IV
Tu vocación estuvo definida desde que eras niña. Tu padre era pianista, y se empeñó en que aprendieras a tocar desde muy pequeña. Al principio se te hacía pesado, tú querías jugar… divertirte y él prácticamente te obligaba a dar lecciones de solfeo y aprender toda la teoría musical, usando un método que hoy en día se te hace bastante arcaico, pero que en aquel entonces era el predilecto; dejaste de pensar que era aburrido estudiar música cuando tu papá consideró que ya estabas preparada para empezar con el piano.
Darte cuenta de que el solfeo servía para algo fue toda una revelación. Recuerdas el momento en que tu padre colocó tu primer método Czerny encima del gran instrumento. Te había enseñado a diferenciar las teclas y el número de cada dedo, y entonces te dijo: «La clave de sol la tocas con la mano derecha y la de fa con la izquierda» y al seguir su indicación, aceptaste que todas las horas aburridas de solfeo habían valido la pena. Tocar el piano era asombroso... crear melodías con tus manos se había vuelto toda una pasión.
Al piano le siguieron otros instrumentos, pero esos no los estudiaste a profundidad; pasabas horas y horas en el piano, y a veces, en tus momentos de descanso practicabas con el clarinete, o componías con la guitarra descubriendo acordes por tu cuenta… y cuando no estabas tocando ningún instrumento practicabas la percusión corporal. La música se volvió tu vida.
La música que te regaló tu padre.
Cuando él murió, te refugiaste en ella. Si en un principio parecías obcecada, luego de su deceso todo incrementó; si no estabas en el instituto, seguro te encontraban en algún cubículo del conservatorio tocando horas y horas. Fue ahí, en uno de esos salones que descubriste lo que más amabas del arte de la hija de Mnemósine y Zeus. Necesitaban un pianista de ensayo para los solistas de La Traviata y hundirte de lleno en el mundo de la ópera te hizo apreciar la voz humana como instrumento musical. Y de la noche a la mañana, te convertiste en la pianista de ensayo del coro sinfónico del conservatorio.
A Octavia la conocías desde el instituto, fue la única que se acercó a ti, a pesar de que tenías fama de «misántropa melómana» y corrían los rumores de que te lo montabas con el oboe. Pero Rave compartía contigo la música: ella formaba parte de ese coro. Los mejores años de tu adolescencia los pasaste tocando el piano para ellos, y a la hora de elegir profesión te decantaste por el Canto Lírico y la Dirección Coral.
Y cuando descubriste tu voz, te sentiste completa. Toda la música que guardabas en ti y ni siquiera lo sabías, ¡tantas personas en el mundo sin saber que lo que tenían por dentro era más valioso que el oro!
Lo perdiste, con tu enfermedad, con las diálisis... La máquina que filtraba la sangre dejando a un lado las toxinas, también se fue chupando poco a poco tu voz. Era el pago por más tiempo. Era el pago por continuar viviendo esta vida que consideras mediocre. Al no poder más, tuviste que dejar tu trabajo, dejaste atrás la música…
Cuando murió tu padre, la música fue tu terapia. Pero ahora, que tu pronta muerte es inminente, esa dama que trastoca la razón y te hacía perder la noción de todo te ha abandonado.
Y aquí estás, en un lugar donde te juraste nunca ibas a entrar, con muchas ganas de regresarte, y lo intentas, pero al mirar hacia atrás, ves a Octavia mirándote fijamente desde el auto. Sabes que tienes que hacerlo. Vamos, Lexa, solo debes empujar la puerta giratoria y ya estarás dentro; nunca te ha gustado ventilar tu vida con terceros y esas dos bien que lo saben, y aun así consideraron que debías venir. Ese último pensamiento te hace darte cuenta de que si insistieron tanto es porque de verdad lo necesitas.
Empujas la puerta, y adrede das toda la vuelta para salir sonriéndole a la morena, y aunque no lo ves estás segura de que la muy condenada puso los ojos en blanco, lo que sí pudiste observar fue que apoyó la frente en el volante en forma dramática. Sonríes buscando animarla y ahora sí, decides entrar y dejar a tu amiga ir de una vez a su trabajo.
