Capítulo 15: Quebrada (Stevenbomb 4)
Se respiraba otro aire en la mustia Guardería.
Parecía como si, después de la visita a los orígenes de Obsidiana, esta se hubiera librado de una carga que ni sabía que portaba. Su mente, antes centrada en los mil recuerdos y terribles sensaciones que aquel lugar le hacía sentir, parecía haberse liberado y aligerado. Veía las cosas de otra manera, con menos pesar y melancolía, e incluso se permitió sonreír un poco al contagiarse del espíritu aventurero de Steven, quien en ningún momento había abandonado sus hombros mientras proseguían su camino por la colonia. El joven niño humano/Gema tarareaba para sí una cancioncilla, observando con renovado interés el poco cambiante paisaje, y hablando entusiasmado con Obsidiana de esto y aquello. Si bien durante toda la travesía Obsidiana se había mantenido distante y callada, poco a poco empezó a abrirse a su pequeño amigo e incluso se animó a darle conversación, explicándole algunas historias que recordaba de aquel lugar (y como comprobó Steven muy a su pesar, todas ellas tristes o con algún giro final que le dejaba un mal sabor de boca. Obsidiana las contaba con tono animado, como si los castigos y los malos tratos de sus Ágatas no hubieran sido para tanto, de manera que Steven entendió que no se trataba de un tema taboo para ella).
Tras ellos caminaban Peridoto y Perla, observando algo confusas el curioso cambio de ambiente que había experimentado su grupo en cuestión de unas pocas horas. Parecía que cualquier rastro de temor y seriedad hubiera quedado atrás, convirtiendo su sigilosa incursión a la abandonada colonia en poco más que una excursión por el campo para esos dos. Vale que era poco probable que quedaran defensas activas o que existieran depredadores de los que cuidarse, pero Perla no consideraba que el ir charlando y riendo fuera precisamente el mejor modo de proceder en esa situación. Por su parte, Peridoto simplemente los había dejado estar tras un rato de intentar y fallar entender qué les pasaba, más centrada en estudiar con asombro cuantos elementos distintos encontraba de la antigua Guardería, explicándole a Perla con gran detalle sus descubrimientos y relatándole sus observaciones (a las que Perla simplemente respondía con un "Aja…aja…" mientras procuraba no perder de vista a Obsidiana y Steven. Peridoto no pareció darse cuenta de que su emocionada palabrería estaba cayendo en oídos sordos, y si lo hizo no pareció importarle).
De esta manera, el pequeño grupo de exploradores prosiguió su camino por el antes silencioso planeta, atravesando los profundos valles repletos de cenizas y rodeando los descomunales volcanes que poblaban su superficie. Del cielo seguía cayendo sin pausa pero sin prisa los pequeños copos grisáceos que aumentaban lentamente el nivel de ceniza en el suelo, animando a Steven a intentar hacer un muñeco de ceniza que Obsidiana le vio hacer con gesto de confusión.
-Steven, no tenemos tiempo para jugar-le recriminó Perla sin mucho enfado-. Estamos aquí por una misión muy importante, y ya vamos con suficiente retraso.
-Lo sé, pero es que no puedo evitarlo-comentó Steven, haciendo cada vez más grande una bola de cenizas. Con ambas manos, la fue empujando por el suelo para que rodara y se fuera agrandando hasta alcanzar el tamaño que él quería-. ¡Es como nieve! Bueno, es un poco más blanda que la nieve, pero es casi lo mismo. ¡Mirad lo que he hecho!
Con gesto de absoluto orgullo, Steven mostró su singular escultura a Perla y a las demás. Ante ellas se encontraba el clásico muñeco de nieve de dos bolas, con algunas de las prendas extra de Steven a modo de ropa (que él se había quitado dado el calor que aun manaba del planeta) y algunos detalles burdos que el joven aventurero había dibujado con el dedo. Si bien Perla simplemente suspiró ante la actitud infantil de su protegido, Obsidiana y Peridoto estudiaron con más detalle y confusión la peculiar estructura.
-Ehm… ¿Esto se supone que es…qué?-preguntó Peridoto, quien no le veía el sentido a semejante representación abstracta-. Tiene cabeza, pero no le veo ni brazos ni piernas. ¿Es un humano defectuoso?
-Ah, no… Es que simplemente no encontré ramas para hacérselos-explicó Steven.
-¿Ramas? ¿Este ser… tiene ramas por brazos?-preguntó confusa Obsidiana, tratando de identificar a aquel ser mediante sus recuerdos y experiencias previos, comparándolo con las muchas especies de alienígenas que había encontrado y visto en sus viajes, pero fallando a la hora de reconocerlo-… ¿es…una especie de árbol?
No se parecía a los árboles de la Tierra, pero tampoco era como si ella entendiera mucho de esa especie. Tal vez fuera simplemente otra sub-especie de árbol.
-No…No, no, chicas. No es un humano, ni…es un árbol. Solo es un muñeco de nieve.
-… ¿nieve?-preguntó Obsidiana, arqueando la ceja.
-Bueno, en este caso ceniza, pero tú ya me entiendes-dijo sonriente Steven. Obsidiana no le entendía-. La nieve es algo que cae del cielo en la Tierra, como la lluvia pero mucho más fría.
-¿Agua fría que cae del cielo?-preguntó Peridoto, tratando de imaginárselo-. ¿Y solo por una variación en la temperatura ya le dais otro nombre a ese fenómeno meteorológico? ¿Cómo lo hacéis entonces para decidir cuándo es lluvia y cuando nieve?
-Porque cuando es nieve, el agua está tan fría que se congela y…
-¿Se congela? Quieres decir… ¿Qué cae hielo del cielo?-preguntó alarmada Peridoto. Aun recordaba con no demasiada ilusión la lluvia de carámbanos que les cayó encima casi al principio del viaje, y por un momento temió que en la Tierra tuviera lugar un fenómeno parecido a ese-… verdaderamente, la Tierra es un lugar más peligroso de lo que imaginé…
-¡No, tranquila! Sí, a veces cae hielo del cielo, pero pasa muy raramente, y siempre son cosas pequeñitas. No duele más que si te cayera una piedra pequeña en la cabeza.
A pesar de las palabras tranquilizadoras de Steven, Peridoto parecía por mucho poco tranquilizada.
-¿Y esa…nieve?-preguntó Obsidiana, retomando la conversación.
-Ah, sí. La nieve es como el hielo, pero más pequeño. Cae del cielo, y cuando se acumula, lo deja todo blaaaaanco blanco y muy frío-dijo Steven, haciendo aspavientos con las manos para indicar cómo de frío y cómo de blanco quedaba todo con la nieve-. El paisaje sería como este, pero en vez de ser gris sería blanco. ¿Podéis imaginarlo?
Por un momento, Obsidiana observó a su alrededor y trató de imaginarse lo que Steven le estaba describiendo. Se imaginó un paisaje en el que la deprimente ceniza que no dejaba de caer del cielo era blanca como la luz de las estrellas, el aire agradablemente frío y meciendo los pequeños copos de aquí para allá. Se imaginó un mundo cubierto de aquella helada sustancia, un lugar tranquilo y silencioso en que el Sol se reflejara en la nieve, iluminando todo el lugar como si de una sola Gema se tratara. Sus pies atravesarían la nieve, más dura que la ceniza según le decía Steven, crujiendo a cada paso y resonando en sus oídos sin que llegara a perturbar en demasía el apacible ambiente. Finalmente, alcanzaría a ver las altas montañas cubiertas de nieve, diferentes a los palacios y templos que las Bismutos del Planeta Natal hubieran podido construir, esplendorosos y salvajes a ambas partes y bellos precisamente por su singular aspecto. Y cuando llegara a lo más alto, cuando solo estuviera ella en la cima, con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, miraría a su alrededor y…
-…diana….Obsidiana…-oyó Obsidiana su nombre en el viento, llegándole en forma de eco desde algún pico lejano-… ¡Obsidiana!
Eso lo oyó desde más cerca.
-¡Obsidiana! ¿Me oyes o no?-preguntó molesta Perla, prácticamente gritándole en el oído a la distraída asesina. De alguna manera, se había quedado absorta imaginándose la escena, mirando al infinito sin prestar más atención a sus alrededores. Parecía que se había abstraído más de lo que se esperaba, ya que en lo que Perla había tardado en despertarla, Steven ya se encontraba haciendo su tercer muñeco del ceniza, al tiempo que instruía a Peridoto en su no muy compleja elaboración (lo cual no quitaba que la verdosa ingeniera se encontrara aterrizando de cabeza en la bola de ceniza que trataba de aumentar de tamaño al empezar a hacerla rodar).
Carraspeando, Obsidiana trató de aparentar normalidad, y se dio la vuelta para encarar al par de pequeños juerguistas. Tan solo esperaba que se hubiera dado la vuelta lo bastante rápido como para que Perla no hubiera visto su rubor avergonzado.
-¡Steven! ¡Peridoto!-les gritó con voz en alto, reclamando su atención-. Ya hemos perdido mucho tiempo, y aún nos queda bastante camino por recorrer. Pongámonos en marcha.
Con un gruñido apagado, Steven mostró su decepción al ver que la diversión tenía que acabarse tan pronto, dejando caer la ceniza de su mano en el suelo y empezando a caminar desanimado hacia Obsidiana. Peridoto, pero, parecía haberse contagiado un poco de más del espíritu bromista y juvenil de Steven, ya que en vez de seguir a Steven obedientemente, lo que hizo fue hacer una bola de cenizas con la mano, y tirársela a su joven amigo por la espalda.
Con una sonrisa traviesa, vio como su improvisado proyectil volaba por el aire hacia Steven…, le pasaba por encima, y acababa por estrellarse en la espalda de una desprevenida Obsidiana. En el momento del impacto, Peridoto tuvo el fugaz presentimiento de que iba a vivir para arrepentirse de su decisión.
Obsidiana se detuvo en el sitio, su larga melena cubierta de cenizas, y su expresión oculta para la alarmada Peridoto. Perla y Steven contemplaron el suceso en silencio y con evidentes muestras de sorpresa, mirando alternativamente a las dos Gemas que parecían haberse quedado de piedra en cuanto la bola impactó contra Obsidiana.
-¡Ah! Esto… yo… N-no pretendía, yo…-empezó a decir Peridoto, temerosa de lo que Obsidiana le fuera a hacer a continuación. No creía que fuera a ser algo en las líneas de muerte o destrucción de su gema, pero aun así era Obsidiana de quien hablaban. Cualquier cosa era posible con ella.
Finalmente, Obsidiana se giró hacia ella, mirándola de reojo con su único ojo descubierto. No parecía especialmente enfadada, su rostro tan tranquilo y sereno como siempre, más su ceja levemente alzada parecía preguntar con la mirada a Peridoto que qué había pretendido con aquel inútil ataque. Sin esperar una respuesta, Obsidiana se dio completamente la vuelta y empezó a avanzar hacia Peridoto.
-¡Es-espera! ¡Te juro que yo…yo no…!-empezó a exclamar Peridoto, echándose hacia atrás al tiempo que Obsidiana avanzaba tranquilamente. Tropezando, Peridoto cayó de culo al suelo, viendo como la sombría Gema parecía echársele encima lentamente-. ¡Yo no…NO…!
Cubriéndose con los brazos, Peridoto esperó al fulminante ataque de Obsidiana, que sin embargo parecía no llegar nunca. Abriendo los ojos que antes había cerrado por temor a presenciar su brutal final, se encontró con que Obsidiana había pasado por su lado sin hacerle nada, dirigiéndose en su lugar hacia uno de los muñecos de cenizas que ella y Steven habían estado haciendo antes. La calma y serenidad con la que la asesina actuaba escamó un tanto a Peridoto, quien falló a la hora de imaginarse qué era lo que se proponía hacer dirigiéndose a tan singular constructo.
Con ambas manos, Obsidiana tomó el muñeco de cenizas y lo alzó por encima de su cabeza con facilidad. Steven y Perla vieron cómo la precaria construcción de cenizas y polvo se tambaleaba en manos de Obsidiana, quien consiguió mantenerla más o menos entera con tan solo algunos copos cayendo en su cabeza y hombros. Por lo demás, el muñeco permaneció relativamente estable mientras Obsidiana se daba la vuelta y regresaba por donde había venido. Al ver que su atención ahora sí que parecía fija en ella, Peridoto comprendió finalmente lo que Obsidiana se proponía.
-…no…no… ¡no! ¡Obsidiana, ni se te…!-alcanzó a gritar Peridoto, antes de que Obsidiana le tirara encima el muñeco y la enterrara por completo en ceniza. Sus gritos de protesta quedaron ahogados y amortecidos por la capa de cenizas que la cubría, dejando a la vista tan solo una pierna que se revolvía y hacía considerables esfuerzos por salir de allí, sin mucho éxito.
Aparentemente satisfecha, Obsidiana se sacudió las manos y las cenizas del cuerpo.
-Bien. Nos vamos-dijo, echando a andar sin esperar a que Peridoto se desenterrara.
Por su parte, ni Perla ni Steven acababan de asimilar lo que había sucedido. No sabían si había sido un gesto esperanzador por parte de Obsidiana, quien había optado por devolverle la broma (a su manera) a Peridoto en vez de romperla en mil pedazos, o si se trataba de las primeras fases de un brote de locura que hubiera empezado a tomar la mente de Obsidiana, ya que no se comportaba para nada como la recordaba Perla. La Obsidiana de la guerra hubiera destruido sin miramientos a Peridoto en el mismo instante en que la ceniza tocó su espalda, considerándolo seguramente algún intento de asesinato por su parte dado que ahí se encontraba su gema. Es más, aquella Obsidiana ni se habría planteado transportarles a su mundo natal, ni los habría protegido de lo que fuera aquella cosa con tentáculos de la Inter-dimensión, ni estaría tan tranquila en su presencia, ni…
Obviando los quedos murmullos y gruñidos de Peridoto, Perla se quedó mirando la espalda de Obsidiana, mientras esta se iba alejando tranquilamente del lugar. Llevaba algún tiempo pensándolo, pero Obsidiana había cambiado mucho desde los tiempos de la gran rebelión. No solo su forma de actuar, sino que todo lo que conformaba su base parecía haber experimentado alguna clase de cambio tan profundo que había afectado por completo a la asesina de Gemas. En general, parecía mucho menos enfadada y siniestra que antes, como si algunos problemas de su pasado hubieran sido resueltos, y hubiera aprendido a ver las cosas de otra manera. Ya no parecía tan predispuesta a luchar, e inconscientemente los trataba como a compañeros de viaje y estos respondían en consecuencia. A Perla le recordó un poco a cómo Peridoto había ido cambiando con el tiempo, a medida que trabajaban juntas para parar el Clúster. Si bien hubo roces y problemas al principio, poco a poco Peridoto había acabado asimilándose en el grupo de las Gemas de Cristal, hasta que pronto acabó por unirse a ellos (circunstancias aparte) casi como si nunca hubieran sido enemigas en un principio.
¿Iba a suceder lo mismo con Obsidiana? ¿Realmente cabía la posibilidad de que esta se les uniera, de que se volvieran compañeras, de que Obsidiana se convirtiera…en una Gema de Cristal? Y lo que era más importante… ¿qué pensaba ella de todo eso?
Algo tenía completamente claro: Obsidiana y ella jamás serían amigas. No importaba cuanto pelearan, se perdonaran o hablaran las cosas, su pasado jamás cambiaría. Ella nunca le perdonaría la destrucción que causó entre sus filas durante la guerra, todas las Gemas a las que destruyó y los muchos intentos de asesinato contra Rosa y contra ella, y Obsidiana seguramente nunca olvidaría los milenios que pasó atrapada en aquella burbuja por su culpa. Su pasado no iba a cambiar, y su presente seguía siendo algo turbulento en lo referente a su relación. ¿El futuro? Nadie más que Granate lo conocía. Esta parecía segura de que las cosas acabarían normalizándose entre las dos con el tiempo, a pesar de no tenerlas todas consigo al respecto. Por lo pronto, parecía que por lo menos las hostilidades entre ambas parecían haberse templado lo bastante como para evitar que ambas sacaran sus armas nada más verse. No se odiaban como antes, y tampoco habían empezado a gustarse. Perla podía vivir con eso, y parecía que Obsidiana también. Lo que tuviera que ser, sería, y Perla lo aceptaría como había aceptado cada cambio que había experimentado en su vida desde el momento en que decidió romper con la norma establecida y unirse a Rosa para fundar las Gemas de Cristal. Y si llegaba el momento en que ella y Obsidiana tuvieran que abandonar su odio definitivamente…
-…ya veremos…-suspiró Perla, echando a andar sin mirar de nuevo atrás. Siguiendo las huellas de Obsidiana, no tardó en alcanzarla y en seguirla con la vista puesta en el horizonte, juntas pero separadas al mismo tiempo.
Avanzando a la par, ambas sin mirar atrás.
Por suerte para Peridoto, Steven sí que miró atrás.
Tras desenterrar a la irritada Gema de debajo de las cenizas, los dos habían corrido a unirse a Perla y Obsidiana, quienes les habían ido abriendo el camino con sus piernas más largas. Pronto, el grupo se volvió a juntar y reemprendieron como unidad el viaje hacia el centro de control principal. Según les explicó Obsidiana, el centro de control se encontraba en la Faceta-11, el único punto despejado del planeta, y allí era donde seguramente consiguieran encontrar un terminal operativo para Peridoto.
Tras un largo rato de caminar y de abrirse paso por entre las cenizas del planeta, llegaron a un campo bulboso que según le aclaró Peridoto a Steven, se trataba de burbujas gigantes de roca fundida que se habían petrificado antes de estallar, resultando en las singulares estructuras que como colinas ocupaban las paredes de los volcanes cercanos y el valle entremedio. Tras avanzar por entre las burbujas, finalmente subieron a la cima de la más alta, desde donde pudieron ver el nuevo horizonte dispuesto ante ellos.
Rodeado por una alta sierra de volcanes y colinas, se encontraba el que seguramente fuera el primer claro que veía Steven en aquel sitio desde que llegaron por primera vez. Tan grande como la superficie total de Beach City, el claro parecía desprovisto de cualquier clase de formación rocosa que pudiera alterar su superficie, sin montañas, rocas ni volcanes; solo un amplio claro de roca con una suave capa de cenizas encima con un edificio enorme en el centro.
-Ahí está-señaló Obsidiana, si bien era difícil pasarlo por alto al ser la única estructura en aquel lugar-. Ese es el centro de control.
A primera vista, parecía otro volcán como los demás de aquel planeta, si bien tras un segundo vistazo uno podía ver estructuras que claramente no eran normales. Amplias columnas repartidas por toda su superficie soportaban altos techos y revelaban amplios pasillos que rodeaban la estructura, semejante a alguna especie de jaula destinada a confinar a alguna criatura de gran tamaño. Los huecos entre columnas estaban ocupados por amplios ventanales de cristal, algunos rotos y permitiendo que las cenizas entraran en el interior oscuro de la sombría construcción. No parecía que nadie hubiera estado allí en siglos, y tal vez fuera más tiempo en realidad.
-Muy bien. ¡En marcha!-dijo Steven, dando un paso al frente. Sin embargo, Obsidiana lo tomó por su abrigo, y lo impidió avanzar más allá.
-No tan deprisa-dijo sin moverse, con Steven colgando de su mano.
-¿Por? ¿Qué ocurre?-preguntó curioso Steven, congelado en pleno paso mientras miraba tranquilamente a Obsidiana.
A modo de explicación, Obsidiana chutó una pequeña roca colina abajo, y el grupo al completo la vio rebotar mientras se precipitaba hacia al claro. El restallido del golpeteo entre roca y roca acompañó el descenso del pequeño pedrusco, hasta que finalmente llegó al suelo.
Y una vez allí, desapareció.
-¿Eh?-preguntó Steven, tratando de ver a donde había ido la piedra-. ¿Cómo? ¿Por qué no la hemos oído caer?
-Puede ser que… ¿Es posible…?-empezó a conjeturar Perla, entendiendo lo que Obsidiana había visto y la razón por la que había impedido que Steven siguiera avanzando.
-Exacto-dijo Obsidiana-. El centro de control mide aproximadamente 300 metros de altura, pero el edificio que tenemos ante nosotros no debe de medir más de 100. Así pues…
-…el centro de control está enterrado bajo las cenizas-completó Peridoto, quien fácilmente había llegado a la misma conclusión que Perla-. Los años de acumulación han elevado tanto el nivel de la ceniza depositada que han acabado por ocultar la estructura al completo. Tan solo la cima queda a la vista.
-Son como arenas movedizas, como los agujeros que hemos tenido que esquivar antes-entendió Steven, observando la inmensidad del espacio que los separaba del centro. Eso sí que no lo iban a conseguir rodear-. ¿Y cómo vamos a llegar hasta allí? ¿Volando?
-Yo puedo transformarme en pájaro, pero Steven…-empezó a decir Perla, pensando respecto a su situación-. Obsidiana, ¿tú podrías sobrevolar las cenizas con Steven y Peridoto a tu espalda?
