Capítulo 27

-Será mejor que permanezcan aquí.- dijo Radagast intentando calmar a los presentes.

-No puedo, la seguridad de Aran Thranduil, es mi responsabilidad.- advirtió Anardil seguido ya por un grupo de guardias reales.

-¿Lothíriel está bien?- preguntaron los guardias que la habían acompañado a los sótanos, donde se encontraban los suministros. Habían pasado varias horas conversando con los elfos encargados, verificando las existencias para pasar el invierno. Aunque eran justas les ayudarían a sortear la temporada, sin embargo, tendrían que comenzar a pensar en lo que harían antes que las heladas concluyeran para sufragar las necesidades inmediatas de elfos y hombres. Sin duda, sería un reto de trascendental importancia.

La elfa comenzó a sentirse extraña, intranquila; un frío congelante se instaló en su sangre. De pronto, sus heridas volvieran a abrirse como un doloroso recuerdo. Desvió la mirada y se recargó en una de las paredes más cercanas para evitar caer debido al malestar. –Estoy bien, sólo tengo frío. Deberemos apresurarnos a reabastecernos antes que concluya la estación…- decía Lothíriel cuando finalmente sus rodillas cedieron y cayó.

-¿Man-ie? (¿Qué pasa?) La llevaremos con el sanador.- dijo alarmado uno de los guardias acercándose a la delicada elfa e intentando cargarla.

-¡No dirweg! (¡Ten cuidado!)- gritó Lothíriel cuando una inmensa serpiente de dos cabezas, largos colmillos rebosantes de letal veneno, ojos rojos y piel negra se asomó a espaldas del soldado. Con un irritante siseo anunció su presencia para estupor de los elfos, sin más, se abalanzó contra ellos. La noldorin aventó al soldado que cayó de espaldas, haciendo fallar a la serpiente.

-A lelyalmë (Vamos).- dijo el elfo ayudado a Lothíriel a levantarse.

Lothíriel notó que las heridas que sufriera en el río habían vuelto a aparecer, como si nunca hubiesen sanado en realidad; el dolor era atroz. –Escúchame, necesito un arco y flechas. Debemos acabar con esa criatura.- indicó la elfa. Una ráfaga de viento les llegó por la espalda, ambos elfos se arrojaron sobre el piso, la serpiente siseó con fuerza y volvió a desaparecer.

Los guardias y los encargados de los almacenes se dividieron para cazar a la bestia. Lothíriel empuñó el arco que uno de los guardias le entregó, se recargó en la pared y comenzó a caminar cuidadosamente aguzando sus sentidos.

-Rey Thranduil, espere.- pidió Mithrandir, pero el monarca corrió rumbo a los sótanos hasta que el mago no pudo verle más.

-De prisa, sigan al rey.- dijo el mago agitado pues tenía un muy mal presentimiento.

-¿Qué sucede Mithrandir?, ¿Dónde está el Rey Thranduil?- preguntó Seregon preocupado.

-No hay tiempo debemos ir a los sótanos, la oscuridad está aquí.- advirtió Mithrandir. –Vamos toma mi espada, la necesitarás.- indicó el mago echando a correr nuevamente.

Thranduil reconocía la oscuridad a su alrededor, una profunda rabia invadía todo su ser. El Reino del Bosque Verde estaba siendo profanado por el mal. Pero había algo más, un terrible presentimiento, Lothíriel estaba en peligro.

Lothíriel no podía escuchar a la serpiente, las frágiles lámparas rutilantes parecían ceder ante la corrupción que reptaba por el lugar. La elfa se estremeció al percibir que los suministros habían sido convertidos en una masa de asquerosos gusanos e insectos que comenzaban a invadir el lugar, podía incluso sentirlos en sus pies. Respiró profundo, siguió caminando con el arco y flecha dispuestos. Se detuvo un momento al percibir un cambio en el ambiente, sus heridas comenzaron a palpitar dolorosamente; la serpiente apareció frente a ella, de sus colmillos gruesas gotas de venenos escurrían infectando lo que tocaba. Lothíriel disparó la flecha asestando en el cuerpo del animal, el cual se convulsionó terriblemente, la elfa se ocultó detrás de un estante, entonces vio como la serpiente de dos cabezas se dividía en dos individuos independientes que se arrastraron en diferentes direcciones.

