VII
—No podrán ir todos, Lexa. Tienes que hacer una selección para el festival—. Y es que no podía ser, no, no lo aceptarías, tus niños se habían esforzado muchísimo, les habías exigido como si de adultos se tratara y era jodidamente injusto.
—Pero todos se han preparado muchísimo, ¿cómo le digo a tantos niños que no podrán ir?— Ni siquiera te planteabas con seguridad el hecho de que alguno de ellos dejara de ir. Es que, era una locura.
Te sentaste, tus piernas dolían de lo inflamadas que estaban. La coordinadora se sentó a tu lado y suspiró cansada. Llevaban minutos en la misma discusión.
— Hay un margen, lo sabes, ¿no? — Y claro que lo sabías, te acababas de enterar, si te hubiesen dicho con tiempo, no estarías en esa situación… pero no, habían esperado hasta el último mes para avisarte del jodido margen. — De esta ciudad solo pueden ir ciento cincuenta niños.
Y ese era el problema, podían ir ciento cincuenta niños, y la cifra la habían dividido en dos partes iguales, cuando el otro coro no tenía ni un cuarto de la preparación que el tuyo.
—Mis niños están mejor preparados que los de él—. Mejor dicho, tus niños estaban preparados. Ella se arregló el cuello de la camisa de forma nerviosa y te miró fijamente a los ojos, en una guerra de miradas que no estabas dispuesta a perder. Resopló frustrada antes de responder:
—Y no lo dudo, pero hay que ser justos—. ¿Justicia? ¿En serio había utilizado esa palabra?
Se levantó, y se acercó al dispensador de agua, llenó un vaso… ofreció llevarte y lo rechazaste. En su mirada podías notar que la mujer pensaba que solo discutías por capricho. ¡Cuánta ceguera!
—Si fueras justa, Luna no utilizarías este tipo de selección—. Dijiste, sin medir tus palabras, ¡ya qué!, estabas que ardías en furia. ¡Joder, no era justo… no era para nada justo!
—Por favor, Lexa… sin ofensas—. Y todavía se atrevía a hacerse la ofendida, cuando no era solo tu trabajo el que estaba siendo menospreciado, sino el de todos tus niños.
—Es que lo tienes claro, no puedes poner a mis niños en el mismo saco que a los de él. Sabes de sobra que los míos están mejor preparados ¡Ensayamos hasta fines de semana, Luna, no me hagas esto!
Te levantaste, con dificultad, porque el que ella estuviera en pie te hacía sentir inferior, te hacía sentir que tu punto no sería escuchado igual.
—No te hago nada, son las normas. Solo podrás llevar a setenta y cinco niños.
Lo decía como si… como si ya no pudieras hacer nada. ¡Joder! Hasta te daban ganas de decir que o iban todos, o no iba ninguno. Pero no querías que el imbécil, y tenor, de Finn se saliera con la suya. No y no. Todos tus niños tenían que ir. Punto.
—Pero tengo ochenta y nueve, Luna, no puedo—. Respondiste, y ella notó en tu "no puedo" que no cederías. Se llevó las manos a la cabeza, intentado domar su cabello en una clara muestra de frustración.
—Tienes que hacerlo, y tienes una semana para entregarme la lista—. Su tono no daba lugar a reproches, pero no. Tú no te rendirías. ¡Les habías dicho que en un jodido coro todos eran importantes! ¿Con qué cara les dirías ahora que su esfuerzo había sido en vano?
—Deja que lleve a mis ochenta y nueve niños, por favor—, y no eras de las que suplicabas, pero la situación lo ameritaba. No era justo—él que lleve al restante, los que estén bien preparados… Es un vago, por Dios… ¡mis niños han trabajado muy duro!
—Lo siento, Lexa. Eso escapa de mis manos—. Y en su tono de voz se notaba que de verdad lo sentía; es que tenía que saberlo, ella tenía que estar al tanto de que el idiota ese era un bueno para nada.
—¿Y si hacemos algo para recaudar fondos? No sé…— Se te estaban agotando las ideas.
—Sabes que no es cuestión de presupuesto, además, eso implicaría trabajo extra. Y estás en reposo médico—. Y sí, maldito momento en el que viniste a enfermarte, si hubiese sido dos meses antes, ya estarías recuperada y en pleno uso de tus facultades.
—Reposo los cojones, ¿sabes lo duro que han trabajado mis niños?— Joder, si hasta habías buscado todo tipo de estrategias para que no les aburriera estudiar tantas piezas clásicas en tan poco tiempo. — Dame una audición… algo justo de verdad. El imbécil de Finn trabaja sólo dos días a la semana, sus niños no están en el nivel.
