-Dos caballos se acercan pero sólo veo un jinete. Ya han ido a interceptarlo, estén alerta.- anunció uno de los elfos que vigilaban los alrededores del Valle.
Lothíriel distinguió a la distancia que se acercaban dos jinetes, supo que eran elfos por la forma en la que cabalgaban. La elfa levantó su arco en señal de que sus intenciones no eran hostiles, ambos elfos se aproximaron por los flancos.
-¡Daro! ¿Mallo tulalyë? (¡Alto! ¿De dónde vienes?)- dijo uno de los elfos que no podía ver de quién se trataba pues la elfa estaba cubierta por una amplia capa y capucha.
-¿Manna lelyalyë? (¿A dónde vas?)- indagó el otro elfo colocándose al costado de la elfa mientras sujetaba las riendas del caballo sin jinete.
Lothíriel detuvo el galope de su caballo e inmediatamente retiró la capucha.
-Im Lothíriel (Soy Lothíriel), traigo un mensaje pero debemos llegar lo antes posible al pueblo del Valle.
-La conozco, usted es la hija del Consejero del Rey, Isilion. ¿Ha venido sola?- averiguó con extrañeza uno de los elfos guardianes.
-Este es el caballo del mensajero que enviamos al Bosque Verde, ¿por qué lo trae?, ¿qué está pasando?- interrogó desconfiado el otro vigilante.
-Aclararé la situación en cuanto lleguemos al pueblo de los hombres.- explicó la elfa.
Los elfos galoparon hacia el pueblo, llegaron al arco que anunciaba el inicio del pueblo y se detuvieron. Lothíriel se sintió sobrecogida ante la familiaridad del lugar con su premonición.
-¿Y bien?- dijo uno de los elfos.
-No tenemos mucho tiempo… el mensajero que enviaron fue asesinado por un huruk-hai en las cercanías del Bosque Verde, su cuerpo fue llevado por los centinelas al palacio y se le transmitiría la noticia al Rey. Por lo que podrán deducir que no recibimos el mensaje pero sí pudimos advertir lo que aquello significaba.
Como ustedes saben el Rey ordenó que nadie abandonara el reino, yo lo he hecho bajo mi responsabilidad y transgrediendo las reglas… pero tuve una visión y he venido a advertirles.- explicó Lothíriel preocupadamente mientras observaba la sordidez que la rodeaba.
-¿De qué se trata?- preguntó uno de los elfos visiblemente afligido por la información.
-Una gran horda de orcos y huruk-hai atacarán este pueblo, ya vienen en camino… estarán aquí en algunas horas calculo. Debemos escondernos, de otra forma no habrá sobrevivientes.- advirtió Lothíriel con nerviosismo colocándose el arco en la espalda y ajustándose el cinto con su espada.
- ¿Mana? (¿Qué?)- exclamó el elfo vigía con recelo y agitación.
-Iston (Lo sé), no tengo manera de comprobar mis palabras. An ngell nîn (Por favor), confíen en mí, debemos movernos ya.- expuso la elfa con desesperación.
-Temo que no comprende la gravedad de la situación aquí, muchos de los enfermos no están en condiciones de moverse y otros morirán en cuanto comencemos a desplazarnos. Además ¿dónde propone que nos refugiemos?- comentó irritado el elfo.
-Y si nos quedamos aquí todos moriremos ¿es eso lo que sugiere?- contestó incrédula Lothíriel, al tiempo, que emprendía la marcha hacia al interior del pueblo o, lo que quedaba de éste.
Los elfos siguieron a Lothíriel y en el camino al campamento le pusieron al tanto de la situación en el lugar. Le pidieron que esperara en la vereda mientras los centinelas avisaban a los otros elfos sobre la emergencia. La elfa observó con atención los alrededores buscando un lugar donde pudieran refugiarse pero el pueblo se encontraba en medio de una extensa llanura, lo más cercano era una enorme roca rodeada por una gran cantidad de maleza y troncos marchitos. Sin embargo, se le había informado que los pacientes debían estar separados para evitar que se agravara la enfermedad, por ello, era indispensable considerar otro lugar para enviar allí a la otra parte del pueblo.
