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—Hey Rae— saludas, ¿ya qué? Vamos, que al parecer estás muriéndote del hambre, porque, ¿por qué otra razón ibas a sentir ese malestar tan incómodo, esa sensación de una mano apretando tu esófago? Seguro que con un bocado de lo que sea que huele tan bien se te pasa, ¿verdad?; porque no, nada tiene que ver con esa incomodidad la rubia que se aleja dos pasos de tu amiga tras tu llegada, ¿cierto? Solo en ese entonces, cuando Clarke está lejos de Raven, notas el cuchillo que tiene tu amiga agarrado por el mango.
La castaña te mira fijamente, sonriendo con esa naturalidad que la caracteriza, como si estuviera esperando que en cualquier momento llegaras a frustrarle sus planes con la rubia, como si hubiese ansiado que aparecieras… y tú sabes que a tu amiga le molesta que le frustren lo de las conquistas, así que no entiendes para nada esa actitud. Intentas ignorar a la rubia que sin disimulo alguno ha visto tu cuerpo de pies a cabeza, ¿a qué está jugando? Porque sí, su mirada grita que le gustas, Lexa, de eso estás segura.
— ¿Cómo te sientes, cariño?— Pregunta Raven con tono preocupado, lo que hace que con tus ojos le hagas un gesto de que se calle, no quieres que también Clarke te mire como cachorrito moribundo. Basta de estar provocando lástima en todas las esquinas. Pero tu gesto es bastante torpe, porque claro, la rubia te está mirando con sus Jodidos Ojos del Mal y ahoga la risa cuando nota que notas que ella ha notado tu gesto; en fin, esto es de notar y todos han notado tu vano intento de pedirle a Raven que se calle, claro, si con «todos» te refieres a Clarke, porque tu amiga sigue hablando: — ¿Te has sentido débil?, ¿qué tal la respiración?, ¿aún te duele?— y vamos, en este punto ya estás deseando fervientemente que te trague la tierra, además de que estás segura de que de un momento a otro tus globos oculares terminarán saliendo de sus cuencas, porque es obvio que más gestual no puedes ser.
Lo das por perdido, estás segura de que si miras hacia donde está Karen Starr encontrarás una de esas miradas condescendientes típicas de aquellos que se enteran de tu condición, así que con un poco de, digámosle miedo, llevas tu vista a la chica… mas lo que ves no es para nada lo que esperas. ¿A qué estás jugando, Clarke? Te mira con una cara de: «Joder, Lexa, estás preciosa» que no puede disimular, y no sabes si es algún problema hormonal, o algo, pero su forma de mirarte te hace querer retomar lo de la ducha. El solo pensarlo hace que el sonrojo llegue a tus mejillas y te dé complejo de Leandro, porque las ganas de esconder tu cabeza en tu hombro son inmensas… pero las ignoras, porque ante todo eres una mujer fuerte. Claro que sí.
—He estado bastante bien, no hay de qué preocuparse— y bastante bien estabas, pero justo ahora no podrías afirmar que la estabas pasando bomba, porque el hecho de que tu amiga tome a Clarke del brazo y la vuelva a acercar a ella hace que un frío extraño viaje desde tu nuca hasta tu estómago. Y estabas acostumbrada a sentir el cuerpo helado, a que el vacío en el pecho llegara hasta tus dedos y también los congelara… porque ese pozo sin fondo en tu pecho, aunque a veces menguara, no desaparecía; pero esta sensación es diferente, ¿sería un nuevo síntoma de tu enfermedad? ¿Las secuelas del edema pulmonar? Sea lo que sea, no se lo dices a Raven quien parece haber quedado conforme con tu respuesta.
Al notar cómo vuelven a la posición que tenían antes de que llegaras, solo te quedan ganas de huir, caminar hacia el sofá y elegir algo menos doloroso que ver… y quizás La Lista de Schindler aún no haya terminado. Mas hay algo que te mueve, podrías llamarlo curiosidad, pero se siente más como masoquismo, y es lo que te hace quedarte anclada en el sitio y preguntar:
—¿Y qué están haciendo?—Además de intentar fundirse en uno frente a mis ojos. Vamos, que algo en tu interior te dice que quizás estás exagerando un poquito, porque es obvio que están cocinando y eso de fundirse en uno no es tan real, porque la rubia apenas y está tocando a Raven.
