Capítulo 29
Lothíriel estaba sentada al lado de la cama donde yacía el Rey Sinda, le había tomado la mano y así habían permanecido durante el tiempo que llevaban allí. En el atractivo rostro de Thranduil podía percibirse dolor, agotamiento y desasosiego. La habitación estaba en silencio, los Istari habían salido a fumar sus pipas al balcón y parecían tener una conversación. El monarca se removió y gimió por lo bajo, el paño que cubría la herida del hombro derecho se había empapado con una mezcla de veneno y sangre. De inmediato, la noldorin se puso de pie, tomó un paño limpio lo humedeció en el preparado que los magos había elaborado, sacó el vendaje sucio, las manos le ardieron, colocó cuidadosamente la compresa sobre la herida donde aún centelleaba la flama sagrada, y el cuerpo del elfo se estremeció adolorido.
Llamó la atención de Lothíriel un libro empastado con plata y finamente decorado que se encontraba en la mesa a un costado de la cama. Se acercó y lo tomó, al abrirlo pudo ver unas preciosas pinturas de los Reyes Oropher y Amanthil el día de su boda, ambos irradiaban un profundo amor. Otra realmente conmovedora donde la reina sentada sobre el césped verde, lleno de diminutas flores blancas cargaba a un recién nacido de cabellos dorados y hermosos ojos azules mientras el rey los abrazaba protectoramente. En el último retrato estaba el Rey Oropher sentado señorialmente en el trono con el pequeño Thranduil sobre sus piernas y su esposa a un lado de ellos. En aquella pintura el ahora Rey del Bosque tendría la edad en la que Lothíriel lo había conocido.
De los cristalinos ojos de la elfa pequeñas lágrimas escaparon silenciosamente y una melancólica sonrisa se asomó en su rostro. Al cerrar aquél libro dos pergaminos desgastados cayeron al suelo. Lothíriel los levantó, se asombró al ver que se trataba de antiguas cartas que ella le enviara a Thranduil. Una de ellas se la había escrito cuando eran niños y ella se fuera a Imladris. La otra se la había enviado cuando el Príncipe Sinda viviera en el Bosque de Lórien. Hacía ya tanto tiempo que parecía haber sido en otra vida. Volvió a acomodar los pergaminos y aquél libro en la mesa; se acercó al Rey Elfo acarició su rostro y besó con dulzura sus labios. Después entonó en un armonioso susurro una canción que ambos solían cantar cuando eran pequeños; caminando por el bosque, tomados de las manos o con los pies sumergidos en la fresca corriente del río. Lothíriel volvió a agarrar la mano de Thranduil los dedos de éste se movieron casi imperceptiblemente.
Anardil se dio cuenta del alboroto al fondo del pasillo, se encaminó velozmente al reconocer a Elmoth. -¿Qué haces aquí? Deberías estar con la Guardia del Bosque.- aseveró el Jefe de la Guardia Real.
-Necesito hablar con Lothíriel es urgente.- advirtió Elmoth nervioso e irritado.
-Creo que Aran Thranduil estaría muy decepcionado de tu desempeño al saber que sobrepones temas personales por sobre tus obligaciones para con tu gente.- manifestó Anardil encrespado y con la mandíbula apretada.
-A ti que más te da lo que el rey opine o no sobre mí. Él no está aquí ahora y nosotros sí. Además si mi desempeño no le satisface debería analizar mejor las decisiones que toma al respecto.- expresó exasperado el orfebre tocándose la mano herida. –Comunícale a Lothíriel que deseo hablarle.- exigió.
-En eso tienes razón Aran Thranduil se equivocó contigo.- señaló con disgusto Anardil. –Veré que puedo hacer. Espera aquí.- dijo con brusquedad. Dio media vuelta en dirección a la habitación del soberano. En cuanto llegó al portón, lo abrió cuidadosamente, escuchó la suave melodía, se introdujo a la habitación.
