-¿Dónde está Aran Thranduil?- preguntó el Consejero Lenwë a Capitán de la Guardia Real, Anardil.

-Salió a cabalgar hace ya algunas horas.- respondió sucintamente, el capitán.

-¿Fue solo?- averiguó el consejero.

-Aran Thranduil ordenó que nadie le siguiera.- señaló Anardil con rostro tenso.

El Consejero Lenwë, pensativo se alejó por el pasillo real, en busca de Isilion y Seregon, para averiguar lo que estaba sucediendo con el Rey Sinda.

Thranduil cabalgaba ágil y raudo en el bosque que se abría a su paso. La simbiosis entre el rey y el Bosque Verde era evidente, pues había permitido que el soberano transitara, escudado por la floresta y desapercibido por los agudos sentidos de los guardias. El sur, Dol Guldur, esa era su destino, necesitaba reconocer esa parte del bosque que había comenzado a morir, y en el que la oscuridad acechaba a su pueblo.

Sauron jugaba desde allí con sus pensamientos, Thranduil no estaba dispuesto a permanecer indiferente ante el reto. Su gente había sido puesta en una situación precaria. Lothíriel se había debatido entre la vida y la muerte; y él podía sentir la lobreguez crecer. Imparable siguió y siguió por días, el viento helado y la nieve iban impregnando su capa y sus cabellos dorados comenzaban a escarcharse. Podía sentir la agitación en los árboles e incluso en su gente, que aunque invisible para ellos, el soberano bien podía percibir su desasosiego.

Llegó hasta los Estrechos del Bosque, a un par de días de la Fortaleza Oscura. Descendió de su caballo y se acercó al afluente del río, donde pudo beber y asearse. Dîn trotó por la zona en busca de alimento. Thranduil observó a su alrededor, el bosque iba adquiriendo un aspecto más oscuro y silencioso, aunque aún enérgico y regio. Cerró los ojos, de su cuerpo una poderosa energía imperceptible a la vista, pero perceptible a los sentidos, se extendió por la zona. Los árboles se movían rítmicamente, como cantando en una lengua secreta, el viento sutil acarició la piel del elfo… un crujido y el agua agitándose anunciaron su presencia.

-¡Salve Señor de los Elfos del Bosque Verde! Muchos inviernos han pasado desde la última vez que hablamos.- saludó cortésmente el Ent, un pastor de árboles, cuyo aspecto era el de un gran roble de madera obscurecida y vetusta. Poseía un rostro curioso y amable en su tronco, sus ramas sin hojas, debido al invierno, simulaban sus extremidades y sus raíces se habían convertido en piernas que le permitían desplazarse.

-Nos volvemos a ver Aldalcar.- dijo el Rey Elfo.

-Mi señor, penosas circunstancias rodean nuestro encuentro. Mis hijos, mis hermanos, mis amigos; lo hemos sentido… muchos han muerto en el sur. El veneno se extiende como el agua del río.- comentó con potente voz, Aldalcar, al referirse a la contaminación del bosque.

-Iston (Lo sé), el Señor Oscuro se ha asentado en Dol Guldur, el cerco fue roto y sus vasallos han acudido al llamado de su señor. Han sido días aciagos para Elfos y Hombres. El tiempo llegará para todos, antes o después, hemos de enfrentar nuestros destinos estemos preparados o no.- manifestó Thranduil, observando al pensativo Ent.

-Quiero pensar que hay esperanza, hemos visto la sombra desplazarse entre nosotros, fulminando la vida con su hálito putrefacto, pero Yavanna nos ha socorrido permitiendo que pequeños frutos alimenten a su pueblo y a las pequeñas bestias que habitan entre nosotros. Oh mi buen señor, su pueblo ha protegido por tiempo inmemorial a los que por destino moramos en el Bosque Verde; agradecidos vivimos y felices somos escuchando el canto de sus voces, y la belleza de los Primeros Nacidos. Con nuestras vidas protegeremos esta tierra, si es necesario.- expresó el imponente Aldalcar, mientras una pequeña ave revoloteaba sobre una de sus ramas más altas.

-Sé de su fidelidad y del amor que le profesan a mi pueblo, lo agradezco. Debemos ganar tiempo, sucesos por venir encenderán paulatinamente la llama en la oscuridad. Vairë habrá tejido nuestro destino, pero sea cual sea, aún podemos sembrar nuestro anhelo en el tiempo.- opinó el Rey del Bosque, sintiendo el aire pesado.

-Digno heredero del Rey Oropher y la Reina Amanthil, sabio y justo, mis hijos se estremecen por su Majestad, los tuyos temen por usted. Hay negrura en su espíritu, más allá de la que cualquiera podría tolerar sin caer en las sombras eternas. ¡Ay mi buen señor!, ¿qué será de nosotros si usted sucumbe? Nuestro destino está atado al suyo, si muere, nosotros morimos con usted y entonces la sombra estará más allá de nuestro alcance. Murmullos en la oscuridad han sido acallados por su vigoroso poder, y su alma los domina. Pero caro será el precio que pagará.- opinó acongojado el roble, que había metido sus raíces en el afluente del río.

-Pagaré con mi vida si es necesario para liberar a mi pueblo de este mal. ¿De qué serviría toda una eternidad viviendo encadenados a la oscuridad?- reflexionó el Rey Thranduil con determinación.

-Mi señor tiene razón…- confirmó el Ent, cuando algo llamó su atención y dirigió sus ojos hacia el norte. –Su gente lo busca, su pueblo está angustiado…- añadió, volviendo la vista al monarca. –Su desasosiego se calmará si escuchan a los míos; ellos sabrán que no deben desesperar.- advirtió.

