¿Pidieron un deseo hace meses? ¡Se les cumplió!

Declaimer: Haikyuu no me pertenece, es propiedad de Furudate, y yo hago esto sin fines de lucro porque nadie en su sano juicio me pagaría.

Advertencias: Política, ardides, yaoi.

Le dedico este capitulo a Aly, por su apoyo y no perderme nunca la fe, ni cuando le di buenas razones.

Gracias a Eirien, mi sugar daddy, por betear esto.

Creo que si hubo una canción que me mantuvo constante, sería Chasing Cars de Snow Patrol :3


Capítulo 4: Te desvaneces.


Oikawa Tōru era especialmente adepto a los climas cálidos. Había pasado su infancia en las costas de Aoba Johsai, cómodamente asentado en el castillo veraniego que pertenecía a la familia de su madre.

A su padre nunca lo veía, pero cuando él y su hermana mayor decidían que podían darse un tiempo de sus obligaciones en la Ciudad del Olivo Dorado y viajaban a verlos, Oikawa siempre se desvivía por impresionarlos con sus habilidades de pesca y nudos, o con el nuevo estilo de lucha que estuvo practicando con Iwa-chan, el hijo de una panadera local que tenía su puesto en el centro de La Ciudadela costera y con la que su madre había terminado llevándose bastante bien.

Tōru había nacido como el segundo hijo, el consentido de una madre que añoraba el mar y pasaba gran parte del tiempo viajando a su pueblo natal. Su hermana mayor era la heredera al trono mientras que a él le correspondía acompañar a la reina de Aoba Johsai en sus constantes viajes. Tuvo una infancia feliz y tranquila al lado de Iwa-chan, quien se convirtió en su mejor amigo y cómplice de travesuras cuando su madre fue contratada como cocinera del castillo de veraneo real. Tōru, aún a sus veintidós años, pensaba que no había mejor pan en todo el mundo.

Luego pasó lo que a todos los grandes Monarcas tarde o temprano les pasa. La vida real llegó. En su caso fue a la difícil edad de catorce años. Su madre murió cuando uno de los barcos de la flota real fue hundido por piratas justo cuanto este se dirigía a la Isla del Rey. No hubo sobrevivientes, pero sí un gran dolor para su familia, especialmente para él, que era el más allegado a esa dulce mujer que se encargó de su educación y de su crianza sin permitir que lo alejaran nunca de su lado como habían hecho con su hermana mayor. Poco después su hermana enfermó de la peste negra en un rápido brote que hubo en las calles de La Capital, donde ella era tan querida. El diagnóstico había sido fulminante, no había cura existente y fue condenada a pasar los últimos días de su vida en soledad para no contagiar a nadie más.

Oikawa nunca le perdonó a su padre el no haberse podido despedir.

Todo ese rencor y esa ira no hicieron más que crecer hasta volverse mortales, y no precisamente para su persona. Las discusiones con el rey aumentaron, sus opiniones comenzaron a diferir aún en la más mínima cosa, alentadas por el desacuerdo que representaba quién sería el futuro prometido de Tōru para darle más poder a Seijoh.

Si había algo que el ahora heredero al trono sabía desde su tierna infancia, además de que su madre era la mujer más hermosa del mundo, era que se iba a casar con Iwaizumi Hajime. Iwa-chan era el hombre de su vida y de eso nadie lo sacaba.

Se conocían desde niños, se habían vuelto inseparables. Habían sido amigos, cómplices, casi como hermanos para luego ser algo más a lo que no lograron ponerle nombre hasta que el día en que Oikawa cumplió 17 años e Iwaizumi le robó un beso, todo gracias a los celos que le causaban los torpes coqueteos que Tooru solía tener con las nobles de la corte en la que ahora vivían.

Iwaizumi se volvió el ciervo más fiel de Oikawa, así que cuando el rey de Aoba Johsai murió una noche sin previo aviso; o al menos eso era lo que contaba la versión oficial, Tōru subió al poder y a nadie le sorprendió que el joven hijo de la panadera de aquella bella ciudad en la costa del país comenzara a recibir tierras, títulos, y mucho poder. Sin embargo, aún si Oikawa le daba todas las tierras y los títulos debajo del de Monarca, Hajime, su adorado Hajime seguiría sin ser merecedor de poder pedir su mano en matrimonio. Sólo otro rey, y nada más que con otro monarca, hombre o mujer, se podría casar; esa había sido la última orden de su padre. Y ese tipo de ordenes tan premeditadas y solemnes no podían ser abolidas o ignoradas por el heredero al trono.

Fue por eso que un Oikawa de dieciocho años, joven, temperamental, enamorado y recién ascendido al poder comenzó a maquilar una red de ardides y mentiras que poco a poco lo conducirían a su objetivo final, la mano de Hajime entre las suya mientras contemplaban desde un balcón la hermosa imagen que la ciudad del Olivo Dorado ofrecía bajo sus pies cuando era hora de la puesta de sol.

Ahora con veintidós años y la carga de que Iwaizumi fuera apodado "la puta del rey" por su culpa, observaba el horizonte que a su madre le había encantado inmortalizar en papel y acuarelas cuando él tenía siete años. Esos tiempos parecían otra vida. Una más feliz y despreocupada, llena de tardes de juego y horas del té con el pan más delicioso sobre el planeta.

—Su majestad —la voz de Hanamaki lo sacó de sus cavilaciones, regresándolo a la realidad para notar que el cielo estaba oscuro y él aún no se había terminado de preparar aún para ir a la primera cena de la cumbre que él había solicitado—, es hora, llegaremos tarde.

Oikawa suspiró y asintió antes de estirar los labios en la sonrisa juguetona que tanto lo caracterizaba. La tenía tan bien ensayada que podía mantenerla en su rostro por horas sin sentir que las mejillas se le entumecían.

—Pero un rey nunca llega tarde, Makki —le canturreó el castaño a su espía principal.

Desde el tremendo fallo en la conspiración para asesinar a Hinata y de paso a Akaashi, Oikawa rara vez perdía de vista al joven de bonito cabello rosáceo. De igual manera, Hanamaki sabía que su cuello estaba en peligro y por eso no pensaba darle algún chisme de la corte a su soberano sin tener la total certeza de que la información era real, pero a pesar de todos ambos seguían siendo amigos cercanos, por lo que el espía se tomó la confianza de responder:

—Se le considera tarde cuando haces a otros cuatro reyes esperar.

Tōru suspiró dramáticamente como toda respuesta y se encogió de hombros. Su ropa consistía en un pantalón de algodón color beige y una camisa veraniega azul cielo. Sus zapatos eran las botas menos calientes que tenía a pesar de que si por él fuera, andaría con sandalias o descalzo ahora que la arena había dejar de quemar como si de una estufa encendida se tratara. Pero Ushijima estaba ahí, y si Tōru quería obtener su apoyo ahora que una de las ramas principales de su plan maestro se había roto, definitivamente tenía que agradar al maniático de las reglas y el protocolo que el rey de Shiratorizawa podía llegar a ser.

—¡Ya estoy listo! —exclamó con tono alegre, y como esperaba la puerta fue abierta desde afuera para él.

Ahí Iwaizumi lo esperaba con su porte recto y ese bronceado que se le veía endemoniadamente bien. Oikawa amplió su sonrisa al verlo, y suspiró contento al notar como los ojos de su general principal y su mano derecha no se despegaban de él, con un brillo que le conocía muy bien.

—¿Nos vamos?

—¿Contigo? Hasta el fin del mundo Iwa-chan —susurró divertido.

Y es que así era. Por Iwaizumi y la oportunidad de poder estar junto a él, sería capaz de llegar hasta el fin del mundo, o de destruirlo.


...•••...


