-¡Mi pierna!, ¿Qué pasó?- gritaba Ivorwen ahogada en llanto, al percatarse finalmente que su pierna rota había sido desprendida por las mandíbulas del orco durante su escape del granero.

-¡Basta, basta! Escúchame, estamos vivos y si queremos seguir estándolo no podemos perder la cabeza. Además debes guardar energía, la necesitarás para recuperarte… debemos llegar con los sanadores, necesitas ayuda con urgencia.- aseveró el centinela mirando la horrible herida de la joven.

-¿De qué serviré así? Seré una carga…- continuaba llorando amargamente la joven pelirroja.

-Serás lo que quieras o lo que ten convenga ser. La mujer que escucho ahora no parece coincidir con la que mis compañeros conocieron durante la emboscada…- dijo el elfo seriamente.

-¡Qué!, ¿Qué harías tú en mi lugar, cómo te sentirías?- reviró aturdida Ivorwen.

-Supongo que me sentiría miserable por un tiempo pero, sin duda, buscaría otra forma de serle útil a mi pueblo y a mí mismo.- aseguró el elfo mirando a la pelirroja a los ojos.

Ivorwen se quedó en silencio meditando las palabras del elfo mientras se masajeaba la pierna y volvía a recostarse.

-Po otro lado, es alentador que tengas el ímpetu para hacer una rabieta…- aseguró el elfo con una discreta sonrisa en los labios.

-Gracias… por ayudarme.- dijo la chica que volvió a dormir para no sentir el intenso dolor.

El elfo observó entre las rocas el pueblo del Valle, estaba completamente destruido, las llamas aún devoraban algunos sitios y de otros sólo el humo era testigo de lo que alguna vez hubo allí. Los orcos, aunque en número reducido, aún deambulaban entre los escombros, más allá en las zonas aledañas a los refugios podía distinguir un gran número de cuerpos de orcos sobre el suelo. Pronto debía aventurarse a llegar a uno de los refugios, ya que la mujer necesitaba ser atendida por un sanador, antes de que el envenenamiento producido por la mordedura se extendiera por todo su cuerpo.

El árbol empezó a vibrar, la elfa se asustó, miró hacia abajo, los orcos talaban el abeto y éste se balanceaba. Lothíriel de inmediato se colocó al bebé en la espalda, el árbol estaba por caer, así que, saltó hacia una rama de la que apenas consiguió sostenerse, los orcos gritaba excitados ante la posibilidad de atrapar a la elfa, ella logró asirse del tronco y se deslizó ágilmente a través de los árboles hasta que consiguió confundir a aquellas criaturas. Lothíriel sabía que debía pelear y ahora que habían perdido su rastro era la oportunidad de un ataque sorpresa, dejó al bebé sobre una de las toscas ramas y bajó del árbol. Se encaminó silenciosamente, desenvainó su espada, se ocultó tras un tronco, en cuanto los escuchó atacó velozmente y volvió a desaparecer. Los orcos desconcertados miraron hacia todos lados, la elfa volvió a asestar un nuevo golpe mortal y se esfumó. Uno de los orcos la divisó y le propinó una patada en la espalda arrojándola varios metros, la elfa se incorporó muy adolorida esperando la embestida, los orcos se abalanzaron, ella los enfrentó valientemente hasta que finalmente los venció y herida se desplomó sobre la tierra.

-¿Qué haremos?- preguntó uno de los sanadores a otro elfo en el campamento de la arboleda.

-Creo que debemos esperar… no sabemos si más de esas bestias llegarán, además aún hay orcos en el pueblo.- explicó el elfo.

-Tienes razón pero no podemos esperar durante mucho tiempo además creo que deberíamos buscar a Lothíriel, Ivorwen y el guía.- expresó el sanador.

-Lo haremos pero debemos dejar que el día transcurra… me preocupa aquella tropa de orcos que pasó de largo, me atrevería a asegurar que se dirigen al Bosque Verde.- dijo el elfo observando a su alrededor con consternación.

-Quizá, desafortunadamente no hay nada que podamos hacer al respecto… vamos debemos ayudar a los enfermos.- apuntó el sanador con un dejo de nostalgia.