Thranduil finalmente llegó a los almacenes, el ambiente estaba viciado y el hedor era espantoso. Aferró la empuñadura de la espada y comenzó a caminar por el lugar. Todo estaba misteriosamente silencioso, aunque sentía la presencia de varios elfos, no podía distinguirlos. Al pasar por los sacos que contenían granos, pudo ver que de éstos salían bolas de gusanos que caían al suelo produciendo un sonido viscoso. Las botellas con contenidos diversos burbujeaban como si estuvieran en ebullición.

Entonces escuchó el sonido de una espada, un siseo y una extraña vibración en el piso. Se agazapó y avanzó con sigilo. Entonces distinguió la figura de Lothíriel de cuclillas detrás de un estante, con su arco y flecha preparados. La noldorin sintió su presencia así que de inmediato se giró y lo vio. Thranduil se aproximó cuidadosamente hasta que la alcanzó. -¿Manen natye? (¿Cómo estás?)- preguntó el monarca examinándola preocupadamente.

-Tari meletyalda (Majestad) hay dos serpientes enormes, las reservas han sido contaminadas. Los guardias y encargados se han distribuido para darle caza.- explicó Lothíriel nerviosamente adolorida.

-Aphado nin (Ven conmigo)- Thranduil le ayudó a incorporarse y observó consternado que las heridas de Lothíriel habían vuelto a abrirse. –Debes salir de aquí, te llevaré afuera.- indicó el soberano cargando a la elfa.

-¡Vá! (¡No lo hagas!), no necesito ser rescatada, quiero pelear: no me voy a esconder.- advirtió Lothíriel.

-¡Daro! (¡Basta!) ¡No voy a perderte!- expresó Thranduil. Lothíriel se quedó quieta observando al Rey Elfo. –Vanya sínomello, alassenyan, Lothíriel (Vete de aquí, por favor, Lothíriel)- dijo el monarca al oído de la elfa cuando vio que dos ojos rojos se acercaban a ellos. Colocó a la noldorin en el piso nuevamente, se interpuso entre la serpiente y la elfa. -¡Noro! (¡Corre!)- gritó el elfo sinda. La serpiente se movió como un látigo, intentando clavar sus colmillos sobre Thranduil, éste logró esquivarla arrojándose a un lado. Sin embargo, el animal fue tras Lothíriel.

-¡Maldición!- expresó Thranduil corriendo tras el reptil.

-Aranya (Mi Rey).- dijeron los elfos que habían escuchado el alboroto y acudían al lugar.

-Lothíriel está siendo perseguida por la serpiente.- advirtió el soberano oteando a todos los lugares sin reparar en su presencia.

-Hïr vuin (Mi señor) cortamos la cabeza de una de ellas, pero no murió.- dijo agitado el soldado.

-La partiremos hasta matarla. Vamos.- demandó el monarca.

Lothíriel no pudo salir de la cámara pero logró evadir a la serpiente, se ocultó detrás de un barril, sus manos temblaban por el dolor pero se aferraba a su arco. Sintió que los gusanos y demás alimañas subían por sus piernas y cabello, así que, se removió para internar sacárselos de encima. Entonces vio la espalda del elfo sinda. –Lothíriel ven aquí, rápido.- dijo observándola.

Lothíriel se incorporó con dificultad, bajó el arco y caminó. -¡He dicho que vengas, no hay tiempo!- ordenó el elfo tendiéndole la mano. Ella extendió su mano y en un arranque clavó la flecha que aferraba en la otra, sobre el pecho del elfo. Éste empezó a sangrar por la boca mientras intentaba sacar la flecha y finalmente cayó al suelo. -¡Ego! (¡Largo!)- dijo la elfa con desprecio alejándose lentamente.

Entonces aquél usurpador reveló su verdadera forma, la serpiente se irguió colérica siseando con agudeza y escupiendo veneno que al caer producía un efecto parecido al ácido. Lothíriel retrocedió esquivando el mortífero líquido.

-Tengan cuidado. Confíen en su corazón más que en sus sentidos.- dijo Mithrandir al entrar en la extensa cámara.

-Seregon protege al rey.- pidió el mago de barba blanca. –Lleva contigo esta antorcha.- dijo.

Anardil y un par de elfos más se habían topado con otra de las serpientes. Habían logrado cortarle la cabeza y la mantenían clavada a la espada. No obstante, la serpiente se regeneraba al mismo tiempo que la cabeza cercenada se hacía cenizas. Algunos de los elfos habían sido rociados con veneno, el cual, había raído sus ropas y quemado su piel.

