VIII

Es tu primera crisis con edema pulmonar agudo, y esperas que sea la última. Te estabas cuidando, Lexa. Estabas haciendo de todo para no pasar por algo así. Tomabas la cantidad de líquido indicada, a veces hasta menos. Tu dieta estaba muy bien llevada, tu último día libre, para comer lo que te viniera en gana, había sido hace dos semanas. No entendías qué te había llevado hasta el punto de no poder respirar.

El exceso de líquido en tus pulmones casi te la había jugado, y aunque llevabas meses deseando que se acabara, tener tan cerca a tu demacrada amiga de afilada guadaña había hecho que te replantearas ese deseo. Porque te merecías algo más que esto.

Estás conectada a una máquina de hemodiálisis, el procedimiento para la crisis que estabas pasando, incluye una visita de emergencia a tu compañera de lágrimas. Poco a poco sientes tu respiración normalizarse, y la tos desaparece paulatinamente.

— ¿Te sientes mejor, cariño?— Aun con los ojos cerrados puedes ver la preocupación en el rostro de Octavia. No recuerdas cómo llegaste a la sala de shock, pero lo que sí sabes es que el hecho de seguir con vida se lo debes a ella. Habían dolido, tus pulmones habían dolido jodidamente, pero el tratamiento ya había hecho su efecto y, aunque mejor, aún no puedes respirar con normalidad. También sientes tu cuerpo cansado, y una debilidad diferente a la de estar conectada a una máquina de hemodiálisis.

Asientes en respuesta, se te hace incómodo hablar con la mascarilla de oxígeno, la miras a los ojos e intentas sonreírle con la mirada. Se acerca a ti y te da un golpe suave en el brazo que no está conectado a la máquina.

—Grandísima imbécil, no me vuelvas a hacer algo así—. Y ves cómo la fuerte de Octavia intenta permanecer inamovible ante tus ojos, pero lo notas… notas lo que hay detrás de ellos: la vulnerabilidad en las bases de su fortaleza. Quieres hacer algo para que esté mejor, pero no sabes qué.

En eso, se acerca tu nefrólogo una vez más, revisando que todo esté bien, y al parecer parece satisfecho.

—Dra. Blake, ¿podemos hablar?— y el lenguaje corporal de Octavia empieza a decir muchas cosas. Cambia el peso de su cuerpo de un pie a otro y coloca un mechón rebelde de su cabello detrás de su oreja y si no la conocieras bien no te parecería extraño, pero evidentemente está nerviosa. Levantas una ceja ante su actitud, pero ella no te está mirando. Te inquieta que te estén ocultando algo acerca de tu salud y quieres preguntar, pero antes de que lo hagas, ella se aleja hacia la salida con Lincoln tras decir un: «Ya regreso, cariño», y sin notar lo preocupada que te está dejando.

Intentas concentrarte en algo más que no sea el hecho de que el par doctores se haya ido de forma bastante sospechosa. Es que, supones que él ya te ha dicho todo lo referente a tu más reciente crisis. Te había instado a acudir con un psiquiatra para tratar con ansiolíticos tu episodio más reciente, porque al parecer el edema no había venido solo, pero, ¿cómo no ibas a sentir ansiedad si te estabas ahogando?; había programado un ECG y ecosonograma para revisar bien tu corazón, por no sabes qué con la radiografía de torax; y te había amonestado por cargar peso con el brazo de la fístula, haciendo que Octavia sonriera con suficiencia, pues la muy perra sentía que se salía con la suya.

Octavia.

¡Oh, Joder! ¡Bocazas Octavia! ¿Cómo jodidos tu nefrólogo iba a saber que habías alzado peso de no haber sido por la lengua de esa idiota? Y, ¿en qué momento la muy lengua suelta iba y le contaba a Lincoln cosas de ti? No sabes si es la máquina, o el tratamiento que pusieron en ella, pero mientras tus ojos empiezan a cerrar, sientes que algo muy evidente se te está escapando.

….

El que el doctor decidiera mantenerte dos días más en observación no es precisamente algo por lo que quieras celebrar; quieres estar en casa, descansar y terminar de recuperarte en un ambiente menos impersonal. En los exámenes tu corazón había salido bien, y en las nuevas radiografías podía observarse tu tráquea, lo que significaba que estabas mucho mejor.

