Capítulo 42
La sangre escurría por su frente y le empañaba la vista, su cuerpo estaba adolorido, el cansancio iba haciendo mella. Además la insondable malignidad iba drenándole la energía vital. Aquellos espectros lo atacaban con ferocidad y esa voz que resonaba en su cabeza le aturdía los sentidos y confundía su mente. Los había cortado innumerables ocasiones y las mismas habían vuelto a levantarse. Sabía que debía ser en extremo cuidadoso y evitar ser herido directamente por aquellos servidores de Sauron, pues podría ser emponzoñado por el hálito negro.
En aquél instante, las sombras habían desaparecido, una vez más Thranduil sintió un viento helado levantar la hojarasca, se quedó quieto, bajó la mirada, sintió a alguien acercarse poco a poco a su espalda.
-Thranduil ionneg (Thranduil mi hijo)- escuchó la voz de su padre, sintió que su corazón dio un vuelco, su mano derecha, con la que sujetaba su espada, comenzó a temblar. -Nin gwerianneg, ¿man agorel? (Me traicionaste, ¿qué hiciste?) Prometiste proteger el reino, pero has fallado. Me avergüenzo, crie un hijo para que fuera capaz de combatir a la oscuridad y defender a los suyos, pero sólo eres una burla para nuestra familia y para nuestro pueblo.
Thranduil estaba atónito, no deseaba verlo, quería que se callara y que volviera a las Estancias de Mandos. Una intensa ira, impotencia y tristeza se apoderaban poco a poco del poco autocontrol que aún poseía, acomodó nuevamente la espada entre sus dedos, limpió la sangre de su rostro con el antebrazo. -¡Mírate! ¿Y te dices el Rey del Bosque Verde?, ¿tanta era tu ambición por quedarte con el trono que me mataste y dejaste morir a tu madre? Tus manos están manchadas de sangre, la sangre de los tuyos y ahora te enlazarás con la descendiente de los asesinos de hermanos. ¿En qué te convierte entonces?- dijo la profunda voz de su padre.
Thranduil temblaba de pies a cabeza, su respiración era rápida, sus ojos estaban oscurecidos. De pronto, alzó el rostro, giró y encaró al Rey Oropher. El Rey Sinda le sostuvo la mirada por algunos segundos, después volvió a bajar el rostro, se sintió vacío y las fuerzas le abandonaban. –Hubiera preferido que tú estuvieras muerto en lugar de tu madre…- la afilada hoja de la espada cortó la cabeza de Oropher, se escuchó un chillido tan agudo que Thranduil tuvo que cubrir sus orejas puntiagudas. Del aquél cadáver una sustancia negra y viscosa como lava empezó a empapar la tierra, llegó a las botas del monarca, las cuales comenzaron a humear, se retiró, se sintió profundamente mareado, la visión borrosa, el sudor frío recorría su espalda, sus pulmones quemaban y su respiración se hacía dificultosa.
Una preciosa elfa de largos y ondulados cabellos dorados, piel de blanco mármol, ojos azules, finos labios rosados y con amable expresión en su rostro leía animadamente una historia para su pequeño hijo, quien se encontraba sentado sobre su cama cubierto por algunas mantas. El pequeño tenía sus expresivos ojos claros puestos en el ventanal, desde el cual podía observarse el vasto Bosque Verde. El elfo rubio de apenas unos tres años de edad, no prestaba demasiada atención a lo que su madre leía, su mente estaba ocupada por un pensamiento angustiante que no lograba comprender.
La Reina Amanthil notó la preocupación de su hijo, cerró el grueso libro, lo colocó sobre la mesa a un lado de la cama. Se acercó a Thranduil, quien aún seguía mirando las copas de los árboles y apretaba con sus pequeñas manos las mantas que lo cubrían. –Veleth nin ¿man-ie? (Cariño ¿qué pasa?)- preguntó la elfa sentándose a un lado de su hijo.
Éste la miró por unos segundos para después observarse las manos. –Nana (Mamá) yo no quiero ser rey…- manifestó el pequeño elfo casi en un susurro.