-¿Qué haremos? No podemos seguir así.- preguntó uno de los guardias al Jefe de la Guardia Real.

-He visto que Mithrandir le ha dado una antorcha a Seregon. Debemos intentar atacar con fuego a esa bestia.- advirtió el soldado agitadamente.

De pronto la estancia se iluminó con una intensa luz blanquecina que lastimó los agudos ojos de los elfos y escucharon la potente voz del mago. –El fuego secreto de Anor protegerá a este reino. La oscuridad será destruida por la fuerza de la unión.- pronunció Mithrandir.

La serpiente que estaba frente a Anardil se quedó estática por un momento, el soldado volvió a cortarle la cabeza, detrás de ellos apareció Seregon. –Arranquen uno de los colmillos, rápido.- ordenó. Anardil hundió su espada en las fauces de la bestia y sacó el colmillo. De inmediato el excapitán prendió fuego a la cabeza. –Vamos apuñala el cuerpo con el.- indicó el elfo al guardia real que ágilmente lo hizo. La serpiente comenzó a convulsionar hasta quedar hecha cenizas.

-Hay otra.- indicó Anardil encendiendo otra antorcha.

-Divídanse, ya saben qué hacer. Sean cuidadosos.- advirtió Seregon.

La serpiente frente a Lothíriel se sacudió con violencia y de su boca salió otro reptil. La elfa no aguardó más disparó hábilmente dos de sus flechas acertando en la cabeza a ambos animales. Un chorro de veneno alcanzó el vestido de la elfa, el cual, cortó rápidamente con la punta de una flecha. Ambas víboras sisearon al unísono produciendo un estruendo en la estancia. Thranduil estaba muy cerca del allí, pateó uno de los estantes que cayó encima de una de las bestias, Lothíriel cayó de espaldas al tropezar con un montículo de gusanos y la serpiente más grande se proyectó furiosa. El Rey Elfo se lanzó sobre la noldorin protegiéndola con su cuerpo cuando uno de los colmillos del animal atravesó el hombro del monarca. Al mismo tiempo Mithrandir había hundido su báculo en la nuca del animal. A su espalda los elfos habían acabado con la serpiente atrapada entre los estantes y ahora se dirigían hasta donde estaba el elfo sinda.

Thranduil miró a Lothíriel con cuidado, supo que estaba a salvo. Sintió un horroroso dolor en el brazo, su cuerpo comenzó a entumecerse, hilillos de sangre comenzaron a emanar de sus ojos, boca, oídos y nariz…

-Rápido, llévense a Lothíriel y traigan a Radagast.- ordenó desesperado Mithrandir.

–Ayúdame Seregon.- Anardil tomó cuidadosamente a Lothíriel de las manos, la jaló para sacarla de debajo de los brazos del soberano. El vestido de la elfa estaba empapado con la sangre de Thranduil, el cual, permanecía apoyado sobre sus rodillas y brazos aún con la cabeza de la serpiente anclada a su hombro.

-Ava, ani lerya (No lo hagas, suéltame).- protestó Lothíriel saliendo del shock. Logró zafarse del agarre del elfo y se acercó a Thranduil. –Hodo-ninya, tye melane. (Mi corazón, te amo)- dijo colocando una de sus manos sobre la de él. El Rey Elfo alzó la vista, su cara goteaba sangre, observó con preocupación a la hermosa elfa que lloraba desesperada. –Nan mara, indonya (Estoy bien, mi corazón).- sollozó la elfa besando la frente del monarca sinda.

-Anardil llévatela.- ordenó el mago. El Jefe de la Guardia Real se había quedado estático ante el grave estado en el que se encontraba el Rey del Bosque Verde. Salió del estupor cuando el mago le gritó, cargó a Lothíriel. –La, an ngell nîn Anardil (No, por favor, Anardil), déjame quedarme con él. Thranduil, meleth nin (Thranduil, mi amor).- gritó alterada la elfa de largos cabellos negros. En ese instante, Mithrandir y Seregon habían logrado remover el colmillo junto con la cabeza de la serpiente del hombro del soberano, el cual, se desplomó. Entonces Lothíriel se desmayó en brazos de Anardil, justo cuando éste cruzaba la puerta, Radagast entró corriendo al recinto.