Justo ahora estabas sola, Octavia estaba cumpliendo su guardia en otra ala del hospital y Raven y sus ojos rojos e hinchados se habían ido a dar sus clases de canto y ensayar con el sinfónico. La muy… no sabes cómo decirle, había entrado cuando te trasladaron de sala, con una sonrisa inmensa y contando un chiste muy malo que terminaba con un «no es una berenjena, es retrasado»queno ocultaba para nada que había estado llorando. Te reíste de su chiste, intentaste hacerle creer que no notabas el hecho de que había cedido el control a esas emociones, te diste cuenta de cómo poco a poco volvía a ser la misma y también empezaste a sentir tu cuerpo relajarse ante este hecho.

Y ahora estás haciendo zapping mientras esperas que alguna llegue a ayudarte con el aburrimiento, porque sí, los hospitales son más pesados que Finnegans Wake.

Hay algo que te tiene tranquila, habías preguntado a Lincoln por Leandro y te había dicho que estaba bien. Había faltado ese tiempo a diálisis por una vacación planificada con sus padres. El pequeño disfrutando y tú llorando por él; pero, ¿cómo no ibas a pensar que ya no existía si todos los precedentes gritaban que esa era la opción más lógica?

A pesar de que Octavia está en el mismo lugar que tú, es Raven quien llega primero. Coloca la carpeta de las partituras en la esquina de tu cama, sin mirarte, mientras parece muy entretenida con su móvil. Larga una carcajada luego del sonido de una notificación y toses, aunque aún duela un poquito, para llamar la atención. Ante esto ella se fija en ti, y saca algo del bolsillo trasero de sus jeans.

—Llegó quien te endulza la vida—. Y te entrega una paleta, ¡una jodida paleta! Se sienta a tu lado quitándote el control remoto, algo a lo que estás acostumbrada, pero antes de que cambie el canal que habías dejado, vuelve a sonar su móvil y deja el control de lado para concentrarse en teclear, mientras pregunta: —¿Cómo te sientes? Hablé con Octavia hace poco y me dijo que estabas bastante bien, que no había de qué preocuparse—. A pesar de sus palabras, notas que no se atreve a mirarte, supones que sigue sensible por lo de la noche anterior; quizás su actitud es su forma de afrontarlo y decides darle el espacio que requiere. Abres tu paleta mientras respondes:

— He estado mejor—, metes la paleta en tu boca y empiezas a disfrutar de su sabor— aunque no puedo negar que esto— dices, haciendo referencia al dulce— ha arreglado bastante el día—. ¿En serio, Lexa? ¿Ha arreglado bastante el día? A decir verdad, te sientes bien incómoda y no sabes llevar la situación de forma natural, por lo general Raven hace las malas experiencias más llevaderas con cualquier tontería y es la primera vez que notas ese no sabes qué en el ambiente, como una delgada pared que impide que puedan ser ustedes mismas.

Tomas la partitura en tus manos, y empiezas a hojearla, «La Rosa del Azafrán» marca el título. La conoces, aunque nunca la has cantado ni acompañado al piano, la zarzuela tiene romanzas bastante destacables. Empiezas a leer escuchando en tu mente cada nota, y ves las anotaciones que ha hecho la castaña y notas que le han dado a interpretar el personaje Sagrario, ya no como suplente… ¡Joder!

—¡Joder, Raven! ¡Felicidades!— ella levanta la vista, y nota que estás viendo su partitura. Te sonríe a medias y se encoge de hombros. Y es justo ahí cuando entiendes que hay más; no es solo tu crisis, a Raven le incomoda que le hayan dado el papel principal, porque la muy tarada cree que eso te afectará de alguna forma, la muy zopenca no entiende que te alegra genuinamente lo mucho que ha avanzado. Es que hasta puedes imaginar lo que pasa por su mente, ella está pensando que te lo ha robado, está pensando que se está llevando lo que te pertenece.

Nada más lejos de la realidad.

Te sientes realmente orgullosa de ella, y estás segura que de tú estar sana, Raven también lo habría conseguido, tiene una voz hermosa y una técnica impoluta, además de una confianza en sí misma y una voluntad de hierro, que la hace no rendirse hasta conseguir lo que quiere. Qué tonta, de verdad qué tonta por pensar tanta estupidez junta. Le das un golpe en la nuca, más fuerte de lo normal, la muy idiota se lo merece.