Ansioso era poco para lo que Kuroo Tetsurō estaba. Daba vueltas como un gato encerrado, caminando de un extremo a otro del pasillo, sin permitirse perder de vista la ancha puerta de madera hinchada por la humedad que era la entrada a la enfermería del castillo de la Isla del Rey.

Kei estaba adentro; esa insolente cría de cuervo que a pesar de sus facciones frías y esa actitud de "No me toques, que me sé cuidar yo solo", había sido lo suficientemente delicado para caer exhausto, presa del calor y un largo viaje que lo hicieron perder la conciencia en cuanto puso un pie en el suelo. O al menos eso era lo que el maestre Nekomata le había dicho después de que el maestre Takeda le hubiera permitido revisar al rubio, sólo repitiendo lo que el sanador de Karasuno había decretado con anterioridad.

Luego de eso habían cerrado la enfermería del palacio. Sin dejarlo ver a su prometido, o futuro prometido si se requería ser más exactos, ya que el anuncio aún no había sido dado. Se suponía que esa noche iban a hacerlo. Ahora Kuroo ya no estaba muy seguro de que Kei lograra despertar antes de la cena, y aunque no lo culpaba en lo absoluto, por primera vez sentía la necesidad de dar la noticia de que estaba comprometido.

No era idiota, al contrario, el rey de Nekoma era bien conocido por su astucia, por la facilidad con la que leía la verdad tras una expresión, por su intelecto a pesar de esa insolente sonrisa de gato Cheshire que solía tener en los labios. Por eso fue que lo notó al instante: el brillo en los ojos, la preocupación a un nivel que solo él compartía, la urgencia de llevarlo al castillo y comenzar a bajar su temperatura corporal a base de hielo y toallas con agua fresca. Ushijima y Kuroo habían sido más que rápidos y eficientes a la hora de atender a Kei, y aunque Tetsurō estaba agradecido por la ayuda, definitivamente no quería al rey de Shiratorizawa como un ave carroñera alrededor del más joven.

Por eso estaba haciendo guardia, se decía a sí mismo, para no darle ni la más mínima oportunidad a Ushijima de acercarse y arruinar las negociaciones que por medio de cartas había estado manteniendo con Daichi después de su apresurada partida del Nido del Cuervo, pactando un matrimonio que si bien aún no estaba completamente seguro de querer, sí estaba interesado en llevar a cabo por motivos más grandes que sus propios deseos.

Aunque si debía ser totalmente honesto consigo mismo... tal vez Tsukishima realmente despertaba algo en él a lo que, por falta de costumbre, se negaba a darle un nombre.

Cinco vueltas alrededor del pasillo y como veinte suspiros después, escuchó unos pasos acercándose a un ritmo tranquilo, confianzudo. Kuroo se tensó al instante, listo para enfrentarse a quien había estado esperando, dejando escapar el aire que comenzó a contener sin darse cuenta cuando quién apareció al doblar la esquina fue Bokuto, con ese aire energético que siempre lo rodeaba, haciéndolo sonreír al instante.

—¿Oya, oya? ¡Bro!

—¡Oya, oya, oya, Bro!

Kuroo sonrío, acercándose a él en un par de zancadas, olvidando momentáneamente la puerta que vigilaba como un fiel centinela.

—¿Qué te trae por aquí, Kou?

El aludido se estremeció ligeramente, recordando que la última persona en llamarlo así había sido Akaashi hace algunos días, cuando accidentalmente se lo había encontrado en uno de los pasillos del Nido del Cuervo.

—¡Hey, hey, hey! ¿No debería preguntarte eso yo a ti? Las habitaciones de los cuarto reyes están bastante lejos del ala de la enfermería —le dijo Bokuto con una sonrisa cómplice, cruzándose de brazos y estirándose cuan alto era para para no tener que levantar mucho el rostro ahora que hablaban después de poco más de dos semanas sin saber el uno del otro—. ¿Cómo lo estás llevando?

—Bueno, ¿qué te dice el encontrarme aquí afuera esperando a que me dejen entrar? —contestó Tetsurō con una sonrisa resignada.

—Honestamente, nada.

—¿Por qué dices eso?

—Te conozco bro, y he estado en la mayoría, si no es que todas, las reuniones oficiales sobe tu matrimonio con Kei. Se ha vuelto algo bastante ventajoso para ambos. ¿Nunca has estado en las tierras del Círculo de la luna? —al ver que Kuroo negaba con la cabeza, prosiguió—. Bueno, lo cierto es que es un lugar tanto hermoso como mortal. Sobretodo en invierno, que todo el territorio se pinta de blanco, y las noches son muy largas. Hace demasiado frío, pero la caza, las pieles, el carbón y varias piedras preciosas si sabes en qué minas buscar, logran mantener con facilidad y hasta comodidad a la casa que ahí gobierna. Ya quisiera yo que la Casa del Búho recibiera al menos un cinco por ciento del treinta que tú vas a recibir por los próximos diez años como dote.

—La dote no es algo que realmente me interese, y lo sabes —respondió con brusquedad, repentinamente molesto con la idea de Bokuto teniendo algo que ver con Kei.

Definitivamente algo andaba mal en él si comenzaba a encelarse de su mejor amigo.

—¿Pero un heredero sí? Sólo estás aquí por eso, no porque realmente te interese el bienestar de Tsukki.

Ese tema sí que llamó la atención de Kuroo, quién había tenido que aceptar la estúpida condición de que no sabría nada de eso hasta que la unión hubiera sido concretada.

—¿Qué sabes de eso? Todos se comportan como si el hecho de que hubiera mujeres fértiles en la Casa del Linaje de la Madre fuera un secreto de Estado o algo así.

—Es que en cierta forma es un secreto de estado. No se nos dice nada, sólo que esa casa es importante. Pero hay algo turbio, bro, ya te lo digo yo. Soy de Karasuno y aún así no me cuentan nada, y por lo que noté, Kei tampoco es muy consciente de cómo es que va a llenar ese punto en el tratado matrimonial..., pero Daichi está muy seguro, y si hay algo que he aprendido a lo largo de los años, es que si Daichi dice que podrás tener críos con las características de ambos, es porque así será.

Kuroo frunció el ceño, inconforme con esa respuesta. Bokuto tenía un poco de razón, si el rey regente de Karasuno aseguraba algo, normalmente esto era verdad, pero ¿A costa de qué? ¿Qué medios serían usados para que aquella afirmación fuera verídica? Kuroo no estaba muy seguro de querer una descendencia de alguna chica cuyo destino hubiera sido nacer sólo para procrear. Además, Bokuto se equivocaba, Tetsurō aún no sabía muy bien que era lo que sentía por Kei, y al mismo tiempo estaba reacio a aceptarlo, sentido e inconforme por la forma en que habían tenido que reencontrarse, pero consciente de que si hubiera sido de otra manera, por muy diferente que está hubiera sido... habría llegado a enamorarse de él por cuenta propia, como algo natural, como un gato maullándole a la luna porque así dictaba su instinto... o mejor dicho: porque así estaba destinado a ser.

—No me has respondido qué haces aquí —le recordó después de decidir que no quería hablar más de asuntos que seguramente el búho no podría contestarle con total seguridad—. ¿No deberías estar con Akaashi?

Bokuto hizo una mueca y asintió.

—Las noticias vuelan rápido, ¿eh?

—Ya sabes cómo es la corte, sobretodo la de Karasuno. Los mejores chismes siempre nacen ahí. ¿Cuál es exactamente tu trabajo con él?

—Cuidarlo...

—¿Desde la distancia?

—Admito que no es mi mejor estrategia, pero tengo un presentimiento, llámalo sexto sentido o lo que quieras, de que si estamos juntos la historia no hará más que repetirse.

Kuroo le dio su sonrisa felina de siempre, suspirando sin saber muy bien que hacer por ellos. Había escuchado que el viaje desde La Ciudadela del Cuervo hasta la Isla del Rey había sido tan tenso y denso, que hasta se podría cortar con un cuchillo para mantequilla.

