Capitulo 9: Noche de miedo
Aquella misma noche:
Obsidiana deambulaba solitaria por la playa, sus pies hundiéndose en la fina arena a cada paso que daba mientras sentía las frías aguas que iban y venían con el oleaje. El frío era lo único que la hacía ser consciente de su cuerpo, su mente tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera veía a donde iba. Su mirada cabizbaja se fijó en sus pies, medio enterrados, y después se perdió en el horizonte azul del mar.
El silencio le ayudaba a pensar. Lo que había visto en aquella cámara de reciclaje, las palabras de la fusión Granate,… todo daba vueltas en su mente mientras batallaba por ver qué era verdad, o cual podía ser. Por primera vez en mucho tiempo, antes incluso de que fuera encerrada en aquella burbuja, se sentía confusa, perdida, sin saber qué hacer.
Cómo odiaba esa sensación.
Había trabajado muy duro para llegar hasta donde estaba. No solo para conseguir su puesto al servicio de Diamante Azul, sino también para alcanzar un estado mental que le permitiera realizar su tarea de la manera más efectiva posible. Uno no podía hacer lo que ella hacía dudando y sintiendo remordimientos por todo. Había que ser duro, inflexible, despiadado y firme para no caer así ante la presión de las decisiones que… no, de las órdenes que seguía. Cuando había vuelto a la Tierra, había tenido clarísimo qué era lo que quería hacer: encontrar a las Gemas de Cristal, y aplastar a todas y cada una de ellas. Especialmente a Perla. Luego, cumpliría el resto de su misión, volvería triunfante al Planeta Natal, e informaría a su querido Diamante del éxito en su misión, rogándole que la perdonara por haber fracasado en su tarea hacía ya tantos años.
Una parte de ella la echaba de menos. Echaba de menos su magnificencia, el aura imperial con el que comandaba los planetas bajo su mando. Anhelaba oír su voz, estar junto a ella, ser el objeto de sus palabras… Durante su cautiverio, siempre que no había estado maldiciendo el nombre de sus captoras, la imagen de su amado Diamante se le había aparecido una y otra vez. Si hubiera podido romper sus ataduras antes y volver junto a ella, lo habría hecho sin importarle el costo. No había sido hasta que el niño humano Steven la liberó, que pudo ver cumplido su deseo… más o menos. Aún tenía que poder conseguir una audiencia con Diamante Azul, pero esperaba que cumpliendo su tarea en aquel planeta lo pudiera conseguir a su retorno.
Ese había sido el plan, por lo menos. Ahora, ya no estaba tan segura.
¿Qué era aquella lista de prisioneras? ¿Por qué no le habían permitido ver a Diamante Azul? ¿Qué sacaba Diamante Amarillo al mandarla a ella en concreto a la Tierra? ¿Y qué era eso de la Corrupción, alguna especie de enfermedad del planeta o realmente había sido obra de los Diamantes? Obsidiana tenía demasiadas preguntas, y muy pocas respuestas. El único modo que se le ocurría de encontrar respuesta sería volver al Planeta Natal, desobedeciendo aún más sus órdenes y abandonando su misión, para encararse a Diamante Amarillo y exigir respuestas. La mera idea le parecía absurda, tanto que ni siquiera se planteó buscar un modo de salir del planeta.
Estaba atascada, y no en la clase de atasco del que hubiera podido salir atravesando las paredes. No, este callejón sin salida era mucho más difícil de sortear, y francamente, Obsidiana no sabía cómo proceder. Así pues, siguió caminando mientras dejaba cada vez más atrás el templo de las Gemas de Cristal.
Harta de arena, Obsidiana salió al paseo marítimo y prosiguió su deambular mientras miraba pensativa las estrellas del cielo. El alba se acercaba, pero el sol aún tardaría bastante en salir, de manera que aún quedaban unas buenas horas de oscuridad antes de que la luz lo bañara todo. Después de tantos siglos a oscuras, Obsidiana se sentía curiosamente a gusto en las sombras, sintiendo algo familiar en ellas que antes nunca supo apreciar. Disfrutaba de la luz, como todas las Gemas, y más aún tras tanto tiempo de abstinencia. Pero las sombras la hacían sentirse segura, protegida, como si en ellas ella fuera la soberana y los demás meros intrusos de los que podría encargarse con una sola descarga sus trabucos. Además, a aquellas horas no había gente por las calles, iluminadas a intervalos por las solitarias farolas, que enfocaban al suelo a la espera de que alguien cruzara por debajo.
Curiosamente, Obsidiana se encontró esquivando los focos de luz, rodeando las zonas iluminadas mientras sus pies parecían preferir las sombras de alrededor. Pronto, sus sencillos pasos se estiraron y Obsidiana empezó a contorsionar su cuerpo, girando y saltando como si de una danza se tratara. Si, estaba danzando, danzando como una bailarina que rechazaba los focos del escenario, optando por permanecer oculta mientras avanzaba por la dormida ciudad. Sus movimientos, consistentes principalmente en patadas amplias y giros, parecían emular una situación de combate, en la cual Obsidiana peleaba contra cientos de enemigos mientras procuraba no perder de vista a ninguno, derribando objetivos y agitando sus brazos como si aún empuñara sus trabucos. Saltaba a los bancos, se deslizaba por las barandillas, giraba sobre sí misma y se agarraba de cada saliente que encontraba para impulsarse y sobrevolar las calles, abandonando la acera y cambiando pronto a los tejados de la ciudad. Impulsada por un sentimiento que no acababa de entender, Obsidiana se encontró saltando por los tejados, impulsándose en las farolas mientras corría y corría. No sabía a dónde iba, ni por qué corría, pero cada parte de su cuerpo la llamaba a hacerlo, sintiendo como si sus inseguridades mitigaran con el esfuerzo físico.
Pronto todo quedó relegado a un segundo plano. Nunca antes se había considerado alguien grácil, y la verdad era que tampoco había intentado bailar nunca. Una vez presenció como una Perla Azul danzaba y cantaba para el divertimiento de su Diamante, y si bien Obsidiana tenía que admitir que le había llamado la atención, tampoco la había incitado a probar semejante ejercicio de coordinación al considerarlo un simple malgasto de energía que podría ser mejor empleado en otras tareas. Le habían dicho alguna vez que, cuando peleaba, parecía que danzara por el campo de batalla, pero Obsidiana nunca había entendido a qué se referían. Ella no "danzaba". Golpeaba, esquivaba, disparaba… ¿pero danzar? ¿Acaso bastaba con agitar los brazos y moverse con un poco de gracia para que tildaran a alguien de ser un bailarín? No, ella no danzaba. Sabía cómo moverse en la batalla, pero nunca lo habría llamado un baile, porque si algo sabía de los bailes, era que estaban hechos para que otros disfrutaran. Ella solo traía muerte y desgracia. Eso no era un baile.
