Como siempre, situación temporal. "El Cumpleaños de Steven" ya pasó. Ahora, nos encaminamos con paso decidido a "Pudo haber sido grandioso", pero aún no hemos llegado. Para que os vayáis situando.
Capítulo 5: Qué fue lo que sucedió
¿Sabes cuando crees que las cosas empiezan a ir bien tras superar un bache, pero de golpe y porrazo te caes en otro bache tan profundo que casi parece un pozo? Bien, pues más o menos esa era la situación que Steven sentía que había en el granero tras la visita de Obsidiana.
Perla había estado desaparecida varios días después de aquello, habiendo saltado al teletransportador y marchándose a algún lugar de la Tierra sin previo aviso. No tardó demasiado en volver, sonriendo y asegurando a todos que estaba mejor, pero cada vez que creía que nadie la miraba Steven veía como parecía suspirar pensativa, mirando con aire triste a las musarañas. Alguna vez Steven la sorprendió mirando en dirección a la ciudad, como si estuviera esperando algo o a alguien. Ni siquiera se planteó preguntarle: sabía bien que Perla no se lo diría a no ser que no le dejara otra opción, y dada la situación, Steven no tenía prisa alguna en meter en semejante apuro a Perla.
La construcción del taladro avanzaba cada vez más. La estructura básica ya estaba, y poco a poco empezaron a trabajar en detalles tales como su maniobrabilidad, su resistencia al calor, o algo tan básico como los cinturones de seguridad. Peridoto parecía haberse acabado de aclimatar a la vida en la Tierra, y ya no parecía quejarse tanto por cada pequeña cosa que sucedía. De hecho, Steven notó que en varias ocasiones las Gemas iban y charlaban con ella sobre el taladro o casi cualquier cosa, y poco a poco Peridoto parecía que empezaba a encajar más en el grupo. Hablaba, reía, e incluso parecía escuchar de reojo las canciones de Steven. Era algo bueno, una buena noticia con la que compensar el violento encontronazo con la Gema que, en esos momentos, campaba a sus anchas por Beach City.
Hasta el momento, Obsidiana parecía respetar la tregua impuesta entre ella y las Gemas de Cristal. No se acercó al granero, no hizo destrozo alguno, y en general parecía interesarse únicamente en sus propios asuntos. Steven a menudo la veía trabajar en la pizzería de Kofi al pasar por delante, repartiendo pizzas o atendiendo el mostrador. Al parecer, según le habían dicho Kiki y Jenny, Obsidiana había sido contratada por recomendación de Nanefua el mismo día que apareció en la pizzería con aquel anticuado cupón, poniendo cara de estar "flipándolo en colores" (según le dijo Jenny) en cuanto le dio un mordisco a la pizza y preguntando que qué era aquello, y como podía conseguir más. Así pues, su padre la había puesto a trabajar bajo la promesa de proporcionarle una pizza a su elección para comer a modo de pago, oferta que Obsidiana aceptó sin hacer preguntas ni necesidad de pensar nada más. Si bien era algo extraño ver a una Gema del Planeta Natal vestida con el delantal de la pizzería, esto daba esperanzas a Steven de que en un futuro, tal vez, consiguieran que la Gema desistiera de su deseo de acabar con las Gemas de Cristal, se acostumbrara a vivir en la Tierra, y se convirtiera en uno de ellos.
Por lo menos, así era como esperaba Steven que fuera a suceder todo.
Claro estaba, esa noticia no haría ninguna gracia a Granate y Perla. No tenía ni idea de qué era lo que Perla le había hecho, ni como había sido la relación de Obsidiana con las Gemas durante la guerra, pero por lo que había podido entender la Gema negra había sido una peligrosa enemiga responsable de romper un gran número de Gemas de Cristal en el pasado. Steven dudaba, por este motivo, de si conseguiría que Obsidiana se pasara a su bando; pero quería creer que todos tienen, en la vida, la oportunidad de redimirse.
Sin embargo, antes, necesitaba algunas respuestas.
Un día, Steven empezó a buscar a Peridoto por el granero. No la encontró junto al taladro, como esperaba, sino que la pilló trasteando con gran curiosidad entre los numeroso baúles que allí se encontraban, examinando con ojo analítico los objetos más cotidianos, como aparatos viejos, latas vacías, e incluso un patito de goma que provocó la fascinación absoluta de la verdosa Gema.
-Ehm, ¿Peridoto?-dijo Steven, tratando de hacer notar su presencia delicadamente. Esto no impidió que Peridoto soltara un respingo e intentara esconder el patito tras su espalda.
-¡Eh, ¿qué, qué pasa?! ¿Qué quieres ahora?-preguntó alarmada, como si le diera vergüenza que la hubieran visto jugando con aquella cosa tan rara de color amarillo.
-Bueno…me preguntaba si, ya que eres del Planeta Natal, podrías decirme más cosas sobre Obsidiana-explicó Steven.
-¿De Obsidiana? ¿Esa Gema psicótica? ¿Para qué quieres saber más sobre ella?-preguntó Peridoto desconfiada, como si se mostrara suspicaz por la pregunta del joven.
-Verás…Estoy intentando descubrir qué fue lo que pasó para que Obsidiana y Perla se lleven tan mal. Creo que si hablaran las cosas…podrían llegar a llevarse bien.
Peridoto, al oir aquello, se puso a reír a carcajada limpia.
-¡JAJAJAJAJA! ¿Obsidiana…"llevarse bien" con alguien? ¡BUAJAJAJAJAJA!
-¡Eh! ¿Por qué te hace tanta gracia?-quiso saber Steven, molesto porque Peridoto se estuviera riendo de él.
-Ay, Steven… Como se nota que no sabes absolutamente NADA de Obsidiana…-dijo, palmeándole en el hombro-. Pero no te preocupes. Por suerte, me tienes a mí, quien te dará una clase rápida de historia para que te pongas al día.
Steven y Peridoto salieron del granero, y se sentaron en la colina para observar la ciudad y el mar de fondo. Una suave brisa mecía los tallos de hierba en el suelo, y el Sol a veces descansaba cuando alguna nube solitaria se interponía en su camino, proyectando una agradable sombra fresca en el prado.
-Muy bien, ¿por dónde quieres que empiece?-preguntó Peridoto a Steven. A diferencia de su carácter receloso y algo arisco de siempre (aunque poco a poco había empezado a cambiar), Peridoto parecía visiblemente complacida con que Steven hubiera ido en su busca para obtener respuestas. Este se lo pensó durante un rato antes de preguntar.
-Pues… ¿Qué tal por el principio? ¿Dónde fue hecha Obsidiana?
-Hmm…-murmuró Peridoto, como si estuviera intentando hacer memoria-. Por lo que se, las primeras Obsidianas se formaron aproximadamente hace unos 6200 años, en el planeta colonia XV-513. Dicho planeta quedaba bajo la jurisdicción de Diamante Azul, y así permaneció hasta su clausura.
-¿Qué sucedió?
-Nada, simplemente dejaron de hacer Gemas allí. Al parecer, la Peridoto encargada de la Guardería del planeta determinó erróneamente las coordenadas para la inyección de Gemas, y el planeta quedó inservible tras las primeras generaciones de Ónices.
-¿Ónices?-preguntó extrañado Steven. De golpe y porrazo, Peridoto se tensó, como si hubiera dicho algo que no pretendía decir. A juzgar por su expresión, Steven se imaginó que probablemente ese era el caso.
-Ehmmm…, quería decir… ¡Obsidianas! Sí, eso…Obsidianas…-se apresuró a decir Peridoto, desviando la mirada. Steven sabía que había a lo que Peridoto no le estaba contando.
-Peridoto…-dijo Steven, obligando a que Peridoto lo volviera a mirar a pesar de los nervios-. ¿Qué has querido decir con lo de "Ónices"?
