Vuelvo a subir el capi, porque no se percibía la división entre partes.

Feliz 2018

Disfruta la lectura.

V

—Joder, no creo que esto sea así—frunces el ceño mientras intentas escribir la lista que sugirió el psicólogo, o algo así… porque puedes afirmar que gran parte de la entrevista la pasaste viendo el moco que tenía el hombre en el bigote. Y es que creas la imagen por completo en tu cabeza: mientras los rubios salen del consultorio, algo muy turbio sucede detrás de la puerta, el hombre con nudo de corbata perfecto, cabello bien peinado y ropa planchada con esmero, mete su dedo en la cavidad nasal, y extrae de ella eso que no alcanzó a limpiarse antes de que entraras. Joder, quizás hasta te saludó con la mano que había estado en su nariz… ¿deberías colocar también eso en la lista?

—Tú tranquila, ¿de qué otra forma podría ser?— dice tu amiga armando no sabes qué cosa, con dos latas cortadas y un martillo encima de su mesita de sala, mientras observa un vídeo tutorial en Youtube con el volumen bastante bajo.

Empieza a pegarle martillazos a lo que ahora parece ser una sola lata, y decides ignorarla mientras sigues buscando en tu mente qué escribir. Observas con detenimiento el papel y el lápiz en tu mano, y no, es absurdo, eso no puede ser lo que quiere el especialista.

—Qué va, Rave, no creo que esta tontería ayude en algo… no puede ser así. —Se acerca a la mesa en la que estás y ve por encima de tu hombro.

No entiendes el hecho de que pueda andar con tan poca ropa cuando tú estás muriendo del frío; supones que es la debilidad por tu enfermedad la que te hace más vulnerable a los cambios de temperatura. Lo ilógico de todo, es que sientes que todo el frío viene desde tu interior.

—Pero criatura, si no has escrito nada—, te abraza de los hombros; y es que no has escrito nada porque te parece disparatado. —deja que te eche una mano.

Y sin siquiera esperar tu respuesta, toma la hoja y se sienta a tu lado en la mesa. La ves morder la goma del lápiz mientras parece meditar.

— ¿Quién más que yo, que me calo tu presencia todos los días para saber qué cosas te enojan?— y empieza a escribir debajo de la frase «Cosas que me enojan», con una facilidad pasmosa mientras la observas incrédula. Lo único que le faltaba era también hacerte las tareas.

—Supongo que el hecho de que yo me haya calado este cuerpo desde que nací no vale— respondes irónica, mientras una idea llega a tu cabeza. Una de las cosas que debería estar en esa lista es lo que está sucediendo justo ahora y ha sucedido desde tu diagnóstico. No es molestia como tal, pero sí ha llegado a incomodarte el hecho de que Raven y Octavia te traten como si no pudieras hacer nada por tu cuenta. Igual, dejas que la otra castaña en la sala vuelque en el papel lo que supone que te enoja.

—Supones bien, ¿ves? Nos estamos entendiendo—. El dolor que sientes en la parte baja de tus pulmones al respirar te hace ignorar lo que dice. Te enderezas en la silla e intentas inhalar y exhalar de forma relajada. Las noches antes de las diálisis suelen ser así; tu cuerpo retiene gran cantidad de líquido en tus pulmones, lo que hace que sientas el malestar que te invade en estos momentos.

Vuelves a moverte, buscando la posición en la que la incomodidad sea menor, porque tus piernas y brazos también sufren la molestia de la retención de líquidos; esperas pacientemente a que Raven termine de escribir, teniendo en mente que tendrás que elaborar la lista nuevamente en la privacidad de tu habitación.

Y es que, ajá… tienes que admitirlo, hay muchas cosas que te enojan. Te enoja el hecho de que la vida se te esté acabando y no puedas hacer nada para remediarlo; te enoja no tener el control de lo que te sucede.

Combustible.

Te enojan las malditas agujas, siempre les habías tenido pavor y ahora tienes que enfrentarte a ellas cada dos días; te enoja no tener el control de nada; te enoja el hecho de que no seas capaz de desaparecer mediante combustión espontánea cada vez que lo deseas; te enoja no poder controlar lo que te sucede.

Oxígeno.

