Hola, muchísimas gracias a todos los que le han dado una oportunidad a este fic, en especial a Gab (gracias por tu comentario) y a CrisEvansElric95.
A partir de acá, los capítulos van a ser más largos.
Espero que disfruten la lectura.
III
El ruido de tu máquina de diálisis te despierta. Ves cómo las enfermeras se acercan y rápidamente solucionan el problema. A menudo esto sucede, en un principio te alarmabas, pero ahora se te hace normal.
Intentas relajarte nuevamente; enfocas tu vista en Leandro, a quien el ruido no ha despertado. Es realmente un niño hermoso, sus ensortijados rizos casi llegan a tapar sus cerrados párpados. Tiene el cabello bastante oscuro, y esos ojazos color miel que estás segura enamorarán a más de una en cuanto sea un jovencito. Lo que más te gusta de él son sus sonrosadas mejillas; a pesar de la situación en la que está, se ve lleno de vida, y ruegas en silencio por un buen futuro para ese pequeñito.
De tu aspecto no puedes decir nada positivo, los últimos días hasta has dejado de mirarte al espejo al cepillar tu cabello, o al lavar tus dientes. Te recuerdas arrojando con todas tus fuerzas el cepillo, como queriendo terminar de quebrar por completo aquel reflejo, sin aceptar en lo que poco a poco te habías convertido. Porque sí, notaste que tus ojos, ocultos tras esos abultados párpados, no eran los mismos; la carencia de brillo te sorprendió en primera instancia, y luego, al acercarte más, notaste qué era lo que de verdad te aterraba de esa imagen: No era la delgadez que podía percibirse aun al estar presente la hinchazón característica de tu enfermedad, tampoco lo marcado de tu clavícula, ni el casi amarillento color de tu piel; fue lo que había en el fondo de tus pupilas, pudiste observar a la muerte en ellas. La muerte y un poco de verde… casi gris, como aguas turbulentas que en instantes consumen un navíos.
Tantos sueños atrapados en un mundo de imposibles. Y sí, te parece injusto, porque sabes que nada de lo que has hecho a lo largo de tu vida merece esto como castigo. Puedes afirmar que nadie merecería estar sufriendo de la manera en que tú lo haces, es algo que no le desearías ni a tu más acérrimo enemigo.
No es fácil, no es fácil dejar todo atrás, no es fácil vivir sin motivos, y sí, lo has intentado muchísimas veces, has buscado en tu interior alguna razón para continuar… y la única razón que encuentras es ese par que se encuentra afuera, esperando que salgas; pero, ¿no es suficiente ya con tú tener que llevar esa carga? ¿Para qué hacerlas padecer? ¿Por qué no se termina de acabar la vida y ya? Se acostumbrarían a estar sin ti, de eso estás completamente segura, ya han estado sin ti antes… y junto al deseo de que tu máquina empiece a sonar de forma alarmante, junto al deseo de que todo se acabe, regresan las ganas de llorar… pero tus ojos están secos.
La máquina suena, avisando que ya tu tiempo en hemodiálisis termina por el día de hoy; una enfermera se acerca y te desconecta. Te toma un tiempo estabilizarte. A medida que desaparece el mareo, la etérea máscara que has construido vuelve a aparecer en tu cara, porque sí, tienes que volver a salir por la puerta de en frente. Porque sí, has sobrevivido a otra sesión.
Te levantas con algo de dificultad, es normal que con cada sesión tus fuerzas disminuyan. Te subes en la báscula y notas que has vuelto a tu peso seco ideal. Le guiñas un ojo a Leandro, que ha despertado, y te sorprende que en lugar de esconder su rostro te dedique una pequeña sonrisa como despedida. Nunca o habías visto sonreír, notas que se le forman unos hoyuelos preciosos en sus mejillas, y no puedes controlar tu impulso: te acercas al pequeño y acaricias su cabello con tus dedos… no, no lo puedes negar, es algo que te morías por hacer desde la primera vez que lo viste. Es que siempre te han encantado los niños… ¡cómo extrañas a tu bola de escuincles! Es otra de las cosas a las que tuviste que decir adiós; por ahora, diría Raven, pero con cada día que pasa, aceptas más que es un para siempre.
