Capítulo 33
-Brannon nin Thranduil (Mi señor Thranduil) han llegado los enviados de Lórien.- anunció Anardil en el despacho.
-Los recibiré ahora, hazlos pasar.- dijo el Rey Elfo. De inmediato, ingresaron al reluciente despacho unos diez elfos ataviados con atuendos de viaje de un color plata y azul. Cada uno de ellos se presentó e hizo una educada reverencia al Señor del Bosque Verde.
-Aran Thranduil del Bosque Verde hemos sido enviados por Galadriel, la Dama Blanca de Lothlórien. Por favor, le pedimos que acepte nuestra ayuda.- dijo respetuosamente un elfo alto, cabello negro trenzado y ojos verdes.
-Aranya (Mi Rey) los elfos han traído alimento, hierbas medicinales, bebidas y caballos para su pueblo y el de los refugiados.- indicó el Jefe de la Guardia Real.
-Si me permite Aran Thranduil, Lady Galadriel le ha enviado savia de los árboles sagrados de Caras Galadhon, el corazón de Lothlórien.- el elfo le entregó al monarca un frasco de cristal lleno de un líquido plateado, brillante y cálido. El soberano agarró el contenedor, el líquido del interior palpitaba y se agitaba como un ser vivo.
–Rey del Bosque Verde, éste líquido es sagrado para nosotros, los galadhrim, fortalece el alma de aquellos que han sido acosados por la maldad. La Dama Blanca pidió que se le suministrase también a Lothíriel; es importante que lo beban.- explicó el elfo educadamente.
Thranduil observó a los elfos detenidamente. –En nombre de mi pueblo y el de los hombres, agradezco la generosidad de los Señores de Lothlórien y la de su gente. Honramos la alianza que nos une.- pronunció solemnemente el soberano, al tiempo que los galadhrim hacían una ligera reverencia.
-Lord Celeborn y Lady Galadriel, ponen a su disposición las habilidades de nuestra gente. Saben de su incansable disputa contra Sauron y reconocen que por largo tiempo su pueblo ha sido la primera línea de defensa de la Tierra Media. Por favor, si hay algo que podamos hacer háganoslo saber.- manifestó otro elfo de vivos ojos castaños y expresión amable.
-Hacer lo que a cada uno concierne, será suficiente.- apuntó el Rey Elfo.
-Transmitiré su mensaje a mis señores, si no tiene inconveniente nos retiramos.- dijo el elfo del cabello trenzado.
-Pueden partir si así lo desean.- aceptó el Rey Elfo.
-Hannon le Aran Thranduil, namarië. (Gracias Rey Thranduil, adiós)- se despidieron respetuosamente los galadhrim.
-Mára mesta (Buen viaje).- expresó del Rey Sinda.
Anardil acompañó a los elfos, una vez en el pasillo, un agitado Radagast chocó contra uno de ellos cayendo de bruces y perdiendo su desgastado sombrero.
-¿Radagast se encuentra bien?- preguntó el elfo con el que había chocado.
-Amin hiraetha meldor (Lo siento amigos). Perdí la noción del tiempo, me quedé profundamente dormido y debí haber atendido a Aran Thranduil…- dijo nerviosamente mientras era ayudado por uno de los elfos que sacudía su sombrero vigorosamente.
-Aran Thranduil se cansó de esperar…- señaló Anardil con una expresión suspicaz, provocando la ansiedad del mago que corrió torpemente hacia la puerta del despacho e ingresó como un remolino.
-Sus caballos han sido preparados para el viaje de vuelta, por favor, síganme.- indicó el Jefe de la Guardia Real a los elfos de Lothlórien.
-Tari meletyalda, amin hiraetha (Majestad, lo siento), debí haber estado aquí hace horas.- se excusó el mago ante la mirada incrédula del elfo sinda.
-¿También has extraviado tus modales?- preguntó el monarca sentado desde su labrada silla, mientras escribía sobre una larga hoja de pergamino.
-Discúlpeme, no pretendí ser grosero, traigo su medicina y los vendajes.- indicó el mago con los ojos muy abiertos.
-Radagast, se me informó que estuviste evaluando al Pueblo del Valle. Mereces un descanso. Ereb ya ha atendido mis heridas.- explicó Thranduil.