Te enoja no poder decidir de la noche a la mañana que quieres acampar, o viajar… o lo que sea, porque tu cuerpo depende de la mil veces jodida máquina de diálisis; te enoja no poder saciar tu sed y no poder decidir qué jodidos quieres comer; te enoja no poder vivir la vida que elegiste para ti; te enoja no poseer ni una pizca de puto control.

Chispa.

Te enoja que sean tus malditos pulmones y no tu vejiga los que se llenen de líquido; te enoja el puto hecho de que la puta diálisis se haya llevado tu fuerza, te haya robado la voz; ¡te enoja haber perdido el control por completo, maldita sea!

Incendio.

—Déjalo así, Rave—el nudo en tu garganta se vuelve más denso a cada segundo, e intentas controlar la sensación de llanto porque no te gusta llorar delante de ella, no quieres dañarla más. Te levantas con la intención de escapar a tu habitación con urgencia, porque sientes que ya no aguantas más. Te has impuesto la norma de no llorar en casa, pero la situación se hace más grande que tú. Y por más que intentas ocultarlo, por más que intentas que tus ojos no demuestren todo lo que estás sintiendo, ella lo nota; ves su expresión cambiar de divertida a preocupada en segundos y mirarla así, mirar que la felicidad de Raven se acaba por tu culpa, hace que termines de quebrarte.

Los espasmos involuntarios de tus hombros hacen que su cara se convierta en una de angustia absoluta, y eso te hace sentir peor, sientes que con tu situación también las estás afectando a ellas. Y no quieres ser culpable de fragmentar el espíritu alegre de Raven, ni agrietar la fortaleza de Octavia. Se coloca en pie y notas el titubeo en sus facciones, no sabe qué hacer. Tú tampoco sabes, solo quieres gritar, pero no puedes, el malestar de llanto hace que el dolor en tus pulmones aumente y te cueste respirar.

A los dolorosos espasmos de tu pecho se le suman el temblor de tus manos y la contracción de tu rostro. En este punto, los ojos de tu amiga se vuelven líquido.

—Ya…ya no…

—Shhhh… lo sé, cielo, lo sé…— ves en sus ojos cristalinos que de verdad entiende lo que has querido decir—, pero no estás sola. No deberías intentar cargar con todo tú sola.

Enlaza sus dedos a los tuyos, y lleva tu mano a su rostro, depositando en ella un beso fuerte y lleno de sentimientos. Y sí, no puedes más; y sí, quieres que todo se acabe, pero esto… donde sea que estés luego, si es que hay algo más, esto sí que lo extrañarías; porque lo que ves en los ojos de Raven justo ahora, o lo que ves todos los días en las acciones de Octavia es lo más sincero que te ha regalado la vida. Y no podrías vivir sin ellas, mas esperas que ellas sí puedan vivir con tu ausencia.

Cuando entraste en la lista para trasplante de riñón, las dos demostraron con creces lo importante que eras en sus vidas. Enterarte de que se hacían la prueba de compatibilidad fue toda una revolución de emociones, jamás lo pediste, todo fue ad libitum; les nació darte vida, les nació regalarte una oportunidad sin esperar nada a cambio. Te opusiste con pertinacia, les dijiste mil veces que no lo aceptarías, porque el hecho de que una de ellas entrara a la mesa de operaciones te resultaba aterrador, pero a la vez te pareció el acto más desinteresado de mundo, y estás segura de que si todo fuera al revés, si alguna de ellas estuviera en esta situación, tú también harías lo mismo; claro, con mucha más probabilidad de que funcione porque tu puto organismo puede donar a todos, pero presenta anticuerpos para los demás grupos. Raven y Octavia no podían donarte, y pese a que te opondrías, te resultó desesperanzador el hecho de que las personas con las que más tenías compatibilidad en el jodido multiverso no pudieran siquiera donarte sangre si la necesitabas. ¿Qué podrías esperar del resto?

Y no… no querías perderlas.

—Es injusto— y sí, es jodidamente injusto. Porque has perdido mucho y ya no quieres perder más.

Raven se da cuenta de que te está costando bastante respirar, y te dirige al sofá.

—No dejo de pensar cada día en lo mierda de injusto que es, Lex—se sienta a tu lado, colocando sus pies al lado de la lata llena de huecos que está en la mesita de sala— pero, ¿sabes? Yo tengo fe en que podremos con esto.

