Y llegamos a la tercera temporada, entre el final de "La isla de las Sandías" y el principio de "El Taladro Gema". Espero que os guste el capítulo.


Capitulo 7: Problema sísmico

Mucho había pasado desde aquel curioso y extraño día en el gimnasio de Beach City. Steven había observado un cambio considerable en la actitud de Perla, más natural y animado que antes, si bien aún se la veía algo pensativa cuando creía que nadie la veía. No era para menos, después de todo lo que había sucedido durante su encontronazo con Obsidiana. Granate y Amatista hacían cuanto podían por animarla, asegurándole que no pasaba nada y que nada había cambiado entre ellas tres. Seguían siendo un equipo, seguían siendo familia, y seguían siendo las Gemas de Cristal, junto a Steven…y aparentemente, también Peridoto.

El viaje a la luna había dejado maravillado a Steven, quien nunca se imaginó yendo en un viaje improvisado al satélite celestial. La base lunar había sido un lugar impresionante que le recordó bastante a los otros templos a los que las Gemas lo habían llevado en sus misiones, con la excepción que todo allí parecía más nuevo y elegante, como si el tiempo no hubiera pasado entre aquellas paredes y, en cualquier momento, sus antiguas dueñas pudieran volver a entrar allí como si nada. Según Peridoto, la base había sido diseñada para el control de la colonia, y solo las Gemas de mayor graduación y los Diamantes tenían permitido el acceso a ella, de manera que no era de extrañar que todo allí tuviera aquel aire tan elitista y funcional. Si bien consiguieron las coordenadas del Clúster que habían ido a buscar allí, también recibieron un pequeño regalo inesperado por parte de Peridoto en forma de un pequeño comunicador de cristal que, por desgracia, desembocó en una enorme pelea entre las Gemas y ella. El resultado de semejante situación fue la imprevista comunicación directa con el Planeta Natal, en la cual Steven vio por primera vez a otra Perla…y a Diamante Amarillo, una de las máximas autoridades en el planeta original de las Gemas. Peridoto, una vez más, sorprendió a Steven y al resto al no solo cubrir a las Gemas de Cristal y ocultar su participación en la desaparición de Jaspe (curiosamente, Diamante Amarillo no preguntó por Obsidiana, sólo el rápido comentario de su desaparición por parte de Peridoto marcando su constancia en la conversación), sino que además trató de razonar con ella que tal vez la Tierra no se mereciera ser destruida. Desdeñando su opinión, Diamante Amarillo provocó la indignación de Peridoto ante lo que ella creía que era un error en toda regla, un comentario que Diamante Amarillo no se tomó demasiado bien. Su carácter formal y desinteresado pasó a uno de irritación y claro desafío, aparentemente incapaz de creerse que una simple Peridoto se atreviera a cuestionar su decisión.

Fue entonces cuando Peridoto llamó "tonta", a pleno pulmón, a Diamante Amarillo.

Desde aquel curioso e increíble momento, Peridoto pasó a ser considerada una Gema de Cristal más, una defensora (a regañadientes) de un mundo del que aprendía cada día nuevas cosas, a medida que pugnaba por aclimatarse y adaptarse a aquel nuevo estilo de vida, lejos del Planeta Natal.

Por otro lado, Obsidiana no volvió a presentarse ante las Gemas de Cristal de nuevo. Había muchas cosas en las que quería pensar después de lo ocurrido con Perla. Había pasado todo su cautiverio maldiciendo el nombre de la Perla que la encerró, y la Rosa Cuarzo que la engañó, pero ahora que sabía que todo había sido cosa de Perla… tenía que reconsiderar su opinión de aquella extraña Gema que una vez creyó que ella podía aspirar a algo más que solo servir a los Diamantes.

Era un día tranquilo en la pizzería, solo interrumpido brevemente por uno o dos temblores ocasionales que provocaban solo algún que otro comentario por parte de la familia Pizza mientras llevaban a cabo sus tareas diarias. En el mostrador, Obsidiana descansaba con la cabeza apoyada en la dura madera, mirando al vacio con aire pensativo mientras trataba de reflexionar respecto a los sucesos del otro día. Empezó a pensar en todo lo que había hecho y por qué, sobre lo que podría haber sido y no fue, lo que le hubiera gustado que fuera, y el por qué de todo en general. No estaba descontenta con su vida, es decir, había conseguido su objetivo de servir a Diamante Azul, a pesar de la desventaja con la que había nacido. Había conseguido mucho y había sido reconocida por ello, aunque luego eso le hubiera valido una condena de casi 5000 años en el interior de una burbuja. Pero por otro lado, no podía quitarse de encima la sensación de que algo no iba del todo bien dentro de ella. Era una sensación de malestar que ni la pizza podía hacerle olvidar (y eso que lo había intentado con insistencia), algo que la reconcomía por dentro y le impedía disfrutar de las cosas buenas como la pizza, o…bueno, solo la pizza.

Suspirando, Obsidiana trató de convencerse a sí misma de que todo aquello no era más que tonterías suyas, que se preocupaba por nada y que nada iba a sacar calentándose la cabeza de aquel modo. Justo entonces, por la puerta, entraron las jóvenes hermanas Pizza acompañadas de su abuela, Nanefua. Las tres iban cargadas con bolsas llenas de paquetes de ingredientes para las pizzas, como harina y rollos de peperoni.

-Hola, Nuada-la saludó la diminuta anciana nada más entrar. Ella y Obsidiana habían mantenido muchas y largas conversaciones en el tiempo que la Gema había pasado trabajando en la pizzería, y si bien aún no acababa de entender muchas de las cosas de las que le hablaba la anciana humana (o la razón de que aún la llamara Nuada, a pesar de haberle insistido que su nombre era Obsidiana), la verdad era que poco a poco se había ido convirtiendo en la única persona que, si bien no llamaría amiga, la verdad era que tampoco le desagradaba pasar el tiempo con ella. Medio sonriendo, Obsidiana saludó a Nanefua.

-Hola, Gunga-dijo, usando el mote que Jenny y Kiki tenían para su abuela. Nanefua le había insistido en que la llamara de aquella manera, y como le daba igual un nombre que otro, Obsidiana aceptó-. Jenny, Kiki.

-Ey, Obsi. ¿Un día lento?-preguntó animada Jenny, mirando el local casi vacío. No había habido ni un solo cliente desde que habían abierto aquel día, y no parecía que la cosa fuera a mejorar en un futuro próximo.

-Algo así. No ha entrado nadie por esa puerta más que vosotras tres-comentó Obsidiana, apoyando la cabeza en una mano con expresión aburrida.

-Debe de ser por los temblores. Tienen a todo el mundo preocupado-comentó Kiki, mientras dejaba las bolsas en el mostrador.

-¿No es normal que la tierra tiemble así?-preguntó sin mucho interés Obsidiana. La verdad era que los temblores no la preocupaban demasiado, atribuyéndolos seguramente a otra molesta manía que tenía aquel planeta y cuyo único propósito era el de incordiarla y nada más.

-A veces pasa, pero nunca tan seguido ni con tanta insistencia-comentó Nanefua, frotándose el mentón con aire pensativo-. Algo raro está pasando…

-Eh, menos pensar, y más traer aquí esos ingredientes-les increpó Kofi desde la cocina-. Puede que no tengamos clientes ahora, pero los turistas podrían llegar de un momento a otr…

De repente, un creciente temblor de una magnitud muy superior al resto empezó a sacudir el suelo, el edificio, y seguramente toda la ciudad. Sorprendidos, los ocupantes del establecimiento apenas consiguieron agarrarse a algo para evitar caerse al suelo, todos espantados y tratando de averiguar qué estaba pasando.

-¿¡Qué!? ¿Qué está pasando?-preguntó Jenny, agarrada a una mesa.

-¡Es un terremoto!-exclamó Nanefua. Obsidiana, tras la barra, trataba de mantener el equilibrio mientras su mente se ponía en modo combativo, tratando de hallar el origen de la amenaza o de descubrir al causante de tan repentino fenómeno.

El temblor no remitió como los demás, manteniéndose y provocando que poco a poco las paredes empezaran a resquebrajarse y que el suelo se partiera. Las mesas y sillas cayeron al suelo, junto a los cuadros, estantes, y cualquier cosa que no estuviera lo bastante sujeta a algo firme. Kiki acabó por caer de rodillas al suelo, incapaz de mantener el equilibrio, para luego ser rápidamente ayudada por su abuela.

