Capítulo 40
Varios días habían transcurrido desde que Mithrandir dejara el Reino del Bosque Verde, con el objetivo de cabalgar a Imladris y entrevistarse con Lord Elrond. Aunque el viaje había sido agotador finalmente llegó a aquél mágico valle. Antes de poder hablar con el Señor Elfo, tomó una abundante comida y un reconfortante baño. Después pasó la mayor parte del tiempo en la biblioteca, devorando cuanto libro colocó entre sus manos.
-Maara tulda Mithrandir (Bienvenido Mithrandir)- saludó el elfo de cabello oscuro entrando a la biblioteca.
Mithrandir cerró de inmediato el libro, se levantó y sonrió. -¡Anda luumello hîr vuin Elrond! (¡Cuánto tiempo mi señor Elrond!)- saludó.
-Mithrandir ¿qué noticias traes?- preguntó el Señor de Imladris, tomando asiento frente al mago gris.
-Me temo que no son del todo alentadoras. Mi estadía en el Reino del Bosque confirmó mis sospechas de que el Sauron ha acrecentado su poder e influencia, sus siervos se mueven, los cimientos de la oscuridad se agitan envenenado el sur del bosque. Creo que el Señor Oscuro advierte algo que lo inquieta y, que pretende destruir antes de que sea una amenaza para él.- explicaba Gandalf, con semblante serio y caminando por el pasillo entre la mesa y el estante de libros. –Envió a una de sus bestias a las entrañas de las estancias del rey, y allí atacó a Lothíriel, a los elfos de la guardia y al mismo Rey Thranduil, que resultó gravemente envenenado. Además las reservas con las que contaba el pueblo para pasar el invierno fueron destruidas, poniendo en peligro a los elfos y a los hombres que se refugian allí.- mencionó.
-Recibí el mensaje que envió Lothíriel con el fénix. A decir verdad, no esperaba un ataque tan temerario de parte de Sauron. Siento la maldad crecer Mithrandir, el Rey Thranduil juega con fuego al permitirse indagar en la malignidad. Lo vi cuando lo encontré en el Pueblo del Valle, hay algo en él que me preocupa, su espíritu podría ser corrompido si el poder del Señor Oscuro aumenta lo suficiente.- reflexionó Elrond desde su asiento.
-Debo confesar que me sorprende el poder del Rey Thranduil, logró proteger a su gente del terrible embate y restauró el cerco a Dol Guldur…- agregó el mago gris, agitando su pipa nerviosamente.
-Cierto Mithrandir, pero dime ¿por cuánto tiempo?- cuestionó el elfo de cabellos negros. –Sauron ha visto lo que nosotros, es por ello que atacó a Lothíriel. La fuerza del Señor Oscuro está aletargada momentáneamente, pero no dudes que volverá a intentarlo y usará cualquier medio que encuentre. No podemos fallar Mithrandir, simplemente no lo podemos permitir.- dijo enfáticamente el Señor de Imladris.
-Lo sé Señor Elrond, pero temo que sólo podemos tomar previsiones, por ahora no es posible enfrentarlo, usted sabe que hay eventos que aún deben acomodarse. Si intervenimos desmesuradamente y sin sabiduría, podríamos nosotros mismos provocar un desastre.- opinó el mago, encendiendo su astillada pipa. –Afortunadamente el Rey Thranduil se ha recuperado con éxito, llegó ayuda de Lady Galadriel, Radagast permanece en el bosque y su comitiva seguramente ha llegado ya. Esas acciones promoverán que los lazos que unen al pueblo Eldar se fortalezcan y hagan frente a las fuerzas oscuras.- juzgó el mago, soltando una gran bocanada de humo.
-Siento que se han acercado, probablemente el Rey Thranduil haya decidido enlazarse con Lothíriel y ese ya es un paso alentador.- expresó Lord Elrond, poniéndose de pie y dirigiéndose al barandal que daba al exterior.
-Estoy convencido de ello, el Rey del Bosque Verde y Lothíriel se han comprometido.- expresó complacido el Istari.
-Sabes que Lothíriel nunca se recuperará del todo, su intervención en el Pueblo del Valle, menguó su espíritu. La maldad le afectará más ahora y probablemente no será capaz de darle herederos el Rey del Bosque Verde o, muera en el intento; pues ello requiere un alma íntegramente bendecida por la luz que Ilúvatar le concedió al pueblo Eldar y, eso ni tú ni yo podemos remediarlo.- analizó con preocupación Lord Elrond.
