Basada en los personajes y la historia de mi fic "Diecisiete". Es recomendable (aunque no imprescindible) leer antes este fic para entender muchas cosas, situarse y conocer los personajes.

Escribí este One Shot tras el enfado e impotencia que me provocaron ver cómo Toei acababa con la vida de Diecisiete de forma vana, inútil, tras haber sido el personaje que mejor ha luchado en el torneo.

No tengo palabras suficientes para expresar mi indignación. Pero escribiendo esto sentí un poco de paz y creo que le doy algo de sentido a su muerte.

:'(


.:: RETAZOS DE UNA METAMORFOSIS ::.

Capítulo V: Sacrificio


Apretaba los dientes. Tenía los músculos agarrotados y sentía que, por primera vez, estaba alcanzando su propio límite, la frontera de su poder inacabable.

Años atrás se había preguntado dónde debía estar aquella linde, su curiosidad mataba por conocer hasta dónde era que él, el poderoso Androide 17, podía llegar. ¿Quién iba a saber que aquel absurdo torneo le iba a servir para hallar la respuesta? Pero su límite se había personificado en el muro que representaba la figura gigantesca de un ser con ojos desprovistos de emoción, cuyo sino en la vida resultaba un fracaso total a los de Diecisiete.

Se concentró en su escudo protector y lo redobló. No había nada más que pudiera hacer contra Jiren. Podría romper la barrera y dejarse matar, sí, esa posibilidad ya la había contemplado. De ese modo Jiren infringiría las normas del torneo y sería descalificado. Pero había algo que le impedía decidirse por esta estrategia y que le perturbaba.

Llevaba vigilando al llamado Daishinkan desde que el torneo comenzó y el androide juraría que el misterioso Gran Sacerdote guardaba algo oculto en mente. No le daba buena espina y, por lo general, Diecisiete tenía buen ojo para percibir la verdad. Hacía demasiados años ya que aprendió a leer las intenciones y las emociones de las personas en sus rostros, en sus ojos, y esto, sumado a su natural agudeza mental, hacía que percibiera al Daishinkan como una amenaza y no como un ser magnánimo. De modo que Diecisiete tenía la corazonada de que, hiciera lo que hiciera, si el resultado incluía su muerte, Jiren sería exculpado por el Daishinkan.

Miró atrás. Aquellos dos estaban tumbados, inmóviles. Resopló. «Menuda raza de guerreros resistentes la de los saiyajin», se mofó, mentalmente. Frunció el ceño aún más y chasqueó la lengua. Las oleadas de poder de Jiren comenzaban a ganar terreno y la primera barrera se rompió.

Fue en aquel preciso instante que los pensamientos atribulados de Diecisiete acerca de las diferentes estrategias y opciones por las que podía inclinarse aún para lograr un buen final en aquel momento tan decisivo, desaparecieron de su mente. Todo carecía de sentido ya y tan sólo una posibilidad le quedaba. Sólo una cosa era la que podía hacer.

Su propia muerte no iba a servir para descalificar a Jiren, lo sabía. Pero si tenía que morir al menos no lo haría en vano. Diecisiete se llevaría por delante todo aquello que pudiera y si podía destrozar medio cuerpo de Jiren, así lo haría.

—Mierda —masculló para sí. A pesar de su resolución, aquellos dos idiotas estaban demasiado cerca y no podrían apartarse. ¿Cuánto tiempo necesitaba un saiyajin para recuperarse?

¡Eso era! Tiempo. Diecisiete no era rival para Jiren, que superaba su límite. Pero podía ganar tiempo para que, sobre los restos que quedaban de aquella pista arruinada, prevaleciera el mayor número posible de guerreros del Universo 7, y podía intentar herir a Jiren lo suficiente como para evitar que, en ese tiempo, se dedicara a atacar a Goku, Vegeta o Freezer, y les sacara de la pista.

Dio un rápido vistazo al pilar que hacía las veces de cuenta atrás y calculó mentalmente. No debían quedar más de cuatro minutos para el final del torneo.

Sonrió para sí. Tan sólo hacía tres noches que le había prometido a Ruby un crucero tras confesarle ella misma que aquel era su deseo para las siguientes vacaciones: un viaje en barco alrededor del mundo. Como siempre, su pequeña chica frágil no dejaba de sorprenderle. La aparición de Son Goku y su ofrecimiento para participar en el torneo se habían convertido para él en la oportunidad perfecta.

