Capítulo 14: El hogar (Stevenbomb 3)

Un flash de luz.

Sensación de caer.

Luces y destellos que cegaron temporalmente al pequeño grupo de Gemas exploradoras.

Y tan pronto como había comenzado, terminó.

-Aquí es. Ya hemos llegado-declaró Obsidiana, reclamando la atención de Steven. Debido a la fuerte luz del portal, había cerrado con fuerza sus ojos para protegerlos de los fuertes haces que amenazaban con dañarlos. Al oír a Obsidiana, pero, se percató de que ya no percibía a través de sus parpados la incidente luz del portal, oscurecido todo a su alrededor como en el interior de sus cuencas. Poco a poco, Steven abrió los ojos y contempló el mundo al que Obsidiana les había llevado.

Nevaba. Finos copos blanquinosos y grises caían de un cielo oscurecido que parecía augurar tormenta, si bien no se oía trueno alguno en la lejanía. A pesar de la falta de luz solar, hacía bastante calor en aquel sitio, el suficiente como para que Steven tuviera que quitarse varias capas de abrigo para así no ponerse a sudar. Bajando su barrera, comprobó que el aire a su alrededor era respirable, si bien estaba un poco cargado como si alguien acabara de barrer y hubiera levantado mucho polvo en el proceso. Tosiendo un poco para limpiar sus pulmones, Steven fijó su mirada en el singular relieve del mundo en el que estaban. Allá donde alcanzaba su vista, altas montañas sin cimas se elevaban majestuosas por todas partes, algunas tan grandes como el monte contra el que se ubicaba el templo de las Gemas en la Tierra, y otras tan descomunalmente grandes que hacían que las primeras parecieran minúsculas en comparación. Del interior de algunas de estas montañas manaba una fina columna de humo negro, que ascendía por el cielo hasta llegar a las nubes, donde se diluía y difuminaba hasta quedar irreconocible el límite entre ambos.

-¿Eso son… volcanes?-preguntó Steven, entendiendo por fin la verdadera naturaleza tras todas aquella formaciones rocosas. Había visto uno o dos volcanes por la televisión e incluso las Gemas lo habían llevado una vez a uno para una misión, pero… Era la primera vez que veía tantos en un mismo sitio.

-¿Qué es este lugar?-preguntó Perla, bajándose de la espalda de Obsidiana y alejándose unos pasos para así ver mejor el lugar en el que se encontraban. Allá donde ponía la mirada, solo veía la dura y oscura roca que formaba aquel mar de volcanes, semejantes a espinas que hubieran salido en el lomo de una gigantesca y dura criatura, expulsando cada vez más de su oscuro contenido a la atmósfera. Un fino copo blanco flotó unos instantes enfrente de ella, y fue a caer en su mano cuando esta lo estudió. Examinándolo de cerca, se dio cuenta de que aquello no era nieve, como inconscientemente habían supuesto Steven y ella al verlo por primera vez, sino que era ceniza, seguramente fruto de aquella masiva concentración de volcanes. Inmediatamente, su mirada se desvió hacia su pequeño protegido, quien con gran interés parecía estudiar aquel nuevo y extraño lugar, inconsciente de los muchos y desconocidos peligros que allí pudieran encontrar. El primero de todos sería asegurar la capacidad respiratoria de Steve, ya que si algo había aprendido Perla de su visita a Pompeya (la arquitectura romana siempre la había fascinado, si bien no tanto algunas de las "barbáricas" costumbres de los propios romanos), era que los humanos y los volcanes rara vez podían llegar a congeniar. Sin perder un instante, se apresuró junto a Steven con la entera intención de reubicar la bufanda que este llevaba para que le cubriera mejor la nariz y la boca. Toda precaución era poca.

-Un planetoide con una incipiente actividad vulcanista… Interesante-murmuró Peridoto, frotándose la barbilla mientras estudiaba con aire interesado el singular paisaje. Con poca agilidad por su parte (a punto estuvo de tropezarse y caer de cara), se bajó de la espalda de Obsidiana también y se aventuró unos pasos en aquel nuevo y desconocido mundo, analizándolo todo con sus inquisitivos ojos verdosos-. A primera vista, parece que el planetoide haya sido sujeto a una intensa terraformación artificial, como prueban esas marcas de ahí-indicó, señalando unas grietas ubicadas en las paredes de los volcanes. A Steven no le decían nada, pero imaginó que sería cosa de Gemas, o tal vez solo de Peridoto el que se hubiera fijado en eso y supiera interpretarlo-. El sustrato superficial ha sido… evidentemente cosechado-determinó, tomando una muestra de tierra. Tras verla correr entre sus dedos y olerla durante unos instantes, la dejó caer al suelo y se sacudió los restos de las manos. Asentía esporádicamente como si estuviera viendo confirmadas sus teorías respecto a preguntas e hipótesis que no se había molestado en decir en voz alta, dejando al resto de su grupo en la ignorancia respecto a sus pesquisas-. Esta clase de actividad… Si no me equivoco…-dijo, empezando a caminar. Paso a paso, empezó a seguir una serie de marcas en el suelo como si de un sendero se tratara, absorta en cada muesca que encontraba mientras se iba inclinando cada vez más y más hacia el suelo, llegando a un punto que incluso se puso a cuatro patas para caminar.

Tan absorta estaba, que no se dio cuenta de que el camino había desaparecido hasta que no estuvo al borde mismo del abismo.

-¡Peridoto, cuidado!-exclamó Steven, al ver a Peridoto tan cerca de aquel barranco.

-¿Eh? ¡Aaaaah!-exclamó Peridoto, quien al darse la vuelta para encarar a Steven, no llegó a ver cómo la tierra bajo sus manos cedía y la abocaba hacia adelante. Gesticulando y chillando, Peridoto a punto estuvo de caerse barranco abajo, de no haber intervenido Obsidiana cuando lo hizo. En un par de zancadas había llegado hasta Peridoto, la había sujetado por el brazo, y la había alzado en el aire con los pies colgando del profundo abismo. Cientos de metros más abajo, la dura roca que formaba el suelo parecía atraerla con la gravedad del planeta, espantándola y provocando que Peridoto quedara abrazada del brazo de Obsidiana como si de un koala se tratara-. ¡POR MIS ESTRELLAS! ¡No me sueltes, nomesueltesnomesueltesnomesueltes!-chillaba ella, completamente espantada.

-Ten más cuidado-dijo sencillamente Obsidiana, quien tras poner a Peridoto a salvo agitó el brazo hasta que esta se soltó. Temblando como una hoja al viento, Peridoto permaneció de cara al suelo mientras rememoraba en su mente una y otra vez lo cerca que había estado de irse de bruces contra el lejano suelo.

-¡Peridoto!-exclamó Steven, corriendo a su lado. Poniendo una mano en su hombro, comprobó que no estuviera herida. Al ver que simplemente había sido todo un susto, suspiró algo más aliviado-. Que alivio… Un poco más, y…

-No. Lo. Digas-dijo lentamente Peridoto, temblando todavía con los ojos abiertos de la impresión. Estaba claro que las emociones acumuladas del viaje le estaban pasando factura a la pequeña Gema, que de haber tenido un corazón palpitante en el pecho en esos momentos estaría latiendo a mil por hora. Empezaba a arrepentirse seriamente de haber accedido al plan de Obsidiana, de haber abierto su maldita bocaza cuando dijo que ella podía encargarse de resolver el misterio de Obsidiana si encontraban una computadora, de haber llamado "pardilla" a Diamante Amarillo… No tenía ni idea de cuál había sido la decisión que la había llevado a aquel momento, pero se arrepentía profundamente de ella.

-Ten más cuidado, Peridoto. ¿Acaso no has visto dónde estamos?-preguntó Perla, abarcando con un brazo el lugar al que el portal los había transportado. Tan absorto había estado Steven con el paisaje de su alrededor, que él tampoco se había fijado en sus propias alrededores.

Se encontraban en la cima de uno de los volcanes del planeta, en el borde rocoso de su orificio superior. A sus espaldas, rodeando la brillante plataforma del teletransportador, se encontraba una curiosa formación rocosa semejante a espinas que brotaban en forma de abanico del suelo, creando una especie de pared que los separaba del profundo cráter que hasta el momento había pasado inadvertido tanto para Steven como para Peridoto. El volcán debía de ser de los más altos de la zona, ya que pocos volcanes en el horizonte observable quedaban por encima de ellos, todos los demás por debajo y con sus agujeros a la vista. Con cuidado, Steven se fue acercando hasta el borde interior del volcán, echando un vistazo rápido al oscuro interior de este.

Era como contemplar la inmensidad del espacio infinito, tan oscuro y profundo que no había forma posible de saber cuan profundo sería. Aire caliente manaba de las profundidades, sacudiendo su gorro que amenazaba con salir volando debido a las violentas rachas que soplaban desde el interior de la tierra. Un grito de aviso por parte de Perla lo animó a separarse de allí antes de que él también se precipitara como Peridoto había estado a punto de hacerlo antes, y justo cuando se levantaba y giraba para volver con las demás, algo en la roca circuncidante al cráter llamó la atención de Steven.