-¡Rápido, todos bajo la mesa!-exclamó rápidamente la anciana, señalando la mesa más cercana a ella y a sus nietas. Medio arrastrándose, Kiki y Jenny consiguieron refugiarse bajo la mesa siguiendo las instrucciones de su abuela, seguidas por un espantado Kofi que solo podía ver horrorizado como su negocio se hacía pedazos a su alrededor. Obsidiana, aún agarrada a la barra, valoró que ella no cabía bajo la mesa si contaba al resto de la familia, de manera que se dispuso a buscar otro cobijo. Pero antes…

-¡Nanefua, tú también!-dijo Obsidiana a la anciana, quien aún tenía que cubrirse bajo la mesa. Esta, sin embargo, se limitó a agarrar la mesa con ambas manos y negó con la cabeza.

-¡No! ¡Alguien debe mantener la mesa firme! ¡Ponte tú a cubierto!- Kofi trataba de convencer, a gritos para así hacerse oir por encima del estruendo del terremoto, a su madre para que se refugiara con ellos mientras cubría con su cuerpo los de sus hijas, pero no parecía que Nanefua fuera a dar su brazo a torcer. Estaba claro que la seguridad de su familia le preocupaba más que la suya propia, a pesar de que seguramente cualquiera de ellos podría hacer mejor el trabajo de asegurar la mesa que la diminuta anciana. Para entonces, pequeños pedazos del techo habían empezado a desprenderse del local, cayendo entre nubes de yeso y polvo al suelo y golpeando la mesa bajo la que se cubría la mayoría de la familia Pizza. Justo cuando Obsidiana se disponía a unirse a ellos en su intento de convencer a Nanefua, un pitido llamó la atención de la experimentada asesina.

Girándose hacia la cocina, vio que uno de los pedazos de techo, uno de bastante tamaño, había ido a impactar contra la cocina, provocando que la bombona que contenía empezara a soltar gas a gran velocidad.

-¡Nuada, el gas!-exclamó Nanefua, reclamando la atención de su amiga-. ¡Si no lo detenemos, explotará!

Entendiendo lo que la anciana le decía, Obsidiana se abrió paso hasta la cocina a pesar del techo que se caía a cachos y del gas que seguía soltando la bombona. El desagradable olor de esta molestó a Obsidiana, quien gracias a no necesitar respirar pudo aguantar allí sin problemas. Agarrando con ambas manos el pedazo de techo que había caído sobre la cocina, lo hizo a un lado sin demasiado esfuerzo, pero pronto se reveló que eso había sido un error, ya que al hacerlo nuevos escapes aparecieron a lo largo del aparato. Al no saber cómo funcionaba aquella cosa, Obsidiana trató de cubrir las fugas con sus manos desnudas, entrecerrando los ojos a causa del gas que se escapaba y la golpeaba en los ojos, pero manteniéndose firme en su intento de impedir el escape. A pesar de ello, el gas seguía escapándose de su control sin que ella pudiera hacer anda por evitarlo, molesta y fastidiada ante semejante problema.

El techo de la cocina acabó por derrumbarse, un enorme pedazo de este cayendo apenas a unos centímetros de donde se encontraba Obsidiana. Si bien el escombro no golpeó el cuerpo de Obsidiana, fueron las luces rotas y medio encendidas que aún seguían unidas a este las que llamaron la atención de la Gema. Pequeñas chispas salían de los cables expuestos de las bombillas, rotas a causa del violento maltrato al que se habían visto sometidas. Nada más verlas, los ojos de Obsidiana se abrieron de par en par. Gas, chispas,… Hasta ella sabía lo que iba a pasar a continuación.

En cuestión de décimas de segundo, Obsidiana se apartó a toda velocidad de la cocina, y se abalanzó por el ventanuco que comunicaba con el resto del restaurante hacia la barra. Justo cuando su cuerpo aterrizaba sobre la barra y rodaba para acabar situándose de pie en el suelo, las chispas de las luces acabaron por hacer contacto con el gas, prendiéndolo y guiando sus llamas hasta que finalmente se adentraron en el diminuto espacio de la bombona. Para cuando Obsidiana consiguió alcanzar la mesa, la bombona hizo explosión con gran estruendo, emergiendo el gas de su interior en forma de llamas mientras la cocina del restaurante volaba en mil pedazos.

Nanefua aún se encontraba girando su cabeza en dirección a la explosión cuando Obsidiana la alcanzó primero. Agarrándola por la camisa, la metió de un empujón bajo la mesa, y se dio la vuelta para encarar la veloz ola de fuego. Con brazos extendidos, se agazapó para así cubrir con su cuerpo a la totalidad de la familia Pizza, aún situados bajo la mesa, quienes gritaban sin acabar de comprender qué estaba pasando allí. Nanefua apenas llegó a ver el atisbo de las llamas, cuando la negrura del cuerpo de Obsidiana se situó en medio. En esa fracción de segundo, la anciana comprendió lo que su amiga intentaba hacer, y gritando trató de detenerla.

Fue demasiado lenta.

El fuego se tragó el resto del restaurante, incendiándolo todo a su paso y reventando lo que los temblores aún no habían destrozado. El techo, debilitado, empezó a ceder a un ritmo alarmantemente veloz, aplastando las mesas de madera y hundiéndose hasta llegar al suelo. El restaurante de la familia Pizza empezó a desaparecer a medida que los daños aumentaban a cada segundo, el estruendo de la destrucción causada por la explosión aunándose a la del terremoto como si intentaran tragarse a los ocupantes del establecimiento.

Segundos antes de que todo el restaurante acabara hecho pedazos, una figura alta y negra atravesó de una patada el cristal exterior del restaurante, aterrizando a varios metros del lugar en medio del paseo marítimo. Bajo cada brazo cargaba a una de las hermanas Pizza, con el padre de ambas colgando en posición fetal de sus dientes, y la anciana matriarca del clan agarrada a su cabeza como la cría de alguna especie de chimpancé. Una vez estuvieron a salvo, Obsidiana dejó que sus conmocionados pasajeros aterrizaran suavemente en el suelo. A parte del hollín que cubría sus caras y sus expresiones de miedo y sorpresa, no parecían físicamente heridos, lo cual eran buenas noticias.

-¿Estáis todos bien?-preguntó con tono firme, mientras ayudaba a Nanefua a descolgarse de su cabeza.

-Sí…-dijo Kiki, tosiendo un poco para limpiar sus pulmones-…todo bien por aquí.- A su lado, Jenny respondió con un pulgar arriba. Kofi, en cambio…

-…no puede ser…-dijo con voz baja, mirando con ojos desorbitados y expresión conmocionada como el negocio de su familia se hundía y ardía ante sus narices. El suelo, abierto y plagado de grietas, había acabado por tragarse la mitad de los escombros que una vez fueron el orgullo y alegría de Kofi, como si aún hiciera falta que su pobre restaurante se viera expuesto a más caos y destrucción. Una gruesa nube de humo negro empezó a brotar del destrozado techo del local, mientras las llamas se extendían por la madera del restaurante y la oscurecían a medida que consumían el lugar.

A su lado, el resto de su familia se reunió con él para presenciar todos juntos como el restaurante ardía incontrolablemente. Nanefua, entendiendo lo mucho que había significado el restaurante para Kofi, puso su mano reconfortante sobre el hombro de su hijo, quien había empezado a llorar ante semejante visión.

-Podemos reconstruirlo, Kofi-le aseguró Nanefua con tono conciliador-. Estamos vivos, y eso es lo que importa. Al final del día, solo era un restaurante. Lo que importa es que la familia esté bien.

-Tiene razón, papa-dijo Kiki junto a Jenny, abrazándose ambas a su padre con lágrimas también en sus ojos-. Podríamos haber muerto, pero no ha sido así. Creo…creo que al menos deberíamos alegrarnos por ello.

Obsidiana, silenciosa de pie en medio del paseo, contempló como la familia Pizza permanecía junta junto a los restos ardientes de su establecimiento. Kofi, sorbiéndose los mocos y limpiándose las lágrimas, estrechó entre sus brazos a sus hijas y a su madre, todos temblorosos tras la experiencia vivida. El temblor de tierra que había puesto del revés sus vidas aún no había remitido, de manera que Obsidiana decidió llamar su atención rápidamente.