Leandro pega la barbilla a su hombro una vez más, y piensas que el mocoso no se ha enterado aún de lo tierno que es.
—Nos vemos el lunes, pequeño búho—. Dices tras colocarte tu anorak azul marino, y ajustar tus lentes de sol.
Agradeces a las enfermeras y te despides.
Sales, aún sintiendo un pequeño mareo, y las ves. Raven está concentrada viendo un programa en la tv de la sala de espera, y Octavia está recostada en su hombro, dormida… ha de estar cansada, su guardia más reciente había terminado una hora antes de tu sesión de hemodiálisis. Te emociona que estén ahí esperándote, nunca te han dejado sola… pero también te sientes culpable, sabes de todo lo que se están perdiendo al estar contigo.
Raven te mira y esboza una enorme sonrisa, puede leerse el alivio en su rostro. Se levanta sin delicadeza, despertando en un instante a una desorientada Octavia que lucha por mantener el equilibrio y no caerse de bruces contra el suelo, pero que al verte termina de espabilarse y también avanza hacia a ti.
—Joder, menos mal que terminaste, estaba acostumbrada a los ronquidos de esta—, la pelinegra giró los ojos medio crispada— pero su aliento mañanero sí que no lo soporto. — Terminó de decir, ganándose un golpe en la nuca.
Octavia, que conoce bien a la castaña, decide ignorar lo que dice, y se acerca más a ti, dándote el abrazo que hasta ese momento no sabías que necesitabas. Raven se les une y las aprieta con bastante fuerza.
—Contrólalo un poco, que nos vas a matar—. Dice Octavia, pero no deshace el abrazo.
—Si no hemos muerto al inhalar tu aroma a rata muerta, nada más puede matarnos—. Responde Raven con sorna, separándose de ustedes.
Ríes, y te sale de forma natural, no has tenido que fingir. Octavia sonríe y acomoda un mechón de tu cabello detrás de tu oreja.
— ¿Cómo te sientes, Lex?— pregunta, y en su voz se puede escuchar cierta inquietud.
—Genial, como si me hubiesen sacado y vuelto a meter toda la sangre al cuerpo en solo cuatro horas. — respondes con socarronería dejando entrever el humor que te caracterizaba, y que ahora casi nunca dejas notar.
—Sacar y meter… Sacar y meter—. Escuchas que la castaña empieza a decir — No, Lexa, acabas de matar en una frase los verbos más divertidos de la historia—. Levanta las cejas de forma sugerente.
—Pues… tendré en cuenta lo divertido que es para ti, cuando toque sacar la basura.
Estás acostumbrada a que estas dos se tiren puyas a todas horas, y te relaja estar con ellas, pero no soportas estar más de un minuto del necesario en este lugar, así que riendo internamente dejas escapar la siguiente frase:
—Vámonos, Octavia, que sí… te hace falta un buen baño y seguro tendremos que usar el hidrojet a toda presión para poder reparar lo que sea que haya en tu boca.
La ves abrir la boca sorprendida, y empiezas a caminar mientras escuchas a Raven reír a tu espalda.
—Ni con agua bendita podríamos arreglarlo, Lex. —dice la castaña y también ríes.
Octavia se acerca caminando a tu lado, fingiendo enojo, pero puedes notar la diversión en sus gestos, mientras se relame sus labios… entonces te estampa el beso más mojado del jodido universo en la mejilla.
—¿La quieres más horas de las necesarias pegada a esa máquina, O?—Pregunta riendo Raven— Con la cantidad de toxinas que hay en tu boca, se pasaría el fin de semana entero ahí. — limpia tu cara con un pañuelo que saca de su bolsillo. Huele el pedazo de tela y lo bota en la papelera de estacionamiento.
—Vamos, no exageren que no es para tanto—, expresa Octavia y exhala con la boca abierta en su mano. Su gesto al hacerlo es más elocuente que las palabras. —Okay, tienen razón, apesto a rata muerta.