Ante lo dicho, el rostro de Luna se ensombreció, y su postura cambió de súbito a defensiva. Estabas traspasando la línea, Lexa.
—Un poco más de respeto por tus colegas estaría muy bien—. Y en su tono pudiste escuchar el llamado de atención, pero no te avergonzó, para nada.
—Un poco más de respeto hacia mi trabajo estaría mejor—. Replicaste, molesta, realmente enfurecida con ella, con el inepto de Finn maldito de cojones, perezoso, aprovechado, neandertal… y es que hasta sentiste que te subía la presión de solo pensar en él. Un pequeño mareo hizo acto de presencia, y perdiste el equilibrio por un momento. La coordinadora lo notó y te tomó del brazo guiándote al sofá de la sala de conferencias del conservatorio.
—Siéntate, Lexa—. Cambió su tono de voz a uno mucho más moderado, y te sentaste, porque de verdad te sentías mal. Ella permaneció en pie, mirándote sin saber cómo ayudar.
—Por favor, Luna—. Y desde la posición en la que estabas sonaba a súplica, pero nada más podías hacer. No tenías más cartas. El juego ya había terminado y habías perdido.
—Son niños, Lexa—. Dijo refiriéndose a los de Finn, y sí, entendías que eran niños, y que también estaban ilusionados por el jodido festival de los mil cojones, pero estos niños tenían la mala suerte de tener como profesor a ese subnormal que solo trabajaba por el jodido sueldo.
—Sé que son niños, los míos también lo son, y han sacrificado varios días de juegos por esto—. Por Dios, si hasta habían ensayado en fines de semana, ¿por qué no entendía? — No les hagas esto.
—No les hago nada—. Claro que les hacía mal, les enseñaba con esto que su jodido esfuerzo no valía la pena, les enseñaba que el jodido mundo era injusto, porque sí, entendías que aunque lo correcto era que fueran mitad y mitad al jodido festival, no siempre lo correcto era igual a lo justo y lo justo era que todos tus niños fueran. No podías elegir. No podías hacer una jodida lista.
Pero igual, decidiste no seguir replicando, no ganabas nada con eso. Te diste cuenta de que con ella era igual que gritarle a la pared, así que… dijiste tus últimas palabras acerca del tema:
—Dime que lo pensarás al menos, lo de la audición. Que vayan sólo los ciento cincuenta que estén mejor preparados.
Y ella respondió justo lo que esperabas. Y sabías que era un jodido «no».
—No prometo nada.
Y no… de verdad que no tienes ganas de levantarte y saludar al mundo que hoy en día se te dibuja. No tienes ni el más mínimo interés por pararte de esa cama. Por más que Raven diga que es una mañana hermosa, por más que insista en salir justo ahora. No.
—Vamos, Lexa… paseamos, compramos una que otra ropa bonita… y hasta te dejo entrar a la librería.
¿Pero qué dice? ¿Comprar más libros que quizás no vayas a terminar de leer? Si con la lista de pendientes ya tienes suficiente. Un montón de pendientes, y un tiempo limitado. Ni siquiera sabes si llegarás al lunes. Es que ya no sabes si te dializas para vivir o vives para dializarte. La diálisis de hoy fue un completo asco, terrible. Todo comenzó con la hipotensión, las máquinas sonando como locas… y la peor interrogante de todas: ¿dónde jodidos está Leandro?
Y sí, preguntaste a las enfermeras, y ninguna te supo responder, y de verdad te asusta que no haya ido hoy, te aterra, porque las sesiones de diálisis no se pueden perder.
Y joder, si algo le sucedió a Leandro, de verdad no hay esperanzas. A Leandro no, por favor. Aún recuerdas al señor Hugo, el anterior ocupante de la silla de diálisis que utilizaba Leandro; siempre llegaba antes que tú, iba trotando a la unidad de diálisis desde su casa, a pesar de su edad, utilizaba zapatillas deportivas y visera, tenía pinta de profesor de educación física. Siempre leía el diario durante las sesiones y al terminar, se iba solo, caminando.
Si había alguien que creías tenía esperanzas a pesar de la diálisis era él, pudiste haber jurado en ese entonces: que él sería uno de esos casos excepcionales que soportan hasta quince años con el tratamiento; pero el señor Hugo faltó a una sesión, y luego otra, y otra más… y cuando te enteraste de que no iba más porque ya no existía, no pudiste creerlo. No de él. No antes que tú.