Peridoto, tras mirar a su alrededor como si pretendiera cerciorarse de que nadie más estaba escuchando, se acercó a Steven con aire confidencial.
-Verás, en realidad el plan era que en esa colonia se crearan Ónices, las miembros principales del cuerpo de seguridad de Diamante Azul. Sin embargo, como ya te he dicho, la Peridoto encargada se equivocó en sus cálculos (algo bastante chapucero, si se me permite el apunte), y la cosa no acabó de salir bien.
-¿Qué pasó?-preguntó interesado Steven. No era lo que esperaba aprender de Obsidiana, pero la verdad era que esa información podía ser bastante importante.
-Según los informes, la primera generación de Ónices salió de la tierra sin ningún problema, de manera que nadie sospechó que algo malo estaba sucediendo hasta que se intentó extraer una segunda generación de Gemas. Cuando las Gemas recién nacidas salieron de la tierra, pronto se entendió que algo había ido terriblemente mal.
-¿Qué? ¿Qué fue lo que pasó?
-Los materiales necesarios para la formación de Ónices representaban tan solo la superficie del planeta colonia. Una vez se acabaron, los extractores implantaron las Gemas en la corteza del planeta sin que estas dispusieran de los suficientes materiales como para acabar de formarse por completo. Así pues, las que surgieron a continuación salieron hechas a medias con otros materiales…mezclados, por así decirlo-trató de explicarle Peridoto-. El resultado fue que, cuando la segunda generación salió de la tierra, tenían un aspecto muy diferente al de sus predecesoras.
-Define diferente-quiso decir Steven.
-Bueno… ¿Recuerdas el aspecto que tiene Obsidiana?-le preguntó Peridoto, dibujando una vaga silueta similar a la de Obsidiana en el suelo con el dedo. Steven asintió-. Pues bien, una Ónice bien formada no se le parece en nada-explicó, dibujando el aspecto que decía que tenían las Ónices en el Planeta Natal-. Miden casi cuatro metros de alto, con dos metros de ancho entre sus hombros, y su piel es de una tonalidad negra intensa. Valerosas, aguerridas, y fuertes como pocas, forman el cuerpo privado de seguridad de Diamante Azul.
Steven hizo la comparativa con los dos dibujos que había hecho Peridoto. No era la obra de arte más exacta del mundo, pero si esa aproximación era verídica, entonces las Ónices eran más altas y anchas de hombros que la propia Jaspe, la Gema no fusionada más grande que Steven hubiera visto jamás. Definitivamente no se parecían en nada a Obsidiana, mucho más delgada y bajita que ellas.
-Entonces… ¿Estás diciendo que…?
-Mira, yo no estoy diciendo nada, porque…-Peridoto tragó saliva-…si Obsidiana se entera de que he dicho que, en realidad, ella es una Gema hecha a medias…Brrrr, no quiero ni pensar en lo que me haría…-murmuró Peridoto, aterrada ante la idea de que la tenebrosa Obsidiana pudiera haberla oído.
Steven meditó respecto a esta nueva información que había descubierto. ¿Una Gema del Planeta Natal hecha a medias? Es decir, ¿que era defectuosa? Por lo que Steven sabía del Planeta Natal, la perfección lo era todo, de manera que le sorprendía saber no solo que Obsidiana, una Gema defectuosa, había sido aceptada en las filas de su ejército, sino que había conseguido alcanzar semejante reputación dentro de la sociedad del Planeta Natal. Uno pensaría que no temerían a una simple "Gema defectuosa", dado el carácter de las visitantes que habían ido teniendo a lo largo del tiempo y su predisposición a despreciar cualquier cosa que no fuera perfecta o tal y como lo habían determinado los Diamantes, pero al parecer Obsidiana se había granjeado una reputación terrible entre sus enemigos, e incluso entre sus propios aliados si Steven podía tomar el miedo que Peridoto le tenía como modelo de referencia.
-Entonces… ¿hay muchas más Obsidianas en el Planeta Natal?-preguntó Steven.
-No. En vista del fracaso sucedido en la colonia, la Peridoto responsable fue reciclada y todas las Obsianas que nacieron fueron catalogadas como errores y condenadas a su pronta destrucción. No sería hasta el inicio de la rebelión que se les encontraría un uso.
-¿En serio?-preguntó Steven, algo asustado al comprobar una vez más lo implacables que podían ser las Gemas del Planeta Natal, condenando a su propio pueblo por el simple hecho de haber nacido diferentes.
-Sí. Puede que las Obsidianas no contaran con la fuerza ni dureza de las Ónices, pero aún así fueron enviadas a las primeras líneas ofensivas. Un movimiento poco acertado, ya que la gran mayoría acabaron destruidas a los pocos años del inicio de los enfrentamientos.
-Pero… ¿Entonces por qué lo hicieron? ¿Por qué las hicieron pelear si sabían que no podían?-preguntó apenado Steven. Peridoto se limitó a encogerse de hombros.
-No lo sé, supongo que por eso mismo lo hicieron. Una estrategia un tanto arriesgada, pero efectiva: sacrificar a las más débiles para debilitar las filas enemigas y facilitarle el paso al resto de tropas más capacitadas.
La normalidad con la que Peridoto justificó aquello asustó un poco a Steven. No podía acabar de imaginarse cómo debía de trabajar la mente de los Diamantes para juzgar que el sacrificio de un montón de Gemas de su planeta, independientemente de cómo estuvieran hechas, estaba justificado. Que su madre y sus aliadas hubieran participado, inconscientemente o no, de aquella masacre lo hacía todavía peor.
-Eso…es horrible.
-Es estrategia, Steven. En tiempos de guerra hay que hacer sacrificios, y cuanto menos se pierda en ellos, mejor-comentó tranquilamente Peridoto, dando por zanjado el asunto-. Ahora, ¿qué más quieres saber?
-Espera…si la gran mayoría acabaron destruidas durante la Rebelión… ¿Cómo es que Obsidiana se salvó? ¿Y cómo es que se convirtió en asesina? ¿Qué fue lo que pasó entre Perla y ella, que fue tan terrible?
-Eso…no lo sé-admitió Peridoto, pensando al respecto-. Me temo que mis datos son insuficientes para responder a esas preguntas. Las únicas que se me ocurre que pueden tener esas respuestas son Diamante Azul o la propia Obsidiana, pero… ¡habría que estar loco para ir a preguntarle nada a alguna de ellas!-dijo riéndose Peridoto, como si la mera idea de ir y preguntarle algo a tan peligrosas Gemas pudiera llegar a ser posible.
-¡Ey, que gran idea! Se lo preguntaré a Obsidiana-comentó sonriente Steven, para luego salir corriendo hacia el teletransportador. Peridoto, sorprendida porque realmente se lo estuviera planteando, tardó unos instantes en reaccionar.
-¡Nononono, espera!-trató de decir, demasiado tarde. Steven desapareció en un haz de luz, dejando allí sola a una petrificada y boquiabierta Peridoto-. Oh, mis estrellas… Las Gemas de Cristal me van a fragmentar por esto…
Más tarde, en otro lugar:
Steven abrió la puerta de la pizzería del puerto. Tal y como se esperaba, Obsidiana se encontraba situada tras la barra, vestida con el delantal típico de los trabajadores de la tienda y mirando con ojos carentes de interés a las musarañas. Cuando Steven entró en la pizzería y ella le vio, su expresión cambio de interés a molestia, como si en vez de un niño el que hubiera entrado en la tienda fuera alguna clase de insecto chillón.
-Gema de Cristal, ¿qué has venido a hacer aquí?-preguntó molesta Obsidiana, mirando con creciente fastidio como Steven se le acercaba y se apoyaba en la barra.
