Capítulo 31
El sol estaba por ocultarse, Isilion se encontraba impaciente por hallar a su hija, habían buscado por los lugares aledaños al pie de las montañas, en la cueva. El bosque parecía estarla ocultando o protegiéndola tal vez. Ese pensamiento lo reconfortó, una luz se encendió en su atribulado corazón, bajó del caballo miró entre las copas nevadas de los árboles el cielo azul y naranja. –Yelya ¿massë nalyë? (Mi hija ¿dónde estás?)- pronunció en un murmullo el alto elfo de ojos grises. Entonces apreció a la distancia un viejo tronco que llamó su atención, corrió hacia allá, la nieve se había acumulado alrededor del hueco, escarbó rápidamente con ambas manos y allí encontró a su hija recostada sobre el lomo del ciervo moteado que parecía custodiarla.
-Hodo-ninya, nányë adar. (Mi corazón, soy tu padre)- dijo Isilion tocando el hombro de su hija. El ciervo permaneció inmóvil observando con atención al padre de la elfa.
Lothíriel se sentó como incorporándose de un largo sueño. –Ada, im gelir ceni ad lin (Papá, me alegro de verte nuevamente).- expresó saliendo despacio del tronco hueco. Su padre al ver su ropa desgarrada, la cubrió con su capa, su rostro amoratado producto de las bofetadas y su brazo fracturado sanaron ante la mirada atónita del Consejero Real.
-Mi pequeña hermosa, vamos, volvamos a casa.- indicó Isilion cargando a su hija protectoramente. Lothíriel lo abrazó y hundió su bello rostro en su pecho. El ciervo los siguió de cerca.
Seregon se acercó a Isilion para ayudarlo, no obstante, el Consejero le sugirió con la mirada que era necesario darle espacio a su hija. Cuidadosamente cabalgaron de vuelta, Elmoth no había pronunciado palabra alguna durante el trayecto, parecía sumamente preocupado, cabizbajo e irritado. Siguió al Consejero y al excapitán a distancia.
Arribaron al palacio con las primeras estrellas en el cielo, Lothíriel había dormido durante el trayecto en brazos de su padre. Ilmen y Vorondil les esperaban. La madre de la elfa con semblante acongojado se acercó a su esposo.
-Lothíriel, valeth-nin (cariño), hemos llegado.- dijo su padre cariñosamente.
-Adar (Padre)… quiero ir a casa.- pidió la elfa sin abrir los ojos.
-Bien, te llevaré a casa.- dijo Isilion.
Aquella magnética energía se extendió por el bosque, imperceptible a los ojos pero no al alma, poderosa, cálida, luminosa, positiva. Alcanzó con fuerza a la fortaleza de hierro de Dol Guldur, las lóbregas criaturas encerradas en un letárgico sueño fueron aplastadas por los escombros que comenzaron a caer. La imponente edificación temblaba, con un rugido metálico comenzó a hundirse, los engendros de Sauron fueron muertos por aquella ráfaga etérea. Un remolino de fuego ensangrentado como la erupción de un volcán se alzó desde la fortaleza hasta perderse en lo más alto del cielo, iluminando la noche.
La luz conjunta del Bosque Verde y Lórien estalló como un potente rayo dentro del torbellino disipándolo y apagando las incipientes hogueras. Las raíces de los árboles resquebrajaron los cimientos del recinto oscuro, la floresta se alzó portentosa impidiendo el paso o su visibilidad, el hierro fue cubierto por las enredaderas, la tierra se tragó los despojos de los siervos malignos, cadenas de finos cristales sagrados clausuraron todas las entradas y salidas. El Señor Oscuro fue obligado a replegarse. Aquella alianza de voluntades se precipitó sobre todo el Reino del Bosque Verde como si de una lluvia de estrellas se tratara, la maldad quedó confinada en un intermitente limbo, silencioso, acechante, adormecido, peligroso.
Aquél intenso resplandor fue visto en todos los lugares colindantes con el Reino del Bosque Verde, la luz había convertido por momentos la noche en día. Hombres, elfos e incluso enanos percibieron el cambio, después el silencio más absoluto prevaleció por instantes, uno que parecía estar alerta a cualquier desafío del enemigo. Paulatinamente todo fue regresando a su sitio o encontrando el que se había extraviado.
Lothíriel había sido llevada a su cálido hogar, su madre le había preparado un baño caliente, le ofreció una infusión con un trozo de lemba. La atractiva elfa parecía ausente, respondía lo estrictamente indispensable, evitaba mirar a los ojos a sus angustiados padres por temor a que estos leyeran en ellos aquello que no quería recordar. Después de asearse se recostó en su cama, acompañada por su madre durmió un par de horas. Isilion permaneció de pie en el marco de la puerta de la habitación de su hija, observaba ensimismado por la ventana aquella intensa luz y después la oscuridad de la noche. Ilmen acariciaba con ternura el cabello de su hija aunque no sabían con exactitud lo que había sucedido, ella lo intuía y le dolía que Lothíriel tuviera que enfrentarse a tan duros obstáculos. Al mismo tiempo quería creer que todo tenía un propósito y que su pequeña tenía la fuerza para aprender y sobreponerse.