-Es comprensivo, pero debe ser usted el que tome un descanso. Aran Thranduil es peligroso el ritmo que lleva: trabajo, entrenamiento, reuniones, supervisión y las largas cabalgatas nocturnas. Cuando regresa llega casi desfalleciente… por favor, haga un paréntesis en sus responsabilidades hasta que su herida cicatrice y el veneno haya abandonado por completo su cuerpo.- expresó Radagast sinceramente preocupado.
-Los galadhrim han traído savia de los árboles sagrados de Caras Galadhon.- señaló el Rey Elfo mostrando el frasco con el resplandeciente líquido plateado.
Radagast observó con estupor, conocía aquél valioso líquido, sus propiedades y su incalculable estima para el pueblo de Lothlórien. –Es un gran honor recibirlo, es el corazón de aquél pueblo de elfos.- explicó el Istari emocionado.
-Iston (Lo sé), en cuanto arribe Lothíriel se lo suministrarás. Podrás también emplearlo en aquellos que lo requieran. Boe i 'waen (Debo irme).- advirtió el Rey Elfo preparándose para abandonar el despacho.
-Nan… (Pero…)- dijo contrariado el mago de expresión distraída.
El Rey Thranduil dejó su despacho, pidió a su guardia que no le siguieran. Cuando llegó a la entrada principal del palacio, Dîn su caballo azabache aguardaba, montó ágilmente y se internó en el bosque. Allí cabalgaba silenciosa y raudamente, su presencia era apenas perceptible, sólo la sombra producida por las centelleantes estrellas era testigo de su ausencia.
El monarca había viajado todas las noches desde que saliera de la inconsciencia, diferentes rumbos mismo destino. Hallar lo que había extraviado, encontrarse a sí mismo, escucharse en el silencio e interpretarlo, fundirse con el bosque. ¿Pero qué parte de su ser se había perdido?; y lo más angustiante es que sabía que no lograría recuperarlo. Pero ello no lograba acallar ese intenso deseo de seguir removiendo. Una profunda tristeza se había asentado en su alma, como si de pronto el peso de las edades y sus tragedias fueran lo único que era capaz de recordar. Se sentía dividido, su alma muda y adolorida, su cuerpo palpitante e impulsivo.
Una urgente ira contenida presionaba en su pecho de tal manera que lo asfixiaba y su herida volvía a abrirse incansablemente, la sangre fluía y entonces sabía que aún moraba por la tierra. Cuando la sangre goteaba, el suelo bajo sus pies vibraba, el bosque le hablaba, el bosque lo resguardaba y a su vez el bosque moría con él. Todo y nada ese era ahora. Cazador errante de torpes utopías.
Llegó al río que estaba congelado e inmóvil. Bajó de su caballo, reparó en la presencia de los guardias sobre los árboles, hizo un ademán para indicar que se encontraba bien. Se agachó y rompió la gruesa capa de hielo y liberó un pequeño charco, introdujo sus manos y como si el río reconociera a su señor, el hielo se resquebrajó y el agua fluyó nuevamente. Un pequeño remolino alrededor de su mano y brazo derechos, subió hasta la herida en el hombro, Thranduil sintió el dolor amainar poco a poco, mientras el agua se teñía de rojo. Volvió a erguirse, descubrió su hombro, y un coágulo cayó sobre una planta, ésta se marchitó enseguida.
-¿Cuánto tiempo estarás allí?- preguntó el monarca que había reparado en la presencia de Imloth desde hacía unos instantes.
-Aiya brannon nin Thranduil (Salve mi señor Thranduil).- dijo la elfa haciendo una respetuosa reverencia y acercándose al monarca. Vio la espantosa herida en el hombro, desde donde el hueso podía distinguirse, sacó un paño que guardaba en su capa, retiró un poco la casaca del soberano y presionó suavemente. Thranduil observaba los movimientos de la elfa sin decir palabra alguna. Imloth sentía el calor emanar del cuerpo del rey, su torso descubierto y la proximidad, provocaron el deseo más ardiente.
-Aranya (Mi Rey)- pronunció en un susurro y acarició sutilmente el pecho del monarca. Entrecerró los ojos al recordar las diestras caricias que la llevaran al éxtasis, su respiración se aceleró.
