Notas al final:

Declaimer: Haikyuu no me pertenece. Es propiedad de Furudate y yo hago esto sin fines de lucro porque nadie en su sano juicio me pagaría.

Mil gracias a Zakki por betear esto. Recientemente me odio porque justo cuando terminaste esto yo te envié algo nuevo y...perdón, pero te adoro con todo mi corazón. Y gracias por el apoyo y la paciencia que me diste a lo largo de este capitulo.

Y finalmente: dedico este capitulo a Valentina VC, quien en la pagina siempre tuvo fe de que actualizaría Faded. Aquí lo tienes bonita.


Capítulo 2: ¿Nos sentiste?


Kuroo sonrió ampliamente cuando la figura del enorme castillo, recortada contra la luz del sol que estaba por ocultarse, abarcó todo su campo de visión. Perezosamente se estiró justo cuando su carruaje iba pasando por un bache, cuya erosión había sido causada por un pequeño riachuelo que terminaba en el lago junto al camino del cuervo, y el movimiento hizo que cayera al suelo de madera. Una suave risita proveniente de su acompañante hizo que girara su cabeza hacia él, entre confundido y sorprendido.

—Pensé que estabas dormido.

—Lo estaba.

—Y despiertas justo cuando no soy nada genial, ¿en serio Kenma?

El aludido sólo se encogió de hombros antes de tomar un pergamino que estaba a su lado en el asiento del carruaje. Sin embargo, no pudo hacer nada con esa pieza de papel pues su pluma no se veía por ningún lado.

Removió los objetos a su alrededor, buscándola, y Kuroo levantó una ceja al ver el genuino interés y esfuerzo de Kenma por encontrarla.

—Sobre tu oreja, Gatito.

Kenma bufó ante el comentario y elevó la mano en busca de aquel objeto. Cuando su mano dio con él, simplemente volvió a ignorar a Kuroo y se centró en abrir el anillo que llevaba, en el cual había algo de tinta en gel. Mojó la punta de la pluma distraídamente y luego la dirigió hacia el juego de sudoku que había dejado incompleto antes de quedarse dormido.

El carruaje paró, al parecer habían llegado a las puertas de la Ciudadela del Cuervo. Justo delante de ellos había otro carruaje con un estandarte color verde y blanco. Kuroo lo recordó vagamente, era de una especie de isla al este de Karasuno, Date-algo, según su memoria, aunque honestamente nunca había sido bueno en geografía.

El turno para su carruaje llegó, y sonrió con burla cuando el guardia reconoció su escudo de armas. Sin embargo, la burla también subió a sus ojos en cuanto el pobre asalariado vio a su mascota, la cual viajaba en un carruaje detrás del suyo. Le daba mucha curiosidad si le pondrían peros para acceder al Nido del Cuervo. Pero el soldado resultó ser más inteligente y, respetando los acuerdos entre Nekoma y Kasaruno, lo dejó pasar, no sin antes darle otra mirada asustada. Kuroo le volvió a sonreír, esta vez con más empatía y se recordó asegurarse de intervenir por el soldado en caso de que quisieran despedirlo por haber dejado pasar a su lindo gatito.

No fue un trayecto muy largo para llegar a la puerta principal del castillo, las calles estaban cerradas y el tráfico era mínimo. Así que cuando bajó del carruaje y ayudó a Kenma a hacer lo mismo, no le sorprendió en lo más mínimo escuchar las trompetas que entonaban la melodía designada a algún miembro de la realeza. A estas alturas de su vida, era un conjunto de notas fácil de ignorar.

Observó la entrada del castillo, encontrándose con otros carruajes a su alrededor, al parecer llegaban justo a tiempo para la fiesta de bienvenida en honor al nuevo consorte real.

Si su memoria no lo traicionaba, su nombre era Hinata; él y Kenma se habían conocido hace años por casualidad, cuando ambos nobles se habían encontrado por accidente en las fronteras entre Nekoma y Karasuno.

Como ambos territorios tenían una relación de suma cordialidad, la frontera entre un territorio y otro no contaba con mucha vigilancia, así que cuando ambos se encontraron no hubo ningún tipo de hostilidad. En ese entonces Hinata aún no era considerado como consorte real y Kenma disfrutaba de una vida sin responsabilidades en la corte. Ambos congeniaron tan bien que a pesar de que semanas después cada uno regreso a su hogar, las cartas se hicieron constantes y la comunicación nunca cesó.

Ahora, con un Kenma "innecesario" en Nekoma, debido a que él y Kuroo se habían negado a casarse, el maestre Nekomata no había dudado en ingeniárselas para que su pupilo, protegido del rey y mejor amigo del mismo, se labrara un nuevo destino en Karasuno como acompañante de Hinata.

Kuroo lo extrañaría, después de todo eran casi hermanos. Habían crecido juntos, lo conocía como la palma de su mano. No obstante, entendía que el distanciamiento era necesario. El rumor de que eran amantes necesitaba ser acallado, y eso jamás sucedería si seguían viviendo juntos en el palacio. Además, Tetsurou tenía que contraer matrimonio más pronto que tarde, y tener a Kozume a su lado todo el tiempo sólo estaba ocasionándole problemas a él, y trayendo amenazas de muerte para el otro.

—Tetsurou, otra vez te quedaste mirando a la nada.

Kuroo sonrió, mostrando todos los dientes y dándole una mirada altanera a su amigo. Se encogió de hombros y caminó hacia la puerta del Nido del Cuervo, consciente de que sólo le quedaban unos pocos minutos de luz antes de que la luna lo acaparara todo. Kenma lo siguió después de soltar un suspiro.

—¡Su majestad!

Un guardia los esperaba, engalanado con su mejor armadura y parado con su postura más regia.

—¿Dónde está Shouyou? —preguntó Kenma en voz baja, esperando que Kuroo repitiera su pregunta con un volumen más alto y entendible. Sin embargo, el guardia había logrado escucharlo y le contestó con ganas, totalmente ajeno a la dinámica de 'yo-digo-tú-repites' que había entre Tetsurou y Kozume.

—En su habitación, alistándose para bajar al baile. Aparecerá en cualquier momento acompañado de su majestad Sugawara.

Kuroo asintió, poniendo su mano en la espalda de su mejor amigo y empujando hacia adelante para que avanzara. Kenma hizo ademán de dirigirse hacia las escaleras, probablemente en busca del cuarto de Shouyou, pero ahora Tetsurou lo detuvo, dándole una mirada divertida antes de comentarle un:

—Te perderás. Y aunque me gustaría guiarte, hace tiempo que no he estado aquí. Mejor espéralo como todos los mortales y vayamos a la sala del trono.

Kenma lo dudó un poco antes de asentir y seguir a Kuroo hacia la sala mencionada.

La sala del trono de Nekoma no tenía nada que envidiarle a la de Karasuno. Ambas eran grandes, ostentosas y llenas de cuadros que contaban la turbulenta historia del reino en los últimos cien años.

Sin embargo, en aquella ocasión, y por primera vez en todas las visitas que Kuroo había hecho a ese castillo, vio algo (o mejor dicho a alguien) ahí que lo dejó sin aliento. Alguien a quien definitivamente jamás encontraría en Nekoma.

Rubio, alto, de piel clara y ojos de oro líquido escondidos detrás de unas gafas de montura negra. Ataviado en un largo kimono beige que retrataba el amanecer en las montañas de Karasuno, un lazo rojo en la cintura para mantenerlo todo en su lugar, el cual combinaba con los collares carmesí alrededor de su cuello y hombros que lo señalaban como un miembro de la realeza; las tradicionales getas de madera y los tabi, y para finalizar ese vestuario que le quedaba como un guante, llevaba un montsuki (1) verde e índigo, adornado con el bordado de un pavo real en ambas mangas.

Tetsurou no reconoció ningún escudo de armas en su ropa, así que no pudo descifrar de dónde era ese extraño que se le hacía tan familiar. Pero a quien sí reconoció fue a la bella chica con la que estaba hablando, la heredera a la casa del agua sino mal recordaba. Shizume o Shimizu. No sabía decir muy bien cuál era su nombre, a pesar de que el maestre Nekomata la había sugerido como una excelente candidata para ser su prometida.

Quiso acercarse, saludarlo y averiguar por qué sentía tanta fascinación por su persona, pero no quería cohibirlo, prefería esperar para hablar con él cuando nadie observara que el Rey de Nekoma había puesto su atención en un muchachito que probablemente sería de una casa con cuna inferior...

—¿Por qué observas tanto a Tsukishima? —preguntó Kenma con su voz de no me importa nada, pero Kuroo adivinó que realmente tenía curiosidad.

O al menos eso hizo después de que la sorpresa hubo desaparecido de su rostro.

—¿Es Tsukishima? ¿Tsukishima Kei? ¿Cómo puedes saberlo?

