-Feliz cumpleaños, mi Bella -murmuró Edward, exhalando su frío aliento sobre el rostro de Bella.

Ella arrugó la nariz, negando con la cabeza, mientras permanecían tumbados abrazados sobre la pequeña cama que utilizaba cuando se quedaba en la Madriguera, situada en la habitación que compartía con Ginny y, en ocasiones, con Hermione.

-No me lo recuerdes -suspiró Bella. El vampiro sonrió a medias.

-Bella... tu cumpleaños es algo que deberías celebrar -señaló, mirándole por entre las oscuras pestañas con aquellos orbes dorados suyos que hacían que la cabeza de la joven bruja diera vueltas. Parpadeó, tratando de reordenar sus pensamientos, ahora dispersos.

-Ya, bueno... significa que estoy aún más en el punto de mira del Señor Tenebroso -replicó ella. Luego, a regañadientes, añadió: -Y no voy a celebrar el envejecer.

A Edward se le escapó una breve carcajada.

-¿En serio? -inquirió, alzando las cejas de forma provocadora.- Con todo lo que tienes para preocuparte... ¿te preocupas por envejecer? A los 17 es pronto para preocuparse de eso.

-Tengo la misma edad que tú -le espetó Bella, dándole un topetazo en el pecho.

-Eso no es cierto -sonrió Edward, mostrando su blanca dentadura. Sus ojos se volvieron tiernos.- Yo tengo 109.

-Pues... quizá no debería salir con un hombre tan viejo -dijo Bella, seriamente. Edward resopló, sin dejar de mirarla.- Es asqueroso -señaló.- Debería darme muchísimo asco.

-Ajá -murmuró Edward, ignorándola y tomándola por la barbilla.

Los fríos labios del vampiro la hicieron estremecerse de placer. Sus manos volaron al cabello de Edward cuando sintió la lengua de éste recorriendo su tembloroso labio inferior, pidiéndole permiso. Permiso que le fue concedido de inmediato. Sus lenguas danzaron, unidas, mientras las manos de Edward volaron a la cintura de Bella, apretándola contra sí.

Finalmente, se separaron cuando él recobró el control de sí mismo y rompió el beso. Bella respiraba rápidamente, sin soltar su barbilla.

-Quizá deberíamos... bajar -dijo Edward.

Bella suspiró y se puso en pie, tratando de pensar en cualquier cosa que no fuese la forma en que los labios de Edward se amoldaban a los suyos.

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Harry observó la pequeña cocina de los Weasley. El curioso reloj que tenían en la pared señalaba que casi todos estaban en casa. El 'casi' hacía referencia a Percy Weasley, que no se hablaba con ninguno de los miembros de su familia.

Nadie lo sabía pero, antes de la vuelta de Bella, por las noches, la señora Weasley lloraba desesperada por su hijo. Pero eso había cesado el día que Percy había llegado a la casa para tratar de hacerles entrar en razón. Había acusado a los Potter de ser unos mentirosos y de estar desequilibrados mentalmente. También había acusado a sus

padres de no impedir que sus hermanos se pusieran en peligro por culpa del idiota de Harry y la 'temeraria' de Bella, a quien había hecho referencia con un amplio abanico de palabras referidas a su relación con los Cullen. Su madre le había echado de casa de inmediato y no había vuelto a llorar por él.

Harry suspiró, embutido en una camisa oscura y un chaleco de color negro. En la cocina, una gran tarta blanca de varios pisos con flores de azúcar terminaba de montarse sobre la mesa. En la parte superior del gran ventanal había una gran tela dorada muy ligera, bordada en hilos del mismo color, unos tonos más oscuros, con los nombres de Bill y Fleur y pequeños corazones a su alrededor. Se dirigió a la encimera, donde se encontraba 'El Profeta' del día. En portada aparecía una fotografía de Dumbledore cerrando unas enormes puertas color caoba bajo el título 'Revelados los oscuros secretos de Dumbledore', al parecer, el nuevo libro de Rita Skeeter.