-Lothíriel, disculpe, Elmoth la busca. Espera en el pasillo.- informó en voz baja.
La elfa se extrañó, miró a Thranduil, se levantó cuidadosamente, fue hacia la terraza donde los magos parecían algo taciturnos e informó que saldría. Mithrandir y Radagast ingresaron a la habitación y tomaron asiento; uno en la silla junto a la mesa a un costado del balcón y otro en el sillón frente a la cama del monarca. Entonces la elfa abandonó la habitación seguida por Anardil.
-Él se encuentra al final del corredor.- señaló el Jefe de la Guardia Real.
-Hantalë (Gracias).- dijo alejándose con elegantes movimientos.
Elmoth la vio venir sin quitarle los ojos de encima, embelesado ante su belleza.
-Me han dicho que querías verme. ¿Te encuentras bien?, ¿qué te sucedió?- cuestionó con preocupación Lothíriel al ver el vendaje en la mano de Elmoth. No obstante, éste no dejaba de observarla.
-Fui informado que estuviste durante el ataque. ¿Te pasó algo?- dijo escrutadoramente el elfo.
-No, yo estoy bien. Aran Thranduil intervino, desafortunadamente él resultó gravemente herido.- dijo apesadumbrada.
Elmoth se acercó a ella, cuando Lothíriel agarró cuidadosamente su mano herida para revisarla, podía percibir la suave fragancia a lavanda de la elfa. Entonces se dio cuenta de una especie de rasguños que tenía alrededor del cuello, producto de la reciente cicatrización de las laceraciones. Recorrió con su mano el cuello de ella, cuando ésta se sobresaltó y alejó. -¿Qué haces?- preguntó Lothíriel.
-Lo siento, no quise asustarte. ¿Qué son aquellos arañazos?- indagó Elmoth.
-Son viejas heridas que me hice durante el viaje al Valle. Han tardado un poco en cicatrizar eso es todo.- dijo desconcertada la elfa.
-Luces aún más hermosa que de costumbre.- la halagó Elmoth acercándose nuevamente a ella y agarrando su barbilla mientras observaba sus finos labios rojos.
-¿Cuál es la urgencia Elmoth?- averiguó Lothíriel poniendo distancia.
-Quiero que vengas conmigo. Tu padre, madre, el Consejero Lenwë, y los miembros de la Guardia del Bosque organizan brigadas para buscar suministros por el bosque. Conoces bien el reino al igual que yo, creo que podríamos tener éxito.- propuso Elmoth.
-Pero…por ahora quisiera quedarme con Aran Thranduil después de todo el arriesgó su vida por mí. Deseo cuidarle hasta que despierte.- manifestó Lothíriel.
-No creo que puedas hacer mucho estando aquí, el rey tiene suficientes elfos a su servicio que pueden darle la atención que requiere. Si realmente deseas contribuir creo que participar de la exploración es un buen principio. Por otro lado, creo que debo recordarte que estás a cargo de la salvaguarda del Pueblo del Valle mientras se encuentren en nuestras tierras.- explicó el elfo de ojos azules y cabello negro mientras caminaba alrededor de la elfa.
-Tienes razón… pero…- decía la elfa vacilante.
-Vendré por ti mañana…- aseguró Elmoth marchándose del corredor.
Lothíriel se quedó por un momento observando la partida de Elmoth. De pronto sintió una sensación de calidez recorrerle el cuerpo. La puesta de sol estaba próxima. Regresó pensativa a la habitación del monarca.
-¿Te encuentras bien pequeña?- preguntó Mithrandir observándola amablemente.
-Tancave (Sí)- respondió ella sin prestar mucha atención. Caminó hasta la terraza, echó un vistazo al cielo crepuscular; allí estaba sobrevolando majestuosa el ave de fuego. Con ágiles movimientos descendió a la baranda, depositó un costal que traía sujeto con sus fuertes patas. En el pico traía un pergamino sellado con el emblema de Imladris que entregó a la elfa.