—Pues por...

Todas las conversaciones que se habían estado manteniendo se vieron abruptamente interrumpidas cuando una trompeta tocó un solo de notas, anunciando la entrada de los soberanos de Karasuno, seguidos por Kageyama y al final Hinata.

En cuanto Kenma lo vio supo que estaba inestable, pues sus mejillas estaban coloreadas de rojo y sus ojos se veían cristalinos, pero no por la emoción, más bien como si estuviera aguantando las ganas de llorar.

Enseguida quiso acercarse a él y preguntarle por qué estaba así, pero por muy indiferente que le fueran los asuntos de protocolo y ceremonial, entendía que antes de poder acercarse a su amigo tendría que esperar a que el baile comenzara oficialmente y Hinata se viera libre de aquello con lo que tenía que cumplir.

—Bienvenidos a Karasuno —habló Daichi con voz potente, haciéndose escuchar por todos—. Hoy estamos reunidos para celebrar la llegada de Hinata Shouyou, segundo de su nombre y descendiente de la Casa del Sol, a nuestra corte y anunciar de manera oficial su futuro matrimonio con Tobio, primero de su nombre, protector del reino y descendiente de la casa del Cuervo, nuestro príncipe heredero al trono.

Suga dio un paso al frente para posicionarse a la par de su amado y continuó con el discurso.

—Les deseamos a ambos la más infinita de las felicidades, la boda está planeada para dentro de unas pocas semanas pero antes de cualquier cosa, invitamos a ambos a que pasen al centro de la pista y nos deleiten con su primer baile.

Tobio asintió solemne y se acercó a Hinata. Se sentía terrible por la manera en la que le había hablado un par de horas atrás, y estaba seguro de que aprovecharía ese baile para disculparse y hacer las paces, pues quería empezar su relación con Hinata de la mejor forma posible.

—¿M-me p-per-permites este baile? —preguntó nervioso, tartamudeando y con miedo a recibir una negativa que no llegó mientras extendía la mano en gesto galante hacia el más bajo.

Hinata sintió como su corazón se aceleraba, asintiendo y extendiendo una mano para ponerla sobre la de Tobio. Ya se habían tocado antes, pero volvió a sentir como la piel se le erizaba y cosquilleaba ahí donde había contacto.

La música comenzó en cuanto ambos se posicionaron al centro del salón del Trono. Suaves acordes, melodiosos rasgueos a las cuerdas, y el piano acompañando cada paso. Ambos eran torpes, y no porque no hubieran contado con alguna clase antes. Más bien el nerviosismo de la importancia de ese momento los traicionó. Pero esta vez, cuando Hinata fue pisado, o cuando Kageyama recibió un codazo en las costillas entre el movimiento de una vuelta, ambos rieron, dándose cuenta del penoso espectáculo que estaban dando, pero que no podía importarles menos.

Se sintieron conectados, seguros y confiados.

Dicen que te puedes enamorar de alguien si lo ves a los ojos por unos pocos segundos... Bueno, ellos no dejaron de mirarse en los dos minutos que duró la canción.


...•••...


Después del baile la cena fue servida y todos fueron sentados en los lugares designados, a él, como rey de Nekoma le tocó entre los lugares principales y se sorprendió muchísimo de ver que Tsukishima ocupaba el lugar a la izquierda de Kageyama. Ése era, sin duda, el lugar designado para la (futura) mano del rey. De verdad ¿de cuánto se había perdido en los años que no había viajado hacia ese país?

Interrumpió sus pensamientos para poner atención al brindis en favor del compromiso. Toda clase de buenos deseos se escucharon, pero Kuroo se preguntó cuántas de todas esas palabras serían realmente verdaderas. Casarse sí que era problemático.

La cena comenzó, contando de un banquete de 21 platillos, 12 tipos de vino y más de 30 variables de postre. Pronto las conversaciones volvieron a inundar la habitación.

Kuroo levantó la vista de su plato una vez que se hubo servido una buena porción de la trucha envuelta en tocino, con una ensalada de nabiza, hinojo rojo y hierba dulce, guisantes con cebolla y pan recién hecho. En su copa, un vino especiado ya había sido servido por orden de Daichi, y cuando lo probó, supo que tenía que agradecer el detalle.

—¿De las mejores cosechas?

—De mi reserva personal —explicó el rey de los cuervos.

Kuroo asintió y volvió a su tarea de comer, deleitándose con una buena cena después del largo viaje que habían enfrentado. En cierto momento levantó la vista y se encontró con el séquito entero de Hinata no muy lejos de él. Normalmente algo así no le llamaría la atención en lo más mínimo, pero ahora Kenma estaría con ellos, los vería día a día y le daba curiosidad saber con qué tipo de gente se encontraría ahí, en la corte de Karasuno.

Sugawara, como siempre, captó su mirada y localizó a los chicos que habían llamado la atención del de Nekoma. No tuvo que preguntar para saber lo que a Kuroo y su ceño fruncido le preocupaba.

—Él estará bien —murmuró en voz baja, apenas lo suficientemente fuerte pasa hacerse escuchar sobre el ruido de las conversaciones—. Además de Kenma, Hinata también invitó a Aone Takanobu, es el segundo en la línea sucesora de la casa de Date. La cual está en una isla al este de Karasuno, son buenos amigos según lo que sé, aunque justamente su historia es la única que nadie ha sabido contarme. A su lado, el pecoso de cabello castaño se llama Yamaguchi Tadashi. Fue la persona de compañía que la Corona eligió, pero no te preocupes, es una persona muy decente y amigable.

Kuroo asintió, aún con ganas de conocer a ambos chicos por sí mismo, pero tampoco se atrevió a desairar las amables palabras de Sugawara.

Daichi los escuchó hablar y decidió intervenir con un tema al que le tenía especial interés.

—¿Y tú, Kuroo? ¿Para cuándo? —la informalidad entre los soberanos estaba fuera de todo protocolo, pero todos se conocían desde niños, así que era difícil dirigirse al otro con palabras frías y educadas, sobre todo cuando estaban a media cena—. Aún no he escuchado que hayas elegido a alguna afortunada o afortunado.

—Creo que las negociaciones de mi compromiso están por finalizar —comentó como si nada, pues a él no le emocionaba en lo absoluto—; es una chica de Aoba Jousai, fértil según las palabras de Oikawa.

—¿Qué? —preguntaron Sugawara y Daichi al mismo tiempo, ambos estuvieron a punto de escupir el vino y el pedazo de ternera que habían tenido en la boca respectivamente.

Kuroo los observó con una ceja alzada y enseguida se puso a la defensiva, por si lo cuervos decidían sacar las garras.

—Ofrecen un buen trato, la chica que me dará descendencia y un suministro de por vida de aquellos productos que no se dan en Nekoma con los fríos del invierno —les repitió lo que él se había dicho una y otra vez hasta que se convenció de que aquello era lo correcto para su nación—. Lo único que piden a cambio es que acepte al nuevo soberano de Fukurodani ahora que Akaashi murió.

Agachó su cabeza, aún afligido por la noticia que le había llegado poco antes de que él y Kenma iniciaran su viaje a Karasuno. Y en ese momento se dio cuenta de que no había visto a Bokuto por ningún lado. Estaba a punto de preguntar por su paradero, pero Daichi se le adelantó.

—Me temo que has sido engañado, Kuroo. Akaashi está vivo y recuperándose.

Tetsurou abrió los ojos, comenzando a enojarse al sentirse el blanco de una broma de muy mal gusto. Sin embargo, Sugawara habló con su voz dulce y supo que ambos estaban contándole la verdad.

—Él está aquí en la enfermería, y estoy seguro de que estará encantado de verte.

—¿Bokuto está con él?

Ambos soberanos negaron y compartieron una mirada de preocupación antes de añadir:

—No, pero él tendrá que explicarte sus razones.

Kuroo pensó que aquello era demasiado para digerir en una sola noche; su reencuentro con Tsukishima —a quien no había perdido de su rango de visión en todo ese tiempo, notando que ya llevaba dos rebanadas de un pastel de fresa—, su preocupación por Kenma y el nuevo grupo de personas con las que conviviría día a día hasta que alguien robara su corazón y lo llevara al altar... Akaashi vivo y el engaño de Oikawa. Y lo que realmente más le preocupaba, que Bokuto se hubiera negado a brindarle su compañía.

—Esto es demasiado para una mesa con más de mil invitados. Hay que hablarlo en privado —urgió, comenzando a levantarse de su asiento.

No obstante, Sugawara negó con la cabeza y Daichi puso una mano en su hombro para detenerlo.

—Hoy no es el día. Me atrevo a decir que todo lo que te acabamos de contar aún puede esperar a mañana. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es disfrutar del evento.

