Capítulo 35

-¿Padre?, ¿estás bien?, ¿qué pasa?- averiguó Ivorwen aproximándose al Embajador que se encontraba sentado cerca de la fogata con la capucha de la capa cubriendo casi por completo su rostro.

La mañana era fría y nevaba ligeramente, Belthil había pasado la noche en vela, pensando en lo que diría y cómo reaccionaría su hija. Bajo sus ojos profundas ojeras delataban su angustia, su piel enrojecida y agrietada debido al implacable clima le daban un aspecto enfermizo. –Hija mía, hay algo que debo decirte.- dijo el hombre pelirrojo con voz ronca.

-¿De qué se trata padre?- curioseó la chica con expresión preocupada debido al semblante de su padre.

-Los hombres del bosque nos proporcionarán lo que necesitamos para reconstruir nuestro pueblo…- dijo el Embajador retirándose la capucha y tomando las manos de su hija.

-Eso es una buena noticia padre.- opinó Ivorwen sonriendo.

-Mi niña, ¿sabes que te amo, no es así? Eres lo más importante en mi vida.- expresó Belthil con los ojos vidriosos.

-Por supuesto, yo también te amo padre. ¿Qué sucede?- preguntó la joven al notar la tristeza en los ojos de Belthil.

-Verás, aquél pueblo exigió que sus condiciones fueran satisfechas para que se nos suministrara lo que necesitamos… una de ellas es que una vez que nos hayamos asentado en el pueblo repondremos todos los insumos… y la otra…- explicaba Belthil con la voz temblorosa. –Prometí al líder de aquél pueblo que te casarías con él.- dijo finalmente.

Ivorwen abrió mucho sus ojos verdes y miró el rostro de su padre tratando de encontrar respuestas a sus imperiosos sentimientos. Retiró las manos de las de Belthil. –Lo siento padre, eso no puedo hacerlo. Vorondil y yo nos amamos. Él me ha dicho que desea vivir en nuestro pueblo, conocer nuestras costumbres y después casarnos.- manifestó con desesperación, poniéndose de pie con ayuda de sus muletas.

-Ivorwen, ya está decidido. Ha sido la única manera de estrechar los lazos con el Pueblo del Bosque y salvaguardar a nuestra gente.- expuso Belthil, tomando de los hombros a su hija.

-Vorondil es bueno conmigo, me ha apoyado y no le importa que sea una humana. Soy feliz a su lado y yo procuraré que él lo sea. Por favor padre… tal vez si hablamos con ellos y encontramos otra forma…- señaló impotente la joven mujer, zafándose del agarre de su padre y cayendo de espaldas.

Belthil trató de ayudar a su hija pero ésta lo alejó con sus muletas. –Hija, escúchame: el líder es un hombre fuerte y estoy seguro que procurará hacerte muy feliz y yo estaré siempre pendiente de ti.-

-Yo no podré ser feliz con un hombre que me obliga a estar con él como parte de un intercambio. Padre, tú me enseñaste que podía elegir de quién enamorarme, con quién compartir mi vida, y ahora que lo he hecho, no puedo obtenerlo.- dijo sollozando mientras intentaba ponerse de pie.

-¡Basta Ivorwen, harás lo que te he dicho!, ¡Tú no tienes nada que ofrecerle a un elfo, ya te lo he dicho. Seguro él podrá formar una familia con alguien de su pueblo!- vociferó rigurosamente el Embajador.

-¡Padre, por favor, esto no es justo!- expresó Ivorwen, consternada y limpiándose las lágrimas.

-Partiremos mañana mismo, así que, espero que estés preparada.- advirtió Belthil arrojando su capa a la fogata y retirándose del lugar mientras se frotaba la cara.

Ivorwen se quedó vacilante observando la fogata, sin poder creer lo que estaba sucediendo.