—He contratado a esta belleza por hoy, para que me enseñe algo de lo que sabe—. La rubia le dice algo a Raven que no alcanzas a escuchar, y esta pregunta en tono igual de bajo un «¿así?» que te hace entenderlo todo, pero igual, tienes ganas de jugar un rato con este par.
—No sabía que te dedicabas a eso, Clarke— Y es que te lo ha puesto en bandeja de plata—, ¿desde cuándo eres escort?—no has podido evitar lanzar la pulla.
Raven ahoga la risa y la rubia se voltea a mirarte de esa forma que ya conoces, y te empieza a poner un poco ansiosa su respuesta desde el momento en el que alza casi imperceptiblemente la ceja y eleva con socarronería un poquito su labio hacia el lado derecho. Endemoniado lunar de la hipnosis.
—Desde que mi cuerpo es apto para tales fines— muerde su labio inferior con un fingido desenfreno que te seca la garganta, y agrega: —y hoy es jueves de dos por una.
Y vamos, que ya… decides no volver a bromear con Clarke y es que la tipa siempre tiene respuestas para todo, o quizás… quizás eres tú quien anda bien mojigata.
—¿A la vez?— y la señorita, a la que parece que le va el incesto, porque para ti es como una hermana, responde siguiéndole la corriente, como si el hecho de imaginar a las tres desnudas en la cocina, disfrutando de retozar en la dicha, no se le hiciera de lo más perturbador—. Porque mira, que a mí me gusta que me complazcan bien…con Lexa…con Lexa no tienes problemas, se conforma con el «sonido oclusivo del oboe» y el «dulce crescendo con fuoco» de su compañera de fila, la flauta—. Jódete, Raven.
—Jódete, Raven.
Las carcajadas de Clarke no se hacen esperar, al parecer el temita del oboe y la flauta causa gracia todas las veces que surge, ya debería hasta estar registrado en los libros de comedia. La castaña coloca el cuchillo encima de la tabla y se acerca a ti, tomándote de las caderas y acercándote a su cuerpo. Y la risa cesa de súbito.
—La idea es que me jodan tú y Clarke— Llevas la vista a la rubia, quien ante la cercanía de la soprano y tú, está mirando el suelo. Le das un manotazo a Raven para que se aleje, y es que si quiere que le funcione con la rubia, que claramente está afectada por lo que ha hecho, debe dejarse de esos juegos.
—En serio, anda a joderte a ti misma— Frunces el ceño y ni idea de por qué te afecta tanto que la rubia piense que tú y la soprano son algo más que amigas, porque si te sinceras contigo no quieres que ellas tengan algo más.
—Años sin necesidad de hacer tal cosa— vamos, que es obvio que acá la puñeta eres tú y no quieres que la conversación siga ese rumbo, porque estás segura de que tu rostro delataría lo que has estado haciendo recientemente.
—En serio, ¿qué están haciendo?— preguntas, volviendo a una zona en la que las tres puedan sentirse cómodas.
—Acá, aprendiendo con Clarke, ¿sabías que trabajaba en un restaurant?— Y bueno no, y si te pones a pensar un momento no sabes mucho de la rubia: Sus ojos son capaces de detener el tiempo, sí; el lunar encima de sus labios hipnotiza, sin dudas; te parece una mujer relajada, los posesivos en su perfecta voz de mezzosoprano suenan de otro mundo, tiene un hijo de tres años con el que va a terapia, mencionó a una hermana… el padre de Aden murió; y justo al pensar esto último otro factor se agrega a tu ecuación, y concluyes que las matemáticas se te dan mal, porque sí, está el hecho de que ella es el gorrión que se alimenta de la palma de Raven, pero algo más importante se te había pasado por alto… El hecho de que el padre de Aden muriera te cierra todas las puertas a cualquier tipo de contacto con Clarke, porque lo viste, Lexa, viste sus ojos ante la mención de él, de su muerte; y no, no tienes tanto ego como para pensar que podrías llegar a ser alguien importante en su vida, pero tampoco quieres arriesgar; la ecuación ya resuelta te desanima por completo. No, no sabes nada de Clarke y bueno, es mucho mejor así.