Amanthil evaluó con curiosidad a su hijo, levantó la preciosa carita del elfo y le dio un beso en la frente. -¿Am man theled henig? (¿Por qué razón mi niño?)- preguntó amorosamente.
Thranduil vaciló, sacó sus piernas de entre las mantas y se sentó frente a su madre. –Porque ada (papá) tendría que morir y yo no quiero que él se muera, yo quiero que esté siempre conmigo.- pronunció el pequeño en un intento por sacar toda la opresión en su pecho.
La reina le sonrió con dulzura, acarició su cabeza plateada. –Eso no es del todo preciso, mi príncipe, ada (papá) podría decidir dejar el trono por cualquier otra razón no necesariamente la muerte; y sería tu deber, mi pequeño, cuidar de nuestra gente. Pero esos son asuntos que por ahora no deben preocuparte. Ninguno de nosotros puede saber con certeza las pruebas que nos depara el destino, lo que sí podemos hacer es cultivar la mente y el cuerpo para que, llegado el momento, tomemos las decisiones y responsabilidades apropiadas. La reina abrazó a su hijo, sintiendo la sincera preocupación de su pequeño y el esfuerzo que hacía por contener sus emociones.
-Nana (Mamá), estudiaré mucho y me convertiré en el mejor guerrero, los protegeré a ada (papá) y a ti.- dijo con determinación Thranduil, el Príncipe de Bosque Verde.
-Eso está muy bien, hodo-ninya (mi corazón), pero tu deber más importante es ser feliz.- manifestó la reina ante la curiosa mirada de su hijo. –Gi melin veleth nin (Te amo cariño)- expresó sonriendo con calidez.
-Gi melin nana (Te amo mamá)- dijo Thranduil aferrándose a lo brazos de su madre.
Miraba fijamente la daga que tenía entre sus manos, no supo cómo había llegado hasta ella, se sintió estúpido al permitirse ausentarse de esa manera en sus recuerdos, puesto que el peligro lo acechaba. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no podía indagar en esos sitios de su memoria, había olvidado que los recordaba.
La madrugada está muy avanzada, el viento era helado y las estrellas no podían verse desde aquél sitio. La voz se había callado y el otro espectro había desaparecido. Guardó la daga en su cinto y caminó con cautela, escrutando en la oscuridad, la hemorragia de la cabeza había cesado. Se alejó por un pasillo apenas iluminado por la sombría noche, llegó hasta un puente, se limpió ambas manos con el pantalón para retirar la sangre que hacía resbalar el agarre de su espada.
De pronto, escuchó el relincho de Dîn, sonó angustiado, Thranduil corrió hacia el lugar de donde provenía el sonido, no obstante, las paredes de la fortaleza oscura se cernían sobre él, haciéndose tan estrechas que apenas lograba avanzar y los pasillos laberínticos provocaron que por momentos se creyera perdido. Antes de poder salir, algo lo tomó por el cuello y lo derribó, al caer un trozo de metal que sobresalía del suelo atravesó el muslo izquierdo del monarca; Thranduil cerró los ojos debido al penetrante dolor, su espada cayó de su mano, con ambas manos se tocó el cuello; un látigo se apretujaba con fuerza, sintió su cabeza palpitar debido a la presión y el suministro de oxígeno cesó, intentó desesperadamente zafarse, se llevó la mano al cinto, logró sacar la daga y con un rápido movimiento, cortó el flagelo que estaba cubierto con venenosas puntas, respiraba agitadamente, y su pierna dolía intensamente, su pantalón estaba empapado por la sangre y ésta había comenzado a deslizarse a través de la roca oscura.
Se quedó un momento allí, recuperando el aliento, el cuello y las manos comenzaron a escocerle, se miró la palma de ambas mano y ámpulas se estaba formando allí producto del veneno del látigo, se tocó el cuello y notó los bultos acuosos que dolían al mínimo roce. Maldijo por lo bajo, se recargó en los antebrazos para observar su pierna, estiró la mano e intentó remover el metal del piso, una oleada de dolor le atravesó con fuerza la pierna dejándolo sin aliento, la varilla estaba incrustada en la piedra, así que debía mover su pierna para sacarla de allí.