Lothíriel se encontraba conversando con algunos de las personas del Valle, distribuyendo, junto a los galadhrim, los alimentos traídos de Lothlórien. A la distancia pudo distinguir a Ivorwen, y por su expresión, supo que la joven era ahora consciente del destino que le aguardaba. Después de unos instantes, la mujer del Valle, se aproximó a la elfa noldorin.

-¿Usted lo sabe, no es así?- inquirió Ivorwen con pesimismo. Lothíriel la observó y asintió acongojada.

-Sé que lo que le voy a pedir es aventurado pero necesito que me ayude, yo no puedo casarme con un hombre que no conozco, yo amo a Vorondil… si pudiera interceder por mí se lo agradecería.- suplicó una llorosa Ivorwen.

–Lo lamento, pero no he podido hacer nada, hablé con tu padre cuando estuvimos negociando con los hombres del bosque. y no pude hacerlo cambiar de opinión...- advirtió la elfa con tristeza.

-Quizá si intenta hablar con Aran Thranduil. Por favor, mi padre y yo cabalgaremos mañana hacia aquel pueblo. No tengo tiempo.- propuso Ivorwen, luchando por controlar la angustiosa desesperación que le corroía el alma.

-He hablado con Aran Thranduil y lamento informarte que no pude hacer nada al respecto. Sin embargo, tal vez debas escuchar lo que tiene para decirte. Ivorwen, lamento no poder hacer nada más…- expresó con sinceridad Lothíriel.

-Iré a pedir audiencia con el Rey Thranduil…- indicó Ivorwen, alejándose lo más rápido que sus muletas se lo permitían.

-Espera, uno de los centinelas te acompañará, de otra manera no podrás pasar.- advirtió Lothíriel. Uno de los guardias la acompañó a través del campamento y hasta el palacio. Cuando llegaron al corredor principal, se anunciaron y solicitaron a Anardil le informara al Rey Elfo sobre el interés de la joven de conversar con él. Justo en ese instante el Rey del Bosque Verde arribaba por el pasillo seguido por varios elfos que le ponían al día sobre los últimos acontecimientos.

-Rey Thranduil, discúlpeme, ¿podría hablar con usted, por favor?- dijo la joven con semblante macilento.

Thranduil, la observó sabiendo de qué se trataba el asunto, ordenó que le dejaran a solas con Ivorwen. –Las decisiones de tu padre, que te comprometen a ti o a tu gente, van más allá de mi jurisdicción.- explicó el soberano.

Ivorwen sintió hundirse cada vez más. Con las palabras del monarca se esfumaba la última esperanza que tenía de deshacerse de ese cruel destino. –Rey Thranduil, por favor, si pudiera convencer a mi padre de buscar otras opciones, otras formas…yo no puedo casarme con alguien que no conozco. Vorondil y yo nos amamos, por favor, algo…- pronunciaba atropelladamente la chica mientras apretaba con fuerza sus muletas y sus lágrimas empapaban sus mejillas.

Thranduil era un elfo de decisiones firmes, le disgustaban las súplicas y las explicaciones innecesarias. –Ya tienes mi respuesta. Piensa muy bien lo que vas a hacer, si tienes intenciones de huir y tu padre no cumple con aquello que ha prometido, sangre correrá entre los hombres. ¿Qué hubieses hecho en el lugar de tu padre?- externó el Rey Elfo, retirándose a través del pasillo real.

-Vamos, la acompañaré de vuelta al campamento.- dijo el guardia, acercándose a la afligida mujer.

Ivorwen, se limpió las lágrimas con el antebrazo, respiró profundo, levantó la cara, apretó las muletas, se dio media vuelta. Lo había decidido, enfrentaría su destino.

De regreso en el campamento, su gente parecía más animada ahora que sabían que los hombres y elfos habían partido para limpiar los escombros, y que los hombres del bosque proporcionarían lo necesario para que pudiesen reconstruir su pueblo. Eso le dio el valor de tomar el siguiente paso sin retorno. Buscó a su padre, hasta que finalmente lo encontró conversando con un elfo de la Guardia del Bosque.