Lothíriel corrió por sus caballos y los alistó regresando de inmediato al lugar donde le habían dicho que esperara. A los pocos minutos los elfos de la comitiva se acercaron, sus rostro reflejaban un cansancio contenido y un estado de alarma. Todos se miraron entre sí…
-Creo que podríamos evacuar a los más enfermos hacia aquel lugar.- propuso la elfa señalando el terreno con la roca.
-Lothíriel es muy arriesgado lo que propone muy probablemente algunos de las personas no resistan. Además no sé si lograremos sacar a todos, el pueblo es numeroso.- dijo el principal sanador.
-Iston (Lo sé) pero debe hacerse y mientras más tiempo perdamos en disertaciones inútiles menos efectiva serán nuestras acciones. No hay otra salida.- expresó Lothíriel impaciente.
-Está bien, lo haremos. Antes dígame ¿cómo supo del envenenamiento del río?- indagó el elfo guía mientras los otros soldados corrían por los caballos.
-Me fue revelado.- advirtió la elfa sin vacilación en sus hermosos ojos grises.
Los caballos estaban dispuestos para comenzar con las maniobras de evacuación. El elfo guía pidió a los hombres que pudieran cabalgar que ayudaran a llevar a los enfermos estables mientras la mayoría de los centinelas se encargarían del traslado de los pacientes graves. Habían decidido que los primeros se refugiaran en la arboleda más próxima y los segundos en la gran roca cubierta por la maleza.
Se improvisaron camillas que fueron atadas a los caballos y remolcaron lo más cuidadosamente posible a los enfermos. Las personas desconcertadas empezaban a vacilar víctimas del miedo… los caballos de los hombres trasladaban a los pacientes estables con rapidez.
-Tranquilos, por favor, niños y mujeres primero.- decía Ivorwen mientras organizaba a la gente.
-¡Guarden silencio!- dijo Belthil que emprendía el viaje con varios niños que comenzaban a llorar al tener que separarse de sus madres.
Lothíriel se llevó a otro grupo de niños en su caballo y en el que había pertenecido al mensajero subió a los infantes más grandes.
Los elfos que transportaban a los más graves habían tenido que envolver al menos a dos personas más que habían fallecido. En algunos casos remolcaban a un enfermo mientras en brazos llevaban a un bebé o niño en precarias condiciones. Los primeros elfos que llegaron a la roca encontraron que en ésta había una cueva, la inspeccionaron apresuradamente y fueron acomodando a los enfermos en ese lugar, mientras el sanador los atendía con prontitud. Las provisiones fueron divididas escrupulosamente y enviadas de inmediato a cada uno de los improvisados refugios.
En la arboleda donde eran remitidos los pacientes estables sólo los gruesos troncos de los árboles y la espesa alfombra de hojas secas los cubrían, estaban prácticamente expuestos. No obstante, no tenían opción, era lo más cercano dado el inminente peligro que se avecinaba.
-¡Rápido, rápido suban a los caballos!- continuaba la joven pelirroja organizando a la gente.
-Debemos darnos prisa si queremos evitar estar aquí al anochecer.- dijo Lothíriel a uno de los centinelas con quien regresaba al pueblo después de dejar a varias personas en la arboleda.
-Anwa (Cierto)- respondió el elfo ayudando a subir al caballo a un par de niños junto a su madre.
-¡Estamos condenados, nos han maldecido!, ¡Vamos a morir!- gritó una mujer mientras daba erráticas vueltas por la vereda.
La gente se alteró y los niños comenzaron a lloriquear. Ivorwen caminó con dificultad por el lodoso terreno apoyándose precariamente en el bastón, para intentar calmar a la mujer.
-¡Calma! Venga por aquí pronto estará a salvo.- explicó la joven poniendo una mano sobre el hombro de la alterada mujer.
-¿Tú qué sabes? No has vivido en el pueblo por mucho tiempo. Es imposible huir de la muerte y ella ya viene, no hay refugio que nos oculte.- gritó la mujer empujando a Ivorwen quien cayó dolorosamente golpeándose la pierna rota mientras la señora corría en dirección a la entrada del pueblo.