Volvió a recargarse en los antebrazos, hasta que logró sentarse, el metal sobresalía unos diez centímetros de su muslo y en la punta tenía unas largas astillas. La sangre había hecho un charco debajo de él, se desangraba, así que debía apresurarse. Rasgó su casaca para hacerse unos torniquetes, se envolvió el muslo y apretó firmemente, dolió espantosamente y la sangre le salpicó la cara. Se limpió el sudor de la frente, inhaló profundamente y deslizó su pierna, apretó las manos entorno al muslo, gimió por lo bajo, la sangre brotó con más vigor, se quedó sin aliento y tuvo que detenerse, se dejó caer al suelo, intentando controlar su agitada respiración. Volvió a maldecir, ahora sentía que sus vías respiratorias se estrechaban producto del envenenamiento. Afuera escuchó los relinchos angustiosos de su caballo, luego el sonido de la floresta agitarse violentamente, percibió sutiles vibraciones en la tierra y el crujido de los árboles.
El cuello y las manos le quemaban, las ámpulas habían crecido rápidamente, tomó la daga de su madre y reventó las que tenía en las manos, entrecerró los ojos para controlar el intenso ardor. Se sentó, tomó una gran bocanada de aire, con ambas manos sujetó su pierna, en ese instante el espectro se materializó frente a él, una risa siniestra le perforó la mente, intentó aferrar su espada pero no lo logró, empuñó la daga, de inmediato un agonizante dolor, su vista se nubló un poco, observó la varilla ésta estaba al rojo vivo quemándole la pierna desde dentro, apretó la mandíbula e intentó retirar la pierna, contuvo la respiración, el espectro se acercó a él, de pronto las paredes se derrumbaron y los escombros cayeron sobre él, sus ojos quedaron enfocados en su espada sobre el suelo a unos metros de él.
Se había escabullido en el despacho de su padre, mientras éste se encontraba en el jardín con su madre. Miró a su alrededor y se puso de puntitas para tratar de observar en los muebles más altos, un destello le reveló su presencia, la espada de fino y resistente metal fabricada por los más antiguos y habilidosos orfebres élficos de Doriath, se encontraba sobre el escritorio de roble. Thranduil sonrió y corrió directamente hasta allí, acercó la silla apoyando ambas manos en el respaldo y empujando con fuerza, intentando no hacer mucho ruido, no obstante, escuchó pasos acercarse y se ocultó debajo del escritorio cuando un elfo de la Guardia Real, se asomó al despacho del monarca. Después de echar un rápido vistazo éste se retiró, Thranduil suspiró y salió de su escondite. Se subió a la silla y vio la reluciente espada, deslizó su pequeña mano por el filo y la retiró de inmediato cuando uno de sus dedos comenzó a sangrar, agarró la espada por la empuñadura, era pesada para él y aunque intentó erguirla no lo logró, provocando que perdiera el equilibrio y cayera de bruces. Se levantó, se tocó la boca y sangraba, se había pegado con la empuñadura del arma de su padre.
Aguzó los oídos para intentar identificar si alguien se aproximaba, pero se percató de la voz de sus padres conversando con el guardia que hacía un momento había entrado en el despacho. Así que sin perder más tiempo, sacó la manta que había retirado de su cama y llevaba en una pequeña mochila, envolvió la espada lo mejor que pudo, gateó hasta el ventanal que daba al jardín donde se encontraban los reyes, levantó un poco la cabeza y vio a sus padres indicándole algo al guardia, cuando los tres dirigieron su mirada hasta donde él los espiaba, se agazapó de inmediato y regresó por la espada. Antes de salir por el pesado portón de roble, echó un vistazo al corredor, vio a un par de elfos desaparecer en una de las desviaciones del pasillo, creyó que era el momento preciso. Se ajustó la mochila, con ambas brazos el pequeño elfo aferró la espada contra su pecho, sonrió al salir al pasillo y verlo desierto, corrió lo más rápido que pudo, estaba a punto de alcanzar su habitación cuando uno de los guardias se aproximaba, Thranduil dejó su carga en el suelo, se sentó allí y comenzó a hurgar en su mochila, sin buscar nada en particular, sólo para desviar la atención del elfo.
