Capítulo 39

Finalmente arribaron a las cercanías del Pueblo de los Hombres del Bosque. Belthil observó a Ivorwen, la cual, estaba visiblemente entristecida y decaída. El guardia que los acompañaba vio a un jinete acercarse e, inmediatamente fue a interceptarlo. -¿Quién eres?- preguntó el elfo al hombre.

-Estás fuera de tu hogar elfo, las preguntas las haré yo.- dijo Gilbre agresivamente. El elfo desenvainó la espada y, en ese instante apareció Belthil.

-¡Ah Belthil del pueblo del Valle!- vociferó con cierta ironía, el jefe de los guerreros de aquél pueblo.

-¡Basta, el guardia nos acompaña!- explicó, con hartazgo, el Embajador.

-En ese caso, dejaré su cabeza sobre sus hombros.- dijo Gilbre, soltando una sonora carcajada. El elfo le dirigió una expresión de desagrado, mientras guardaba su espada. – ¿Has traído lo que prometiste?- inquirió el hombre.

Belthil asintió, su hija se aproximó observando fijamente a aquél hombre. Gilbre la estudió, la mujer era muy bella y, sus exóticos cabellos rojos, le parecieron en realidad muy atractivos. Él intentó acariciarla pero la mujer lo alejó con un manotazo. -¡Ni se te ocurra tocarme!- advirtió Ivorwen seriamente.

El hombre barbado sonrió satisfecho. –Creo que le agradarás a Amond.- opinó. ¡Ahora, denme sus armas y síganme!- exigió Gilbre, cuando fue alcanzado por dos hombres que, rápidamente se dedicaron a registrar a los recién llegados.

Ninguno de ellos había reparado en la lesión de Ivorwen, ella aún tenía la esperanza de que cuando el líder de aquellos lugareños la mirara se desilusionara y, entonces ella podría volver con su padre… y con Vorondil.

Al entrar al pueblo, los habitantes los examinaban con recelo, aunque reconocieron al Embajador, no confiaban en los forasteros.

-¡Amond!, ¡Amond!- gritó estridentemente Gilbre.

-¡Maldición, cállate de una buena vez! ¿Qué es lo que quieres?- reprendió el corpulento hombre rubio que salía de la cabaña, donde se habían reunido varios días atrás.

-Amond ha vuelto Belthil.- anunció Gilbre, desmontando su caballo.

-Ya veo.- de inmediato sus ojos se desviaron a la joven mujer de rizos pelirrojos, piel blanca y profundos ojos verdes. Le pareció realmente hermosa, incluso pensó que se trataba de una elfa, hasta que se acercó lo suficiente para cerciorarse que no lo fuera. Ivorwen no le quitó la mirada de encima.

-Eres muy hermosa. Dime ¿cuál es tu nombre?- preguntó Amond, pero Ivorwen no respondió.

-Ella es mi hija, su nombre es Ivorwen.- intervino Belthil.

-¿Es muda?, ¿por qué no contesta? Bueno aunque creo que sería mejor, no tolero a las mujeres escandalosas.- apuntó Amond, con los ojos puestos en la joven.

-¡No soy muda, estoy coja!- profirió Ivorwen, enojada.

Amond y Gilbre la observaron detenidamente hasta que repararon en ello. Ivorwen descendió de su caballo y tomó sus muletas acercándose a los hombres. –¡Una lisiada!- dijo irritado el hombre de barba oscura. -¿Qué te has creído? ¡Maldito estafador!- gruñó el hombre, aventando al Embajador. El elfo se interpuso entre ambos.

-Mi hija es una gran muchacha, de corazón noble y gran belleza. Su pie fue arrancado por los orcos que atacaron nuestro pueblo, pero fue muy valiente y, fue ella, la que cabalgó por ayuda.- explicó el Embajador Belhtil.

Ivorwen se sentía aprensiva, Gilbre había desenvainado su espada y parecía un animal furioso. Sin embargo, Amond seguía observándola atentamente sin decir palabra alguna, hasta ese momento. -¡Basta! Me quedaré con tu hija, pero no te proporcionaré las manos de mis hombres, por lo demás comenzaremos con los preparativos para que partan de inmediato hacia tu pueblo.

Ivorwen sintió que el suelo se movía como el agua bajo sus pies, un vacío en el estómago y un vuelco de su corazón fueron los testigos de la muerte de su esperanza. Alzó la vista y observó a su alrededor, como buscando la figura de Vorondil, entre la espesura del bosque. Quiso llorar y abandonarse a la desesperación, pero todo lo guardó para sí. No les daría el gusto.

-¡Vamos mujer!- dijo Amond bruscamente, empujándola.

Belthil tenía el alma atribulada por la pena, escuchó, habló y acordó los términos bajo los que se llevarían a cabo las acciones. Todo aquél día habían estado cargando carretas con animales, sacos con semillas, herramientas y materiales. Al día siguiente viajarían por los linderos del bosque hasta el Pueblo del Valle.

Ese mismo día Amond anunció su boda con Ivorwen. El pueblo profirió algunas burlas por la lesión de la joven e, incluso otros más, proponían que la mujer fuera vendida a alguno de los burdeles, con lo cual podrían hacer dinero con ella. Belthil se peleó brutalmente a golpes con aquellos hombres, hasta que fue separado por Gilbre, que se sorprendió ante la habilidad del hombre para la lucha.

-Debe prometer que cuidará de ella, le he entregado lo más preciado para mí… por favor, la amo con todo mí ser.- demandó Belthil a Amond.