-No hay tiempo para lamentaciones. Hay que buscar un lugar seguro.- Las palabras de Obsidiana parecieron devolver a la realidad a la familia Pizza, quienes parecían recién darse cuenta de que su pesadilla aún no había acabado. Las farolas del paseo marítimo se iban cayendo una a una a medida que el terremoto seguía asolando la ciudad, la madera del paseo resquebrajándose y dificultando el avance del resto de ciudadanos que, todos corriendo espantados, huían de la ciudad en dirección a la playa. Dada la falta de estructuras en esta, los daños en la zona serían mínimos, y habría menos probabilidades de que nada les callera encima.

-Espera… ¡Nuada, ¿estás bien?! Las llamas… ¡tenemos que curarte las…!... ¿heridas?-exclamó Nanefua, recordando el peligro en el que se había metido su amiga, solo para comprobar que no parecía haber sufrido daño alguno.

-Estoy bien. El fuego no me afecta. Ahora, tenemos que salir de aquí, ¡ya!

Sin acabar de entender qué había pasado, pero aliviada de saber que Nuada se encontraba a salvo, Nanefua asintió y la ayudó a llevar al resto de su familia en dirección a la playa, en la cual ya se había empezado a reunir un buen número de personas.

-¡Venga, de prisa!-gritaba un hombre vestido con traje mediante un curioso aparato que amplificaba su voz. El vehículo en el que iba montado, curiosamente, llevaba una réplica de su cabeza aumentada en el techo-. ¡Todo el mundo debe evacuar a la playa! ¡No os empujéis, y no os dejéis llevar por el pánico!- A pesar de los temblores, aquel hombre se mantuvo firme en la cima de su vehículo hasta que, cuando uno de los edificios cercanos empezó a derrumbarse, se vio obligado a saltar a la calle y a apartarse antes de que los cascotes lo aplastaran como hicieron momentos después con la réplica de su cabeza.

-El alcalde tiene razón-dijo Kofi, algo más recuperado-. La playa es el lugar más seguro. ¡Venga, no perdamos el tiempo!

Uniéndose al resto de ciudadanos que corrían apresurados hacia la playa, pronto Obsidiana empezó a reconocer algunos rostros que había visto durante su estancia en la pizzería de los Pizza, como a los dos jóvenes que de vez en cuando salían por ahí con Jenny, el niño paliducho y callado que a menudo se pasaba horas enteras mirándola fijamente desde el otro lado de la barra (Obsidiana debía reconocer, teniendo en cuenta que ella rara vez se asustaba, que ese…niño…le ponía los pelos de punta) acompañado de una mujer con el cabello del mismo color que él. Vio a varios clientes asiduos de la pizzería, e incluso reconoció al tipo aquel tan raro que siempre estaba sonriendo (aunque en esa situación la verdad era que no tenía mucha pinta de querer sonreír). Finalmente, montado en su furgoneta, llegó el hombre a quien el niño humano Steven había llamado "padre", el humano que se hacía llamar Greg. Nada más aparcar, de su furgoneta se bajaron otros tantos ciudadanos, algunos de ellos con pinta de tener dificultades para correr. Al verlo, varios vecinos corrieron a ayudarlos, con Greg dirigiéndose directo a donde estaba ella.

-¡Obsidiana, gracias a Dios que te encuentro!-dijo entre jadeos, evidentemente alterado-. ¿Qué está pasando? ¿Dónde están Steven y las Gemas? ¿Qué…?

-No sé qué ocurre…aunque tengo mis sospechas-comentó Obsidiana, mirando con aire suspicaz en dirección a la colina donde estaba situado el granero. Aquellos temblores solo podían ser obra del Clúster, que o bien estaba emergiendo, o bien dentro de poco lo haría. Fuera como fuera, se les estaba acabando el tiempo, y solo las Gemas de Cristal podían sacarles de aquel apuro. A Obsidiana no le hacía mucha gracia el tener que depender de sus enemigas, pero no había otra cosa que ella pudiera hacer, así que…

-¡SOCORRO!-exclamó alguien, de repente, sacando a Obsidiana de sus pensamientos. Se trataba de uno de los jóvenes que a menudo iban a comer a la pizzería, un chaval pequeño y esmirriado que hablaba con voz estridente y cuyos cabellos dorados parecían ocupar como tentáculos su pequeña cabeza-. ¡POR FAVOR, QUE ALGUIEN ME AYUDE!

-¡Peedee!-dijo Greg, reconociendo al pequeño amigo de su hijo. Parecía muy alterado y corría frenético desde la ciudad con gruesas lágrimas en los ojos-. ¿Qué ocurre?

-¡M…Mi padre…Ronaldo…ESTÁN ATRAPADOS!-exclamó el joven, llorando aterrado mientras hacía grandes aspavientos con las manos-. ¡El techo se ha derrumbado, y ha bloqueado la puerta! Yo pude salir, pero ellos...ellos…

Greg, entendiendo la situación, puso sus manos sobre los hombros del joven.

-Entendido. Iremos enseguida a rescatarlos, no te preocupes-dijo mirando decidido al joven, una media sonrisa en su rostro como signo de que confiaba realmente en lo que decía. Entre hipidos, Peedee miró a Greg mientras se limpiaba los ojos, respirando pesadamente mientras veía como aquel hombre miraba decidido en dirección al negocio de su familia-. ¡Nanefua, cuida del chico! Yo iré a por los Fryman.

-¿Estás loco?-exclamó Kofi, situado junto a Nanefua, mientras esta abrazaba al pequeño Peedee y trataba de reconfortarlo un poco-. ¡Es demasiado peligroso! Esa zona está colapsando, y está justo al lado de mi restaurante… ¡QUE ESTÁ EN LLAMAS!

-¡Lo sé! Pero Fryman es mi amigo, y el tuyo también. ¿Crees en serio que dejaré atrás a un amigo así como así?-exclamó Greg, más valiente y aguerrido que de costumbre. Normalmente se mostraba asustado en presencia de Steven y las Gemas porque solían enfrentarse a situaciones que él no acababa de entender, con enemigos de otro mundo y en situaciones en las que él no podía hacer nada. Pero aquello era diferente, él podía hacer algo, y desde luego no pensaba dejar tirado a un amigo y a su hijo si es que pretendía seguir siendo un héroe a los ojos de Steven. No sabía qué podía hacer… pero lo haría de alguna manera.

-…tienes razón. ¡Yo iré también!-exclamó Kofi, poniéndose en pie. Perder el restaurante había sido duro, pero entendía el deseo de salvar a alguien tanto como Greg. Sus hijas lo eran todo para él, y si su mejor amigo y su hijo estaban en problemas, entonces era su deber y obligación correr en su ayuda. No dudaba que, de estar en la piel del otro, Fryman también habría corrido en su ayuda, de manera que no había espacio para la duda. Una mirada a su madre le sirvió para saber que ella se encargaría de los jóvenes, de manera que podría lanzarse a su alocado propósito sabiendo que sus hijas y madre estarían bien.

-Muy bien. En ese caso… ¡VAMOS!-exclamó Greg.

-¡SÍ!

Los dos empezaron a correr en dirección al restaurante de los Fryman, decididos a hacer cuanto estuviera en su poder para rescatar a la familia de Peedee. Aún no sabían cómo lo iban a hacer, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar atrás a los Fryman. Greg sabía que Steven estaría a salvo con las Gemas, y Kofi confiaba en que nada le sucedería a su familia estando en la playa. Así pues, podían concentrarse únicamente en rescatar a los Fryman, a pesar del evidente peligro al que ambos avanzaban raudos y veloces, imparables y determinados, sintiendo el temblor bajo sus pies amenazando con…

Hm, curioso…no sentían el temblor bajo sus pies… De hecho, no sentían ni el suelo bajo sus pies.

Al alzar la mirada, ambos vieron que, a pesar de estar corriendo todo lo rápido que podían, ninguno de los dos estaba avanzando. La razón: antes de que echaran a correr, Obsidiana los había cogido por la parte de atrás de la camisa y los había alzado sin mucha dificultad, los dos pataleando en el aire como si creyeran que aún estaban corriendo. Con expresión impasible, Obsidiana los devolvió al grupo de ciudadanos que seguían tratando de resistir los temblores, Kofi y Greg colgando de sus manos como un par de cachorros siendo transportados por su madre.

-Si vais ahí dentro, moriréis-dijo como si fuera algo obvio, mientras dejaba caer al par de hombres de culo en la arena. Después, girándose, encaró la tambaleante ciudad de Beach City-. Entiendo que os referís al edificio que está al lado de la pizzería, ¿no? Ahí es a donde os dirigíais.

-¡Sí, ahí están mi padre y hermano!-exclamó Peedee, abrazado a Nanefua. Obsidiana, mirando de reojo al joven, asintió e hizo crujir su cuello un par de veces.