—Eh… no—. Respondes intentando camuflar la desilusión en tu voz… ¿desilusión por qué? Si para Clarke ni siquiera has sido una opción, vamos, ¿quién se fijaría en la Lexa de ahora teniendo a Raven tan dispuesta al frente?
—Te lo dije, debías dejar todo el misterio, jamás sospecharía—. Susurra Clarke a tu amiga, pero de forma tan torpe que la escuchas con claridad. Ventajas de tener oído absoluto, ego aparte.
—¿Sospechar qué?— te acercas un poco más a ellas mientras inquieres.
—Bueno, pero me habías escrito que le habías dicho.
—Hey— intentas llamar la atención, al más puro estilo Susan Storm, porque sí, parece que de la nada te has vuelto invisible.
—Pero cuando la conocí y… bueno… yo tenía razón, ella no lo consideró importante—. La voz de Clarke se apaga en la última frase, ¿cuando la conociste? No recuerdas haber escuchado nada de eso.
—Hey— esta vez tu voz suena algo contagiada de eso que también había en el tono de la chica.
—Deja el drama, que la Lexa es bien despistada… tiene alarma de móvil hasta para las pastillas—. Bocazas, la Raven es bien bocazas…
—Estoy aquí, ¿sabían?— dices elevando un poco el tono de voz, y ambas te observan.
— ¿Cómo no verte?— ¿Y cómo pude yo no haberte escuchado? La pregunta de Clarke, también la forma en la que pasea sus ojos por tu cuerpo, hace que la soprano se fije en ti por primera vez… en lo que llevas puesto; levanta ambas cejas y tú la miras, luego a Clarke y después una manchita de lo más divertida en la encimera tiene tu atención por completo. Es increíble, ¿verdad? Toda la encimera limpia y una mancha tan pequeña hace que el adjetivo «limpio» deje de ser correcto; no debería ser así, no se debería calificar lo impoluto de la encimera solo por una pequeña mancha... El carraspeo de Raven te saca del ensimismamiento al más puro estilo de Cruella de Vil en el que te encuentras sumergida y el escrutinio en su mirada te hace llevar de forma inconsciente los brazos al pecho.
—¿Qué sucede, Lex?— y no sabes si lo que percibes en su tono es preocupación o burla, más que nada por la forma en la que alarga el verbo al preguntar.—¿tienes frío?... Te buscaré un suéter.
—Nada de suéteres…— pero es como sorda— Rave—. No se detiene—Hey, Raven…—y ha desaparecido de tu vista—argh—. La amistad está sobrevaluada, de eso estás segura.
Y bueno, otra vez solas… lo que no sabe Clarke es que ya tú has colocado todas tus cartas sobre la mesa, sin ases bajo la manga, sin trucos. Das por perdido el juego.
Igual, no puedes evitar notar lo bonita que se ve mientras toma el cuchillo en sus manos y empieza a cortar con una pericia que te deja un poco sorprendida. Y entonces llega a tu cabeza el momento, que seguro habías intentado suprimir por lo vergonzoso que fue… una herramienta de tu mente para olvidar el bochorno, porque sí, ahora lo tienes claro; recuerdas haber dicho lo que te aburrían las reseñas gastronómicas. También recuerdas la respuesta de la rubia tras tu comentario.
Te acercas a la estufa y observas lo que están cocinando; a tu estómago le da por sonar de forma bastante vergonzosa y esperas que la cocinera no lo haya notado.
