Es que Clarke se pasa eso de ser humano por el orto. Se te hace perfecta, y estás segura de que no se puede ser tan perfecto y humano a la vez, no se puede. Joder, si hasta el jodido lunar de encima de sus labios parece colocado adrede ahí, ¡joder! Deja de mirar sus labios. Joder, ¿qué jodidos hace Clarke frente a tu puerta? Joder, ¿por qué eres tan preciosa, Clarke? Te preguntas, pero no es eso lo que le preguntas:

—¿Qué haces aquí?—y con muy poco de tacto, en un tono casi agresivo que te hace bajar la mirada en forma apenada, y basta con ese gesto para caer en la realidad por completo… porque estás descalza; con un viejo pijama de tu padre, tu forma de recordarlo; una enormemente roja mancha en el centro de la blanca camisa del pijama, ¿así o más torpe?; y llevas tus manos a tu cabello de forma dramática, sí, nada que envidiarle a Hermione Granger… bueno, sí, bastante que envidiar, la tipa es bruja, puede hacer lo que sea con una varita mágica, y estás segura de que esa tensión sexual entre ella y Pansy Parkinson no la imaginaste, además de…

—Hola, Lexa, ¿cómo estás? A mí también me alegra verte—. Su tono irónico es evidente, y vamos, que no se pierda la bonita costumbre de sonrojarte, porque sí, el jodido calor va a tus mejillas, Clarke lo nota, y sonríe ante esto. — ¿Me dejarás pasar?—pregunta y puedes escuchar cierto titubeo en su voz que te hace querer golpear tu frente por tu falta de modales.

—Bien, estoy bien y claro que puedes pasar…— vamos, que tampoco es difícil de contestar. —a ti sí que no debo preguntarte cómo estás, eso se nota.

¿Qué? ¡¿Qué?! Joder, ¿tú dijiste eso? Es que joder, ¿qué te pasa? Supones que… bueno, debe ser algún jodido instinto suicida el que traes activo, porque, ¿dónde jodidos quedó tu filtro? Pensar primero y hablar después, pensar primero y hablar después; quizás si te lo repites como un jodido mantra termines aprendiéndolo.

Clarke se ríe, Clarke ríe muy hermoso. Y sonríes de forma inconsciente ante su risa, porque estás volviéndote gilipollas de a poco, a decir verdad, tienes que decir que para la próxima limpien bien las máquinas, porque bueno, tanta pendejada junta no puede ser normal, seguro te lo contagió alguien.

—¿Y?

Pregunta y tu cara de seguro le da a entender que no sabes qué jodidos quiere decir su "¿y?" vamos, que no es que la charla esté siendo muy sustancial, joder… es muy linda la Clarke, sinceramente te empiezas a…

—¿Me dejarás pasar?

Oh ya… era eso… sí, sí, claro que sí, ¿quieres algo de tomar? ¿Un refresco? ¿Cerveza? ¿Agua? ¿A mí?

—Sí, claro.

Y debes tener monos en la cara, porque ella vuelve a reír de ti, y bueno, es una risa bonita, pero que no eres un payaso. Y si lo fueras, no serías de esos de pinta graciosa, te ves más en onda Pennywise… ¡qué jodido personaje más perfecto!, éstas con unas ganas de darle una relectura porque…

Clarke ríe mucho más alto, y pones una mano en su boca, no tienes ganas de lidiar con la pesada de tu vecina. Pero no calculas bien… la suave piel de los labios de la rubia en tu mano hace que un escalofrío recorra toda tu piel, erizándola, y bueno, ante esta sensación, haces lo que toda persona prudente haría, claro que sí, porque eres la reina de la prudencia:

Retiras tu mano, acariciando la suave piel de sus labios con tu dedo índice.

Justo luego de hacerlo te arrepientes, bueno, en prudencia no sacas un diez, pero en eso de arrepentirse eres sorprendentemente excelente y el hecho de que Clarke se haya quedado paralizada en el sitio no ayuda mucho. Vamos, que quieres que te trague la tierra y por primera vez en tu vida te alegras de escuchar la voz de la señora Phoebe:

—¡Malditas desviadas!— maldita vieja oportuna, es que hasta ganas te dan de abrazarla.

—Pasa rápido Clarke.

Y ella vuelve en sí, sonriendo de nuevo con tinte excesivamente burlesco.

