte, para!)- gruñía Seregon, intentando incorporarse sin mucho éxito.
-Si realmente quisieras, podrías dejar de escucharme, pero deseas seguir. ¿Dime sacrificarías a tu pueblo por tu familia?- averiguó la voz de sus pensamientos.
-¡Áva quetë,heca! (¡Cállate, largo!)- vociferó el soldado del bosque.
-Es una pregunta simple, contesta…- exigió la atemorizante voz.
Seregon se levantó y tambaleante agarró de los brazos el cuerpo del Consejero y lo arrastró en dirección a los caballos. Sin embargo, empezó a sentir que sus huesos se helaban y con cada paso sentía como si éstos se resquebrajaran, su corazón palpitaba aceleradamente pero su sangre se estancaba en las arterias del cuello. No resistió más el dolor, volvió a derrumbarse y una ráfaga lo golpeó violentamente dejándolo inconsciente.