Su cabello cae ocultando parte de su rostro y te das cuenta de que a ella le incomoda, porque desde que la observas ya ha movido la cabeza dos veces, intentando apartarlo. Y lo que haces te sale de forma natural: colocas tu mano en su mejilla y llevas el cabello desde esta hacia detrás de su oreja, con delicadeza… ella cierra los ojos ante tu tacto e inclina ligeramente su cabeza hacia tu mano y… jamás habías visto una expresión en ella tan bonita, tan calmada… no puedes evitar demorarte más de la cuenta, porque joder… tiene la piel muy suave y el cabello tan sedoso que también merece que lo apellides «del mal».
—Tiene buena pinta y huele bien— dices intentando romper el silencio y ella sonríe llevando su vista del cuchillo hacia ti, y mirando fijamente tus ojos, responde:
—Lo mismo digo...
Sonríes apartando la mirada y con la certeza de que debes contarle a Lincoln de esa taquicardia que aparece sin razón alguna últimamente, hay un montón de síntomas nuevos en tu enfermedad.
— ¿Lo haces desde hace mucho?—te mira con cara de no entender y agregas: —Lo de cocinar.
—Es algo que mi hermano y yo compartimos desde que éramos pequeños— empieza a explicar, soltando el cuchillo y apoyando los codos en la encimera, a un lado de la tabla de picar—, en realidad el hecho de que nuestra madre fuera chef también ayudó un poco. En lugar de solo comernos las galletas, Ethan y yo las hacíamos con mamá— y sus ojos parecen brillar ante los recuerdos—, una cosa llevó a la otra y cuando nos dimos cuenta ya manejábamos muy bien el cuchillo de chef, conocíamos los tipos de corte, los ingredientes de cada plato…— enumera tocándose los dedos cual nena pequeña y una pequeña sonrisa se asoma en tus labios ante sus recuerdos. —Fue solo cuestión de tiempo antes de decidirme estudiarlo de forma profesional.
—Supongo que no te arrepientes— agregas con el simple propósito de escucharla hablar.
—Para nada, de hecho, creo que es la única buena decisión trascendental que he tomado en mi vida— baja la vista como sopesando lo que dirá, pero ante el pequeño silencio te dan ganas de cuestionarle eso de las decisiones trascendentales, porque te da algo de curiosidad; antes de que te decidas a hablar ella pregunta: —¿Quieres intentarlo?— y vuelve coger el cuchillo. Y la verdad es que no te atrae ni un poco el temita de la cocina, pero igual le haces un gesto afirmativo.
Te toma de la cintura, con la mano con la que no sujeta el cuchillo, y te coloca justo frente a la tabla. Aún sientes cosquillas en la zona de tu cuerpo que acaba de tocar, cuando ella se aleja y suelta el cuchillo en la encimera y estás a nada de tomar el instrumento de cocina que ella ha soltado cuando dice:
—Lección número uno: lávate las manos.
Y para no perder la costumbre, te sonrojas. Lavas tus manos y demoras más de lo normal para que no piense que eres una guarra, ¡que no lo eres! Ni siquiera se te pasa por la mente el hecho de que en el tiempo que Raven se ha demorado hasta da chance de hacer un nuevo suéter. Joder, esperas que no traiga el de florecitas azules; sabe que lo odias.
Tomas el cuchillo con la mano derecha y Clarke se acomoda a tu espalda; estás casi segura de que no es necesario entrelazar sus dedos a los tuyos cuando te muestra el movimiento que debes hacer con él. Casi. La sensación en tus dedos se extiende por todo tu cuerpo y suspiras sin poder evitarlo; cuando su mano deja de estar encima de la tuya, instando a que hagas el movimiento sola, la sensación de pérdida también te recorre por completo. Tus dedos necesitarán terapia para volver a ser los mismos.
Pero el sentimiento de ausencia pasa a segundo plano cuando las manos de la rubia van a tus hombros y una de ellas roza tu clavícula con sutileza. Toma tu cabello y con parsimonia lo lleva a tu espalda.
—Este debe estar recogido— dice, y no puedes evitar mirarla levantando ambas cejas, porque ella también trae el cabello suelto. Clarke se ríe y encoge los hombros relajada.
