La vista de la mansión Malfoy se abrió paso entre el espeso bosque de la ciudad de Wiltshire, en el sureste de Inglaterra. Era una espléndida casa solariega que mostraba torreones oscuros similares a los de los castillos.

En el silencio de aquella tarde tormentosa se oyó un silbido, que pertenecía a una espesa nube de humo negro que descendió hasta el suelo, transformándose nada más tocarlo en Severus Snape.

Snape, todo vestido de negro, caminó ondeando tras de sí su larga capa oscura, con pasos decididos que resonaban terriblemente en el angosto camino que llevaba a la puerta de la casa. De un ágil movimiento, sacó su varita e hizo desaparecer a su paso las impresionantes verjas de hierro forjado que marcaban los límites de la mansión, permitiéndole avanzar.

Cuando finalmente atravesó los portones, giró a la derecha y subió decididamente al piso superior. El final de la escalera desembocaba en una gran habitación, donde había una larga mesa de madera oscura y un par de decenas de sillas de ante, también de madera y con intricados motivos tallados en ellas. Todas estaban ocupadas por mortífagos, salvo una, la que le estaba reservada; a la cabecera de la mesa se encontraba un Lord Voldemort con las manos juntas y gesto de deleite. Sobre todas las cabezas, girando, había una figura que parecía humana y que emitía bajos gemidos.

Snape se congeló en el sitio. Conocía la cara afable de la mujer que se encontraba frente a él, pese a los cortes, hematomas y demás síntomas de haber estado sometida a tortura que presentaba. Se trataba de la profesora Charity Burbage, que había enseñado Estudios Muggles en Hogwarts desde hacía más de cuatro años.

-Severus -llamó de pronto la voz sibilante de lord Voldemort. Él, como fiel sirviente, volvió el rostro hacia su amo. Todas las voces se habían apagado, dejando solo el silencio. -Empezaba a preocuparme que te hubieras perdido. Ven, te hemos reservado un asiento.

Snape avanzó y se sentó a apenas una silla de Voldemort, un lugar reservado solo para aquellos que El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado consideraba aptos.

-Traerás noticias, confío -susurró.

Snape se limitó a asentir.

-Tendrá lugar el próximo sábado -informó Snape con voz monocorde.- Al anochecer.

-Yo he oído otra cosa, mi señor -interrumpió Yaxley, ansioso por ganarse la aceptación del Señor Oscuro. - A Dawlish, el auror, se le escapó que los Potter no serán trasladados hasta el día 30, es decir, la noche antes de que cumplan 17 -terminó con aire de suficiencia.

El rostro de Snape se llenó de un desprecio indescriptible.

-Eso es una pista falta -le dijo, mirándole con superioridad. -La oficina de aurores ya no juega ningún papel en la protección de Harry e Isabella Potter. -En este punto dirigió su mirada a Voldemort. -Sus más allegados creen que nos hemos infiltrado en el Ministerio.

-Y con razón, ¿no os parece? -intervino Antonin Dolohov, antes de estallar en sonoras carcajadas. Sus compañeros le acompañaron.

-¿Qué dices tú, Pius? -inquirió Voldemort.

Pius Thicknesse, un hombre trajeado con barba puntiaguda y cabello largo y oscuro, le miró con sus ojos oscuros vidriosos e inexpresivos. Thicknesse, que trabajaba en el Ministerio de Magia como Jefe del

Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, se encontraba bajo la maldición Imperius.

-Se oyen tantas cosas, mi señor -dijo Thicknesse con voz robótica tras desviar la mirada de Nagini, la serpiente de Voldemort, que campaba a sus anchas por el salón de los Malfoy. -Si la verdad está entre ellas, no está claro.

Voldemort soltó una risa sorda.

-Hablas como un político -dijo sonriendo de lado a lado de su siniestro rostro. -Serás de lo más útil, Pius.

Las comisuras de los labios de éste último se curvaron ligeramente hacia arriba. Voldemort miró de nuevo a Snape y su rostro se tornó serio.

-¿Dónde llevarán a los chicos?

-A una casa franca -contestó Snape, con las manos unidas sobre la mesa. -Muy probablemente alguien de la Orden. La casa habrá recibido todo tipo de protección posible -Snape hizo énfasis en sus palabras. -Una vez allí... será inútil atacarles.

Se oyó un carraspeo y los ojos del Señor Oscuro viajaron por los rostros de sus mortífagos hasta la cara de Bellatrix Lestrange.

-Mi señor... -susurró con voz cascada.- Quisiera ofrecerme voluntaria para esa misión -sus ojos brillaron, enloquecidos.- Quiero matar a esos chicos...

El rostro de Voldemort se alteró de repente cuando se oyó un fuerte sollozo.

-¡COLAGUSANO! -bramó. El traidor elevó la mirada del rincón en el que se encontraba, apartado del resto de mortífagos.- ¿NO TE HE PEDIDO QUE MANTENGAS CALLADO A NUESTRO INVITADO? -inquirió.