-Padre- llamó Ivorwen, Belthil la miró con interés. –Si esa es tu decisión y crees que es lo mejor para todos, lo haré. Sólo te pido que partamos de inmediato, ya nada me ata aquí, mi destino está escrito en otra parte.- expresó su hija con aplomo.

-Hija, lo siento…- expresó Belthil, agarrando a su hija por los hombres para darle un abrazo.

La chica retrocedió bruscamente -¡Padre no perdamos más tiempo!- exclamó Ivorwen, sin que le interesara lo que su padre tuviera que decirle.

-Pediré la autorización del Rey Elfo.- señaló Belthil. –Tal vez quieras despedirte.- opinó.

-Esperaré aquí.- dijo la joven mujer, evadiendo la culpable mirada en el rostro de su padre.

Belthil salió inmediatamente rumbo al palacio, de camino se encontró con el Consejero Real Isilion e informó sobre su petición de salir del Reino del Bosque. Isilion le acompañó hasta la Sala de Consejo donde se encontraba el Rey Elfo. Comentaron el asunto y el monarca dio su autorización para que viajaran hacia el Pueblo de los Hombres del Bosque, irían acompañados por un elfo de la guardia.

-Ivorwen, lo lamento, ojalá pudiera haber hecho algo más por ti.- se disculpó acongojada Lothíriel, quien se había acercado a la joven pelirroja que se encontraba sentada sobre las raíces de un gran árbol.

-¡Oh, no! Usted nos salvó, ha hecho más de lo que imagina, y por ello, le estaremos siempre agradecidos. Su noble gente nos ha cuidado y protegido cuando nadie más lo hizo. Lothíriel muchas gracias por todo, con cariño la recordaré siempre.- expresó sinceramente la mujer de rizos rojos, dibujando una amarga sonrisa en su rostro enrojecido por el llanto.

-Que los Valar te protejan e iluminen tu camino.- dijo la elfa noldor, abrazando dulcemente a la joven.

-Lothíriel, por favor, no le diga nada a Vorondil… no deseo volver a verlo. Es mejor así.- pidió Ivorwen que no pudo contener las lágrimas. La elfa se acercó a ella, tratando en vano de consolarla.

A los pocos minutos Belthil y un guardia llegaron con los caballos. Ivorwen contempló por última vez aquél majestuoso lugar, respiró profundo como queriendo recoger cada una de sus memorias e impregnarlas en lo más profundo de su ser. Se alejó de la noldorin, asintió levemente despidiéndose. Se acercó al guardia tomó las riendas con fuerza, se balanceó y montó una yegua blanca. En la alforja llevaba sus pocas pertenencias a las que añadió sus muletas, sonrió sutilmente a Lothíriel y la comitiva cabalgó velozmente perdiéndose en la neblina.

La noche había caído sobre el bosque, la espesa bruma se distribuía sobre el suelo, impidiendo ver con claridad el lugar donde se pisaba. Lothíriel había pasado todo el día planeando los siguientes pasos a seguir para que los hombres comenzaran a reconstruir sus hogares. Los elfos de Lórien y los guardias, le habían acompañado en el proceso. Cuando en el campamento prevaleció el silencio, volvió a sentir esa culpa y tristeza que le había dejado la partida de Ivorwen. Caminó sin darse cuenta hacia donde se dirigía, ahora debía pensar en lo que le diría a Vorondil. A lo lejos escuchó algunas ráfagas y golpeteos, situación que la sacó de su ensimismamiento. Se dio cuenta que había caminado rumbo al campo de entrenamiento, así que decidió ir a ver de quién se trataba, y en todo caso, practicar un poco para despejar su mente.

Cuando llegó, le asombró ver al Rey Sinda entrenando, en lo amplio de la explanada, el tiro con arco. Lothíriel sabía que el monarca era un guerrero excepcionalmente hábil, sin embargo, siempre había preferido las espadas por sobre el arco. Caso contrario a lo que sucedía con ella. Cuando niños, Thranduil terminaba por irritarse cuando ella acertaba en todos los blancos sin ningún problema, y entonces proponía, un duelo con las espadas dónde siempre ganaba. Sonrió ante aquél lejano recuerdo.