-Ella ahora me pertenece y su destino dependerá de su valía como esposa y, del cumplimiento de nuestro acuerdo.- manifestó el hombre rubio.

-¡Lárgate antes de que me arrepienta de ayudarte!- exigió Amond, sacando a empujones al golpeado Embajador.

Ivorwen se quedó a solas en la cabaña con aquel hombre, ella lo veía con nerviosismo pero sin mostrarse intimidada por él. La rodeó y se colocó detrás de ella, olfateándola como si de un animal se tratara. Ivorwen se volvió y se alejó. –Me gustan las mujeres impetuosas.- opinó Amond, atrayendo a la joven por la cintura. Ella se resistió y lo golpeó con una de sus muletas. El hombre enojado la aventó a la cama maltrecha y, rompió con las piernas las muletas, para después arrojarlas al fuego de la chimenea.

-¡No! ¿Cómo pudiste?- se quejó la muchacha, viendo arder lo último que le quedaba de Vorondil. -¡Maldito!-

-Ahora tendrás que arrastrarte mujer, si quieres vivir como los gusanos que así sea.- dijo el hombre, saliendo de la cabaña dando un sonoro portazo.

Ivorwen se levantó de inmediato de la cama, como pudo llegó a la chimenea, se agachó y con el atizador logró sacar un trozo de madera de una de las muletas y, lo miró con lágrimas en los ojos. –Vorondil- se lamentó amargamente.

-Será mejor que tengas cuidado niña, deberás aprender a complacerlo si quieres sobrevivir y conseguir lo que deseas de él. Le gustas, y por menos de lo que has hecho hoy, muchas otras ya se hubieran llevado una espantosa golpiza.- comentó una mujer regordeta de mejillas encendidas.

Ivorwen se sobresaltó al escucharla. -¿Quién eres?- preguntó confundida.

-Mi nombre es Mairel, me encargo de la casa de Amond.- dijo la mujer, ayudando a Ivorwen a levantarse. –El corazón no te servirá de nada aquí, es mejor que aceptes tu realidad y seas inteligente.- agregó, mientras buscaba algunas mantas en una mullida cajonera de madera. –Ven conmigo, por ahora el atizador te servirá como bastón, ya veré que puedo conseguirte para que camines… dormirás en la habitación a lado de la mía, es pequeña pero allí podrás descansar.- señaló guiando a la joven pelirroja.

La cabaña era oscura, sólo la luz de la chimenea y la vela que cargaba Mairel iluminaba el pasillo. Habían tres habitaciones pequeñas, pero limpias y disponibles. La del fondo pertenecía a la mujer, una antes de aquella fue donde entraron, encendió un quinqué, extendió las sábanas en la pequeña cama y recorrió las cortinas de la ventana. –Descansa niña, avísame si necesitas algo.- dijo la mujer, saliendo de la habitación.

Ivorwen observó el cuarto, era pequeño, había un par de cajoneras, una mesa con una jarra con agua justo al lado del quinqué, una silla que seguramente había visto mejores días y, pegada a la pared, una cama con un gran almohadón. Por la ventana que quedaba en la cabecera de la cama, se colaba la tenue luz nocturna, se quitó la bota y subió al colchón para poder observar por la ventana. El pueblo se iluminaba con un color rojizo producto de las antorchas y las fogatas, de las chimeneas salía constantemente humo negro y del cielo nocturno pocas estrellas podía apreciar desde ahí.

-Tendrás hambre, supongo, dejaré esto por aquí.- entró Mairel con un par de frutas que colocó sobre la mesa.

-Mi nombre es Ivorwen… gracias.- dijo aún montada sobre la cama. La mujer no dijo nada y salió de la habitación.

La joven se acostó pesadamente sobre la cama, miró al techo, cerró los ojos y en sus sueños volvió a ver a Vorondil.

-Lothíriel, la cabalgata de los galadhrim ha llegado, Aran Thranduil ha dado su consentimiento para que partan inmediatamente.- indicó el Consejero Lenwë.

-De acuerdo, gracias Consejero. Le mantendré informado.- señaló Lothíriel. El Consejero dio media vuelta y se marchó.

-Permítame felicitarla Lady Lothíriel, por su compromiso con el Rey del Bosque- dijo el elfo de Lórien. –Espero que disculpe mi insolencia.- mencionó el atractivo elfo, refiriéndose a la invitación que le hiciera a la noldorin.

-Á, áva sorya (Oh, no se preocupe) usted no podría haberlo sabido.- dijo Lothíriel.

En ese momento una caravana de unos cincuenta jinetes elfos arribaron a las cercanías del palacio del reino. El elfo que platicaba con Lothíriel y ella fueron inmediatamente a recibirlos. Los pusieron al tanto de la estrategia a la que se apegarían las acciones. Posteriormente prosiguieron con el acomodo de herramientas, materiales y la organización de la cabalgata. La elfa noldorin había decidido dirigirse al Pueblo del Valle, así que, se fue a su casa a informar a sus padres y a pertrecharse adecuadamente para el viaje. Inmediatamente después fue a entrevistarse con el Rey Elfo para ponerlo al tanto de las últimas decisiones.

-Entre- dijo Thranduil, que se encontraba reunido con Seregon y el Consejero Lenwë.

-Aran Thranduil, Lady Lothíriel le busca.- comunicó Anardil, desde la puerta del despacho.

El Rey Elfo dirigió una mirada seria a sus interlocutores y, éstos hicieron una reverencia antes de retirarse al pasillo, mientras el monarca recibía a la noldorin.