-Nana, áva sorya. Tye-mélane (Mamá, no temas. Te amo).- expresó Lothíriel besando la mejilla de su madre. Se levantó de la cama, cogió una abrigadora capa.
-Ada, nana (Papá, mamá); deseo ver al Rey Thranduil.- expresó Lothíriel.
-Espera Lothíriel, yelya (mi hija). ¿Qué estás haciendo?, ¿por qué te arriesgas de esa manera?, ¿qué es lo que deseas conseguir: aprobación, absolución, amor? Sabes que tu padre y yo te amamos más de lo que puedas comprender, incondicionalmente por ser quien eres.- expresó Ilmen acercándose a su hija que la miró a los ojos por primera vez desde que llegara del bosque.
-Lothíriel lo único que debe guiarte es el amor propio y procurar siempre ser la mejor versión de ti misma. Sólo así podrás estar en paz contigo y con los demás.- manifestó Isilion con semblante intranquilo.
-Yelya, hodo-ninya (Mi hija, mi corazón). Espero que encuentres lo que estás buscando y cuando lo hagas seas muy feliz. Mientras tanto cuida de lo más preciado que tienes, tu vida.- dijo Ilmen.
-Amin hiraetha naneth, adar (Lo siento, madre, padre). Los amo con toda la fuerza de mi corazón, no es mi intención causarles pesar. Naneth (Madre) estoy consciente de los peligros a los que puedo estar expuesta, me esfuerzo por aminorarlos y, de ser el caso, aceptar las consecuencias de mis acciones. Adar (Padre) ya no puedo cargar con el peso de la omisión o la inacción. Amo mi vida, mi familia, mi pueblo, mi tierra y porque se me ha concedido un don lo emplearé para salvaguardarlos.- manifestó con decisión la preciosa elfa de inmaculados ojos grises.
-Recuerda que aquello que enclaustras en tu corazón tarde o temprano podría extinguirlo.- declaró su padre ante el mutismo de su hija sobre los más recientes acontecimientos.
-Iston adar (Lo sé padre) y hablaré. No me siento omnipotente es por ello que necesitamos unirnos y encausar nuestros esfuerzos. La maldad ahora duerme pero ¿por cuánto tiempo?- explicó Lothíriel a sus padres, se encaminó hacia ambos y les tomó de las manos.
-Veleth nin (Cariño), tienes y siempre tendrás nuestro apoyo. Promete que serás más cuidadosa.- pidió Isilion besando la mano de su hija.
-Adar, naneth (Padre, madre); no temeré a la muerte mientras sea capaz de decidir libremente el curso de mi vida.- aseguró Lothíriel mirando a los ojos a sus padres.
-Aún es insuficiente, espero que la ayuda llegue pronto.- dijo Vorondil a Ivorwen mientras hacía un recuento de las alimentos, semillas, hierbas comestibles y medicinales recolectadas.
-Estaremos bien.- dijo sonriente la chica pelirroja ofreciéndole al elfo un trozo de lemba.
-¡Á lau! (¡Oh no!) es mejor que la conserves te hará falta.- dijo Vorondil.
-Supongo que tendrás hambre, has trabajado muy duro. Aunque ahora que lo pienso, no he visto comer a los elfos ¿es que acaso no lo hacen?- manifestó juguetona Ivorwen.
Vorondil se acercó y aceptó el ofrecimiento. –Hantalë (Gracias)- dijo con gentileza. Ivorwen se sonrojó y trastabilló al atorar sus muletas con las cuerdas que ataban los sacos. –Por cierto, ¿por qué no estás durmiendo? He visto que tu pueblo lo hace durante largo tiempo o ¿no perteneces a ellos, eres una infiltrada?- bromeó mientras removía el cabello para revisarle las orejas y certificar que no se tratara de una elfa. Ivorwen sonrió divertida hasta que el elfo tocó suavemente su cara y fijó sus ojos ámbar en los de ella. –Eres bella.- expresó Vorondil. La joven mujer bajó la mirada, incrédula observó su pierna coja. –Escúchame para mí eres hermosa.- repitió el elfo, tomando cuidadosamente la barbilla para levantarle el rostro. Ivorwen tenía los ojos llorosos y la cara enrojecida. El centinela besó suavemente sus labios, ella lo abrazó fuertemente. –Gracias por cuidar de mí.- dijo la chica de cabello alborotado.
-Anardil ¿cómo se encuentra Aran Thranduil?- preguntó el Consejero Real Isilion quien acompañado de Lothíriel caminaban por el gran corredor real.