Harry cogió el periódico y frunció el ceño. Detestaba a la cruel reportera metomentodo. Dirigió su mirada hacia la parte inferior del periódico, donde, con asombro, vio de nuevo anunciado el artículo de Elphias Doge, 'Recordando a Dumbledore'. Levantó la vista de su lectura cuando oyó unos pasos bajando por las escaleras.

La melena pelirroja de Ginny Weasley se asomó a la cocina. Llevaba un precioso vestido de gasa de color blanco cubierto por otra capa de gasa más oscura que dibujaba un intricado motivo de hojas cayendo. Sonrió a Harry tímidamente.

-Súbeme la cremallera -le pidió con un hilo de voz, dándose la vuelta y dejando la pálida piel de su espalda a la vista de Harry. Éste tragó saliva mientras se acercaba, de repente con los nervios a flor de piel.- Suena absurdo ¿verdad? -inquirió la pequeña de los Weasley.- Una boda... con todo lo que está pasando...

Finalmente, Harry logró subir la cremallera. Dirigió sus ojos esmeralda a Ginny y sonrió a medias.

-Razón de más para celebrarla -contestó, descansando una mano en el hombro de Ginny mientras ésta se volvía hacia él.- Con todo lo que está pasando.

Ginny tomó a Harry del cabello y se inclinó hacia él. Sus labios se encontraron y se movieron sincronizados. Harry sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo que tan a menudo le paralizaba. Deslizó una de sus manos hacia la nuca de Ginny y la otra hacia la parte baja de su espalda mientras la recargaba contra una pared. En ese momento no recordaba que había cortado con ella por su seguridad; por no recordar, no recordaba ni su propio nombre. Ginny le mordió el labio suavemente y a él se le escapó un bajo gemido desde el fondo de la garganta.

Ambos se separaron, sobresaltados, al oír el tintineo de una cucharilla contra una taza. George Weasley, recargado contra la pila de la cocina, les miraba alzando las cejas y con expresión seria, engalanado con una camisa estampada negra y blanca, corbata morada y chaleco rojo oscuro.

-Bueeeeenas -saludó, alargando excesivamente la 'e'. Luego, como quien no quiere la cosa, alzó la taza hacia ellos y bebió un trago.

Sin mediar palabra, Ginny se dio media vuelta y despareció por donde había llegado. Allí quedó Harry, solo, mirando a un George con la cabeza vendada que le dedicaba una mirada entre divertida y enfadada. Harry sonrió nerviosamente, retrocediendo hasta la puerta antes de salir por piernas en dirección contraria, no sin antes percatarse en algún lugar de su mente de que si eso era lo que les hacía sentir a Bella y a Edward no le extrañaba que su hermana le mirase como le miraba.

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-TODOS JUNTOS AHORA -gritó el señor Weasley para hacerse oír mientras levantaba la varita.- UNA... DOS... TRES.

Todos los magos reaccionaron a una y la carpa que llevaba hasta la puerta de los Weasley se elevó sobre el suelo, quedando perfectamente fijada.

Por el otro lado de la finca llegaba un hombre de cabellos rojizos entrecanos vestido completamente de negro. Maletín en mano, caminó decididamente hacia la entrada de la casa. Las miradas de los Weasley, Hagrid y Cedric se dirigieron hacia él casi de inmediato.

-Maldita sea -maldijo George.- ¿Qué hace aquí el ministro de magia...?

El viejo auror no les dirigió una segunda mirada antes de pasar directamente a la Madriguera. Ron corrió tras él hasta la casa, enfadado. Harry y Hermione se levantaron de sus asientos casi de inmediato, mirándole de hito en hito.

-NO PUEDE ENTRAR EN NUESTRA CASA COMO SI LE PERTENECIESE -le gruñó Ron.

-RONALD -exclamó la señora Weasley, que les miraba con preocupación. Ron apretó los dientes tanto que los vampiros en la casa podían oír como rechinaban unos contra otros. El ministro se dedicó a ignorarlo olímpicamente.