-Meldo (Amigo) sólo aquello que depende de nosotros es lo que debe ocuparnos, lo demás lo dejaremos a la buena voluntad de Ilúvatar y los Valar.- reflexionó el vigoroso anciano. –Si se nos mostró aquella visión es porque aún podemos hacer algo, no perdamos la esperanza, el heredero llegará.- agregó.
-Quizá tengas razón… sin embargo, hay algo que me preocupa, Lothíriel tiene sangre de los antiguos reyes noldor. Los sindar y los elfos silvanos no olvidan lo que en otros tiempos corrompió los corazones de los Altos Reyes Elfos. El enlace causará desavenencias en el reino, pero más allá de eso, presiento que el mismo Rey Thranduil probará la lealtad de su gente, aún la de Lothíriel y, quizá termine poniéndola en peligro.- mencionó el Señor de Imladris. –Conozco a Lothíriel, su corazón en noble y leal, es una elfa de gran poder y sabiduría, confío plenamente en ella. Hasta dónde llegará el Rey del Bosque para ratificar la probidad de su futura esposa me resulta inquietante. Ahora mismo puedo percibir la energía de Lothíriel fuera del Bosque Verde.- expresó.
Ambos se quedaron un momento en silencio, hasta que Gandalf terminó de fumar preguntó. –Señor Elrond cuando llegué me dijeron que había salido a cabalgar en los alrededores. ¿Puedo saber el motivo?- cuestionó con interés.
-Patrullamos los alrededores, hay una turbadora calma en el ambiente. No encontramos rastros de orcos, ni de trolls. Cualquiera podría pensar que es una buena nueva, pero hay algo que me dice que esas criaturas se están reagrupando fuera de nuestra vista. Envié a un grupo de elfos al norte, a los Páramos Fríos y al Monte Gram.- respondió Elrond, tomando asiento nuevamente.
-Durante mi viaje, no me topé con criatura alguna, pretendí encontrarme con Beorn, para consultarle sobre lo que ha visto, no obstante, su hogar estaba vacío. Probablemente también esté buscando respuestas a lo que ha agitado al Bosque Verde…- dijo el mago, acariciando su larga barba grisácea. –Lord Elrond, viajaré al norte, no sé hasta dónde me llevarán mis pasos pero mi intuición me lo exige. Espero encontrar respuestas a nuestras interrogantes.- advirtió el mago.
-Dime Mithrandir, a tu juicio ¿qué espera conseguir el Rey Thranduil de su relación con el pueblo de los hombres?- indagó Elrond con rostro circunspecto.
-Aliados quizá… aunque conociendo la inteligencia estratégica del monarca, probablemente un frente en la parte norte del bosque. El fortalecimiento de las relaciones entre los hombres de pueblos distintos y vecinos del bosque, robustece a su vez al reino pues de algún modo los convertiría en compañeros de armas, en caso de que su táctica sea exitosa. Aunque, por otro lado, me aventuraría a considerar que incluso un conflicto entre los hombres fijaría el interés de Sauron en ellos, dándole tiempo a los elfos del bosque de adelantarse al siguiente movimiento y, poder entonces asestar un golpe al Señor Oscuro. Una estrategia ganar-ganar.- analizó Mithrandir.
-Coincido plenamente, y eso me lleva a pensar que el Rey Thranduil desconfía de las poblaciones élficas, puesto que no espera apoyo de parte nuestra. Sus sospechas y planes los ha reservado para sí, un error a mi juicio. Para enfrentar al mal necesitaremos una comunidad, un grupo que represente la unión de los pueblos libres por el bien común.- declaró Lord Elrond, volviendo a levantarse de su asiento y caminando con ambas manos entrelazadas en la espalda.
-¿Y qué hemos hechos nosotros para generar esa comunidad? Porque no de la nada surgirá, sino de lo que cultivemos ahora.- determinó el mago con ojos chispeantes. –Discutimos los planes, disertamos sobre lo que otros piensan o hacen, pero ¿qué hay de nosotros, cuáles son nuestras responsabilidades en todo esto? Me temo que mover simplemente las fichas no nos llevará a nada…- dijo con vehemencia.
-Cada uno hace lo que a su juicio cree que corresponde…- opinó el Señor de Rivendel. –Viajaré y encontraré nuevamente a Lothíriel.- anunció.