Y ahora Leandro había faltado, y tu pensamiento viajaba hasta la peor de las situaciones, ¿pararte de la jodida cama cuando quizás él ya no se levantaría nunca más? No. Joder, no.
Raven entra nuevamente a la habitación y se sienta en la orilla de esta, toma uno de tus pies y empieza a hacerte cosquillas, a lo que tu reacción es colocarte en posición fetal. Resopla frustrada y se acuesta a tu lado.
—Hey… ¿te parece si traigo la tv y vemos una peli?— como respuesta, te colocas la almohada en la cara. Raven empieza a pasar con delicadeza su mano por tu espalda y te alejas al otro extremo, dejando tu espalda hacia el otro lado. Joder… ¿por qué le cuesta tanto entender un no?
Se sienta y por un espacio entre la almohada y la cama puedes ver cómo se empieza a quitar los zapatos, luego se van los calcetines… y joder, ¿¡qué jodidos haces, Reyes!?, empieza a quitarse la camisa… y ves su espalda desnuda. Tragas en seco.
—Si no sales de la cama justo ahora a darte una puñetera ducha, de preferencia, te juro, Woods que te abrazo sin nada de ropa.
Y empieza a quitarse los pantalones, ¿qué diablos hace esa loca? Porque de verdad está tostada tostadísima.
—¿Sabes que soy gay, cierto?— preguntas y ella se da la vuelta sonriendo, y joder… no sientes nada más que amistad por ella, pero no eres ciega y la Raven está como quiere.
—Claro que sé de tu extrema atracción hacia los fluidos vaginales y de esos yo tengo muchos—. Y la muy idiota se sube a la cama, quitándote la almohada de la cara y parándose con una pierna a cada lado de tu cuerpo. Cierras los ojos, pudorosa, porque joder… es Raven. — y es claro que esto está dando resultados.
Lo dice porque te habías negado a proferir palabra durante todo el tiempo que ella había estado insistiendo con que salieras de la cama.
—Entonces dime… o sales de la cama o te juro que me siento encima y te empiezo a hacer cositas— amenaza, y te colocas boca abajo en la cama, cogiendo otra almohada y poniéndola encima de tu cabeza.
Joder… es que no quieres salir de la cama, si ella no quisiera salir, no la obligarías, vale. ¿Por qué ella no podía respetar tu decisión?
—Déjame descansar, Rave—susurras mientras sientes cómo la muy imbécil coloca su cuerpo encima de ti, quitándote, nuevamente, la jodida almohada. Está loca. De atar.
¡Saca tus senos de mi espalda, Reyes!
—Lo haré cuando te levantes y comas algo—, y la muy tonta lo dice con la boca pegada a tu oreja, y en un tono que suena a todo menos a almuerzo. —o cuando te levantes y me comas—. ¡Joder con Raven! Literal, ¿cómo se atreve a hacerte esto? Se adhiere más a tu espalda tras decir esas palabras.
—¿Sabes que no tengo pene, verdad?— tienes que preguntar, para que la muy hormonal recuerde quién eres, porque conociendo a la Reyes, sabes que la muy tonta es tan hormonal que de estar cachonda en serio se jodería al cabecero de la cama, o a la esquina de la cama, o a el perchero, o al paraguas… o cualquier objeto al que pudiera verle forma fálica. Y es obvio que tú no tenías un jodido falo. ¡Gracias a Dios!
—Sí, pero también tengo curiosidad… ¿cuál era el nombre de la rusa esa a la que te follabas? La soprano esa del coro del Ejército Rojo—. ¡Oh, joder…, Costia!
—Costia.
—Sí, esa… no dejaba de hablar en los ensayos de lo bien que lo hacías, Woods, y bueno… no soy de piedra—. Y sabes que la muy tonta está bromeando, no por el hecho de que lo hacías mal… porque no, claro que no; sino porque estabas segura que su amistad no daba lugar a este tipo de atracción, de ninguna de las dos partes.
—Ya, Rae… en serio, sabes que yo sé que esto no llegará a ningún lado—. Acaricia tu cabello con suma delicadeza, colocándolo detrás de tu oreja.
—Ofendes a mi ego, Lex—. Dice, bromeando, y te da un beso en la mejilla.
—Vamos, cariño, ya es hora de que comas—. Insiste, impregnando su voz de toda la preocupación que intentaba camuflar; abres los ojos y su expresión te aprieta algo por dentro, ¿por qué te duele tanto que la alegría de Raven se vea afectada? Te rindes… aunque no quieras levantarte, tendrás que hacerlo.
—Dame una hora—. Pides, porque en serio no quieres salir de la cama y enfrentar la realidad, una realidad en la que quizás Leandro no exista más.
