Capítulo dedicado a Nina_Casillas, por tenerme fé.

•***•

Claro de Luna

Tsukishima fue el único que durmió esa noche.

Kuroo, Daichi y Akaashi se reunieron a puerta cerrada en la habitación del rey de Karasuno después de salir del salón donde la cena informal estaba teniendo lugar.

Oikawa, Ushijima y Suguru hicieron lo mismo en los aposentos del rey de Shiratorizawa. Y el ambiente en ambas reuniones era el mismo. Incertidumbre, enojo, y la adrenalina que opaca al miedo.

Daichi suspiró, llevó ambas manos al puente de su nariz y cerró los ojos unos segundos. No tenía caso, llevaban horas discutiendo sobre el mismo tema y por más que intentarán evitarlo el numero de bajas sería inmensurable. Como rey, la parte más difícil de todas siempre era cargar con la vida de sus súbditos, y si bien siempre se mostraba impasible cuando se trataba de la vida de extranjeros, odiaba sacrificar la de su gente. Sin embargo también era consciente de que era necesario; no por nada Karasuno contaba con un ejército basto y poderoso desde hace tiempo. La posibilidad de una guerra siempre había existido, y ahora había que enfrentarse a ella con todo lo que tenían.

Akaashi ni siquiera contaba con un ejército, era un rey sin corona y como tal, se sentía una verdadera carga para la alianza con la que contaba. No iba a negarlo, la idea de renunciar a la Corona y evitar una guerra era tentadora, pero si lo hacía, estaría faltando a la memoria de Konoha, a la de su padre, e incluso a la voluntad de la única persona que lo había visto llorar en toda su vida: Bokuto; quién al parecer ahora lo quería bien lejos de ahí, reinando en Fukurodani con todas las ocupaciones que eso le conlleva. No entendía aquello, pero al menos agradecía la fe en su persona para reinar una nación que le había traicionado.

Kuroo por otro lado era el más entregado a esa guerra. Aquello era algo personal, y es que si no les bastaba con el reto directo que Ushijima le había hecho al pedir la mano de Tsukishima, también había que añadir que el supuesto nuevo rey de Fukurodani era un desertor de Nohebi, una casa de Nekoma que cayó en desgracia en el reinado de su padre y por si fuera poco, su ex amante, quien huyó de su lecho cuando Kuroo le explicó porque su primera orden como rey no podía contradecir una de las últimas de su padre. Claramente no se había enamorado de él, pero su orgullo seguía herido al saberse utilizado, pero sobre todo, por haber sido lo suficiente idiota para permitir aquello.

Las razones de todos eran distintas, pero el objetivo era el mismo. Una gran guerra estaba por comenzar, y como en todas las grandes batallas, el destino de todos estaba por decidirse.

...•••...

Suga recargó su frente contra el cristal de la ventana, buscando confort en una frialdad que no encontró. En el nido del cuervo, aún en verano, las ventanas siempre eran sinónimo de frescura; aquí, en la Isla del Rey, que para sus adentros comenzaba a llamar la Isla del Infierno, no había un lugar que le proporcionara el clima adecuado para sentarse y sosegar la infinidad de emociones que comenzaban a sobrepasarlo.

Aunque tampoco era como si simplemente pudiera sentarse a esperar. Antes habría sido llamado a la junta que los tres reyes estaban teniendo, su consejo siempre había sido escuchado por Daichi y gracias a eso nunca tenía que esperar detrás de una puerta a que le contaran los planes. Ahora las cosas habían cambiado, y si bien podía quedarse afuera merodeando como un león enjaulado —cosa que Bokuto ya hacia por él—, se recordó a si mismo que era el consorte del rey regente, y que como tal también tenía otras obligaciones.

Así que eso fue a lo que se dedicó.

Volcó toda su atención en hacer que prendas y pertenencias tanto de él como de su marido y el resto de la pequeña corte que los había acompañado hasta ahí, regresarían a sus baúles de viaje; aunque la tarea no fue tan pesada como pensó gracias a las mucamas del castillo y a que realmente solo llevaban un día ahí.

Con una orden hizo que lo subieran todo al barco en que habían llegado, y pronto le fue informado de que los sirvientes de Karasuno y Nekoma no eran los únicos subiendo las pertenencias de sus regentes a las naves en plena madrugada.

Nadie estaba seguro ahí ahora. El castillo estaba dividido en dos y tan rápido como la guerra había empezado, un ataque sorpresa por parte de cualquier bando podría terminar con todo en solo una pelea. Sin soldados, sin campos de batalla. Solo reyes contra reyes, sus consortes y manos derechas; un baño de sangre que si bien no tomaría la vida de miles de soldados, si acabaría con varios linajes de un solo golpe.

Tal vez por eso era que nadie había atacado aún. Si bien el trono de Karasuno permanecería seguro con Kageyama alejado del peligro en las Tierras del Sol, incluso Fukurodani terminaría recuperando a su Rey o coronando ahora sí con todas las de la ley a otro, para Seijō, Nekoma y Shiratorizawa; la muerte de su monarca dejaría el trono vacío y sin herederos. Seguramente ninguno de ellos habría decretado a un sucesor aún, pues no estaban enfermos o en la vejez, cerca de la muerte. Así que si los cinco (o en este casos seis) gobernantes eran sensatos, nadie haría un ataque sorpresa en la Isla del Rey, el único territorio neutro dentro de los límites de tierra que conocían.

Una hora después, todo estuvo listo. Los barcos cargados y preparados, los muebles en las habitaciones cubiertos de sábanas blancas para protegerlos del sol y la arena ahora que el castillo volvía a quedar deshabitado, las puertas cerradas con seguro y la enfermería desocupa...

—¡Maldición!

...•••...

La alianza de "Los Titanes", que era el nombre con el que orgullosamente Oikawa se refería a sus naciones, dialogó y debatió durante al menos tres horas, y no fue hasta bien entrada la madrugada que finalmente terminaron de armar un plan de acción momentáneo y acodar un próximo punto de reunión.

Ellos sabían que por el momento sus enemigos se reunirían en Karasuno y mientras, ellos tendrían su fortaleza en Aoba; aunque lo más probable era que la confrontación tuviera lugar en el territorio de Fukurodani, pero de igual manera había que prepararse para cada pequeña probabilidad de ataque, y era la nación de Oikawa la que en esos momentos contaba con mayor ventaja geoestrategica que Shiratorizawa.

Durante la reunión Ushijima había salido un momento de la habitación para hablar con Tendou; a nadie le extrañó, era de esperarse que diera la orden de empacar y subir sus pertenencias al navío en el que había llegado, sin embargo lo único discordante de esa situación era que quien todos imaginaban que debería encargarse de aquello era Shirabu.

Nadie dijo nada y todo transcurrió con normalidad, si es que esa palabra podía ser utilizada para describir la situación en la que se encontraban, y casi al terminar fue cuando Oikawa dio una orden a su pajarito de mayor confianza sin que nadie lo notara. Un simple juego de palabras ante el que Hanamaki se retiró en silencio de los aposentos del de Shiratorizawa.

"Mataremos bajo la tenue Luz de Luna si es necesario", añadiendo algo sobre su valiente ejército después.

Todos pensaron que era muy poético, pero nada fuera de lo común tratándose de Oikawa, y solo Iwaizumi entendió lo que había detrás:

"Mata al rubio de la Luna, ahora".