Lothíriel rompió el sello y leyó el mensaje:
"Querida Lothíriel,
La ayuda está en camino, no desesperen. Mithrandir y Radagast velaran por la salud del Rey del Bosque Verde. Envío algunos pertrechos que les pueden ser de utilidad mientras tanto. Por favor, ten cuidado. Recuerda lo que hablamos.
Elevo mis plegarias por Su Señor y su pueblo en horas oscuras.
Elrond, Señor de Imladris".
Lothíriel cerró el pergamino se sintió un poco más tranquila, dirigió la mirada donde se posara el ave pero ésta ya no estaba ahí. Entró a la habitación, el fénix estaba parado respetuosamente a los pies de la cama del Rey Thranduil, extendió sus alas, el último rayo de sol lo alcanzó, bajó la cabeza y en un suspiro el fénix se convirtió en ceniza disuelta en el viento. La elfa se sintió nostálgica al presenciar aquello, el ave no volvería a ser lo que fue el día que la conoció era como si algo se hubiera perdido para siempre. Pero nadie es lo que fue ayer ni será lo que fue hoy. Los recuerdos nos hacen lo que somos y los sueños lo que podríamos llegar a ser, pensó.
-Sin duda, un ave magnífica.- dijo Radagast.
-¿Qué noticias han llegado?- averiguó Mithrandir acercándose a ella. Lothíriel le entregó el pergamino y volvió a sentarse al lado del rey.
-Aranya, av-'osto (Mi rey, no te preocupes), la ayuda viene en camino. Estaremos bien, estarás bien…- expresó la elfa.
-Deberé partir pronto a Imladris. Al parecer Lord Elrond lo intuye, hay asuntos urgentes que tratar.- advirtió Mithrandir con el ceño fruncido.
-¿Esperará hasta que el Rey Thranduil esté mejor, supongo?- indagó preocupada la bella elfa.
-Claro, diamante del cielo. Además mi amigo Radagast permanecerá aquí.- manifestó el mago gris intentando parecer despreocupado.
-Así es Lothíriel, por favor, confíe en nosotros. No debe angustiarse.- pidió amablemente el mago de expresión distraída.
Lothíriel se levantó, fue hacia el saco que había transportado el ave fénix, los magos la siguieron, entre los tres arrastraron el pesado contenido. Abrieron el bolso, había implementos medicinales y lembas.
-Deben repartirse de inmediato.- dijo Lothíriel mirando a ambos Istari que examinaban fascinados los tónicos, hierbas y tisanas.
-¡Claro, claro!- afirmó Mithrandir colocando cuidadosamente los frascos y demás contenedores sobre el escritorio del Rey Elfo. Mientras Radagast iba clasificándolos meticulosamente.
Lothíriel salió al corredor encontrándose con Anardil. -¿Podría alguien acompañarme a distribuir estas lembas a las personas del pueblo del Valle? Hemos reservado algunas más para nuestra gente, debemos racionarlas adecuadamente. Necesitaremos a Ereb para que organice las reservas medicinales que hemos recibido de Imladris.- advirtió la elfa.
-Desde luego, permítame.- el Jefe de la Guardia Real pidió a tres elfos que le ayudaran con el costal. Envió a otro a buscar a Ereb y Vorondil.
Lothíriel fue acompañada por los elfos que llevaban el costal con las lembas. En su camino rumbo al campamento de los hombres se encontró con Imloth. -¿Qué pasa?, ¿cómo está Aran Thranduil? Supongo que has estado en su habitación y sabrás todos los pormenores.- preguntó la elfa irónicamente.
-Llevamos lembas al campamento de los hombres. Aran Thranduil está delicado pero está siendo atendido por los Istari.- mencionó Lothíriel reemprendiendo la marcha.