Thranduil levantó la barbilla de la elfa y la miró con sus profundos ojos color zafiro. -¿Qué haces aquí?- cuestionó el elfo sinda.
Imloth observó el hermoso rostro del soberano parcialmente iluminado por las estrellas. –Brannon nin (Mi señor) partí con algunas mujeres en busca de alimento, estaba cerca…- explicaba la elfa, mientras besaba el pecho del elfo. Ella lo miró pero él parecía concentrado en algo más.
La elfa extendió sus finos brazos hacia el rostro de Thranduil pero éste la detuvo tomando sus manos por las muñecas. -¡Vá Imloth! (¡No lo hagas Imloth!)- dijo el elfo que observaba el bosque en dirección al palacio.
-¿Man-ie Aran Thranduil? (¿Qué pasa Rey Thranduil?)- preguntó Imloth, decepcionada ante el rechazo del elfo sinda.
Entonces la elfa pudo escuchar el trote desbocado. Thranduil se aproximó al lugar del que provenía el sonido y entonces a un palmo del monarca el equino se detuvo relinchando. No había jinete pero sí la montura. Dîn se acercó al Rey Sinda y éste montó, la elfa corrió hacia su caballo para seguirlo. Después de algunas leguas, escuchó sollozos; el soberano descendió de su caballo y se acercó hasta una maraña de arbustos. Allí estaba Eilinel, la pequeña hija de Seregon y Luinil, lloraba asustada y tenía sangre en la frente.
La pequeña abrió los ojos muy grandes, se limpió las lágrimas y observó al Rey Elfo. –Aiya…- musitó entre suspiros.
Thranduil se agachó y la cargó cuidadosamente. Eilinel hundió la cara en el pecho del monarca, temblaba debido al intenso frío, así que el soberano, la cubrió con su capa.
Imloth se acercó. -¿Qué ha pasado?, ¿está herida?- averiguó.
-Tiene algunos cortes pero no creo que se trate de nada grave. Se aproximan jinetes y creo que son tus acompañantes…- advirtió el monarca quien caminó hasta las gruesas ramas de un árbol y depositó allí a Eilinel.
-¿Estás herida?- preguntó Thranduil a la pequeña. Eilinel se tocó la frente, allí tenía una herida que sangraba. El elfo rubio la revisó, aunque la escoriación era profunda no comprometía su vida, las rodillas y las manos de la elfa estaba raspadas y su traje de viaje roto.
El Rey Elfo se levantó…-No, no… por favor quédese conmigo. Mire encontré estas hierbas, nana (mamá) me ha enseñado que son medicinales, también corte éstas.- enseñó al rey un puñito de frutos rojos que ahora estaban aplastados.
-De modo, que participabas en la búsqueda. ¿Quién te acompañaba?- preguntó Thranduil de cuclillas frente a Eilinel.
-Mi caballo, pero se asustó y caí. Ahora lo he perdido y apachurré los frutos.- dijo sollozando la pequeña.
-Lo importante ahora es que estás bien, me encontré con tu caballo y seguramente las hierbas que recolectaste serán muy útiles. Dime Eilinel ¿dónde están tus padres?- averiguó el Rey Thranduil. En ese instante dos jinetes arribaron y los guardias del bosque descendieron de los árboles quedando entre el soberano y el resto de los recién llegados. Eilinel se asustó y se abrazó nuevamente al elfo sinda.
-Tranquila, está bien, son guardias y mujeres del Valle.- dijo Thranduil a la pequeña que apenas asomó su rostro por sobre el hombro del elfo para observar a su alrededor.
Eilinel volvió a sentarse sobre las ramas. –Adar y naneth (Padre y madre), estaban ocupados ayudando a la gente que vino de lejos, yo también quería hacer algo y… ada (papá) me ha enseñado a cabalgar. Quería sorprenderlos y darles esto a mis amigos.- explicó con lágrimas en los ojos.
-Tus intenciones son generosas pero Eilinel debes comprender que tus padres se preocuparán por ti si te escabulles de esa manera. Debes ser cuidadosa; además hay otras formas en las que puedes ayudar, sin exponerte.- señaló el soberano pacientemente.
-¿Está enojado conmigo Aran Thranduil?- averiguó Eilinel con la mirada baja.