Sale de la cama en un movimiento rápido y la ves ir hacia el baño. Cierras los ojos, pensando que ganaste una hora más en la cama, pero Raven regresa con la jodida cesta de ropa sucia en sus manos.
—Situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas—. Dice, mientras te echa la ropa sucia encima. ¡Joder con Raven! Y no… no es literal—. Te espero en la cocina en veinte minutos, o te saco por el cabello de la ducha, Woods.
—Jódete mil veces, Reyes…— levantas la voz sentándote en la cama —tarada de los mil demonios—. Y sales de la cama, mientras la muy idiota se aleja riendo a carcajadas.
Habías terminado aceptando ir con ella. Era tan convincente que podrías afirmar que de estar inmersa en el mundo de la política tendría a todos comiendo de sus manos. Al final, sí habían ido a la librería y habías comprado una antología de Poe; pensabas en la cara que pondría Octavia al mirarla, y te sentirías avergonzada al ver su decepción si te importara la opinión de la morena acerca de las antologías.
Te la estabas pasando tan bien con Raven, a la que no le importaba para nada hacer el ridículo en público con tal de que rieras, que de seguro llegabas tarde a la cita con tu psicólogo, a pesar de que este la hubiese postergado hasta las 4:00 p. m.
Habían quedado en mirar una película después de la terapia, y estuvieron marcándole a Octavia varias veces; al principio había contestado alegando estar ocupada, con voz bastante sugerente, pero después esta había desaparecido, quizás montándoselo al más puro estilo Grey's Anatomy. Sí, tu simpatía por la morena había subido dos puntos después de esa confesión.
— ¿No te parece genial lo que anda haciendo Octavia?—Preguntas a Raven mientras colocas la luz de cruce para abandonar la autopista
— ¿Ignorar olímpicamente nuestras llamadas?—Su voz de no enterarse de nada te hace pensar en lo lenta que es a veces.
—No… ya sabes, montárselo y eso—. Y joder, que esto del tiempo sin sexo hasta empezaba a volverte mojigata de a poco, porque sentías tus mejillas arder cual infante al que le dicen: «los niños tienen pene y las niñas tienen vagina».
—Oh… ya. Eso de jugar a la fábrica de bebés justo al lado de la tienda—. Joder… y diciéndolo así de verdad asusta— ¿Eso sonó acojonante, verdad?
Acojonante es poco; estás segura que Raven a tu lado está pensando en lo mismo, en la responsabilidad de tener un mocosito propio, algo para lo que no estás preparada aún, y lo más probable, algo que nunca vas a vivir.
—Ni que lo digas—. Y no quieres seguir con el mismo tema, porque pensar en cosas que nunca vas a vivir es realmente deprimente. —Increíble que no tuvieras alguien con quien compartir fluidos corporales, en serio— vuelves al tema anterior, te sientes más cómoda con él.
—Ya supéralo, Lexa, a veces sucede—. Puedes notar por el rabillo del ojo cómo empieza a arreglar su cabello mirándose en el espejo del auto. Están a nada de llegar a tu terapia.
—Pero es tu día libre en el sinfónico, se supone que bueno… tú sabes lo que se supone— y no, en serio, tienes que curarte la mojigatería, es que estás a nada de anotar en tu agenda uno o dos vídeos subidos de tono, porque abochornarse por nada ya es cruzar la línea.
—Entiendo que pienses que a mí no puede sucederme, pero hasta las deidades tienen días libres—, levantas una ceja ante el hecho de que se autoproclamara diosa, Raven no ve el gesto—ya sabes, si al octavo día Dios descansó… yo también puedo, ¿no?
—Séptimo— corriges como toda una teófila, sí, lo del porno va de fijo hoy.
— ¿Cómo?— te estacionas y apagas el auto.
—Que al séptimo día Dios descansó, tonta—. Bajan del auto, y comienzan a caminar hasta el edificio.
La verdad, esto de Kane no ha estado tan mal, omitiendo lo del moco, realmente crees que esto del psicólogo no ha ido como esperabas.
—Ya… ya entendí— y se queda viendo al vigilante con de arriba hacia abajo sin disimulo. —No tiene aguante el viejito, ¿verdad? —y no le das importancia a su blasfemia, cuando la ves guiñarle un ojo al hombre frente al edificio antes de pasar por la puerta rotatoria.
—Lo que sé es que a ti no hay quien te aguante—Raven te abraza del hombro mientras ríe. Te encanta la facilidad que tiene para reír, así que la sonrisa te sale de forma natural.