-Su estado ha sido oscilante, a veces pareciera estar pacíficamente dormido; en otras convulsiona febrilmente y delira. Los Istari no se han despagado de él ni un segundo.- informó afligido el Jefe de la Guardia Real. -¿Está usted bien Lothíriel? Creo que los magos han estado muy preocupados por usted. Además todos pudimos sentir aquella poderosa energía que ha cambiado la esencia del Bosque Verde.- manifestó.
-Nan mara, hantalë. (Estoy bien, gracias) ¿Nos permitiría ver a Aran Thranduil?- investigó Lothíriel.
Anardil evaluaba a la elfa. –Lo consultaré con Mithrandir y Radagast, por favor, esperen un momento.- dijo el guardia real, encaminándose hasta los aposentos del Rey Elfo. Isilion y Lothíriel permanecieron en el vigilado corredor. Nuevamente el canto eldar engalanaba las estancias donde moraba el pueblo de las estrellas. Le cantaban al Rey del Bosque Verde, con solemnidad recordaban su historia, le hacían saber que su pueblo le acompañaba y le esperaba.
En un ceremonial desfile, los elfos se acercaban continuamente al corredor, depositando las flores invernales y conformado con estas los caracteres élficos que representaban el himno que entonaban hermosamente. Algunos otros llevaban consigo diminutos cristales en cuyo interior irradiaba una cálida luz imperecedera. Al retirarse, los elfos hacían una respetuosa reverencia.
-Pueden pasar. Síganme.- indicó Anardil, distrayendo a ambos elfos noldor de la conmovedora escena.
En silencio y respetuosamente ingresaron a la habitación del monarca. Allí encontraron a los magos sentados alrededor del lecho del rey. Mithrandir parecía preocupado y perdido en sus pensamientos. Radagast, por su parte, escribía en un viejo libro y murmuraba palabras inentendibles. –Aiya Mithrandir, Radagast.- saludaron padre e hija provocando el sobresalto de los Istari.
-Salve- contestaron al unísono los magos levantándose de sus asientos. –Pequeño diamante del cielo ¿estás bien? Se nos mostró, la Dama Blanca y el Señor del Bosque Verde intervinieron y lograron marginar al Señor Oscuro.- expresó el mago gris atropelladamente.
-He sido afortunada.- dijo la elfa. –Sentí su presencia, su fuerza; no puedo sino agradecer su intervención y la bendición de Ilúvatar y los Valar por haberlo permitido. La oscuridad pernocta acechante, eso nos brinda la oportunidad de replantear nuestro estado, el curso de nuestras decisiones y acciones.- manifestó Lothíriel observando desde el recibidor al Rey Elfo acostado en su lecho.
-El entendimiento, el autoconocimiento, el análisis y la apertura de nuestras mentes. Nos guiará para desvelar el significado de los acontecimientos por venir.- analizó Radagast.
-¿Podría acercarme?- averiguó Lothíriel observando al inconsciente monarca.
-Por supuesto, creo que al rey le agradará saber que has vuelto con bien.- dijo Mithrandir sonriéndole a la elfa.
Lothíriel se acercó lentamente, el Rey Elfo yacía inmóvil, cubierto por sábanas blancas, acomodado sobre cómodos almohadones color dorado, un paño cubría sus ojos, su hombro y brazo derechos estaban vendados. Envuelto en una inconsciencia aparentemente tranquila. –¡Aiya Aranya! (¡Salve Mi Rey!) Nan mara, hantanyel órenyallo. (Estoy bien, mi corazón está agradecido)- expresó Lothíriel respetuosamente, al tiempo que tomaba la mano del soberano. –Hîr vuin (Mi señor) tu pueblo está contigo, unido pide por ti, aguarda… yo te espero.- expresó sentándose en la silla junto a su cama, sin dejar de mirarlo. Thranduil apretó un poco la mano de la elfa y ésta sonrió sutilmente.
Isilion observó a su hija, no prestó demasiada atención a lo que los Istari comentaban al respecto. –Consejero en cuanto el Rey Thranduil despierte partiré; hay asuntos que nos atañen a todos que deben atenderse diligentemente.- dijo Mithrandir captando nuevamente la atención de Isilion.
-¿Qué pasará con Aran Thranduil?, ¿habrá secuelas después de esto?- cuestionó Isilion ansioso.
-Ya había consecuencias incluso antes de este ataque. Thranduil ha estado demasiado tiempo en contacto con la maldad, hay en su ser una oscuridad que se agita infatigablemente. Para ser sincero, no comprendo cómo puede sobrellevar tremenda carga en su alma…- explicó Mithrandir con el rostro ensombrecido y acariciando su larga barba blanca.