Octavia y tú tienen en común la empatía por los niños y habían decidido dedicar su vida laboral a ellos, pero en ramas diferentes; ella había optado por el área de la salud, específicamente neonatología, y tú por lo que más te gustaba: la música.
El edificio en el que te encuentras tiene paredes altas en un blanco impoluto y estás cansada de los lugares así, ya lo antiséptico a extremos te da grima; no soportas el olor fuerte a detergente y las salas de espera se te hacen tan catastróficas como un escenario de Alighieri. Caminas arrastrando los pies, como cuando eras pequeña y no querías ir a la escuela; ves la hora en tu celular y te das cuenta de que llegas antes, ¿cuándo jodidos habías llegado a tiempo antes de enfermarte?
Das tu nombre en la taquilla de información, y te dicen exactamente cuál es el lugar en el que debes esperar. Esperar, esperar, esperar…. Ese verbo se está ganando el premio al más malquisto de todos los tiempos.
Caminas rumbo a la zona en la que debes cagarte en la puta, o como algunas recientes traducciones dilucidan: esperar, y ves la imagen más tierna de todo el día; sentado en la sala de pinche-espera está el niñito más precioso que has visto en toda tu vida. Aguanta una florecita amarilla en sus manos y balancea los piecitos en el aire, pues no alcanza a tocar el suelo. Está solo, y a pesar de que hay un montón de sillas vacías en el área te mueves a la que está justo en su lado, así te tilden de acosadora infantil.
Trae puesta una camisa azul rey con el logotipo de alguna escuela que desconoces, jeans y zapatos Converse que seguro fueron rojos alguna vez, pero que ahora están completamente cubiertos de lodo seco. En el bolsillo de la camisa puedes leer grabado el nombre Aden Griffin, y sí, fijándote en todo eso para cualquiera quedaría claro que eres bien acosadora, pero quién no se fijaría en un pequeño tan tierno. Colocas tu chaqueta en el respaldo de la silla y te sientas.
Aden deja de mover las piernas en clara señal de incomodidad y tú empiezas a balancear las tuyas sin importar si pareces retrasada o el hecho de que tus pies sí que pegan del suelo. El pequeño que no aparenta tener más de cuatro años te mira, y esos ojitos verdes sonríen junto a sus labios mientras vuelve a balancear los pies.
Listo, hielo roto.
—Lindos zapatos— comentas, buscando sacar tema de conversación y matar el tiempo de espera. Levantas la mirada, y algunas personas te miran con cara curiosa, y si pudieras apostar darías por hecho que intentan descubrir qué tipo de enfermedad mental padeces. Aden gira a florecita en sus manos sin decir nada. —¿Y para quién es la flor?— Preguntas mostrándote interesada en el objeto de su atención. El niño te ignora olímpicamente y sigue en lo suyo.
Hielo roto. Una oda a tu ingenuidad.
Primero Leandro y ahora Aden, es obvio que en los últimos años el manual para interactuar con niños cambió, o de plano has perdido la chispa. O quizás, y esta opción la tomas como más probable, tu aspecto da tanta grima que ya ni los niños se te quieren acercar. Y no los culpas.
La posición de tu cuerpo cambia en un instante de interesada a derrotada. Dejas descansar tu cuerpo en la silla y sacas tu celular. Ves la hora, y joder, no llevas ni cinco minutos ahí. Abres las notificaciones y notas que tienes un mensaje de Raven, lo abres y en seguida sonríes; es un gif de una de las escenas que habían visto juntas en su adolescencia, en él se ve la imagen de una Jamie Lee Curtis con pose bastante desgarbada, y parpadeando se puede leer la frase «And how do you feel about that?» que tan popular se hizo tras la película. Envías el emoji que llora de la risa y cierras la conversación.
Vuelves a fijarte en el rubio a tu lado y lo pillas mirándote y pendiente de tu celular. A los niños los vuelve locos todo lo tecnológico, es un hecho; colocas el cel a la altura de tus piernas, abres el Angry Birds Go y empiezas a jugar. Aden se acerca más a ti y sonríes complacida.