-¿Manen natye? (¿Cómo estás?)- preguntó Lothíriel ayudando a Ivorwen a incorporarse.
-Gracias señorita. Lo siento, no hablo su lengua.- expuso Ivorwen con un mohín de dolor en el rostro.
-Veo que estás herida, será mejor que vengas conmigo en el próximo viaje.- advirtió la elfa llevando a la joven de vuelta a la casa en donde organizaba a las personas.
-No… estoy bien. Por favor, continuemos con la evacuación, aún faltan muchas personas.- dijo Ivorwen con lágrimas que amenazaban con abandonar sus ojos. Se negaba a creer lo que aquella mujer había dicho pero quizá en su locura había algo de realidad.
-Como desees, vamos.- aseguró la elfa.
El desalojo prosiguió lo más rápido posible, niños, ancianos y mujeres habían sido trasladados a los diferentes sitios. Del lado de la gran roca, los enfermos no habían podido ser dispuestos dentro de la cueva, algunos tuvieron que ser acomodados entre la maleza y camuflados con las hojas secas. De forma similar pasó con el sitio de la arboleda, las personas fueron cubriéndose con las hojarascas, entre los troncos y ramas. El sol estaba bajando y aún no habían concluido con la evacuación.
-Si esas bestias nos sorprenden, debemos desviar su atención de los refugios.- señaló Lothíriel con ansiedad y observando al cúmulo de personas por trasladar.
-Entiendo, también creo que debemos considerar que un sanador permanezca en cada uno de los campos en caso que seamos emboscados.- dijo el elfo guía.
-Tancave (Sí), creo que debemos prever ese panorama, hablemos con el resto de los elfos.- propuso Lothíriel observando el atardecer.
Los elfos se reunieron y comenzaron a deliberar sobre la posibilidad de que los orcos los emboscaran en pleno traslado. La única opción era luchar y evitar a toda costa que descubrieran los refugios. Además debían desvanecer las huellas y marcas que denunciaran cualquier atisbo del desalojo, para lo cual, los elfos no tenían problema alguno.
La carreta de las provisiones fue empleada para llevar a los enfermos hasta la roca, conforme el sol se ocultaba el movimiento era más caótico pero seguía siendo funcional. Uno de los elfos se encargó de camuflar las huellas y vestigios de la reciente actividad en el pueblo y las cabañas. Casi medio día habían dedicado ya al traslado de la gente y aún restaban algunas personas.
-Creo que concluiremos las tareas junto a la luz del sol.- dijo el elfo guía a Lothíriel mientras se preparaban para llevar a otro grupo de personas.
-¿Lothíriel?, ¿manen nalye? (¿cómo estás?)- preguntó el elfo al notar la mirada ausente de la elfa clavada en las montañas del norte.
-Ya casi están aquí. ¡Gwaem! (¡Vamos!)- expresó Lothíriel angustiada.
-Es el último grupo, los demás están en los respectivos sitios.- dijo el centinela saliendo a todo galope a dejar a los hombres a la arboleda.
-Sube al caballo, creo que puedes montar, yo aguardaré a que regresen mis compañeros.- dijo Lothíriel a Ivorwen.
-Usted debe llevarlos, yo no puedo montar con rapidez y pondrían en riesgo a esas personas. No se preocupe esperaré a que regresen por mí. Mientras tanto averiguaré si no ha quedado algún rezagado.- explicó la chica pelirroja.
-Regresaré.- dijo Lothíriel saliendo a todo galope con el último grupo de hombres y el último de los rayos solares.
Ivorwen se movió lo más rápido que pudo y echó un vistazo a la casa donde habían estado, le sorprendió ver que parecía haber estado abandonada por mucho tiempo, sin duda, el elfo había realizado un gran trabajo. La chica subió hasta la pequeña terraza, oteó a sus alrededores y la nostalgia la embargó. Todo estaba desierto, derruido…
-¿Estás bien?- dijo el elfo con el que había cabalgado durante la expedición.
-¡Pero qué susto! Sí estoy bien… pensé que no había nadie más. ¿Qué tienes allí?- dijo Ivorwen recuperándose del susto.