— ¡Auch!—. Se queja y te mira frunciendo el entrecejo, como preguntando a qué viene eso… y al no hallar respuesta en tu rostro, agrega: —Lex, yo no tengo la culpa de que me hayan elegido.

Y ese segundo golpe también se lo ha ganado. Con creces.

— ¡Auch! ¿Qué clase de tratamiento te están colocando? Te vuelve agresiva— se aleja de ti de forma exagerada, como si realmente pudieras hacerle un daño considerable. Pones los ojos en blanco y vuelves a fijar tu vista en la partitura.

—Sí que eres imbécil, Raven—. La miras y notas la culpabilidad en sus ojos. Te das en la frente con la partitura, pues tú también eres dramática, ¿para qué negarlo? —ni siquiera te imaginas lo orgullosa que estoy de ti, sabía que lograrías algo así, era cuestión de tiempo—. Sonríe, pero aún puedes ver incredulidad en su gesto. —¡Joder, Raven! En serio, estoy muy contenta por ti—. Y aunque te enfada un poquito el hecho de que ella piense que eso no te hace feliz, no agregas nada al respecto. Su móvil suena nuevamente, pero esta vez lo ignora.

—¿Si me acerco a abrazarte me volverás a pegar?— y ríes, sin importar el malestar que causa la acción en tu cuerpo.

—Pensé que la palabra cobardía no existía en tu diccionario.

Se acerca a ti, dejando la frase en el aire y te abraza. Tiras un poquito de su cabello, y se queja de forma exagerada.

—Prométeme que será la última vez que piensas una estupidez así— abre la boca para responder, mientras su mano derecha hace ademan por levantarse, seguro en posición de juramento, pero no la dejas hablar: —mejor no, no te haré prometer cosas que no podrás cumplir, de veinticuatro horas que tiene el día, pasas dieciséis pensando estupideces.

—Bueno… al menos estás consciente de que no solo pienso estupideces—, dice siguiéndote la corriente mientras se acomoda a tu lado en la cama del hospital, recuestas tu cabeza en su hombro, mientras sonríes con malicia.

—Las otras ocho horas sueñas estupideces—. Y sientes en tu cabeza sus hombros moverse por la risa contenida. Empiezas a revisar la partitura con ella a tu lado, coges el lápiz que está entre las páginas y te tomas el atrevimiento de hacer anotaciones referentes a la dinámica.

—Pues sí, así sonaría mucho mejor—. Consiente, mientras lee lo que haces; la sientes suspirar a tu lado, y te preparas para lo que sabes que vendrá. — ¿Sabes?, he tenido un miedo cabrón a perderte—. Pasa la mano por el brazo por el que está pasando el medicamento, y vuelves a recostar tu cabeza en su hombro. El jodido celular suena nuevamente y se te escapa la respuesta, porque no eres de las que ignoras los mensajes habiéndolos escuchado.

— ¿No piensas responder?— Ella estira el brazo, coge el celular, y empieza a reír, mientras teclea la respuesta y lo coloca entre sus piernas.

—Esta Clarke es todo un personaje—. Y lo dice así, como si la sola mención de la rubia no te moviera algo por dentro. ¿Moverme algo por dentro? Estoy jodida, de verdad jodida, y te preguntas cómo jodidos consiguió su número, y si en serio está hablando con ella o es solo una frase suelta por algo que recordó; ¿será acaso que la Reyes le contó que estabas acá?

— ¿Estás hablando con ella? ¿Cómo conseguiste su número? ¿Le has dicho que estoy aquí? —Preguntas todo a la vez, sin respirar entre frases… no estás segura de si la castaña ha escuchado tu última pregunta, porque la voz se te ha ido un poquito; luego notas que tu tono ha sonado ansioso, pero ya no lo puedes arreglar… la muy tonta de Raven se hace de rogar, sabes que le gusta darse importancia, pero en serio, que hable de una vez, joder.

—Sí, estoy hablando con ella—, es su escueta respuesta, y estás segura de que lo dejaría hasta ahí si su celular no hubiese vuelto a sonar. La curiosidad te está matando, quieres arrebatarle el móvil y leer todos los mensajes —es bien divertida y un poquito lista, a pesar de ser rubia. —agrega, y sí, sientes que es bien divertida, pero lo otro que dice te hace querer decir algo en defensa, mas te das cuenta de que no la conoces, nada; así que te tragas esas palabras sin siquiera procesarlas y vuelves al tema anterior, esta vez con un poco más de calma.