-Estoy preocupado Eilinel, mi principal tarea es procurar el bienestar de los elfos y, para ello, todos debemos cooperar y obedecer ciertas reglas.- explicó el monarca sinda.
Seregon había llegado hacía unos instantes, con el rostro visiblemente angustiado se había mantenido alejado cuando se percató que el rey platicaba con su hija.
Eilinel se puso de pie un poco adolorida e hizo una graciosa reverencia al Rey Elfo. Cuando se incorporó vio a su padre, Seregon se acercó de inmediato a su hija y la abrazó.
-Ada (Papá), traje medicina y frutos pero los aplasté cuando caí del caballo.- explicó Eilinel inocentemente.
-¿Te encuentras bien Eilinel?- preguntó Seregon examinando a su hija.
-Tancave, ada. (Sí, papá). Aran Thranduil me ayudó…- afirmó la elfa.
-Me alegra que estés bien Eilinel. Hija esto no puede seguir pasando te has puesto en peligro, ¿por qué insistes en escaparte? Tu madre y yo estábamos muy angustiados.- señaló el excapitán impaciente.
-Amin hiraetha adar… (Lo siento padre)…- se disculpó la pequeña.
-Disculparse está bien, sin embargo, de nada sirve si insistes en las mismas faltas. ¡Basta Eilinel, esto debe parar!- exigió su padre firmemente.
-Sólo quería ayudar, ánin apsenë ada (perdóname papá).- sollozó Eilinel.
-En este momento no es tu responsabilidad.- dijo Seregon dirigiéndose hacia donde se encontraba el Rey Elfo conversando con los guardias y las jinetes.
-Disculpe, Aran Thranduil sólo quería agradecerle por haber ayudado a mi hija. ¿Necesita algo?- señaló Seregon.
-Lá (No), vuelve a tus actividades. Busca a los sanadores para que examinen a tu hija.- dijo el Rey Elfo.
Eilinel lloraba y Seregon parecía irritado, se retiró junto a su hija, llevando consigo el caballo de la pequeña. Los guardias del bosque daban los últimos reportes, además de decirle que los elfos que habían viajado hacia el pueblo de los hombres del bosque estaban marchando de vuelta. Después se retiraron a cumplir con sus obligaciones.
Imloth y los jinetes, dos jóvenes hermanas del Pueblo del Valle y hábiles cazadoras que le acompañaban, permanecieron atentas a las indicaciones del soberano sinda. -Dado que no han cumplido con lo acordado, no formarán parte de los grupos de búsqueda, así que vuelvan de inmediato.- dijo Thranduil seriamente.
-Rey del Bosque, le pedimos nos disculpe, nosotras estuvimos juntas hasta que perdimos de vista a Imloth. No pretendimos trasgredir las reglas que el Consejero nos explicó.- dijo uno de las mujeres de cabello y ojos castaños.
-Rey de los elfos del bosque, ¿será posible que nos autorice la caza en sus tierras? Así sería más fácil alimentar a nuestra gente.- dijo la otra mujer de cabello ondulado y ojos negros.
-Eso no será necesario. No se hable más, vuelvan al campamento.- exigió Thranduil observándolas.
Ambas mujeres se sonrojaron ante la avasalladora presencia del Rey Sinda. Bajaron la mirada y reemprendieron la marcha hacia el campamento.
-Amin hiraetha, Aranya Thranduil (Lo siento, Mi Rey Thranduil). Las jóvenes tienen razón, sentí su presencia y yo me desvié del camino.- explicó Imloth acercándose al soberano.
-La decisión está tomada.- dijo el Rey Elfo.
La elfa se aproximó felinamente hasta que pudo delinear el rostro del monarca con las yemas de sus dedos. El elfo aproximó sus labios hasta que casi rozaron los de ella. -Vanya sínomello, sí (Vete de aquí, ahora).- indicó el Rey Sinda, le dio la espalda a Imloth que se había quedado petrificada, y montó su caballo.
-Creo que debemos darnos prisa y organizarnos para comenzar a preparar la reconstrucción de nuestro pueblo. Ahora que mi padre vuelva, le propondré que envíe gente para limpiar los escombros. Los constructores ya han comenzado a considerar las opciones para levantar nuestro pueblo, claro tomando en cuenta la precaria situación.- explicó Ivorwen que estaba sentada junto a Vorondil frente a la fogata.