-Parece que este pequeño fue cubierto por las mantas y, entre el caos, nadie reparamos en su presencia hasta ahora.- dijo el elfo con el bebé en brazos.
-¡Qué descuido! Lo siento mucho pequeño. Gracias por su ayuda.- expresó la joven con pesar en sus facciones y acariciando la rosada carita del pequeño.
-Vámonos de aquí no hay nada más que hacer, esperemos en la sendero.- propuso el elfo.
-Volveré al pueblo por la joven y el guardián. Por favor, sean discretos, ocúltense y no se expongan.- anunció Lothíriel llegando a la arboleda.
-¡No dirweg! (¡Ten cuidado!)- dijo uno de los centinelas que trepó a un árbol con arco y flechas dispuestos.
La elfa cabalgó raudamente junto al otro caballo con el que había llegado.
-¿Cree que lo logremos?- preguntó Ivorwen al elfo que se encontraba sentado a su lado.
-Estamos haciendo lo que está en nuestras manos para que así sea.- respondió el elfo con el bebé removiéndose entre sus brazos.
El elfo sintió una ligera vibración bajo sus pies, entregó el pequeño a Ivorwen y trepó ágilmente al tejado de la casa. Miró con dirección al norte, vio una mancha negra acercándose a gran velocidad, después observó hacia el otro lado, percibió que Lothíriel se acercaba al pueblo y descendió hasta donde estaba la joven con el bebé.
-¿Qué pasa?- indagó Ivorwen nerviosa.
-Vamos debemos acercarnos a Lothíriel, ella ya viene. Sostén con fuerza el bastón, apóyate y dame el bebé.- pidió el elfo.
-Pero… ¿ya vienen?- exclamó la pelirroja angustiada y marchando con dificultad.
-¡Rápido!- demandó el elfo.
Lothíriel vio con horror la oleada negra que se acercaba y apresuró el paso. Sabía que si la veían o ella asesinaba a algún orco todo se vendría abajo, ya que, delatarían su presencia y aquellas criaturas no se detendrían hasta darles caza a todos.
-¿Hay algún subterráneo aquí?- preguntó el elfo a Ivorwen.
-¿Qué?... debajo del granero hay un almacén de roca donde guardábamos los alimentos. ¿Por qué?- dijo asustada la joven.
-No creo que podamos llegar al refugio sin ser vistos y no podemos arriesgar a los demás. Lothíriel también lo ha previsto, ya que, ha soltado a los caballos.- indicó el elfo guía.
-Pero… ¿cómo…?- dijo la asustada chica.
-Amin hiraetha (Lo siento), no llegaremos al refugio. Están sobre nosotros.- advirtió la elfa agitada.
-Los he visto, nos resguardaremos debajo del granero. ¡Corran!- anunció el elfo.
Llegaron al granero y bajaron hasta el oscuro sótano de roca sólida. Todo estaba revuelto, paja, aserrín, tierra, barriles, herramientas, contenedores y anaqueles.
-¿Y ese bebé?- preguntó Lothíriel que entre la premura no había reparado en su presencia.
-Estaba oculto entre las mantas…- contestó el elfo entregando al pequeño a Ivorwen.
-Debemos encontrar una ruta de escape o ésta será nuestra tumba. ¿Hay algún túnel o desagüe?- averiguó el elfo.
El suelo vibraba cada vez con mayor intensidad, las pisadas de aquellas criaturas apisonaba el terreno a su paso, el sonido era una mezcla del choque de metales con el galope de cientos de caballos desbocados…
-¡Rápido, contesta! ¿Hay algún túnel?- ordenó impaciente el elfo que observaba la amplio sótano.
-Sí… en una de las esquinas hay una ventilación que sale hasta la vereda trasera del pueblo.- dijo la joven tratando de calmar al bebé que empezaba a llorar.
Lothíriel y el elfo corrieron a las esquinas opuestas, pese a la oscuridad, su agudo sentido de la vista les permitía desplazarse con soltura.
-¡Yé utúvienyes! (¡Lo he encontrado!)- avisó la elfa quitando la paja y los trozos de madera.