Thranduil asintió, los árboles vibraron y el viento los meció llevando el mensaje a los elfos. Los consejeros, guardias y el pueblo en general; entendieron el mensaje que los árboles llevaron a sus sentidos. Pronto comprendieron que su monarca estaba bien y que volvería.

-Rey del Bosque Verde su corazón está siendo puesto a prueba, amigos y enemigos quizá tengan el mismo rostro ahora, pero es tiempo de aprender a confiar. Peligroso es su destino pero no estará solo.- expresó Aldalcar, estirando sus largas raíces.

-Aldalcar, pastor del Bosque Verde, partimos ahora a la oscuridad más próxima.- advirtió el Rey Sinda, quien montó a Dîn ágilmente y galopó presuroso.

-¡Maldición!- gruñó Nenthil. Al salir del estado de confusión, corrió fuera de la tienda seguido por Giliath, Elmoth y Estelion. Giliath se dirigió a los elfos que seguían trabajando, preguntó sobre el paradero de la elfa y descubrió que había cabalgado al norte, rumbo a Erebor. Nenthil silbó, los caballos relincharon y respondieron al llamado, acudiendo velozmente a los elfos.

-Vamos no debe estar muy lejos.- señaló Giliath hacia el norte, y ambos elfos partieron inmediatamente. Elmoth corrió hacia el establo, tomó el primer caballo que encontró y salió detrás de los guardias.

Lothíriel había logrado confundir sus mentes por el tiempo suficiente para alejarse del Pueblo del Valle. Sentía la imperiosa necesidad de acercarse al Brezal Seco, algo allí la atraía y le impedía pensar con claridad. Al mismo tiempo, deseaba interrumpir su frenético viaje, pero era como si las riendas de su caballo fueran conducidas por alguien más. Erebor estaba próximo, había luz en el esplendoroso Reino de los Enanos, sus sensibles oídos podían ya distinguir el sonido de las voces graves dando órdenes, y el choque metálico de sus herramientas contra la piedra.

De los puestos de vigía, algunas antorchas se agitaron; Lothíriel supo que anunciaban su presencia. Bajó la velocidad del galope, no obstante, el disparo de una ballesta se incrustó frente al caballo, provocando que éste hiciera un movimiento inesperado, que casi terminó por arrojar a la elfa al suelo. Se escuchó una profunda voz gritar. Lothíriel paró el trote de su corcel, y aguardó a un par de enanos que se acercaban con hachas y antorchas en mano.

-¿Quién eres y qué haces aquí? ¡Habla!- exigió con voz ronca, un enano de larga barba y cabellos negros, ataviado con una reluciente cota de malla y con una afilada hacha, que acercó a Lothíriel amenazadoramente.

-¿Cuál es tu destino?- demandó el segundo enano, regordete de barba y cabello castaños, acercó la antorcha al caballo, el cual se puso nervioso y reculó.

Lothíriel se descubrió la cabeza, y ambos enanos como hechizados, soltaron de inmediato las antorchas y bajaron sus armas. La hermosura de la elfa los cautivó, sintieron que se encontraban ante el más precioso tesoro que jamás hubieran visto o volverían a ver.

-Lejos está de su tierra Dama de Flor de Plata, y peligrosos tiempos corren ahora.- apuntó el enano de cabellos oscuros.

-No hay lugar que nos guarde de la creciente maldad porque aún dentro de nosotros mismos ésta germina.- respondió Lothíriel, observando atentamente los toscos rostros de sus interlocutores.

-¿Algo podemos hacer por la Dama de Flor de Plata?- averiguó el enano que se acercó más al caballo y tomó sus riendas.

-Algo pueden hacer por ustedes mismos. Que sus tesoros no deslumbren sus corazones, para que puedan contemplar lo verdaderamente importante.- manifestó la noldorin, para incomodidad de los enanos. –No perturbo más sus tierras, parto ahora pues mi destino es lejano aún.- se colocó la capucha, dirigió una última mirada a los enanos y galopó alejándose rápidamente, para desconcierto de éstos que se quedaron estáticos.

Nenthil y Giliath seguía las huellas del caballo de Lothíriel, desesperados por no haberla podido alcanzar, apresuraron la marcha. Las antorchas de Erebor resplandecían soberbias sobre las garitas. De pronto, a unos metros frente a ellos, un grupo de enanos irritados y contrariados, aguardaban para impedirles el paso.

-Giliath deberás seguir, yo hablaré con los naugrim, y te seguiré en cuanto pueda.- dijo el elfo de la cicatriz en la ceja. Giliath asintió, galopó a mayor velocidad acercándose peligrosamente a los enanos, que comenzaron a gruñir y a agitar sus armas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el caballo logró saltarlos sin dificultad, y siguió su camino hasta que rápidamente no fue más que una sombra. Frente a ellos, Nenthil se detuvo con una de las manos en la empuñadura de su espada.

-¡Será mejor que bajes de tu caballo, elfo!- ordenó uno de los enanos.

Nenthil los observó con dureza, bajó del corcel, sin retirar su mano de la empuñadura de la espada.

-¿Qué hacen en esta tierra?, ¿qué está pasando?- averiguó otro de los enanos.

Nenthil sonrió socarronamente mirando a los enanos. –Nada de lo que pueda decirles les atañe, pues su avaricia es su señora más preciada.- expresó con desprecio.

-¡Cuida tu lengua elfo o la cortaremos!- amenazó otro de los enanos, con ojos chispeantes. ¡Hablarás o te haremos hablar!- añadió, levantando el hacha.