-Su hija no corre peligro, si es eso lo que le preocupa, el espíritu del Rey del Bosque es poderoso y no sucumbirá. En efecto, se ha condenado a una vida de constante lucha contra sí mismo: contra lo que es, lo que podría ser, lo que quisiera ser, lo que se le demanda, y lo que sus más oscuros deseos podrían desatar. Pero ¿qué ser en ésta tierra no lo estamos?- analizó Radagast. –Sí por un instante se nos diera la oportunidad de hacer todo aquello que no nos atrevemos, sin juicios morales o de valor; ¿qué haríamos?, ¿le daríamos rienda suelta a nuestras pasiones?- reflexionó mientras observaba al rey.
-Sabia deliberación, querido amigo. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar?, ¿quién puede culpar al Rey Elfo por haber hecho lo que ha creído mejor para su gente, aún a costa de sí mismo?- consideró el mago de aspecto delgado.
-Desde luego que mi hija me preocupa. Se ha enamorado del rey pero ¿qué hay de él?, ¿cómo podría yo dejar el corazón de mi hija en medio de una batalla como la que está sorteando Aran Thranduil? Además nuestro pueblo pasa por una situación delicada y Su Majestad debe tener la sensatez necesaria para guiarlo.- evaluó Isilion seriamente.
-Oh mi señor elfo, duro es su juicio sobre el monarca sinda. La situación por la que atraviesa el Rey Thranduil no es sino un microcosmos de lo que sucede en la vida cotidiana. ¿Cuántas batallas internas o externas hemos de enfrentar en el curso de nuestra existencia?- opinó Mithrandir, con sus profundos ojos azules evaluando a sus interlocutores.
-Es tiempo de reconciliación, la semilla de la discordia y la traición quedó sembrada. De nosotros depende cosecharla o no. ¿Por qué ha de preocuparse por la salvaguarda de su pueblo?, ¿acaso el rey aún al borde de la muerte no ha velado por los suyos, por su hija? Entiendo que Aran Thranduil no está sólo y si sus fuerzas flaquearan, encontraría los pilares para levantarse entre su gente, ¿o me equivoco? Todos lo haríamos mejor hasta que nos encontramos en el lugar de aquél al que juzgamos.- expuso Radagast apoyándose firmemente en su báculo.
-El Rey Thranduil no está solo, de eso no tenga duda. Su pueblo le quiere, apoya y respeta.- opinó el Consejero Real. - Probablemente tengan razón, no obstante, no creo que sea buena idea abstraernos de la realidad y, es que el poder del Señor Oscuro es capaz de corromper hasta el espíritu más noble.- opinó Isilion.
-Entonces no sé qué estamos haciendo si ya todo está perdido.- expresó Lothíriel irritada al oír a su padre, se acercó a él.
-No intervengas en conversaciones que no te atañen y cuida el tono que usas al dirigirte a mí.- dijo molesto Isilion clavando sus ojos grises en los de su hija.
-Amin hiraetha, adar (Lo siento, padre) pero nuestra lucha no está perdida, ni la de Aran Thranduil.- manifestó Lothíriel retirándose del recibidor de la habitación a la silla al costado de la cama del rey, al percibir el gesto de molestia de su padre.
-¿A dónde irás Mithrandir?, ¿cuánto tiempo prevés que Aran Thranduil permanezca inconsciente?- indagó el Consejero analizando las vetustas facciones del enérgico mago.
-Viajaré con destino a Imladris, visitaré a Lord Elrond. Espero que en los próximos días recobre la conciencia…- dijo el mago notando la tensión en la voz del Consejero Real.
-Yo me quedaré hasta que el Rey Thranduil sane por completo.- indicó Radagast acomodándose el mullido sombrero marrón.
-Espero que por el bien de todos tengan razón. Por favor, si necesitan algo háganmelo saber. Por ahora debo retirarme.- dijo Isilion, dedicó una severa mirada a su hija y se retiró de los aposentos reales rumbo al bosque a organizar las cuadrillas de búsqueda que ahora estaban en manos de Lenwë y Vorondil.
-Ivorwen, no creo que sea una buena idea.- opinó Belthil al ver llegar a su hija al campamento. –Somos diferentes, nosotros estamos condenados a una vida corta en la que apenas nos llevamos un atisbo de lo que significa haber morado en esta tierra. Él es un elfo y sabes lo que eso significa, él podría transitar por todas las edades hasta el final de Arda; no lo condenes a un breve amor y a una perpetua ausencia.- reflexionó.
La joven pelirroja se quedó estática mirando a su padre mientras sus ojos esmeraldas se llenaban de lágrimas. –Lo sé padre, pero no he podido evitarlo. Lo amo con toda mi alma.- expresó bajando la cabeza, su padre se aproximó a ella y la abrazó fuertemente. –No deseo hacerle daño…- sollozó la chica.
La madrugada estaba avanzada, en el pasillo real relucían hermosamente los cristales de luz perene y las flores blancas. Los guardias estaban atentos al tránsito constantes de elfos. Dentro de los aposentos, prevalecía el silencio, los magos se encontraban sentados junto a una mesa, ambos leyendo ávidamente e interrumpiendo su tarea cuando suministraban al rey los preparados medicinales. Lothíriel les había ayudado a cambiar los vendajes y a curar la herida del hombro. De afuera provenía el sonido del trote de los caballos que partían en busca de alimentos.