Thranduil regresaba de un nuevo patrullaje nocturno, bajó de su caballo y con paso apresurado se dirigía rumbo a sus aposentos, seguido por Anardil, Seregon y; al menos, unos cuatro elfos de la Guardia Real. Isilion interceptó al monarca en uno de los pasillos. –Ai Aran Thranduil (Salve Rey Thranduil), necesito hablarle.- pidió el consejero con firmeza en su voz.
Thranduil no paró la marcha. –Encuéntrame en el despacho.- dijo y caminó hasta su habitación donde tomó un baño.
-Consejero Isilion quisiera, si es posible, entrevistarme con el Rey Thranduil.- pidió Lindir, un elfo de Imladris que había comandado la caravana con la ayuda.
-Por supuesto, creo que el rey podrá recibirlo en unos minutos más, por favor, sígame.- Lindir, un elfo de cabello moreno y rostro afable, siguió al Consejero Real por el pasillo hasta la puerta del suntuoso despacho. Dos guardias vigilaban la entrada.
-¿Está Aran Thranduil disponible?- preguntó Isilion a los guardias, uno de ellos tocó la puerta y anunció al consejero y a Lindir.
Thranduil no miró al guardia, sólo asintió, se encontraba revisando los planes de reconstrucción del Pueblo del Valle y, cotejaba los últimos informes de los avances. Seregon estaba en el despacho, organizando las últimas notas de la Guardia del Bosque Verde y actualizando los nombres de las nuevas patrullas, así como sus asignaciones.
-Aiya Aran Thranduil, saludaron ambos elfos respetuosamente.- Thranduil apenas los miró.
-Los escucho.- dijo el monarca sinda recargando la espalda en la silla.
Isilion observó a Lindir y éste nervioso se aclaró la garganta. –Aran Thranduil nuestra misión ha sido traer las reservas de alimento, medicina y bebida para su gente y los refugiados. Ya se ha hecho, ¿hay algo más que podamos hacer?- preguntó el elfo.
-Como has dicho su objetivo ha sido satisfecho según el mandato que los ha traído hasta aquí. Nada más puedo pedirles si así lo han considerado, pueden partir cuando lo deseen. – expuso Thranduil con desdén. Lindir miraba nerviosamente los intensos zafiros del monarca, no supo qué contestarle. Se sintió estúpido al haber hecho semejante pregunta cuando era evidente que en muchas cosas más podían colaborar. –A nombre de mi pueblo y del de los hombres, agradece a tu señor la valiosa ayuda que nos ha proporcionado.- dijo Thranduil, volviendo a concentrarse en los papeles. Seregon miró a Lindir con curiosidad pues notó la tensión del elfo que no supo que más decir, hizo una torpe reverencia y salió del despacho.
-Hîr vuin (Mi señor), creo que pudimos haberles pedido que se quedaran hasta que los hombres abandonaran nuestra tierra.- opinó el Capitán de la Guardia del Bosque.
-Seregon, alguien sin el más mínimo sentido común ¿qué ayuda puede proporcionarnos? Esos elfos están ansiosos por volver a su tierra y alejarse de los avatares de la maldad.- pronunció Thranduil, sin despegar la vista de los documentos que leía.
-Aran Thranduil, otro grupo de hombres y mujeres, piden su autorización para dejar el bosque y marchar rumbo al Valle. Desean colaborar con la reconstrucción.- advirtió el Consejero Real.
-Que lo hagan. Seregon informa a la Guardia, quiero que estén al pendiente, ya sabes a qué me refiero.- mencionó el Rey Elfo.
-Así se hará, Aranya (Mi Rey).- asintió Seregon.
-Supongo que es algo más lo que te inquieta, Consejero Isilion.- apuntó suspicaz Thranduil.
-¿Cuánto tiempo más comprobará la lealtad de Lothíriel?, ¿qué otras pruebas deberá afrontar mi hija para complacerlo?- finalmente se desahogó el Consejero Real, quien había estado molesto desde que Thranduil permitiera a la elfa abandonar el bosque.
Seregon se tensó, pues observó el semblante serio del monarca concentrarse en Isilion. Hizo una reverencia y se retiró de la estancia.
-Isilion me estoy cansando de todo esto. Pregúntate, si cada movimiento o decisión que tomo en torno a Lothíriel te genera malestar, ¿quién realmente desconfía de quién?- analizó el Rey Thranduil.