-¿A qué se debe el placer señor ministro? -inquirió Harry. Scrimgeour alzó las cejas, sonriendo de forma amarga, antes de responder con voz cargada de prepotencia.

-Creo que ambos sabemos la respuesta a esa pregunta, señor Potter.

-¿Qué ocurre...? -inquirió Bella, bajando por las escaleras con Edward de la mano. El resto de los Cullen se encontraban arriba, a la espera de que la señora Weasley les dejase hacer algo. Por supuesto, conociéndola como la conocía, Bella era consciente de que eso no iba a ocurrir y los Cullen tendrían que permanecer sentados mirando al techo hasta la hora de la ceremonia. Al ver al ministro, calló de inmediato. -Sube arriba, Edward.

-Pero... -empezó el vampiro, pero la bruja le cortó tajantemente.

-Sube.

Edward suspiró y en un abrir y cerrar de ojos ya no estaba allí. Bella terminó de bajar hasta el primer piso y el Cuarteto Dorado siguió a Scrimgeour, que se paseaba con descaro como si aquello fuese su despacho en lugar de una casa ajena, hasta el comedor de la Madriguera, donde se dejó caer en uno de los sillones colocando su maletín sobre la mesa, del cual extrajo una bolsa de cuero rojizo. Los cuatro jóvenes Gryffindor tomaron asiento en el sofá, con Bella apoyada en uno de los brazos del mueble, al lado de Hermione.

Con un movimiento amplio (y melodramático) el ministro sacó un pergamino del maletín, que, con un movimiento de varita, se desplegó ante la mirada de los magos.

-He aquí la última voluntad y testamento de Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore -anunció Scrimgeour con su potente voz. Al instante, Bella se enderezó, prestando toda su atención a lo que estaba ocurriendo.

-Dumbledore murió hace más de un mes -dijo la bruja con voz fría.

Harry asintió enérgicamente, cayendo en la cuenta de aquello.

-¿Por qué han tardado tanto en entregarnos lo que nos legó? -preguntó Harry.

-Eso es obvio -intervino Hermione.- Querían examinarlo -el cabello de Bella comenzó a tonarse rojo al escuchar a Hermione, a juego con sus sentimientos furiosos.- ¡PERO NO TENÍAN DERECHO A HACERLO! -protestó, y le tembló un poco la voz.

-Tengo todo el derecho del mundo -se defendió Scrimgeour con menosprecio.- El Decreto para la confiscación justificable concede al ministerio poderes para incautar el contenido de un testam...

-¡ESA LEY SE CREÓ PARA IMPEDIR QUE LOS MAGOS DEJARAN EN HERENCIA ARTILUGIOS TENEBROSOS! -rugió Bella, temblando de arriba a abajo.

-¡Y EL MINISTERIO HA DE TENER PRUEBAS SÓLIDAS DE QUE LAS PERTENENCIAS DEL DIFUNTO SON ILEGALES ANTES DE DECOMISARLAS! -apostilló Hermione. -¿Insinúa que creyó que Dumbledore intentaba legarnos algún objeto maldito?

-¿Acaso tienen intención de cursar la carrera de Derecho Mágico, señoritas Potter y Granger? -ironizó Scrimgeour.

-No, no es nuestro propósito -le espetó Bella.- Pero esperamos hacer algo positivo en la vida, a diferencia de otros.

Los ojos de Scrimgeour se estrecharon.

-¿Y por qué nos lo dan ahora? -inquirió Harry.

-Ya han pasado los treinta y un días que marca la ley -respondió Hermione en lugar del ministro.- No es lícito retener los objetos más días, a menos que el ministerio logre demostrar que son peligrosos. ¿No es así?

Scrimgeour hizo oídos sordos a Hermione y giró el rostro hacia el chico Weasley.

- Primero, a Ronald Bilius Weasley -esta vez fue Ron quien, con un sobresalto, dirigió sus ojos azules al brujo sentado frente a ellos- legó mi desiluminador, un artilugio de mi propia invención, con la esperanza de que cuando todo parezca oscuro le aporte luz -deshizo el nudo de la bolsa de cuero que había dejado sobre la mesa y le tendió un pequeño aparato, semejante a un mechero muggle, que cabía en la palma de la mano. Ron lo tomó, dándole vueltas entre los dedos, sin poder creerlo.