Estás a nada de ganar la carrera y ofrecerle tu teléfono a Aden para que también juegue, cuando el pequeño, casi encima de ti, pierde el equilibrio y se apoya en tu cuerpo, apartando la mano en un instante al sentir cómo vibra la fístula en tu brazo. Ves en sus ojitos algo de extrañeza y decides que nada pierdes con explicarle lo que es, pero, ¿cómo le dices a un niño de tres o cuatro años que si no tuvieras eso en el brazo con toda seguridad estarías muerta? Lo intentas:
—A ver, jirafita—, empiezas a decir y notas en su carita algo de confusión por el mote tan raro que le has dado y entiendes que no capta esa referencia, igual, continúas con tu explicación— colocaron esto bajo mi piel porque no ando muy sana. Es para conectarme a una máquina que me cura—. Y aún sabiendo que es una mentira camuflada, intentas creer que esa es la realidad. —¿Lo quieres tocar?
Charles Chaplin encarnado, lleva su manito a tu fístula y al sentir cómo se mueve sonríe emocionado mostrando una hilera de hermosos dientitos. En ese momento, te dan ganas de hacer pis, y es algo que no puedes dejar para después, ya no. Te disculpas con el pequeño y preguntas dónde queda el baño.
Ya estando ahí, te sientas en el váter y sí que lo intentas. Por un momento imaginas que todo es como antes, vas al baño, vacías tu vejiga y como si nada; cotidiano, algo a lo que no se le presta más atención de la debida, lo más común del universo entero. Pero para ti ya no es así y darías todo para que sí lo fuera. La micción se te dificulta, y solo salen pequeñas gotas. Te limpias, colocas bien tus jeans y sales del cubículo viendo directamente hacia tus pies, en una actitud bastante infantil, e intentas lavar tus manos sin mirar tu reflejo en el espejo.
Apoyas la frente en la puerta del baño e intentas calmar ese frío en tu interior que tanto te agobia. Ganas de llorar, ganas de gritar, ganas de morir… y ganas de vivir. Lo peor es que las tres primeras se te hacen relativamente fáciles, pero vivir… vivir es imposible. No lloras, porque es algo que siempre reservas para tus diálogos con la máquina; ¿para qué gritar si no es tu voz la que se va a escuchar?; aprietas tus ojos, y le pides a tu cuerpo con todas tus fuerzas que de una vez por todas acabe por fenecer… pero no mueres. Y en lugar de vivir… sobrevives.
Sales del baño intentando equilibrar tu interior, inhalas lentamente obviando el molesto mareo que empieza a aparecer y regresas a la sala de espera, teniendo en mente jugar un poco más con Aden mientras llega tu turno. Pero sentada donde estaba el pequeño hay otra persona. Detienes tu paso sin saber qué hacer, de no haber estado el rubito sentado ahí te habrías sentado en la silla más alejada del resto de las personas, pero tu chaqueta se encuentra justo en la que está al lado de la que ocupa esa joven.
Ella también es rubia, aunque en su cabello crees poder divisar algunos mechones rosados. Viste de forma bastante casual; tiene una camiseta color azul marino con algo escrito en rojo que no alcanzas a leer, blue jeans rotos y botines negros. Te acercas con paso dubitativo, te sientas en el lugar en el que está tu chaqueta y miras hacia el suelo.
Después de algunos minutos, cuando te das cuenta de que toda la situación es bastante ridícula, sacas tu teléfono y te dispones a continuar leyendo el libro de turno; entonces empiezas a pensar en todos los libros que jamás acabarás de leer y en todas las series que no terminarás de ver y poco a poco empiezas a desesperarte, porque la vida se te está acabando. Porque cada segundo que pasa te acerca más al inminente final. Y tu mente en estos instantes es una contrariedad, esperas que acabe todo, sí… pero también deseas que todo se arregle, poder vivir como antes.