— ¿Cómo conseguiste su número? ¿Le has dicho que estoy aquí?— y esperas que no se haya ido de lengua, lo que menos quieres es que la rubia te tenga lástima.

—Estoy llena de grandes habilidades. Y no. No hablamos de ti.

No hablamos de ti.

¿Qué otro tema podían tener en común esas dos? Y no es ego, es que sería lógico que por lo menos te mencionaran, ¿no?

—Ah… ok— es lo único que aciertas a decir, y vuelves a la partitura. Por un momento, luego de dos años de casi nulo contacto, vuelves a sentirte segura entre la música, considerando que nada sería más hostil que aquel «No hablamos de ti». ¡¿De qué jodidos hablan?!

—Una pregunta, ¿te gusta Clarke?— sigues marcando la dinámica en la partitura con tranquilidad, hasta que Raven te quita el lápiz, haciendo que mires con nostalgia al objeto. La vida era más segura cuando lo tenías en tus manos, puedes apostarlo.

— ¿Ah?— preguntas, haciendo gala de la gran elocuencia que te caracteriza, e intentando alargar la respuesta.

—Que si te gusta Clarke.

Repite, y bueno, ya, ¿qué le vas a hacer?… no te queda más que decir la verdad, a fin de cuentas es liberador, ¿no?

— ¿Ah? ¿Clarke? No… no, para nada—, nada más que la verdad, sí señor, claro que sí… bueno, un poquito cierto, ¿no? — ¿por qué preguntas? ¿Te ha dicho algo de mí?

—No, no hablamos de ti—. Y joder con el hecho de que no hablan de ti, si todo el mundo sabe que eres el mejor tema a tratar, ¿no, Lexa? Ellas se lo pierden, ¿verdad? ¡Qué desperdicio de tiempo! Supones que tu cara está siendo muy expresiva, porque ves en los ojos de Raven un tinte burlesco que te hace querer tener algo más en lo que distraerte; sí que extrañas al lápiz.

— ¿Por qué preguntas si me gusta?— A falta de grafito, la curiosidad también es buen agente distractor, aunque… ¡joder!, ¿no se supones que querías cambiar el tema de conversación? Es que te echas la soga al cuello solita, Lexa, tú solita.

El jodido celular de los mil demonios vuelve a sonar, y Raven te responde mientras sonríe a la pantalla, como si el chiste estuviera buenísimo. ¿Qué tanto hablan?

—Es que creo que por esta sí que cruzo la acera.

La cara de incredulidad que colocas no puede ser normal, porque estás segura de que la castaña está bromeando. Es que, si fuera religiosa, su dios sería la masculinidad personificada, la tipa no podía ser más heterosexual; si no pegaba posters de hombres desnudos en su habitación, era porque eso podría hacer que la consideraran una depravada sexual; y bueno, sí que los pegaba, entrar a ese lugar te causaba urticaria y conjuntivitis alérgica. Así que no podía ser verdad; pero la muy tonta sigue sonriendo a la pantalla, y bueno… quizás sea cierto.

—Ah… bien, ¿y a ella le gustas?— Porque bueno, el que Clarke no te guste no significa que vas a dejar que tu amiga cruce a tu acera arriesgándose a ser atropellada en el camino. Nada tiene que ver la curiosidad y esa emoción extraña en la boca de tu estómago con la pregunta. Nada.

Además, sabías bien poco de Clarke… lo más probable era que fuera heterosexual, no por nada tenía un mocoso… quizás hasta estaba casada con el padre de su hijo y todo. El pensar en Clarke con un hombre te hace arrugar la nariz en clara expresión de asco. Muerdes el poco caramelo que queda en tu boca, dejando el palito de la paleta desnudo.

—La tengo comiendo de mi mano—. Y esto que dice, casi hace que te atores con el dulce. Además, su celular vuelve a sonar, como para recalcar lo que ha dicho. Y bueno, sí… te incomoda un poquito bastante. Pero esto es lo mejor; porque aunque no te guste Clarke, y queda claro que no te gusta, el que se haya fijado en Raven es la mejor opción. No podría gustarte Clarke, porque esos preciosos, azules, vivos y jodidos ojos del mal, no combinan para nada con tu insuficiencia renal crónica. Para nada.

