Capítulo 23

El Bosque Verde estaba iluminado por un aura dorada que le daba un aspecto de calidez reconfortante, el aire era ligero y fresco. Caminó como arrastrada por el viento, la arboleda estaba solitaria, ni el canto de las aves podía escucharse, el suelo estaba cubierto por una gruesa capa de hojas otoñales que de vez en cuando el viento arrastraba.

A la distancia divisó la elegante figura de Thranduil observándola mientras le ofrecía una de sus manos para que se acercara a él. Ella le sonrió con alegría, levantó su brazo para saludarle y corrió hacia él, justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, sintió sus piernas sumergidas, vio a su alrededor, descubrió que estaba en medio de lo que parecía un océano, intentó nadar pero entre más lo hacía más se hundía, el pánico comenzó a invadirla, gritaba con desesperación por ayuda, el agua le cubrió el rostro; Thranduil permanecía impávido mirándola desde la orilla aún con la mano extendida, aquella imagen iba haciéndose borrosa en los ojos de ella, percibió que el monarca daba media vuelta; entonces dejó de luchar entregándose a su inevitable destino…

Se despertó sobresaltada, respirando agitadamente y con los ojos húmedos. Aún estaba agarrada de la mano del soberano, quien ahora dormía sentado sobre la silla y con los pergaminos desperdigados sobre el suelo. Ella se levantó cuidadosamente para no despertarlo, agarró una de sus mantas, cuando iba a cubrir al Rey Elfo, se encontró con Anardil a sus espaldas.

-¿Todo está bien?- preguntó el guardia.

-Sí, sólo quería abrigarlo… después de mucho tiempo ha logrado conciliar el sueño.- dijo Lothíriel mirando al rey.

-De acuerdo, estaré cerca por si necesita algo.- advirtió el Jefe de la Guardia y se colocó justo a la mitad de la sala, atento a lo que sucedía en torno al Rey Thranduil.

Lothíriel arropó al rey, recogió los pergaminos para colocarlos sobre la mesilla y se acercó al ventanal. El cielo comenzaba a clarear y la luna se ocultaba. Observó nuevamente a Thranduil, pocas veces lo había visto tan apacible, parte de su rostro estaba oculto por su larga cabellera dorada, se acercó a él y le dio un beso en la frente. Lothíriel regresó a su cama e intentó conciliar nuevamente el sueño.

-Aran Thranduil, disculpe, están aquí Vorondil y Elmoth.- anunció Anardil desde el portón del despacho del rey.

-Hazlos pasar.- indicó el Rey Elfo mientras continuaba escribiendo.

-Ai Aranya Thranduil (Salve Mi Rey Thranduil).- saludó haciendo una reverencia Vorondil, el soldado, que había formado parte de la comitiva al Valle.

-Aran Thranduil (Rey Thranduil)- pronunció despectivamente Elmoth.

Thranduil ni se inmutó, permaneció concentrado revisando un pergamino tras otro y escribiendo.

-¿Nos dirá el motivo por el cual hemos sido requeridos?- preguntó exasperado el orfebre.

-Después de todo te interesa lo que tengo para decirles.- respondió brusco Thranduil mirando al elfo. –He escuchado sus argumentos, los testimonios de quienes los han acompañado en sus respectivas comisiones y/o venturosas hazañas…- Elmoth y Vorondil observaban desconcertados al rey. –Dado los recientes acontecimientos en los que se ha visto involucrado el Capitán de la Guardia del Bosque Verde, Seregon, he decidido relevarlo de su cargo…- manifestó el monarca seriamente.

-Aranya (Mi Rey), disculpe que lo interrumpa, pero me parece que es mejor esperar hasta que el tribunal decida su responsabilidad.- sugirió Vorondil.