Además, el rumor de una profecía entre ambos búhos estaba volando, sin nada totalmente confirmado, pero demasiado presente como para ser un simple invento.

—¿Y qué hay de lo otro?

—¿De qué hablas? ¿El Sol te frió el cerebro? Estoy tomando mi distancia justo para que no haya un "algo" para empez...

—No Kou, hablo de esa profecía que dicen.

—No creo en esas cosas, lo sabes.

—Pero Akaashi sí.

Bokuto se removió inquieto en su lugar, comenzando a sacar el labio para hacer uno de sus famosos pucheros, esos que sin querer lo ponían en la mira de las solteras en la corte de Karasuno, quienes la mayor parte de las ocaciones estaban ahí solo para conseguir marido.

—Por eso él no va a saber de qué se trata —refutó en voz baja, con la mirada clavada en el piso mientras apretaba los puños, clavando las uñas sobre la palma de sus manos—. Sólo yo, Asahi y el maestre Takeda sabemos de qué va esa palabrería y así se va a quedar.

—¿Qué? ¡Hey! ¡Yo quiero saber!

—Tal vez algún día te cuente. De todos modos no es algo por lo que debas preocuparte porque ya he decidido que no me voy a volver a enamorar de él —añadió con una sonrisa, cuya alegría no llegó a los ojos, algo preocupante que Kuroo comenzaba a notar como constante.

Obviamente esa discusión no se iba a quedar ahí, Kuroo nunca se lo había dicho, pero él creía que había una especie de magia en muchas personas y en todo lo que los rodeaba. Sin embargo, también era cociente de que las visiones de Asahi eran muy subjetivas y no siempre significaban lo que el vidente decía.

—Pero Kou, te digo que me...

Unos fuertes pasos se escucharon a la distancia, y como si de dos resortes listos para saltar se tratasen, Bokuto y Kuroo se irguieron, derechos y rectos cuán altos eran en espera del individuo en camino.

Fue una enorme sorpresa para ambos notar que quien se les unía era nada más y nada menos que el rey de Shiratorizawa, el más misterioso y serio de todos. A quien Bokuto nunca le había visto una sonrisa desde que lo había conocido al menos cuatro años atrás; aunque sabía que no era algo imposible.

Los cuatro reyes, cinco si se contaba a Akaashi, se conocían desde pequeños, así que cuando se juntaban era normal escuchar las anécdotas de cuando acompañaban a sus respectivos padres a las reuniones o cumbres internacionales, sobre todo por parte de Akaashi, Kageyama (o Daichi) y Kuroo. El último año, el hablador de Oikawa se mantenía huraño y en silencio, o con su atención totalmente puesta en el comandante de sus tropas y mano derecha, a quien igual todos conocían desde pequeños. Y Ushijima, por otro lado, nunca hablaba mucho. Pero siempre estaba escuchando, y se decía que la forma más fácil de hacerlo sonreír era que Tōru hiciera la travesura de provocar un tropiezo en algún bailarín sólo con una de sus bellas miradas.

Kuroo y Ushijima se miraron el uno al otro, ambos cambiando sus posturas inconscientemente por una más amenazadora, tensa y peligrosa. De todos los Reyes ellos eran los que menos se llevaban; la historia del continente demasiado latente aún a pesar de las tres o cuatro generaciones que ya habían pasado. Además de sus personalidades: uno era inflexible, recto y con muy poco sentido del humor que nunca comprendía las bromas o provocaciones del otro, o la enorme flexibilidad que este mostraba con las reglas y los acuerdos.

Bokuto estuvo a punto de intervenir, dando un paso hacia adelante para ponerse en medio de ambos, sin embargo, la puerta de la enfermería crujió como si la madera se quejara de ser molestada, abriéndose lentamente debido al peso y la nula fuerza de quién la empujaba.

El maestre Takeda salió, su figura llamando la atención de los presentes, de los cuales dos sintieron decepción y uno alivio.

—¿Qué están haciendo aquí, majestades...? y Bokuto.

—¡¿Como está Kei?!

—¿Cómo se encuentra Tsukishima?

Dos voces al unísono, ambos con el mismo interés. Bokuto los observó anonado, sintiendo como un nudo en su estómago se formaba debido a la nada agradable sensación que suscitó al ver cómo ambos se volteaban a ver, clavando sus ojos en el otro cual dagas. Y es que si las miradas mataran...

—Deberían estar de camino a la cumbre, es tarde —habló una vez más el sanador, atreviéndose a reprenderlos con voz suave.

—Yo venía a buscarlo a usted, Daichi me envió. ¿Cómo está Tsukishima?

—Durmiendo. ¿Es por Akaashi?

Bokuto asintió, ignorando la mirada curiosa que el de Shiratorizawa le dio.

—Tenemos que llegar con él a la cumbre, tengo entendido que está esperando por nosotros en su habitación.

Takeda le dio una mirada reprobatoria, sabiendo que el búho se estaba manteniendo lejos del rey de Fukurodani a pesar de la orden expresa de no perderlo de vista a no ser que el rey lo enviara a otro lado, como ahora.

—En ese caso, vamos. Y ustedes dos, majestades, ya deberían estar ahí.

—Un rey nunca llega tarde —respondió Kuroo con una de sus habituales sonrisas.

—Pero no por eso dejas esperando a los demás el tiempo que se te antoje —refutó Ushijima con voz seria, repentinamente molesto por ese comentario tan irrespetuoso al tiempo de terceras personas.

Kuroo rodó los ojos, repentinamente irritado.

—En ese caso, ¿Qué haces aquí? Seguro tu corte te está esperando y ahora van tarde gracias a ti.

—Suficiente. Ambos, deben estar ya allá. Es la cena informal de la primera noche, así que el protocolo no es tan exigente —intervinó Takeda, repentinamente nervioso por la tensión en el ambiente—. Pero no por eso hay que llegar tarde, y a este paso seguramente llegarán más retrasados que el propio Oikawa.

Ambos hicieron una mueca, dando una mirada a la puerta de donde el de Karasuno acababa de salir. Bokuto encontró escalofriante lo sincronizados que eran sus actos cuando de Tsukishima se trataba. También el maestre notó la inquietud en ambos, aunque él no las interpretó de la misma manera en que Kōtarō lo hacía.

Suspirando, se rindió ante la insistencia de ambos.

—Él estará bien —aseguró, tomando la voz de cuando daba un diagnóstico a Daichi o Kageyama—, tuvo un infarto de calor[1], estuvo vomitando durante el viaje, pero todos creímos que era por el constante movimiento que hace estragos en ti si no estás acostumbrado. Tsukishima viene de un territorio donde el verano es como un otoño para nosotros, está acostumbrado a la nieve y el frío, por lo que los cambios de temperatura de esta magnitud lo afectan más que a otros. Su temperatura corporal ha bajado, despertó, le di una infusión fría para el dolor de cabeza y se volvió a quedar dormido. No creo que despierte hasta mañana, y está prohibido abrir esa puerta —sentenció, hablando como el maestre que era y no como un simple súbdito—. Ahora, deben irse o la puerta continuará cerrada mañana.

Ambos reyes parpadearon sorprendidos ante la amenaza, nada acostumbrados a que les hablaran así. Bokuto, por su parte, mordió sus labios para no sonreír; el maestre Takeda daba miedo cuando quería, y eso él lo sabía muy bien.

Sin embargo, estaba la competencia no verbal de ver quién desistía primero. Ninguno quería irse, ambos esperaban poder quedarse hasta decir "fui el último en marcharme mientras estabas en la enfermería". La testosterona bien tangible en el aire.

