CAPÍTULO 32
Al alba el mago gris cabalgó raudo con dirección al Valle de Rivendel, donde Lord Elrond le estaría aguardando. El mago llevaría las noticias de los últimos acontecimientos acaecidos sobre el Bosque Verde y Su Señor. Quería aclarar sus enredadas hipótesis, intercambiar y analizar información. Era el momento para idear una estrategia que no sólo paliara los efectos de las ofensivas de la oscuridad, sino que atacara de raíz su origen y para ello debían proteger el curso de las vidas de aquellos que en un futuro serían pieza clave en dicha misión.
Lothíriel, los soldados y Belthil cabalgaban a gran velocidad, no se habían detenido, pese a los cuantiosos obstáculos producto de la agitación del Bosque Verde. El frío era muy intenso y aunque no había nevado en algunas horas, el viento levantaba una fina capa de nieve que humedecía sus ropas. El bosque estaba por demás silencioso, los animales invernaban, los ríos y cascadas se habían congelado ensordeciendo su canto. Los árboles disfrazados con el manto blanco parecían dormir a la espera de una nueva estación en la que lucirían sus más espectaculares galas.
Durante el viaje los pensamientos de la elfa se volcaron completamente hacia el rey, ella deseaba con todo su corazón su pronta y completa recuperación. Le hubiese complacido quedarse con él, velar sus noches y atender sus malestares. Le producía culpa haberse marchado, sin embargo, ella no era sanadora y aunque lo procurara con esmero no haría sino alentar otras actividades urgentes que debían llevarse a cabo. Así es, el Rey Thranduil le había asignado aquella responsabilidad que ahora le alejaba de él, no obstante, era una forma eficaz de aminorar las tareas y preocupaciones del monarca; una manera indirecta de ayudarlo tal vez. Al menos le reconfortaba aquél pensamiento.
Su conducta ausente y taciturna preocupó a sus compañeros de viaje que constantemente querían saber si se encontraba bien. A lo que ella respondía con una tímida sonrisa y asintiendo. No obstante, no era la única en aquél estado, el Embajador Belthil también cabalgaba absorto en sus pensamientos, aunque era un hábil jinete en varias ocasiones estuvo a punto de caer del caballo. Durante su viaje encontraron algunos frutos que fueron recolectando mientras los animales descansaban o tomaban agua.
Desde su salida del palacio, Lothíriel se percató de la presencia del ciervo, los había seguido ocultándose entre el bosque pero siempre pendiente del destino al que se dirigían. En una de las noches que se detuvieron a descansar, la elfa, fue a su encuentro. El animal se recostó sobre su regazo, proveyéndola de un agradable calor que le permitió descansar. Por otro lado, Belthil comenzaba a presentar signos de fatiga e hipotermia, por lo que, los soldados y la elfa tuvieron que intervenir para ayudarlo a sobreponerse.
El paisaje era espectacular cuando atravesaron las Montañas del Bosque Verde, sus cimas cubiertas de nieve blanca que contrastaba con el intenso azul del cielo invernal y, en algunos casos, rodeadas por niebla que ocultaba sus picos más altos. Atravesaron el Camino del Bosque Viejo sin contratiempos, acamparon en algunas ocasiones. Lothíriel aprovechaba las noches para caminar por el bosque, el cielo era hermoso completamente despejado y salpicado de radiantes estrellas. Cuando la luna hacía presencia, su luz blanquecina iluminaba el bosque y el camino de los viajeros.
