Capitulo dedicado a Avi Nikel
Gracias por ese hermoso fanart y por concretar una idea muy importante para la historia con un comentario casual.
Si hubo una canción queme inspiro mucho, definitivamente fue:
Kings and queens and vagabonds por Ellem
Capítulo 3: Otro inicio.
La cena del rey de Aoba Jousai esa noche había sido en sus aposentos. Cualquier festejo en la corte había sido suspendido porque Oikawa Tooru, primero de su nombre, rey de los Caballeros de Aoba y Lord protector del mar del sur, había estado indispuesto.
Los sanadores estaban preocupados porque su majestad no había permitido que lo revisaran. "Ya pasará," había dicho con su característica voz suave, "ahora largo." susurró su orden con un tono más frío que el mar de hielo al norte de país Karasuno.
El único que tenía la entrada permitida era Iwaizumi Hajime, mano derecha del rey, jefe de sus ejércitos y puta de la corona; aunque nadie se atrevía a llamarlo así a la cara.
Sin embargo, en ese momento el monarca y su ciervo más fiel estaban fuertemente abrazados; el ocaso había caído hace tiempo y para los climas calurosos de Aoba, el viento ya era fresco. Ambos esperaban noticias importantes. Noticias que podrían cambiarlo todo y que de hecho, lo harían.
Minutos después, cuando Oikawa había pegado sus rosados labios al oído de Hajime para decirle las cosas que quería que le hiciera mientras esperaban, la puerta sonó con un código de golpes que muy pocas personas sabían. La mano derecha del rey con una armadura resonando ante cada paso se acercó a abrirla para dejar pasar a Hanamaki, uno de sus mejores amigos y el espía mejor informado de Aoba Jousai. Los tres habían crecido juntos, y Oikawa lo favorecía gracias a la información que Hanamaki conseguía a través de su red de espías.
Las mejillas del de cabello rosáceo estaban rojas de tanto correr; seguramente había salido a toda velocidad hacia el castillo en cuanto alguno de sus informantes le comunicó lo que tuviera que decir.
Oikawa le dios suaves palmadas en la espalda, esperando paciente a que se recuperara. Le susurró palabras de aliento, prometiendo recompensarlo si la noticia era buena.
—Se llevó a cabo... esta... noche... —jadeó Hanamaki cuando sintió que podía volver a hablar, su voz aún era entrecortada, pero se forzó a seguir escupiendo palabra tras palabra—. Hoy... La bienvenida al... futuro consorte. Hinata... el ataque a Hinata era hoy... los planes... listos... se llevó a cabo... ya debería estar muerto.
Oikawa sonrió triunfal y satisfecho. No tenía nada contra Hinata pero su muerte era necesaria, sobre todo porque ahora sin Akaashi, y sin el camarón pelirrojo que la corona había escogido para consorte real, en lugar de haber aceptado la propuesta que amablemente había mandado pidiendo que Tobio se casara con él, pronto recuperaría las Tierras del Sol, pronto casaría a su prima con el Rey de Nekoma, y después de eso Shiratorizawa simplemente tendría que rendirse ante su poderío. Porque Karasuno también tendría que ceder a su príncipe heredero para que quedara bajo su yugo si quería evitar una guerra donde finalmente tendría todas las de perder. Finalmente los planes de Oikawa estaban dando resultados, finalmente el continente dejaría de pertenecer a los cuervos.
—Preparen todo; llamen a la XC cumbre de la Alianza Invernal. Algo me dice que, finalmente, será la última.
Sin embargo, lo que Oikawa Tooru, primero de su nombre, Rey de los caballeros de Aoba Jousai y Lord protector del mar del Sur no sabía, era que Akaashi había llegado vivo a Karasuno, que Hinata no murió esa noche porque el asesino que habían mandado con esa misión había cambiado los planes minutos antes al enterarse de la presencia del monarca de Fukurodani, y que de igual manera su intento de asesinar al rey de los búhos se vio fallido. Y tampoco lo sabría al día siguiente, cuando estuviera firmando y sellando junto a su escriba personal los sobres que contenían la invitación a la cumbre de la Alianza Invernal de ese año.
Del Nido del Cuervo a la Ciudad del Olivo Dorado, capital de Aoba Jousai, se hacían dos días en caballo a todo galope y sin descanso, así que para cuando Oikawa se enteró de que sus planes no habían ido tan bien como había pensado, fue muy tarde para intervenir las cartas.
El rey de Shiratorizawa ya habría recibido la suya, la de Nekoma estaría a media jornada y la de Karasuno a un día más de llegar. Porque no, Oikawa tampoco sabía que Kuroo Tetsurou estaba en Karasuno cortejando a un cuervo rubio y malhumorado.
Toda esa información llegaría hasta sus manos dos días después, cuando uno de los informantes de Hanamaki hubiera cabalgado dos días y dos noches seguidas, y hecho cinco cambios de caballo, para interrumpirlo a mitad de la noche, sacándolo de entre los brazos cálidos de Iwaizumi para darle las noticias que había estado esperando pero que al mismo tiempo eran las contrarias a lo que quería.
Cabe mencionar que el pobre pajarito no salió vivo de ahí.
...•••...
Tsukishima amaba sentir el viento contra su piel, despeinándole el cabello y colándose debajo de su ropa para mantener su cuerpo a la temperatura que estaba acostumbrado. Se había criado en un clima frío, donde los ventarrones acompañados de nieve eran cosa de casi todos los meses y la época de calor era equivalente a un invierno en el resto del país.
Desde que había llegado al Nido del Cuervo, capital del reino de Karasuno, el clima se había convertido en uno de sus mayores suplicios; en verano no podía dar ni un paso sin sentir que se derretía y la flojera lo embargaba, aunque quedarse en cama tampoco era una opción porque el sol que entraba por su ventana daba directo a su cama; sin embargo, agradecía que el otoño ya iba a la mitad y el clima finalmente comenzaba a refrescar. Sería su primer invierno lejos del Círculo de la Luna, su primer invierno sin su hermano y sin su madre.
Por eso cabalgaba a toda velocidad hacia el bosque que ya conocía como la palma de su mano. Para sentir el aire llenando sus pulmones, acariciando su piel y secando las pocas lágrimas que había llegado a derramar víctima del coraje de ver su destino decidido.
Detuvo a Rex, su fiel corcel blanco como la nieve, antes de llegar a su destino: Los acantilados.
Ese había sido el único lugar que había podido encontrar similar (mínimamente, pero similar) a las tierras del Círculo de la Luna. Desde ahí podía observar el mar hacia abajo, el de su tierra natal estaba congelado, lleno de focas y osos polares, pero el del Nido del Cuervo era un mar vivo en el que la pesca era más variada.
Donde se encontraba el viento sobre su piel solo era fresco, dócil, no amenazaba con tumbarlo por la orilla del acantilado. Y donde deseaba estar, el viento era salvaje, tan frío que le cortaba las mejillas y le dejaba ardiendo ahí donde rozaba cual cuchillo. Un paso en falso para cualquier inexperto y cualquier corriente lo empujaría al final de su vida: un acantilado lleno de nieve y el frío mar de hielo metros abajo como único destino.
Tsukishima extrañaba todo eso.
Con cuidado se sentó en la orilla, dejando sus pies colgar sobre metros y metros debajo de él hasta donde las olas de agua salada rompían contras las rocas. Estuvo horas ahí sentado, admirando el paisaje, escuchando los susurros del bosque y uno que otro relinchar por parte de Rex.
En ese lugar la puesta de sol quedaba hacia su izquierda, así que no había nada que contemplar. En el Círculo de la Luna lo que se admiraba era la salida del sol, así que el ocaso realmente le daba igual.
El cielo comenzaba a oscurecer y llenarse de estrellas, la luna ya era bien visible y él no se había movido de su lugar. No hasta que escuchó los cascos de otro caballo a la distancia y poco después el sonido de unos pasos que rompían las hojas y ramas que se atravesaban en su camino. Solo entonces fue que giró su vista para observar a la única persona que podría buscarlo ahí.
—Pensé que te encontraría aquí.
—Y sin embargo fue el último lugar en el que buscaste, su majestad.
—Tsukishima...