El soberano de Nekoma tuvo ganas de refutar, pero después de una corta reflexión, asintió.

—Sea.


...•••...


— ¡Hey hey hey Kuroo!

En cuanto el aludido escuchó ese familiar cacareo dejó escapar su mejor sonrisa gatuna.

Unos fuertes brazos lo estrecharon desde la espalda y él apenas pudo voltearse para corresponder el abrazo con la misma fuerza.

Para ser honestos, había esperado encontrarse a Bokuto pegado a Akaashi como una lapa. O en su estado deprimido, gimoteando y lloriqueando, justo como había quedado cuando Akaashi lo dejó años atrás para irse a casar con un desconocido porque era su deber.

Sin embargo, resplandecía más que el sol; si eras una persona amargada o muy pasiva, el simple hecho de verlo podría hasta cegarte.

—Bro, no esperaba verte aquí.

—¿Qué? ¡Hey hey y perderme la visita de mi mejor amigo! ¡Imposible! ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Probablemente hasta la boda, o hasta la coronación, aún no estoy seguro.

A Kuroo le dolieron las mejillas de sólo ver como la sonrisa de Bokuto se hacía más grande. Aunque en el fondo se aliviaba de que su amigo siguiera con los ánimos tan altos, él lo conocía mejor que nadie y podía ver en sus ojos la profunda tristeza que cargaba.

Volteó a ver a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera lo suficientemente cerca para poder escucharlos, luego puso su mano en el hombro de Bokuto y le dio un fuerte apretón de apoyo.

—Tarde o temprano te recordará, Bro.

La sonrisa de Bokuto vaciló por una fracción de segundo, lo suficiente para que Tetsurou lo notara.

—No quiero que lo haga. Está mejor sin mí —la mirada de incredulidad de Kuroo no fue sorpresa para Bokuto—. No me mal intérpretes, aún lo amo y todo pero, ¿ya te contaron la historia?

—No, Daichi dijo que era mejor que tú lo hicieras.

—Una carga pesada, considerando que en mi criterio influyen mis sentimientos.

—Confío en tus palabras, Bro.

La sonrisa de Bokuto adquirió tintes amargos, y Kuroo se preparó para la peor de las noticias.

—Hace meses cayó del caballo, se dio un fuerte golpe en la cabeza y gracias a todos los dioses sólo fue eso. Pero perdió la memoria. Aunque seguramente eso ya lo sabes. Aún no sabemos a dónde se remonta su último recuerdo —Bokuto hizo una mueca antes de continuar, inhalando aire y controlando su vos—, pero hoy, en cuanto despertó...

Su tono tembló en la última sílaba y Kuroo le dio una mirada empática al mismo tiempo que palmeaba suavemente su hombro, animándolo a que se tomara su tiempo antes de continuar.

—Tranquilo Bokuto, si no quieres hablar de ello...

—¡Lo primero que dijo fue mi nombre! Y aunque estaba semiinconsciente lo dijo con un sentimiento que pensé que ya no existía en él... Y no pude —Bokuto elevó una mano hasta su ojo y talló con fuerza, aspirando aire mientras sentía como su rostro se enrojecía—. ¡Salí corriendo como un cobarde! Pero es que, bro, si vuelvo a caer por él, si vuelvo a entregarle todo... Ya nos separaron una vez, al final este juego de política siempre gana y... no puedo, no podré soportarlo de nuevo.

—Calma, calma ¿y si esta vez es diferente? Ya sabes ese viejo dicho Kou, en la guerra y el amor todo se vale.

Bokuto asintió y esbozó una media sonrisa, pero la felicidad no llegó a sus ojos. Y aunque parecía que quería lucir feliz, lo que dijo a continuación, con los ojos enrojecidos y la voz un poco ronca, contrastaba completamente con la imagen que ofrecía.

—Rezo para que llegue el día en el que ya no lamente haberlo amado.


...•••...


—¡Tsukki!

Tsukishima se tensó al escuchar el sobrenombre tan familiar, sólo una persona lo llamaba así, y llevaba toda la noche evitando a esa persona en específico. Sin embargo ahora, entre un pilar a su derecha y los Reyes regentes de Karasuno —¡sus Reyes!— a la izquierda, se encontró totalmente acorralado, y en el fondo se preguntó desde cuándo Yamaguchi había aprendido a acorralar personas.

—Tadashi —respondió a modo de saludo.

El silencio se instaló entre ellos y poco a poco la tímida sonrisa en la pecosa cara del más bajo fue menguando hasta finalmente desaparecer. Tsukishima se fue sintiendo más y más pesado conforme los segundos pasaban; la tensión en el aire podría cortarse con un cuchillo, y no mejoró cuando Yamaguchi rompió el silencio con una simple pregunta.

—¿Aún no quieres hablar conmigo?

—¿Aún no me dirás dónde se esconde Akiteru con su asquerosa zorra?

Tadashi hizo una mueca y Kei rechinó los dientes. Ninguno estaba dispuesto a ceder.

Suga los observaba a la distancia, listo para intervenir si era necesario. Los ojos de Tsukishima reflejaban el fuego de una traición que nadie había logrado apagar.

—Tsukki —comenzó Yamaguchi con voz suave y conciliadora—, ¡sabes que no puedo! Pero Tsukki, no podemos seguir así, eres mi mejor amigo y...

—Y seguirás escondiéndome a mi hermano y la criminal de estado que es su amante — escupió con veneno el más alto, olvidándose por un momento del lugar en donde estaba. El rostro herido de Tadashi hizo que controlara un poco más sus siguientes palabras, pero no por eso fueron menos hirientes—. Como tú eres libre, parece que te importa poco las consecuencias que las acciones de Akiteru trajeron.

—¡No es así! ¡El Círculo de la Luna te necesita!

Tsukishima ya se había dado la vuelta para irse sin mirar atrás, pero las palabras de Yamaguchi lograron llamar su atención una vez más.

—¿Y tú crees que yo quiero estar aquí? ¿Dedicarle mi vida a un reino que no ha hecho nada más que despojarme de lo que me importa? —siseó, cuidando que ni Suga ni Daichi pudieran escucharlo.

Yamaguchi abrió los ojos sorprendido y retrocedió, dándose cuenta de que su idea de buscar a Tsukishima para aclarar las cosas había sido muy mala, sobre todo en un lugar lleno de gente. Si alguien había escuchado lo que su mejor amigo de la infancia acababa de decir... Podrían acusarlo de traición.

Yamaguchi clavó su mirada en el suelo, sopesando sus opciones.

Le dolía la distancia que ahora reinaba entre ellos, quienes habían sido mejores amigos por tantos años. Habían crecido juntos, con los mismos juguetes, los mismos maestros. Las mismas excursiones de caza. Cuando eran niños y el crudo invierno caía sobre el país incluso habían compartido cama.

El palacio de la Luna, también conocido como La Morada del Invierno, era un lugar amplio y luminoso. La mayoría de sus paredes eran amplios ventanales y casi todas las habitaciones estaban pintadas de blanco con detalles dorados. Era la viva imagen de la elegancia y de la sencillez.

Él había pensado, ilusamente, que pasaría toda su vida ahí bajo el cuidado de Tsukishima. Que sus padres los casarían y que viviría feliz siendo un buen compañero mientras Kei ocupaba el cargo de consejero que le correspondía por ser el segundo en la línea de sucesión.

Sin embargo, todo eso había cambiado cuando Akiteru Tsukishima renunció a sus derechos de cuna para escaparse con Tanaka Saeko, quien estaba en La Morada del Invierno como aprendiz de ama de llaves.

Además de su baja estirpe, su falta de fortuna y dote, y la notoria infertilidad en su sangre, Akiteru ya estaba comprometido con una joven noble de Shiratorizawa. Pero a ambos les importó poco y escaparon de las frías tierras del Círculo de la Luna, y sólo Yamaguchi, quien casi había hecho recapacitar a Akiteru antes del Gran Escape, sabe dónde estaban.

Tsukishima sabía que Yamaguchi sabe.

Y jamás le perdonará que ya lleve más de nueve meses sin decírselo.

Pero lo que Tsukishima no sabía, era que antes de partir, cuando Yamaguchi estaba persuadiéndolo de que no lo hiciera, Akiteru se sinceró con Tadashi, abriéndole su corazón y explicándole con lágrimas en los ojos por qué hacía lo que hacía, por qué dejaba todo atrás por amor. También le dijo a donde irían, haciéndole prometer que sólo se lo contaría a Kei si su vida estaba en verdadero riesgo, porque ahí encontraría un refugio seguro.

Yamaguchi aceptó, y nunca en su vida había estado más dispuesto a guardar una promesa como la que hizo aquella noche en los jardines del Palacio de la Luna.