Nenthil desenvainó su espada, los enanos se pusieron en guardia listos para atacar. –Deberían valorar sus cabezas más que sus metales. Si lo que les preocupa es la seguridad de sus tesoros, nada de lo que me trae a mí o a los míos a este sitio se relaciona con eso; pero si de verdad es eso lo que les ocupa, deberían despegar sus narices de la tierra.- advirtió el imponente escolta, quien volvió a montar su caballo, sin embargo, uno de los enanos tomó las riendas.

-La Dama de Flor de Plata se dirige al Brezal Seco…- dijo el enano regordete, que la había visto pasar.

Nenthil escrutó seriamente al enano, mientras los otros se observaban entre sí con desconcierto. Y otro de los enanos de barba gris le daba un fuerte empujón derribándolo sobre la nieve. -¿De qué hablas?- le gritó.

-Una dama elfa de gloriosa hermosura cabalga hacia el norte, pasó por aquí hace no mucho.- respondió el regordete.

Nenthil no esperó más y galopó, dejando a los enanos con la discusión que había comenzado entre ellos. El escolta se tensó al saber el destino al que se dirigía la noldorin, pues historias de antaño narraban la existencia de criaturas del Señor Oscuro resguardadas en las Ered Mithrim. Debían impedir a toda costa que la elfa llegara a tan peligroso lugar. ¿Por qué había decidido ir hacia allá? Era un misterio para ellos.

Thranduil detuvo la marcha, en su mente estaba constantemente Lothíriel, situación que le producía una extraña inquietud. Giró su vista al norte.

Aldalcar había aparecido a un costado. El Ent viajaba camuflado entre los árboles, de modo que no se le podía ver o escuchar, a menos que éste quisiera. –Mucho tiempo atrás la pequeña Lothíriel de ojos de estrella, trepaba en mis ramas y recorríamos el bosque. Ahora su camino se extiende más allá de mis raíces.- expresó el roble al percibir la inquietud del elfo sinda.

Thranduil miró con extrañeza al Ent, pues él desconocía que Lothíriel supiera de la existencia de Aldalcar, ya que, los pastores de árboles eran reservados y solían permanecer por largos años en la más absoluta quietud. Por un tiempo, se creyó que habían abandonado la Tierra Media, hasta que volvían a mostrarse. Pocos, a pesar del paso de las edades, habían visto a esos extraordinarios seres.

-Recuerdo su silenciosa presencia y su amable espíritu, la vi por largo tiempo recorrer el bosque, deleitándose con la luz de las estrellas y sonriendo a las pequeñas criaturas que habitan en esta tierra. Tímida y noble, trepaba a los árboles intentando tocar el cielo, largo tiempo se quedaba allí sumida en sus sueños queriendo volar para alcanzarlos. Oculta y curiosa, observaba desde mis ramas a los pequeños elfos con los que no podía hablar, reía al verlos divertirse como si ella misma fuera partícipe de sus juegos, y a la vez la añoranza le apretujaba el corazón al verse excluida. Poderosa y frágil, ayudó a animales, árboles y plantas a recuperar su equilibrio con la inmaculada luz se su alma.- expresaba Aldalcar, con regocijo en su profunda voz.

-No conocía esa historia.- dijo el Rey Elfo, observando con atención al regio roble.

-No tendría porque Mi Señor, Lothíriel me prometió no revelarlo. A los Ents nos gusta ser espectadores con las vidas que no entendemos, pero sólo con los nobles de espíritu podemos establecer un vínculo y permitirnos ser lo que somos: esencia del bosque.- añadió el Ent, regresando su vista al norte del Bosque Verde.

–Es extraño el paso del tiempo, parece que he estado aletargado por mucho, a veces olvido el significado de las palabras, pero hay ciertos eventos que nunca desaparecen… aquél día el crepúsculo tiñó de rojo el bosque, el sol había sido implacable y el ambiente era caluroso. Pronto la oscuridad fue cubriéndonos, muchos de mis hijos fueron emponzoñados por aguijones y patas de repugnantes vasallos del Poder Oscuro, arañas infestaron aquella parte del bosque.

La pequeña Lothíriel se encontraba sentada a la orilla del río, con los pies sumergidos en el agua, chapoteando alegremente. Los árboles trataron de ocultar su presencia a aquellas bestias pero fueron envenenados, la chiquilla fue rodeada por las arañas, la Guardia del Bosque mató a tantas como les fue posible pero no lograrían hacerlo a tiempo para salvar a la elfa. Así que, intervine, la tomé entre mis ramas y me alejé del sitio, fue allí que conocí a Lothíriel. A partir de ese momento ella me visitó con frecuencia, me gustaba contarle historias antiguas, y presentarle el bosque desde otra perspectiva. Disfruté de su dulce compañía. Un día, escuché por primera vez su delicada vocecita y entonces me llamó Aldalómë(árbol del crepúsculo), y me deleité con su bello canto. Comprendí su historia, conocí al pequeño elfo de cabellos de plata que le hacía dulce la vida, y que había ganado su corazón.- explicó Aldalcar, mirando al Rey Elfo en cuyos ojos había un brillo especial.

Thranduil escrutó el rostro del Ent. –Será mejor darnos prisa, llegaremos al alba y la luz será nuestra mejor aliada.- dijo, evadiendo el tema que ante la lejanía de la elfa noldor le resultaba angustiante.

-Sabio movimiento, Mi Señor…- asintió Aldalcar, confuso ante las evasivas del monarca sinda.

Lothíriel había detenido momentáneamente la marcha, miró hacia el sur. –Thranduil meleth nin (mi amor)…- musitó con el corazón apretujado. Ahora lo entendía, el soberano le había permitido alejarse del Bosque Verde debido al peligroso paso que pretendía dar. Ir en busca de la sombra a Dol Guldur, situación que, probablemente desencadenaría una desbandada de ardides malignos, pudiendo poner en entredicho su seguridad. Incluso confió en que sus guardias, serían capaces de dar su vida, en caso de que la elfa pudiera estar en grave riesgo.