El alba estaba cerca, el frío era más intenso al igual que la nevada, la neblina cubría el bosque. Los Istari habían salido a la terraza a fumar sus pipas. Lothíriel había hundido la cara en un espacio de la cama a un costado de la mano del soberano. Sintió un ligero movimiento acompañado de un profundo respiro, Thranduil estaba despertando. La atractiva elfa se levantó de la silla, ayudó al monarca a retirarse el paño de los ojos, las quemaduras habían sanado completamente. Thranduil abrió poco a poco sus bellos ojos color zafiro, entrecerrándolos un poco para acostumbrarse a la luz. -¿Manen natye vanimelda? (¿Cómo estás hermosa?)- preguntó en un susurro el Rey Elfo.
-Aran vuin, av-'osto, nan mara. (Amado Rey, no te preocupes, estoy bien).- dijo Lothíriel sonriéndole mientras acariciaba suavemente su rostro. –Hannon le Ilúvatar (Gracias Ilúvatar).- agradeció conmovida.
Thranduil estiró su brazo y acarició la mejilla de la elfa. Sus ojos observaron largamente a la hermosa elfa, esta se inclinó poco a poco y besó al Rey Sinda. –Estaba muy preocupada, gracias por todo, gracias por haber vuelto. Gi melin Thranduil (Te amo Thranduil).- expresó Lothíriel volviendo a besar al monarca.
-Nai cala hendelyato laituva i hendenyat. Gi melin Lothíriel. (Que la luz de tus ojos bendiga a los míos. Te amo Lothíriel).- expresó el Rey Thranduil.
-Oh, lamentamos la interrupción.- dijo Radagast nervioso. –Su Majestad, ¿cómo se siente?- preguntó acercándose velozmente al monarca para revisarlo.
-Rey Thranduil, me alegro que haya vuelto con nosotros. Estamos a su disposición.- dijo Mithrandir sonriendo complacido.
Thranduil se removió dolorosamente. Se sentía débil, cansado y sus ojos estaban en extremo sensibles a la luz. Fue ayudado por los Istari para que pudiera sentarse. Estaba pálido, sus labios estaban amoratados al igual que el contorno de sus ojos, su brazo y hombro derechos parecían inflamados. Su piel se encontraba fría, pero un calor abrazador lo quemaba por dentro. –Nen (agua)…- murmuró el monarca. Lothíriel acercó un vaso, no obstante, Thranduil tomó la jarra y bebió ávidamente todo el contenido.
-¿Qué ha paso con el pueblo?- preguntó recargando la cabeza en los almohadones y cerrando los ojos.
-Su pueblo y el de los hombres están bien. Trabajan conjuntamente para sortear la crisis, ya que todos los alimentos, medicinas, bebidas se perdieron.- informó Radagast con pesar.
-Sus Consejeros, el Jefe de la Guardia Real, los Comandantes de la Guardia del Bosque Verde y Seregon se encuentran organizando las cuadrillas de búsqueda por el reino para recolectar víveres.- añadió Mithrandir evaluando al soberano.
Thranduil abrió los ojos cubriendo la luz con la palma de la mano, miró a Lothíriel. -¿I dass carnen? (¿Está hecho?)- preguntó.
-Ná, Aranya (Sí, Mi Rey). La ayuda llegará de Imladris y de Lórien.- indicó Lothíriel.
-Agorel vae Lothíriel. (Lo hiciste bien Lothíriel).- dijo el monarca cubriéndose los ojos con la mano, realmente no soportaba la luz en ellos. –Necesito a los Consejeros, Comandantes, a Anardil y Seregon. También requiero hablar con el Embajador Belthil. Que cada uno venga por separado.- pidió con un gesto de dolor cuando quiso acomodarse sobre los almohadones.
-Su Majestad, le sugiero que descanse, aún necesita recobrar sus fuerzas.- opinó Radagast preocupado. Mithrandir asintió.
-Quiero hablar en privado con Lothíriel.- dijo el Rey Elfo.
Los Istari frustrados se dirigían a la puerta de la recámara real para cumplir con los demandas del monarca cuando fueron interrumpidos.
-Deberían dejar ese tabaco, al menos cuando estén aquí, no soporto el hedor.- manifestó el Rey Elfo.
Mithrandir sonrió de lado y Radagast se apenó. Ciertamente se habían tomado esa inapropiada licencia dada las circunstancias en las que se encontraba tanto Thranduil, los elfos y los hombres. Los magos salieron por el gran portón e inmediatamente fueron a localizar a los destinatarios de las órdenes del Rey Elfo.
Thranduil se esforzó por mantener los ojos abiertos evaluando a Lothíriel que parecía inquieta. –Lamento que te haya herido ese demonio. He estado a punto de perderte varias veces en poco tiempo, ¿sabes lo que eso significa?- averiguó el elfo de cabellos dorados.