Sin embargo, la repentina fuga de Akiteru dejó un gran vacío en el débil corazón de su madre. Tsukishima sabía que ella apenas tenía la fortaleza necesaria para vivir como una viuda con dos hijos aún en plena juventud, así que cuando ocurrió la partida de su hermano mayor la mandó a la cama, para fallecer poco después por el corazón roto; Tsukishima se llenó de una furia y un rencor que, aunque había aprendido a controlarla y a ocultar con el tiempo, aún seguía ahí, germinándose poco a poco.

Semanas después del funeral de la cabecilla de la Cada de la Luna, todo el peso de gobernar un estado recayó en los jóvenes e inexpertos hombros de Kei, quien se vio invitado a la corte para formarse como un buen soberano, y al mismo tiempo para tenerlo vigilado e instruirlo con lealtad hacia Karasuno y hacia el próximo heredero al trono, Kageyama.

Pero hay que recalcar que sus talentos y su inteligencia sorprendieron a todos, quienes sólo lo consideraban como un niño promedio que en el futuro haría de un jefe de casa promedio; así que Daichi y Sugawara cambiaron de opinión, el Círculo de la Luna podría esperar, lo que el reino necesitaba ahora era una buena mano del Rey que aconsejara con sabiduría a Kageyama y que le hiciera frente cuando tomara una decisión sin sopesar las consecuencias, que no tuviera miedo, y Tsukishima parecía ser el candidato perfecto.

O al menos eso era lo que le habían contado a Yamaguchi. Él ignoraba completamente que Tsukishima no estaba feliz ahí, que sus clases y su inteligencia le servían de poco pues Kageyama, a pesar de ser un idiota, realmente quería a su reino y siempre pensaba en los pros y los contras de las decisiones que tomaba, y tampoco le interesaba gobernar el Círculo de la Luna con sus frías tierras cubiertas de nieve la mayor parte del año.

Que la única razón por la que quería encontrar a Akiteru era para recuperar a su hermano, para volver a ponerlo en la silla principal del Palacio de la Luna y que quien se pudiera ir fuera él.

Tsukishima sólo quería ser libre, anhelaba la libertad de salir en la noche, cubierto de capas y capas de ropa a observar la luna que siempre se veía tan grande desde el territorio que ahora le pertenecía, también anhelaba el frío viento cortándole el rostro mientras cabalgaba a las orillas de los acantilados que daban al mar de hielo. Extrañaba no tener que preocuparse de si alguien amenazaría con matarlo porque realmente lo único de valor que tenía eran las tierras que le correspondían por ser de alta cuna. Ahora tenía un catavenenos como todo el mundo, y ya había visto morir a dos.

Pero él no era Akiteru, y sabía que en su interior jamás encontraría el valor suficiente para huir y dejarlo todo atrás.

Tsukishima se había ido del salón en el que la fiesta estaba teniendo lugar y Yamaguchi se quedó con la mirada clavada en el piso, mordiéndose los labios y calmando su respiración antes de volver a su lugar junto a Hinata, quien lo miraba sonriente y sonrojado después de su último baile con Kageyama.

Fue en ese momento que Yamaguchi entendió porque Hinata era el sol, que lo llenaba con su calidez, dándole esperanza, y Tsukishima era la luna en una isla, fría y solitaria.


...•••...


Sugawara observó la gran mesa al centro de la sala de guerra con el mapa ricamente detallado pintado sobre la superficie. Se acercó a él y con sus largos y pálidos dedos delineó las fronteras de Karasuno, recordando vagamente como antes lo que ahora era la Tierra del Sol habían sido de Aoba Jousai, y como las tierras que ahora pertenecían a Shimizu y a la Casa del Agua, antes habían sido de Shiratorizawa. Ahora Karasuno era el reino más grande de las cuatro naciones en el continente Reah, y aunque antes no había sido así, a su mente llegó el recuerdo de sus clases de historia, explicando la historia que les dolía a los cuatro reinos.

Cuando el Rey de Shiratorizawa se enteró de la traición de su esposa, una profunda tristeza se instaló en su vida.

La amaba tanto que le fue imposible condenarla por traición.

El rey de Aoba intentó disuadirlo de hacer lo contrario, pues acababa de quedar humillado ante las cuatro naciones, y su esposa ya no era digna de él ni de la Corona. Sin embargo, el amor y la tristeza estaban comenzando a enloquecerlo y lo primero que hizo fue declarar a su amigo, a su padrino de bodas, al mismísimo rey de Los Caballeros de Aoba Jousai como enemigo público de Shiratorizawa. Y en su locura, en su desesperación por hacer a su esposa feliz, el rey de las Águilas usó todos sus recursos para matar a la prometida del rey de Nekoma. No lo hizo él mismo, y dicen que la pobre murió rápido, pero ese acto, el haber quitado esa vida puso todos los tratados y alianzas en proceso.

El rey de Nekoma estaba devastado, pues su corazón latía por aquella doncella que ahora dormía por toda la eternidad bajo tierra. Acudió a Karasuno en busca de apoyo para condenar al rey de Shiratorizawa, o para condenar a la reina. Ojo por ojo, diente por diente. Karasuno, siguiendo un principio de no intervención declinó la oferta y le aconsejó que lo mejor sería superarlo y llegar a un acuerdo. Que Shiratorizawa pagara una indemnización.

Pero cuando estás enamorado, y sobre todo cuando tu corazón ha sido roto, no hay nada que pueda fungir como un bálsamo, nada más que la venganza.

Ahora el rey de Shiratorizawa estaba en desventaja; enfermo de amor y locura, enemistado con Nekoma y Aoba Jousai, y sin el apoyo de Karasuno.

Los feminicidios no tardaron en comenzar, mujer tras mujer cayendo a manos de ejércitos. Niñas, monjas, campesinas y hasta nobles. El continente Reah apestaba a muerte, carne podrida y sangre derramada. Los tres ingredientes principales para una plaga.

Se le conoció como la Plaga del Castigo.

Un fuerte golpe sacó a Suga de sus pensamientos, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal de arriba a abajo. Tenía un mal presentimiento, y si algo había aprendido muy bien en los años que llevaba en la corte, era que siempre debía hacerles caso a sus presentimientos.

Se acercó a la puerta, queriendo pensar que Daichi seguramente se había tropezado en su camino hacia ahí, hasta que escuchó pasos que pretendían ser sigilosos corriendo frente a la habitación donde se encontraba y susurros en los que apenas escuchó retazos de «...rápido...», «...enfermería en...», «...matarlo rápido...».

Tenía que soy honesto, escuchó la palabra matar porque en el fondo, la estaba esperando.

Elevó sus manos hasta su boca y logró acallar la exclamación de sorpresa y rabia que lo hubieran delatado.

Se escuchaban al menos dos personas, incluso tres, y sabía que solo jamás podría con ellos. Sobre todo, porque su arma eran las dagas y por el momento sólo cargaba una con él. No puedes matar a tres personas con sólo una daga.

Sin embargo, el tiempo era escaso y él tenía que tomar una decisión. No le tomó mucho hacerlo.

Con rapidez tomó una de las espadas que estaban en los estantes de la sala de guerra y abrió la puerta. Sus pasos hacia la enfermería fueron tan rápidos como sus piernas se lo permitieron y cuando estaba a dos pasillos de por fin llegar, escuchó el choque de espadas que estaba teniendo lugar.

Un sentimiento tanto de alivio como de nerviosismo se instaló en su pecho. Definitivamente no estaría solo defendiendo a Akaashi, quien claramente era el blanco de aquel ataque suicida; pero ahora la vida de alguien más estaba involucrada y él sólo esperaba que no fuera la de Bokuto.

Dobló una vez más hacia la derecha, con el corazón martillándole en los oídos y las palmas de las manos sudorosas, como si acabara de meterlas en unos guantes de cuero en pleno verano, pero aun así, él sabía que la espada no resbalaría de sus dedos.

A quien encontró peleando fue a Konoha, que apenas podía mantener a raya a los tres infiltrados. No dudó en sostener la espada con su mano izquierda para poder sacar su daga con la derecha y lanzarla sin vacilación hacia uno de los atacantes. No falló, Sugawara rara vez fallaba y era casi imposible que lo hiciera en esa situación.

La dura y afilada punta de metal se encajó en cuello del desafortunado que la recibió, haciéndolo caer al suelo, muerto sin lugar a dudas.

Konoha suspiró, aprovechando la conmoción de la muerte que Suga había logrado para encajarle su espada en la rodilla al infeliz de su derecha, tumbándolo en el proceso.