-Iré con ustedes.- indicó Imloth. –Ya que supongo que será inútil si deseo ver a Su Alteza.- agregó.
-Como desees, toda ayuda es bienvenida.- manifestó Lothíriel sin dejar de sentirse incómoda por la presencia de Imloth.
-¿Han encontrado algo?- averiguó Isilion cuando uno de los grupos regresara del bosque.
-No, lo siento. Todo está congelado.- dijo uno de los hombres con rostro cansado. –Quizá si nos permitieran cazar sería más sencillo.- señaló frustrado otro de los hombres que se quitaba con disgusto el hielo del poblado bigote.
-Por ahora eso no es posible, debe consentirlo el rey.- señaló Isilion. En ese instante el otro grupo hacía su arribo y a juzgar por sus rostros habían corrido la misma mala suerte.
-Nada Consejero.- señaló uno de los elfos irritado.
Isilion se quedó pensativo. Debían encontrar una pronta solución o los hombres serían los primeros en sucumbir al hambre.
-Encontraremos, veleth nin (cariño). Quizá debamos adentrarnos más en el bosque, siempre nos ha proveído y esta vez no será la excepción.- expresó Ilmen que le enseñaba a Isilion un puñado de zarzas todavía con algo de nieve encima. La elfa se acercó a unos niños y les entregó los frutos.
Isilion le sonrió gentilmente a su esposa. –Tranquilos encontraremos lo que estamos buscando.- sugirió el Consejero a elfos y hombres.
Los presentes dirigieron su atención al camino que conducía al palacio, Lothíriel y los elfos de la guardia se acercaban. Se guardó silencio casi como si de una visión se tratara: la elfa de etérea belleza, se desplazó ante la mirada atónita de todos. –Meldë adar, naneth (Queridos padre, madre); traigo lembas que nos ha enviado Lord Elrond de Imladris para la gente del Valle.- anunció Lothíriel a sus padres.
-¿Cómo es eso posible?- preguntó su padre asombrado.
-Gwaem meleth nin (Vamos mi amor) ya habrá tiempo para explicaciones.- dijo cortésmente Ilmen acercándose a los elfos que traían las lembas.
-Naneth, alassenyan (Madre, por favor)…- decía Lothíriel pensando en que se repartieran equitativamente de modo que todos pudieran alcanzar.
-Iston, áva sorya yelya (Lo sé, no te preocupes hija mía).- respondió su madre intuyendo el motivo de su inquietud.
-Adar (Padre) ¿puedes explicarles de qué se trata?- preguntó Lothíriel.
-Lá veleth nin (No cariño), debes hacerlo tú misma.- indicó su padre con un gesto de apoyo, ya que sabía, que Lothíriel temía ser demasiado visible para los demás.
-Por favor, escuchen…- advirtió Lothíriel atrayendo la atención de todos. Respiró profundo cuando sintió todas las miradas sobre ella y continuó. –Hemos recibido ayuda del generoso Señor de Imladris: medicina y lembas, el pan del viajero de nuestro pueblo; es nutritivo y satisfará su hambre con un pequeño bocado. Se les entregará equitativamente. Les sugiero sean prudentes, la ayuda vendrá pero no sabemos cuánto tiempo podría tardar. Ahora formen filas para que podamos comenzar.- explicó la elfa de ojos grises.
-Lothíriel ¿qué sabe de Aran Thranduil?- preguntó un elfo de la guardia del bosque.
-Aran Thranduil sigue grave pero se encuentra bajo el cuidado de Mithrandir y Radagast. Ellos confían en que se recuperará.- respondió Lothíriel.
-¡Que Ilúvatar guarde al rey!- pronunció el elfo.