En el refugio de la gran piedra, los sanadores trabajaban sin descanso y los centinelas habían tenido que enterrar a dos personas más. Durante el asalto habían abatido a varias criaturas que se acercaron demasiado al refugio.

-Debemos comunicarnos con el resto para concertar ciertas decisiones.- dijo el elfo que regresaba de sepultar a las personas.

-Sí, debemos hacerlo.- comunicó el sanador un tanto ausente.

-Nana… nana (Mamá), ¿ada (papá) no regresará?- preguntó Eilinel con lágrimas en los ojos al despertarse abruptamente.

-Veleth nin (Cariño), ha sido un sueño, tu padre regresará.- dijo Luinil abrazando cariñosamente a su hija.

-Entonces lo que dijo la sombra no es verdad… adar (padre) está bien.- sollozó Eilinel mirando con ojos suplicantes a su madre.

-Eilinel lo único que debes escuchar es tu corazón, no dejes que nada ni nadie perturbe tu alma.- expresó Luinil con congoja ante los temores de su pequeña hija.

Thranduil recién salía de tomar un baño, observó por el gran ventanal, la mañana era fría, nublada y brumosa, se vistió con exquisitas ropas, bebió algo de vino y se dispuso a trabajar. No podía concentrarse, la angustia que sentía iba en aumento, un presentimiento lo tenía inquieto, dejó los pergaminos y deambuló por su refinada habitación con los ojos clavados en el suelo. Volvió a asomarse al mirador y le sorprendió ver al cervatillo, los elfos que por allí pasaban intentaban tocarlo pero éste huía y volvía a plantarse en el mismo sitio observando hacia donde estaba él. El Rey salió de su habitación, pidió a sus guardias no seguirlo y caminó hacia fuera del palacio para encontrarse con el animal.

En cuanto el animalito reparó en la presencia de Thranduil salió corriendo hasta internarse al bosque, el Rey permaneció en el lugar, entonces el cervatillo volvió a aparecer frente a él y se marchó nuevamente. -¿Man cerig? (¿Qué estás haciendo?)- se preguntaba el soberano ante la conducta de la cría…

-Aran Thranduil (Rey Thranduil), ¿desea que le acompañemos?- preguntó uno de los guardias del palacio.

-Lá (No), ahora regreso. Mientras tanto, prepara mi caballo.- ordenó Thranduil internándose en el bosque.

El cervatillo andaba rápidamente entre los árboles y de vez en cuando se detenía para verificar que el soberano lo siguiera. Thranduil reconoció de inmediato al lugar a donde iba, el claro. Cuando llegó, el animal olfateaba cerca de algo brillante, el monarca se acercó y recogió un broche con una pequeña gema en uno de los extremos, la cual, solía llevar Lothíriel en el cabello. -¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- cuestionaba el Rey cuando la cría echó a correr con dirección al norte. Entonces lo supo… el Rey regresó al palacio.

-Anardil cabalgaremos a la frontera norte del bosque, lleva a los guardias.- ordenó Thranduil mientras se colocaba la espada y subía a su caballo.

-Enseguida.- se retiró Anardil para organizar la marcha.

-¿Man-ie Aran Thranduil? (¿Qué pasa Rey Thranduil?)- preguntó Isilion al ver la agitación alrededor del soberano.

-Te quedarás a cargo junto a Lenwë. ¿Has enviado el comunicado a Lórien?- averiguó el Rey.

-Sí, lo he enviado. Hïr vuin (Mi señor) quisiera acompañarlo… mi hija está en peligro, lo sé.- expuso el Consejero Real.

-Lá (No) y no discutiré más.- sentenció el Rey Elfo saliendo a todo galope junto a su Guardia Real.

-Consejero, ¿qué está pasando?- se arremolinaban los elfos alrededor de Isilion pidiendo explicaciones.

-¿Manen nalye? (¿Cómo estáis?)- preguntó el elfo que llegó al campamento de la gran roca.

-Hemos perdido a dos personas pero estamos sobrellevando el asunto.- respondió el sanador.

-Es necesario que tomemos decisiones.- dijo el elfo guardián.

-Tancave (Sí), he observado a los orcos que restan en el pueblo, creo que podemos combatirlos y después buscaremos a nuestros compañeros.- dijo el elfo recién llegado.