-Alasë len Lothíriel (Felicidad para ti Lothíriel)- felicitó Seregon, con una amable reverencia, cuando se encontró a la elfa en el pasillo.

-Hantalë, Seregon (Gracias, Seregon)- respondió Lothíriel sonriendo y, entró al despacho, no sin antes escuchar al Consejero mencionar a Vorondil.

-Ai, Aran vuin (Salve, Mi Amado Rey)- saludó Lothíriel con una reverencia.

-Ai Lothíriel, vanimelda (Salve, Lothíriel hermosa)- respondió Thranduil, aproximándose felinamente para besarla.

-Meleth nin (Mi amor), todo está listo para que los galadhrim, los hombres, los elfos del bosque y yo; partamos de inmediato rumbo al Pueblo del Valle.- explicó Lothíriel.

Thranduil caminó pensativo por el despacho. No deseaba que la elfa volviera a aquél lugar donde creyó haberla perdido.

-Thranduil es mi responsabilidad, además no siento peligro alguno en este momento. Elmoth y el grupo que han estado allí por un tiempo no han dado aviso de algún acontecimiento fuera de lo ordinario.- manifestó la bella noldorin.

-De acuerdo, pueden marcharse inmediatamente. Lothíriel…- aprobó el Rey Sinda.

Lothíriel acarició suavemente la mejilla del elfo. -Av-'osto (No te preocupes) seremos cuidadosos.- aseguró.

-Eso espero… ¡Guardia!- demandó el Rey Elfo e inmediatamente apareció Anardil en el portón. –Que entren Nenthil y Giliath- ordenó.

-Hïr vuin Thranduil (Mi Señor Thranduil)- saludaron los escoltas de Lothíriel.

-Irán con Lothíriel al Pueblo del Valle, por lo tanto, su seguridad dependerá plenamente de ustedes. Confío en que sus capacidades de discernimiento y fuerza, serán justamente empleadas.- emplazó inflexible, el soberano.

-Por supuesto Majestad, cuente con ello.- dijo Gilliath.

-Eso espero o me responderán con sus vidas…- sentenció sin miramientos, el monarca.

-Aranya, an ngell nîn (Mi Rey, por favor).- expresó Lothíriel, con aprensión ante las palabras del elfo sinda.

La escolta se retiró y Lothíriel se quedó nuevamente a solas con el Rey del Bosque. –Lothíriel no confío en Elmoth y lo sabes…- decía el soberano con seriedad.

-Iston (Lo sé), pero confía en mí.- expresó ella con algo de inquietud en la mirada.

-Ese tema no lo discutiré, Vorondil deberá asumir las consecuencias de sus decisiones, es todo.- mencionó tajante el monarca, adelantándose a la preocupación de Lothíriel.

-No deseo entrometerme, simplemente…- intentaba interceder por el elfo que, en su desesperación, había transgredido las órdenes del rey.

-Ava (No lo hagas).- indicó con severidad el soberano, regresando a su asiento.

-Thranduil, amin hiraetha, (lo siento), no estoy desafiando tu autoridad, ni intento cuestionar tus decisiones, pero espero que no pretendas que yo sea un eco tuyo. Me gustaría que escucharas mi opinión, aún si no estás de acuerdo, es importante para mí.- expuso Lothíriel a Thranduil, quien la examinaba desde su asiento, con el codo recargado en el brazo de la silla y los dedos de la mano sobre la sien.

-Vanta máravë, mára mesta (Ve con bien, buen viaje)- concluyó tajante, Thranduil.

-Tenna rato Aran Thranduil (Hasta pronto Rey Thranduil)- se despidió la elfa, haciendo una reverencia y abandonando el despacho. Seregon y el Consejero que aguardaban en el pasillo volvieron a entrar.

Lothíriel partió de inmediato junto a los galadhrim, los elfos del bosque y los hombres. Una nutrida caravana, de al menos cien jinetes, comenzó el viaje con destino al Pueblo del Valle.

Vorondil había sido recluido en una celda, había pedido a todo guardia con el que se encontraba que le permitieran hablar con el monarca, quería explicar y pedir su comprensión sobre su actuar. El elfo estaba desesperado, podía sentir que había perdido a Ivorwen definitivamente y, la ansiedad que lo invadía le consumía el discernimiento. Thranduil había ordenado a Seregon asumir nuevamente el liderazgo de la Guardia del Bosque Verde y mantener aprisionado al elfo hasta en tanto supiera que el trato de los hombres hubiera quedado sellado.

-No lo sé Gilbre, creo que me casaré mañana mismo con ella. No me gustaría que Belthil decidiera hacer un movimiento impulsivo.- indicó Amond, mientras bebía licor con el líder de sus soldados, frente a una gran fogata.

-Amond, sabes que si el Embajador decidiera hacerse el valiente, lo aplastaríamos a él y a su gente con facilidad.- mencionó el hombre de barba oscura.

-Lo sé, pero no si tiene el respaldo de los elfos.- apuntó el hombre rubio. –No se hable más, está hecho.- agregó levantándose del tronco sobre el que estaba sentado, arrojó el contenido del tarro a la fogata y salió rumbo a su cabaña.

-¡Mujer! ¿Dónde diablos te has metido?- gritó el hombre, entrando intempestivamente a la oscura cabaña. Ivorwen se sobresaltó y se sentó en la cama, escuchó que la puerta de MaMairiel se abrió con un chirrido metálico.

-Sr. Amond.- escuchó decir a la mujer.

-¿Dónde está?- preguntó el corpulento líder de los hombres del bosque.