Takeda suspiró, comenzando a caminar. Bokuto lo siguió segundos después, dandole una mirada preocupada al dúo que dejaba atrás, sin siquiera despedirse de su amigo antes de girar en la esquina del pasillo y perderlos de vista.

No sabía que era peor: una noche en la que tendría que estar al lado de Akaashi a cada momento, comiendo, charlando y hasta bailando si así se lo ordenaban (aunque en el fondo lo deseaba), o los pocos minutos que esos dos estarían solos.

Ente Kuroo y Ushijima reinó el silencio los primeros segundos, ambos se analizaban sin importar si sus miradas tan fijas rayaban lo grosero si de cortesía se hablaba. Realmente ninguno tenía razones para pelear con el otro, por lo que ambos esperaban una provocación que simplemente no llegaba.

No tenía sentido permanecer ahí si no podrían ver a Tsukishima hasta el día siguiente, así que ambos, lentamente, aún con sus posturas amenazadoras, tensas y listas para atacar cual animales, comenzaron a caminar al mismo tiempo una vez más, en dirección al salón de baile, que estaba dos niveles abajo por el pasillo que daba a la izquierda, el lado contrario por donde se habían ido Bokuto y el maestre Takeda.

El silencio era ensordecedor, ambos tenían demasiadas preguntas para hacerle al otro, pero ninguno se atrevía a formularlas primero.

La voces del salón de baile se iban haciendo más fuertes conforme seguían avanzando, pasando de un suave murmullo a un zumbido bien audible. Solo estaban a un pasillo de llegar, aunque uno largo por desgracia. Ambos tenían la piel perlada de un sudor provocado por el calor y la humedad en el ambiente tropical de la isla, aunque ninguno se quejó de ello.

Al final, a medio pasillo de llegar a su destino, Ushijima murmuró para sí un:

—Supongo que este año Shiratorizawa hará el comercio de fresas más favorecedor para Karasuno.

—Nekoma el de pieles —siseó Kuroo al instante.

Y eso fue todo. La declaración de guerra por el amor de un rubio más extraña de todos los tiempos pero, lamentablemente, más seria de lo que sonaba.


...•••...


Daichi fue el segundo en llegar, después de Oikawa para su gran sorpresa.

Sugawara lo seguía a su izquierda como dictaba el protocolo, medio paso atrás, cosa que nunca había pasado antes entre ellos, que solían ir todo el tiempo a la par.

En los cuatro reinos, o cinco si se contaba al lejano Fukurodani, era común escuchar de la unidad y fortaleza de los reyes regentes de Karasuno, que guiaban con sabiduría y cariño al príncipe heredero al trono, Kageyama. Sin embargo todas esas historias distaban enormemente de la imagen que ofrecían ahora; tensos, alejados, fríos. Como si el otro no estuviera ahí y viceversa.

Suga miraba al piso, su mirada perdida en las brillantes lozas de madera pulida que prácticamente le regresaban su reflejo. La última vez que habían estado ahí, en la LXXXIX Cumbre de la alianza invernal, Daichi y él habían bailado hasta el amanecer, enamorados, seguros de que nada ni nadie los separaría.

Ahora las cosas eran muy diferentes. No habían vuelto a dormir juntos desde hace poco más de dos semanas, apenas y se hablaban en los desayunos, comidas o cenas. Viajaron en carruajes separados y aún ahora, en el paraíso tropical que era la Isla del Rey, Sugawara seguía siendo tratado con la misma frialdad e inclemencia que había en las tierras del Círculo de la Luna.

En un principio había sido él quien se había enojado, furioso por la forma tan dictadora e insensible en que Daichi jugaba con la vida y sentimientos de las personas. Nunca había visto esa faceta en él, y parte de su enojo también se debía al miedo que sentía por no haberse dado cuenta del hombre con el que se había casado... aunque tampoco era como si no haberse casado fuera una opción; su matrimonio había sido arreglado, como tantos otros. Sin embargo, después del incidente de Akaashi, los mercenarios muertos, y la constante amenaza de alguien que había atacado el Nido del Cuervo de una manera casi exitosa, Daichi se había puesto furioso con su consorte.

Sugawara sabía que era duramente culpado, pero aún no se había disculpado ni pensaba hacerlo. En el fondo, con el corazón roto y todo el amor que podía dar, se alegraba de no haberlo dejado convertirse en un monstruo aún más grande al permitirle alargar la tortura de un hombre que aún así iba a morir de una manera cruel. Y no es que él no hubiera querido respuestas y no estuviera frustrado por esos ataques que al parecer tenían un autor anónimo, pero simplemente como miembro de la Casa del Linaje de la Madre que era, donde las monjas les enseñaban de amor, solidaridad, empatía y sobre todo: respeto a la vida, no podía quedarse cruzado de brazos al ver a su esposo, la persona con la que compartiría el resto de su vida, acabar con la vida de un hombre de forma tan inhumana y cruel.

Así que, ahí estaban. Sentados, solos. Uno observando cómo Oikawa reía con el que todos sabían que era su amante, analizando algún cambio y buscando variaciones en su corte desde la última vez que se vieron en el mes del Sol[2] que fue su cumpleaños, y el otro perdido en sus recuerdos, viendo todo con nostalgia.

Los grandes ventanales estaban abiertos como el año anterior, dejando entrar la brisa nocturna que de vez en cuando hacía tintinear la flama de todas las velas en los candelabros, metiendo al salón algunos pétalos de las tantas flores que había en la isla, aunque no duraban mucho ahí ya que los sirvientes los limpiaban con rapidez para que nada ensuciara el brillante suelo que a su vez también reflejaba las luces de las velas. El techo alto con el escudo de cada uno de los reinos grabado en detalles de oro bien pulido, bajando hasta encontrarse con algunos arcos de cantera, en cuyo centro había nada más que pinturas y diseños de paisajes que se podían encontrar a lo largo y ancho del continente Rhea.

Sugawara siempre había encontrado ese lugar tan cálido y especial. Cuando él y Daichi se casaron hace algunos veranos, el padre de Kageyama les había permitido pasar la luna de miel ahí, amándose sin descanso desde el amanecer hasta el anochecer, y le entristecía enormemente ver cómo ahora pasaban las mismas horas evitándose solo para no pelear y empeorar aún más la situación.

De golpe, la puerta se abrió para dejar entrar a dos reyes; uno avanzaba con su porte serio de siempre, recto, con los puños apretados y una apenas visible mueca en el rostro. Su corte lo seguía detrás, haciéndose pasó junto a la del otro rey que, en contraste con el primero, sonreía como si acabara de escuchar el chiste más mal contado del mundo, con pasos ágiles y elegantes.

Daichi parpadeó confundido al notar el denso ambiente que se sentía entre ellos. No se dirigían ni una mirada, y conscientes de eso lo mismos integrantes de sus respectivas cortes reales, las águilas evitaban convivir con los gatos y viceversa.

—¿Qué crees que haya pasado? —preguntó Sugawara, olvidando por unos segundos el hecho de que no se hablaban.

Sin embargo, Daichi, en lugar de responder, se levantó de su mesa y se acercó a Kuroo, quién estaba acompañado por el maestre Nekomata, Yaku (un jefe de casa de los más poderosos), Lev el formidable guerrero de más allá del norte, junto a algunos otros personajes de menor importancia. Kenma, su fiel compañero de toda la vida, en esos momentos estaba con Hinata en las Tierras del Sol, cumpliendo con su papel de acompañante junto a los otros dos con el mismo puesto.

—¿Qué sucede? —preguntó el cuervo, un tanto preocupado por la actitud de ambos soberanos y, aunque Kuroo le agradeció el gesto de haberse acercado a él con un asentimiento y una sonrisa, Ushijima apretó los puños, viéndolos desde lejos antes de girar su atención a Oikawa, quién había ido a hablar con él.