—Kageyama... —repitió el rubio con el mismo tono de advertencia, además de un deje burlón que siempre molestaba al menor.
Ambos se quedaron callados, contemplando el mar volverse negro a falta de luz y escuchando a la lechuza que tenía su nido en algún árbol cercano comenzar a ulular. Esa lechuza había sido el único testigo de muchas de las noches que ambos habían pasado ahí, y mientras Kageyama lo buscaba, había dejado ese lugar al final porque sentía que le pertenecía a ambos y ese sentimiento ya no debía existir.
Hinata había robado su corazón con una mirada y una sonrisa, sin embargo, Tsukishima se había ganado su confianza a base de peleas, consejos y una historia injusta y sin final feliz.
—Llegaremos tarde a la cena —murmuró Kageyama después de algunos minutos en silencio. Solo tenía una misión y esa era hacerlo volver al castillo sano y salvo, y abierto a la idea de casarse con un rey y ser un consorte. Nada más.
Sonaba fácil, pero conociendo a Tsukishima seguramente jamás lo lograría y ambos terminarían con ganas de lanzar al otro por el acantilado. Pero Kageyama no sabía que el rubio solo quería tirarse a él mismo.
—En ese caso, vámonos.
El príncipe heredero al trono parpadeó confundido, esa respuesta tan dócil lo había tomado con la guardia baja, pero más que haberlo dicho, Tsukishima realmente se estaba levantando para ir por su caballo y regresar al castillo, como si estuviera listo para afrontar su destino.
—Lamento que esto se haya dado así.
—No lo hagas, no es tu culpa. Daichi está haciendo todo lo que puede para afianzarte al poder. Es lo que cualquier buen regente haría, yo puedo verlo y creo que tú también.
—Eso no importa, yo te había prometido que...
—No estabas en posición de hacer promesas —Tsukishima se giró a verlo después de haber tenido la vista clavada en el blanco pelaje de Rex; su expresión era serena, todo lo contrario a el caos en su interior—. Así que tómatelo como el juego que fue.
—Pero Kei...
—Déjalo Tobio —espetó el más alto comenzando a hartarse de la situación—. No tiene sentido hablar de esto. Ya sopesé cada maldita opción, huir, negarme, matarlo, todo. Y sus posibles consecuencias. Como súbdito te seré fiel y mis decisiones como consorte real de Nekoma irán a favor de Karasuno, pero es todo. No tiene caso hablar de un tema finiquitado. Es mejor que te concentres en Hinata y hacerlo feliz, y llenar de solecitos un castillo que de por sí ya es caluroso en verano.
Tobio frunció el ceño antes de darse la vuelta para caminar a su propio caballo y montarlo de un movimiento. Kei ya estaba arriba de Rex. El rubio lo notó a mitad de camino; el azabache hasta que desmontaba en los establos de forma rápida para ir a cambiarse si quería alcanzar a llegar medianamente tarde a la cena. Se habían vuelto a llamar por sus nombres de pila, a pesar de haber jurado que ya no lo harían jamás.
...•••...
Cuando Kageyama entró al salón sur para el segundo tiempo de la cena, Tsukishima aún no había llegado. Daichi le dio una mirada que podría significar cualquier cosa antes de volverse hacia Suga para ser ignorado, pues el consorte real estaba demasiado enfrascado en una conversación con Hinata, quien le respondía alegremente, ajeno a que solo estaba siendo utilizado para que el de cabellos claros no tuviera que hablar con el rey regente.
Kageyama tomó el lugar que le correspondía a lado derecho de Daichi, que también por cuestiones de protocolo, estaba al lado izquierdo de Kuroo. Quisiera o no, iba a ser partícipe de la conversación entre los dos reyes del norte, que era como muchos le decían a la alianza que siempre había existido entre Nekoma y Karasuno después de la legendaria Guerra del Basurero. Kageyama no recordaba esa lección de sus clases de historia, era demasiado antigua e irrelevante a esas alturas de la alianza.
Siendo honesto, no esperaba participar en la conversación, solo escuchar y asentir cuando fuera requerido, pero el rey de aires felinos, al ver que Daichi estaba intentando obtener la atención de Sugawara, centró toda su atención en el joven príncipe de ojos color tormenta.
—Entonces, te casas ¿eh?—fuera de cualquier tipo de modales, Kuroo lo codeó suavemente antes de inclinarse a darle otro bocado a su pedazo de ternera en salsa de durazno. Masticó y tragó para después añadir algo, ya que Kageyama solo había asentido como toda respuesta—. ¿Para cuándo la boda?
Kageyama no estaba muy seguro y aun así abrió la boca para contestar, sin embargo, se quedó mudo. La verdad es que no tenía idea de su boda, solo sabía que sería con Hinata y hasta ahí llegaba su conocimiento del evento. La voz de Daichi interrumpió la pequeña risa incrédula que Kuroo soltó.
—Dentro de tres lunas, dos semanas antes del día de los enamorados.
Kuroo asintió y lo pensó un rato antes de volver a mostrar interés en el tema.
—¿Y qué tan grande será? ¿Cuántos invitados? ¿Será aquí o en la isla del Rey? ¿Quién será el padrino? ¿Y quién la oficiará?
—Aún estamos decidiendo todo eso, el compromiso se anunció ayer, y... —las palabras "ayer se reencontraron" se quedaron atoradas en la garganta de Daichi—, aún queda mucho por planear.
—Ya veo, por cierto Sawamura-san, ¿cuándo podré hablar con tu cuervito? No me queda mucho tiempo, y quisiera tener una audiencia con él.
—Seguro llegará para el postre —respondió Kageyama—. Una audiencia no será necesaria.
Kuroo asintió a pesar de que la respuesta obtenida no había venido de a quien le había preguntado, y por un momento lo único audible en el salón sur durante la cena fue el tintineo de los cubiertos al tocar los platos también hechos de plata, y la alegre risa de Hinata, acompañada de una no tan alegre de Sugawara.
Los sirvientes comenzaban a retirar los utensilios del segundo plato cuando la puerta se abrió y el heraldo anunció la llegada de Tsukushima Kei acompañado de Bokuto Koutarou.
Todos los ojos se posaron en ellos, pero fue Kuroo quien no supo en quién enfocar su mirada.
Bokuto se veía deshecho a pesar de la alegre sonrisa que tenía en el rostro mientras empujaba a Kei a los dos asientos libres que el rey de Nekoma tenía al lado. Tsukishima miró confundido su lugar antes de caer en cuenta que por protocolo los lugares de la cena habían cambiado una vez más. Suspiró antes de sentarse, y ver que el postre estaba a nada de ser servido.
Le hizo una señal a un sirviente para que este le llevara lo acostumbrado, no comería los dos platillos que hubo antes porque honestamente su apetito era el mínimo. Bokuto por otro lado tuvo que pedir dos raciones del platillo fuerte. Había pasado todo el día en el salón de armas, practicando tiro, cabalgando y demás cosas que lo dejaron exhausto y hambriento.
—¿Estaban juntos? —preguntó receloso de la situación, hasta ese momento había caído en cuenta de que tanto el rubio como su mejor amigo ya se conocían de antes y que incluso Bokuto y Tsukishima se llevaban mejor de lo que hasta el momento él y Kei lo hacían.
Tsukishima solo detectó algo en su pregunta que no supo identificar, Bokuto por su parte, experto en su amigo a pesar de no haberlo visto en un tiempo, encontró el recelo y la dudas implícitas en sus palabras. No pudo evitar dejar salir una risotada alegre porque nunca antes había visto a Kuroo sintiéndose amenazado.
—Nos encontramos antes de entrar aquí, al parecer ambos estuvimos fuera del castillo todo el día y el hambre nos hizo volver a la misma hora —Bokuto puso una mano en el hombro de Kei, quien se había mantenido en silencio hasta el momento—. ¿No es así, Tsukki?
El aludido hizo una mueca ante el apodo que tanto detestaba, y asintió como toda respuesta. Las dos rebanadas de pastel de fresa que solía comer después de la cena finalmente estaban frente a él y fue el olor del postre lo que lo hizo recordar que realmente no había comido nada desde la mañana.
—Tsukki —Tetsurou murmuró el sobrenombre en voz baja, como saboreando cada palabra. El rubio en seguida volteó, avergonzándose por haberlo hecho.