-Tari meletyalda (Majestad) tengo motivos para hacerlo.- dijo el Consejero Real, convencido.
Thranduil observó con interés al irritado Isilion. -¿Cuáles son tus hipótesis consejero?- indagó con desgano.
-Es verdad que mi hija transgredió una orden directa al abandonar el Reino del Bosque para intervenir en el Pueblo del Valle, fue juzgada por ello y fue hecha responsable del bienestar de los refugiados. Me parece que usted quiere probar con ello la capacidad de mi hija para cumplir, liderar y tomar decisiones en casos de extrema necesidad. Asimismo le prohibió aquello que tanto gusta a Lothíriel, que es transmitir nuestra historia a los pequeños elfos, ¿para qué? Para demostrar el acatamiento de las reglas, aunque éstas resulten incómodamente dolorosas. Y, finalmente, le permitió marcharse sabiendo que allá aguarda Elmoth, un elfo profundamente enamorado de mi hija, que sería capaz de cualquier cosa para retenerla a su lado. ¿Busca acaso comprobar su fidelidad?- concluyó su análisis el Consejero Real, que se mostraba ofendido ante tales consideraciones.
–Algo hay de eso, pero explicaciones no obtendrás, así que, vanya sínomello (vete de aquí).- dijo el Rey Elfo tajante.
Isilion estaba anonadado ante la ligereza con la que aparentemente el monarca tomaba aquella situación. –Rey Thranduil, no admitiré que ponga en peligro o cuestione la honorabilidad de mi hija.- reviró con firmeza el consejero.
-No dirweg Isilion! (¡Ten cuidado Isilion!)- advirtió Thranduil, levantándose del asiento.
-¿Me enviará a las mazmorras acaso? Vorondil, Imloth están allí y; esos han sido más elfos de los que en los últimos años estuvieron jamás. ¿Qué explicación le da a eso?- cuestionó vehementemente, el padre de Lothíriel. -¿Ha considerado la posibilidad de que la influencia de Sauron se está manifestando de diversas maneras, aún las más inesperadas?-
-Y precisamente por eso los transgresores e injuriosos no serán tolerados. ¡Ego! (¡Largo!)- expresó irritado el soberano.
Isilion salió del despacho, enojado y frustrado. Pasó a lado de Seregon y le miró con seriedad. Cuando el Capitán de la Guardia se dirigía nuevamente al despacho, Nimphelos se acercó al elfo.
-Capitán Seregon ¿me permite un momento?- pidió la elfa de aspecto amable.
-Por supuesto, dime.- asintió Seregon.
-Capitán estoy preocupada por Aran Thranduil. Hace un tiempo que apenas come, pero últimamente me ha ordenado repartir sus raciones entre los elfos. Descansa muy poco, su habitación permanece intacta e incluso las infusiones que le ha preparado Radagast ha dejado de beberlas. Por favor, debe hablar con él.- explicó angustiada Nimphelos.
-Veré que puedo hacer, gracias.- respondió preocupado, el Capitán de la Guardia del Bosque.
Se acercó al portón del despacho y llamó. –Aran Thranduil- no recibió respuesta. Abrió con cuidado y volvió a llamar. Thranduil estaba de pie junto al ventanal observando el bosque teñido de blanco.
-¿De dónde provendrá el siguiente ataque, Seregon?- preguntó el soberano, con la vista aún en el ventanal.
-Sauron ha apostado por nuestra división, minarnos desde dentro, casi imperceptiblemente. Espera que nos preparemos para un ataque externo y obviemos la inmediatez de nuestra vida cotidiana. Considero que es incluso más peligroso porque muchos no seremos conscientes y, por lo tanto, no habrá manera de contrarrestarlo. Lo que antes nos parecía importante, con la influencia de la oscuridad, nos parecerán nimiedades.- analizó el Capitán Seregon. -Aranya Thranduil (Mi Rey Thranduil) si me permite hablarle como amigo…-
-Adelante.- consintió el monarca aún observando el frondoso bosque.
-Estamos preocupados… estoy preocupado. Thranduil te estás abandonando a la oscuridad ¿qué has visto que es tan insoportable? En alguien debes confiar, no puedes simplemente echarte toda la responsabilidad sobre los hombros, también es nuestro hogar y nuestra gente…- expresó Seregon, acercándose al soberano que se giró para encararlo.
-¿Y supongo que eres tú en quien debo confiar?- indagó el monarca con lobreguez en sus profundos ojos azules, situación que inquietó a Seregon.