Tōru sólo se había acercado únicamente con Iwaizumi, su mano derecha. Hanamaki, su espía, se había quedado en su mesa, atento a los sirvientes que rodeaban a Sugawara en la mesa de Karasuno acompañado de su corte, y también a los que atendían a Kuroo y sus allegados, entre los que ahora se encontraba Daichi. Algunos eran de sus pajaritos que le susurraban secretos y partes de conversaciones escuchadas, como también estaba seguro de que algunos otros eran espías de los demás reinos.

Lentamente el de suaves cabellos rosáceos se levantó y se dirigió a la salida. Pudo sentir algunas miradas clavadas a su espalda, pero ninguno aventuró nada sobre su partida, y más importante, nadie lo siguió. A partir de ahora, fuera de la puerta con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho y los nervios a flor de piel, la rapidez de su actuar era primordial, por lo que no dudó en salir corriendo hacia donde la pieza maestra del plan esperaba por él.


...•••...


Ushijima veía a Oikawa, pero por primera vez no lo escuchaba hablar. Desde pequeño se le había enseñado sobre modales, etiqueta, protocolo y demás actitudes respetuosas que tenía bien arraigadas en su persona. Se había esforzado por ser un rey competente incluso antes de que su padre hubiera fallecido, y siempre había creído que para mantener esa eficiencia a la hora de reinar, una relación si no amistosa al menos cordial con los otros reinos era importante. Con Nekoma siempre fue difícil, la historia entre ambos era una enorme deuda histórica que seguramente no quedaría saldada más que dentro de muchos años en el futuro. Pero aún así, las cosas nunca habían estado tan tensas como en ese momento, cosa en la que Ushijima no podía dejar de pensar.

Oikawa hizo un mohín frente a él, notando que cada pocos segundos la mirada de Ushijima se desviaba a la mesa donde Kuroo y Daichi hablaban. Entendía el interés, el mismo se moría por saber de qué rayos estaban hablando esos dos, pero al mismo tiempo le molestaba que la atención del otro no estuviera con él; Ushijima nunca antes había sido descortés con su persona, y ahora qué estaba sucediendo, no sabía muy bien qué hacer al respecto, así que optó por la técnica familiar, sacar a la luz esa caballerosidad bien arraigada que sabía que el otro tenía.

—Iwa-chan ¿puedes dejarnos solos un momento, por favor? —preguntó Tōru con un tono de voz aterciopelada que llamó la atención de ambos.

Iwaizumi le dio una profunda mirada antes de levantarse, hacerles una reverencia y retirarse unos metros, quedándose parado en su regia posición de guardia aún si no podía escuchar lo que ambos reyes hablaban.

—Waka-chan —llamó Oikawa, sonriendo cuando la tranquila mirada del aludido se posó sobre él—, mecesito tu ayuda —la primera palabra fue más como un ronroneo, mientras tranquilamente su mano se posaba sobre la del otro monarca, sintiendo un cosquilleo ahí donde sus pieles se tocaban pero logrando ignorarlo de manera exitosa—. Y a cambio te daré la mía.

Ushijima levantó una ceja, curioso por el repentino cambio de tema, y muy en el fondo, sintiendo la pequeña necesidad de ayudarle aún si todavía no sabía de que iba su petición.

—¿Qué necesitas, Oikawa?

—Tu apoyo.

—¿Mi apoyo en qué?

Oikawa mordió suavemente su labio inferior antes de dirigir sus cálidos ojos castaños a los contrarios, parpadeando lentamente unos segundos, casi como batiendo sus pestañas de forma coqueta aunque nadie se atrevería a acusarlo de algo así. No frente a él al menos.

A Ushijima se le secó ligeramente la boca, consciente de lo que el castaño hacía, pero no por eso más preparado que aquellos pobres bastardos de los que Tōru se burlaba haciéndolos tropezar con un simple gesto. Sin embargo, su encanto duró muy poco, pues pronto el recuerdo de un suave cabello rubio despeinado contra sus brazos, pertenecientes a un desmayado Tsukishima, inundó su memoria. Además, era obvio que Oikawa no lo quería de esa manera, pero vaya que ahora tenía su atención.

—El nuevo rey de Fukurodani, necesito que me ayudes a ponerlo en el trono.

—¿Nuevo rey? —preguntó a quien apodaban "la vaca" o "el granjero" debido a su inocente alardeó sobre la asombrosa fertilidad de Shiratorizawa.

Oikawa asintió, sabiendo que el cuidado en sus próximas palabras era primordial. Suavemente acarició el dorso de la mano ajeno de forma distraída, fingiendo no haberse dado cuenta de sus acciones.

—Bueno, hace una semana aproximadamente, el nuevo monarca de Fukurodani acudió a mí, pidiendo mi apoyo y respaldo en esta cumbre para ser reconocido oficialmente como el nuevo rey de esa nación ahora que Akaashi los ha traicionado —sus palabras fluyeron como las de una nana contando una historia para dormir a un infante que se portó bien durante el día, como si la fábula fuera verídica y la hubiera experimentado en carne propia—. Me explicó la situación, y aunque quisiera repetírtela yo, creo que es algo que debes escuchar de su boca.

—¿De quién se trata y cómo es que no sabía de esto?

—Tengo entendido que de quién te hablo se ha estado moviendo de forma discreta, sobre todo por las mentiras que Akaashi ha ido propagando a su paso por la corte de Karasuno. No me equivoco al pensar que los tiene engañados, y seguramente también al rey de Nekoma ya que fueron muy amigos —Oikawa se enderezó en su lugar, ampliando sus grandes ojos castaños y clavándolos en los de Ushijima, intentando lucir solemne y regio, cosa que no le costó mucho—. Por eso estoy convencido de que recae en nosotros la misión de imponer orden y justicia para salvar a un reino donde el caos está a la orden del día.

Wakatoshi sintió su corazón latir con fuerza, retumbando en sus oídos mientras se imaginaba la situación. La idea de crear discordia con los dos reinos del norte no le agradaba mucho, pero tampoco lo hacía la de permitir que un país sufriera gracias a la inestabilidad política que se podía resolver con una simple votación en los próximos días.

—No me has dicho quién es el nuevo rey de Fukurodani después de la partida de Akaashi.

Oikawa tragó saliva antes de decir el nombre que podría facilitarlo o complicarlo todo.

—Suguru Daishō, primero de su nombre de la casa de Nohebi.


...•••...


Bokuto caminó de forma desganada, un aura depresiva lo rodeaba, haciendo que todo a su alrededor se viera más gris y marchito. Incluso las puntas de su alborotado cabello miraban al piso, acentuando la imagen de desesperanza que este brindaba.

No sabía qué hacer ni cómo proceder. Había logrado evitar estar en presencia de Akaashi durante días, cumpliendo órdenes y trabajos que incluso eran menores a su rango siempre y cuando estos lo mantuvieran con una buena excusa para decir que estaba ocupado. Cuando tuvo que compartir carruaje con él durante la travesía a la Isla del Rey fingió dormir casi todo el camino y a la hora de charlar ignoró las preguntas importantes, usando una inteligencia que muchos dudaban que tuviera para sacar otros temas de conversación o simplemente pasarlas de forma educada.

Pero ahora ahí estaba, yendo hacia él junto al maestre Takeda para escoltarlo al salón de baile y que así pudiera reclamar su trono y desmentir la red de ardides que se había comenzado a tejer en su contra.

Al menos no estaba solo, ese era su único consuelo, uno que no le duró mucho pues en cuanto llegaron por él y este salió de su habitación ataviado en un traje de ligeras telas azules que incluso dejaban uno de sus hombros descubiertos, algo muy de la moda de Fukurodani y que dejó a Bokuto con la piel erizada, Takeda decidió que estaba en condiciones físicas de asistir después de revisarlo, y que daría una imagen bastante mala si llegaba al salón al lado de un sanador después de todo lo que había pasado.