-Hmm… En teoría debería de poder, pero…-comenzó a decir Obsidiana, mientras observaba la lejana estructura. Parecía que algo la preocupaba.
-¿Ocurre algo?-preguntó Perla. Extrañada, vio como Obsidiana tomaba una roca del suelo, sopesándola en su palma unos instantes-. ¿Obsidiana?
Sin mediar palabra, Obsidiana tiró el brazo hacia atrás, y lanzó con todas sus fuerzas la roca en dirección al enterrado centro de control. La roca describió una alta parábola, sobrevolando el mar de cenizas como si de un pequeño pajarito se tratara.
¡BUM! El pajarito explotó de repente. Sin que Perla ni las demás se dieran cuenta, unas secciones en los volcanes que rodeaban el claro se habían retirado, revelando unos cañones de aspecto tosco que dispararon con precisión a la piedra antes de que pudiera tocar el suelo. Ni las cenizas quedaron de ella, completamente destruida. Una vez cumplida su tarea, los cañones se retiraron y volvieron a ocultarse en el interior de sus respectivos agujeros.
Si bien las demás se quedaron mirando aquel singular obstáculo con la boca abierta, Obsidiana se limitó a suspirar como si ya se lo hubiera esperado.
-Parece que las defensas siguen activas. Temía que esto pudiera ocurrir.
-¿Las defensas…activas?-preguntó preocupada Peridoto. Sabía que era una posibilidad, pero al ver el grado de abandono de toda la Guardería, había confiado en que las defensas se hubieran estropeado o quedado sin energía largo tiempo atrás-. ¡Será una broma! ¿Y ahora qué vamos a hacer? Si intentamos atravesar volando esta extensión de cenizas, nos convertiremos nosotros también en polvo. Y si la intentamos atravesar caminando… ¡nos hundiremos sin remedio!
-… ¿sabes una cosa, Peridoto?-comentó Obsidiana, mirando pensativa el mar de cenizas-…esa tal vez no sea tan mala idea.
-¿Qué quieres decir?-preguntó extrañada Peridoto. Sin acabar de entender las palabras de Obsidiana, vio como esta caminaba hasta donde estaba ella, y sin decir nada más, la tomó bajo su brazo como si de un fardo se tratara…otra vez-. ¡Eh! ¿Qué estas…? ¡BÁJAME AHORA MISMO!
-Perla, Steven, vamos. Ya estamos cerca de nuestro objetivo-dijo Obsidiana, ignorando los gritos y quejas de Peridoto. Luego, obviando la pataleta de la verdosa Gema, empezó a descender hacia el mar de cenizas.
Extrañados y sin entender qué pretendía Obsidiana, Perla y Steven se apresuraron a seguirla. Mientras patinaban por la ladera de la colina, Perla vigilaba con expresión preocupada las paredes de los volcanes, imaginándose que de repente los cañones aparecían y disparaban contra ellos. Sin embargo, la roca permaneció quieta, y los cañones silenciados. Parecía que únicamente disparaban contra objetivos voladores que pasaran por la zona de cenizas, y mientras permanecieran pegados al suelo, no les pasaría nada. Eso no quitaba, por descontado, que seguían sin un método para cruzar las arenas (o cenizas) movedizas que los separaban del centro de control, si bien Obsidiana parecía tener una idea que todavía no había compartido con los demás.
Reunidos al pie del mar de cenizas, observaron juntos la considerable extensión de terreno que los separaba de su objetivo. Debían de haber casi 500 metros entre ellos y la torre, una distancia insalvable de un salto, y no habían estructuras cercanas que pudieran usar como puente. Perla podría sobrevolar la zona como pájaro, y Obsidiana transportar a Peridoto y Steven sobre su espalda, pero con esos cañones laser apuntándoles en cuanto alzaran el vuelo, esa ruta quedaba completamente descartada. Así pues… ¿cómo iban a cruzar al otro lado?
-Vale, estamos aquí-comentó Perla, valorando sus escasas (por no decir nulas) opciones-. ¿Y ahora qué?
-Ahora…nos vamos para abajo-declaró tranquilamente Obsidiana, alarmando a Perla pero todavía más a Peridoto.
-¿¡QUÉ!? ¿Estás loca? Si nos hundimos en esta masa uniforme de desechos estratigráficos, jamás conseguiremos salir. ¿Es que acaso tienes la gema agrietada o qué?
-Peridoto tiene razón-coincidió Perla, más sosegada pero igualmente en desacuerdo con Obsidiana-. Si bien tú podrías salir, corremos el riesgo de perdernos ahí abajo. ¿Acaso planeas ir saliendo y entrando a la superficie para ver por dónde vamos? Porque, no sé si lo has olvidado, aún tenemos sobre nosotros el problema de los cañones laser. Si salimos a la superficie, corremos el riesgo de que nos detecten y abran fuego contra nosotros, independientemente de la altura a la que estemos. Y aunque eso sea posible, ¿cómo planeas que cruce Steven? El sí necesita respirar, a diferencia de nosotras, y si tardamos demasiado en salir, él se ahogará.
-…pues no parece muy buena idea, no-concluyó Steven, quien entendía tan bien como las demás los riesgos de la propuesta de Obsidiana. Esta, pero, no parecía contravenida por las pegas que sus compañeras habían puesto a su plan.
-Ni nos vamos a perder, ni dispararán contra nosotros, ni se ahogará Steven. No vamos a hundirnos porque sí-explicó Obsidiana-. El suelo no es lo único que la ceniza ha ocultado. Debajo, muy por debajo del suelo bajo nuestros pies, hay varios túneles que las Gemas utilizaban para transportar equipo y conectar las salas de mantenimiento y almacenaje de Gemas. Lo que vamos a hacer es hundirnos en la ceniza hasta llegar al suelo, atravesar con mi cambio de fase la roca, y acceder a uno de esos túneles secundarios. Desde allí, deberíamos de poder acceder al centro de mando sin muchos más problemas.
-Ya, sí, sortearíamos los cañones láser…, pero seguimos sin saber cómo va a atravesar Steven todo eso sin asfixiarse-arguyó Perla-. Si no encontramos rápido un túnel al hundirnos en la ceniza, Steven se quedará sin aire antes de que podamos acceder al complejo.
-Bueno, yo puedo almacenar aire en mi burbuja hasta que lleguemos al suelo-comentó Steven-. No tengo por qué aguantar la respiración hasta que lleguemos abajo. Una vez allí, creo que puedo aguantar unos 30 segundos sin aire más o menos.
-¿Medio minuto? Debería de ser suficiente-dijo Obsidiana, mirando al joven niño Gema-. Debería de poder encontrar el túnel en ese tiempo sin problemas. ¿Qué me dices, Perla?
Perla sospesó el plan con detenimiento, preocupada por la saluda de Steven y lo que podía salir mal con ese curso de acción. Aún si conseguían alcanzar el suelo sin problemas, Steven corría el riesgo de ahogarse si se perdían en el subsuelo, o si tardaban de más en alcanzar algún punto con aire. E incluso si lo lograban, podía ser que el túnel se hubiera derrumbado, o que no contara con aire suficiente, o…
-Perla, tranquila-dijo Steven, poniendo una mano en su pierna y reclamando su atención. Su joven amigo la miraba con ojos de absoluta confianza y determinación-. No pasará nada. Sé que Obsidiana puede hacerlo. Confío en ella por completo. ¿Tú que dices?
Verdaderamente parecía que Steven lo tenía claro. Creía realmente que aquel alocado plan podía salir bien, aunque… ¿qué plan últimamente no era igual de alocado y peligroso? Viajar por una dimensión alternativa, saltar de planeta en planeta para huir de un monstruo extra espacial, aventurarse en territorio del Planeta Natal… ¿qué era una incursión en el subsuelo comparado con aquello?
Perla suspiró, y tomó aire decidida. Sí, Steven tenía razón. Obsidiana era una Gema hábil, y eso ella lo sabía mejor que nadie. Su extraordinaria capacidad de acceder a cualquier lugar protegido, fuera del bando que fuera, le había granjeado en el pasado una reputación temible de espectro asesino que podía aparecer en cualquier parte y atacar a quien fuera, sin importar a donde huyera o de cuantas protectoras dispusiera. Si había alguien capaz de meterles en un túnel subterráneo en menos de medio minuto, esa era Obsidiana.
-De acuerdo… Lo haremos-dijo decidida Perla, dejando a un lado sus temores e inseguridades respecto al plan en pos de confiar en Obsidiana. Mirándose ambas a los ojos, se asintieron una única vez en señal de decisión.
-¿Es que nadie va a preguntarme qué opino yo de todo esto?-preguntó molesta Peridoto, quien se había visto ignorada durante toda la conversación-. ¡Yo también formo parte de este grupo!
-Muy bien, tienes razón-dijo Obsidiana, dejando que Perla y Steven se le subieran a la espalda. Una vez en ella, Steven invocó su burbuja y la redujo lo bastante como para que Perla pudiera sujetarle con un brazo, su otra mano agarrando el hombro de Obsidiana-. ¿Qué opinas tú de este plan?
-Bueno, pues para empezar creo que…
Lo siguiente que Peridoto fuera a decir se perdió para siempre, ya que de repente se encontró con la boca llena de cenizas. En lo que Peridoto se había relajado, Obsidiana había saltado al mar de cenizas y había empezado a hundirse en él a gran velocidad, acallando a la verdosa Gema que trató sin mucho éxito de gritar y expresar su descontento ante aquel trato injusto y abusivo (cosa difícil, ya que cada vez que abría la boca se le llenaba de cenizas). Mientras las tres Gemas se hundían a ciegas en la oscura ceniza, Steven contempló cómo la suave materia circulaba a su alrededor como si de agua se tratara, fregando las paredes de su burbuja al tiempo que sentía la creciente presión que esta ejercía contra sus defensas. A medida que seguían bajando, la luz fue disminuyendo hasta que pronto Steven no pudo ver nada más que el brazo de Perla, todavía sujeto a su burbuja e impidiendo que pudieran separarse. Perdiendo toda noción del tiempo, el rápido descenso del grupo se le hizo bastante más largo a Steven, ya que sin importar a donde mirara no alcanzaba a ver progresión alguna en su trayecto, dándole la sensación de que se habían quedado atascados sin darse ni cuenta. No tenía forma de hablar con sus amigas, y deshacer su burbuja solo serviría para perder el poco aire del que disponía.
Así pues, Steven esperó. Y esperó. Y esperó. Y…
Con una breve sacudida, Steven se percató de que debían de haber llegado a su destino. Pegada a la burbuja apareció la mano de Obsidiana, junto al rostro de Perla, quien observaba con especial interés el contenido de la burbuja. Su expresión de alivio denotaba la preocupación que esta debía de estar sintiendo por él, sabedora de que en cuanto la burbuja desapareciera él solo dispondría de medio minuto de oxígeno en su cuerpo. Después de eso…
Steven trató de no pensar en ello. Lo único que conseguiría sería ponerse más nervioso y perder el preciado aire que su burbuja portaba. En su lugar, se esforzó por mostrarse confiado, y levantó un pulgar al tiempo que sonreía a Perla. Esta asintió, se separó brevemente de la burbuja, y dejó a Steven solo unos segundos para que se preparara.
Aprovechando ese momento de soledad, Steven procuró mentalizarse para lo que estaba a punto de suceder. Sí, confiaba en Obsidiana, y creía realmente en sus posibilidades, pero… Poner su vida en manos de otra persona, o incluso otra Gema, era algo que requería de cada ápice de valor del joven niño. Podía confiar en las habilidades de alguien sin reparo alguno, sabedor de que ninguna de las tres Gemas dejaría que a él le pasara nada malo. Pero dentro de sí mismo, no podía evitar sentir la punzada del temor en su corazón, el nudo de sus tripas al saber que correría pronto un gran peligro, y que no dependería de él el que saliera vivo o no de aquella precaria situación. Tampoco había nada que él pudiera hacer llegados a ese punto, y trató de relajarse para así estar listo cuando llegara el momento de la verdad.
El momento llegó demasiado pronto para su gusto. Antes de poder pensar en nada más, la mano de Perla apareció de repente pegada a la burbuja, con tres dedos estirados. La cuenta atrás.
Dos dedos estirados.
Un dedo.
Steven tomó una profunda bocanada de aire, y deshizo la burbuja sin pensárselo dos veces.
Durante un terrorífico segundo, toneladas de ceniza rodearon al pequeño niño, que sintió cómo aquella ingente masa de polvo y deshechos se abalanzaba sobre él, dispuesto a aplastarlo. Negándose a gritar o a soltar el aire, Steven se encogió todo lo que pudo y cerró los ojos. Lo último que llegó a sentir fue dos manos que se agarraron cual tenazas a su cuerpo.
Y después, nada.
Oscuridad. Infinita oscuridad.
Sombras. Susurros. La sensación del viento atravesando su cuerpo.
Su piel frágil como un pergamino viejo, intangible y tan débil que cualquier racha de aire amenazaría con deshacerlo en mil pedazos.
Y su corazón, cada latido resonando con fuerza en sus oídos como si su sonido pudiera transmitirse desde su piel a las cenizas de alrededor.
Sintió aparecer un ardor en su cuerpo cuando sus pulmones empezaron a reclamarle un oxígeno que él no podía proporcionarles. ¿Cuánto llevaba aguantando la respiración? ¿Treinta segundos? ¿Veinte segundos? ¿Tal vez solo cinco, uno? ¿Cuánto rato hacía desde que se abandonó a la oscuridad? Y lo más importante…
¿Cuánto más debía aguantar?
Trató de contar en su mente, pero sentía que hacía trampas al contar demasiado rápido. Trató de contar más lento, pero se preguntó si tendría algún sentido hacerlo a esas alturas. Trató de pensar en cualquier otra cosa que lo animara a seguir adelante, cualquier cosa salvo la posibilidad de ahogarse allí abajo. Las ganas de tomar una bocanada de aire aumentaban en su interior, obligándole a taparse la boca y la nariz con las manos para vencer la tentación de respirar. Sentía aumentar sus pulsaciones por segundo. ¿Cuánto rato llevaban allí? ¿Cuánto rato más tenía que aguantar?
Desesperado, Steven trató de no sucumbir al pánico y se forzó a sí mismo a aguantar un segundo más. Y otro segundo. Y otro. Los que hicieran falta hasta que Obsidiana alcanzara el túnel.
La presión en su cuerpo aumentó. Parecía como si alguien lo estuviera estrujando por dentro. Su cabeza parecía a punto de estallar. Sus manos tenían que pinzar con fuerza su nariz y boca para resistir la tentación de respirar. No iba a aguantar mucho más. Si no llegaban pronto…
No tenía forma de comunicar su urgencia a las demás. No podía hablarles, ni tocarlas, ni verlas. Era como si estuviera solo en aquella oscuridad, atrapado para siempre y sin posibilidad de escapar de aquel opresivo lugar. Por un instante, el pánico se apoderó de Steven, que empezó a patalear y a revolverse ante la falta de oxígeno y esperanza.
Las fuerzas empezaron a abandonarle. Sus pensamientos se volvieron inconexos. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero no las sintió contra sus mejillas. Poco a poco, lentamente, sus manos se apartaron de su boca y nariz…y Steven respiró.
Las sombras se cernieron sobre él… tragándose su mente y…
-…ta…-Una voz lo llamaba-…ven…Ste…ven…-decía la voz, tan lejana que casi parecía un sueño-…ierta…ven…- ¿Qué estaba diciendo aquella voz? ¿Qué quería? Si tan solo pudiera acercarse…
Algo duro impactó contra su mejilla. La sensación fue tan clara y nítida que pilló al inconsciente Steven desprevenido y lo despertó de golpe. ¡Eso sí que lo había sentido cerca!
Abriendo los ojos, Steven fue testigo de cómo una Peridoto con aspecto alarmado le golpeaba en la cara una y otra vez con la mano abierta, gritando al máximo de capacidad con voz estridente. A su lado, Perla y Obsidiana parecían vigilar con expresión preocupada (más en el caso de Perla, pero Obsidiana no podía disimular del todo su mirada de desazón).
-¡STEVEN, DESPIERTA!-chillaba Peridoto, bombardeando sus suaves mejillas con un aluvión de manotazos-. ¡Tienes que despertarte, Steven! ¡DESPIERTA!-gritó ella una y otra vez, ignorando por completo el hecho de que Steven estaba ya muy despierto, y que este trataba sin mucho éxito de cubrirse de sus golpes con los brazos.
-¡Estoy despierto, estoy despierto!-gritó él, tratando de hacerse oír. La incesante golpiza de Peridoto aún siguió unos instantes más, hasta que la Gema lo oyó por fin, con la mano parada en lo alto y lista para descargar otro golpe.
-¡Steven!-exclamó Peridoto, abrazándose con gran alegría y alivio al pequeño niño Gema. Rara era la ocasión que Peridoto se mostraba tan efusiva con él, de manera que se limitó a dejarla hacer mientras estudiaba el lugar en el que se encontraban.
Al parecer, lo habían logrado. El pequeño grupo de exploradoras se encontraba en esos momentos en el interior de un oscuro túnel, solo iluminado por la luz que la linterna de Steven y la gema de Perla les proporcionaban. Las paredes y el techo se curvaban formando una semiesfera contra el suelo, en el cual se podían ver unos railes de aspecto polvoriento y desatendido que demostraban el largo tiempo que hacía que nadie los utilizaba. Por lo demás, lo único que los ojos de Steven alcanzaron a notar fueron algunas grietas aquí y allá, y unos pocos montones de ceniza que se habían acumulado al caer su contenido a través de los huecos en las paredes.
-¡Steven! ¿Estás bien? ¿Te duele algo?-dijo Perla, acercándose a su joven protegido y estudiando su cuerpo con evidente preocupación. Sus manos y ojos empezaron a comprobar cada parte de Steven, como si fuera alguna clase de aparato al que hiciera falta cambiar una pieza-. ¿Sientes algún cambio físico remarcable? ¿Cómo va tu respiración? ¿Número de pulsaciones? ¿Cuántos dedos ves?
-Perla, tranquila. Estoy bien, de verdad-dijo Steven tranquilamente, sonriendo a pesar del invasivo trato al que Perla lo estaba sometiendo. Sabía que lo único que esta hacía era velar por su salud, pero tampoco había que exagerar.
-¿Bien? ¿¡Bien!? ¡Has estado inconsciente casi un minuto! ¡Eso significa que no estás bien!-exclamó Perla. Parecía que el hecho de ver a su pequeño inerte y con los ojos cerrados, aunque hubiera sido apenas 45 segundos, la había afectado bastante. Rascándose la cabeza, Steven miró algo arrepentido a Perla, casi como si la culpa de haberse desmayado hubiera sido suya.
-Yo…lo siento…
Al ver la expresión de Steven, Perla trató de calmarse y suspiró.
-No, Steven, la que lo siente soy yo. He dejado que los nervios me puedan, y no debería ser así. Estás vivo, y eso es lo más importante-comentó Perla, más tranquila. Con una sonrisa, mesó los rebeldes rizos de Steven-. Lo has hecho bien, Steven. Estoy muy orgullosa.
Las palabras de Perla consiguieron que Steven también sonriera, algo avergonzado por el halago.
-No, si no fue nada… Cualquiera lo habría hecho…
-Mantuviste la calma en una situación estresante-dijo Obsidiana, cruzada de brazos-. Aceptaste un plan poco pensado, lo seguiste punto por punto, y cumpliste tu parte. Nadie podría ni debería pedirte que hicieras más, Steven. Siéntete orgulloso.
Si los halagos de Perla habían animado a Steven, las palabras de Obsidiana ya lo habían dejado extasiado. Tampoco había sido para tanto, ¿no? Simplemente había tenido que aguantar la respiración, y poco más. Obsidiana era quien había hecho la parte complicada de verdad.
-Ey, ¿y yo?-exclamó Peridoto, reclamando la atención de sus compañeras-. ¡Yo también estaba ahí con vosotras!
-Tú no necesitas respirar. Es diferente-comentó Obsidiana, arqueando una ceja. La indignación causada por sus palabras pareció saturar a la pequeña Peridoto, quien se puso a gruñir y a despotricar contra el injusto trato de Obsidiana mientras las palabras batallaban por salir todas a la vez de su boca (razón por la que ninguna de ellas era comprensible para las demás). Su pequeño berrinche, pero, divirtió bastante a Perla y a Steven, quienes no pudieron evitar reír al ver cómo Obsidiana era reprimida por una enfurecida Peridoto (quien apenas le llegaba por las rodillas, y a quien no parecía estar haciendo demasiado caso). Tras dejarla explayarse a gusto un rato, Obsidiana alzó un dedo y detuvo a Peridoto sin esfuerzo alguno.
-Basta. Es hora de seguir-dijo tranquila pero con firmeza Obsidiana. Si bien Peridoto parecía que iba a continuar, al final se calmó y siguió obedientemente a Obsidiana mientras hacía pucheros con la boca (pero en silencio)-. Steven, ¿puedes seguir?