El soberano disparaba velozmente y acertaba en los blancos, a excepción de uno en el que la flecha se clavó a unos centímetros de la diana. En un imperceptible movimiento había lanzado una daga que se incrustó en el centro, después resopló mientras se masajeaba el hombro que aún no sanaba por completo. Entonces una flecha partió la suya justo por la mitad. Thranduil se giró y a la distancia vio a la hermosa Lothíriel con su arco y flechas dispuestos. La elfa disparó ágilmente astillando todas las flechas del monarca.

Thranduil se acercó a ella, sin mediar palabra, comprendiendo ambos la intenciones del otro. El elfo rubio vendó los ojos de la elfa. Lothíriel respiró profundo, se concentró y volvió a disparar sus flechas, que raudas se clavaron en los objetivos. Se retiró la venda, la ofreció al monarca, el cual, la tomó y se cubrió los ojos. Varias ráfagas cruzaron el lugar, las flechas se incrustaron en las de Lothíriel, excepto una de ellas que se desvió unos centímetros clavándose apenas por encima.

El monarca se retiró la venda de los ojos y se encontró con la mirada satisfecha de Lothíriel. –Veo que ha estado practicando, sin embargo, aún podría mejorar.- apuntó traviesa.

-Quizá quieras enseñarme.- dijo Thranduil, colocándose delante de la elfa.

-Será un honor Majestad.- manifestó Lothíriel, haciendo una reverencia.

Ambos elfos entrenaron por un par de horas, incluso Dîn, el caballo del monarca, había sido empleado para diferentes maniobras.

Estaban por comenzar con las espadas cuando un alterado Vorondil se aproximó a ellos.-Amin hiraetha, Aran Thranduil, Lady Lothíriel (Disculpe, Rey Thranduil, Lady Lothíriel).- se excusó el elfo. –He buscado a Ivorwen y nadie parece querer darme información. Por favor, ¿podría decirme, qué ha pasado?- averiguó.

-Sí los hombres no han querido darte explicaciones sobre sus asuntos, ¿qué te hace pensar que yo te diré algo?- respondió severo el Rey Elfo. Lothíriel bajó la mirada apesadumbrada.

-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), yo amo a esa mujer, sólo quiero saber si está bien.- mencionó desesperado el elfo, evaluando la actitud de Lothíriel.

-No se hable más Vorondil, ve a cumplir con tus obligaciones y mucho cuidado con tus acciones.- ordenó impertérrito el elfo sinda.

Vorondil observó a Lothíriel intentando encontrar en ella las respuestas que estaba buscando, sin embargo, la noldorin tampoco dijo nada. El guardia se retiró completamente absorto en su preocupación y desespero.

La elfa suspiró al ver marcharse al guardia. -Aran Thranduil creo que Vorondil no descansará hasta averiguar lo sucedido, quizá si…- sugería Lothíriel, cuando fue interrumpida por el Rey del Bosque.

-¿Cabalgarías conmigo?- preguntó el monarca para desconcierto de la elfa.

Dudó –Está bien- respondió Lothíriel, reacomodando su arco y carcaj sobre su espalda.

Thranduil silbó, al instante, Dîn el recio caballo azabache apareció relinchando con fuerza. El elfo sinda montó y extendió la mano para ayudar a la elfa a subir. Cuando ambos estuvieron acomodados cabalgaron entre el bosque, la nieve, la niebla y la luna como testigos. Lothíriel se maravilló ante el silencioso y ágil trote del caballo, las ondulaciones eran suaves y los movimientos casi imperceptibles. Se aferró a la cintura del monarca, los cabellos dorados de éste le acariciaban gentilmente el rostro, se sintió profundamente relajada, no supo cuánto tiempo viajaron, ni en qué dirección lo hacían, había cerrado los ojos como dejándose llevar por un agradable sueño.