Akaashi asintió en acuerdo, por lo que únicamente extendió una mano hacia Bokuto quién, por puro reflejo y gracias a sus modales de los que rara vez hacía gala, la tomó para llévala hacia su antebrazo y que el menor la acomodara ahí con esa fluida elegancia que lo caracterizaba.

Se arrepintió al instante. Desde la llegada de Keiji a la corte de Karasuno, Bokuto había sido especialmente cuidadoso en evitar el contacto físico. No por qué realmente quisiera evitarlo, que en el fondo se moría de ganas por tomarlo entre sus brazos y abrazarlo como lo había hecho antaño mientras le juraba que todo estaba bien y que todo iba a salir bien, sino porque sabía que un simple toque bastaría para volver a poner su mundo de cabeza. Al menos Akaashi continuó tan impasible como siempre, con esa envidiable imagen de tranquilidad que le recordó al de alborotados cabellos que él no podía recordar cómo un simple toque solía afectarlos a ambos cuando su amor era tanto que les costaba estar físicamente separados el uno del otro. Pero él era otra historia, comenzando por los alocados latidos de su corazón que resonaban detrás de sus oídos. Bokuto incluso llegó a preguntarse cómo es que Akaashi no los escuchaba si a él casi lo ensordecían.

No habló, se abstuvo de hacerlo a pesar de que realmente no le costó mucho. Había un enorme nudo en su garganta que amenazaba con hacerlo sollozar lastimosamente gracias a la infinidad de recuerdos que invadieron su mente por un simple toque. Así que, aunque ningún sonido salió de sus labios, si escucho el suspiró más lamentable que alguna vez hubiera existido.

Sorprendido, se giró hacia su acompañante, con los ojos bien abiertos y una mueca de total sorpresa cuando comprendió lo que vio.

Bokuto era malo controlando las lágrimas de otro, sus palabras nunca eran lo suficientemente consoladoras o acertadas a la hora de ofrecer apoyo. A veces ni siquiera lograba comprender por qué la gente lloraba si para él siempre había una solución para el problema. Pero nada de eso importaba ahora.

Tenía a Akaashi, la criatura más hermosa que alguna vez hubiera existido, a su lado, con sus mejillas moteadas de un intenso rojo y sus ojos empañados con la amargas lágrimas que amenazaban con deslizarse y dejar un húmedo camino a través de su rostro. Bokuto podía contar con los dedos de una mano las veces que lo había visto llorar con anterioridad, y al menos dos de esas veces las lágrimas habían sido de felicidad. Así que ahora estaba perdido, paralizado a mitad de un pasillo sin la más mínima idea de qué hacer. Definitivamente no podía llegar al salón de baile con el ojiazul en esas condiciones. La idea de fortaleza que querían dar se vería ridiculizada, y pensarían que Akaashi realmente estaba fuera de sus cabales y no era apto para reinar... incluso Daichi comenzaría a pensar aquello a pesar de que era el aliado más seguro después de Kuroo.

No, Bokuto no iba a permitir aquello. La criatura más hermosa del mundo ahora a su lado le había roto el corazón hace tiempo gracias a su deber con la corona, así que Kōtarō no estaba dispuesto a que ese sacrificio y ese dolor quedará como un simple y vano intento que fracasó después de todo lo que había pasado... de lo que ambos habían pasado a pesar de que Akaashi no podía recordarlo ya.

—Ojalá supiera como renunciar a ti —murmuró Bokuto apenas audiblemente, pero consciente de que Akaashi lo había escuchado por la forma en que lo miró un segundo después.

El heredero de la Casa del Búho no esperó una respuesta o un gesto de reconocimiento, simplemente tomó a Keiji entre sus brazos, con la misma facilidad de antaño, y lo atrajo hacia su cuerpo para darle el abrazo por el que sus brazos habían estado suplicando desde que el azabache llegó a Karasuno, inconsciente y herido.[3]

Sin embargo y para su sorpresa, Akaashi intentó alejarse.

Fue entonces que la realidad de la situación golpeó a Bokuto con la misma fuerza de un yunque. Lo había abrazado como cuando eran amantes, no había pedido permiso para tocar a su majestad, ni pensó que a ojos de Akaashi aquel gesto no tenía ni pies ni cabeza. Simplemente había actuado guiado por sus sentimientos, esos que salían a flote ante un toque y una cara bonita que amenazaba con romper en llanto. ¿Dónde estaba Tsukki para recordarle lo patético que podía llegar a ser cuando de Keiji se trataba?

Pero a pesar de todo, Bokuto no lo soltó. No titubeó ni pensó en dejarlo ir, no ahora que finalmente podía abrazarlo, llenarse de su calor y respirar su dulce aroma. Fue egoísta por un momento, consolándose más a sí mismo por todo lo que había perdido al dejarlo ir. Akaashi por su parte no volvió a resistirse, consciente de que eso era lo que había estado deseando desde que volvió a verlo, aunque en su momento no había entendido que se trataba de ese anhelo.

Sus corazones latían al mismo compás, marcando un ritmo que el más alto conocía muy bien, pero que Keiji redescubría maravillado. Y es qué tal vez, y sólo tal vez, todos los sueños que ahora vagamente recordaba después de su accidente en el caballo no eran sólo el anhelo de volver a ver a quién había sido su amor platónico desde pequeño, si no que ahora, entre esos fuertes brazos que se sentían aún más seguros que la propia corte de Karasuno, sopesaba la posibilidad de que fueran más que sólo un deseo no expresado y que, de hecho, su lastimada memoria sólo estaba intentando ayudarlo a recordar lo que realmente importaba: Bokuto en su vida.

Sin embargo, Bokuto, por otro lado, cerraba los ojos, tomaba lo último que podía del momento y, con el corazón rompiéndose una vez más, pensaba en como dejar su egoísmo de lado.


...•••...


—¡¿Acelerar el compromiso?! —preguntó Daichi en un susurro exaltado.

La sorpresa en su rostro fue visible sólo unos segundos antes de que pudiera recuperar la máscara de tranquilidad que siempre tenía puesta.

No entendía porque de pronto Kuroo estaba ansioso por casarse después de todo lo que le había costado convencerlo y luego pactar un acuerdo beneficioso para ambos. Además, la boda había estado tentativamente prevista para después de un largo año de cortejos y más negociaciones, una vez que Hinata y Kageyama estuvieran en el poder y Akaashi posicionado una vez más.

No es que Daichi quisiera perjudicar al de Nekoma, pero lo cierto era que si se casaba con Tsukishima antes de que Tobio y su prometido lo hicieran, eso le daría una gran ventaja en cuanto a posiciones, y de hecho Kei tendría mayor status en cuanto a tiempo que Hinata, algo que claramente no le convenía a Karasuno. Aunque por otro lado el rubio seguía siendo un ciudadano del país de los cuervos...

No, había mucho que considerar. Tomar una decisión en ese momento era algo muy estúpido, así que sencillamente no iba a ceder. Sin embargo, aquello que realmente le interesaba conocer en esos momentos al regente de los cuervos era la razón para la repentina propuesta de Kuroo. ¿Es que ver a Tsukishima débil, y pensar que pronto iba a morir había conmovido sus sentimientos? ¿O su estrategia era casarse con alguien a quien creía moribundo para quedar viudo y que pasaran otros años antes de que se le volviera a exigir tomar un consorte? Había muchas opciones, y Daichi no se sentiría seguro hasta saber que el gato no lo hacía para afectar a su pueblo.

Kuroo por su parte sólo asintió, dandole una profunda mirada que incluso se podría clasificar como peligrosa. También podía sentir los ojos de muchas personas sobre ellos dos, intentando leer sus labios o hacerse una idea de la situación que ambos discutían.