Las correrías de Obsidiana se detuvieron cuando, justo al aterrizar en lo alto de una azotea tras sobrevolar el espacio entre dos edificios, escuchó un sonido que le llamó enormemente la atención. Una suave melodía sonaba en el ambiente, un sonido tan harmonioso y dulce que Obsidiana detuvo sus movimientos por completo, tratando de no generar ningún ruido que pudiera ocultar tan increíble suceso.
Estaba en el aire, en el viento, a su alrededor… Era como oír el canto de una Perla, armonioso y melódico, si bien no se trataba de ningún ritmo o melodía que Obsidiana pudiera asociar a ninguna otra Gema. Sin darse ni cuenta, se encontró dando vueltas mientras intentaba localizar el origen de aquel sonido que tanto le llamaba la atención. Concentrándose, sintió como el sonido parecía ser más fuerte en cierta dirección, por lo que dedujo que quien lo estuviera produciendo seguramente se encontraba allí también. Así pues, Obsidiana empezó a sobrevolar las casas mientras seguía el sonido de aquella canción.
Obsidiana aterrizó al borde de una casa no muy alta, desde la cual se podía ver una amplia carretera desprovista de cualquier clase de vehículos. Justo enfrente de ella se encontraba una singular estructura con un curioso cartel encima, uno que parecía representar un ser con una nariz muy larga y unas letras en el idioma de los humanos que no acabó de traducir. Por alguna razón, el sitio le era bastante familiar, pero no acababa de recordar cuando lo había visto por última vez, o si realmente había estado allí en el pasado. Siguiendo el sonido que la había guiado hasta allí, Obsidiana observó que este parecía provenir de…un humano.
El humano en cuestión estaba sentado a la entrada de uno de esos vehículos que los humanos usaban para desplazarse por el suelo (aunque Obsidiana seguía sin entender por qué nadie querría hacerlo, pudiendo construirlos para volar), uno de grandes dimensiones pintado de muchos y vivos colores. El humano parecía ser bastante voluminoso para lo normal en un humano, con una curiosa disposición capilar que consistía en una larga melena y un montón de pelo alrededor de la boca, pero nada en la parte superior. Su piel presentaba una coloración extraña, alternando entre el rojo rosado y el rosa pálido, como si se tratara de una Jaspe mal pintada. Solo de pensar en esa imagen Obsidiana se encontró sonriendo divertida. El humano no parecía estar cantando, aunque estaba claro que el sonido venía de él. Tras un examen más cuidadoso, Obsidiana encontró que el origen de aquella melodía tan extraña parecía provenir de un artilugio que el humano manipulaba con expresión de gran concentración.
El artilugio era…algo que Obsidiana no había visto antes. Parecía presentar un cuerpo bulboso y un largo apéndice que permanecían conectados por una serie de cuerdas que el humano tocaba y hacía vibrar con sus dedos. Parecía ser que con cada cuerda que temblaba, un nuevo sonido salía del aparato, lo cual sorprendió aún más a Obsidiana al no haber visto nunca algo semejante en toda su vida. Sabía que las Rocas de los Lamentos tenían la capacidad de transmitir señales e incluso sonidos a veces, pero nunca antes había visto nada que pudiera emitir algo como…aquello. Era casi como oír el canto de alguien, pero sin palabras. ¿Cómo podía ser eso posible? Obsidiana se decidió a averiguarlo.
Convertida en una sombra, oculta en el cielo nocturno, Obsidiana sobrevoló silenciosa la calle sin perder de vista al humano, el cual parecía permanecer inadvertido de su presencia allí. Sin hacer el menor ruido, Obsidiana aterrizó en el tejado del edificio junto al que se encontraba el humano, deslizándose y reptando por el techo y las paredes hasta llegar al suelo. Desde allí, pasó por debajo del vehículo y se subió encima, donde adoptó nuevamente una forma menos vaporosa. Obsidiana se encontraba ahora observando en silencio al humano desde arriba, pudiendo escuchar además aquel sonido en primera fila mientras las sombras de su cuerpo se aglutinaban a su alrededor y la camuflaban contra el oscuro cielo de la noche. Ahora que estaba tan cerca, Obsidiana pudo notar varias cosas que antes no había podido ver.
Primero de todo, vio que manejar aquel artilugio era bastante complicado, ya que mientras con una mano golpeaba las cuerdas de arriba abajo, la otra se movía por la otra punta del aparato adoptando diferentes posiciones de dedos, lo cual se traducía como nuevos y variados sonidos que en conjunto sonaban bastante bien. De vez en cuando, el humano hacía vibrar una o dos cuerdas en concreto, mientras la otra mano permanecía apoyada a cierta altura del aparato. En estos casos, si bien la melodía cambiaba y parecía detenerse, era cuando el sonido parecía convertirse casi en palabras entendibles, palabras cantadas en un idioma que Obsidiana seguía sin entender.
Y, sin embargo, se encontró incapaz de apartar la mirada. Escuchaba aquel hipnótico canto sin ser capaz de hacer otra cosa que permanecer allí agazapada.
En un momento dado, el humano alzó la cabeza y sus miradas se toparon finalmente. Obsidiana vio en aquel humano algo que le era terriblemente familiar, como si ya hubiera visto su cara en algún sitio, pero seguía sin situarlo en ninguna parte. Greg, quien era el que estaba tocando hasta que sintió una presencia a sus espaldas, alzó la mirada para encontrarse una estampa francamente singular: una mujer de tez pálida rodeada de un aura negra que oscurecía las estrellas, sus dos ojos negros como el carbón fijos en él con solo sus dos blancos iris permitiéndole saber que él era el blanco de su atención.
En resumen, que parecía un fantasma más que aterrador. Tal vez fuera por ello que Greg respondió como lo hizo.
-¡AAAAAAAGH!-exclamó, cayéndose de culo al suelo y retrocediendo alarmado. Obsidiana puso mala cara al ver como el sonido se paraba, siguiendo con la mirada al espantado humano-. ¡POR FAVOR, NO ME ROBES EL ALMA! ¡Tengo que…!-De repente, la mirada de Greg volvió a posarse en Obsidiana, y fue entonces cuando la reconoció-. Ah, eres tú, Obsidiana. Perdona, creía que eras un fantasma. Culpa mía…-se rio nervioso, una mano sobre su agitado corazón.
-¿Nos conocemos?-preguntó extrañada Obsidiana, ladeando ligeramente la cabeza. Greg se limitó a frotarse la nuca.
-Greg Universe. Ya sabes, el padre de Steven. Me trajiste una pizza una vez aquí, y me contaste como intentaste matar a Rosa y que Perla te apuñaló por la espalda.
-Oh, ahora me acuerdo-dijo Obsidiana, finalmente acordándose de él. A Greg le dolió un poco que se hubieran olvidado de él, pero tampoco le dijo nada al respecto a Obsidiana.