En un par de ocasiones el grupo fue detenido por los guardias del bosque, los cuales, informaron sobre el estado que guardaban los alrededores e hicieron sugerencias sobre los caminos más transitables rumbo al pueblo de los hombres del bosque. Aseguraron no haber tenido reportes de ninguna criatura extraña o manifestación oscura. Los viajeros prosiguieron con su camino hasta que acamparon en la ribera del río, estaban próximos a su destino. Decidieron afinar los últimos detalles sobre los temas que habían de tratar y los términos bajos los cuales se llevaría a cabo la negociación. El Embajador Belthil representaría los intereses de su pueblo y Lothíriel del suyo. Sabían de antemano que no sería una misión sencilla, los hombres del boque eran duros y curtidos por los años de enfrentarse a los embates de la oscuridad que se instalara en el sur del Bosque Verde; habían internalizado un gran resentimiento contra otros pueblos de hombres que no habían acudido a su auxilio. Sin embargo, entre sus miembros había hombres y mujeres juiciosos que habían logrado entablar una cordial relación con los elfos, así que, a ello debían apelar.
Varios días habían pasado ya desde la partida de Lothíriel, el Rey Thranduil había librado una dura batalla para recobrar su salud. Tenía días buenos en los que su cuerpo le permitía atender diligentemente sus innumerables compromisos y tareas. No obstante, había otros en los que incluso respirar le resultaba doloroso. Radagast y Ereb estaban al pendiente del monarca, aunque generalmente terminaban frustrados debido a la testarudez del elfo sinda. El soberano incluso se había aventurado a cabalgar a la cueva y sitios aledaños en donde había sido atacada Lothíriel, sin encontrar ni el más mínimo vestigio de aquello. Había vuelto a sus arduos entrenamientos y cada noche desaparecía entre la espesura de la floresta. Asimismo Thranduil se había reunido con su pueblo para informarles sobre lo acaecido durante y después del ataque, los instó a permanecer unidos y alertas. Su pueblo le reiteró su lealtad y respeto; mostrándose gustoso ante la recuperación de su señor.
La búsqueda de insumos no cesó, seguía siendo coordinada por Isilion y Lenwë. Habían logrado recolectar los alimentos que les permitirían sobrevivir por un par de semanas. Mientras tanto, Vorondil e Ivorwen se encargaban de coordinar todos los asuntos relacionados con el pueblo de los hombres. El elfo y la mujer se habían vuelto más unidos, Vorondil le había comenzado a enseñar nuevamente a cabalgar y a equilibrarse para emplear con destreza el arco. No había sido una tarea sencilla pero sí muy gratificante para Ivorwen que poco a poco iba despojándose de esos sentimientos de inutilidad y vulnerabilidad que se habían instalado en ella. La gente que los rodeaba había podido darse cuenta del fuerte vínculo que compartían.
Seregon, el excapitán auxiliaba a Elmoth en la organización, estrategia y tácticas de la Guardia del Bosque. El orfebre se mostraba más dispuesto y accesible a ser instruido. Incluso había logrado conseguir un potrillo en sustitución por aquél animal que había matado. Había presentado la propuesta solicitada por el soberano sinda, en la que se ofrecía a cooperar en la reconstrucción del pueblo del Valle todo el tiempo que fuera necesario, la cual, fue aceptada. Pese a su trabajo duro y el cambio de actitud, por alguna extraña situación el elfo parecía ir disminuyendo.
Luinil, Ilmen e incluso la pequeña Eilinel, seguían avocadas a las tareas de racionar y distribuir los alimentos entre elfos y hombres. La pequeña Eilinel estaba aprendiendo a montar a caballo, su padre le aleccionaba cuando sus actividades se lo permitían. Luinil preocupada sólo esperaba que su hija no utilizara esta nueva habilidad para una de sus constantes escapadas. Ilmen, por su parte, estaba al pendiente de Elmoth y procuraba en lo posible acercarse a éste y ayudarle con su mano herida; que aún se negaba a cicatrizar.
Estaban por cruzar el río, cuando una caravana de jinetes con caballos blancos paró frente a ellos, el abanderado portaba el estandarte con el símbolo de Lórien. Se saludaron respetuosamente e informaron a los elfos sobre la ayuda que transportaba para el pueblo del Bosque Verde y los hombres refugiados. Los centinelas que acompañaban a Lothíriel y Belthil hicieron sonar su cuerno para advertir a sus compañeros del tránsito de aquellos jinetes. Uno de los elfos de Lórien, de expresión amable, se acercó a los elfos del bosque y les entregó un pequeño bolso que contenía alimento, algunos materiales medicinales y al Embajador le entregaron un odre con una bebida que le ayudaría a mantener el calor y la energía. Pronto se despidieron y cada grupo partió hacia sus respectivos destinos.