Recuestas tu cabeza en su hombro, aunque así la respiración se te haga más dificultosa, necesitas sentirla cerca de ti, necesitas que ese «no estás sola» sea palpable. Porque aunque ellas nunca te han permitido que llegaras a pensar que estabas sola, tú habías mantenido la puerta de tus emociones cerrada; y ahí, en el mundo en el que poco a poco te estabas hundiendo sí que estabas sola.

Volteas tu cuerpo un poco más y te abrazas a su cuello, ella baja las piernas de la mesa, lleva una mano a tu cabello y empieza a peinarlo con sus dedos, mientras que su otra mano acaricia tu espalda de forma tan delicada que te llena de ternura. Y le abres la puerta, Lexa; ahí, en el espacio entre su hombro y su cuello, empiezas a hablar. Sus caricias no cesan, se incrementan, se vuelven nerviosas, y cuando le dices que tienes ganas de que todo se acabe, el temblor en sus manos se hace más evidente y sus sollozos se unen a los tuyos. Te aprieta a su cuerpo de forma fuerte, como preguntándole a la vida «¿por qué le has hecho esto?» y como gritándole a la muerte «ella no te pertenece».

Y no sabes cuánto tiempo ha transcurrido, y ajá, el cuerpo te duele, y sí, aún te cuesta respirar con normalidad, pero te sientes mejor.

—No me dejes fuera, Lex—, besa tu cabeza— no nos dejes fuera, por favor—. Y empieza a dejar muchos besos en tu frente, y luego deja un montón de besos más en tus mejillas. Mira tus ojos, vuelve a besar tu frente y, de forma graciosa, cubre sus dientes con sus labios y empieza a «morder» tu cara; tú ríes y de la nada, como si la muy imbécil tuviera todo ensayado, suelta el gemido más porno que has escuchado en toda tu vida, y no puedes hacer otra cosa más que reír; ella ríe contigo, mas luego te mira a los ojos y vuelve a abrazarte a su cuerpo.

—No seas pegajosa, Rae—, bromeas e intentas alejarte. Ella te aprieta impidiendo la huída mientras deja más besos en tu cabeza— le contaré a Octavia de esto—. La chica se detiene y abre los ojos de forma exagerada.

—No te atreverías—. Es una experta fingiendo nervios, pero puedes ver la chispa de diversión en sus ojos. Adoras esa chispa de diversión.

—Pruébame y verás—. Sonríes malévola. Y notas que la tensión acumulada se ha ido por completo, ya no está en esa habitación.

—Tengo una reputación que mantener—. Se coloca en pie de forma dramática y se sienta en el sillón del frente.

Justo en ese momento, escuchan la puerta de la entrada abrirse, y ven a Octavia llegar con unas bolsas en las manos. Raven sobreactúa secándose el sudor imaginario de su frente y ríes por el gesto.

— ¿Qué tal el trabajo hoy?— preguntas mientras la morena coloca las bolsas en la mesa. Se saca la chaqueta antes de responder.

—Bastante agotador… pero gratificante. El bebé de los Austin fue dado de alta hoy, y eso nos tiene felices a todos—pero esa felicidad de la que habla no se le nota, expresa infinita nostalgia y Raven se da cuenta de ello.

—Deja de encariñarte con mocosos que no son tuyos—, dice— entre ustedes dos, no sé cuál me cae peor. Una se enamora de cada recién nacido que pasa por su unidad y la otra acosa a todo mocoso a cien metros a la redonda.

— ¡Qué genial! Ya era hora de que ese pequeñito conociera su hogar—. Ignoras olímpicamente a Raven y sus expresiones nada ortodoxas con respecto a la distancia.

Ves que Octavia se ha quedado fijamente viendo algo en la mesa, coloca cara de incredulidad y levanta una ceja, mientras toma el papel en sus manos.

— ¿Qué es esto?— inquiere pasando la vista de una a la otra.

—Oh—, contesta Raven levantándose súbitamente— lo del ejercicio que le mandó el psicólogo a Lex—. Asume que por gracia divina Octavia ya sabe de la jodida lista.

— ¿En serio?— y la incredulidad en la cara de Octavia no es normal.

—A que me quedó de puta madre— y se va sin dar chance a nadie de responder, como si tuviera algo muy importante que hacer.

Ves a Octavia y le preguntas qué sucede con la mirada.