-Quedaos aquí. Volveré en un momento.- Y dicho eso, Obsidiana empezó a correr a toda velocidad en dirección a la ciudad. Sus pasos parecían hacer explotar la arena bajo sus pies, avanzando mucho más rápido de lo que cualquier humano hubiera podido ir, y cuando de improviso se lanzó de cabeza a la arena, en vez de chocar contra ella su cuerpo se desfiguró en una sombra rodeada de una oscura neblina que sobrevoló rápidamente el resto del recorrido. En cuestión de segundos, Obsidiana alcanzó el paseo marítimo, destrozado y agujereado a causa de los temblores, lo cual la obligó a proseguir su camino sobrevolando la zona en vez de correr, saltando de un lado para otro a medida que avanzaba en dirección al restaurante de los Fryman.

Encontrarlo fue fácil. Quedaba justo al lado de la pizzería en la que llevaba trabajando todas aquellas semanas, si bien en realidad apenas le había dedicado más que algún vistazo de reojo al preferir no darse a conocer mucho por la ciudad. El fuego que iba consumiendo la pizzería había empezado a extenderse al otro edificio, la fachada exterior derrumbada y bloqueando con numerosos cascotes la entrada principal. El techo, a juzgar por cómo los temblores lo hacían moverse, amenazaba con caerse de un momento a otro.

Sin perder un instante, Obsidiana se abalanzó como un cometa contra la pared de escombros, y justo antes de chocar contra ellos, cuando el techo empezaba a ceder y a caerse, cambió de fase y se adentró en el edificio que amenazaba con sepultarla.

...

En el interior del destrozado restaurante, Ronaldo y su padre hacían cuanto podían por encontrar una salida. Habían conseguido que Peedee escapara sosteniendo los escombros lo bastante como para que él se colara por dentro, alcanzando así la ventana, pero aquel espacio era demasiado pequeño para ninguno de los dos. Así pues, padre e hijo habían empezado a buscar otra vía de escape, apartando escombros mientras hacían cuanto podían por no dejarse llevar por el pánico ni pensar en lo que les pasaría si no conseguían salir.

-¡Vamos, vamos…!-gruñía Fryman mientras pugnaba por apartar la nevera que, al caerse, bloqueó la salida trasera de la cocina. Ronaldo, mientras, hacía cuanto podía por librar de escombros la vía de escape que usó Peedee, por si al final ellos también la podían usar. A pesar de los esfuerzos de los dos, no parecía que su situación mejorara.

Las paredes y el suelo se habían resquebrajado a causa de los temblores que habían sacudido la ciudad, el yeso y el polvo enturbiaba el aire y, unido al humo, hacía que respirar se volviera cada vez más difícil. El techo sobre sus cabezas se caía a cachos, que caían pesados al suelo, y que les dejaban cada vez con menos espacio para maniobrar. Un fragmento de techo acabó cayendo sobre la nevera que Fryman trataba de mover, aumentando el peso y obligando al cocinero a apartarse ante la posibilidad de que los escombros le cayeran encima. Si bien consiguió evitar sufrir herida alguna, ahora que aquella sección del techo se había derrumbado, estaba más claro que nunca que por ahí no iban a salir… si es que conseguían salir por algún lado.

Su mirada se dirigió, entre el caos y la destrucción de su alrededor, a su hijo más mayor. Aparentemente ajeno al peligro en el que se encontraban, Ronaldo seguía apartando escombros con una extraña mirada de determinación en el rostro, mostrando un valor que ni su propio padre sabía que tenía. Lo había visto crecer desde el día que había venido al mundo, y la verdad era que era la primera vez que lo veía mostrar tanto arrojo y mostrar tan poco miedo ante un desafío. Una chispa de orgullo ardió en su interior, si bien en su mente comprendió que su situación era de absoluta desesperación. No eran lo bastante fuertes, no les quedaba tiempo…

No lo iban a conseguir.

-Hijo…-dijo Fryman, poniendo una mano en el hombro de Ronaldo. Este, a medio camino de apartar una roca, miró un momento a su padre de reojo, sus ojos abiertos de la impresión y su respiración acelerada.

-¡Aún podemos hacerlo, papa!-exclamó este, tratando de hacer a un lado la enorme roca con sus manos. Sus fuerzas no bastaban, como demostró el hecho de que la roca apenas se movió-. ¡Pude hacerlo aquella vez, podremos hacerlo tú y yo ahora! ¡Si conseguimos apartar…!

-Hijo…lo siento-dijo Fryman, sonriendo a pesar de su situación-….pero no creo que lo vayamos a conseguir.

-¡No! ¡Aún podemos hacerlo! ¡Solo tenemos que…!...que…-exclamó Ronaldo, negando energéticamente con la cabeza, hasta que el desanimo y el pesar se adueñaron de su voz y su rostro. Con puños apretados y lágrimas de frustración y miedo en el rostro, Ronaldo empezó a aporrear las rocas que lo separaban de su salvación como si creyera que aquello las fuera a romper. Había creído que podía repetir el milagro de la casa encantada, había creído que, si no se rendía, podría hacer lo que fuera… Recordaba el coraje que mostró Steven en aquella aventura, y trató de emularlo para así poder salvar a su padre y a sí mismo, pero… No parecía que el simple recuerdo fuera a ser posible-… lo siento, papa… Yo…

-Eh, has hecho lo que has podido, y no te has rendido hasta el final. Estoy muy orgulloso de ti, Ronaldo-dijo Fryman, abrazando a su hijo mientras la destrucción del restaurante proseguía a su alrededor-. Por lo menos, hemos podido salvar a tu hermano.

-Sí… Sí, es cierto-dijo Ronaldo, limpiándose con el puño las lágrimas y sorbiendo ruidosamente su nariz. Abrazado a su padre, hizo cuanto pudo para mentalizarse ante lo que estaba a punto de suceder-…te quiero, papa.

-Y yo también te quiero, hijo.-Fryman, tratando en vano de contener las lagrimas, abrazó firmemente a su hijo e intentó cubrirlo con su cuerpo de los enormes escombros que se les venían encima, cerrando los ojos mientras a su alrededor el estruendo de la destrucción lo embargaba todo. Cuando el techo finalmente colapsó encima de ellos, todo lo que Fryman sintió fue una sacudida por todo su cuerpo que rápidamente desapareció, y el sonido de su hogar cayéndoles encima a él y a su hijo.

Los temblores se detuvieron. La oscuridad era total. Su cuerpo era tan ligero que parecía que ya no existía. ¿Acaso…acaso ya estaba? ¿Estaba muerto? No había dolido, como se esperaba que sucediera, y todo había ido tan rápido que ni se había dado cuenta. En cierto modo, agradeció que así fuera. Hacía que el terror de la experiencia fuera algo más llevadero.

De repente, sus ojos se encontraron recibiendo intensamente una luz muy brillante, que Fryman al principio malentendió como la mítica luz al final del túnel. Ante sus ojos se desplegaba Beach City, la ciudad en la que nació (y murió) y en la que vivió los mejores años de su vida. Si el paraíso realmente tenía el mismo aspecto que aquel lugar… entonces Fryman podía aceptar su muerte sin problema.

Sin embargo, no era el paraíso. Su cuerpo, antes ligero y liviano, se volvió pesado una vez más, cayendo de culo en las temblorosas planchas del paseo marítimo, con su hijo Ronaldo aún sujeto entre sus brazos. Respirando agitadamente, Fryman se palpó el cuerpo con una mano mientras miraba a su alrededor sin acabar de entender. Aquello no era el paraíso. Era…Beach City, la de verdad. Seguía vivo, y si él estaba vivo… ¡Ronaldo!. Una sombra llamó la atención de Fryman, quien al girarse vio un enorme cuerpo que bloqueaba la luz del sol y proyectaba su oscura sombra sobre la aterrada pareja padre e hijo.

Se trataba de la trabajadora nueva de los Pizza, aquella mujer tan alta y sombría que desde hacía unas semanas había estado trabajando en el establecimiento de al lado. Alguna vez la había visto pasando por su lado en la ciudad, pero parecía que era una mujer de pocas palabras, de manera que apenas habían intercambiado una o dos frases desde que la viera por primera vez. Ahora, se mostraba erguida a su lado, con los destrozados restos de su querido puesto de patatas a sus espaldas, mientras una oscura columna de humo ascendía por el cielo a medida que se unía al humo de la pizzería de al lado, en llamas. Su cuerpo, curiosamente, parecía fundirse con el humo del incendio, oscureciendo su aspecto a pesar del sol que les caía directamente encima. De su mano derecha, blanquecina y difuminada como si estuviera echa de vapor, colgaba la figura agazapada de Ronaldo, el cual parecía también estar hecho de humo. Al verlo en ese estado, temió que su hijo se hubiera vuelto un fantasma, mas su sorpresa duró poco, ya que de repente la mujer lo soltó, y Ronaldo volvió a la normalidad. Su cuerpo, físico una vez más, cayó sin mucho revuelo al suelo de culo, tal y como lo había hecho él antes.