Tal parecía que al final la noche si se teñiría de sangre, pero para cuando la Alianza del Norte se diera cuenta ellos estarían ya sobre sus barcos, navegando con el viendo a favor en dirección a Aoba, donde los dos barcos de Karasuno y Nekoma serían inútiles contra los navíos de guerra de Oikawa. Incluso le daban ganas de aceptar su responsabilidad en la muerte del rubio, ser perseguido y luego acabar con todos de golpe cuando hubieran dejado el mar internacional y entrado a aguas pertenecientes a Seijō. Fukurodani y Nekoma serían suyos al instante, y poco le costaría hacerse de Karasuno después.

Todo eso era posible con una simple muerte. Así que más le valía a Hanamaki hacer su trabajo bien.

—Llegaré lo antes posible a la Ciudad del Olivo Dorado— dijo Ushijima como despedida antes de retirarse de sus propios aposentos.

Algunos sirvientes se quedaron afuera de la puerta esperando a que los demás reyes salieran para poder dejar la habitación en las mismas condiciones de como había sido encontrada, y terminar de subir las pertenencias del de Shiratorizawa a su navío.

A estas alturas los únicos que quedaban en el castillo eran los reyes, los pocos soldados con los que habían asistido, y los maestres. Los demás nobles de la corte ya estaban en los barcos, listos para zarpar a su respectivo país.

En cuanto Wakatoshi dio la vuelta en el pasillo y se cercioró de que nadie lo seguía, corrió tan rápido como pudo a las caballerizas. Tendou ya debería estar ahí, con el encargo que le había hecho un rato atrás.

Su corazón latía agitado, acelerándose más a cada paso, pero no por el ejercicio físico. Acababa de ordenar una locura; acababa de declarar la guerra en todas las maneras que podían existir. Ya no había forma de dar marcha atrás a aquello.

Había sellado parte de su destino, y no había forma de deshacer sus acciones.

...•••...

Hanamaki llegó a la enfermería por el lado derecho del corredor, sin embargo tuvo que regresar sobre sus pasos y pegarse contra a la pared, a pocos centímetros de la esquina del pasillo cuando escuchó unos suaves pasos resonando contra la pulida superficie del suelo. Su corazón palpitaba en su pecho con violencia, incluso podía escucharlo como un martilleo directo a sus oídos que no le dejaba oír nada más. Se obligó a calmarse, respiró profundo y se dijo que aún no había hecho algo por lo que pudiera ser considerado un criminal de guerra. Aún. He ahí la palabra clave.

Los pasos no había llegado a donde él estaba, así que solo había dos opciones: o la persona había regresado por dónde venía, o había entrado a la enfermería. La primera era más probable debido a que los únicos que podían entrar a donde Tsukishima estaba encerrado era el maestre de Karasuno, y hasta donde él sabía, este se encontraba desmayado en su habitación, cortesía de algún subordinado de Oikawa.

Hanamaki había planeado forzar la cerradura, después de todo la humedad del ambiente solía hacer ese tipo de cosas más fáciles; matar al indefenso rubio y salir de ahí como si nada sería todavía más sencillo. Hace mucho tiempo había dejado de sentir remordimiento por sus acciones pues había aprendido que era la vida del otro o la suya, y sin embargo no odiaba a Oikawa, ni tenía el más mínimo resentimiento contra él. Después de tantos años juntos había aprendido que Toorū iba a hacer lo que fuera por amor, tal como Hanamaki lo hizo en su momento por Matsukawa.

Tomó aire y llevó una mano a la daga que siempre cargaba, solo por precaución. Era probable que la otra persona ya se hubiera ido, después de todo no había escuchado ninguna llave tintinear o la hinchada madera de la puerta crujir en protesta al ser empujada fuera el camino.

Rápidamente salió de su escondite improvisado y corrió hacia la puerta. No llegó a tocarla, ni a empujarla pues está ya estaba abierta. El cerrojo estaba en el suelo, roto por alguien más, y al interior entre las velas que hacían visible el interior de la enfermería y las bolsas de hielo que enfriaban el lugar con ayuda de sal y agua, destacaba la cabellera del rey consorte de Karasuno...

Solo.

Se miraron a través de la apertura, y nadie sabría decir quién estaba más sorprendido de ver al otro.

Hanamaki fue el más rápido en reaccionar. Claramente Tsukishima no estaba en la habitación, y no por causa suya. Pero ahora que estaba ahí sería señalado como el principal sospechoso por su muerte o lo que fuera que le hubiera pasado al rubio, porque el rostro de Sugawara reflejaba en cada centímetro que con Karasuno o Nekoma no se encontraba.

— El maestre Nabuteru ¿está aquí?

El de Karasuno parpadeó sorprendido ante esa pregunta tan... fuera de lugar dada la situación actual. Era una broma ¿no? La enfermería había sido cerrada para uso exclusivo de Karasuno al menos por esa noche, el único con la llave era Takeda, a quien había encontrado desmayado en su habitación y quien ya era transportado en una camilla al barco de Karasuno.

—Claro que no— su respuesta fue seca, un susurro que reflejó lo asustado que estaba.

Sin embargo no había tiempo para el miedo. En unos cuantos pasos Suga llegó a donde Hanamaki se encontraba; el de Aoba iba tan pulcro como siempre, sin sangre en su ropa o una sola arruga que delatara que había cargado con el alto cuerpo de Tsukishima para lanzarlo al mar o algo similar. No había arena en sus pantalones, así que la opción de que hubiera salido del castillo esa noche también quedaba descartada. Lucií tan inocente, incluso esa expresión de sorpresa cuando lo vio ahí parado habría convencido a Kuroo, que era la persona más perspicaz que conocía.

No, cualquiera que fuera la razón por la que el de Seijō estuviera ahí, alguien se le había adelantado.

Sugawara le dio una mirada asesina, deseando poder enterrarle en la garganta lo que fuera que el otro tenía para defenderse. Él por su parte no tenía nada, y era por eso que no lo había atacado aún.

—Más te vale que tu rey no esté involucrado en esto, o lo mataré con mis propias manos de una forma tan lenta y dolorosa que deseara nunca haberse metido con uno de mis cuervos ¿entendiste? Ahora ve a decírselo pajarito, antes de que yo mismo vaya a hacerlo con varios hombres y muchas espadas de por medio.— le amenazó antes de pasar a su lado con todo el porte y aire de alguien que puede amenazar a una nación entera.

Hanamaki lo observó irse ligeramente asombrado, pero no podía moverse, sentía como si sus talones estuvieran clavados al suelo, por el miedo seguramente. Volvió a mirar hacia la enfermería y, en efecto, Tsukishima no estaba ahí.

Le costó unos segundos más volver a ser dueño de sus movimientos. Sugawara ya había desaparecido por el lado del pasillo por el que había llegado, y aunque se había marchado con toda la dignidad de un rey, Hanamaki ahora podía escuchar el resonar de sus pasos corriente a toda velocidad para avisar que el rubio había desaparecido. Él tenía que salir de ahí también.

El plan era que después de asesinar a Kei debía huir a toda velocidad al barco de Aoba donde ya todo estaba listo para regresar a su territorio, pero ahora sin un Tsukishima Kei asesinado de por medio...

No, huir no era una opción. Le debía su lealtad a Oikawa, así que pronto sus piernas estuvieron moviéndose cuán rápidas eran en dirección a donde su rey lo esperaba. Iba a morir, pero al menos lo haría a manos de su monarca.

Que curiosa era la vida, pensaba mientras corría; Tsukishima Kei había desaparecido, y Oikawa iba a matarlo como consecuencia.