Se coloca a tu izquierda y por instinto apartas tu brazo cuando ella roza con sus dedos la zona de la fístula. Sabes que está mal, que estar enferma no es algo que deba avergonzarte, pero no lo puedes evitar. Quieres ser la misma Lexa de antes, capaz de todo sin depender de nadie. La Lexa que no decía «No» a ningún reto. La Lexa que no causaba lástima. La Lexa de la que hablaban con envidia yno con pena; y no, no estabas cómoda con el sentimiento de envidia, pero era mil veces preferible a la lástima.
—Tranquila, mi Kathy Kane— y el sonido va directo a tu oreja; sonríes por su referencia al hecho de que sigas siendo para ella su dama de la noche y te causa gracia que conozca el nombre de la superheroína. Coloca su mano con delicadeza encima de la fístula y esta vez no te apartas—, ya Aden me contó de tus poderes.— y casi juras que al hablar ha rozado con su nariz tu oreja, pero no te da tiempo de pensarlo bien porque se aleja de ti…
—«No me duele que se vaya,
no me importa que me olvide;»
Y no sabes por qué lo haces, pero al escuchar a Raven en el pasillo cantando, sueltas el cuchillo y también te alejas de la rubia como si fueras un zancudo y ella todo el repelente del multiverso… vamos, que exagerar no es lo tuyo, ¿cierto?
—«Lo que siento es que sus ojos
en otra mujer se fijen. »
Observas a Clarke fijamente y ahora es ella quien sonrojada aparta la mirada. ¡Qué mona eres, rubia! Y vamos, que estuviste gran parte de la tarde ensayando esa romanza en el piano y bueno, te enorgullece mucho el hecho de que tu soprano tenga el papel principal en la zarzuela. Ya has escuchado a Raven cantar arias más difíciles, seguro se la termina comiendo con su interpretación de Sagrario. La sonrisa se desvanece en tus labios, cuando la castaña entra en la cocina y escuchas a la rubia decir con un tono bastante ilusionado:
—Guao… qué bien cantas, Raven… y yo que no me creía que eras la mejor yo no sé qué cosa de la ciudad, pero eso pagaría por escucharlo—. Y no, que no es envidia, estás súper orgullosa de tu amiga, te emociona escuchar todo su progreso: pero no puedes evitar sentir nostalgia… tú también tenías la voz bastante bonita. No tú, la Lexa de antes, la Lexa llena de vida…
Coges un banco y te sientas frente a la isla mientras escuchas a Raven responder:
—Y acá te lo doy de gratis, ¿ves?, creo que no deberías cobrarme las clases de cocina, te pago con base en notas, dime si te parece bien…—y niegas mientras sonríes. Tu amiga se acerca a dónde estás y no puedes creer lo que hace, ¡la quieres matar!, esa mujer es capaz de hacerte sentir ternura en un instante y ganas de asesinar en el siguiente, porque de eso te dan ganas cuando la muy imbécil te pasa el suéter, el asexual de jodidas florecitas azules, por la cabeza cual si fueras un bebé. Articulas un «te odio» que no hace más que hacerla sonreír y besar tu frente… ¿Podrías intentar ser menos pegajosa, Raven? ¡Clarke terminará creyendo que tenemos algo! Intentas pasar el mensaje por vía telepática, mientras terminas de colocarte la prenda de vestir, aunque las ganas de quitártela sean mayores. —¿Qué dices, Clarke?— Vuelve a preguntar Raven, a la rubia que agrega lo recién picado en la sartén.
—Eh… pues…— comienza a decir en tono dubitativo, cuando tu amiga la interrumpe.
—Tranquila, tómate tu tiempo para pensarlo—. y vamos, Raven, que puedes sonar menos ansiosa. Es que hasta lleva un dedo a su boca; ese hábito horrible de morder sus uñas cuando quiere una respuesta para ya.
—Pues, tendré que decir que no—. Y tal parece que no necesita pensarlo mucho.