La mujer, observándolos impasible desde las alturas, los agarró por el cuello de la camisa, y los puso de pie sin apenas esfuerzo. Mientras Fryman y Ronaldo seguían tratando de entender qué estaba pasando, la mujer los palmeó un poco en la ropa para quitarles el polvo, y cogiéndolos de la cabeza los obligó a mirar en dirección a la playa.

-Id allí. Es un lugar seguro. El pequeño humano de voz estridente os espera allí-dijo firmemente, sin esperar respuesta alguna. Mirando por encima de su hombro, contempló sin mucho interés la destrozada tienda, y se volvió hacia Fryman-…Y siento lo del edificio.- Dicho esto, la mujer salió despedida por el aire, dejando atrás una pequeña columna de humo negro que en seguida se dispersó con el viento. Sobrevolando la ciudad como una flecha neblinosa, pronto la mujer se perdió de vista, dejando atrás a unos boquiabiertos padre e hijo.

-… ¿Qué…?-alcanzó a decir Fryman, cuando de repente el abrazo de su hijo se intensificó.

-¡Papa! ¡Lo logramos, estamos vivos! ¡AHJAJAJAJA!-rió dichoso Ronaldo, con lágrimas en los ojos, mientras zarandeaba a su padre loco de la alegría. A pesar de no acabar de entender lo que había pasado, Fryman no pudo sino reconocer que la alegría de su hijo no era para menos.

-Sí, tienes razón-comentó él con una sonrisa en el rostro, llorando de alivio al saber que Ronaldo estaba bien. Se sentía contento por estar vivo…pero nada superaba al saber que Ronaldo ya no corría peligro-. Venga, vayamos a la playa. Tu hermano debe de estar muerto de preocupación.

A pesar de los temblores, Fryman padre e hijo echaron a correr en dirección a la playa, siguiendo la visión del resto de vecinos y amigos que ya se encontraban reunidos allí. Mientras sus dos hijos se reencontraban y se daban un abrazo entre lagrimas de alivio, Fryman padre no pudo evitar sino volver su vista en dirección a la ciudad, como si aún pretendiera atisbar las sombras que aquella misteriosa mujer dejó a su paso.

¿Quién demonios era, en realidad?


Los temblores duraron aproximadamente unas dos horas y media. En ese plazo de tiempo, Beach City sufrió grandes daños a nivel estructural.

Numerosos negocios y viviendas sufrieron daños a causa de las violentas sacudidas, algunas llegando incluso a desplomarse cuando sus cimientos se dañaron y cedieron. Se iniciaron algunos fuegos localizados a causa de los conductos del gas dañados y a los destrozos ocasionados por el terremoto, si bien por suerte no llegaron a extenderse demasiado. Las farolas y señales de la ciudad cayeron al suelo, el cual se había agrietado por todas partes como la piel de una fruta demasiado madura, junto a cualquier pieza de mobiliario urbano que no hubiera estado lo bastante sujeta como para resistir aquel repentino acontecimiento. Los socavones se habían tragado numerosos vehículos, abandonados por sus dueños, y habían inclinado uno o dos edificios. Sin embargo, y a pesar de los destrozos generales, no hubo que lamentar la pérdida de vidas humanas. Heridos, tal vez, pero ningún muerto.

¿La razón? Obsidiana.

La sombría Gema, tras salvar a los Fryman haciéndoles atravesar los escombros de su tienda con sus habilidades de cambio de fase, había estado sobrevolando la ciudad, yendo de una punta a la otra rescatando ciudadanos y dirigiéndolos a la playa. Sacó a ciudadanos de edificios en ruinas, escoltó a grupos de supervivientes, e incluso cargó con personas que no podían moverse sin dificultad alguna, llegando a llevar hasta a cuatro personas a la vez. Los médicos y servicios de emergencia no tardaron en llegar de las ciudades vecinas, apoyando a los servicios locales en su misión de salvar cuantas vidas pudieran. El cuerpo de bomberos agradeció especialmente la participación de Obsidiana, ya que ella sola valía casi tanto como el equipo de entrenados especialistas, lo cual duplicaba la ayuda que podían prestar a los habitantes de Beach City. Con el fin del terremoto, la misión de rescate se facilitó y en cuestión de una hora todo el mundo estaba a salvo en la playa o a las afueras de la ciudad, ya que algunos quedaban tan alejados de la playa que hubieran tenido que atravesar toda la ciudad para llegar a ella, un plan poco práctico que obligó a abrir un segundo punto de reunión.

Una vez los temblores cesaron, Obsidiana inició su regreso a la playa mientras sobrevolaba la ciudad con sus poderes. La destrucción ocasionada era bastante grave, pero no parecía nada que no se pudiera reconstruir. Pocos edificios se habían derrumbado, y si bien el suelo presentaba numerosas grietas y desniveles ahora, la cosa podía haber sido mucho peor de lo que había sido. En pocos minutos, Obsidiana aterrizó sin más problemas en la arenosa costa, siendo recibida por una aliviada Nanefua.

-¡Nuada!-exclamó la anciana, al verla llegar. Muy para sorpresa de Obsidiana, esta la abrazó de improviso en la pierna, incapaz de llegar más arriba-. ¡Estaba muy preocupada por ti! Al ver que no volvías… Luego supe que has estado ayudando a todo el mundo. ¡Bien hecho!

-Ehm…gracias…-murmuró Obsidiana, sin saber bien como responder, mientras desviaba algo incomoda su mirada a un lado-. Tampoco ha sido para tanto. Ha sido…un impulso.

-Aún así, has ayudado a salvar muchas vidas. Dices que no ha sido para tanto, pero todos a los que has ayudado hoy recordaran este día y lo que has hecho por ellos. Ahora mismo, a sus ojos y a los míos eres una heroína.

Obsidiana no sabía qué sentir al ser llamada heroína. Durante toda su vida había sido llamada muchas cosas: error, aberración, fracaso, asesina, monstruo,… Nunca antes nadie la había reconocido por hacer algo, ya fuera una orden o una decisión suya. El ver que alguien apreciaba lo que había hecho… la hacía sentirse rara por dentro. No mal, sino rara. Sus mejillas, pálidas, se volvieron más oscuras cuando un rubor las ocupó, sus ojos abiertos de incredulidad ante semejante situación, nunca antes vivida por la sombría asesina de Gemas.

-Bueno, yo… tengo que irme-se apresuró a decir Obsidiana, separándose algo de Nanefua. A pesar de la diferencia de alturas y fuerzas, la verdad era que de repente Obsidiana deseó poner algo de distancia entre ella y la diminuta anciana-. Tengo…esto…

-Sí, tranquila, no pasa nada-le aseguró Nanefua, asintiendo con la cabeza-. Ya has hecho bastante por nosotros. Ahora es nuestro turno de ayudar-aseguró, palpándose el bíceps con expresión decidida-, tu ve a hacer lo que tengas que hacer. Luego, pero, insisto en que vuelvas, porque habrán muchas otras personas que querrán darte las gracias en persona.

Obsidiana no parecía demasiado entusiasmada ante la idea de recibir más halagos y muestras de aprobación por parte de otros. Solo de imaginárselo, Obsidiana puso cara de incomodidad, si bien no pudo evitar que el rubor grisáceo de sus mejillas se ampliara. Con un gruñido que vagamente podía interpretarse como un sí, Obsidiana echó a volar por el cielo en dirección a la colina donde, esperaba, se encontraría con las Gemas de Cristal.

Si el temblor había cesado, significaba que habían detenido la aparición del Clúster.

Había llegado la hora de saldar un par de cuentas.


Mientras tanto:

-¡Lo conseguimos!-exclamaron Peridoto y Steven, ambos recién salidos de los restos humeantes de su taladro, mientras se abrazaban entre expresiones de alegría.

