Capítulo 37
Thranduil había entrenado después de concluir la reunión. De vuelta a sus aposentos se encontraba metido en la pila, tomando un baño. Pensando en el gran paso que daría, lo había deseado desde tiempo atrás, esperó siempre el momento adecuado, instantes de paz y armonía. Pero hacía mucho que aquello se había esfumado, ahora debían coexistir con una amenaza latente.
La amaba profundamente desde el instante que la viera detrás de aquella puerta en la casa de su preceptor. Quizá como Lothíriel le había dicho, el momento perfecto nunca llegaría, a menos que ellos lo construyeran. Salió del baño, se colocó una bata de seda roja, fue hacia uno de los muebles al lado de su cama y sacó un pequeño libro de plata. Lo abrió justo donde estaba la pintura de sus padres y se quedó largo rato mirándola, cómo hubiese deseado que ambos estuvieran con él acompañándolo, aconsejándolo…
-Aran Thranduil- llamaron desde el portón.
Thranduil suspiró y volvió a guardar la pintura de sus padres. -Tancave (Sí)- autorizó el Rey Elfo la entrada a Anardil.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), traigo lo que me ha pedido.- indicó el Jefe de la Guardia Real, entregándole al soberano una fina caja de caoba.
-Puedes retirarte.- dijo el soberano. El guardia hizo una reverencia y salió de los aposentos. Thranduil abrió la caja, dentro sobre unos pequeños cojincillos, estaba un precioso collar de fina confección, elaborado en oro blanco con pequeños diamantes engarzados que brillaban como las estrellas en la noche más oscura. Ese sería el obsequio que le daría a la elfa, una vez que su compromiso fuera formalizado.
Dejó la extraordinaria joya sobre la cama y se vistió con una elegante túnica en color vino, bordada con hilos de oro. Colocó sobre su cabeza dorada una corona de oro que simulada las ramas entrelazadas de los árboles, al centro un zafiro resplandecía soberbio.
-Aranya Thranduil (Mi Rey Thranduil)- dijeron desde el portón nuevamente.
-Pasa- respondió el elfo sinda.
Nimloth, la gobernanta del palacio, hizo una reverencia y se quedó mirando al monarca. El rey se veía imponentemente atractivo, alto, con su hermosa cabellera dorada y lacia esparcida por su espalda como una cascada de oro puro, sus penetrantes ojos azules relucían como la más fina joya de Arda y sus bellas facciones tenían una expresión serena.
-¿I dass carnen? (¿Está hecho?)- indagó el Rey Sinda ante el silencio de la elfa.
-Ná, Aran Thranduil (Sí, Rey Thranduil)- titubeó Nimloth, que al mirar al monarca se sonrojó visiblemente. –Había una botella de vino en su estudio y ya ha sido dispuesto el lugar de la reunión.- explicó evadiendo los ojos del soberano que parecía extrañado ante su actitud.
Thranduil hubiese querido ofrecer una cena formal, dada la importante ocasión. No obstante, la precaria situación que enfrentaba su reino impedía hacerlo, sólo aquella botella de vino podrían compartir. –Bien, iré en unos momentos más.- anunció. La elfa se retiró nerviosa.
Isilion e Ilmen caminaban tomados de la mano. Lothíriel iba a su lado cubierta por una capa plateada. La noche estaba despejada y la luna aparecía en todo lo alto, iluminando los diminutos copos de nieve que se depositaban por el bosque. El Consejero observaba a su hija con detenimiento, al tiempo que su esposa apretaba sutilmente su mano. Lothíriel sonreía cariñosamente a sus padres mientras tarareaba una canción. En su camino varios elfos observaron con curiosidad a aquella familia, que parecían radiantes luceros.
Anardil los encontró de camino y les pidió que lo siguieran. Lothíriel había creído que se reunirían en algunos de los salones del palacio, sin embargo, el camino fue desviándose poco a poco; hasta que llegaron a un precioso jardín de eterna primavera. Allí las hojas eran verdes, las flores mostraban sus más preciosas facetas, y una incesante cascada musicalizaba el ambiente. Había numerosas lucecillas de cristal de estrellas que iluminaban encantadoramente. Al centro, una mesa y cuatro sillas talladas en finas maderas. Sobre ésta una botella de vino y cuatro copas dispuestas.
Lothíriel estaba maravillada con aquél lugar que nunca había visto y que no sabía siquiera que existía. Allí el ambiente era agradablemente cálido, así que retiró su capa plateada, se agachó a oler las flores de vivos colores. Su padre y el guardia se quedaron estupefactos ante la hermosura de la elfa noldor.
-¿Atto (Papá) tú sabías de este lugar?- preguntó Lothíriel girándose hacia los elfos que la miraban. -¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- cuestionó, ante sus rostros asombrados.
Ilmen sonrió y tocó suavemente el brazo de su esposo.
–Veleth nin (Cariño), conozco este lugar, era el jardín de la Reina Amanthil.- explicó el Consejero Real, echando una mirada al espléndido lugar.