-Está bien, organizaré a los demás centinelas. Nos veremos aquí en unos minutos, sean cuidadosos.- apuntó el elfo.

Los centinelas de ambos campamentos se reunieron con caballos y espadas preparados para hacer frente a los orcos que aún quedaban en el pueblo. Mientras tanto, los sanadores se quedarían a cuidar de los enfermos.

-Ivorwen, despierta, debemos irnos.- dijo el elfo tocando gentilmente a la joven en el hombro.

-No puedo moverme…- sollozaba la mujer que empezaba a tener fiebre.

-Lo sé… escúchame, necesito que te sostengas lo más fuerte que puedas, te ayudará pero necesito que tú también me ayudes a mí ¿está bien?- explicó el elfo agachándose para que la joven pudiera subirse a su espalda y sostenerse de sus hombros.

-Lo haré.- dijo Ivorwen quien al sentir que el elfo agarraba su pierna casi se soltó debido al intenso dolor.

El elfo salió del roquedal con Ivorwen a cuestas, la mujer se sorprendió por la agilidad y rapidez con la que se movía el guardián. La joven observó la mancha negra en la que se había convertido su pueblo, ninguna casa quedaba en pie, todo estaba irreconocible. Siguieron marchando cuidadosamente, el elfo observó a un pequeño grupo de jinetes cabalgar hasta el pueblo.

-Esperaremos un momento.- indicó el guardián que se dirigió a una zona de pastizal alto y allí depositó a la joven mientras observaba a la distancia lo que ocurría en el pueblo.

-¿Por qué nos detenemos?- preguntó Ivorwen.

-Mis compañeros atacan a los orcos del pueblo.- reveló el elfo.

Los centinelas arremetieron con rapidez a los orcos, emplearon a los caballos para cercarlos y propinar un golpe infalible. Después patrullaron las ruinas en busca de más criaturas y de sus compañeros pero de ninguno encontraron rastros, todo estaba carbonizado.

-Regresen a sus respectivos campamentos, sólo dos de nosotros buscaremos en los alrededores a nuestros compañeros.- dijo el elfo que había cabalgado con la joven mujer.

-De acuerdo, asegúrense de no ser descubiertos o seguidos por más de esas bestias. Además creo que no sería prudente que se aventuraran a las lejanías o tomaran demasiado tiempo. Nuestra situación es precaria.- dijo otro de los elfos que se retiraban a los refugios.

El elfo que estaba con Ivorwen había observado atentamente los movimientos de sus compañeros, por lo que dedujo que se retirarían y los demás harían un viaje de reconocimiento por la zona. Si quería que los vieran esta era la oportunidad pero primero se aseguró que no hubiese orcos o buitres merodeando.

-Ivorwen iré por mis compañeros, ahora vuelvo.- avisó el elfo a la débil mujer.

-Sí- atinó a responder la pelirroja aquejada ya por los efectos del envenenamiento.

El elfo corrió precavidamente…

-¡En! (¡Mira allí!)- indicó uno de los elfos que se había quedado en el pueblo.

-¡Gwaem! (¡Vamos!)- respondió el centinela.

Cabalgaron de prisa hacia la figura del elfo que se había quedado en el sitio donde estaba al percatarse que los jinetes cabalgaban en su dirección.

-¿Manen natye meldo? (¿Cómo estás amigo?)- dijo uno de los elfos que bajó de inmediato del caballo y se acercó al guardia.

-Nan mara, meldonya nan Ivorwen aphado nin, boe de nestad. (Estoy bien amigo mío pero, Ivorwen está herida y necesita que la curen).- advirtió el elfo dirigiéndose al pastizal donde había dejado a la joven mujer.

-¿Ivorwen? Nos vamos…- indicó el elfo a la chica que sólo entreabrió los ojos y emitió un débil quejido.

-Está muy grave, yo la llevaré.- dijo el elfo que peleara junto a ella. La cargó, la subió al caballo y de inmediato partió rumbo al refugio de la arboleda.

-Creo que tú también necesitas ser atendido.- dijo el elfo observando el traje manchado de sangre de su compañero.