Mientras Greg se ponía de pie, Obsidiana se agarró al borde de la furgoneta y se bajó de ella girando hacia adelante, aterrizando sobre sus dos pies sin mucha dificultad. A pesar de su experiencia con las otras Gemas, Greg no pudo evitar sentirse algo intimidado en presencia de Obsidiana. No solo era una Gema del Planeta Natal, sino que era una asesina que al parecer había estado luchando durante mucho tiempo contra Rosa, Perla y Granate. Sabía que podía volar, atravesar muros, y su aspecto en general le recordaba demasiado al de un espectro que salía en una película de terror. El hecho de que además fuera una cabeza o dos más alta que él no ayudó a disminuir su ansiedad.
-Bueno…-empezó a decir Greg, algo incómodo-. ¿Qué…qué te trae por aquí?- Obsidiana no respondió en seguida. Se limitó a permanecer observando en silencio a Greg, lo cual solo consiguió ponerle más nervioso y que se pusiera a sudar de la tensión. Sin previo aviso, Obsidiana se giró y cogió el descartado instrumento que Greg había dejado caer al asustarse antes.
-He oído tu…sonido-explicó Obsidiana, examinando el instrumento. Este parecía algo pequeño en sus manos, si bien no tuvo muchos problemas en puntear una de las cuerdas con sus delgados dedos-. ¿Qué es esta cosa?
-Ah, eso es una guitarra-explicó Greg, tendiéndole la mano. Al verla, Obsidiana le devolvió la "guitarra", y se apoyó en la furgoneta con los brazos cruzados. Tras colocarse bien el instrumento, Greg empezó a tocar retomando la canción de antes. Al hacerlo, pudo notar como los ojos de Obsidiana se abrían ligeramente de la impresión (bueno, el ojo más bien, ya que el otro seguía oculto por el flequillo), obviamente cautivada por la música que salía de la guitarra. Si sus ojos no le fallaban, Greg hubiera jurado que por un momento el blanco iris de Obsidiana había tenido forma de una pequeña estrella-. ¿Te gusta la música?
-¿La qué?-preguntó Obsidiana, visiblemente confundida.
-Ya sabes, la música. Este…sonido-aclaró Greg, pulsando un par de notas como para recalcar sus palabras.
Al parecer, ese sonido era conocido en el planeta Tierra como "música". Obsidiana sintió una punzada de curiosidad al ver otro fenómeno más que solo se daba en ese planeta, tan diferente a lo que ocurría en el Planeta Natal. Allí nunca había habido otra "música" que la que salía de las Gemas cuando cantaban. Que los humanos hubieran fabricado cosas para emular esos cantos… ¿es que acaso los humanos no podían cantar? No parecía el caso, ya que alguna vez Obsidiana había oído cantar a Jenny o a Kiki mientras trabajaban en la pizzería. Así pues, ¿por qué habían inventado esos aparatos?
-Música…-repitió Obsidiana, acercándose a la guitarra como si así pudiera ver el sonido que de ella emanaba. Greg siguió tocando, sonriendo al ver que había conseguido despertar la curiosidad de la Gema.
-Parece que te gusta-comentó Greg, y recibió a cambio una mirada fulminante de Obsidiana. Por un momento creyó que había hablado demasiado, pero entonces la mirada de Obsidiana se ablandó, y dijo que sí tímidamente con la cabeza. Alguien duro que intenta que no se le note mucho que algo desconocido le gusta. Sí, Greg podía trabajar con aquello-. ¿Te gustaría que te enseñara a tocar la guitarra?- Obsidiana miró extrañada a Greg, y este se limitó a sonreír-. Te prometo que no lo lamentarás. Venga, dale un intento. Si no te gusta, siempre puedes dejarlo.
La oferta del humano pilló por sorpresa a Obsidiana. ¿Ella…aprender a "tocar la guitarra"? ¿Para qué iba ella a aprender a tocar? Ella ya sabía tocar. Tenía dos manos, y tocaba las cosas sin muchos problemas. ¿Realmente ese humano creía que necesitaba su ayuda para algo tan estúpido como tocar?
-No me trates de tonta, humano-respondió desafiante Obsidiana-. Sé tocar perfectamente sin tu ayuda.
-Oh, ¿en serio?-preguntó Greg, sonriendo divertido mientras miraba ligeramente desafiante a Obsidiana-. En ese caso, tócame algo. Quiero oír como rasguea una Gema del Planeta Natal.- Greg le tendió la guitarra a Obsidiana, y esta se quedó algo cortada al no acabar de entender qué era lo que el humano quería que hiciera.
Algo torpemente, Obsidiana cogió al guitarra por el mástil y se la quedó mirando sin saber cómo proceder. El humano había dicho "tócame algo". ¿Se suponía que lo tenía que tocar con aquella "guitarra"? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Para qué? Obsidiana estaba muy confundida. Y luego, estaba eso de "rasguear". ¿Qué, en el nombre de las estrellas, significaba "rasguear"? Se parecía a rasgar, pero ella no tenía garras ni armas de filo para rasgar nada. De haber contado con una espada o un cuchillo, la cosa hubiera sido diferente, pero ella solo tenía trabucos. ¿Qué se suponía que tenía que hacer, rasgar con los cañones? ¿Y qué diferencia había entre que rasgara un humano, una Gema de Cristal, y alguien del Planeta Natal? Al parecer la había, ya que el humano parecía creer que así era. Además, al parecer era algo que se oía…que se oía…
La mirada de Obsidiana se centró en las cuerdas de esta, y una teoría se formó en su cabeza. Si era algo que se oía, y le había dado la guitarra, era que "rasguear" era algo que se hacía con aquella cosa. ¿Pero el qué? Lo único que le había visto hacer era golpear las cuerdas con los dedos, y mover la otra mano de un lado al otro. No tenía muy claro lo que había que hacer, pero su instinto le decía que su mejor curso de acción era imitar al humano. Ese pensamiento le había sido de utilidad en el pasado, permitiéndole entrenarse y luchar contra otras Gemas más poderosas gracias a que imitó sus movimientos y aprendió de ellos.
Así pues, cogiendo la guitarra más o menos como se lo había visto hacer al humano, Obsidiana levantó la mano ante la atenta mirada de Greg, y la dejó caer contra las cuerdas de la guitarra.
THUMP. Ningún sonido salió de la guitarra. Extrañada, Obsidiana lo volvió a intentar, pero el resultado fue el mismo. THUMP. THUMP. Frustrada, y cada vez más furiosa, Obsidiana levantó la mano en forma de garra dispuesta a arrancarle un sonido a aquel condenado trasto, aunque para ello tuviera que destrozarlo en el proceso. Greg, sin embargo, se interpuso en un intento de salvar su querido instrumento.
-¡Nononono, espera!-exclamó, deteniendo su gesto en el último momento-. ¡Te cargarás mis cuerdas!