Por el bello rostro de la elfa un dejo de tristeza se asomó mientras observaba el increíble lugar. -¿Quién lo cuida ahora?- averiguó.
Anardil finalmente salió de su estupor y respondió. –El jardín permanece intacto desde el último día que la Reina Amanthil estuviera aquí. Nadie puede entrar, si no es con autorización del Rey Thranduil.- manifestó el Jefe de la Guardia Real recomponiéndose.
-Se dice que este lugar puede ocultarse de aquellos que no son bienvenidos en el Reino del Bosque.- apuntó Isilion, pensativo.
Lothíriel estaba realmente asombrada con la inigualable hermosura de ese lugar, pero sobre todo, con el amor que podía sentirse. Se agachó, rozó el césped son sus manos, después tocó una flor de grandes pétalos azules y cerró los ojos.
-Son todas para ti, si así lo deseas.- escuchó la característica y seductora voz del monarca. Abrió los ojos y éste le ofreció su mano para levantarse. Se incorporó y el soberano besó delicadamente su mano. Thranduil observó largamente la etérea belleza de la elfa de claros ojos grises y de piel inmaculada. Bajó sus ojos hacia su cuello; llevaba puesto la pequeña ave tallada en madera que él le regalara cuando eran pequeños, delineó el colgante con sus dedos, Lothíriel bajó la cabeza tímidamente.
-Alassëa lómë Aran Thranduil (Buenas noches Rey Thranduil).- saludó Lothíriel, con un temblor en su voz.
-Alassëa lómë, vanimelda (Buenas noches, hermosa)- dijo el Rey Elfo casi en un susurro, que erizó la piel de la noldor. El Rey Sinda le pareció aún más atractivo, elegante y majestuoso; a tal grado que le era difícil sostenerle la mirada sin que se sintiera abrumada.
Los presentes hicieron una reverencia. –Ai Aranya Thranduil (Salve Mi Rey Thranduil).- respondieron.
Isilion parecía visiblemente inquieto y examinaba meticulosamente al soberano.
Thranduil dirigió una mirada seria al Jefe de la Guardia Real y éste inclinó la cabeza antes de retirarse.
-¿Deseaba vernos Majestad?- preguntó Isilion, incómodo al ver la cercanía del rey y su hija.
-No (Así es). Tomemos asiento.- dijo el soberano.
Isilion, Ilmen y Lothíriel se sentaron frente al rey. El Consejero Real estaba ansioso y veía con reserva al monarca. Por su parte, Ilmen trataba de tranquilizar a su esposo, tomando su mano; y Lothíriel acomodaba nerviosamente su vestido.
Thranduil estaba sereno como el mar después de una tormenta y los miraba con mesura. –El motivo de esta reunión es porque deseo pedir a su hija en matrimonio.- declaró el Rey del Bosque Verde directamente, sin mayores preámbulos, pues no gustaba de las palabras inútiles.
Isilion se levantó de golpe del asiento y comenzó a caminar en círculos frotándose la barbilla con agitación. -¿Mana? (¿Qué?), ¿selman mana? (¿por qué razón?)-
Thranduil se recargó en el respaldo del asiento, miró a Lothíriel que confundida veía a su padre ir de aquí para allá.
-Isilion, meleth nin (mi amor), escuchemos lo que tienen que decirnos.- dijo Ilmen con voz suave.
-¡Espero respuestas!- señaló Isilion irritado, observando con severidad al Rey Elfo.
-Atto, alassenyan (Padre, por favor).- pidió Lothíriel, nerviosa ante el evidente enojo de su padre.
-Y tendrás las respuestas que deseas, se trata del futuro de su hija y lo entiendo.- declaró sosegado el Rey Thranduil.
-Mi corazón y espíritu han errado por impávidos esteros de lóbrega incertidumbre, y al final de los caminos recorridos, es el amor que le profeso, el lazo inquebrantable que mi alma ha encontrado para asirse a este mundo.- expresó Thranduil con sus relucientes ojos puestos en Lothíriel. La elfa derramó tímidas lágrimas que recorrieron sus mejillas.
-¿Lo mismo le dijo a las elfas que ha llevado a su lecho?, ¿se acordó del amor que dice tenerle a mi hija mientras yacía con ellas?, ¿qué fue lo que les prometió?- indagó Isilion acercándose nuevamente a la mesa con el rostro desencajado.
-¡Atto! (¡Padre!)- se levantó Lothíriel del asiento, escandalizada.
-¡Áva quetë Lothíriel! (¡Cállate Lothíriel!)- gritó su padre a la noldorin.
-¡Á pusta Isilion! (¡Basta Isilion!) Creo que debemos escuchar lo que Lothíriel tiene que decir al respecto.- opinó Ilmen, indicando a su hija que tomara asiento.