-Fui descuidado… debemos buscar a Lothíriel. Creo que logró escapar pero no tengo idea hacia dónde.- indicó el elfo mirando a sus alrededores buscando algún indicio.

El sol le alumbró la cara, ella se agitó, a lo lejos escuchó el llanto de un niño, sentía mucho dolor, no quería moverse. De pronto, todos los acontecimientos recientes se agolparon en su mente y despertó. Lothíriel observó a su alrededor los orcos muertos, su espada reflejando la luz y se levantó de un salto, ignorando su cuerpo adolorido. Se sentía aturdida, volvió a escuchar al bebé y se encaminó hacia el árbol donde lo había ocultado.

-Agorel vae, av-'osto. (Bien hecho, no te preocupes)- dijo Lothíriel al pequeño cuando lo encontró sobre aquella rama y lo cargó cuidadosamente. -Amin hiraetha (Lo siento) sé que he tardado pero parece ser que no nos molestarán más, por ahora.- el bebé la miraba atentamente pero de inmediato volvía a llorar, la elfa se aseguró que no estuviera herido. -¿Meralyë matië? (¿Tienes hambre?) Bien, regresemos al refugio.- decidió Lothíriel. Descendió del árbol, caminó rumbo al pueblo del Valle.

-Da el aviso.- indicó el Rey Elfo a Anardil.

El Jefe de la Guardia Real hizo sonar la trompeta para advertir a los centinelas del bosque de aquella zona que debían reunirse en la frontera norte del reino. Thranduil había enterado a su guardia que el Bosque Verde enfrentaría una ofensiva de orcos. Anardil preguntó al soberano sobre la procedencia de esa información, sin embargo, no recibió esclarecimiento alguno.

Llevaba bastante tiempo caminando pero no encontraba la salida de aquella arboleda, sin duda el paisaje cambiaba y estaba segura de ir en la dirección adecuada, de acuerdo a la posición del sol. Pero por algún motivo la floresta parecía interminable, pensó que posiblemente el cansancio y las heridas le hacían sentir que el trayecto era más largo. La elfa finalmente se detuvo y trepó a un árbol para ubicarse pero, en efecto, marchaba correctamente. -¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- se preguntaba Lothíriel; descendió y persiguió con su camino.

Los elfos habían cabalgado por los sitios cercanos en donde podría haberse ocultado Lothíriel, pero no había huellas, ni pistas que les permitieran conocer su paradero. Cabalgaron cerca de la arboleda y se internaron en ésta pero nada. Algo extraño estaba pasando en aquél lugar, ya que, los centinelas pasaron de largo sobre los cadáveres de los orcos, e incluso cabalgaron a unos metros de la elfa pero ni ella pudo escucharlos, ni ellos verla.

-¿Crees que pudieron haberla capturado?- preguntó uno de los elfos provenientes del refugio.

-No lo creo, la vi cuando huíamos, ella debió venir en esta dirección. Además esas criaturas no han venido a tomar rehenes vienen a asesinar.- aseveró el elfo.

-Seguiremos buscando pero pronto tendremos que partir y me temo que no podremos volver.- advirtió el elfo.

-Colócala allí- pidió el sanador cuando llegaba el elfo con Ivorwen.

El sanador junto a Belthil, el padre de la joven, la atendió rápidamente, limpiando la herida, bajándole la fiebre y dándole de beber las infusiones para combatir el envenenamiento. A Ivorwen le había sido cercenada la pierna desde la mitad de la tibia, motivo por el que había perdido gran cantidad de sangre.

-Eres fuerte Ivorwen, hija mía, lo siento…- decía Belthil sintiéndose profundamente culpable y acariciando la frente de su hija.

-¿Am man theled? (¿Por qué?)…- decía Lothíriel desesperada ante el laberinto en el que se había transformado aquel lugar. –Iston (Lo sé) pero, no son seguros los frutos de esta tierra.- explicaba la elfa al irritado y hambriento bebé.

Caminó y caminó pero no conseguía abandonar aquel sitio. Se sentó bajo un haya de escasas hojas rojizas y meció al bebé entre sus brazos hasta que éste se durmió. Observó a su alrededor, la angustia comenzó a invadirla, el sol estaba por ocultarse, no tenía refugio, el frío era intenso, no había comida ni agua y no conseguía abandonar la arboleda. De pronto, entre los árboles vio el reflejo del atardecer sobre el agua pero, el río no corría cerca de aquella zona ¿cómo había llegado hasta allí?