Seregon y los centinelas había apuñalado a la serpiente con su propio colmillo y después la quemaron. El reptil quedó hecho cenizas, al igual que la corrupción alrededor. Mithrandir volteó al jadeante monarca, la sangre había mojado sus finas ropas, su cuerpo temblaba por el dolor, de la herida del hombro escurría una sustancia negra que iba transformándose en pequeñas serpientes. –Salgan de aquí.- pidió el mago a los demás elfos.

-Pero Mithrandir…- dijo Seregon consternado.

-¡Váyanse, solo estorbarán!- vociferó el espigado mago manto gris.

Finalmente Radagast llegó al lugar y miró con preocupación a Mithrandir, el cual, le devolvió la misma expresión. Los elfos se retiraron a regañadientes y dejaron al monarca en manos de los magos. Mithrandir cortó las ropas del Rey Elfo, calentó la espada del monarca con el fuego de la antorcha y cuando ésta estuvo al rojo vivo la clavó en la herida, produciéndole un severo dolor que lo hizo agitarse. Posteriormente hizo un corte más grande en el hombro, la sustancia negra manó con mayor vigor, el elfo sinda respiraba con mucha dificultad, no podía ver, apenas lograba escuchar, debido a la grave hemorragia.

-No sólo eran alimañas, ¿verdad?- dijo Radagast compungido, mientras acercaba el fuego a la sustancia negra y quemaba a las pequeñas serpientes en las que se convertía aquel veneno.

-No Radagast, esas bestias eran espíritus corruptos arrancados de las Estancias de Mandos.- indicó el mago gris., recostando de lado al Rey Elfo para evitar que éste se ahogara con la sangre.

-El Señor Oscuro ha descubierto lo que creímos que aún ignoraba…- señaló Radagast observando aprensivo a Mithrandir.

-Así parece, amigo mío. Al final, creo que no llegamos a tiempo para evitar que se fugaran este tipo de malignidades. Sólo espero que ganemos el período suficiente.- expresó desolado Mithrandir.

Thranduil no podía pensar en otra cosa que no fuese el brutal dolor que le carcomía las entrañas, sentía como si se quemara desde dentro, rápidamente iba debilitándose, no podía moverse, sus sentidos estaban completamente atrofiados. Odiaba sentirse tan vulnerable.

-Creo que tendremos al menos que intentarlo…- pronunció el mago de barba blanca.

-No lo sé, en su condición probablemente no lo resista, quizá debamos esperar un poco.- señaló Radagast cauteloso.

-No hay tiempo, si no lo hacemos el rey morirá de todas formas y cuanto más esperemos, menos posibilidades tendrá.- dijo irritado Mithrandir.

-De acuerdo, hagámoslo.- afirmó el mago de barba marrón, el cual, acercó vacilante la antorcha encendida, pronunció un discurso en un idioma sólo conocido por los Istari, las flamas adquirieron un color verdoso que parecieron conseguir vida propia y danzaban al compás de las palabras del mago. –Amin hiraetha Tari meletyalda (Lo siento Majestad).- se excusó, entonces a su orden las llamas saltaron al cuerpo del rey y lo cubrieron completamente. Thranduil convulsionó y fue sujetado por ambos magos que no dejaban de pronunciar aquél extraño sortilegio.

Anardil volvió a mirar a la desfallecida elfa, sorprendentemente sus heridas habían desaparecido. Había estado tan ensimismado que no se había dado cuenta que Seregon e Isilion se acercaban corriendo.

-Yelya (Hija mía)- dijo aturdido el Consejero Real al ver a su inconsciente hija con el vestido empapado en sangre. -¿Qué ha pasado?- preguntó a Anardil, sin embargo, éste paso de largo sin responderle o mirarlo.

-Isilion hemos sido atacados por bestias oscuras, será mejor que alertemos al pueblo. La sangre que ves no es la de tu hija es la del Rey Thranduil.- informó consternado Seregon.

-¿Aran Thranduil?- averiguó el Consejero confundido.

-Aran Thranduil fue herido de gravedad salvando la vida de Lothíriel, ahora mismo se debate entre la vida y la muerte, está siendo ayudado por los Istari.- expresó afligido el excapitán. –Hagamos lo que nos corresponde.- añadió siguiendo su camino en busca de Vorondil.