-Creo saberlo… no me pidas que me aparte de ti porque no lo haré.- dijo Lothíriel. –He visto lo que te atormenta, he estado allí pues también ha hurgado en mi alma y en mi mente. Lo que tenga que suceder lo hará y yo deseo enfrentarlo contigo.- añadió acercándose al elfo sinda y sentándose a un lado de la cama.
-El fénix no se ha equivocado. Sólo la lealtad, el amor y la pureza espiritual incondicionales al Reino del Bosque Verde son capaces de invocar al ave de fuego…- explicó sofocado, el sudor empezaba a empapar su frente. –Hace tiempo que yo no he podido hacerlo…- añadió ya con los ojos cerrados y masajeándose la sien.
Lothíriel corrió por un paño y limpió el sudor del rey. –Un caza almas estuvo acechándote; el fénix te defendió sin vacilar. Cuando volvió de su tarea se posó el pie de tu cama e hizo una reverencia.- explicó. –El ave y yo podemos percibir tu luz y fortaleza, el único que se niega a verla eres tú. Confía en ti, yo lo hago sin dudar.- reflexionó.
El Rey Elfo gimió por lo bajo mientras intentó sentarse a la orilla de la cama. Su cabello dorado había comenzado a pegarse en su torso desnudo, respiraba entrecortadamente, se tomó el hombro derecho con su mano izquierda, en un intento por apaciguar el punzante dolor. Se sintió profundamente mareado, sus piernas hormigueaban y sus nervios parecían estar quemándose.
-¿Man cerig? (¿Qué estás haciendo?)- preguntó preocupada la elfa de piel de porcelana.
-Necesito entrar en la pila…- musitó el elfo sinda. Se incorporó con mucha dificultad, estuvo a punto de perder el equilibrio, Lothíriel lo detuvo, al tiempo que él se sostuvo de la pared; aprisionando con su cuerpo a la elfa, ella se sonrojó y bajó la cabeza.
-Hir vuin (Mi señor), llamaré a Anardil…- indicó la elfa de larga cabellera oscura.
Lothíriel sintió la respiración de Thranduil acercarse a su cuello, una corriente eléctrica recorrió su espalda, luego un beso, él buscó su boca, ella lo miró, acarició tiernamente su rostro y cabello. Lo besó, despacio, suave, disfrutando del sabor de sus labios. El elfo sinda volvió a agasajar el cuello de la elfa, ésta sintió sus piernas temblar, rozó la fuerte espalda del monarca con sus finas manos… -Gi melin vanimelda (Te amo hermosa). No quiero perderte.- le susurró al oído y después observó su magnífico rostro.
-Gi melin, hodo-ninya. (Te amo, mi corazón). Siempre estaré contigo.- expresó Lothíriel dedicándole una encantadora sonrisa.
Thranduil cerró los ojos, su nariz y hombro comenzaron a sangrar. El dolor había aumentado, sentía quemarse por dentro. Pequeñas gotas de sangre cayeron sobre el pecho de Lothíriel, la cual, se preocupó. Gritó a Anardil, éste entró de inmediato a la habitación.
-¿Man-ie, Aranya? (¿Qué pasa, Mi Rey?).- preguntó alarmado el guardia real, al observar al debilitado monarca.
-Necesito meterme en la pila…- dijo con la respiración entrecortada el elfo sinda.
-Aran Thranduil, el agua está helada, iré por los Istari.- indicó el Jefe de la Guardia Real.
Thranduil caminó, tomándose de la pared, sus fuerzas vacilaban. Entonces el guardia y la elfa lo siguieron y le ayudaron a llegar hasta el cuarto con la pila. Lothíriel corrió a la entrada de la habitación del rey, pidió a uno de los guardias que buscaran a los magos y a Ereb. Cuando volvió, el soberano se había metido en la tina, respiraba rápidamente, los pantalones y el vendaje estaban sobre el suelo. Tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás recargada en la orilla.
A los pocos minutos arribó el sanador, con unos extraños tónicos y vendas. Lothíriel se abrigó con su capa, salió al balcón para evitar entorpecer a los elfos y magos. El frío la golpeó, una extraña sensación de dolor se instaló en las partes de su cuerpo que habían sido heridas por el demonio. Alzó la cara, el sol se asomaba tímidamente a través de los densos nubarrones, los copos de nieves cayeron en su rostro. Se aferró a la baranda, observó el espectacular paisaje invernal engalanado por las nevadas cúspides de las montañas aledañas. Allí se perdió en sus pensamientos: los aterradores instantes que había vivido en el Valle, los ataques en el bosque, el pueblo refugiado, las dudas de su padre y Thranduil…
-Pequeño diamante vas a congelarte, entra, entra; por favor.- dijo Mithrandir extendiéndole paternalmente los brazos.