-No podemos esperar, la Guardia del Reino debe cumplir a cabalidad con su tarea, las criaturas oscuras han vuelto a crecer y se diseminan con rapidez por nuestra tierra. Ustedes se harán cargo de la Guardia del Bosque.- dispuso el Rey Elfo observando a sus interlocutores que parecían asombrados ante tal responsabilidad.

-Finalmente mis esfuerzos rinden sus frutos.- manifestó Elmoth jactanciosamente.

-Su Majestad es un honor que se me considere para este compromiso. Le reitero mi lealtad absoluta.- pronunció Vorondil poniéndose de pie, haciendo una inclinación con la cabeza mientras ofrecía su espada al soberano. Al ver dicha acción Elmoth fingió el movimiento.

-Su lealtad sea honrada, en caso contrario, expiada.- decretó Thranduil.

-Hir vuin (Mi señor) ¿cuáles son nuestras órdenes?- indagó Vorondil.

-Quiero el Bosque Verde limpio de esas inmundas criaturas, queda prohibido abandonar o entrar al reino hasta nuevo aviso, a quien lo intente mátenlo.- ordenó con severidad el Rey del Bosque Verde.

-Como ordene Aran Thranduil.- dijeron ambos elfos.

-Vorondil quiero que vayas con Seregon, él te dará los pormenores de la organización de la Guardia del Bosque. Elmoth comunica a las cuadrillas de centinelas la nueva disposición lleva esto contigo.- indicó el Rey Sinda, entregándole al orfebre un pergamino sellado.

-Así se hará.- respondió Elmoth.

-Si nos disculpa Majestad nos retiramos a cumplir con nuestros deberes.- mencionó Vorondil.

-Espera Vorondil. Elmoth retírate.- ordenó el monarca.

-Necesito que me informes detallada y puntualmente de las decisiones o acciones que lleven a cabo. Elmoth no tiene experiencia en este ramo, así que, la sensatez debe ser tu pauta. Expulsaré a Symbelminë por lo que deberá ser escoltada hasta la frontera del reino; a excepción de esto nadie sale o entra, ¿entendido?- explicó Thranduil al soldado.

-Entendido, se hará como desea. Me retiro hîr vuin (mi señor).- indicó Vorondil.

Thranduil se quedó pensativo en su despacho, observando el vacío…

-Aran Thranduil ¿cuándo verá a Symbelmïne?- preguntó Isilion.

-La veré en un rato más.- mencionó el Rey Elfo que no había reparado en la presencia de los Consejeros hasta que Isilion le habló.

-Lenwë espero que se les haya explicado las normas del Bosque Verde a los hombres, no deseo tener inconvenientes.- dijo el Rey Thranduil volviendo a la pila de asuntos por atender.

-Se les ha comunicado oportunamente, además Belthil se ha encargado de organizar a su pueblo.- informó el Consejero Real.

-Quiero que ambos estén prevenidos y dispongan lo necesario. El día de mañana se llevará a cabo el juicio sobre Lothíriel, cabe aclarar Isilion que no podrás formar parte del tribunal, éste estará integrado por: Lenwë, Anardil, Vorondil y yo. Avisen a los elfos involucrados.- ordenó el Rey del Bosque Verde.

-Como disponga hir vuin (mi señor).- dijo Lenwë y ambos Consejeros Reales se retiraron del despacho.

-Lothíriel, alassea ree (buenos días), hemos venido a verle.- dijo Eilinel quien era acompañada por algunos de los pequeños elfos a los que la hija del Consejero Real, iniciaba en la historia eldar. La elfa se removió, abrió los ojos frotándolos un poco, observó con sorpresa a su alrededor y sonrió encantada.

-Mis pequeños, gracias por venir, los he extrañado mucho.- dijo Lothíriel contenta.

Los pequeños elfos se acomodaron alrededor de la cama. –Nosotros hemos venido a verla desde que le trajeron aquí pero no se nos ha permitido.- mencionó un elfo de grandes ojos oscuros y cabello castaño.