Isilion corrió a alertar al pueblo y a buscar a Ilmen para que cuidara de su hija. El pueblo eldar fue advertido del peligro y se les informó de la gravedad del monarca. Al pueblo de los hombres, les fue comunicado el asunto por los guardias que compartían las responsabilidades con Lothíriel. De inmediato elfos y hombres se unieron bajo un mismo propósito: desterrar el mal de su tierra. Los elfos entonaron un hermoso y solemne cántico que encomendaba la vida y espíritu del Rey Thranduil al amparo de Ilúvatar.

Sintió que de un momento a otro su cuerpo estallaría, así que finalmente dejó de luchar, estaba tan cansado de hacerlo, no se había dado cuenta de ello hasta ahora cuando su espíritu era llamado ante Mandos. Todo era una eterna disputa por ser o no ser, por libertad, por amor, por felicidad… ¿por qué? Tantas veces había deseado dejar este mundo, desprenderse de su espíritu liberándolo de su consciencia, vagando en el vacío, sin ambicionar, convirtiéndose en la nada. Ahora se sentía ligero, pacífico, ya nada importaba sólo ese momento.

-Thranduil aún no es tiempo, tu pueblo te necesita… yo te necesito, te amo.- pronunció Lothíriel despertándose de golpe. A su lado, estaba su madre y Ereb. La elfa había sido trasladada al salón de sanadores, su vestido teñido por completo con la sangre del monarca reposaba sobre una de las sillas. Se dio cuenta que sus heridas habían desaparecido, así como el dolor físico. Salió de la cama lo más rápido que pudo, envuelta en una bata y descalza corrió por los pasillos; detrás de ella Ilmen la llamaba pero era inútil. A unos metros antes de llegar a la puerta tras la que yacía Thranduil fue detenida por su padre.

-Adar (Padre), por favor, necesito verlo.- dijo desesperada la agraciada elfa.

-Lo siento, mi pequeña, temo que eso no es posible.- respondió Isilion abrazándola y cubriéndola con su capa.

-Adar (Padre), naneth (madre); se está muriendo.- expresó Lothíriel sollozando, abrazó fuerte a su padre que le acariciaba el sedoso cabello negro. Isilion e Ilmen se miraron afligidos, sabían que eso era cierto, pero los Istari habían pedido que se les dejara a solas con el rey.

-Lothíriel, Aran Thranduil, está en las mejores manos.- dijo Ilmen.

La elfa de preciosos ojos grises soltó a su padre y corrió hacia el portón de los almacenes. Intentó abrirlo con todas sus fuerzas pero le fue imposible entonces se dejó caer de rodillas, tocó el portón con ambas manos. –Thranduil a donde vayas yo iré, tye-mélane (te amo)- expresó en un susurro ahogado por el llanto. Su madre se acercó a ella y la abrazó fuertemente, Isilion se quedó ensimismado ante la declaración de su hija.

-¿Piensas huir?- cuestionó Seregon a Elmoth que montaba su caballo dispuesto a internarse en el bosque. -¿Has desplazado a la Guardia del Bosque?, ¿con qué propósito?, ¿tienes idea de la situación tan grave en la que nos encontramos o simplemente eres un imbécil?- añadió molesto.

Elmoth bajó de caballo, desenvainó la espada y apuntó al cuello del excapitán. -¿Qué quieres asesino? Deberías estar agradecido, te salvé la vida. Tu aquí ya no tienes autoridad, no eres nadie para cuestionar mis decisiones, así es que lárgate si no quieres perder la cabeza.- amenazó el orfebre.

En un rápido movimiento Seregon desarmó a Elmoth y lo amagó de la misma forma. –Si me entero que has tenido algo que ver con todo esto, no necesitaré autoridad alguna para matarte y entonces placenteramente me llamaré a mí mismo asesino.- afirmó furioso el excapitán aventando al elfo al suelo y clavando su espada en la tierra. Vorondil había observado la escena sin intervenir, tenía sus reservas con ambos elfos. El Rey Thranduil, le había pedido que fuera analítico y discreto en su actuar.

-¿Me dirás qué ha pasado con la Guardia del Bosque?- indagó Seregon indignado.

-Fue desplazada a los linderos del bosque, creíamos que era lo mejor, dado que las amenazas han provenido mayormente de fuera.- explicó Vorondil dubitativo al recordar que él mismo había creído que era un error.