Cruzaron el río y cabalgaron por algunas leguas, donde la espesura del bosque comenzaba a diluirse y daba paso a un campo abierto. Una ligera lluvia caía, el día estaba muy nublado y los rayos del sol completamente ocultos. Chozas de diferentes tamaños, texturas y estilos, con sus techos nevados y humaredas saliendo por ellos, avisaban a los elfos de la proximidad con los hombres del bosque. Una flecha pasó silbando cerca del grupo, uno de los centinelas lanzó velozmente una daga y desvío el proyectil que iba dirigido al ciervo que los acompañaba, el cual, corrió a ocultarse detrás los árboles más cercanos.
-Mis señores elfos, no esperábamos su visita.- dijo un hombre de aspecto rudo, barba y cabello negro y abundante. –Oh, lo siento, Mi Lady. ¡Pero qué descortesía de mi parte! Bienvenida al pueblo de los hombres del bosque.- dijo el hombre rodeando con su caballo el de Lothíriel mientras inclinaba ligeramente la cabeza y le sonreía.
-¿Qué trae a los elfos y a éste hombre a nuestra tierra?- cuestionó otro hombre corpulento de cabellera rubia, ojos verdes y con una cicatriz que le atravesaba la cara.
-Hemos venido a solicitar su ayuda para los hombres del Valle que ahora mismo se encuentran bajo la protección del Rey del Bosque Verde.- informó Lothíriel.
Ambos hombres intercambiaron miradas y sonrieron extrañamente, sin dejar de rodear a los jinetes del bosque, con sus caballos, los cuales, resoplaban y relinchaban de cuando en cuando. –Bien, bien. Señores, Mi Lady, síganos. Pero antes debemos pedirles que nos entreguen sus armas.- indicó el hombre de cabellera rubia.
Lothíriel asintió, los centinelas recelosos entregaron sus armas, al igual que Belthil. Cabalgaron hasta adentrarse al pueblo, un asentamiento pequeño pero densamente poblado, la mayoría de su gente estaba ataviada con gruesas capas de pieles de animales sobre los hombros, armados con espadas y escudos. El lugar era lodoso, los caballos estaban atados a las afueras de las casas de sus respectivos amos, el sitio era bullicioso. Podía verse a los niños corretear detrás de los perros, las mujeres con canastas rebosantes de víveres y algunos rollos de leña sujetos a su espalda, los hombres trabajaban tallando el metal de sus armas, herraban a los caballos, cazaban animales y constantemente peleaban entre ellos.
Los habitantes curiosos seguían a los recién llegados, los hombres miraban de forma inquietante a la elfa, e incluso al paso del Embajador Belthil algunos escupían y gruñían. Llegaron a una cabaña de aspecto envejecido, con pequeñas ventanas a un lado de la puerta, el techo rebosante de nieve y afiladas estalactitas. Algunos hombres se acercaron, tomaron las riendas de los caballos e indicaron a sus jinetes que descendieran. Lothíriel fue prácticamente cargada por el hombre de la cicatriz quien parecía olerla cuando se acercó a ella.
-Puedo hacerlo sola señor.- advirtió Lothíriel seriamente apartándose del hombre.
-Tenga cuidado.- advirtió uno de los centinelas al hombre rubio.
-Vamos amigo, sólo trato de ser cortés.- dijo el hombre burlonamente.
-Pasen.- indicó el hombre barbado.
Dentro de la cabaña había una chimenea donde el fuego crepitaba enérgicamente, al lado una pila de leña, en el centro una mesa con algunas sillas, a un costado un fogón con una olla en la que hervía una sustancia caldosa. Al fondo de la casa, unas cortinas rodeaban una cama maltrecha.