Las paredes internas del volcán, al menos aquellas que quedaban a la vista de Steven, parecían presentar toda una serie de marcas misteriosas que distaban mucho de semejarse a las grietas o desprendimientos ocasionales que en muchas fotos de paisajes había visto Steven. Algo había en aquellas marcas que le hacía pensar que no eran tan naturales como uno cabría imaginar, revelando la presencia de una mano inteligente tras su origen y formación. Las más alejadas se semejaban a pequeñas marcas contra las paredes del volcán, pero examinando con cuidado las paredes más cercanas, Steven pudo observar con mayor claridad su contorno, y pronto llegó a una sorprendente conclusión.

-Un momento…-murmuró, estudiando con atención aquellos agujeros-. Esto es… ¡No puede ser!-dijo Steven, jadeando de la impresión ("gasp" en inglés, para que nos entendamos)-. ¡Chicas, venid a ver esto! ¡Esto está lleno de agujeros de Gemas!

En cuanto Perla y las demás fueron junto a Steven, vieron que este tenía razón. Por todas partes, en el interior del volcán, se podían ver los característicos agujeros de salida de un inmenso número de Gemas, todas con su contorno claramente definido. Las siluetas, de anchos hombros y cabeza bien formada, parecían idénticos los unos a los otros, copiados exactamente y desplegándose por todo el interior del volcán. No se veía en que punto terminaban, ya que las paredes seguían por el interior de la oscuridad del volcán, quedando demasiado lejos y demasiado oscuro como para ver nada.

-¿Lo veis?-señaló Steven. Con la mano en la boca, Perla se quedó momentáneamente sin palabras.

-Pero eso… Esto significa…

-Una Guardería…-murmuró Peridoto, antes de saltar con un grito animado-. ¡Pues claro, es una Guardería! Mira esas formaciones, al disposición de los agujeros, el estado de la roca y el sustrato… ¿Cómo no me pude dar cuenta? Estamos en una Guardería del Planeta Natal.

La noticia parecía animar, por alguna razón, a Peridoto. Riendo como si de una niña se tratara, Peridoto empezó a examinar con renovado entusiasmo todos los elementos a su alrededor, haciendo nuevos y fascinantes descubrimientos a cada momento que pasaba. Si bien Steven parecía francamente interesado en todo aquello, siguiendo con la mirada como Peridoto correteaba por el borde del cráter y lanzaba quedos chillidos de pura sorpresa a cada roca que levantaba, miraba o mordía (sobretodo mordía), Perla no compartía el entusiasmo de su joven protegido y su peculiar aliada verdosa. Las Guarderías nunca habían sido lugares que Perla recordara con especial emoción, recordando cómo el Planeta Natal había destruido innumerables paisajes en incontables colonias con sus perforadoras y sus acciones terraformadoras para crear, precisamente, lugares como aquel. Sin excepción, todos esos hermosos jardines habían acabado convertidos en desiertos estériles y silenciosos como aquel lugar, donde solo proliferaban la dura roca inerte y un cielo gris y sin vida. A Rosa Cuarzo siempre le había partido el corazón (metafóricamente hablando) el ver la crueldad con la que el Planeta Natal devastaba cada planeta que encontraban en su afán de expansión, creando cada vez más Gemas sirvientes y colonizando cuantos mundos caían en manos de los Diamantes. Ese deseo de proteger los diferentes mundos del cosmos, y en especial la Tierra, había sido lo que había instigado la gran Rebelión que en su día sacudió los cimientos del Planeta Natal, con Rosa al frente y ella siempre a su lado.

-¡Y fíjate, Steven!-exclamó extasiada Peridoto, sacando de sus pensamientos a Perla. Al parecer, Peridoto había empezado a instruir a Steven sobre cada aspecto nuevo de aquel lugar que ella descubría, decisión que si bien no acababa de aprobar, la parte de ella que apreciaba el conocimiento se vio incapaz de detener-. Estas rocas tienen estratificación quíntuple. ¡Quíntuple, Steven!-dijo emocionada, levantando una roca del montón.

-¡Sí… quíntuple…!-exclamó Steven con fingido entusiasmo, ya que si bien contemplaba con alegría la pasión que Peridoto le echaba a todo aquel asunto, la verdad era que para él aquella roca no era diferente de las otras doce que esta ya le había mostrado. Aun así, no se sintió lo bastante capacitado como para cortarla o comentar nada al respecto, y la dejó hacer.

-¡Y eso no es todo!-añadió Peridoto, tirando la roca por encima de su hombro una vez terminó su interés por ella-. Fíjate en los canales secundarios del suelo, el desgaste de las rocas, ¡los orificios de entrada, la presencia de actividad volcánica!-exclamó, levantando los brazos en señal de victoria. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía pletórica de estar por fin en un ambiente que ella sí entendía, un lugar donde podía verlo y deducirlo todo gracias a sus conocimientos y experiencias previas. La Tierra no estaba mal, pero a veces podía llegar a ser muy confusa para la pequeña Gema-. Todo esto solo puede significar una cosa, Steven. ¡Ya sé qué clase de Guardería es esta!

-¿En serio? ¡Genial!-exclamó Steven. Esa parte sí que la había entendido-. ¿Y qué es?

-Esta es una Guardería de clase Omega, una Guardería masiva global que abarca la totalidad de la superficie del planetoide-explicó con contenida emoción Peridoto, hablándole con una sonrisa a Steven como si le estuviera contando la noticia más sensacional del mundo-. ¡Es clase Omega! ¡Ya no las hacen de este tipo! Solo había leído historias sobre esta clase de Guarderías en los archivos del Planeta Natal. ¡Siempre había querido poder venir a estudiar un lugar como este! Tantos métodos de crianza y manipulación, tantas directrices olvidadas en el tiempo… Es una pena que ya no se puedan hacer Guarderías así-se lamentó Peridoto.

-¿Por qué?

-Simplemente, el Planeta Natal ya no cuenta con los recursos necesarios para gestionar o directamente establecer una operación planetaria de semejante envergadura-dictaminó Peridoto, señalando tanto el volcán en el que se encontraban como los de sus alrededores-. Mira, si no, la Guardería de la que salió Amatista. Esa era clase Prime… ¡y no digo que no fuera impresionante!-se apresuró a aclarar-. Una clase Prime está muy bien, ¡mejor que bien incluso! Es solo que… No tiene ni punto de comparación con una Omega, eso es todo.

-En fin, como iba diciendo…-siguió diciendo Peridoto-… la colonia del planeta Tierra fue establecida a finales de la Primera Era, donde se empezó a notar la escasez de recursos que llevó al comienzo de la Segunda Era en el Planeta Natal. En vez de crear una única Guardería que abarcara todo el planeta, se decidió establecer Guarderías en zonas aisladas del planeta para la extracción de recursos específicos y formación de nuevas Gemas de clases más concretas. El resto del planeta iba a ser colonizado para el estudio de vuestro sistema solar y la posible expansión del Imperio… aunque eso ya lo sabréis de cuando estuvimos en vuestro satélite espacial, ¿no?-dijo Peridoto, quitándole importancia a todo el asunto como si realmente creyera que Steven ya sabía todo aquello. Sabiendo que decir la verdad provocaría que Peridoto le soltara toda aquella parrafada una vez más, Steven se limitó a apretar los labios y asintió con la cabeza.

-Yyyy…-dijo él, mirando nuevamente el mundo a su alrededor-… ¿qué clase de Gemas se formaban aquí?

-¡Oh, sí, es verdad!-dijo Peridoto, retomando el hilo de la conversación-. Bueno… Por las pruebas y muestras observadas, no sabría decir bajo la jurisdicción de qué Diamante cae la ubicación de este planeta. Sin embargo…-dijo, frotándose nuevamente la barbilla con aire pensativo-…, lo que sí te puedo decir es… Sí, estoy completamente segura de que…- Ignorando aparentemente a Steven, Peridoto cogió otra roca del suelo, y la examinó inquisitivamente durante unos instantes. Le dio vueltas entre sus dedos, la miró desde todos los lados, comparó el largo de una grieta contra su dedo pulgar, e incluso la lamió un par de veces con la lengua. Steven ignoraba como nada de eso podía aportar información a Peridoto, pero como que lamer piedras era una actividad que él no había hecho en la vida, decidió no juzgar sin saber.

-¿…y bien?-preguntó Steven tentativamente cuando creyó que ya le había dado suficiente tiempo a Peridoto. Esta, asintiendo decidida, miró nuevamente a Steven con resolución.

-¡Sí, estoy completamente segura! ¡En este planeta se hacían…!...se hacían…-dijo, perdiendo gradualmente su energía a medida que la verdad tras aquel misterio se resolvía en su mente. Confuso, Steven vio como la antes emocionada Peridoto iba cambiando su expresión de alegría a una de sorpresa, sus ojos abiertos de par en par sin que él acabara de entender la razón-…Ónices… En este planeta…hacían Ónices…

Y así, con esas pocas palabras, Steven entendió qué era lo que había llamado tan de repente la atención de Peridoto. La mirada de ambos se desvió hacia su cuarta compañera, la sombría Obsidiana, que hasta el momento había permanecido como la única que no había dicho nada desde que descubrieron los agujeros del interior del volcán. Cruzada de brazos, en completo silencio, había permanecido de pie al borde del barranco que delimitaba el volcán, observando con sus compañeros a sus espaldas el gris y negro paisaje de aquel mundo, colores que se fijó Steven un poco tarde, compartían el planeta y su alta y callada amiga. Perla, quien había estado escuchando la conversación desde una cierta distancia, no tardó en llegar a la misma conclusión que el resto de Gemas.