-Nos vamos… hay decisiones que tomar.- anunció el elfo.

-Iston nan Lothíriel (Lo sé pero Lothíriel)… gracias a ella hemos salido avante de la emboscada. Abandonarla será como condenarla, dados los reciente hechos.- dijo acongojado el elfo guía.

-Me apena esta acción pero no hay más remedio, sólo confiar en sus habilidades y en la buena voluntad de Ilúvatar.- pronunció el elfo.

-Násië (Que así sea)- dijo el elfo montando el caballo y dirigiéndose al refugio.

La temperatura bajó abruptamente, el vaho de elfos y hombres lo hacía más evidente, el viento soplaba con fuerza y las hojas otoñales se arremolinaban. No había manera de cubrirse en aquella arboleda, los sanadores prepararon las tisanas para mantener el calor y la energía de todos, sin embargo, debían buscar una solución.

-Creo que deberíamos considerar marchar hacia el Reino del Bosque Verde y pedir asilo al Rey Thranduil. Los hombres lo han perdido todo…- dijo el sanador.

-También es la opción que he meditado, sin embargo, ¿qué pasará con los enfermos más graves?- analizó el elfo.

-Se irán los que puedan, los demás aguardaremos y resistiremos hasta que envíen ayuda del Reino del Bosque Verde.- dijo el elfo guía descendiendo del caballo junto al otro centinela con el que había buscado a Lothíriel.

-Maare tulde meldor (Bienvenidos amigos)- dijeron sus compañeros en el refugio de la arboleda.

-Hantalë meldor (Gracias amigos)- respondieron los elfos recién llegados.

-Es un plan sensato aunque considero prudente aguardar un día más antes de partir. Nos dará tiempo para organizarnos y, quizá la cuadrilla de orcos que siguió su camino para entonces ya esté lejos de nosotros…- reflexionó uno de los elfos del refugio.

-De eso último no estoy tan seguro, su destino podría ser el Bosque Verde pero, o nos arriesgamos intentando conseguir ayuda o permanecemos aquí a esperar que el viento sople a nuestro favor.- aclaró el elfo guía.

-Ya no sé qué pensar de todo esto… definitivamente el Rey no estará satisfecho con lo que ha pasado.- aseguró el elfo que había rescatado al guía.

-No, no lo estará, ahora no sólo deberá ocuparse de los elfos sino también de los hombres.- mencionó pensativo el guía.

-¿Qué ha pasado con Lothíriel?- interrogó el sanador.

-No encontramos rastro alguno.- dijo el elfo guía con rostro ensombrecido.

La elfa reemprendió el camino, se alejó lo más que pudo de aquella zona buscando algo de comer para el pequeño, se sentía profundamente atraída por el sonido del agua pero, algo en su interior le decía que debía alejarse de allí. Finalmente encontró unas moras, las cortó y probó; parecían estar en buen estado. Exprimió algunas sobre la boca del bebé y éste bebió el néctar.

-Por ahora es todo lo que tenemos, descansemos un poco.- dijo Lothíriel al bebé mientras trepaba sobre la gruesa rama de un árbol. Allí se sentó, acomodó al niño en sus brazos se cubrió con la capa y observó el reflejo del cielo sobre el agua que circulaba en la lejanía.

No todo lo que ves está realmente allí, ni todo lo que es imperceptible para tus sentidos quiere decir que no existe; recordaba las palabras de Lord Elrond. Varios años Lothíriel había vivido en Imladris, su padre la había llevado a ese bello lugar para que aprendiera a manejar el don de la clarividencia y fuera instruida en otras artes. Mucho había aprendido durante su estancia, sin embargo, el miedo que tenía a sus visiones era el principal impedimento para entenderlas. Luchó contra éstas hasta que consiguió enterrarlas por un tiempo y con ello se había privado de conocer una parte de sí misma. Quizá el miedo mismo era el que había propiciado que aquellas premoniciones se materializaran porque si algo había entendido era que éstas no eran necesariamente inmutables y absolutas. Ella se había negado la posibilidad de transformarlas o aceptarlas; porque también debía mantener un equilibrio entre aquello que podía o no controlar.