El guardia se detuvo frente al pequeño príncipe, lo saludó mientras lo observaba con curiosidad. Thranduil devolvió la cortesía, explicó ante la insistente mirada del guardia, que preparaba un regalo para su padre y por eso debía ser secreto. El soldado sonrió y asintió, después de preguntar si podía ayudar y el pequeño sinda negara, se retiró. Thranduil suspiró aliviado, reemprendió la marcha hasta que finalmente pudo llegar a su habitación, dejó la espada en el suelo cerca de la cama, miró por todo lados pensando en donde podría esconderla, cuando escuchó que alguien llamaba desde el corredor. Nervioso corrió, empujó el arma debajo de la cama, cuyo rodapié blanco cubría el motivo de su preocupación. Como pudo se arrojó a la cama desarreglada, tomó un libro y fingió estar concentrado en él.
El guardia que antes había visto en el despacho de su padre, asomó la cabeza y llamó al pequeño elfo de cuatro años, anunciándole que sus padres querían verle en el jardín. El centinela señaló al niño elfo que le sería más sencillo leer el libro si éste no estuviera de cabeza, situación que provocó que Thranduil diera un respingo y se levantara de la cama procurando cubrir su rostro para ocultar su labio inflamado. El elfo rubio se puso la capa y la capucha para ocultar el golpe, el guardia lo observaba con curiosidad, mientras lo esperaba en la puerta. Finalmente Thranduil fue escoltado hasta el jardín, era un día de primavera con el sol resplandeciente que acariciaba las flores y árboles, el aire estaba impregnado con agradables aromas, y la floresta se engalanaba con sus más finos ropajes. El príncipe se sintió inmediatamente acalorado por la capa, pero debía evitar que se dieran cuenta del golpe que tenía y levantar sospechas sobre sus osados menesteres.
Los Reyes del Gran Bosque Verde conversaban animadamente en el bello jardín rebosante de flores de exóticos colores, su madre estaba sentada sobre el césped verde, mientras su padre estaba de pie mirando el bosque que se desplegaba frente a ellos. Cuando repararon en la presencia de su hijo, ambos se miraron contrariados ante la actitud del pequeño príncipe. El guardia que lo acompañaba hizo una reverencia y se retiró. Thranduil no se quitó la capucha y se quedó allí estático sin decir palabra alguna. El Rey Oropher se acercó hasta su pequeño, se colocó a la altura de Thranduil y le sonrió.
-¿Man-ie? (¿Qué pasa?)- preguntó el monarca, cuando iba a acercar su mano para retirar la capucha, el pequeño dio un paso hacia atrás. La reina al observar la acción se preocupó, se puso de pie y fue a encontrarse con su hijo.
-Veleth nin (cariño) ¿te encuentras bien?- preguntó la melodiosa voz de su madre. El pequeño asintió, temía ser descubierto y entonces su plan se vendría abajo.
El rey entrecerró los ojos cuando percibió las intenciones de su hijo de salir corriendo. –Thranduil quítate la capa.- indicó su padre firmemente.
La Reina Amanthil tocó el hombro de su esposo para que conservara la calma. La preciosa elfa sinda, se agachó, tomó los hombros de su hijo. –Thranduil hijo, es un día hermoso, esa capa te impedirá verlo y sentir el cálido sol que nos regala hoy Ilúvatar.- dijo con ternura.
Thranduil vaciló, movió sus brazos y se sacó la capucha. Miró los ojos azules de su madre y agachó la cara al ver que ella evaluaba la hinchazón de su cara. –Amin hirateha nana, ada. (Lo siento, madre, padre)- se disculpó por su terquedad.
-Velth nin (cariño) ¿te encuentras bien, qué ha pasado?- dijo la reina con preocupación al ver el amoratado labio del príncipe, examinó con la mirada rápidamente al elfo rubio y se percató del corte en una de sus manos.
El Rey Oropher se acercó de inmediato al percibir la preocupación en la voz de su esposa. Observó a su hijo, que aún tenía la cabeza gacha y la cara ruborizada. El soberano cargó a su hijo y lo evaluó más de cerca. –¿Thranduil tienes algo que decirnos?- preguntó su padre levantando la hermosa carita de su hijo.