Allí estaba prisionero en una jaula de hierro colgada sobre un profundo acantilado oscuro, podía escuchar el rugido del agua golpeando contra las afiladas rocas. Una tormenta violenta azotaba aquella lóbrega zona, los rayos fulminaban los raquíticos troncos, incendiándolos. Intentó abrir el candado pero era inútil, sacudió su prisión, se columpió peligrosamente y un crujido metálico le indicó que la corrosión del metal que lo sostenía estaba por ceder. Escuchó un grito, difícilmente podía ver debido a la tempestad, una elfa intentaba levantarse de entre el barro, pudo ver que estaba herida pues sangraba de la cabeza, se arrastró unos metros hasta que agarró su arco y se levantó empuñándolo tambaleante.
Entonces salió de entre las sombras un espectro, incorpóreo como una niebla negra, que se alzaba varios metros, la elfa había disparado dos flechas una a la cabeza y otra al pecho, no obstante, era como dispararle al aire. Aquella sombra se abalanzó velozmente sobre la elfa atravesando su cuerpo una y otra vez como si fuese una navaja, podía ver la sangre salpicar y el cuerpo de la elfa era arrojado por todos lados. Él volvió a sacudir con todas sus fuerzas los barrotes, sus manos sangraron, el metal se dobló solo un poco y la jaula cayó unos centímetros. La elfa volvió a levantarse, su arco estaba roto, las flechas se habían terminado pero ella seguía en pie.
El espectro alzó una mano y la niebla fue formando una afilada lanza con varios picos en la punta. Antes siquiera que él pudiera gritarle que huyera, la sombra había clavado aquella espeluznante arma en el corazón de la elfa, ella exhaló su último aliento pronunciando su nombre, entonces él supo de quien se trataba. Se agitó violentamente dentro de la jaula, golpeó los barrotes lo más fuerte que pudo, el metal que lo sostenía se quebró casi por completo, entonces miró una de sus manos, en ella tenía el corazón aún palpitante de la elfa y ahora ella yacía a su lado sin vida y con sus ojos vacíos aún mirándolo dolorosamente. Él se horrorizó sintió que el alma se le desgarraba, entonces la jaula cedió y cayó al abismo.
El Rey Elfo se agitaba dolorosamente, la herida en el hombro había comenzado a sangrar nuevamente, la flama era expulsada de su cuerpo, al igual que la que se encontraba en su pecho. Los latidos de su corazón podían verse a simple vista, su respiración era apresurada y pesada. Con sus manos apretaba fuertemente las sábanas, se mordió la lengua y sangró a tal grado que había comenzado a ahogarse, la fiebre lo hacía sudar profusamente.
-Concéntrate Radagast…- dijo preocupado Mithrandir al otro mago. Ambos Istari había comenzado a pronunciar extraños sortilegios para mantener las flamas sagradas dentro del Rey Elfo, éste parecía sufrir un intenso dolor, no sólo físico sino en el alma misma.
-Mithrandir, el Señor Oscuro lo ha encontrado en sus sueños.- advirtió turbado el mago de barba marrón.
Cuando sintió que el agua golpeó con fiereza su cuerpo y se hundía más y más en aquella oscuridad. Miró el corazón que aún tenía en la mano, seguía palpitante, el espectro ahora estaba frente a él con la mano extendida intentando adueñarse de la elfa. Él aferró el cuerpo de la elfa protectoramente, besó sus labios inertes, cerró sus párpados y comenzó a comerse el corazón; con cada mordida su alma se partía en miles de pedazos y lo abandonaba. No dejaría que aquella maldad lo corrompiera. El aire escaseaba en sus pulmones, la vida se le escapaba pero su alma ya no estaba allí, solo el vacío infinito y cruel. La sombra se acercó clavó su mano como una daga en el pecho del elfo y le sacó el corazón.
-Creo que tomaré un trozo, tu sabes podemos necesitarlo.- dijo Imloth acariciando discretamente su vientre.
-Eso no es posible, esto es solo para el Pueblo del Valle. Hemos reservado algunas para nuestra gente.- manifestó Lothíriel irritada. Había repartido casi la totalidad de las lembas, cuando empezó a sentirse profundamente ansiosa, con miedo, se quedó estática observando nada.