-Lo importantes es que ahora ya están aquí y eso me hace muy feliz.- expresó Lothíriel mirando las caritas alegres de sus pequeños interlocutores.

-¿Qué le pasó?- preguntó Eilinel con curiosidad. -¿Está herida?-

-Ha sido un accidente pero con los cuidados de los sanadores ya me he recuperado.- respondió Lothíriel.

-Órenyallo len (De corazón para ti)- fueron diciendo los pequeños entregándole a Lothíriel algunos obsequios, entre ellos, dibujos, frutos y juguetes de madera.

-Ni 'lassui (Estoy agradecida).- mencionó Lothíriel conmovida. Sin embargo, llamó su atención un pequeño niño que se había quedado alejado observando la reunión.

-Ven pequeño, acércate. ¿Cuál es tu nombre?-

-Henath- respondió tímidamente el niño.

-Es nuestro amigo, es hijo del pueblo de hombres.- respondieron casi en coro los elfos.

-Me alegro. Bienvenido Henath, mi nombre es Lothíriel, ¿podemos compartirle de nuestras cosas?- preguntó Lothíriel.

-Sí, sí…-consintieron los pequeños elfos.

-Silencio pequeños, recuerden que aquí han venido a recuperarse otras personas. Toma lo que gustes Henath.- manifestó Lothíriel sonriente.

-Es que yo… he hecho algo…- decía tímidamente el niño y puso sobre la cama una bola de nieve. –Era una estrella pero se ha derretido.- señaló decepcionado.

-Oh, es muy gentil de tu parte, seguro que era una estrella hermosa. Vamos toma lo que gustes.- apuntó Lothíriel. El niño agarró un pequeño racimo de uvas y agradeció con una sincera sonrisa.

-Disculpa Lothíriel, los perdí de vista un segundo y han corrido de inmediato para acá. Estaban ansiosos por verte.- dijo Luinil algo atropellada.

-Está bien, no te apures, ha sido una hermosa manera de despertar.- respondió la elfa de cabellera oscura.

-Tu madre vendrá en un momento, se ha quedado resolviendo algunos asuntos con los refugiados mientras yo venía por los pequeños.- informó Luinil.

-Están trabajando muy duro, a partir de hoy, me uniré a ustedes.- advirtió Lothíriel levantándose de la cama cuando observó el trozo de un pergamino sobre su mesita de noche.

-Creo que deberías esperar a la aprobación del sanador.- opinó Luinil organizando a los pequeños para que salieran de la sala.

-No creo que haya ningún problema ya me siento mejor.- respondió Lothíriel. –Ha sido un placer verlos mis pequeños.- expresó la hermosa elfa cariñosamente.

-Namarië (Adiós)- se despidieron los elfos, saliendo en fila de la sala, mirando con curiosidad el lugar.

-Nana (Mami) ¿veremos a ada (padre)?, ¿cuándo saldrá de los sótanos?- preguntó Eilinel ansiosa a su madre. Lothíriel miró extrañada a la pequeña elfa y a Luinil, ella ignoraba que el Capitán hubiese vuelto y menos aún que se encontrara en las mazmorras, sin duda algo grave había pasado.

Lothíriel se quedó pensativa un instante viendo al grupo de elfos retirarse del salón de sanadores. Después leyó el trozo de pergamino. "Te espero a las 3 en el comedor", decía el mensaje. La elfa sonrió, guardó el mensaje en su túnica y se dispuso a colocarse la capa.

-Lothíriel, deberá seguir tomando el preparado todos los días hasta que se termine, procure descansar y avíseme si necesita algo más.- informó Ereb a la elfa de largos cabellos azabaches.

-Gracias por todo Ereb, por favor, quisiera colaborar con los refugiados.- manifestó Lothíriel.

-Desde luego.- aceptó el sanador.