-…planeta colonia XV-513…-murmuró Peridoto, mirando con otros ojos el mundo en el que se encontraban-… estamos en…

-Obsidiana…-empezó a decir Perla, acercándose a la taciturna Gema-… ¿esta es tu colonia?

Perla hizo el intento de tomar por el hombro a Obsidiana, pero esta le apartó la mano con un gesto, sin violencia, pero tajante en sus intenciones.

-Pongámonos en marcha-dijo simplemente, girándose pero sin llegar a hacer contacto visual con nadie-. Aún nos queda un largo camino por recorrer. Cuanto antes nos pongamos en marcha, antes llegaremos a la base.

Negándose a continuar hablando al respecto, Obsidiana empezó a descender por una cara del volcán, siguiendo un angosto sendero rocoso que les permitiría bajar hasta el suelo sin mayores dificultades… para lo normal en una Gema. No era un sendero que un humano normal hubiera podido transitar, cortándose a ratos cuando profundos abismos dividían el camino en dos, enormes rocas les bloqueaban el paso, o simplemente cuando el desnivel era tan pronunciado que casi parecía una pared vertical más que un camino. Steven, incapaz de sortear esos obstáculos ante sus limitadas capacidades humanas, necesitó que Perla lo llevara a caballito en la mayoría de tramos. Por suerte para él, Perla era mucho más ágil y fuerte de lo que podía aparentar a primera vista, pudiendo saltar los elementos rocosos que dificultaban su avance con sus gráciles piruetas y controlados movimientos. Peridoto, cuyas capacidades no distaban mucho de las del pequeño niño humano, fue transportada por Obsidiana, quien simplemente se la cargó bajo el brazo como si fuera un fardo. De esta manera, el pequeño grupo de Gemas fueron descendiendo por el volcán hasta llegar al suelo, donde Peridoto y Steven pudieron prescindir de sus compañeros para continuar el resto del camino por sus propios medios.

Una gruesa capa de polvo y cenizas se alzó del suelo cuando Steven pisó por primera vez la superficie del planeta. Era como contemplar un curioso paisaje nevado, con la diferencia de que aquella nieve era más sedosa y no estaba fría. Casi podía sentir el calor que emitía el suelo bajo sus pies, obligándolo a quitarse otra capa más de ropa al tiempo que examinaba el paisaje de su alrededor. Los altos volcanes oscurecían el cielo con su enorme tamaño, la base de estos tan grande que Steven apenas podía creerse que algunas de aquellas gigantescas montañas pudieran ser pequeñas en comparación a algunas que había llegado a atisbar desde la cima del volcán en el que aparecieron. Profundos valles delimitaban los únicos caminos que Steven y compañía podían seguir, las paredes de los volcanes que los formaban actuando como muros que dificultaban e incluso impedían su avance en según qué direcciones. Sin perder un instante, Obsidiana empezó a avanzar por uno de esos valles, sin detenerse ni esperar a ver si los demás la seguían o no. En vista de que tampoco tenían otra opción, Steven y las demás se pusieron en marcha.

Caminaron en silencio durante un buen rato. Al frente de la comitiva se encontraba Obsidiana, abriendo camino por entre la masa de cenizas que bloqueaba su camino con facilidad, al tiempo que los guiaba por aquel silencioso y gris planeta. En medio se encontraban Steven y Peridoto, la segunda señalando algunos detalles que ella consideraba interesantes y explicándoselos a Steven con todo lujo de detalles. Este hacía lo que podía por seguir el ritmo de su verdosa compañera, la cual no escatimaba en detalles ni tecnicismos en su charla sobre la importancia de esta o aquella muesca, la distribución de los volcanes, la fragmentación de las rocas que pisaban, o la mismísima ceniza que caía incesante aunque lentamente sobre sus cabezas. Cerrando la fila se encontraba Perla, quien alternaba su atención entre vigilar sus alrededores, y vigilar que Steven se encontrara bien en todo momento. Le preocupaba un poco lo que aquel nivel de cenizas en el aire podían hacer en los pulmones de Steven, pero en vista de que todavía tenía que toser o estornudar desde que se bajaron del volcán, imaginó que todo iba bien de momento. De todas formas, le insistió en varias ocasiones que no se siguiera quitando más ropa, arguyendo que luego tal vez pudiera resfriarse al verse expuesto a un ambiente tan distinto como era aquel.

Mientras procuraba escuchar y prestar atención a lo que Peridoto le iba contando, de vez en cuando Steven dirigía su mirada a la espalda de Obsidiana, quien seguía avanzando imperturbable con evidentes muestras de tener algo rondándole la cabeza. No había abierto la boca desde que inició el descenso de aquel volcán, y apenas les había dedicado una mirada de reojo en todo momento. Ni siquiera cuando cogió en volandas a Peridoto para bajarla del volcán les miró más que durante unos instantes, optando por ignorarlos como si no estuvieran allí en primer lugar. No entendía qué era lo que podía tener tan preocupada a Obsidiana, o cuales podían ser sus pensamientos al encontrarse de nuevo en aquel lugar tan concreto de su pasado. Por lo que recordaba de lo que había averiguado de Obsidiana, ella y las demás Obsidianas habían sido creadas allí hacía ya miles de años, y según Peridoto no se habían vuelto a formar más Gemas desde entonces. Suponía que aquel lugar no debía de significar tanto para Obsidiana como su Guardería lo hacía para Amatista, quien si bien se mostraba despreocupada y relajada al respecto, se había pasado casi 500 años sola y abandonada en un lugar no muy distinto de aquel. Ella siempre se había mostrado alegre y animada respecto al tema de su Guardería, refiriéndose a ella como su "barrio", en el cual gustaba de pasar tiempo haciéndole visitas esporádicas y paseando por entre los altos muros plagados de agujeros en los que una vez se encontraron Amatistas como ella. A juzgar por la reacción de Obsidiana, esta no tenía aquel lugar en tan alta estima en su interior.

-…de perfiles estratigráficos varios-terminó de decir orgullosa Peridoto. Al no recibir el subsiguiente asentimiento ni murmullo de confirmación de Steven, se fijó en que este se había quedado mirando pensativo la figura de Obsidiana, cosa que molestó un poco a la verdosa ingeniera-. ¡Steven! ¿Me estás escuchando?

-¿Qué? ¡Ah, sí, sí! Perdona, Peridoto-dijo algo avergonzado Steven, tratando de quitarle importancia al asunto con una sonrisa de disculpa. Si bien no acababa de estar del todo segura al respecto, Peridoto decidió dejarlo correr-. Oye, me he estado fijando en una cosa, y tengo una pregunta.

-¿Oh, una pregunta? Interesante… Dispara, Steven-dijo sonriente Peridoto, haciendo uso una vez más de otra de las expresiones que había aprendido satisfactoriamente en su estancia en la Tierra (la primera vez que Amatista le había dicho lo de "dispara, Peridoto", Peridoto se había quedado pensando durante un buen rato sobre el qué o a qué quería ella que le disparara… ¡y con qué!).

-Me he fijado en que hay muchos volcanes, pero… ¿Por qué algunos son mucho más grandes que otros?-quiso saber Steven. La verdad era que apenas se había fijado cuando estuvieron en la cima del primer volcán, pero creía recordar que su volcán era de los pocos que realmente despuntaba por encima de los demás. La gran mayoría de volcanes, si bien grandes como rascacielos desde abajo, parecían minúsculos en comparación con aquellos idénticos a los semejantes a aquel en el que habían llegado Steven y los demás. No había pensado casi al respecto desde entonces, pero al ver las diferencias de tamaño desde abajo, la verdad era que Steven no podía evitar preguntarse si tal vez hubiera una razón para ello (además, así podría preguntarle algo a Peridoto y demostrar que sí que la había estado escuchando… la mayor parte del tiempo).

-Hmmm… Excelente pregunta, Steven. La verdad es que yo también me lo he estado preguntando desde hace un rato-dijo Peridoto, examinando con ojos entrecerrados uno de los volcanes-. Mi teoría es que tiene algo que ver con el nivel de sustratos presentes en la corteza terrestre, pero… Sin más datos ni informes de extracción, no me veo capacitada para establecer una hipótesis como es debido. Lo máximo que puedo hacer son conjeturas e ideas vagas al respecto, aunque…

-¿"Aunque"?-repitió Steven.

-Aunque…-murmuró Peridoto, antes de centrar su mirada en Obsidiana-. ¡Ey, Obsidiana!-gritó Peridoto, sobresaltando a Steven y a Perla, mientras el eco de su grito viajaba por el valle hasta más allá del horizonte. Hasta el momento, el pequeño grupo había ido avanzando con solo la moderada voz de Peridoto y Steven como único sonido perceptible en aquella zona (y puede que en todo el planeta. Todavía tenían que divisar cualquier clase de criatura autóctona si es que aún quedaban, y la lluvia de cenizas apenas hacía ruido al caer). Para mayor sorpresa de Steven, Obsidiana realmente se detuvo cuando Peridoto gritó su nombre. No solo eso, sino que incluso se giró por primera vez desde su llegada al planeta. Su expresión impasible y neutra recordó a Steven la mirada que le dedicó el día que le habló de su pasado en el Planeta Natal, durante aquella primera charla que ambos tuvieron en la pizzería de los Pizza.