-Ú-iston (No lo sé), Thranduil esa es una decisión que sólo tú puedes tomar. Meldo (Amigo) temo por ti.- manifestó con genuina preocupación el Capitán silvano. No obstante, Thranduil lo observó socarronamente y volvió su vista al bosque.
Lothíriel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, dirigió su vista hacia el bosque y en su mente apareció la imagen de Thranduil. Lo extrañaba, no obstante, se sentía inquieta por la actitud con la que se despidieron y, lo distante que pareció el monarca en aquél instante.
-¿Se encuentra bien?- preguntó Gilliath, uno de sus escoltas, al notar la palidez de la elfa.
-Á, tancave (Oh, sí)- respondió Lothíriel, intentando concentrarse nuevamente en los planos que estaban analizando hombres y elfos.
Hacía ya un par de semanas que había arribado al Pueblo del Valle, cuando llegó se sorprendió de lo avanzado que iban los trabajos. Elmoth había hecho una excelente labor dirigiendo la limpia de escombros y el levantamiento de los primeros asentamientos. Cuando el elfo se percató de la llegada de ella, la recibió efusivamente, no obstante, cuando reparó en la presencia de la escolta; dedujo lo que había pasado. Montó en cólera y desapareció durante un par de días, al volver se centralizó únicamente en las trabajos propios que lo llevaran hasta allá, ignorando completamente a la elfa.
Lothíriel se había encargado de revisar el sitio, confirmó que la tierra y el agua estaban completamente sanos. Pronto fue posible preparar las tierras para el cultivo. Los elfos y hombres trabajaban arduamente, de a poco, el pueblo fue levantándose y embelleciéndose, incluso más que antes. Las paredes de las fachadas eran blancas, las calles y corredores eran de piedra de río de un tono aperlado. La vegetación estaba volviendo a crecer, los árboles que antes tenían un aspecto enfermizo ahora pequeñas hojas germinaban, las aves y animales regresaban al sitio.
No obstante, en el corazón de la elfa había una carga que no sabía entender. Quizá los espantosos recuerdos de su enfrentamiento con la oscuridad, quizá la premura del tiempo en que debía realizar el trabajo, quizás… el manto nocturno cubría ya el cielo, aunque intentó descansar, no lo logró, los trabajos continuaban día y noche. Salió de su tienda, el viento era helado y la nieve se había acumulado. Afuera se encontraban Nenthil y Giliath, vigilantes incansables, que en todo momento estaban al pendiente de ella; situación que había comenzado a abrumarla.
-Nenthil, Giliath; deberían tomarse un descanso. Estaré bien.- dijo Lothíriel, amablemente y, les ofreció un par de lembas y una infusión caliente.
-Hannon le Lady Lothíriel (Gracias), pero no podemos simplemente obviar nuestra responsabilidad.- respondió Nenthil.
-Por favor, les pido un poco de espacio. Estaré a la vista, además necesitan recuperar energía si desean realizar su labor satisfactoriamente. Nos restan días de duro trabajo.- manifestó Lothíriel, observando a sus guardias.
-Creo que debería acatar su propio consejo.- comentó Giliath, con sus ojos negros examinando la cada vez más evidente palidez de la noldorin.
-Iré a aquella colina, necesito estar un momento a solas…- señaló la hermosa elfa, una colina cercana desde la cual podía observarse Erebor, el Reino de los Enanos y, más allá las imponentes Montañas Grises.
-De acuerdo, le daremos espacio pero estaremos lo suficientemente cerca. Déjenos saber si necesita algo.- opinó Nenthil, el elfo de la cicatriz en la ceja, para desacuerdo de su compañero.
Lothíriel asintió, se dio media vuelta, cubrió su cabeza con la capa y se deslizó cuidadosamente entre los elfos que seguían trabajando. Aquellos que la miraron suspendieron por un instante sus labores, la luz de la estrellas iluminaba sutilmente su rostro, apenas visible entre la tela de su capa, pero esa luz se reflejaba en su piel blanca dándole un hipnotizante aspecto de extraordinaria hermosura, su grácil andar parecía moverse en completa sintonía con el mismo palpitar de Arda.