-Mujer tenemos invitados.- gritó el hombre rubio sentándose en una de las sillas y golpeado con el puño la mesa. –Siéntense.- indicó tomando un tarro con un líquido que bebió ávidamente, se limpió la boca con el antebrazo y eructó sonoramente.
Una mujer robusta, de mejillas rosadas, cabellera rubia trenzada y con aspecto nervioso, apareció. Sirvió a los viajeros un plato de aquel extraño guiso, un poco de pan y una bebida. Debido a su inquietud, salpicó y tiró un poco de los alimentos. El hombre de la cicatriz la seguía severamente con la mirada, mientras la mujer temblaba de pies a cabeza.
-Señor, es usted amable y no es mi intención ofenderlo, sin embargo, mi gente y yo no comemos esto. Creo que es mejor que la reserve.- apuntó Lothíriel. El caldo contenía un trozo de carne con algunas hierbas y la bebida era una especie de cerveza.
Belthil comía remojando el pan en el caldo, sin hacer mucho caso a lo que pasaba a su alrededor. El viaje lo había dejado hambriento.
-No se hable más. Mujer, dáselo a los perros.- gritó el hombre de la cicatriz. La mujer echó todo el contenido de los platos, incluyendo el de Belthil en un cubo y lo llevó afuera.
Había un ambiente tenso, los centinelas observaban seriamente a los hombres. -¿Qué es lo que quieren?- dijo secamente el hombre de barba oscura.
-Mi nombre es Lothíriel, él es el Embajador Belthil del pueblo del Valle y ellos son miembros de la Guardia del Bosque. Hemos venido con la aprobación del Rey Thranduil a pedir su ayuda para el pueblo que ahora está siendo protegido por los elfos.- anunció la elfa.
Belthil miró a ambos hombres. –Así es, mi pueblo enfermó por largo tiempo, muchos murieron y nos estábamos marchitando. Hasta que el Rey del Bosque Verde envió a su gente a auxiliarnos. En el transcurso fuimos atacados por un grupo numeroso de orcos que quemaron y destruyeron lo que quedaba de nuestro hogar. Afortunadamente, Lothíriel intervino previniéndonos de la agresión y logramos escapar. Desde entonces fuimos acogidos en el Reino del Bosque Verde, allí mi pueblo sanó. Hace algunos días, creo que habrán podido sentirlo, el Señor Oscuro se infiltró hasta las estancias del Rey Thranduil donde fue herido de gravedad, las reservas de alimentos, bebidas e insumos medicinales quedó hecha cenizas. – expuso Belthil visiblemente cabizbajo. –Señores sé que no nos conocemos y que nuestros pueblos no tienen una relación estrecha. Pero somos humanos y a la humanidad apelo para que usted nos ayude con algunos insumos que nos permitan reconstruir aquello que nos fue arrebatado.- agregó con humildad.
Un breve silencio fue roto por sonoras carcajadas de los hombres. –Mi nombre es Amond, soy el señor de esta tierra, y él es Gilbre el líder de mis guerreros. Los trae aquí una misión ambiciosa. ¿Qué les hace pensar que nosotros tenemos la capacidad o la voluntad para ayudar a un pueblo lejano de hombres despreocupados?, ¿qué ganaríamos?- mencionó el hombre rubio.
-¿Creo que los elfos tienen la capacidad de reconstruir aquél pueblo?, ¿por qué no lo hacen?- averiguó Gilbre bebiendo su cerveza.
-Señor Amond, señor Gilbre; ha llegado el momento en que los pueblos de hombres establezcan relaciones más cercanas que los fortalezcan. Esta es una oportunidad para hacerlo y creo que propiciaría un principio de mutualidad entre ambos. Recordemos que las fuerzas oscuras han apostado por la diáspora como un medio de eliminación sistemática de su gente.- reflexionó Lothíriel. –Sí nosotros interviniéremos nuevamente en este proceso, estaríamos favoreciendo esa división entre ustedes.- analizó.