-¿Hmm?-murmuró Obsidiana, esperando lo que fuera que Peridoto quisiera decirle.

-Tú eres oriunda de este planetoide, ¿cierto?-preguntó Peridoto, a pesar de conocer ya la respuesta-. ¿Crees que podrías informarnos de la razón tras la diferencia de niveles en los orificios masivos de expulsión?

A Steven le preocupó un poco que la falta de tacto y la pregunta tan directa de Peridoto pudieran molestar a Obsidiana. Estaba más que claro que toda aquella situación no la tenía contenta precisamente, y se le notaba que no le hacía mucha gracia el haber tenido que volver allí. Lo normal hubiera sido que Obsidiana hubiera contestado a malas a Peridoto, que la hubiera ignorado, o incluso que hubiera sacado sus trabucos y se hubiera dedicado a practicar el "tiro a la Peridoto", como casi podía Steven imaginarse a Obsidiana haciéndolo en su mente. Sin embargo, lo que esta hizo fue mirar pensativa uno de los volcanes, y responder tranquilamente sin cambiar su neutra expresión.

-Los volcanes son de diferentes alturas en función de si sus agujeros son de Ónices u Obsidianas. Los volcanes más bajos son los viejos, de donde salieron las Ónices, y los más nuevos son de donde salimos nosotras, de los altos.

-Ah… ¿Pero por qué son más grandes?-preguntó Steven, una vez quedó claro que a Obsidiana no le molestaba la pregunta.

-Los materiales escaseaban, así que tuvieron que inyectar nuestras gemas con las perforadoras a mayor profundidad. Luego, para salir, tuvieron que generar más presión para que pudiéramos emerger, de ahí que brotáramos del suelo con más fuerza, y el volcán acabara siendo más alto.

-¿En serio? Guao…

-Hmm… Interesante-comentó Peridoto, examinando esa nueva información con visible interés-. No creía que la envergadura del orificio general estuviera relacionado con la profundidad de siembra, pero tampoco es algo que no haya leído antes. Simplemente, es una consecuencia de métodos más bien arcaicos de producción de Gemas guerreras-añadió Peridoto-. Sinceramente, viendo el estado de esta Guardería, no me extraña nada que a la Peridoto encargada la descatalogaran. ¡Menuda chapuza!

-Ehm… Peridoto…-dijo Steven, pero parecía que esta ya no le escuchaba.

-Es decir… ¡Mira qué desperdicio de recursos! Está más que claro que la mitad de estos componentes no fueron procesados como es debido-exclamó Peridoto, señalando con el dedo varios elementos del paisaje que los rodeaba-. Y no me hagas hablar de la localización… Si tomamos en cuenta la distribución de los volcanes, casi parece que hubiera señalado las coordenadas de los inyectores golpeando el panel de control con el puño, como lo haría Jaspe. ¿Os imagináis a esa bruta, manejando un aparato de precisión como es un panel maestro de control de inyectores? ¡Pues claro que no, pero seguro que hubiera hecho un mejor trabajo que esa Peridoto pardilla, jajajajaja!

Las burlas de Peridoto iban acompañadas por su risa, que resonaba por los vacíos valles con fuerza. Cada risa que manaba de Peridoto hacía aumentar la preocupación de Steven, quien se había fijado en que la mirada de Obsidiana parecía haberse oscurecido más aún si cabía. Estaba claro que, bajo su máscara de aparente calma e impasibilidad, había algo sombrío rondando no muy lejos de la superficie.

-Ah…-suspiró Peridoto, más calmada tras sus carcajadas-. Si es que… Casi me dan pena esas pobres Gemas, condenadas a depender de una manazas que no podía ni hacer su trabajo como era debido. Tantas Gemas defectuosas, inútiles, de componentes desperdiciados en cuerpos destinados al fracaso… El Planeta Natal se…

-¡Y dime, Obsidiana!-exclamó en alto Steven, cortando finalmente a Peridoto, con tono ligeramente tenso. Más le valía acallar de una vez a su pequeña amiga antes de que su otra amiga más alta decidiera hacerlo a su manera-… ¿si los volcanes más altos son los de las Obsidianas…cual es el tuyo?

Tragando saliva al tiempo que intentaba mantener una nerviosa sonrisa, Steven fijó su mirada algo temblorosa sobre Obsidiana, quien por un instante había conseguido poner nervioso a Steven por cómo se había quedado mirando a Peridoto. Le daba un poco de miedo pensar en lo que hubiera pasado si Peridoto hubiera seguido hablando tan inconscientemente de un tema que, aparentemente claro para todos menos para ella, no era precisamente del agrado de Obsidiana. Por suerte para ella y los demás, parecía que Obsidiana no iba a reaccionar violentamente a las palabras de Peridoto, optando por suspirar y volver a darse la vuelta, mirando al frente nuevamente.

-…ninguno de los de esta zona.

-Oh, ¿habláis del orificio de expulsión de nuestra Obsidiana?-preguntó alegremente Peridoto, quien parecía seguir sin percatarse de nada de lo que acababa de suceder (o que al final no había sucedido)-. Eso es fácil. Obsidiana, ¿en qué Faceta estamos?

-¡Nonono, Peridoto! No es necesario que…-intentó decir Steven, ya que no quería que la atención de Obsidiana volviera a centrarse en Peridoto tan pronto por temor a que esta volviera a decir algo que pudiera hacer enfadar potencialmente a Obsidiana. La oscura asesina se limitó a mirar al cielo con aire pensativo.

-Uh… Faceta-18, creo.

-¿Y cuál es tu clasificación completa?- Antes de responder, Obsidiana puso cara de estar intentando hacer memoria, murmurando y mirando al vacío mientras trataba de recordar toda la parrafada que era su clasificación.

-Aaah… Obsidiana Faceta-23, División-1F, Corte-994CO-dijo finalmente Obsidiana.

-"Obsidiana Faceta-23, División…", ehm…-trató de repetir Steven, pero solo llegó hasta ahí-… ¿es eso tu nombre completo, Obsidiana?

-¿Mi nombre…completo?-preguntó Obsidiana, arqueando una ceja. La mirada de reojo que le dedicó a Steven valió para que este comprendiera que ella no había acabado de entender la pregunta.

-Ya sabes… Como yo soy Steven Universe, y no solo Steven, o Nanefua es Nanefua Pizza… El nombre completo.

-Hmm… No sé si será mi nombre completo, pero es la clasificación individual bajo la que me catalogaron cuando emergí aquí-dijo Obsidiana-. La verdad es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve que recitarla entera…

-¿Por qué?-preguntó Steven.

-Bueno… No tenía sentido que me presentara como Obsidiana Faceta-23, División-1F, Corte-994CO…, cuando era la única Obsidiana que quedaba-dijo Obsidiana, y nuevamente Steven se sintió tenso de nuevo. Acababa de librar a Peridoto de una situación incómoda al sacar ésta a coalición un tema desagradable para Obsidiana, ¡y mira tú el que había sacado él!-. Supongo que me acostumbré a ser simplemente "Obsidiana"…

-¡Steven, por favor! Sé más considerado con ella. ¿No ves que es un tema evidentemente doloroso?-le increpó Peridoto, dejando a Steven a cuadros totalmente por lo absurdo e injusto de todo aquello. Dejándolo mientras balbuceaba todo lo que quería decir en ese momento para justificarse, Peridoto se giró hacia Obsidiana-. Tendrás que disculparle, Obsidiana. Es evidente que la sutileza no es una cualidad demasiado arraigada en su especie-defendió Peridoto a Steven. Este, mordiéndose la lengua por no decirle a su "defensora" cuatro verdades bien dichas, optó por callarse por el momento-. En fin, volviendo a lo que estábamos…

-Esperad… No iréis a proponer que vayamos a ver el agujero de Obsidiana, ¿verdad?-dijo Perla, claramente en desacuerdo con la idea.

-¡Oh, sí! ¿Podemos ir?-preguntó de inmediato Steven, olvidando su mosqueo por el malentendido anterior con Peridoto, deseoso de ver aquel fragmento del pasado de Obsidiana-. ¡Por favor…!

-No. No podemos retrasarnos más-dijo tajante Obsidiana-. Aquí estamos muy expuestos. Cada segundo que pasemos aquí, es un segundo que el Planeta Natal puede usar para dar con nuestra posición. Es mejor seguir adelante, terminar el trabajo, e irnos antes de que sepan que hemos estado aquí siquiera.

-¡Pero…!-trató de decir Steven, pero Peridoto salió en su ayuda nuevamente (y esta vez, a Steven no le pareció mal).

-En realidad, creo que no nos retrasaría el visitar el agujero de salida de Obsidiana-comentó pensativa Peridoto-. Si la distribución de facetas no ha cambiado desde la Era 1, entonces la Faceta-23 debería quedar…por ahí-dijo, señalando en dirección a uno de los valles frente a ellos-. Obsidiana, ¿en qué dirección queda el centro de control principal? Deduzco que era allí a donde nos dirigías, ¿no es cierto?