— ¡Vuelve aquí, Raven!— grita y ves a la castaña regresar con las manos arriba. En la derecha lleva una botellita de alcohol. — ¿por qué carajos no dejaste a Lexa hacer su ejercicio?

— ¿Y qué te hace pensar que ella no me ayudó?—indaga Raven, y la morena sin necesidad de palabras expresa que es obvio. No aguantas la curiosidad, te paras y le quitas el papel a Octavia de las manos. Empieza a leer y no ves nada fuera de lo normal hasta que « ¿pero qué jodidos es esto?»

— ¿Pero qué jodidos es esto?

— ¿Me he equivocado en algo?— pregunta Raven con diversión. Octavia vuelve a tomar la lista en sus manos y empieza a leer en voz alta.

«El maltrato animal. Los crímenes de odio.»— ajá, hasta ahí todo bien, son cosas que realmente detestas—, «El libro Moby-Dick»— una completa pérdida de tiempo—«El reggaetón. Las cadenas de Whastsapp»— ¿quién en su sano juicio apreciaría esas cosas?—«Que todos odien que Cersei esté en el Trono de Hierro cuando la muy maldita se lo merece más que nadie»— y ves a Raven intentando disimular la sonrisa.

—Vamos, Lexa, que tú también quieres que esa perra termine sentada en el trono, a que sí.

«Que Raven sea mejor que yo en todo»— continúa Octavia levantando una ceja— No sé cómo puedes pensar eso— comenta.

—Sí, Lexa, ¿cómo puedes pensar eso?—Raven te mira con gesto inocente, mientras termina de llenar la lata que está en la mesa con el alcohol que tiene en las manos.

—Esto es realmente enfermo, loca— dice la morena y continúa leyendo—«El pene de Jamie Lannister dentro de Cersei»—Bueno, te confiesas que eso sí que te enoja—«Los penes circuncidados. Los penes no circuncidados. Los penes grandes. Los penes con ligera curvatura a la derecha. Los micropenes. Los penes con ligera curvatura a la izquierda.»—Octavia voltea la hoja—«Penes. Penes. Penes. Penes…»

Y Raven se desternilla de la risa y no puedes hacer más que contagiarte y sonreír ante sus ocurrencias.

—De verdad que estás enferma—. Le das la razón a Octavia.

— ¡Ay, vamos!—exclama— ¿me vas a decir que ahora sí te gustan? Si te quejaste un montón de veces de que en la última temporada de Orange is the new black mostraran el pene de Caputo—. Y de verdad, qué asco. — ¡Hey, tenemos que agregar el pene de Caputo a la lista!

—No quiero ni imaginar cómo conoces tantos tipos de penes—, dice Octavia, mientras deja la lista a un lado— la próxima vez deja que haga sus ejercicios sola. —agrega señalándote con el pulgar.

— ¡Pero si ella me dijo que no podía!— y, bueno, es verdad en ese entonces no te salía nada, pero eso no significaba que necesitaras ayuda.

Raven saca un encendedor del bolsillo de su pijama y lo activa acercándolo a la lata. La puta cabra de la locura.

— ¿Qué carajos haces ahora?— pregunta Octavia dejando el tema anterior atrás.

—Lo que se supone— y ves como la lata empieza a encenderse.

— ¡Vas a quemar la casa!— exagera la morena. Raven gira los ojos diciendo algo aun más ilógico que su «lo que se supone»:

—Dame una moneda, Lex—. Tomas una de tu cartera encima de la mesa y se la das, curiosa. Ella la coloca encima de la lata. De verdad, está de tostador.

—No sabía que era tan fácil quitarte dinero— te mira con picardía, para luego mirar su pequeño experimento. Una estufa, una jodida estufa. — ¿Quién quiere empezar la ceremonia?—se agacha y toma la hoja del suelo. Más tornillos sueltos que una caja de herramientas. —Okay… yo tendré los honores.

— ¿Puedes explicarte?—inquieres.

—Estamos aquí reunidos, para despedir la forma palpable de las cosas que odia Lexa Woods.

—No puede ser posible—. Expresa Octavia, sonriendo con diversión ante el juego de la castaña.

—El psicólogo no mencionó que tenía que quemarlo— aunque, bueno… estabas más pendiente de su moco. Qué cosa más asquerosa.