Se sintió ingenua al no darse cuenta de ello, y sólo haberse dejado llevar por las primeras impresiones que le produjeron las palabras y el actuar del Rey Elfo. Deseaba con todo el corazón estar de vuelta en el Reino del Bosque e impedir que Thranduil se aventurara a tal empresa, aunque sabía de antemano que sería imposible persuadirlo, por lo menos, quería acompañarlo y enfrentar lo que hubiera juntos.

A la distancia pudo ver a un jinete acercarse rápidamente, Giliath, pudo distinguirlo pese a la oscuridad, de inmediato cabalgó susurrándole algunas palabras al caballo que apresuró el viaje. Las Montañas Grises se levantaban soberbias e imponentes ante su vista, una espesa neblina cubría sus cimas y la luna coloreaba de plata las colinas. Sin embargo, la distancia hasta ellas era aún muy larga, ahora se encontraba ante la disyuntiva de seguir arrastrando consigo a los guardias o, intentar explicarles lo sucedido y persuadirlos para que la acompañaran. Se decidió por la segunda opción, después de todo los estaría poniendo en riesgo al ocultar sus motivos y su destino. Detuvo el galope, el caballo relinchó y rascó su casco contra la nieve. A los pocos minutos, el jinete volvía a aparecer ante su vista.

Giliath respiró hondo cuando vio que la elfa había detenido la marcha, observó con cautela a todos lados tratando de divisar algún motivo que hubiera detenido la marcha de Lothíriel, sin embargo, el lugar estaba brumoso y desierto.

-Lothíriel ¿se encuentra bien?, ¿qué ha pasado?- preguntó el elfo pálido.

-Amin hiraetha Giliath (Lo siento Giliath), hay algo que me inquieta en aquellas montañas, una creciente lobreguez se agita en las entrañas de la tierra. Creo que es importante que averigüemos de qué se trata, sé que es peligroso, pero debe hacerse antes de que algo más grave suceda.- explicó Lothíriel, seriamente.

Giliath meditó por unos momentos viendo las Ered Mitrhim y después contempló los bellos ojos grises de la elfa. –Conozco esas historias de antaño, madrigueras de criaturas horrendas, fueron establecidas allí por Morgoth y Sauron. Siempre han sido una amenaza latente, pero no creo que sea conveniente arriesgarse de esta manera, aún menos, cuando no traemos los insumos para el viaje y tenemos la responsabilidad de su seguridad en nuestras manos. Lo siento, pero debe regresar.- advirtió Giliath, tomando las riendas del caballo de Lothíriel.

De pronto escucharon el trote de un caballo acercarse, ambos dirigieron la mirada al lugar de donde provenía y distinguieron a Nenthil. El elfo los alcanzó y bajó del corcel, visiblemente irritado y preocupado.

-Lothíriel ¿se encuentra bien?- preguntó, inspeccionando con la mirada a la elfa.

-Nan mara (Estoy bien)…- respondió la noldorin.Nenthil, necesito que me acompañen o me dejen ir a las Ered Mithrim, algo allí me perturba, lo he visto.- explicó la elfa, observando hacia las montañas.

-Amin hiraetha Lothíriel (Lo siento Lothríriel), eso no es posible. Hemos prometido al Rey Thranduil resguardarla de todo peligro, ya suficiente se ha arriesgado al cabalgar hasta acá. Por favor, debe regresar con nosotros.- opinó Nenthil, montando con agilidad su corcel.

-Entiendo su responsabilidad, pero no puedo simplemente obviar este tipo de situación. Por algún motivo se me ha mostrado y no lo ignoraré. Comprendo si no desean acompañarme, lo respetaré, y no lo comentaré al Rey Thranduil, si es lo que les preocupa.- declaró Lothíriel, adueñándose nuevamente de la riendas de su equino.

Los escoltas la observaron seriamente, sabían que no podían disuadirla, estaba decidida. -Por favor, no nos ofenda, hemos visto muchas guerras y muertes, es por eso que le advertimos del peligro. Además hemos hecho una promesa a Aran Thranduil y lo que usted nos pide es desafiar su autoridad.- dijo Nenthil.

-Amin hitaetha (Lo siento), no quise ofenderlos. Simplemente que no me parece justo que no puedan tomar una decisión al respecto.- respondió apenada a ambos guardias.

-De acuerdo, iremos con usted, pero sólo investigaremos, nada más haremos; pese a lo que pueda estar o no sucediendo ahí.- confirmó Giliath, no sin una profunda inquietud instalada en su mente.

-Si es demasiado peligroso deberá regresar, no importa qué. Aún si nosotros no podemos hacerlo. Debe aceptar estas condiciones, ¿está de acuerdo?- preguntó Nenthil.

-Násië (Que así sea)- respondió Lothíriel, acomodando su capa y preparándose para cabalgar.

-Á pusta (Alto)- gritó Elmoth, que a la distancia vio que los elfos se preparaban para reiniciar el viaje. Los guardias escucharon y aguardaron a que el habilidoso herrero los alcanzara.

-¿Qué sucedió Lothíriel?- preguntó Elmoth con ansiedad, agitándose nerviosamente en la silla de montar.

-Únat (Nada), iremos a las Ered Mithrim.- dijo Lothíriel, casi con naturalidad.

-¿Selman mana? (¿Por qué razón?)- preguntó Elmoth, acercando su caballo hasta quedar frente a Lothíriel.