—Si me dejaras espacio, habría pasado hace rato.

Y bueno, ahora entiendes el porqué de sus risas, y bueno, la vieja metiche se acerca, ¡qué loca esa mujer!, y parece ser que Clarke además de hermosa y de risa fácil también es muy perspicaz.

Te toma de los hombros, te dejas arrastrar. Ella cierra la puerta con una mano, quedando frente a ti junto a esta. Y bueno, Clarke es hermosa, de risa fácil, perspicaz y también tiene la jodida habilidad de detener el tiempo. Tú… tú solo eres hábil para conjugar el verbo joder. Y bueno… joder.

Tu espalda contra la pared te deja sin mucho que hacer. Buscas su rostro, miras sus jodidos ojos perfectos, su máquina del tiempo personal, y la dificultad para respirar no tiene nada que ver con el edema pulmonar. También te tomas el tiempo para volver a mirar el pequeño y perfecto lunar… y ella abre los labios, suspirando, para luego decir las siete palabras que te regresan a la realidad.

—¿Le avisas a Raven que ya llegué?

Raven

Claro, tonta… ella está aquí, porque según tu amiga… está comiendo de su mano. Y bueno, la amistad es algo que sabes valorar, y es obvio que se fijaría en Raven antes que en ti, además, eso lo vuelve todo más fácil. No te gusta Clarke, y si te gustara, sería poco probable que le gustaras; y si se diera la remota casualidad de que fuera ciega y sintiera algo de atracción por ti, no cambiaría el hecho de que, bueno… no quieres involucrarte de ninguna forma con nadie más. Suficiente era con arruinar la vida de tus mejores amigas.

—Falta alrededor de una hora para que llegue—. Ella se aleja de ti, levantando ambas cejas, tras exclamar un "rayos" que te suena muy infantil. Empieza a caminar por tu apartamento, como si no fuera la primera vez que estuviera en él. Te alegra que todo el entorno, a pesar de que tú no, esté decente. Intentas arreglar tu cabello con las manos, y llamas su atención diciéndole:

—Ponte cómoda… ¿quieres algo de tomar?— Se fija nuevamente en la pinta que cargas, y sonríe con esa facilidad que la define. De verdad te sientes tan asexual como un orco de Mordor y te avergüenza que te vea así, ansías que llegue Raven para darte un baño reparador y arreglar un poquito tu maltrecha imagen.

—Un shot de B-, para empezar— la miras sin entender muy bien lo que dice y ella nota la incertidumbre en tu gesto. —O mejor un poco del que estabas tomando tú—. Observa tu camisa y entiendes a qué se refiere. No sabes si mantenerte seria o reír… entonces, le das la espalda y segura de que nadie te está observando sonríes; cogiéndole la palabra te acercas a la nevera, por una gelatina. Buscas una cucharita y le entregas ambos.

—Lamento decirte que solo queda AB- y bueno… este tiene un poco de tejido endometrial— y sí, en tu mente se escuchaba menos asqueroso, y mucho más gracioso. La mueca de asco de Clarke te hace notar que sí, se te fue de las manos. Ya, Lexa, de ahora en adelante, mantente en los «», «no», «claro, claro», «¡qué guay!», porque eso de hacer chistes no es lo tuyo. Pero ella ríe, y no estás segura de si es ante tu bochorno, o que al final es de esas a las que hasta los chistes más malos la hacen reír, como la foca subnormal de Raven; ya tendrían algo en común, para variar.

Mete la cucharita en el vaso y se lleva un poco a la boca.

—¿Y a quién le debo agradecer por tan suculento manjar? — te sigue la corriente, y te relajas. Vamos, que lo lógico sería que dejaras pasar la pregunta, porque el tema es bastante asqueroso, pero si Clarke quiere guerra, guerra le vas a dar, no eres tú quien se va a rendir ante un juego de niños.

—Esta es especialidad de Octavia— y es que joder… no crees poder resistir más con el temita que se han montado.

—¡Qué decepción!— y te mira sabiéndose la ganadora, ¡termina de crecer, Lexa! Y agrega lo que le da la copa de la victoria: —yo le tenía ganas a otro sabor.

Y joder… que es bien asquerosa. Y no, no quieres pensar más en la menstruación de Raven. Asco. Vamos, que hasta ganas te dan de maldecir el minuto en el que se ocurrió el brillante chistecito.