-¡Esta "guitarra" no funciona!-respondió molesta Obsidiana, devolviéndole el instrumento con tanto ímpetu que prácticamente se la tiró a los brazos. Cruzada de brazos, Obsidiana se giró mientras hablaba con aire ofendido-. No lo entiendo…
-Normal que no "funcionara"-dijo calmado Greg, mientras miraba con la ceja encarnada a Obsidiana-. Si tapas todas las cuerdas con la otra mano, aunque rasguees con fuerza el sonido no podrá salir.
Si bien seguía molesta, más herida en su orgullo que enrabiada, Obsidiana se giró lo justo para mirar de reojo al humano. Al parecer, él creía saber por qué no había conseguido hacer algo tan sencillo como tocar aquella cosa, de manera que si quería recuperar su orgullo, era a él a quien debía recurrir.
-¿Y cómo se hace?-preguntó Obsidiana mientras encaraba a Greg. Este, sosteniéndole la mirada a Obsidiana, se permitió una sonrisa amable en el rostro.
-¿Te gustaría aprender?-volvió a preguntar, y algo en la forma en que sonreía provocó que Obsidiana se ruborizara. Girándose, trató de entender la razón de ese cambio de mentalidad suyo. Que alguien le preguntara si quería aprender algo… Bueno, directamente que alguien le preguntara si quería algo… No era algo que se le ofreciera cada día.
En el Planeta Natal, las Gemas subordinadas a otras superiores estaban obligadas a hacer todo lo que sus jefas les dijeran. No había lugar para las opiniones, los deseos, o las intenciones. Simplemente, una Gema debía obedecer lo que los demás le dijeran, y realizar la tarea para la que había sido creada sin más dilación y sin fallar en su cometido. Si fallaba, entonces era que esa Gema era un fracaso indigno de la tarea que se le había conferido, y por tanto no tenía lugar en la sociedad. Debía ser apartada para que otra Gema idéntica pudiera llevar a cabo la tarea en cuestión, y la vida seguiría sin detenerse ni un solo instante.
Así pues, había pocos casos en que las Gemas necesitaran "aprender" a hacer las cosas. Algunas recién nacidas recibían instrucciones complementarias tras salir de la tierra, como por ejemplo las Peridotos que eran instruidas en diferentes aspectos de la tecnología del Planeta Natal en función de la tarea o sección a la cual iba a ser destinada. Las Obsidianas, pero, no habían precisado esa clase de instrucción complementaria al haber sido, en el mejor de los casos, carne de cañón al servicio de otras Gemas. Nadie se molestó nunca en enseñarlas a luchar. Se limitaron a darles un puñado de armas, y a soltarlas donde quisieran que pelearan, lo cual contribuyó en gran medida a la casi erradicación de su corte. La única razón de que Obsidiana supiera pelear como ella lo hacía era porque en más de una ocasión había infringido las normas y había espiado a otras guerreras mientras se entrenaban. Imitó los movimientos de otras Gemas, adaptándolo en su propio estilo de golpear y esquivar para así conseguir sobrevivir en el campo de batalla. Esto la había llevado a ser castigada en más de una ocasión, pero con el tiempo resultó muy beneficioso para ella, como demostraba el hecho de ser la única Obsidiana que seguía con vida.
Esto era algo muy curioso de la Tierra. Si bien en el Planeta Natal debía robar los conocimientos que precisaba para seguir con vida, en la Tierra parecía que le surgían, una detrás de otra, una infinidad de oportunidades de aprender sobre cosas que nunca antes había visto. Cuando llegó a la pizzería, Gunga y las demás le enseñaron un montón de cosas sobre cómo era trabajar allí, tales como contestar al teléfono, tomar nota de los pedidos (Kofi había desistido de insistirle que dejara de escribir con garabatos, a lo cual Obsidiana se había negado. Había sido demasiado difícil aprender a escribir en el idioma de las Gemas como para que encima ahora le prohibieran hacerlo), el proceso de elaboración de las pizzas, o como atender a los clientes en la barra. Había aprendido sobre el concepto del dinero, y gracias a sus conversaciones con Gunga y las demás chicas Pizza había ido ampliando sus conocimientos sobre la Tierra. Ahora sabía que habían una infinidad de cosas por hacer allí fuera, que el mundo había cambiado mucho desde que fue encerrada hacía ya tantos milenios, y que la Tierra aún albergaba misterios y sensaciones que Obsidiana deseaba experimentar. El planeta en sí seguía sin gustarle (demasiados malos recuerdos), pero después de haberse pasado 5000 años encerrada en una burbuja…
Se moría por sentir.
El sabor de la comida. El tacto de las cosas. Los muchos y variados olores. La visión de la luz que bañaba el mundo a su alrededor. El sonido de los elementos. Tantas cosas que antes no había sabido apreciar, tantas cosas que había echado de menos durante su encarcelamiento... Aún entonces, meses después de su liberación, seguía experimentando con sus sentidos como si creyera que todo aquello se fuera a acabar pronto, como si cualquier día fuera a volver a ser encerrada en la burbuja y devuelta a las sombras. Aquel sonido, aquella "música", representaba algo que Obsidiana nunca antes había visto o, más concretamente, oído. Era algo difícil de describir, una sensación como pocas había sentido antes. Volver a oír sonidos había sido una delicia para Obsidiana, pero el oír canciones… Nunca antes había apreciado tanto el canto de nadie. Ahora que podía volverlos a oír, una nueva oleada de sensaciones y experiencias sacudían su cuerpo y mente ante aquel fenómeno, como si por primera vez realmente "escuchara" esas canciones. Que semejante canto saliera de un aparato, que ella misma pudiera aprender a utilizarlo para crear ese canto…
Inconscientemente, Obsidiana se encontró mirando con ojos brillantes a Greg. Este se quedó algo cortado al ver la mirada de sorpresa e ilusión de la antes intimidante asesina, pero decidió no darle muchas vueltas. Después de todo, ¿a quién no le gustaba la música?
-Me tomaré eso como un sí-comentó Greg, volviendo a sentarse en el hueco de su furgoneta. Después, indicó con una mano que Obsidiana tomara asiento a su lado.
Si bien algo reticente al principio, al final Obsidiana acabó sentándose junto a Greg, sin molestarse siquiera en pensar lo raro que era que una Gema del Planeta Natal se encontrara tan cerca de un humano sin sentir asco o malestar. Sencillamente, tenía otras cosas en la cabeza.
-Muy bien. Mira atentamente como pongo mis dedos en el mástil-explicó Greg, haciendo una demostración a Obsidiana-. Por cierto, esta parte alargada es el mástil, como en los barcos.
-Mástil…-repitió Obsidiana-… ¿barcos?
-Sí, ya sabes… Esas cosas que van por el agua-aclaró Greg.
-¿Esas con ojos saltones y que tienen el cuerpo cubierto de escamas?-preguntó Obsidiana, haciendo las veces de aletas con las manos.
