Manual sin instrucciones
Capítulo I
¿No nos hemos conocido?
Te miré a los ojos
Y mi mundo se derrumbó
Eres el diablo disfrazado
Madonna, Beautiful Stranger
Había decidido que cada vez que terminara con la vida de un hermano, además de retribuirlo cuando llegara el momento al finalizar con el bloqueo del vibranium, Erik iba a contribuir con su gente. Sólo eran actos pequeños que le permitieran pasar desapercibido y que no ameritaran mayor uso de artificios más allá que él mismo. Así que compartía un poco sobre una de las cosas que más atesoraba: sus conocimientos sobre las tradiciones africanas. De esta manera, impartía charlas a niños de zonas marginadas para que su memoria no perdiera su origen.
Procuraba ir a Oakland cada vez que su agenda se lo permitía, le servía como brújula para no perderse en medio de tantas muertes, para recordarse que no mataba por asesino, sino que eran sacrificios necesarios. La última vez que había estado allí había sido hacía casi un año; en ese momento estaban por inaugurar un espacio juvenil con áreas de trabajo social, recreación, cultura y deporte, con una clínica para niños y adolescentes justo al lado. Así que había contactado con la encargada cultural para programar un par de conferencias.
Recorrió el vecindario durante un rato. Nació allí y de alguna manera también murió allí el día que le arrebataron a su padre. Tanta pobreza en la comunidad, tanta desigualdad, pero todo se solucionaría una vez que acabara con T'Challa. Con eso en mente llegó al centro juvenil, ya estaban organizados en el anfiteatro y tras la introducción por parte de los encargados, empezó la charla.
"África es nuestra madre, la tierra de la que todo ser humano debería sentirse descendiente. Es el retorno a lo más profundo y verdadero de nuestro ser. Nuestras raíces, la fuente de nuestra existencia. África es el eterno inicio…".
Definitivamente, hoy era uno de esos días en los que no puedes esperar a que se acabe. No sólo era el cansancio de tantas horas de turno continuo, una sala de emergencias colapsada y la carencia de medicamentos, lo que le agobiaba era la sensación de estar dándolo todo y aun así ver que sus esfuerzos no eran suficientes, patrones repitiéndose una y otra vez.
Decidió ser médico por su afán de "querer salvar al mundo", de ayudar a los más necesitados. Al graduarse se apuntó al programa "Más médicos" y estuvo seis meses en varias comunidades de la selva amazónica atendiendo niños. Así que al regresar a casa, empezó la residencia de postgrado en pediatría y, tras conseguir una beca, hizo una subespecialidad en enfermedades tropicales.
Estuvo dos años en "Médicos sin fronteras". Al principio se sentía realizada, estaba en el medio del caos, luchando sin descanso, pero cada día se perdían más y más batallas. Nada provoca más dolor que ver morir a un niño y presenciaba decenas partir día tras día. De nada servían sus títulos universitarios cuando el hambre los mataba, los pequeños no podían responder porque las reservas en su organismo se habían agotado. Sin agua, sin comida, sin condiciones dignas. ¿Por qué nadie hacía nada? Y los políticos, bien, gracias.
Terminó triste y rota, por lo que al volver a su país estuvo un tiempo perdida, no sabía qué más hacer, ¿para qué ayudar si no había cambios? ¿Pero cómo querer cambios sin ayudar? Unos colegas le comentaron sobre una clínica de atención al niño y adolescente, que formaba parte de un multicentro biopsicosocial dirigido a la población juvenil en una de las zonas más pobres de Oakland. Lo vio como un rayito de esperanza, la señal que necesitaba cuando estaba sin rumbo. Trabajaba allí junto con otras personas que también intentaban mejorar el mundo desde su pedacito de tierra.
Era alrededor de mediodía y estaba a punto de terminar su turno de 30 horas, cuando unos gritos se escucharon desde la entrada.
- "¡Muévanse, abran paso!".
- "¡Rápido! ¡Acuéstenlo aquí!", decía una enfermera mientras abría las cortinas de un cubículo.