Finges arcadas, que bueno, a como vamos no son tan fingidas.

— ¿Estabas tocando?—pregunta, y notas que el piano ha quedado abierto, te acercas a él, y cubres sus teclas con la tela. Luego lo cierras, colocas la partitura en la mesa, y lo dejas todo como si nada hubiese sucedido. No quieres dar explicaciones a las chicas, no delante de Clarke.

—No—volteas a mirarla, y bueno, su sexy ceja, jodida ceja del mal, no puede estar más elevada. Es obvio que mientes, pero bueno, al parecer ella no insistirá más acerca del tema.

La rubia toma el control remoto y enciende la tv, con una confianza que se te hace insólita, vamos… que no son amigas, ni nada similar. Es la primera vez que están en un lugar solas, y al parecer la única que siente una pequeña tensión eres tú. Vamos, que lo único que falta es que levante los pies y los coloque en la mesita. Y supones que debes agregar «adivina» a la lista de cualidades de Clarke, porque sin voltear siquiera a mirarte dice:

—Sé que se hace imposible dejar de mirarme—engreída—pero de cerca la vista es mejor— vamos, que la rubia derrocha humildad por todos sus poros.

—No te estaba mirando— te acercas y te sientas a su lado, y sí que tiene razón, de cerca la vista es mucho mejor. No se lo dices.

—Lo que tú digas—. La miras hacer zapping con una mueca de fastidio que le queda muy bien, y es obvio, la inhumanidad también se desborda por sus poros monstruosos, porque a nadie… a nadie en la vida habías visto fruncir los labios de forma tan perfecta.

Te golpeas la frente de forma mental, y llevas la vista a la tv… después de dos vueltas completas a todos los canales, y que La Lista de Schindler te ilusionara dos veces para ser olímpicamente ignorada por la rubia, esta habla de nuevo:

—¿A qué suscriptor le pagan? No hay nada bueno para ver.

Según ella, porque a ti hubo un par de cositas que te llamaron la atención. Sacas tu móvil del bolsillo del pijama del mal, ignorando la pregunta de Clarke, y escribes a Raven un mensaje pidiendo que se apure… y es que, bueno, estar ahí con ella, con ese olor tan característico a limpio y manzana inundando tus fosas nasales no puede ser bueno para tu salud. Porque a nada, estás a nada de acercarte más, estirar tu mano, tomar un dorado mechón de su cabello y llevarlo a tu nariz, de forma bastante enferma, ante todo sinceridad; o de plano, llevar tu cara directamente hasta él e inhalar embriagándote más. Y vamos, que hay cabras más cuerdas. Te agarras la mano, de forma bastante infantil, como obligándola a quedarse en su lugar y no ceder a sus instintos.

Obligas a tu ser a pensar en algo más, intentas concentrarte en tu propio olor, y bueno… eso ayuda de nuevo a caer en la realidad. No solo tu ropa grita «¡Hey, nena, debes ducharte!» tu olor acompaña la exclamación.

— ¿Cómo está el jirafita?

Preguntas, luego de ver cómo Clarke termina apagando el televisor y recuesta su cabeza en el reposabrazos del sillón. ¿Qué diablos estás haciendo, Clarke? Vamos, que sus sexys piernas encima de las tuyas no te causan nada nada nada nada… el cosquilleo que recorre esa zona es algo que estabas sintiendo desde hace días, ¿cierto? Es más, estabas por comentárselo a tu nefrólogo. Nada tienen que ver las sexis y turgentes piernas de Clarke encima de tu regazo. Nada.

—Supongo que electrizado, lo dejé con mi hermana y bueno, ella no es muy prudente con las golosinas—, mueve de forma inconsciente su pierna izquierda haciendo que su gemelo acaricie tu muslo. De forma inconsciente. —¿Por qué lo llamas así?

La pregunta te hace volver a una realidad que no sabías que habías dejado atrás, porque la electrizada eres tú… electrizada… magnetizada. Porque las manos te pican por tocar esas piernas que de manera inconsciente, sí, inconsciente, insinúan que quieren que lo hagas.