-¡Maldición, está sellado!- advirtió el elfo con desesperación.
-¡Shhh, shhh, tranquilo bebé! No deben escucharnos.- repetía Ivorwen temblando de miedo.
De pronto el sonido de la marabunta oscura cesó…
-¡Ayúdame! Las varillas están debilitadas.- susurró Lothíriel con el corazón en la garganta ante el inquietante silencio del exterior. Ambos elfos tiraron con todas sus fuerzas pero, después de varios intentos, sólo lograron aflojarlas un poco.
-¿No hay otro lugar de donde podamos salir?- preguntó la elfa a la pelirroja que abrazaba con fuerza al bebé.
-No… pero…- tartamudeaba Ivorwen.
De pronto, escucharon pronunciar la lengua negra, pasos sobre el suelo lodoso y el pueblo se alumbró con las antorchas.
-Escúchame, ¿hay algún lugar por el cual podamos salir?- preguntó Lothíriel tomando de los hombros a la atemorizada joven.
-No lo hay…- dijo colocando delicadamente al bebé sobre la paja e incorporándose con dificultad. –Creo que podemos usar esto para romper las varillas.- explicó Ivorwen mientras tanteaba el lugar con las manos extendidas y agarraba las cadenas de una polea.
Un rugido atronador fue lanzado por las huestes malignas y todo comenzó a temblar. Las hachas, los mazos y las antorchas fueron destruyendo, saqueando y quemando el pueblo. Todo el Valle se iluminaba con el color escarlata del fuego.
-¡Vamos dame la cadena!- dijo el elfo a Lothíriel quien le entregó el extremo de la cadena con el gancho.
-Trata de calmar al niño.- pidió la elfa a la joven.
-Listo, está enganchado. Ahora halemos con fuerza.- dijo el elfo.
El centinela, Lothíriel e Ivorwen, quien también se les había unido, halaron con fuerza la polea. El bebé no paraba de llorar, pero el caos del ataque camuflaba su llanto y el ruido de las cadenas. El humo había invadido casi por completo el sótano y les costaba trabajo respirar. Una y otra vez intentaron sacar las varillas de la ventilación, hasta que finalmente, éstas salieron peligrosamente disparadas en su dirección.
El granero había comenzado a arder. Los gritos de los orcos eran aterradores y furiosos pues no habían encontrado lo que esperaban.
Los elfos retiraban la tierra que cubría la ventilación mientras las ratas huían despavoridas ante el caos reinante. De pronto escucharon pisadas por los escalones que conducían al sótano…
-Vamos, vamos, metete.- murmuró el elfo a Lothíriel quien se introdujo por la ventilación y fue a verificar lo que había del otro lado.
El elfo caminó con sigilo hasta Ivorwen que se había quedado junto a la polea con el bebé en brazos. La alcanzó, ella se sobresaltó y rengueó hasta el orificio de la ventilación. Ivorwen palideció cuando frente a ella dos orcos sonreían con malicia y empuñaban sus mazos amenazadoramente. La chica cayó de espaldas con el pequeño bien aferrado a su pecho pero los orcos no atacaron. El elfo tocó su hombro, la ayudó a levantarse y con la luz producida por el fuego pudo ver a los orcos muertos. El bebé lloraba incontrolablemente y ello atrajo a más criaturas. El elfo tomó al bebé, se agazapó para paseárselo a Lothíriel y después ayudar a la mujer a deslizarse.
-Lothíriel agarre al niño, nos han escuchado los orcos…- explicó el elfo al arrastrarse por el estrecho canalillo de la ventilación.
-¡Ayuda a la joven!- dijo Lothíriel angustiada. Cuando la elfa cargó al niño experimentó intensos sentimientos de anhelo, pánico y dolor; tuvo que cerrar los ojos para devolverse a la realidad. -Nai Ilúvatar varyuva le (Que Ilúvatar te guarde)- pronunció la elfa con lágrimas en los ojos ante la atenta mirada del pequeño que había dejado de llorar.
-¡Apresúrate, dame la mano!- ordenó el elfo desesperado.
