CAPÍTULO 19
Ereb, el sanador, había estado revisando al Capitán; aparentemente no había heridas graves, sin embargo, estaba inconsciente. -Necesitará descansar y veremos cómo evoluciona, no hay señales de alguna herida grave.- explicó a la familia de Seregon.
-Está bien, nos quedaremos con él- admitió Luinil tomando la mano de su esposo.
-Ahora vuelvo, informaré a los Consejeros.- advirtió Ereb saliendo del salón.
-Meleth nin ¿man ie? (Mi amor ¿qué pasa?)- decía la elfa limpiando el rostro de su esposo, no obstante, las caricias parecían resultarle dolorosas pues se removía cada que sentía el contacto.
-Adar tye meláne (Padre te amo)- dijo Eilinel dándole un beso en la mejilla a su padre pero éste, aún en la inconsciencia, alejó a la pequeña empujándola lo que la hizo caer.
Luinil se sorprendió e inmediatamente corrió a levantar a su hija que tenía unas pequeñas lágrimas en los ojos. –Tranquila veleth nin (cariño), ada (papá) no se siente bien. A tulë sira (Ven aquí)- cargó a Eilinel y la meció entre sus brazos.
-Con su permiso señores- se anunció Ereb ingresando a la Sala de Consejo –He revisado al Capitán Seregon, aparentemente está bien sólo tiene algunas laceraciones, no obstante, he visto confusión, penumbra y melancolía en sus ojos. Algo perturba sus pensamientos…-explicó el sanador inquieto.
-¿A qué se refiere exactamente?- cuestionó Isilion temiendo la esperada respuesta.
-Quizá ya sepan la respuesta señores, ahora si me disculpan, seguiré con mis labores- se despidió el sanador.
-El mal está jugando con su mente y eso es aún más peligroso que cualquier otra herida, tanto para él como para los que le rodean.- estudió Lenwë.
-Será mejor que se le mantenga aislado y custodiado hasta en tanto no conozcamos su estado- decidió Isilion y los elfos se encaminaron hacia el despacho del Capitán Seregon cuando fueron interceptados por una agitada elfa.
-Ai Consejeros, lamento la interrupción, me he enterado apenas de la llegada de los elfos que fueron a buscar a mi esposo y al Capitán. Dígame ¿qué noticias hay sobre ellos?- pidió la ansiosa esposa de Elendë.
-En efecto, han sido encontrados pero los elfos que traen consigo a su esposo aún no han vuelto, lamento que no se le haya informado antes, sin embargo, hemos tenido que atender asuntos de suma importancia al respecto. Le pido tenga paciencia, por favor.- dijo Lenwë.
-Le avisaremos en cuanto se presenten, ahora si nos disculpa nos retiramos- anunció Isilion dirigiéndose al despacho del Capitán Seregon donde era atendido. La esposa del Consejero Elendë decidió esperar en la entrada principal al palacio.
-Disculpe Luinil ¿podemos hablar en privado, por favor?- pidió el Consejero Isilion una vez que llegó al despacho de Seregon.
-Desde luego…- respondió la elfa castaña.
-No se preocupe, cuidaré de la pequeña- dijo Lenwë acercándose al sillón donde dormía Eilinel.
Isilion, Luinil y Ereb salieron al labrado y sutilmente alumbrado pasillo. -¿De qué se trata?- preguntó Luinil.
-Verá Luinil tenemos motivos para pensar que la mente de su esposo fue manipulada por alguna artimaña de las fuerzas oscuras, desconocemos aún el objetivo, no obstante, considero prudente aislar al Capitán en tanto no podamos constatar su condición.- explicó Ereb seriamente ante la consternada mirada de la elfa.
-Será mejor que mantengan distancia con su esposo por su seguridad.- agregó Isilion.
-Nan… ¿boe? (Pero… ¿es necesario?)- expresó Luinil intranquila.
-Es lo prudente, no se preocupe, estará en excelentes manos- manifestó Isilion.
-Iston (Lo sé) ¿qué pasará si su mente ha sido permanentemente dañada?- averiguó Luinil visiblemente afligida.
-Preferiría no especular- declaró Ereb.
-Está bien; por favor, le pido que me mantenga al tanto- sugirió la elfa al sanador, después ingresó al salón del Capitán, cargó a su hija dormida, miró largamente a su esposo y partió rumbo a su hogar.