—Prométeme que no te vas a molestar—. Tampoco es algo del otro mundo, pero padres sensibles hay un montón, y de padres sensibles tú conoces bastante; sabes que con ellos todo debe ser llevado con el mayor tacto posible, porque cualquier cosa que digas de sus hijos, que se insinúe ligeramente negativa, los hace saltar ofendidos. O los hacía saltar ofendidos.

—Vamos, no creo que sea algo malo.

—Y no es algo malo—, ¡deja de mover las jodidas piernas Clarke! La reacción de tu cuerpo ante el simple roce te alarma, porque sí, sus piernas están siendo como estática que no se limita a una sola zona; tienes todo el jodido cuerpo afectado por sus jodidas piernas del mal…— ¿te gustan las jirafas? A mí me gustan mucho… hay una película, no recuerdo su nombre, creo que Raven la tiene; el hecho es que hay un tipo que compra una jirafa y después…

—Lexa.

Vale, sí, estás divagando. Otra vez.

—Son los únicos animales mudos del planeta, y bueno…— la miras fruncir el entrecejo, y sí, la cagaste—no quiero decir… argh…— intentas explicarte, pero ya no hay nada más que decir. Entonces ella se empieza a reír de ti, nuevamente, ya tiene la costumbre bien afianzada. Todo un hábito.

— ¿De verdad pensaste que algo así me molestaría?—apoya los codos en el reposabrazos lo que incrementa la presión de sus gemelos encima de tus piernas, y tú, nerviosa y con manos realmente ansiosas empiezas a tejerte una trenza en el cabello antes de responder:

—El mundo está lleno de sensibles, además, las mujeres suelen hacer de toda gota de agua un Nilo—.Y lo dices por experiencia, y bueno, estás segura de que esa mujer, que te está mirado como si de verdad te considerara atractiva, puede hacer un Nilo de ti sin siquiera proponérselo. Enfócate, pervertida.

—Vamos, que también eres mujer—. Vuelve a recostar su cabeza, mirando hacia el techo. Aprovechas para observar un poco más sus facciones, es un jodido vicio. —Creo—. Pulla, y se muerde el labio inferior sin apartar la vista de arriba. Ignoras su broma y agregas:

—Hablo desde la experiencia, y bueno, no es que tu hijo hable mucho, era eso o Charles Chaplin—. La expresión de la rubia cambia de forma súbita y no sabes qué has dicho mal.

—Mi hijo—. Dice más para sí misma que para ti, y se endereza, ya con sus pies pegados al suelo.

— ¿Sucede algo?— Su nueva actitud te inquieta bastante, no sabes qué has dicho… y vamos, la sensación de pérdida cuando Clarke baja sus piernas de las tuyas no puede ser normal.

—Está avanzando, ¿sabes?—, mira el televisor apagado al hablar, pero es como si no observara nada… el gesto te inquieta— al principio solo se quedaba sentado, solo acataba órdenes. No es algo normal en un niño tan pequeño.

La preocupación evidente por Aden te hace querer preguntar… pero, no lo haces, no quieres incomodar a la rubia ahondando en cuestiones personales, aunque sea ella quien ha abierto el tema.

—Es un niño precioso, ¿qué edad tiene?—preguntas, optando por algo más tópico, porque ya no quieres que ella se sienta incómoda.

—El próximo mes cumple cuatro años y parece que fue ayer que lo tuve en brazos por primera vez—. Sonríe, y se te hace que está recordando el momento exacto en el que vio a ese pequeñín. Tu corazón se encoge de forma extraña… Nunca la habías visto sonreír tan bonito—Sí, siempre ha sido precioso—. Se te hace extraño que teniendo una madre que a leguas se nota que lo ama, un Aden tan pequeño haya preferido el silencio.

—Tiene cierto parecido contigo—. Porque tú también eres preciosa, Clarke. Pero eso no lo dices en voz alta.

—Supongo—. Se encoge de hombros y lleva la mirada nuevamente al techo, esta vez recostando su cabeza en el espaldar del sillón.

— ¿Y cómo toma su padre el hecho de que hable poco?— cierra los ojos, y respira de forma audible, y cuando los abre, Lexa, cuando los abre ya no es Clarke quien está ahí; no la Clarke que conoces. Y esa expresión de vacío tú la conoces, la has visto muchas veces. Desesperanza. Es lo que ves en tus ojos al mirarte al espejo—. ¿He dicho algo malo?—joder… mil veces imprudente Lexa, mi veces. No sabes qué hacer. —Disculpa, no suelo ser tan imprudente.