-Lothíriel- escuchó que Thranduil le llamaba. Ella abrió los ojos y se maravilló ante lo que vio: la luna estaba enorme, pálida y brillante, tanto que era difícil verla directamente. Millones de estrellas se arremolinaban y centelleaban vigorosamente, fenómeno que le daba diferentes tonalidades al cielo nocturno. Incluso pudo ver el paso de varias estrellas fugaces que dibujaban una estela de fuego a su paso. Dîn bajó un poco la cabeza y rascó el suelo con sus cascos, entonces la elfa desmontó ayudada por el monarca. Contempló el bosque, que en su parte baja estaba cubierto por la niebla, los árboles se movía ondulantes debido al viento mientras pequeños copos de nieve comenzaban a caer. Habían viajado hacia una de las cimas más próximas de las Montañas del Bosque Verde.

-Es hermoso Thranduil.- expresó Lothíriel, contemplando el paisaje nocturno.

Thranduil oteaba hacia el oriente. –Cuando el sol aparece, incluso desde aquí, puedo ver sus rayos reflejados en el océano.- apuntó con un dejo de añoranza en su tono de voz.

-Me gustaría algún día poder ver el mar.- opinó Lothíriel, cuyos ojos se veían aún más hermosos bajo el fulgor de las estrellas.

Thranduil se acercó a ella, le acarició el cabello. –Vanimelda (Hermosa) yo puedo ver el mar y las estrellas en tus ojos.- expresó el soberano, agarrando de la barbilla a la elfa y besando sus labios delicadamente.

Lothíriel sintió el calor recorrer su cuerpo, cerró los ojos y abrazó fuertemente a Thranduil. –Tú eres lo que mi alma más anhela.- dijo ella al oído del elfo sinda.

Se sentaron sobre las raíces gruesas de un árbol que se alzaban varios metros sobre el suelo. Lothíriel se recostó sobre el pecho del elfo, él la abrazó y en silencio observaron el maravilloso espectáculo de la naturaleza. Después de un rato, Lothíriel se quedó plácidamente dormida en los brazos del Rey Elfo. Thranduil la arropó con su capa y acarició suavemente sus delicadas facciones. -Gi melin Thranduil (Te amo Thranduil)- susurró la elfa entre sueños.

Antes del despuntar del alba, Thranduil removió a Lothíriel. –Vanimelda echuio (hermosa, despierta)- musitó.

Lothíriel abrió los ojos lentamente, se incorporó, miró a Thranduil le dedicó una hermosa sonrisa y lo besó.

-Alae (Mira)- señaló el monarca el amanecer. La elfa pudo ver lo que Thranduil le había descrito. En el horizonte y más allá, los rayos del sol acariciaban la superficie del vasto y lejano océano. Lothíriel sonrió embelesada, aferró la mano del monarca como deseando plasmar ese instante para siempre en su memoria, y cerciorarse de que no se trataba de un sueño.

El cielo se había teñido con una fascinante explosión de colores: amarillo, naranja, azul y rojo. Las estrellas aún podían verse y la luna se despedía paulatinamente. Lothíriel miró a Thranduil pero éste no vislumbraba el amanecer, la contemplaba a ella. Volvió a sonreírle, el Rey Thranduil asió las manos de la elfa, posó sus ojos en los de ella y entonces pronunció. –Quiero mirar el resto de mis amaneceres a tu lado, eres la luz de mi vida y el amor de mi alma. Lothíriel vanimelda, gi melin, ¿méralyë vesta ni? (Lothíriel hermosa, te amo, ¿quieres casarte conmigo?)-

De los hermosos ojos grises de la elfa pequeñas lágrimas recorrieron sus mejillas y como finos diamantes cayeron sobre las manos entrelazadas de ambos. Su corazón latía con fuerza, su cuerpo estremecido era un mar de emociones, sin dejar de mirar los ojos del elfo sinda, respondió. –Has sido el albor en mi oscuridad, la alegría en mi tristeza, las palabras en mi silencio, la compañía en mi soledad y el amor en mi desesperanza. Thranduil, aran vuin. Ná, órenyallo. (Thranduil, amado rey. Sí, desde el fondo de mi corazón)- Ambos elfos se fundieron en un amoroso abrazo y en un beso apasionado, instante en el cual, el sol resplandeció sobre la pareja de enamorados.