-Está descansando en una de la habitaciones, ha sido un largo viaje para la joven…- antes de que terminara de hablar, Amond caminó hasta el pasillo donde estaban las habitaciones y pateó cada una de las puertas. Cuando vio a Ivorwen sentada sobre la cama con una expresión de ansiedad en los ojos, se acercó a ella y la tomó bruscamente de la cara.

-Prepárate, mañana serás mi esposa, así que, te quiero dispuesta para la ceremonia.- dijo el hombre soltando la cara de la joven, dejándole los dedos marcados en las mejillas.

-Mairiel prepara todo, mañana me casaré.- ordenó el hombre rubio.

Ivorwen miró con desconcierto a la mujer regordeta y después intentó levantarse pero no lo consiguió. –Pero no podemos casarnos…- expresó con desesperación la chica pelirroja. Mairiel la miró y negó sutilmente con la cabeza.

Amond se dio media vuelta. -¿Por qué no? Tu padre ha recibido lo que solicitó y, ahora tú me perteneces.- declaró acercándose amenazadoramente a la joven ojiverde.

Ivorwen necesitaba tiempo para saber qué hacer, no había esperado que las cosas sucedieran tan deprisa. –Pero yo no le conozco, ni usted a mí, creo que necesitamos…-

-Oh, por favor, ¿crees que me interesan esas estupideces del amor? Me darás un hijo, uno que selle de por vida el lazo que unirá a tu pueblo y al mío. Y como tal, me dará el derecho de regir sobre ambos. Así que cállate y prepárate.- expuso con brusquedad Amond.

Ivorwen se había quedado helada ante las palabras del hombre, hasta ahora no se le había cruzado por la cabeza, el traer un hijo al mundo y, menos en una situación como en la que se encontraba. –Yo no puedo… no quiero…- dijo entrecortadamente ante el mar de emociones que se agitaban en su cuerpo.

-Descuide señor Amond, la joven cree que necesita más tiempo para poder estar lo más bella posible para usted. Además le produce angustia el no poder desplazarse, ya que, no he podido conseguirle un bastón.- intervino Mairiel, con nerviosismo.

Amond observó a ambas mujeres. –Está bien, pediré de inmediato que te fabriquen un bastón, será mi regalo de bodas.- dijo con una sonora carcajada y, salió de la cabaña nuevamente.

-No juegues más con esto niña, tú sabes que iba a pasar, así que, cuanto antes lo aceptes mejor.- opinó la mujer de mejillas encendidas en cuyo rostro se notaba el cansancio.

-No me casaré con ese hombre, yo amo a…- decía Ivorwen, con los ojos llenos de lágrimas.

-¡Cálla! Eso ya no existe. Dispondré todo. Enviaré a algunas mujeres que te ayudarán a bañarte y a vestirte.- explicó Mairiel, saliendo de la habitación.

Ivorwen se aferró a la pared e intentó alcanzar a la mujer, pero cayó de rodillas raspándose. Volvió a levantarse y llegó hasta la estancia donde estaba la chimenea. Se quedó completamente en blanco, no sabía qué hacer. A los pocos minutos, un grupo de tres mujeres llegó con un balde grande de madera y con unos cubos de humeante agua caliente. Después entró Mairiel –Ven acá, vamos.- dijo ayudándola a llegar a la habitación.

Vertieron en el agua algunas hierbas que aromatizaron el lugar agradablemente, se metió en el balde de madera y la bañaron cuidadosamente. Su cabello rojo fue aseado con otras hierbas. Mairiel había llevado envuelto en unas mantas viejas un vestido blanco, ceñido a la cintura, con el cuello alto y mangas largas y, una tiara de plata con una flor al centro.

Ivorwen se sentía atrapada en un remolino que no paraba de girar, como si estuviera atestiguando algo de lo que realmente no fuera partícipe y, no pudiera controlar. Pronto su cabello fue cepillado y sus rizos rojos fueron minuciosamente acomodados. El vestido tuvo que ser ajustado a su esbelta figura, lucía realmente preciosa, aunque su rostro estaba completamente ausente y con una notable tristeza.

-¿Ya has terminado con lo que te encargué?- averiguó Amond, acercándose a uno de los artesanos del pueblo.

-Sí, señor Amond. No tuve la oportunidad de tomar medidas pero creo que le servirá.- indicó un hombre delgado de prominentes pómulos y ojos cansados. Le entregó un tosco bastón que simulaba un árbol a escala. Al tocarlo aún podía sentir algunas virutas sueltas.

La noche comenzaba a clarear, el pueblo despertaba poco a poco. Los viajeros estaban alistando los últimos detalles antes de iniciar el traslado hacia el Pueblo del Valle. Belthil se acercó a Amond. –En unos minutos más nos iremos, quiero despedirme de mi hija.- pidió el Embajador con el rostro sombrío.

-Ella no puede recibirte ahora, nos casaremos hoy mismo y la están alistando. Lo que tengas que decirle yo puedo transmitírselo.- dijo Amond, desinteresado.

-¡Qué! ¿Dónde está? ¡Debo verla ahora mismo!- reclamó incrédulo, el hombre pelirrojo.

-¡He dicho que no y, no insistas. Si no quieres que me arrepienta de haberte proporcionado la ayuda que pediste!- amenazó Amond, agarrando por el cuello al Embajador. De inmediato el elfo se colocó detrás del hombre rubio y, apoderándose de su espada le apunto con ésta.