Pero viéndolo de lejos, era notorio para todo el mundo como el sistema de alianzas funcionaba; quien estaba con quien, e incluso quién era el líder de esa unión. Aunque para ser honestos, había quienes estaba escépticos sobre el hecho de que algo entre Seijoh y Shiratorizawa pudiera concretarse. Y aún si lo hiciera ¿Qué nadie aprendía de las lecciones de historia? Para que los maestres insistían tanto en estás clases si al final las personas a las que les correspondía tomar decisiones por todo un país no aprendían de las lecciones del pasado.

—Es algo que debemos hablar con calma —dijo Daichi con tranquilidad, sin inmutarse por la mueca de descontento que apareció en el rostro de Kuroo.

Kuroo estuvo a punto de refutar, ligeramente irritado por la renuencia del otro a acceder a una petición tan simple. Sin embargo, cerró la boca y sólo asintió. Sugawara se dirigía hacia ellos con la preocupación tallada en el rostro, sus ojos claros dirigiéndose con nerviosismo a la mesa donde Oikawa y Ushijima estaban.

Fue entonces que Kuroo finalmente los volteo a ver, ya que estaba de espaldas a ellos, y la piel se le erizo al instante. Él no tenía nada contra Oikawa, lo consideraba un monarca inteligente con el que había que tener cuidado gracias a su cara inofensiva. Sabía que Daichi lo subestimaba un poco, y que Ushijima lo respetaba apenas lo suficiente; por eso el ver a ambos castaños cuchichear tan cerca el uno del otro, con la angelical sonrisa de Oikawa reluciendo como los diamantes de la corona de Aoba Johsai, y un diminuto estiramiento de labios por parte del de Shiratorizawa, hizo que una alarma interna (llamémosle sexto sentido) se encendiera al instante.

El de Nekoma no se hacía una idea clara de que era lo que esos dos se traían entre manos. Pero seguro no sería nada bueno, porque tan pronto como el intercambio de palabras cesó segundos después y Ushijima levantó la mirada hacia la mesa en la que él, Daichi y ahora también Sugawara estaban, se enderezó, se levantó de la silla sin darle otra mirada a Oikawa, y caminó recto hasta ellos.

Las reacciones ante su llegada fueron muy diferentes. Kuroo apretaba los puños con tal fuerza que además de tener los nudillos blancos, las uñas se le encajaban en la palma de la mano, amenazando con atravesar las primeras capas de piel y dejarle una superficial herida. Tieso y a la defensiva, como un gato listo para arañar a su oponente. Daichi por su parte no pudo más que sentirse curioso. Desde que eran niños, Ushijima muy rara vez buscaba tener contacto alguno con ellos fuera de asuntos que no fueran diplomáticos, y a pesar de que se llevaban relativamente bien, Sawamura sabía muy bien que el líder de Shiratorizawa no terminaba de respetar totalmente su título ya que este tenía la palabra "regente" en él. Es decir, la corona le sería arrebatada tan pronto como Tobio cumpliera la edad establecida. Y Sugawara, por otro lado, no podía apartar la vista de la deslumbrante sonrisa triunfal que Oikawa tenía en los labios, atento a cada movimiento de este.

Sin embargo, lo qué pasó a continuación tomó desprevenido a todo el mundo, menos a Kuroo, quién en el fondo se lo esperaba a pesar de desear con todas sus fuerzas que no pasara.

—Yo, Ushijima Wakatoshi, rey de Shiratorizawa —comenzó después de aclarar su garganta. Su voz era grave y potente, imposible de pasar por alto cuando usaba el tono autoritario que cada heredero al trono aprendía en su momento—, primero de mi nombre, líder de las Águilas del este y protector de las Montañas del dios de la Tierra, me presentó ante ti, Sawamura Daichi, líder de Karasuno —el aludido se sorprendió de que el más alto no usará alguna proposición de tiempo para marcar que su lugar en el poder sólo era momentáneo—, para pedir la mano de tu connacional Tsukishima Kei, heredero a las tierras del Círculo de la Luna, en matrimonio.

Fue entonces que el líder de Karasuno lo entendió; la insistencia de Kuroo, la preocupación de Sugawara e incluso la manera en que Ushijima corrió a socorrer a Kei, pasando por alto y olvidándose por completo de los protocolos establecidos desde hace tanto tiempo en cuanto a saludos entre los gobernante y la corte que siempre los acompañaba. No pudo evitar peguntarse si Tsukishima y él ya se conocían desde antes, o si había sido una especie de flechazo instantáneo.

Kuroo dejó salir una risa burlona mientras sus labios se estiraban en una amplia sonrisa provocadora, como si la propuesta de Ushijima hubiera sido tan lamentable que valía la pena burlase de ella. Pero en el fondo lo que hervía detrás de esa máscara que había puesto era la más pura rabia, sobre todo porque Daichi no se había negado aún.

—¿A qué viene todo esto, Ushijima?

—Lo que Daichi quiere decir —comenzó Sugawara después de una mirada de incredulidad a su consorte—, es que Tsukishima ya está comprometido con Kuroo.

—¿Ya lo está?

—Pero eso no es un problema —añadió una quinta persona que hasta el momento se había mantenido lejos de la conversación.

Todos los rostros se giraron a Oikawa, quien se acercaba con esos elegantes pasos que lo caracterizaban. Kuroo levantó una ceja en su dirección y suspiró cuando entendió porque su presencia en esa conversación sería un problema.

—¿A qué te refieres, Tōru? —preguntó Daichi, inusualmente interesado en su respuesta.

Eso molestó tanto a Kuroo como a Sugawara.

—Bueno, romper un compromiso ya pactado en estos días es sumamente fácil ¿No Kuroo-chan? —la sonrisa inocente de Oikawa no podía significar más que peligro, sobretodo por la forma en que el apellido de Tetsurō sonó como un ronroneo—. Es decir, tú lo hiciste con mi prima a quien ya habían aceptado en tu corte como tu futura consorte, ¿Por qué no habría de poderse hacer con el chico del Círculo de la Luna?

—Su nombre es Tsukishima —le corrigieron dos voces, una más amable que la otra.

—Tsukishima —corrigió Oikawa, levantando ambas manos a la altura de sus hombros en son de paz—. A lo que voy con todo esto es que para romper ese compromiso sólo es cuestión de que Daichi decida que alianza le conviene más y lo dictamine.

—Pacta sunt servanda.

Kuroo sonrío y Ushijima se tensó. Las palabras de Suga tenían un peso enorme a pesar de ser muy antiguas.

—Los pactos deben ser cumplidos —repitió Oikawa en el idioma común, después de ver cómo Daichi le ponía una mano en la rodilla al albino; una sutil orden de que se callara—. Es muy cierto lo que dices, pero como afectado principal del pacto que Kuroo rompió, no me parece justo que él pueda refugiarse en ese principio.

Sugawara bufó y Daichi finalmente se giró a él para darle una mirada de advertencia. Kuroo por su parte se limitó a seguir sonriendo con desdén, aunque cada vez le costaba más, y Ushijima simplemente asintió, de acuerdo con lo que Oikawa decía.

—He de admitir que la propuesta de Ushijima es algo que debe considerarse, y...

—¿Y la opinión de Tsukishima? —lo interrumpió Kuroo, dandole una intensa mirada al de Karasuno—. No dudo que lo hayas obligado a aceptarme a mí, pero también lo obligarás a aceptar a Ushijima.

—¿Obligarlo? —preguntó Wakatoshi, la indignación clara en su voz—. Yo voy a enamorarlo.

—¿Y crees que yo no?

Tres pares de ojos iban de uno a otro, sorprendidos e incrédulos. A Oikawa incluso se le había abierto la boca ante la mera mención del "amor". ¿Qué clase de maldito afortunado era Tsukishima Kei?