Lothíriel recorrió el pasillo del salón saludando a los convalecientes, especialmente a Ivorwen que se encontraba conversando con Belthil, su padre. Ya en el pasillo, la hija del Consejero Real, se encontró con Vorondil, el cual, la saludó amablemente. El elfo visitaba todos los días a la chica de cabellos rojos, ambos platicaban animadamente, él le enseñaba el lenguaje de los eldar, le ayudaba a confiar en sí misma para utilizar las muletas y abrirse paso nuevamente. Ella lo hacía reír, lo llenaba de vitalidad y energía. A Lothíriel le parecía que ambos estaban enamorados…

-¡Ai Aran Thranduil!- saludó solemnemente Symbelminë al entrar al despacho al Rey del Bosque Verde.

-¿Qué fue exactamente lo que viste?- demandó Thranduil con una actitud escrutadora.

-Un jinete montando cerca de la fortaleza de Dol-Guldur, estaba completamente cubierto por una túnica de color negro, cabalgaba erráticamente dando círculos por el lugar, esquivando los nubarrones de escombros que se desprendían producto de los temblores, sorprendentemente nunca cayó herido o, al menos no aparentemente. Yo estaba en la distancia, varias veces caí y nunca me pude acercar, una especie de muralla de energía me lo impedía…- decía la elfa de aspecto gentil, largos rizos castaños y dulces ojos verdes.

-¿Podrías identificar el caballo?- indagó el elfo sinda.

-Ú-iston (No lo sé), probablemente.- dudó Symbelminë. -¿Usted sospecha de alguien en particular?- preguntó.

-¿Qué hacías allí?- inquirió el monarca, haciendo caso omiso de los cuestionamientos de la elfa.

-Quería verle…- respondió la agraciada elfa.

-¿Por qué ese camino?- indagó el soberano.

-Cuando estaba cerca del Anduin, me atrajo la tolvanera y los temblores que producían ondas en la corriente.- contestó la elfa de Lothlórien. –En cuanto vi aquello cabalgué de inmediato hacia acá.-

-¿Por qué no notificaste a los Señores de Lórien quienes pudieran dar una advertencia más expedita?- cuestionó Thranduil.

Symbelminë se quedó observando a Thranduil que parecía impaciente. –No lo consideré con el agobio del momento, tiene usted razón, cometí un error.- se excusó.

-Grave error. He contactado a los Señores de Lórien, Lady Galadriel ha intercedido por ti, así que, irás con los palafreneros y quiero que examines si alguno de los caballos ha sido el que viste, después abandonarás el Reino del Bosque y no podrás volver más.- sentenció el Rey Thranduil, levantándose del asiento y disponiéndose a salir del despacho.

-Por favor, dígame que no me recuerda, así será menos doloroso.- pronunció Symbelminë aproximándose a Thranduil quien se detuvo.

-Te recuerdo…- respondió fríamente el Rey Elfo tomando el porno de la puerta de roble.

Symbelminë había conocido hacía mucho, mucho tiempo a Thranduil, cuando éste fue enviado por su padre, el Rey Oropher, a vivir bajo la égida de Lord Celeborn y Lady Galadriel en Lothlórien. Deseaba que su hijo aprendiera sobre las diferentes maneras en las que se conducían los pueblos de los elfos de la Tierra Media. Thranduil moró allí en su temprana juventud y conoció a la agraciada hija de uno de los guerreros elfos más respetados de aquél sitio, de inmediato ella quedó prendada del joven príncipe de cabellos dorados, la elfa se convirtió en su guía y compañía; le mostró el Bosque de Lórien, sus historias y secretos.