-El tiempo apremia, sin embargo, una vez que vuelva tu padre con la respuesta de los hombres del bosque todo se agilizará. Además estoy seguro que tu reunión del día de mañana con Aran Thranduil resolverá muchas de tus inquietudes. Estoy dispuesto a asistirlos, si así lo requiere y lo dispone el rey.- indicó Vorondil, el cual, era atendido por Ivorwen, ya que tenía, magulladuras en las manos debido a las cabalgatas, expediciones y demás trabajos con el Pueblo del Valle.
-Creo que tienes razón, aunque no dejo de estar nerviosa, el Rey Elfo es una figura de tal misterio y esplendor que me resulta difícil concentrarme en su presencia. En realidad, mi torpeza se agudiza.- señaló la joven quien vendó suavemente las manos del elfo.
-Haber conseguido que el Rey Thranduil accediera a tu petición de ayudar a tu pueblo, no es precisamente un acto de torpeza. Su Majestad es severo, sin duda, pero juicioso y justo. –afirmó el elfo frotando el vendaje de sus manos.
-Gracias, es un buen vendaje. Debes descansar, recuerda que los días serán más largos conforme se aproxime el regreso a tu tierra.- señaló Vorondil poniéndose de pie.
La mujer pelirroja se apoyó en sus muletas y ayudada por el elfo, se levantó. –Sabes, cuando regrese a mi pueblo extrañaré este sublime lugar. Aquí me siento tranquila, protegida; he aprendido a conocerme a mí misma, a escuchar el silencio y a descubrir más allá de las palabras. En esta tierra el alma respira y vibra vigorosamente. El pensamiento y el sentimiento conviven en armonía…espero poder volver algún día.- dijo la chica con nostalgia en sus bellos ojos verdes. –Echaré de menos al hermoso pueblo antiguo…- lágrimas escaparon de sus ojos y bajó la cabeza. Quería decirle todo lo que su corazón guardaba, no obstante, quizá era mejor no hacerlo.
-Ahora estás aquí… cómo concluirá o continuará tu historia en este tierra no podemos saberlo. Sin importar lo que sea, estaré para ti.- aseguró Vorondil limpiando las lágrimas de la chica y dedicándole una amable sonrisa.
-Hannon le Vorondil (Gracias Vorondil)- sonrió la joven de indomables rizos pelirrojos.
-¿Lothíriel se encuentra bien?- preguntó uno de los centinelas.
-Sí, aunque creo que podemos seguir cabalgando para apresurar nuestro regreso.- dijo la elfa que se encontraba dando de beber a su caballo.
-Necesitamos descansar, sobre todo el Embajador Belthil. Además hemos cubierto una gran distancia en poco tiempo.- indicó el soldado.
Belthil se acercó a ellos, tenía el rostro macilento y los ojos visiblemente entristecidos. –He visto cómo me miran, siento su decepción. Esto me destruirá y seguro a mi pequeña Ivorwen también, pero díganme sabios señores del pueblo de las estrellas ¿qué debía hacer?, ¿quién más acudiría en nuestra ayuda?, ¿debo arriesgar la felicidad de mi pueblo por la mía y la de mi hija?- dijo con la voz entrecortada.
-Usted sabe que el corazón de su hija ha elegido y es correspondido. Sin duda, esto la destruirá. No sabremos quién hubiese podido asistirlos porque nunca se consideró esa opción, tomó lo que estuvo a su alcance y eso es lo que tiene ahora.- reflexionó la elfa exasperada.
-¿Cree que ha sido una decisión fácil? ¡Entregar a mi hija con esos hombres y asegurarle una vida de miseria! Mi Lady, sólo aquél que tiene las responsabilidades de otras almas en sus hombros entenderá las crueles disyuntivas entre las que tenemos que elegir.- expresó alterado Belthil.
-Si no puedo entenderlo, ¿por qué me dice todo esto? Encuentre consuelo entonces en sus palabras.- señaló Lothíriel con severidad.