-Ve.- le dijo Ilmen abrazándola fuertemente.
Lothíriel corrió hacia el palacio con dirección a la habitación del monarca. Podía sentir el sudor frío recorrerle la espalda. Los guardias del corredor real le dejaron pasar. Cuando llegó al portón abrió, se asustó cuando vio al Rey Thranduil sentado sobre la cama con la boca y el pecho lleno de sangre, los ojos ennegrecidos por completo, temblando y pronunciando palabras inentendibles. Lo rodeaban los Istari, Ereb, Vorondil y Anardil, todos con expresión horrorizada. Los magos parecían despedir una potente energía que mantenía las flamas sagradas con un intenso fulgor que iluminaba la estancia. Ereb limpiaba la sangre y mantenía la compresa sobre el hombro, Anardil sostenía al rey y procuraba que éste no se ahogara con la sangre producto de la mordedura que se había hecho.
-Es mejor que te apartes Lothíriel esto puede resultar peligroso.- advirtió seriamente el espigado mago gris al verla parada cerca del portón.
Lothíriel se acercaba lentamente, estaba sobrecogida con la escena, quería ayudar pero no sabía cómo hacerlo. El alma de Thranduil estaba siendo torturada. – ¡He dicho que no te acerques más!, ¿Es que acaso quieres morir?- gritó Mithrandir enérgicamente.
-¡Llévatela de aquí!- ordenó Radagast a Vorondil.
Vorondil se aproximó a Lothíriel que seguía observando azorada al monarca sinda. - A lelyalmë (Vamos).- el elfo la tomó del brazo y la jaló hacia el portón.
-Vá, ani lerya (No lo hagas, suéltame).- dijo la elfa forcejeando con el guardia. –Thranduil melda tár, nai Eru varyuva le (Amado Rey, que Eru te guarde)- expresó Lothíriel con desesperación.
El Rey Elfo la miró, sus ojos como fuego feroz se clavaron en su ser, un miedo terrible la invadió, se sintió vacía, desolación, angustia, sufrimiento, oscuridad. Había caído en la nada, sentía como su vida se escapaba con cada aliento. -Tu alma a cambio de la suya.- escuchó una escalofriante voz en su cabeza –Thranduil…- musitó Lothíriel. Vorondil la había cargado, salió a toda prisa de la habitación y la elfa se desmayó. Los guradias del corredor corrieron hacia ellos, Vorondil la llevó hacia la sala de lectura donde antes había estado, uno de los elfos llevó rápidamente a un sanador.
-Thranduil hodo-ninya (mi corazón), mi amado hijo. Regresa a donde perteneces, eres luz, eres amor. –escuchó Thranduil con claridad la suave voz de su madre. -Ionneg (Mi hijo) perdónate y perdónanos. Sólo tú puedes salvarte a ti mismo. Mereces ser feliz, nos llevarás siempre en tu corazón, no estás solo.- percibió la voz de su padre.
Su vista fue aclarándose, veía una luz radiante, cálida y protectora cubrirlo. Sombras por doquier que no supo distinguir, escuchó tan claramente aquellas palabras que pensó que sus padres habían vuelto, no obstante, no pudo verlos. Se llevó con dificultad una mano sobre el pecho, el corazón dolía, sintió su violento palpitar. Percibió un sabor sanguinolento en la boca ¿acaso había comido el corazón de Lothíriel?, ¿acaso ella había muerto? Y entonces nuevamente el fuego en su alma y las cenizas de su esperanza llovieron sobre su ser, tal como había escuchado a sus padres ahora podía oír aquella siniestra voz diciéndole: "Tú alma a cambio de la de ella", mencionó casi en un susurro. Entonces no supo más de sí.