—No me digas así.
—¿Entonces cómo? ¿Kei?
En ocasiones Tsukishima odiaba lo blanca que era su piel, sobre todo en momentos como aquellos en los que el sonrojo era visible con claridad.
—Solo Tsukishima.
La sonrisa de Kuroo no tardó en aparecer, alentada por el hecho de que sabía que los ojos de toda la mesa estaban sobre ellos.
Kenma, Hinata y Aone los observaban con curiosidad, atentos a cada movimiento ya que al ser los más lejanos en la mesa, las palabras que podrían escuchar fácilmente llegarían a ser entrecortadas o malinterpretadas. Sugawara, Daichi y Kageyama los miraban con recelo, escuchando con atención, y rezándole a los dioses para no tener que censurar a Tsukishima por algún comentario que llegara a expresar. Bokuto los observaba con orgullo, feliz de ser más o menos participe de la conversación; pero entre todos había una mirada que realmente llamaba la atención de Kuroo.
Un pecoso castaño que le daba la mirada más resentida que el de Nekoma hubiera visto jamás. Era uno de los acompañantes de Hinata, el que la corte había designado si su memoria no le fallaba en cuanto a las presentaciones que hubo a la hora de la comida. Yamayachi o Yamaguchi, algo así.
Kuroo no se sentía amedrentado en lo más mínimo, al contrario, le causaba un poco de gracia molestar a alguien sin haberlo buscado. Aunque admitía sentir cierta curiosidad por lo que había hecho para incordiar al pequeño pecoso.
—Entonces, solo Tsukishima. ¿Puedo invitarte a dar una vuelta por el jardín mientras saco a Lomë a pasear? No queremos que se coma a algún sirviente por tenerla encerrada. ¿No crees, Daichi?
El aludido respingó al oír su nombre, consciente de que todos habían sido descubiertos intentando espiar una conversación que ni siquiera era privada.
—Y para que limpien tus aposentos mientras tú y tu mascota no están —añadió como si nada.
Tsukishima habría declinado con un comentario sarcástico sobre lo cliché que era una cita en el jardín o que no hacía falta un cortejo lleno de cosas cursis y patéticas porque el destino ya estaba decidido, sin embargo, se mordió la lengua y asintió. Sentía verdadera curiosidad por conocer a Lomë; había escuchado demasiadas historias sobre la mascota que el Rey de Nekoma usaba para ahuyentar a los posibles candidatos para ser consortes de su persona. Quería ver si realmente aquello también lograba ahuyentarlo a él, pero lo que no sabía era que esta vez Kuroo tenía planeado usar a su pantera para comenzar a conquistarlo.
—Está bien, sé que será un paseo interesante con el eterno soltero.
Las reacciones ante la mención del apodo que amablemente se le había dado a Kuroo a lo largo y ancho de los cuatro países fueron mejores de lo que Tsukishima había esperado. Hinata casi comenzó a reír, pero inteligentemente lo disimuló con una tos que contrastaba con la de Sugawara, quien justamente había estado tragando un pedazo de galleta cuando lo escuchó y ahora prevía que realmente se ahogaba. A Daichi se le había caído el tenedor, manchando el suelo con pedazos de durazno, mientras Bokuto escondía su sonrisa con una mano mientras usaba la otra para pellizcarse a sí mismo en un intento de no reír.
Kuroo solo parpadeó confundido con una expresión de incredulidad en el rostro; conocía el apodo que se le había dado por su renuencia a contraer matrimonio, sin embargo, nadie había osado a llamarlo así de frente, ni siquiera Bokuto.
Tsukishima Kei ahora definitivamente tenía toda su atención.
La cena continuó después de algunas palabras tensas por parte de Daichi en disculpa por la actitud del rubio, excusándose con que así se ponía cuando lo hacían hablar mientras comía su preciado pastel de fresas. Kuroo contestó que no importaba, y aunque conocía muy poco a Tsukishima, sabía que su actitud no se debía en lo absoluto a eso. Simplemente así era, y la mirada de incredulidad de Bokuto por la excusa de Daichi no hizo más que confirmárselo.
Poco a poco la mesa se fue vaciando, comenzando por Hinata y sus tres acompañantes que debían seguirlos a todos lados. Aunque Kageyama no se quedó atrás; preguntó por poder escoltarlo a su habitación y se sintió satisfecho cuando le fue permitido a pesar de que irían con tres chaperones que estarían atentos a sus movimientos. El tema de moda era la boda y como en tres meses decidirían todo. Les parecía muy poco tiempo, pero debían estar ya casados y establecidos al menos tres lunas antes de la coronación. Las fechas estaban fríamente calculadas, así que retrasarse no era una opción.
Por suerte ni Kenma ni Aone era muy curiosos sobre los preparativos, pero Yamaguchi y Hinata preguntaban esto y aquello, comparando las tradiciones de sus tierras con las del Nido del Cuervo y una boda real basándose en las escuetas respuestas que Kageyama, quien tampoco tenía mucha idea, les daba.
Poco después Bokuto se retiró, alegando algo como que "no podía postergarlo más tiempo" en voz baja, y todo el mundo supo que se dirigía a la enfermería. Nadie sabía a ciencia cierta qué pasaría con Akaashi y él. El único que tenía esperanzas sobre ellos dos era Kuroo. Daichi, por otro lado, ya estaba planeando en desposarlo con algún noble de Aoba o Shiratorizawa. Tal vez la pronto exprometida del rey de Nekoma.
Cuando Kei terminó de comer su segunda rebanada de pastel, casi una hora después de haber llegado al salón sur para la cena, Kuroo se maravilló porque en ningún momento se había sentido desesperado por la lentitud con la que comía. Al contrario, se había descubierto a sí mismo observando atento cada movimiento, cada expresión o reacción ante el sabor. Debía admitir que le asustaba un poco el interés tan repentino que sentía hacia el rubio que lo miraba irritado a cada momento.
Poco después ambos se retiraron, Kei al jardín y Kuroo a su habitación por Lomë. Se reencontraría poco después frente a la fuente norte, la que estaba dedicada al dios del invierno.
Cuando Daichi y Suga se quedaron solos, el castaño suspiró cansado. Durante la cena se había sentido tenso, no sabía si Kageyama había persuadido a Tsukishima de aceptar o no a pesar de que les había dado una orden expresa a ambos. Poco a poco, conforme la dichosa coronación se acercaba, sentía como su autoridad era cuestionada por todos. Incluso por Suga, quien en esos momentos ni siquiera le dirigía la mirada.
Quiso hablarle, decirle que lo sentía, que sus decisiones no eran en para afectar a alguien, pero ninguna palabra salió porque realmente no estaba arrepentido. Una vez el padre de Tobio le había dicho que entre la corona y cualquier otra opción: la corona siempre debía ganar.
Sugawara, harto del silencio que antes nunca había existido con su cónyuge, se levantó de la silla y le hizo una reverencia antes de irse. A Daichi eso le dolió más que el filo de una espada clavándose en su corazón.
—Sé que sigues enojado. Pero dame un minuto; quiero verte.
El aludido se quedó quieto, mirando hacia enfrente, evitando la mirada de Daichi porque sabía que lo perdonaría con solo mirar sus penetrantes ojos castaños.
—¿Suficiente?
—Nunca.
...•••...
Kuroo llegó a su habitación en tiempo récord, se sentía emocionado, como el adolescente que nunca le permitieron ser.
Lomë se acercó a él al instante, esperando a que el humano le rascara su barriga como siempre hacía. Había un desastre en el lugar; el suelo lleno de plumas, las cortinas desgarradas y los muebles parecían haber sido usados como lima de uñas. Y ante todo, la desvergonzada pantera negra solo ronroneaba complacida por los dedos sobre su estómago.
Kuroo solo suspiró antes de alejarse en busca de la cadena con la que la llevaba a Lomë mientras estaban en el interior del castillo, una vez afuera la soltaba para que corriera lo que quisiera. Aunque la mayor parte del tiempo su mascota era bastante floja, por eso nunca se jalaba ni tenía problemas a la hora de sacarla a tomar un poco de aire fresco.