-No, no, Obsidiana. Así no se recibe a un cliente-la riñó levemente Nanefua, revelando que también ella se encontraba tras la barra-. Lo que has de decir es "Hola, buenos días. ¿En qué puedo servirle?".
-Hmpf, sigo sin entender para qué tengo que preguntar eso. Si han entrado aquí, es que quieren que les sirvan una pizza. ¿Acaso no es obvio?
-Aún así, no cuesta nada ser educados-respondió Nanefua con una sonrisa. La mirada de molestia de Obsidiana sobre Steven se intensificó, pero parecía que Obsidiana al final iba a ceder.
-Esta bien…Buenos días, Gema de Cristal. ¿En qué puedo servirte?-preguntó sin demasiadas ganas.
-Y llámale por su nombre. Ya le conoces, no finjas que no es así.- Obsidiana suspiró.
-… ¿En qué puedo servirte, Gema de Cristal Steven Rosa Cuarzo?-preguntó una vez más Obsidiana, apoyándose en la barra y con su cabeza descansando en una mano. No parecía demasiado interesada en lo que Steven le pudiera pedir.
-Ehm…Solo Steven ya está bien, gracias-se apresuró a decir Steven ante la curiosa forma que tenía Obsidiana de llamarlo-. La verdad, no había venido a comer, si no a…
-Pues si no has venido a comer, ya te estás largando. Molestas-le cortó Obsidiana, mirando fijamente a Steven. Sin embargo, antes de que este pudiera hablar, Jenny salió de la cocina con una pizza recién hecha en las manos.
-Obsidiana, es la hora de comer. Aquí tienes tu paga.- La mirada de la Gema cambió de repente al ver la pizza. Se levantó del mostrador como accionada por resorte, mirando con ojos muy atentos y golosos la humeante pizza que Jenny sostenía en sus manos. Sus pálidas manos le arrebataron la pizza y, desdibujándose en una filigrana vaporosa de sombras, Obsidiana voló por encima de la barra y el resto del local hasta una de las mesas del fondo, donde se posiciono con la pizza en la mesa mientras se relamía y frotaba las manos.-. Vaya…sí que le gusta la pizza, si…
Obsidiana miraba sonriente la pizza que tenía ante ella. Justo como a ella le gustaba: con todo. Anchoa, peperoni, aceitunas, champiñones, queso de todos los tipos, piña, jamón, maíz,… No tenía ni idea de qué eran la mayoría de ingredientes que formaban aquella pizza, pero poco le importaba mientras estuvieran deliciosos. Era una obra de arte en sí misma. El jefe del local, Kofi, se había quedado a cuadros la primera vez que se la había pedido, pero considerando que le pagaban con pizzas de esas en vez de dinero, no le iba de un par de ingredientes de más y el negocio iba bien. Obsidiana se había enamorado de aquel alimento terrestre en el mismo instante en que Nanefua le había obsequiado con aquella porción recién hecha de pizza con anchoas. Su sabor, su calidez, la textura del queso, su sabor, la sensación de tener algo en la boca y masticarlo, el cambio en los sabores,… el sabor… No se cansaba nunca de aquello. Vale que luego su cuerpo hiciera ruidos extraños y se moviera contra su voluntad (sin contar el curioso y algo molesto ritual posterior de ir al baño), pero era un pequeño precio a pagar por disfrutar de semejante delicia… o por poder disfrutar de algo en general.
Así pues, Obsidiana cogió una porción de la pizza, se la llevó a la boca…y vio que la molesta y diminuta Gema de Cristal que gustaba de hacerse llamar Steven había ido a sentarse justo delante de ella, mirándola comer con sus brillantes y enormes ojos oscuros, y una extraña sonrisa en el rostro que, por alguna razón, la sacaba de quicio.
-…-dijo Obsidiana, dejando la pizza en el plato y mirando fijamente a Steven.
-…-dijo Steven, sonriendo a Obsidiana en un intento de demostrarle que había ido en son de paz, y que no había nada que temer.
-…no sé porque estás sonriendo, pero me molesta. Lárgate.
-Venga, no seas así. ¡Convierte ese ceño fruncido en una sonrisa!
-¿Quieres…quieres que me transforme? ¿Qué haga aparecer otra boca en mi frente?-preguntó extrañada Obsidiana, tratando de imaginárselo. Ver a Steven con dos sonrisas en el rostro no contribuyó a mejorar su humor-. ¿Para qué?
-¿Qué? ¡No, no…! Es solo una expresión. Significa que te animes.
-¿Quieres que me anime? Lárgate, y déjame comer en paz-dijo tajante Obsidiana, cogiendo nuevamente un cacho de pizza y dándole un mordisco. Solo ese breve instante fue necesario para hacer sonreír a la sombría Gema, sin importar que Steven siguiera ahí delante.
-Así que tú también comes…La verdad, no esperaba conocer nunca a una Gema del Planeta Natal que le gustara comer-comentó sinceramente Steven-. Oye, tiene buena pinta. ¿Me das un trozo?-preguntó, mirando la curiosa pizza de Obsidiana.
-Tócala, y te prometo que no podrás regenerar las partes que te arrancaré con mis propias manos-dijo amenazante Obsidiana, sin dejar de sonreír mientras masticaba la pizza. Steven, sudando de puro nervio, se encogió un poco en su asiento.
-Ya…Bueno, yo no me puedo regenerar…creo, así que…
-Mas fácil me lo pones-comentó Obsidiana tras tragar-. A ver, ¿qué tengo que hacer para que te marches de una vez?
-Solo quiero que me contestes a unas preguntas, eso es todo. Luego me marcharé y no te molestaré mas, te lo prometo-suplicó Steven a Obsidiana. Esta miró suspicaz al niño humano sin dejar de comer su pizza, sonriendo por dentro pero sin dejar que se le viera en el exterior. Cuando hubo consumido la mitad de la pizza, Obsidiana suspiró dándose por vencida.
-Esta bien, contestaré a tus preguntas…Da las gracias que la tregua me impide sacarte de aquí a cañonazos.
-¡Gracias, Obsidiana!-respondió este alegre, aparentemente ajeno a la velada amenaza de la Gema. Obsidiana, suspirando molesta por la infinita alegría del niño humano, se llevó otro cacho de pizza a la boca.
-Tú dirás…
-Vale. He estado investigando un poco sobre ti, y querría que me contestaras a ciertas preguntas que creo que solo tú puedes responder.
-¿Oh? ¿Cosas que te ayudaran a encerrarme de nuevo, de eso va todo esto?-preguntó suspicaz Obsidiana. Su amenazadora mirada se veía contrarrestada por el hecho de que la mitad de su atención se veía desviada hacia el creciente puente de queso que se estaba formando entre su boca y el pedazo de pizza.
-No, de verdad. Solo quiero saber más cosas sobre ti. Por ejemplo… ¿hay más Obsidianas como tú en el Planeta Natal?-preguntó Steven. Ya sabía él que no era así según lo que Peridoto le había contado, pero como decirle a Obsidiana que Peridoto había estado hablando de ella a sus espaldas la hubiera puesto en grave peligro, optó por un acercamiento más inocente.
Obsidiana dejó de mirar molesta a Steven por un momento. Su mirada ahora parecía reflejar otra cosa: tristeza, amargura… ¿y resentimiento?
-…Ya no. Soy la última Obsidiana.
-¿Qué…qué pasó?-preguntó Steven. Sabía que la historia no era precisamente alegre, pero al ver la mirada vacía de Obsidiana supo que había bastante más detrás de lo que Peridoto le había explicado. Obsidiana volvió a mirar fijamente a Steven, pero más que parecer molesta parecía mostrarse fría y carente de toda emoción. Steven, que no se esperaba aquella reacción por parte de la Gema, escuchó atento sus palabras.