Asintiendo, Obsidiana se limitó a señalar en dirección al valle que habían estado siguiendo desde que bajaron de aquel primer volcán. Curiosamente, notó Steven, los dedos de Obsidiana y Peridoto parecían señalar en la misma dirección, apenas una pequeña variación de un par de grados en el sentido de ambos. Parecía que a Perla seguía sin convencerla aquel cambio en el plan, del mismo modo que Obsidiana tampoco parecía muy contenta con la idea. Sin embargo, antes de que ninguna de las dos alcanzara a decir nada, Steven las miró a ambas con gesto suplicante.

-No nos desviaríamos mucho… Y además, tampoco es como si fuéramos a volver a tener esta oportunidad-razonó el joven niño humano-. Por favor…

Una vez más, Steven hizo uso de sus brillantes ojos de inocente mirada, mirando a las altas Gemas con expresión apenada y suplicante. Pequeñas estrellitas parecían salir disparadas de los enormes orbes de Steven, golpeando repetidamente el dubitativo corazón de Perla, quien sintió flaquear su voluntad. Sabía que estaba mal, pero al ver a Steven tan tristón y lloroso… Parecía tan chiquitín de repente… Un intenso deseo de estrujar a Steven entre sus brazos y achucharlo se apoderó de Perla, quien se encontró incapaz de despegar la mirada de la de Steven. Sabía que algo estaba pasando allí…, pero no podía hacer nada para impedirlo.

No sabía dónde había aprendido a hacer eso, pero verdaderamente era una técnica temible.

Obsidiana no tuvo más suerte a la hora de resistirse. En cuanto captó de refilón la mirada de Steven, supo cuál iba a ser el resultado más probable. ¿Qué sentido tenía retrasar lo inevitable? Además, tenían razón. No se desviarían mucho, y así Steven se calmaría de una vez y podría terminar su misión e irse antes de que alguien se enterara de que alguna vez estuvieron allí.

Suspirando, Obsidiana se dio la vuelta y se puso en marcha de una vez, no tan emocionada como Steven de ponerse en camino hacia su volcán de origen. El niño humano prácticamente saltaba en el sitio de emoción y alegría, sonriendo de oreja a oreja con Peridoto y Perla a su lado.

Caminaron nuevamente en silencio durante largo rato. Los copos de ceniza caían plácidamente al suelo y se amontonaban con los que ya se encontraban allí en el suelo, formando una gruesa capa en la que las Gemas que por ella avanzaban se hundían al caminar. Algunos tramos eran lo bastante finos como para poder caminar tranquilamente por ellos, con Obsidiana abriendo camino por delante y facilitando el paso a aquellas que la seguían, pero en otros la capa de cenizas era tan gruesa, que bien podrían haber estado caminando por encima de un barranco y no se habrían dado cuenta hasta que la ceniza no hubiera cedido bajo sus pies, desmoronándose como la arena y tragándoselos en un instante. Esto lo aprendieron por las malas cuando, de repente y sin previo aviso, Obsidiana fue enterrada en cuestión de segundos al dar un paso en falso, su larga forma oscura siendo tragada por la ceniza en un instante. Steven y las demás apenas alcanzaron a ver desaparecer a Obsidiana, corriendo en su ayuda sin perder un instante. Solo la rápida intervención de Perla salvó a Steven de unirse a Obsidiana en su aparente final, ya que por salvarla este casi saltó tras de ella a las cenizas que como arenas movedizas habían actuado de trampa. Sin embargo, el espanto y confusión duraron poco, ya que al cabo de un momento Obsidiana volvió a aparecer, transformada en pálido fantasma, atravesando las cenizas como si nada. Su fantasmagórico cuerpo se confundía con las cenizas del suelo, vaporoso y etéreo como los copos grises que caían incesantes del cielo, y a punto estuvo de pegarle un buen susto a Peridoto nada más aparecer. Retomando su cuerpo físico, Obsidiana advirtió a Perla y las demás que procuraran tener cuidado de ahí en adelante, ya que al parecer la colonia estaba en un estado peor al esperado (también avisó a Steven, pero dado que este parecía más centrado en abrazarse a ella con expresión de alivio, dudó de si la había escuchado realmente o no). Una vez recuperado este del susto, el grupo continuó su camino.

Siguieron los pasos de Obsidiana durante casi media hora más, avanzando por entre los profundos valles y atravesando la tierra cubierta de cenizas sin detenerse un solo instante. A Steven le estaba gustando mucho aquella parte de la aventura, pudiendo explorar un nuevo mundo desconocido para él en compañía de sus buenas amigas las Gemas, y sin el temor de que nada los fuera a atacar sin previo aviso. No habían visto rastro alguno de vida en lo que llevaban de camino, ya fuera planta o animal, y Obsidiana caminaba como si realmente no hubiera nada allí de lo que preocuparse. Únicamente vigilaba el terreno por el que avanzaban, cuidándose de no toparse con más huecos cubiertos por cenizas que pudieran atraparlos o tragárselos como sucedió antes. Le extrañaba un poco que no hubiera nada más que los volcanes en aquel lugar, pero Steven supuso que simplemente era que no todos los planetas debían de tener la suerte de contar con vida autóctona, y lo dejó correr.

Finalmente, Obsidiana se detuvo al pie de un gigantesco volcán, idéntico a los demás a ojos de Steven, pero aparentemente único para los de la sombría Gema.

-Hemos llegado-dijo únicamente Obsidiana, como si quisiera dejar claro que aquel era su destino.

El volcán era tan alto que superaba por casi el doble de su altura a los de su alrededor. Hecho de la misma roca que el resto de volcanes, se alzaba a casi 2000 metros por encima de sus cabezas, tan grande que Steven apenas podía ver la cima desde su posición en el suelo. Como muchos otros al igual que él, ninguna nube de humo salía de la cima, prueba de que su interior estaba tan extinguido como el de los demás.

-Mm-hm… Sí, Faceta 23. Este es el lugar, sin duda-declaró Peridoto, observando interesada la gigantesca estructura-. Parece que podemos acceder por esa obertura de ahí.

El dedo de Peridoto señalaba a una enorme grieta ubicada a nivel del suelo, semejante a un desgarro en la dura pared del volcán, que apenas revelaba nada de su interior salvo las sombras de un lugar donde la luz de su sol nunca antes había llegado. La oscuridad semejaba a una tupida cortina que les obstaculizara el paso al interior, tan densa que por un instante les recordó a la monstruosa criatura con la que se encontraron no hacía mucho en la Inter-dimensión. Si de esa masa oscura salía nada remotamente parecido a un tentáculo, Steven estaba seguro que le iba a dar algo.

-Parece que realmente lleva hasta el interior. ¿Seguro que el volcán está inactivo?-preguntó suspicaz Perla, iluminando con su gema las entrañas del volcán. La luz que proyectaba su gema atravesó las sombras sin problemas, revelando un alargado túnel irregular cuyo extremo opuesto se perdía al dar este un giro pronunciado, la luz de Perla alcanzando solo hasta la pared del fondo.

-Del todo. No hay humo y, de todas formas, el interior de este planeta está bastante hecho polvo. Dudo que le quede nada que pudiera salir ardiendo por ningún conducto-comentó Obsidiana, poniéndose en marcha sin perder un instante. Parecía que Perla seguía sin estar del todo segura de aquella idea, pero al ver que Peridoto y Steven empezaron a seguirla sin dudarlo un segundo más, al final no le quedó más remedio que cerrar la comitiva y unirse al grupo.

Para entonces, las únicas luces disponibles eran las luces blanca y verde de las gemas de Perla y Peridoto respectivamente. Steven también hubiera querido ayudar con su propia gema, pero realmente no tenía ni idea de cómo hacerlo, así que se contentó con sacar una linterna de la mochila de Perla e iluminar con ella su camino. Obsidiana, por su parte, no cogió la linterna que Steven le ofreció ni intentó iluminar su gema, mas siguió avanzando en primer lugar como si las sombras que ocultaban su camino apenas la importunaran (y de todas formas, pensó Steven, que Obsidiana hubiera "encendido" su gema tampoco les habría resultado útil o practico. Habría tenido que ir caminando de espaldas para no cegarles).

Armados con sus luces, Steven y las demás pudieron apreciar las curiosas formaciones pétreas y cristalinas que conformaban las paredes de aquel estrecho túnel. Obligados a caminar en fila india, el sinuoso camino que los iba adentrando cada vez más en el interior del volcán parecía estar formado por una extraña roca oscura que ya habían visto con anterioridad en el exterior del mismo, salvo que allí además presentaba algunas curiosas formaciones de aspecto vítreo que llamaron enormemente la atención de Steven. Al pasar la mano por ellas, descubrió que su superficie estaba engañosamente formada por innumerables y diminutos poros, que fregaron contra su piel y la dejaron llena de un suave polvo al retirarla. Al preguntarle a Peridoto, esta le informó que lo que Steven había tocado era magma solidificado, el cual debía de haber atravesado la roca a través de canales secundarios hasta llegar allí desde el interior de la tierra. El interés de Steven se duplicó cuando Peridoto le señaló a Steven que gran parte del material presente en aquellas paredes era el que se había utilizado para formar a Obsidiana y las demás como ella. El joven niño humano apreció la información, ya que el cómo las Gemas se hacían era algo que él siempre se había preguntado y, si bien ya sabía muchas cosas sobre los inyectores y las Guarderías, la verdad era que aún habían muchos pasos del proceso que no entendía o desconocía completamente. Para un humano, aquello sería como pasear por un pasillo con carne por las paredes, una imagen que solo sirvió para revolverle el estómago (o hacérselo gruñir. La verdad era que no recordaba la última vez que había comido nada). Sándwich en mano (cortesía de la mochila de Perla), Steven siguió contemplando las paredes, observando cómo la coloración negra de la roca poco a poco había ido aclarándose a medida que avanzaban, volviéndose de un gris claro que recordó a Steven al color de la piel de Obsidiana. Debían de estar ya muy cerca del centro del volcán.