-Isilion, no esperaba menos de ti, como dije resolveré las dudas que haya que aclarar, sobre todo las de tu hija.- señaló el Rey Thranduil observándolo. –He sucumbido sí a esos goces censurados por nuestra comunidad, de por medio, no ha habido promesas de ningún tipo. Simplemente el placer por el placer mismo. ¿Por qué tendría que sentir algo por ellas para hacerlo?-dijo el soberano claramente.
Isilion no supo que pensar al respecto, cinismo o la cruda realidad. ¿O es que acaso no sabía qué hacer con lo que le decía el Rey Thranduil? –Ha habido rumores sobre usted e Imloth, incluso se dice que la elfa podría estar preñada.- advirtió.
Lothíriel se removió incómoda, levantó la cara y observó al Rey Elfo que increíblemente permanecía tranquilo. Francamente no sabía si deseaba escuchar todas aquellas confesiones.
-Los rumores son ciertos, pero ella no está embarazada.- aclaró con los ojos puestos en Ilmen.
Las elfas que ya habían sido madres podían identificar claramente cuando alguna estaba encinta. –No, no lo está.- confirmó Ilmen.
-Isilion, quiero escuchar lo que nuestra hija tiene que decir.- opinó con firmeza su esposa.
Lothíriel levantó la mirada hacia Thranduil. –Atto, ammë (Padre, madre); amo con todo mi corazón a Aran Thranduil. Él ha sido la bendición que los Valar enviaron a mi vida, una luz en mi oscuridad y la paz que mi alma anhelaba. Todos tenemos un pasado, un presente que nos hacen ser lo que somos, juzgarlo no nos corresponde. No tengo dudas de lo que hîr vuin (mi señor) siente por mí.Ha arriesgado su vida sin vacilar para salvar la mía, y yo elegí a ese pequeño príncipe de cabellos dorados que cuidó de mí.- pronunció conmovida sonriendo al Rey Sinda.
Ilmen dedicó una cálida sonrisa a Lothíriel y después observó a Isilion, que había vuelto a andar en círculos.
-Sin duda conmovedor, hija mía, pero para amar a alguien debes conocerlo, no sólo la parte positiva sino el lado oscuro que todos tenemos.- señaló el consejero.
-¿Y no es mi lado oscuro el más visible? Me interesa poco ir por ahí enmascarado en la absurda falsedad de una invulnerable bondad.- manifestó el monarca.
-Si usted se deja llevar por los placeres de la vida ¿qué futuro tendría mi hija con usted?- indagó severo, el elfo de ojos grises.
-Lothíriel es y será mi pasión y mi placer.- aseguró el Rey Sinda.
-¿Por qué ahora, por qué no antes?- cuestionó Isilion, colocando las manos sobre la mesa, examinando el rostro del monarca, queriendo encontrar los motivos suficientes para oponerse finalmente a esa unión.
-Porque en el pasado las ausencias me eran más difíciles de sobrellevar, en mi alma una gran tristeza lo nublaba todo. ¿Qué podría haberle ofrecido a Lothíriel entonces?- explicó el elfo de cabellos dorados.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil), veo honestidad en sus ojos y no dudo de lo que siente por mi hija. Pero hay algo que me inquieta, la oscuridad está creciendo en su interior, percibo una encarnizada lucha interna. Temo que mi Lothíriel quede atrapada en ella.- manifestó Ilmen.
Thranduil observó a los padres de Lothíriel. –Haré todo lo que esté a mi alcance para procurar su felicidad, jamás la expondría a peligro alguno.- aseguró el Rey Elfo.
Isilion insatisfecho ante la explicación del soberano, negó con la cabeza. -¿Dejaría usted de indagar en los poderes oscuros? Sus padres…- iba a agregar, cuando el Rey Thranduil se levantó del asiento y con expresión irritada se dirigió al Consejero Real.
-¡Mis padres están muertos! Cualquier cosa que puedas decir en su nombre no son más que especulaciones sin sentido. Hay asuntos que simplemente no me puedo permitir, tú lo sabes, mi deber como Rey del Bosque me lo exige.- manifestó implacable el elfo sinda, que detestaba que le hablaran de sus padres como si éste no los hubiese conocido.
-Aran Thranduil, he atestiguado el florecimiento del amor de mi hija, y por ello sé que si algo le sucediese a usted la luz de Lothíriel se extinguiría.- señaló Ilmen tomando la mano de su bella hija que presenciaba con ansiedad la tensa reunión.
-Lo entiendo, pero no puedo prometer más allá de lo que está en mis manos controlar.- aseveró el majestuoso elfo sinda.
-Atto, ammë (Padre, madre); deseo casarme con Aran Thranduil. Creo que tenemos la capacidad para crecer como pareja y estoy segura que hallaremos el mejor camino para nosotros. No hay perfección en este mundo, simplemente la voluntad de hacer las cosas lo mejor que podamos, y yo estoy dispuesta a hacerlo. – explicó Lothíriel. –Atto (Padre), no lo entiendo, has hablado de tu plena confianza, lealtad y admiración a Aran Thranduil. He escuchado decirte que ha hecho un buen trabajo como Rey del Bosque Verde, ¿por qué ahora de pronto las dudas te angustian?- averiguó.