Estuvieron allí por unas horas más, Lothíriel compartió un trozo de lemba con Thranduil y éste recolectó un poco de agua. La elfa lucía radiante de felicidad y el soberano no dejaba de admirar su belleza. –Lothíriel, me gustaría que esta misma noche conversáramos con tus padres, ¿estás de acuerdo?- propuso el soberano.

-Por supuesto, avisaré a mis padres en cuanto volvamos al palacio.- acordó Lothíriel. Ambos se miraron por largo tiempo, Thranduil la deseaba fervientemente, sin embargo, tuvo que incorporarse para concentrarse. Pronto montaron al corpulento corcel, Lothíriel beso la mejilla del monarca, lo aferró por la cintura y emprendieron el viaje de vuelta.

-Está hecho…- pensó Mithrandir al sentir el sol sobre su espalda mientras cabalgaba como el viento rumbo a Imladris, y sonrió para sus adentros.

-¿Dónde está Lothíriel, Ilmen?- exigió Isilion a su esposa.

-No lo sé, ella salió por la noche a caminar por el bosque. Después estuvo trabajando en el campamento de los hombres con los galadhrim y los guardias. Cuando no volvió a casa, la busqué y pregunté pero nadie parece saber dónde ha ido.- explicó Ilmen, angustiada observando a su esposo caminar en círculos por la estancia de su casa.

-¿Cómo es eso posible? Los guardias están alertas. Debo suponer que está con Aran Thranduil, él no ha vuelto tampoco y la secrecía de los soldados me hace suponerlo.- decía exasperado el Consejero. –Lothíriel se ha tomado demasiadas libertades y su insolencia no me resultan agradables.-

-Isilion, no es momento de juzgar a nuestra hija. La hemos criado con amor, honestidad e integridad; no esperes menos que eso de su parte.- expresó Ilmen firmemente. –No te preocupes, ella volverá con bien, sé que tú también puedes sentirlo.-

-¿Qué haría yo sin ti? Te amo Ilmen.- expresó el Consejero besando a su esposa. Enseguida salió a cumplir con sus responsabilidades. En el palacio se encontró con Vorondil, éste lucía sumamente angustiado y cansado.

-¡Consejero Isilion!- exclamó el elfo.

-Vorondil ¿puedo ayudarte?, ¿te encuentras bien?- averiguó con preocupación el Consejero.

-¿Sabe usted algo respecto al paradero del Embajador Belthil y su hija?- preguntó ansiosamente el centinela.

-¿A qué se debe tu inquietud?- averiguó Isilion.

-Por favor, necesito saber. Yo amo a esa mujer y he buscado, preguntado pero es como si se hubiera esfumado. No pude haberla soñado, sé que algo pasó y nos está separando.- pronunció apesadumbrado mientras se frotaba la cara.

Isilion sintió pena por el elfo, sin duda, estaba sufriendo. Pero si no se le había dicho nada hasta ahora, su razón de ser tenía. Así que él mismo no tenía la autoridad para revelarle la información. –Discúlpame, pero creo que sólo los hombres pueden darte las respuestas que buscas, si ellos han decidido reservarse la situación, creo que motivos de sobra tendrán.-

-¡No, no… Consejero, por favor, algo está mal, lo sé, puedo sentirlo!- exclamó atropelladamente Vorondil.