Lomë no protestó cuando sintió el metal alrededor del pelaje de su cuello, sus ojos seguían atentos los movimientos de su dueño, segura de que éste jamás le haría daño. Cuando su humano abrió la puerta, ella salió primero y luego esperó a que éste marcara el camino. De vez en cuando se enredaba entre sus piernas de manera juguetona antes de seguir caminando como si nada; no tardaron mucho en llegar a los jardines.
Normalmente Kuroo la liberaría ahí como la noche anterior, pero esta vez tenían un destino más específico: la fuente del norte.
El rey de Nekoma se recordaba a sí mismo jugando ahí cuando era niño, era un pequeño jardín, más parecido a un prado a mitad del castillo nombrado así por la enorme fuente de colores claros hecha de mármol en honor al dios del invierno, aunque en la base también había inscripciones en la lengua antigua que alababan a la diosa del viento. Esa parte del jardín era la más fría sin importar en qué estación se encontraran; le daba curiosidad la razón por la que Tsukishima había escogido ese jardín sin siquiera vacilar. Lo averiguaría pronto, porque frente a él ya estaba el arco de enredaderas que daba entrada al lugar.
Lomë comenzaba a desesperarse por no andar con la libertad a la que estaba acostumbrada, comenzó a jalarse sin ser consciente de que su fuerza era superior a la de su humano por lo que la entrada de Kuroo fue patética a criterio de Tsukishima. Siendo jalado por un enorme animal negro que lo mangoneaba a su antojo para luego tropezar y caer de bruces al suelo.
No pudo contenerse, aplaudió ante el espectáculo atrayendo la atención de los recién llegados.
Ambos, humano y felino se quedaron embelesados por la imagen frente a ellos. Las mejores lunas del año eran aquellas del mes de las cosechas, y aunque estaban a días de que esas fechas finalizaran, la luna llena no decepcionaba. Grande, brillando en todo su esplendor e iluminando más que nunca, ayudando a las pocas farolas que tintineaban por el viento de la noche. La piel de Tsukishima se veía más nívea y suave que nunca bajo el brillo de aquel astro; dándole una imagen etérea y casi inalcanzable. Lomë incluso alcanzó a distinguir su olor, suave y agradable. Ese humano también le gustaba.
Kuroo se levantó del suelo, maldiciendo internamente por dejar de ser visto como alguien cool, y soltó a su mascota. Estaba seguro de que no le haría nada a Tsukishima, pero tampoco había esperado que se abalanzara sobre el pobre rubio, quien le dio una mirada asustada.
Tsukishima alcanzó a retroceder un paso antes de que Lomë se detuviera completamente frente a él, sentando sus cuatro patas en el suelo de forma elegante y clavando sus ojos verdes cual gemas preciosas sobre la figura de Kei.
El azabache se quedó observando la escena, maravillado por el comportamiento de ambos. Lomë nunca le había puesto tanta atención a alguien que no fuera el rey de Nekoma, y Tsukishima era la primera persona en no salir huyendo ante algún movimiento repentino de la pantera. Iba a añadir un comentario provocador sobre esa habilidad desconocida que tenía de encantar a gatos grandes y poderosos cuando lo vio extender su brazo con los dedos ligeramente extendidos, hacia la cabeza de la pantera. Cualquier comentario se quedó atorado en su garganta ante la visión de esa pálida mano acariciando suavemente el negro pelaje de Lomë, rascando detrás de las orejas y logrando lo inimaginable: hacerla ronronear.
Después de eso, cualquier asunto político que Kuroo fuera a discutir con Tsukishima quedó olvidado. No estaba enamorado, pero había quedado prendado del rubio y todo lo que lo rodeaba. El maestre Nekomata diría con burla que (finalmente) alguien le gustaba.
...•••...
Bokuto se quedó un rato en el pasillo, su espalda recargada contra la fría superficie que era la pared. A lo lejos vio a Kuroo pasar velozmente para luego volver sobre sus pasos en compañía de Lomë. Cuando Akaashi le había regalado un cachorro de pantera a su mejor amigo, Bokuto jamás se imaginó que crecería tanto. Era un animal muy lindo, que por algún motivo tenía una especie de aversión a su cabello y le enseñaba los colmillos en un gesto amenazador cada vez que la veía.
Supuso que Kuroo iría a encontrarse con Tsukishima. Ya era bien sabido por todos que una especie de cortejo había sido ordenado entre ellos; aquello solo era otra muestra de cómo la corona siempre ganaba, y eso solo era un recordatorio de que se mantuviera alejado de Akaashi si no quería que la historia se volviera a repetir.
Y entonces, ¿por qué llevaba un buen rato recargado contra la pared junto a la puerta que era la entrada a la enfermería? Se decía a sí mismo que era porque debía asegurarse de que ningún mercenario pondría un pie ahí otra vez, que debía asegurarse de que Keiji estaba en buenas condiciones y recuperándose a pesar de que el maestre Takeda ya se lo había jurado varias veces a lo largo del día; no porque quisiera verlo, no.
Y no iba a entrar, solo se quedaría ahí un rato más en lo que...
Un golpe seguido de un quejido de dolor se escuchó adentro de la habitación y Bokuto entró corriendo en un parpadeo; su espada desenvainada y lista para encajarse en el corazón de aquel que hubiera osado a lasti... Oh.
Akaashi estaba en el suelo, la camisa de lana blanca que se le daba a los enfermos le llegaba hasta la mitad de los muslos llenos de moretones y rasguños. Bokuto ya lo había visto la noche anterior, pero hasta entonces notaba lo mallugado que estaba su cuerpo.
Se acercó a él para ayudarlo a levantarse y con cuidado lo sentó sobre la cama en la que debía permanecer hasta recuperarse. Había leche de amapola tirada, y Bokuto pudo deducir después de algunos segundos que seguramente aquello es lo que Keiji había estado intentando alcanzar antes de caer.
Koutarou, quien gracias a sus travesuras y aventuras había regresado muchas veces herido al castillo, sabía dónde guardaba el maestre Takeda su reserva de ese brebaje, por eso, aún sin decirle palabra al menor se acercó a uno de los tantos estantes y sacó una jarra con una especie de líquido blanquecino y espeso en su interior. La sirvió en el cuenco ahora vacío donde antes había ese anestesiante y lo diluyó con agua antes de tendérselo a Keiji, quien durante todo ese tiempo solo lo había observado en silencio.
Akaashi se quedó observando fijamente la leche de amapola haciendo una mueca ante la idea de tener que tomarla nuevamente, el sabor no era malo, pero tampoco le agradaba en lo absoluto. Bokuto fue a otro de los estantes y sacó una cobija extra, blanca y suave como la camisa que el de Fukurodani tenía como única prenda.
—Estamos a dos días de que el mes de las cosechas termine, el viento está inquieto así que debes abrigarte bien. Esta ala del castillo suele ser fría.
—No viniste en todo el día —murmuró Keiji con voz calmada, ignorando la cobija que Bokuto le tendía.
Sus piernas colgaban por la orilla de la cama, sus pies descalzos apenas tocaban el piso con la punta de sus dedos. No le importaba que su piel estuviera erizada por la fría temperatura del ambiente, sabía que no podría sentir calor hasta que Bokuto volviera a ser el mismo con él.
—Estaba ocupado —se excusó en un susurro.
Akaashi asintió, clavó sus ojos en Koutarou y lo examinó. Se bebió su imagen como si se estuviera muriendo de sed, memorizando cada detalle. Cuando sus miradas se encontraron, un pensamiento que había estado en su mente todo el día finalmente se concretó.
—Recuerdo que mi color favorito es el dorado —comenzó a hablar el azabache con voz tranquila—. Durante todo este tiempo pensé que era porque el escudo de armas de Fukurodani tiene dorado en sus trazos, sin embargo, ayer vi tus ojos y dudé, pero ahora que te veo otra vez, sé que es por el color de tus ojos. Ahora explícame, ¿por qué mi color favorito se debe a una persona que me trata como si apenas me conociera?
—'Kaashi... —susurró el búho con voz triste.
Nunca había sido bueno escondiendo sus sentimientos, Kuroo siempre se lo decía: era un libro abierto, y en parte esa había sido una de sus excusas para aplazar todo un día su visita a la enfermería.