— ¿Sabes que la cama es para uso exclusivo de los pacientes, verdad?— la neonatóloga entra con unas bolsas en las manos, que hacen que tu estómago suene de forma algo vergonzosa, a pesar del dulce que acabas de comer.

— ¿Lo sabes tú, Octavia? Porque tengo entendido que últimamente te lo montas en este hospital—. Vale, es un tema que no superas aún. Mueves tus piernas para darle espacio, mientras ésta muerde su labio de forma lasciva, mirando la cama ante tu comentario. —No quiero ni entérame de lo que estás pensando—, se sienta a tus pies con las bolsas con comida— ¿qué trajiste para cenar?—Intentas revisar las bolsas, pero ella te da un golpecito en la mano.

—Espera a que llegue tu comida, calumniadora—. Oh, ahora se pone en modo castigo, como si no fuera suficiente castigo estar aquí encerrada con el nuevo ícono de la comunidad lésbica, y sus jodidas notificaciones cada treinta segundos.

—De haber escuchado cómo sonaba el estómago de esta, no le negarías la comida—. Y lo dice en serio, aunque en un tono nada duro. Y casi, casi te empieza a caer nuevamente bien, pero sí… ahí está, otra notificación, al parecer el tema está interesante.

Octavia te hace un gesto con rostro y manos, preguntando, como buena cotilla, con quién habla Raven.

—Está pensando seriamente empezar a montárselo con chicas, O— susurras en voz alta, y Raven ríe.

—Las quieres todas para ti, ¿eh?— responde tu ex amiga castaña.

Octavia que es mucho más curiosa que tú, sí le quita el teléfono de las manos, y lee los mensajes, alzando una ceja. Sonríe, y Raven le sonríe de vuelta. Jodidas idiotas, aumenta tu curiosidad de manera exponencial, quieres tener el jodido móvil en las manos, pero sabes que no va a suceder.

—¿Qué?— pero las dos te ignoran. Raven escribe el que parece ser su último mensaje, ¡Gracias Alá, Jehová!… ¡Merlín!, y guarda el móvil en su bolsillo.

El puñetero móvil vuelve a sonar.

Pero al parecer, este sí es el puto jodidísimo último mensaje.

—Fui a ese lugar que comentaste—, se dirige a Raven —y pedí tres menús diferentes para pacientes en hemodiálisis—. Empieza a sacar los envases y te hundes en decepción, no has tenido suerte con esas comidas. Jamás. —Te había pedido pollo, pero veo que ahora te va el conejo— se ríe y le entrega el envase a la castaña.

—Aún no lo he probado, pero sí… le tengo ganas—. Y las dos se ríen, como si fuera el chiste más gracioso del mundo, ¡hasta el de la berenjena es mejor! Octavia te observa fijamente, intentando leer no sabes qué en tu rostro y te entrega otro envase.

—Espero que te guste, cariño— y lo abres, y bueno… al menos tiene buena pinta y huele bien. Pruebas, aún con reticencia, y Raven pone en palabras lo que acaba de sentir tu paladar.

— ¡Me puto muero!, ¡esto es lo mejor que he probado este año!— Habla con la boca llena, lo que hace que un poco de la comida caiga a su camisa.

Octavia la mira con odio, y eso te hace guardar cobardemente tu opinión, pero joder, sí que está delicioso, así sí que provoca comer.

— ¡Carajo, Raven, tienes razón! — y el hecho de que la morena haya insinuado que comida no es la mejor, te da valor de al menos asentir.

Es que está divino, comes por primera vez en mucho tiempo con muchas ganas. Riquísimo. Nada podría arruinar este momento. Nada.

Y vuelve a sonar el puto móvil, pero antes de leer el puto mensaje del mal Raven te pregunta:

— ¿Y qué tal, te ha gustado?

Miras a Octavia, y ella se ríe de tu cobardía, pero es que ella lleva bastante tiempo intentando hacer que la comida para hemodiálisis sepa bien. La morena encoge los hombros, instándote a dar tu sincera opinión. Por eso le respondes a Raven:

—Un jodido orgasmo en mi lengua, Reyes, un jodido orgasmo.

….

—Anda, vístete rápido, que quiero mostrarte algo.