-En el Planeta Natal, cada Gema que es hecha lo hace para cumplir una función. Las Peridotos dirigen Guarderías, las Rubíes luchan, los Cuarzos conquistan,… Todas tienen su lugar en la sociedad de los Diamantes. Ahora bien, ¿sabes lo que les pasa a las Gemas que no tienen una función?-Steven negó, aunque ya se imaginaba la respuesta-. Esas Gemas no tienen lugar en la sociedad, no tienen ninguna utilidad, no sirven para nada,… Esa fue la maldición de las Obsidianas. Fuimos fabricadas siendo inútiles, y nuestro planeta nos consideró desechables.
El silencio se hizo en la mesa. Steven escuchaba con creciente temor lo que Obsidiana le contaba, sintiendo como numerosas preguntas nacían y se agolpaban en su mente. Por respeto, se calló y dejó que Obsidiana siguiera hablando.
-Nada más vernos, intentaron exterminarnos o reciclar nuestras Gemas, pero Diamante Azul se opuso. En su lugar, nos llevaron a los coliseos para que lucháramos para divertimento de las otras Gemas, o nos usaban como mano de obra y de servicio. Mis primeros recuerdos fueron en la arena, luchando contra otras prisioneras, disidentes, o más comúnmente…contra otras Obsidianas.
-¿Quieres…quieres decir…?
-¿…que si nos hacían pelear a muerte entre nosotras? Sí, eso mismo-le aclaró sin tapujos Obsidiana-. Gemas que no sabían que estaba pasando, recién nacidas y obligadas a luchar para conservar la vida. La ganadora vivía un día más. La perdedora era barrida a un lado. Si las Obsidianas se negaban a pelear, las destruían a ambas. Tan sencillo como eso.
-Pero eso… ¡es una barbaridad!-exclamó Steven-. ¡No me creo que pudieran ser tan crueles con vosotras! Obligaros a hacer algo así…no está bien…
-¿Y a ti que te importa? Tú ni siquiera estuviste allí.
-¡Pero se cuando algo no está bien! No importa que seamos de planetas diferentes, lo que está mal, está mal.
Obsidiana encarnó una ceja al ver el arrebato de tristeza del niño humano. ¿Por qué parecía tan apenado? No había estado allí, no le había pasado a él, y ni siquiera sus gemas eran iguales. No era una Obsidiana, así que… ¿por qué le preocupaba tanto lo que les hubiera pasado a ella y a sus herm…no, a las otras Obsidianas en el pasado?
-En fin, todo cambio cuando llegó la Rebelión-siguió diciendo Obsidiana-. Todas habíamos oído los rumores, pero nos costaba hacernos a la idea de que era real. Que una Cuarzo, una Cuarzo Rosa nada menos, hubiera decidido rebelarse contra el Planeta Natal… Nunca antes había sucedido nada parecido. Al principio creímos, como todos, que la Rebelión duraría un año o dos a lo sumo.-Obsidiana sonrió, si bien fue una sonrisa más bien triste, casi nostálgica-. Imagina la cara que se nos quedó cuando, tras el primer siglo, no solo no parecía que la guerra fuera a acabar, sino que parecía que las rebeldes iban adquiriendo cada vez más fuerza. Fue entonces cuando los Diamantes nos hicieron marchar a la batalla.
Obsidiana dejó su pizza a medio comer en el plato. Esa parte de la historia le quitaba el apetito. Steven era incapaz de despegar la mirada de Obsidiana, sumergido por completo en el relato de la vida de Obsidiana.
-¿Luchaste en la Rebelión?
-Si, yo y todas las Obsidianas que quedábamos. Para nosotras era como un sueño hecho realidad. Por fin éramos de alguna utilidad para alguien, por fin nuestra existencia tenía sentido. Ese pensamiento acompañó a…las demás en la batalla en todo momento, aún cuando caíamos a cientos en cada escaramuza frente a las Gemas de Cristal-dijo Obsidiana con rabia palpable en su voz. Su puño, apretado, descansaba sobre la mesa, junto a la descartada pizza-. Si, todas estaban felices…todas menos una.
-¿Una? ¿Te refieres a ti misma?-preguntó Steven.
-Sí. No habíamos sido hechas para aquello, estaba claro, pero a ninguna pareció preocuparle con tal de poder ocupar un puesto en la jerarquía del Planeta Natal, aunque fuera el escalafón más bajo. Todas las otras Obsidianas aceptaron su destino, se contentaron con aquel primer y único acto de servidumbre, pero yo no. ¿Cómo iba a aceptarlo? Me negaba a simplemente ir y morir como el resto de aquella panda de ilusas, que tan ciegamente se lanzaron a su destrucción con una sonrisa en el rostro.
Un aura oscura empezó a rodear el cuerpo de Obsidiana, como si las sombras del local estuvieran convergiendo sobre ella como neblina negra. Obsidiana ya no miraba a Steven. Era como si su atención al completo se encontrara ocupada en esos momentos en sus recuerdos de los días del pasado, dejando a Steven tan asustado como intrigado por las palabras de la Gema.
-Me negaba a desaparecer. No quería desaparecer. Me daba igual lo que les pasara a las otras, yo quería vivir. Así que luché, luché y luché. Sobreviví a cada combate, aprendí a luchar cuando nadie se molestó en enseñarnos, e incluso conseguí invocar mis armas mientras las demás luchaban con sus puños o con cualquier basura que nos dieran para defendernos. Convertí mis debilidades en mis fortalezas, y pronto todos oyeron hablar de la Obsidiana que se negaba a desaparecer, que seguía combatiendo. Con el tiempo, mis esfuerzos se vieron recompensados con la atención de Diamante Azul, quien me puso bajo su mando como brazo ejecutor-dijo Obsidiana solemnemente-. No era lo mismo que ser su guardaespaldas, que hubiera sido mi cometido, pero por lo menos era algo mejor que simple carne de cañón, como el…resto.
La forma despectiva en que mencionaba a las demás Obsidianas llamó la atención de Steven. Era casi como si no le importara nada que sus amigas hubieran sido destruidas por orden de los Diamantes.
-¿Y no estás triste? Quiero decir… Muchas Obsidianas acabaron rotas. Eso es…
-¿Por qué iba a estarlo? ¿Por qué debería sentir lástima por aquellas demasiado débiles como para sobrevivir?-preguntó despectivamente Obsidiana, sorprendiendo una vez más a Steven-. No sé si me has oído, Gema de Cristal, pero yo quería vivir. Yo luché, y ellas no. Se rindieron y resignaron, mientras que yo me aferré con uñas y dientes a la vida. Lo que he conseguido, mi puesto y mi lugar en la jerarquía del Planeta Natal, todo lo he conseguido a base de luchar y luchar como ninguna otra. ¿Acaso debería haber arrastrado conmigo a las demás Obsidianas? ¿Enseñarles a luchar, asegurarme de que estuvieran listas y así pudieran sobrevivir? ¿Y luego qué? ¿Acaso debía seguir cargando con ellas el resto de mi vida? Todas nacimos solas, cada una valiéndose solo por sí misma, y esa es la única verdad.
-¿Cómo puedes decir eso?-exclamó Steven, enfadado y triste a la vez-. ¡Eso es muy cruel! Ellas no se merecían nada de lo que les pasó, de lo que te pasó a ti. ¿Por qué eres tan mala?
-No soy mala. Soy realista-dijo sencillamente Obsidiana-. Si querían vivir, deberían haber luchado más para mantenerse con vida. No lo hicieron, y ahora están muertas, como todas las Gemas que alguna vez se pusieron en mi camino.-A pesar de sus palabras, Obsidiana se encontró apretando los puños sobre la mesa.
-¡Pero eso no está bien! No…no entiendo porque sigues obedeciendo a los Diamantes, después de todo lo que os hicieron a las Obsidianas…
-No lo entenderías.