Vio a la Sra. Noxolo, una de las trabajadoras sociales del centro, en compañía de un hombre que no conocía, quien tenía al pequeño David en brazos, un niño que había acudido en varias oportunidades a la consulta y que hacía menos de un mes había estado en la emergencia con un episodio viral.
- "¿Qué sucedió, Sra. Noxolo?", se acercó rápidamente y preguntó mientras empezaba a medir sus signos vitales.
- "Estábamos en una actividad, doctora. Y de pronto el niño se desmayó".
- "¿Pero era una actividad física? ¿Qué estaban haciendo? ¿David presentó algún otro síntoma?", continuó realizando el examen físico mientras la enfermera buscaba el equipo de primeros auxilios.
- "No, no era deporte. Era una charla que dio el profesor Stevens", dijo mientras señalaba al hombre junto a ella. "David no me dijo que se sintiera mal en la mañana".
- "¿Doctora…?", el sujeto preguntó su nombre mientras la miraba directo a los ojos.
- "Rodríguez. Lexy Rodríguez".
- "Doctora Rodríguez", hizo una pausa sin perder el contacto visual, "el niño estaba sudando y un poco pálido al empezar la charla. Cuando terminamos, se desvaneció".
- "Muy bien, entiendo. Enfermera, vamos a tomar una vía y a colocar hidratación mientras hacemos análisis. Y ustedes, por favor, vayan a la sala de espera. Si puede contactar a la mamá del pequeño se lo agradecería Sra. Noxolo".
Lexy dio una última mirada al sujeto antes de acomodarse los lentes. Una señal de alerta se activó en algún lugar de su mente. Desvió cualquier pensamiento relacionado a él y se centró en lo que estaba haciendo. Después se ocuparía de eso.
Con su experiencia en la armada y en el escuadrón fantasma, estaba familiarizado con el manejo de los médicos en el terreno de guerra. Eran ágiles, con respuesta inmediata, y sobretodo, lo que los diferenciaba de los otros médicos, era su vinculación con todos los miembros del batallón. El otro te tiene que importar como si fuera tu sangre en aras de intentar salvarle la vida a como diera lugar. Había algo en sus ojos, esa manera de mirar como si de verdad les importaras.
Y había algo en ella que le hacía recordar eso. La vio, con sincera preocupación, sin perder el tiempo, sin perder la calma, sin maltratar a los familiares – la mamá había llegado poco rato después, tenía dos trabajos y se culpaba por no haber podido llevarlo a la última cita -. La vio quedándose aun cuando su guardia había terminado para dedicarle atención exclusiva al niño, mientras el doctor del turno entrante manejaba los ingresos nuevos.
Erik había averiguado que la doctora era pediatra, tenía cuatro meses trabajando allí, y básicamente, se había ganado el cariño y respeto de la comunidad por la manera en que los atendía. Tanta amabilidad lo confundía, y si se sumaba lo bonita - esos ojos chocolate llenos de determinación, su piel caramelo, cabello corto que le daba un aire juguetón -, casi parecía ser muy buena para ser verdad.
Cuando la doctora salía a comentarle a la madre la evolución del niño, él sólo la veía y la escuchaba atentamente y ella evitaba mirarlo más allá que un par de segundos. Al principio pensaba que era una coincidencia, pero tras repetirse la escena en varias oportunidades se dio cuenta que continuaba haciéndolo. ¿La pondría nerviosa? Si era así, mejor, el juego se pondría más interesante.
Finalmente vio cómo la doctora se despedía del personal y salía de la clínica. Rápidamente fue tras ella. La escuchó hablando por teléfono, y por los trazos de la conversación dedujo que estaba esperando un taxi, así que tendría que actuar rápido.
- "¿Doctora Rodríguez?", ella giró, tenía aspecto cansado pero sus ojos expresivos lo miraron con cordialidad, y si no se equivocaba, también con un poco de alivio, como si estuviera esperándolo. "No había tenido la oportunidad de presentarme apropiadamente. Erik Stevens", dijo mientas le extendía la mano.