Ese rubio... algo le decía que ese jodido rubio no era normal.

...•••...

El barco de Shiratorizawa se había ido hacía apenas unos minutos, pero tan oscuro como estaba en esa noche sin luna era imposible distinguir su figura recortada contra el cielo lleno de estrellas. El de Aoba estaba zarpando, comenzando a perderse en el inmenso mar y el largo camino que les quedaba por delante.

Nekoma y Karasuno seguían ahí, pero no tenía sentido. Tsukishima había desaparecido, y cualquier pista se había ido con alguno de los dos barcos que ya habían zarpado.

Kuroo quería atacar en ese momento, salvar al rubio y terminar con esa estúpida guerra de una vez por todas. Solo él y Ushijima, porque sabía que había sido esa maldita águila quien había osado secuestrar a su prometido. La sangre le hervía y su sed de sangre no hacía más que aumentar, quería venganza, si, pero sobre todo quería recuperar al insolente cuervo que le había robado el corazón en una noche de luna llena.

Kuroo nunca había creído realmente en los dioses, pero esa noche mientras Daichi les decía a sus soldados y nobles que podían abandonar la búsqueda y subir al barco, él rezó. Rezó bajo la guardia de Bokuto que impedía que lo molestaran, rezó bajo la pura mirada de Akaashi, quien había conocido el amor pero no podía recordarlo; rezó bajo la suave caricia consoladora de Sugawara y las fervientes promesas de Lev sobre recorrer todo el continente si era necesario hasta encontrarlo.

Y por primera vez en su vida hizo plegarias egoístas: encontrar al rubio sano y salvo, porque solo así dejaría de sentirse tan perdido.

Sin embargo, podía escuchar a sus propios sirvientes murmurar fuera de la puerta de su camarote: "Otro rey loco", "Una guerra sin sentido", "líos de cama" y "ojalá ese rubio este bueno, porque alteró a todo un continente".

Kuroo quería salir y sentenciarlos a muerte, pero hacerlo solo haría que los rumores se esparcieran como la pólvora, y como bien sabía gracias a su padre y los muchos líos de faldas en los que se vio envuelto después de que su madre hubiera fallecido en el parto del segundo heredero a la corona, un par de palabras con frecuencia podían lastimar más que la puñalada de una filosa daga.

—No los escuches— le dijo Bokuto con una mirada preocupada en el rostro. Él también sabía porque Kuroo no podía simplemente sentenciarlos a muerte y ya.

Además, probablemente ambos guardias morirían en la guerra, y por muy enojado que el rey de Nekoma estuviera, él no les deseaba la muere como destino.

—Ellos tienen razón— sentenció Akaashi de pronto, manteniéndose firme después del par de miradas que recibió en seguida— Y antes de que me declares tu enemigo o me retires tu apoyo, escúchame un segundo por favor.

Bokuto le miraba incrédulo, pero luego su mirada entristeció al recordar que Akasshi probablemente no era la misma persona de la que se había enamorado veranos atrás.

—Explícate, si eres tan amable— pidió Tetsurō con un tono cargado de falso interés, sin embargo la mueca entre sus labios delataba la amargura de sus palabras.

—No digo que hayas enloquecido como se murmuró que lo hizo tu padre después del enorme vacío que dejó la muerte de tu madre... y tu hermano. Ni que estés metido en un lío de cama, esas cosas son rumores estúpidos y sabes que no te costará acallarlos, por eso no has salido a apuñalar en el corazón a tu propio servicio— señaló su punto mientras apuntaba la puerta— pero es preocupante que realmente estés pensando en hacerlo cuando antes... no sé cómo explicar esto, antes simplemente te habrías burlado y hasta habrías salido a provocarlos para que se avergonzaran de estar hablando de su rey y su vida privada como si tuvieran el derecho. Y sin embargo ahora aquí estás... Además, algo me dice que tu presencia en esta guerra es para reclamar esas piernas como tu propiedad en lugar de estar realmente comprometido con la alianza y-

—Keiji tu no entiendes...— comenzó Bokuto, pero la figura de Kuroo levantándose de la cama en donde había estado sentado lo hizo callar.

Sin embargo Akaashi no paró, ni siquiera cuando su corazón se aceleró al escuchar su nombre en los labios de Koutarou.

—Sé que sufrí la pérdida de mi memoria, y entonces si me perdí tu épica historia de amor con Tsukishima, me disculparé, pero si no, entonces simplemente no lo entiendo. Además tengo entendido que lo suyo empezó cuando yo me encontraba en la enfermería de Karasuno.

— ¿Terminaste?

La sonrisa socarrona en sus labios era lo que el de Fukurodani había estado esperando ver desde hace rato, así que simplemente asintió y esperó su respuesta mientras Bokuto dudaba por milésima vez que hacer. Al final el de cabello bicolor se recargó contra la pared más cercana, él también tenía curiosidad a pesar de que se hacía una idea bastante certera de lo que sería la respuesta de Kuroo.

— No quiero remarcar lo obvio, pero dado que tu ya lo dijiste, perdiste la memoria Akaashi. Y no te lo señaló como una debilidad o insulto— aclaró tranquilamente—, sino como el hecho de que te perdiste a todo un reino presionándome para tomar la mano de alguien, unirme en matrimonio con un consorte y entregar un heredero. De hecho es curioso porque ambos estábamos atravesando lo mismo, y si hubo una historia de amor que te perdiste, no fue precisamente la mía.

Bokuto abrió los ojos alarmado y se irguió, listo para tacklear a Kuroo contra el suelo y cerrar esa boca suya si era necesario. Por suerte no lo fue.

— ¿A que te-?

—Déjame terminar— le interrumpió Kuroo, sabiendo que no podía hablarle al menor sobre la relación de cuento de hadas que había tenido con el otro búho ahí presente, al que casi le daba un infarto— La cosa es que mis consejeros estuvieron a punto de comprometerme de una manera muy seria con Kenma, un compromiso del cual logramos escapar gracias a que él abandonó la corte un tiempo para estar en el sur, en la frontera con las Tierras del Sol.

Akaashi asintió.

—Así se conocieron él y Hinata.

—Si, así fue. Después de eso una chica de Fukurodani fue la siguiente candidata, pero tú me ayudaste a zafarme cuando me diste las pruebas que necesitaba para probar que tenía un amante y que por lo tanto no era apta para llevar la corona matrimonial de mi nación.

— ¿Yo hice eso?— pregunto sorprendido, girándose a ver a Bokuto en busca de una confirmación.

Koutarou asintió, una honesta sonrisa en sus labios porque recordaba esos días con cariño.

—Así es. De verdad es una lastima que no lo recuerdes, pero en esos días estábamos decididos a casarnos por amor. Yo estaba especialmente motivado gracias a... el ejemplo de alguien. Pero al final, como se nos a dicho desde pequeños, la corona siempre es primero. Así que finalmente terminé cediendo, y la elegida fue una de las primas de Oikawa.— Keiji asintió, esa parte de la historia ya podía ubicarla. Kuroo continuó— Era un buen partido de hecho. Hoy en día las mujeres nobles y fértiles son algo difícil de encontrar.

—Pero entonces fue la fiesta de bienvenida de Hinata y mi abrupta llegada—continuó Akaashi por él, intentando unir hilos y comprender— fue ahí donde lo viste.

Kuroo asintió solemne. Eso había sido hace aproximadamente dos semanas o casi tres, pero ahora se sentían como años.