Tal y como había supuesto Steven, pronto alcanzaron el final del túnel, el cual desembocaba en la cámara central del volcán. Semejante a una gigantesca lágrima, las paredes internas del volcán se doblaban en la parte baja, formando una enorme cámara casi esférica que ascendía y se estrechaba hasta llegar al orificio superior, por el cual entrevieron el pálido cielo gracias a la tenue luz que se colaba por el mismo. En el centro de la estancia, rodeado por una amplia terraza de roca inclinada ligeramente hacia el mismo, había un oscuro pozo que parecía no tener fondo, tan grande como para poder tragarse toda la montaña contra la cual estaba situada la casa de Steven. Todo en aquel lugar parecía estar formado de aquella pálida piedra que llevaban viendo desde hacía algún tiempo en el interior del túnel, y ubicados por todas partes de las paredes, estaban los cientos de miles de agujeros de las Obsidianas que una vez surgieron de allí. Habían tantos agujeros que Steven perdió la cuenta antes incluso de plantearse siquiera el contarlos. Ascendían por las paredes hasta la cima misma, con apenas unos espacios libres de un palmo o poco más entre ellos. Si bien muchos parecían presentar formas un tanto raras, ligeramente torcidas o deformadas contra algún relieve extraño de la pared, casi todas parecían perfectas copias las unas de las otras, altas y delgadas como lo era Obsidiana.

Esta, se fijó Steven, había seguido caminando mientras Peridoto y Perla contemplaban con asombro el interior del volcán. Detenida al borde mismo del oscuro abismo, parecía contemplar pensativa sus ignotas profundidades, quieta y callada como una estatua. Su falta de emoción aparente preocupó a Steven, quien poco a poco fue acercándosele sin hacer ruido ni perder el equilibrio. El suelo era áspero e irregular, como si estuviera roto, y un rápido examen le indicó que la razón era que estaba formado por más magma solidificado. Caerse allí seguramente le dejara un buen rasguño en la piel, sin mencionar la posibilidad de acabar rodando hasta el profundo agujero central y perderse en las insondables entrañas de aquel planeta. Casi prefería los arañazos.

Obsidiana no se giró mientras Steven caminaba hasta situarse a su lado. De pie junto a ella al borde del agujero, su mirada preocupada se centró en el semblante inexpresivo de Obsidiana, parcialmente cubierto para él por el flequillo de esta. Sin embargo, a pesar de su aparente tranquilidad, Steven pudo sentir algo en la mirada de Obsidiana que le indicó que para ella aquello era mucho más que una simple visita a sus orígenes.

-Obsidiana-dijo Steven, posando una mano en la pierna de esta para que fuera consciente de su presencia allí-. ¿Estás…bien?

Como si acabara de despertar de un sueño, Obsidiana se giró más alerta hacia Steven, sosteniendo la mirada interrogativa de este con la suya. Medio sonriendo, se sentó en el borde del abismo con las piernas colgando del mismo, y posó su pálida mano sobre la cabeza de Steven, cubierta aún por su gorro, que de algún modo había sobrevivido a su extraño y peligroso viaje.

-Sí. Estaba…recordando, eso es todo-dijo Obsidiana, pasando la mirada por la vasta cámara-. Recordaba el… día que surgimos de la roca. Recuerdo cuando salí de mi agujero, y de cómo caí hasta el magma que inundaba por aquel entonces este sitio, más o menos hasta ahí de altura-dijo, señalando a la pared del fondo-. Por todas partes habían otras Gemas como yo, muy parecidas a mí, todos tratando de no hundirnos en aquella masa caliente de roca fundida mientras intentábamos entender qué estaba pasando. Recuerdo como aquella cosa viscosa me tragó, hundiéndome en la piedra y el fuego. Recuerdo cómo di vueltas y más vueltas en su interior, chocándome con los cuerpos de otras tantas Obsidianas que como yo no habían conseguido mantenerse a flote. Fuimos subiendo y subiendo por el volcán a medida que el magma llenaba la cámara, con cada vez más Obsidianas cayendo desde sus agujeros hasta que llegamos al techo del volcán. Recuerdo cuando… rompimos la superficie y el volcán explotó, escupiéndonos al exterior y lanzándonos por doquier sin cuidado. Recuerdo dar vueltas en el aire, ver mi mundo por primera vez, un paisaje infinito de montañas que escupían fuego y Gemas por igual al aire. Recuerdo caer, llegar al suelo, y…

Obsidiana paró de repente. Sin darse ni cuenta, había comenzado a perderse en sus recuerdos, rememorando aquel confuso día como si de alguna forma hubiera vuelto atrás en el tiempo, como si todos aquellos milenios suyos de existencia no hubieran sido más que un extraño sueño. Incapaz de ver ya el oscuro abismo, las imágenes se habían sucedido una detrás de otra ante sus ojos, reviviendo en su cuerpo las miles de sensaciones que la invadieron cuando surgió de la roca. Confusión, temor, miedo,… Era como volver a ser la Obsidiana que una vez fue, la misma Obsidiana impotente y débil que no podía hacer otra cosa que no fuera encogerse de miedo en una esquina y confiar en que las demás Gemas no repararan en ella. La misma Obsidiana que nadie habría distinguido del resto de Obsidianas, la Obsidiana que fue antes de empuñar por primera vez sus armas, la Obsidiana que más alejada había estado de servir a Diamante Azul que ninguna otra Gema del Planeta Natal. La Obsidiana que ella tan fervientemente había intentado cambiar, olvidar,…destruir…

-…y…-dijo nuevamente Obsidiana, tratando de calmarse al tiempo que procuraba que Steven no se percatara de sus verdaderos sentimientos en aquel momento. Sabía bien que el niño humano se preocuparía si ella se mostraba así de afectada, y por alguna razón no deseaba que eso sucediera-…da igual, olvídalo. No es nada.

Parecía que eso era todo lo que Obsidiana iba a decir respecto a lo que acababa de suceder, por lo que Steven decidió no presionarla. Sabía bien que algunos recuerdos podían ser difíciles de soportar, y no lo decía solo por su propia experiencia, sino también por las caras que había visto en el rostro de sus amigas Gemas cuando las historias de la gran guerra contra el Planeta Natal salían a flote. Granate y las fusiones forzadas de fragmentos, Perla y las batallas del pasado, Amatista y su complejo de inferioridad… A veces, muy a su pesar, lo único que se podía hacer por alguien que no quiere recordar algo es, simplemente, dejar que el dolor pase de forma natural. Cada uno debía sanar a su propio ritmo, y Steven no iba a ser el que metiera prisa a Obsidiana por recuperarse. Después de todo, había sido por petición suya que hubieran ido allí, de manera que en parte su malestar era culpa de él. Steven se prometió que en cuanto volvieran a la Tierra, haría cuanto estuviera en su mano por levantarle los ánimos a Obsidiana, aunque para ello tuviera que invitarla a una pizza. ¡No, mejor a dos pizzas! ¡NO, MEJOR A CIEN PIZZAS! ¡NO, MEJOR A…!

…a algo más acorde con su presupuesto. Lo de una pizza ya lo veía más viable.

-En fin… Querías ver mi agujero, ¿no?-dijo Obsidiana, aparentemente siendo ese su turno de sacar a Steven de sus propias ensoñaciones. Levantándose, agarró a Steven y se lo colocó bajo el brazo sin decir nada, optando Steven por no comentar nada sobre ser tratado como un fardo más. Después de todo, tampoco lo molestaba.

Envolviéndose en una nube de sombras, Obsidiana empezó a sobrevolar sin prisa el aire del volcán, pasando peligrosamente (según Perla) por encima del agujero, pero sin llegar a atravesarlo de punta a punta (muy para alivio de Perla, que siguió sin estar tranquila hasta que no vio que volvían a tener roca debajo de ellos). Obsidiana los llevó volando hasta una de las paredes laterales del volcán, ascendiendo tanto en el aire que Perla y Peridoto quedaron reducidos a poco más de unos centímetros de altura. Recorrieron etéreamente como fantasmas la irregular superficie del volcán, pasando junto a cientos de agujeros mientras Steven se preguntaba cuál de ellos sería el de Obsidiana. Mientras, inmóvil bajo su brazo, Steven fue viendo como el suelo se iba alejando cada vez más y más de ellos. Debían de estar a unos 100 metros del suelo, altura que poco preocupó a Steven ya que confiaba en que Obsidiana no lo dejaría caer.

Por ello, tal vez, su corazón dio semejante brinco cuando esta de repente lo soltó.

Steven cayó hacia el duro suelo…durante la milésima de segundo que tardó en aterrizar en la terraza de piedra sobre la que se encontraban.