-¿Qué piensas hacer? El rey fue atacado por criaturas malignas, nuestro pueblo está en peligro, las reservas para afrontar el invierno han sido convertidas en cenizas.- demandó con severidad Seregon. – ¿Seguirás solapando las estupideces de Elmoth?-

-Regresaremos a la formación que tenían los guardianes del bosque, pediremos los informes correspondientes, se redoblaran los patrullajes… y Elmoth se dirige a hablar con los centinelas.- respondió Vorondil visiblemente angustiado ante las funestas noticias.

Seregon observó con rigor al elfo, sin decir una palabra fue a las caballerizas y montó su equino internándose en la nevada floresta.

Anardil se había reunido con la Guardia Real, les había ordenado que escudriñaran y vigilaran el palacio, las casas de los elfos, el campamento de los hombres y los alrededores en busca de cualquier criatura o artificio de la penumbra.

De pronto, el Bosque Verde tembló, la nieve acumulada en la copa de los árboles cayó, una fuerte ventisca removió la nieve acumulada sobre el suelo, los ríos que bañaban el reino detuvieron su afluente, los animales callaron y se introdujeron en sus madrigueras, el día se detuvo, el bosque quedó en el limbo ante la ausencia de su rey.

-Este es el poderoso espíritu del Rey Elfo, el Espíritu del Bosque Verde. La conexión entre él y el bosque es extraordinaria, ahora mismo su energía merodea por su tierra buscando acallar su sufrimiento, escudriñando la oscuridad que lo ha vulnerado y lidiando con los demonios que lo acechan.- explicó Mithrandir al percatarse que la llama verde en la que estaba envuelto el cuerpo de Thranduil se extinguía sin que pudieran hacer nada para evitarlo.

-Sé que es un eldar poderoso pero deberá volver pronto a su cuerpo pues corre el riesgo de ser atrapado por el Señor Oscuro y ser convertido en su fiel vasallo.- señaló Radagast cuando finalmente la llama se extinguió.

Thranduil estaba cubierto de sangre, extenuado, frío, inconsciente, apenas respiraba.

El pueblo eldar intuía la presencia del Rey Thranduil por el bosque, así que, elevaron sus cánticos y plegarias para iluminar el camino de su espíritu. Los elfos sentían como si el tiempo se hubiese detenido, todo estaba inmóvil, incluso sus corazones latían de un modo distinto, percibían la rabia, el dolor, el deseo de venganza y la angustia.

Seregon cabalgó detrás de Elmoth podía verlo a la distancia, un temblor en el bosque asustó a los caballos y ambos jinetes salieron despedidos de sus animales. Los elfos quisieron caminar entre la floresta pero ésta les cerraba el paso, los guardianes del bosque se vieron obligados a descender de los árboles, el desconcierto invadió a todos. Entonces una parvada de cuervos graznó con violencia, seguida por cientos de arañas gigantescas que corrían frenéticas hacia ellos. Los centinelas dispararon con sus arcos derribando a las alimañas, no obstante, el lugar volvió a estremecerse, se escuchó un crujido en la tierra, entonces ésta se abrió de golpe tragándose a las arañas, la grieta se cerró y las aves cayeron fulminadas. El bosque no paraba de temblar…

-Aranya Thranduil nai Eru varyuva le (Mi Rey Thranduil que Eru te guarde).- pronunció Seregon pues sabía que el espíritu del soberano los había protegido.

-Escúchenme tendrán que reagruparse a la formación anterior…- ordenó Elmoth a los centinelas que estaban próximos a él.

-¿Qué ha pasado? Esas cosas no estaban aquí hace unos instantes.- averiguó uno de los guardias.

-¡Hagan lo que les he pedido!- demandó Elmoth exasperado.

-Debemos saber qué está sucediendo, es indispensable que…- apuntó uno de los soldados.

-El rey fue atacado por bestias de Sauron que se escabulleron en los sótanos del palacio, destruyeron todos los abastos para pasar el invierno.- dijo Seregon que había logrado arrastrarse hacia donde estaba el grupo. Los elfos estaban estupefactos ante las noticias, pues durante sus vigías no habían visto nada. –Lleven a cabo lo que les ha pedido Elmoth y tengan cuidado.- dijo el excapitán. Seregon hizo sonar el cuerno para dar la orden al resto de los guardianes del bosque. Volvió a retumbar la tierra, una manada de lobos oscuros que corrían enloquecidos se estrellaron brutalmente contra los árboles destrozándose el cráneo.