Habían conseguido lo impensable: detener el Clúster…sin destruirlo. Al principio, Steven se había mostrado inseguro ante aquella situación, en parte por el hecho de que, a diferencia de las otras ocasiones, no contaba con la presencia de las Gemas de Cristal a su lado. Si bien Peridoto parecía decidida a ayudar a la Tierra, Steven no podía evitar sentirse inquieto ante la posibilidad de fracasar y condenar a todo el planeta a su segura destrucción. Los temblores lo habían asustado más que su anterior batalla con Malaquita, y su largo viaje en dirección al Clúster no había ayudado a calmar sus nervios: un largo viaje hacia las profundidades de la Tierra, encerrado durante horas en un pequeño espacio metálico mientras trataba de no pensar en lo que le esperaba, ni en lo que podía estar pasando en la superficie. Solo la presencia de Peridoto le permitió mostrarse seguro y continuar con su misión, ya que sentía que debía darlo todo no solo ya por emular el valor que estaba mostrando su verdosa amiga, sino porque se lo debía a sus otros amigos y familiares, las Gemas de Cristal y su padre. Si fracasaba… No, él no iba a fracasar. Salvaría el planeta, y no había otro posible desenlace.

Finalmente, tras alcanzar el Clúster, se había desanimado ligeramente al comprobar cuan masivo era. Realmente era una visión inquietante el ver tantos fragmentos juntos, aunque nada podía compararse con las inquietantes visiones, los espantosos aullidos y el punzante dolor de cabeza que lo estuvo atormentando mientras Peridoto hacía cuanto podía por atravesar las defensas del Clúster con el taladro. Sus progresos eran nulos, y el taladro se fue desintegrando mientras ambos hacían cuanto podían por vencer en tan desesperada situación. Con solo un taladro restante, Steven se había abrazado a Peridoto cuando vieron que el Clúster amenazaba con tragárselos, creyendo que habían fracasado y que aquello iba a ser su fin.

Pero no todo estaba perdido. Sin saber muy bien como, Steven había conseguido conectarse a la dispersa mente del Clúster, semejante a una galaxia infinita de pequeñas lucecitas que gritaban y suplicaba que alguien las encontrara en aquel basto universo de oscuridad. A pesar del miedo, Steven trató de ayudar a cuantas voces encontró, demostrándoles que no tenían por qué estar solas, ya que a su alrededor tenían a cuantas amigas y compañeras podían necesitar. Juntos, evitaron que siguiera expandiéndose al unir sus fuerzas para generar una gigantesca burbuja que acabó conteniendo el crecimiento del Clúster, poniéndolo a dormir de nuevo mientras los fragmentos que lo formaban encontraban consuelo los unos en los otros.

Resumiendo: todo había acabado bien, al final… o al menos así pensaba Steven.

Justo entonces, Perla y el resto aparecieron en el portal más cercano, con una inconsciente Lapis en brazos de Granate. No parecían heridas, de manera que Steven se alegró mucho de verlas de vuelta. Corriendo hacia ellas, justo cuando iba a explicarles lo que había pasado…

…Obsidiana cayó desde el cielo, aterrizando con una rodilla apoyada en el suelo mientras miraba fijamente al grupo de las Gemas de Cristal.

Al verla, Granate y el resto corrieron a posicionarse entre ella y Steven. Lapis fue dejada junto a Steven y Peridoto, esta última medio escondida tras Amatista mientras miraba aterrada a Obsidiana. Con las prisas por resolver el problema del Clúster, ni se le había pasado por la cabeza lo que pasaría si Obsidiana se enteraba de que no solo había desafiado las órdenes de un Diamante… ¡sino que encima lo había insultado a la cara! Bueno, en realidad sí que se lo imaginaba: un disparo a la frente, BUM, y adiós Peridoto.

La idea no le acababa de gustar demasiado.

-¡Obsidiana!-exclamó Steven al verla aparecer.

-Imagino que los temblores de antes fueron causados por el Clúster. ¿Debo suponer, pues, que habéis tenido éxito en su destrucción?-preguntó inquisitiva Obsidiana. Su mirada amenazadora provocó que Granate y el resto afianzaran su posición, preparadas para la lucha que seguramente tendría lugar de un momento a otro. Steven, por su parte, se limitó a caminar hacia ella con paso animado.

-No, pero no pasa nada, lo hemos resuelto de otra manera.

-¿Otra manera?

-Sí. El Clúster no quería destruir la Tierra, solo quería algo de compañía. Así que le he hecho darse cuenta de que tiene a su alrededor cuanta compañía pueda necesitar, y ahora mismo deben de estar charlando todos en la burbuja en la que se metieron-explicó sonriente Steven. Obsidiana, sin acabar de entender, se limitó a arquear una ceja mientras fingía que la explicación de Steven le había aclarado algo el asunto.

-…entiendo. Así pues, problema resuelto, el Clúster ya no va a matarnos a todos. ¿Cierto?

-¡Exacto!-exclamó Steven, levantando los brazos en señal de victoria.

-Así pues, ya no es necesaria la tregua-razonó Obsidiana, materializando sus trabucos y provocando que Perla y las demás también sacaran sus armas. Steven, al verlas listas para pelear, se dio cuenta enseguida del lio en el que estaban.

-¡No, espera…!-quiso decir, tratando de parar a Obsidiana. La mirada de esta, fija en las tres Gemas de Cristal de delante de ella, se recrudeció mientras agarraba firmemente las empuñaduras de sus armas.

-No, no esperaré más. He permitido que hagáis lo que queráis demasiado tiempo. Ahora…es momento de saldar cuentas-dijo sombríamente Obsidiana, alzando sus trabucos mientras apuntaba a sus enemigas. Sin perder un instante, Granate se posicionó al frente con sus guanteletes por delante, formando un escudo para Perla, que apuntó con su lanza por encima del hombro de Granate en dirección a Obsidiana, y a Amatista, que agazapada a un lado parecía cubrirse con la pierna de Granate mientras preparaba su látigo para atacar. Peridoto, por su parte, corrió a esconderse tras los restos del taladro, arrastrando tras de sí a la inconsciente Lazuli-. Peridoto, deja en paz a esa Lazuli y ven aquí. Tenemos que contactar con el Planeta Natal e informarles de lo sucedido.

-Ehm…-dijo Peridoto, a medio camino de esconderse. Su mirada indecisa parecía alternarse entre Obsidiana y las Gemas de Cristal, como si no supiera bien qué decir por miedo a enfadar a alguno de los dos grupos. Gruesas gotas de sudor empezaron a caer cómicamente de su frente, temblando de arriba abajo ante las posibles consecuencias que sus siguientes palabras pudieran acarrear-…bueeeenoooo… La verdad es… que ya me he puesto en contacto con el Planeta Natal…

-¿Qué?-dijo Obsidiana, visiblemente sorprendida. No parecía notar la mirada nerviosa de Peridoto, demasiado centrada como estaba en controlar al resto de posibles amenazas-. Bien, de acuerdo. Imagino que habrás pedido refuerzos, y les habrás dicho que…

-Yo…yo…-empezó a decir Peridoto, tratando de reunir el valor necesario para decir lo que pensaba realmente. Le había costado en presencia de Diamante Amarillo, pero recordaba con claridad el subidón que sintió cuando se atrevió a gritarle a su querido Diamante, cuando le plantó cara e intentó que este le escuchara. Recordaba también el desastre subsiguiente, pero ese era un detalle del cual Obsidiana no tenía por qué enterarse-… yo…no voy a volver al Planeta Natal.

Tras la noticia, Obsidiana pareció no reaccionar durante unos tres o cuatro segundos. Después, lentamente, miró fijamente a Peridoto, quien se sintió petrificada ante la mirada suspicaz de la asesina. Las armas de Obsidiana, pero, seguían apuntando a Granate y al resto.

-… ¿qué…has…dicho?-preguntó lentamente Obsidiana. Peridoto, tragando saliva, se obligó a si misma a encarar a la mortífera guerrera.

-Yo…hablé con Diamante Amarillo. Traté de explicarle…que este planeta tiene mucho que ofrecer, mucho más que si simplemente se terraformara para convertirlo en una colonia. Las formas de vida que en él se encuentran no son para nada como el resto de seres de la galaxia. ¡El Planeta Natal podría beneficiarse tanto de…!