—Ve a buscar los discos de reggaetón de Raven—, ordena la de ojos verdes mirándote, mientras la otra la mira a ella con rostro de horror— yo iré por los penes congelados que tengo en la nevera— comenta bromeando. Hace ademán de irse por los ficticios «por favor, que sean ficticios» penes, pero Raven la aguanta fuerte del brazo, mientras corrige:

—Estamos aquí reunidos, para despedir la forma simbólica de las cosas que odia Lexa Woods.

Y sí, están condenadamente locas.

Pero las amas...

Condenadamente.

ooooooooo

Tienes un jodido problema y lo sabes. Anoche no pudiste dormir mucho, sí, ese es un problema, pero no es el que destaca en estos momentos. Anoche no pudiste dormir y el insomnio te hizo pasar el rato buscando la camiseta con la máscara de Batman que usabas en el instituto; porque sí, también tienes un plan. Y sí, el jodido problema es que tienes un plan.

Al encontrar la camiseta, la metiste a lavar. Octavia, alarmada por el ruido se despertó y al verte lavando preguntó:

— ¿Estás bien, cariño?— acercándose a tu lado con preocupación evidente.

—Sí, solo ando lavando la camiseta que me pondré mañana— y en ese momento pensaste que eras un jodido genio, ¿cómo no se te había ocurrido antes?

—Lex, tienes muchas camisas limpias—. Y claro que tenías muchas limpias, pero ninguna tan especial como esta.

—Es que esta es especial, tengo un plan— la doctora te observó como si estuvieras delirando y llevó su mano a tu frente, y al percatarse de que estabas bien solo pudo agregar:

—Que te den— y se fue a dormir.

Y sí, tienes un jodido problema, pero esperas que tu plan funcione.

—Quítame tres kilos para que mi nuevo bikini me quede de infarto— el entusiasmo de la señora Margarita te hace sonreír.

Te quitas el anorak, dejando visible tu camiseta con máscara de Batman, y te montas en la báscula. Notas que aumentaste más peso del que deberías y colocas una mueca, porque esta sesión de diálisis será más dura.

—Dos kilos y trecientos gramos—. Es tu escueta forma de decir que ya estás preparada.

Y vuelven a conectarte a la máquina, y sientes tu sangre fluir hacia ella, y estás segura de que la jodida máquina está esperando que empieces a llorar, pero no… hoy tienes un plan.

Plan que se cae al suelo cuando ves a Leandro entrar, nada más y nada menos que con una camiseta de Iron Man. «Jódete, universo y deja de joderme». Pero aún no lo das todo por perdido, claro que no, quizás el pequeño no es uno de esos Marvelitas obcecados. Pero el universo vuelve a sonreírte con mueca sarcástica cuando Leandro te observa, se fija en tu camisa y gira los ojos de forma exagerada «pequeño búho tierno» y se acerca a la báscula. Una de las enfermeras revisa los datos de su peso para luego conectarlo a la máquina.

Es que al momento de elaborar tu grandioso plan, que le daría la razón a Raven y su teoría de que acosas niños, no se te pasó por la mente que él fuera fan de solo un grupo de superhéroes, ¡y de los peores! Bufas medio indignada, y tu cuerpo empieza a pedirte que recuperes las horas de sueño; tus ojos empiezan a cerrarse cuando escuchas una vocecita que te hace sonreír internamente. El mejor plan del puto mundo.

—Iron Man lo aniquilaría en un segundo—. Y debajo de toda la timidez de su voz, detectas la seguridad que tiene en su aseveración. Y no, no habías planificado tener una de esas batallas épicas entre DC y Marvel hoy, y sí, sabes que no llegarán a ningún lado discutiendo, pero igual le respondes:

—Una batalla sin trajes y Bruce lo vuelve papilla—. Y esperas que con ese argumento todo quede por zanjado, porque no quieres acabar con los sentimientos de un niñito

— ¿Y por qué pelearían sin traje? Eso sería como ira la escuela sin ropa—. Válido, válido; pero no fuerte, esta la tienes fácil.

—Bueno, digamos que van a pelear con trajes. Igual, Batman gana—. No argumentas, dejarás que el pequeño exponga sus puntos y los refutarás. Leandro bosteza y te lo contagia, se le nota el cansancio; es un efecto colateral de estar conectado a la máquina de hemodiálisis, lo sabes porque tú también tienes sueño.