-¡Sí, señora! ¡El soldado Steven se encuentra dispuesto y listo para lo que sea!-exclamó este con una sonrisa, poniéndose de pie de un brinco y realizando un saludo marcial a Obsidiana.
Arqueando una ceja de nuevo, Obsidiana se dio la vuelta para seguir (y para que Steven no viera la pequeña sonrisa en su rostro).
-Adelante. Es por aquí.
Con Perla y Obsidiana abriendo el camino (la una por la luz, y la otra porque sabía por dónde había que ir), los valientes exploradores de la Tierra avanzaron por las insondables entrañas de la estructura en desuso. Cada vez más se veían los desperfectos que el tiempo había ocasionado en la antaño funcional colonia, dejando los pasillos y túneles por los que una vez caminaron las Gemas del Planeta Natal vacíos y desprovistos de vida. Solo el polvo y el silencio los ocupaban ya, cubiertos por una oscuridad solo combatida por la luz que los viajeros de otro mundo habían traído consigo. Numerosas bifurcaciones y salas llenas de puertas les fueron saliendo al encuentro como obstáculos, mas Obsidiana les guio por el complejo edificio sin vacilación alguna, sabiendo siempre qué camino tomar y que puerta abrir. Mientras avanzaban, la mente de Steven trataba de imaginarse cómo debía de haber sido aquel lugar hacía ya tantos milenios, con más vida y menos grietas por las paredes y murales.
Dichos murales representaban escenas que Steven creyó haber visto en otros templos y edificios del Planeta Natal, como los dibujos y grabados que a menudo decoraban sus paredes y que él había visto en aventuras pasadas. Como en aquellos casos, las escenas representaban momentos del pasado, como las páginas de un complejo diario en el que las representaciones de una multitud muy dispar de Gemas representaban momentos que alguien en épocas pasadas creyó importante preservar. Vio lo que debía de haber sido la colonización del planeta, aterrizando en lo que una vez fue una densa jungla que poco a poco fue desapareciendo a medida que las Gemas empezaban a tomar posesión de él. Vio a Diamante Azul representaba en muchos de aquellos grabados, aparentemente eliminando como si nada toda la vida que una vez ocupó aquel planeta con extraños rayos y espirales que brotaban de sus manos. No quedaba del todo claro, pero parecía que Diamante Azul había devastado aquel planeta con sus poderes. ¿Cómo de fuerte debían de ser los Diamantes, para ocasionar semejante destrucción por sí solas? Finalmente, casi al final, Steven vio los característicos volcanes que ya había visto apareciendo, las nubes de ceniza que brotaron junto a las Gemas recién creadas oscureciendo permanentemente el cielo y dando comienzo a una lluvia incesante que todavía perduraba. Justo cuando Steven creyó que iban a llegar a la parte de las Obsidianas…
…, vio que aquella parte del muro no estaba. A diferencia de los desperfectos por el tiempo, que en varios puntos del camino habían provocado que ciertas secciones se hundieran y ralentizaran brevemente su camino, aquella parte parecía haber sido destrozada a golpes, como si alguien la hubiera borrado intencionadamente. Los pedazos todavía seguían repartidos por el suelo, como Steven comprobó al coger un trozo y reconocer lo que una vez debió ser el dibujo de la cabeza de una Obsidiana. Nadie más que él pareció fijarse en aquel suceso, y Steven optó por no preguntar. Dejando respetuosamente el fragmento en el suelo, siguió adelante con sus amigas.
Tras mucho andar, Steven y las demás llegaron finalmente a un par doble de puertas que les bloqueaban el paso. No parecía que hubiera más caminos ni senderos que tomar a partir de aquel punto.
-Es aquí. De estar activo, este transportador nos llevará hasta los niveles superiores, por encima del nivel de la ceniza, que con suerte no estarán inundados ni bloqueados-explicó Obsidiana, pasando la mano por la pared. El polvo y la ceniza se desprendieron de la dura roca con facilidad, revelando un anticuado panel de control empotrado en la misma. Sin mucha dificultad, Obsidiana arrancó el panel y expuso los cables y controles de detrás, estudiándolos en silencio unos segundos.
-¡Bah! Menuda antigualla…-comentó con desdén Peridoto al ver la vetusta instalación-. Dejadme, esto es cosa mía-dijo, abriéndose paso hasta llegar al hueco del panel…el cual quedaba justo por encima de su cabeza. Parecía que había sido construida para Gemas más grandes, o por lo menos para Peridoto con extensores de extremidades (ninguna de las cuales se podía aplicar a la frustrada Peridoto, que tan solo podía saltar y gruñir en el sitio sin llegar a alcanzar el panel de control). Tras varios intentos, Peridoto se quedó mirando impotente el panel de control, su rostro inexpresivo y sus ojos mirándolo fijamente como si creyera oír risas viniendo de él.
Suspirando resignada, desvió su mirada hacia Obsidiana.
-…-Obsidiana miró en silencio a Peridoto, esperando a que hablara.
-…-Peridoto miró frustrada a Obsidiana, esperando no tener que decirlo en voz alta.
-…-Obsidiana arqueó una ceja, cruzada de brazos y con toda la pinta de estar dispuesta a esperar lo que hiciera falta.
-…-Peridoto miró con incredulidad a Obsidiana, incapaz de entender que esta la estuviera obligando a decirlo.
-…-Obsidiana se inclinó levemente hacia Peridoto, esperando pacientemente con la misma expresión que antes.
-…-Peridoto gruñó de nuevo-… ¿me ayudas?...-A modo de respuesta, Obsidiana hizo girar su mano, pidiéndole que continuara hablando-… ¿por favor?
-Será un placer-dijo con media sonrisa Obsidiana, agarrando a Peridoto por la parte de atrás de la nuca y alzándola hasta el panel de control. Colgando como una gatita en boca (mano, en este caso) de su madre (de Obsidiana, en este caso) Peridoto hizo ver que no oía las risitas mal contenidas de Steven y Perla y se puso a trabajar para reactivar el ascensor. Parecía resignada al hecho de que su estatus e importancia parecían disminuir a cada día que pasaba, cuando en realidad deberían de estar obedeciéndola ellos a ella al ser de una categoría y corte superiores. "Bienvenida a la Tierra" pensó que le diría Granate de oír sus pensamientos.
-…esto no es la Tierra-refunfuñó Peridoto, tras pulsar varios botones y arrancar un par de cables. Musitando y gruñendo para sí, Peridoto juntó un par de cables de los cuales saltaron unas cuantas chispas al entrar en contacto entre ellos. Como por arte de magia, las puertas del ascensor empezaron a gruñir y a abrirse-. Tachan…
-Buen trabajo, Peridoto-la felicitó Obsidiana, dejándola en el suelo-. Ahora podremos…
-Esperad-dijo de repente Perla-. ¿Oís eso?
Las palabras de Perla alertaron a todo el mundo, los cuales agudizaron sus oídos para tratar de captar lo que Perla había escuchado. Parecía que algo crujía y gruñía muy cerca de ellos, como el metal fregando contra el metal, y el estruendo que generaba iba en aumento. Obsidiana fue la primera en reconocer su posible causa.
-Ascensor-dijo simplemente, tomando a Peridoto de la mano y tirando de ella con fuerza. Antes de que la sorprendida Gema pudiera chillar o quejarse por el brusco trato, se vio apretujada entre los brazos de Obsidiana, quien girándose la había abrazado contra su cuerpo al tiempo que le daba la espalda al hueco del ascensor, por el cual les llegaban los cada vez más altos chirridos y crujidos. Siguiendo su ejemplo, Perla tomó a Steven y se interpuso entre él y el hueco, imitando la postura arrodillada de Obsidiana en un instante.
Como una exhalación, el ascensor de las Gemas pasó por el hueco del ascensor un segundo después al tiempo que soltaba chispas que iluminaron brevemente su descenso. El estruendo de su veloz trayecto prosiguió a medida que bajaba hasta las profundidades del edificio, punto en el cual se detuvo con un fuerte estallido que iluminó brevemente el hueco. La explosión hizo reverberar ligeramente las ruinas, liberando una capa de cenizas que flotó brevemente en el aire e hizo toser a Steven. Por lo demás, pero, parecía que el repentino suceso no había tenido más consecuencias que aquella breve experiencia.
Todavía sorprendida por lo sucedido, Peridoto se separó de Obsidiana, a quien miró con incredulidad. En el mismo instante en que había detectado un posible peligro, la había tomado y la había protegido con su cuerpo, a costa de exponer su propia gema a dicha amenaza sin dudarlo ni un instante. Acababa de arriesgar su vida, su propia existencia…por ella. ¿Por qué… por qué lo había hecho? Ellas dos no eran amigas precisamente. Pero entonces… ¿por qué…?
-¿Estáis todos bien?-preguntó Obsidiana, tan inalterable como antes-. ¿Steven? ¿Perla?-Steven tosió un poco más, pero aparte de eso no parecía muy afectado por la caída del ascensor, por lo que alzó un pulgar en señal de afirmación. Perla simplemente asintió-. ¿Peridoto, estás bien?
La mirada estupefacta de Peridoto se clavó en Obsidiana (bueno, lo intentó. Las cenizas cubrían su visor, pero Obsidiana se lo limpió con el pulgar sin que Peridoto pareciera reaccionar lo más mínimo). Todavía no podía creerse lo que había pasado, incapaz de entender que alguien tan frío e implacable como Obsidiana hubiera hecho algo semejante por alguien como ella, alguien a quien en su día trató de romper y a quien desdeñó completamente y sin reparo alguno.
-Tú me… me has… -empezó a decir Peridoto, mirando a Obsidiana con ojos como platos.
-Olvídalo. Tampoco es necesario exagerar-dijo Obsidiana, restándole importancia al asunto-. Vamos. Ahora tendremos que escalar.
En poco tiempo, empezó el ascenso por el ahora vacío hueco del ascensor. Con Peridoto en la espalda de Obsidiana, y Steven en la de Perla, ambas Gemas fueron ascendiendo por el angosto hueco mientras se aferraban a cada grieta y muesca que encontraban por el camino. La fuerza y resistencia características de las Gemas les sirvió de mucho en esa ocasión, ya que de otro modo tal vez se hubieran encontrado incapaces de seguir su camino. En vez de eso, pronto Obsidiana y Perla alcanzaron la parte superior del complejo, llegando al techo mismo del hueco. Tras abrir la puerta entreabierta que las separaba del resto del piso, salieron por fin del hueco sin ningún incidente que lamentar.
Lo primero que Steven vio fue la luz exterior que entraba por los altos ventanales del edificio, colándose por cada rendija y resquicio en las paredes e iluminando brevemente el sombrío lugar que era ahora el centro de control. En su tiempo, numerosas Gemas debieron de ocupar aquellas salas, manipulando los distintos monitores y pantallas que por las paredes y mesas se podían ver instalados y flotando respectivamente, ahora apagados y cubiertos por una gruesa capa de polvo y cenizas. Los restos del exterior habían invadido algunas áreas del complejo en que las ventanas habían cedido, permitiendo su entrada al interior y contribuyendo a la imagen de desuso que presentaba en general. La amplia sala parecía estar dispuesta en dos pisos, divididos por un simple suelo que los separaba como una terraza y dejando un espacio libre hacia la mitad para que Steven pudiera ver el alto techo y las sombras del piso superior. Cables y más cables colgaban de él como si de lianas o enredaderas se trataran, lo más parecido a vegetación que Steven hubiera visto desde que llegaron a aquel lugar. Bajo el techo que separaba al estancia, gruesos tabiques con incontables pantallas y controles ocupaban su entera superficie, ahora oscurecidos y ocultos por el polvo acumulado.
-¡Vaya…!-exclamó Steven, observando con gran interés cuanto les rodeaba. No importaba cuantos templos y ruinas explorara, la cultura y recuerdo del Planeta Natal nunca cesaba de impresionarlo-. ¡Mirad este sitio!
-Sí, es increíble lo desgastado y ruinoso que está-gruñó Peridoto, con una opinión claramente distinta a la del emocionado niño humano-. ¡Y no me hagas hablar del nivel de tecnología de esta…basura! Todavía usaban pantallas no holográficas… Absolutamente barbárico-determinó Peridoto, mirando casi con repulsión los desvencijados cacharros que reposaban inertes por doquier.
-No importa si son barbáricos o no. Lo que nos interesa es que alguno funcione-comentó Perla, estudiando algunas pantallas que se encontraban junto a ella en la pared. Limpió con la mano la pantalla de una de ellas, liberando una considerable capa de polvo que cayó al suelo y ensució sus piernas (aparte de su mano, muy para repulsión de Perla), y probó a activarla pulsando en ella varias veces con el dedo. Sin embargo, la oscura superficie de la pantalla permaneció tan apagada como al principio.
-Ninguna funcionará si no hay energía-comentó Peridoto, posicionándose bajo una de las mesas de la sala. Pronto, el sonido de cables siendo arrancados, piezas siendo manipuladas y metal cambiando de sitio empezó a sonar desde allí-. La colonia lleva desocupada mucho tiempo, por lo que sus reservas de energía se habrán agotado hace ya milenios. Comprobaré si queda alguna fuente de poder, pero lo dudo mucho. Dadme solo un momento…
Sin nada que hacer, las otras tres Gemas restantes empezaron a explorar a su aire el resto de la sala. Perla, agarrada a los cables de la planta superior, empezó a trepar por ellos hasta llegar a la misma, donde se encontró más de aquellas pantallas y mesas de trabajo, algunas flotando apaciblemente sobre la lisa superficie del espacio de trabajo, y otras reposando sobre la misma bajo una capa de polvo y olvido. Al igual que abajo, parecía que nadie las hubiera tocado en los muchos siglos que aquel sitio había estado vacío, y no parecía que quedara nada útil de todas formas. Por otra parte, Steven empezó a observar con interés la tecnología del Planeta Natal, comparándola con lo que sabía de las maquinas que los humanos habían creado en la Tierra. Si esas cosas equivalían a sus ordenadores, entonces las maquinas del Planeta Natal eran mucho más avanzadas. Mientras que ellos requerían de un teclado, una torre y demás, parecía que las Gemas no necesitaban más que aquel pedazo cuadriculado de cristal flotante para trabajar. Tomando una con la mano, Steven comprobó lo ligera que era en comparación con su Tablet, si bien parecía ser algo más grande que esta. Y eso que se suponía que aquello era tecnología anticuada…
-…seguro que con esto no debían de tener problemas con la conexión a Internet-comentó para sí Steven, dejando la pantalla en su sitio. Entonces, su atención se posó en Obsidiana.
La sombría Gema contemplaba pensativa el paisaje de su planeta de origen a través del enorme ventanal exterior. El mar de cenizas se extendía a su alrededor, con las montañas y volcanes exteriores bloqueando el horizonte y delimitando el alcance de su visión. Aún así, Obsidiana siguió mirando aquella imagen sin decir nada ni moverse, inmersa en sus propios pensamientos. Pronto, Steven se encontró a su lado, observando en silencio también el mismo paisaje.
-Obsidiana… ¿cómo…? ¿Estás bien?-preguntó preocupado Steven. No sabía qué podía estar rondándole por la cabeza a Obsidiana, pero si se parecía a lo que la había estado molestando en su volcán, entonces intentaría hacer que se sintiera mejor pronto.
No pareció que fuera a ser necesario, ya que en seguida Obsidiana se giró hacia él, y le sonrió ligeramente.
-Sí, estoy bien. Estaba… recordando otra vez, nada más-dijo tranquilamente Obsidiana. Por suerte para él, Steven no creyó detectar en su voz nada que le hiciera pensar que Obsidiana le estuviera mintiendo-. Pensaba en cómo era este sitio antes, la primera vez que lo vi.
-Ah… ¿Y… cómo era?
-Pues era…confuso. Nada más salir de nuestro volcán… bueno, más bien nada más aterrizar tras salir disparadas de nuestro volcán-corrigió Obsidiana, sonriendo divertida ante semejante imagen. Incluso Steven se encontró riendo entre dientes, imaginándose a un montón de Gemas volando por los aires como si fueran las palomitas de una mazorca puesta sobre el fuego-…, apareció ante nosotros una Peridoto que nos examinó por encima y nos hizo formar. No nos explicó nada, simplemente dijo que debíamos obedecer. Una vez nos reunieron a todas, nos hicieron desfilar por la colonia hasta aquí, por los túneles que hemos recorrido antes. Nos estudiaron, comprobaron el estado de nuestras gemas y…bueno…
-¿Qué?-preguntó Steven-. ¿Qué pasó?
Obsidiana se encogió de hombros, como si nada.
-Y nos catalogaron como "defectuosas". Después de eso, nos encerraron durante algún tiempo en el almacén subterráneo, seguramente decidiendo entre ellas qué harían con nosotras.
-¡Eso es horrible!
-No tanto. La verdad era que no se estaba mal ahí abajo. Sí, era oscuro, pero no es como si estuviéramos solas. Nos teníamos las unas a las otras, y la verdad es que casi agradecí ese momento de pausa, ya que nos permitió a todas serenarnos y aclarar nuestros pensamientos un poco. Después de todo, no teníamos ni un día de existencia, y no habíamos parado ni un solo momento.
-Vaya… Y luego… ¿qué pasó?
-Pues que nos separaron. Algunas fuimos enviadas al Planeta Natal, otras fueron a otras colonias, y… Bueno, creo que ya sabes el resto de la historia-comentó Obsidiana-. Sinceramente, no esperaba volver nunca aquí. Es increíble lo mucho que ha cambiado todo con solo un par de metros de cenizas y unos cuantos milenios de descuido.
Por un instante, Steven trató de ver aquel lugar a través de los ojos de Obsidiana. Por lo que había descubierto, esta no albergaba recuerdos agradables precisamente de aquel lugar, y si bien parecía que había pasado página, estaba claro que aquel planeta seguía teniendo mucha importancia para ella. Era su planeta de origen, sus raíces, el inicio de su historia, y por mucho que dijera que nunca esperó volver a ese lugar, no podía ocultar el hecho de que verlo tan abandonado la había afectado un poco. Verlo tan vacío, ver el recuerdo de todas las Obsidianas que surgieron del mismo lugar que ella, solo para desaparecer con el tiempo y dejarla sola, la última Gema que podría visitar su agujero y recordar viejos tiempos al contemplar las escarpadas superficies de los apagados volcanes…
La mano de Steven se posó en la pierna de Obsidiana, llamando su atención. Los ojos de Steven seguían fijos en el horizonte.
Sonriendo, Obsidiana se sentó en el suelo para estar así a casi la misma altura que Steven. Este rodeó sus hombros con su corto brazo, ambos contemplando silenciosos la pálida ceniza y la tranquila caída de los blancos copos desde el cielo gris.
De repente, un crujido resonó con fuerza por toda la sala, alertando a Steven y a Obsidiana. Parecía que algo se había activado en las entrañas del complejo, que empezó a zumbar muy débilmente y a crepitar como si diminutos relámpagos estuvieran recorriendo sus paredes.
-¡Ya está!-exclamó victoriosa Peridoto, saliendo de debajo de la mesa. Rápidamente, el resto se reunieron a su alrededor-. Vale, he conseguido desviar las pocas reservas que quedaban al panel principal del complejo. Si todo sale bien, deberíamos de poder utilizarlo para conseguir la información que necesitamos, y de paso desconectar las defensas externas.
-¿Y a qué estamos esperando?-preguntó sonriente Steven. La aventura continuaba-. ¡Venga, vamos!
Steven echó a correr todo emocionado hacia el otro extremo de la sala, dejando atrás a Perla, Obsidiana y Peridoto. Estas no se movieron del sitio, observando cómo Steven corría y se alejaba sin hacer el más mínimo intento de seguirlo. Pronto, el joven niño humano regresó con ellas, caminando más comedidamente que cuando se alejó.
-Esto… ¿por dónde se va al panel principal?-preguntó avergonzado Steven, dándose cuenta un poco tarde de lo impetuosa de su salida.
-Es por aquí. El panel está situado en la zona de supervisión y dirección principal, en la cima del complejo-dijo Peridoto, guiando al grupo hacia una puerta situada en dirección opuesta a donde había estado corriendo Steven. Con ambas mejillas enrojecidas, Steven siguió en silencio a sus compañeras.
Un buen rato de subir escaleras más tarde, Steven y las demás alcanzaron finalmente la última sala del edificio, la cima de la montaña y su destino. A primera vista, Steven creyó estar de vuelta en el observatorio de la luna, ya que su apariencia era casi exacta a la de la torre que visitaron allí en el pasado. Las paredes de aquel lugar estaban hechas de cristal, permitiendo a Steven y a las demás observar sin ningún problema la zona de su alrededor y el cielo, tan grisáceo como cuando habían llegado. La ceniza se había ido acumulando en la superficie de la cúpula, ocultando algunas secciones de esta y hundiendo otras bajo el peso acumulado de la ceniza, permitiendo su entrada el interior del azulado lugar. Todo lo que no estaba cubierto por cenizas presentaba el mismo tono azul de los diamantes de Obsidiana, desde la roca que formaba el suelo hasta la alta escalinata que llevaba al estrado en el que se podía ver el majestuoso trono que despertó los recuerdos de Steven, idéntico al de la base lunar excepto por su color. Enfrente de él se encontraba una especie de tablero hecho del mismo color, parecido a una mesa de trabajo.