-¿Te pones en contacto con el Planeta Natal, tras haber perdido la nave, ser atacada por rebeldes, separada de tu grupo y en compañía de una banda de rebeldes…y eso es lo primero que le dices a tu Diamante?-preguntó arqueando una ceja Obsidiana, con evidente irritación en su manera de decirlo. Por instinto, Peridoto asintió sin pensárselo demasiado-…eres una idiota. Necesitamos refuerzos y un transporte, no…lo que sea que buscabas obtener con ese informe. Por lo menos dime que nos van a enviar ayuda…-suspiró Obsidiana, como si no acabara de creerse la estupidez de Peridoto. Esta, si bien seguía nerviosa, sintió como parte de ese miedo se convertía en enfado, lo cual le dio el empuje necesario para seguir hablando.

-No…no van a enviar a nadie a ayudar… porque…

-Que… ¿no van a enviar a nadie?-preguntó incrédula Obsidiana-. ¿Estás de broma? ¿Pero acaso le explicaste a Diamante Amarillo nuestra situación? Un planeta con Gemas rebeldes en él, y deciden no enviar a nadie… ¿Se puede saber cómo puedes ser tan inútil que ni eso puedes hacer bien? ¡Estúpida Peridoto!-gruñó Obsidiana, y Peridoto sintió en aquel instante como algo dentro de ella se rompía, como si algo que hubiera estado siendo contenido desde hacía mucho tiempo de repente se hubiera desbordado como una riada. Tal vez sintiera miedo de Obsidiana, tal vez el saber las muchas Gemas que habían caído ante ella la intimidara como pocas cosas lo habían hecho en su vida… pero el que ella se atreviera a llamarla estúpida… ¡precisamente ella!... hablando de cosas que no entendía… Esa… ¡esa!...

Apretando los puños, dio un paso en dirección a Obsidiana, y por primera vez no sintió miedo de la oscura Gema.

-¡No te atrevas a llamarme estúpida, so…pardilla!-gritó Peridoto sorprendiendo a Obsidiana y al resto, más a Obsidiana porque realmente no se esperaba aquel arrebato por parte de la pequeña Gema-. ¿Que si le expliqué a Diamante Amarillo nuestra situación? ¿Realmente crees que no lo hice? ¡Pues mira, sí que lo hice, y además le dije un par de cosas muy interesantes también! Le hablé de lo que había aprendido en este planeta, de lo mucho que nos podría beneficiar mantenerlo como estaba y deshacernos del Clúster… pero no quiso escucharme. ¿Tienes idea acaso de lo que intentaba hacer cuando le dije a Diamante Amarillo que este planeta merecía ser defendido, no destruido? ¡Claro, por supuesto que no! Solo eres una Gema defectuosa y desquiciada que disfruta rompiendo Gemas y gruñéndole a todo el mundo. "¡Grrrr, soy Obsidiana! No me gusta nadie, y odio a todo el mundo…"-dijo Peridoto, imitando muy burdamente a Obsidiana. Steven contempló aquel arranque de ira sorprendido, y algo espantado por cómo podría reaccionar Obsidiana. Sin embargo, al mirarla, Steven solo vio que observaba a Peridoto con los ojos abiertos de par en par, evidentemente sorprendida e incapaz de reaccionar-. ¿Pues sabes qué? ¡NO ME IMPORTA! No me importas tú, no me importa la misión, ¡NI SIQUIERA ME IMPORTA YA DIAMANTE AMARILLO! Yo solo quería que me escuchara, que tratara de entender,… ¡pero ni siquiera se dignó a hacerlo! Desdeñó mi opinión y mis observaciones, me trató como si no existiera… ¡Ah, y por cierto, ella apenas te mencionó! ¡Sí sí, como lo oyes, ni siquiera preguntó por ti! Preguntó por Jaspe, por el Clúster… Incluso preguntó por la nave, pero por ti no. Me dijo si habías caído en combate, y cuando le dije que no, pasó a otro tema, para que veas cuanto le importas. Por si acaso no lo has entendido, porque eres tan tonta… ¡es que no le importas, del mismo modo que yo no le importo! Así que por eso no puedo volver al Planeta Natal, por eso me voy a quedar aquí, en la Tierra, como una Gema de Cristal… Porque yo llamé pardilla a un Diamante a la cara… ¡YO, PERIDOTO, LLAMÉ A DIAMANTE AMARILLO PARDILLA A LA CARA! ¿TE ENTERAS, PARDILLA DE SEGUNDA? ¡YO! ¡LA LLAMÉ! ¡PARDILLAAAAA!

Tras el último grito de Peridoto, esta empezó a boquear para recuperar el aliento. Había estado gritando casi sin pararse a respirar, pero por alguna razón se sentía extrañamente aliviada, como si se hubiera quitado de encima un peso que hubiera estado guardando dentro del pecho. A su lado, Granate y las demás la observaban boquiabiertas, e incluso Steven parecía sorprendido por el exabrupto de Peridoto. Y Obsidiana… ¡OBSIDIANA!

Justo en ese momento, al mirar la cara anonadada de Obsidiana, Peridoto fue consciente de lo que había hecho. Acababa de gritarle…a la asesina más letal del Planeta Natal… ¡y la había llamado pardilla como dos o tres veces! ¿Pero qué demonios le pasaba últimamente? Primero fue Diamante Amarillo, ahora había sido Obsidiana… Lo siguiente ya sería llamar pardilla a Jaspe, una situación que le arrancó un escalofrío a la verdosa Gema. Aterrada de repente, temblando de pies a cabeza, Peridoto esperó nerviosa a que Obsidiana dijera o hiciera algo. Con los ojos fijos en ella y la boca medio abierta, parecía que la asesina se había quedado sin palabras. Sus brazos bajaron los trabucos hasta posicionarlos paralelos a su cuerpo, mirando aún con expresión incrédula a Peridoto.

-… ¿tú…?-empezó a decir Obsidiana, apenas un hilo de voz-… ¿tú has llamado…"pardilla"…a un Diamante?-El tono de voz de Obsidiana reveló una parte de incredulidad, y otra de sorpresa, como si no supiera si Peridoto le estaba diciendo la verdad o no. Una vez más, por instinto, Peridoto asintió antes de que pudiera controlarse-…has llamado pardilla a un Diamante…-repitió Obsidiana, como si se le hiciera raro el oir esas palabras en concreto juntas en una misma frase.

-…sss… ¿sssí?-alcanzó a decir Peridoto, medio encogida, mientras esperaba el que seguramente fuera su inmediata y certera ejecución. ¿Por qué le había confesado aquello a Obsidiana? Vale que la hubiera llamado estúpida, y no le hubiera gustado nada,… ¡pero ahora sí que la había hecho buena!

Había oído las historias, como todos. Obsidiana había tumbado a Gemas mucho más fuertes que ella en numerosas ocasiones, llegando incluso a destruir ella sola colonias enteras según la voluntad de Diamante Azul. Una vez, había oído Peridoto, interceptó ella sola una nave de batalla, destruyéndola sin más armas que sus propias manos. En otra ocasión, torturó a un Ágata durante horas por simple diversión, disparándole una y otra vez sin llegar a romperla nunca. También había oído que se las había visto con fusiones de dos o más Gemas, derrotándolas cuando lo normal hubiera sido que hubieran barrido el suelo con ella. Siempre era igual: Obsidiana alcanzaba la victoria de alguna manera, ya fuera siendo más fuerte o mediante sus peculiares habilidades que nadie más parecía tener… y siempre sembrando la semilla del miedo y el temor en el interior de las oyentes de dichas historias, ninguna de las cuales deseaba convertirse en el centro de atención de tan peligrosa Gema. Y ahora, por su maldita boca, había conseguido acaparar única y exclusivamente la atención de Obsidiana.

Estaba tan muerta…

-…pf…pfff…-oyó decir Peridoto a Obsidiana, fijándose entonces en su expresión facial. Con la cabeza gacha, los hombros de Obsidiana habían empezado a temblar en lo que Peridoto había creído que sería un estallido de ira asesina. Sin embargo, al mirarla a la cara, Peridoto vio algo que jamás se hubiera esperado ver en la cara de tan peligrosa Gema: ojos cerrados, mejillas hinchadas…y una boca medio cerrada que hacía cuanto podía por contener la risa. Finalmente, con una sonora carcajada, Obsidiana dejó de contenerse-. ¡AHJAJAJAJAJA! ¡TÚ, has llamado…pardilla…a un Diamante! ¡Jajajajajaja!-rió Obsidiana, doblada por la cintura mientras se sujetaba los costados con las manos, sus trabucos descartados en el suelo. Steven y las Gemas, boquiabiertos de nuevo, vieron como la oscura Gema temblaba de pies a cabeza mientras reía incontrolablemente, doblándose como si le costara mantenerse de pie. Finalmente, Obsidiana acabó por caer al suelo, sujetándose el estomago mientras pataleaba entre carcajadas. Un par de lágrimas escaparon de las comisuras de sus ojos, mientras golpeaba con el puño en el suelo.