—Batman no es un genio mecánico y Tony le lleva una morena en eso de la tecnología—. Ya le cuesta mantener la cabeza levantada. —Tony lo fulminaría sin pensárselo mucho—. Y sí, tiene razón en eso de que la tecnología de Stark es asombrosa, pero Wayne no se queda atrás en eso, además, es un jodido estratega.

—Pff… pero Bruce Wayne es un estratega, si preparan ambos la batalla con tiempo encontrará cada punto débil de Iron Man y lo usará a su favor. Stark podrá ser un genio de… —pero te das cuenta de que el mocoso ha cerrado los ojos— pequeño búho… —no hay respuesta—. ¡Hey, ricitos!—pero ya Leandro está dormido.

Y sonríes, ya has roto el hielo. Raven tiene razón, te lo repites, eres una jodida acosadora de niños. Lo que no sabe, es que el hecho de hablar con cualquier mocoso o mocosa, te hace olvidar lo mucho que extrañas a tus alumnos. Y sí, vuelves a venderle un pedacito de tu alma a la jodida máquina; y sí, para cualquier otro parecería una tontería; y también estás consciente, eres patética elaborando planes, pero por primera vez en mucho tiempo uno te ha salido bien.

ooooooooo

Es que lo tenías claro, el universo tenía que buscar una forma de joderte, lo de temprano no había sido más que su forma de dejarte distraída, para arremeter con todas sus fuerzas durante la tarde. ¿Qué era hoy? ¿Acaso era el día de las putas camisetas de superhéroes o qué? Porque era completamente improbable que algo así pudiese sucederte. Pero claro, contigo el universo agarraba las probabilidades y se las pasaba por el trasero, porque el porcentaje de personas jóvenes que padecían de IRC era bajo. Y aunque no era poco probable que hoy te encontraras con el par de rubios sentados en la sala de espera, sí era rematadamente improbable que estos dos también tuvieran camisetas de superhéroes, ¿era una convención o qué? Miras para todos lados, buscando firmas de cómics y eso, pero nada…

Ella tiene una negra, con un martillo gris en el medio, que simbolizaba a Thor, y el pequeño, una verde con la cara de Hulk enfurecida, ¿es que acaso todos son Marvelitas? Decides sentarte en la silla más alejada a los rubios, e intentar pasar desapercibida hasta que digan tu nombre, pero como siempre, la ley de Murphy vuelve a atacarte… porque si algo está mal, irremediablemente se pondrá peor, y si tu nombre es Lexa Woods, más aún.

El mocoso, que la semana pasada no te regresó siquiera una palabra, corre hacia ti como si te hubiese visto más de una vez en su vida, y aunque sí, te llena de ternura, justo ahora no tienes ni las más mínimas ganas de hablar o algo. Igual, una autentica sonrisa te nace, sí, porque es demasiado mono, y a pesar de que te cuesta mucho, cuando llega a tu lado y extiende sus brazos levantas su menudo cuerpecito en los tuyos y le das un beso en la nariz. Lo dejas en el suelo, y te sientas en el lugar que tenías pensado. Aden se sienta a tu lado y balancea las piernitas, lo que te hace reír; estás tentada a hacer lo mismo solo para bromear con él, cuando sientes el peso de una mirada. Es Clarke, estás segura… y sí, te está mirando con esos ojos de un azul imposible.

Le regresas la mirada y notas que ve tu camiseta con un brillo divertido en esos ojos de monstruo que se carga la muy perfecta. Levantas tu mano en señal de saludo y vuelves tu atención a Aden.

— ¿Y qué tal el humor?— pero fiel a su condición de Charles Chaplin el pequeño no responde. Se limita a mirarte y encoger los hombros; suspiras, pasas tu mano por su cabello, lo atraes hacia ti en un pequeño abrazo y lo sueltas, dejando que se enderece en la silla.

Entonces vuelves a dirigir tu mirada a Clarke que te ve con actitud extraña «genial, trata de controlarte, que lo de acosadora dejará de ser solo tema de Raven», y sí, te sonrojas, y no sabes si es más por costumbre que por vergüenza. Estás segura de que la gente no aprecia que extraños abracen a sus hijos con tanta naturalidad. Lo que te hace pensar en el parentesco que une a los rubios; Clarke es una madre relativamente joven y… el hilo de tu pensamiento se ve interrumpido por la presencia de la rubia, «jodidos ojos perfectos», que se acerca a ustedes, seguro a reclamarte por ser tan melosa con su mocoso.