-El Señor Oscuro sabe que el Rey Thranduil ha sido herido y pretende atacar mientras el Reino está vulnerable.- reflexionó Seregon. –No obstante, algo me dice que el objetivo no era el rey sino Lothíriel…-

Elmoth se asombró. -¿Está ella herida?- preguntó desesperado.

-No lo sé con exactitud.- respondió el excapitán.

El orfebre corrió hasta donde estaba el nervioso caballo, con esfuerzo obligó al animal a cabalgar de vuelta al palacio.

-Sabes que esto no se ha completado aún, debemos hacer uso de las flamas sagradas de nuestros báculos.- advirtió Mithrandir.

-Cierto. Aunque temo que la ponzoña se haya mimetizado con el cuerpo del rey, a tal grado que las flamas extraigan su vida como al veneno.- expresó Radagast afligido.

-No hay otra forma, amigo.- respondió el mago manto gris.

Los Istari removieron los cuarzos que contenían las flamas sagradas de sus respectivos báculos, la herida atravesaba por completo el hombro del monarca. Radagast introdujo su cuarzo azulado en la lesión, provocando espasmos en el monarca, inmediatamente la flama comenzó a centellear entre su color original y el negro. Mithrandir hizo lo propio con un cuarzo transparente que colocó sobre el pecho, de inmediato, todas las venas del elfo sinda se hincharon. A simple vista podía verse el torrente sanguíneo atravesarlas hasta desembocar en el corazón que palpitaban con tal violencia que Thranduil se sacudía. La flama de Mithrandir latía al compás del corazón del soberano tiñéndose de rojo.

El temblor en el Bosque Verde se intensificó, el palacio ondulaba, Isilion levantó a Lothíriel de donde permanecía arrodillada. La elfa notó una cálida sensación en el pecho, pudo sentir la presencia de Thranduil, de algún modo comprendió lo que aquella señal significaba.

-Adar, naneth (Padre, madre) debo ir a la habitación del rey, un mensaje debe ser enviado de inmediato.- anunció Lothíriel sosteniéndose de su padre y el portón ante las tremendas sacudidas de la tierra.

Isilion e Ilmen no comprendían a qué se refería su hija. Además los aposentos del rey era un lugar estrictamente reservado y resguardado.

-Isilion debemos confiar.- dijo Ilmen acariciando la mejilla de su confundido esposo.

-A tulë asenyë yelya (Ven conmigo hija)- indicó Isilion corriendo rumbo a los aposentos del monarca, Ilmen corría tras ellos. Cuando pasaron frente a uno de los inmensos ventanales, se asombraron al ver que la nieve se había teñido de sangre. El tiempo se había detenido, nada podía sentirse respecto al bosque, ni sonido, ni viento, ni olor, ni siquiera el frío y a la vista todo parecía tratarse de un mismo sitio que se repetía innumerables veces. Cuando siguieron avanzando, los elfos que encontraron articulaban palabras mudas. Incluso aun cuando pasaron frente a éstos actuaban como si no les hubieran visto o, tal vez en realidad no lo hacían.

Cuando finalmente llegaron a los pasajes reales, vieron que estos eran custodiados por elfos de la Guardia Real. Isilion se acercó a ellos pero nuevamente no podían verlos.

-Adar (Padre) esto debo hacerlo yo sola.- advirtió Lothíriel. Ilmen se había quedado estática con los ojos cerrados concentrándose en un ligero sonido que alcanzaba a descubrir.

-Está bien.- dijo Isilion y observó con aprensión a Lothíriel atravesar el ornamentado portón de la habitación del Rey Elfo.

-¿Man-ie Ilmen? (¿Qué pasa Ilmen?)- averiguó el Consejero Real.

-Los elfos resguardan el espíritu del rey con sus plegarias. Escucha.- advirtió Ilmen aún con los ojos cerrados. No obstante, el Consejero no logró escuchar nada. –Meleth nin (Mi amor), debemos ir con el pueblo de los hombres.- expresó Ilmen.

-Nan Lothíriel (Pero Lothíriel).- expresó Isilion con desasosiego.

-Áva sorya, a lelyalmë (No te preocupes, vamos).- indicó Ilmen tomando de la mano a su esposo y marchándose al campamento de los hombres.

-Padre ¿qué está pasando?- cuestionó Ivorwen angustiada aferrándose a Belthil.