—Desde el primer momento en que lo vi me quede mudo. Él estaba parado rodeado de un montón de luces y telas elegantes, pero se notaba que hubiera preferido estar en cualquier otro lugar menos ahí. Sin embargo sabes cómo la noche fue un desastre y todo se salió de control.

Akaashi asintió y fingió no notar como Bokuto se movía de su lugar para ir a sentarse a su lado, atento a las palabras de Kuroo. Estaba tan concentrado, como si Tetsurō les estuviera contado un cuento para dormir en lugar de explicarles por qué de pronto encontrar a Tsukishima era un motivo de seguridad nacional.

—Luego Daichi me hizo la propuesta, un trato bastante ventajoso en el que finalmente podríamos hacer la alianza de Karasuno-Nekoma algo más que solo palabras y firmas sobre un papel. Mi reino finalmente tendría el consorte que tanto me ha estado exigiendo y hasta un heredero; y aún así estuve por rechazarlo.

Bokuto sabía eso, pero Akaashi no; sin embargo fue fácil para ambos deducir la razón de aquello.

—No ibas a forzarlo a casarse contigo.

—Exacto, tal vez Daichi podía obligarlo, pero no podía hacer lo mismo conmigo. Si Tsukishima hubiera vuelto a verme con el odio y desprecio que me dio cuando nos encontramos esa tarde fuera del salón del trono, hoy no estaría aquí sintiendo que el tiempo para encontrarlo se me escapa entre los dedos.

—Pero esa vez te miró y trató así porque Daichi le acababa de dar la noticia de que ya había planeado su destino— añadió Bokuto con un gesto pensativo— Y él es muy frío y calmado, también le afectó que lo vieras en su peor momento.

—Lo se bro, y me costó hacer que lo admitiera, pero tengo una especie de disculpa o algo cercano a eso por ese momento en una de las cartas que intercambiamos en este tiempo.

— ¿Intercambian cartas?

—Si Akaashi, ¿de verdad pensabas que me he encaprichado de la nada con un niño al que apenas y había visto tres días, antes de salir corriendo a Nekoma a preparar todo para esta fallida Cumbre Invernal?

Keiji asintió y Bokuto soltó una risotada.

—Mira, no estoy enamorado de él, no aún. Pero me gusta. Me hace sentir que mi sentido del humor no es el más cruel del mundo, y que mi afición por los felinos no debe estar tan mal si a él le agrada Löme. Que las noches ya no son tan largas y aún si lo son, que la luna es el reflejo de sus ojos cuando mira al cielo con la nostalgia que le invade el corazón—su mirada se perdió unos segundos mientras recordaba la noche en que finalmente pudieron hablar solos ellos dos. Había sido un total desastre, pero estaba seguro de que esa noche había conocido algo que nunca nadie había visto del rubio— Se que es estúpido de mi parte, pero por primera vez sonreí leyendo una carta, la carta más aburrida del mundo que trataba de como el chibi prometido de Kageyama hacía demasiado caluroso el Nido del Cuervo, sobre cómo un caballo llamado Rex se había lastimado la pata y ya estaba en recuperación, y demás cosas cotidianas en las que sin darme cuenta me vi demasiado interesado porque detrás de todo eso estaba el frío heredero de la Casa de la Luna intentando familiarizarme con su entorno para poder tener una conversación decente durante nuestra estadía aquí.

Akaashi parpadeó, una creciente opresión en su pecho se hizo presente porque a pesar de que el matrimonio no estaba dentro de sus prioridades en esos momentos, el también quería que alguien hablara de su persona como Kuroo lo estaba haciendo de Tsukishima.

—Rex ya está bien— añadió Bokuto una vez que el camarote se quedó en silencio— Tsukishima lo visitaba y cepillaba todos los días, y se suponía que al volver de este viaje finalmente podría... montarlo.

El sonido del agua chocando contra la madera del barco fuera de la ventana del camarote fue el único sonido que se escuchó por unos minutos. La nave había zarpado minutos atrás, siguiendo a la de Karasuno hacia las costas de las Tierras del Sol. A esa hora seguramente ya todos dormían, no quedaba nadie despierto más que los guardias en turno y ellos tres.

—Como te dije— continuó Tetsurō después de volverse a prometer que sin importar que vería a Kei montando a su corcel por las orillas de los acantilados de los que también había leído en sus cartas—, no estoy enamorado de él. Pero me gusta, me gusta más de lo que pensé que podría en un inicio. Y en el mundo que nos tocó vivir, se que este es el tipo de sentimientos al que debemos aferrarnos.

Bokuto esbozó una sonrisa triste después de escuchar aquello y asintió con vehemencia. Él conocía el sentimiento al que Kuroo se estaba aferrando, y pesar de que era el mismo que lo había destrozado a él en cada sentido de la palabra, siempre sería un romántico sin importar que, y continuaría creyendo en la idea del amor.

—Lo encontraremos bro. Tsukki es más fuerte de lo que muchos creen; la gente tiende a subestimarlo y él sabe usar eso a su favor. No me sorprendería que se las arreglará para escapar y llegar al Nido del cuervo incluso antes que nosotros— intentó animarlo con la opción más positiva que se le había ocurrido, después de todo no estaba mintiendo, conocía a Kei lo suficiente para saber que era listo y que sabría valerse y sobrevivir en cualquier situación.

Ellos aún no sabían sobre su paradero pero no había otra opción. Estaba secuestrado y punto. La idea de que algo peor a eso le hubiera pasado simplemente no existía.

Akaashi por otro lado seguía perdido en sus pensamientos. Él apenas y había convivido con el alto rubio durante el tiempo que estuvo en el Nido del Cuervo o durante el viaje a la Isla del Rey; este solía desaparecer tan pronto como podía de las reuniones obligatorias o los servicios matutinos para adorar a los dioses. No habían intercambiado más que esporádicos saludos y realmente no se había fijado mucho en él, solo cuando Bokuto estaba a su alrededor molestándolo o intentando bromear con él. Pero sabía que si hubiera convivido más, que si alguno hubiera mostrado interés en conocer al otro, probablemente se habrían terminado llevando muy bien.

Aunque si había algo que había notado era que las personas se veían atraídas a Tsukishima de una u otra manera, algo que parecía molestar bastante al rubio, pero a lo que al mismo tiempo parecía haberse acostumbrado ya.

En Fukurodani tenían un nombre para ese tipo de personas. Pero aquello simplemente era imposible porque estaban extintas desde hace mucho tiempo. Eran solo leyendas, como las sirenas y los dragones, o las almas que bajaban del cielo en las lluvias de estrellas.

—Deben descansar— les dijo Kuroo mientras se dirigía a la puerta, dado por terminada la charla.— Puedes quedarte en mi camarote Akaashi, se que aún sigues en reposo por la herida de aquella noche, y este es el más cómodo del barco. Además aquí nadie te molestará, y dejaré a mis guardias afuera por cualquier cosa. Aunque sé que Bokuto te cuidara bien— añadió Kuroo con cierta burla mientras codeaba a su amigo quien estaba por escabullirse con él por la puerta, arruinando sus planes.

—¡Espera!— le urgió el de Fukurodani— Solo tengo una duda más...

—Sea.— le concedió.

—La pareja que te tenía motivado a casarte por amor... ¿aún están juntos?

Kuroo dudó un segundo, sopesando su respuesta antes de suspirar.

—No. Como bien se nos ha enseñado, la corona siempre gana.

Y salió de la habitación justo detrás de Bokuto, quien claramente no sabía cómo afrontar la situación después de aquello.

...•••...