-Vorondil, escucha. No te dejes llevar por la desesperación, medita con detenimiento las cosas, reflexiona; hazlo por tu bien. Además recuerda que tienes una enorme responsabilidad sobre tus hombros, una que ha delegado en ti tu pueblo, por tu intachable probidad.- dijo el Consejero.

Vorondil no entendía el motivo de tal restricción a brindarle la información, ni siquiera, los guardias que él mismo comandaba le decían nada. Intentó recomponerse y pensar que tal vez sólo hubiera ido con su padre a su pueblo. Sin embargo, su mente era un remolino de pensamientos que no le dejaban en paz. Por otro lado, el Consejero tenía razón debía cumplir con su trabajo, así que, se dirigió a encontrarse con Seregon.

Habían viajado casi sin descanso, Ivorwen no comía y hablaba poco, con cada paso que se alejaban del núcleo del Reino del Bosque, era como presenciar el desgarro de su corazón. No obstante, la joven se sulfuraba cada que se le obligaba a parar la marcha, pues deseaba arrojarse de una vez por todas a la boca del lobo y deshacerse de todas esas fantasías suyas que alguna vez la hicieron feliz. El guardia que los acompañaba debía mediar la tensa situación y tratar de mantener medianamente funcional la cabalgata, situación que estaba resultando sumamente complicada.

-¿Padre, les dijiste que estoy lisiada?- preguntó Ivorwen. Su padre sólo negó con la cabeza. –Espero que tu plan no se venga abajo cuando me vean.- apuntó, haciendo una mueca de desprecio.

-Ivorwen, come algo.- dijo Belthil, ofreciéndole un trozo de pan. La joven miró incrédula a su padre, irritada negó y de un manotazo tiró la comida.

-Vamos padre, ¿te preocupa que no coma? Pero si ya me has vendido, ya no importa.- pronunció sarcástica la pelirroja.

-¡Basta ya Ivorwen! Soy tu padre y me debes respeto, te guste o no.- dijo encolerizado el Embajador, propinándole una bofetada a su hija. -¿Crees que eres la única que sufre con esta decisión? No sabes lo mucho que te amo y que me duele perderte. Sí, no seré quien padezca en primera persona las consecuencias de mi disposición, pero mi alma nunca volverá a ser la misma porque incluso he traicionado lo que te enseñé. Lo lamento hija, espero que un día tu corazón pueda perdonarme.- manifestó con lágrimas en los ojos. El guardia se había interpuesto entre ambos y observaba a la joven cuyo labio sangraba ligeramente.

-No deberías maltratar tu mercancía, o recibirás aún menos de lo que esperas.- advirtió Ivorwen secamente, dándose media vuelta y montando su caballo.

-Recuerda lo que hablamos Eilinel, no más escapes.- dijo Seregon seriamente.

-Tancave, adar (Sí, padre).- respondió la pequeña que salió echa una ráfaga a jugar con otros pequeños elfos. Mientras su padre redirigió su atención a los elfos.

-Señor, esperamos a más elfos de Lórien, una vez que lleguen viajaremos al pueblo del Valle.- dijo uno de los galadhrim.

-Lothíriel me ha informado. He dado la orden de que se deje transitar con libertad a la comitiva. Asimismo se le informará, en cuanto el Rey Thranduil arribe, sobre los planes.- explicó el excapitán.

-De acuerdo, por favor, háganos saber si podemos colaborar en algo más.- dijo el elfo de cabello trenzado retirándose.

-¿Vorondil, man-ie? (¿Vorondil, qué pasa?)- averiguó Seregon, al ver al macilento soldado.

-Seregon, los guardias del norte me han informado que la comitiva de Imladris llegará al Bosque Verde mañana por la tarde. Está todo listo para recibirlos.- advirtió Vorondil, con desgano.

-¡Vaya han cabalgado velozmente! Aunque todavía tardarán algunos días en llegar hasta aquí.- señaló Seregon pensativo.

-Los elfos y hombres que marcharon al Pueblo del Valle, han abandonado el bosque, calculamos que Elmoth ya debió haber llegado, pues partió mucho antes que el grupo.- apuntó Vorondil.