Suga se acercó corriendo a él, justo a tiempo para detener con su propia espada un golpe que podría haber sido letal para el de Fukurodani. Justo a la cabeza de Akiniri. Sin embargo, aquel traidor era más diestro en la espada que Koushi, y con unos pocos movimientos logró desarmarlo y hacerlo caer antes de darse la vuelta y entrar, por fin, a la enfermería. Konoha se levantó a toda prisa mientras Sugawara se arrastraba hacia el sujeto que el comandante de Fukurodani había herido. Sabía que no le ganaría al espadachín que lo había derribado, así que lo menos que podía hacer era asegurarse de que el que ya había caído se quedara en el suelo para que pudieran arrestarlo e interrogarlo más tarde.

La enfermería estaba casi vacía, el maestre Takeda probablemente estaría en los brazos de Morfeo, disfrutando del sueño después de haber salvado una vida.

Konoha divisó la silueta de aquel bastardo a pocos pasos de la única cama ocupada y, movido tanto por la adrenalina como por saberse completamente desarmado, sus piernas le permitieron llegar justo a tiempo para empujar por el costado al infeliz que estaba por matar a su soberano, pero la espada ya iba bajando y por el movimiento terminó siendo encajada en su espalda. No sin antes profesarle un corte en la mejilla derecha a Akaashi, quien despertó por la conmoción y el ardor de la piel rasgada.

Se sentía mareado, con la vista borrosa y el cuerpo sumamente pesado.

Recordaba haber despertado antes con el corazón latiéndole a mil por hora, asustado, sin saber dónde se encontraba. De sus labios salían sonidos que su mente no alcanzaba a comprender, pero en cuanto vio al maestre Takeda se tranquilizó un poco, al menos hasta que sintió el dolor punzante de la herida abierta en su costado.

El sanador lo hizo beber leche de amapola para que volviera a dormir y ahora que despertaba se sentía peor, pero sabía que era por el efecto de la leche y porque había despertado antes de que el efecto pasara.

Frente a él tenía a dos figuras batiéndose en el suelo, ambos luchando por el control de una espada. Podía ver el rojo de la sangre, y peor aún, podía olerla. Pero no podía decir si era de él o de quienes luchaban a pocos metros de la cama en la que estaba.

Vio a alguien más entrar a la habitación con pasos sigilosos e intentó enfocar su vista en esa figura tan familiar, pero de pronto todo lo que abarcó su campo de visión fue la sombra de un cuerpo. Era alto y atlético, tenía el pecho ancho y en su armadura apenas pudo divisar el emblema de un armadillo en un campo con ¿claveles?

El movimiento de una espada manchada de sangre frente a su cara hizo que su mente finalmente se pusiera alerta, pero su cuerpo seguía bajo los efectos de la amapola y así como no podía sentir el dolor de la herida sobre su abdomen, tampoco podía sentir las piernas o los brazos, y mucho menos moverlos.

Entonces lo único que pudo pensar mientras veía aquella mortífera espada de metal manchada de rojo ceñirse sobre él, fue que al menos no le dolería.

No obstante, cuando sintió la sangre salpicarle la cara, se preguntó cuánto tardaría en morir. Ya tenía los ojos cerrados, y el cuerpo relajado, pero seguía ahí, por muy drogado que estuviera.

Y cuando te mueres, eres consciente de ello ¿no?

O mejor dicho, dejas de ser consciente de todo.

Abrió los ojos justo en el momento en que una gran y áspera mano se posicionaba en su mejilla para limpiar el hilo de sangre que brotaba del único corte que habían logrado hacerle.

Frente a él había un ángel, de ojos color ámbar con motitas color café aquí y allá en el iris. Sus pestañas eran espesas y largas, de un bonito color gris, el mismo de sus cejas y su cabello, o al menos la mitad de éste.

—¿Kou? —preguntó confundido.

El hombre frente a él era la viva imagen de Koutarou, pero éste se veía más grande, más...

Oh, cierto. El maldito hecho de que había perdido la memoria lo golpeó, y se dio cuenta de que quien estaba frente a él si era Bokuto, pero más grande, más maduro. Ya no era ese chiquillo de 15 años que correteaba con su primera espada de fierro asustando a todos los sirvientes.

Debía admitirlo, la pubertad le había hecho un gran favor, pero se odiaba a sí mismo por no poder recordar si había podido verlo crecer o no. Lo mismo le pasaba con Kuroo, estaba seguro de que ya no sería el gatito de brazos delgados que recordaba.

—¿Akaashi? ¿AkAAAshi? ¡AKAASHI!

Keiji escuchó su nombre y volvió a usar toda la fuerza que tenía en esos momentos para concentrarse en el sonido. Al parecer se había quedado perdido en sus pensamientos.

Bokuto notó que tenía su atención y volvió a preguntarle si se encontraba bien mientras lo ayudaba a sentarse para que el recién llegado maestre Takeda pudiera revisarlo con más facilidad.

Alguien finalmente había encendido las velas necesarias para que pudiera ver los rostros que no estaban tan cerca como el de Koutarou.

Todos estaban tan cambiados, pensó mientras se dejaba revisar con docilidad, sintiendo que seguía en una nube; Sugawara, Sawamura, el pequeño Kageyama ya no era pequeño, junto a él había un pelirrojo a quien jamás había visto pero le pareció simpático, desprendía un aura agradable. Oh, ahí estaba Kuroo, pero no lo observaba a él como todos los demás... Él no... él no despegaba la vista de un rubio alto, quien tampoco lo miraba, en lugar de eso tenía la vista clavada en un punto en el suelo, pálido por la sangre que rodeaba a los... Oh.

Un charco de sangre estaba derramado por gran parte del suelo de la enfermería. Y en el centro había dos cuerpos.

Reconoció el primero enseguida, con su suave cabello castaño y esa espalda en la que se había visto cargado tantas veces; primero cuando era un niño, y últimamente cuando Konoha lo ayudaba a escapar. El segundo fue un poco más difícil de identificar, a pesar de haberlo tenido frente a él con una espada a punto de partirlo en pedacitos.

Alejó su vista de ellos, sintiendo como el olor de la sangre se volvía más nauseabundo e insoportable.

Sollozó, y sólo entonces se dio cuenta de que lloraba con lágrimas silenciosas. No dijo nada cuando sintió los fuertes brazos de Bokuto rodeándolo con delicadeza, y tampoco le preguntó por qué aquello lo hacía sentir como si estuviera en casa, a pesar de toda la muerte que acababa de presenciar.

Poco a poco fue perdiendo la conciencia, ayudado por los efectos que la leche de amapola aún tenía sobre su cuerpo.

Apenas era consciente de que había estado a punto de morir asesinado, pero de lo que sí lograba estar seguro, era que no quería que Bokuto lo soltara jamás.


...•••…


En cuanto Akaashi se quedó dormido todos salieron de la habitación, incluso Bokuto, quien se obligó a soltarlo mientras le daba una mirada herida a Kuroo que todos notaron, hasta Hinata, quien ya se encontraba más dormido que despierto. Daichi no podía creer la horrible manera en que había acabado la noche. Aunque para ser honesto, las malas noticias comenzaron en cuanto el rey de Nekoma les comentó sobre su compromiso.

Si Kuroo se casaba con una noble de Aoba, las alianzas definitivamente cambiarían a favor de Oikawa y su reino, y Daichi no podía permitir eso de ninguna manera, sobre todo ahora que la boda y la coronación de Kageyama estaban tan cerca.

Debían afianzar a Tobio al poder, y la mejor forma de hacer eso era con el apoyo de más naciones.

Ya no podían contar con Fukurodani, no hasta que Akaashi recuperara el poder, pero para eso primero tenía que recuperarse él mismo. Con Shiratorizawa las cosas estaban tensas desde que varios de sus territorios al sur quisieron independizarse y cuando el reino de las Águilas solicitó ayuda para suprimirlos, Karasuno aplicó derecho de autodeterminación de los pueblos, que en otras palabras era su forma de decir a mí no me metas en tus asuntos internos.

Al final los rebeldes habían sido eliminados y Shiratorizawa seguía gozando de todo su territorio, pero el recelo ya estaba ahí. Con Aoba la relación era de estira y afloja desde hace muchos años, pero con Oikawa al poder la situación estaba adquiriendo tintes peligrosos, y más con todas las contiendas al sur por territorios que antes habían sido de Seijou. Así que el único aliado confiable que les quedaba era Nekoma, y no podían darse el lujo de perderlo.

Tenían a su favor que Kuroo ahora ya sabía del engaño del que había sido presa. Ya había visto a Akaashi, y ahora era consciente de como su vida seguía peligrando estuviera en donde estuviera. También tenían a su favor la amistad que el gato y el búho habían forzado. Y por último, ni para él ni para Suga había pasado desapercibida la manera en que Tetsurou miraba a Kei, y sabía que se odiaría por eso, pero debían sacarle provecho, por muy mínima que fuera la atracción del gato por su cuervito insolente.

Respingó sorprendido cuando la puerta se abrió y Kageyama entró arrastrando los pies, demostrando su cansancio físico. Sin embargo, su mente estaba más activa que nunca.