-Ehm…Obsidiana-preguntó tentativamente Steven, quien para nada se había esperado semejante desenlace-… ¿estás bien?

-¡Ojojojo, jajajajaja! ¡Sí…! Sí, estoy…estoy bien. Es que… ¡AJAJAJAJA, ES TAN ABSURDO…! Una Peridoto, llamando pardilla a Diamante Amarillo… ¡PARECE MENTIRA!-exclamó Obsidiana, tumbada bocarriba, mientras se revolvía en el suelo entre risas. Peridoto, sin saber que decir, se quedó quieta en el suelo mientras Obsidiana seguía partiéndose de risa-. ¡Es tan…es tan bizarro…! Solo de imaginármelo… ¡NO PUEDO PARAR DE REIR!

-Entonces… ¿no estás enfadada? No me malinterpretes, me alivia ver que te lo tomas con tanto…humor, pero…-comentó Peridoto, algo desconfiada.

-Oh, no lo malinterpretes -consiguió decir Obsidiana, limpiándose las lagrimas de los ojos-. Esto es solo porque a quien insultaste fue a tu Diamante, no al mío. Si me hubieras dicho que habías llamado pardilla a Diamante Azul, te aseguro que no te hubiera dejado completar la siguiente frase.- A pesar del tono divertido y la sonrisa de Obsidiana, la velada amenaza de esta puso los pelos de punta a Peridoto, que se quedó rígida al imaginarse la situación-. ¡Vaya…! Fiu… No recuerdo la última vez que me reía tanto…-comentó Obsidiana, tendida en el suelo algo más recuperada. Granate y las demás, ante semejante imagen, bajaron sus armas y miraron algo sorprendidas a Obsidiana. Sinceramente, todas creían que Obsidiana iba a romper a Peridoto, no a reírse-. Bueno, hora de romperte.- Todas volvieron a alzar sus armas cuando Obsidiana, tras ponerse de pie, sacó sus trabucos casualmente y apuntó con ellos a Peridoto, quien soltó un gemido de espanto y trató de esconderse tras el taladro.

-¡No, no lo hagas!-exclamó Steven-. ¿Por qué? ¿No te estabas riendo hasta hacia un momento?

-Sí, de lo absurdo que era que una simple Peridoto se hubiera atrevido a desafiar a un Diamante-comentó Obsidiana, sin sonreír ya-. Pero como ella misma ha dicho, ahora es una Gema de Cristal. Es una traidora que ha desafiado a los Diamantes, y ha de pagar por ello.

-Si crees que te lo vamos a permitir-dijo Granate, dando un paso al frente-, es que no sabes realmente con quien te metes. Peridoto llevará poco tiempo con nosotras, pero ha luchado para defender este planeta y a nosotras. Ahora es de las nuestras, de nuestra familia, y lo daremos todo por defenderla.

-¡Exacto! Peridáctilo no se va a ninguna parte, y mucho menos con una boba como tu-añadió Amatista, sacando pecho sonriente.

-Esta es una lucha que no puedes ganar, Obsidiana-dijo Perla, mirando fijamente a su enemiga-. Te sugiero que te retires, si sabes lo que te conviene.

Obsidiana le sostuvo la mirada a las Gemas que osaban desafiarla, centrando sobretodo su atención en la mirada de Perla. Ambas habían expuesto lo que pensaban en su último encuentro, pero ninguna de las dos había olvidado lo que la otra había hecho, y seguían odiándose como las acérrimas enemigas que eran. Perla sabía que la lucha contra Obsidiana sería dura, pero no mentía al decir que compartía completamente la opinión de Granate y Amatista respecto a Peridoto. Seguía desconfiando un poco, pero a la luz de los recientes acontecimientos, la verdad era que tenía que admitir que realmente estaba haciendo un esfuerzo por cambiar, por adaptarse a la Tierra y ser una de ellas, y ese valor y dedicación había que reconocérselos.

Steven, por su parte, se limitó a permanecer frente a Obsidiana, mirándola algo inquieto sin saber qué era lo que a la oscura asesina le podía estar pasando por la cabeza. La mirada de esta se desvió entonces hacia él, mirándolo fijamente a sus brillantes ojos que parecían suplicarle que no lo hiciera, que no rompiera a Peridoto. A pesar de su expresión seria y su ceja arqueada, Steven siguió mirándola con ojos suplicantes hasta que vio como Obsidiana suspiraba y tiraba sus trabucos al suelo.

-Tienes razón, por mucho que me duela coincidir con una Perla-comentó con tono de fastidio Obsidiana-. No me conviene tener esta lucha ahora mismo. Estoy en desventaja, así que de momento me retiraré. Aún tengo un par de cosas de las que encargarme, y no tengo tanto tiempo como para malgastarlo con vosotras. Pero oídme bien: esta será la última vez que me retire-señaló Obsidiana-. La próxima vez, y creedme que habrá una próxima vez, acabaré el trabajo cueste lo que cueste… y nadie se interpondrá entre mi objetivo y yo-dijo, mirando con aquellas últimas palabras a la aterrada Peridoto, quien volvió a ocultar su cabeza tras el taladro.

-Gracias, Obsidiana-dijo Steven, alegre al saber que no iban a pelear, como si la velada amenaza de Obsidiana no le preocupara. Abrazando a la oscura Gema por las piernas, esta sintió retornar el rubor que Nanefua le hizo sentir, aún poco acostumbrada a que nadie le mostrara afecto físicamente. Incomoda, apartó a Steven con el pie, sin hacerle mucho daño, y miró fijamente a las Gemas de Cristal.

-La ciudad ha sufrido muchos daños-explicó-. Imagino que os interesará ir a ver si podéis hacer algo. ¿No se supone que sois las guardianas de este planetucho?- Después, dándose la vuelta, Obsidiana empezó a descender por la colina.

-¡Obsidiana!-la llamó Steven-. ¿Por qué no vienes con nosotros? Realmente nos vendría bien tu ayuda para…

-¡Ni de broma! ¿Te crees que voy a ayudaros, malditas Gemas de Cristal?-gritó Obsidiana, repentinamente cabreada.

-Pero…la ciudad… nuestros amigos…

-Yo no tengo amigos, y me importa bien poco la ciudad o los humanos que viven en ella. Id y haced lo que os dé la gana-declaró Obsidiana, echando a volar antes de que nadie pudiera decirle nada.

Steven contempló abatido como Obsidiana se alejaba de allí por segunda vez, una vez más fracasando en su intento de congraciarse con ella e intentar así que se pasara a su bando. Lo bueno era que habían evitado que Obsidiana les atacara, pero sabía bien que ese era solo un arreglo temporal. Dentro de no mucho, se tendrían que ver las caras, y no había nada que el joven niño humano pudiera hacer de momento para evitarlo. Sintiendo una mano sobre su hombro, se giró para así encontrarse rodeado por las otras Gemas de Cristal, que le sonreían con gesto conciliador. Incluso Peridoto estaba allí, mirando silenciosa como Obsidiana se alejaba.

-Fiu, de que poco… Esa maldita loca realmente va a acabar conmigo un día de estos, ya sea por un disparo o por el estrés-comentó Peridoto, algo más aliviada y decidida ahora que Obsidiana ya no la podía oir.

-No lo entiendo. Creí que le gustaba la ciudad-comentó Steven-. Ha pasado tanto tiempo aquí, y sigue pareciendo como que no le importa nada nadie. Ni la pizzería, ni la gente de la ciudad… ¿Realmente no siente nada de nada?

-Oh, yo no estaría tan segura-comentó enigmática Granate, subiéndose ligeramente las gafas-. Algo me dice que Obsidiana podría no estar tan segura respecto a eso que ha dicho de lo que ella misma cree.

-¿Visión futura?-preguntó esperanzado Steven, con estrellitas en los ojos. Sonriendo, Granate le revolvió el pelo.

-Intuición, más bien. Venga, vamos. Tengo ganas de oir cómo resolvisteis tú y Peridoto lo del Clúster.


Si bien un poco corto para lo que es normal en mi, vamos cortando por aquí.

Una amiga me ha comentado que hago capítulos demasiado largos, así que en la medida de lo posible voy a intentar escribir como mucho unas 20 páginas para los capítulos más largos (aunque no prometo nada ;P).

Espero que os guste.

Chao, chao.