—Ese es tu cariño hablando—, y aunque no lo admitas, está claro que en lo del cariño tiene toda la razón. La quieres demasiado— ¿qué se supone que hagamos ahora?
—Pues… vamos a la sala de espera y esperamos—y hablas con una de las mujeres que se ha calado cuatro horas de diálisis en una sala de espera por poco más de dos años.
—Qué lata— y aunque le estrese, está ahí para ti, y no puedes evitar amarla un poquito más.
La tomas de una mano, lo que la hace detenerse y voltear a mirarte con extrañeza, y la arrastras a tu cuerpo en un abrazo algo torpe que ella no duda en devolverte.
—Gracias— susurras en el abrazo y ella lo hace más fuerte— gracias por todo lo que has hecho por mí.
—Ya sabía yo que mi desnudo de temprano había impactado—dice la muy imbécil y no puedes evitar darle un pequeño golpe en la nuca— ¡Auch! ¿El golpe va porque no te bailé esta mañana? — te separas un poco de su cuerpo, y ves la sonrisa pícara en sus labios.
—Ya sabía yo que tu gilipollez no tenía límites—. Pero, a pesar de tus palabras le sonríes de vuelta.
—Vamos, no puedes negar que te encantó lo que viste—. La sonrisa termina por desaparecer, sí, Raven es muy guapa, lo sabes, ella lo sabe también… pero no vas a seguirle el juego admitiendo sus gilipolleces.
— ¿Podrías simplemente aceptar mi agradecimiento y ya?— Intentas separarte de su cuerpo y seguir caminando hasta las sillas, pero ella se aferra con más fuerza a ti.
—Podría, pero no quiero. Porque no he hecho nada por ti que tú no hubieses hecho por mí—. Y claro que hubieses hecho lo mismo por ella, pero eso no implica que tu agradecimiento sea menos sincero.
—Gracias— repites, porque eres bien cabezota y quieres que le quede claro.
—Ya déjalo—. Y la respuesta queda en el aire cuando sientes detrás de tus rodillas una colisión a toda velocidad, lo que te hace gritar y empujar a Raven, quien pierde el equilibrio y cae de trasero al suelo. Los bracitos rodean tus rodillas, y no puedes evitar sentir ternura al imaginar de quién son, aunque el hecho de que su cara casi esté en tu trasero te resulta perturbador. Tomas una de sus manitos y haces que quede delante de ti; te colocas de rodillas y acomodas el mechón rebelde que tapa uno de los ojitos de Aden.
—A ustedes les llueven los peques, eh—. Dice Raven levantándose del suelo y sobando su espalda baja.
—Hola, jirafita—. Saludas al pequeño, que pasa sus bracitos alrededor de tu cuello abrazándote. Te llena tanto de ternura, que sin siquiera proponértelo ya lo adoras. Besas su cabecita.
—Aden, discúlpate—. Escuchas la voz de Clarke, levantas la vista y la ves, desde ese ángulo se ve aun más hermosa, tiene un pantalón roto a la altura de sus muslos y en serio, «qué piernas, Clarke, qué piernas». —Disculpa, Lexa—, te mira fijamente, dándose cuenta del escrutinio de tus ojos, pero no lo puedes evitar, es guapísima. «Dios santísimo, qué cuerpo te cargas, Clarke» y es que su camiseta negra se adhiere a su cuerpo como una segunda piel y sus ojos desde abajo se ven muchísimo más provocativos. Sus ojos también se ven sensuales. El carraspeo de Raven te hace volver a la realidad, y Clarke desvía la vista hasta ella. — disculpen—. Agrega mirando ahora a Raven.
Intentas ponerte de pie, y Raven solícita te extiende una mano que ayuda a incorporarte. Sientes un pequeño mareo al levantarte y te apoyas en uno de sus brazos. La castaña te mira con preocupación y niegas sutilmente, restándole importancia.
—No tiene importancia— Respondes a Clarke, quien ha tomado a Aden de la mano. Raven murmura un: «claro, porque no fuiste tú quien acabó en el suelo» y le das un codazo, para que se calle. Buscas en tu bolso algo que habías comprado para Aden, pero no habían coincidido las últimas veces, es un paquetito de Ositos Gominola. Antes de entregárselos, preguntas a la rubia con la mirada; ella sonríe de una forma que te desestabiliza, y se encoge de hombros. —Esto es para ti, cielo—. Le ofreces el paquete al pequeño, pero no puedes evitar mirar el cielo en los ojos de Clarke tras la última palabra. Aden toma los dulces en sus manitos y hace algo que nunca había hecho.