—Koutarou...
Bokuto estaba teniendo una lucha interna, Akaashi podía verlo pero no podía ayudarlo con ella, si no sabía contra qué demonios luchaba.
—Dímelo Kou —lo animó llamándole por ese apodo que solo Kuroo y él le decían. Sin embargo, era ajeno a que para Bokuto aquello era como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
—Dime hasta dónde recuerdas... —pidió.
Por el tono y la mirada tan penetrante que Bokuto le dio con sus bonitos ojos ámbar, Akaashi supo que quería la versión larga, aquella que pronto tendría que contarles a Sugawara y Daichi para que lo ayudaran a recuperar su país.
—Nunca me ha gustado andar a caballo más de lo necesario, no puedes disparar flechas establemente desde ahí, pero Konoha... —su voz tembló un poco ante la mención de su amigo y protector muerto, sin embargo, se forzó a seguir hablando—. Konoha me contó que para esas fechas me había ensañado con esa actividad, alegando que un verdadero rey debe ser capaz de enfrentarse a una guerra a caballo. No me preguntes por qué hablaba de una guerra, no puedo recordarlo; el punto es que pasaba horas y horas sobre el lomo de Nessa(1) cabalgando sin descanso. No tengo idea de cómo caí ni qué pasó después. No desperté en una semana, y cuando lo hice fue una pesadilla porque no podía recordar nada.
—Mi último recuerdo varía, no logro decidir cuál de los dos que tengo es el último o si acaso uno de ellos es real —Bokuto abrió la boca para preguntar pero Akaashi, quien había estado esperando el gesto, elevó una mano hasta sus labios para silenciarlo—. La última cosa clara en mi mente es la fiesta a los dioses aquí en Karasuno, éramos unos mocosos de quince años, los adultos aún gobernaban tanto Fukurodani como Karasuno. El padre de Kuroo había fallecido de locura y nuestro amigo había cancelado su visita a este país por tercera vez consecutiva. Recuerdo que estabas triste porque no verías a Tetsurou antes de sugerirme planear un viaje a Nekoma... ¿Hicimos ese viaje? —Bokuto asintió con una sonrisa triste como toda respuesta y Akaashi guardó en su memoria el brillo que sus ojos mostraron al asentir. El mayor también estaba recordando—. Y eso es todo. Después de los fuegos artificiales todo se vuelve borroso, o casi todo...
—¿Casi todo? —Eso había picado la curiosidad de Koutarou.
—Bueno, yo...
El ruido que la puerta de la enfermería hizo al abrirse provocó que ambos centraran su atención en ella. Segundos después la pequeña figura del maestre Takeda se vio iluminada por uno de los candelabros en la entrada antes de que este notara la presencia de Bokuto y les diera a los dos una mirada de desaprobación.
—Bokuto Koutarou, no deberías estar aquí, es tarde y su majestad Akaashi debe des...
—Fue mi culpa maestre Takeda, me caí cuando intenté alcanzar la leche de amapola y Bokuto me ayudó a levantarme, tal vez hice más ruido del que creí y eso llamó su atención.
Fue entonces que el de la casa del búho lo entendió; Akaashi sabía que estaría ahí, y si no lo sabía al menos lo sospechaba, la leche de amapola ni siquiera había estado lo suficientemente alejada como para que tuviera que levantarse, además de que el azabache no había tomado ni un sorbo del nuevo sedante que Bokuto había preparado para él.
Keiji seguía siendo tan inteligente como siempre.
El maestre asintió antes de dirigirse a uno de los tantos armarios del lugar para tomar una pasta hecha con hojas de varias plantas. Bokuto, quien estaba especialmente ágil de mente esa noche, supo al instante que eran para ayudar a cicatrizar la herida del bastardo que había atacado al rey de Fukurodani la noche anterior.
—Debe descansar, Bokuto —le recordó Takeda antes de hacer una pequeña reverencia hacia Akaashi y salir de la enfermería en dirección a las mazmorras.
Ambos búhos, cada uno de su respectivo país, lo observaron marcharse y volvieron a quedarse en silencio.
Akaashi volvió a acostarse y con ayuda de Bokuto puso la manta extra sobre su cuerpo mientras se acomodaba contra el colchón.
—Mañana me dan de alta, después de eso podré guardar reposo en mi habitación.
—Me aseguraré de que la tengan lista mañana temprano —le aseguró Bokuto—. Ahora debo irme antes de que el maestre Takeda regrese, él es quien siempre me cura y si me ve aquí estoy seguro de que sus puntadas ya no serán tan indoloras como siempre...
Keiji asintió como toda respuesta, clavando sus ojos sobre su ropa blanca de manga larga que casi cubría sus puños totalmente; mientras escuchaba los pasos de Bokuto resonar cada vez más lejos. Cuando escuchó la puerta abrirse fue que finalmente volvió a buscarlo con la mirada y al localizarlo, justo cuando salía de la habitación, murmuró en voz alta para ser escuchado:
—Y luego, un beso bajo el fuego de los dioses...
Bokuto comprendió que aquel había sido el recuerdo que no sabía si clasificar como un sueño o no.
Para bien o para mal: no lo había sido.
...•••...
Al día siguiente, Akaashi volvió a su habitación y Bokuto no fue a visitarlo. Kuroo mandó una carta al maestre Nekomata para que cancelara su compromiso, prometiéndole que a pesar de eso se casaría pronto. Suga y Daichi durmieron en habitaciones separadas por primera vez en años, y Oikawa recibió la carta que sellaría su destino.
El viento sobre el Nido del Cuervo y su ciudadela se había desatado con furia. La tierra era levantada con facilidad, todas las ventanas habían sido cerradas y los montículos de paja y heno habían sido arrastrados y deshechos. Los animales se escondían en sus nidos y madrigueras, los caballos eran resguardados en los establos y las clases de arquería y lucha al aire libre habían sido canceladas.
Nadie, ni siquiera Tsukishima que amaba el frío, estaba feliz con el clima.
Y Asahi estaba preocupado, después del día lleno de visiones que había tenido cuando Hinata, Akaashi y Kuroo llegaron se había sentido exhausto. Daichi le había dado permiso de aislarse un día o dos para orar y recuperar la calma que lo caracterizaba.
Ahora que finalmente salía de su retiro al templo de los dioses la noche ya estaba bien entrada. El sol no tardaría en salir.
El viento era tempestuoso, soplaba con fuerza provocando todo tipo de sonidos en un castillo tan viejo como el vino que se usaría en la boda de Hinata y Kageyama. Un viento de tal calamidad en el mes de las cosechas no podía augurar nada bueno.
Sus aposentos quedaban justo al lado contrario de donde había tenido lugar su retiro espiritual, por lo que aún le quedaba un buen tramo para llegar a ellos. Una vela era la única iluminación con la que contaba, afuera la luna había quedado oculta por una capa de nubes que amenazaban con tormenta.
Conforme avanzaba, los sonidos de un piano suaves y melancólicos, se hicieron más fuertes. La sala de música estaba a pocos pasos de él, la puerta estaba entreabierta. Asahi nunca creyó que se trataría de un fantasma, a pesar de su sexto sentido nunca había visto a uno, aunque no dudaba de la existencia de estos espíritus atrapados en la tierra.
Sintió su pecho estrujarse ante la melodía tan triste, cada tecla era como un golpe a su corazón. Nunca se había sentido tan desconsolado, ni siquiera cuando su destino como futuro sanador y maestre del castillo quedó sellado, teniendo como principal consecuencia el deber de enterrar su deseo de una vida con Nishinoya Yuu.
Se quedó junto a la puerta de la sala de música escuchando esa triste canción una y otra vez. Por más que la analizaba, por más que escuchaba cada acorde con precisión, no lograba encontrar ni una gota de esperanza en las notas.
La curiosidad de quién estaría tocando finalmente triunfó, así que con pasos sigilosos se acercó a la puerta entreabierta. No le costó mucho encontrar el piano cuando asomo su ojo por la rendija entre las dos piezas de madera. Había una vela como única luz para el intérprete que era nada más y nada menos que Tsukishima Kei.