Estás en el hospital, a nada de volver a casa, y justo ahora a Octavia se le ocurre mostrarte «algo». A pesar de todo, fue buena noche, no como dormir en tu cama, pero bastante pasable. Lo mejor de todo fue que a Raven se le agotara la batería del móvil, y bueno, no te importó que tu teléfono tuviera la carga completa, lo dejaste conectado toda la noche.

Haces un esfuerzo, te miras al espejo y tu reflejo te sorprende. Es que, luego de la crisis esperabas encontrarte con algo mucho más desagradable que a lo que estabas acostumbrada, y no. No está mal, Lexa… es bastante aceptable lo que ves. No como antaño, no tan linda, no bien, pero tampoco mal.

Sales un poquito más optimista de lo que entraste y le sonríes a Octavia, así, de la nada. Pero la morena ni te ve, anda impaciente.

—Vamos, camina… que no los puedo dejar tanto tiempo.

Y la sigues.

Al llegar te hace poner un mono azul, similar al que ella usa, y tapabocas. Los compañeros de Octavia te saludan sin saber qué decirte, pero decides pasarlo por alto. Ya habías estado en este lugar, en un pasado que parece otra vida. Te sentabas justo en esa silla que ahora miras nostálgica, los colocabas en tu pecho uno por uno. Pequeñitos, delicados, indefensos… y compartías con ellos eso que en ese momento te definía por completo. Tu voz.

Cantabas como terapia, compartías tu eso con ellos; y aunque no te creyeran, tú sentías que ellos también te llenaban; sientes tus ojos escocer, esto también es algo que extrañas.

Octavia se acerca a una incubadora, lo que te hace seguirla. Y joder, es miniatura, de verdad es miniatura. No te parece real. No puedes creer que un mocosito tan pequeñito pueda estar vivo. Tiene la piel rojiza, varios cables pegados a su cuerpecito, y una especie de tubo en su boquita… no estás segura de si en la nariz también… es un jodido milagro que esté vivo.

—O…

—Sí, Emily es una luchadora.

Una nenita, es una nenita… no te parece tierna, se te hace demasiado delicada y extraña, pero a la vez… súper fuerte. Piensas que es de las personas más fuertes que has conocido.

—Diminuta.

Es lo único que puedes decir.

—Tiene tres días luchando. Está completamente sola, Lex, la progenitora la ha dejado acá y la guerrerita no deja de luchar. Quería que la vieras.

Completamente sola y no deja de luchar; es la personita con más valentía que has conocido…

—¿Crees que… crees que…? Ya sabes.

No quieres volver palabras tu pensamiento, y Octavia lo sabe.

—Tengo mucha fe en ella, ¿sabes? Sé que lo logrará.

Y bueno, Octavia también es bastante obstinada, si ella dice que la pequeñita lo logrará, no pones en duda que hará todo lo que esté en sus manos para que así sea. Solo el hecho de hacer que volvieras a pisar la UCIN era ya un logro. Te habías negado a volver, y la muy astuta te había tomado con la guardia baja. Aquí estabas.

Te quedas mirando fijamente a Emily, es que te parece increíble. Ella es increíble.

La morena camina hacia la incubadora que está al lado.

—Este de acá es Christian, ya hasta quiere gatear el muy mono—. Te acercas. Esta vez unos abiertos ojitos azules te cautivan. Su piel rosada parece súper suave, y supones que también ha de oler genial. Te dan ganas de acunarlo encima de tu cuerpo. — ¿Quieres cargarlo?

Claro que quieres, pero te da mucho miedo lo que eso pueda llegar a causar. En ti, pero más que nada en él… ya no tienes nada que ofrecerle. Levantas la vista para negar con ella, y ves la incubadora de la pequeña y valiente Emily. Vamos, Lexa, que sí puedes. Y dices que sí, Lexa… dices que sí, aunque pienses que no.

Conoces el protocolo, aun así haces todo lo que pide el enfermero.

Octavia lo coloca con muchísimo cuidado encima de ti, y lo sostienes delicadamente… pequeño Christian monísimo. Pasas el brazo de la fístula de su cabecita hasta su espalda con toda la sutileza de la que eres capaz. Y sin darle nada, Lexa, sin darle nada, él se acomoda encima de ti, como si de verdad le estuvieras obsequiando algo… tú que te sientes un saco vacío, sin nada que ofrecer. Y mueves tu cabeza a un lado, para observarlo mejor. Parece estar en paz, ahí, contigo que eres un completo caos.