En el transcurso de la noche la agitación regresó, Vorondil, Elmoth y un par de elfos más volvieron al palacio con el cuerpo del Consejero Real.
-¿Man-ie Vorondil? (¿Qué pasa Vorondil?) Los hemos estado esperando hace varias horas- declaró Anardil al recibirlos acercándose a los jinetes.
Vorondil bajó del caballo y con semblante ensombrecido se acercó al Capitán de la Guardia Real –Terribles noticias traemos. El Consejero Real Elendë, está muerto.- anunció el guardia mirando hacia donde se encontraba el cuerpo envuelto con una capa.
-¿Mana? (¿Qué?), ¿cómo ha sido?- dijo alterado Anardil mirando a cada uno de los elfos que recién llegaban.
-Ignoramos los detalles; sin duda el Consejero fue asesinado- declaró Vorondil.
-¿Y qué dirás?- indagó Anardil mirando a Elmoth.
-Al igual que ustedes desconozco lo que aconteció, cuando los encontré, el Consejero estaba muerto y el Capitán estaba tendido inconsciente. De inmediato, me dirigí hacia acá.- explicó Elmoth.
-Afortunada casualidad- dijo Vorondil con suspicacia.
-¿Elendë?, ¿eres tú?- corrió su esposa hacia el grupo de elfos -¿Dónde está?- preguntó la elfa.
-Amin hiraetha (Lo siento), él ha muerto- advirtió apesadumbrado Vorondil, al señalar el cuerpo envuelto del Consejero.
-Lau, an ngell nîn, lá (No, claro que no, por favor, no)- repitió la elfa acercándose al cuerpo de su esposo, le acarició el rostro y con sus ojos desesperados miró para todos lados como buscando respuestas. –Elendë, meleth nin (mi amor), lo prometiste. Dijiste que volverías, no me dejes.- decía la elfa desconsolada. –Elendë tye-mélane (te amo)- expresó bañada en llanto y aferrada al cuerpo de su esposo.
-Acompáñenos, por favor.- sugirió Anardil a la elfa ayudándola. Los elfos que estaban en el exterior percibieron la esencia de la muerte, formando una caravana al paso del fallecido Consejero, entonaron una conmovedora canción de agradecimiento y despedida.
Llegaron hasta el despacho del Capitán Seregon, depositaron el cadáver del Consejero sobre uno de los sillones, allí sólo permanecía el Capitán y Ereb.
-Iré por los Consejeros- indicó Anardil saliendo al pasillo.
Ereb de inmediato se levantó y quiso examinar al Consejero. –No se moleste, ya nada puede hacerse.- dijo la elfa. –Quisiera asear el cuerpo de mi esposo.-
-Amin hiraetha (Lo siento)…- expresó el sanador consternado ante tan funesta pérdida. –Si me permite necesito revisar el cuerpo de su esposo, es preciso para conocer la causa posible de su muerte.- reveló el sanador.
-He traído conmigo esta espada.- indicó Elmoth entregándole en ese momento la espada del Capitán al sanador. Justo en ese preciso instante llegaban apresuradamente los Consejeros y el Jefe de la Guardia.
-Esa es la espada del Capitán Seregon, si no me equivoco.- examinó Ereb y entregó la espada al Consejero Isilion.
-Por favor, quisiera que mi esposo sea examinado en privado- pidió la elfa arrodillada junto al sillón en el que yacía su esposo.
-De acuerdo, señores, por favor- demandó Isilion y salieron al pasillo dejando en el interior del despacho al Capitán, Ereb, y la esposa de Elendë.
-¿Por qué tienes tú la espada de Seregon?- demandó Isilion a Elmoth.
-Encontré la espada a un lado del Capitán y la tomé.- señaló el elfo de ojos azules. La espada estaba manchada aún con sangre seca.
La esposa de Elendë tomó varios paños, en medio de un llanto incesablemente silencioso, limpió el cuerpo. El sanador revisó el cadáver, la profunda herida en el vientre, era la causa de la muerte.
-Hemos terminado.- anunció Ereb, después de un rato, a los elfos que aguardaban fuera del salón.
-¿Qué has encontrado?- inquirió Lenwë.
-El Consejero fue asesinado, una herida profunda en el vientre fue la causa del deceso. Además hay rastros del tónico que hemos usado para combatir a las arañas igual que en el Capitán Seregon.- informó Ereb seriamente.