Sus ojos empiezan a brillar, y eso sí que no lo puedes soportar y es que jamás, jamás has podido quedar inmune ante el dolor ajeno. Y te maldices mentalmente, porque todo lo que está sintiendo es culpa de tu jodida lengua larga.

—El padre de Aden murió a principio de año—. Es apenas audible, y estás segura de que si no tuvieras tan buen oído, no hubieses podido dilucidar nada de lo dicho por ella, pero sí… y no te limitas a escuchar solo las palabras, Lexa, es sonido y dolor, tan palpable, tan palpable el dolor, que cuando cubres con tu mano la de Clarke, puedes jurar que no es solo piel lo que tocas.

Intentas que tus dedos se lleven la capa etérea de dolor que cubre a Clarke, acaricias sutilmente el dorso de su mano… es increíble todo lo que tu pregunta ha hecho… y quieres retroceder el tiempo, y tener solo en tus recuerdos a la Clarke feliz, a la Clarke que sonríe, a la Clarke que se burla. Esta no llora, sus ojos siguen secos, pero está bien rota, bien jodida.

—De verdad lo siento, Clarke—. Ella te mira, y luego mira tu mano encima de la suya. La comisura de su labio se eleva de forma muy leve. Si no estuvieras tan cerca, no habrías podido notar el gesto, pero está ahí… y esa micro-expresión también te parece bonita. Ella se encoge de hombros, dejando el tema atrás, y vuelve a cerrar sus ojos con tus dedos acariciando su mano. Y no es necesario que sus ojos estén abiertos para que el tiempo se detenga; y solo es necesaria la sutil caricia de su meñique a tu índice para que tu corazón se detenga y empiece a latir a lo loco en un solo instante.

Y sí, sigues palpando un poco de dolor, pero no es eso lo que te hace levantar de repente, como repelida por la piel de Clarke. La súbita reacción te produce un mareo que no puedes disimular, y vuelves a sentarte… de forma bastante torpe.

— ¿Estás bien, Lexa?— pregunta Clarke, quien tras tu notorio malestar se ha acercado más a ti. Y no, ya no puedes… no puedes tenerla cerca. No es sano. No está bien. No serías capaz de joderle más la vida a Clarke; prefieres que esté al margen de todo. Prefieres cerrarle la puerta.

—Sí, ha sido solo un leve mareo— dices y te vuelves a levantar, ahora con más cuidado; ella se incorpora a tu lado, aún preocupada. — ¿Te importa si voy a darme un baño?—vamos, Clarke, mírame de otra forma. Y parece hacerle caso a tu mente, porque la sonrisa burlona vuelve a sus labios, y esa también es preciosa. Entonces Clarke arruga la nariz en un fingido gesto de asco, para luego responder un:

—Pensé que nunca lo preguntarías— que te hace rodar los ojos y dar la vuelta hasta el baño… sí, con la sonrisa asomándose en tus labios.

...

¿Cómo podía atraerle a Clarke lo que había visto? Es que, Dios santo… estás hecha un desastre, el espejo no miente. Es la ropa más asexual del mundo… y la mancha, Dios, la mancha en medio de tu camisa, ¿qué estabas pensando? ¿Por qué no corriste a ducharte de buenas a primeras? De verdad, qué horror. La hospitalidad estaba sobrevalorada, sí.

Quitas toda tu ropa, con cuidado, los movimientos bruscos tienden a causar mareos en ti; sigues muy débil. Tomas tu cabello y empiezas a deshacer la trenza que hace poco habías hecho en él; cuando cae y cubre tu piel no puedes evitar observarte a detalle en el espejo. Si hay algo que siempre te había gustado en el pasado, es el contraste entre tu piel desnuda y tu cabello, y a pesar de que el reflejo no sea similar al de años anteriores, el contraste sigue pareciéndote bonito.

Regulas la temperatura del agua y te metes en la ducha, de verdad es un privilegio tener una fístula en tu brazo; al principio de todo, tenías un catéter conectado directamente a tu vena yugular, y aunque no fueran necesarias las punciones para conectarte a la máquina era bastante incómodo estar cuidando el catéter. No podías bañarte con libertad, vestirte con libertad, dormir con libertad… vivías con un miedo intenso a que se infectara la vía y terminar muriendo por eso. Ahora las duchas eran como antes, y aunque no pudieras ejercer mucho peso con el brazo de la fístula, agradeces, sí, agradeces tenerla.