-No, eso son peces. Yo digo barcos, como en… los vehículos que…
Así, Greg y Obsidiana empezaron a hablar de todo un poco, saltando de un tema de conversación a otro mientras proseguían con las clases de guitarra. Si bien algo tensa al principio, Obsidiana se encontró relajándose cada vez más al ver que el humano Greg no parecía molestarse o desesperar ante sus repetidos errores. En su lugar, se limitaba a corregirla con amabilidad y señalarle cómo debía hacerlo para hacerlo bien. De esta manera, poco a poco, Obsidiana acabó sabiendo cómo se rasgueaban las cuerdas (y de paso qué significaba rasguear), algunas de esas posiciones de dedos llamadas "acordes", y cuál era la distribución de notas de cada cuerda. Por suerte para ella, Obsidiana tenía buena memoria y buena precisión con sus dedos.
-¡Así, muy bien!-exclamó Greg al ver como Obsidiana hacía velozmente una escala de Do, punteando las seis cuerdas a un ritmo acelerado.
-¡Jajajaja! ¡Esto es increíble!-dijo Obsidiana, riendo dichosa ante el sonido de la guitarra. Realmente era lo más divertido que había hecho en…bueno, un montón de tiempo. Tal vez fuera lo más divertido que había hecho desde el día que salió de la tierra, la primera actividad a la que dedicaba tiempo y esfuerzo y que no solo no estaba orientada a hacer daño, sino que encima había escogido ella por iniciativa propia-. Estoy…estoy haciendo música…
-Sí. Es increíble lo rápido que pillas estas cosas. A mí me costó bastante tiempo aprender a puntear tan rápido-comentó Greg con una sonrisa mientras hacía ver que tocaba una guitarra en el aire. Al verlo tan motivado, mientras oía como hacia los ruidos de la guitarra con la boca, Obsidiana no pudo sino evitar reírse ante aquella imagen.
Entre carcajadas, Obsidiana se dio cuenta de una cosa en la que aún no había caído: se estaba riendo…y lo estaba disfrutando de verdad. No recordaba la última vez que se había reído sin tener que burlarse de nadie, o sin que lo hubiera hecho para intimidar a una enemiga. La última vez que se rio, cuando supo lo que la Peridoto había dicho a Diamante Amarillo, había sido una reacción instintiva ante una historia tan inverosímil como que una simple Gema del montón hubiera decidido insultar a un Diamante a la cara. Si bien le había sentado bien, el saber que luego tendría que ejecutar a la Peridoto le había impedido gozar plenamente de su risa. En esta ocasión, pero, Obsidiana no tenía por qué contenerse. Se estaba divirtiendo por primera vez en su vida, y pensaba disfrutar de esa experiencia al máximo.
-¡Jajaja! ¿Por qué…por qué me hace tanta gracia? Es…es bastante tonto.
-Eh, las cosas no siempre han de tener un por qué. A veces, simplemente son, y ya está.
-Ya veo-dijo Obsidiana, tranquilizándose.
Greg y Obsidiana permanecieron unos instantes en silencio, observando las estrellas pensativos mientras se recuperaban de las carcajadas de antes y disfrutaban de la mutua compañía. Por su parte, Greg nunca se hubiera imaginado que encontraría una Gema tan interesada en la música. Le recordaba un poco a Rosa, quien siempre había sentido una gran curiosidad por todo lo relacionado con la Tierra. Se habían conocido precisamente gracias a eso, a la música, y desde entonces había sido uno de los vínculos que habían compartido hasta el último día. El poder volver a gozar de la música con otra persona…o Gema, la sensación de poder enseñarle a alguien las maravillas del sonido y la armonía, las risas entre amigos,… Greg no se había sentido así desde los días en los que había cuidado de Steven, cuando aún era demasiado pequeño como para ir a vivir con las Gemas y se había quedado con él en la furgoneta.
-Oye, si no te importa la pregunta… ¿Qué hacías por ahí a estas horas?-preguntó Greg mirando de reojo a Obsidiana. Esta, mirando las estrellas, permaneció en silencio. Justo cuando Greg empezaba a creer que la Gema no le contestaría, se sorprendió al oír a Obsidiana respondiéndole.
-Estaba…pensando. Antes la Gema de Cristal Granate me enseñó algo…y estaba tratando de comprenderlo-dijo Obsidiana lentamente, como si aún estuviera más concentrada en tratar de dar respuesta a sus pensamientos-. ¿Y tú? Creí que los humanos entrabais en un estado inconsciente de reposo por la noche.
-Ah, te refieres a dormir… Sí, supongo que me desvelé-reconoció Greg, algo avergonzado-. Con tanto terremoto, reconstrucción, invasiones,… A veces me cuesta dormir al pensar en que mi hijo pueda verse envuelto en tantos líos mágicos.
-¿Temes por tu Steven?
-Bueno, sí… Soy su padre, es normal que me preocupe. Sé que las Gemas no dejarán que le pase nada, pero aun así no puedo evitar pensar en que Steven tiene demasiadas responsabilidades para un chico de su edad. Yo a su edad me la pasaba jugando por ahí o en la escuela, no visitando ruinas antiguas acompañado de alienígenas o repeliendo invasiones de seres de otro mundo.
-¿Y por qué no se lo impides? Por lo que tengo entendido, él está obligado a obedecerte. ¿Acaso no eres de un corte superior?
-Corte… Creo que entiendo lo que quieres decir, pero a la vez no lo pillo-comentó Greg, sonriendo algo incómodo-. Sí, sé que podría ordenarle a Steven que no fuera con las Gemas… pero es que cuando le miro a los ojos, cuando le oigo hablar, cuando veo cómo interactúa con las Gemas y el mundo que le rodea… Cuando le veo siendo como es, sé que nunca podría apartarlo de esta vida.- Obsidiana miraba a Greg sin acabar de entender lo que este quería decir, de manera que intentó explicárselo mejor-. Bueno, tú has hablado con él. ¿Qué impresión te ha dado?
Obsidiana se puso a recordar todo lo que había vivido con aquel joven niño humano, repitiendo sus palabras en su mente y todo lo que le había visto hacer desde el día que salió de la burbuja. Steven había sido la primera Gema con la que se había cruzado al huir, y si bien al principio se había sentido algo inquieta al saber que portaba la gema de Rosa Cuarzo, no pudo evitar sentir que no era del todo la misma Gema.
-Es…un humano/Gema muy raro-empezó a decir Obsidiana-. Siempre hace cosas que no consigo entender. Dice cosas muy extrañas que siempre me fastidian un montón. Siempre está poniéndose en mi camino cuando intento destruir a otra Gema, y el otro día me rodeó la pierna con los brazos y se me pegó al cuerpo.