-¡Ya están aquí, me han visto!- dijo aterrorizada Ivorwen mientras se agachaba y tomaba con firmeza la mano del elfo.
-¡Áva quetë! (¡Calla!)- indicó el elfo jalando fuertemente a la mujer, se escuchó un gruñido ensordecedor e Ivorwen apretó la mano del centinela cuando sintió los afilados colmillos del orco incrustarse atravesando su pierna fracturada. La joven hacía un esfuerzo sobrehumano por no gritar porque sabía que ponía en peligro a los demás, finalmente sólo la habían visto a ella.
-¡Suéltame, por favor, déjame. Me ha atrapado… mi pierna!- suplicó en un susurro atormentado.
El elfo nada podía hacer desde su posición, ya que, el canal era tan estrecho que apenas podían arrastrarse por éste. De pronto se escuchó un escalofriante crujido y el cuerpo de la joven quedó lánguido. El centinela la arrastró hacia sí.
-Tenemos que salir Lothíriel, Ivorwen está muy malherida y entre el humo o el fuego moriremos.- señaló el sofocado guardia.
-Afuera hay orcos aunque la mayoría están en el camino principal del pueblo. Quizá pueda distraerlos mientras ustedes huyen.- propuso la elfa.
-¡Vá! (¡No!) ¿Qué hay de ti? Debe haber otra opción- mencionó el elfo.
-Pues si la hay, yo no la veo. Así que no perdamos más tiempo…- señaló Lothíriel arrastrándose cuidadosamente con el bebé en uno de sus brazos.
-¡Amarth faeg! (¡Pobre destino!)- exclamó uno de los sanadores observando desde la arboleda el iracundo ataque de los orcos.
-Mi hija está allí… ¿Qué clase de padre soy que abandona a su pequeña en medio de tal peligro?- se lamentó Belthil oculto por la maleza detrás de un árbol.
-Deberíamos ir a ayudarlos.- propuso uno de los hombres que se encontraba cubierto por las hojas secas.
-¡Basta de estupideces, nadie se moverá de aquí! ¿Entendido?- dijo disgustado el elfo que se encontraba sobre una de las ramas con el arco y la flecha preparados.
-¡Daro! (¡Espera!)- advirtió Lothíriel quien se asomaba sigilosamente para verificar el movimiento de los orcos, no eran muchos pero no se marchaban e iban armados con antorchas. –Esto es lo que haremos: saldré y enfrentaré a esas criaturas lo más discretamente que pueda, deberás llevarte a Ivorwen y al pequeño.- explicó la elfa sin dejar de observar el camino trasero del pueblo.
-Entiendo pero…- mencionó el guardia.
-¡Gwaem sí! (¡Vamos ahora!)- señaló la elfa emergiendo ágilmente del estrecho canal. Dejó al bebé a un lado, las criaturas oscuras no habían reparado en su presencia, el centinela salió arrastrando a Ivorwen, se dio cuenta que parte de su pierna había sido arrancada y la mujer se desangraba; así que, cortó velozmente un trozo de su capa y formó un torniquete entorno a la herida, la cargó y Lothíriel colocó sobre el cuerpo inconsciente de la joven al bebé.
-¡Drego! (¡Huye!)- indicó la elfa mirando a los ojos al elfo.
En ese instante los orcos los vieron, Lothíriel apuntó con decisión su arco y disparó sin vacilar, acertando en cada una de las ocasiones. El elfo se marchó lo más rápido que pudo, oculto entre el humo, los escombros y el caos. La elfa siguió empleando su arco con gran maestría hasta que terminó con las criaturas que allí estaban, apresuradamente retiró cada una de las flechas disparadas para evitar que las demás bestias pudieran deducir la presencia de elfos en el lugar. Avanzó sigilosamente, el humo y las cenizas le dificultaban la respiración. Siguió las huellas de sus compañeros para procurar que en su escape no fueran blanco fácil de las bestias.
-¡Maldición!- susurró el elfo ocultándose detrás de un contenedor. El bebé había estado a punto de caer, así que tuvo que depositar a la mujer en el suelo y reacomodar al pequeño sobre ella.