-Wow… ¿Los Diamantes también estuvieron aquí?-preguntó sorprendido Steven, corriendo a examinar el gigantesco armatoste.
-Imagino que esa era la idea, pero dudo seriamente de que ninguno de ellos se dignara realmente a venir a una colonia tan remota como esta-comentó desdeñosa Peridoto, para nada contenta con el descuidado aspecto que presentaba todo-. Pero, según estaba estipulado, todas las instalaciones de control principales de las Guarderías o colonias del imperio debían de contar con los medios pertinentes para acomodar y atender las necesidades de un Diamante llegara el día en que estos fueran de visita o a inspeccionar las operaciones de extracción o formación de nuevas Gemas.
Sin detenerse un solo instante, Peridoto guio a sus compañeras al alto estrado, subiendo los numerosos escalones hasta que llegaron al trono. Parecía demasiado grande como para que ninguna de ellas se pudiera sentar correctamente en él, fabricado según las especificaciones concretas del Diamante para el que fue creado. Para mayor sorpresa de Obsidiana, Peridoto y Steven se sentaron en él como si nada, ignorando cualquier norma o protocolo que pudiera haber al respecto. Considerando sus acciones pasadas más recientes, pero, optó por no decir nada y se contentó con vigilarlos desde el suelo.
-Vamos a ver…-murmuró Peridoto, pulsando un par de teclas en el panel del respaldo del trono y acercando el pétreo escritorio hacia ella. Ante ellos, numerosas pantallas holográficas aparecieron aparentemente de la nada, desplegando numerosos archivos, gráficos y textos que solo parecían tener sentido para Peridoto. Steven y las demás solo los miraron por encima mientras la verdosa Gema los leía rápidamente y los eliminaba para pasar al siguiente-. Vale, esto es el núcleo de memoria. Ahora, para acceder a los archivos sobre la misión de rescate en la Tierra… Voy aquí…Hackeo esto… -dijo Peridoto, tecleando a gran velocidad en el tablero. Sus dedos pulsaban la lisa superficie de la mesa, y cada vez que lo hacía una pequeña esfera luminosa se encendía bajo ellos ligeramente, como si realmente hubiera pulsado una tecla. Las imágenes de las pantallas fueron llenándose de letras y marcadores luminosos que iban cambiando a medida que Peridoto abría y cerraba archivos, pasando de una a otra a una velocidad vertiginosa. Ni siquiera Perla podía seguir el ritmo al que trabajaba Peridoto, observando como podía cómo aparentemente accedía a información clasificada del Planeta Natal-…un puenteo por aquí… me conecto a la red principal, yyyyy…-Peridoto, mordiéndose la lengua con gesto de gran concentración, pulsó una sola tecla con agonizante parsimonia. La tensión que parecía emanar afectó a las demás, que casi contuvieron el aliento mientras el sistema procesaba lo que fuera que Peridoto le hubiera hecho en los cuatro o cinco minutos que había estado tecleando frenéticamente.
Con un zumbido, las pantallas se apagaron al unísono, sin mostrar nada más que no fuera la más absoluta de las oscuridades. Durante unos tensos instantes, no se vio ni oyó nada, Steven y las demás temiendo que Peridoto hubiera metido la pata en su intentona. Esta, pero, siguió esperando mientras miraba con decisión las silenciosas pantallas, sin mostrar mucha preocupación en su rostro.
Una a una, las pantallas empezaron a parpadear y se encendieron de nuevo. Cuatro diamantes de colores, el símbolo de los Diamantes del Planeta Natal, se formaron conjuntamente con las imágenes que aparecieron en todas las pantallas. Después, estas cambiaron nuevamente y mostraron algo completamente distinto. Donde antes habían estado los largos textos y los gráficos que nada significaban para Steven, ahora había una serie de rombos dispuestos como montones de cartas en ellos. A su lado, Peridoto soltó un suspiro de alivio.
-¡Conseguido! Ya tenemos acceso a los archivos del Planeta Natal. Podéis felicitarme si queréis-declaró con altivez, satisfecha y henchida de orgullo.
-¿Los…archivos?-preguntó anonadada Obsidiana. Hasta ella, que nunca había operado un terminal de esos, entendía el alcance de lo que Peridoto había conseguido delante de sus narices-… ¿ACABAS DE PIRATEAR LA RED INTERGALÁCTICA DEL IMPERIO?
-Relájate. Está todo controlado-dijo calmadamente Peridoto, con una amplia sonrisa de pura malicia en su rostro. Parecía que aquel claro acto de rebeldía la estaba divirtiendo más de lo esperado-. No es como si pudieran rastrear nuestra señal, después de todo.
-Ya, pero… ¿y si pueden?-preguntó preocupada Perla. Su pregunta, si bien al principio pareció que iba a ser desestimada por Peridoto, hizo que la pequeña ingeniera se planteara ese escenario en concreto.
-Hmmm… En tal caso, sugiero que nos demos prisa en adquirir los datos que queremos, y abandonemos este planeta con diligencia lo antes posible.
Todo el mundo estuvo de acuerdo. Si existía la más mínima posibilidad de que el Planeta Natal les localizara, entonces ninguno de ellos quería estar allí cuando sucediera.
-Muy bien. Pongámonos manos a la obra-dijo Steven, haciendo crujir sus nudillos. Con gesto de concentración, pulsó un par de botones como si pretendiera acceder a uno de los paquetes de archivos del terminal.
Lo único que consiguió fue que en una de las pantallas apareciera la imagen de una extraña criatura semejante a un búfalo con plumas, que para mayor sorpresa y consternación de todos empezó a chillar con voz estridente al tiempo que sus plumas se agitaban violentamente. Perla dio tal salto en el sitio que Obsidiana la cogió por instinto en el aire como si fuera una princesa, Steven se tapó los oídos debido al alto volumen del grito, y Peridoto se cayó de espaldas en el trono, gateando rápidamente hasta el teclado y cerrando la imagen enseguida. Un suspiro de alivio colectivo sonó en la sala cuando cesó el estruendo.
-¿Pero qué haces? ¿Acaso sabes cómo funciona un panel de control?-exclamó enfadada Peridoto. Steven, avergonzado, bajó al cabeza en señal de disculpa-. ¡Fíjate bien! Primero, tienes que buscar el paquete de información según la fecha de registro-empezó a explicarle Peridoto, firme y decidida mientras señalaba unas líneas de texto junto a los montones de rombos-. Luego, exploras las diferentes clasificaciones, delimitas la localización de la información que precisas, extrapolas las…
-Peridoto, céntrate-dijo Obsidiana, con Perla aun en sus brazos. Parecía que no se había dado cuenta de la presencia de la Gema que, con mejillas azuladas de vergüenza, trataba por todos los medios de no mirar a Obsidiana a la cara -. Ya le darás una clase en otro momento. Por ahora, saca la información para que podamos irnos.
-Ya va, ya va… Con prisas no se trabaja bien, tampoco-musitó Peridoto en voz baja, mientras se apresuraba a abrir sucesivamente diferentes subdivisiones y explorando los archivos de la base de datos. La velocidad a la que Peridoto se movía por la aparentemente infinita red de información sorprendió a Steven, que debido a la rápida sucesión de pantallas y archivos se encontró incapaz de seguir con la mirada los indicadores que Peridoto estaba utilizando para encontrar lo que buscaban. Sin ella entre ellos, Steven estaba seguro de que no habrían conseguido pasar de aquel punto.
-Increíble… Realmente se te dan bien estas cosas-comentó impresionado Steven. Si bien Peridoto no dejó de trabajar, se permitió una pequeña sonrisa de orgullo.
-Hmpf, por supuesto. Las Peridotos somos expertas en tecnología y computación-declaró altiva una vez más-. Y de entre todas ellas…yo soy…la más… ¡brillante!-exclamó, abriendo un último rombo. Todas las pantallas se oscurecieron menos la del medio, en la que se podía ver una barra que se iba iluminando a medida que el archivo se cargaba-. Vale, este es: Era 1, hace 5300 años, la operación relámpago de rescate en la base de la Faceta 4 de la colonia con nombre TIERRA. La Gema encargada de la misión… era una Dumortierita, al parecer.
-La conozco-dijo Obsidiana, dejando a Perla en el suelo. Si bien no dijo nada, parecía bastante complacida por verse finalmente libre de los brazos de Obsidiana, alisando su vestido como si creyera haber visto una arruga-. Una de las más poderosas generales de la armada de Diamante Azul, Cuarzo Dumortierita. Combatí con ella un par de veces.
-¿En serio? ¿Y cómo era?-preguntó ilusionado Steven, con estrellas en los ojos. Todo lo que fuera conocer nuevas Gemas o aprender más sobre su imperio lo emocionaba.
Desviando la mirada, Obsidiana hizo memoria y su mente se llenó con un recuerdo de sus vivencias con esa Gema en concreto…
"-¡Muy bien! ¡Escuchadme todas, pandilla de pedruscos sobreestimados!-oyó una joven Obsidiana desde el techo de la nave, observando cómo la gigantesca y aguerrida generala se dirigía a sus firmes tropas. Su musculoso cuerpo azul oscuro estaba cubierto por una capa negra con amplias hombreras puntiagudas, y su cabeza rapada presentaba un único mohicano blanco a modo de pelambrera que se agitaba cada vez que la brusca Gema agitaba la cabeza-. ¿Veis esta colonia? ¿Veis la vida orgánica que la puebla? ¿Veis esos miserables trozos de materia orgánica que pululan como bestias por la superficie de este planeta? ¡PUES TENEIS DOS HORAS PARA ACABAR CON TODAS ELLAS, U OS PROMETO QUE ME ENCARGARÉ PERSONALMENTE DE QUE OS TENGAN QUE DEVOLVER AL PATÉTICO AGUJERO DEL QUE SALISTEIS EN PAQUETES POR SEPARADO! ¿¡HA QUEDADO CLARO!?-gritó la generala, cuyo cuerpo azulado había empezado a volverse blanco a medida que se iba agrandando y el calor que desprendía quemaba la hierba bajo sus pies. Las Amatistas más cercanas a ella parecían deseosas de dar un paso al frente, pero ninguna se atrevió a hacerlo. Tan solo pudieron gritar lo más alto que pudieron "¡SÍ, SU CLARIDAD!". Perdiendo todo interés en la escena, Obsidiana se dejó caer hacia un lado de la nave y voló a otro lugar."
-Era…intensa-dijo finalmente Obsidiana, prefiriendo dejar el tema ahí para no tener que entrar en detalles. A su lado, Steven parecía que iba a preguntar algo más, pero un pitido proveniente de la pantalla se le adelantó.
La barra se había llenado por completo, y el archivo se había cargado al fin.
-Bien, vale… Descarga completada-dijo reverente Peridoto. Luego, algo emocionada, se giró hacia Obsidiana-. Ehm… creo que el honor de abrirlo debería ser tuyo, Obsidiana.
-¿Hm?
-Sí, tiene razón. Es gracias a ti que hemos llegado hasta aquí-comentó Steven, completamente de acuerdo con la idea de Peridoto.
-Querías respuestas, y las vas a obtener-dijo Perla, mirando decidida a Obsidiana-. La verdad está a tu alcance. Ve por ella.
Esa era una situación que Obsidiana no se hubiera esperado vivir ni en un millón de años. No por el hecho de estar contraviniendo las órdenes de sus superiores, ni por haber vuelto a su mundo de origen, ni por estar colaborando con rebeldes y traidoras, ni por haber formado por primera vez de un grupo junto al que luchar y trabajar para conseguir un objetivo común.
No. Lo que hacía especial esa situación, lo que la hacía diferente y extraña para ella era lo que las palabras de esas Gemas (o medio Gema en el caso de Steven) despertaban dentro de ella. Su apoyo, sus miradas y sonrisas, su presencia allí con ella… la hacían sentir cosas que Obsidiana nunca antes había experimentado: camaradería, seguridad… incluso Obsidiana creyó sentir un cierto toque de amistad con ellas, a pesar de que uno era el hijo de la única Gema a la que nunca consiguió derrotar, otra era una traidora al Planeta Natal y la última era su tan odiada rival. Por alguna razón, el verse a punto de completar su objetivo gracias a haber colaborado con esas tres Gemas no la hacía sentirse débil o mal, como si estuviera traicionando un principio o ideal suyo. Por alguna razón, el apoyar y verse apoyada por ellas la hacía sentirse bien, como si fueran las piezas que faltaban en cual fuera el rompecabezas que siempre había estado formando parte de su interior. Ahora que las tenía a su lado, después de tantos peligros superados y tantos obstáculos vencidos…
-...yo-dijo simplemente Obsidiana, sonriendo a todas las Gemas presentes (incluida Perla. Por un momento, su odio mutuo quedó relegado a un segundo plano)-. Yo…no sé qué decir…
-Eh, eso nos pasa a todos alguna vez-comentó Steven, encogiéndose de hombros.
-¿Necesitas ayuda? ¡Yo puedo ayudarte!-comentó altiva Peridoto. Tener la respuesta a los problemas de otras personas la hacía sentirse grande e importante por dentro-. Lo que estás sintiendo es "gratitud". Es un concepto que en la Tierra es un poco complejo, pero por suerte para ti me tienes a mí para mostrarte el camino. Lo único que tienes que hacer es decir "wow, gracias".
-¿"Wow, gracias"?-preguntó extrañada Obsidiana.
-Sí. Es lo que se dice cuando alguien te hace un regalo, o cuando estás muy agradecida por algo que alguien ha hecho por ti-explicó Peridoto, satisfecha de poder enseñarle algo a Obsidiana por una vez.
Si bien Perla y Steven quisieron aclarar un poco la curiosa explicación de Peridoto, pareció que sus palabras habían aclarado un poco la confusión de Obsidiana, que parecía entender en ellas algo que parecía tener sentido para ella.
-…Steven, Perla, Peridoto…-dijo, llamando la atención de cada uno de ellos al oír su nombre-…wow, gracias… por traerme hasta aquí.
El silencio se hizo en la gran sala cuando las palabras acabaron de salir por la boca de Obsidiana. Cada una de las Gemas que las habían oído reaccionó de una manera distinta a la gratitud de Obsidiana. Peridoto, quien acababa de explicarle el significado de semejante expresión a Obsidiana, se sorprendió al notarse impresionada al recibir ese cumplido en concreto por parte de la letal asesina. Después de pasar tanto tiempo aterrada por la siniestra reputación de Obsidiana, viéndose amenazada por su presencia y el deseo de esta de llevarla de regreso al Planeta Natal… el verla dándole las gracias como si ya no fueran enemigas la hizo sentirse extrañamente bien por dentro. Sin que pudiera hacer nada para remediarlo, un ligero rubor azulado apareció en sus mejillas, y Peridoto desvió la mirada al tiempo que se rascaba la mejilla, inconsciente de la pequeña sonrisa que había aparecido en su boca. Steven, que sonreía más genuinamente, estaba encantado con el cambio que había experimentado Obsidiana desde que iniciaron ese peligroso viaje. No solo había visto el lado más protector de Obsidiana, protegiéndolos y velando por ellos a cada paso de la ardua travesía, sino que había podido ver de primera mano cómo esta se había ido abriendo a ellos, mostrándose menos enfadada y reservada y observando por primera vez una sonrisa genuina en ella. En su mente, Obsidiana ya era una aliada suya más, habiendo cambiado como lo hizo Peridoto en su momento, y la idea de contar con una Gema más en su ya de por sí amplia familia lo hacía sentirse feliz y cálido por dentro, más que contento de haber podido ayudarla y emocionado de contar con ella como amiga y aliada. Perla, más reservada, miró sorprendida a Obsidiana. Nunca, en toda su existencia, se habría imaginado que viviría para ver el día en que Obsidiana, la Gema más letal de la galaxia, le daría las gracias a una pandilla de rebeldes y traidores. La imagen que se había formado de ella, creada a partir de los recuerdos y experiencias que había tomado de ella en el pasado, cambió ligeramente al añadir aquel nuevo aspecto de Obsidiana a la ecuación, revelando que incluso una asesina cruel y despiadada como ella podía tener sentimientos como aquel. Podía sonreír sin ser maligna, podía reír sin ser aterradora, podía ser servicial con aquellos a los que odiaba, e incluso podía mostrarse considerada y agradecida. ¿Cuántas cosas más formaban la Gema que era Obsidiana? Había mucho de ella que desconocía todavía. ¿Había previsto Granate que llegaría a conocer tanto a su rival como para llegar a sentirse identificada con ella? ¿Era por eso que había permitido en tantas ocasiones que hablaran o interactuaran, en vez de separarlas? Una Perla creada para servir, pero que podía ser guerrera, decir lo que pensaba, mostrarse poco o nada elegante en ciertas ocasiones e incluso equivocándose en otras. Una Obsidiana cruel e insensible, pero que podía ser tranquila, sosegada, paciente e incluso protectora con alguien sin razón aparente. Ahora más que nunca, Perla entendió lo que Steven dijo de ellas dos aquel día que intercambiaron puñetazos entre ellas: ella y Obsidiana eran más parecidas de lo que ninguna de las dos se hubiera podido imaginar.
-…bueno…-dijo entonces Obsidiana, sacando a Perla de sus cavilaciones. Para variar, su mirada parecía más vivaz y brillante que de costumbre-… consigamos nuestras respuestas, ¿os parece?
Todos asintieron, sonriendo decididos y emocionados. Obsidiana, lo bastante alta como para alcanzar el panel de control sin subirse al trono, pulsó un botón.
El archivo se abrió ante la expectante mirada de todos los presentes, y se dividió en una serie corta de pequeños rombos, unos siete en total en toda la pantalla. A Obsidiana le pareció que era muy poca información para tratarse de una operación tan importante para el Planeta Natal, pero decidió reservar su opinión para cuando la hubiera examinado a conciencia. Pulsando otro botón, abrió el primero rombo.
La imagen que se abrió revelaba una serie de esquemas del templo de las Gemas de Cristal. Steven reconoció en seguida la alta estatua junto a la cual se erigía su casa, salvo que en la imagen parecía estar completa y no presentaba los desperfectos que ya estaba acostumbrado a presenciar. Además, ni su casa ni Beach City aparecían en la imagen, indicando el largo tiempo que había pasado desde que fue tomada.
-Un mapa de la zona-comentó Peridoto, examinando interesada la singular imagen-. Presente las rutas y canales de teletransporte de todas las salas del templo por aquel entonces.
-Cuando las Gemas de Cristal lo tomamos como base de operaciones, lo primero que hicimos fue añadirle nuevos destinos y ampliamos su rango de alcance-explicó Perla, señalando varias imágenes de salas que Steven reconoció como el cuarto de Perla, o la Sala de Fundición-. En tiempos de crisis, el templo debía de contar con el suficiente espacio como para resguardarnos a todas, pero tantos canales permitieron al Planeta Natal encontrar una brecha por la cual acceder al interior. Ese fue un grave fallo por nuestra parte.
-Esto no nos interesa ahora mismo. Pasemos al siguiente-dijo Peridoto, y Obsidiana asintió. Pulsando otro botón, abrió el siguiente rombo.
La imagen que ocupaba ahora la pantalla era una larga lista de nombre y clasificaciones de Gemas, agrupadas por tipos y graduación militar. El título del archivo era "PRISIONERAS DE GUERRA".
-Reconozco este archivo. Se parece a la lista que encontramos en la base de datos de la base lunar-dijo Perla, examinando la lista de nombres a medida que se iba desplegado por todas las pantallas-. Aunque aquí parecen haber muchas más Gemas…
-Sí… Es esa en la que salían las prisioneras de las Gemas de Cristal-comentó Steven para sí, haciendo memoria-. Obsidiana no salía en ella en un principio, ¿no?
-Exacto. Esa es la razón de que ahora estemos aquí.
-Entonces… ¿por qué Obsidiana sí que sale en esta?-señaló Steven, apuntando con el dedo a una de las pantallas. Sorprendidas, las otras tres Gemas siguieron su dedo hasta la pantalla en cuestión, y tras unos segundos de lectura encontraron lo que había dicho Steven: Obsidiana Faceta-23, División-1F, Corte-994CO. La clasificación completa de Obsidiana.
¿Cómo podía ser? Su nombre sí que aparecía en esa lista, por lo tanto, el Planeta Natal sí que sabía que ella se encontraba prisionera en el momento de la operación. Pero entonces… ¿por qué no había sido rescatada?
-Esto es…-empezó a decir Perla, tan confusa como lo estaba Obsidiana-. No tiene sentido…
-No parece que este archivo haya sido alterado, por lo que seguramente sea cierto-comentó Peridoto, pensativa-. Por alguna razón, alguien alteró la información de la base lunar, ya fuera antes o después de la operación. Pero… ¿por qué iban a ocultar la presencia de Obsidiana en todo esto?