-Meleth nin (Mi amor), las explicaciones pueden esperar. Ahora es más importante que lo vea un sanador.- señaló su esposa.
-Iston, av-'osto (Lo sé, no te preocupes), no parece ser nada grave.- el rey con su hijo en brazos, seguido por su esposa, se dirigió a su despacho y pidió a su guardia que llevaran a un sanador.
Ereb llegó a los pocos minutos, el príncipe se encontraba sentado sobre uno de los sillones, mientras su madre lo acompañaba y su padre había comenzado a buscar su espada. El sanador, auscultó y atendió al pequeño, vendó sus dedos heridos y colocó una pomada sobre el hematoma de su boca. El elfo explicó a los reyes que no había nada de qué preocuparse y que las heridas sanarían en breve. Se retiró con el beneplácito de los padres de Thranduil.
De inmediato, el príncipe comenzó a corretear por la estancia, salió al balcón, se paró de puntas agarrándose del fino barandal y con una expresión de asombro observó complacido aquél hermoso paisaje primaveral.
-¿Man-ie meleth nin? (¿Qué pasa mi amor?)- preguntó la reina al ver a su esposo observar el lugar donde había dejado su arma.
-Creo saber lo que ha sucedido…- respondió el rey. -Thranduil ven aquí- llamó a su hijo.
El pequeño dejó de jugar y entró corriendo al despacho, se detuvo en seco cuando vio el rostro serio de su padre observarlo desde el escritorio de roble.
–Thranduil dime ¿qué fue lo que pasó?- pidió el Rey Oropher rebuscando en su hijo que se había puesto nervioso.
-Adar (Padre)… me caí…- respondió el pequeñito mirándose las manos. La Reina Amanthil se acercó a su esposo y se colocó a un lado de él.
-Piensa muy bien lo que vas a decir, sabes que no toleraré mentiras.- manifestó su padre.
-Oropher, an ngell nîn (Oropher, por favor), escuchemos lo que nuestro hijo tiene que decir. – sugirió la reina.
Thranduil levantó su mirada cristalina y observó a sus padres. –Adar, naneth (Padre, madre); tomé la espada y me caí cuando la bajé del escritorio, amin hiraetha (lo siento).- se excusó.
El rey observó a su hijo, complacido por haber escuchado la verdad en sus palabras, él había visto la herida en los dedos de Thranduil y supo que eran producto de una hoja afilada. Además había unas gotas de sangre sobre su escritorio y su espada había desaparecido misteriosamente. No obstante, se preocupó pues había sido peligroso que Thranduil hubiese manipulado un arma.
La reina se acercó a su hijo pues notó la angustia en su rostro, se inclinó para quedar a la altura del elfo. - ¿Am man theled? (¿Por qué razón?)- averiguó.
Thranduil se tensó. –Porque si adar (padre) no tenía su espada no se iría a ninguna batalla y entonces no moriría.- expresó el pequeño con los ojos acuosos.
Ambos padres se sorprendieron ante las palabras y la sincera preocupación de su pequeño hijo. La reina abrazó a Thranduil amorosamente y le besó la frente. El rey se levantó de su asiento, pidió a su esposa y a su hijo que se sentaran junto a él en el sillón frente al gran ventanal del despacho.
-Thranduil fue peligroso lo que hiciste, pudiste resultar gravemente herido. Por otro lado, hay cosas de las que no podemos huir aun si no tenemos una espada en la mano, no sabemos lo que el destino nos aguarda pero hay que hacerle frente con el corazón en la mano y esperando que nuestras acciones sean las adecuadas. Ionneg (Mi hijo), temer a la muerte es temer a la vida, lo importante es cómo vivimos el tiempo que moramos en este mundo.- dijo el Rey Oropher acariciando la cabellera plateada de su hijo.
-Veleth nin (Cariño) hay batallas que no se pelean con armas y son las más duras, pero de las que las mejores lecciones resultan si eres consciente.- dijo la Reina Amanthil.