Y así, y a pesar de que te cuesta, empiezas a devolverle lo que te está dando, en un feedback que no necesita de palabras.

Una nana a bocaquiusa, una nana que no es solo respiración, fonación y resonancia, porque sí, eso aún te falla… Es una nana que…

Una nana que es más que nada…alma.

Y no sabes cómo, pero sientes que Christian lo nota, que te nota. Y te dejas llevar, Lexa… y cierras los ojos, y empiezas a disfrutarlo de a poco, y empieza… lentamente sale por tus ojos… la sensación de llenura y vacío convergiendo dentro de ti. Una guerra interna de la que Christian no está consciente, o no le presta atención, porque empieza a quedarse dormido.

Mientras lloras… mientras cantas… mientras te compartes… mientras se comparte.

Al abrir tus ojos, notas que la fuerte, la inamovible, la inmutable de Octavia también está llorando.

….

No te querían dejar sola ni para ir al baño, parecían koalas. Koalas realmente pesados, fastidiosos, intolerantes… la paciencia se te estaba acabando. Octavia había tenido que ir a trabajar desde temprano, y la pesada de Raven, que hasta te había entregado el cepillo ya con el dentífrico puesto en la mañana, no había tenido más remedio que dejarte, porque también tenía que cumplir con sus obligaciones. Así que respiras, aún con un poco de malestar, pero por lo menos en paz, con tu espacio personal recuperado.

La soledad trae una calma bastante silenciosa, que es un arma de doble filo; porque esta calma no te abraza, porque el silencio despierta tus demonios y no sabes qué responder a todas las preguntas que estos vienen a hacerte; porque esta crisis te ha hecho notar que no quieres que se acabe, pero estás maniatada, no puedes hacer nada para cambiar lo que ya está escrito, y si esta enfermedad tiene como propósito llevarse tu vida, no podrás hacer nada para impedirlo. Y el vacío te ahoga, y consumes el vacío, y todo en tu interior es vacío.

Pero no te puedes dejar hundir, ya no. No más, Lexa.

Vamos, que tu brazada nunca fue mala, y tener que nadar a contracorriente es buena forma de demostrarlo. Por eso te acercas a eso que olvidó Raven encima de la mesa, lo tomas con un miedo, un miedo que muchos considerarían infundado, pero sólo tu entiendes tu lucha interna. Lo abres, observas… observas las anotaciones que hiciste tú… y luego lo observas a él.

Negro, brillante. Cerrado.

Cerrado para ti, tal cual tú estás cerrada para él. Pero ya no quieres estar cerrada a él, no te enoja. Es contigo con quien estás enojada, lo sabes. Estás enojada con tu testarudez, con tu imprudencia, con el hecho de haber arruinado tu vida por un instante que a fin de cuentas también terminaste arruinando. Estás molesta por no saber delegar, estás molesta contigo porque echaste todo al traste por un concierto que terminó resultando una mierda. Por ser sorda, por no escuchar las sugerencias, por no poner primero tu bienestar. Por no anteponer tu salud. Tú te hiciste esto. Tú y no el piano.

No el piano.

Estás consciente de que la falta de práctica se notará, también sabes que habrá días en los que será más difícil tocar, porque la retención de líquidos afectará tu agilidad. Pero notas algo, no necesitas que sea perfecto, ya no.

Y te da pánico, porque tu estilo era la perfección, pero con Christian notaste que lo imperfecto se puede volver perfecto, que es el instante lo que hace a la música algo perfecto y no la ejecución profesional de esta.

Porque no es solo ritmo, dinámica, armonía… melodía. Porque más que nada, es sentimiento, y es algo que con el tiempo se te ha ido olvidando. Porque no necesitas que sea impecable para transmitir.

Pero te da miedo, porque sí, es sentimiento, y pasar esa llave puede terminar de hundirte.

Y si la miniatura de Emily puede, tú también, ¿no? No vas a pasar el resto de tu vida, dure lo que dure, huyendo de sentir. Ya no más. Era hora de ponerse los zapatos de valentía y empezar a afrontar como adulto lo que tocó. Vivir no es fácil, y una muestra de eso era la pequeñita solitaria. Tú no estás sola.