—Gracias—. Te responde sonriendo, Aden te habla por primera vez y luego se mira los pies, completamente lleno de vergüenza, y cada vez se te hace más tierno el mocoso.
— ¿Me he vuelto invisible? — pregunta la castaña a tu lado, mirándose manos y levantando los pies uno a uno para también observarlos, y no puedes evitar rodar los ojos ante su poco tiempo de aguante sin llamar la atención.
—La competencia de Narciso a mi lado se llama Raven, y Raven ellos son Clarke y Aden—. Raven ríe ante lo que dices y le da la mano a Aden.
—Un placer, Clarke—. Bromea haciendo que el niño se ría, y para tenerles tanto repelús, se comporta con el niño como un pez en el agua, —entonces, tú debes ser Aden—. Y sonríe a Clarke con coquetería, mientras le extiende la mano. La rubia también ríe ante el saludo de Raven y el sonido de su risa despierta algo dentro de ti.
Aden coloca las manitos en su cara, emocionado, ocultando su sonrisa ante la «equivocación» de la castaña. Y en un impulso de ternura, y sacando fuerzas de no sabes dónde, lo levantas. Se abraza a ti, y dice a tu oído:
—Se ha equivocado— Y sigue riendo, el muy tierno, lo llevas a la sala de espera y te sientas con él en tus piernas, dejando a su madre y tu amiga detrás. No dudan en seguirte el paso.
—Así que Clarke—, y Raven te mira fijamente a los ojos, y puedes ver al maldito de Lucifer en los suyos. La nacida del mal dice las palabras que hacen que desees desaparecer, que te parta un rayo, que te trague la tierra o que hagas combustión espontánea; de preferencia todo a la vez, sin importar el orden: —Lex se la pasa hablando de ti.
Mentira… mentira… ¡mil veces mentira! Jamás has mencionado a la rubia o a Aden. La muy imbécil de Raven había notado cómo la mirabas, seguro es eso. Clarke no aparta su mirada de encima de ti, y el jodido rubor no desaparece, se intensifica; ella sonríe ante esto y te mira, levantando ambas cejas, lo que hace que lleves tus ojos al pequeño sentado en tus piernas, intentando enfocarte en él; consigues hacerlo por el tiempo record de diez segundos. Al volver a mirar a Clarke, la sonrisa burlesca de esta ante tu rubor se vuelve mucho más grande.
Llevas la vista hacia Raven que te ve, alzando una ceja. Joder, has mordido el anzuelo como un pez novato, y ahora la castaña te tiene en sus manos.
—Tranquila, mi Dama de la Noche, eso es algo que sucede con frecuencia—, dice la rubia, refiriéndose al hecho de que de te la pases hablando de ella, y no entiendes cómo no ha explotado este lugar con tanto ego junto, porque si Raven se creía la última Coca-Cola del Kalahari, la rubia parecía tenerlo del tamaño del Sahara. —Tiendo a causar ese tipo de impresiones—. ¿El Sahara habías dicho? El ego de esa mujer era del tamaño del Antártico. ¿Y cómo no tenerlo de ese tamaño si había nacido con esos ojos de monstruo, con ese cuerpo monstruoso?… es que es una jodida monstruosidad ser tan jodidamente perfecta.
«Dios santo, tú no solo eres capaz de detener trenes, Clarke, hacer aterrizar aviones se te haría súper fácil.»
Aden te da el paquetito de Ositos Gominola para que se lo abras, y lo haces, intentando concentrarte en algo más que en Clarke mirándote como si quisiera leer tu mente, y a Raven parloteando acerca de tu vida. El niño te ofrece un osito rojo, y lo llevas a tu boca sin siquiera pensarlo dos veces, sin leer los componentes del snack. Aden empieza a entonar la melodía, a boca cerrada, de la canción de los ositos mientras come, y a pesar de su edad, no tiene tan mal oído, hasta podría… hey, ¿Raven está contándole a Clarke de tu vida?
—Y así fue como todos se enteraron que la muy puñeta se lo montaba con el oboe— no, joder… no esa historia de nuevo. ¿Por qué no podía contarle algo diferente?
—¡Joder! —Ves la reacción de Aden ante tu taco, y le tapas las orejas— ¿no puedes pasar ni cinco minutos sin contarle esa historia falsa a todo conocido mío que te topas? — y joder con la historia del oboe… Clarke se ríe ante tu reacción, y a pesar del bochorno, no puede evitar parecerte una preciosa forma de reír.
—¿Hasta cuándo lo vas a negar? Todos saben que sucedió—. Y si ella seguía diciéndoselo a todos, el hecho sería considerado dentro de unos pocos años cultura general.