El Rey Oropher, majestuoso, fuerte, elegante, hermoso, colocó a su hijo sobre su regazo. –Ionneg (Mi hijo) te amaré aquí y donde quiera que el destino me lleve.- y lo acunó cerca de su corazón.
Thranduil no pudo contener las lágrimas, se aferró a su padre. -Atarinya tye-meláne (Padre mío, te amo)- dijo el pequeño.
-A yonya inye tye-mélane (Y yo también, hijo mío, te amo)- expresó el Rey Oropher besando la cabeza de su pequeño príncipe.
Aldalcar seguía tratando de recuperarse del envenenamiento inicial producto del ataque del espectro. Los demás Ents se habían esparcido por la zona circundante y, de la misma forma que lo hiciera su líder, hundieron sus raíces en la tierra enferma para remover las raíces de los árboles negros, cuando éstos caían se evaporaban en una nube de ceniza. Aldalcar se movió hasta donde yacía el Rey Elfo cubierto por los escombros, un chorro de sangre cubría parte del piso de roca, movió las piedras con cuidado, descubrió el torso del elfo, tenía el brazo estirado hacia donde se encontraba tirada su espada, sus ojos estaban cerrados, su rostro macilento, sus labios amoratados, en el cuello y las manos espeluznantes ámpulas se habían extendido. El Ent, trozó una de sus ramas, pronunció algunas palabras en su lengua, un líquido transparente empezó a brotar, y lo esparció por las manos y cuello del monarca, que hizo una leve mueca, después vertió un poco en la boca y continuó retirando los escombros.
Thranduil sintió el movimiento a su alrededor, escuchó aullidos, crujidos. Abrió los ojos, enfocó a Aldalcar que le observaba con angustia. El Rey miró a los lados tratando de ubicarse, entonces una oleada de dolor lo trajo de vuelta a la realidad, su pierna seguía enganchada a la varilla. El Ent, intentó ayudar pero el Rey Sinda negó, respiró profundo varias veces, sostuvo firmemente su pierna con ambas manos y de un tirón sacó su pierna de allí, se quedó sin aire, aferró con fuerza el muslo mientras intentaba controlar los dolorosos espasmos. Aldalcar proporcionó una enredadera que sacó de su copa, el elfo se sentó, tomó la enredadera y la enrolló alrededor de la herida para contener la hemorragia. Sus manos y cuerpo temblaban, un sudor frío empapaba su cuerpo, se sentía débil, sin embargo, se obligó levantarse, después de varios intentos lo consiguió, un mareo casi lo hizo caer, su vista era borrosa por momentos, rengueó dolorosamente hasta que consiguió recoger su espada y la daga.
-Sus heridas son graves Señor del Bosque, debe regresar de inmediato al palacio. Yo le ayudaré.- dijo Aldalcar, cuya rama que había sido contaminada por el espectro tenía el aspecto de haber sido quemada. Sin embargo, la ponzoña había sido neutralizada.
-Lau (No), Aldalcar este espectro tiene que ser eliminado.- declaró el elfo respirando agitadamente mientras se encaminaba hacia la entrada de la fortaleza.
-Rey Elfo, el espectro ha convocado a un gran número de licántropos. Su caballo derribó a algunos pero la floresta lo cubrió y le mostró el camino de vuelta a su palacio.- anunció Aldalcar.
Thranduil se detuvo, se recargó en una de las paredes y pensó por un momento. –Aldalcar debes reunir a los demás Ents…- el soberano recogió un par de piedras, apoyándose en la pared, caminó hasta que recogió una rama seca. Chocó varias veces las piedras entre sí hasta que consiguió una chispa que encendió la rama seca. Aldalcar había atraído a los Ents, a través del viento, su mensaje fue llevado. Árboles de diferentes especies, tamaños, edades y apariencias, se reunieron alrededor del lugar.
-Nos desharemos de esa bestias, el fuego será nuestro aliado.- indicó agitadamente el elfo para recelo de los Ents quienes no gustaban del fuego.
-Rey del Bosque no debe exponerse más, su energía está peligrosamente débil. Pero si es su decisión le ayudaremos.- declaró el imponente líder de los Ents del Bosque Verde.