-Este es-dijo Obsidiana, aterrizando grácilmente a su lado. Con una mano en el pecho, Steven se puso de pie y contempló el lugar en el que se encontraban. Ambos se encontraban de pie al borde de una estrecha y delgada roca, apenas lo bastante ancha como para que los pies de Steven cupieran, por lo que Obsidiana se vio obligada a hacer equilibrios con un pie mientras el otro colgaba del abismo. A pesar de ello, no parecía preocupada por su precaria posición, ya que se limitó a girar sobre dicho pie y a apoyarse despreocupadamente en la pared. La única razón por la que Steven no se había caído al aterrizar en la terraza, fue porque gran parte de su cuerpo había acabado dentro de uno de los agujeros de la pared, el mismo que le había señalado Obsidiana.

Y fue entonces cuando Steven se dio cuenta de su situación: estaba dentro del agujero de Obsidiana.

A primera vista, no parecía diferente en nada al resto de agujeros que había visto en aquel lugar. Alto como lo era Obsidiana y tan delgado como la propia Gema, Steven sintió que cuanto más lo observaba, más se convencía de que Obsidiana realmente había surgido de aquel lugar. Tocó las paredes de piedra gris, y las sintió extrañamente suaves, casi como si no tuviera los mismos poros que había visto en el resto del volcán. No sabía si esa anomalía era propia de los agujeros de las Gemas, o si tenía algo que ver con la Gema que era Obsidiana, pero dado que moverse a otro agujero para comparar hubiera podido resultar peligroso (una cosa era saber que Obsidiana no lo dejaría caer, y otra muy distinta era querer caerse y comprobarlo), optó por dejarlo correr.

-Vaya… Así que tú saliste de aquí-comentó Steven, retrocediendo hasta el final del agujero. No por primera vez, se preguntó cómo sería "nacer" de esa manera, apareciendo un buen día desde una roca con tu cuerpo ya desarrollado, y con todas tus capacidades a punto. Debía ser muy triste el no poder ver cómo crecías, aunque admitía que debía ser muy práctico el no tener que ir cambiando anualmente de talla de ropa, o no tener que afeitarse nunca ni cortarse el pelo. Todo tenía sus ventajas e inconvenientes, supuso.

-Sí…-dijo simplemente Obsidiana, cruzada de brazos. Pasaba su pie libre distraídamente por el borde del abismo, viendo caer las piedrecitas que este empujaba sin mucha ilusión. Al verla de aquella manera, tan apática y pensativa, Steven decidió que pasar más tiempo allí seguramente no sirviera para mejorar su humor, por lo que mejor sería salir de allí cuanto antes.

-Bueno…, pues ya está. Ya he podido ver tu agujero, y por cierto, es un agujero precioso. Muy buen agujero, sí señor…-comentó Steven tratando de sonar convincente, al tiempo que daba unas palmaditas de aparente satisfacción a la pared del agujero. Obsidiana, por su parte, se limitó a arquear una ceja sin mucho interés.

-¿Volvemos ya?-preguntó Obsidiana. Steven se limitó a asentir, y Obsidiana volvió a cargarlo bajo su brazo. Después, dando un paso al frente, se dejó caer al vacío.

Si bien debería haberse mostrado más nervioso, la verdad era que Steven apenas sintió nada de la súbita bajada. Estaba más centrado en pensar sobre qué podía decirle a Obsidiana para comenzar a ayudarla, ya que si bien no quería presionarla con nada que pudiera incomodarla o afectarla, la verdad era que tampoco podía dejar las cosas así como así. Aquel lugar la estaba afectando, se le notaba, y no era ya solo cosa del volcán. Era el propio planeta, como si cada piedra evocara recuerdos desagradables para la sombría Gema. Obsidiana había arriesgado mucho volviendo a aquel lugar en busca de respuestas, pero no en la forma en que esta les había advertido. ¿Qué los descubrieran las Gemas del Planeta Natal? Eso no era nada en comparación a rememorar algo que llevabas tiempo tratando de olvidar.

Y si algo había aprendido de Obsidiana y su pasado, era que tenía muchas cosas que esta seguramente no deseara recordar.

Lentamente, Obsidiana y Steven empezaron a caer hacia el suelo, aligerados por la niebla que desprendía Obsidiana y que se disipaba en el aire a medida que iban cayendo.

-…lo siento-dijo finalmente Steven, llamando la atención de Obsidiana.

-¿"Lo siento"? ¿Qué sientes?-preguntó Obsidiana.

-Pues… todo, supongo. Haberte obligado a venir aquí, haberte obligado a cargar conmigo, haberte obligado a pasarlo mal durante el viaje… Todo.

-Lo de antes no fue culpa tuya, Steven-le aseguró Obsidiana, mirando al suelo en todo momento-. Y respecto a lo de venir aquí, no tienes nada de que…

-¡Pero sí que tengo! Está muy claro que no te gusta este sitio, y por mi culpa has tenido que volver. Si no hubiera sido tan egoísta, ahora mismo podríamos haber acabado ya la misión, y podríamos irnos todos a casa. Por eso es que quiero disculparme, Obsidiana.

De reojo, Obsidiana vio que Steven parecía realmente arrepentido de haber ido a aquel lugar. No porque estuviera decepcionado con la experiencia, sino porque genuinamente se arrepentía de haberla hecho pasar por lo que fuera que la hubiera molestado. Estaba claro que no entendía el que, pero sabía que había algo de aquel lugar que no le gustaba. No era nada sobre lo que exagerar, pero parecía que a Steven le preocupaba. Además, algo de lo que había dicho el joven niño humano llamó la atención de Obsidiana.

-"Casa"…-repitió Obsidiana, mirando el resto del volcán que los rodeaba. Se suponía que la casa de uno era el lugar al que volver, sus orígenes, su hogar… ¿Acaso era aquel su hogar? Ella no lo sentía como tal. Para ella aquel sitio no era más que una roca espacial desprovista de vida en el que tuvo la mala suerte de ser engendrada. De haber sido cualquier otro lugar, habría surgido como una Ónice, y su vida hubiera sido infinitamente más sencilla y mejor. ¿Cómo podía siquiera pensar en aquel…cascarón vacío… como un hogar?-… yo no tengo casa.

La mirada preocupada de Steven se volvió a centrar en Obsidiana.

-¿No tienes casa?-Obsidiana negó-. ¿Ni…siquiera en el Planeta Natal? ¿No es esa tu casa?

-…es complicado, Steven-dijo simplemente Obsidiana.

-Pero…todo el mundo tiene casa. Todos tienen un hogar, un lugar donde se sientan queridos y a salvo. Seguro que tú…

-El Planeta Natal nunca ha sido mi hogar-declaró Obsidiana, sin mirar a Steven-. Era más bien… mi destino. El lugar al que quería llegar. Un sitio que, bueno…, esperaba que pudiera ser mi hogar. Pero nunca lo fue. No importaba cuanto me esforzara, o cuanto trabajara, o cuanto me engañara a mí misma. Aquel sitio…no era un hogar.

Las palabras de Obsidiana dejaron pensativo a Steven. Sus conocimientos sobre el Planeta Natal eran, cuando menos, limitados. Solo sabía de él por lo que otras Gemas le habían dicho, y su opinión estaba un tanto parcializada por el hecho de que todas eran rebeldes de la autoridad de los Diamantes. Lo que sí podía entender, pero…

-…fue por las demás Gemas, ¿verdad?-dijo Steven, si bien no necesitaba realmente que le respondiera-. Ellas nunca te aceptaron, a pesar de lo que hicieras. Por eso el Planeta Natal nunca se sintió como un hogar para ti.-Steven no recibió respuesta alguna de Obsidiana, quien seguía con la mirada fija en el suelo como si no le estuviera escuchando. Él, pero, sabía que sí que lo estaba haciendo-. Un hogar no es un sitio físico. Un hogar no es un planeta, ni una colonia, ni siquiera es un edificio. Un hogar son las personas que te quieren, aquellas a las que les importas, aquellas que se muestran más alegres cuando te ven regresar sano y salvo, aquellas que te impulsan a volver estés donde estés.

-¿Personas? ¿Cómo van a ser "personas" un hogar?-preguntó confusa y molesta Obsidiana. ¿Acaso sabía Steven de lo que estaba hablando? Un hogar debía ser un destino, un sitio en el que sentirse bien y realizado, un lugar donde no sufrieras y donde estuvieras seguro. Las demás Gemas junto a las que había luchado siempre habían mostrado sus deseos de volver pronto al Planeta Natal, hablando de lo bien que se estaba y de las ganas que tenían de regresar tras cada misión. Ella siempre había deseado sentir lo que ellas sentían, experimentar esa sensación que las otras parecían recibir cada vez que aterrizaban sus naves de transporte y se abrían las compuertas. Por alguna razón, ella nunca sintió nada especial cuando desembarcaba o se iba. El Planeta Natal nunca había sido otra cosa que otra parada más en sus muchos viajes, una encrucijada más de caminos para ella, como si estuviera condenada a seguir eternamente su viaje sin hallar nunca una meta en la que descansar.

-¡Por supuesto que pueden serlo! Siempre y cuando estés con aquellos que te quieren, siempre y cuando vuelvas con ellos y estéis todos juntos, entonces da igual dónde estéis, o a donde vayáis. Allá donde estéis, ese será vuestro hogar. Porque un hogar no se limita a una zona, a un punto de un mapa. Un hogar… es donde tienes el corazón.