Amond se quedó quieto al sentir el filo de su espada apuntándole al costado. –Está bien la verás, pero será solo a través de la ventana y yo estaré allí.- admitió a regañadientes el hombre robusto. -¡Sígueme!- indicó malhumoradamente.

Belthil siguió a Amond hasta su cabaña, entró y llamó de un grito a Mairiel. Esta apareció de inmediato y fue por la chica. Ivorwen se dejaba manipular como si de un títere se tratase, no opuso resistencia y se dejó llevar por la mujer. Los ojos de la pelirroja se posaron inmediatamente sobre los de su padre e inmediatamente bajó la cabeza.

-Ivorwen, hija mía, espero que un día puedas perdonarme. Eres lo que más he amado en la vida.- expresó Belthil, levantando el rostro de su hija cuyas lágrimas ya empapaban sus mejillas. –Esto es para ti, le perteneció a tu madre y, a su madre antes que ella.- le entregó un paquetito envuelto en encaje. Ivorwen volvió la mirada a su padre y se apoyó en él para poder desenvolver el regalo. Cuando lo hizo, vio que se trataba de la reluciente esmeralda que su madre siempre llevaba colgada en el cuello.

-Déjame ponértela.- dijo Belthil, mientras Amond observaba la escena con desesperación. El Embajador ató el raído cordoncillo con el que estaba sujeta la joya.

-Mamá…- susurró Ivorwen, al tocar la piedra que ahora reposaba sobre su blanco pecho.

-¡Ya basta es hora de irte!- intervino Amond irritado y, sacó a empujones al hombre pelirrojo.

-Sé fuerte mi pequeña, sé valiente… yo estaré siempre pendiente de ti. Por favor Ivorwen, perdóname.- expresó visiblemente perturbado, el Embajador. Ivorwen seguía con la cabeza gacha y, las pequeñas lágrimas que caían de sus ojos se estrellaban contra el suelo de madera.

-¡He dicho que te largues!- reclamó Amond, cuando Gilbre entró por la puerta con la espada desenvainada.

-Ivorwen, te amo hija.- expresó Belthil, antes de ser lanzado de la cabaña.

-Amond, ya solo te esperan para que des la salida a la comitiva que irá al Pueblo del Valle.- señaló Gilbre, el cual, no quitó la vista de la bella mujer pelirroja.

Amond salió junto a Gilbre, se colocó a la punta de la caravana, donde estaba el Embajador Belthil, el elfo y, un hombre alto, de cabello y barba negros; llamado Gálatar. -¡Ya tienes lo que has pedido, ahora yo espero de vuelta lo que hemos acordado!- dijo el líder del Pueblo del Bosque.

-Lo tendrás, siempre y cuando la vida de mi hija esté a salvo.- indicó Belthil.

-¡Cuidado con lo que dices, no estás en posición de negociar!- amenazó Amond. -¡Vamos, lárguense de una buena vez!- ordenó el hombre rubio, dándole una fuerte palmada al caballo del Embajador. La caravana se fue, produciendo un fuerte estruendo que atrajo las miradas de los curiosos lugareños.

-¡Pueblo del Bosque, prepárense para festejar, que hoy me uniré a la mujer del Pueblo del Valle! ¡Por la unión de los pueblos de hombres!- vociferó, encendiendo los ánimos de los pobladores que respondieron con un sonoro grito.

Amond fue con Gilbre y se sumergió en una pila grande con agua muy caliente. Enseguida se colocó un tosco traje y botas fabricados con pieles de animales. Se amarró el cabello rubio que, le llegaba a los hombros y, acomodó descuidadamente su barba. En su cinto ajustó su espada, dio un gran trago al tarro con vino que le habían servido, respiró hondo y se dirigió hacia la plaza central del pueblo, en la que ya estaba reunida la gente. Se encaminó hasta una tarima de madera que había sido dispuesta, allí estaba de pie un hombre viejo, encorvado, de ojos nublados y aspecto frágil. La multitud se giró cuando vio a su líder acercarse, e hicieron un improvisado corredor por el que desfiló hasta donde el anciano esperaba.

-¿Embajador? Debo dar aviso a los guardias del bosque, así que, me retiro por ahora.- dijo el elfo, desviando su marcha hasta internarse en los tupidos árboles. Belthil apenas había prestado atención, sólo pensaba en su hija y en el destino que le había impuesto. Se sentía realmente miserable, pero dadas las circunstancias no sabía qué más podía haber hecho. Le daban ganas de volver y rebanarle el cuello a aquél engreído hombre y, llevarse consigo a su hija, pero ¿qué sería entonces de su pueblo? Los elfos ya habían hecho lo suficiente y no podía pedir más.

-Será mejor que te concentres: lo hecho, hecho está…- dijo Gálatar, dándole una palmada en el hombro a Belthil que lo miró con desprecio.

-Vamos niña es hora.- indicó Mairiel, ayudándola a levantarse de la silla en la que se encontraba observando por la ventana hacia el Bosque Verde.

Ivorwen se apoyó en el hombro de la mujer regordeta, le colocaron un manto blanco que le cubrió de pies a cabeza. Y entre las mujeres la llevaron hasta la plaza. Allí se hizo el silencio cuando ella apareció. Su rostro de gran belleza era lo único que podía apreciarse por el manto que la cubría, pero aquellos que la vieron quedaron boquiabiertos. Al costado izquierdo se acercó Gilbre con el bastón que Amond había mandado hacer para ella y, se lo ofreció. Ella lo miró y, después al hombre con el que se casaría, rechazó el ofrecimiento y se alejó cuidadosamente de las mujeres. El rostro del hombre rubio se puso rojo de rabia ante el desplante.