-Se lo digo porque sé que aprecia a mi hija y ella a usted. Y yo a su bendito pueblo.- manifestó con voz temblorosa el Embajador. -¡Maldición, el estúpido amor que siente mi hija por ese elfo no servirá de nada, ambos sufrirán por una unión predestinada a la desilusión! ¿Ese amor salvará a mi pueblo, nos beneficiará de alguna manera? La consumirá y a nosotros con ella.- estalló en lágrimas.
Lothíriel lo observó por unos instantes…-Como dije que encuentre consuelo en sus palabras.- la elfa se alejó hasta uno de los árboles y allí aguardó.
El grisáceo sol se abrió paso en el alba invernal, Ivorwen se movía lo más rápido que le era posible para dirigirse al palacio, donde un guardia aguardaba para conducirla al despacho del Rey Thranduil, en donde tendría lugar la reunión. Casi sin aliento llegó con un elfo alto, serio y de comportamiento estrictamente marcial, sólo le indicó con la mirada que lo siguiera y así lo hizo. Cuando estuvieron fuera del hermoso portón con el escudo del Reino del Bosque Verde, el soldado se anunció y se le permitió la entrada; unos segundos después salió e indicó a la mujer que ingresara.
-Aiya Aran Thranduil (Salve Rey Thranduil).- saludó respetuosamente Ivorwen.
-Siéntate.- dijo el Rey Sinda apenas mirando a la joven y concentrado en la lectura de unos pergaminos y libros.
La joven se sentó en la silla frente al escritorio, recargó sus muletas a un costado de la silla, se frotó las manos nerviosamente y observó al monarca cuya mirada examinaba un libro de aspecto antiguo. En las exquisitas facciones del elfo sinda percibía agotamiento, dolor y algo más que no supo interpretar. De pronto el portón se abrió e ingresó el Consejero Lenwë, saludó con un movimiento de cabeza a la joven, recogió algunos pergaminos, dejó otros y salió.
-Aran…- Ivorwen pretendía preguntar sobre el estado de salud del soberano pero fue interrumpida.
Thranduil se levantó para dirigirse al librero. –Tu padre estará de regreso pronto, probablemente lleguen esta misma noche. ¿Cuáles son sus planes? Preciso que se pongan cuanto antes a trabajar, ya es tiempo.- señaló el monarca regresando a su asiento con un par de libros.
-Mi gente está preparada para partir a nuestro pueblo y comenzar a limpiar los escombros. Con su autorización lo harán inmediatamente.- señaló Ivorwen.
-Háganlo. Podrán emplear la madera de los árboles caídos del bosque; ya han sido apilados por los guardias. Los elfos de Lothlórien han traído algunos caballos, herramientas y provisiones que le serán de utilidad. Hoy mismo mi gente comenzará a distribuirlas.- informó Thranduil mirando seriamente a la joven mujer.
-Hannnon le Aran Thranduil (Gracias Rey Thranduil), enseguida nos moveremos. Seremos precavidos.- indicó Ivorwen ante la expresión grave del monarca.
-Un grupo de elfos irá con ustedes, ya esperan en la armería, ellos les darán las últimas indicaciones. Espero que la labor sea expedita, les queda poco tiempo para cumplir con el acuerdo que tenemos.- manifestó Thranduil.
-Así se hará Señor del Bosque Verde. Si me permite me retiro a poner en marcha a los hombres.- dijo Ivorwen agarrando sus muletas.
-Ve- asintió el Rey Elfo concentrándose nuevamente en sus libros.
Ivorwen hizo una reverencia y cuando iba a salir se dio media vuelta. -¿Se encuentra bien?- preguntó nerviosa.
Thranduil la miró inexpresivo y volvió a sus tareas. La joven bajó la cabeza y salió del despacho. El guardia que la había llevado hasta allí, la escoltó de vuelta al campamento. Allí Ivorwen convocó a su pueblo y comunicó la decisión del monarca. Pronto se reunió un gran número de hombres que se dirigieron a la armería para encontrarse con los elfos que les acompañarían. Una vez allí se les facilitaron las herramientas, armas, caballos e insumos necesarios para el viaje. Inmediatamente después cabalgaron rápidamente a través del bosque rumbo al Valle.