Cuando Kenma despertó por segunda vez esa mañana estaba solo en la habitación. Yamaguchi y Aone seguramente estarían tras Hinata, quien solía levántate bastante temprano, sobre todo ahora que estaba en su lugar de origen y tenía un montón de lugares y personas que enseñarle a su prometido.

El de Nekoma ya había estado ahí con anterioridad y ya había conocido todos esos lugares gracias a Shoyo dos años atrás, así que no se molestó en apurarse para bajar y estar presentable ante la pequeña corte que se había quedado ahí acompañando a ambos tórtolos.

Con pereza se duchó y vistió, quedándose un rato bajo los rayos de sol que entraban por la ventana. El otoño estaba en su apogeo y el invierno no tardaría en llegar, así que aprovechaba esos pequeños momentos para disfrutar los últimos vestigios de calidez que el clima le regalaba.

Finalmente estuvo listo; pasaba de mediodía y él apenas bajaba a desayunar algo. Lo que no se esperó fue escuchar las trompetas de los guardias del castillo familiar de la Casa del Sol entonando las notas que se usaban para anunciar la llegada de algún miembro de la corona. Shouyo y Kageyama no las necesitaban, después de todo Hinata era de la familia y Tobio ahora su prometido. Ese protocolo podía omitirse en caso de ellos por muy herederos al trono que fueran, por lo menos ahí en las Tierras del Sol donde el ambiente solía ser más familiar e informal que otra cosa.

Así que eso solo podía significar que Daichi o Suga estaban llegando. Para Kuroo o Akaashi se habría usado otra melodía que...

Oh, ahí estaba ese conjunto de notas. Al parecer los de Karasuno no habían vuelto solos.

La idea de ver a Kuroo antes de lo planeado le hizo recordar el sueño que lo había despertado exaltado a primera hora de la mañana. Un malestar parecido a las nauseas se instaló en su estomago, pero se las arregló bastante bien para ignorarlo.

Era solo un sueño, se obligó a recordar mientras salía del comedor justos tiempo para ver a los padres de Shouyo bajar a recibir a las nuevas visitas. Cuando las puertas se abrieron fue fácil ver afuera a todos los carruajes que se habían ido apenas la madrugada anterior. Era como si nunca se hubieran marchado, solo que en lugar del aire alegre que los había acompañado con la salida del sol la jornada pasada, ahora volvían con un aire funebre y silencioso.

No era difícil adivinar que algo había pasado, algo malo, seguramente.

Y tampoco le costó a nadie notar la ausencia de alguien alto y rubio que solía robar miradas a donde quiera que fuese, aún con esa cara de amargado que solía cargar. El pensamiento más común habría sido que Tsukishima se quedó en la Isla del Rey tomando unas pequeñas vacaciones o algo similar, sin embargo quienes lo conocían sabían lo mucho que el de lentes detestaba los climas cálidos, como bien lo demostró con su cara desagrado y la mueca de hastío que mantuvo en su rostro durante toda su estancia en las Tierras del Sol.

Además el rostro de Bokuto reflejaba toda la situación, mientras que la de Akaashi y Kuroo se mantenía con una máscara de tranquilidad y frialdad, algo que si bien era común en Keiji, no lo era para Kuroo.

Los ojos rojos de Sugawara mientras pedía ver a Yamaguchi, el mentón tenso de Daichi por la forma en que apretaba los dientes mientras preguntaba por el paradero de Kageyama. Todo eso no pasó desapercibido para Kenma, quien no puedo evitar sentirse aliviado de que el heredero de la Casa de la Luna estuviera lejos de Kuroo.

Mientras, los padres de Hinata platicaban con Daichi, enumerándole todos los posibles lugares en que su hijo y su prometido podrían estar; era una lista larga. Shōyō era bastante conocido y querido entre el pueblo y los nobles a pesar del fallido intento de envenenamiento que sufrió cuando fue anunciado que él era el elegido para ser el consorte del heredero al trono de Karasuno. Su sonrisa solía alegrar y animar a quienes lo rodeaban, y ya que en el sur el trato solía ser más cálido y familiar, Hinata fácilmente había convivido con todas las familias de La Ciudadela central, y algunas pocas de los pueblos aledaños.

Una docena de guardias estaba por salir a buscarlos, cada uno ya con un lugar designado cuando la puerta principal se abrió empujada por un fuerte Aone, dándole paso a la pareja del momento y la pequeña corte de dos chaperones que les acompañaba a todos lados. Hinata y Kageyama ya se habían acostumbrado tanto a ellos, que ahora eran fáciles de ignorar.

—Vimos los carruajes desde la cima del Cañón del Verano— habló Hinata con emoción cuando los vio ahí, revelando su anterior paradero. No sabía a qué se debía el pronto regreso de todos, pero no por eso iba a estar menos contento de volverlos a tener en su lugar de nacimiento.

— ¿Que sucedió?— preguntó Kageyama, yendo al punto como siempre.

La mirada de Suga, el serio "debemos hablar" de Daichi, el inquieto movimiento de Bokuto y la cara inescrutable de Kuroo, además de la obvia falta de Tsukishima, señalaban que esa Cumbre Invernal había sido un total fracaso. Bueno, no era la primera vez que pasaba. Sobrevivirían al invierno, había planes de contingencia y mudanza hacia el sur; los castillos de veraneo no existían por nada.

Sin embargo nada de eso explicaba por qué el ambiente tan tenso mientras los tres Reyes, el heredero al trono y el líder de la armada de Karasuno caminaban hacia el estudio del líder de la Casa del Sol, el padre de Hinata.

En cuanto cerraron la puerta y Tanaka se quedó afuera para asegurarse de que nadie los molestara, Daichi soltó la bomba.

—Estamos en guerra.

Un silencio sepulcral se instaló en la habitación durante algunos segundos. Los ojos de Kageyama se habían abierto ampliamente, pero ninguna palabra salió de sus labios mientras su mente analizaba de golpe todas las razones existentes para llegar a eso, todas las consecuencias, las posibles alianzas, los movimientos... las vidas.

Le era imposible llegar a la causa de todo aquello si no tenía todos los datos. Pero estaba tan sorprendido que ni siquiera era capaz de hablar y preguntar por qué.

Bokuto le acercó una silla, misma sobre la cual Kageyama se derrumbó con muy poca gracia. Definitivamente no quería aquello; no tenia idea de si era una broma (de muy mal gusto) o no, de si aún podía evitarse dicha guerra, o si incluso él lideraría algún batallón en el campo de batalla, pero la mera idea de comenzar su matrimonio y reinado en medio de tal crisis política le revolvía el estomago y lo hacía palidecer.

Sin embargo no había rastro de diversión en los ojos de ninguno de ellos, ni siquiera en los de Bokuto quien era el peor ocultado las emociones que lo embargaban gracias a sus expresivos ojos dorados.

Finalmente fue Kuroo quien se compadeció de él y tomó el valor necesario para comenzó a contar lo sucedido. Desde la llegada de Karasuno a la Isla del Rey, haciendo énfasis en el interés de Ushijima por Tsukishima hasta llegar a la tradicional primera cena informal.

Tobio era listo cuando se trataba de su reino o asuntos que no tuvieran que ver con sus emociones. No le fue difícil ver la mano de Oikawa en todo aquello una vez que se enteró de sus palabras y actitud durante la noche anterior. Él era el único que se hubiera beneficiado de la muerte de Akaashi, incluso más que el supuesto nuevo rey de Fukurodani. También era el único que reaccionaría mandando asesinar a Hinata una vez que su propuesta de matrimonio hacía Kageyama fue oficialmente rechazada, incluso era posible que hubiera mandado asesinar a Tsukishima después de ver el interés de dos monarcas en él. Pero todo aquello le era muy difícil de digerir.