La capa de Lothíriel estaba empapada por la nevada, sus mejillas, nariz y labios enrojecidos debido al congelante frío. Había estado largo tiempo allá afuera y sus manos estaban entumecidas. Entró al agradable calor de la habitación real. Thranduil estaba sentado sobre el cómodo sillón a un lado de una mesilla, se había colocado unas bellas ropas verde oliva con vivos dorados, tomaba una serie de tónicos que le proporcionaban Ereb y Radgast. Nimphelos había llegado y aseaba el lugar. Anardil le entregaba los últimos informes al monarca.
Lothíriel se sorprendió ante la extraordinaria palidez del monarca, que hacía resaltar aún más sus amoratados labios y ojos. No obstante, el soberano escuchaba con atención y daba indicaciones a su Jefe de la Guardia Real. Tenía en su rostro una expresión de cansancio y dolor. Thranduil finalmente miró a la elfa aún de pie a un lado del fastuoso vitral que era la entrada a la habitación y la salida al balcón. Una vez abandonaron los aposentos, la gobernanta del palacio y el guardia, se acercó lentamente al Rey Elfo.
-Hir vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), solicito su autorización para partir con los centinelas que están junto conmigo a cargo de las gestiones con el pueblo refugiado, así como, con el Embajador Belthil. Con destino al pueblo de los hombres del bosque. Considero necesario negociar con ellos la ayuda para el Pueblo del Valle.- explicó Lothíriel decidida. Thranduil desvió la mirada hacia el vitral, reflexionó sobre la petición, se sentía aprensivo ante la partida de la elfa pero sabía que era un movimiento necesario.
-Lo apruebo, irás con los guardias y Belthil. Te encargarás de los términos de las negociaciones, en cuanto a aquello que pueda involucrar al Reino del Bosque. Permanecerás sólo el tiempo estrictamente necesario, no quiero retrasos. Los centinelas del bosque serán informados sobre su viaje. Partirán de inmediato.- declaró el Rey Sinda mirando a Lothíriel.
-Hantalë Tari meletyalda (Gracias Majestad).- dijo Lothíriel haciendo una reverencia.
El Rey Thranduil se levantó y se aproximó a Lothíriel. Los magos se retiraron rumbo al estudio del soberano en el otro extremo de la habitación. Thranduil levantó la barbilla de la elfa. -No dirweg (Ten cuidado).- dijo besando sus finos labios rojos.
-Por favor, cuídate. Mis plegarias están con Ilúvatar para que te recuperes pronto. Boe i 'waen (Debo irme). Gi melin Thranduil (Te amo Thranduil).
-N'i lû tôl. Gi melin Lothíriel. (Hasta entonces. Te amo Lothíriel).- dijo el Rey del Bosque Verde soltando la mano de la elfa.
Lothíriel se topó con el Consejero Lenwë a la entrada, se saludaron cordialmente. Antes de cerrar completamente el portón logró escuchar la voz del monarca que decía: "¡Basta de ineptitudes!, ¡Quiero soluciones!", sin duda, el rey podía ser severo y estricto pero no sin motivo.
Lothíriel corrió al campamento de los refugiados, informó a los guardias, a Belthil y a su padre del inminente viaje. Todos se prepararon con sus trajes de viaje, caballos, espadas, arcos, flechas, una escasa ración de lembas y agua. De inmediato, partieron. El viaje les llevaría algunos días, sobre todo por la gruesa capa de nieve que cubría el bosque.
Thranduil estuvo la mayor parte de la mañana y la tarde poniéndose al corriente con los asuntos. Habló con sus consejeros, se mostró verdaderamente molesto ante la vulnerabilidad que había exhibido la seguridad del reino. Se encontraban en una situación precaria y ahora dependían de la buena voluntad de otros pueblos, cuestión que irritaba de sobremanera al soberano. No obstante, quizá lo que más le producía enojo era que él mismo no había podido prever el ataque, por años había indagado en los planes de Sauron, logrando sortear las embestidas, pero ahora la agresión había sido dirigida al corazón del Reino del Bosque Verde.
Encargó a Seregon y Vorondil informar a los guardianes sobre los viajeros rumbo a los linderos del bosque. Asimismo pidió que se mantuvieran alerta ante la próxima llegada de la ayuda procedente de Lórien e Imladris. Exigió que se mantuviera una estricta vigilancia dentro del palacio y en el bosque. Ordenó que se le informara de cualquier movimiento sospechoso.
Finalmente fue el turno de Elmoth quien se encontraba confundido por lo sucedido a Lothíriel. Se anunció en los aposentos del Rey Elfo y Anardil le autorizó la entrada.
-Ai Aran Thranduil (Salve Rey Thranduil).- saludó el elfo arrastrando las palabras.
-¿Man-ie Elmoth? (¿Qué pasa Elmoth?) Pareces decepcionado.- dijo irónico el monarca.