La cabalgata hizo una pausa para que los animales pudieran descansar. Thranduil bajó de su caballo y se acercó a los guardias reales. –Escúchenme atacaremos por los flancos, es importante que los congreguen frente a la primera línea de árboles del bosque, allí serán embestidos por los arqueros de la Guardia del Bosque, después en conjunto los remataremos. ¿Entendido?- expuso Thranduil.

-Entendido Aranya (Mi Rey).- dijeron sus interlocutores de la Guardia Real y la Guardia del Bosque.

-Partiremos de inmediato.- advirtió el Rey Elfo.

Sentía el movimiento bajo sus pies, observaba siempre hacia al frente pero sin entender lo que veía, la inercia lo movía, no podía pensar, algo le oprimía con fuerza el corazón, le dolía… -Ya deberías saber, elfo estúpido, que yo sólo doy rienda suelta a tus deseos reprimidos. Te otorgo esa libertad, ¿por qué te asustas de ti mismo?- repetía esa perversa voz en la cabeza de Seregon. –Cuida lo que piensas o acepta lo que deseas.- proseguían esas palabras en su mente. Luego la voz de su hija –Adar ¿qué has hecho?- y la de su esposa –Has cubierto tus manos de sangre, será mejor que no regreses.- se hundían esos pensamientos como dagas en su cuerpo.

Los elfos marchaban de regreso al Bosque Verde junto a los hombres que permanecían en el refugio de la arboleda, Ivorwen era trasladada a caballo, su condición era crítica. Los pacientes más estables habían presentado una notable mejoría en su estado de salud y caminaban hacia el reino élfico. Antes de partir, elfos y hombres cabalgaron en busca de provisiones para abastecer a aquellos que se quedarían, les fueron dejados un par de caballos, la carreta, una buena parte de los extractos medicinales y tres elfos se quedaron al cuidado de la gente enferma. Antes de emprender el viaje de regreso, uno de los centinelas salió en busca de Lothíriel pero, nada encontró.

Lothíriel siguió escudriñando el lugar en busca de una salida pero todos los sitios por los que se abría la arboleda la llevaban a orillas del río. El bebé aunque tranquilo se le veía hambriento y la elfa no había logrado encontrar nada para comer o beber. Todo apuntaba a que tendría que acercarse a aquel extraño lugar, así que, caminó con desconfianza hasta que estuvo fuera de la franja de árboles, el día estaba muy nublado, una niebla espesa se asentaba sobre el agua e impedía ver más allá, el río estaba sospechosamente estancado y silencioso. Caminó por la ribera, con el bebé cubierto en su espalda, se agachó explorando la tierra lodosa que parecía tener una viscosidad inusual, la hierba tenía un aspecto negruzco y en cuanto la tocaba se convertía en cenizas.

-Este lugar está enfermo pero ¿cómo llegamos hasta aquí?, será mejor que volvamos e intentemos buscar otra zona.- musitó Lothíriel al pequeño que sollozaba. En cuanto dio la vuelta la floresta no estaba allí sólo la niebla y el río. Caminó siguiendo sus propias huellas marcadas en el barro…

-¿A dónde vas?- escuchó aquella desagradable voz provenir del río cuyas aguas comenzaban a hervir pero, ella no se detuvo. –Me sorprende que estés aquí pensé que te acobardarías.- seguía hablándole la malignidad de las aguas. –No pensé que la hija de un Consejero Real tuviera tan pésimos modales.-

Lothíriel estremecida no paró de caminar, su cuerpo temblaba, las huellas que seguía se diluyeron en la desbordante agua, ante sus ojos se formó una figura humanoide de penetrante mirada escarlata y espeluznante boca que al abrirse iba escupiendo los restos de los seres que habían perecido en la corriente emponzoñada. El bebé comenzó a llorar desesperadamente.

-¡Mírame elfa!- dijo aquella figura de aspecto terrible extendiendo una extremidad con la que apretujó el cuello de ella. –Eso es… has hecho un gran trabajo el Rey Elfo está en camino-

-¿Mana?, ¡Ani lerya, ego! (¿Qué? ¡Suéltame, largo!)- exclamó asfixiadamente Lothíriel empuñando su espada tratando de cortar el brazo que la tenía sujeta, sin embargo, aquello resultaba como querer cortar el aire.