—¿Me llamaste?

A Daichi le pareció raro que nadie lo hubiera anunciado, pero enseguida recordó que a las cuatro de la mañana sólo los sirvientes indispensables seguían despiertos. ¿De verdad era tan tarde? Él sentía como si pudiera seguir despierto por horas.

—Así es. Tenemos un problema, y hay que solucionarlo cuanto antes.

—Lo sé, pero me aseguraré de que ese bastardo nos diga como entraron en cuando despierte. Takeda ya le estabilizó la pierna donde Konoha le encajó su espada, al parecer astilló el hueso, y odio decirlo, pero se lo merecía. Y el funeral de Konoha... En mis lecciones de protocolo internacional aún no llegamos a cómo se celebran allá los funerales pero seguro Akaashi nos puede decir, quisiera poner a Hinata y Suga como encargados de organizarlo, para que todo esté en orden.

Daichi lo dejó hablar, escuchando con paciencia el incesante parloteo que Tobio soltó. Debía admitirlo, era extraño escucharlo decir más de tres oraciones seguidas. También lo examinó; tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes y una fina capa de sudor sobre la frente, también estaba un poco pálido, por eso el rubor resaltaba tanto.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado. Tal vez las imágenes de la enfermería lo habían dejado inestable.

Tobio asintió, pero hizo una mueca al dirigir sus ojos a la puerta.

—Me preocupa Hinata, no sé cómo está reaccionando a toda esa sangre, y toda esa muerte.

—Mandaré a Suga a que hable con él, aunque también está un poco alterado. Ya sabes cómo confía en Asahi, su sexto sentido y toda esa basura; una vez lo escuchó diciendo que la muerte viene en grupos de tres, de siete o de nueve. Hasta el momento sólo han muerto dos —tomó una pausa mientras perdía su mirada en la ventana, viendo su propio reflejo en el cristal, y el de Kageyama unos pasos detrás de él—. Es de madrugada y el pobre ya está esperando otra muerte, así que seguramente no perderá de vista a nadie. Pero no fue eso por lo que te mandé llamar —se volteó a encararlo y por fin dijo—. Kuroo está comprometido con una joven de Aoba Jousai.

Kageyama parpadeó sorprendido, sin lograr comprender por qué aquello era algo que necesitaba ser atendido a esas horas. Daichi levantó una ceja, expectante y entonces Tobio abrió los ojos ampliamente cuando entendió todo lo que conllevaba aquella unión.

—No debemos permitirlo.

—Lo sé, y se me ocurre una solución. Hay que comprometerlo con alguien de Karasuno.

—¿Con Shimizu?

—No, pensaba en un chico —Kageyama levantó una ceja, confundido por la idea de hacerlo cambiar de una prometida a un prometido—. Sé que es tarde pero tienes que pensar quién y por qué.

Kageyama dudó un momento antes de aceptar el reto.

—¿Bokuto?

—No, Kuroo sabe lo que hubo entre él y Akaashi, son casi hermanos y antes de casarse con uno de sus mejores amigos lo ayudaría a recuperar al amor de su vida.

Kageyama asintió, tomando las palabras de su superior como ciertas. Volvió a pensarlo un poco, sopesando a los otros nobles, a sus casas, a su linaje.

—Debe ser alguien de alta cuna, más que la candidata de Oikawa —comentó, comenzando a exteriorizar sus pensamientos—. Con tierras, dinero y poder, una buena dote; pero que esté dispuesto a derogar todo eso a las manos de Kuroo. También debe ser alguien bien educado y con nociones de política interna y externa, con idea de cómo se debe dirigir un reino, pero más que nada, y de lo que he logrado conocer a Kuroo-san, debe ser alguien que no se vea encandilado por la posición que él tiene, que sepa hacerle frente y para finalizar, que le sea leal a Karasuno.

—Ya estás describiendo a alguien —comentó Daichi con una sonrisa en el rostro.

Kageyama por otro lado lo miró alarmado, claro que tenía a alguien en mente, pero era una locura.

—¿Tsukishima? —preguntó estupefacto. Daichi asintió y él dejó su boca abierta, sorprendido—. ¿Es una prueba sobre si sé cuándo hablas en serio o cuándo no? Porque de verdad no tengo idea.

El rey regente frunció el ceño, ofendido por tal acusación. Él nunca haría algo tan estúpido.

—Hablo muy en serio, Kageyama. ¿Cuál es el problema?

—Tsukishima nunca se casaría con Kuroo, incluso creo que nunca se casaría con nadie. Además, se supone que está aquí para ser la mano del rey, ¿qué hay de todo el tiempo que has invertido en él? Es un bastardo insufrible, pero es inteligente y piensa bien las cosas y, aunque odio decirlo, da buenos consejos. Tú mismo lo dijiste una vez, será una buena mano del rey.

—Ya pensé en todo eso, y esa es una de las razones por las que debe ser él. Está educado, más que la opción de Oikawa, y ha aprendido a tenerle lealtad a Karasuno, así que sus buenos consejos irán a nuestro favor. Sé que puedes verlo... ¿No me digas que te encariñaste con él?

—¿Disculpa?

—Suga y yo sabemos que Tsukishima y tú se besaron en repetidas ocasiones, no son tan discretos como ustedes creen.

Kageyama sintió como todo el cuerpo se le congelaba antes de que su corazón se acelerara. Abrió la boca para responder, pero sólo pudo tartamudear:

—Y-yo... É-él... E-eso f-fu-fue...

—No tienes que explicarme nada, sabíamos que estabas nervioso por la llegada de Hinata y la relación que llevarían, lo sorprendente es cómo lograste que Kei accediera a eso.

Tobio nunca admitiría que fue con la promesa de que lo dejaría regresar al Círculo de la Luna a solucionar todo el asunto que Akiteru había ocasionado.

—Bien, entiendo tu punto —contestó de mala gana, aún con un nudo en el estómago—. Pero sigo sin ver cómo lograrás convencer a Tsukishima de que se case con Kuroo. Él no aspira a un trono, ni siquiera buscó ser el cabecilla de la Casa de la Luna cuando pasó lo de su hermano, aceptó ser la mano del rey de mala gana porque se lo ordenamos y prácticamente su estancia aquí los primeros meses fue un cautiverio con los lujos que los privilegios de ser un noble te dan —su respiración estaba un poco agitada cuando terminó. La verdad de sus palabras lo golpeó y de pronto se sintió la peor persona del mundo, no era justo, ni para Kei ni para nadie.

Daichi asintió, su semblante estaba serio pero Kageyama pudo ver un brillo de algo que no supo identificar en sus ojos. Quiso ponerse a la defensiva, pero le pareció ridículo hacer eso con Daichi, quien había sido su mentor desde la muerte de sus padres.

—Yo se lo ordenaré, y sé que me odiará por eso —Daichi comenzó a explicar su plan con una mueca en el rostro—. Por eso te buscará a ti para que me convenzas de no hacerlo y ahí tú lo convencerás de que es lo correcto.

—¿Y los hijos? ¿Cómo cambiarás eso? El mundo está loco, pero aún no llegamos al punto donde un hombre pueda parir.

—Eso lo arreglaré yo, así que no te...

—No —negó Kageyama.

—¿Qué?

Tobio se mantuvo firme en su postura.

—No te ayudaré en nada si no me cuentas todo tu plan —tomó aire, sintiendo como los latidos de su corazón se aceleraban—. Te repito la pregunta Daichi ¿cómo remplazarás la opción de que la candidata de Oikawa puede dar a luz y Tsukishima no?

Daichi lo pensó, se suponía que ése tipo de cosas eran una especie de "secreto de estado", y estuvo a punto de negarse y obligar a Tobio a que cumpliera su papel a cualquier costo, pero a su discípulo sólo le faltaban pocos meses para subir al poder, y enterarse antes o después no haría gran diferencia.

—La casa del Linaje de la Madre —murmuró con voz cansada, sintiendo de pronto el peso de toda la noche sobre sus hombros—, no sé explicártelo muy bien, de todas las casas gobernantes de Karasuno esa es la que más secretos tiene. Suga pertenece a ella y aunque le he pedido que me lo explique, no puede hacerlo —levantó una mano con la palma extendida en dirección a Tobio, silenciándolo cuando estuvo a punto de interrumpirlo—. Paciencia. A lo que voy es que Suga, Hinata, Tsukishima, Asahi, y lores de cuna un poco inferior como el fallecido Nakashima, Aone, etc., tienen a una especie de hermana que vive toda su juventud en uno de los tantos conventos que hay en el territorio de esa provincia, y que son mujeres fértiles. No hay lazos de sangre, ni genes compartidos, sólo un increíble parecido físico. Esta mujer viene como parte de la dote, y aunque ellos conocen de su existencia, no se les permite conocerlas hasta que están casados.