-Sólo espero que ese elfo haga un buen trabajo.- opinó Seregon, evaluando la actitud dispersa del joven elfo.

-¿Qué me dices de ti, algo te angustia?- preguntó el excapitán con interés.

-Sólo estoy un poco cansado, es todo.- mintió Vorondil.

Seregon, lo miró incrédulo. –Si deseas tomarte el resto del día, lo entenderé.-

-No, estoy bien.- respondió el joven elfo, con la mirada perdida entre la floresta.

A los pocos instantes vieron llegar al Rey Elfo y a Lothíriel. El monarca desmontó ágilmente y cargó a la elfa para ayudarla a descender. De inmediato, el Consejero Lenwë lo recibió dándole los últimos informes y recordándole los pendientes.

-Los veré más tarde en la Sala de Consejo.- indicó el monarca. El Consejero hizo una reverencia y se retiró.

-Lothíriel te veré esta noche.- dijo el Rey Thranduil.

-Ná, aran vuin (Sí, amado rey)- confirmó sonriendo y haciendo una elegante reverencia al retirarse.

Un elfo se acercó para llevarse el caballo del soberano. –Ai Aran Thranduil (Salve Rey Thranduil)- saludó Seregon con una expresión peculiar al haber presenciado la escena.

-Los asuntos que tengamos pendientes serán abordados en la Sala del Consejo.- indicó el monarca, devolviéndole aquella expresión de complicidad.

-Me alegro desde el fondo de mi corazón, como mi rey y amigo. Deseo que la bendición de Ilúvatar ilumine su unión.- pronunció Seregon con sinceridad.

El Rey Thranduil lo miró, y con una ligera inclinación de la cabeza agradeció las palabras del excapitán.

-Aunque creo que ha tardado demasiado en decidirse.- señaló Seregon, entrecerrando ligeramente los ojos.

Thranduil se giró y dedicó una tenue sonrisa de lado al elfo castaño.

Lothíriel corrió entusiasmada hasta su hogar, el camino se le hizo largo. Cuando llegó, su madre estaba en la estancia con semblante preocupado.

-Lothíriel, veleth nin (cariño), nos tenías angustiados. ¿Te encuentras bien?, ¿dónde has estado?- preguntó Ilmen abrazando a su hija.

-Ánin apsenë nana. Nan mara. (Perdóname mamá. Estoy bien.) ¿Massë nalyë atto? (¿Dónde está papá?)- indagó Lothíriel, buscando a su alrededor.

-Trabajando, ha ido a tratar algunos asuntos con el Consejero Lenwë. ¿Man-ie yelya? (¿Qué pasa hija mía?)- curioseó Ilmen al ver a la radiante Lothíriel.

-Nana (Mamá), Aran Thranduil quiere conversar con nosotros hoy por la noche.- señaló Lothíriel con un brillo especial en los ojos.

Ilmen dedujo de qué se trataba, se emocionó y abrazó a su hija dándole un beso en la frente. -Meleth nin, laitalë (Mi amor, bendiciones).-

-Nana (Mamá), iré a buscar a atto (padre) y a trabajar con la gente del Valle. Regresaré a tiempo.- dijo Lothíriel, saliendo como un huracán.

Ilmen sonrió al ver a su hija tan feliz. Ella sabía del amor que ambos se profesaban desde hacía mucho tiempo, sin embargo, a veces dudaba que la relación entre ambos pudiera llegar a consolidarse debido a la ajetreada y difícil vida que llevaba el monarca, y a la inseguridad de su hija, producto de su mala relación con el don que le había sido concedido. Ahora lo único que podía desear es que ambos tuvieran la capacidad de construir una vida feliz juntos. Aunque antes de eso, Isilion debía aprobar la unión, ella sabía que para el Consejero Real, no sería un asunto sencillo y no daría su bendición hasta en tanto se asegurara que su hija estaría en las mejores manos posibles.