Los magos se desplomaron sudorosos y exhaustos. Anardil y Ereb tenían el rostro macilento, en sus ojos había algo de aquella oscuridad. Por unos instantes prevaleció el silencio hasta que Mithrandir se reincorporó con dificultad y se acercó al lecho del Rey Elfo. Thranduil permanecía inconsciente, la fiebre le hacía temblar, el contorno de sus ojos parecía quemado y de sus lagrimales escurrían incesantes hilillos de sangre oscurecida. Su pecho y boca estaban completamente empapados con su sangre. Para estupor del mago de larga barba blanca, las flamas sagradas habían vuelto a su estado original como finos cristales traslúcidos que ahora estaban en el suelo de la habitación. Radagast, que se limpiaba el sudor de la frente con la manga de su pesado traje marrón, las levantó y examinó. Ambas tenían cuarteaduras por las que parecía escapar un humo negro. Ambos Istari se miraron nerviosamente, salieron de la habitación rumbo al balcón y allí con voz atronadora ambos elevaron un poderoso conjuro que expulsó aquella malignidad.
Anardil y Ereb todavía perturbados se acercaron dando tumbos al lecho del Rey Sinda, el sanador corrió hacia la terraza, donde los magos parecían figuras palpitantes rodeadas por una incandescencia que expulsaba el humo negro sobre ellos. Agarró un puñado de nieve y regresó para depositarla en la bañera. Anardil arrojó las sábanas al suelo y cargó a Thranduil, lo depositó sobre la nieve que había traído en un intento por bajar la fiebre. El soberano se estremeció y respiró entrecortadamente, la nieve se derritió rápidamente. Los magos fueron por los tónicos medicinales que habían sido enviados desde Imladris, hicieron una mezcla, corrieron al lavatorio donde estaba el rey y con mucha dificultad lograron que Thranduil lo bebiera. Ereb preparó una compresa herbal para depositarla sobre la herida del hombro. El Jefe de la Guardia Real no podía dejar de observar las horribles quemaduras en los ojos del Rey Sinda mientras retiraba la sangre de su cuerpo.
-Thranduil…- murmuró Lothíriel despertándose de golpe.
-Tranquila, ¿manen natye? (¿cómo estás?) - la detuvo el sanador.
Lothíriel observaba desorientada hacia todos lados, aún intentaba reconocer el lugar en el que se encontraba y entender lo que había sucedido. Producto de la terrible angustia que la invadía, temblaba, sus extremidades hormigueaban, una fuerte opresión en el pecho la sofocaba, pero la más horrorosa sensación era aquella que le decía que corriera, que escapara hasta que sus fuerzas menguaran. No deseaba escuchar, no deseaba ver, no deseaba sentir. Se levantó mareada, corrió a la puerta estrellándose con Mithrandir que entraba en la habitación. Descubrió la desesperación en los ojos grises de Lothíriel y la abrazó paternalmente, entonces ella se derrumbó en sus brazos en un mar de llanto.
Seregon y Luinil habían salido junto a un par de elfos de la guardia a explorar el bosque en busca de suministros. El excapitán había sugerido que bordearan el río. El rastreo se hacía aún más difícil debido a la oscuridad de la madrugada, así que debían confiar en sus desarrollados sentidos para orientarse. Luinil detuvo la marcha de su caballo y descendió hasta un sitio donde el río se estrechaba y las ramas de los árboles se internaban en el afluente. Junto a un robusto tronco con musgo en su base, distinguió un frondoso arbusto de hojas pequeñas, duras y de color verde oliva, su tallo estaba lleno de afiladas espinas. La elfa sacó su fina daga y cortó cuidadosamente, sabía que se trataba de una poderosa hierba analgésica, guardó unas ramas en un saquito y volvió a montar.