Cuando llegó a la cima de la colina, retiró la capucha de su capa, su cabello negro se confundía con el cielo nocturno y las estrellas resplandecían en él. Respiró profundo, observó el paisaje frente a ella, sus sentidos le dijeron que Erebor rebosaba de actividad, podía sentir incluso la tierra vibrar bajo el incansable escrutinio de las hachas del pueblo de Aulë. Se preguntó si alguna vez los Enanos serían capaces de ver más allá del amor a sus posesiones, e intervenir en la lucha por la Tierra Media.
Después de un rato observando, el viento sopló con fuerza levantando la nieve suelta, su corazón dio un vuelco doloroso, colocó su mano sobre el pecho intentando calmarse. Sus ojos se dirigieron hacia las Montañas Nubladas, lejanas, calladas, expectantes e inquietantes. Un velo de negrura parecía envolverlas, Lothíriel sintió su mente embotada, aguzó sus sentidos, había algo allí que la atraía y a la vez la repelía con violencia. Sintió su energía disminuir peligrosamente, su vista se nubló por un instante, algo se estremecía sobre el Brezal Seco, el olor a muerte saturó su ser. Estuvo a punto de caer pero fue sostenida.
-¿Se encuentra bien?- preguntó Giliath con semblante preocupado.
Lothíriel, aturdida, observó a su alrededor. Nenthil apuntaba con su espada al cuello de Elmoth, quien la veía con consternación.
-La llevaré a la tienda.- dijo el elfo de cabellos oscuros.
-Lá, nan mara… alassenyan, á pusta (No, estoy bien… por favor, basta)- dijo la noldorin a Nenthi,l para que retirara la espada del cuello de Elmoth. Lothíriel había estado tan absorta en sus sensaciones que no se había percatado que Elmoth, detectando su malestar, se acercaba para asistirla. No obstante, sus guardias habían intervenido de inmediato.
Nenthil retiró la espada, Elmoth lo miró con desprecio y, se acercó a Lothíriel. -¿Man-ie Lothíriel? (¿Qué pasa Lothíriel?) No te ves bien.- expresó el elfo de intensos ojos azules.
Lothíriel estaba pálida, sus ojos habían perdido algo de brillo y en su rostro había tristeza. La noldorin pidió a sus guardias que les dejaran a solas. Ambos accedieron a regañadientes retirarse a una distancia prudente. -¿Lothíriel?- preguntó Elmoth a la elfa, cuya mirada seguía puesta sobre las Montañas Grises. Le tocó el hombro y ella se sobresaltó.
La noldorin le dedicó una sonrisa melancólica. –Pensé que no volverías a hablarme, me alegra haberme equivocado.- señaló.
-Necesito tiempo Lothíriel, tiempo para recomponerme y hacerme a la idea de tu partida. Me han arrancado el corazón y ahora debo encontrar los motivos para asirme a la vida.- expresó con ojos brillantes, Elmoth.
Lothíriel bajó la mirada, sintiendo la pena que invadía al elfo. –Amin hiraetha Elmoth (Lo siento Elmoth), espero que puedas perdonarme, jamás mi intención fue la de hacerte daño.-
Elmoth levantó el rostro de Lothíriel. -Melin tye (Te amo), siempre lo hice, y no importa dónde o con quien estés, siempre lo haré.- expresó el elfo con los ojos nublados por lágrimas, que se negaba a derramar. Le besó la frente y se alejó.
-Elmoth espera…- pidió Lothíriel, extendiendo una de sus manos. Sus guardias miraban atentos. Elmoth paró y se giró; en ese instante en la mente de la elfa aparecieron unos horrendos ojos de fuego, cuyas pupilas reptilianas le devoraban el alma…
-Ella está bien, despertará en cualquier momento.- informó Estelion, el elfo de Lothlórien, que le había suministrado un preparado para devolver el calor y la energía. La noldorin había perdido el conocimiento, por lo que había sido llevada de vuelta a su tienda, en la que era vigilada por sus guardias y Elmoth, todos con semblantes atribulados.
Lothíriel abrió los ojos y con zozobra volvió a cubrirlos, temblaba de pies a cabeza. Elmoth se aproximó y la abrazó contra su pecho. –Tranquila, estas con nosotros. Calma.- decía el orfebre, acariciando gentilmente el sedoso cabello de ella.
La elfa se aferró a sus ropas y respiraba agitadamente. –Fuego en la oscuridad…- susurró, se levantó intempestivamente, consiguió confundir las mentes de los elfos que la rodeaban, salió corriendo a buscar su caballo y, a todo galope, partió rumbo al norte, para desconcierto de quienes la miraron irse.