De pronto, un huruk-hai cayó pesadamente a su espalda, había sido atravesado en la cabeza por una flecha, observó alrededor y vio a Lothíriel agazapada a un costado de una casa en llamas con el arco bien sujeto. El elfo sacó su espada y mató a un orco que se le acercaba por enfrente; la elfa corrió hasta que los alcanzó, volvió a retirar la flecha. La mayoría de los atacantes se concentraban en la parte principal del pueblo, se podía escuchar el crepitar de las llamas de las casas incendiadas, las hachas de los orcos derrumbando las construcciones, los rugidos coléricos y lo más atemorizante que pudieron notar los elfos fue que algunos de los orcos se diseminaban por los alrededores.
-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- indagó Lothíriel.
-Necesito que me ayude con el bebé, si los llevo a ambos de esta manera no llegaremos muy lejos.- dijo el elfo vigilando el entorno.
-Está bien…- respondió Lothíriel improvisando con su cinturón y las mantas que envolvían al pequeño una especie de saco que ató con cuidado a su espalda.
Dos orcos se acercaron peligrosamente, el centinela se movió ligeramente, lanzó una daga que se clavó en el cuello de uno de ellos y con la espada cortó la cabeza del otro. El elfo recogió sus armas y cargó a la inconsciente mujer.
-¡No dirweg! (¡Ten cuidado)!- advirtió el elfo que comenzó a caminar entre los escombros; planeaba dirigirse al roquedal que rodeaba una depresión del lado opuesto a donde se habían asentado los refugios pero para ello primero debía salir del pueblo y caminar por la planicie evitando ser visto.
-¡En! (¡Mire allí!)- señaló el elfo el lugar al que pretendía dirigirse, sin embargo, la elfa ya no estaba con él. – ¿Massë nalyë? (¿Dónde está?)- murmuró el elfo preocupado, observó para todos lados mientras seguía avanzando con suma cautela, se detuvo junto a un pilar de piedra, miró hacia atrás y a la distancia pudo distinguirla. Entre ambos se había interpuesto una cuadrilla de orcos que peleaban entre sí, la elfa se ocultaba debajo de un pedazo del techo de una casa que con las brasas aledañas empezaba a quemarse.
-Vanya sínomello (Vete de aquí).- pronunció Lothíriel cuando se dio cuenta que el elfo guardián quería regresar por ella. La elfa entonces salió de debajo del techo y caminó hacia otra dirección para evadir a los orcos.
El elfo guardián siguió su camino no muy convencido de abandonar a la elfa, sin embargo, sólo así tendrían más posibilidades de sobrevivir.
Lothíriel caminó lo más cerca que le fue posible a las partes más destruidas del pueblo, ya que, eran los lugares con menor presencia de orcos. La elfa no conocía muy bien aquella zona por lo que le era difícil decidir el sitio en el que podría ocultarse. Oyó que varios pasos se acercaban, de inmediato se ocultó en un abrevadero lleno de tierra y cenizas; el bebé se removía balbuceando en su espalda. –Tranquilo, estaremos bien, guardemos silencio. – musitó Lothíriel y el pequeño se sosegó. Los orcos hablaban, la elfa conocía la lengua negra aunque nunca la había pronunciado, se atribuló al entender que gran parte del escuadrón estaba en camino al Bosque Verde, en vista de que éstos pensaban que el pueblo de los hombres pediría asilo al Rey Elfo.
La elfa sintió la rabia invadirla, se puso lentamente de rodillas, se percató que se trataba de dos orcos y dos huruk-hai, apuntó el arco y disparó velozmente a tres de ellos, no obstante, el que parecía ser el líder del grupo saltó hacia ella y la levantó por el cuello. La elfa sintió que se asfixiaba, el huruk-hai le apretaba el cuello con fuerza entonces Lothíriel le propinó una patada en el estómago y éste la soltó, ella apenas podía respirar, sacó una daga de su bota, la arrojó pero fue esquivada; el huruk volvió a lanzarse contra ella, la agarró del cabello, haciéndole la cabeza hacia atrás, le dio un fuerte golpe en la cara que hizo que la elfa casi perdiera el conocimiento, la criatura la acercó a su rostro cuando escuchó el llanto del bebé, se distrajo, Lothíriel agarró una flecha y con la fuerza que le quedaba la clavó en la garganta del huruk que de inmediato la soltó.