Otro de los grupos de búsqueda había vuelto. Consiguió recolectar algunas hierbas comestibles, unas pocas zarzas y agua. La gente del pueblo del Valle estaba impresionada con el agradable sabor y reconfortante sensación que les producía un pequeño trozo del pan de los elfos. Ilmen cargaba a una entristecida Eilinel que había deseado acompañar a sus padres pero se le había negado. Lenwë e Isilion organizaban los equipos de búsqueda; mientras elfos de la guardia, Belthil e Ivorwen iban acopiando las escasas provisiones que se habían conseguido.
Lord Elrond cavilaba inquieto mirando el cielo nocturno repleto de estrellas. En cuanto había recibido el mensaje se había dispuesto todo lo necesario para auxiliar a los elfos del bosque, a su soberano y a los hombres refugiados. Imladris estaba a gran distancia del Reino del Bosque Verde por lo que la ayuda tardaría en ser recibida. Lindir, la mano derecha del Señor de Rivendel, fue asignado para encabezar al grupo que llevaría los pertrechos. Sin embargo, el elfo de largo cabello negro se hallaba inquieto; la oscuridad se movía con mayor agresividad y, al igual que los Istari, podía deducir que quebrar al Reino del Bosque, sería clave para evitar el surgimiento de una unión capaz de oponerse al Señor Oscuro.
El cerco a la fortaleza de Dol-Guldur había sido reforzado pero la maldad también había adquirido mayor vigor. Lord Elrond, un elfo sabio con el don de la premonición, había podido vaticinar un choque directo con las huestes de Sauron. Dolor, muerte y destrucción se instalarían sobre su pueblo. El Señor Oscuro había averiguado que una futura alianza entre elfos, hombres, hobbits e incluso enanos podría poner en riesgo la edificación de su imperio. La acometida nunca había cesado completamente sólo se había canalizado por otros medios: la injuria, la manipulación, la traición, la corrupción, la mentira, el terror, la amenaza; serían ahora la punta de la lanza con la que atacaría. Una ofensiva inconsciente, pero no por ello menos peligrosa y efectiva. El objetivo dividir y evitar coaliciones.
Lord Elrond había constatado sus hipótesis cuando se encontrara con el Rey Thranduil y Lothíriel en las cercanías del Pueblo del Valle. El monarca del Bosque Verde increíblemente había logrado infiltrarse en los pensamientos de Sauron. Cuando El Señor Oscuro se dio cuenta decidió aprovechar la ocasión para jugar con la mente del soberano, conocer sus estrategias, potencialidades y debilidades. De alguna manera el monarca había conseguido evadir la intromisión y censurar esa información; irritando a Sauron quien había decido emplear otras tácticas para quebrar al líder sinda. Atormentar sus pensamientos, confundir sus recuerdos y distorsionar la realidad. En conclusión, enloquecer a Thranduil, convertirlo en un títere con la capacidad de destruir a su propio pueblo.
Lothíriel era consciente de ello, lo había visto en sus premoniciones y había sido testigo. La elfa manifestó su temor por la vida del monarca al Señor de Imladris, confesó haber vislumbrado algunos de los catastróficos pensamientos de Thranduil. Lothíriel había podido sentir los desgarros en el espíritu del Rey Elfo, atestiguar su silencioso sufrimiento y sus batallas solitarias. En medio de un llanto desesperado, le suplicó por una solución para salvar el espíritu de su amado Rey Sinda. Desafortunadamente, nadie más que el propio Señor del Bosque Verde debía hallar su propia salvación. En aquel instante Lothíriel pareció comprender que ella sólo podía acompañarle y convertirse en la luz de su oscuridad.
Elfos, hombres, enanos, hobbits y demás habitantes de la Tierra Media debían encontrar el coraje para enfrentar la lobreguez que empezaba a germinar en sus mentes. Debían prepararse para aceptar la pérdida, la derrota y resurgir de la esperanza con vehemencia para lograr un sueño anhelado. La incertidumbre parecía encumbrarse, ahora sólo la acción, la fe y la voluntad conseguirían erigir los espíritus.