Elmoth observó al soberano, casi mordiéndose la lengua para evitar decir nada imprudente.
-¿Y bien, qué tienes que decir?- preguntó el monarca seriamente.
-Creo que ya lo sabe…- indicó el orfebre.
-¡Habla! No me digas lo que supones que sé, quiero escuchar tu versión.- exigió irritado el elfo sinda.
-Ordené que la guardia se desplegara en los linderos, creí que en caso de registrarse una ofensiva, provendría de fuera del Reino del Bosque. Cometí un grave error…- manifestó Elmoth cuyas palabras sonaron falsas a los oídos de Thranduil.
-¿Un error?, ¿para quién?, ¿fue un error redistribuir la guardia?, ¿fue un error ordenar que se dejaran de fabricar las armas?- inquirió el rey levantándose.
-¿Qué quiere decir? Sí, usted cometió el traspié de designarme como Comandante de la Guardia del Bosque. El primer responsable es Su Majestad. Me dirá ¿cuál es su plan?, ¿qué quiere probar?- dijo Elmoth con los puños apretados y enrojecido por el coraje.
-¿A qué estás jugando?- indagó Thranduil encarando a Elmoth.
-El mismo juego que usted y que todos. ¿Acaso cree que es el único que apuesta o mueve las fichas en el tablero?- manifestó con una sonrisa sarcástica.
-Esa herida parece dolorosa, sería una pena que tan valioso artista perdiera su principal instrumento de trabajo…- mencionó mordaz el Rey Sinda sin dejar de observarlo. La quemadura en la mano de Elmoth, dolió y ardió tan intensamente que no pudo contener una mueca de dolor. -Enmendarás tu ignorancia. No podrás transitar libremente por el bosque, ni practicar más tu oficio, se te confiscarán todas tus herramientas e insumos. Me presentarás una propuesta de lo que harás al respecto y, por supuesto, repondrás el caballo que mataste.- decretó el Rey Thranduil con los brazos cruzados sobre el pecho.
Elmoth sintió su sangre hervir, sin embargo, el dolor e inmovilidad de la mano lo detuvo de cualquier impulso. Estaba seguro que la herida en su mano había sido causada de algún modo por el monarca y si no cumplía con lo que se le demandaba, sin duda, la perdería. -Násië, Tari meletyalda. (Que así sea, Majestad).- manifestó sonriendo burlonamentey se retiró de los aposentos el Rey Elfo.
Thranduil prácticamente se desplomó sobre el sofá, hizo un ademán para que los magos no se alarmaran. -¿Partirás ahora Mithrandir?- preguntó el monarca.
El mago se sorprendió ante la agudeza del soberano. –Mañana a primera hora me iré con rumbo a Imladris hay asuntos que debo conversar con Lord Elrond.- advirtió.
Radagast había acercado un preparado medicinal al Rey Sinda quien lo bebió de inmediato. –Espero que sí es algo que involucra al Reino del Bosque Verde o a mi gente, me hagas partícipe de tus tertulias.- pidió.
-Cuente con ello Aran Thranduil. Por ahora hay asuntos que mi amigo Radagast y yo queremos tratar con usted.- manifestó el mago gris.
Ambos Istari conversaron con el Rey Elfo sobre el ataque, su origen, sus consecuencias y lo que debía esperar. Le manifestaron franca y abiertamente su preocupación por la relación que había mantenido con los pensamientos oscuros de Sauron. Le advirtieron de las funestas secuelas que podría acarrearle no terminar definitivamente con esa actividad. De hecho, Mithrandir confesó al soberano su intervención para cerrar ese portal que se había abierto entre el Señor Oscuro y el Rey del Bosque Verde, sin éxito, pues eso sólo dependía de la voluntad del involucrado.
Thranduil se irritó ante la arbitraria intervención del mago, aunque sabía que era bien intencionada, no podía admitir que se tomaran semejantes atribuciones en cuanto a su persona se refería. El elfo sinda conocía del enorme riesgo que corría, sin embargo, había sido una estrategia que le permitía contrarrestar los constantes embates de la oscuridad. Además él mismo había conseguido insertar falsos planes y memorias en Sauron que lograron disuadirlo de atacar el Bosque Verde.
Decepcionados, Mithrandir y Radagast, sólo pusieron sobre aviso al Rey Thranduil. Dieron consejos, sugerencias y reiteraron su apoyo incondicional. Radagast informó que permanecería en el palacio, hasta que el monarca sanara por completo o, en su defecto, hasta que éste se aburriera y lo expulsara. Asimismo los Istari quisieron saber sobre la intervención espiritual que la energía del monarca sacudiera la maldad del Bosque Verde. El soberano fue lo más explícito que pudo, no obstante, sus recuerdos eran difusos e incluso imprecisos. La consciencia y la intuición le decían que la lobreguez que se habían instalado en el bosque y en él mismo, dormían anhelantes en busca de una nueva oportunidad de emerger.