-Debemos impedir que esas bestias se dispersen y eso lo haremos amedrentándolos con antorchas, los reuniremos y rodearemos, después los quemaremos.- explicó el Rey Elfo con dificultad intentando controlar el dolor y el mareo que le aquejaban.
Los Ents se miraron unos a otros, trozaron largas ramas secas y encendieron sus antorchas, manteniéndolas lo más alejadas posibles de sí mismos. Thrnaduil aguzó los oídos pudo distinguir la dirección en la que se dirigían los licántropos, indicó con la mano a los Ents que se movieran a distintas posiciones. Aldalcar y el Rey Sinda irían por la parte delantera de la fortaleza, el Ent trepó por sobre los muros mientras el soberano caminó con dificultad por los pasillos. Se detuvo en seco cuando un crujido de hojas secas llegó desde uno de los costados, aferró su espada y aguardó; cuando sintió que la bestia daba un salto hacia él, giró la espada rebanando la cabeza del lobo.
Afuera el caótico ruido de aullidos, correteos y gruñidos hacía eco por todo el sitio. Al llegar a la salida de la fortaleza el color ámbar del fuego de las antorchas lo recibió, los Ents blandían el fuego sobre las bestias logrado apretujarlos cada vez más. Thranduil observó a un licántropo sobre uno de los Ents, el elfo lanzó su daga que se incrustó en la nuca de la criatura matándola al instante, fue entonces que los árboles repararon en la presencia del Rey del Bosque. Las criaturas eran realmente horripilantes, lobos de aspecto enfermizo, las costillas se les marcaban sobre la piel, sin globos oculares en sus cuencas, las fauces enormes repletas de pequeños pero afilados dientes, en sus patas poderosas garras sobresalían, algunos trozos de piel colgaban e incluso el cráneo podía verse.
Los licántropos, hombres que habían sido corrompidos por el poder de Sauron y convertidos en lobos malignos, divisaron al monarca y parecieron montar en cólera, muchos brincaron amenazadoramente sólo para ser repelidos por las antorchas de los Ents. Aldalcar se encontraba trepado en la parte superior del muro de la fortaleza, justo sobre Thranduil.
-Aldalcar necesitaremos leña, toda la que puedas encontrar.- señaló el Rey Elfo. Entre el alboroto pudo observar su arco y una flecha sobre el suelo, que seguro había caído de la montura debido al correteo de Dîn. Caminó poco a poco hasta allí, con cada apoyo sobre el suelo, la hemorragia se incrementaba, sin embargo, ignoró el hecho. Antes de poder llegar, un puñado de audaces licántropos se abalanzaron sobre el monarca derribándolo, Thranduil se giró en el suelo, su pierna dolió intensamente al chocar contra una roca, consiguió blandir la espada hiriendo a varios licántropos y matando a otros. Los Ents se tensaron y cuidadosamente acercaron las antorchas a las bestias que atacaban al monarca, Thranduil sentía el calor del fuego cerca de su cuerpo, pero increíblemente los animales siguieron embistiendo, aunque algunos fueron quemados en su intento y corrían enloquecidos por el dolor hasta que la muerte les llegaba.
Las fauces de las criaturas eran repelidas por la cota de mithril que el Rey portaba bajo su casaca verde. Con un movimiento Thranduil consiguió ponerse de pie, con espada en mano fue cortando cabezas y patas hasta deshacerse de sus atacantes. Los Ents trabajaban arduamente constriñendo a los licántropos en un círculo cada vez más pequeño. Aldalcar había pisado a algunos de los agresores del monarca mientras arrojaba una gran cantidad de leñas y hojas sobre las bestias que aullaban frenéticamente y se mordían salvajemente unos a otros.
Thranduil vaciló cuando sintió un intenso mareó que casi le hizo perder el equilibrio, recogió el arco y la flecha, respiró profundo y se acercó al árbol más cercano, trepó con mucho esfuerzo, la sangre había dejado un rastro sobre la corteza. De allí observó con desprecio a aquellas bestias que se arremolinaban histéricamente, dirigió sus ojos hacia Aldalcar que había arrojado una nueva carga de madera seca sobre los licántropos, se acercó al Rey Elfo comprendiendo la expresión en el rostro, el elfo sinda colocó la punta de la flecha en la antorcha que llevaba el Ent, mientras la apuntaba al centro del círculo donde estaba concentrada la mayor parte de la leña. De inmediato, disparó y acertó; la madera comenzó a arder vigorosamente, los animales chillaron se estrellaban contras los Ents que los rodeaban.