-Solo hay una forma de saberlo…-dijo Obsidiana, menos alegre, mientras pulsaba otro botón.
El siguiente rombo se abrió, revelando una lista de los efectivos bajo el mando de Cuarzo Dumortierita que participaron en la operación, junto a quienes habían sobrevivido y quiénes no. Obsidiana pasó al siguiente sin leérselo siquiera, y se encontró examinando una lista de materiales y naves que se utilizaron para la invasión de la base de las Gemas de Cristal. Con creciente frustración, Obsidiana lo cerró y pasó al siguiente. Los otros dos archivos no contenían información relevante que aportara nada que permitiera a Obsidiana entender qué demonios había pasado aquel día, aumentando su irritación y cambiando su humor por completo. Incluso sus compañeras pudieron notar el creciente malestar que estaba empezando a generarse en Obsidiana, mirándola preocupados mientras esta pasaba por los archivos con rabia. Finalmente, solo uno quedaba por abrir.
Obsidiana se detuvo. Para bien o para mal, aquel archivo debía de contener las respuestas que tanto ansiaba. Si no era así, se encontraría delante de un callejón sin salida del que no sabría cómo salir. ¿Cómo si no iba a obtener las respuestas que necesitaba? ¿Cómo si no iba a entender la razón de que fuera abandonada, olvidada por su imperio y dejada para que sufriera en su oscura cárcel de dolor y sombras? Necesitaba saber. Necesitaba entender. Y necesitaba que aquel archivo le proporcionara el conocimiento que tanto necesitaba en esos momentos.
De repente, Obsidiana sintió una mano posándose sobre la suya. Se trataba de Steven, quien la miraba preocupado desde el trono. Al verlo tan preocupado por ella, Obsidiana se dio cuenta de que realmente se había empezado a alterar con todo aquel asunto, agitándose por dentro y tensándose como si previera una pelea. Obligándose a relajarse, Obsidiana tomó aire y miró algo menos enrabiada a Steven, ni que fuera para que este dejara de preocuparse por ella.
-Obsidiana…-dijo este, algo más tranquilo al verla más sosegada que antes, pero todavía preocupado-… no tienes por qué…
-Sí que tengo, Steven…-dijo esta, sin despegar su mano del panel de control-. Debo saber.
Obsidiana apartó su mirada de la de Steven, y pulsó el botón. El archivo se desplegó como los otros, pero lo que revelaron no fue ninguna lista de nombres ni ningún esquema. En su lugar, apareció una fecha de registro, indicando que se trataba de la grabación de una transmisión que había tenido lugar el día de la operación. Sin acabar de imaginarse qué verían a continuación, Obsidiana abrió el archivo y contempló como las pantallas se dividían en dos, mostrando a dos Gemas completamente diferentes a ambos bandos de las mismas. En uno se podía ver a una alta Gema azulada con un mohicano blanco sobre su rapada cabeza. Su musculoso cuerpo estaba cubierto por un gran mantón acompañado por grandes espalderas, y su rostro duro y plagado de vetas blancas le daba un aspecto de brutal guerrera que habría hecho las delicias de cualquier aficionado al cine de acción. En el otro…
-Mi Diamante-dijo la brutal Gema, refiriéndose a la mismísima Diamante Azul, representada al otro lado de la pantalla. Su cuerpo estaba cubierto por su gran vestido azul, cuya capucha ocultaba sus facciones para Steven y los demás. Obsidiana, pero, no necesito vérselo para reconocerla, incluso sin el saludo de la Cuarzo Dumortierita. Por si su imperial aura no fuera suficiente pista sobre la identidad de la misma, la enorme y esplendorosa gema de su pecho no dejaba lugar a dudas sobre quien era ella-. Dumortierita reportándose.
-La escucho, general-dijo con su suave voz Diamante Azul, su melodioso tono solo perturbado por la pena que parecía haber tras de ella, como si la desdicha le impidiera hablar con normalidad. Nadie dijo nada, mientras contemplaban la retransmisión del diálogo entre ambas.
-Hemos accedido con éxito al interior de la base enemiga-dijo firme y concisa Dumortierita. Detrás de ella se veía a numerosas Gemas corriendo de un lado a otro, todas armadas y gritando órdenes e instrucciones que Steven y el resto apenas alcanzaban a oír-. La resistencia ha sido considerable, pero nos las hemos arreglado para llegar hasta el Calabozo sin problemas. Hemos perdido un batallón de Rubíes, pero…
-¿Cuál es el estado de las prisioneras, general?-quiso saber Diamante Azul, interrumpiendo a Dumortierita.
-Sí. Hemos podido localizarlas a todas sin problemas. Una vez hayamos establecido un perímetro de seguridad, procederemos a liberarlas y continuaremos con la evacuación como estaba previsto.
-Bien. Me complace oír eso, general-dijo Diamante Azul, y por primera vez en lo que llevaban de conversación Dumortierita esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción en su rostro-. Envíeme la lista de prisioneras.
-Con presteza, su brillantez-dijo reverente Dumortierita, haciendo un par de gestos fuera de pantalla. En poco tiempo, algo debió de aparecer frente a los ojos de Diamante Azul, ya que su atención se desvió de la pantalla hacia algo que quedaba fuera del alcance visual de Steven y las demás. Tras unos instantes de contemplación, pero, el tranquilo semblante de Diamante Azul pareció alterarse de repente, como si hubiera visto algo que la hubiera sorprendido.
-…esto es…-dijo, y poco a poco las sombras de su rostro parecieron enturbiarse todavía más, dándole un aspecto siniestro y feroz-…general Dumortierita.
-¡Sí, mi Diamante!
-Tengo nuevas órdenes para usted, general-dijo Diamante Azul, aparentemente calmada salvo por el nuevo tono de mal contenida furia que parecía haber en su voz-. Proseguirá con la extracción de prisioneras, pero deberá dejar allí a una de ellas.
Durante un segundo, Obsidiana quedó inmóvil en su sitio, escuchando atentamente la conversación entre ambas Gemas mientras su mente procesaba esa nueva información. Algo dentro de ella parecía entender lo que estaba presenciando, como si poco a poco los enigmas con los que había viajado a esa vieja colonia hubieran empezado a obtener respuestas enfrente mismo de sus narices. Por dentro, pero, sintió como algo frío empezaba a ocupar su pecho, algo parecido al temor y a la incredulidad, a medida que un siniestro pensamiento empezaba a formarse en su interior.
De repente, Obsidiana ya no deseaba seguir escuchando ese archivo.
-Yo… sí, mi Diamante-dijo Dumortierita, quien no parecía entender del todo la orden de su Diamante, pero tampoco parecía dispuesta a contravenirla-. ¿A cuál, en concreto?
"...no…" pensó Obsidiana, temiendo cual podía ser la respuesta de su querido Diamante. No podía ser lo que se estaba imaginando. ¡Era imposible! Ella era su fiel sirvienta, y había cumplido su voluntad durante siglos sin falla alguna. ¡No podía ser que…! ¡Era imposible que ella…! "…no… no me lo creo…".
-…Obsidiana-dijo finalmente Diamante Azul, sin falla ni duda alguna, y Obsidiana sintió quebrarse algo dentro de ella. Toda su fuerza, toda su convicción, todas sus creencias y valores… acababan de hacerse añicos en un instante. El cascarón vacío que era ahora Obsidiana solo podía escuchar con incredulidad las palabras de su Diamante, incapaz de moverse o de dejar de escuchar-. Dejad atrás a Obsidiana. Que esas traidoras hagan con ella lo que les plazca.
-Sí, mi Diamante, se hará como ordenéis-dijo Dumortierita-. Pero…
-¿"Pero"? ¿Acaso cuestiona mis órdenes?-preguntó Diamante Azul sin alzar la voz, pero no por ello menos amenazadora. Incluso con una pantalla de por medio, Dumortierita pareció ponerse nerviosa ante las implicaciones de lo que acababa de decir.
-¡No, por supuesto que no, su brillantez! Es solo que…-dijo Dumortierita, buscando las palabras correctas-… dejando a un lado su… cuestionable origen, Obsidiana ha demostrado ser una herramienta bastante útil a la hora de limpiar colonias y cazar renegadas. ¿No sería más provechoso para el Planeta Natal si…?
-Obsidiana… fracasó en su cometido-empezó a decir lentamente Diamante Azul, como para dejar claro su punto de vista-. Tenía una misión: dar caza a Rosa Cuarzo, la líder de las Gemas de Cristal. Y fracasó una y otra vez en su empresa.-El desprecio y frialdad con el que hablaba Diamante Azul sorprendió a Steven, incapaz de creerse que alguien pudiera hablar tan mal de alguien que siempre la había tenido en tan alta estima como lo había hecho Obsidiana. Al mirarla de reojo, la vio simplemente de pie en su sitio, mirando con ojos abiertos de la impresión la pantalla y gruesas lágrimas cayendo de ellos. Por su aspecto, uno habría pensado que creía que Diamante Azul le estaba hablando directamente-. Si simplemente hubiera sido otra Gema, la habría roto por haber demostrado no ser más que un error de fabricación más del montón, pero…
La mano de Diamante Azul se agarró con firmeza a su trono, y la otra fue hasta su pecho como si algo dentro de ella le doliera. Su boca se torció, revelando una gran rabia y dolor internos, como demostraban las lágrimas que habían empezado a correr por sus mejillas. Las palabras que salieron a continuación de su boca iban teñidas del más frío y absoluto de los desprecios, una vileza tal que cada palabra parecía estar salpicada de veneno.
-…de no haber sido por ella… de no haber fracasado… Rosa Cuarzo nunca habría… nunca…-Incapaz de acabar la frase, Diamante Azul se llevó una mano a la cara, tratando en vano de contener el llanto y las lágrimas que brotaban de algún lugar por debajo de su capucha-. Ella seguiría con vida…, si Obsidiana hubiera cumplido su misión. Si hubiera roto a Rosa Cuarzo como le ordené…, nada de esto habría sucedido…
-Mi…Diamante-dijo sorprendida Dumortierita. Parecía que la reacción de su Diamante la había dejado sin palabras por un momento.
-Todo…todo esto… ¡todo esto es por su culpa!-estalló Diamante Azul, golpeando con ambas manos los respaldos de su trono. Una intensa aura azul emanó de repente de su cuerpo, haciendo ondear su túnica y las cortinas que rodeaban su trono como si una intensa racha de viento acabara de soplar donde fuera que estuviera. Trozos de hielo y escarcha se formaron por doquier, apareciendo como estalactitas en el techo y dibujando patrones puntiagudos por las paredes y telas que Steven y las demás alcanzaban a ver por la pantalla. Más calmada, Diamante Azul volvió a encarárseles a través de la grabación. A pesar de las lágrimas y de su voz rota por el pesar, parecía más determinada y firme que nunca-… ya conoce sus órdenes, general. Traiga a nuestras Gemas a casa…, y deje a ese… error… atrás. Que perezca junto a ese condenado planeta.
-…sí, mi Diamante-dijo Dumortierita, saludando con respeto a Diamante Azul una vez más, y cortando la retransmisión.
La pantalla se oscureció. El silencio se hizo en el interior de la cristalina cúpula. Sus ocupantes, incapaces de hablar, dirigieron silenciosos sus miradas hacia la oscura Gema que aún mantenía su mirada en la pantalla. No se había movido un solo ápice, ni su expresión había cambiado en lo más mínimo. Solo sus lágrimas parecían indicar un nimio atisbo de vida en Obsidiana, fluyendo libremente por su rostro y cayendo a sus pies como los copos de cenizas que llovían ininterrumpidamente desde el cielo. Sus ojos, abiertos de pura incredulidad e impresión, no se despegaban de la pantalla como si aún creyeran ver en ella a su Diamante, la razón de cuanto había hecho y por la cual tan duramente había trabajado… desdeñándola.
Repudiándola.
Expulsándola.
Abandonándola.
Culpándola de la muerte de Diamante Rosa.
Llamándola…error.
Tratándola como si no fuera más que… que…
-Obsidiana…-empezó a decir Steven, preocupado por su amiga-. Yo…
Se imaginaba que Obsidiana estaría destrozada por dentro. Que alguien a quien respetas tanto te tratara así, obligándola a pasar por una experiencia tan terrible… No podía ni empezar a imaginarse cómo debía de sentirse Obsidiana.
Para su sorpresa, la reacción de esta no fue como se había imaginado en un principio.
Obsidiana apretó los puños, que temblaban de pura rabia. Su expresión conmocionada pareció volver a la vida, a medida que su rostro empezaba a reflejar el profundo dolor que sentía en esos momentos, alimentando su furia. A pesar de las lágrimas que seguían cayendo de sus ojos, Obsidiana parecía la viva encarnación de la ira desenfrenada, sus ojos revelando una indignación y un odio tales que consiguió atemorizar al resto de Gemas presentes. Oscuras sombras emanaban de su cuerpo, envolviéndola en un cada vez más furioso torbellino de oscuridad que hizo retroceder a Perla, la más cercana en esos momentos a Obsidiana. Espantados, Steven y Peridoto vieron cómo las sombras que entraban en contacto con el trono en el que se encontraban empezaban a cortarlo como si de cuchillas se trataran, obligándoles a apartarse y a saltar por el lado contrario por miedo a verse afectados por lo que fuera que Obsidiana estuviera haciendo. Desde luego, no parecía ser muy consciente de la situación.
-…siglos de lucha…de muerte…-empezó a decir Obsidiana, tan bajo que al principio Steven y las demás no la acabaron de escuchar. Sus manos se agarraron firmemente a su pecho, como si le doliera su interior-… tanta muerte… tanto miedo… tanto esfuerzo… ¿¡PARA QUÉ!? ¡Solo quería que me reconociera…solo quería serle útil…!-Su voz empezó a alzarse por encima del estruendo de sus sombras devastando la sala, arañando el suelo y creando profundos surcos que segaban el suelo con facilidad-. Luché por ella… Abandoné a mis hermanas…por ella… Superé cuantos obstáculos me encontré…por ella…-. Obsidiana cayó de rodillas al suelo, agarrándose la cabeza con ambas manos mientras su larga melena cubría sus facciones-. Aguanté tantas humillaciones y peligros…por ella… Aguanté, resistí, sobreviví… por ella… Todo…todo…
Alrededor de Obsidiana se había formado un auténtico ciclón de sombras, semejantes a polvo oscuro que giraban velozmente en torno a la oscura Gema, cortándolo todo a su paso con facilidad. El trono en el que Steven se encontró se fue reducido a escombros a causa de las continuas pasadas de las cuchillas de Obsidiana, que lo cortaban en pedazos cada vez más pequeños como un cuchillo caliente cortaría la mantequilla. En el centro de ese huracán, el sombrío cuerpo de Obsidiana parecía converger con las sombras, dándole un aspecto difuso y monstruoso que intimidó a Perla y las demás. Steven hizo el intento de ir hacia Obsidiana, preocupado por ella, pero Perla lo hizo retroceder justo a tiempo para evitar que las sombras de la oscura Gema lo convirtieran en carne picada. No importaba cuanto gritaran, ni cuanto trataran de hacerse oír por encima del estruendo que Obsidiana estaba generando.
En esos momentos, toda la atención de Obsidiana estaba puesto en un único pensamiento.
-… ¡todo lo que hice…LO HICE POR ELLA!-gritó a pleno pulmón, alzando su mano derecha en el aire. El oscuro tornado de sombras se arremolinó entorno a su brazo, dándole la apariencia de una gigantesca cuchilla hecha de pura y absoluta oscuridad. Con lágrimas en los ojos y un gruñido gutural, Obsidiana golpeó con todas sus fuerzas el terminal y las pantallas de enfrente suyo, como si pretendiera destruir con ese golpe al Diamante que una vez representaron.
Tal vez no dañara en absoluto a Diamante Azul, pero su ataque consiguió partir en dos con sorprendente facilidad las pantallas flotantes, el terminal…, y todo aquello situado enfrente de la sombría asesina, incluyendo el techo y el suelo de la estancia. Obsidiana prácticamente había cortado la gigantesca cúpula de un solo tajo, segándola en dos y permitiendo que las cenizas que hasta el momento habían sostenido cayeran al suelo y liberaran una densa nube que oscureció la visión de Perla y las demás. Cubriendo a Steven con su cuerpo, Perla trató de discernir el cuerpo de Obsidiana entre la nube de cenizas, preocupada tanto por su agitado estado como por cual fuera lo siguiente que fuera a hacer en su condición actual.
Una enorme sombra apareció de repente enfrente de ella, volando por el cielo. Durante un segundo, se preguntó si no sería Obsidiana, pero pronto quedó claro que esa sombra era, simplemente, demasiado grande como para que fuera ella. Solo cuando estuvo a punto de impactar contra ellos, Perla alcanzó a reconocer de qué se trataba.
Agachándose, Perla consiguió evitar que una de las mitades del terminal que Obsidiana había cortado se la llevara por delante, estrellándose más atrás. Por fuera de la nube de cenizas, Perla alcanzó a ver cómo la otra mitad del terminal salía volando, atravesando las paredes de cristal y cayendo por el exterior del complejo, el estruendo de su caída perdiéndose a cientos de metros de distancia.
Las cenizas se fueron asentando, revelando en medio de la destruida sala a la furiosa Obsidiana que la había destrozado en tan poco tiempo. Gruñendo y mostrando los dientes como un animal salvaje, Obsidiana miraba con ojos desorbitados de pura rabia al suelo, agarrándose la cabeza con ambas manos como si algo dentro de ella fuera a estallar. Las lágrimas seguían cayendo de sus ojos, llorando de rabia y pesar ante la traición de su Diamante y lo que su viaje había desvelado sobre su aciago destino.
-¿¡Cómo se atreve!? ¡Después de todo lo que hice por ella, después de todo lo que tuve que aguantar…! ¿¡CÓMO SE ATREVE A HACERME ESO!?-gritaba Obsidiana, fuera de sí completamente. Tal era su rabia, que incluso su forma física pareció temblar, obligándola a hincar una rodilla como si se sintiera enferma de repente.
-¡Obsidiana!-gritó Steven, tratando de que esta le oyera-. ¡Perla, suéltame! ¡Debo ir con ella!
-¡No, Steven! Obsidiana está descontrolada. ¡Es muy peligroso!-respondió Perla, sujetando a su pequeño protegido. No era la primera vez que veía a una Gema perder el control de esa manera, y la asustaba lo que alguien con las peculiares habilidades de Obsidiana podría hacer tras semejante choque emocional.
-¿¡Acaso no cumplí mil veces su voluntad!? ¿¡Acaso no provoqué el miedo y el terror en aquellos que se le oponían!? ¿¡POR QUIÉN CREE QUE ME VOLVÍ ASÍ!? ¿¡POR QUIÉN CREE QUE ME CONVERTÍ EN UN MONSTRUO!?-chilló Obsidiana, dañada y rabiosa como nunca antes lo había estado.
Saltando en el aire, Obsidiana se convirtió en un fantasma aullador que voló por la sala, resquebrajando los cristales mientras gritaba de rabia y pena, y atravesó el suelo para perderse en las entrañas de la torre. Pronto, los estallidos y el estruendo de cosas haciéndose añicos empezaron a resonar por doquier, señalando el acelerado sendero de destrucción que Obsidiana había iniciado por las instalaciones. Dado su estado, ni Perla ni Peridoto deseaban acercársele pronto.
Steven, pero, opinaba diferente.
-¡Rápido!-exclamó, librándose del abrazo de Perla-. Obsidiana nos necesita. ¡Tenemos que…!
-¿…que qué? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Es que no has visto cómo se ha puesto?-exclamó nerviosa Peridoto, todavía conmocionada por lo que acababa de presenciar-. ¡Si vamos a por ella tal y como está, tendremos suerte si no nos convierte en esquirlas!
-¡Es nuestra amiga!-respondió Steven, evidentemente preocupado por Obsidiana-. ¡Nos necesita! Ahora más que nunca, tenemos que ayudarla. ¡Nos necesita ahora!
-Sí, pero… Yo…-empezó a decir Peridoto, dubitativa. Era cierto que ver a Obsidiana en tal estado la había impactado bastante, habiendo recibido esta semejante impacto emocional. Dudaba seriamente de que ella hubiera reaccionado igual de haberse visto en su misma situación, pero tampoco creía que la hubiera hecho sentirse mejor. Sin embargo, el arrebato de Obsidiana le había recordado a Peridoto el miedo que la sombría asesina podía llegar a dar, y si bien en ese viaje había empezado a verla de otra manera…, la verdad era que seguía temiendo bastante a la Gema de la que se contaban tantas historias tenebrosas en el Planeta Natal.
Justo cuando Steven se disponía a pedirle a Perla que dijera algo al respecto, este notó que la mirada de esta parecía fija en los cristales de la cúpula, como si hubiera visto en ellos algo sorprendente. Al principio, temió que hubiera visto que los daños ocasionados por Obsidiana fueran a hundir la cúpula, pero al seguir su mirada, entendió que era lo que había sorprendido tanto a Perla.