Con el tiempo, Thranduil creyó haberse enamorado de Symbelminë, pasaba su tiempo libre viajando con ella, cabalgaba por los alrededores, a lo largo del Anduin, explorando las Montañas Nubladas. En una ocasión, durante una excursión, por aquellas tierras fueron sorprendidos por una tempestuosa tormenta que reblandeció peligrosamente el terreno, convirtiéndolo en un resbaladizo pantano de tierras movedizas, cuando atravesaban una empinada ladera, ambos caballos tropezaron lanzando a los elfos sobre el lodo que pronto los succionó y los condujo hasta un túnel de trasgos. Allí los elfos aturdidos, anduvieron sigilosamente con las espadas desenvainadas, pronto escucharon los gruñidos de aquellas criaturas y se escondieron para estudiar el movimiento del lugar.

Estuvieron escondidos detrás de una saliente, aquel territorio lucía como una madriguera llena de roedores, ansiosos, caóticos y desagradables. El suelo estaba lleno de huesos de animales con los que se alimentaban y desprendían un hedor nauseabundo, del techo escurrían innumerables goteras que mantenían húmedo el sitio y en las paredes habían incrustados los cráneos de personas que por desventura habían muerto presa de esas bestias.

Thranduil analizaba alguna forma de salir de allí, sin embargo, debían hacerlo enfrentando a los trasgos pues de otra forma podrían pasar largo tiempo hasta que se vaciara el túnel, si acaso llegara ese momento. De pronto, un ensordecedor relámpago cayó en la montaña provocando que se derrumbase la ladera cercana a los elfos, los trasgos comenzaron a correr apretujándose y provocando sanguinarios enfrentamientos para huir del accidente. Thranduil apenas logró asirse de una roca mientras Symbelminë, se sostenía de su pierna, el elfo sinda indicó a la elfa que trepara, ella lo hizo con dificultad pues estaba aterrorizada, cuando logró alcanzar la mano libre de él, se aferró y el Príncipe Elfo balanceó con fuerza el brazo hasta que tras varias movimientos logró que la elfa se sujetara de lo que quedaba del pasillo de los trasgos.

Symbelminë logró subir pero fue vista por un tropel de trasgos rezagados, la elfa se puso nerviosa, había perdido su espada y ahora tenía que enfrentarse a una lucha cuerpo a cuerpo. Al principio, gracias a su agilidad, logró evadir a un par de ellos que cayeron por el boquete en la ladera, sin embargo, su suerte no duraría mucho cuando un trasgo le lanzó una pedrada que la derribó aturdida cerca del borde por donde había subido.

Thranduil finalmente logró escalar y se enfrentó contra los trasgos, no obstante, estos habían conseguido dar la alarma a una buena cantidad de sus congéneres que iban llegando poco a poco, la elfa logró incorporarse con dificultad, el Príncipe Sinda le arrojó una de las dagas con las que había estado luchando, ella la cogió; cuando un enorme trasgo de unos tres metros de altura, con enormes fauces, grandes ojos saltones y verrugas por toda la piel rosada, con un mangual de hierro hizo su aparición golpeando con aquel aterrador instrumento a todo aquél se cruzaba a su paso, los trasgos detuvieron la embestida contra los elfos para colocarse detrás del gigante.

Thranduil no dejaba de mirar al trasgo que manipulaba dando vueltas a aquella cadena con estridente sonido, el elfo asió firmemente la daga, de pronto el gigante dejó caer con fuerza el mangual, cuya gran bola de hierro con pinchos hizo profundas zanjas en el suelo, con cada azote los espectadores gruñían y avanzaban detrás del más grande de ellos. El príncipe esquivó ágilmente los ataques, la criatura frustrada arremetió con más fuerza pero con lentitud debido al agotamiento, así que el elfo en un osado movimiento se arrojó hundiendo su daga tan profundo como le fue posible en el abdomen del trasgo que de inmediato soltó el arma dando alaridos y cayó de rodillas.

Thranduil pidió a la elfa que asestara el golpe final al furibundo gigante, sin embargo, Symbelminë dominada por el pánico dudó, se pegó a las inestables paredes, el trasgo volvió a levantar la cadena del mangual y la enredó alrededor del cuello del elfo rubio, comenzando a arrastrarlo por el sitio, el resto de los trasgos vitoreaban la acción, la elfa aprovechó la confusión, se escabulló entre la multitud y corrió lo más rápido que pudo sin mirar atrás.