Kageyama se sintió escéptico, tentado a reírse de la peor historia contada jamás. Claro que sabía de los conventos, la casa del Linaje de la Madre por algo se llamaba así. Un territorio donde las mujeres fértiles eran salvaguardadas de la furia de aquellas que ya no podían procrear gracias a la Plaga del Castigo. Sin embargo, eso de que tienen una especie de gemela lista para tener a sus bebés. Imposible. Sobre todo porque había mencionado el nombre de Hinata y nadie le había mencionado tal cosa sobre su prometido.

—Por Dios, Daichi, ¿te estás escuchando? Creo que es hora de cortar esto aquí e irnos a dormir —aunque se sintió un poco irrespetuoso por hablarle así, continuó—. Mañana hablaremos con Kuroo, le pediremos ayuda a Bokuto si es necesario, e incluso a Akaashi. Pero lo haremos con hechos sólidos y no con ese tipo de...

—Kageyama, ¿te das cuenta de que te acabo de decir que puedes tener un heredero y que tu hijo se parecerá a Hinata y a ti? —como el menor no contestó, él prosiguió—. Sugawara y yo algún día tendremos bebés, con mi cabello negro y sus claros ojos castaños. Con ese lunar suyo debajo del ojo, mi nariz... Ojalá sean mis labios, porque la chica que debe ser su viva imagen no tiene los mismos labios que Koushi.

—¿La... la has visto?

—Sí, cuando me comprometieron con Suga me contaron de su existencia, y la conocí pocas semanas después de haber consumado nuestro matrimonio. Sin embargo, no debo tener un heredero antes que tú, porque eso pondría a mi bebé como una amenaza a tu trono.

—¿Shouyou tiene una? —preguntó, aún incrédulo por todo aquello.

—¿Qué te imaginaste cuando te dije que Hinata era una opción segura porque también podrías tener un heredero, o varios?

Las mejillas de Kageyama de pronto se encendieron, y el estómago se le revolvió. Daichi lo adivinó, su cara de culpabilidad era un libro abierto, pero para no avergonzar más a Tobio prefirió callar la respuesta que ahora ambos sabían.

—Ahora que esto ha quedado aclarado, ¿tienes alguna otra condición antes de ayudarme? —Kageyama negó y Daichi prosiguió—. Bien, como te decía: tu deber es convencerlo de que acepte, y si es posible, que haga más que eso. Que seduzca a Kuroo. Haz que se interese y planteárselo como un reto, así querrá demostrarnos que puede hacerlo.

—¿Y si no funciona?

—Tomaremos medidas un poco más rudas...

Kageyama frunció el ceño ante esa respuesta, pensándolo muy bien antes de tomar una decisión, los pros, los contras y todo lo que aquella situación podría ocasionar.

—Sea —accedió al fin.


...•••...


Para todos aquellos que pertenecían a las ramas principales de la nobleza en Karasuno, el día comenzó bastante tarde. Pero para Kuroo, quien ya llevaba más de media hora moviéndose de un lado a otro con movimientos felinos y desesperados, el día ya iba a la mitad.

No había dormido nada.

Y probablemente seguiría así hasta que solucionaran lo de la seguridad de Akaashi, hasta que interrogaran al bastardo encarcelado en las mazmorras que seguía desmayado por la pérdida de sangre, y hasta que alguien le trajera la carne que su amada mascota iba a comer. El engaño de Oikawa había pasado a un segundo plano, y había sido fácil mandarlo hasta allá, sobre todo cuando el hecho de que se casaría quisiera o no ya llevaba tiempo importándole muy poco. Y no quería pensar en eso, porque terminaría arrepintiéndose de no haberse casado con Kenma cuando le dieron la opción. Aunque era consciente de que eso tampoco los habría hecho felices, a ninguno de los dos.

Sacudió su cabeza y soltó un bufido de exasperación, ¡al fin habían llegado con sus 5 kilos de carne cruda! Ya sentía como su pantera iba a comérselo a él ahí mismo.

Lanzó los primeros dos kilos lejos de él, admirando la elegancia con la que Lomë llegaba de un salto, atraída por el olor de la sangre. Pudo escucharla ronronear mientras devoraba su desayuno tardío, y lentamente comenzó a acercarse a ella.

Nunca le había tenido miedo, todo lo contrario, siempre había admirado la elegancia con la que se movía, el sigilo de cada uno de sus pasos. La fuerza que todo su cuerpo reflejaba.

Cuando Akaashi le había regalado una pantera años atrás, se enamoró en el instante en que la vio. Y aunque era una mascota exótica, la mayor parte del tiempo se comportaba como un gatito hogareño. Sólo que 10 veces más grande, de pelo más negro que una noche sin luna y con los ojos más verdes que hubiera visto jamás. Le acarició el hocico con un fugaz movimiento antes de tomar más carne cruda y dársela desde la palma de su mano.

Su corazón se aceleró un poco cuando uno de los colmillos de Lomë le rozó el dedo anular, pero no volvió a haber otro incidente mientras continuó alimentándola.

—Me contaron que ayer asustaste a una parejita que se escapó de la fiesta para darse el lote en los jardines —murmuró mientras se agachaba para depositar un beso en la húmeda nariz de su mascota—. Bien hecho Lomë, eres una buena chica.

La pantera ronroneó y abrió sus fauces en su totalidad, dándole a Kuroo una vista de todos sus dientes al bostezar con pereza.

Un suave golpeteo en la puerta hizo que su atención se dirigiera al heraldo que se quedó a medio paso de entrar cuando vio al animal en la habitación. Kuroo sólo le hizo una señal con la mano para que le diera el mensaje sin necesidad de que ingresara al salón donde se encontraba.

—E-el rey y su consorte me han enviado a buscarlo, lo esperan en la sala del trono su majestad —Kuroo asintió y bajó su mirada a Lomë, quien observaba aburrida al recién llegado.

Le dio una última caricia a su mascota antes de enderezarse y caminar a paso rápido hacia donde Daichi y Suga se encontraban.

Por fin podrían hablar de todo lo que estaba sucediendo.

Debía admitir que le asombraba enormemente el hecho de que se hubieran tardado tanto. Estaba bien que la noche anterior se hubieran desvelado con todo el revuelo que el ataque causó, pero nada justificaba que ya fuera casi la hora del té y ellos aún no se hubieran reunido.

Dobló una última esquina antes de llegar al amplio corredor que daba a la sala donde había sido requerido. Y entonces lo vio: Tsukishima Kei, ese rubio de porte altanero que había llamado su atención desde la noche anterior iba saliendo a paso rápido de la sala del trono.

Se veía furioso, su pálida piel sonrojada de rabia, se mordía el labio inferior con fuerza, tanta que incluso Kuroo temió que pudiera lastimarse. Sus ojos estaban llorosos, y el rey de Nekoma no pudo evitar preguntarse si Tsukishima sería de esos que lloran de rabia. Hasta ahora aún no había ninguna lágrima que lo comprobara.

Fue ahí que el rubio advirtió su presencia, y si las miradas mataran...

Kuroo tenía un vago recuerdo de Kei; piernas largas y delgadas como dos palitos, una amplia sonrisa altanera, opiniones fuertes y un tono de voz insolente. Llevaba al menos siete años sin verlo y eso parecía toda una vida ahora que lo tenía frente a él.

Levantó ambas manos a la altura de sus hombros en signo de paz y sonrió felinamente, como si la situación lo divirtiera.

Tsukishima quiso decirse a sí mismo que Kuroo no tenía la culpa, que probablemente ese gato presumido ni siquiera estaba enterado aún de lo que el destino les deparaba, pero aun así, en su parte infantil e irracional: lo odiaba.

Quiso acercarse y maldecirlo, darle una cachetada, hacer cualquier cosa para sentirse mejor, o como mínimo, un poco menos enojado.

—¿Estás bien megane-kun? —preguntó Kuroo, ahora sí confundido por la mirada que éste le daba.

El oro líquido de esos ojos ardía en dirección a él, y como si se tratase del verdadero metal precioso, su cuerpo se calentó en respuesta. Cada célula de su ser se derritió, su pulso se aceleró, y sus manos comenzaron a picar por las ganas de tocar esa blanca piel que ahora estaba erizada por las sensaciones que invadían a su dueño.

Y fue ahí cuando una lágrima rebelde escapó de entre los ojos dorados de Tsukishima, mojando sus pestañas, haciendo un triste camino por su mejilla antes de que su dueño la limpiara de un brusco movimiento.

Ahora Kei se sentía humillado.