Una nave similar a la que trajo a las Rubíes a la Tierra, solo que de color azul, había aparecido atravesando las nubes grisáceas de la colonia, sobrevolando la estructura en la que se encontraban y perdiéndose en el horizonte de volcanes y montañas.
-…una…nave de reconocimiento…-musitó Steven.
-El Planeta Natal nos ha localizado-dijo Perla, aterrada ante la perspectiva de verse en el centro de atención del imperio de las Gemas. La situación se estaba descontrolando cada vez más, y parecía empeorar a cada momento que pasaba-…tenemos que irnos, ¡YA!
-¡Espera! ¿Y qué pasa con Obsidiana? No podemos dejarla atrás-exclamó Steven, todavía preocupado por su alterada compañera.
-No vamos a dejar a nadie atrás. Recuerda que, sin Obsidiana, no podemos irnos del planeta-dijo con tono claro, pero decidido, Perla. Sonaba apremiante y al borde de un ataque de nervios, pero por lo menos todavía no parecía que fuera a gritar histérica-. Y ahora… ¡vámonos! ¡Ya atraparemos a Obsidiana por el camino!-dijo apresurada Perla, cargando a Steven y Peridoto bajo cada brazo y abandonando la sala a todo correr.
Si esa nave de reconocimiento era el principio de la llegada del resto de la flota…, Perla quería poner cuantos sistemas solares pudiera entre ellas y ellos.
Cuando bajaron las escaleras, Steven y los demás se encontraron con un escenario muy diferente al que habían dejado atrás apenas hacía una hora.
A medida que habían ido descendiendo, todos pudieron sentir los temblores que acompañaban la destrucción que Obsidiana había empezado a causar por toda la instalación, seguramente desfogando su infinita rabia y odio en aquel obsoleto edificio a falta de un blanco mejor. El problema era que, de seguir así, pronto Perla y las demás se encontrarían metidos en un edificio que amenazaría con caérseles encima, sin contar claro está con las Gemas recién llegadas que seguramente tratarían de capturarlos y enviarlos como prisioneros al Planeta Natal.
Una situación nada agradable ni deseada para ninguno de los presentes.
Habiendo llegado a la sala con las pantallas a la que llegaron no hace mucho…, Steven y las demás se encontraron con el resultado de la ira de Obsidiana.
Mesas aplastadas. Paredes derruidas. Techos socavados. Pantallas destrozadas. Un monumento a la más pura y brutal destrucción, con Obsidiana como artista y pieza central de la misma. La sombría Gema permanecía arrodillada en el centro de la destrozada sala, con el caos y la destrucción rodeándola como si fuera el epicentro de un vórtice oscuro que hubiera arrasado con todo y todos. Restos de las sombras de su cuerpo pululaban por el aire, como si hubieran estado flotando y destruyéndolo todo según la voluntad de su maestra hasta hacía no mucho. En conjunto, servían para oscurecer aún más la devastada sala…, y reflejar con claridad el estado actual de Obsidiana.
Ya no gritaba. Ya no temblaba. Ya no lloraba, ni se movía, ni daba muestras de vida. Simplemente permanecía quieta en el sitio, silenciosa como si fuera otra pieza rota de mobiliario, sus puños apretados y su expresión perdida tras su melena.
Steven se acercó preocupado hacia ella, avanzando lentamente con precaución a pesar de la situación preocupante en la que se encontraban. Dada la revelación que había sufrido, no deseaba presionar a Obsidiana.
-…Obsidiana…-dijo Steven, esperando observar alguna reacción en ella. Contrariamente a lo que pensaba que sucedería, Obsidiana ni se movió ni dio muestras de haberlo escuchado-… ¿estás…bien?
Por dentro, Steven se reprendió lo estúpido de su pregunta. ¡Por supuesto que no estaba bien! Acababa de descubrir que su Diamante la había abandonado, y había destrozado todo a su paso en un arrebato de ira y dolor. ¿Pero cómo se le ocurría preguntar algo tan tonto?
Obsidiana no respondió. Se limitó a permanecer en su sitio, inmóvil, como si no le hubiera oído.
-Ehm… No sé si lo habrás visto por la ventana, pero… tenemos un problema-empezó a decir Steven con el mayor tacto posible.
-Steven, espera…-dijo Perla, tratando de detenerle, pero pronto Peridoto se le adelantó y se posicionó junto a su joven amigo.
-¡Una nave de exploración acaba de llegar!-exclamó, horrorizada-. El Planeta Natal debe de habernos rastreado de algún modo. ¡Tenemos que salir de aquí cuanto antes! ¡No tenemos tiempo para esto!
La mención de la nave de exploración pareció despertar el interés de Obsidiana, que movió ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento.
-… ¿qué corte?-dijo con voz rasposa, como si hubiera estado llorando o chillando hasta hacía poco. Dado el alboroto que habían oído Steven y compañía, seguramente se tratara de ambas a la vez.
-Pues…
-¿¡QUÉ CORTE!?-estalló Obsidiana, sobresaltando a sus compañeros. Presintiendo el peligro, Steven miró a Peridoto con expresión suplicante de que no lo dijera, pero el pánico pudo a la verdosa Gema.
-…pues… diría que era…-empezó a decir, demasiado aterrada como para pensar racionalmente en lo que iba a hacer-….a…a…azzzzuul…
Su voz, a pesar de haber ido disminuyendo por el temor ante la reacción de Obsidiana, se oyó lo bastante clara como para que esta la hubiera podido oír. Se imaginaron que la revelación provocaría el resurgir de la ira de Obsidiana, quien sin embargo no mostró reacción alguna durante unos instantes. Luego, para mayor asombro de los demás, se limitó a ponerse en pie, y a dirigirse con paso tranquilo hacia la ventana. Steven trató de atisbar su rostro para así comprender qué podía estar pensando o sintiendo Obsidiana en esos momentos, pero su larga melena le obstaculizaba la visión, impidiéndole prever lo que esta fuera a hacer a continuación.
Obsidiana no se detuvo en la ventana. Cambiando de fase, atravesó tranquilamente el cristal que la separaba del exterior, y regresó a la normalidad una vez se encontró afuera, permitiendo que la gravedad la reclamara y cayera a plomo fuera del alcance de la nerviosa mirada de sus compañeras. Alarmadas, corrieron a ver el destino de Obsidiana, quien contra todo pronóstico no se estrelló contra el lejano suelo. En su lugar, alcanzaron a ver cómo la sombría silueta de Obsidiana serpenteaba y sobrevolaba velozmente el mar de cenizas, esquivando sin demasiados problemas los disparos de los cañones laser que le salieron al encuentro. En poco tiempo, Obsidiana alcanzó el límite del claro, y se perdió en el horizonte.
-¡No! Que mal, que mal…-murmuró alterado Steven. La cosa había ido peor de lo que se hubiera podido imaginar.
-¿Pero a dónde va?-preguntó confundida Peridoto-. No intentará largarse ella sola del planeta, ¿verdad?
-No, no es posible. Obsidiana no puede activar el portal por sí misma-explicó Perla, contemplando pensativa el punto por el que había desaparecido Obsidiana-. Debe de tener otro objetivo en mente.
-¡Pero las otras Gemas están por ahí! ¿Y si la atacan? ¿Y si la capturan? ¿Y si…?-empezó a preguntar Steven, agarrándose la cabeza mientras las diversas posibilidades se agolpaban en su mente. Tantos posibles desenlaces, tantos posibles peligros para Obsidiana…
-¿Y si…su objetivo fueran precisamente las Gemas del Planeta Natal?-razonó Perla, preocupada de repente ante la posibilidad de que tuviera razón. Su propuesta llamó la atención de Peridoto y Steven, quienes en ningún momento se habían planteado la posibilidad de que Obsidiana decidiera atacar a la partida de búsqueda.
-¿Qué? Pero eso… ¡Eso no tienen ningún sentido!-exclamó Peridoto-. ¿Por qué razón iba ella a atacar a…?- De repente, una posible respuesta apareció en su mente, y decididamente no era una que le gustara precisamente-. …no… No, no puede ser… No será capaz de…
-¿Qué, que pasa?-preguntó Steven.
-Tal vez sea una posibilidad sin fundamentos, pero…-empezó a decir Peridoto, barajando distintas posibilidades en su mente por si acaso su hipótesis resultaba no ser plausible. Sin embargo, era el escenario más probable, dada la situación-… oh, no.
-¿Pero qué pasa?-volvió a preguntar Steven, sujetando a Peridoto por los hombros.
Esta, librándose de él, corrió de vuelta a las escaleras por las que habían descendido.
-¡Rápido! Tenemos que desconectar los cañones láser de algún modo. ¡Es nuestra única opción para ir tras de ella!
-¿Por qué? ¿Qué crees que planea hacer Obsidiana?-preguntó Perla, corriendo tras de ella junto a Steven.
-Es solo una posibilidad, pero considerando lo visto y sabiendo cómo es Obsidiana…, mucho me temo que planea atacar el Planeta Natal.
-¿Atacar…el Planeta Natal?-preguntó anonadado Steven. Pero eso… ¡era un suicidio!
-Si no nos damos prisa, Obsidiana escapará del planeta… e irá a por Diamante Azul. ¡Tenemos que pararla, antes de que cometa el mayor error de su vida!
Lejos de allí, a una Faceta de distancia:
La nave de reconocimiento sobrevoló la zona, en busca de un lugar en el que tomar tierra con seguridad. La presencia de todos los volcanes y demás formaciones rocosas que ocupaban la superficie del planeta hacía difícil la tarea de encontrar un lugar en el que la nave pudiera aterrizar, pero pronto consiguió posarse sin muchos problemas en lo alto de un terraplén más o menos nivelado.
Se trataba de una visión harto extraña en aquel planeta, donde hasta el momento los únicos colores que habían predominado eran el negro de la roca y el gris de la ceniza. Los diferentes tonos de azul de sus diferentes partes parecían destacar como una luz de navidad contra el cielo nocturno, si bien nadie quedaba en aquel planeta que hubiera podido apreciar esa comparativa.
Con un suave chasquido, la compuerta de la nave se abrió, y un tenue siseo acompañó su descenso hasta tocar el suelo.
Una Gema encapuchada, cubierta por una capa azul oscuro que cubría su cuerpo por completo, descendió por la rampa hasta tomar tierra. Se trataba de una Gema no demasiado alta, aproximadamente de 1,60 de altura, y bajo la tela que cubría su cuerpo se podía ver un traje de combate negro y azul, los mismos colores de la nave que acababa de aterrizar. En sus manos, cubiertas por un par de gruesos guantes negros, se encontraba una ballesta de curiosa apariencia, mucho más alargada y de aspecto más cristalino que las típicas ballestas terrícolas. Parecía un arma delicada, casi como si de un instrumento se tratara, y mortalmente efectivo en manos de aquella Gema, que con la punta de su virote de luz por delante parecía examinar el mundo que la rodeaba.
Una vez conforme, hizo un gesto con su puño y otras tantas Gemas descendieron de la nave. Todas portaban la misma capa sobre sus hombros y la misma capucha cubriendo sus cabezas, contándose siete Gemas en total.
-Hmmm…-murmuró la Gema que había bajado en primer lugar. Su voz sonaba ligeramente amortiguada ya que bajo su capucha se distinguía un pañuelo cubriendo sus facciones, hasta la nariz-. Esto está muy tranquilo… Demasiado…
-Siempre dices eso de todos los planetas a los que vamos, Larimar-comentó apática otra, con su ballesta apoyada despreocupadamente en un hombro-. Tuvo su gracia las 500 primeras veces, pero ya empieza a cansar…
-Sí, pero esta vez lo digo en serio-replicó Larimar, mirando suspicaz a los humeantes volcanes-. Lo siento en la gema… Hay algo ahí fuera, os lo aseguro.
-Bueno, eso está claro-comentó otra Larimar, quien portaba su ballesta en una mano mientras con la otra examinaba una pequeña pantalla de luz que flotaba enfrente de ella-. La señal procedía de esta colonia. Quien sea que pirateara la red, debe de encontrarse todavía aquí.
-Si es que no se ha transportado ya…-añadió otra Larimar, pateando sin mucho interés una roca del suelo y viéndola rebotar.
-No lo creo. Habríamos detectado la señal del portal al activarse.
-Muy bien, Larimares. Hasta que no hayamos examinado este sitio de arriba abajo, os quiero a todas en alerta máxima-dijo la Larimar que, aparentemente, dirigía al resto. Un cristal azulado, semejante al visor de Peridoto, cubría sus ojos por encima del pañuelo de su boca-. Sea lo que sea, no nos iremos hasta dar con la causa de la señal. No bajéis la guardia, mantened la posición, y todo irá bien. ¿Está claro?
-¡Sí, capitana!-exclamó el resto, agarrando más formalmente sus ballestas y colocándose en posición junto a su líder.
Con precisión militar, las siete Larimares se colocaron en formación y empezaron a avanzar hacia el centro de control principal, el origen de la señal que habían detectado sus escáneres. Caminaban con precaución, atentas a cualquier posible sonido, mientras atravesaban las capas de cenizas acumuladas como si de un campo nevado se tratara. Sujetaban con firmeza sus armas, a pesar de saber que en aquel planeta no había fauna alguna de la que preocuparse, ante el desconocimiento de quién o qué había accedido a la red principal de información del Imperio Gema, algo aparentemente imposible salvo para aquellos que conocían el funcionamiento del sistema. Eso descartaba varias posibles teorías, pero para acabar de confirmar su identidad, estaban ellas, las Larimares.
Fieles sirvientas de Diamante Azul, el escuadrón de tiradoras era un cuerpo formado por Gemas especializadas en el combate a distancia, algo difícil de encontrar en el basto ejército del Planeta Natal, que prefería el combate directo y reservar las hostilidades a distancia para las pilotos de naves y la artillería pesada. Aun así, las Larimares se vanagloriaban de ser las guerreras más efectivas y letales de Diamante Azul, y cumplirían su voluntad y defenderían sus territorios aunque les fuera la vida en ello. Eran el orgullo de la corte de Diamante Azul, un escuadrón de élite como no lo había habido desde los tiempos de la tenebrosa Obsidiana, de quien siguieron sus pasos.
Algunas de ellas lamentaban el no haber llegado a conocerla nunca.
Un tenue y casi imperceptible crujido sonó de repente al chocar una piedra con otra. A pesar de ello, las siete Larimares consiguieron oírlo y reaccionar casi al instante, apuntando en un momento al origen de aquel sonido. Con sus ojos fijos a través de las mirillas de sus armas, contemplaron cómo una pequeña piedra rodaba momentáneamente por la ladera del volcán más cercano, hasta detenerse. Pasados unos segundos, el silencio volvió a reinar en el tranquilo valle.
-…falsa alarma-declaró la líder-. No ha sido nada. Continuemos.
Atentas a posibles desprendimientos de roca, las siete Larimares continuaron caminando, procurando caminar sin hacer ruido y vigilando el suelo que pisaban. Sus pasos se hundían en la suave ceniza, abriendo un surco que marcaba su paso a través de la capa de cenizas acumulada, y sus capuchas pronto empezaron a mostrar una ligera concentración de cenizas a medida que seguía la ininterrumpida lluvia desde el cielo. De pronto, una fuerte racha de viento sopló por entre los volcanes, azotando las cenizas que flotaban en el aire y revolviendo ligeramente las capas de las recién llegadas. Tan pronto como vino, el viento se perdió en el horizonte, marcando con las cenizas que alzaba su paso por el mustio planeta.
-Hmm… No parece que haya nadie-comentó una de las Larimares, apuntando con su arma hacia los volcanes como si esperara surgir de ellos oleadas de enemigos.
-No bajes la guardia, Larimar-la reprendió ligeramente otra-. Nunca se sabe… Este sitio es perfecto para una emboscada.
-Por suerte, tenemos a Larimar para que nos cubra la retaguardia. ¿No es así, Larimar?-dijo otra, esperando a que su compañera respondiera. No lo hizo-… ¿Larimar?
Confusa ante la falta de respuesta, la Larimar que había hablado se dio la vuelta para preguntarle a su compañera si la había oído…, cuando de repente se encontró mirando a un paisaje vacío. Detrás de ella no había nadie.
-… ¿Larimar?-preguntó otra vez, alzando algo más la voz. Para entonces, el resto del escuadrón se había detenido ya, observando con diferentes grados de confusión la situación.
-¿Qué ocurre?-quiso saber la líder.
-No encuentro a…-empezó a decir la Larimar, cuando de repente su pie pisó algo que no era una roca. Al recogerlo, comprobó que se trataba de la ballesta de la Larimar desaparecida, medio enterrada en la ceniza.
La reacción del resto de Gemas fue casi instantánea.
-¡Nos atacan! ¡Cerrad la formación!-ordenó la líder, y el resto de Larimares se apresuraron a cubrirse espalda con espalda mientras apuntaban con sus armas a las sombras, tratando de ver quién o qué les había atacado-. ¿Alguna ve a Larimar?
-¡Nada más que cenizas!
-Grr… Esto no me gusta. ¡Larimar, pásame el escáner!-ordenó la capitana, tomando la pantalla flotante de manos de su compañera-. Realizaré un barrido. Cubridme.
Sin perder un segundo, las cinco Larimares que quedaban rodearon a su líder, que apoyando la ballesta en el suelo se arrodilló y empezó a teclear en la pantalla holográfica. Fuera quien fuera el que estuviera acechando ahí fuera, el sensor lo encontraría en…
-No lo entiendo… ¿Qué sucede?-preguntó una de las Larimares, tratando de mantener firme su arma.
-No puede haber desaparecido así como así. ¡No hemos oído nada!-exclamó otra.
-Mantén la calma, soldado-la recriminó una tercera-. Perder la calma no nos beneficia en nada. En cuanto la capitana complete el sondeo, podremos triangular la posición del blanco e ir a por el sin problemas.
-Sí, en cuanto la capitana… ¿capitana?-preguntó la primera Larimar que había hablado, y se giró para ver qué hacía su capitana. Ya no la oía teclear la pantalla.
En el centro del círculo solo se encontraban las huellas de la capitana y su ballesta. Del resto de la Gema, no había el menor rastro.
-¿¡Pero qué…!?-exclamó sorprendida la Larimar, dando un paso atrás. La cosa se estaba complicando por momentos.
-Pero… ¡esto es imposible!-dijo con creciente nerviosismo otra Larimar-. No puede ser que no hayamos notado nada. ¡Estábamos justo al lado!
-¿Capitana? ¡Capitana!
Algo cayó del cielo, justo delante de ellas. Aterrizando en medio del círculo de sorprendidas Gemas, el visor de su capitana cayó al suelo con un suave impacto, amortiguado por las cenizas sobre las cuales se encontraba antes su dueña. La sorpresa llevó a las cada vez más nerviosas Gemas a mirar hacia arriba, no viendo nada más que el mismo cielo nublado que llevaba acompañándolas desde que llegaron allí.
Una nueva racha de viento las azotó de repente, pero aquel no parecía un viento normal como el anterior. Donde antes habían estado copos de cenizas revoloteando al son del sonoro soplo, ahora había oscuras sombras que entorpecieron brevemente su visión. El susurro del viento parecía más vivo que antes, como si les hablara en un idioma que ninguna de ellas podía comprender. Cubriéndose con sus capas, las Larimares trataron de resistir el violento envite mientras trataban de entrever algo que no fueran cenizas o sombras.
-¡Aaaaaah!-gritó una de las Larimares cuando, sin razón aparente, esta salió volando por los aires como si el viento la hubiera atrapado. Sus compañeras tan solo pudieron contemplar impotentes cómo la desdichada Gema daba vueltas por el cielo, dirigiéndose sin control hacia la pared de la montaña, cuando de repente el viento pareció cambiar de dirección e ir en su búsqueda. Antes de que la Gema llegara a estrellarse, fue envuelta por las sombras y se perdió en un instante.
Ya solo quedaban cuatro.
-¡LARIMAR!-exclamó otra Gema al verla desaparecer. Hizo el intento de ir a por ella, pero otra de las Larimares se lo impidió.
-¡No, Larimar! ¡Ya es tarde!
-¡Déjame! ¡TODAVÍA PODEMOS…!
-¡Cerrad filas! ¡Cerrad filas!
Para entonces, el grupo de Gemas azules ya había caído en el descontrol, faltas de un líder que les dijera que hacer y sin comprender qué los estaba atacando. Habían caído ya tres de ellas sin que hubieran acertado a ver siquiera el rostro de su enemigo, quien parecía oculto en algún lugar de aquel valle mientras esperaba su ocasión para atacar.
Estaban nerviosas. Acostumbradas a acechar a sus presas y a atacar sin ser vistas, las Larimares no sabían que hacer contra un adversario que les sacara tanta ventaja, contando con la ventaja inicial y habiendo eliminado ya a la mitad de su equipo. Espalda con espalda, observaban muy atentas su entorno en busca de enemigos, su agarre sobre sus armas tenso y sus dedos listos para apretar el gatillo a la más mínima señal de…
Sonido de rocas cayendo. Apenas un leve chasquido.