Ivorwen se desplazó como pudo dando pequeños saltos y equilibrándose precariamente. Las mujeres la seguían de cerca, nerviosas. La multitud estaba callada, aunque algunos proferían reprimidos sonidos de burla hacia la joven. Su vestido blanco y el manto que la cubría, fue empapándose con la nieve y el barro. Cuando llegó a la tarima se quedó observando los escalones, estaba por apoyar sus manos en la tarima cuando sintió un fuerte jalón que Amond le dio para subirla junto a él. Ella se tambaleó un poco pero logró mantenerse en pie. El hombre viejo, que presidiría la ceremonia, los miró inquisitivamente.

-Amond, hijo de Háma y líder de los Hombres del Bosque, has solicitado enlazarte en espíritu y cuerpo con Ivorwen, hija de Belthil Embajador del Pueblo del Valle. Ante tu pueblo como testigo, la tierra que te provee y con la bendición de los espíritus guardianes, desposarás a estar mujer para compartir la vida juntos, procurando su felicidad y protección hasta el final de tus días.- dijo el hombre encorvado acercándose a Amond.

-Ivorwen del Pueblo del Valle, tu presencia aquí consiente tu enlace con este hombre, entre ambos construirán un puente que una a ambos pueblos y los fortalezca. Tu deber como esposa será cuidar de tu esposo, procurar su felicidad y cuidar de los hijos que los espíritus les envíen. Profesarás lealtad y amor incondicional a su unión y, al fruto de ésta.- explicó el anciano a Ivorwen quien seguía con la cabeza gacha.

-Amond, por favor.- pidió el hombre de ojos nublados. El líder de los Hombres del Bosque, se acercó a la joven, retiró el manto blanco que la cubría. Gilbre agarró el velo y lo enrolló en las manos entrelazadas de los novios, sobre ella colocó la espada del hombre rubio. Las manos temblorosas y huesudas del monje, que los casaba, agarraron las de Ivorwen y Amond: a partir de ahora su unión ha sido bendecida por los poderes de los espíritus, si alguno de ustedes ha de faltar a sus votos que la maldición más cruel les persiga.- decretó el hombre. Ivorwen puso sus ojos verdes en aquellos ojos muertos y, un escalofrío recorrió su cuerpo, había una oscuridad que no podía explicar.

-Ante ustedes ha nacido una nueva unión: Amond e Ivorwen, el Pueblo de los Hombres del Bosque y el Pueblo del Valle.- manifestó con júbilo en su ronca voz.

Amond, cargó a Ivorwen y le dio un beso en los labios, uno que a ella le supo a la más amarga condena. El pueblo estalló en gritos, los tambores y trompetas, sonaban estruendosamente. Los barriles llenos de vino y cerveza fueron abiertos y repartidos entre todos los asistentes. Una enorme carpa fue puesta en la avenida principal del pueblo, dentro una gran mesa rectangular, rebosante de comida, esperaba a todos los invitados. Amond entró con Ivorwen en los brazos y la depositó sobre una de las sillas del centro, ella se acomodó y miró a su alrededor el impetuoso barullo. El hombre rubio aplaudió para llamar la atención de los presentes y dio inicio al festín. Después se sentó junto a la chica.

-Te pediría que bailáramos pero supongo que te verías ridícula.- se burló Amond, tocándole el muslo a la pelirroja, la cual, dio un respingo y alejó la mano de su ahora esposo. –Finalmente para lo que te quiero no necesitarás la pierna que te hace falta. Además debo reconocer que luces hermosa.- le manifestó al oído. Ivorwen sólo le miró con desprecio y apretó sus puños.

La fiesta había sido larga, Mairiel se había encargado de que Ivorwen conociera a todos y cada uno de los miembros del pueblo. Después la llevaron a reconocer el lugar, de vuelta con Amond había un plato con abundante comida pero ni siquiera se molestó en tocar alimento alguno. A las afueras de la cabaña de Amond, se habían apilado toda clase de improvisados regalos debidamente etiquetados para que el líder estuviera al tanto de quiénes sí y, quienes no le habían obsequiado.

Amond había estado bebiendo y comiendo con otros hombres, estaba visiblemente ebrio. El hombre rubio mandó llamar a Mairiel, e hizo un movimiento con la mano señalando a la ojiverde. La mujer robusta se encaminó hacia donde estaba ella.

-Ivorwen, es hora de que te retires. Te ayudaré.- apuntó Mairiel, ayudando a la bella mujer a llegar a la cabaña.

-Amond te alcanzará enseguida, espéralo.- le dijo al entrar en la cabaña, la cual, estaba sutilmente iluminada por el fuego de la chimenea, un olor agradable se percibía en el aire. Una botella de vino reposaba sobre la desvencijada mesilla del centro. La ropa de la cama había sido cambiada por unas sábanas blancas y una pesada piel de animal sobre éstas. Ivorwen acariciaba cada una de las cosas con las yemas de los dedos, mientras se apoyaba de las paredes para evitar caer. Volvió al frente de la chimenea y se quedó ensimismada observando las llamas consumir la madera, era tal y como se veía ella misma en aquél momento. Se acercó un poco más a las flamas hasta que parte de su vestido comenzó a chamuscarse, Ivorwen sólo observaba al fuego consumir su atuendo, podía sentir el calor cerca de su piel. Cuando de pronto cayó de espaldas, provocándole un fuerte dolor en la espalda.