-Suelten las antorchas.- ordenó el soberano. Los Ents colocaron las enormes antorchas de manera que formaron un círculo alrededor de los lobos y se alejaron prudentemente. Los ojos de Thranduil brillaban ante el espectáculo aterrador, los licántropos producían aullidos que helaban los huesos, muchos yacían ya calcinados, otros corrían despavoridos intentando apagar la fuente de su agonía. No obstante, lo más atroz se desató cuando las criaturas que ardían vivas comenzaron a adquirir nuevamente forma humana y clamaban desesperadamente mientras su carne carbonizada se desprendía de sus huesos, muchos otros, se arrancaban la piel intentando extinguir el fuego, los aullidos se transformaron en gritos y súplicas. El olor era insoportable y la nube negra producto de la hoguera hacía difícil respirar. Thranduil miró fijamente, impertérrito y se aseguró que cada uno de los licántropos hubieran sido calcinados.
Los Ents, miraban con cierta angustia y desconcierto, la hoguera, algunos de ellos incluso retrocedían. Aquello era un espectáculo desgarrador que los llenaba de dolor. Muchos de ellos estuvieron atentos al Rey Elfo que no había pronunciado palabra alguna mientras la nube de ceniza se esparcía por el aire. Los chillidos, los gritos, las súplicas y los correteos fueron sustituidos por el crepitar de las llamas, después por el silencio.
Aldalcar miraba con extrañeza al Rey Elfo que se encontraba de pie sobre una rama con la espada en una de sus manos, de su pierna escurrían la sangre y manchaba la corteza del tronco. No se atrevía a pronunciar palabra, el soberano parecía estar luchando con sus propios pensamientos. Los Ents, se miraban entre sí nerviosamente, había logrado deshacerse de la ponzoña de la maleza circundante, gran parte de los alrededores de Dol Guldur habían quedado sin árboles y sin vegetación podrida.
El suelo tembló, los Ents se estremecieron, la tierra osciló con mayor fuerza. Nuevamente resonó la voz del Poder Oscuro pronunciado la tosca lengua negra, los Ents se paralizaron. Thranduil seguía con la mirada perdida sobre la rama del árbol.
-Tu destino está en mis manos, nada de lo que hagas podrá cambiarlo.- dijo Sauron en la mente de Thranduil. El Rey Elfo comenzó a sentir que su conciencia se alejaba a un lugar de oscuridad total. De pronto miles de tristes recuerdos se agolparon en su corazón, tan vertiginosamente que no podía distinguirlos, su cuerpo comenzó a agonizar de dolor cuando aquél fuego interno le calcinaba desde las entrañas, como lo había hecho en otras ocasiones. Respiró profundo, forzó a sus ojos a enfocar, apenas lo logró cuando cayó del árbol, el sonido metálico de su espada al caer llamó su atención, se arrodillo pese al dolor infernal, intentó arrastrarse hasta su arma pero no lo consiguió, no podía moverse. En su mente el remolino de recuerdos le atormentaba, podía escuchar su nombre pronunciado por las voces de todas aquellos que lo habían conocido, se estremeció cuando en su mente apareció Lothíriel de pie, en la noche, a un lado de un río observando las estrellas, ella lloraba…Thranduil se angustió se arrastró hacia su espada, allí mismo se formó de nueva cuenta el espectro, el monarca se giró con la espalda sobre el suelo, aquella negrura descendía sobre él, sentía desfallecer, su mano tembló envolviendo la empuñadura de la espada, un destello rojizo en la penumbra llamó su atención, con la fuerza que le quedaba arrojó la espada hacia allí, acertó, un destello enceguecedor que se elevó hasta alumbrar los nubarrones. Después oscuridad, silencio, nada.