El gigante arrastró al Príncipe Sinda hasta las mazmorras, en lo más profundo y oscuro de la madriguera, allí lo arrojó al fondo de un pozo mientras decidían qué hacer con él. Thranduil estaba casi sin aliento y con unas terribles magulladuras en el cuello y el cuerpo. Desde allí podía escuchar los refunfuños de la nueva revuelta entre los trasgos, en dos ocasiones cayeron a su lado los cuerpos de dos de esos monstruos. El elfo se sentía colérico ante la actitud cobarde de Symbelminë, así que de inmediato, se puso a idear un plan para salir de allí.

Los trasgos deliberaban entre: si debía comerse al elfo de inmediato o torturarlo primero. Las peleas duraron casi el día entero, hasta que finalmente el murmullo cesó. Thranduil había observado que el techo sobre el pozo era delgado y una profusa gotera caí continua, podía percibir que la tormenta aún no cesaba, por lo que con seguridad había una gran cantidad de agua acumulada allí. Pronto amarró los cinturones y mazos de los trasgos muertos, que habían sido arrojados junto a él; improvisó un arma para lazarla hasta el techo de la caverna e intentar hacer un agujero más grande para que el agua inundara el pozo y flotar hasta conseguir escapar, después de todo era un diestro nadador.

El Príncipe se preparó, lanzó con fuerza los mazos, dieron justo en la parte más delgada del techo, se incrustaron allí, con un crujido se resquebrajó, una enorme cantidad de lodo y agua se derramaron llenando rápidamente el pozo; los trasgos se agitaron, temiendo que el resto de la montaña colapsara sobre ellos, buscaban huir con desesperación. De pronto, un deslave cubrió gran parte de la madriguera, sepultando a todos; el elfo sinda había quedado atrapado a la orilla del borde del foso cuando todo se oscureció, la tierra le apretaba el pecho, poco a poco lo asfixiaba, con esfuerzo logró mover una de sus piernas, la apoyó en una de las paredes del pozo, se removió lo más fuerte que pudo hasta que sintió que la tierra iba cediendo, cuando logró sacar una mano retiró la tierra que le cubría la cara, tomó una gran bocanada de aire, alrededor no había más que escombros y algunos gruñidos podían escucharse aquí y allá.

Symbelminë casi sin aliento detuvo finalmente su frenética escapada, se recargó sobre un árbol y fue allí que finalmente miró hacia atrás, prácticamente la mitad de la montaña se había derrumbado, un intenso sentimiento de culpa la atormentó, se dejó caer de rodillas, observó que aún traía la daga que le había dado Thranduil, de inmediato la soltó como si le quemara la mano y lloró desconsolada. Unos jinetes provenientes de Lórien la encontraron, uno de ellos su padre, habían sido enviados por Lady Galadriel al presagiar el peligro que podrían enfrentar durante aquella excursión. Eithel se acercó con su caballo a su hija, le dedicó una mirada decepcionada, Symbelminë sólo agachó la cabeza y los jinetes siguieron hasta lo que quedaba de la montaña.

Thranduil se abrió paso entre el lodo y la corriente de agua; sólo había salida por el boquete del techo pero antes de salir deseaba acabar con los trasgos, como había perdido su daga, agarró una lanza que encontró semienterrada, fue arrastrándose hasta el único lugar donde alguien cabía de pie y desde donde podían escucharse los bufidos, cuando llegó allí observó que todos los trasgos rodeaban al gigante que golpeaba una de las paredes para intentar abrir un agujero y así poder escapar. Thranduil se levantó, uno de los trasgos lo miró, gritó y se abalanzó contra él, el elfo le incrustó la lanza en el pecho, le quitó el mazo, prosiguió con fiereza con las demás criaturas, finalmente sólo el gigante y él quedaron.