-¡AHÍ!-Como una sola, las cuatro Larimares se giraron y apuntaron con sus ballestas hacia el origen del sonido. Los virotes de luz salieron veloces cuando sus dueñas apretaron sus respectivos gatillos, recargando el arma rápidamente con sus poderes y enviando un aluvión de proyectiles contra quien esperaban fuera su enemigo.
Numerosos virotes dorados atravesaron la dura roca del volcán. Ninguno dio en el blanco.
-¡Alto el fuego!-ordenó una Larimar, deteniendo a sus compañeras. Estaba claro que lo que fuera que les estuviera rondando jugaba con ellas. Ese sonido… no podía ser una coincidencia que hubiera sonado tan cerca de ellas en ese preciso instante. Había sido una distracción, causada por su enemigo. Pero una distracción… ¿para qué?
Una ballesta cayó al suelo, apenas haciendo ruido debido a la ceniza. Tres Larimares se giraron al instante y encararon a la cuarta, la misma que había dejado caer su arma. Esta, sorprendida, miraba la punta de virote que le sobresalía por el pecho, contemplando su pulida superficie con expresión incrédula.
-Esto…es…imp…-alcanzó a decir, antes de caer de rodillas y reventar. Su gema, una larimar pulida de vetas blancas, cayó no muy lejos de su descartada arma y bajo su agujereada capa.
Tres Larimares restaban.
-Oh, no… ¡Oh, no! ¡OH, NO!-exclamó una de ellas, presa del pánico. Nada de toda esa situación tenía sentido. Ellas eran Larimares, las cazadoras de Gemas, el brazo ejecutor de Diamante Azul. Nadie existía que pudiera superarlas de ese modo, ¡nadie en absoluto! Habían sido creadas y adiestradas para ser las mejores rastreadoras y cazadoras que existieran, supliendo el vacío que la antigua ejecutora Obsidiana dejó al desaparecer. ¡Era imposible que ya hubieran caído cuatro de ellas así como así!
Y, sin embargo, estaba sucediendo. Esa…especie de pesadilla… era su realidad. El enemigo no había esperado a que fueran a por él, y se les había adelantado antes incluso de que consiguieran alejarse mucho de la nave… ¡LA NAVE!
-Tenemos que huir… ¡Todas a la nave!-gritó la Larimar, echando a correr de vuelta a la nave. Desprevenidas, sus compañeras se quedaron atrás mientras la veían alejarse.
-¿Qué? ¿Y qué pasa con nuestras compañeras?-exclamó una de las Larimares, indignada pero no menos aterrada con la situación-. ¿¡Qué pasa con la misión!? ¡Vuelve!
-¡Hay que retirarse! ¡Necesitamos apoyo, refuerzos! ¡Necesitamos…!-exclamaba la huidiza Larimar, cuando de repente algo surgió a su lado. Semejante a una sombra, apareció de improviso como si acabara de surgir de debajo de las cenizas, envolviendo en un momento el cuerpo de la Larimar y arrastrándola consigo hacia un lado. Las cenizas envolvieron a la desdichada Gema, mientras batallaba inútilmente por liberarse. Pronto, no quedó ni rastro de ella ni de la sombra que la había atacado.
Y ya solo quedaban dos.
-¡Aaaah!-gritó una de las Larimares, abriendo fuego contra el lugar por el que había visto desaparecer a su compañera. No le preocupaba tanto el darle a ella con sus virotes como el poderle dar a su enemigo ni que fuera de pura casualidad. Su compañera tuvo que agarrarla por el hombro para que parara.
-¡Para de una vez! ¡Perdiendo el control no solucionaremos nada!
-¿Y qué quieres que haga?-le recriminó la Larimar, quitándosela de encima-. ¿Es que no lo ves? ¡Estamos cayendo una a una! Esa…cosa… ¡nos está dando caza!
-¡Sí, lo sé! Y si perdemos la calma, si olvidamos nuestra instrucción, entonces nosotras caeremos también-dijo Larimar, agarrando a su compañera por los hombros. Parecía al borde del ataque de pánico, respirando pesadamente y con un atisbo de lágrimas en los ojos-. Ahora, escúchame… Vamos a regresar a la nave, vamos a salir de aquí, y vamos a contactar con el Planeta Natal. Enviarán refuerzos, encontraremos al resto si aún están vivas, y acabaremos con quien sea que nos esté atacando. ¿Está claro?
Asintiendo, Larimar trató de calmarse. Tenía miedo. Mucho, mucho miedo. Pero las confiadas palabras de su compañera consiguieron hacerla reaccionar, ni que fuera solo un poco. Si ambas se mantenían unidas, entonces conseguirían superar esa tensa situación.
-S-sí… Sí, está claro-dijo más decidida, cogiendo con firmeza su ballesta. La mirada de la antes aterrada Larimar gustó a su compañera.
-Eso es lo que me gusta oír-dijo, cogiendo del mismo modo su ballestas. Espalda con espalda, ambas Larimares apuntaron con decisión al centro, tratando de prever el siguiente ataque de su asaltante-. Muy bien… Cuando diga "ya", empezaremos a retirarnos de vuelta a la nave. Larimar, tu cubre el lado derecho y la retaguardia. Yo cubriré el lado izquierdo y abriré camino. Puede que nos esté vigilando, así que trataremos de cubrir nuestro rastro con…
El inquietante silencio que acompañó el cese de sus palabras escamó un tanto a Larimar. Girándose, comprobó de reojo a qué se debía el silencio de su compañera, temiendo que el pánico la hubiera paralizado de nuevo.
No estaba. La otra Larimar…no estaba. En su lugar, su ballesta permanecía en su sitio, junto al hueco que sus pies habían dejado sobre la ceniza.
Solo quedaba una…
Larimar miró confusa a su alrededor, tratando de ver ni que fuera un atisbo o alguna especie de rastro que perteneciera al ser que les había dado caza con tanta facilidad. ¿Qué…cómo…cuándo…? La mente de Larimar trataba de entender sin éxito lo que estaba pasando en aquel sitio. Se suponía que iba a ser una misión fácil y rápida: bajar a aquel planeta olvidado, comprobar la señal, y regresar para hacer un informe. ¿Cómo podía ser que ya hubieran desaparecido seis Larimares? ¡Ellas deberían de ser las cazadoras, y en su lugar…!
…eran la presa.
Algo se rompió dentro de Larimar. Y ese algo era… su coraje.
Agarrando la caída ballesta de su compañera, empezó a disparar por todas partes al tiempo que gritaba de puro espanto y terror, embargada por un pánico tan profundo que lo sintió arraigado por completo en su Gema. Sus ojos trataban de ver a su enemigo, mientras continuaba disparando sin cesar y recargando velozmente las armas para así mantener a raya a las sombras, como si creyera verlas ciñéndose sobre ella.
Todas sus compañeras habían caído. Ya no estaban.
Solo quedaba ella. Era la siguiente.
La sombra…iba a ir a por ella. Era la siguiente, la siguiente, ¡la siguiente, LA SIGUIENTE!
-¡Noooooo! ¡No, no podrás conmigo!-gritaba Larimar, presa del pánico. Sus virotes hacían añicos la roca y se clavaban en el duro suelo por doquier, a medida que disparaba frenéticamente contra el enemigo que en su mente se encontraba por todas partes-. ¡Soy una Larimar, una cazadora a las órdenes de Diamante Azul! He cazado a rebeldes, desertoras y criaturas de infinidad de mundos… ¿Crees que me das miedo? ¡Te encontraré, y te destruiré en su nombre! ¡LARGA VIDA A DIAMANTE AZUL!
Con un estallido final, Larimar destruyó una gran roca, pulverizándola con sus virotes y contemplando cómo caía. Habiéndose detenido al fin, Larimar contempló jadeante su obra. El antes oscuro y pálido valle estaba repleto de virotes luminosos, clavados en la roca como si de plantas se trataran, transformando con su presencia el paisaje y dándole un aspecto un tanto menos pacífico que antes.
Agotada, Larimar clavó una rodilla en el mullido suelo mientras trataba de serenar su mente. Semejante ataque incesante tan solo había conseguido consumir gran parte de su energía, pero por lo menos había recobrado la suficiente calma como para detenerse al fin. Había permitido que sus nervios y miedo la embargaran, y había pasado al ataque como si de una novata se tratara, abriendo fuego indiscriminadamente y revelando aún más su posición actual. Si quería superar a su misterioso enemigo, entonces tenía que pensar con frialdad qué iba a hacer a continuación.
Lo primero, sería salir de allí. Tal vez si avanzaba a una zona más profundo de cenizas, pudiera ocultarse en ella hasta que saliera su adversario. De esta manera, conseguiría afianzar su posición y calmarse, al tiempo que recobraba el aliento y se recargaba para generar más virotes. Una vez su enemigo la perdiera de vista, obtendría ella la ventaja y las tornas se cambiarían, pasando a ser ella la cazadora.
Tal y como debería de haber sido en un principio.
Satisfecha con su plan de acción, Larimar se dispuso a ponerlo en marcha, cuando…
No oyó ruido alguno. No vio sombra alguna. No sintió nada de nada…pero lo sabía.
Estaba ahí. Estaba…detrás de ella.
El pánico y el terror regresaron a la petrificada Gema, paralizada de puro horror e incapaz de hacer nada más que sudar de puro nervio. De alguna forma, no sabía cómo… sabía que su atacante estaba allí con ella.
Ni pensar podía en girarse y atacar, demasiado asustada como para hacer otra cosa que no fuera sostener sus armas sin posibilidad de disparar. Temblando de pies a cabeza, Larimar empezó a girarse muy lentamente, rogando a quien fuera que pudiera escucharla que simplemente fueran sus nervios jugándole una mala pasada, haciéndole creer que notaba cosas que en realidad no existían.
No tuvo tanta suerte. Cuando por fin se giró lo bastante para mirar de reojo, observó impactada la sombra de una alta figura situada detrás de ella. Como si se moviera debajo del agua, la Larimar siguió girándose con gesto entorpecido, incapaz de moverse adecuadamente en su alterado estado. Sus ojos desorbitados se fijaron en un pecho oscuro que ocultaba un cuerpo de piel pálida, semejante a la ceniza que cubría su capucha y hombros. Una larga melena negra cubría su espalda, semejante a un agujero negro que absorbía la luz del entorno y la esperanza de la Larimar. Alzando lentamente la vista, Larimar trató de ver el rostro de su atacante, tan aterrada que sus manos temblaban y su boca se encontró incapaz de articular sonido alguno.
Apenas llegó a ver el rastro de una fina barbilla, que la sombra se le tiró encima. Lo último que Larimar alcanzó a ver fue un borrón oscuro, unas manos blancas como garras…y unos ojos negros como la noche.
Su grito de horror fue rápidamente cortado.
...
¿Cazadoras de Diamante Azul? ¿Esas? Estaba claro que el nivel había caído preocupantemente en su ausencia.
Francamente, Obsidiana no estaba impresionada.
Con una mano agarrando una de las ballestas de las Larimares, Obsidiana caminaba en dirección a su nave mientras sostenía en la otra la gema de la última "cazadora". No había visto Gemas así en su vida, por lo que seguramente las hubieran empezado a fabricar en el tiempo que Obsidiana estuvo atrapada en la Tierra. Su presencia y lo que representaban causaban un cierto malestar a Obsidiana, quien sin muchos problemas entendió lo que eran.
Eran su reemplazo. Diamante Azul la había abandonado…, y la había cambiado por esas estúpidas que ni vencer a un enemigo podían. Semejante insulto rayaba la blasfemia. ¿Se suponía que esa pandilla de idiotas tenía que ser sus equivalentes? Nunca antes se había sentido tan insultada ante semejante insinuación.
Tirando a un lado tanto la ballesta como la gema (no se merecía ni siquiera el tiempo que ella hubiera podido dedicarle a romperla), Obsidiana siguió caminando hacia la nave de las Larimares. Por lo menos, habían hecho algo bien.
De pie frente a la rampa, Obsidiana contempló su interior mientras la ceniza caía tranquilamente sobre su cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¿De verdad pensaba hacerlo? De inmediato, otra parte de su mente respondió las preguntas de la parte que aún tenía dudas: ¿y qué otra cosa podía hacer?
Diamante Azul, su Diamante, la única razón de su existencia y de su creación… la había abandonado. La había condenado por algo que ni siquiera era culpa suya, olvidando al parecer todos los sacrificios que ella había hecho en su nombre, todo su esfuerzo y fanática dedicación, todas sus victorias y conquistas. ¿Acaso no era Obsidiana, la Gema más letal de la galaxia, porque eso era lo que su Diamante esperaba de ella? ¿Acaso no destruyó a todas esas Gemas porque eso era precisamente lo que su Diamante deseaba? ¿Acaso no peleó en todas esas batallas porque su Diamante se lo ordenó? ¿Qué más esperaba de ella?
Apretando los puños, Obsidiana sintió emerger la rabia de nuevo en su interior. Todo rastro de dudas fue barrido como el viento alejaría las cenizas del suelo, dejando dentro de ella un único pensamiento: la venganza. Todo lo que había hecho, todo lo que era… era culpa de dos Gemas.
De Diamante Azul…, y suya.
Así pues, la haría pagar aunque fuera lo último que hiciera. La haría sufrir por cada año que pasó en esa burbuja, torturada por sus decisiones. ¡Haría que sintiera todo lo que ella había tenido que soportar antes de hacerla pedazos por haberla traicionado! Y después… después…
"No pienses en ello" se recriminó Obsidiana. "Mantente fija en tu objetivo". Tratando de apartar el dolor lo justo para no dejarse embargar por él, Obsidiana empezó a ascender por la rampa.
-¡Noooo!-exclamó alguien de repente a sus espaldas, obligando a Obsidiana a girarse. Allí, atravesando el valle en su dirección, se encontraban Steven, Perla y Peridoto.
Lo primero que Obsidiana pensó no fue cómo se las habían arreglado para encontrarla. No pensó en cómo lo habían hecho para salir de la torre por sus propios medios. Ni siquiera pensó si se habrían topado con alguna de las Larimares a las que venció por el camino. En su lugar, lo que Obsidiana pensó fue algo que incluso a ella la sorprendió al principio.
"…duele… Me duele el irme…".
La sorpresa ante semejante pensamiento la dejó petrificada en el sitio, incapaz de creerse que ella hubiera sentido algo así. Ella nunca se apegaba a nada, una habilidad que le había costado mucho aprender. Así pues… ¿cómo podía ser que se sintiera tan apegada a esas tres Gemas? ¿Cómo podía ser que la visión de una Peridoto de la que no se preocupaba, una Perla que la irritaba, y un niño humano medio Gema… la hicieran lamentar lo que estaba a punto de hacer? Apretando los puños y centrándose en su odio, Obsidiana se encaró al grupo.
-…no intentéis detenerme-dijo, mirándolos con su mejor expresión de fiereza posible-. Nada de lo que digáis me hará cambiar de opinión.
-Obsidiana, piénsate bien lo que vas a hacer…-dijo Peridoto, tratando de razonar con ella-. No estamos hablando de una rebelde en un planeta olvidado. ¡Estamos hablando de un Diamante, en su propia capital! ¡Tendrías más posibilidades intentando extinguir una estrella con tus propias manos que no de asaltar el Planeta Natal y acercarte a Diamante Azul!
-Obsidiana, por favor… Sé que lo que has visto es muy duro, pero…-empezó a decir Steven, preocupado por ella-. Si vas allí, entonces será el fin de todo para ti. Ya no volverás a disfrutar de la pizza, ni a luchar contra Perla, ni a ver a Nanefua ni a los demás… ¿De verdad es eso lo que deseas?
Durante un instante, Obsidiana sintió flaquear su convicción. La mención de Nanefua y el resto de su familia golpeó el interior de Obsidiana como si de uno de los virotes de las Larimares se tratara, hundiéndose en su pecho y obligándola a recurrir a todo su autocontrol para no desesperar.
-…por supuesto que quiero verles, Steven…-dijo Obsidiana, con evidente dolor en su voz-. Yo…les echo de menos. Quiero…quiero estar allí, con ellos. Quiero volver a hacer pizza con ellos, hablar con ellos, quiero…quiero…-dijo cada vez más alto. Para mayor sorpresa de todos, Obsidiana empezó a llorar a medida que sus sentimientos se desbordaban y superaban su control-… ¡quiero volver con ellos, Steven! ¡Quiero…quiero…!
Obsidiana no podía más. Simplemente, no podía seguir aguantando más. Llevaba aguantando demasiado tiempo, y la traición de Diamante Azul había sido la gota que colmó el vaso. Todo rastro de control, todo pensamiento de mostrarse dura e inflexible, inexpresiva como una eficiente cuchilla, desapareció cuando el dolor y la pena llegaron a cada rincón de Obsidiana. Todos a una, los recuerdos y memorias que Obsidiana había enterrado en lo más profundo de su mente volvieron a la superficie, atormentándola y provocando que su sufrimiento no pareciera tener fin.
Cayendo de rodillas sobre la rampa, Peridoto y Steven hicieron el gesto de ir hacia ella, pero Obsidiana les miró con una mirada tan intensa que ambos se detuvieron en el sitio. Las sombras volvían a rodear su cuerpo, mezclándose con las cenizas en un vórtice blanco y negro con Obsidiana en el centro.
-¡…pero no puedo, Steven! ¡No puedo volver! No me lo merezco…-dijo Obsidiana, contemplando sus manos como si en ellas pudiera ver aún las esquirlas de las Gemas a las que destruyó en el pasado-…mis manos…mis manos están… Yo he…he hecho tantas cosas… He hecho tanto daño a…a tanta gente… ¿¡Y PARA QUÉ!?-estalló, agarrándose la cabeza. El vórtice aumentó de intensidad, estallando y levantando una racha de viento que hizo retroceder a Steven y Peridoto-. ¡¿Para qué ha servido?! ¿Acaso creéis que yo quería ser así? ¿Acaso pensáis que hubiera escogido ser…este monstruo…SI REALMENTE HUBIERA TENIDO ELECCIÓN? ¡Hice lo que pensaba que era mejor!...pero ya… ¡YA NO PUEDO AGUANTAR MÁS!-gritó.
Con pesar, Steven vio como Obsidiana se hacía pedazos ante ellos. Siglos de aguantar abusos, la presión del resto del Imperio, los trabajos de muerte y destrucción que se vio obligada a realizar… Obsidiana estaba sintiendo a la vez todo ese dolor y desesperación. Y, por mucho que quisiera, no veía cómo podía ayudarla.
-¡Yo era…yo soy… un error! Un error de fabricación… basura del interior de este…mundo vacío-dijo, mirando desolada su mundo de origen. Era su vivo reflejo: un montón de rocas que no servían ya para nada-. Y para vivir…para sobrevivir…tuve que convertirme en…en este monstruo… en la pesadilla de cuantas Gemas se oponían a los Diamantes. ¿Acaso creéis que me gusta ser odiada, o temida? Y tuve que…abandonar a mis hermanas… Yo era débil, y no podía protegerlas. Así que…las abandoné-dijo, llorando cabizbaja bajo la lluvia de cenizas-. ¡¿Y PARA QUÉ?! ¿¡DE QUÉ HA SERVIDO!? ¡Vuelvo a estar como hace 6000 años! Lo he perdido todo… Ya no tiene sentido…no…no tiene sentido seguir… ¿Para qué seguir? No puedo volver a empezar, hacer lo mismo otra vez. No puedo…seguir aguantando. No puedo…seguir siendo fuerte. De esta manera, al menos, ya no tendré que sufrir más…-dijo Obsidiana, mirando de nuevo al interior de la nave.
Las palabras de Obsidiana preocuparon a Steven. Temía que, en su estado, fuera a hacer algo drástico y más autodestructivo que ir al Planeta Natal y atacar a Diamante Azul. ¡Tenía que hacer algo! ¡Tenía que…!
Posando una mano sobre su hombro, Perla lo hizo a un lado con delicadeza. Sorprendido, Steven comprobó que Perla miraba con firmeza a Obsidiana, muy diferente de las miradas preocupadas de Steven y Peridoto, quienes contemplaron cómo esta avanzaba con ambos puños apretados y sin vacilación posible hacia Obsidiana.
Los pasos de Perla por la rampa llamaron la atención de Obsidiana, quien con ojos faltos de esperanza y luz se fijaron en la Gema que caminaba decidida hacia ella. Su cuerpo chocó contra las sombras que envolvían a Obsidiana, y si bien aparecieron algunos rasguños en su cuerpo, eso no detuvo el avance de Perla. Finalmente, Perla se abrió camino hasta llegar a Obsidiana, observándola en silencio de pie a su lado.