De todas las personas en el palacio, Tsukishima era con el que menos hablaba. Había llegado meses atrás, asistía a la adoración a los dioses cada mañana, a los servicios y a las festividades que había en honor a ellos. Nunca había llamado la atención de Asahi porque estaba cuando se le llamaba y siempre estaba en donde debía.
El futuro sanador nunca pensó que hubiera tanta tristeza en su alma; la idea de pasar a consolarlo cruzó por su mente antes de ser rápidamente desechada. No se conocían mucho y si lo interrumpía seguramente el rubio no volvería a tener la confianza de ir a la sala de música a mitad de la noche a sacar sus sentimientos en una nana que seguramente sería tocada a un bebé que perdió a su madre.
Lentamente se alejó de la puerta y siguió su camino pensando en meter a Tsukishima en sus oraciones. Era un pianista talentoso y seguramente nadie en el castillo sabía ese pequeño dato más que él.
Comenzó a sentir frío antes de llegar a su habitación, le faltaba medio pasillo más. Habría pasado a la enfermería antes por si había que revisar a algún enfermo, más esta ahora estaba vacía. El único convaleciente que el castillo tenía en esos momentos estaba en las mazmorras, si no se equivocaba, su interrogatorio sería después del funeral de Konoha, y ese funeral tendría lugar al día siguiente, o sería más adecuado decir que dentro de unas horas.
Akaashi les había explicado que los funerales en Fukurodani eran durante el ocaso, que había que preparar "luces del alma", las cuales eran una especie de lámparas que se elevaban gracias al fuego en su interior y la ligereza del material con la que estaban hechas(2), luego se cantaba la canción en lengua antigua a la diosa Leilana, la diosa de la muerte.
La lengua antigua era obligatoria para los maestres, escribas y sanadores debido a que casi todos los libros llenos de polvo y cuyas hojas eran tan finas como las capas superiores de una cebolla estaban en ese idioma; pero para la mayor parte de la población solo era un conjunto de letras y sonidos que nadie entendía. Había reyes como Kuroo y Akaashi que la sabían, pero en Karasuno eran contadas las personas que podían hablarla. Sin embargo y por otro lado, en Fukurodani la mayor parte de la población la aprendía a la par del lenguaje común.
En cuanto al funeral, después de la canción que más que hablar de tristeza, hacía referencia a la reencarnación y aceptación del luto, las luces del alma subirían al cielo haciéndole compañía al espíritu de Konoha para "acompañarlo" a una estrella que estuviera agonizando; llegando ahí para darle un poco más de vida a ese brillante astro mientras su cuerpo vacío se fundía con la tierra. Por eso también hacían una pequeña oración al dios de la naturaleza en la lengua común y se quedaban en una especie de funeral bajo las estrellas admirándolas hasta la medianoche en busca de una que de pronto brillara más gracias a la vitalidad que el alma de Konoha le había otorgado.
Era gracias a eso que se tenía la creencia de que las lluvias de estrellas eran esas almas volviendo a la tierra, bajando para los bebés aún en un vientre materno, listas para reencarnar. También se creía que estas lluvias tan especiales y sagradas habían disminuido de forma alarmante gracias a las consecuencias de la Peste del Castigo.
Las leyendas de Fukurodani solían ser la favoritas de las nanas y niñeras, tan fantasiosas y esperanzadoras, perfectas para cualquier infante antes de dormir.
Por otro lado las historias sobre la Peste del Castigo eran aquellas que los abuelos les contaban a sus nietos cuando los encontraban desobedeciendo, jugando en el lodo, haciendo travesuras o portándose mal, a pesar de que realmente era tan importante que incluso formaba parte de los libros de historia.
Asahi se asomó por la ventana, afuera el clima era tempestuoso, no había ni una pizca de luz. Las lámparas de aceite que normalmente iluminaban el jardín este antes de la entrada al laberinto habían cedido ante el viento que sopló hasta apagarlas.
Esa noche, oscura como boca de lobo, solo hizo que Asahi pudiera ver con claridad frente a sus ojos aquella historia que en esos momentos le parecía tan importante.
Los feminicidios estaban a la orden del día después de la muerte de la prometida del Rey de Nekoma tantos años atrás. Los caminos estaban infestados de cuerpos en descomposición, había toques de queda que de nada servían, se había perdido toda moralidad, pues los ejércitos mataban a cualquier fémina en el camino.
Dos reyes estaban cegados, sedientos de sangre y totalmente enemistados. Al principio los ataques y matanzas se limitaron al territorio de los gatos y las águilas, mientras Karasuno y Aoba intentaban mediar mediante acuerdos de paz y tratados. Nadie escuchó, nadie pactó, y pronto sus territorios también comenzaron a ser atacados.
Dicen que la plaga se originó en una fosa al norte de Shiratorizawa, cerca del Punto de los Reyes. Este lugar era conocido así porque era una frontera que daba a las cuatro naciones; al noreste estaba Nekoma, al noroeste Karasuno, bajando al sureste se hallaba Aoba Jousai y finalmente al suroeste se encontraba Shiratorizawa. Cuatro territorios de igual extensión geográfica, cuatro territorios expuestos a una plaga que tuvo lugar en un campo de bacterias por la putrefacción en cuerpos femeninos.
Poco a poco las personas comenzaron a morir, los síntomas eran claros: tos con sangre, palidez absoluta, sangrado por los oídos y el más doloroso de todos: desangrarse a través del útero.
Los pueblos eran una feria para las infecciones, las enfermedades y la putrefacción. Y nadie hacía nada al respecto porque estaban más ocupados protegiendo a las mujeres de la familia y procurando no enfermar.
Tarde o temprano la guerra entre Shiratorizawa y Nekoma inició, ambas naciones se atacaban unas a otras sin descanso. Debido a que sus reinos solo tenían el Punto de los Reyes como única frontera en común, Shiratorizawa le otorgó el perdón al rey de Aoba a cambio de poder poner sus ejércitos en la frontera con Nekoma; Aoba accedió y Karasuno se vio forzado a entrar permitiéndole lo mismo al rey de los gatos, pero manteniendo a sus ejércitos fuera del combate.
El reino de los cuervos estaba más preocupado por las muertes y el efecto secundario para las afortunadas que lograban sobrevivir: infertilidad.
Había que proteger a las mujeres sanas a toda costa, separándolas de aquellas que ahora tenían el infortunio de no poder cargar un hijo en sus entrañas.
La población ya estaba descendiendo alarmantemente y a pesar de que había recibido ataques anónimos en los pueblos fronterizos, Karasuno se abstuvo de responder y se centró en lo que sería la casa más importante años después.
La casa del Linaje de la Madre. Se llamaba así por la diosa madre, la diosa de la fertilidad, el amor y la sabiduría. Era un santuario para las mujeres, aunque en el fondo era la casa más corrupta de todas. Sin embargo, cuando fue creada sirvió para su único objetivo, salvaguardar vidas.
Pocos sabían del fraude que la Casa de la Madre era, a él como futuro maestre le correspondía saberlo para poder dar consejo al respecto, pero mientras, como el aprendiz que era, ni una palabra podía decir.
Al final, después de meses y con todo el continente Reah apestando a muerte, la plaga llegó a su cumbre. Sí afectó a los hombres, pero fue a una extraña minoría que tenía la suficiente "magia" en su interior como para dar vida, las leyendas sobre ellos solo muy pocos las conocían, y hasta ese día se creían extintos.
La guerra entre las naciones terminó el día en que Karasuno finalmente entró a ella. Sus mujeres ya estaban protegidas, el futuro era seguro, así que era hora de detener las matanzas y ponerle un fin a la estupidez humana.
El ejército de Nekoma había aguantado bien ante las batallas contra Aoba y Shiratorizawa, sin embargo, ahora estaba diezmado y su derrota era definitiva. Los Caballeros y las Águilas también habían tenido sus bajas, así que a Karasuno no le costó mucho trabajo derrotarlos en la Gran Batalla. Fue sangrienta, aplastante sin piedad, pero necesaria para volver a obtener la paz.
Como consecuencia: todos perdieron territorios, todos perdieron a sus esposas. El rey de Aoba por la Peste y el rey de Shiratorizawa en castigo. A todos se les otorgó una de las mujeres que habían sido resguardadas en la recién creada Casa de la Madre. Y fue así como Karasuno se convirtió en el Protector de todo el continente.