-Algo oscuro se gesta en las entrañas de esa cordillera y si es nuestro destino, lograremos descubrir lo que es para poder actuar en consecuencia.- explicó la elfa mirando los ojos azules de Elmoth.

-Es una locura- opinó Elmoth, quitando el capuchón de Lothíriel para evaluar su rostro. -¿Y ustedes no harán nada al respecto?- cuestionó maliciosamente Elmoth a los guardias.

-Locura o no, está decidido. Nenthil y Giliath irán conmigo, volveremos en cuanto nos sea posible. Hasta en tanto, no deseo que transmitan mensaje alguno sobre mí al Bosque Verde.- mencionó Lothírie,l volviendo a colocar su capucha y acomodando las riendas entre sus manos.

-Espera no tan rápido, iré con ustedes. Creo que ese elfo de Lórien presentía algo y me entregó esta alforja. Supongo que el contenido nos será de utilidad. Además necesitarás un arma, y sospecho que durante la confusión no tomaste tu arco, así que, te daré una de mis dagas.- manifestó Elmoth, entregándole la daga.

-Hannon le Elmoth (Gracias Elmoth)- mencionó Lothíriel, guardando el cuchillo en su cinto. De inmediato los jinetes emprendieron el viaje al norte, hacia las misteriosas montañas.

Los primeros rayos solares de la mañana invernal se asomaron sobre las copas de los árboles, Thranduil estaba al pie de la fortaleza de hierro, paró el trote de Dîn y desmontó. Observó los alrededores aguzando sus sentidos, estaba silencioso y desierto. El bosque había muerto en aquél sitio, la tierra era una mezcla de ceniza, moho, y una sustancia negruzca brotaba haciendo pequeños charcos entre la nieve. El sonido de sus pisadas, aunque ligeras y ágiles, parecía retumbar con fuerza. Se aproximó hasta una de las enormes rejas desvencijadas y oxidadas. Miró hacia arriba y pudo ver los altos muros de roca y metal negros cubrir el sol, y sobre éstos el cielo más oscuro.

-Mi señor, han llegado.- anunció Aldalcar, apareciendo detrás del Rey Sinda.

Thranduil se percató que al menos unos diez Ents arribaban desde distintos puntos del Bosque Verde, cuando estuvieron cerca saludaron con una reverencia al Señor del Bosque. Los pastores de árboles parecían muy antiguos, aunque sus ramas estaban desnudas y secas, podía sentir el vigor en estos.

-Han recorrido el bosque de norte a sur y de este a oeste; las criaturas que moraban en la oscuridad fueron destruidas por su gente y por una poderosa energía que hizo vibrar el Bosque Verde, no hace mucho tiempo, su espíritu mi señor. Por desgracia, el Poder Oscuro sólo fue encadenado y aguarda amenazante, hasta recobrar su fuerza nuevamente.- explicó Aldalcar, mientras veía con curiosidad a los demás Ents.

-Iston (Lo sé), nuestros esfuerzos sólo han sido meros paliativos. La solución recae en la unión de los Pueblos Libres con un mismo objetivo. Mithrandir y Elrond saben algo al respecto, para bien o para mal no he sido incluido en sus confabulaciones, sólo espero que eso no cause más muertes entre mi gente. Sé que hay cosas que aún deben suceder, pero no estoy dispuesto a ser un títere, ni a entrar en su juego, si algo está en mis manos hacer.- opinó el Rey Elfo enfáticamente.

El Rey del Bosque, entró a la fortaleza, estaba muy oscuro, húmedo, con podredumbre por todos lados, el aire era pesado y arrastraba consigo un vaho putrefacto. Los Ents, se miraron unos a otros y se distribuyeron por la zona alrededor de la edificación. Aldalcar esperó allí, hundió sus raíces en la tierra estéril, queriendo averiguar el destino del bosque en esa zona, de inmediato su tronco se puso negro y el pastor se estremeció.

Thranduil caminó por los pasillos, entró a un par de estancias, cruzó algunos puentes, sólo el silencio le acompañó. La mayoría de los muros estaban cuarteados o completamente derrumbados. Al centro de uno de los patios, entre un montículo de hojas secas y nieve, vio un pequeño resplandor que llamó su atención, empuñó su espada con seguridad y se dirigió con cautela hasta allí. Observó a su alrededor antes de agacharse, sus ojos zafiro parecieron más profundos, cuando removió una daga de afilada hoja, con una inscripción élfica y una gema en la empuñadura, la daga de su madre. Sintió un mortecino viento atravesar su cuerpo, heló su corazón, todo a su alrededor giró bruscamente: gritos, sonidos metálicos, ráfagas, calor, humedad, humo. Su vista se fue aclarando, y allí estaba él, en el campo de batalla con las manos ensangrentadas, sosteniendo el cuerpo inerte de su padre. Sacó la espada del pecho del Rey Oropher, la sangre emanó a borbotones, tiñendo los cabellos plateados del Rey del Bosque Verde. Miró la espada quiso arrojarla, todo a su alrededor parecía tan irreal, todo sonido había desaparecido, sólo estaba ahí, a un lado del cuerpo de su padre al cual le había arrancado el último aliento.

Respirar se hacía difícil, se incorporó, la espada quemaba su mano, su corazón dolía profundamente. Volvió a tornarse oscuro, escuchó su nombre pronunciado por aquella hermosa voz que alguna vez lo amó. Estaba afuera de aquella caverna, los ojos suplicantes de su madre lo veían, las lágrimas empañaban su brillo. Las bestias oscuras la golpeaban y humillaban brutalmente, él estaba en shock, herido y los orcos le atacaban. Volvió a oscurecerse, un remolino alrededor de él, atemorizantes aullidos, gritos, llanto, dolor. Su vista se fue aclarando y le reveló el más cruel de los escenarios. Ahora veía allí a su madre pegada a una de las paredes de la cueva, llamando en el silencio a su esposo e hijo, que por desgracia nunca llegarían a tiempo.