—¿Estás segura?— el tono de Raven suena bastante desilusionado, como cada vez que ve volar su dinero sin poder evitarlo; porque eso sí tiene, su capacidad para ahorrar y conseguir cosas gratis es sorprendente.
—Mis cursos de cocina son sagrados. Pero, ¿sabes? Creo que estaría guay eso de tenerte como cantante una que otra noche en el restaurant, ¿qué tal se te da el jazz? ¿Solo cantas clásico?— Inquiere, y el hecho de pensar en que Raven podría estar más tiempo cerca de la rubia sí que te empieza a hacer crecer la venita de la envidia; ese sentimiento que te causa tanta grima. Apoyas los codos en la mesa y la barbilla en tus manos, mientras miras cómo poco a poco Clarke se te hace más y más inasequible; porque sientes que ya casi… casi la isla y tú se han fundido en una sola. Te sientes invisible.
—Lo más probable es que se me dé de puta madre, pero jamás lo he intentado—. Y la rubia ríe y cuando no ríe por algo que tú hayas dicho o hecho también ríe divino. Te dedicas a mirarla ahora que no te prestan ni una gota de atención, su forma de expresarse, su lenguaje corporal, la forma en que mueve la mano encima de la sartén, su pericia al manejar el cuchillo cebollero, el hecho de que ni siquiera se dé cuenta de que sin necesidad de cantar tiene la puta voz más hipnótica que hayas escuchado; pegas tu frente a tus brazos, cerrando los ojos, y te concentras en esa voz… imaginas los colores y la forma de esta, hasta que tu manejo de la semántica le gana a tu musicalidad; alzas la mirada y ves a Raven con cara de «¡cállate!», porque antes de que Clarke termine de decir:
—Llevamos semanas buscando un buen saxofonista o pianista para…—sabes que la castaña la va a interrumpir.
—Lexa…— y vuelves a pegar la frente a tus brazos, quizás con un poco más de brusquedad de la que deberías.
—No, Raven, ni se te ocurra decirlo—pero quizás, y solo quizás, la soprano no ha escuchado, ¡claro que sí!, porque sigue hablando.
—Es que ni idea de si toca o no el saxofón, pero con el piano y el clarinete bajo es lo máximo, Clarke, te lo juro—. Levantas un poco la vista al notar la ilusión en su voz y ves como se acerca a la rubia, observando cómo esta apaga la estufa y coloca lo que hay en la sartén en una bandeja.
—No… yo no podría— por más ganas que tenga—, descártalo por completo—. Y vuelves a hundirte entre tus brazos, te gustaría decir que sí tocas el saxofón, pero si ni siquiera te da bien el aparato respirador para apoyar o mantener el fiato, mucho menos te dará para tocar el instrumento de viento madera… y con el piano, aún no estás segura de poder hacerlo nuevamente delante de la gente sin desvanecerte ante los recuerdos.
—Bueno, piénsalo Raven… tú también Lexa, sería genial tenerte ahí por las noches—. Y no sabes si lo de las noches te lo ha dicho a ti o a la otra castaña… pero joder, ojalá haya sido contigo porque, ni siquiera te quieres imaginar… Dios, ¡qué jodidos te estás diciendo! Mejor que lo haya dicho pensando en Raven… sí, ojalá haya sido con Raven.
—Te juro que la voy a convencer, no busques a nadie más—. Responde tu amiga, bajando la voz, pero, ¿podría no susurrar tan alto?
—¿Sabes que puedo escucharte, verdad?— dices mientras ves cómo Clarke cubre la bandeja con aluminio y la coloca en el horno. Luego de esto, la rubia empieza a dar instrucciones a Raven. Qué bonito se expresa, sí.
Tu celular suena, sí, encima del piano, y vas por él ante la intensa mirada de Raven. Y es que es obvio que sacará conclusiones, porque el piano lo tienen ubicado en una zona del apartamento en la que últimamente solo transitan ellas, más que nada, porque tú no querías tener nada que ver con él. Es un mensaje de tu, como se titula ella misma en el texto, amiga hetero, preguntando cómo te sientes, ruedas los ojos y le respondes por milésima vez que todo está bien, que no hay de qué preocuparse.