-Ah, eso es un abrazo…
-¡Ya sé lo que es un abrazo!-exclamó Obsidiana-. Lo que quiero decir es que no entiendo por qué me dio un abrazo. ¿Es que acaso no sabe que somos enemigos? He intentado destruir a sus amigas en muchas ocasiones, he aniquilado incontables Gemas de Cristal en el pasado, incluso participé en su secuestro cuando vinimos por primera vez a la Tierra.- A pesar del tono de enfado que usaba Obsidiana, Greg pudo fijarse en que sus ojos parecían reflejar otra cosa. Brillaban con una mezcla de confusión y frustración que dio a entender a Greg que Obsidiana, si bien no entendía la razón tras el comportamiento de Steven, parecía creer que no era el que debería tener con ella-. Es…es tan irritante, tan confuso… Le he hecho tantas cosas malas, y sigue sonriéndome, alegrándose de verme, animándome a ser una Gema de Cristal… ¿Por qué no puede entender que somos enemigos? Todo sería…mucho más fácil.
-Tal vez para ti, pero no para Steven-comentó Greg-. Dices que él debería verte como a una enemiga, pero créeme cuando te digo que ese pensamiento ni siquiera se le ha cruzado por la cabeza ni un solo momento.
-¿Qué?
-Steven es mi hijo, y el hijo de Rosa. Sé cómo piensa porque yo lo he visto crecer desde que era un bebé, y he colaborado en su educación. Me ha llegado a sorprender tantas veces como le he sorprendido yo, puede que incluso más. He visto la clase de persona en la que se ha ido convirtiendo con el tiempo, y puedo asegurarte que él nunca te vería como una enemiga incluso tras las cosas que dices que le has hecho.- Obsidiana seguía muy confundida. ¿Cómo podía ser?-. Steven cree en las segundas oportunidades, en la paz y la amistad, y defenderá sus principios contra todo pronóstico y posibilidad. Si hay la oportunidad de convertir a una enemiga en amiga, Steven se aferrará a ella. Él parece haber visto algo en ti, algo que tal vez te permita convertirte algún día en su amiga y la de las demás Gemas, y es por eso que no ha perdido la esperanza contigo.
-Yo…-empezó a decir Obsidiana. Que alguien a quien había amenazado pudiera tener semejantes pensamientos sobre ella la confundía enormemente. Estaba acostumbrada a la ira, al rencor, al odio… ¿pero la esperanza? Eso era algo nuevo, y Obsidiana no sabía qué hacer con ello-… es un iluso. ¿Yo, amiga de las Gemas de Cristal? Tu "hijo" fracasará.
-Bueno, él no lo ve así. Él lo cree posible, y la verdad es que yo también.
Obsidiana miró algo sorprendida a Greg.
-¿Tú…también lo crees?-preguntó Obsidiana, mirando con los ojos bien abiertos al sonriente Greg-. Pero… ¡si yo soy uno de los peligros a los que se ve expuesto tu "hijo"! Créeme cuando te digo que si mi Diamante me ordenara destruir a las Gemas de Cristal, no dudaría un solo segundo en hacerlo. Y tu Steven también es una Gema de Cristal, así que…
-Oh, ya veo…-dijo Greg, y Obsidiana creyó que por fin le había hecho entender. Entonces, el humano la sorprendió nuevamente mirándola con renovada seguridad-. Ahora puedo ver por qué Steven cree que podrías cambiar.
Obsidiana no se pudo contener más. Al oír aquellas palabras tan confusas, se levantó de su sitio de un salto soltando un rugido de pura rabia y frustración acumuladas, agarrándose la cabeza con ambas manos.
-¡RAAAAAAGH! ¿Y AHORA POR QUÉ DICES ESO?-exclamó Obsidiana, mirando a Greg con tanta intensidad que incluso él se echó para atrás al ver como parecía salir fuego de los ojos de la sombría Gema. Por un instante, las luces de las farolas parecieron perder intensidad, ocultándose ante las sombras que cual niebla se habían levantado momentáneamente-. ¿A qué viene eso de que ahora lo puedes ver?
-Quiero decir… Cuando viniste por primera vez, las Gemas me avisaron de ti-explicó Greg-. Me dijeron que eras peligrosa, que las atacarías nada más verlas, y que harías cuanto estuviera en tu mano para destruirlas-. Obsidiana asintió. Sí, esa era exactamente su idea-. Pero ahora, dices que las destruirías si te lo ordenara tu Diamante. Por lo tanto, si no te lo ordena y queda a tu elección, eso quiere decir que entonces no lo harás.
-¡Esa era solo una manera de hablar!-se defendió Obsidiana, muy frustrada, pero Greg aún no había acabado.
-Entonces… ¿volverás a intentar destruir a las Gemas de Cristal? ¿A pesar de que no te lo hayan ordenado?-preguntó, algo preocupado-… ¿Es esa tu elección?- Obsidiana quiso responderle inmediatamente que sí, pero de repente le vino a la mente lo que había aprendido esa noche, y se vio incapaz de contestar.
-…no, todavía no…-dijo Obsidiana, casi murmurando para sí-. Antes… hay algo que tengo… que tengo que averiguar.
Obsidiana se quedó un rato pensativa. Greg la miró desde su furgoneta, preguntándose qué sería lo que la sombría Gema tenía en la cabeza. Lo único que conocía de ella era lo que Steven y las Gemas le habían contado, y su breve experiencia con ella de cuando le trajo pizza. De esa experiencia había sacado su primera impresión formal sobre la Gema, dándole la idea de que era alguien frío y determinado, alguien que cumplirá su objetivo marcado sin vacilar ni desviarse del camino a seguir. En aquel momento, pero, Greg empezó a ver la verdad tras la figura dura de Obsidiana. Vio las pequeñas grietas, las dudas, la confusión que parecía atormentarla y que parecía frustrarla tanto. No sabía bien cómo ayudarla, ya que tampoco parecía que Obsidiana quisiera hablar sobre el tema. Lo único que Greg podía hacer, era darle a entender que él estaría allí si la necesitaba, dándole a su vez el espacio que necesitara para pensar todo lo que ella quisiera.
-…respóndeme a algo-dijo entonces Obsidiana.
-¿El qué?
-Tú… has oído hablar de mí, ¿no?-preguntó, y Greg le respondió asintiendo con la cabeza. Luego se le ocurrió que, dándole la espalda, Obsidiana no tenía forma de saber qué había respondido, pero pareció que la Gema intuía su respuesta, ya que siguió hablando sin girarse ni una vez-. Entonces… ¿por qué no estás asustado? Soy una Gema del Planeta Natal, una alienígena invasora. Para colmo, soy una asesina que ha venido a enfrentarse a tu hijo y a sus amigas para destruirlas. Te han contado quien soy, lo que puedo hacer, a qué he venido…-Obsidiana se giró, mirando de reojo con su iris blanco a Greg-… ¿por qué no me tienes miedo?
-Bueno, mentiría si dijera que no te tengo un poco de miedo-reconoció Greg ligeramente avergonzado-. Es decir, apenas te conozco y tienes razón, me han contado cosas terribles sobre ti. Pero también es cierto que Perla y las demás también me asustan a veces, porque es normal tener miedo de aquello que no entendemos del todo. Nos asusta el no poder controlar qué va a pasar, nos asusta lo que no podemos comprender o prever…y eso no es malo.
-¿Qué quieres decir?-preguntó Obsidiana, girándose.