Acaricias la fístula en tu antebrazo, aguantas tus manos encima de tu regazo y luego las llevas a tu frente, presionándola con fuerza; por lo brusco del movimiento, tu celular cae al suelo. Antes de poder recogerlo, la joven sentada a tu lado se inclina, lo toma y te lo ofrece.
—Gracias—. Dices mientras lo tomas en tus manos, no habías notado que la chica traía audífonos blancos hasta que empieza a bajarlos dejándolos encima de sus hombros. Te sonríe, mas en lugar de responder «no es nada», «no se preocupe» o «tenga más cuidado» dice unas palabras que te sacan de onda:
—¿Primer vuelo?— y la observas sin entender muy bien. Notas que su camisa está manchada de lodo y tu mente te dice: «¡Genial, Lexa, ahora pasarás el resto del rato respondiendo las preguntas sin sentido de una loca». Ella parece dilucidar la línea de tus pensamientos, y su sonrisa se vuelve más amplia.
—Quiero decir—, se corrige— ¿es la primera vez que vienes acá? Te noto nerviosa—. Te apena haber pensado que estaba tostada, y estás segura de que la vergüenza se te nota en las mejillas.
—Oh… sí— respondes, pero no aclaras si te refieres a su pregunta o a la afirmación que hizo luego de esta. Volteas al frente, como queriendo dar la pequeña charla por zanjada. Pero al sentir la insistente mirada de la chica, agregas: — sí, es mi primera vez, supongo que sí estoy algo nerviosa.
El brillo en su mirada te hace notar el doble sentido que ocultan tus recientes palabras, y sientes arder tus mejillas nuevamente. Te cuesta un poco romper el hielo con los adultos de tu especie, y mucho más cuando son tan bonitos como la joven que tienes al lado. En su jovial rostro la sonrisa se hace más amplia, haciendo que sus ojos azules se vean más bonitos.
—Tranquila, no es nada del otro mundo… entras y hablas. Fin del entrenamiento—. Y ella hace parecer realmente fácil el hecho de compartir tus experiencias con un completo desconocido.
—Asumo entonces que no es tu primera vez— dices, siguiendo con el juego de palabras en tono jocoso. Porque a veces eres bien valiente, claro que sí.
—Asumes bien, soy azafata en este avión—. Sigue con sus metáforas de vuelos. Y te deja pensando en qué tipo de problema tendrá esa chica a la que la felicidad se le nota a leguas. La mirada pícara que coloca, te hace darte cuenta de que continúa con el jueguito y giras los ojos, medio exasperada, medio divertida.
—Ya, ya, ya—, dice mientras levanta las manos ofreciendo la paz— ¿Y qué leías?— inquiere curiosa y levantas una ceja que sugerentemente grita: «¡No es tu problema!» vamos, que ya pillas el porqué de que la tipa esté aquí, seguro es cotilla a niveles patológicos.
—¿Sabes que es de mala educación, verdad?— su cara de no enterarse de nada te obliga a continuar— eso, de espiar lo que hacen los de…
—Hey… detén el tren— ¿en serio no puede usar expresiones que no tengan que ver con algún tipo de transporte?— no estaba espiándote—, dice en tono divertido— noté que leías cuando recogí tu aparato del suelo. —¿Acaso pueden arder más tus mejillas? —además, pregunto porque pareces de esas mujeres que leen cosas interesantes.
Y al parecer, no le afectó en lo más mínimo el hecho de que hace escasos segundos casi utilizaras un tono grosero con ella. Por eso tú también pasas por alto lo anterior y le respondes:
—A veces las impresiones no son acertadas— miras tus manos mientras hablas— quizás estaba leyendo un aburrido artículo de mantenimiento de metales, o alguna reseña gastronómica—. La cara que le queda luego de tu último comentario es bastante sugestiva. Niega mientras sonríe y mira hacia arriba como preguntando: «¿Es en serio, omnipotente?». —supongo que ahora vas a decir algo que me avergonzará un poco más— agregas.