-Mi Lady, le recuerdo que trata con hombres y no con elfos. No sé cómo funcionen las cosas entre ustedes pero los mortales tenemos una estancia corta en esta tierra como para preocuparnos por las vidas de otros pueblos.- señaló Gilbre.
-Además ¿qué le hace suponer que podríamos ayudar con algo?- cuestionó Amond, dándole un sorbo al plato con el caldo.
-Estoy segura que si pueden alimentar a sus perros, pueden desprenderse de algunos insumos.- señaló Lothíriel haciendo referencia al incidente de hacía unos instantes.
-Los perros trabajan por ella…- indicó el hombre con la cicatriz, arrojando un trozo de pan por la ventana.
-Solemos creer que somos autosuficientes e invulnerables pero son las peores situaciones las que nos muestran lo verdaderamente importante y aquello que hemos obviado. Mi pueblo e incluso yo mismo, muy probablemente antes de toda esta crisis hubiese respondido de la misma manera que usted lo hace ahora, sin embargo, le digo que hemos aprendido una lección importante y que de la unidad saldrá la fuerza.- expuso Belthil. -¿Por qué no darnos esa oportunidad ahora? Sé que han sido un pueblo castigado por las constantes embestidas de la maldad que se asentó en Dol-Guldur, pero también conozco de la ayuda que el pueblo eldar les ha prestado.- añadió.
-¿Me pides que confíe en la buena fe de tu gente? Lo siento pero hace mucho tiempo que eso dejó de ser útil en este mundo. Necesito algo más tangible ¿qué pides exactamente?, ¿qué me ofreces a cambio?- averiguó con un semblante suspicaz Amond.
-Necesitamos semillas para rehabilitar nuestros campos, animales de granja y herramientas para levantar nuestros hogares. Cuando mi pueblo se haya estabilizado repondremos lo que nos fue dado y contará con nuestra ayuda cuando así lo requiera.- aseguró Belthil observando los incrédulos rostros de aquellos hombres.
-Temo que necesito más que eso, una garantía, tal vez.- mencionó el corpulento hombre rubio poniéndose de pie, caminó hasta el montículo de leña y lanzó algunos a la hoguera.
-Por ahora, no tengo nada más que ofrecer. Le prometo que…- decía Belthil contrariado.
-¡Basta de idioteces! Sé que tienes una hija, hermosa he escuchado, me la entregaras en matrimonio y me aseguraré que cumplas con tus promesas o, de otro modo, deberás atenerte a las consecuencias.- amenazó Amond regresando a su asiento.
-¡Mi hija no es una mercancía!- vociferó Belthil, saltando de su asiento.
-Señores, por favor, seamos razonables. Ese no es un trato justo, se trata de un ser humano. El Embajador es un hombre honorable y su pueblo está integrado por gente buena y trabajadora. Confío absolutamente en la valía de sus palabras.- señaló Lothíriel indignada ante semejante petición.
-Quizá el Rey del Bosque Verde quiera persuadirnos de alguna otra manera… ahora entiendo porque los elfos viven en tal secrecía, temen que sus valiosas joyas sean admiradas por otros. Aunque por una preciosura como tú podría entregarles al pueblo entero ¿no lo crees Gilbre?- dijo Amond acercándose lascivamente a Lothíriel.
-¡Daro! (¡Alto!) No permito que me hable de manera tan soez.- indicó la elfa ofendida.
-Señores, por favor, no pueden comportarse como unos bárbaros.- dijo Belthil desesperado.
Ambos hombres estaban por desenvainar sus espadas, cuando inesperadamente fueron sometidos por los centinelas. Uno de ellos había sorprendido a Amond, ahorcándole con el atizador que había agarrado velozmente. Gilbre estaba sobre el piso, con el brazo apalancado en la espalda y una rodilla del elfo sobre la misma. Pese a que los dos hombres eran altos y corpulentos, no rivalizaban con la mayor estatura, fuerza y agilidad de los soldados de la guardia. –Será mejor que controles tus movimientos y enrolles tu lengua.- advirtió el soldado haciendo más presión sobre el cuello del hombre rubio que se había puesto muy rojo debido a la asfixia. –La próxima vez no serás tan afortunado.- dijo el otro soldado al hombre de la barba tupida.