Colocas suficiente shampoo en tu cabeza, y la masajeas disfrutando del agua; sí, no puedes beberla como antes, pero puedes disfrutar de sentirla en tu cuerpo, y no te vas a negar el pequeño momento de satisfacción personal. Tú y el agua. Vamos… que te encanta sentirte limpia.

Podrías pasar la vida debajo del agua, pero recuerdas que Clarke está sola afuera, esperando, y no es nada cordial que te estés dando la bomba. Entonces tomas un poco de jabón y empiezas a pasarlo por tu cuerpo, intentando apurarte un poco, porque no quieres que la mujer de Jodidos Ojos Perfectos espere más de la cuenta.

Y cuando enjabonas tus piernas, no puedes evitar recordar la presión que ejercían las de la rubia en ellas, su gemelo acariciándote con esa desfachatez inconsciente; y adhieres tus manos a tu propio cuerpo, abriéndolas… queriendo cubrir con ellas la máxima cantidad de piel. Deslizas la mano de la fístula desde tu pierna hasta tu cadera, y sientes cómo con ese gesto, con ese intento de fusión de tu mano con tu cuerpo, todas tus terminaciones nerviosas empiezan a enviar señales a tu cuerpo. Tu otra mano acompaña el movimiento ascendente hasta el abdomen, enjabonándolo… despertándote por completo. El agua caliente cayendo por tu piel no hace más que intensificarlo todo e inhalas y exhalas lentamente, pidiendo a tu cuerpo que se calme… ¿cómo es posible que con el solo hecho de haber recordado las piernas de la rubia suceda esto?

Intentas concentrarte en algo que no sea la imagen de la rubia apoyada con desfachatez en tu sofá. Y llevas las manos a tu cabello, acomodándolo hacia atrás, en un ínfimo intento de que todo vuelva a la normalidad… pero tu cuerpo no quiere hacerle caso a tu mente, y tu mente no quiere hacerte caso a ti, porque cuando pasas las manos por tu cara, y sientes la textura de tus labios no haces más que recordar lo suaves que se sentían los de Clarke contra tus dedos, contra tu índice.

Y tus manos vuelven a tener vida propia en un descenso parsimonioso desde tu cara hasta tu cuello... Suspiras y no puedes evitar cerrar los ojos cuando en el declive se topan con tus senos y tampoco puedes evitar el gemido que brota de tu interior cuando rozas la parte rígida… erecta… de estos. Muerdes tu labio, mientras aprietas sin cuidado esa parte de tu cuerpo que siempre ha gozado de extrema sensibilidad; entonces, acaricias con tu anular, con tu uña, la zona de tu abdomen… y abres tu mano, tentando tu propia piel… guiando tu propia piel hacia un mar de sensaciones, de placer. Tu tacto, que se convierte en el timón que te conduce hacia la pérdida de la consciencia. Porque cuando tocas ahí, Lexa, cuando tus dedos en movimiento circular rozan esa rosada protuberancia ya eres solo cuerpo y deseo.

Fuego queriendo volverse cenizas. Humedad buscando caer la plenitud de un ansiado naufragio. Alas queriendo elevarse hasta la muerte.

Y es que, si tu cerebro quisiera pensar, se le haría extraño el hecho de que se hiciera tan sencillo deslizarte en ti… primero con un dedo, y ahora otro en compañía, en búsqueda de algo que sabes vas a encontrar. A tu alrededor todo comienza a volverse vapor… vapor y gemidos; y sientes que te faltan manos para tocar todas las zonas de tu cuerpo que exigen atención. Y piensas en esas manos pequeñas y bien cuidas que recientemente han estado bajo la tuya. Y la imaginas. A ella. E imaginas que son sus manos la que están en tu cuerpo, y con tus ojos cerrados empiezas a desnudar su cuerpo, y la imagen de sus Jodidos Ojos Perfectos vuelve todo aún más caliente… porque cuando aprietas tu seno te imaginas que es el suyo, y al mover con rapidez tus dedos en tu interior, imaginas que son los de ella… y ya has olvidado por completo que no te gusta ni un poquito Clarke, porque sí que te gusta; y al percatarte, en un lapsus de consciencia, de que ella está ahí en algún lugar de tu casa, con su jodido y deseable cuerpo del mal, en vez de pensar en que está mal el hecho de hacerte esto, de tocarte pensando en ella, solo piensas en las jodidas ganas que tienes de que entre al baño, se meta en la ducha y acaben esto juntas.