-¿Por qué no…?-volvió a decir Steven.
-¡PORQUE ERES UNA GEMA DE CRISTAL!-estalló Obsidiana, golpeando con ambos puños en la mesa y resquebrajándola. El brote de rabia de la oscura gema llamó la atención del resto de clientes y de la familia Pizza, que miraron sorprendidos a Obsidiana tras su repentino grito. Esta, respirando algo pesadamente, miró de reojo al resto de personas allí reunidas, y trató de calmarse, mirando fijamente a Steven.
Algo en la forma que había dicho aquello llamó la atención de Steven. ¿Porque era una Gema de Cristal? ¿Qué tenía que ver una cosa con la otra? ¿Podía tener algo que ver lo que supuestamente le hizo Perla con aquel odio hacia sus amigas las Gemas? Estaba claro que sentía un gran odio hacia ellas, por todas las Gemas de Cristal en general, pero dado su desprecio por las otras Obsidianas, no podía deberse solo a que habían peleado en bandos contrarios de la Rebelión.
-Obsidiana…
-Vete-le cortó Obsidiana. Steven trató de decir algo más, pero Obsidiana le hizo callar con una mirada cargada de odio que le heló la sangre-. Lárgate, Gema de Cristal, o te juro que te haré pedazos.
Steven optó por retirarse. En silencio se levantó de su asiento, y caminó hacia la salida mientras pensaba en lo que acababa de presenciar. Al llegar a la puerta, se giró y miró a Obsidiana, quien parecía contemplar pensativa el último cacho de pizza de la mesa. Apoyando con aire cansado su cabeza en una mano, empujó el plato con la otra alejándolo de ella. Ya no parecía que le apeteciera más pizza.
Steven sabía que estaba cerca de averiguar la verdad detrás de la razón del odio de Obsidiana hacia las Gemas de Cristal, pero aún había algo que se le escapaba. Su historia estaba incompleta, y necesitaba que alguien rellenara los huecos para poder acabar de esclarecer aquel misterio.
Por desgracia, solo había una persona a la que le podía preguntar, y dudaba seriamente que fuera a darle las respuestas que buscaba por las buenas. Aún así, Steven estaba decidido a llegar hasta el final y no rendirse cuando estaba tan cerca de descubrir la razón de todo aquel tenso asunto.
Así pues, Steven volvió al granero, donde esperaba encontrar a la Gema que podría contestar a sus preguntas. Steven abrió la puerta, y…
-Hola, Amatista…-dijo Steven, saludando a la Gema morada nada más verla. Esta se encontraba rebuscando en un montón de basura dentro del granero, apartando ciertas piezas a un montón y lanzando por los aires otras tantas como si no le importaran tanto-…¿sabes donde esta Perla?
-Fuera, con el taladro-dijo Amatista sin girarse. En sus manos había caído un volante de cuero que, si bien captó su atención, acabó por salir despedido cuando esta lo tiró despreocupadamente por encima de su hombro.
Steven encontró a Perla justo donde Amatista le había dicho. En esos momentos, la elegante Gema se encontraba revisando meticulosamente los planos del taladro que estaban construyendo, comparándolo con el modelo que habían construido mientras lo examinaba desde todos los ángulos posibles. Mentalizándose para lo que se disponía a hacer, Steven cogió aire y caminó hacia Perla.
-Ah, hola Steven-le saludó sonriente Perla nada más verlo-. La construcción del taladro progresa bastante bien. Granate encontró hace poco un viejo ordenador del cual creo que podríamos sacar un…
-Perla-le cortó Steven, llamando la atención de su amiga-…hay…hay algo que quería preguntarte.
-¿De qué se trata?-preguntó Perla mientras volvía a examinar el plano. Steven se armó de valor, a pesar de no saber bien cómo reaccionaría Perla ante su pregunta. Sin embargo, no estaba dispuesto a echarse atrás tan fácilmente.
-¿Qué…qué pasó entre tú y Obsidiana para que te odie tanto?-preguntó finalmente Steven. Perla, de espaldas a Steven, se quedó rígida en el sitio, su expresión de sorpresa congelada en su rostro. Poco a poco, envolvió el plano y lo sostuvo entre sus manos, ligeramente apretadas mientras trataba que no se le notaran los nervios.
-… ¿por qué quieres saberlo?-preguntó Perla con voz firme. Steven sabía que la cosa pintaba mal, pero ya era tarde para retractarse, de manera que decidió ir hasta el final.
-¡Porque quiero entender! No sé qué pasó, pero está claro que algo sucedió entre tú y Obsidiana más allá de que ambas lucharais en la Rebelión-dijo Steven-. Obsidiana dice que tú…le hiciste algo, algo terrible, pero no creo que tú fueras capaz de algo así. Pero no puedo evitar pensar en qué pasó, y nunca lo averiguaré si no me lo cuentas. Nunca me contáis nada, y decís que es por mi protección, pero casi siempre acaba pasando que lo que no me contáis me acaba por poner en un mayor peligro que no el saberlo, así que ¡por favor, Perla!-le suplicó Steven-. ¿Qué pasó? Dímelo, por favor.
Perla pareció encogerse sobre si misma mientras permanecía en silencio, abrazándose el cuerpo con sus finos brazos y sus delicadas manos. Steven sabía que la estaba presionando demasiado, pero conocía lo bastante a Perla para saber que, si no lo hacía, Perla huiría o intentaría endulzar la verdad para él, y eso era algo que él no quería en esos momentos. Finalmente, Perla dejó a un lado el plano, y se giró hacia Steven. Su expresión triste, aunque serena, indicó a Steven que su amiga había tomado una decisión.
-Ven conmigo-le indicó a Steven.
...
Perla llevó a Steven hacia el teletransportador, y tras accionarlo ambos aparecieron en el Campo de Fresas, el gigantesco prado repleto de freseros salvajes que también contenía innumerables armas dejadas por las Gemas que lucharon allí hacía ya tantos milenios. Steven había ido allí varias veces, y cada vez que lo veía sentía como su corazón se encogía un poco al imaginar lo que debía de haber sucedido allí. Las Gemas le habían explicado que allí se llevó a cabo una de las primeras grandes batallas de la Rebelión, aparte de una de las más sangrientas de toda la guerra. Si cada arma desechada representaba una Gema caída, entonces la cantidad de bajas en ambos bandos debía de haber sido colosal.
Perla, sin decir nada, guió a Steven por el prado hasta llegar a una pequeña colina situada a varias decenas de metros del teletransportador. Desde la colina se podía apreciar toda la vasta extensión del campo en el que se encontraban, kilómetros y kilómetros de arbustos plagados de frutos de todos los tamaños posibles, desde pequeñas fresas hasta unas lo bastante grandes como para equipararse al tamaño del pequeño niño humano. El sol había empezado a descender por el horizonte, demasiado poco como para que el cielo se tiñera con los colores del atardecer. Todavía guardando silencio, Perla se sentó pensativa a mirar el paisaje que les rodeaba, sus cabellos cortos meciéndose con la suave brisa que recorría el prado y llevaba consigo el olor a fresas frescas. Steven, sin saber qué hacer, se sentó a su lado.
Ambos permanecieron de aquella manera durante un buen rato, sin decir nada ni hacer nada más que mirar al horizonte en compañía del otro. De vez en cuando Steven miraba a su compañera de reojo, examinándola no con los ojos de alguien que la conocía de toda su vida, sino que intentó verla con los ojos de un extraño, viendo realmente cual era el estado actual de Perla, lejos de ilusiones ni mentiras de auto convencimiento.