-Porque deseo que mi tesoro más preciado sea procurado tanto o más que tu madre y yo, porque tu felicidad es lo más importante y porque deseo ante todo tu bienestar.- dijo Isilion acercándose a su hija.
-Atto (Padre) ¿qué te hace pensar que yo elegiría lo contrario para mí?- preguntó Lothíriel agarrando suavemente la mano de Isilion.
-Rey Thranduil, está consiente que somos elfos de la estirpe de los Noldor, de aquellos que se dejaron llevar por la avaricia, la cólera y la venganza. Aquellos que asesinaron sin remordimiento a sus congéneres, que engañaron y mancillaron a su pueblo. Que aún con el tiempo que llevamos habitando en sus tierras nos miran con recelo. Le juramos lealtad al Rey Oropher y a la Reina Amanthil, y por ello fuimos acogidos en este reino. Pienso que su Majestad me eligió Consejero Real para tenerme más cerca y controlado. Si confía plenamente en nuestra familia, nunca lo sabré.- explicaba Isilion mientras el Rey Thranduil caminaba con paso distinguido y pausado, escuchando con atención.
-Isilion ¿a dónde quieres llegar?- cuestionó Ilmen ante las crudas palabras de su esposo.
-¿Confía usted en nosotros? Creo conocerlo, sé que es un elfo de aguda inteligencia y que no toma decisiones improvisadas o precipitadas. ¿Escuchó lo que el Consejero Lewë pronunció aquella vez durante el juicio? Los Noldor llevamos con nosotros una carga impuesta por los Valar y ganada a pulso por las atrocidades cometidas. El Hado de los Noldor, le han llamado. ¿Está usted dispuesto a someterse a la posibilidad de que sobre su unión recaiga el infortunio de nuestra historia?- inquirió el Consejero Isilion, encarando al Rey del Bosque.
-Nan, atto (Pero, padre) ¿qué dices?- expresó Lothíriel incrédula, pero su madre le puso una mano sobre el hombro para que no interviniera. Aunque le doliera reconocerlo esa era una parte de su historia que no podía obviarse.
-¿Qué pensará el pueblo de su unión?- indagó Isilion observando a los ojos al monarca.
-El pueblo puede pensar lo que le plazca al respecto, mientras su bienestar esté garantizado, no condicionarán las decisiones sobre mi vida personal. Los Noldor se han vivido como elfos omnipotentes, y su orgullo los ha llevado a cometer excesos, no culpo a mi pueblo por desconfiar de tu gente. Procurar tener al enemigo más cerca que a los amigos es de suma importancia cuando se trata de dirigir y proteger un reino. Se te han encomendado responsabilidades en las que bien pudiste habernos traicionado, tu hija ha tenido la misma oportunidad, y no lo han hecho. Acompañaste a los Reyes del Bosque en batalla, sangraste con ellos por nuestro reino y cuidaste de su hijo cuando sucumbió al duelo de la muerte. Quizá las manos de tus ancestros estén manchadas con la sangre de sus hermanos, pero no han sido las tuyas las que empuñaron las espadas, no ha sido tu soberbia la que dirigió los ejércitos, no han sido tus palabras las que desafiaron a los Valar.- manifestó Thranduil para asombro del Consejero Isilion.
-Ha sido el valor de tu hija el que ha salvado a cientos de vidas, no sólo de elfos, sino de hombres. Es tu entrega al bienestar del pueblo la que contribuye al florecimiento del reino. Es el amor de tu esposa el que mantiene unida a tu familia. Te pregunto ahora, ¿a tu juicio dices que soy un buen dirigente, pero no soy lo suficientemente honorable como para casarme con tu hija?, ¿entonces, debo suponer que, juras lealtad a alguien del que desconfías? Dime ¿por qué habrías de preocuparte más tú que yo por el origen de tu familia?- explicó el Rey Sinda, haciendo una pausa para evaluar el rostro de sus interlocutores. -Conozco la historia de la Casa de Finwë, hubo en ella la dualidad en la que todo oscila, bondad y maldad; y te diré que cada uno tiene su propio significado al respecto. Fingolfin es parte de su sangre, un Alto Elfo Noldor, que peleó por su gente contra el mismo Morgoth, cuya valentía ennobleció el espíritu de su descendencia y logró que ésta obtuviera la misericordia de los Valar, que llevaría a la derrota de Melkor. ¿Qué sería ahora de nuestra gente sin la intervención de los Noldor?- analizó Thranduil concienzudamente.
Isilion meditó aturdido lo que había escuchado del soberano. Ciertamente había atrocidades inolvidables en la historia de los Noldor pero también había hazañas que lograron menguar el mal que azotaba a los pueblos de la Tierra Media. Con el tiempo la mayoría de su gente había interiorizado el rechazo que les recordaban todo el tiempo otros pueblos sobre las acciones de sus antepasados, lo que les había hecho olvidar las acciones con las que podían redimir su espíritu. -¿Qué habría sido de mi familia si los Reyes del Bosque Verde no nos hubiesen dado asilo?- reviró el Consejero más calmado.