Aparecieron entonces aquellas bestias: huargos, con enormes colmillos y garras afiladas, olfatearon el sitio, gruñendo y deleitándose con el instinto de caza que los había invadido. Sus enormes ojos rojos brillaban en aquella oscuridad. La Reina Amanthil apenas se movió, temblaba, esperando la cruel solicitud de la malignidad. Thranduil seguía estático, presenciando aquello, su respiración era violenta y su cuerpo se tensó dolorosamente. De pronto, los lobos se acercaron amenazantes a su madre, se relamieron los hocicos espumosos, la elfa sacó una daga de la mullida armadura, y cuando uno de los animales se abalanzó, esta logró asestarle un corte en el cara, sin embargo, provocó que el huargo se encolerizara y la atacó despiadadamente, mordiendo una de sus piernas que de inmediato se desgarró, mojando la tierra con su sangre.

Volvió a sacudirla con tal violencia, que desprendió su pierna para después devorarla, su madre ahogó un grito y de sus ojos gruesas lágrimas empaparon sus mejillas. Otro de los huargos, mordió al que había atacado primero, deseaba un trozo de aquella carne. Aprovechando la pelea, la Reina Amanthil se arrastró, con dirección a donde un ligero rayo de luz penetraba. Uno de los lobos percibió el movimiento, y se lanzó de un salto contra la elfa, la tomó por el vientre y la zarandeó con fiereza hasta estrellarla contra una de las paredes de roca. La elfa aturdida, se arrastró nuevamente, sus entrañas estaban expuestas, sus ojos azules habían comenzado a apagarse y la palidez de la muerte se apoderaba poco a poco de su espíritu. Thranduil logró moverse y se agachó delante de su madre, los ojos de ella intentaban encontrar algo en aquella fría lobreguez. De pronto, su mirada se concentró en aquella presencia invisible que era su hijo. Thranduil intentó agarrar a su madre, cuando ambas fieras, mordieron los brazos de la ella, tirando espantosamente para lados opuestos hasta que la carne y huesos se desprendieron produciendo un sonido sordo.

El cuerpo de su madre quedó lánguido con el hermoso rostro cubierto por el barro y la sangre. Thranduil volvió a acercarse, una angustia terrible lo invadió, aquello había sucedido, él no estuvo allí, él no hizo nada, él se ahogaba en su propia pena mientras su madre era masacrada. De nuevo, el ataque de los huargos, esta vez uno de ellos atacó la cabeza y con un horripilante crujido reventó el cráneo de la Reina Amanthil, arrancándole la vida definitivamente, después ambos animales se dieron un festín con la carne de la elfa. Nada quedó, sólo el recuerdo de ella.

Thranduil se estremeció de rabia y tristeza. Aldalcar que seguía enraizado en aquél lugar; desde su altura vio la figura paralizada del Rey Elfo en aquél patio. La mirada de éste estaba ensombrecida y fija en algún punto del suelo. De su mano izquierda caían gotas de sangre, debido al fuerte agarre de la daga, su espada estaba sobre la nieve.

A punto estuvo de caer del caballo cuando en su mente aparecieron crueles imágenes de la muerte de los Reyes del Bosque Verde.

-¿Man-ie Lothíriel? (¿Qué pasa Lothíriel?)- preguntó Elmoth, acercándose a la elfa que estaba muy pálida y con los ojos nublados. Ella no respondió sólo le dirigió una mirada vacía. –Será mejor que paremos.- alzó la mano para que los guardias se detuvieran.

Nenthil que viajaba en el flanco derecho de la elfa se acercó alarmado. -¿Lothíriel se encuentra bien?- preguntó, al darse cuenta de la lividez de la noldorin. Pero ella nada respondió, su mirada estaba ausente.

Elmoth desmontó y se acercó a ella cargándola para bajarla del caballo. Giliath, que viajaba en la retaguardia, buscó en la alforja algo que pudiera ayudarla, halló el líquido que Estelion le diera a la elfa y lo acercó inmediatamente a Lothíriel, que yacía en los brazos del orfebre. De los ojos de la prometida del Rey del Bosque menguadas lágrimas empaparon sus mejillas; antes de caer se escarcharon en su piel debido al intenso frío.

-¡Thranduil no dirweg! (¡Thranduil ten cuidado!)- pronunció en un susurro afligido. Elmoth sintió la ira recorrer su cuerpo, no concebía que Lothíriel estuviera en ese estado por lo que fuera que se relacionara con el Rey Sinda. Giliath vertió un poco de aquel líquido en los finos labios de ella. Elmoth la atrajo hacia su pecho y acarició sus cabellos azabaches.

En el tétrico patio un par de sombras negras se elevaron amenazadoras, poco a poco se acercaban al Rey del Bosque que seguía sumido en aquellas visiones. Aldalcar sacó una de sus raíces y la extendió en dirección al elfo sinda para sacarlo de allí. Las sombras cortaron la raíz del Ent, y un chillido agudo profirieron aquellos espectros, la lengua negra resonó por los muros de la fortaleza oscura.