Perla…parecía hecha polvo. Steven sabía que las Gemas tenían mucha más fuerza y resistencia que una persona normal, pero incluso ellas podían quedar agotadas si excedían sus propios límites. Ella, si bien no parecía agotada físicamente, parecía muy cansada a otro nivel, como aquel que lleva varios días sin dormir bien ni descansar. Las Gemas no necesitaban dormir (Steven ni siquiera sabía a qué se dedicaban mientras él descansaba), pero de no saber que Perla era una Gema de Cristal, le hubiera aconsejado que se echara una siesta con urgencia, porque parecía estar al límite del colapso emocional. Sus ojos, por lo general brillantes, parecían bastante apagados mientras recorrían lentamente la superficie del interminable campo de fresas, respirando lenta y profundamente con el aura de alguien que se encuentra sumido en pensamientos demasiado profundos y personales como para compartirlos por el momento. Así pues, Steven la dejó tranquila para que empezara cuando estuviera lista. Ya la había presionado bastante, y no quería hacerle daño forzándola a hablar de algo para lo que a lo peor no se sentía preparada.
Steven no tuvo que esperar demasiado, ya que pronto Perla abrió la boca para hablar, su voz apenas un susurro que solo el joven niño humano hubiera podido oir de haber habido allí más personas.
-Este sitio tiene mucha historia…Aquí perdimos a muchas buenas amigas, libramos muchas batallas… Ahora solo quedan sus armas y…los recuerdos. Oh, Steven…si supieras cuantos recuerdos tengo de este sitio…-dijo Perla encogiéndose de piernas y abrazándose las rodillas contra el pecho. Steven no dijo nada, dejándola hablar cuanto quisiera-. ¿Sabes? En esta colina, justo donde estamos nosotros ahora, estuvimos tu madre y yo, junto a las otras Gemas de Cristal, hará ya unos 5400 años…
Steven vio de reojo como una solitaria lágrima se escapaba del ojo de Perla para caer en su rodilla. Pronto otras dos siguieron a esta, y para cuando Steven puso una mano sobre la de Perla, esta había empezado a llorar sin cambiar la expresión de su rostro. Sonriendo agradecida, posó su otra mano sobre la de Steven, y trató de serenarse.
-Jaja…Mírame, una Gema de Cristal hecha y derecha, llorando por unos simples recuerdos. Me pregunto que hubieran dicho las demás de verme ahora mismo.
-Seguro que te habrían intentado animar-dijo convencidísimo Steven, sentándose junto a Perla y apoyando la cabeza en su costado-. Si eran amigas tuyas, estoy seguro de que hubieran hecho cuanto hubiera sido posible por hacerte sonreír de nuevo.
-Sí, tienes razón-comentó Perla, sonriendo mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano-. Por aquel entonces había muchas otras Gemas de Cristal con nosotras. Estaba Fluorita, siempre con su amplia sonrisa en el rostro; o la vieja Gris, una veterana entre veteranas, pero con un temperamento terrible…-Steven notó como Perla parecía animarse a medida que recordaba a sus viejas camaradas, sonriendo mientras recitaba sus nombres y sus extrañas y características peculiaridades. El Sol había empezado a descender a medida que Perla hablaba y hablaba de sus viejas compañeras, y Steven se alegró de ver que Perla parecía recuperarse, al menos en parte, del abatimiento que tantos días llevaba acompañándola a todas partes.
Finalmente, tras reír a carcajadas ambos por una pequeña aventurilla que ella, Granate y otras tres Gemas de Cristal habían vivido hacia ya muchos milenios, Perla suspiró y volvió a mirar pensativa el horizonte, esta vez con una pequeña sonrisa en el rostro y con mejor cara que antes. Steven también estaba contento, a pesar de no haber obtenido todavía sus respuestas, pero por el momento eso podía esperar. Perla estaba mucho mejor, y solo por eso aquel viaje ya había valido la pena. Ella era parte de su familia, y le había dolido verla tan deprimida y sin saber cómo animarla o ayudarla. Al parecer, lo único que Perla necesitaba era recordar un poco los viejos tiempos, tiempos algo peligrosos pero no por ello menos preciados para ella, tiempos en los que luchó codo con codo con sus compañeras para reclamar su libertad y proteger la Tierra de los Diamantes del Planeta Natal.
Perla acarició la cabeza de Steven, apoyando la suya en la mullida cabellera de Steven mientras lo envolvía con el otro brazo para abrazarlo con expresión agradecida.
-Gracias, Steven. Por todo.
-Un placer, Perla. Ya sabes que puedes hablar conmigo cuando quieras…menos cuando estoy durmiendo. Sigue estando prohibido vigilar a Steven mientras duerme-añadió Steven, con fingida firmeza. Perla sonrió algo avergonzada al recordar el embarazoso momento en que Steven descubrió su peculiar afición, pero se limitó a asentir.
-Supongo que ha llegado el momento, pues…-dijo Perla, poniéndose de pie-. ¿Querías saber porque Obsidiana y yo nos odiamos tanto? Muy bien, te lo contaré…
Perla retrocedió hasta situarse en el centro de la colina, cerrando los ojos y adoptando una postura de baile semejante a la de una bailarina de ballet. De repente, empezó a moverse con precisión por aquel espacio como si de un escenario se tratara, dando vueltas y realizando piruetas de un lado para otro con expresión de concentración absoluta en su rostro. Steven, que intuía lo que Perla se disponía a hacer, observó en silencio desde su puesto, cruzado de piernas y algo nervioso al saber que sus preguntas pronto obtendrían respuesta.
De repente, habiendo alcanzado de nuevo el centro de la colina, Perla se detuvo. Sus manos fueron hacia su frente, donde su gema había empezado a brillar con intensidad. Un haz de luz salió de esta y se proyecto frente a Perla, creando imágenes holográficas que mostraban los pensamientos y recuerdos de Perla. Con un amplio movimiento de manos, Perla agrandó el haz de luz y lo amplió para que ocupara toda la colina en la que se encontraban. La luz blanca y azulada de los hologramas ocupó por completo aquel espacio, obstaculizando los rayos de Sol como si de una cúpula se tratara, amoldándose perfectamente al suelo bajo sus pies. Steven nunca había visto a Perla proyectar un holograma tan grande, ni con un radio tan amplio. A su alrededor numerosas formas empezaron a aparecer donde hasta hacía unos momentos solo había habido campo abierto y fresales. Siluetas de Gemas aparecieron batallando por todas partes, golpeándose con armas en una vorágine de gritos silenciosos y explosiones a medida que los cuerpos de las Gemas reventaban o sus gemas eran destruidas. La falta de sonido no quitaba horror a la masacre que Steven estaba presenciando. Tanta confusión, tanto miedo, tanto dolor, terror, pánico… ¿Aquello era la guerra?
-La Rebelión de las Gemas de Cristal provocó un conflicto armado en la Tierra como nunca otro ha acontecido. Si bien pocas al principio, las rebeldes que se unieron bajo el estandarte de tu madre, Rosa Cuarzo, pronto representaron una amenaza para el Planeta Natal que este no pudo ignorar por mucho más tiempo. Sus muchos intentos de destruirnos fracasaban o no alcanzaban a derribar a las Gemas que dirigían el movimiento, como Rosa. Así pues, en vez de intentar exterminarnos como a una plaga, los Diamantes movilizaron a sus ejércitos para lanzarse abiertamente contra nosotras, obligándonos a luchar en grandes campos de batalla y a resistir oleada tras oleada de enemigos-explicó Perla-. En los primeros años de la guerra, cuando los primeros ejércitos llegaron y establecieron sus bases en diferentes puntos del mapa, las Gemas de Cristal se vieron obligadas a luchar contras las Gemas que los Diamantes mandaron a destruirnos. Muchas de estas Gemas fueron…Obsidianas.- Steven ya conocía ese dato, pero admitirlo sería admitir que había ido a hablar con Obsidiana, y dudaba que a Perla le fuera a sentar muy bien, de manera que optó por asentir en Gemas…no eran como las demás soldados. Las otras eran verdaderas guerreras, peleadoras natas hechas con el único propósito de combatir y destrozar a sus enemigos. Las Obsidianas, en cambio…no lo eran. Eran…no sé ni cómo describirlas.