-Ssi m-mi señor -contestó Colagusano, tartamudeando.- Ya v-voy mi señor.

Mientras se oían los pasos de Colagusano alejarse, Voldemort centró su atención de nuevo en Bellatrix. Su rostro se suavizó.

-Por inspiradora que encuentre tu sed de sangre, Bellatrix, he de ser yo quien acabe con Harry Potter -contestó.

-¿Y qué hay de Isabella, mi señor? -preguntó Bellatrix con voz ansiosa.

Una sonrisa aterradora se extendió por el rostro de lord Voldemort.

-Aún no lo sé, Bellatrix -entonces sus ojos de serpiente se oscurecieron. Observó a la mortífaga, evaluándola.- En cualquier caso, eso es de mi competencia.

Bellatrix se echó hacia atrás en la silla, apretando los dientes mientras dirigía sus ojos de loca al suelo de piedra, acatando la decisión de su señor, aunque no estuviese de acuerdo con ella.

-Pero -comenzó Voldemort al tiempo que se levantaba de su silla y observaba a su séquito- me enfrento a una desafortunada complicación. -Sacó su varita y, sosteniéndola entre sus largos dedos, la mostró a los mortífagos, que no le quitaban la vista de encima. -Mi varita y las de los Potter comparten un mismo núcleo. Son, por así decir... trillizas -hizo un gesto con la varita y los mortífagos se echaron hacia atrás en sus sillas, pasando del respeto al miedo.- Podemos herirnos entre nosotros, pero no fatalmente.

Voldemort avanzó en silencio y dejó su varita sobre la mesa.

-Si he de matarles, debo hacerlo con la varita de otro -susurró pasando por detrás de las sillas de los Malfoy. Tanto Narcissa como Lucius se tensaron, aunque la reacción más evidente fue la de su hijo, Draco, que hacía todos los esfuerzos posibles para no echarse a temblar. Voldemort continuó avanzando. -Veamos... ¿alguien querría gozar de tal honor?

Entonces el Señor Oscuro retrocedió, volviendo sobre sus pasos hasta la silla de Lucius Malfoy.

-¿Qué me dices tú, Lucius? -inquirió.

Lucius Malfoy alzó la mirada, pálido y con barba de varios días, hacia El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.

-Mi señor... -susurró Lucius con voz apenas audible.

Voldemort se burló, imitándole con voz chillona.

-Mi señor -su rostro se volvió adusto y fulminó a Lucius con sus ojos de serpiente brillando, como abismos sin fondo. Extendió una mano pálida con largas uñas. -Requiero tu varita.

Lucius Malfoy se quedó aún más pálido. Los músculos de su rostro temblaron terriblemente mientras trataba de mantener la compostura. Dirigió su mano cargada de anillos a la elaborada empuñadura de su varita y se la entregó a lord Voldemort ante la atenta mirada de su

mujer. Eran conscientes de que, al despojarle en público de su varita, le estaba rebajando de nivel.

-¿Detecto olmo? -preguntó Voldemort, en referencia al material de la varita.

-Sí, mi señor -contestó Malfoy.

-Vaya... -susurró el Señor Oscuro. Luego, en un movimiento que empezó siendo una caricia, cerró su puño sobre la madera y la rompió, separándola de la empuñadura en forma de cabeza de serpiente. Lucius Malfoy cerró los ojos ante el desagradable sonido. Presentaba tal expresión de desagrado que bien podría haber estado bebiendo de una alcantarilla.

-Y el núcleo...

-Corazón de dragón, mi señor -dijo Lucius con voz cascada.

-Corazón de dragón... -repitió Voldemort. Acto seguido tiró la empuñadura sobre la mesa, que rebotó sobre la madera.

Tomando la varita, apuntó a la profesora Burbage, que seguía suspendida en el aire, y esta levitó sobre la mesa.

-Para aquellos que no lo supieran, esta noche se ha unido a nosotros la señorita Charity Burbage, quien hasta hace poco enseñaba en la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería -el tono de Voldemort se iba volviendo más ácido conforme hablaba. Snape no podía despegar la mirada del rostro de la bruja. -Su especialidad eran... los Estudios Muggles -los mortífagos comenzaron a reír, previendo lo que venía.

Voldemort recorrió la mesa con la mirada, cargada de odio.

-La teoría de la señorita Burbage es que los muggles no son distintos a nosotros -apretó las mandíbulas.- Según... su opinión... somos semejantes a ellos -dijo escupiendo las palabras.

Algunos mortífagos hicieron ruidos de desagrado y asco, mientras el resto se carcajeaba, con risas de burla.

-Para ella la combinación de magia y sangre muggle no es una abominación -susurró Voldemort, sentándose de nuevo a la cabecera. Su rostro furioso parecía indicar que ya había dictado una sentencia.- Sino algo que debe incentivarse...

Los ojos de Charity Burbage estaban llenos de miedo mientras buscaba entre las caras de los mortífagos algún atisbo de esperanza para ella. Finalmente, su mirada recayó en Snape.