Si, Oikawa había movido hilos aquí y allá, creando una interesante red de ardides que ahora estaba siendo descubierta, sin embargo había una duda que nadie en la habitación podía responder con seguridad: ¿Con qué propósito?

¿Qué era el motor de aquel detallado plan? ¿que le motivaba a buscar la guerra en todo un continente? Ninguno ahí podía hacerse la idea. Ninguno ahí había amado con tal locura como para ir hasta las últimas consecuencias solo por estar junto al ser amado sin barreras ni contratiempo.

Bokuto era quien podía imaginar lo mar cercano a la verdad, pero incluso en su mente el mero pensamiento de qué tal vez lo hacía para darle un territorio y una corona a Iwaizumi era exagerado. Cuando él no había podido pedir la mano de Akaashi debido a su falta de corona, o su carencia de generaciones de linaje noble en la sangre (a pesar de ser el heredero a la alegre casa del búho), después de un tiempo y muchas intervenciones de parte del consejo parlamentario de Fukurdani para "hacerlos entrar en razón", Keiji terminó por dejarlo y comprometerse para con el derecho divino con el que había nacido. La corona había ganado ante el amor, así que el búho no se creía que Oikawa armara toda esa conspiración solo para estar con alguien que de igual manera ya era su amante; por lo que ni siquiera dijo su idea en voz alta, prefiriendo callar.

Kageyama apretó los labios con furia. El peso de todo lo acontecido cayendo en sus jóvenes hombros. Estaba seguro que había protocolos de guerra para asegurar la seguridad en las fronteras y el resto del territorio, pero en esos momentos le era sumamente difícil recordarlos. Tsukishima había sido secuestrado (o asesinado) después de que prácticamente los reyes de dos naciones "en paz" se declararon la guerra por él.

Kuroo no estaba orgulloso de sus acciones, sus provocaciones de adolescente nunca antes habían desencadenado una guerra antes, y a pesar de que la motivación para luchar de todos en esa alianza era diferente, ahora que se consideraba un adulto en cuyos hombros recaía toda la responsabilidad que supone llevar una nación, se sintió terriblemente egoísta. Infantil incluso. Pero sobre todo, se sentía culpable.

Ni siquiera había pensado dos veces antes de hacer uso de su autoritaria voz para comenzar una declaración de guerra qué, si se hubiera ido por un camino más diplomático, ahora mismo no le traería un enorme dolor de cabeza y la terrible sensación de culpa por todo lo que les esperaba en el futuro cercano. Y sobre todo, no sentiría que era responsable del secuestro de su prometido.

Suga terminó de relatarle a Kageyama lo que había pasado en la enfermería del castillo en la Isla del Rey, poniéndolo finalmente al corriente con todo lo que había pasado.

Una parte de él aún se negaba rotundamente a iniciar una guerra ahora que su país necesitaba estabilidad en todos los aspectos posibles, sin embargo también entendía que las acciones de Oikawa necesitaban frenarse. Un rey, a pesar de ser elegido por los dioses para reinar, no tenia el derecho de decidir quien vivía y quien moría; mucho menos si las personas sentenciadas a muerte ni siquiera estaban en su propio territorio. Ayer había sido Hinata, un noble que no había podido decidir su destino pero que lo aceptaba gustoso y alegre. Luego Akaashi, un monarca que había caído en desgracia debido a varios sucesos desafortunados ¿y luego quien? ¿Él mismo, por haber rechazado la mano del castaño? ¿Kuroo, por no querer venderle a un precio más bajo que a los demás el famoso trigo de Nekoma? No, debían detener toda esa matanza y locura si no quería tener una crisis de seguridad, de salud y de gobierno como la que existió generaciones atrás durante la Peste del Castigo.

—No quiero que lo matemos— pidió el menor ahí presente, sabiendo que ante los otros dos Reyes que eran Akaashi y Kuroo no podía dar órdenes.—Solo hay que neutralizar su amenaza. La muerte solo trae mas muertes y realmente no quiero que ninguno de nosotros sea recordado como un regicida.

Todos asintieron, después de todo a ninguno le agradaba la idea de acabar con la vida de Oikawa. La mayoría ahí lo conocía desde que eran niños, y si bien Tooru estaba dejando todo eso de lado, para ellos no era fácil o una opción, para empezar.

—Su castigo será el exilio.

...•••...

Akaashi encontró que planear una guerra era mil veces más difícil que declararla. Él ni siquiera tenía un ejercido aparte de los guerreros en Fukurodani que aún le eran leales, sin embargo no podía llamarlos aún pues estaban en lugares estratégicos de los que se revelarían una vez que el combate comenzara, dándoles una pequeña ventaja en territorio enemigo. Le rompía un poco el corazón llamar así a su propia nación.

Por otro lado las armadas de Nekoma y Karasuno eran inmensas. El negocio del ejército era algo que ambas monarquías habían aprendido a explotar muy bien, razón por la que probablemente no estaban tan asustados o ansiosos como Keiji se sentía. Ellos tenían planes de contingencia, protocolos de invasión, estrategias de guerra y demás situaciones que ahora en crisis eran tan probables como que lloviera en un día de otoño.

¿Y él? Solo un centenar de hombres a lo mucho, si es que su lealtad no cambiaba hacia el supuesto nuevo rey. La frustración estaba bien visible en su rostro, tanto que no le sorprendió cuando Bokuto se acercó a él con esa sonrisa conciliadora que le conocía desde que eran unos niños.

Akaashi le miró curioso, sin despegar sus ojos del búho hasta que este se sentó a su lado.

—¿No te necesitan allá?— señaló el escritorio donde Kuroo había extendido el mapa del continente. Una vez que terminaron de hablar sobre el primer plan para acceder a Fukurodani el pelinegro de ojos azules prácticamente quedó fuera de la conversación que trataba de la defensa de los territorios del cuervo y el gato.— Eres el líder del ejército ¿no?

Si Bokuto hubiera sido un búho cornudo, sus plumas seguramente se hubieran esponjado del orgullo. Sin embargo la sonrisa en su rostro y su mirada emocionada fueron suficiente para expresar la misma emoción.

—Si, pero yo me encargo del ataque, no de la defensa. Al menos por ahora que estaremos en Fukurodani.

Keiji asintió y no dijo nada más, su preocupación no le dejaba ponerse a interactuar con Bokuto ahora que por fin este se dignaba a hablarle como si fueran amigos; por la cercanía que habían tomado hay quien diría que incluso parecían cómplices.

Y es que Bokuto de pronto estaba muy cerca de él, con su suave rostro a escasos centímetros de su oído. Eso le acelero el pulso, cosa que no supo explicarse a sí mismo. ¿A qué demonios estaba jugando ese búho idiota? Estuvo a punto de girar el rostro y preguntarle directamente, sin importar que tanto empeoraría la situación actual gracias a ese movimiento, sin embargo escuchó dos palabras que lo congelaron en su lugar.

—Raumo Ohta (1)

Keiji las reconoció, claro que lo hizo. Había trabajado en esos planos mucho antes de haber perdido la memoria. Pero no había vuelto a pensar en ellos desde que despertó en el hospital sin recuerdo alguno de los últimos años. No importaba, de pronto ahí estaba una pequeña cosa a la cual aferrarse para poder aportar a esa guerra.