— ¿A estas horas por aquí, Dama de la Noche? — estira la mano, para saludarte de forma adecuada, y no puedes evitar desviar sutilmente tu vista al escote que deja ver la camiseta en forma de «V», lo que hace que te reafirmes en tu pensamiento, y es que ese «jodidos ojos perfectos» se aplica en todos los sentidos.

—Pues… una mujer debe seguir su propio camino. Eso me lo dijo un amigo— respondes, citando a Batman, para seguirle el juego. En sus ojos, «jodidos y literales ojos perfectos», puedes ver la diversión que le causa tu respuesta. Se sienta al lado de Aden y le da un juguetón golpecito en la cabeza.

—Nada te cuesta saludar, Aden—, el pequeño se recuesta en su cuerpo, y en su expresión puedes ver que sí le cuesta hablar, lo que te hace pensar que esa es la razón por la que está aquí. Sonríes al niño, restándole importancia al hecho de que no profiera ninguna palabra, al menos a ti, y la jirafita te regresa la sonrisa; quieres decir que no importa que no te hable, pero eso sería desautorizar a la rubia.

El niño acerca su cabeza a la oreja de Clarke, lo que hace que el cuerpo de ella se vuelva a inclinar y tus ojos vuelvan a apreciar aquellos «jodidos ojos perfectos», pero esta vez la rubia te pilla con las manos en la masa «ojalá», lo que hace que el color vuelva de súbito a tus mejillas.

—Así jamás pasarás desapercibida en Ciudad Gótica—. levanta una ceja, haciendo referencia a tu sonrojo y enderezándose en la silla, en ese momento, el pequeño le da un disimulado codazo, a lo que ella solo mueve la cabeza en negación. —Pregunta Aden si tú también vas a ver el estreno de la nueva película de Thor—. Al ver la interrogante en tu cara, «responde algo, ya pareces tarada», le dice al pequeño: —Cariño, el héroe de la camiseta de Alexa no forma parte de los magníficos Vengadores, es de una calidad inferior—. Agrega lanzándote pullas «jodidos Marvelitas con jodidos ojos perfectos»

No sabes si aclarar primero que Batman no es de un nivel inferior, o que tu nombre no es Alexa.

—Lexa—, Corriges —y algunos solo quieren ver el mundo arder— vuelves a citar. Y agradeces que Aden te esté mirando, porque la mirada de Clarke luego de escuchar tu «ver el mundo arder» no es para nada apta para menores de edad. Y esa mirada te hace abrigar una seguridad en tu femineidad que tenías mucho tiempo sin sentir.

—Lexa— pronuncia de forma bastante sugestiva, cuando el señor inoportuno, u oportuno si lo miras desde mejor perspectiva, llama a Aden y los dos rubios se levantan. Entonces la rubia baja la vista y mira tu escote con descaro, haciéndote desear que un hábito de monja te cubra entera… y ¡Joder! Sientes que ahí no hay nada digno de ver, pero lo que dice la rubia antes de irse hace que ese pensamiento empiece a derrumbarse: —tú también estás como un tren.

Y vuelven las referencias a los medios de transporte; y el rubor vuelve a cubrir tus mejillas «mil veces mojigata»; y la sonrisa de Clarke se hace más amplia antes de guiñarte uno de sus «jodidos ojos perfectos»; y vuelves a quejarte de tu jodida suerte cuando la ves alejarse, con ese paso engreído de quien sabe que es el jodido objeto de deseo de otro alguien.

Y maldices un millón de veces la hora en la que pensaste que ponerte la jodida camiseta de Batman era un buen plan.

ooooooooo

Hola, este capítulo va para ti que has llegado hasta acá.

Tsune-sama: Me alegra que te guste el peque Aden hasta ahora, espero continúe siendo así.

Luy: Muchas gracias por expresar que te gustan tantas cosas de esta historia que yo también estoy disfrutando mucho de escribir.

Gracias por sus comentarios, motivan.

Esta historia se está publicando de forma simultánea en Wattpad con el mismo nombre de usuario.

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