Hombres, mujeres y niños con horror observaban la nieve convertida en sangre. Muchos intentaban correr o esconderse, sin embargo, el bosque se los impedía. Sus gritos eran completamente apagados, era inútil siquiera intentar comunicarse, los elfos que antes estuvieran a su lado, habían desaparecido, al igual que el palacio, era como si se les hubiera abandonado en medio de un laberinto sin salida. El pánico los había conquistado.

Lothíriel entró en los aposentos del Rey Thranduil; la última vez que había estado allí era una pequeña. Todo era pulcro, lujoso y acogedor. Caminó de puntitas, no supo explicar porque, observó con atención a su alrededor. Algo debía encontrar pero no sabía exactamente lo que buscaba. Salió al balcón, el bosque estaba teñido de rojo y no paraba de temblar, entonces llamó su atención una hermosa fuente de mármol y plata de la que podía escuchar el sonido del agua, pese a que no la había. Un centelleo llamó su atención y se asombró al ver que allí se encontraba el collar que ella regalara a Thranduil muchos años atrás. Introdujo su mano para tomarlo, cuando el agua de la fuente apareció y humedeció su brazo. Su primer instinto fue cerrar los ojos, sintió nuevamente esa agradable calidez en su corazón, lo sintió a él.

-La bendición de Ilúvatar y los Valar consuele los corazones atribulados de la Tierra Media, que la esperanza nos guíe en las horas más oscuras y en el amor fortalezcamos nuestro espíritu porque aún de las cenizas la vida renacerá.- pronunció Lothíriel.

De la punta de la fuente un cristalino manantial de agua se levantó por todo lo alto transformándose en una exuberante ave de colores rojo y dorado; ojos y patas negras. Era un pájaro de gran envergadura, volaba velozmente pavoneándose por encima del palacio. En el cielo aparecieron dos remolinos de nubes negras que se desplazaban vertiginosamente adquiriendo la forma de un caza almas; ave al servicio de Sauron que arrebataban los espíritus a Mandos convirtiéndoles en sus esclavos.

Las heridas de Lothíriel volvieron a abrirse provocándole un grave dolor que la derribó al piso y le quitó el aliento. Se arrastró por el balcón cuando el caza almas se abalanzó sobre ella pero, el pájaro de fuego intervino alejándolo. Entonces supo que se trataba de un fénix, ave de gran poder, capaz de soportar el fuego, volar a gran velocidad y resurgir de la muerte. La elfa había leído sobre ello pero jamás había visto una pues eran extremadamente raras. Con esfuerzo logró acercarse al escritorio del Rey Elfo tomó la pluma, la remojó en la tinta y escribió apresuradamente sobre un pergamino. Afuera los pájaros se enfrentaban en una encarnizada batalla, Lothíriel selló el mensaje, salió con mucho esfuerzo a la terraza; se estremeció cuando el caza almas sobrevoló sobre el palacio con sus alas extendidas dejando ver miles de rostros con pavorosas expresiones, alojados en sus alas y pecho.

El fénix voló por encima del pájaro oscuro y como un rayo lo atravesó provocando que la criatura se desvaneciera como el humo. El ave de fuego descendió elegantemente sobre la fuente de la que había salido, Lothíriel lo observó momentáneamente, extendió sus alas y después bajó la cabeza como haciendo una reverencia. La elfa se acercó cuidadosamente y extendió la mano donde llevaba el pergamino, el impresionante fénix tomó el papel con su pico, miró con atención a los ojos de la hermosa elfa y después emprendió el vuelo, en un instante había desaparecido de su vista.

Elmoth cabalgaba inútilmente a través del bosque, desesperado por volver al palacio y cerciorarse del estado en el que se encontraba Lothíriel. No obstante, no era capaz de llegar a ningún sitio, además no dejaba de temblar y lo que antes era nieve ahora era sangre. El caballo estaba sumamente nervioso y se asustaba con facilidad. Un crujido al frente anunció la caída de un enorme árbol de aspecto enmohecido, se precipitó hacia el elfo, el caballo relinchó tirando a su jinete, el orfebre rodó lo más que pudo para evitar ser aplastado por el árbol que cayó estrepitosamente a escasos pies de distancia. Elmoth se levantó, con rabia sujetó su espada, se acercó al caballo y le cortó la cabeza. Después se dejó caer al suelo y gritó lo más fuerte que pudo. – ¡Lo prometiste maldita sea, lo prometiste…!-