-¿Dumbledore me ha dejado esto...?

-Sí -confirmó el ministro. Ron tragó saliva.

-Qué pasada... -exclamó/susurró con voz ahogada. Luego dirigió su mirada a Scrimgeour.- ¿Cómo funciona?

El brujo parecía no saber que responder, por lo que Ron optó por experimentar y apretó la parte superior del aparato. Éste se abrió como un mechero pero, en lugar de permitir la salida de una llama, robó la luz de una bombilla cercana. Cuando volvió a accionarlo, ésta volvió a su lugar de origen.

La cara de Ron se iluminó.

-Alucinante.

-Segundo, a Hermione Jean Granger -continuó el ministro, absteniéndose de rodar los ojos ante el comportamiento del chico Weasley- legó mi ejemplar de Los Cuentos de Beedle el Bardo con la esperanza de que lo encuentre entretenido e instructivo -entonces le tendió a Hermione un viejo libro encuadernado en cuero que ésta tomó con una mirada desconfiada.

-Mamá me leía esos cuentos -sonrió Ron.- 'El mago y el cazo saltarín', 'Babbity Rabbity y su cepa carcajeante'... -Harry, Hermione y Bella se le quedaron mirando. Las miradas en sus rostros eran todo un poema. El pelirrojo se alarmó al ver sus expresiones.- ¡VENGA YA! -exclamó.- Babbity el conejito... -intentó hacerles recordar. Bella alzó una ceja, y negó con la cabeza. Una expresión de desilusión se implantó en la cara de Ron.- ¿No...?

-Tercero, a Isabella Lilian Potter le lego mi pensadero -la mirada de Bella se mostró confusa por un momento antes de iluminarse- con la esperanza de que recuerde que el pasado es algo de lo que debemos aprender pero sin olvidarnos de vivir el presente -dicho esto le tendió una pequeña llave que, Bella comprendió de inmediato, pertenecía al armario del despacho de Dumbledore donde se encontraba dicho artilugio. La tomó entre sus manos y las cerró sobre ella, tratándolo como oro en paño.

-Y, por último, a Harry James Potter le lego la snitch que atrapó en su primer partido de quidditch en recuerdo de las recompensas que se obtienen mediante la perseverancia y la destreza -completó el ministro tomando la pequeña bola dorada con un paño y entregándosela a Harry. Esperó un momento cuando los dedos del chico Potter entraron en contacto con ella, pero no pasó nada. Desilusionado, suspiró.

-¿Eso es todo? -inquirió Harry, pues se le antojaba extraño que Dumbledore solo les hubiese dejado eso a él y a su hermana. El pensadero era útil, pero si iban a la caza de los horrocruxes no tendrían acceso a él, y la snitch le iba a servir de más bien poco contra Voldemort.

-No todo -contestó Scrimgeour.- Dumbledore os dejó un segundo legado -Bella se envaró, sin pasar por alto el hecho de que les había llamado de tú en lugar de seguir hablando con ellos de usted. Para un cualquiera, eso no significaría nada. Pero ella sabía que el cambio de tono empleado por Scrimgeour les daba a entender que les veía como a niños, que no merecían que les tratase como a adultos.- La espada de Godric Gryffindor -el Cuarteto Dorado sintió sus esperanzas volar para luego estrellarse de nuevo.- Por desgracia, Dumbledore no podría disponer de esa espada a su gusto, puesto que es una importante joya histórica y, como tal, pertenece a...

-A Bella -interrumpió Hermione, con voz helada.- Y a Harry. Pertenece a Bella y a Harry. Se les presentó cuando más la necesitaban en la Cámara de los Secretos.

Scrimgeour rodó los ojos.