-Es divertido tratar con los elfos, creen saberlo todo y después que descubren que no es así, se escudan en su pretendida inocencia. ¿Por qué crees que dejé que vieras mis planes para el pueblo de los hombres? o ¿en tu soberbia creíste haberlo hecho todo por tu gran potencial?- pronunció aquel espíritu proyectando a la elfa contra el suelo.

Lothíriel alcanzó a girarse antes de estrellarse contra el suelo para evitar lastimar al niño que aún llevaba en la espalda. La elfa se sentía culpable frente al pobre análisis que había realizado de la situación, sin embargo, había algo que aquél extraño parecía ignorar: el paradero de los habitantes del pueblo del Valle y, por lo tanto, no estaba al tanto de los planes del Rey en aquella zona. La oportunidad para dar un giro a ese escenario recaía en lo que ella sería capaz de llevar a cabo.

-¡Daro! (¡Alto!)- gritó Thranduil cuando estuvieron cerca del lindero norte del bosque. Se aproximaron los guardias. –A partir de aquí nos dividiremos para sorprenderlos por los flancos. Que nada de esa inmundicia quede con vida. ¡Gwaem! (¡Vamos!)- ordenó el Rey Elfo que cabalgó por el flanco derecho. Desde esa distancia podían escuchar el sonido metálico de las armaduras y armas, los bufidos y la vibración de las pisadas orcas.

-Hir vuin (Mi señor) parecen ser más de una centena de orcos.- advirtió Anardil que había podido divisarlos.

Los centinelas se apostaron sobre las copas de los arboles con los arcos y flechas preparados, una segunda línea aguardaba con las espadas empuñadas, la Guardia Real cabalgó por ambos flancos con sigilo hasta que finalmente les dieron alcance.

-¡Sí! (¡Ahora!)- exclamó el Rey Elfo e inició la ofensiva desde los flancos, los orcos sorprendidos se dividieron para repeler a los elfos, no obstante, las maniobras con los caballos y la mortal habilidad de las espadas élficas los contenían constreñidos en un círculo. Las flechas orcas empezaron a zumbar por los aires, sin mucha puntería, para fortuna de los guardias. Los orcos frustrados arremetieron en pequeños grupos contra los caballos y poco a poco fueron ganando terreno. –Conténganlos- gritó Thranduil cuyo caballo saltó a un par de orcos mientras el elfo cortaba sus cabezas. Los elfos cargaron nuevamente contra los orcos y éstos se fueron acercando al punto donde los arqueros podían asestar un nuevo golpe.

Una nueva ráfaga de flechas negras surcó el campo, varias de éstas se clavaron en las patas de los caballos, proyectando a sus jinetes sobre la tierra. Los orcos había comenzado a dispersarse, los elfos que habían caído se enfrentaban a los orcos con espada y dagas. -¡Atentos jinetes! ¡Arqueros disparen!- ordenó Thranduil. Los centinelas lanzaron sus flechas desde las copas de los árboles y los orcos cayeron como las hojas en otoño. – ¡Ataquen!- mandó el Rey a los jinetes, los cuales, se abalanzaron con fiereza sobre los orcos que quedaban con vida.

-¡Maldito Elfo! ¡Aplástenlos!- vociferó rabiosamente aquél ser extraño, al mismo tiempo que el agua del río se embraveció.

Lothíriel no sabía exactamente a qué se refería el ente, de modo que, cuidadosamente se quitó la capa y envolvió al bebé y lo depositó al costado de un enmohecido tronco. Regresó al lugar y aquél espectro parecía flotar, ausente… la elfa aprovechó el descuido y se adentró en la corriente hasta que ésta cubría sus rodillas, el agua estaba muy caliente, su piel comenzó a arderle… entonces Lothíriel convocó el poder de los Valar, para que pudieran ser saneadas aquellas aguas. Las venas de la elfa comenzaron a teñirse de negro, sentía como si se quemase desde dentro, el dolor de cientos de muertes acaecidas por ese veneno colapsaron sus sentidos, sus piernas vacilaban y de sus ojos gruesas lágrimas caía sobre el agua formando amplias ondulaciones que viajaron por todo el afluente del río.