Isilion miraba la espada temiendo lo peor. –Obtendremos respuestas cuando el Capitán despierte.- dijo el Consejero.
-Creo que no debemos descartar esa posibilidad.- señaló Ereb mirando a Isilion.
-Quiero escuchar lo que tengan para decir. Los espero a todos en la sala del Consejo.- demandó Isilion.
-De acuerdo, lo veremos allá. Con permiso.- se retiraron para prepararse. Anardil permaneció en la estancia junto a la esposa de Elendë y al Capitán, allí reinaba un silencio sepulcral.
-¡Ai Nimphelos! ¿Cómo va todo aquí?- preguntó Vorondil con semblante triste al ingresar al salón de sanadores.
-Ha ido mejorando…- dijo la gobernanta sin quitarle la vista al elfo. –He escuchado los cantos…- musitó la elfa tratando de contener las pequeñas lágrimas que ya empapaban sus mejillas.
-El Consejero Elendë está muerto.- anunció Vorondil.
-¡Faica umbar! (¡Pobre destino!)- expresó Nimphelos. –La pena embarga nuevamente nuestras vidas.-
-Irreparables pérdidas volvemos a enfrentar.- manifestó Vorondil observando la luz blanquecina que se colaba por el gran ventanal de aquella sala.
-¿Vorondil eres tú?- preguntó adormilada Ivorwen desde una de las camas próximas al ventanal.
-Lamento haberte despertado, vuelve a dormir.- dijo el elfo de pie junto a su cama.
-Siento mucho sus pérdidas, para un pueblo que se le ha prometido la vida hasta el fin de los tiempos no debe ser sencillo enfrentar la muerte.- declaró la joven pelirroja sentada sobre la cama.
-Es doloroso para cualquier pueblo enfrentar la muerte, aún si se sabe de antemano condenado a ésta. Cuando alguien fenece se diluye una parte de la esencia, la memoria y la historia; todo se transmuta. Es un fin y un comienzo en sí mismo.- expresó Vorondil con melancolía.
-Im gelir ceni ad lin.- se despidió el elfo. –Significa: que me ha dado gusto verte nuevamente.-
-A mí también me alegra verte.- susurró Ivorwen y volvió recostarse con la mirada puesta en el precioso ventanal.
-¿Ha habido noticias sobre su hija, Consejero Isilion?- averiguó Elmoth ya en la Cámara del Consejo.
-Confío en que ella está bien.- aseguró el Consejero Real.
-¿Dónde está Aran Thranduil?- averiguó Elmoth.
-Veo que has estado mucho tiempo fuera, eso es algo que tendrás que explicar.- manifestó Isilion.
-Disculpen la tardanza.- dijeron Ereb, Vorondil y Anardil ingresando a la sala de Consejo.
-Elmoth estamos interesados en lo que tangas que decir.- expresó el Consejero Lenwë.
-Como es de su conocimiento soy un elfo que disfruta de la vida errante, salí al bosque…- explicaba Elmoth caminando en círculos por el salón.
-Querrás decir que huías al bosque después de haber atacado al rey…- interrumpió Anardil mordazmente.
- ¿Man carnet? (¿Qué hiciste?)- se levantó de su asiento Lenwë.
-Aran Thranduil no lo consideró así, fue sólo un entrenamiento intenso.- reviró Elmoth mirando al Jefe de la Guardia. – De otra manera, ¿cómo se explican ustedes que yo no haya sido reprendido por un atropello de esa magnitud?-
-Ese asunto le compete al Rey Thranduil, él decidirá lo que se hará al respecto. Pero sin duda, es un antecedente grave.- aseveró Lenwë.
-Continúa Elmoth.- pidió el Consejero Isilion, pensativo desde su asiento.
-…fui al bosque hacia el sur en busca de algunas piedras preciosas, soy orfebre y las necesito para trabajar. Cuando lo hago pierdo la noción del tiempo y me concentro sólo en mi objetivo; no pude encontrar mucho. Me sentía inquieto y algo me atrajo cada vez más al sur.- recordaba Elmoth.
-Me parece realmente extraño ¿cómo es que ninguno de los centinelas nos reportó de tu presencia en el bosque?- interrumpió Anardil de pie junto al labrado portón.