—Clarke— Gimes su nombre, apoyas tu frente en los azulejos, y sientes el nudo en tu interior volverse más denso… en crescendo… y la necesidad de liberarte se vuelve animal, primitiva. Y no sabes si es la adrenalina, pero toda la debilidad se ha ido y solo queda la sensación apremiante que grita que morirás si no mueres en el próximo minuto.

—Clarke— Está vez exhalas su nombre, y te mueres de las ganas de que sea ella quien responda, de hacerla gemir como ella está haciendo ahora contigo, y sin necesidad de tener sus manos en tu cuerpo… y estás a nada, Lexa, a nada de dejarte ir cuando ella responde.

—¿Lexa? — y toca la puerta del baño, pero ya tu andas en tu punto de no retorno, y no te quieres, no te puedes, detener. Y el hecho de que esté aún más cerca de ti lo vuelve todo más excitante. Y sigues tocándote, y muerdes tu labio inferior imaginando que es el de ella… y justo ahí, ahí… sientes que el mundo empieza a venirse en picada, y ella golpea la puerta, pero tu ignoras, porque la gloria es palpable… porque la explosión sublime dentro de ti es inminente, y el palpitar en tu interior empieza a crecer, apretando tus dedos… una onda expansiva que te recorre por completo. Ahogarse y respirar en un mismo instante. Morir y resucitar. Y sigues tentándote, alargando e incrementando el placer hasta donde sea posible, cuando ella vuelve a hablar: — ¿todo bien?

Todo excelente, preciosa. Piensas, apoyando ambos brazos en los azulejos, con cuidado de no maltratar la zona de la fístula, con tus ojos cerrados, mientras las oleadas de placer siguen inundando cada partícula de tu ser, mientras el agua sigue corriendo por tu cuerpo.

—Si no respondes voy a tener que entrar—. Entra, Clarke… entra. Y ella vuelve a tocar la puerta. Y empiezas responder que todo está bien, pero estás segura que solo tú pudiste escucharlo, así que elevas un poco la voz:

—Todo bien… en un rato salgo— y ella responde con un escueto «bien» que te hace agregar medio en broma, medio en serio un: —No estaría mal que entraras.

Y ella ríe, y tú, aún apoyada en los azulejos, sonríes… porque en serio, Clarke ríe precioso. Y andas con unas ganas terribles de ahogar esa risa en tus labios. Joder… necesitas probar a Clarke…

—Muévelo, Mi Dama—, Completamente, Clarke… —te espero en la cocina.

Clarke iba a terminar matándote con esos posesivos… y es que su voz de mezzosoprano se te hacía de las más sensuales que habías escuchado en la puta vida… su forma de arrastrar ciertas palabras… joder, Clarke iba a terminar matándote con su voz, con sus azules máquinas del tiempo, con sus Jodidos Ojos Perfectos… y con ese pequeño lunar del mal encima de sus labios… ese lunar de muerte que te morías por acariciar con tus labios.

Tomas el acondicionador lo aplicas en tu cabello, para luego seguir enjabonando tu, ahora, sensible piel. Y ahí siguen las ganas de besar a la rubia y un: ¿por qué no? Empieza a monopolizar tus pensamientos, un beso no tiene por qué significar otra cosa, ¿verdad? Acercarte a Clarke no tiene que significar que ella se involucre contigo, y que termine sufriendo por ti, ¿cierto? Es mucho ego el pensar que puedes influir tanto en ella, así que, ¿por qué jodidos no?

Dejas que el agua se lleve el producto de tu cabello, mientras lo masajeas. Te secas bien antes de salir de la ducha, quieres darle la mínima cantidad de trabajo posible a Octavia y Raven. Limpias el espejo que otrora habrías dejado empañado y te ves. Y el color rosado en tus labios, y en tus mejillas te parece bastante bonito, y hay algo en tus ojos, que aún no sabes qué es, que te está empezando a gustar. No puedes dejar de escudriñar en ellos mientras cepillas tus dientes.