–No pretendo ser insolente atto (padre), pero ¿quién mejor que yo puede saber lo que me hace feliz?- reflexionó la hermosa elfa noldorin.
-Aran Thranduil, temo que no me comprende. No deseo ver a mi hija suplicar atención ante sus innumerables obligaciones, no deseo que mi pequeña sólo sea una sombra suya, no deseo que sólo sea usada para engendrarle un heredero, no deseo verla abandonada cuando las cosas se pongan difíciles, no deseo verla vagar anhelante durante largas temporadas, y menos verla sufrir si usted llegara a morir…- decía alterado Isilion. Ilmen se puso de pie y fue junto a su esposo.
-Meleth nin (Mi amor), el futuro nos produce angustia a todos pero nadie puede saber con exactitud lo que sucederá; porque como nos ha mostrado nuestra hija, el futuro cambia constantemente y lo que pudo haber sido, mañana quizá ya no sea. ¿Cómo podríamos controlar algo así? Sólo podemos confiar en que nuestras decisiones nos llevarán al camino que soñamos. Isilion, Lothíriel ha elegido, no me interpondré porque he visto el amor que se han profesado por años, sólo deseo que ambos sean muy felices y que las bendiciones de los Valar colmen su unión.- expresó Ilmen dirigiéndose al Rey Elfo y a Lothíriel.
Isilion caminó hasta su hija, miró largamente sus bellos ojos, en ese instante recordó la primera vez que contempló ese hermoso rostro sonreírle desde una manta blanca que la cubría mientras yacía sobre el pecho de su esposa; le agarró la cabeza con ambas manos y le dio un beso en la frente. –Si ese es el designio de tu corazón que la bendición de Ilúvatar y los Valar los acompañen siempre.- pronunció solemnemente. –Te amamos.- dijeron ambos elfos noldor abrazando cariñosamente a su hija.
-Atto, ammë; hantanyel órenyallo (Papá, mamá; desde el fondo de mi corazón, gracias). Los amo.- manifestó Lothíriel emocionada.
De inmediato se encaminó al elfo sinda, él se aproximó la tomó de la mano.-Gi melin Lothíriel (Te amo Lothíriel).- expresó besando una de sus manos.
-Melin tye Aran Thranduil (Te amo Rey Thranduil).- dijo la elfa derramando lágrimas de felicidad que fueron limpiadas gentilmente por el Rey Sinda.
-La amo y eso no cambiará.- aseguró el Rey del Bosque dirigiéndose al Consejero y a su esposa.
El Rey del Bosque caminó hasta la mesa y agarró la fina caja de caoba. -Ocólien sina pitya anna len (He traído este pequeño regalo para ti)- dijo.
Lothíriel agarró la caja, la abrió cuidadosamente y observó el fulgor de los diamantes del precioso collar. - ¡Vanya! (¡Qué hermoso!)- opinó la elfa.
-Permíteme.- dijo Thranduil, agarrando el collar y colocándolo alrededor del estilizado cuello de la elfa. -Sina lá túra carië lë yonta vanya, á lissë lossë (Esto no puede embellecerte más)- le dijo al oído cuando le puso la joya.
-Esta noche incluso la estrella más brillante envidiaría tu belleza, hija mía.- expresó Ilmen.
-Hannon le, Aran vuin (Gracias, amado rey)- indicó Lothíriel, haciendo un ligera reverencia.
-Mañana mismo anunciaré nuestro compromiso.- aseguró El Rey del Bosque, destapando la botella de vino.
Isilion, Ilmen y Lothíriel se acercaron a la mesa, tomaron sus copas, las alzaron. -Andave laituvalmet (Largamente los bendeciremos)- pronunciaron solemnemente los padres de la elfa, y bebieron. Isilion y Thranduil tomaron el vino de un sorbo. Finalmente entre ambos se terminaron la botella.
-Isilion, meleth nin, a lelyalmë. (Isilion, mi amor, vamos)- sugirió Ilmen, tomando a su esposo de la mano para que dejaran solos a la pareja. El Consejero Real, dudó y observó a su hija que conversaba animadamente con el Rey Elfo. –Ya habrá tiempo para hablar.- agregó su esposa. Ambos se pusieron de pie llamando la atención de la pareja.
-Aran Thranduil, nos retiramos, alassëa lómë (buenas noches)- se despidió Ilmen.
- Alassëa lómë (Buenas noches)- dijo Thranduil, poniéndose de pie junto con Lothíriel.
-Lothíriel no tardes.- dijo Isilion con un dejo de tristeza en el rostro.
-Áva sorya atto (No te preocupes papá)- respondió la preciosa noldorin. Los elfos hicieron una reverencia y se alejaron del lugar.