- Ú-iston (No lo sé) quizá están absortos en otros asuntos o simple descuido. Después de todo, no sería la primera vez que se escabulle alguien ante sus ojos ¿no es así?, ¿qué le dice eso a usted?- apuntó Elmoth perspicaz sin detener su andar por la cámara.
-No creo que estés en posición de repartir culpabilidades Elmoth, estamos aquí para asumir responsabilidades. Además considero prudentes las hipótesis de Anardil.- contestó Lenwë.
-A todo esto si llevas tanto tiempo ausente ¿cómo sabes de la ausencia de mi hija?- analizó Isilion.
-A diferencia de los centinelas, los he escuchado conversar al respecto y así me enteré que Lothíriel se había ido.- respondió el elfo de profundos ojos azules.
-Para todo tienes una respuesta- analizó Lenwë con irritación.
-¿Por qué no habría de tenerla? Sólo digo lo que pasó, lo que me asombra tristemente es que se me trate como delincuente. Señores ¿cuáles son sus responsabilidades?- inquirió Elmoth mirando a cada uno de los presentes.
-Anwa (Cierto), centrémonos en el asunto.- dijo el Consejero Lenwë.
-Encontré al Capitán Seregon tendido a un lado de su caballo y con el cuerpo del Consejero Elendë transportado en el otro equino, cerca del camino del Bosque Viejo. Intenté hablar con el Capitán pero parecía terriblemente confundido, su conciencia iba y venía. Después fuimos encontrados por el grupo de Vorondil.- explicó Elmoth.
-¿Eso es todo?- preguntó Anardil incrédulo.
-Es lo sucedido, no sé qué más deseaba escuchar.- apuntó Elmoth mirando a Anardil.
-Tu historia no nos brinda información adicional que nos conduzca a conocer lo que ha acontecido. Sólo levanta sospechas.- sentenció Anardil acercándose a Elmoth.
-¡Daro! (¡Basta!) toda esta situación no nos conduce a nada, hasta en tanto no tengamos el testimonio del Capitán Seregon sólo estaremos especulando. Ya tenemos la versión de Elmoth y es importante.- aseguró Lenwë.
-Ereb, haga el favor de explicar lo que encontró en el cadáver y el Capitán.- pidió Isilion.
-El Capitán Seregon no presenta graves lesiones, no obstante, me temo que su confusión se debe a que su mente fue manipulada. Además en ambos hay rastro del tónico que hemos empleado para combatir a la escoria de la oscuridad. Por otro lado, el Consejero Elendë murió a causa de una herida en el vientre, perpetrada por una espada…- explicó seriamente el sanador. Los presentes miraron con aprensión la espada del Capitán que había sido depositada sobre la gran mesa de granito.
-Vorondil ¿qué puedes decirnos?- averiguó Isilion.
-Viajábamos con dirección al sur, preguntamos a los centinelas, nos confirmaron el camino por el que habían transitado el Consejero y el Capitán; lo seguimos. Un grupo de centinelas cercanos al camino del Bosque Viejo, nos informaron que habían visto a Elmoth trasladarlos, sabían que nosotros estábamos en camino, así que, no intervinieron y lo vigilaron…- el elfo orfebre detuvo su incesante andar por la salón al escuchar aquello. –Los guardias del bosque informaron que Elmoth estuvo al tanto del cuidado del Capitán y viajó con dirección al palacio. Fue cuando lo interceptamos.- mencionó Vorondil.
-Bien, creo que los hechos se han establecido, no podemos sacar conclusiones hasta en tanto no escuchemos lo que pueda decirnos el Capitán Seregon, les sugiero que reflexionen lo que aquí se ha discutido y está por demás decir que esto es un asunto que debe ser tratado con total discreción. Por otro lado, cada uno de ustedes deberá estar disponible en cualquier momento. Prepararemos las exequias del Consejero Elendë, por favor, retírense.- concluyó Isilion con semblante abstraído.
-¡Násië! (¡Que así sea!)- dijo Elmoth. Los presentes se retiraron, dejando a los Consejeros Reales en la sala.
El resto de la noche y parte del día subsecuente se dedicaron a preparar el funeral del Consejero Elendë. El pueblo fue informado del penoso deceso, los elfos se reunieron para entonar cánticos de despedida para que el espíritu del Consejero alcanzara con plenitud las estancias de Mandos y pudiera encontrar la paz. Otros cánticos fueron de agradecimiento y remembranza.