-…esto debe de complacerte, ¿no, Perla?-dijo Obsidiana, con una pequeña sonrisa triste en el rostro-. La malvada Obsidiana, el terror de la Rebelión, reducida a poco más que una gimoteante roca llorona-comentó entre risas, como si ese pensamiento la divirtiera. Perla no dijo nada-. ¿Sabes qué? Tenías razón. No debería de haber vuelto…-dijo Obsidiana, limpiándose con el dorso de la mano las lágrimas de sus ojos, que sin embargo pronto volvieron a aparecer-. No hago otra cosa que no sea causar dolor y desgracias a los demás. Ni siquiera yo quedo exenta, como puedes ver. Al final, hasta Diamante Azul deseó librarse de mi.- Steven y Peridoto, desde lejos, observaron que las manos de Perla, antes apretadas en puños, parecían haberse abierto y relajado-. Tú… Cuando me encerraste en aquella burbuja, cuando me torturaste…hiciste lo correcto. Un error como yo…no merece otra cosa-dijo Obsidiana, llorando a pesar de la sonrisa que forzaba en su rostro-. Tal vez… debería haberme quedado allí, sufriendo en las sombras. Tal vez… simplemente debería de haber desaparecido. Después de todo lo que he hecho…yo… no merezco seguir con vid…
¡PLAF! Un estallido resonó de repente, oyéndose a través del viento y las sombras. Sin embargo, no fue él el que acalló las palabras de Obsidiana.
Eso lo hizo la bofetada que Perla le soltó, el origen del singular estallido, que pilló a todo el mundo por sorpresa.
El violento vórtice que rodeaba a Obsidiana se detuvo casi al instante, desvaneciéndose y permitiendo que las cenizas volvieran a caer plácidamente al suelo. Durante unos segundos, no se oyó ningún sonido en la zona, todos demasiado sorprendidos como para articular palabra alguna. Steven y Peridoto parecían alucinados con la acción de Perla, incapaces de creer que la siempre moderada y sosegada Perla hubiera golpeado así de sopetón a Obsidiana, y más con tanta fuerza. Obsidiana, con la cabeza aún ladeada por la fuerte bofetada, se palpó la dañada mejilla con incredulidad.
Antes de que pudiera reaccionar, Perla la tomó por el cuello de la camisa y la acercó a su rostro, quedando ambas a escasos centímetros la una de la otra, incluso a pesar de la diferencia de altura.
-…escúchame, y escúchame bien-dijo tajante Perla, su voz baja pero autoritaria-. Me da igual que pienses que eres un error. Me da igual que pienses que mereces sufrir por lo que hiciste. Me da igual que hayas abandonado a tus hermanas, destruido colonias enteras, e incluso todas las veces que intentaste destruirnos a Rosa y a mí-empezó a decir. Obsidiana no acababa de entender qué estaba sucediendo, demasiado absorta como estaba con la mirada de Perla. Esta, fija en la suya, la miraba con tanta intensidad que Obsidiana se encontró incapaz de apartar la mirada, escuchando cada palabra que le decía Perla como si ya no pudiera oír otra cosa-…pero nunca…¡NUNCA!... te atrevas a decir que no mereces vivir. Todos… ¡TODOS, MERECEN VIVIR!-gritó Perla, furiosa-. ¿Qué crees que es la vida? ¿Qué valor crees que tiene? ¡Ni se te ocurra volver a pensar en ella, y mucho menos la tuya propia, como algo tan bajo que no merece la pena conservar! ¡TODA VIDA ES PRECIADA, Y MERECE SER PROTEGIDA!
Perla sacudió a Obsidiana, que cayó al suelo con violencia. Superando su impresión inicial, Obsidiana sintió cómo su pesar volvía a transformarse en rabia, y devolvió la mirada de Perla con la misma intensidad. Sin perder un instante, Obsidiana se lanzó contra ella y la placó, cayendo ambas a los pies de la rampa con Obsidiana encima de Perla. Cerrando el puño, Obsidiana contempló con rabia a Perla, y lo alzó por encima de la cabeza.
-¿Que qué valor tiene la vida? ¿Te atreves a hablarme del valor de la vida? ¿¡Tienes idea de cuántas vidas he arrebatado!?-exclamó, golpeando con su puño a Perla. Su puñetazo impactó en la mejilla de Perla, que a pesar del golpe no apartó la mirada de Obsidiana-. ¡Soy una asesina!-Un segundo puñetazo-. Alguien como yo…-Un tercero-. Alguien como yo…-¡NO MERECE…!
Para mayor sorpresa de Obsidiana, Perla atrapó el cuarto puñetazo, y le lanzó su propio golpe antes de que pudiera apartarse. El impacto la sacó de encima de Perla, quien aprovechó ese breve instante para colocársele encima, invirtiendo sus posiciones.
-¡YA SÉ LO QUE HAS HECHO! ¿Acaso crees que eres la única que ha arrebatado vidas?-le increpó Perla-. ¡Yo también luché en la guerra! ¡Acabé con Gemas del Planeta Natal…, y en la Tierra, acabé con animales…monstruos…humanos…! ¡Pero no por ello he olvidado el peso que tiene una vida, sin importar de donde venga! ¡Precisamente por haber acabado con ellas, sé lo importantes que son!
-¡Déjame en paz!-le gritó Obsidiana, tratando de liberarse. A pesar de la diferencia de alturas, Perla consiguió inmovilizar a Obsidiana contra el suelo-. ¿Qué te importa lo que yo haga? Yo te odio, y sé que tú me odias… ¿Por qué me impides hacer con mi vida lo que quiera?
-Porque por mucho que te odie… por mucho que desearía que nunca hubieras existido… ni siquiera yo puedo negarte el derecho a existir.
-¿El derecho a existir? ¿De qué estás…?
-Mírame, Obsidiana-dijo Perla, mirando fijamente a Obsidiana a los ojos-. Soy una Perla… ¿Sabes lo que representa ser una Perla en el Planeta Natal?-Ante esa pregunta, Obsidiana se encontró incapaz de contestar. Desviando la mirada, trató de aparentar indiferencia-. Sé que lo sabes. Somos menos que las herramientas que manejan las Peridotos, o las naves que colonizan los planetas. No somos más que accesorios para las Gemas de mayor graduación, simples sirvientas a las que nadie escucha que no necesitan una mente propia. De hecho, sin el deseo de servir, ni siquiera tendría sentido que siguiéramos viviendo.
-¿Y qué tiene esto que ver con…?
-¡Mírame, Obsidiana!-repitió Perla-. ¿Tienes idea de lo que es ser yo? ¿Tienes idea de lo que es ser una Perla que desea ser libre? ¿Puedes imaginarte ni que sea por un instante lo que es saber que naciste siendo diferente, sabiendo que nunca encajarías, siendo…un error?
Obsidiana abrió los ojos, mirando de nuevo a Perla. Una gota cayó contra su rostro, una lágrima que había empezado a caer de los ojos de Perla.
-…sé que lo sabes. Y lo sabes, porque tú eres igual que yo-dijo Perla-. Si alguien sabe lo que estás sintiendo, si alguien entiende el dolor de tu interior…esa soy yo. Y por eso, créeme cuando te digo que tu vida sigue teniendo mucho valor.
-…Perla…
-Cuando…cuando conocí a Rosa, ella me hizo sentir… me hizo…-empezó a decir Perla, quien empezaba a sentir cómo sus propias emociones. Tragándose el llanto, Perla trató de serenarse y seguir hablando claro a pesar de las lágrimas-…yo estaba perdida hasta que la encontré. Vivir…sabiendo que aquel no era mi lugar, esforzándome por cambiarme a mí misma, tratando de ser quien no era para que el Planeta Natal me reconociera… Rosa cambió todo eso-dijo Perla-. Ella me dijo que podía ser libre si quería. Ella me dijo que podía ser…cómo yo eligiera ser. ¿Sabes lo que es eso?-dijo Perla, sonriendo a pesar de las lágrimas-. Por primera vez, alguien me veía cómo realmente era, y no me juzgaba por ello. Incluso se alegraba por ello. ¿Tienes idea de lo feliz que fui en ese momento?
Perla soltó a Obsidiana, retirándose de encima de ella y sentándose en la ceniza. Aún demasiado impactada como para hablar, Obsidiana se incorporó sin levantarse.
-Rosa…deseaba que todas pudiéramos ser libres, Obsidiana, desde la primera a la última. Decía que todas merecíamos ser libres y vivir como deseáramos, para ser lo que quisiéramos ser. Nunca pensó menos de nadie solo por su origen, sin importarle su pasado o sus circunstancias. Ella juzgaba a los demás por sus acciones, por cómo eran de verdad, y siempre vivió honestamente de ese modo. Y yo… si bien admito que me costó mucho seguir ese ideal, aún hoy lo respeto y defiendo con toda mi pasión y poder, hasta la última circunstancia.
-Por eso-siguió diciendo Perla-…no puedo permitir que digas que tu vida no vale nada, Obsidiana. Porque si eso fuera cierto, sería como decir que mi vida no vale nada tampoco. Después de todo…, tú y yo somos iguales, ¿no crees?-dijo Perla, sonriendo a Obsidiana. Las lágrimas fluían libres por las mejillas de ambas, la una mirando sorprendida a la otra sin poder reaccionar.
¿Su vida…tenía valor? ¿Tenía valor…por si misma? Obsidiana llevaba toda su vida pensando que su valor se medía única y exclusivamente en función a lo que su Diamante pensara de ella. Todo lo que había hecho, todo lo que había elegido ser… había sido para que su Diamante la reconociera. Había luchado tanto por ser cómo Diamante Azul deseaba que fuera… Cuando la abandonó, Obsidiana sintió como si ya nada tuviera sentido, incapaz de ver valor alguno en esa bizarra existencia sin alguien que se lo otorgara. Y allí estaba Perla, una Perla precisamente, diciéndole que su vida tenía sentido por el simple hecho de existir, y merecía conservarla a pesar de todo. Daba igual que fuera fuerte, o útil… era valiosa por ser quien era. ¿Cómo podía aceptar algo así tan fácilmente? Era algo tan…tan extraño, tan diferente a lo normal… Toda una existencia de dependencia, toda una existencia al servicio de alguien que nunca la valoró realmente por quien era, sino por quien quería que fuera…
¿Podía ser que Perla tuviera razón? ¿Podía ser que hubiera vivido tanto tiempo equivocada? Parecía egoísta pensar que ella podía ser tan valiosa como un Diamante si así lo deseaba, ¿pero acaso no era así cómo las Gemas de Cristal se habían comportado siempre? Siempre se habían apoyado entre sí, incapaces de dejar a nadie atrás sin importar quien fuera, tomando riesgos innecesarios según ella para rescatar o proteger a sus compañeras. Siempre se había mofado y burlado de semejante comportamiento en el pasado, pero ahora que lo veía por lo que realmente había sido…, no podía evitar pensar en lo hermoso que era. Semejante vínculo…
-Tú… no necesitas a Diamante Azul, Obsidiana-dijo Perla, posando sus manos sobre la de Obsidiana-. Tú…no necesitas que los demás te digan a qué puedes aspirar. Tu vida es solo tuya, y debes vivirla por ti y para ti, incluso si eliges dedicarla a alguien más. Así que, tengo que preguntarlo, Obsidiana…-El agarre de Perla sobre Obsidiana se intensificó, como si lo que viniera a continuación la preocupara-. Ahora que ya no tienes que servir a Diamante Azul… ahora que eres tu propia dueña… ¿qué es lo que quieres?
"¿Qué es lo que quieres?". Cinco palabras que Obsidiana jamás pensó que nadie le preguntaría. Nunca, ni una sola vez, había tomado una decisión semejante para ella. Ni siquiera cuando eligió pelear, ni siquiera cuando se convirtió en la "tenebrosa Obsidiana", había pensado realmente en ella. Solo había tenido en mente a Diamante Azul, y cómo podía servirla a pesar del hecho de haber nacido diferente a lo esperado. Pero ahora, ya no tenía que pensar en complacer al Planeta Natal. ¿Acaso era…podía ser…libre?
Libertad… Jamás pensó en qué haría si alguna vez era libre. Ser su propia dueña… casi daba miedo pensarlo. En el pasado, Obsidiana habría considerado una traición el simplemente planteárselo. Ahora…
Ni siquiera tuvo que pensarlo.
-…quiero…yo…quiero…-empezó a decir, a medida que iba siendo consciente de lo que implicaba su respuesta-…yo…quiero…quiero…-Las lágrimas cayeron con cada vez más intensidad, su rostro torcido por el llanto cuando de repente todo el dolor que Obsidiana había acumulado en 6000 años de existencia salió expulsado en un único grito-: ¡YO…QUIERO SER LIBREEEEE!
El grito de Obsidiana resonó con fuerza en el valle, perdiéndose su eco en el horizonte. El sentimiento que acompañaba sus palabras hizo llorar a Steven y Peridoto, espectadores inadvertidos del singular fenómeno.
-¡Yo…ya no quiero seguir haciendo daño a los demás!-chilló Obsidiana, con ambas manos sobre sus ojos mientras gritaba a pleno pulmón-. ¡Quiero…quiero ser libre! ¡Quiero vivir sin miedo! ¡Quiero ver a Nanefua y a los demás, quiero comer pizza hasta hartarme, quiero oír música, tocar los árboles…! ¡QUIERO IRME A CASAAA!
Obsidiana gritaba con todas sus fuerzas, como si pretendiera vaciarse de todo lo que había estado guardando en su interior todos esos años. Cada vez que tuvo miedo, pero fingió no estarlo. Cada vez que sufrió, pero aparentó indiferencia. Cada remordimiento, cada pena, cada instante de dolor que había guardado en su interior… salió como un estallido por su boca, chillando de puro dolor. Apenas sentía los brazos de Perla entorno a su cuello, abrazándola estrechamente mientras soltaba todo ese dolor de dentro de ella. Ni siquiera sintió cómo Steven y Peridoto corrían hasta ella, uniéndose en silencio al abrazo.
Lo único que Obsidiana sentía en esos momentos era un sentimiento que iba cogiendo forma a medida que se liberaba del dolor de su interior, como si hubiera empezado a ocupar el vacío que este dejó tras de sí.
Por alguna razón, ese sentimiento le gustaba. La hacía sentirse feliz, a salvo, esperanzada.
Y así, Obsidiana se liberó. Llorando y gritando como nunca antes lo había hecho en su vida, Obsidiana fue feliz de verdad por primera vez Por fin, por primera vez en toda su existencia…
…era ella misma. Era la verdadera Obsidiana. Era libre.
De vuelta en la casa de la playa:
-¡Wuuuujuuuu, eso sí que ha molado!-declaró Amatista, abriendo la puerta de par en par. En sus brazos portaba un enorme cubo rebosante hasta arriba hasta arriba de peluches, de todos los tipos y colores. Tras de sí entró Granate, quien llevaba un curioso gorro semejante a un sombrero de vaquero sobre su oscuro afro y un par de espuelas en los pies que chasqueaban a cada paso que daba, además de una guirnalda entorno al cuerpo en el que se podía leer "Primer Premio".
-Sí. Ha sido una risa-comentó con su característico estoicismo, dejando el sombrero y la banda sobre la encimera-. ¿Tú qué opinas, Lapislázuli?
Lapis optó por no decir nada, apareciendo en la casa con una camiseta holgada sobre su vestido en la que se podía leer "Abrazos gratis a 25$", y unas gafas de sol con forma de estrella cubriendo sus ojos. Dejándose caer en el sofá, se acomodó en él como si la casa fuera suya.
-…meh… No ha estado mal-comentó con desinterés.
-¿Bromeas? ¡Ha sido la caña!-exclamó Amatista-. Cuando tú levantaste aquello con tu agua… Y la cara que puso aquel tipo… ¡Y cuando retaste a Granate a que no podía…! Woah, tío, ¡es que ha sido brutal de verdad!
-Verdaderamente, ha sido un día para recordar-reconoció Granate, quitándose las espuelas-. Y, además, ha acabado justo a tiempo.
-¿Qué quieres decir?-preguntó confundida Amatista, dejando su cubo a un lado. Justo entonces, el portal de la casa se activó, y apareció la columna de luz que marcaba el regreso del grupo de Perla y compañía-. ¡Han vuelto!
-Lo sé-dijo Granate, con un pequeño brillo en sus gafas del cual solo fue consciente Lapis. Amatista, sin perder un instante, había corrido a recibir a los recién llegados.
-¿Qué tal, chicos? ¿Cómo ha ido? ¿Qué habéis visto? ¡No os vais a creer lo que nosotras hemos…hemos…!-empezó a decir Amatista, cuando de repente fue consciente del estado de Steven y los demás.
Costaba decidir, a primera vista, si el aura que envolvía al grupo era uno de alegría o de pesar. Todos parecían verdaderamente agotados, sus cuerpos maltrechos y cubiertos de rasguños, a pesar de las pequeñas sonrisas de satisfacción que todos portaban en el rostro. Steven y Peridoto parecían los menos castigados por cuales fueran las experiencias vividas, si bien Steven presentaba mucha menos ropa que cuando se fue (además de una preocupante cantidad de algo blanco como la ceniza entre sus rebeldes rizos), pero no parecían necesitados de más ayuda que una reparadora siesta de quince horas. Por otra parte, Perla parecía mucho menos tensa que cuando se fue, si bien Amatista no pudo evitar fijarse en que su mejilla presentaba lo que indudablemente eran marcas de puñetazos. Y Obsidiana…
Parecía otra Gema. Ya de por sí pálida, Obsidiana parecía algo más demacrada que de costumbre, como si acabara de pasar algo muy impactante para ella no hacía mucho. Parecía emanar otro aire menos siniestro y reservado, algo que Amatista no acabó de entender, y que la hizo quedársela mirando mientras trataba de imaginarse qué les había sucedido para que hubieran vuelto todos de aquella manera.
-¡Hemos vuelto!-exclamó Steven, sonriendo ampliamente mientras corría a abrazar a Amatista. Esta, saliendo de su estupor, se apresuró a corresponder el abrazo de su joven amigo.
-¡Ey, Steven! Colega, estáis para el arrastre… ¿Pero qué os ha pasado?-comentó Amatista, revolviendo el pelo de Steven y provocando que las cenizas cayeran de él como si de nieve se tratara. Este se limitó a sonreír, suspirando con nerviosismo al recordar sus aventuras.
-Uf, ni te lo imaginas… Ha sido una aventura increíble.
-¡Pues venga, cuenta cuenta!-exclamó Amatista, acompañando a Steven hacia el sofá con ganas de escuchar la historia completa.
-Pues verás… Primero, Obsidiana nos llevó hacia la Inter-dimensión, un lugar que…-empezó a decir Steven, cuando algo reclamó su atención de repente.
Sin mediar palabra, Obsidiana había descendido de la plataforma y había comenzado a caminar por la casa, en dirección a Granate. Esta permaneció firme en el sitio, inalterable mientras la cambiada Gema seguía avanzando hasta llegar junto a ella. Ambas Gemas se miraron cara a cara en silencio durante unos instantes, ninguno de los presentes articulando sonido alguno mientras esperaban a ver qué sucedía a continuación.
Lo que vino a continuación, pero, solo lo vio venir una de las Gemas presentes.
Sonriendo, Granate estiró ambos brazos y atrajo a Obsidiana hacia sí, abrazándola estrechamente y permitiendo que esta apoyara su cabeza contra su hombro. Cerrando los ojos, Obsidiana se dejó abrazar sin protestar ni hacer el gesto de apartar a Granate.
-Bienvenida a casa-dijo Granate. La normalmente impertérrita Gema optó por ignorar las pequeñas gotas que cayeron contra su hombro, optando por reconfortar a la Gema entre sus brazos.
-…ya he...vuelto-dijo Obsidiana, sonando más agradecida y feliz de lo que Granate la había oído nunca, a pesar de las lágrimas. Verdaderamente, ese era el futuro que más le gustaba de todos los que había previsto.
Perla, sonriendo, contempló el tierno momento desde su sitio, satisfecha con la reacción de ambas Gemas. Dentro de ella, se alegraba mucho por Obsidiana, comprendiendo una vez más la conexión que Granate, Steven y Rosa vieron entre ellas dos mucho antes que ninguna de las implicadas. Tal vez nunca llegaran a ser buenas amigas…, pero algo había cambiado entre ellas.
-…no, en serio. ¿Qué demonios ha pasado?-preguntó confundida Amatista, viendo el singular abrazo sin entender nada de nada. Incluso Lapis, quien aún tenía que abrir boca, arqueó una ceja al observar el abrazo.
-Ehm… Es una larga historia-se limitó a decir Steven, sonriendo ante la hermosa escena.
Era largo de explicar. Bien podía esperar otros cinco minutos.
¡TATATACHAN, TACHA! ¡El Stevenbomb ha finalizado por fin!
Fua… Nunca pensé que llegaría este día…
Por fin, finaliza el arco de redención de Obsidiana, habiendo superado por fin su truculento pasado y cortando su conexión con Diamante Azul. Está claro que aún son muchos los desafíos que le aguardan en el futuro, pero por el momento… ella es feliz.
Dejémosla así durante un tiempo, ¿vale? ;)
Espero que os haya gustado mucho, que no creáis que se me ha ido mucho la flapa con todo esto del Stevenbomb (tampoco esperéis otro así a bote pronto), y nos vemos en el próximo capítulo.
Chao, chao.