-…entonces yo nunca tendré un hogar, pues no tengo corazón. Soy una Gema, ¿recuerdas?

-¿Qué? ¡No! No me refiero literalmente a un corazón como órgano. Lo que quiero decir es…bueno…

-Déjalo, Steven-le dijo Obsidiana, cercana ya de aterrizar-. Es inútil. Yo ya lo he aceptado. He pasado toda mi vida sin un hogar, y eso no va a cambiar nunca. No es necesario que te…

-¡Eso no es cierto! ¡Sí que tienes un hogar!

-¿Ah, sí? ¿Y dónde está ese hogar, en la Tierra?-preguntó escéptica Obsidiana, ya molesta con el insistente niño-Gema.

-¡Sí! Está en la Tierra, conmigo, con las Gemas de Cristal, con los Pizza… ¡CON TODOS A LOS QUE LES IMPORTAS!

Los pies de Obsidiana tocaron finalmente el suelo. Muda como una estatua, dejó a Steven en el suelo, quien parecía aún un poco agitado tras aquel último grito. Le dolía que Obsidiana no pudiera comprender que no estaba tan sola como ella creía que estaba, y ya no sabía qué más decir para convencerla. Así pues, alzó la mirada para pedirle disculpas por haberla molestado, y…

Ojos como platos. Rostro impertérrito. Obsidiana…parecía muy sorprendida.

-…les… ¿importo?-preguntó con apenas un suspiro, como si no se acabara de creer ese sencillo concepto.

A la mente de Obsidiana acudieron todos los recuerdos de aquel lugar, un sitio al que le habían dicho que una vez consideraría como su hogar, pero que nunca consiguió serlo. Esos primeros días de confusión y miedo, los largos años de adiestramiento, las Obsidianas que fueron desapareciendo con el paso del tiempo… Aquel lugar se sentía más como una prisión para ella que la propia burbuja en la que la encerró Perla. Y el Planeta Natal… Con todas aquellas Gemas que la juzgaron día sí y día también, siempre observándola desde lejos y cuchicheando a sus espaldas o directamente enfrente de ella… Todo el mundo creía saber cómo era ella, todos catalogándola y menospreciándola por sus orígenes, o temiéndola y repudiándola por sus acciones. Siempre había estado sola en el Planeta Natal, sin importar lo mucho que luchara por ellos, y siempre lo había hecho sola. Nadie levantó nunca un dedo para ayudarla, y ella simplemente siguió luchando por sus propios fines. Deseaba complacer a Diamante Azul por sí misma, para demostrarse a sí misma y a nadie más que ella decidía lo que ella era al final del día. No su planeta de origen, no las Gemas que la crearon, y no las élites del Planeta Natal. Solamente ella podía decidirlo. Con el tiempo, ese pensamiento la llevó a cerrar su corazón (el metafórico) a las demás Gemas, aislándose voluntariamente en un oscuro rincón de su interior donde nadie pudiera volver a hacerle daño. Como resultado, Obsidiana fue incapaz de sentir nada por nadie ni ningún lugar, negándose a sí misma la posibilidad de encontrar algún día un hogar ante su creencia de que ningún lugar pudiera llegar a serlo para ella.

Y ahí estaba Steven, un joven a quien en varias ocasiones había intentado destruir, diciéndole que se equivocaba. Ahí estaba él, gritándole que lo había conseguido. Tenía un hogar, uno del que no se había percatado hasta que él no se lo señaló. Un hogar que no era su mundo de origen, ni el de su raza. Un hogar pequeño, ubicado en un remoto y lejano planeta poblado por seres orgánicos. Un hogar formado por seres de carne y hueso y otros de luz, humanos y Gemas a los que una vez despreció porque así creía que debía hacerlo. Un hogar… al que por primera vez Obsidiana se sintió con ganas de volver.

Echaba de menos su hogar. Echaba de menos a los Pizza. Echaba de menos la pizzería, la playa, los árboles…todo. Echaba de menos la Tierra.

Un hogar al que volver…

Algo húmedo y frío recorrió la mejilla de Obsidiana. Confusa, se tocó con la mano aquello que la había sorprendido, y se dio cuenta anonadada de que estaba llorando. ¿Cuándo…por qué…?

-Obsidiana, ¿estás…llorando?-preguntó confundida Peridoto. Ella y Perla se habían acercado a Obsidiana y Steven al verlos aterrizar, y confusas habían presenciado como una aparentemente petrificada Obsidiana había empezado a derramar lágrimas. Perla no entendía qué era lo que había pasado allí arriba, pero si alguien estaba verdaderamente sorprendida, esa era Peridoto. No era la primera vez que veía llorar a Obsidiana (después de todo, había estado presente en aquel barbárico combate a puñetazos entre ella y Perla), pero sí que era la primera vez que la veía llorar por ninguna razón en concreto. ¿Por qué Obsidiana, la asesina más letal y temida del Planeta Natal, estaba llorando? ¿Por qué Obsidiana la Exterminadora, la Cazadora de Gemas, el Brazo Ejecutor de Diamante Azul, la Ejecutora Imperial…estaba llorando? Que Obsidiana llorara equivalía a admitir que alguien como ella pudiera albergar sentimientos profundos, y esa era un pensamiento que, por raro que pareciera, confundía y asustaba a Peridoto a partes iguales. La razón, desconocida para ella.

Al percatarse de la imagen que tal vez estuviera dando a sus tres acompañantes, Obsidiana rápidamente se limpió las lágrimas con el puño, tratando de serenarse. No entendía qué era lo que le había pasado, pero no había podido resistir el impulso de derramar aquella primera lágrima.

-No… No es nada-dijo a Perla-. Han sido… recuerdos. Nada más. Este sitio está cargado de ellos.- Perla asintió. Melancolía… Podía entender ese sentimiento. A continuación, se giró hacia Steven-. Steven…

-¿Sí?-preguntó este, todavía confuso pero aún más preocupado por las lágrimas de la Gema oscura.

-…si ya has visto todo lo que querías ver, entonces pongámonos en marcha. Tenemos una misión que cumplir.

-Oh, ah… Sí, tienes razón. Pongámonos en marcha-dijo Steven.

-Y…-añadió Obsidiana, llamando la atención del joven niño humano-…démonos prisa. Cuanto antes acabemos…

-"…menos probabilidades tendrá el Planeta Natal de localizarnos", lo sé…-completó Steven con un suspiro, pero la respuesta de Obsidiana consiguió sorprenderlo.

-En realidad… Iba a decir que, cuanto antes acabemos…-dijo, una pequeña y genuina sonrisa apareciendo en su rostro por primera vez desde que llegaron a aquel planeta-…, antes podremos volver a casa.

La sorpresa de Steven duró un par de segundos, seguidos de los cuales llegó su ancha sonrisa que destellaba como un rayo de sol. Parecía más alegre, y Obsidiana se sintió mejor casi al instante. Era como si se hubiera quitado un peso de encima, uno que llevaba arrastrando consigo desde hacía ya muchos años. Aquel lugar, si bien seguía evocando recuerdos desagradables del pasado, ya no la lastraba ni amargaba. Más bien, era como si esos mismo rescuerdos le dieran fuerzas para continuar adelante, impulsándola y animándola a avanzar hacia el camino que la llevaba de vuelta hasta su hogar.

Sonriendo, Obsidiana cogió a Steven y se lo cargó en los hombros, ambos emprendiendo alegremente el camino de vuelta hacia la entrada del volcán. Tenían una misión que cumplir, y un hogar al que volver.

Además, tenían a una Perla y a una Peridoto muy confundidas a las que estaban dejando atrás.

-¿…tú entiendes a qué venía todo eso?-preguntó Perla, mirando confusa cómo aquel singular par caminaba alegremente hacia la salida.

-Algo sobre una casa, o algo así…-comentó Peridoto, quien tampoco tenía del todo claro qué estaba pasando. Perla alzó la mirada hacia las alturas, tratando de atisbar el agujero al que Obsidiana llevó a Steven.

-Posiblemente fue algo que vieron… ¿Pero qué vieron?

-Tal vez fue algo que vieron en el agujero de Obsidiana.

-¿Algo? ¿Algo como qué?

-¿Y yo qué sé? No tiene ningún sentido. Un agujero de Gema no tendría por qué excitarles tanto. ¡Y sé de lo que hablo! No por nada soy una experta en este tema-declaró muy digna Peridoto. Perla se limitó a resoplar y a seguir a Obsidiana y a Steven.

-Ya… "Experta en agujeros de Gema". Menudo título…

-¿Qué? ¡Eh! ¡Es algo más que eso…!-replicó Peridoto, corriendo para alcanzar a Perla.

El viaje de las cuatro Gemas todavía no había acabado.


Y lo dejo por aquí, que son las dos de la mañana y ya tengo sueño.

La verdad era que en este episodio iba a concluir el Stevenbomb, pero al final todo el tema del volcán y el origen de Obsidiana se me ha alargado, alcanzando las 20 páginas casi sin darme cuenta. Al final, he optado por cortarlo aquí e intentaré acabar ya con este "macro capítulo" en el siguiente (esperemos).

Que lo disfrutéis.

Chao, chao.