Lothíriel se quedó por un instante de rodillas tratando de recuperarse, el huruk seguía removiéndose, por lo que, ella apuntó su arco y disparó una flecha directo al pecho. –Gracias pequeño. Ahora busquemos un refugio.- murmuró la elfa al bebé que de inmediato acalló su llanto.
El elfo guardián había tenido que dejar a Ivorwen al lado de una maltrecha carreta pues unos orcos se le acercaban amenazadoramente. Desenfundó su espada y se abalanzó contra éstos. De pronto, sintió una extraña ráfaga de viento y un graznido resonó en el aire… los orcos comenzaron a huir despavoridos.
Al menos, tres enormes buitres surcaban el cielo nocturno y descendían furiosamente atrapando entre sus afiladas garras a los orcos que encontraban a su paso para engullirlos. Lothíriel aprovechó la confusión y corrió hasta que alcanzó un solitario árbol a unos metros de la entrada principal del pueblo, allí se ocultó momentáneamente. Observó con tristeza que el pueblo estaba envuelto en llamas, completamente destruido y los orcos trataban de escapar de las aves. Su mirada empezó a oscurecerse producto de la sangre que escurría desde la herida que tenía en la frente y la ceja, se limpió, miró a su alrededor y marchó colina arriba.
-¡Todos ocúltense!- ordenó el centinela a la gente que se refugiaba en la arboleda, ya que, los carroñeros volaban cerca del lugar. Los elfos subieron a las copas de los árboles y dispararon a los orcos que se acercaban peligrosamente.
-¡Me duele!- masculló Ivorwen que comenzaba a despertar.
El elfo la miró sin detener su carrera, estaba próximo a llegar al roquedal, sin embargo, eran perseguidos por algunos orcos. Apresuró el paso y llegó a la depresión rodeada por las rocas, dejó allí a Ivorwen y salió a combatir a los orcos, en más de una ocasión tuvo que tirarse al suelo para evitar ser capturado por los buitres. Entre su espada y las aves, los orcos que los seguían fueron liquidados.
-¡Cuidado!- gritó Ivorwen cuando el elfo se disponía a saltar dentro de la depresión, un buitre se abalanzó y lo tomó de la cintura con su pata. El elfo cortó uno de los dedos del pájaro y éste chilló sonoramente, el elfo calló dolorosamente lastimándose el hombro y el brazo, se incorporó y percibió que el animal se alejaba, así que regresó al pedregal.
Lothíriel sentía que la cabeza le daba vueltas y le punzaba, a causa del fuerte golpe que recibió. Corrió hasta que una pedrada en una de sus piernas la hizo tropezar, volteó y vio que los orcos la seguían, así que recogió la piedra y se la aventó a uno de los orcos pegándole en el hombro, volvió a correr hasta que se detuvo y pudo acomodar su arco para disparar, abatió a por lo menos diez orcos, no obstante, una turba de al menos veinte se acercaban, disparó la dos flechas restantes y volvió a correr a toda velocidad por un largo rato hasta que se internó a una arboleda, los orcos casi le daban alcance pero la elfa se metió en un tronco hueco y a los poco segundos las criaturas pasaron de largo.
Lothíriel no pudo escuchar más las pisadas de las criaturas y se aventuró a salir de su escondite, corrió en dirección opuesta a la que se dirigían los orcos, se internó en la parte más poblada de árboles, el amanecer estaba próximo, cuando estuvo cerca de un gran abeto de hojas naranjas, trepó cuidadosamente. –Aquí arriba estaremos más seguros.- dijo la elfa al bebé que permanecía callado pero en constante movimiento ante la agitación. Cuando llegó a lo más alto del árbol se sentó en la rama más gruesa, desató el sacó en el que reposaba el niño y lo colocó entre sus brazos. El pequeño estaba asustado pero parecía estar bien, miró a la elfa y le sonrió; ella colocó uno de sus dedos entre las manitas del pequeño y allí permanecieron ocultos.