-No es malo tener miedo, o reconocer que lo tienes. Es algo muy normal, todo el mundo se asusta alguna vez. Lo único que importa es que, después, sepamos cómo seguir adelante a pesar del miedo. Yo tengo miedo por mi hijo, me preocupo por él y siempre temo por su seguridad. Los nervios se me comen por dentro cuando pienso en la clase de peligros en los que puede estar metido…pero siempre encuentro la manera de sobreponerme a ese miedo. Confío en Perla, en Granate, y también en Amatista. Confío en que sabrán lo que es mejor para él, que nunca dejarían que le pasara nada malo, y eso es lo que, a pesar de mis noches en vela, me ayuda siempre a dormirme al final.- Obsidiana escuchaba cada palabra de Greg con expresión anonadada. Era algo confuso y extraño, algo con un mensaje que Obsidiana no acababa de compartir. ¿Que tener miedo no era malo? ¿Que reconocerlo era bueno? Eso eran tonterías. Reconocer la debilidad solo servía para que a una la mataran antes. Aun así… no podía evitar pensar que había algo de sentido en las palabras de aquel humano-. Dime, ¿tú de qué tienes miedo?
-¿Yo, miedo? ¡Yo no tengo miedo, humano!-exclamó Obsidiana furiosa, apuntando amenazadoramente con su dedo a Greg mientras caminaba hacia él con grandes pasos. Este, si bien retrocedió un poco al ver acercarse tan súbitamente a Obsidiana, no apartó su mirada de la de ella ni un solo instante.
-Entonces, ¿por qué pareces tan asustada en estos momentos?
Obsidiana no lo sabía, pero en vez de la expresión de furia que creía tener en su rostro, la verdad era que su cara reflejaba otra cosa. Su respiración era agitada, ya fuera por la rabia o el pánico, y sus ojos reflejaban un terrible malestar. Todo ello, unido al hecho de su palidez, hacía que pareciera un espectro desolado ante la visión de su propia muerte.
-Yo…no estoy… ¡ASUSTADA!-exclamó Obsidiana, temblando de pies a cabeza. Si era de rabia, o si era de miedo, eso ella no lo sabía. Cuanto más se decía que no era así, que ella no estaba asustada, más se daba cuenta de que en realidad la cosa no iba tan desencaminada como ella quería creer.
Sí, estaba asustada. Le dolía reconocerlo, pero era la verdad. Todo en aquel planeta era nuevo para ella, una nueva experiencia tras otra, y si bien al principio había dado la bienvenida a las nuevas sensaciones que resultaron de dichas experiencias, la verdad era que había comenzado a darse cuenta de una terrible verdad: se sentía diferente.
Ya no era la misma Gema que vino a la Tierra a matar a Rosa Cuarzo. Ya ni siquiera era la misma Gema que se escapó y regresó al Planeta Natal. Sus últimas decisiones eran la prueba de que algo dentro de ella había cambiado. La Obsidiana del pasado nunca hubiera permitido a la Peridoto el que se asociara con las rebeldes para parar el Clúster. La Obsidiana del pasado nunca hubiera vacilado a la hora de acabar con Perla y sus compañeras, optando por seguir con la lucha hasta que uno de los dos bandos hubiera sucumbido. La Obsidiana del pasado nunca se hubiera rebajado a verse mezclada con simples seres humanos, ni habría trabajado con ellos, ni habría mantenido conversaciones, ni habría permitido que le enseñaran nada, ni…
El horror se apoderó de Obsidiana. Eso era malo. ¡Eso era muy, muy malo! Ella no podía estar asustada, ella no quería cambiar. Si se asustaba, vacilaría y fallaría, y si cambiaba quien sabía si podría seguir llevando a cabo su cometido. Y si eso pasaba, entonces no sería de utilidad nunca más. Todo por lo que había estado luchando, todos los sacrificios realizados…serían en balde. El pánico se apoderó de Obsidiana, quien cayó al suelo de rodillas mientras se sostenía el estómago con ambas manos. Sintió unas nauseas terribles que parecían amenazarla con experimentar el fenómeno humano conocido como "echar la pota". Kiki le había dicho que le podría pasar si comía mucha pizza demasiado rápido, pero era la primera vez que se sentía de aquella manera, y ahora mismo no estaba comiendo pizza. ¿Por qué se sentía de aquella manera?
-Ey, ¿estás bien?-preguntó Greg, preocupado. Se acercó cauteloso a Obsidiana, poniéndole una mano en el hombro por si hubiera algo que él pudiera hacer para ayudarla.
Obsidiana inspiraba y expiraba aceleradamente. Ella no lo sabía, pero estaba sufriendo un ataque de pánico. Su mente era un torbellino que no dejaba de repasar todo lo que había visto y pensado aquel día, desde sus extrañas conversaciones con la fusión Granate, pasando por la revelación en la base de las Gemas de Cristal, hasta aquellos instantes con el humano Greg. Todo era…demasiado que asimilar. Obsidiana sentía como todo su mundo, todas sus convicciones, temblaban como un montón de cristal que amenazara con caerse al suelo y hacerse pedazos. No había nada que ella pudiera hacer para calmarse, ni para detener el derrumbe interno que amenazaba con hacerla reventar incluso. Si solo…
Entonces, Obsidiana fue consciente de la mano en su hombro. El humano, Greg, la miraba a su lado con expresión preocupada. ¿Por qué se seguía preocupando por ella? Ella no era su amiga, ni su aliada. Era la enemiga de su hijo, de sus amigas. ¡Ella…!
…no se lo merecía.
Los recuerdos sobre Granate apartaron la vorágine de su cabeza. "Tranquila…" recordó que había dicho la fusión. "…No pasa nada… Respira hondo, e imagina como tus miedos e inquietudes desaparecen con cada exhalación". Poco a poco, siguiendo el consejo de Granate, Obsidiana cerró los ojos y trató de apartar cualquier sensación que no fuera la mano del humano, usándola como el áncora de un barco para evitar que el mar revuelto se la llevara lejos del puerto. Sin darse cuenta casi, su respiración se calmó hasta casi desaparecer, sus nervios desaparecieron, y su cuerpo pareció asentarse una vez más. Se sintió lo bastante segura como para ponerse en pie ella sola una vez más, a pesar de la ayuda que Greg le ofreció al ver que estaba algo mejor.
-Eso ha sido…-trató de decir Obsidiana, pero le resultaba difícil expresarse con palabras.
-¿Estás bien?-preguntó Greg, y esta vez Obsidiana le respondió asintiendo con la cabeza-. Mira, entiendo que estés confundida. La Tierra ya es bastante confusa de por sí, y te lo dice alguien que se ha pasado toda su vida en ella. No quiero ni pensar en lo que debe de suponer para alguien de fuera, pero… ¿no has pensado en tomártelo con calma?
Obsidiana miró a Greg con cara de no entender.