—Bueno, no sé qué tanto te abochorne que diga que soy sous-chef y que nos desvivimos para que esas reseñas que tan buena impresión te causan sean buenas. —comenta a la ligera, y no sabes qué tan cierto es lo que dice, no le ves pinta de chef.
—No me aburre comer— y la verdad, es que con tantas limitaciones por tu estado de salud, sí que te aburre comer.
Ella vuelve a sonreír, y está por responder cuando tu teléfono empieza a sonar. Es la alarma para tus pastillas; te disculpas mientras revisas en tu cartera buscándolas. Ella te observa curiosa, y cuando nota que estás por tomar tu medicamento abre su bolso sacando de ahí una botella de agua sellada.
—Ten—. Ofrece. Y no quieres ser descortés, pero debes negarte. Tu consumo de agua está limitado a 500 ml diarios y para controlar bien la ingesta de líquidos tienes que tomar estrictamente de tu botella.
—Gracias, pero prefiero tomarlas sin agua— dices rechazando su ofrecimiento, a lo que ella se encoge de hombros sin darle importancia.
—¿Y dedicas tu tiempo a algo además de sonrojarte cada tres minutos?— Y la verdad, a esa pregunta le tienes aversión. Dedicas tu jodido tiempo a sobrevivir, solo eso. Y no es algo que no estás dispuesta a decirle a una desconocida.
—Tempus fugit— susurras… más para ti que para ella. Y notas cómo su cara adopta una expresión que no tiene nada que ver con lo risueña que había sido hasta ahora. Y ese gesto en su rostro no te gusta nada; entonces, sonríes restándole importancia a lo dicho. Y la grave voz del asistente interrumpe su pequeña charla.
—Clarke Griffin— dice, y la ves ponerse en pie rápidamente, dejándote sin siquiera mirar hacia atrás. Lo intentas, claro que lo intentas, pero no puedes evitar poner la vista en sus bien formados glúteos cuando camina hacia el consultorio.
Revisas la hora en tu teléfono y te das cuenta de lo aburrida que es la sala de espera sin ella, pero no pasan ni cinco minutos cuando ves abrirse la puerta de nuevo. Y la ves salir, pero algo en la imagen te sorprende: carga a Aden abrazándolo a su cuerpo, y entiendes por qué tenía la camisa tan sucia. A ella no parece importarle el estado de los zapatos del niño.
Aden voltea, te mira fijamente y luego acerca su carita al oído de la rubia, que sonríe ampliamente a lo que sea que haya dicho el pequeño. Entonces se acercan a ti, y Aden te ofrece la maltrecha florecita amarilla. La recibes con una sonrisa, que esta vez sí sale de forma natural.
—Dice que eres la chica más guapa que ha visto en su vida—, comenta la rubia, y sí, es lo que piensa el niño, pero aun así sientes tus mejillas arder —y creo que estoy de acuerdo.
—Lexa Woods— llama el asistente de tu psicólogo, mientras intentas controlar tu interior. No te sientes guapa, para nada. Pero el hecho de que los Griffin lo digan te emociona de forma extraña.
—Esa soy yo— te paras de la silla, recoges tu chaqueta y te colocas la cartera de forma nerviosa. —Hasta luego, Clarke… hasta luego, jirafita—. Dices tocando la naricita de niño y caminas hacia el consultorio.
—Colócate bien el cinturón— comenta la rubia a tu espalda, y esa frase te hace sonreír ampliamente, mas no volteas.
—Sí que es rara, ma…— escuchas que dice Aden antes de cerrar la puerta y levantar la vista para conocer a tu psicólogo.
Holaaaaa… aquí el nuevo capítulo de este fic.
Espero que lo estén disfrutando, a mí me está encantado escribirlo, es mi forma de superar el duelo por la muerte de Lexa (todavía lo recuerdo y se me hacen agua los ojos).
Muchísimas gracias por seguir la historia y comentar Tsune-sama (aquí ya tienes otro capi )
Gracias por el apoyo, Luy, y gracias por seguir la historia.
Y un millón de gracias a todos los que están dándole una oportunidad a mi fic.
Espero que estén disfrutando de las fiestas.
Mil besos.