- "Encantada", dijo correspondiendo el gesto. Erik retuvo su mano – pequeña y delicada - un segundo más de lo debido. Se sentía suave. Apostaba que toda ella lo era.
- "Sé que es su trabajo, pero ahí adentro – señaló la clínica -, se ganó mi respeto".
- "¡Gracias! Es sólo… bueno, sí, mi trabajo", le dijo con mezcla de orgullo y sencillez. "La verdad es que usted también, quedándose hasta ahorita sin tener que hacerlo". Se mordió los labios distraídamente, le parecía que había algo travieso en su mirada, y aún con los rastros de cansancio a Erik le pareció provocativa y eso le encendió más el juego.
- "La oración es un ejercicio de pasión, no de indiferencia".
Verás, algunas mujeres querían ser cortejadas, cosa de la que habitualmente pasaba porque no tenía tiempo para esos dramas. Otras querían ser dominadas, lo que se ajustaba más a su gusto, apenas las miraba con malicia y las tenía allí, no tenía que pedir cuando ya le estaban dando, lo cual era práctico pero aburrido. Y luego estaban esas, a las que prefería no encontrar porque no podías etiquetarlas.
Así que se sentía intrigado, quería deslumbrarla con palabras acompañadas por hechos, y cuando ella le regaló esa sonrisa cautivada, supo que había conseguido el pequeño botón de acceso que estaba buscando.
Antes de que pudiera agregar otra cosa, un vehículo se detuvo e hizo señas.
- "Doctora Rodríguez, sé que ya tiene que irse y no quiero quitarle más tiempo, pero ¿sería posible que nos viéramos? ¿Quizá tomar un café?".
En lo referente a mujeres él solía arrasar, tomar lo que quería e irse. Pero no quería joderlo antes de darse el gusto, así que escogió las palabras con cuidado.
Ella buscó en su bolso y le dio una tarjeta con sus datos.
- "Ahorita estoy un poco zombie, pero llámame mañana y nos ponemos de acuerdo, ¿está bien?"
- "Perfecto", dijo mientras le ayudaba con la puerta del taxi, "que pase buenas noches, doc".
- "Lexy, puedes llamarme Lexy".
Erik le sonrió y palmoteó el techo del auto en señal de marcha para el conductor.
Una vez los perdió de vista, emprendió su propio camino. Se suponía que hoy sólo iba a cumplir su cuota puntual de expiación y, sin embargo, ahí estaba. Sabía que estaba en problemas cuando decidió quedarse hasta tarde en una clínica, sólo para intentar impresionar a una chica que recién conocía. No le gustaba aquello. Y por algún motivo – que definitivamente no iba a reconocer -, no podía quitarse esa estúpida sonrisa del rostro.
Notas de Autor:
Primero, ¡quiero agradecerles a todos! tanto los que leyeron el fic, dejaron review, y/o dieron follow/favorite. Significa mucho el poder llegarles y tener feedback con ustedes.
Segundo, y no menos importante, comentarles algunas cosillas:
El personaje de Lexy está basado físicamente en una actriz colombiana, su sonrisa y su mirada son otro nivel, por eso hice tanto hincapié en eso xD Su usuario en instagram es elizabethminotta vayan a verla y me cuentan qué les parece, ¿les agrada cómo se vería junto a Erik? Aún no decido si describirla petiza o más alta, ¿qué me dicen ustedes?
Lo siento si se les hizo un poco tedioso este capítulo, en el sentido que hay más párrafos que diálogos, pero es que quería contextualizar bien de dónde vienen los personajes y "justificar" la atracción, bueno más que todo por parte de Erik, porque tod s sabemos que en cuanto a él lo más facilito es verlo y flecharse de inmediato jajajajaja
El texto que recita Erik en la charla le pertenece a Jean-Bosco Botsho, un duro de la africanidad, y la frase de la oración es de R.C. Sproul.
Por cierto, este fic también lo estoy publicando en inglés. Gracias especiales a BooYouWhore101, quien se preocupó por esto (se me pasó por completo aclararlo antes).
Creo que eso sería todo por los momentos, sus sugerencias son bienvenidas. ¡Nos leemos pronto!