-¿Qué crees que haces?- gritó el espectro quien golpeó con un látigo el cuerpo de la elfa y ésta cayó sobre sus rodillas. De inmediato volvió a incorporarse y continúo con la limpieza del río, su cuerpo estaba absorbiendo todo el mal de aquel sitio…

-¡Quiero la cabeza del Rey Elfo!- bramó atronadoramente el espectro. La corriente del río aumentó y casi arrastró a Lothíriel.

-Hïr vuin (Mi señor) han sido abatidos los orcos.- informó Anardil a Thranduil.

-Aún no termina… ¡Reagrúpense!- pronunció el Rey Elfo cuando los aullidos de los lobos anunciaron la llegada de un segundo embate. Thranduil levantó el brazo e indicó a los arqueros que disparasen. Las flechas se incrustaron en las cabezas de los huargos arrojando a sus jinetes orcos contra el suelo, los cuales fueron, abatidos por los elfos. Un segundo vendaval de flechas fulminó a numerosos orcos y bestias. – ¡Gwaem sí! (¡Vamos ahora!)- ordenó el monarca y los jinetes arremetieron con sus espadas contra los enemigos. Los centinelas procuraban rodear a la turba de orcos para evitar que éstos pudieran huir o internarse al bosque.

Thranduil se encontraba en medio de la refriega, combatiendo y organizando a los elfos, cuando dos enormes lobos se abalanzaron contra su caballo derribándolo. El monarca se incorporó de inmediato y lanzó una de sus dagas cortando la pata delantera de la bestia que cayó profiriendo espantosos chillidos, al momento, otro de los huargos se aventó contra el Rey Elfo, colocando sus patas sobre su pecho y sus afiladas fauces quedaron a centímetros de su rostro, gracias a que pudo contener a la bestia trabándolo del áspero pelaje del costado de la cabeza. Anardil arrojó una lanza contra el lobo que yacía herido en el suelo pero desde su posición no alcanzaba a distinguir al soberano, se alarmó al ver al caballo del Rey desbocado.

Thranduil propinó una fuerte patada al vientre del animal que retrocedió un poco, el elfo se movió con agilidad y se colocó sobre el lomo del lobo al tiempo que hundió una daga en la nunca del mismo. De inmediato el Rey Elfo recogió su espada, llamó a su caballo y, continuó la arremetida contra los orcos. Dîn, el caballo del soberano, llegó hasta donde se encontraba y el monarca lo montó. - ¡Centinelas ataquen!- ordenó el monarca a los elfos que se encontraban apostados en la primera línea de defensa del Bosque Verde, de inmediato éstos saltaron al campo de batalla.

-¡He dicho que pares!, ¡Maldita elfa!- dijo el espectro que de una sacudida enrolló el látigo alrededor del cuello de Lothíriel, sus piernas cedieron, cayó nuevamente sobre sus rodillas, sentía que la presión le haría estallar la cabeza pero, volvió a incorporarse. El ente se colocó frente a ella abriendo la boca hasta formar un gran agujero negro que iba absorbiendo todo a su paso, la elfa permaneció estoica y de pronto a su alrededor el agua del río se transformó en un poderoso geiser que inundó aquella temible obscuridad, un rayo cayó sobre el espectro y éste reventó en una espesa neblina que se diseminó por el lugar.

El geiser se elevó por todo lo alto, aun envolviendo a Lothíriel, las espesas columnas de vapor formaron pesadas nubes, una torrencial lluvia se desató por todo el lugar acompañada por rayos, poco a poco el río se desbordó. El agua arrastraba toda la putrefacción del lugar. De pronto, el chorro de agua y vapor descendieron abruptamente provocando la formación de poderosos rápidos en la corriente que viajaron a lo largo de todo el río, al mismo tiempo, la elfa salió proyectada a la orilla cerca del niño, que empapado y con la cara casi cubierta por el agua, lloraba desconsolado. Lothíriel desfallecida, se arrastró junto al pequeño encima de una roca a unos pocos metros de la ribera del río y allí colapsó.