"Claro, de una manera muy resumida", pensó Asahi. Los libros de historia no mencionaban la tiranía que el propio Karasuno había usado.
No podía dejar de pensar en eso, en la historia y sus consecuencias como si hubiera un detalle que estuviera pasando por alto. Algo importante...
El cielo afuera de su ventana comenzaba a iluminarse, las nubes seguían cubriéndolo todo pero ni una gota caía. A lo lejos, por el borde de lo que su ventana le permitía ver, divisó un figura, un caballo a todo galope que se dirigía a la entrada del castillo. Un muy mal presentimiento lo recorrió al reconocer el escudo de armas que el estandarte traía a pesar de la distancia a la que se encontraba. Aunque no le sorprendía, Aoba raras veces significaba noticias buenas para Karasuno desde que el caprichoso monarca que ahora reinaba había subido al poder.
Ya no tenía sentido acostarse e intentar dormir, no se equivocaba al prever que pronto el maestre Takeda lo llamaría para que estuviera presente ante los reyes regentes de Karasuno.
...•••...
El heraldo principal y el maestre del castillo se encontraron frente a frente, ambos a punto de llamar a la habitación de los Reyes regentes de Karasuno. Cada uno tenía una noticia urgente que dar.
Tocaron la puerta al unísono, despertando a Daichi, quien era el único que se encontraba en la habitación y recibieron una mirada entre preocupada y molesta por su parte.
—¡Noticias urgentes! —exclamaron los dos al mismo tiempo.
—Ve a la habitación de Suga y despiértalo —le dijo al heraldo con voz ronca—, antes quiero enterarme de lo qué pasa en mi propio castillo.
El aludido le hizo una reverencia antes de salir corriendo a cumplir la orden.
Daichi dejó entrar al maestre Takeda y éste comenzó a hablar en cuanto la puerta se cerró.
—Murió, el maldito murió en mis manos —había rencor en sus palabras, algo extraño viniendo del mayor—. No logré detener la hemorragia que se autoinfligió al rozar su pierna herida una y otra vez contra el metal del catre en el que estaba —fue ahí que Daichi entendió que hablaba del mercenario al que Konoha había herido antes de que este pudiera tomar la vida de Suga o Akaashi en sus manos, por eso no le dolió en lo más mínimo su muerte—. Dije que había que llevarlo a la enfermería en cuanto Akaashi saliera de ahí, y ahora está muerto y no tenemos respuestas de quién lo envió ni qué hacía aquí y por qué quería asesinar al rey de Fukurodani.
La mente de Daichi avanzaba como una máquina de vapor, tan rápido como el carbón y las piezas se lo permitían. Tenía la conversación sobre el intento de asesinato de Akaashi muy en el fondo de sus prioridades, sobre todo porque había terminado más que enojado por el tópico.
Estaba rememorando, su vista clavada en el piso y una mano en el mentón. Él había dicho que se le interrogara enseguida y su orden habría sido cumplida si no fuera por...
—¡Suga! —gritó su nombre fúrico.
Su esposo había insistiendo en dejarlo recuperarse, en darle días para sanar antes de someterlo a un interrogatorio que contestaría agradecido por la oportunidad de seguir viviendo. Tonterías. Ahora el mercenario estaba muerto, no tenían ni una sola respuesta y toda su ira estaba concentrada en una sola persona.
El maestre Takeda podía sentir los sentimientos tan negativos que Daichi comenzaba a albergar. Ahí había más que solo ira por lo recién acontecido.
La puerta de la recámara fue tocada suavemente antes de darle paso al heraldo que iba acompañado por Suga, quien aún estaba en su camisa de dormir. El desconcierto era claro en su rostro, sobre todo por la presencia del maestre Takeda ahí.
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó confundido ante las miradas que recibía. Una llena de compasión y la otra dura como el acero.
El Heraldo, recordando la urgencia del mensaje que había recibido por parte del mensajero de Aoba, que había cabalgado día y noche hasta llegar en poco menos de dos jornadas exactas, pensó que esa era su señal, así que se paró derecho y carraspeó para aclarar su garganta y llamar la atención de los ahí presentes, luego sacó la carta del bolsillo interior de su túnica y la leyó en voz alta.
«Yo, Oikawa Tooru, Rey de los Caballeros de Aoba Jousai y Lord protector del mar del sur, hago un llamado a la nonagésima Cumbre de la Alianza Invernal en la Isla del Rey, con el fin de llevar a cabo la invaluable tradición de pactar los acuerdos comerciales que mantendrán a flote a nuestras naciones hermanas: Karasuno y Nekoma durante la estación más fría del año.
De igual forma, se pondrá sobre la mesa la sucesión y aceptación del siguiente rey de Fukurodani ante el lamentable deceso del monarca Akaashi Keiji (*)
Sin más por el momento, el encuentro se llevará a cabo el decimotercero día del mes de la Calidad.(3)
Mis más cordiales saludos y mejores deseos, Oikawa Tooru; Rey de Aoba Jousai.»
El silencio después de eso fue ensordecedor. La mente de los ahí presentes trabajaba a toda velocidad intentando adelantarse a los planes de Oikawa. Akaashi seguía vivo, pero a estas alturas ya todos deberían saberlo, aunque al parecer cuando Oikawa había escrito esa carta aún no tenía idea de eso y en parte, la carta y su contenido lo descartaban como el autor del atentado que habían sufrido tres noches atrás.
El tema del mercenario muerto había quedado olvidado por completo. La reunión en la Isla del Rey apremiaba más que nunca, sobre todo porque era la opción de poner a Akaashi nuevamente en el trono sin tener que recurrir a una guerra.
...•••...
La Isla del Rey era un paraje tropical. El invierno parecía nunca haber tocado ese lugar, con su flora tan verde y llena de plantas exóticas con colores llamativos y cálidos, sus animales tanto terrestres como acuáticos acostumbrados a las altas temperaturas.
La Isla del Rey era el lugar perfecto si se quería escapar cuando el invierno llegaba, y aunque el calor y la humedad solían ser sofocantes al principio, la sombra y los sirvientes con enormes hojas de palmas perfectas para abanicar nunca faltaban. Aunque últimamente se había puesto de moda los abanicos hechos con plumas enormes.
Aoba Jousai y Nekoma eran los más cercanos a esta isla que se encontraba al sureste del continente. Les tomaba cinco días de viaje en carruaje hacia alguna ciudad costera y otro día en barco surcando el pacífico mar Azul para poder llegar. A los de Karasuno les tomaba dos semanas de viaje en carruaje desde el Nido del Cuervo hasta las Tierras del Sol, ahí de igual forma se tomaba un barco para viajar un día hasta llegar. Sin embargo, para los de Shiratorizawa era un trayecto mucho más largo y complicado. Se hacían siete días desde la capital hasta sus fronteras con Aoba Jousai, donde debían atravesar todo el territorio haciendo una semana y media de lado a lado por los caminos más rápidos y la vía más corta, para finalmente cruzar el mar Azul en un día.
Fue por eso que Ushijima Wakatoshi, segundo de su nombre, rey de Shiratorizawa y Lord protector de las islas de océano tempestuoso del suroeste, hizo maletas y apuró a la corte tan pronto como recibió la carta-invitación. Llegaría justo un día antes de la fecha establecida si comenzaba el viaje con prontitud.
No iba a quejarse del poco tiempo que le dieron para planear y organizar, como el rey ejemplar que era tenía sus inventarios al día y en orden, las cartas de igual manera actualizadas, enterándose de que el soberano de Fukurodani seguía con vida en el Nido del Cuervo y que el rey de Nekoma había ido de visita, razón por la que suponía que al final la reunión solo sería para acordar el comercio que se haría en invierno.
El viaje fue calmado, su corte era muy amena y tranquila, los descansos eran silenciosos, cada uno en su libro o alguna actividad sedentaria a no ser que el rey tuviera ganas de hablar. Los únicos incordios eran debido a Tendou y su lengua filosa a la que le encantaba molestar a los nobles más calmados e inexpresivos. Ushijima nunca le ponía un fin y nadie se lo pedía, todos sabían que Tendou era intocable por ser el favorito de Wakatoshi; ya era algo tan común que ni siquiera había chistes al respecto.