Para cualquier otra persona habría sido un sacrilegio malgastar un deseo procedente de objetos tan fabulosos como las Super Dragon Ball pidiendo un estúpido crucero. Pero él, que ya lo tenía todo en la vida, ¿qué otra cosa podía pedir sino algo que ampliara aún más la felicidad de su familia? ¿Qué, sino algo que provocara la sonrisa radiante de su esposa y aquella expresión de incredulidad que tanto disfrutaba él? A fin de cuentas, la mente de Diecisiete era así de sencilla y práctica.

Y había sido gracias a esa mentalidad pragmática suya que, hallándose en aquella encrucijada, había resuelto cuál era el camino que debía tomar.

—¡Son Goku! —bramó por encima del ensordecedor ruido del poder de Jiren—. ¡Deberías darme las gracias por renunciar a mi crucero!

—¡DIECISIETE!

No fue sólo la voz rota de Son Goku la que había oído gritar su nombre; también la de Vegeta, la de Krilin y la de Dieciocho. Todos estaban aterrorizados porque acababan de entender qué era lo que Diecisiete estaba planeando hacer. Les había costado un poco, pero por fin habían comprendido cómo funcionaba su mente.

Con la decisión tomada, Diecisiete sentía ya su propio ser comenzar a desintegrarse en partículas infinitesimales que desprendían un brillo parecido al del polvo estelar. Y llegados a ese punto los pensamientos del androide se redujeron tan sólo a cuatro: Ruby, Blake, Auri y Silvan. Gracias a la humillación psicológica que Diecisiete había ejercido sobre Jiren, su propia mente se había vaciado de toda estrategia. En aquellos últimos segundos lo único que quería ver eran sus rostros.

La siguiente barrera se rompió y Diecisiete sintió más cerca aún el poder descomunal de su adversario.

Sonrió de medio lado, se concentró en su propio núcleo de energía infinita y se relajó por completo, deshaciéndose de pensamientos que pudieran hacerle dudar, excepto de uno, el único que sabía que podía fortalecerle por complicada que fuera la situación: los ojos marrón chocolate que siempre habían actuado sobre él como dos profundos y oscuros abismos.

Si Diecisiete había logrado ser el humano que era ahora se debía, en buena parte, a ella. A Ruby siempre se le había dado bien buscar calidez entre el hielo de los ojos de Diecisiete, y gracias a esa fe ciega que ella siempre había tenido en él era que Diecisiete había logrado convertirse en padre orgulloso de tres hijos. ¿Se sentiría Ruby orgullosa de él o pondría el grito en el cielo si se enterara de la decisión que acababa de tomar?

Y, a pesar de su conformismo, de su valentía y su aparente apatía, Diecisiete no quería cruzar la última línea sin aferrarse a aquello que más amaba en el mundo. A fin de cuentas tener miedo era algo muy propio de los seres humanos y él también era uno de ellos, en parte.

Sintió que la temperatura de su núcleo ascendía hasta el nivel de no-retorno y dirigió una sardónica sonrisa a Jiren, aquel que creía acertado convertirse en lo que siempre había odiado para alcanzar la satisfacción del poder.

«Infeliz», pensó. ¡Qué forma de desperdiciar su propia existencia! Irónicamente el deseo de deshacerse del ayer sepultándolo bajo la obtención de una titánica fuerza sólo le hacía permanecer aún más atado a éste.

Era mucho más justo con uno mismo aceptar el pasado y seguir luchando, mimetizarse entre lo dulce y lo amargo que la vida le iba regalando a uno. Igual que había hecho Diecisiete.

Concentró toda la energía que poseía en todos los puntos de su cuerpo y dejó de ver los inexpresivos ojos de pez de Jiren para abstraerse por completo en los preciosos ojos de Ruby que relucían en su mente como dos ónix. «No te enfades, Ruby», rogó, con una sonrisa torcida.

La luz de su propio poder iluminó su contorno y la última barrera que interfería entre él y el poder de Jiren desapareció, al tiempo que dos escudos verdosos se consolidaban alrededor de los cuerpos, aún yacientes, de Goku y Vegeta.

En el pasado las pruebas de altruismo le habían resultado ridículas. Y ahora, irónicamente, iba a rubricar una vida rebosante de altibajos emocionales, de éxitos y de felicidad mediante una de esas pruebas.

Y lo último que pronunció en el mundo de los vivos fue una reflexión que puso punto y final a una vida llena de felicidad que jamás creyó merecer:

—Sacrificarse por otros también es muy humano.

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11 de febrero de 2018

¡GRACIAS, DIECISIETE!


Dragon Ball © Akira Toriyama