Y vamos, no es un concierto para piano, es una reducción de orquesta. Levantas la tapa del instrumento, con el brazo que no tiene la fístula, y sacas la tela que cubre las teclas… otra vez. Y te sientas, y empiezas a leer, y tocas. Y a cada nota se hace menos difícil.

Estás tocando la romanza que seguro le dará dolores de cabezas a Raven, y tienes planificado ofrecerle tu ayuda, para practicar, ¿de qué sirve tener a una pianista en casa si no te ayuda con tus arias y romanzas? Vamos, es hora de empezar a devolverle aunque sea un poco de todo lo que te ha dado.

Tu celular suena. Otra llamada de Octavia. Un «estoy bien, ¿cómo estás tú?». Aprovechas la interrupción para ir por la nevera y coger una gelatina de cereza, que por mala suerte, o torpeza, termina manchándote la camisa. Bah… no le prestas atención a la mancha y al terminar de comer vuelves al piano. Te resulta bastante obvio que tienes que volver a tu método de estudio, crees poder hacerlo mejor.

Intentas mantener al margen las emociones negativas, pero estás consciente de la batalla que se libra dentro de ti. Por un lado, quieres dejarte llevar y empezar a disfrutarlo de verdad, pero otra parte de ti te hace sentir muy culpable. También intentas ignorar a esta parte. Vamos, que sabes que no es algo que lograrás de un segundo a otro, se llevará su tiempo. El hecho de que estés dispuesta a intentarlo ya es mucho.

Te ves interrumpida por golpes en la puerta que anuncian la llegada de Raven dos horas antes. Jodida garrapata del mal… que no tiene por qué estar dejando de hacer sus cosas solo para venir a vigilar que estés bien. ¡Estás bien! Pero sí, Raven no se conformaría con solo llamar; estar a la puerta es algo tan de ella.

Si te hubieses puesto a pensar un poco más, Lexa, notarías que Raven no tiene necesidad de tocar, ella tiene su llave. Tienes puesto el pijama que dentro de poco será apellidado «del mal» y bautizado como «el más horrible y asexuado desde el paleolítico hasta la edad actual», el cabello más revuelto que el nudo de Meereen, los pies descalzos, y una mancha roja descomunal en el centro de tu camisa; aprovechas tu torpeza y abres la puerta dramatizando, como si la mancha de gelatina fuera sangre, una actuación digna de los Oscar, completamente dirigida a Raven y no a la rubia súper sexy que arrastra lentamente su mirada desde tus pies hasta tus ojos, para luego sonreír de lado en una mueca bastante burlesca.

¡Y, joder! Tu bien jodido corazón se salta un latido.

Está preciosa, aunque no te guste nada nada nada, ni un poquitín, no puedes negar que está preciosísima, porque no eres ciega… y el hecho de que tu cuerpo reaccionara así, no significa nada.

Es que, estás segura de que estás alucinando, a ningún ser humano le puede quedar tan hermosa una mueca como esa…

No puede ser real…

—¿Clarke?

….

ESPERO QUE YA PUEDAN VER EL CAPÍTULO

Holaaa… aquí el capítulo ocho, espero que lo hayan disfrutado.

Sí, sé que el Clexa va lento, pero la verdad, yo avanzo conforme a lo que me digan los personajes, me tienen controlada y no quiero forzar nada, considero que debo dejar que ellos lleguen donde quieren justo cuando quieren.

Tenemos a una Lexa con una lucha constante contra ella misma; a veces avanza dos pasos y retrocede tres, pero es que a pesar del tiempo aún no sabe cómo lidiar con lo que se le ha venido encima, y siente mucha culpabilidad.

Gracias, MakotoBlack por tomarse el tiempo de darle una revisión a esta historia.

Luy: Gracias por tu emocionante comentario, a mí también me parece genial Raven, quiero una así en mi vida, de preferencia igual de sexy jajajaja… Bueno, lo del osito gominola fue una coincidencia, y también está el hecho, de que aunque no lo exprese con claridad, esta historia no transcurre en un día tras día, hay pequeños saltos temporales.

Y mil gracias a ti, por haber leído hasta aquí.

"Nos ganamos la vida con lo que recibimos, pero hacemos la vida con lo que damos..." John Maxwell.

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