-Me siento muy feliz, aran vuin, hannon le (amado rey, gracias).- decía Lothíriel cuando sus labios fueron cerrados por un apasionado beso del Rey Elfo, que la dejó sin aliento. Thranduil la levantó del suelo por la cintura y colocó su rostro entre el cuello y hombro de ella, absorbiendo su embriagante aroma.
-Thranduil, meleth nin, gi melin (Thranduil, mi amor, te amo).- pronunció Lothíriel. Escuchó la acompasada respiración del elfo de cabellos de plata. –Tanto tiempo te esperé, y ahora tenemos la eternidad para nosotros. Soy tan feliz.- expresó.
Thranduil depositó a la elfa sobre el césped lleno de hermosas flores. –Le fael, vanimelda rîs vuin (Te lo agradezco, hermosa reina amada)- pronunció dedicándole una sonrisa.
Lothíriel se ruborizó ante aquellas palabras que escuchaba por vez primera -Me haces feliz cuando sonríes.- le aseguró al monarca.
Thranduil era un elfo que sonreía poco, sus emociones las reservaba para sí. Tenía un fuerte temperamento, severo, disciplinado y agudamente inteligente. Aborrecía la mentira, el victimismo, la traición, la pasividad y la insolencia. Prefería la introspección, el análisis y la acción. Podía llegar a ser intolerante, irascible e incluso insensible. Pero también era juicioso, leal, valiente, enérgico y comprometido. Cuando se despojaba de su investidura de Rey del Bosque, se permitía ser aventurero, espontáneo y temerario.
Lothíriel amaba esa enigmática personalidad. Había leído aquellas hermosas prosas y poemas que versaban sobre el mar, y siempre había pensado que Thranduil parecía contener el mar en su ser, podía verlo en sus ojos. Era hermoso, seductor, poderoso; pero también era impredecible y peligroso.
-Thranduil no sabía que este bello lugar existiera, cuéntame su historia.- pidió la futura reina, sentándose en el verde pasto.
El Rey Elfo se sentó a su lado y pensó un poco.-Este lugar era el sitio preferido de mi naneth (madre), al principio era sólo el paso del arroyo, pero con el tiempo ella le dio vida, logró que se mantuviera siempre floreciente sin importar las estaciones y consiguió convertirlo en su fortaleza secreta. Ni siquiera mi adar (padre) podía encontrarlo si la reina no lo permitía. Creo que el único que tenía acceso irrestricto era yo. Aquí hay antiguas memorias de mi infancia, mi madre me instruía aquí, me contaba la historia de nuestra gente y, por supuesto, me reprendía cuando era necesario.- explicó.
-Creo que el amor de tu madre mora incondicional y poderoso en todo lo que alguna vez fue importante para ella, especialmente en ti. Yavanna debió haber bendecido a tu madre entregándole tan esplendoroso don.- pronunció Lothíriel, sonriendo con calidez.
Thranduil se quedó ensimismado observando el lugar, el tema de sus padres, no era frecuentemente abordado por él y lo evitaba a toda costa, pues le resultaba incómodamente doloroso.
Lothíriel notó el cambio en el elfo sinda, pronunció algunas palabras por lo bajo mientras arrancaba una de las extraordinarias flores azuladas, ésta comenzó a emitir pulsaciones que alumbraban primorosamente el contorno y tallo de la flor. –Thranduil como esta flor, nuestro amor no morirá, no importa que.- dijo entregándole la flor que había llenado con la fuerza vital del pueblo eldar.
Thranduil tomó la flor delicadamente entre sus manos, una calidez reconfortante le transmitió, su corazón agitado se calmó. -¡Násië! (¡Que así sea!)- pronunció el Rey Elfo, besando a Lothíriel mientras suavemente la recostaba sobre el pasto. El corazón de Lothíriel se aceleró, su cuerpo temblaba ante las caricias de su amado rey. Thranduil notó la agitación de la elfa y detuvo el contacto. La observó por largos minutos, su belleza deslumbrante lo dejó atónito. En sus años sobre la Tierra Media jamás había visto criatura más bella. Bajó sus ojos a su cuello y con sus dedos bordeó el collar, hasta llegar a la pequeña ave tallada en madera que le regalara en su infancia.
Lothíriel sintió el fuego y el deseo del Rey Elfo, sus profundos ojos azules la miraban, ella se sonrojó e intentó desviar la mirada, pero el elfo sinda detuvo sutilmente su rostro. Ella también lo deseaba, pero tenía miedo y quería esperar hasta que su matrimonio se llevara a cabo.
-Cada uno de los tres diamantes del collar perteneció y fue engarzado por un miembro de mi familia. El diamante de la derecha perteneció a mi madre, el de la izquierda a mi padre y el del centro era mío. Los trabajos en oro blanco fueron hechos por los más habilidosos orfebres del reino. Además fue llevado por mis padres cuando viajaban a lo largo del Anduin y fueron advertidos por Ulmo de la guerra que se avecinaba, sus aguas bañaron sus gemas y su resplandor iluminó su camino de vuelta al Bosque Verde. Desde ese momento se le conoce como "la luz del sendero".