-Bueno, tú has vivido en los dos planetas, el Natal y la Tierra. Dime, ¿te gustaba vivir en el Planeta Natal?-Obsidiana se quedó en silencio unos instantes, reflexionando su respuesta. Lo normal sería decir que sí, que le gustaba y echaba de menos estar en casa…, pero la verdad era que el Planeta Natal nunca había sido su "hogar" en realidad. Siempre se había sentido como una intrusa, entre tantas Gemas que la miraban mal al pasar y sin poder contar con la compañía de sus semejantes. Nunca antes se había dado cuenta, pero ahora podía ver por qué siempre había preferido irse de misión a otras colonias que dentro del Planeta Natal mismo. Cuando los Diamantes la mandaban fuera de la órbita de su planeta, a veces Obsidiana daba rodeos para retrasar su regreso. Siempre habían sido decisiones inconscientes, pero ahora que podía pensar al respecto, se daba cuenta de que siempre había deseado permanecer alejada de aquel lugar lo máximo posible. Así pues, Obsidiana negó con la cabeza ligeramente, aún algo incapaz de creerse que semejante conversación estuviera teniendo lugar, o que ella fuera una de sus participantes-. Pues en ese caso… ¿por qué no te quedas aquí, en la Tierra? Podrías ver con calma todo lo que tiene que ofrecer, podrás comer pizza cada día, aprender a tocar la guitarra… No estoy del todo seguro, pero seguro que entonces verás como ya no estarás tan confundida como al principio.
La propuesta de Greg pilló por sorpresa a Obsidiana. ¿Ella…vivir en la Tierra? ¿Traicionar al Planeta Natal, unirse a las Gemas de Cristal? ¿Abandonar a…Diamante Azul?
-No-dijo de inmediato, con tono tajante. Luego, al mirar a Greg, su convicción pareció vacilar un poco-. Yo…no puedo. Soy la… fiel sirvienta de Diamante Azul. Sus órdenes lo son todo para mí, y nunca podría traicionarla.
Si bien quería creer cada palabra que salía de su boca, Obsidiana sentía que les faltaba convicción, como si en el fondo no lo pensara del todo. En esos momentos, pero, estaba demasiado agotada mentalmente como para recriminarse nada a sí misma.
-Oh… Vale, bueno… Si esa es tu decisión…-dijo Greg, aceptando las palabras de Obsidiana.
"Mi decisión…" repitió Obsidiana para sí. Esa era la cuestión: ¿qué decidía ella? Su respuesta era lo que se esperaba que ella dijera, ¿pero era realmente lo que ella quería? ¿Y de no ser así, qué quería ella? Nunca antes había tenido la opción de decidir, de escoger qué era lo que quería hacer o decir. La única vez que tomó una decisión para sí misma fue cuando decidió no resignarse a su destino como las demás Obsidianas. Desde entonces, había servido fielmente a Diamante Azul, haciendo todo lo que ella o sus superiores le ordenaran. Ahora, pero, se le volvía a ofrecer la posibilidad de tomar las riendas de su vida, y decidir qué quería hacer. Sabía el poder que tenían las decisiones, siendo ella el claro ejemplo de lo que podía conllevar una decisión. Así pues, ¿qué quería hacer?
-…pero…-dijo, llamando la atención de Greg-…aún no puedo irme. Tengo que encontrar a Jaspe, cumplir mi misión… Hasta entonces, no puedo tomar ninguna decisión como el quedarme en este planeta.
-Me suena como a un plan-comentó Greg, algo más animado al ver que Obsidiana parecía intentar decidir por sí misma como proceder con su vida-. Entonces, ¿seguirás siendo la enemiga de Steven y las otras?
-Pues… no lo sé, ya veremos. De momento no, aunque eso puede que cambie cuando encuentre a Jaspe-dijo Obsidiana, tratando de adivinar su porvenir. Como siempre, seguía siendo un misterio para ella. Ojalá fuera una Zafiro-. Por ahora…creo que voy a seguir tu consejo, y tomármelo con calma.
-¡Ese es el espíritu!-exclamó sonriente Greg. Obsidiana, si bien también sonrió ligeramente, pronto volvió a girarse hacia él.
-Solo una pregunta…
-¿Cuál es?
-… ¿qué es tomárselo con calma?-preguntó entonces Obsidiana. Greg, sorprendido, rio algo torpemente.
-Ah. Quiere decir que… Bueno, que…-trató de explicar Greg, sin mucho éxito. Era uno de esos conceptos que todo el mundo entendía, porque la explicación iba implícita en el mensaje. Las Gemas, pero, parecían no seguir esa misma lógica-. Mira, sería algo como que… tienes que ir paso por paso, ¿entiendes?- Por la cara que puso Obsidiana, estaba claro que eso del "paso por paso" no le servía de nada-. En vez de intentar hacerlo todo de una vez, ve avanzando día a día, objetivo a objetivo, y así verás cómo las cosas fluyen mejor que si no intentas abarcar demasiado.
Greg no sabía si le había quedado clara su explicación a Obsidiana, quien parecía mirarle con expresión pensativa mientras parecía reflexionar sobre algo. Entonces, dándose la vuelta, se encaró de nuevo a la playa. Había…tomado una decisión.
-Muy bien, eso haré.
-¿En serio?-preguntó aliviado Greg. Parecía que la cosa había quedado clara.
-Sí. Tienes razón, humano Greg. No estoy en el Planeta Natal. Esto es la Tierra, y aquí yo decido.
-¡Exacto!...aunque no hace falta que me llames "humano Greg". Con solo Greg ya me…
-Ya me he decidido-siguió diciendo Obsidiana, sonriendo con seguridad por primera vez en todo el día, mientras cortaba inconscientemente a Greg-. Voy a ir paso a paso, empezando por el primero.
-¿Y cuál es?
-Aplastar a Perla-dijo decidida Obsidiana, pillando desprevenido a Greg. Las sombras se arremolinaron alrededor de Obsidiana mientras esta hincaba una rodilla al suelo.
-Espera… ¿qué?-preguntó Greg, pero justo entonces Obsidiana salió despedida por los aires, dejando al sorprendido humano con la pregunta en la boca. Junto a su furgoneta, lo único que Greg podía hacer era ver como la silueta de Obsidiana se perdía en el horizonte, su sombrío rastro contrastándose contra el cada vez más claro cielo de la madrugada-…ayayay…
Los primero rayos de sol brotaron por el lejano horizonte marino. Empezaba un nuevo día.
Y hasta aquí. Un poco más corto de lo habitual, pero ya me vale.
Esta clase de capítulos son difíciles de escribir porque requieren mucha reflexión por parte del personaje, y también de quien habla. Si bien Greg es como un monje budista con su sabiduría de la vida, tampoco quería que fuera una especie de sabelotodo cósmico que cambiara la vida de Obsidiana en un día. Aún hay muchas cosas que quiero que experimente la Gema, y espero que la cosa haya quedado lo más creíble posible.
Chao, chao.