Aunque seguía sin ser del todo positivo.

—Puedo re hacer los planos, mejorarlos incluso. Pero seguramente en Fukurodani tienen versiones nuevas que yo ni siquiera puedo recordar...

—Tal vez, pero no tienen nuestra versión—Dijo Bokuto alegremente, volviendo a erguirse ahora que sabía que Akaashi entendía de lo que le hablaba.

Se había acercado a él para hablar de eso en privado, con el temor de que este no lo recordara la gran opción que tenían entre manos. Sin embargo no había sido así y ahora podían hablar de eso en voz alta, Bokuto incluso esperaba que los otros le escucharan. Sin embargo nada se asemejaba a como se había sentido cuando los tristes ojos de Keiji se iluminaron en cuanto comprendió.

—¿Nuestros planos?

Ante esa pregunta la cruel realidad volvió a golpear a Bokuto, quien a pesar de todo se tomó la molestia de contestar con la poca emoción que le quedaba.

—Si, cuando pasaste un tiempo en Karasuno yo llegue a ver los últimos bocetos que habías hecho— había sido una noche, desnudo en su habitación después de hacerle el amor tres veces— por accidente claro. Y te pedí que le agregaras algunas cosas geniales, ¡eran increíbles! Tu lo hiciste, y estuvimos trabajando en eso algunos meses, hasta que tuviste que volver a Fukurodani.

Keiji le miró confuso, frustrado por no poder recordar nada de eso. Quería ver esos bocetos, necesitaba saber qué tipo de arma había creado junto con Bokuto.

— ¿Están en Karasuno?— no quería tener ningún tipo de esperaba pero...

— Si, yo los tengo.

Una sonrisa se instaló en el rostro del pelinegro, pequeña y esperanzadora. Bokuto no pudo evitar imitarla con más ganas.

A algunos metros de distancia, Daichi no pudo evitar preguntarse porque Bokuto no le entregó a él esos bocetos. Las armas que Akaashi creaban eran efectivas, ligeras y mortales. Probablemente si hubiera sabido antes de su existencia ya tendría una docena o más de lo que fuera que este hubiera construido en el papel.

Quiso acercarse a ellos, decirles que quería ver esos planos, sin embargo Kuroo y Kageyama le robaron la atención momentos después y tuvo que olvidarse, momentáneamente, de sus intenciones.

...•••...

Fue una tarde exhaustiva para Kageyama quien hasta hacer algunas horas se consideraba en unas pequeñas vacaciones. Su mente había estado ocupada solo por Hinata y esa deslumbrante sonrisa a la que aún no lograba acostumbrarse, además de aquella torpeza que le exasperaba y las pequeñas peleas que ya comenzaba a ver como algo cotidiano entre ellos. Ahora, todo lo que había en su mente databa de estrategias de batalla, planes de protección al territorio y muerte. Mucha muerte.

Al día siguiente debían partir al nido del cuervo para convocar a todos los guerreros del país desde ahí con un decreto oficial, e incluso seleccionar a campesinos e hijos de nobles para unirse a una batalla que claramente no les correspondía. Sin embargo, no había manera en que Kageyama lograra quitarse de la mente que todas las personas muertas en batalla serían su carga, su responsabilidad. Y que, por lo menos, él debía morir antes que todos en el campo de batalla y no quedarse en un escuadrón de arquería mientras los veía a todos masacrarse a lo lejos.

Mientras cenaban en lo que resultó ser una reunión sumamente lúgubre llena de un silencio ensordecedor solamente roto por el golpe de los cubiertos contra el plató, Kageyama permaneció perdido en sus pensamientos. Analizando desde todos los ángulos posibles la situación, pensando en escudos, formaciones de batalla, incluso una tregua...

Por eso Hinata se apresuró en alcanzarlo cuando este se levantó y se dirigió a los aposentos que le habían dado. El más bajo ni siquiera había terminado su plato; desde que se enteró que estaban en guerra su estómago no había dejado de dar vueltas en todas direcciones, dificultándole la tarea de comer con el ímpetu que normalmente lo caracterizaba.

—¡Kageyama!— le llamó en repetidas ocaciones, pero este ni siquiera pareció notar la presencia de su prometido.

Finalmente Hinata lo alcanzó, tomándolo del brazo para hacerlo voltear y encararlo, su ceño fruncido y un poco de irritación reflejada en su rostro.

— ¡Oí! ¡Bakageyama! Ignorándome no vas a solucionar nada— Le dijo, cruzándose de brazos y mirándolo ahora que había llamado su atención de forma tan directa.

Tobio parpadeó confundido y le miró unos segundos sin saber que decir. Quería continuar la pelea en base a ese estúpido apodo que Hinata le había puesto, sin embargo pelear era la última de sus prioridades en esos momentos.

—Lo siento, no te escuché— murmuró mecánicamente antes de darse la vuelta y continuar caminando.

Hinata le miró sorprendido antes de volverlo a alcanzar, sin embargo esta vez en lugar de hacerlo girar para encararlo, él se adelantó y se puso frente a él, impidiéndole dar un paso más.

—Ahora me dirás qué sucede, y no nos moveremos de aquí hasta que lo hagas.

Kageyama frunció el ceño, e intentó pasarlo de largo una vez más.

—Ahora no estoy para juegos, hablamos luego.

Hinata negó y no le dejó avanzar.

— No, soy tu prometido. Merezco saber que está sucediendo, quiero ayudarte.

Tobio suspiró con frustración y le miró a los ojos, molesto por tener que externar sus pensamientos.

—Me ayudarías mucho si durante la guerra te quedas aquí con tus padres— espetó de golpe.— Pero ya escuché que te negaste rotundamente, y conociendo lo idiota que eres, aunque te lo ordenara seguro te fugarías al Nido del Cuervo o peor, a Fukurodani.

Hinata se sintió ofendido por ser llamado idiota, pero no negó que haría aquello con lo que se le acusaba.

— ¿Esto es por Tsukishima?— preguntó de pronto, tomando a Kageyama con la guardia baja— Quieres que me quede porque no quieres que me pase lo mismo que a él.— Ni siquiera era una pregunta. Estaba asumiendo aquello por mera corazonada.

Kageyama se quedó boquiabierto, incapaz de formular una respuesta coherente. Su cabeza aún intentaba unir el tema del que hablaban con el del rubio secuestrado. Le costó unos segundos más de lo esperado, pero finalmente contestó.

—¿Qué? Mierda, no Hinata— respondió con su elegante vocabulario, suspirando exasperado— Esto no tiene nada que ver con ese idiota amargado. Esto va más allá de una persona, estamos hablando de todo un continente en guerra.

—Si pero... toda esta guerra comenzó por una persona.

Y fue entonces que Kageyama finalmente logró analizar la situación desde la única perspectiva que le faltaba. El motivo de todo aquello.

Todo se debía a una persona, aunque seguramente no a la misma. Pero era una pieza del rompecabezas que le ayudaba a comprender todo un poco más. El móvil de Kuroo y Ushijima (por lo que le habían comentado) era Tsukishima. El de Daichi era volver a tener el respeto de Suga de una manera u otra, el de Akaashi era Bokuto. Lo de ellos aún era complicado, pero para quienes habían estado en la reunión de la tarde había una verdad absoluta, si Keiji sobrevivía a esa guerra y sus consecuencias, sería solo gracias a la ayuda de Bokuto. Y en cuanto a la persona de Oikawa... no estaba seguro, pero para el rey de Aoba todo siempre se trataba sobre Iwaizumi.