Las imágenes holográficas cambiaron para reflejar qué era a lo que Perla se refería. Numerosas figuras aparecieron de repente en el horizonte holográfico, corriendo por entre los fresales con sus largas melenas al viento como animales asustadizos huyendo de un depredador. Muchas de esas Gemas (Obsidianas por lo que Steven podía entender) ni siquiera iban armadas, las pocas que si llevaban algo parecía que se hubieran armado con piedras y palos. Solo ellas cargaron contra la fila de Gemas de Cristal que las esperaban, armadas hasta los dientes y mucho más grandes y fuertes, mientras las demás Gemas del Planeta Natal parecían observar desde la lejanía. Cuando las Obsidianas llegaron a la primera línea de guerreras…
-…no tuvimos piedad. Llegados a ese punto, eran ellas o nosotras. De haber habido la más mínima posibilidad las hubiéramos intentado ayudar, pero parecían decididas a luchar contra nosotras sin importar lo que sucediera. No conseguimos razonar con ellas, convencerlas de que desistieran y se unieran a nosotras. Era como si ya no sintieran miedo, como si la idea de morir a nuestras manos no les preocupara. Algunas estaban aterradas, chillando despavoridas mientras cargaban contra nosotras, y otras parecían sonreír cuando caían, antes de desaparecer para siempre. Tu madre siempre comentaba con arrepentimiento lo mucho que le dolía no poder hacer nada por ellas. Llegó incluso a arriesgar su vida por intentar salvar a una de ellas, pero no sirvió de nada. De no haberla fragmentado, aquella Obsidiana desesperada hubiera roto a Rosa, y eso no lo podíamos permitir. Rosa lloró durante un día entero a causa de aquello.
Steven no podía hablar de la impresión. Las imágenes se sucedían una tras otra, Obsidiana tras Obsidiana cayendo al suelo a medida que las Gemas de Cristal las barrían sin piedad. Los cañones de las naves enemigas disparaban por el campo de batalla sin preocuparles si les daban o no a sus propias compañeras, como si las Obsidianas ni siquiera estuvieran allí. Una de ellas, una pequeña Obsidiana con el pelo semejante a la que Steven había conocido, cayó a sus pies mientras su mano descansaba sobre su medio rota Gema. Por puro instinto Steven se arrodilló a su lado, tratando de agarrarle la mano como si aquel simple gesto bastara para salvarla. Pero no había nada que hacer. Con una sonrisa final, la Gema apoyó la cabeza en el suelo, y desapareció cuando finalmente su Gema acabó por romperse. Steven contempló conmocionado los holográficos fragmentos de la Gema, incapaz de tocarlos con la mano mientras miraba a su alrededor. Centenares de fragmentos se encontraban dispersos por el suelo, todos pequeños trozos de Obsidianas que habían caído en combate. Peridoto y Obsidiana le habían dicho que muchas Obsidianas fueron destruidas durante la Rebelión, pero… ¿Cómo era posible que una raza entera de Gemas hubiera sido casi aniquilada así, como si nada? ¿Tan poco les había importado a los Diamantes, que habían permitido aquella matanza sin sentido? ¿Tanto les importaba la pureza, la perfección?
-Muchas Gemas de Cristal se lamentaron por el daño que se vieron obligadas a hacer en aquellas batallas. Ninguna disfrutó con lo sucedido, lamentando cada Gema que caía por la voluntad de los Diamantes. Otras, sin embargo, pronto dejaron a un lado sus lamentos al darse cuenta del mal que había ido creciendo en el fragor de batalla, un mal que muchas creyeron que ellas habían causado al destruir a todas aquellas Gemas inocentes-dijo Perla con tono sombrío. Steven tragó saliva.
-¿Hablas…de Obsidiana?-Perla no respondió. En su lugar, su holograma proyectó una única silueta frente a ella, una pequeña Gema rodeada por los fragmentos de aquellas que habían sido como ella.
-Al principio nadie se preocupó. Llegaban a nuestros oídos noticias de que algunas Gemas de Cristal habían caído durante las incursiones de las Obsidianas, pero atribuimos las bajas a los cañones de las naves enemigas y a los ataques sorpresa que a menudo acompañaban las escaramuzas de las Obsidianas. Poco a poco, sin embargo, rumores cada vez más preocupantes empezaron a llegar-dijo Perla, mirando la versión pequeña y mucho más joven de Obsidiana, justo como cuando ellas dos se habían conocido-. A medida que el número de Obsidianas disminuía hasta casi desaparecer, una de ellas empezó a destacar sobre las demás. Las demás Gemas hablaban de una Obsidiana que, por increíble que pareciera, había conseguido luchar y vencer a varias de nuestras mejores guerreras a pesar de la diferencia en armamento y experiencia. Cada vez más y más Gemas empezaron a sucumbir a manos de la misteriosa Obsidiana, generándose a su alrededor miles de historias de sombras que se movían, Gemas que se rompían sin que nadie hubiera visto acercarse a nadie, o de una peligrosa guerrera fantasmagórica armada con un cañón de mano que causaba el pánico y llevaba la muerte y la destrucción allí por donde pasaba. Esa…era Obsidiana.
La silueta del holograma cambio. Numerosas Gemas de Cristal parecían huir entonces de una sombra que se movía sobrevolando el campo de batalla como un fantasma, atacando sin piedad y destruyendo a quienes se cruzaban en su camino. Un único ojo blanco se podía ver en el rostro de la oscura imagen holográfica, un ojo cargado de furia que permanecía fijo en el cielo mientras su dueña rugía como un animal furioso, montada sobre una montaña de cuerpos imposible de calcular.
-Obsidiana se convirtió en uno de las mayores pesadillas de las Gemas de Cristal. Su mera mención hacía que el valor de muchas Gemas de Cristal flaqueara, que se mostraran menos dispuestas a pelear. Algunas de las prisioneras que capturamos se negaban a hablar por miedo a lo que la Gema negra pudiera hacerles al descubrirlo. Muchas…muchas Gemas de Cristal perecieron en el milenio y medio que Obsidiana luchó por el Planeta Natal.
-¿Qué…qué pasó?-preguntó Steven, visiblemente asustado. Perla miró pensativa a las imágenes holográficas, que ahora la mostraban a ella y a Rosa enfrentándose a una única oponente, una gema armada con un trabuco.
-Tu madre y ella…lucharon en numerosas ocasiones. Los Diamantes ordenaron a Obsidiana que acabara con Rosa, asaltándola y siguiéndola allí donde fuera. Yo también luché contra ella muchas veces, y fui testigo de la increíble capacidad de lucha que tenía aquella Gema. Su forma de luchar no se parecía a nada que hubiéramos visto antes, y solo la habilidad de Rosa con la espada y su escudo le permitían vencer y sobrevivir a cada enfrentamiento. Sin embargo, nunca consiguió capturar ni reventar a Obsidiana…hasta aquel día de hace ya 5400 años.
-Hace 5400 años…-murmuró Steven. Ese era la fecha en que le había dicho Perla que había tenido lugar la batalla en aquel campo de fresas. ¿Acaso…acaso su madre y Obsidiana habían luchado allí, en aquel mismo lugar, en aquella misma colina?-. Espera…para que tú supieras eso…significa que tú…
-…estaba allí, sí-reconoció Perla. Su gema dejó de brillar, y pronto los hologramas desaparecieron, devolviendo el color al mundo a su alrededor, y revelando que el atardecer hacía rato que había llegado. Ya casi se había ocultado la mitad del Sol, llenando el cielo de colores rojizos que tenían las nubes y confiriendo gran belleza al paisaje situado a espaldas de Steven, demasiado conmocionado como para ponerse a ver el paisaje en esos momentos.