-Alassenyan (Por favor)- mencionó Lothíriel indicando a los soldados que soltaran a los hombres.
Indignados, los hombres se pusieron de pie. –Esas son las condiciones, tómala o déjala.- señaló Amond masajeando su garganta.
-Antes considera esto ¿es más importante tu hija que el resto de tu pueblo?- mencionó sospechosamente Gilbren sacudiendo su adolorido brazo.
Belthil se había quedado ausente, petrificado, con ambas manos sobre la mesa y la cabeza gacha. Levantó la mirada, sus ojos vidriosos y asintió, dejando escapar el aliento contenido, mientras apretaba sus puños.
-¿Man cárat? (¿Qué estás haciendo?)Ava (No lo hagas)- dijo tristemente incrédula Lothíriel.
-¿Qué dices hombre? ¡No te he escuchado!- gritó Amond complacido.
-Lo haré, mi hija se casará contigo.- aseguró Belthil mirando colérico a los hombres.
-Bien, tendrás lo que pediste. Ahora sólo debemos sellar el trato y afinar los detalles. Aguarden aquí.- dijo Amond saliendo de la cabaña seguido por Gilbre quien se quedó custodiando la entrada.
-¿Man carnet? (¿Qué hiciste?) Has vendido a tu hija.- señaló Lothíriel notablemente indignada.
-¿Qué opción tenía?, ¿anteponer mis sentimientos a las urgentes necesidades de mi pueblo? Quizá una vez que ese hombre vea a mi pequeña se arrepienta de tomarla como esposa, para entonces ya tendremos lo que necesitamos.- dijo Belthil visiblemente perturbado, mientras observaba por la ventana.
-Creo que piensa eso simplemente para autoconvencerse y evadir su responsabilidad.- pronunció Lothíriel caminando en círculos por la pequeña estancia.
Belthil dirigió una mirada ofendida y afligida a la elfa. Iba a decir algo cuando el hombre de la cicatriz entró como un vendaval a la choza. –Venga, amigo mío.- agarró por los hombros al Embajador del Valle y se dirigieron a la entrada. Afuera el pueblo estaba reunido y murmuraban unos con otros. -¡Cállense!- gritó con voz atronadora Amond. El silencio prevaleció y las miradas curiosas se posaron sobre el hombre pelirrojo. –Este hombre es Belthil, Embajador del pueblo del Valle, su pueblo ha caído en desgracia y ha venido a solicitar nuestra ayuda…- anunció. La gente comenzó a gritar irritada. –Ese pueblo ¿qué ha hecho por nosotros?-
-¡Basta maldición, cállense de una buena vez y escuchen!- gritó Gilbre quien estaba a un lado del hombre rubio.
La gente volvió a aquietarse. –Comprendo su molestia pero piensen esto ¿qué sería de nuestros pueblos si no procuráramos la cooperación? Como símbolo de esta nueva fraternidad, el Embajador Belthil ha ofrecido sellar este pacto al entregarme a su hija en matrimonio, así uniremos a nuestros pueblos.- señaló Amond complacido.
La población parecía confundida. -¿Qué es lo que ha pedido?- gritó una mujer de entre la multitud.
-Le facilitaremos semillas para sus campos, animales de granja y herramientas. Una vez puedan hacerlo, devolverán lo que les estamos entregando y nuestro lazo de amistad quedará sellado por generaciones.- expresó Amond.
-¿Qué pasará si no hace lo que ha prometido?- cuestionó un hombre obeso al frente de la multitud.
-No habrá cabida para eso, mi amigo, lo hará.- respondió Gilbre afilando su espada.