—Claro que lo saben, si Octavia y tú se han encargado de decirlo a todos «¿Qué hora tienes? Las, ¡ah… ¿sabías que Lexa se lo montó con un oboe?!... ¿dónde queda tal sitio? En… ¡oh! Lexa se masturbaba con un oboe»— esto último lo dices susurrando para que Aden no escuche— ¿sabes lo incómodo que sería montárselo con un oboe?
Y de verdad, que decirle eso a Clarke Jodidos Ojos Perfectos ha sido un golpe bien bajo de la Reyes, la muy maldita te las iba a pagar.
—¿Y cómo sabes lo incómodo que sería si nunca lo has hecho? —Replica Raven, y joder que quieres ahorcarla… si solo hay que mirar un jodido oboe para saber lo incómodo que sería masturbarse con él.
—Solo hay que mirar un oboe para saber lo horrible que sería, es como si nunca hubieses visto el instrumento, ¡eres músico, Raven! Es ilógico—. Intentas reducir el tono de tu voz, para que nadie más se entere del percance con el oboe.
—Sería mucho más fácil con una flauta transversal, ¿verdad?— pregunta Clarke, bromeando. Justo en la diana. La pregunta te sube todos los colores al rostro.
Ves en la cara de Raven el entendimiento, tu amiga abre la boca y la vuelve a cerrar, seguro pensando en cuál es el mejor taco para la ocasión. Pero lo que hace te sorprende, saca su teléfono y marca, coloca el teléfono en altavoz, y la idiota que tenía todo el rato ignorando sus llamadas responde:
— ¿Está Lexa bien?— con un tono de alarma que no alcanza a disimular. Ves en la cara de Clarke curiosidad y le haces un gesto con la mano para que lo deje pasar. —Acabo de ver sus llamadas, estaba por marcar.
—Sí, sí, está perfectamente bien, ¿sabías que además de montárselo con el oboe también lo hacía con la flauta?— le suelta todo de una vez.
— ¡Que nunca me lo he montado con un oboe! — Clarke se ríe, y caes en cuenta de que no negaste lo de la flauta. ¡Joder!
— ¿La dulce?— responde Octavia ignorando tu comentario.
—La transversal, O…
—Carajo, Lex… tú sí que te…
Pero no termina de hablar, porque en una maniobra bastante ágil, y con Aden aún en tus piernas, le arrebatas el móvil y lo apagas.
El pequeño en tus piernas se acerca a tu oído, andas amando esa iniciativa de hablar contigo, es un tierno, te provoca abrazarlo muy fuerte.
— ¿Qué es montárselo, Lexa?— pregunta a tu oído la criatura del mal, y en un tono lo suficientemente alto como para que Clarke y Raven también lo escuchen. La cara de la rubia palidece dos tonos y en tus ojos seguro se nota lo que te acojona la pregunta, no sabes qué responder, es Raven quien empieza a hablar, y lo que sea que vaya a decir te asusta más que la misma pregunta de Aden.
—Pero si es algo muy simple—, le haces señas para que se calle, pero ella sigue hablando como si nada. —Montárselo, es tomar algo y colocárselo encima.
Raven es un jodido genio, claro que sí, tu fe en ella se ha multiplicado con solo esa frase. Clarke se relaja visiblemente en su asiento, aún no es tiempo de dar la charla de las abejitas y las flores.
— ¿Y qué instrumento tocan?— pregunta curiosa, supones que el hecho de que quedara claro que te lo montaste con un instrumento la hace pensar que también eres músico. Pero ese es un tema que no quieres tocar.
—No, Clarke, aquí la de los instrumentos es Lexa—, empieza a decir tu verdugo personal— yo solo soy la mejor Soprano de Coloratura del estado— y si el ego pudiera palparse, todos en esa sala estarían asfixiados.
Aden se baja de tus piernas y le lleva ositos a su mamá y Raven; la rubia al notar que el pequeño quiere empezar a explorar, le pide que no se aleje mucho.
—Yo no canto ni en la ducha—, vuelve al tema, habías rogado que lo olvidara— ¿y tú, mi Dama de la Noche, tocas algún instrumento?— y te mira como si fueras lo más interesante del planeta, no sabes qué te ve, porque te queda claro que ve algo en ti. —Digo, además de la flauta y el oboe, que al parecer has tocado muy a fondo.
La carcajada de Reyes hace que el encargado se acerque y les pida que por favor controlen el tono de voz. Aprovechas esto para sentarte derecha e ignorar a las mujeres que tienes a tu izquierda, pero sigues sintiendo el peso de la mirada de Clarke, así que volteas dispuesta a decir que no, no tocas ningún instrumento, pero Raven se adelanta.