Ivorwen se quedó un momento en la armería, sorprendida ante el vasto recinto que contenía innumerables armaduras, cotas de malla, yelmos, escudos, espadas, dagas, flechas, arcos y lanzas; fabricados con los más finos, ligeros y resistentes materiales de la Tierra Media. Decorados con motivos élficos que no podía entender pero aun así le parecían impresionantes. Una letal belleza se fabricaba y almacenaba en aquél sitio.
-Vamos, no puedes permanecer aquí.- dijo Vorondil provocando el sobresalto de la mujer.
-Lo siento, es que jamás vi algo como esto.- opinó Ivorwen que caminó hacia el portón. Algunos elfos entraron, la miraron con curiosidad y recelo; los herreros llevaban martillos, pinzas, algunos contenedores con los que la joven supuso eran materiales para trabajar.
-¿Quieres compartir esta lemba conmigo? Creo que podemos tomarnos un descanso.- señaló el elfo.
-Me encantaría.- dijo la chica con el rostro reluciente. –Podríamos sentarnos por aquí.- señaló.
-Lau (No), iremos a un lugar que te gustará.- indicó el soldado.
Caminaron despacio, hasta llegar a una parte del palacio en la que un enorme y frondoso árbol crecía sobre un afluente de agua cristalina, nutrido por una fina cascada que caía por las ramas y entre las hojas produciendo un agradable sonido. El árbol permanecía inmutable durante todo el año, siempre verde, regio, vigilante. Pese a la transparencia del agua sobre la que crecía era imposible ver lo que había en el fondo. En aquél sitio todos los sonidos parecían ser acallados para dar paso a la solemnidad de la naturaleza. Allí había algunos pequeños elfos sentados a su alrededor, observando la incesante caída de agua.
-¡Es hermoso! No tengo palabras, es extraordinario.- expresó extasiada la mujer de rizos rojos.
-Algunos creen que es el corazón del bosque.- explicó Vorondil observando con un brillo particular en los ojos aquél magnífico lugar.
-Yo creo que el corazón de este bosque es el Rey Thranduil, sentí lo que pasó durante el ataque. Su Señor lo protegió todo con su poderoso espíritu de luz. Sin embargo, me pregunto ¿quién lo protege a él? Hay algo diferente, algo cambió en su interior…- opinó pesarosa la joven.
-Estoy de acuerdo contigo…- dijo con semblante preocupado el elfo.
-Sin duda, tu gente es maravillosa, sus lugares son increíbles. No me alcanzaría la vida para aprender y ver aquello de lo que ustedes han sido testigos- expresó Ivorwen.
Se sentaron, escuchando el canto del árbol, por alguna extraña razón el frío en aquél sitio aminoraba perceptiblemente. El centinela trozó la lemba y la compartió con la chica. Ambos comieron en silencio mientras admiraban todo a su alrededor.
-Me gustaría vivir un tiempo en tu pueblo, cerca de ti, ¿qué piensas?- averiguó Vorondil observando la sorpresa en los ojos verdes de la joven mujer.
-¿Por qué harías algo como eso? Tu gente, tu familia, tu hogar están en este hermoso Reino.- preguntó Ivorwen.
-Así es, pero mi corazón también está contigo ahora.- expresó el elfo.
Ivorwen miró al elfo, sin embargo, inmediatamente desvió sus ojos hacia el árbol. Vorondil le tomó la mano. –Dime que no has sentido lo mismo.- comentó.
-Por supuesto que lo siento…pero, no podemos, no deberíamos. Somos tan diferentes.- opinó Ivorwen removiendo el cabello que se había pegado a la frente debido a la brisa.
-Somos diferentes y eso mismo es lo que nos ha unido. Lo demás no importa.- dijo Vorondil.
-Y esas diferencias al final terminarán separándonos, tú sabes a qué me refiero…- manifestó la joven con un dejo de tristeza en su rostro.
-El final no lo sabemos ni tú, ni yo. No decidas por mí, mi corazón ha elegido y te seguirá hasta donde tú lo desees.- afirmó Vorondil acariciando las finas facciones de Ivorwen.
-Mi alma te elegiría aquí y en otra vida, de ser posible. Iré a donde tú vayas.- expresó con lágrimas en los ojos. Vorondil besó la mano de la joven y la abrazó. –Te amo Vorondil.-
El elfo se apartó un instante, la vio a los ojos. –Te amo Ivorwen.- le sonrió y besó dulcemente sus labios.