—¡Hey, ya!.. — levantas un poco la voz, y las dos se detienen alarmadas. Es algo que odias de la enfermedad que tienes, el trato de tus amigas hacia ti se ha vuelto más delicado, como si pensaran que en cualquier momento pudieras romperte. Sonríes para calmarlas y comentas llena de malicia: —¡Dejen de insultar a las ratas!
La pelinegra intenta desintegrarte con la mirada, y Raven ríe mientras sube al auto.
Ya rumbo a casa, notas por el retrovisor cómo mantienen una conversación en silencio y cuando la castaña le da un codazo nada disimulado a la otra, giras e indicas:
—Díganlo ya, chicas…
—Es que…— empieza Octavia… —¿No crees que ya es hora, Lex?
De verdad, intentaste entender de qué era hora o de qué jodidos hablaba tu amiga, pero no tenías ni idea.
—Por favor, explíquense, que no ando entendiendo nada.
—Pues… O y yo hemos estado hablado, Lex… y bueno, pensamos que ya es hora de que veas a un especialista que de verdad pueda ayudarte a llevar esta enfermedad—. Indicó, mientras entraban en el estacionamiento del edificio en el que vivían.
—Rave… ¿qué piensas que ha estado haciendo el doctor Lincoln durante los dos últimos años? — preguntaste aún más confundida, pues ambas sabían que tu enfermedad no tenía cura, y que la lista de espera para un nuevo riñón era inmensa… además, de que por tu tipo de sangre, Orh-, la probabilidad de encontrar a un donante compatible era menor.
—Eeh… no nos referimos a otro nefrólogo, Lex. — comentó algo nerviosa Octavia, y entendiste de qué hablaban, ya habían comentado una vez que debías ir a terapia psicológica para poder llevar mejor tu enfermedad.
Jamás habías querido ir con un psicólogo, habías podido afrontar todo lo que la vida te mandaba sin necesidad de un especialista, y no lo habías tenido nada sencillo; el abandono de tu madre y la muerte de tu padre cuando recién entrabas en la pubertad no habían sido fáciles, pero pudiste superarlo… con tiempo. No crees que un psicólogo pueda hacer más, pero tampoco quieres dar una negativa directa a tus amigas, pues a leguas se nota que se preocupaban por ti.
—¿De verdad piensan que un psicólogo me va a ayudar con esto? Porque chicas, en serio no creo que nada de lo que haga me ayude a conseguir un nuevo riñón.
Porque aunque tu esperanza de que eso pudiera llegar a suceder era escasa, aún la llama no se terminaba de apagar. Esperanza cabeza dura.
—Por algo la gente gasta su dinero en ellos, ¿no?— comentó Octavia mientras bajaban del auto.
—Lo cierto es, cariño, que nada pierdes con intentarlo—, agregó tu otra amiga —bueno, quizás sí algo de dinero, pero ya hay que hacer algo con el que te has ahorrado todos estos años de sequía.
Frunces el ceño y le das un codazo.
—Nena, me refiero al licor, sé que no necesitas pagar para mover la pelvis—. Dice, pegándose a tu espalda y agarrando tus caderas de forma sugerente. Le das un manotazo y su risa se hace fuerte mientras te suelta.
—Malditas desviadas—, escuchan que dice la señora Phoebe al final del pasillo —terminarán pudriéndose en el infierno.
Ríen mientras entran a su piso, están acostumbradas a los desplantes de su vecina.
—¿No se supone que el infierno está lleno de fuego?— Pregunta Octavia, mientras cuega su abrigo— sería más lógico algo así: "arderán eternamente en las pailas del infierno", ¿no?
— Sí, tiene más lógica eso— acepta Raven— porque resulta imposible que puedas apestar peor que ahora y aún no estamos en el infierno.
Ríes junto a Raven, y sí, te reafirmas que tienes algo por lo que luchar. Irás con el jodido psicólogo y solo porque ellas lo quieren, ¿qué cosas no harías tú por amor?
—Perras malditas— dice a la morena rumbo al baño, y estás segura de que las carcajadas de Rave se escuchan en todo el edificio.