Su esposa aseó con pulcritud el cuerpo ungiéndolo con aceites, cepilló su larga cabellera, le vistió con una hermosa túnica blanca. Mientras lo hacía, hablaba con él recordando los momentos más emotivos que pasaron juntos, lo que aprendieron uno del otro, los sueños que compartieron, los miedos que enfrentaron y las dificultades que sortearon. Sus lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas, tomaba sus manos apretándolas contra su pecho con la esperanza de que regresara.
-Amin hiraetha (Lo siento)…- se anunció el Consejero Real Isilion a la puerta del hogar de Elendë donde había sido trasladado para que su esposa pudiera despedirse.
-Iston (Lo sé)- respondió la elfa tristemente sabiendo que había llegado el momento en que su esposo debía ser sepultado. Los Consejeros y algunos centinelas esperaron fuera.
-Tye meláne, hannon le meleth nin, na lû e-govaned vîn. (Te amo, gracias mi amor, hasta el tiempo en que nos encontremos)- pronunció la elfa besando la frente y los labios de Elendë.
La elfa salió y con los ojos hinchados por el llanto miró a los elfos que aguardaban. Todos hicieron una ligera reverencia con la cabeza, ingresaron a la casa, envolvieron el cuerpo del elfo en un manto blanco y lo cargaron sobre sus hombros. Detrás de ellos caminaron la esposa apoyada por Isilion y Lenwë. A cada paso rumbo al cementerio, los elfos del pueblo hacían reverencia y se unían a los conmovedores cánticos.
El cementerio estaba rodeado por grandes árboles y césped que permanecían siempre verdes e inmutables aún con el paso de los años. Discretas lápidas daban cuenta de la vida que se había extinto. Alrededor de éstas, flores de vivos colores les rendían homenaje, desde allí era posible escuchar el sonido del agua del río. En la parte final se encontraba el mausoleo del Rey Oropher y la Reina Amanthil con las hermosas efigies de ambos talladas finamente en mármol blanco, lugar que, por cierto, nunca había visitado el Rey Thranduil.
El cortejo llegó hasta el lugar asignado, los cantos se fueron atenuando en la medida en la que el cuerpo del Consejero Real Elendë iba siendo enterrado, con cada palmo de tierra sobre el cadáver de su esposo la vitalidad de la elfa se iba marchitando, el sol se iba apagando y las lágrimas dolorosas de ella se desprendieron de sus ojos cayendo sobre la tumba donde ahora reposaba su amado esposo. Todo se silenció, los elfos bajaron la mirada con la mano derecha sobre el corazón le daban el último adiós a Elendë.
-¡Ha sido culpa mía, yo lo hice, lo asesiné con mi espada!- se escuchó un grito entre la multitud.
-Goheno nin, an ngell nîn (Perdón, por favor).- expresó Seregón aproximándose hasta donde estaba la esposa de Elendë, colocó una rodilla en el suelo, con la mano derecha sobre el pecho y la cabeza gacha.
El Capitán de la Guardia del Bosque Verde había despertado hacía muy poco, en cuanto pudo ubicarse corrió hacia donde escuchó las voces de los elfos. El pueblo estaba horrorizado ante tales declaraciones y todas las miradas se dirigieron hacia su persona.
-¿Qué dice?- apenas pudo musitar la aturdida esposa del difunto.
-Yo le quité la vida a Elendë perdí ante la oscuridad…- decía Seregon aun con la misma postura.
-Ilanwa, adar. (Falso, padre)- gritó Eilinel quien salió de la multitud seguida por Luinil.
-¡Daro, ego! (¡Detente, fuera de aquí!)- ordenó Seregon mirando con severidad a su familia y poniéndose de pie inmediatamente.
-Aphado nin veleth nin (Ven conmigo cariño)- dijo Luinil cargando a su hija que se había quedado petrificada ante la actitud de su padre. -¿Man nalye? (¿Quién eres?)- interrogó Luinil mirando a su esposo.
-No querrás saberlo.- respondió Seregon cuando fue interceptado por Anardil y otros dos elfos; quienes se lo llevaron a la fuerza. -¡Ani lerya! (¡Suéltame!)- gritaba fuera de sí Seregon mientras era conducido hasta las catacumbas.