-La espada puede presentarse ante cualquier miembro de Gryffindor -replicó el ministro.- Pero eso no la convierte en propiedad exclusiva de dicho mago. Sea como sea -añadió al ver que Bella iba a abrir de nuevo la boca- el actual paradero de la espada se desconoce.

-¿Disculpe...? -inquirió Harry, con desaliento. Hermione y Bella intercambiaron una mirada de preocupación.

-La espada ha desaparecido -confirmó Scrimgeour.- No sé lo que se traen entre manos, señores Potter, pero no pueden librar esta batalla

ustedes solos. Él... es demasiado fuerte.

-Nosotros también -gruñó Bella. Los ojos de Scrimgeour no abandonaron el rostro de Harry.

-¿Por qué crees que...?

-¿...que Dumbledore quería regalarnos la espada? -interrumpió Harry, esforzándose por controlar su genio. No le gustaba nada la forma en que Scrimgeour estaba tratando a su hermana.- No sé, quizá imaginó que quedaría bien colgada en la pared de nuestro cuarto.

Bella soltó una potente carcajada.

-¡ESTO NO ES NINGUNA BROMA, POTTERS! -rugió Scrimgeour, rojo de ira.- ¿NO SERÍA PORQUE ÉL CREÍA QUE SOLO LA ESPADA DE GODRIC GRYFFINDOR LOGRARÍA DERROTAR AL HEREDERO DE SLYTHERIN?

-Es una teoría interesante -repuso Bella, frotándose la barbilla teatralmente. Entrecerró los ojos como si pensase.- ¿Ha intentado alguien alguna vez clavarle una espada a Voldemort?

-Quizá el ministerio debería enviar a alguien a probarlo -añadió Harry con voz fría y arrogante- en lugar de perder el tiempo desmontando desiluminadores o tratar que no se sepa nada de las fugas de Azkaban. Ha muerto gente mientras usted jugaba a encajar las piezas de una snitch en su despacho, ¿sabe?

-¡TE ESTÁS PASANDO, CHICO! -gritó Scrimgeour levantándose de la butaca y enarbolando la varita.

Los Potter se pusieron de pie a un tiempo, encarándole. Bella echaba humo.

-No se atreva a amenazar a mi hermano -gruñó adelantándose. La punta de la varita del ministro hizo un agujero en su camiseta cuando se la clavó en el pecho.

-¡EH! -exclamó Cedric, que había estado mirando la escena escondido tras la puerta, entrando varita en mano, pero Harry gritó:

-¡Quieto! No le des una excusa para detenernos.

-Sabes que yo no soy Dumbledore, que siempre perdonaba tu insolencia ¿verdad? QUIZÁ LLEVÉIS ESA ESTÚPIDA CICATRIZ COMO SI FUESE UNA CORONA, POTTERS, PERO NINGÚN BRIBONZUELO NI NINGUNA NIÑATA MIMADA DE 17 AÑOS ME DIRÁ COMO TRABAJAR -les espetó Scrimgeour, resollando y con la cara muy próxima a la de Bella. Harry le cogió del hombro y le apartó un poco de su hermana. Apretó los dientes.- YA VA SIENDO HORA DE QUE APRENDÁIS A TENER UN POCO DE RESPETO.

Bella le miró con desprecio mientras el ministro se daba la vuelta, marchando hacia la puerta. Sin embargo, alcanzó a oír la respuesta de Bella, que casi sonó como James Potter cuando dijo:

-Ya va siendo hora de que usted haga algo para merecerlo.


*LUMOS*

*Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas*

Buenas gente:) Espero que os haya gustado este capi. Este cap es bastante largo, pero es crucial para la historia, ya veréis como se desarrolla...

Estoy muy feliz con todos los favoritos recibidos, y los reviews... Dios mío, muchísimas gracias, de verdad. No esperaba tener este éxito, me estáis dando la vida :')

Contestando a una de vuestras dudas: ya veréis el por qué de que Bella se sienta... atraída por el lado oscuro. De momento, no puedo desvelar nada. Todo a su momento, pequeños saltamontes.

Un saludo,

Ceci.

*Travesura realizada*

*NOX*