-Severus... -sollozó.- Severus por favor... Somos amigos -gimió, con lágrimas cayendo sobre la mesa desde su cara, llena de cortes, y desfigurada por la desesperación.

Voldemort sonrió.

-Avada Kedavra -exclamó. Hubo un destello de luz verde y el cuerpo de la bruja se desplomó, inerte, sobre la mesa.

Draco pegó un respingo, mientras sus ojos se llenaban de pena. Sin embargo, permaneció quieto, sin decir ni una palabra. Tragó saliva, mientras observaba los ojos de la que había sido su profesora mirar sin ver.

La mano de Voldemort acarició la cabeza de su serpiente.

-Nagini... -susurró, con algo semejante al afecto en su voz. -Tu cena -indicó mirando el cadáver de la profesora, mientras la serpiente abría sus enormes fauces.

Draco Malfoy desvió la mirada, deseando estar en cualquier otro sitio.

o.O.o.O.o.O.o.O.o

-¿Cómo lo haremos? -preguntó Bella a Charlie.

Los Cullen, que seguían la conversación de los dos magos, se encontraban en un rincón de la casa de Charlie, sintiéndose completamente fuera de lugar.

-Eres menor de edad, por lo que aún tienes activado el detector -indicó Charlie.

-¿Qué es el detector? -preguntó entonces Carlisle.

-Mientras los de nuestra clase son menores hay que controlar que no utilicen magia fuera de las paredes de nuestros colegios, salvo que sea una situación a vida o muerte -explicó Charlie. -Normalmente es útil, sin embargo ahora mismo... -Charlie se limitó a mover la cabeza, contrariado. -No podemos aparecernos, usar un traslador o usar la Red Flu.

Los Cullen le miraron, sin entender casi nada, pero asintieron de todas maneras. Bella les dirigió una mirada cariñosa.

-En pocas palabras, debemos utilizar un medio de transporte que no pueda ser detectado -contestó Bella. Luego, dudó. -Pero debe ser rápido -añadió, anticipándose a los pensamientos de los vampiros.- Un coche no nos sirve.

-Nos apareceremos en las costas de Delaware, dentro de las fronteras de los Estados Unidos -indicó Charlie, de manera metódica. -Luego... no sé que hacer.

-¿Escobas? -preguntó Bella, alzando las cejas.

-O quizá thestrals... -murmuró Charlie Evans en respuesta.

-Podríamos llevaros nosotros -interrumpió Edward. Todas las miradas se dirigieron a él. Bella le miró, anonadada. -Podemos nadar y correr varios cientos de kilómetros sin cansarnos y a velocidades de más de 200 kilómetros por hora.

-Es cierto -intervino Alice. -Además, nuestros cuerpos son lo suficientemente duros como para repeler ciertos hechizos. Tú misma lo dijiste Bella.

La bruja parecía enfadada.

-Sé lo que dije, pero no puedo permitir que os pongáis en peligro -dirigió una mirada a Charlie, que parecía dubitativo.

-¿En peligro? Por favor -resopló Emmett.

-Tienes muy baja opinión de nosotros, Bella -añadió Jasper. -Ya te hemos protegido antes.

-Eso no quiere decir que me parezca bien -le espetó Bella al rubio, entrecerrando los ojos. Pegó una patada en el suelo y se volvió hacia Charlie. -No puedes permitirlo. Podrían salir heridos o incluso... -se atragantó. No podía permitirse ni pensar en las palabras. -Además, no son miembros de la Orden -añadió, mirando a su tío de forma suplicante.

Carlisle se adelantó al ver que Charlie estaba dudando, y, cuadrando los hombros, encaró al mago.

-Charlie, no vais a detenernos. Vamos a encontrar una forma de hacerlo, no importa lo que hagáis. Os seguiremos, de aquí al Infierno y vuelta si no hay más remedio -luego dirigió su mirada a Bella, y sus ojos se dulcificaron al tiempo que se acercaba a ella y la abrazaba contra sí. Bella, sintiéndose derrotada y sabiendo que no habría forma de evitarlo, rodeó la cintura de aquel que consideraba su padre con los brazos y escondió el rostro en su pecho de granito mientras lágrimas de rabia por el giro que acababan de tomar las cosas le caían por las mejillas, mojando la camisa del vampiro rubio. Carlisle le dio un suave apretón en los hombros. - Además, Bella es parte de la familia -dijo Carlisle, antes de depositar un suave beso en la coronilla de Bella.- Y protegemos a nuestra familia.


*LUMOS*

*Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas*

Buenas gente:) Espero que os haya gustado este capi. Estoy muy contenta con todos los favoritos recibidos, y los reviews... Dios mío, muchísimas gracias, de verdad.

Contestando a una de vuestras dudas: ya veréis el por qué de que Bella se sienta... atraída por el lado oscuro. De momento, no puedo desvelar nada. Todo a su momento, pequeños saltamontes.

Un saludo,

Ceci.

*Travesura realizada*

*NOX*