-Nos dirán ¿qué está pasando Consejeros?, ¿cuál es el motivo por el que el Rey Thranduil se ha ausentado durante largo tiempo del reino?- se escucharon alguna voces entre los elfos.
-Sus exigencias son legítimas pero aún estamos realizando las pesquisas oportunas para poder dar respuesta a sus inquietudes.- respondió Isilion consternado ante la escena que acababa de presenciar.
-El Rey Thranduil ha tenido que atender asuntos que atañen a la frontera norte del reino y al pueblo de los hombres del Valle, estará de regreso lo antes posible.- informó Lenwë.
-Apelamos a su paciencia y comprensión.- dijo el Consejero Isilion.
Los elfos reiteraron su respeto a la memoria del Consejero fallecido y a su esposa que permanecía de pie inmóvil y con la mirada ausente. Poco a poco los elfos se retiraron del cementerio.
Ilmen, la esposa de Isilion, permaneció junto a la doliente esposa de Elendë – Gwaem, aphado nin (Vamos, ven conmigo).- dijo Ilmen tomando solidariamente la mano de la elfa.
-Desconozco lo que ha pasado pero estoy segura que hay una explicación a todo esto. Conozco a Seregon y sé que él no actuaría deliberadamente de esta manera. Por favor, pido perdón por tan irreparable pérdida.- expresó con sinceridad Luinil con su pequeña en brazos.
La esposa de Elendë miró a Luinil. –La culpa será su castigo.- susurró la elfa hincándose frente a la sepultura de su esposo dándoles la espalda a las elfas. –Les pido me dejen a solas.- sollozó.
-Quiero que sepas que no estás sola, por favor, avísame si puedo ayudarte en algo.- ofreció amablemente Ilmen a la elfa.
-Te acompañaré a casa.- dijo Ilmen a Luinil que seguía mirando ausente a la esposa de Elendë arrodillada a un costado de la tumba de su esposo.
-Me pregunto ¿qué haría yo en su lugar?- pensó en voz alta Luinil.
-Nunca sabemos lo que somos capaces de enfrentar o hacer hasta que se nos presenta la situación es cuando conocemos o construimos nuestros recursos.- dijo Ilmen mientras acompañaba a Luinil a su hogar.
Cuando llegaron a los subterráneos del palacio, encerraron a Seregon en una de las celdas, el elfo parecía completamente fuera de sí. –Me vi obligado a hacerlo, no lo entiendes, las iban a matar.- vociferó el Capitán sacudiendo con fuerza los barrotes.
-Tranquilícese aún está confundido.- dijo Ereb que llegó corriendo al lugar seguido por los Consejeros.
-La oscuridad se está extendiendo desde dentro… yo lo lamento, fracasé.- pronunció conmocionado el Capitán y perdió el conocimiento. Ereb entró a la celda y comenzó a atender a Seregon.
-Necesito llevarlo arriba aquí será difícil atenderlo con propiedad.- advirtió Ereb inquieto.
-Lau, amin hiraetha (No, lo siento), tendrás que hacerlo aquí.- decidió Isilion.
-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- gritaba Symbelminë desde su celda en uno de los pasillos cercanos al lugar de la agitación.
-Iré a verla.- dijo Vorondil al escuchar los gritos de la elfa.
-De acuerdo.- aseveró Lenwë.
-¡Áva quetë! (¡Calla!) ¿Qué necesitas?- cuestionó Vorondil irritado.
-Salir de aquí, no he cometido ningún crimen. A juzgar por su semblante, algo grave está pasando y quiero saber cuál es el motivo.- manifestó Symbelminë.
-No estás en posición de exigir nada, ya se te ha explicado el por qué estás y permanecerás aquí. Así que, no más escándalos, se te seguirá atendiendo con justicia hasta que el rey tome una decisión respecto a tu persona.- explicó Vorondil seriamente y se retiró.
En cuanto Luinil llegó a su hogar se dejó caer sobre la silla y comenzó a llorar desconsolada abrazando fuertemente a su hija que también sollozaba con la cabeza recargada en el pecho de su madre. Luinil sentía que la angustia la invadía ¿qué pasaría si Seregon no se recuperaba? Y ¿qué lo habría llevado a asesinar al Consejero?
-Amin hiraetha Luinil (Lo lamento Luinil) es una situación difícil pero debes encontrar tu fuerza para enfrentarlo.- dijo Ilmen poniendo su mano sobre el hombro de la elfa castaña.