Sin embargo, en su mente ya había un sin fin de ideas para quitarle ese atractivo que ambos le veían. Era momento de arriesgarse y usar su carta fuerte... después de todo un prometido profanado rara vez llegaba al poder, ¿no?

No es que de verdad tuviera algo contra ese rubio, no lo conocía bien y seguramente era una buena persona con un futuro prometedor y todas las comodidades que les deparaba la vida a los herederos de las casas de Karasuno, sin embargo, se había metido (consciente o inconscientemente) en sus planes, y Oikawa nunca dudaba a la hora de deshacerse de un obstáculo.

—Miren, esta es la primera cena, es informal, y definitivamente no es el lugar para discutir quién se mete en la cama de Tsukishima —mientras hablaba buscaba a Iwaizumi con la mirada—. Propongo, y Daichi seguro me apoyara, que el tema se retome mañana en el...

Las grandes puertas de madera se abrieron de golpe, dándole pasó a las cuarto personas que detonarían el principio del fin.

Bokuto caminaba a un lado de Akaashi, protegiéndolo con su cuerpo de cualquiera ataque que pudiera surgir de parte de los otros dos, mientras el pelinegro avanzaba con toda su dignidad hacia la mesa en la que estaban los cuatro reyes el continente.

Oikawa sonrió, Ushijima suspiró y los otros dos los miraban sin comprender nada.

—Suguru Daishō —siseó Kuroo, incrédulo.

—El nuevo rey de Fukurodani —sentenció Oikawa.

Ushijima sólo asintió.

Akaashi cerró los puños pero nada más, mientras clavaba la mirada en Kuroo y Daichi, buscando apoyo.

—Akaashi es el rey de Fukurodani —murmuró Kuroo, quién fue el primero en reaccionar—. Proclamar al usurpador como rey cuando tenemos al verdadero justo en frente es traición, Oikawa. Estarías cambiando el linaje de sangre.

—Akaashi fue destronado por su pueblo, perdió su derecho natural cuando huyó de su territorio —murmuró Ushijima, repitiendo lo que Oikawa le había explicado momentos atrás, mientras hablaban.

Kuroo rodó los ojos al escuchar la respuesta de Ushijima.

—Su vida estaba en peligro —le defendió Suga, importándole poco la orden no articulada de que guardara silencio.

—¡Debió haber muerto! —añadió Oikawa de mala gana. Luego se apresuró a añadir—. Cualquier verdadero rey lo haría, así que no, Aoba y Shiratorizawa no reconocerán a otro como rey de Fukurodani que no sea Suguru Daishō. Defenderemos su posición a como de lugar.

Ushijima volvió a asentir, convencido de que esos ideales eran los correctos, y que además tarde o temprano, llevarían a Tsukishima Kei hasta sus manos. Además de lo beneficiado que se vería Shiratorizawa por el bando que había elegido.

Sin embargo, para Daichi y Kuroo eso fue suficiente. La pieza que faltaba en el rompecabezas que se les había dado finalmente había llegado. Alguien quería a Keiji muerto, alguien poderoso que se beneficiará enormemente con la muerte del de Fukurodani.

—Eres una persona lista, Oikawa... —comenzó Kuroo.

—Así que seguramente debes entender que esto... —le secundó Daichi.

—Es la guerra —sentenció Akaashi, hablando por primera vez, y dictaminando un nuevo curso en la historia.

—Bien, ya hemos vivido suficiente tiempo bajo el yugo de Karasuno y su perro lame botas, Nekoma.

—Las cosas finalmente van a cambiar.


...•••...


Lejos, en las tierras del sol donde Hinata había vuelto a ver a su hermana, donde Tobio había conocido a su futura familia política, y donde todo lucía alegre, feliz y fructífero, Kenma tuvo un sueño.

Una pesadilla, donde la luna era de sangre, donde su mejor amigo moría y él ni siquiera era capaz de verlo exhalar su último aliento. Donde un rubio tenía las manos llenas de sangre mientras protegía a un bebé que berreaba la falta de su padre.

Donde se quedaba solo.

Donde el Sol dejaba de brillar.

Pero mientras respiraba agitado y veía a las cuatro personas con las que compartía habitación, se repitió que solo había sido eso. Un sueño, una pesadilla de entre tantas que había tenido.

Que no tenía nada que ver con esa ocasión hace muchos años cuando soñó con Hinata cuando aún ni siquiera lo conocía.

Y que la magia de sueños proféticos ya había desaparecido de su familia hace generaciones.

Además, ese bebé no podía ser el hijo de Kuroo, comenzando por que Tsukishima era hombre y no podía procrear. No había manera de que ese bebé, la perfecta mezcla de ambos, existiera.

Así que se acostó una vez más, suspiró, y decidió ignorar esa sensación en su pecho.

Porque eso es lo que hacemos los humanos, ignoramos lo que no queremos creer.


...•••...


[1] Infarto de calor: Suena súper dramático, ¿no? Es una insolación por calor. La insolación se caracteriza por náuseas, vómitos, cefalea, desmayos, calor de la piel, sopor y alteración de las fibras musculares expuestas a sus efectos. Puede darte incluso si estás en la sombra, pero la temperatura sigue siendo alta.

[2] El mes del Sol=Junio.

[3] Si, sé que Bokuto abrazó a Keiji ante la muerte de Konoha después de haber sido atacado en la enfermería, pero para él ese no contó. La situación era diferente y la adrenalina era tal que todo pasó volando. Así que es aquí que finalmente puede abrazarlo y procesar en su mente que lo está haciendo, y que se siente igual de glorioso que antes aún a pesar de lo mucho que han cambiado las circunstancias.


Holaaaa... se me cae la cara de vergüenza. Si no quieren leer mis disculpas y explicaciones solo puedo desear que les haya gustado mucho el capitulo, porque se viene lo bueno! -inserte emo ji de diablo morado sonriendo-

Y bueno, ¿qué les puedo decir? Este capitulo paso por muchos altibajos gracias a mi vida personal. Borre escenas completas que luego tuve que re escribir porque vi a tiempo que estaba descargando toda mi frustración en esto, y los personajes no estaban In character. Fueron meses muy complicados. terminaba de superar algo y de pronto venia un nuevo golpe que me dejaba sin saber que onda. Creo que los peores meses fueron los últimos dos, que experimente el cambio más grande porque la vida que había tenido los últimos cuatro años y meses de pronto cambio de un día para otro. Ahora he avanzado mucho de esa situación a hoy, y lo bueno que saco de todo esto es que ya se la clase de dolor o sufrimiento que los personajes deben pasar en determinados momentos. Es más fácil ahora que no tengo sólo que imaginármelo.

Fuera de eso, me he mantenido traduciendo, y tengo proyectos en conjunto y demás cosas que además de mantenme distraída, me emocionan mucho. Así que bueno, de eso va esto. Estoy de regreso, y no hago ninguna promesa porque prefiero sorprender a las personas que aún me leen.

¿Qué les pareció este capítulo? Como dije, lo escribí durante el transcurso de siete meses. ¿Qué creen que pasará? Investigué muchísimo sobre este tema, y hace algunos capítulos les hablé de un profesor al que le pregunte sobre los bastardos y su llegada al poder, esta vez le pregunte sobre destronar a un heredero por derecho de sangre y me ayudó mucho a plantear la penúltima escena. Estos temas son demasiado interesantes y eso me tiene muy feliz. Creo que mi mayor reto ahora será describir las escenas de guerra, pero seguro será muy interesante :D Estoy motivada, sobre todo porque una hermosa persona se me ha unido como apoyo a este fic.

Creo que por el momento sería todo de mi parte, pero pronto tendrán más noticias de mi :3

Ojala me dejen un comentario porque he de decir, cada uno era una motivación más grande para darme prisa con esto y poder compartirles mi historia. No tengo palabras para agradecerles lo mucho que sus palabras me ponen contenta cuando esta triste.