Vuelves a sentarte en la isla, no te importa si haces mal tercio.
No han pasado ni cinco minutos desde que metió la bandeja al horno cuando el móvil de Clarke también empieza a sonar. Lo observa antes de decir:
—Es la alarma, chicas, a coger el tren que dentro de una hora empieza mi turno—. Y tú que pensabas que se quedaría a comer— Saquen la bandeja en veinte minutos, ¿sí? — se lava las manos y arregla bien su ropa, como si pudiera verse más bonita—Pasa foto, Raven…—señala con su móvil a Rae y se acerca a ti —¿te veo mañana, Lex?— pregunta bajito. Y algo en tu interior salta al escucharla llamarte así.
—Es lo más probable…—te sonríe y no lo ves venir, de verdad que no… y es que deposita un beso en tu mejilla que a pesar de ser jodidamente corto te obnubila por completo… joder, has vuelto a la adolescencia. No era el beso que esperabas, pero no estuvo mal, nada mal—, saludos a Chaplin—. Agregas, tu voz temblorosa delata lo que causó el roce en tu interior, pero ella no nota nada, te regala una última sonrisa y se aleja. Ya la extrañas.
La ves caminar hacia la puerta seguida de tu amiga, que murmura algo parecido a un: «gracias por cuidarla», que te hace volver a pegar la frente a tus brazos y esta vez por poco te das en la fístula, lo que te hace tener más cuidado, pero te frustra que Raven abriera la boca, porque sí, ya es jodidamente obvio que la bocazas le ha hablado de tu condición.
Las miras nuevamente y… ¡Joder, qué trasero te cargas, Clarke!, ¿se puede caminar más bonito? Te gusta… y sí, te molesta que a tu amiga también, y más cuando te has dado cuenta de que es recíproco, claro, ¿por qué otra razón se alejaría Clarke de ti cuando escuchó a Raven acercarse?
Ahora se han perdido detrás de la puerta de entrada y no puedes ver nada; tu mente viaja hacia lugares oscuros y de forma masoquista te preguntas si a ella, si a tu amiga, sí le dará el beso en los labios… Vuelves a golpear tu frente, ahora directamente con la encimera. Murmuras un «auch», tras tu estupidez… De tantas personas en el mundo, ¿por qué Clarke, Raven? Qué puntería.
Ves a tu amiga venir hacia dónde estás, con una mueca divertida que contrasta con la incomodidad que sientes por dentro, pero joder… la Raven se gana tu voluntad de forma muy fácil, solo tienes que ver el brillo en sus ojos cuando sonríe para que tenga toda tu atención.
— ¿Lo notaste?— ¿Será que habla del jodido beso?, porque joder, de donde estás no se vio nada y eso ella debería saberlo.
— ¿El qué?— preguntas con miedo de saber la respuesta, porque no quieres a Raven hablando de lo jodidamente bien que besa Clarke, de sus labios acariciando los suyos, de la picardía de esa lengua viperina acariciando la suya, del jodido sabor a perfección inhumana que seguro tiene, porque todo esto es algo que quieres averiguar de forma personal… no por las palabras de alguien más. No por las palabras de tu amiga, joder… No me cuentes, Rave, no me cuentes.
—También coloca alarmas para cosas ridículas como recordar cuánto falta para su hora de trabajo—. La sonrisa en sus labios se vuelve aun más divertida y a ti te nace una de alivio. No, aún no estás preparada para aceptar que algo suceda entre ellas.
—El resto de la humanidad no tiene la culpa de que tú seas un cronómetro humano—. Y no se le pasa nada, esa sí llega a tiempo a todos lados.
— ¿No tienes nada que decirme?— no tienes ni idea de a qué viene la pregunta. No. No tienes nada que decirle.