-Pero tú dijiste…que no sabías qué le había pasado a Obsidiana…después de que luchara con mama-dijo Steven. Perla, dándose la vuelta, se abrazó los hombros y permaneció en silencio, incapaz de mirar a Steven a la cara-. Perla…
-Ya he dicho mucho por hoy-dijo ella-. Deberíamos…
-Perla…por favor. Necesito saber qué pasó. ¿Por qué no quieres contármelo? ¿Tan terrible es que…?-Entonces, un pensamiento cruzó la mente de Steven. Una idea que explicaba el extraño comportamiento de su amiga, dando sentido a las crípticas palabras de Obsidiana, las acusaciones que esta lanzó a Perla el día que se encontraron a las puertas del granero-…¿realmente…realmente la torturaste?
Perla empezó a temblar. Como las Gemas no sentían frío, Steven se imaginó que Perla estaba llorando. Apesumbrado hizo el gesto de avanzar hacia ella, pero Perla le detuvo en el acto.
-¡NO TE ME ACERQUES!-exclamó ella, gritando y sorprendiendo a Steven a medio camino de bajar el pie. El llanto de Perla ganó intensidad, obligándola a encoger la cabeza y a taparse la boca con la mano mientras sus lágrimas la recorrían y caían al suelo-. No…no te me acerques…-le oyó murmurar Steven cuando su mano trató de limpiar las lagrimas de sus ojos, que rápidamente fueron sustituidas por otras.
Steven, desoyendo la petición de Perla, empezó a caminar hacia ella. Realmente necesitaba las respuestas, pero al ver a Perla en semejante estado, se preguntó… ¿realmente estaría bien descubrir un secreto tan doloroso que podía causar semejante reacción en Perla? Sorprendentemente, fue Perla quien se decidió a dar el primer paso.
-…No te lo puedo contar. Es…si lo supieras…tú…
-Perla…
-Me odiarías. Yo me odio por haberlo hecho, y sé que tú también lo harás…
-Perla, no voy a odiarte. Sí, lo reconozco, no me gusta la idea de que torturaras a nadie, pero…se que tú nunca haces las cosas sin razón. Sí…hiciste lo que hiciste, quiero pensar que tuviste una buena razón para ello-razonó Steven. Los ánimos de Perla no parecían mejorar, a pesar de las cálidas palabras del niño humano-… ¿verdad?
-Yo…la odiaba. La odiaba por lo que hizo…
-Es normal. Ella te hizo daño, dañó a tus amigas…pero Perla, el pasado ha de quedar en el pasado. ¡Mira lo que te está haciendo! Tú no eres así, te estás apagando por momentos, y…-Steven apretó los puños, conteniendo las lágrimas de frustración que en esos momentos luchaban por escapársele de los ojos-… ¡yo no sé…como ayudarte! Quiero hacerlo, pero…no sé como…
Perla se giró levemente hacia Steven. Sus ojos plagados de lágrimas se clavaron de reojo en los de Steven, carentes de toda luz y medio cerrados como si Perla estuviera agotada.
-Tú no lo entiendes. No sabes lo que es…odiar así a alguien…Sentirte como me sentí yo. Tienes razón, yo no soy así. Siempre he procurado vivir según mis principios de caballero, defender el honor de mi acero, el de mi señora y el mío propio, pero…-Perla se miró las manos, como si estuvieran manchadas de sangre a pesar de seguir tan blancas como siempre-…todo se volvió…rojo de repente. Sentí algo en mi interior que nunca antes había sentido. Sabía que estaba mal, deseaba que alguien me parara, pero nadie lo hizo.- Perla se giró hacia Steven, mirándolo fijamente a pesar de las lagrimas-. Si, Steven, lo confieso. Yo hice daño a Obsidiana. Estuve aquí cuando tu madre la capturó, sabía de sobras donde estaba Obsidiana…y yo fui la que la torturó. Deseaba que sufriera por lo que hizo. Deseaba que…se hundiera en las tinieblas de una vez, que desapareciera de mi vida. Creí que entonces el odio desaparecería…pero solo conseguí que se transformara en arrepentimiento y amargura.
-Perla…-dijo Steven, avanzando hacia la Gema de Cristal y agarrando una de sus finas manos con la suya, más pequeña. La otra mano de Steven se posó en el dorso de su mano, estrechándola con ambas manos como si fuera un sándwich-. Yo también he sentido ira en algún momento. Puede que nunca a un grado semejante, pero sé lo que es perder el control, dejar que tus emociones guíen tus actos y te hagan hacer algo de lo que luego te arrepientes. Sé que es duro…pero debes aceptar lo que hiciste. Granate y Amatista merecen saberlo, ellas lo entenderán. Lo que hicieras hace 1000, 2000 o hace un millón de años no importa, porque nada podría cambiar el cómo te ven ellas, el cómo te veo yo, y lo que sentimos todos por ti. Tu odio hacia Obsidiana…se que te hizo daño en el pasado, que causo mucho dolor y te arrebató a muchas amigas, pero…
Con delicadeza, Perla posó la otra mano sobre la de Steven, y se arrodilló frente a él. Sonriendo, le apartó la mano y liberó la mano que le había sujetado, acariciándole la mejilla antes de ponerse de pie, llorando con más intensidad a pesar de la sonrisa de su rostro.
-Oh, Steven…Por eso decía que no lo entenderías…-dijo, provocando la confusión de Steven-. Odiaba a Obsidiana por lo que hizo, sí, y en gran parte lo que hice fue porque quería pensar que, en el fondo, todo había sido culpa suya. Pero lo que pasó, lo que despertó mi ira, el blanco de mi odio…no era Obsidiana. Ella no fue la causante principal de que la torturara.
-Entonces…-preguntó Steven, sin acabar de entender-… ¿Quién fue? ¿Qué fue lo que pasó?-Perla, girándose, rió en voz alta durante unos segundos, como si la pregunta le hiciera gracia. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas como claras cataratas que bañaban el suelo a sus pies.
-Realmente soy lo peor…Aquí estoy, contigo precisamente, hablando de lo que pasó aquí mismo hace ya tanto tiempo entre nosotras-comentó Perla como si en realidad no le estuviera hablando a Steven-. Ojalá hubieras conservado los recuerdos de Rosa. Todo hubiera sido más fácil de explicar.- La noche cayó poco a poco, a medida que el Sol acababa de ocultarse en el horizonte, intercambiando la radiante luz solar por la clara y melancólica luz de la luna-. ¿Quieres saber porque hice lo que hice? ¿Quieres saber qué despertó el monstruo que llevo dentro?-Perla se giró hacia Steven. Su mirada alocada, su sonrisa y las lagrimas de su rostro…Perla era la viva imagen de la desesperación-…fue tu madre, Steven-dijo entonces, dejando helado al joven niño humano-. Hace 5400 años, en este mismo lugar…Rosa nos traicionó. Me traicionó…y yo la odié por ello.
Un fuerte viento barrió los campos de fresas después de que la noticia cayera en la apartada colina. Una pequeña rosa que había crecido junto a los freseros fue arrancada por el súbito viento, volando libremente por el sombrío cielo nocturno mientras sus suaves pétalos iban separándose uno a uno, esparciéndose poco a poco hasta desaparecer, tragada por las sombras.
WTF? preguntó el autor de este relato.
Al principio empecé este capítulo un tanto incomodo, sin saber bien como tirarlo, pero esta tercera parte con Perla ha sido, de lejos, mi favorita de escribir. No sabía bien como poner este "Cliff hanger" y que quedara bien, pero estoy bastante satisfecho con como ha quedado, y espero que os guste como está yendo la historia.
Chao, chao.