Había dejado que sus emociones lo sobrepasaran de una manera que no supo controlar. Para Daichi y Suga había logrado mantener la máscara de furia e indiferencia en todo su esplendor, pero no se había esperado que el rey de Nekoma hubiera estado afuera de la sala del trono para verlo descomponerse. Se enderezó, recto como una tabla, alargándose cuan alto era. Apretó los labios y a paso rápido pasó junto a Kuroo, quien ya le daba una mirada que no supo descifrar, pero que definitivamente no era la de altanería con la que lo había saludado dos minutos atrás. Quiso golpearlo para eliminar esa expresión de su cara, pero se obligó a seguir caminando en dirección a los establos.

Tetsurou por su parte se moría por abrazarlo; llevaba el tiempo suficiente en el trono para saber identificar todo tipo de expresiones, y la de Tsukishima además de furiosa, también le pareció la más triste del mundo.

No le importó en lo absoluto que el rubio hubiera ignorado olímpicamente su pregunta y que además de todo lo hubiera mirado de forma desdeñosa. Eso más que hacerlo enojar, o provocarle indignación, hizo que sus ganas de querer abrazarlo y protegerlo del mundo sólo aumentaran. ¿De verdad estaba tan desesperado por encontrar a alguien? Se preguntó a sí mismo.

No tuvo tiempo de preguntarse qué era lo que el cuervo de 1.91 le provocaba realmente, pues su atención se vio acaparada gracias a que una de las puertas hacia el salón del trono se abrió y un heraldo lo anunció.

Con pasos felinos avanzó hasta que se encontró frente a Daichi, quien estaba sentado en la enorme silla de madera con incrustaciones de oro y detalles negros en obsidiana. Levantó una ceja por la formalidad de todo aquello.

Cerca del rey cuervo estaba Sugawara con la cara igual o más roja que la de Tsukishima. Sus ojos también estaban vidriosos y apretaba los dientes con fuerza, como si quisiera gritar pero estuviera usando toda su fuerza para controlarse. Kuroo conocía muy bien la expresión y el sentimiento de impotencia. Vagamente se preguntó si tendría que ver con la condición en la que Tsukishima había salido de ahí.

Los guardias hicieron una reverencia antes de salir de ahí, cerrando las enormes puestas de madera a sus espaldas.

—Te tengo un tratado Kuroo Tetsurou, rey de Nekoma —Daichi fue al grano. Sugawara bufó a su lado—. Cásate con Tsukishima.

Se le heló el cuerpo. Se había esperado cualquier cosa menos eso. Frunció el ceño, sintiéndose un poco contrariado porque aquello había sonado más como una orden que como una proposición, de esas en las que tienes opciones.

—Ya estoy comprometido, Sawamura-san —respondió, su tono frío y cortante.

No es que le interesara mucho su prometida y el asunto de su matrimonio arreglado, pero era un hombre de palabra y si ya había dicho que se casaría entonces lo haría. Además, la oferta en sí no afectaba a Nekoma en lo más mínimo, y el pueblo prácticamente ya estaba exigiendo un consorte: hombre o mujer, eso no importaba.

—No he terminado de hablar, por favor escúchame —pidió el cuervo con voz conciliadora—, ahora eres consciente de que Oikawa te mintió con respecto a Akaashi. Y tal vez no sea su única mentira. Quiero que nos ayudemos mutuamente. Te ofrezco a Tsukishima Kei, primero de su nombre, heredero de la Casa de la Luna y por ende de las tierras pertenecientes al Círculo de la Luna. Futura mano del rey. Sé que no te interesa casarte, y que sólo lo haces por el bien de tu pueblo. Como rey legítimo, es tu deber dar un heredero. Bien, pues en la dote de Tsukishima hay una jovencita, uno o dos años menor que él, de cabello rubio, ojos dorados, piel clara. Tus hijos tendrán las características de ambos, y sobre todo: tendrán tu sangre —Kuroo abrió la boca para interrumpir a Daichi, pero éste siguió hablando—. Ella te dará un heredero y tú podrás complacer a tu pueblo. Cuando tengas a tu bebé a la prole le importará poco si Tsukishima sigue allá o no, así que, si no quieres compartir tu vida con él, en Karasuno será bien recibido para que siga fungiendo como la mano del rey que es para lo que está educado.

—¡Maldición Daichi! —Sugawara sollozó, sintiendo como había fracasado en su intento por mantener a Tsukishima a salvo y sobre todo: feliz.

Con paso veloz salió del salón del trono, furioso tanto con su esposo como consigo mismo. Ni Kuroo ni Tsukishima merecían aquello.

Kuroo lo miró confundido, su mente trabajaba a toda velocidad. Todo lo que decía Daichi era tentador, y sobre todo cierto. Tsukishima era una muy buena opción. Tenía todo lo necesario para casarse con él: Linaje, Nobleza y una Moral Intachable. Conocía de política tanto interior como exterior, sabía cómo afrontar los problemas de la corte, e incluso su única objeción quedaba cubierta con la chica de óvulos fértiles que venía en su dote. No tenía ninguna razón para rechazarlo, y en cierta forma Nekoma siempre había sido más afín a Karasuno que a Aoba Jousai.

Pero la imagen de Kei saliendo del salón del trono, roto, descompuesto, y sobre todo furioso aún estaba grabada a fuego en su memoria. ¿Le había avisado antes que a él y por eso se había puesto así? ¿Tan repulsivo le parecía?

—Sea —accedió después de pensarlo por unos minutos—. Tu propuesta es buena Daichi, y si envío una carta a Nekoma antes de que esta semana finalice, aún alcanzaré a evitar que el maestre Nekomata me comprometa con la opción de Oikawa, sin embargo, quiero hablar con Tsukishima primero.

Daichi lo sopesó un momento, calculando en su mente cuánto tiempo tardaría Kageyama en hablar con el rubio a su cuidado.

—Sea, lo verás en la cena esta noche.

—¿Algo más de lo que quieras hablarme? ¿Casarás a Kenma también? —la voz de Kuroo estaba cargada de sarcasmo. Había algo en toda aquella situación que no terminaba de gustarle.

—No. Esa es decisión tuya porque tú eres su rey. Pero sólo recuerda Kuroo, el amor es irrelevante para gente como nosotros.


...•••...


(1)Montsuki: son "chaquetas" que llevan el escudo familiar.

No le puse numerito, pero Lomë significa Crepúsculo, del élfico Quenya. Este idioma que estoy aprendiendo (en vez de ponerme a estudiar francés ;-;) tiene cierta relevancia en el fanfic. Sólo un poco, porque me entro la locura y así (?) Igual si pongo una palabra, como en este capítulo es el caso de Lomë, yo les diré que significa. Y sí… Kuroo tiene una pantera como mascota porque Akaashi se la regalo… porque puede. ¿O podía?


...•••...


No sé ni que decirles. Tarde horrores. Sé que este fic no es muy leído, pero me siento terriblemente apenada con las hermosas personas que se toma si tiempo para leer estos devaneos de mi mente. Quisiera prometerles que no volveré a tardar así, pero… tengo que ponerme al corriente con las traducciones y actualizar Summer. Eso sí, le echaré ganas.

Ahora, en el capítulo anterior aún me faltaba tomar muchas decisiones sobre las familias, las parejas, los territorios, etc. Ya tenía una idea pero finalmente me acabe de decidir. Así que la historia va lenta pero segura. Este fanfic es mi bebé, le tengo tanto cariño y bueno, ya no podía dejar nada al aire.

Como dato extra: la cara de mi profe de sistemas políticos cuando le pregunte que importancia tenían los herederos en época medieval XD y si podías poner al trono a un bastardo. Me miro así de: ¿Qué país vas a conquistar? Lo adoro~

En mi mente siempre tengo un montón de notas de autora pero al final, nunca sé que poner. Damn! Pero en fin, las imágenes anexas a este capítulo serán publicadas pronto en mi página (A. LaLa ) cuando mi semana de exámenes termine.

Olvide decir que la música me inspira muchísimo, pero son canciones tan meh~ que normalmente no las comparto. Sin embargo Mer me convencio de simplemente mencionarlas asi que:

Para el capítulo anterior, la canción "principal" fue: Homestead, del soundtrack de "Te Good dinousaur" (Por eso me lo pensé seriamente en compartir esto) Es puro instrumental.

Y para esta capitulo es: King, por Lauren Aquilina.

Y como último punto: Sé que hay poco romance y mucho drama aquí, pero que les puedo decir ¿era necesario? Sin embargo en el próximo capítulo ya habrá más acción.

Creo que sería todo de mi parte. Si llegaste hasta aquí mil gracias, yo adoré el capítulo y me gustaría saber si tú también.

Mil gracias a: Lady Ekatherinna Bennet K, KohanaZakki-19, Meredith Cho, Moonshine, itsKaede, Hinata YO y Harley Allen. Sus comentarios fueron increíbles, gracias por leer esto y dejarme su opinión! Las adoro!

by: LaLa