— ¿Eh?... ¿te quiero?— abordas el camino fácil y ella niega mirándote. Al parecer eso no es lo que esperaba, pero la verdad, no tienes ni idea.
—Vale, yo también te quiero, tontísima— se da por vencida, de eso estás segura— ¿Jugamos algo mientras se termina de hacer… eh… eso?— pregunta mientras saca el ajedrez que tienen guardado en una gaveta de la encimera y asientes, porque eso de utilizar la estrategia se te da genial; el juego te encanta, y si el contrincante es tan perspicaz como tú, más todavía.
— ¡Qué bueno que te des cuenta de que tu rey no aguantará más de quince minutos en el tablero!— picas adelante, es algo típico de ustedes… no son de las que juegan calladas.
—¿Vamos a jugar una sola vez? Porque con lo malo de tu apertura en cinco minutos ya tu rey habrá pasado a mejor vida dos veces. Me lo grita la experiencia—. Contraataca levantando una ceja y te ríes mientras respondes:
—Hey… que yo no tengo la culpa de que solo hayas tenido experiencias con precoces— Toma un pañito de cocina y te lo tira a la cara. Patadas de ahogado… Te ríes más fuerte, ignorando el dolor en la parte baja de tus pulmones y empiezas a armar el tablero—. De una vez te digo, pagar por clases de cocina será una pérdida si no intentas aprender—. Y es que, si ni siquiera sabe qué es lo que está en el horno, te queda más que claro que de la práctica número uno no aprendió nada.
—De una vez te digo… valdrá la pena— Responde mirándote fijamente… y vamos, que la perspicacia es solo cuestión del ajedrez, porque no entiendes nada nada lo que quiere decir su mirada—. ¿Juegas con blancas o negras?— inquiere mientras te mira caminar hacia la encimera con el pañito… pero es que la mancha que acabas de desaparecer ya te tenía inquieta.
—Negras, te doy ventaja.
Volteas el tablero, quedando con las negras frente a ti. Antes de que la castaña juegue, tu celular vuelve a sonar y ruedas los ojos, porque seguro es Octavia preguntando nuevamente qué tal estás, ¿es que acaso esa mujer no se cansa? Pero la led brilla morado, el color que le habías asignado a Telegram y no, no es de Octavia, porque ni ella, ni las personas normales, utilizan esa aplicación para mensajearse.
Frunces el ceño, porque es un número desconocido… y tu corazón vuelve a saltarse un latido. Y ¡joder!… no es que el contenido del mensaje sea merecedor de un jodido nobel, o algo parecido, porque el:
«Me he quedado con unas ganas inmensas de seguir enseñándote ese corte»
No dice mucho… pero la firma… la firma…:
«Maggie Sawyer».
¡Joder! ¡Qué firma!
Tu compañera de partido voltea el tablero, llamando tu atención… y la miras sonreír, mientras intentas acompasar el zumbido de tu jodido corazón.
La jodida castaña a la que amas más que a tu vida te guiña un ojo antes de decir:
—Vamos, empieza, que yo también sé jugar con negras.
…..
Y acá les dejo el capítulo diez, disculpen la demora, en serio... No empezaré a dar excusas. También me ha costado lo suyo este (todos me cuestan bastante).
Espero que les haya gustado.
Muchísimas gracias a todos los que han incluido la historia en sus favoritas, a los que la siguen, a los que me siguen :$, a los que dan su opinión y también a aquellos hermosos lectores que siguen en el closet (xD).
Respondiendo a Luy: 3 De Clarke se sabe muy poco, es nuestra incógnita, es normal que no te encaje. Y Raven, Raven está medio tostada, pero es un amor… Raven y Octavia lo darían todo por Lexa. Y bueno, sí, entiendo la posición de Lexa. Siempre me acuerdo de ti xD
(Lo de la portada, acá en siempre ha sido la misma, pero la cambiaré )
Este capítulo va dedicado a MakotoBlack, que tomando en cuenta que en su país es veintiocho de febrero y en el mío ya es primero de marzo debe ser algo así como su cumpeaños. ¡Feliz leaños! xD