-¿Qué haces mujer?, ¿estás loca?- cuestionó Amond, incrédulo. Afuera de la cabaña se escuchaban los gritos de los hombres que habían acompañado al líder. Todos con antorcha en mano cantaban arrastrando las palabras.

Ivorwen se sentó, se llevó una de las manos a la espalda e intentó recuperar el aliento que había perdido producto del fuerte golpe. Amond, encolerizado, le arrancó el vestido y lo arrojó al fuego. Destapó la botella de vino con los dientes y bebió un poco. Después la aventó rompiendo la ventana, provocando que los hombres se marcharan profiriendo sonoras carcajadas. La pelirroja intentó cubrir su desnudez y se arrastró lo más lejos que pudo del hombre que la miraba con lujuria.

Ivorwen observó a su alrededor intentando asir algún objeto con el que pudiera defenderse, pero nada cerca había. Se aferró a una de las patas de la cama, temblando y cubriendo su cuerpo. Amond se acercó, acechante, se inclinó ante ella; acarició sus rizos rojos y levantó su cara.

-No tiene por qué ser así, sólo debes cooperar. Eres hermosa y no me importa que estés lisiada, puedo ver el fuego en ti.- le dijo, mirándola a los ojos. Para su desconcierto, Ivorwen le sonrió y acercó un poco su rostro a él. Amond delineó sus delicadas facciones, con sus manos callosas y, la besó salvajemente; justo en ese instante, la pelirroja le propinó una fuerte mordida e inmediatamente su boca se llenó de sangre que, escupió en cuanto el hombre se alejó, llevándose la mano a la boca ensangrentada. Ivorwen se levantó como pudo, jaló una de las sábanas de la cama y la envolvió en su cuerpo desnudo. Se recargó en la pared y con pequeños brincos se encaminó hasta la puerta. Amond trató de recomponerse escupiendo la sangre que le salía de la boca, se abalanzó sobre ella y del cabello las arrastró hasta la cama donde la aventó, se colocó sobre ella inmovilizando sus piernas.

-¡Maldita mujer!- gruñó y, le propinó una brutal bofetada que le reventó la boca y la dejó semiconsciente.

Ivorwen volteó la cabeza hacia la ventana, las estrellas brillaban aquella noche, sintió su cuerpo desgarrarse bajo el peso de aquél hombre que la mancillaba con violencia. Su carne siendo usada como instrumento de placer y venganza. Dolían las acometidas, las manos del hombre calcinaban su piel, luego golpes, después su respiración siendo atrapada por la de él y, al final sus ojos apretados fuertemente conteniendo las lágrimas que evitaba a toda costa derramar. El hombre se alejó dejándola allí, inmóvil, herida y con el alma rota.

Amond salió enfurecido y con algo de culpa, no obstante, prefirió pensar que la mujer había sido la causa de su comportamiento. Llegó con los hombres que aún quedaban en la fiesta, cuando entró a la carpa, éstos los recibieron con abrazos e incluso lo levantaron en hombros hasta el asiento que antes había compartido con Ivorwen. Allí continúo bebiendo para intentar acallar su conciencia, pero sólo lo lograría hasta que callera desmayado por la borrachera.

Ivorwen se removió sumamente adolorida, sangraba por la boca y la entrepierna, su cuerpo estaba cubierto por terribles hematomas, su mandibulada dolía y no podía moverla, al parecer estaba dislocada. Se arrastró a la orilla de la cama, sufrió un mareó y vomitó varias veces hasta quedar vacía. Se enrolló la sábana sin prestar demasiada atención a sus heridas, intentó levantarse apoyándose en la cama, apenas lo logró, aguantó la respiración para contener el grito de dolor.

Se dirigió al lado de la chimenea y tomó el atizador, con éste se apoyó y rengueó hasta la puerta de madera, la abrió y sintió el frío congelante que le hizo comenzar a temblar. No le importó y salió a la nieve. Como pudo se movió en dirección al Bosque Verde, aprovechó que la mayor parte del pueblo aún estaba en la celebración y los demás ya descansaban. Su aliento se congelaba en sus labios y, su pierna sana estaba entumecida, la sábana que la cubría se había humedecido por la nevada y la sangre, lo que causaba que se pegara a su cuerpo. Desesperó al sentir la debilidad que le obligaba a detenerse, de pronto su pierna no soportó más y cayó en la nieve.

Allí se sentó con la cabeza gacha y sus rizos pegados en la cara. Se frotó con rabia la nieve en todo el cuerpo, intentando desprender cualquier atisbo de lo que había vivido, pero aquello seguía en su mente y se repetía una y otra vez sin cesar. Entonces lloró y golpeó con fuerza la nieve. Se arrastró tanto, como su piel raspada se lo permitió. Su vista se nublaba a ratos pero ella se frotaba los ojos, no quería, no podía parar. En sus pensamientos sólo estaba su padre y Vorondil. Antes de caer inconsciente murmuró –Papá, Vorondil, por favor…- y se quedó allí, desnuda entre la nieve y con su mano apuntando al Bosque de los Elfos.

Mairiel había dejado la festividad después de que su señor volviera a la gran carpa. Había ordenado a varias mujeres y hombres que comenzaran a levantar algunas cosas. En cuanto terminó de hacerlo se dirigió a la cabaña. Cuando vio la puerta abierta corrió hasta allá, contempló horrorizada las manchas de sangre sobre la madera y la nieve, entró, miró a todos lados con los ojos desorbitados, fue a las habitaciones, al sótano y no la encontró. Salió con antorcha en mano y se percató de las gotas rojas sobre los montículos de nieve. Los siguió por un largo trecho y, se sorprendió de la distancia que había recorrido dado el estado en que debía encontrarse Ivorwen.