Shirabu, quienes muchos esperaban que fuera el próximo consorte real de las águilas, era quien peor se llevaba con el pelirrojo, así que si no era para una audiencia privada no acudía frente a su rey por voluntad propia, dispuesto a evitar a toda costa al pelirrojo que siempre estaba a su lado.
Varias de las personas que lo acompañaban jamás habían visto una extensión de agua tan turquesa como el que tenían las tres naciones con costas hacia el ocaso, aunque no por nada se llamaba mar Azul. El océano en las costas Shiratorizawa solía ser tormentoso, oscuro y traicionero. La pesca era escasa, y todos los animales seguían la corriente hasta el mar de Karasuno, lo cual era un poco ilógico porque esa nación también tenía el mar de hielo a kilómetros y kilómetros de agua sobre el de Shiratorizawa. Las leyendas señalaban aquella situación como un castigo por la esposa causante de todo.
El viaje en barco fue rápido, y todo había salido de acuerdo al plan. Habían llegado a la Isla del Rey un día antes del día trece del mes de la calidad.
Al pisar tierra, el heraldo al que mandó en cuanto recibió la carta y que había llegado al menos unos cinco días primero que toda la corte del reino de las águilas a base de caballo tras caballo y durmiendo apenas lo necesario, le informó todo lo que había sido necesario saber.
El rey de Aouba Jousai había llegado días antes, tomándose unas vacaciones en el lugar. El rey de Nekoma había llegado esa misma mañana, ya que como estaba de invitado en la corte de Karasuno tuvo que volver a Nekoma tan rápido como pudo a alistar todo para la reunión. La corte de los cuervos no había llegado aún, aunque por lo que decían, no tardarían mucho en hacerlo. Y así fue, la nave con un emblema de un cuervo negro sobre un fondo gris que seguramente estaría demasiado caliente por el color y lo atrayente que este era para el sol estaba alcanzando la costa.
Ushijima decidió que lo mejor sería esperarlos para saludar. Él y Daichi, el rey regente de Karasuno, tenía una relación cordial aunque un poco tensa, y aun así Ushijima consideraba que era con quien mejor se llevaba de los Reyes con los que compartía el continente. Serían mejores amigos si tan solo Karasuno no tuviera ese estúpido principio de "No intervención en la autonomía de los pueblos".
La ropa de Ushijima era ligera, acorde a la temperatura y la ocasión; el clima era caluroso y bochornoso, pero incluso así se disfrutaba bastante, sobre todo por las brisas de aire que de pronto soplaban haciéndolo sentir en el paraíso. Se hizo la nota mental de ir a la Isla del Rey más seguido si sus actividades como monarca se lo permitían.
Su propia corte había sido mandada a instalarse mientras él esperaba. Le gustaba la soledad y el silencio, podía pensar con mayor claridad y sentía que no tenía que complacer a nadie con un tema de conversación que seguro no le interesaría a la otra persona. Por eso le emocionaban un poco las cumbres, reuniones y fiestas internacionales. Hablar con otros reyes era un respiro porque sabía que la otra persona si entendía lo que era pensar en si esta cosecha bastaba para tanta población o si debía aprobar aquel matrimonio.
Y en eso pensaba, en un matrimonio entre nobles cuando lo vio por primera vez.
«Amor a primera vista», explicó después.
Alto, delgado, su blanca piel reflejando el sol. El color del trigo en su cabello. No notó a Daichi ni a su consorte que se dirigían hacia él para saludarlo, no notó que el heredero al trono de Karasuno no bajaba del barco, ni que el soberano de Fukurodani era ayudado a bajar por un maestre y su aprendiz; no notó nada.
Simplemente se quedó ahí, con la boca entreabierta ante la imagen efímera y casi irreal. El cabello rubio del joven contrastaba con la arena, sus mejillas rojas con las flores tan vivaces junta a la sombra donde se encontraba; todo en él lo llamaba, tan etéreo y frágil como se veía. Incluso la mueca de hastío en su rostro le pareció un misterio.
La ropa que todos usaban era ligera, blanca bordeada con hilos de oro. El calor era tortuoso para quienes no estaban acostumbrados a él.
Ushijima lo vio tambalearse un poco y, como el caballero que era, se acercó a ver si todo estaba bien a pesar de que no se conocían en lo absoluto.
Tuvo un mal presentimiento en cuanto se puso a la par de Daichi y Sugawara, ni siquiera pudo hacer ni un ademán para saludarlos cuando vio que el joven rubio que le había llamado la atención estaba demasiado pálido a pesar de lo guapo y delicado que eso lo hacía ver.
Lo vio detenerse y usar sus rodillas como apoyo, sus intentos por tomar aire parecían cada vez más difíciles así que miraba a su alrededor desesperado, mientras Ushijima ignoraba a todo el mundo en su carrera hacia él, Wakatoshi alcanzó a llegar justo a tiempo para atrapar al rubio en brazos mientras veía como ponía los ojos en blanco antes de desmayarse.
Daichi corrió hacia ellos al instante, Sugawara fue a buscar un carruaje a toda prisa para llevar a Kei al castillo de la Isla y a lo lejos un gato que se acercaba a ellos gritó.
—¡Tsukishima!
...•••...
~Extra~
Canción funeraria a la diosa Leilana en la alta lengua antigua.
Hahren na melana sahlin
Anciano tu hora ha llegado
emma ir abelas
ahora estoy llena de tristeza
souver'inan isala hamin
tus ojos cansados necesitan reposo
vhenan him dor'felas
tu corazón se ha vuelto gris y lento
in uthenera na revas
pronto dormirá el sueño de la libertad
vir sulahn'nehn
Nosotros cantaremos, festejaremos
vir dirthera
nosotros contaremos las viejas historias
vir samahl lala numin
Nosotros reiremos y lloraremos
vir lath sa'vunin
Nosotros amaremos un dia mas.
(1)Nessa: esposa de Tulkas (adoptado y adaptado del Valarin, O una forma arcaica Élfica) (WJ:404 vs. 416); nessamelda (nombre completo del caballo de Akaashi) significa "Amado de Nessa", nombre de un árbol (UT:167)
(2) "Luces del alma" léase globos de Cantoya.
(3) En Japón y algunos países de Oriente a noviembre se le llama el Mes de la Calidad.
*No sé si debería aclararlo, pero el mes de las cosechas es octubre.
Notitas de LaLa :3
Bueno, este capitulo creo que fue muy informativo. Espero no haberlo sobrecargado y que todo fuera entendible. Finalmente termine de contar la historia "relevante" de porque los reinos están como están. Ojala se puedan imaginar las ubicaciones antiguas y maso menos las recientes, pero por si no, igual en los próximos días andaré subiendo un mapa junto con las demás imágenes que recopilé en el álbum del capitulo que subiré en mi pagina. (alguien acuerdeme de hacerlo pronto pls)
Personalmente adore la leyenda de las estrellas y las almas. No se donde demonios la saque y Zakki se quedo con cara de what ante el primer borrador, pero me siento orgullosa, necesito una leyenda asi en mi vida. Aunque honestamente no sé que me fumé para este capitulo me gusto una pequeña pista de lo que va a venirse muy pronto, bueno hay muchas, pero una en especial que cambiara todo (?) Y fuera de eso, aun alucino con que Lala significa "reír".
Espero no haberlas decepcionado. He visto como mi bebé, esta historia que adoro con mi alma, ha ido ganando el apoyo de varias personas y soy feliz con eso. Con que la disfruten tanto como yo me divierto escribiéndola. Es un año nuevo, y juro que uno de mis propósitos fue el de actualizar Faded con más constancia, así que vamos a esforzarnos!
Gracias por llegar hasta aquí, por los favoritos y follows, pero sobre todo, gracias las personas que se han convertido en gran parte de mi motivación para esta historia:
Moonshine, Veruzca Becerra, itsKaede,nanuu, ArexuLightwood, Harley Allen, Meredith Cho yHinata YO. de verdad mil gracias.
By: LaLa
Pd: Podrán decir que Tsukki le gusta a todos, pero juro que tiene su motivo. No es sólo mi obsesión por el, lo prometo XD