El trasgo le arrojó una roca, el Príncipe la esquivó, sin embargo, fue embestido y lanzado contra la pared; el elfo sonrió de lado cuando sintió que su vista era empañada por una mancha roja proveniente de su cabeza. Se levantó acechando al monstruo, se limpió el rostro con la manga, aferró un látigo con afiladas puntas metálicos perteneciente a uno de los muertos, el trasgo intentó huir rascando la tierra detrás de él, entonces el elfo rubio batió el látigo enredándolo en el cuello de la bestia, tal como lo había hecho con él y tiró con tal fuerza que acabó cortándole la cabeza. Thranduil volvió al lugar donde estaba la perforación, ahora escurría una gran cantidad de lodo; brincó y se aferró a una de la orillas, lo cual le permitió finalmente abandonar la guarida.

El Príncipe del Bosque Verde descendió atropelladamente entre los escombros, producto de la violenta tormenta, los deslaves lo arrastraron algunas veces, hasta que llegó a campo abierto. Después de caminar un trecho, escuchó los casos de unos caballos acercarse, se ocultó detrás de una roca y esperó. Al ver a los jinetes, se dio cuenta que eran elfos, salió para encontrarlos. Eithel observó asombrado a Thranduil, el cual estaba empapado con sangre y sus ojos centelleaban con ira.

El padre de Symbelminë bajó del caballo entregándoselo al elfo sinda mientras hacía una reverencia; los demás elfos intentaron explicar que habían sido enviados por Lady Galadriel y quisieron saber si se encontraba bien, no obstante, el Príncipe en cuanto montó el caballo se fue de allí de algún modo su camino lo llevó hasta donde estaba la elfa aguardando debajo de un árbol, en cuanto lo vio, ella se levantó rápidamente, asustada al ver el aspecto que tenía. Thranduil descendió del caballo, se acercó hasta ella, escrutándola con la mirada, la elfa musitó una disculpa, el elfo sonrió socarronamente y volvió al caballo alejándose.

A partir de ese momento las relaciones con Lothlórien volvieron a tensarse. El Rey Oropher ya había tenido diferencias con los Señores del Bosque de Oro. Cuando los elfos silvanos provenientes de Beleriand llegaron allí y, a sus ojos fueran tratados como elfos de segunda clase; situación que obligaría al elfo sinda a salir de Lórien y fundar el Reino del Bosque Verde. Cuando la Reina Amanthil vaticinó que su hijo podría estar en peligro y supo que la elfa con la que había cabalgado lo había dejado a su suerte, el Rey del Bosque Verde montó en cólera, devolvió a su hijo al reino y por un buen tiempo, no hubo relación alguna con los señores de esas tierras.

-Melda tár Thranduil, alassenyan, ánin apsenë. (Amado Rey Thranduil, por favor, perdóneme)- dijo Symbelminë haciendo una profunda reverencia mientras extendía sus manos con la daga que en aquella época le había dado el Rey Elfo.

Thranduil miró la daga y luego a la elfa. –Lo hecho, hecho está. ¡Ego! (¡Largo!)-

-Aran Thranduil yo lo amé, aún lo amo pero mi corazón fue cobarde.- decía Symbelminë con lágrimas en los ojos.

-No sabes si quiera lo que amar significa ¿eres cobarde?, ¿por eso viniste hasta acá?, y ¿después de tanto tiempo te diste cuenta?- estudió Thranduil sarcásticamente. –Quédatela quizá te sirva algún día, te ayudará a recordar.- dijo el rey irónicamente refiriéndose a la daga y salió del despacho.

-Anardil llévala a las caballerizas, sabes lo que espero. Después la quiero lejos de aquí.- ordenó el Rey Thranduil.

-Como ordene Aranya (Mi Rey).- dijo Anardil, fue por la elfa para escoltarla por los pasillos.