Al entrar a tu habitación, te acuestas en la cama, y mirando el techo piensas en lo que harás, porque es obvio que aunque sea un poquito le debes gustar a esa rubia capaz de aterrizar aviones, y bueno… para qué negártelo, a ti te gusta y muchísimo más de lo que debería gustarte, eso lo tienes claro… no quieres jugar más al autoengaño, ya no. Y no tiene por qué ser complicado. Clarke no te parece complicada… supones que al momento en el que todo deba terminar, si llega a haber algo, lo que sea, ella se encogerá de hombros… relajada.

El último pensamiento te hace ir a tu closet y elegir algo bonito, que no es tan difícil si tomas en cuenta que antes tenías puesto ese inmenso pijama de tu padre. Humectas tu cuerpo de forma generosa con tu crema y te vistes.

Luego de desenredar tu cabello, te miras en el espejo de cuerpo completo… y no estás mal, Lexa… el color negro de esa camiseta te va genial, y tus piernas no están tan mal. Tenías muchísimo tiempo sin utilizar shorts, y si Clarke te miró de esa forma cuando llevabas aquel pijama asexual, seguro que así como estás le gustarás más.

No puedes evitar sentir los nervios, que afloran de forma súbita cuando tomas el pomo de la puerta de tu habitación. Vamos, que esto es algo que tenías tiempo sin hacer, además, no es algo que pensaras que podría volver a ocurrir en tu vida. Le habías dicho adiós por completo a esa parte de tu vida porque no estabas segura de poder llevar algo así. Porque ya no te sentías ni completa, ni estable y mucho menos linda… porque la única compañera que habías esperado durante todo este tiempo no vestía jeans rotos y no era así de guapa; porque estás segura de que esa compañera de guadaña afilada y sonrisa eterna te rondaba más que ninguna otra y pronto vendría buscarte… y de forma definitiva sin importar que tú ya no desearas que ella llegara.

No puedes evitar sentir nervios, pero aún así giras el pomo, porque bueno… mereces algo mejor que solo sobrevivir, ¿verdad? Porque la vida se te acaba, sí, pero la existencia que últimamente estás teniendo no puede ser considerada vida, ¿cierto? Y bueno, sumar a Clarke a tu vida, seguro multiplica las ganas de seguir.

Caminas hacia la cocina con sorprendente decisión.

Quizás deberías culpar de ello a los recientes fármacos que habían administrado en tu cuerpo, o al hecho de que hace poco estuviste a nada de cruzar el velo… también es probable que Emily tenga mucho que ver en tu decisión de lucha; o quizás el culpable de todo es el brutal orgasmo de hace minutos en la jodida ducha del mal… pero sí, de la nada olvidaste cómo sacar cuentas, Lexa. Porque hay algo que falla en tu ecuación; y ese algo te trae a la realidad cuando ríe con naturalidad pasmosa pegada a la encimera. Porque la mano que ansías tener sobre ti, está posada encima del brazo de Raven, y el cuerpo con el que deliraste hace minutos, roza la espalda de tu amiga, mientras responde a la risa de la castaña sonriendo; sí… con esos labios que venías dispuesta a besar.

...

Acá les dejo el noveno capítulo de mi fic, me ha costado bastante porque ando un poco enojada con mi personaje principal, y ya sé, dirán que no existe, que no es real, pero a mí esta última semana el rechazo perpetuo de ella hacia la hemodiálisis me ha molestado. Porque hay un montón de gente muriendo estos días por no poder dializarse, y Lexa aún es incapaz de ver la hemodiálisis como una segunda oportunidad y bueno, lo dejo, porque ya sé que no están acá para leer esto.

El Clexa empieza a asomarse. Ya conocemos un poquito más de la vida de Clarke, pero la rubia sigue siendo una incógnita.

Espero que les haya gustado.

Muchísimas gracias a ti por seguir mi historia, por agregarla a favoritas, a ti por dejar una opinión y también a ti por leer desde las sombras.

(Gracias, Luy donde sea que estés xD)

Y gracias a MakotoBlack por sus tweets y mensajes directos fastidiando para que escriba xD, y por ayudarme a corregir el capítulo.

Un abrazo inmenso a todos.

"Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano." Martin Luther King.