-Te mostré aquello que tanto deseabas ver, ahora sabes cuál fue el final de tu madre. Deberías estar agradecido, tanto has suplicado a los Valar por ello ¿y qué has recibido a cambio? Quitaste a tu padre de mi camino y éste es mi regalo.- recitó la voz siniestra. Rey del Bosque, hay oscuridad en ti, puedo verla. Tus servicios serán bien recompensados, he escuchado tus pensamientos, te he visto pedirle a la negrura liberarte de las ataduras a las que Ilúvatar te ha condenado. La vida se ha vuelta una carga insoportable, yo puedo aligerarla. ¿Qué te detiene, elfo? Aquél precipicio que tanto has visitado y cuyo final no puedes ver, te seduce, pero aquí estás; estoico aferrándote a las expectativas que los otros han depositado en el grandioso monarca. ¡Deshazte ya de tu estúpida vanidad! Luchas contra unas cadenas porque las tuyas ya se han encarnado en lo más profundo de tu mente.

¿A qué le temes elfo? Yo te liberaré de todos tus miedos, yo puedo darte lo que más deseas. ¿Es esa elfa de sangre noldor? Sublime criatura, sin duda, un extraordinario trofeo para cualquiera. Puedo postrarla en tus aposentos a esa y a muchas otras, podrás dar rienda suelta a tus más inconfesables deseos carnales. Joyas y tesoros rebosarán tus arcas, y con un ejército poderoso podrás arrasar con los Enanos. Conservarás este bosque, pero me entregarás a tu pueblo, un precio bajo por las promesas que te hago.- profirió aquella tosca voz.

-¿Por qué habría de compadecer a los muertos cuyo destino ya ha sido cumplido?- cuestionó Thranduil, aún con la mirada en el suelo. –No puedes darme nada que yo ya tenga o pueda conseguir.- de un ágil movimiento lanzó la daga con la mano izquierda, y logró cortar parte de la raíz putrefacta que estaba por infectar a Aldalcar. Se arrodilló, tomó su espada y aguardó, sus gélidos ojos azules escrutaban aquella lobreguez, el suelo vibró cuando el Ent sacó sus raíces de la tierra y los árboles infectados se fueron desvaneciendo como ceniza en el viento.

Las sombras volvieron a aparecer, aquella voz articuló una estruendosa carcajada. -¿Qué puede hacer un elfo contra un poder como el mío?- la voz sonaba en todos lados y retumbaba con violencia en el pecho del soberano. Thranduil se movió cuidadosamente sin quitar de encima la vista a ambos espectros. De pronto, las sombras cambiaron de forma adquiriendo el aspecto de edaín. Desenvainaron largas y toscas espadas, se desplazaron en círculo alrededor del elfo. Ambos acometieron y Thranduil logró esquivar un ataque, conteniendo el otro con su espada, de inmediato el monarca giró y antes de asestar un corte al espectro, éste logró detener la afilada espada con el guante metálico que le cubría la mano. La sombra se desvaneció, apareció detrás del elfo y le propinó una fuerte patada en la espalda que lo arrojó contra la afilada pared de roca. Thranduil se levantó de inmediato sonriendo de lado, sintió la presencia de otra de las sombras detrás de él, en un rápido movimiento giró y su espada cortó la cabeza de aquél "edaín". El espectro chilló estridentemente y la cabeza que rodó por el suelo se desvaneció.

-Mi sombra se extiende más allá de este bosque… y pronto alcanzará lo que más amas. ¿Qué hace tu preciosa elfa?, ¿cuánto tardará su sangre orgullosa de antiguos y altos noldor, sucumbir a la seducción del poder?- vociferó rabiosamente aquella voz, que estaba en todos lados, dentro de su mente. Entonces en su pensamiento apareció Lothíriel, en un páramo despoblado y nevado, rodeada por dos elfos que Thranduil reconoció de inmediato: Nenthil y Giliath, ambos parecían preocupados. La elfa yacía en brazos de Elmoth, quien le acariciaba el rostro y le limpiaba las lágrimas escarchadas. Los ojos de la noldorin estaban ensombrecidos, vacíos y una profunda angustia denotaba sus hermosas facciones. Elmoth se acercó poco a poco al rostro de ella mirando con deseo sus finos labios. Thranduil apretó los puños, lleno de ira buscó a los espectros, la ensoñación se detuvo, y la voz oscura rio maliciosamente.

-¿Qué crees que haces?- gruñó Nenthil, apuntando su espada al cuello de Elmoth, que se alejó antes de poder besar a Lothíriel.

Cuidadosamente Elmoth depositó a la elfa sobre la nieve, se giró hacia Nenthil, le dirigió una mirada de burla y desenvainó su espada. Sin más aspavientos, atacó al guardia, el sonido del choque de espadas rompió la quietud de aquella planicie. Giliath sacó su espada, pero con la mirada, el elfo de la cicatriz le pidió que no interviniera. Así que, cargó a Lothíriel y se mantuvo a una distancia prudente.

El intercambio de ataques, contrataques y defensa fue sorprendentemente veloz. Dispuestos a acabar el uno con el otro, se atacaban como si fueran enemigos de antaño, los ojos de ambos elfos brillaban por la furia. Giliath comenzó a desesperar, la batalla se había prolongado por mucho tiempo, el sol empezaba a caer; los elfos respiraban agitadamente, sus cabellos alborotados y humedecidos se pegaban a sus rostros. Los caballos parecían inusualmente nerviosos ante el enfrentamiento.

Giliath sintió a Lothíriel removerse en sus brazos, la elfa abrió sus ojos de plata y por lo bajo dijo -¡Daro, an ngell nîn! (¡Alto, por favor!)- aunque su voz casi fue imperceptible surtió el efecto deseado, justo en el momento en que ambos elfos habían quedado con sus respectivas espadas apuntando a sus cuellos. Allí se quedaron estáticos sin dejar de amenazarse. Elmoth tenía sangre en la boca, la nariz y en un costado de la cabeza; Nenthil por su parte sonreía satisfecho ante lo sucedido.