-Es muy hermoso pero le perteneció a tu familia, el mismo Ulmo depositó en el su bendición para que tus padres retornaran con bien al Bosque Verde. ¿Estás seguro que deseas que yo lo tenga?- averiguó Lothíriel sentándose.
-Serás mi familia y quiero que lo tengas.- respondió el Rey Sinda.
-Es un honor, hannon le (gracias).- dijo la elfa noldorin. Lothíriel se quedó pensativa observando la extraordinaria joya. Hacía mucho tiempo atrás su gente había sido seducida por el poder de sus propias creaciones, siendo arrastrados por un sentimiento de suficiencia y de avaricia por el poder, desafiaron a aquellos que les habían enseñado y provisto de todo cuanto ahora se creían dueños. Enceguecidos por el orgullo, la ira, la venganza y la omnipotencia arrasaron con otros y con ellos mismos. Condenándose al exilio, la vida errante y el desprecio.
-Av-'osto, quetuvalme. (No te preocupes, hablaremos)- dijo Thranduil al notar la inquietud en el rostro de la elfa. Se incorporó y extendió su mano a la noldorin.
El cielo comenzaba a clarear y las estrellas iban despidiéndose paulatinamente. –Thranduil, mauya nin avánië (debo irme), atto (papá) debe estar exasperado.- advirtió con una sonrisa traviesa.
-Convocaré al Consejo y al pueblo para anunciar nuestro compromiso. Reúnete conmigo en un par de horas.- indicó el elfo sinda.
-De acuerdo, allí estaré.- asintió Lothíriel colocándose su capa y guardando la caja donde había estado la joya.
-Deberé asignarte una guardia.- dijo el monarca, cuando salían del esplendoroso lugar. Una ráfaga de viento helado golpeó sus rostros. Lothíriel se contrajo bruscamente al sentir el intenso frío y apretó la mano del soberano.
-¿Ma mauya? (¿Es necesario?)- preguntó la elfa de mirada transparente. Lothíriel no se imaginaba ser custodiada todo el tiempo, se sentiría realmente incómoda.
-Lothíriel a mí tampoco me resulta grato pero es necesario, y más dadas las circunstancias en las que nos encontramos. Además me sentiría más tranquilo.- declaró Thranduil, sabiendo que él mismo ordenaba constantemente a sus guardias dejarlo solo. No obstante, Lothíriel había estado expuesta a muchos peligros que pusieron en entredicho su vida y no permitiría que eso volviera a suceder.
-Está bien, pero por favor cuídate tú también. Omentuvalme, Aran vuin Thranduil (Nos veremos, amado Rey Thranduil).- se despidió Lothíriel haciendo una respetuosa reverencia.
Thranduil besó su mano, cuando levantó el rostro, divisó la sombra de Anardil en el pasillo. –Anardil- lo llamó el monarca. El jefe de la Guardia Real se acercó rápidamente haciendo una reverencia.
-Hîr vuin Thranduil (Mi señor Thranduil)- se presentó.
-Necesito que elijas a tus mejores guardias y los coloques bajo las órdenes de Lothíriel.- mandó el soberano.
Anardil miró a Lothíriel, quien le dedicó una amable sonrisa. –Por favor, venga conmigo.- indicó.
Thranduil se dirigió de inmediato hasta su despacho y Lothíriel fue acompañada por Anardil hasta su hogar. –Lothíriel, le enviaré enseguida a su guardia. Con su permiso.- dijo educadamente el soldado.
-Hannon le Anardil (Gracias Anardil).- dijo Lothíriel, en cuanto ingresó a su hogar vio a su padre sentado en la silla próxima a la puerta, con semblante realmente molesto.
-Te esperaba hace horas Lothíriel. Podrás estar comprometida ahora, pero nos debes respeto.- pronunció enojado el Consejero Real.
-¿Man-ie Isilion? (¿Qué pasa Isilion?)- preguntó su esposa saliendo de su habitación.
-Melin tye atto (Te amo papá) y eso no cambiará nunca.- dijo calmadamente Lothíriel y le dio un cariñoso beso a su padre, el cual, quedó desarmado.
-Tranquilo hodo-ninya (mi corazón), a tulë asenyë (ven conmigo).- Ilmen llevó consigo al Consejero a su habitación para que descansaran un poco.
Lothíriel se introdujo en la pila con agua caliente, sumergió el rostro y sonrió bajo el agua. Cuando terminó de asearse se vistió con un delicado vestido azul oscuro, trenzó su cabello azabache y lo adornó con pequeñas flores fabricadas en plata, se acercó a su cama donde había depositado el collar y volvió a maravillarse con la belleza de la joya. Una ventisca golpeó con fuerza el ventanal de su habitación. Lothíriel se aproximó extrañada. La luz naranja del amanecer coloreaba el bosque.