—Dejando a un lado las bromas, sería muchísimo más fácil preguntar a ésta qué instrumento no toca—. En su voz puedes notar cierto orgullo, y te deprime el hecho de que justo ahora ese sentimiento sea infundado, porque ya no tocas. Raven está orgullosa de una Lexa que ya no existe, ¿estará también orgullosa de la Lexa en la que te has convertido? Sonríes con tristeza y apartas la vista. —pero si tuviera que elegir uno solo, te diría que es una pianista excepcional.
Pianista excepcional, recuerdas la última vez que de verdad te sentaste en un piano a tocar. También recuerdas la falta de agilidad en tus dedos por la hinchazón, lo desastroso que resultó el jodido concierto para el que habías estado trabajando por meses y solo por tu culpa. Y volteas el rostro, queriendo ocultar tus emociones a Raven, a Clarke.
La enfermedad que te tocó se ha ido llevando poco a poco tus sueños, te ha hecho cambiar radicalmente tu rutina, ha ido menguando día a día tus esperanzas de un futuro mejor, y quizás hasta se haya llevado a Leandro, el solo recordarlo hace que te quieras hundir en la silla. No volverá, Lexa. No volverá.
— ¿Estás bien, cielo? — es la voz de Raven, sentada a tu lado la que te saca del pozo. Busca tu mano y entrelaza sus dedos con los tuyos, dándote apoyo.
—La verdad, Clarke—, dices mirando a la rubia, e intentando ocultar tus emociones —tengo dos años que no toco el piano—. Y por mucho que intentas camuflar la tristeza, esta se te escapa, y Clarke lo nota.
—Podría ser peor—, se encoge de hombros— yo llevo ya veintiséis años sin tocarlo, y te aseguro que después de los primeros nueve te acostumbras—. Bromea, y te hace sonreír. Raven a tu lado también sonríe.
—Lexa Woods— llama el asistente y te pones de pie para entrar, pero recuerdas que la bocazas de Raven se quedará con la rubia, y se levantan tus alarmas, volteas a mirarla; buscas impregnar tus ojos de todo lo que quieres decirle, y al parecer ella lo entiende. Mueve los labios articulando la palabra "tranquila" y pega el dedo índice y pulgar de la mano derecha como para darle más peso al hecho de que no dirá nada.
No confías ni por un segundo.
Intentas acompasar tu respiración, intentas que el ritmo anacrónico de tus latidos se normalice. Una calada de aire… otra… exhalas lentamente y tratas de inhalar con parsimonia todo el oxígeno posible. Se te dificulta.
El gemido doloroso sale desde tus entrañas, lo sientes emerger desde tu estómago, junto a él llegan las sacudidas espasmódicas de tus hombros y el nudo en tu garganta se hace más amplio a cada segundo. Sofocante. Es como si con cada onza de aire tus pulmones se volvieran más pequeños.
Inhalas…
Quieres levantarte, quieres gritar a Raven, a Octavia… pero no puedes. Tu cuerpo está frío, helado, te está costando muchísimo respirar.
Quizás… quizás así se sintió Leandro.
Exhalas…
La bilis en tu garganta te hace inclinarte hacia un lado y dejarla salir de tu interior. Obligas tu cuerpo a levantarse, pero la debilidad es más fuerte que tú.
Inhalas…
Exhalas...
Todo da vueltas, pero logras enfocar tu vista en la lámpara en la mesita de noche; estiras tu brazo, pero no llegas.
Inhalas…
Intentas rodar tu cuerpo hasta la otra orilla, mientras el dolor se vuelve más agudo.
Exhalas…
Estiras la mano mientras notas que todo a tu alrededor se empieza a poner oscuro. Tocas la lámpara y la empujas con toda la fuerza que te queda.
Escuchas el estruendo de la lámpara al romperse contra el suelo.
Pasos.
Se abre la puerta.
Un grito:
—¡Raven!
No has vuelto a inhalar.
Aquí les dejo el capítulo siete de esta historia.
En serio este me costó muchísimo, espero que sea de su agrado.
Gracias a los nuevos seguidores y los que han dado fav a la historia.
Gracias, Luy, por tu fiel opinión.
Gracias también a ti, que desde las sombras me lees, este capítulo te lo dedico.
Y gracias a MakotoBlack por haberse tomado el tiempo de corregirme detalles a esta hora, en serio. xD
Recuerda:
Donde una vida acaba, otra puede renacer.