El camino de sangre era más evidente a cada paso, y éste se alejaba del pueblo en dirección al Bosque de los Elfos. Mairiel se estremeció al pensar en la posibilidad de que la mujer hubiese logrado adentrarse en aquél misterioso reino, donde a los hombres se les tenía prohibido entrar, si no era con anuencia del Rey Elfo. Si eso pasaba, Amond se enfurecería, y ella probablemente sería sometida a un duro castigo; así que, entre la ventisca prosiguió buscando afanosamente.

Mairiel entrecerró los ojos y se asustó al ver una figura alta y esbelta aproximándose. La mujer se quedó paralizada, y buscó con la mirada algún objeto con el cuál defenderse, pero antes de conseguirlo frente a ella apareció un elfo. Éste llevaba en brazos a Ivorwen, desfallecida cubierta apenas con una capa verde. Permaneció inmóvil mientras el extraño caminaba ágilmente sobre la nieve.

El elfo no habló sólo la observó con seriedad, la mujer caminó frente a él para indicarle el camino de vuelta. Mairiel temblaba de pies a cabeza debido al nerviosismo y, por lo mal que lucía Ivorwen. Tropezó varias veces y apenas veía por sobre su hombro al misterioso elfo. Cuando entraron al pueblo fueron observados con curiosidad por la gente que comenzaba sus actividades matutinas. La mujer regordeta pegó un fuerte grito para que trajeran al curandero. Pronto llegaron a la cabaña, el lugar estaba hecho un desastre, Amond estaba tirado a un lado de la chimenea y roncaba sonoramente, la cama estaba manchada de sangre y completamente arruinada. El elfo miró con desagrado el sitio, la mujer le señaló el pasillo y la habitación. Entró, la depositó cuidadosamente sobre la cama y la envolvió con las mantas.

-Conozco a esta mujer, fue protegida por mi pueblo. ¿Qué ha pasado?- preguntó el guardia del bosque, quien había divisado el cuerpo de Ivorwen durante la penumbra de la noche, mientras vigilaba en aquél extremo del reino. Mairiel negó con la cabeza y trajo rápidamente trapos y agua caliente. De inmediato limpió las heridas de la pelirroja que estaba terriblemente helada y lacerada. El elfo trajo consigo unas brazas dentro de un hornillo metálico y lo colocó a un costado de la cama. La chica volvió a ser cubierta por la capa del elfo y varias mantas; el centinela vio el trauma en la mandíbula, colocó ambas manos en los costados del rostro, sintió el hueso desviado y masajeó varias veces en diferentes direcciones hasta que logró reacomodarla.

Una ráfaga de viento anunció que alguien más entraba a la cabaña, el curandero, un viejo de aspecto decrépito con larga barba blanca, calvo y con ojos oscuros, apareció en la puerta de la habitación. Observó sorprendido al elfo que le examinó atentamente con la mirada. El guardia se alejó permitiendo que el hombre se acercara, rápidamente sacó de un pequeño saco, algunas hierbas, pócimas y emplastes para atender a Ivorwen. Mairiel con torpeza intentaba ayudar al viejo.

El centinela caminó a la estancia donde yacía Amond, el hombre seguía dormido, el elfo lo evaluó con la mirada y con el pie lo movió hasta despertarlo.

-¿Qué diablos pasa?- dijo el malhumorado hombre rubio tratando de enfocar sus ojos.

-¿Has sido tú?- preguntó el centinela.

-¿Qué?, ¿y tú quién demonios eres?... ¡Mujer, mujer…!- gritó confundido, Amond. –No te conozco, pero si tú eres…un… ¿elfo?- balbuceó fallando en su intento por levantarse. ¿Dónde está esa maldita mujer?- preguntó finalmente incorporándose y buscando con la mirada a Ivorwen. -¿Te las has llevado? ¡Es mía lo sabes, es mi esposa!- vociferó y soltó un puñetazo al elfo que lo esquivó sin mucho esfuerzo, provocando que el hombre cayera estrepitosamente y, uno de sus brazos se quemara con la hoguera. Al escuchar los gritos llegó Gilbre que, sin preguntar, se abalanzó con espada en mano contra el elfo. Con un ágil movimiento, el guardia del bosque, desarmó al hombre y arrojó la espada por la ventana rota. El líder de los guerreros de los hombres sacó una daga y volvió a arremeter; el elfo le quitó el arma y lo aventó junto a Amond, que aún se revolcaba de dolor.

El guardia clavó la daga en la pared de madera, miró con desprecio a los hombres y, se dirigió nuevamente a la habitación donde era atendida la hija del Embajador. Allí el curandero y Mairiel iban de un lado para otro, visiblemente angustiados. Ivorwen estaba mortalmente pálida y lánguida. El elfo sacó un frasco con un contenido cristalino, que les era distribuido a todos los guardias para que fuera usado en caso de necesidad; contenía algunos preparados y agua del Río del Bosque, en conjunto: un poderoso tónico para sanar las heridas. El guardia, vertió un poco del contenido en la boca de la joven, con trabajo consiguió que lo tragara.

-Es todo lo que puedo hacer por ella.- apuntó el elfo. Mairiel y el curandero salieron de la habitación. El elfo guardó entre las ropas élficas de viaje que, se le habían dado a Ivorwen, una daga. La miró detenidamente por unos instantes y, se retiró de vuelta al Bosque Verde.