Un dolor agonizante le atravesó el pecho e inmediatamente la sofocó. Su vista se nubló y cayó de rodillas, tocó con sus manos a su alrededor, sintió el piso rocoso, frío y mohoso. Con lo poco que distinguía, observó con aprensión a su alrededor, al frente de ella unos toscos barrotes cubrían su prisión, la obscuridad era casi total, sólo un halo de luz se colaba por un pequeño agujero en la pared trasera. Intentó levantarse cuando reparó en que sus muñecas y tobillos estaban sujetos por pesadas cadenas. Comenzó a desesperar.
Un crujido metálico la puso en alerta. Del techo unos afilados picos descendían con mortal lentitud, un olor pútrido la mareó, escuchó rocas deslizarse y se pegó a la pared como intentando ocultarse. De pronto, cientos de cabezas comenzaron a llenar la celda, la elfa se horrorizó, intentó erguirse pero las cadenas la mantenía en el suelo, aquellos despojos se aglomeraron sobre su cuerpo hasta que sólo su cabeza quedó libre. Hizo un esfuerzo por aguzar la vista, los rostros muertos pertenecían en su mayoría a elfos, aunque había también hombres y otras criaturas.
El llanto de un bebé rompió el silencio sepulcral de aquella oscuridad, parecía provenir del otro lado de los barrotes, lo que le produjo una angustia inusual, bajó un poco la cara y gritó; cuando se dio cuenta de que los rostros de las cabezas frente a ella, eran las de sus padres. Entonces una carcajada siniestra hizo retumbar el lugar. "Cuando volvamos a encontrarnos la sangre ahogará la tierra" escuchó pronunciar la lengua negra. Al instante, el techo con las puntas metálicas cayó sobre ella clavándose terriblemente en su cuerpo.
Sobresaltada y con el corazón en la garganta, Lothíriel salió del trance para encontrarse de rodillas a un lado de su cama, temblando y con las extremidades entumecidas. La ventana de su habitación había estallado y los cristales se habían esparcido por su vestido. Se levantó con dificultad al escuchar pasos acercarse con prontitud.
-¿Lothíriel?- llamó su padre desde su puerta.
-Pasa atto (papá)- dijo la noldorin con voz trémula.
-¿Estás bien?, ¿qué ha pasado?- se acercó el Consejero a su hija que tenía una extraña palidez en su rostro.
-Nan mara atto (Estoy bien papá). La ventana se quebró por el fuerte vendaval y me tomó por sorpresa, es todo.- disimuló Lothíriel, evitando la mirada escrutadora de su padre.
-La arreglaré.- dijo Isilion al percibir que su hija le ocultaba algo. –Lothíriel te aguarda el Jefe de la Guardia Real.- anunció su padre al salir de la habitación.
-Hannon le (Gracias), iré enseguida.- Lothíriel trató de recomponerse, pero sentía el pecho oprimido y una niebla gris cubriendo su espíritu. El llanto de ese pequeño, lo había escuchado antes y cada vez que quería acercarse algo terminaba alejándola. Sentía la necesidad de protegerle y acallar su angustia. ¿De qué se trataba todo aquello? Sus padres masacrados… respiró profundamente, y se dio media vuelta.
-Sabes que puedes confiar en nosotros.- dijo su madre desde la puerta de su recámara. Podía leer en los ojos de su hija que algo no iba bien, pero no quiso presionarla para que hablara. Simplemente quería hacerle saber que estaría allí, si ella lo necesitaba.
-Por supuesto, ammë (madre).- salió la elfa al recibidor.
-Alassi'aure Lothíriel (Buenos días Lothíriel), le presento a Nenthil.- dijo Anardil. Se trataba de un elfo alto, de cabello y ojos castaños, de piel blanca, fuerte y con una cicatriz en la ceja derecha. El elfo saludó educadamente. –Y él es Giliath- un elfo espigado, alto, de tez pálida, ojos y cabello negros. -Ambos miembros destacados de la Guardia Real, ellos se encargarán de su seguridad de ahora en adelante, por favor, si hay algún inconveniente hágamelo saber.- agregó.
-Alassi'aure, maare tulde. Nányë Lothíriel (Buenos días, bienvenidos. Soy Lothíriel)- saludó cortésmente la elfa noldorin.
-Estamos a su servicio Mi Lady.- dijeron ambos elfos, con una inclinación.
-Lothíriel, puede confiar en ellos plenamente, son excelentes guerreros y de reputación intachable. Ambos fueron aprobados por Su Majestad.- explicó Anardil.
Lothíriel se sintió nerviosa en dicha situación, no estaba acostumbrada a dar órdenes y a ser vigilada todo el tiempo. Se quedó pensativa un instante, abstraída por su más reciente visión, sus manos temblaban visiblemente y un frío congelante azotaba su cuerpo.
-¿Lothíriel se encuentra bien?- averiguó Anardil, al observar la perturbación en el rostro de la elfa.
-Á, tancave (Oh, sí)…- respondió distraída.
-Lothíriel, Aran Thranduil, la espera en una hora.- indicó Anardil, intrigado por el aspecto macilento que presentaba la noldorin.