Así que, ¿cuál era su persona? ¿Su móvil para todo aquello?

Después de clavar sus ojos color tormenta en esos cálidos iris café que le hicieron sentir más tranquilo en cuestión de segundos, lo comprendió. Su motivo era él, mantenerlo a salvo y brindarle un futuro con días de sol y todo lo que pudiera pedir. Ahora tenía una idea más clara de la situación.

Conocía a Hinata de hace poco menos de tres semanas, y en ese tiempo ya se había topado con todas esas escandalosas facetas que tenía y una que otra inteligente y coherente. Se había dejado llevar por su sonrisa y esa risa que lo hacían sonreír a él por el simple hecho de escucharla, había conocido a su hermana sin poder evitar encariñarse de esa inocente infante que tanto se parecía a su hermano mayor. Le había abierto su corazón a ese idiota escandaloso cuando dudaba siquiera de la posibilidad de tener uno, metafóricamente. Porque físicamente sí que tenía un corazón.

Y sí, por él definitivamente sería capaz de declararle la guerra a un continente entero.

Hinata esperó con una paciencia que no tenía, leyendo en el rostro de su prometido todas las emociones que este iba experimentando. Finalmente, llevado por la impaciencia e incapacidad de quedarse quieto, se acercó a él y le besó.

Fue un beso leve, inocente. Un "aquí estoy", y la promesa de un "aquí estaré". Fue un suave toque para traer a Kageyama a la realidad, quien reaccionó al instante.

Tobio lo tomó de las mejillas, inclinándose para que Hinata no tuviera que ponerse de puntillas. Unió sus labios una vez más, esta vez de forma consiente y demandante, aferrándose a lo que Hinata le había dicho con esa caricia.

Y se besaron, dulce, torpe, con un ritmo que les costó aprender a tomar. Se abrazaron mientras sus labios danzaban una canción que solo ellos conocían, una que, por momentos, se volvía inestable y agitada antes de que el carraspeo de cualquiera de los acompañantes que siempre estaba ahí les recordara la realidad.

Sin embargo ahora estaban solos. Yamaguchi estaba encerrado en los aposentos de Suga, Kenma estaba con Kuroo y Aone terminaba de cenar. No había nadie para detenerlos en ese momento, y tal vez fue por eso que por primera vez se dejaron llevar.

Hinata cerró sus puños sobre la ropa de Kageyama, jalándolo hacia sí hasta que sus cuerpos estuvieron pegados y el calor aumentó en consecuencia. Tobio bajó sus manos, sosteniendo al más bajo por la cintura mientras seguía besando con afán, moviendo su labios sobre los contrarios sin ningún tipo de reparo en sus acciones. Con hambre lamió su labio inferior y gruñó desde el fondo de su garganta cuando la lengua de Hinata salió torpemente a su encuentro. Algo explotó en su estomago y ni así logró alejarse de tan adictivo néctar. Sus lenguas se rozaron juntas, húmedas y frenéticas mientras ellos se presionaban el uno contra el otro. Jadeaban dentro del beso pero ninguno era capaz de alejarse para respirar adecuadamente. Hinata se atrevió a morder el labio inferior de Kageyama, tal vez con un poco más de fuerza de la adecuada, razón por la que este se alejó un poco en reacción ante el inesperado dolor. Un hilo de saliva unía sus bocas, mismo que terminó por romperse cuando ambos, sonrojados y jadeantes, finalmente se alejaron.

—Boke.— le dijo Tobio después de llevar una mano hacia su labio, tocando la pequeña herida.

Hinata sonrió avergonzado, pero no se disculpó, en lugar de eso hizo la promesa más importante de su vida.

—Pelearé hasta la muerte a tu lado.

Kageyama se tensó, y tuvo que aceptar que el sentimiento en su pecho era el reflejo de lo conmovido que estaba. Sin embargo negó.

—Tu muerte sería mi derrota.

...•••...

— Baki baki ni ore~ ¿nani wo?— claramente, el rubio recostado en la cama no respondió, pues aún seguía hundido en la inconsciencia que las gotas de leche de amapola cada cierto tiempo le brindaban, así que él tuvo que responder la pregunta de su canción— Kokoro wo da yo~

Sin embargo, la última dosis del sedante con el que lo habían mantenido dormido todo el viaje hasta el país de las águilas le había sido administrado al anochecer de ese día, unas horas antes de anclar en el puerto de Shiratorizawa. El heredero a la Casa de la Luna había permanecido todo el día inconsciente; en el fondo, el pelirrojo esperaba que lo mantuvieran así una semana más, o al menos tres días. Sin embargo las cosas no iban a suceder como él deseaba. Tsukishima no debía tardar en despertar, pero para eso Tendou estaba ahí, esperado cualquier señal de que el rubio estuviera recuperando la conciencia.

Justo estaba por entonar la siguiente parte de esa pegajosa canción que aprendió desde niño, cuando el de Karasuno se removió un poco, enredando un poco esas largas piernas entre las sábanas de algodón antes de comenzar a abrir los ojos con una pesada somnolencia, producto del anestesiante en su sistema. Seguramente tardaría unos minutos en despertar lo suficiente para darse cuenta de que no estaba en la Isla del Rey.

Esa era la señal que Tendou había esperado pero que al mismo tiempo deseaba que no llegara. En seguida salió de la habitación, avisándole al guardia que cerrara la puerta y no la abriera hasta que él volviera en compañía de su majestad Ushijima, sin importar lo que él rubio ahí adentro pudiera decirle.

Cuando el guardia asintió, él pelirrojo salió corriendo en busca de su amigo, pues era el encargado de decirle que su amado había despertado, y que seguramente querría una explicación de todo.

Tendou no sabía mucho de Tsukishima, pero por lo que adivinaba de su actitud, algo en lo que era muy bueno, no quería estar en los zapatos de Ushijima cuando llegara la hora de enfrentar al cuervo.

—Me huele a problemas—canturreó con cierta diversión, mientras en el cuarto Tsukishima abría los ojos ampliamente, notando que claramente no estaba donde debería estar.

Mientras, esa misma madrugada, un pecoso lloraba la falta de su amigo, un gato miraba la pequeña luna que comenzaba a nacer esa noche, y un hermano no podía dormir a causa de una incomodidad que no lograba comprender, sin saber que, tal vez, la fuente de esa culpa que llevaba cargando por años, no estaba muy lejos de ahí.

Lo único certero, era un nombre. Tan etéreo como la persona a la que pertenecía...

—Kei...

...•••...

(1) Tormenta de guerra, en la lengua antigua.

...•••...
No se que decir, estoy feliz. Este bebé va creciendo poco a poco. La guerra era inevitable, y después de investigar mucho encontré guerras a lo largo de la historia declaradas por cualquier tontería. No me costó mucho imaginarme una por amor.

Todos se van desarrollando como tenía planeado hace ya casi dos años. Me avergüenza mi falta de actualizaciones, pero aquí seguimos ️ a todos los votos y comentarios, de corazón se los agradezco. Son una motivación gigantesca, cada que uno llega, yo recuerdo que debo ponerme a escribir y actualizar porque no seré la única que leerá esto. Se que soy una terrible persona por no contestarlos, es solo que estoy tan agradecida que no se que decir, lo cual me vuelve una vergüenza.

Espero que esta actu sea tan bien recibida como las demás ️ y aquí seguiremos, avanzando poco a poco con esto ✨🌙

Con amor; LaLa Stark.