Lothíriel bajó de los brazos de Giliath, que la siguió de cerca. –No son ustedes mismos ahora, el Poder Oscuro está ahora entre nosotros.- les dijo la noldorin, quien se quitó la capucha y su hermoso cabello azabache se removió con la ventisca. Pero los elfos seguían dirigiéndose fieras miradas. –Elmoth, Nenthil; no es entre nosotros que debemos luchar. Bajen sus armas.- repitió con voz calmada, aproximándose a ellos. Los elfos parecieron vacilar, pero ninguno quería quedar a merced del otro. Elmoth quitó su espada rápidamente provocándole un corte superficial al guardia que inmediatamente comenzó a sangrar. Lothíriel dirigió una mirada de reproche al elfo de ojos azules e inmediatamente se acercó a Nenthil para atender su herida. Giliath por su parte, siguió cauteloso los pasos de Elmoth quien se encaminó hacia su caballo.

Lothíriel sacó un paño de su traje y presionó ligeramente la herida para detener la hemorragia. Se giró para llamar la atención de Giliath, quien traía la alforja. El guardia se aproximó con sus sentidos alerta ante cualquier posible ataque de Elmoth, que ahora les daba la espalda y acariciaba a su equino; en un intento por tranquilizarse él mismo.

-Giliath, por favor, sostén esto aquí. Buscaré algo que podamos usar para atender sus heridas.- indicó Lothíriel, agachándose para rebuscar en la alforja.

-Nan mara, av-'osto (Estoy bien, no se preocupe).- señaló Nenthil, observando todavía a Elmoth.

-Lo encontré.- la elfa sacó un frasco con un contenido transparente, vertió unas gotas sobre el paño y le pidió al guardia que lo sostuviera. Nenthil pudo ver la hermosa cara de la elfa y sintió su dulce fragancia ser llevada por el viento, sus delicadas manos atendiendo cuidadosamente su herida. Entendía porque el Rey Elfo se había enamorado de ella. Una elfa de extraordinaria belleza y de noble corazón. Sus ojos la miraban con intensidad.

-¿Sucede algo?, ¿te lastimo?- averiguó Lothíriel, al percatarse de la mirada del guardia.

Nenthil inmediatamente se retiró. –Estoy bien, gracias.- dijo el elfo, desviando la mirada hacia la alforja.

-No es un corte profundo, sanará pronto. Procura mantener la herida limpia.- explicó la elfa con amabilidad. No obstante, Nenthil pudo notar un velo de tristeza detrás de los ojos de ella, una angustia que crecía rápidamente en su alma. Cuando estaba a punto de preguntarle, la elfa sacó un trozo de tela y se llevó el frasco dirigiéndose hacia donde se encontraba Elmoth. Giliath se tensó y la siguió.

Elmoth escuchó los pasos sobre la nieve, observó por el rabillo del ojo y se giró para encarar a la elfa, quien le devolvió una mirada seria. –Permíteme revisar tus heridas.- pidió Lothíriel, acercándose.

El orfebre no le quitó los ojos de encima, la noldorín sintió un escalofrío recorrer su espalda, evadió sus ojos azules y diligentemente comenzó a atender el corte a un costado de la cabeza. El elfo le detuvo la mano tomando su muñeca, lo que forzó a la elfa a mirarlo a los ojos. -¿Qué es lo que te perturba tanto?- averiguó el elfo, escrutando en los claros ojos grises de Lothíriel.

Lothíriel dudó, no quería hablar de lo que había visto en su mente: la muerte espantosa de los Reyes del Bosque Verde y el peligro en el que se encontraba Thranduil. –Aran Thranduil está en grave peligro.- pronunció con el corazón contraído por la angustia.

Elmoth le soltó la muñeca y permitió que lo atendiera, pero él mismo evaluaba el estado en el que se encontraba Lothíriel. Cuando ella terminó con la curación, entregó otro paño limpio empapado con aquél líquido, para que Elmoth limpiara la herida que tenía en la boca. Así lo hizo, notó la tensión en la noldorin, se acercó a ella por la espalda, absorbiendo su embriagante aroma, entrecerró los ojos, le tocó el hombro y ella dio un respingo. Giliath observaba con atención todos los movimientos del elfo, sin dejar de empuñar su espada. –Aran Thranduil, nunca está solo y estoy seguro de que…- decía el orfebre cuando ella lo interrumpió.

-Ava Elmoth (No lo hagas Elmoth), no pronuncies palabras vacías.- opinó Lothíriel sabiendo del desprecio que su amigo sentía por el monarca. El elfo se quedó en silencio, muy en su interior, deseaba que el destino quitara de su camino al Rey Sinda, el mayor obstáculo entre él y la noldorin. –Elmoth has cambiado, has dejado que la ira, el rencor y la venganza, opaquen tu verdadera esencia. Te conocí en un tiempo, admiré tu fortaleza y tus manos habilidosas, pero ahora me asustas. Alassenyan, mellon nin (Por favor, amigo mío) vuelve.- manifestó, poniendo su mano sobre el corazón de Elmoth, que la miró sorprendido y se alejó.

-Es mejor que retomemos la marcha, pronto oscurecerá.- opinó Elmoth con la voz ronca.

Lothíriel asintió, junto a Giliath acomodaron la alforja sobre el caballo de este. Ella volvió a montar su equino, cuando tomó las riendas se dio cuenta que su muñeca, donde la había agarrado Elmoth, estaba amoratada.

-¿Lothíriel se siente bien?- preguntó Nenthil, acercándose a un costado ya montando su corcel.

Ella cubrió la magulladura con la manga de su traje de viaje y miró al guardia. –Debemos seguir con nuestro camino.- dijo tratando de ocultar su preocupación.