-Ahora harás tu promesa en voz alta ante mi gente.- pidió Amond a Belthil.
Belthil se paró frente aquél pueblo, todos le miraban, unos con curiosidad, otros con recelo y unos más con desprecio. –Soy Belthil, Embajador del pueblo de los hombres del Valle, he prometido entregar a mi hija en matrimonio con su señor. Iniciaremos una nueva etapa sellando nuestro vínculo con la sangre de los nuestros.- pronunció con el rostro desencajado por la pena. Entonces la gente gritó estruendosamente y los hombres alzaron sus espadas.
Lothíriel estaba de pie mirando el fuego, los centinelas sentados escuchaban el alboroto. –Simplemente no puedo creerlo. No lo entiendo…- expresó la elfa dirigiendo la mirada a sus compañeros.
-No podemos hacer nada, usted misma lo ha dicho, los hombres deben ser capaces de vincularse sin la intervención de nadie más, aún si no estamos de acuerdo. Quizá es la forma en la que puedan acercarse.- reflexionó uno de los soldados.
-O quizá estemos en la antesala de otra desavenencia, si las condiciones que se han impuesto no son cumplidas. Se derramará sangre.- señaló Lothíriel aprensiva.
-Lo que deba ser será con o sin nuestra complacencia.- dijo otro de los centinelas.
Amond levantó la mano para tranquilizar a la gente. Con su espada hizo un corte en la palma de su mano, a Belthil se le entregó una daga para imitar aquel gesto y así lo hizo. Entonces ambos hombres estrecharon sus sangrantes manos y sellaron su pacto. La gente volvió a clamar enardecida y tambores resonaron por todo el pueblo. Amond, Gilbre y Belthil regresaron al interior de la cabaña.
-Esto hay que celebrarlo.- dijo el hombre rubio.
-¡No! Regresaré de inmediato al Bosque Verde con mi gente. Debo informarles de inmediato.- advirtió Belthil quien parecía un animal herido.
-¿Qué dicen ustedes mis estimados elfos?- averiguó Amond bebiendo la cerveza directamente de un barril viejo.
-Necesitamos nuestros caballos y armas, partiremos enseguida.- advirtió el centinela poniéndose de pie.
-De acuerdo, tomarán sus caballos pero sus armas les serán devueltas en los linderos de sus tierras. Además creo que Gilbre podría ir con ustedes para comenzar con los preparativos.- indicó Amond quien arrastraba las palabras producto de su borrachera.
-Eso no será posible, el Rey Thranduil ha prohibido el tránsito de los extranjeros por el Reino del Bosque, así que buscarán otra forma.- dijo Lothíriel ajustando su capa y capucha.
-Primero pondré al tanto a mi gente y a mi hija. Después, con aprobación del Rey Elfo, volveré a su tierra para cumplir con lo prometido.- explicó el Embajador.
Amond y Gilbre pensaron un poco al respecto. –Está bien, así se hará.- aprobó el Señor de los hombres del bosque. El hombre de la barba tupida abrió la puerta de la choza y los viajeros del bosque salieron. Montaron sus caballos y veloces abandonaron el pueblo, seguidos por el líder y el jefe de los guerreros. Finalmente cuando arribaron a la frontera con el bosque, los hombres regresaron las armas; incluso antes que pronunciaran palabra alguna, Lothíriel cabalgó rápidamente y se internó en la tupida floresta, seguida por uno de los centinelas.
-Te veremos muy pronto.- dijo en tono amenazador Amond.
-Lo harás.- respondió Belthil seriamente y entonces partió. El centinela dedicó una mirada desafiante a ambos hombres, su caballo relinchó y salió a todo galope tras el Embajador.
-¿Y si rompe el pacto?- cuestionó Gilbre.
-Entonces lo sacaremos a él y a su gente del bosque.- respondió el corpulento hombre rubio.
-No creo que sea buena idea desafiar al Rey Elfo, si es que sugieres internarnos en su reino.- apuntó aprensivo el jefe de los guerreros.
